Uno de los mejores estudios que se han hecho sobre la doctrina joseantoniana -que se hizo en pleno franquismo, para más señas y para vergüenza de los pseudo-falangistas de izquierda, por Ediciones del Movimiento en 1969-, corrió a cargo del gran filósofo y pensador falangista ( y vieja guardia) Adolfo Muñoz Alonso. El título de la obra en cuestión es “Un pensador para un pueblo” que no escatima críticas al régimen político vigente -es decir, el franquismo- y, sobre todo, a la clase política que lo estaba desintegrando o degradando desde dentro: la tecnocracia opusdeísta. Para que luego hablen los majaderos de turno de la “censura totalitaria” del Régimen y del Movimiento. Probablemente Adolfo Muñoz Alonso, catedrático de Filosofía y de Teología por varias Universidades y uno de los fundadores de los “Círculos Doctrinales José Antonio” en 1959, junto con el que pudo ser -y tuvo que haber sido- el gran ideólogo del tardo-franquismo Gonzálo Fernández de la Mora, sin lugar a dudas han sido los más grandes pensadores que ha dado la Derecha política -o metapolítica- en la segunda mitad del Siglo XX. El franquismo, por desgracia, no fue muy generoso con sus pensadores e ideólogos, y eso que no andaba, ni mucho menos, escaso de ellos: a saber, la herencia del regeneracionismo que preconizaba la “revolución desde arriba”, es decir, una revolución aristocrática muy cercana a la “revolución de lo alto” que preconizada Julius Evola en su obra “El fascismo visto desde la Derecha” -Costa, Ganivet, Picavea, Senador, etc., y considerado por algunos como una versión española de la “Revolución Conservadora”, la herencia tradicionalista -carlista o no, es decir, desde la “Comunión Tradicionalista” a escuelas de pensamiento como “Acción Española”- de los Donoso Cortés, Menéndez y Pelayo, Aparisi y Guijarro, Jaime Balmes, Vazquez de Mella, Victor Pradera, José Calvo Sotelo, Ramiro de Maeztu, etc., la herencia falangista de José Antonio, Onésimo Redondo, Ramiro Ledesma (éste no tanto, debido a cierto substrato de su pensamiento), Sánchez Mazas, Giménez Caballero, sin olvidar al gran José Luis de Arrese, uno de los más brillantes primeros ideólogos del Estado del 18 de Julio, etc., sin olvidar la non-nata “Generación de 1948″ de la que ya hablamos en alguna ocasión y a la que pertenecía Fernández de la Mora y, en gran parte, heredera de la escuela de “Acción Española” (1931-37). Pese a la descomunal decadencia que sufre España desde el siglo XVII -ocaso del Imperio español y del Sacro Imperio Romano-Germánico con la odiosa “Paz de Westfalia”, que supuso el triunfo definitivo en Europa del humanismo renacentista y del liberalismo protestante-, es indiscutible que a lo largo de los siglos XIX y gran parte del XX la Derecha española dio a Europa una serie de pensadores y políticos verdaderamente geniales e inigualables. Decía Fernández de la Mora que una de las causas principales de la descomposición del franquismo fue por la pérdida de la batalla del pensamiento -más por dejación que por otra cosa- y el desmontaje intelectual del Sistema que comenzó a finales de los 50. No dejemos que desde nuestras trincheras algunos personajes pretendidamente “alternativos” e “innovadores”, echen lodo a nuestros verdaderos orígenes y a nuestros ancestros y, desde dentro, vayan ganando la batalla del pensamiento -alineándose así con la basura verdaderamente izquierdista, ya sea liberal o marxista- con esas tesis tan peregrinas como absurdas sobre el origen pretendidamente “izquierdista” y “moderno” de los grandes movimientos nacionales europeos de la época de entre-guerras.
SEMPER FIDELIS.
-”Todo lo que no es Tradición es plagio”. (Eugeni D’Ors)
Sin duda ignorada por la mayoría, al haber sido silenciada por unos pocos censores de la palabra y de la idea que ningunean y desprecian lo que no entra dentro de los cánones de lo que su estrecha y bastardizada visión del mundo les permite, la Generación del 48 representa un irrenunciable depósito de calidad y de hondura dentro del mundo de la literatura española que, en las líneas que copiamos seguidamente, Janus Montsalvat ha tenido a bien rescatar y valorar en su justa y merecida medida. Vayan, pues, estas sus aseveraciones y estos sus datos para conocer algo más de ella.
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Recientemente hicimos una pequeña mención de aquella fantasmal “Generación del 48″, y decimos fantasmal porque ningún libro de historia hace ninguna alusión a ella, ya que esta brutal y satánica dictadura de lo políticamente correcto, quiere hacer creer al populacho que durante cuarenta años los españoles fuimos gobernados por un inculto y mediocre generalito y que la España de entonces era un país de subnormales y de borregos. Para los librillos del Sistema sólo hubo cultura en España durante la II República y después de 1975. A esta patraña se le llama oficialmente “recuperar la memoria histórica”.
La Generación del 48 quiso constituirse en una especie de Tercera Fuerza opuesta tanto al liberalismo cultural de los psudofalangistas, que se les antojaba como traidor y criminal, como a la pusilanimidad, cobardía y sentido rastrero de la colocación que tenía la cuadrilla de Acción Católica tan dada a los pactos y a agachar la cabeza como en tiempos de la República con los Gil Robles o Herrera Oria.
Mencionaremos unos cuantos nombres de intelectuales y pensadores pertenecientes a aquella generación tradicionalista marginada y traicionada por un sistema político que a partir de 1957 prefirió apoyarse en burócratas y negociantes, en lugar de hacerlo en verdaderos idealistas y soñadores. A saber: Rafael Gambra, Vicente Marrero, Pérez Embid, López Ibor, Palacio Atard, Álvaro D’Ors, hijo del gran Eugenio D’Ors, Francisco Elías de Tejada, el gran historiador catalán Vicens Vives, Gonzalo Fernández de la Mora, que llegó a ser Ministro con Franco a principios de los 70 y que no tuvo ningún reparo en enfrentarse al judío de Henry Kissinger en una visita que éste nos hizo allá por los primeros ´70, Luis Díez del Corral, Rodríguez Casado, Jorge Vigón, que también llegó a ser ministro con Franco, Jesús Arellano, Ignacio Hernando de Larramendi, fundador en 1955 de la Compañía de Seguros MAPFRE. Y la nómina prodría ser larguísima. Como se ve, el Régimen del 18 de Julio rebosaba de intelectuales y pensadores por los cuatro costados. Y no bablemos si, encima, les sumamos los de origen falangista: Javier Conde, Muñoz Alonso, Pascual Marín, Legaz Lecambra, Luis del Valle, Lamo de Espinosa, Rodrigo Carvajal, Carlos Paris, Ismael Medina, …
Apuntaremos, además, que la “Generación del 48” no eligió esta fecha al azar, sino por sus profundos significados simbólicos: tres fechas históricas terminadas en 8 fueron catastróficas para la civilización europea…
1).-1648, fecha en que los Tratados de Westfalia ponían fin a la Guerra de los Treinta Años y que supusieron el triunfo definitivo del humanismo renacentista y del protestantismo en Europa. Como consecuencia, se vino abajo el Sacro Imperio Romano Germánico y al mismo tiempo comenzaría su ocaso el Imperio Católico -y no menos sacro- Español.
2).-1848, fecha del advenimiento ideológico del marxismo con la publicación de “El manifiesto comunista” y de la irrupción devastadora de la modernidad con sus nauseabundas revoluciones democráticas.
3).-1898, fin definitivo de los últimos restos y despojos del Imperio español y el inicio de lo que parecía un Finis-Hispaniae (abortado el 18 de Julio de 1936). Como se ve la Generación del 48 era la completa negación de la modernidad y de todos sus valores a cual más deleznable y que, en esencia, poco les separaba –a estos autores- de la cosmovisión del falangismo ortodoxo y joseantoniano.
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Referente a lo de la Generación “fantasma” del 48, la lista podría ser interminable. Citaremos a otros dos grandes pensadores e historiadores tradicionalistas: Jaime del Burgo y Melchor Ferrer, considerados como dos de los mejores historiadores del movimiento carlista. Esta Generación brillantísima se opuso con firmeza a la política de liberalización cultural iniciada por el meapilas vaticanista -y pseudofalangista- de Joaquín Ruiz Jiménez desde que se hizo cargo del Ministerio de Educación en 1951. Este sinvergüenza, rodeado de otros falangistas chaqueteros y traidores -aquéllos a los que algunos pseudohistoriadores denominaron como la corriente del falangismo “liberal”, es decir, los Tovar, Entralgo, Ridruejo, Aranguren, Fernández Miranda, Pérez Villanueva, etc.-, confundió la política de reconciliación de todos los españoles (algo que siempre buscó la Falange ortodoxa y el mismo Régimen del 18 de Julio) con la política de reconciliación de las ideas. ¿Desde cuándo el Bien y la Verdad pueden ir cogidos tranquilamente de la mano con el Mal y la Mentira?. Pues bien, aunque parezca mentira, esta pléyade de personajillos ya en los años cincuenta empezaron a sembrar la Universidad con ideas corrosivas y disolventes, concediéndose, además, cátedras a destacados enemigos del Régimen… ¡y encima en nombre de la Falange¡. Como se sabe, esa política fue un auténtico fracaso: Franco acabó defenestrando a Ruiz Jiménez en el 56, así como a todo su equipillo deleznable de pseudofalangistas que, a partir de entonces, acabaron por mostrar su verdadero rostro y abandonar su militancia pretendidamente azul. Pero el daño ya estaba hecho y las minas ya habían sido colocadas en la Universidad Española. Los futuros conflictos universitarios de los 60 y 70 que fueron acompañados con la dinamitación del SEU en el 65, tuvieron su origen en esta política cultural auténticamente criminal y traidora.
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Hace poco leimos un artículo en el que se hablaba de que en los años 50 surgieron dos falangismos irreconciliables y antagónicos: el falangismo oficial que, según sus propias palabras, era de signo conservador y tradicionalista (Arrese, Girón, Fernández Cuesta, Rein Segura, etc.) y el falangismo presuntamente revolucionario y progresista de los personajillos anteriormente citados, de cuyos nombres no quiero volver a acordarme, que tuvieron la perversa facultad de envenenar a las juventudes falangistas universitarias con su visión telúrica y feminoide del falangismo. El famoso esquema evoliano de “Luz del Norte/Luz del Sur” también se reprodujo en el interior del falangismo. Por muy acomodada y apoltronada que estuviera la Vieja Guardia de Falange, ésta era al menos más fiel a sus orígenes y a la Tradición que todo ese montón de hez camuflado de azul que, después de sembrar el caos y el desconcierto, se cambió de chaqueta a las primeras de cambio.
Archivado en: Eduard Alcántara
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que en otros causa miedo.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que en otros causa cobardía.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que en otros causa
pesadumbre.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que en otros causa
dolor en el alma.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que en otros causa concupiscencia y hedonismo.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que en otros provoca sentimentalismo.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros vuelve sensibleros.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros exalta sus sentimientos.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros deprime.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros abate y doblega.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros mueve al entreguismo y al derrotismo.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros provoca exabruptos de pasiones.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros enciende los más bajos y primarios instintos.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que pudiera alterar o nublar nuestra mente.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros conduce a pensamientos banales y superficiales.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que pretenda distraer nuestra capacidad de concentración.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que pudiera empujarnos a recrearnos en lo fugaz, variable e inestable y alejarnos de lo eterno y estable.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que pugne por atarnos a lo material para alejarnos de lo Trascendente.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que nos fije hacia lo bajo y nos impida mirar hacia lo Alto.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que, para evitar que nos gobierne el Espíritu, pretenda esclavizarnos a los influjos del subconsciente y del inconsciente.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que pudiera animalizarnos en lugar de divinizarnos.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todos aquellos caminos que tan solo conducen hacia la pía y devota sumisión a un dios inalcanzable y cierran la vía que puede llevar a la Gran Liberación.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que intenta absorber nuestra existencia hacia lo mutable y caduco y alejarla de lo inmutable e imperecedero.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que se empeña en alienarnos y en evitar que podamos llegar a ser Señores de nosotros mismos.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que en otros produce laxitud, dejadez y molicie.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros provoca deseos irrefrenables de poseer.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros despierta compulsivas ansias de consumo.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquellos desvíos existenciales que prioricen el tener y el aparentar al Ser.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que en otros alimenta la codicia.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que busque el envilecernos en lugar de ennoblecernos.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros debilita en vez de robustecer.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que en otros haga aflorar la embriagadora sensualidad.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que pudiese alejarnos del propósito de ser Hombres Diferenciados.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros convierte en individuos gregarios, informes y amorfos y en hombrecillos-masa.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que aleja de la calidad y sumerge en la cantidad.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que cierra las puertas al equilibrio, a la austeridad y a la mesura y abre las compuertas abisales del exceso, la desmesura, la desproporción y el desequilibrio.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que pudiera dificultar el desarrollo de nuestra capacidad de sacrificio y de autosuperación, así como de todo aquello que nos pudiese impedir la aspiración de ser constantes, tenaces y esforzados.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros aboca a la debilidad y a la pusilanimidad.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que no nos quiera señalar el sendero de la fuerza y el vigor.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros aleja de la forja de un carácter sereno y templado.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros convierte en ruines, zafios y torcidos.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que no busque el encuentro con la rectitud y el honor.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que pretenda convertirnos en seres ebrios y no sobrios.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que simpatiza con la mentira y desprecia a la sinceridad.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que lleva a la indisciplina, al desprecio y al caos y ridiculiza la autoridad, el respeto y el orden.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que llama al lujo y a la opulencia y aleja de la austeridad.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que ensueña con lo tribal y telúrico y aparta de lo Imperial.
Debemos, en definitiva, permanecer impasibles e imperturbables ante los cantos de sirena de la luz del sur, pues nuestra Luz debe de ser la Luz del Norte: la Solar, Hiperbórea, Olímpica y Heroica.
Edgar Allan Poe junto con Lovecraft, Howard -el genial creador de Conan el Bárbaro- y Tolkien -su trilogía “El Señor de los Anillos” puede considerarse como una auténtica Biblia Aria-, sin lugar a dudas, han sido los cuatro literatos fantásticos más grandes que ha habido. Los cuatro coincidieron en su rechazo y desprecio hacia la democracia y la moral burguesa, hacia la asquerosa vida odiosamente cuantificada, racionalizada y tecnificada, es decir, de la Modernidad en definitiva. En una obra extraordinaria que apareció hace ya tres décadas -una de las mejores obras de la Derecha política escrita en España: “La Cultura de la Otra Europa”. 1979- señala el hecho curioso de que en esa nación maldita, caricaturesca, mezcla de infantilismo y senilidad -aunque ella presuma de ser “joven”- que es EEUU -Poe, Howard y Lovecraft eran norteamericanos-, civilización proto-típica de la Modernidad, donde los vomitivos “buscadores de oro” eran elevados prácticamente a la categoría de héroes nacionales, esta serie de literatos brillantes y solitarios (y también marginados y odiados para la bienpensante mediocridad burguesa), al contrario, eran “BUSCADORES DE TRADICION”. Ellos amaban lo remoto, lo mítico, soñadores e idealistas de una Era que fue y ya no es. Eran verdaderos europeos, extranjeros en un mundo y en un país en ruinas. Poetas y trovadores mágicos de un mundo que pugna por nacer ante tanta bazofia, podredumbre y pestilencia.
Decía René Alleau que “el ‘tiempo mítico’ transcurre paralelamente al ‘tiempo histórico’, pero con otro ritmo. Lo que llamamos ‘acontecimientos’ no son quizá más que múltiples advenimientos, internos y oscuros, que se vierten a la luz del día, cristalizados y formando de pronto una masa”. Sólo así se explicaría como en pleno siglo XX, en plena fase final o etapa más ocura del Kali-Yuga, hayan surgido en Occidente tal cantidad de genialidades en todos los órdenes del Arte -con mayúscula, ya que el otro “arte” no es nada más que la emanación de la sub-humanidad y de las Fuerzas del Caos- después de tantos siglos de decadencia generalizada: en la política, en la pintura, la arquitectura, la literatura, etc. Cuando la Modernidad creía que lo había matado y expulsado definitivamente de este mundo, ahí lo tenemos otra vez con más fuerza que nunca: LA RESURRECCCION DEL MITO. POE, HOWARD, LOVECRAFT, TOLKIEN, VERDADEROS ARISTÓCRATAS DE LA INTELECTUALIDAD: ¡¡¡PRESENTES!!!.
-”Dicen que los seres inmundos de los Viejos Tiempos acechan en los oscuros rincones olvidados de la Tierra, y que aún se abren las Puertas que liberan, ciertas noches, a unas formas prisioneras del Infierno”. Howard, “La Piedra Negra”.
Según el simbolismo astrológico, el Sol recibe su Luz de sí mismo, mientras que la Luna, al carecer de Luz propia, la toma del Sol. La Luz reina por la noche, cuando el Sol se ha puesto. Por lo tanto, la Luna representa o simboliza el eclipse, la noche, la oscuridad. No es de extrañar que todas las grandes civilizaciones de la humanidad hayan tomado como símbolo el Sol. Curiosamente el islamismo, religión fatalista y con pretensiones globalizadoras en esta fase final del Kali-Yuga o Edad de Hierro, tiene por símbolo la Luna…
En esta etapa final del Kali-Yuga, que también podríamos denominar como Edad de la Luna, reinan por doquier la oscuridad, la confusión y el eclipse total como valores políticos dominantes. Simbólicamente, el Oeste (Occidente) ocupa el lugar del Este (Oriente); el nadir ocupa el del cénit. Se ha producido una inversión total. Lo que deberia estar en lo alto ha sido relegado abajo (la plebe domina sobre los sabios, guerreros o ascetas); lo que tendría que estar confinado en la oscuridad se halla a plena luz (la maldad y la imbecilidad están mejor vistas por las masas fanatizadas que la bondad o la humildad); lo que había de continuar débil se ha hecho fuerte (ahí está el culto actual a todo tipo de degradación, depravación o de minusvalía), en tanto lo que era fuerte se ha hecho débil hoy (las castas espirituales y aristocrático-guerreras). Tal es la inversión satánica que se ha producido en nuestros días.
La Historia de la Humanidad es una lucha constante entre dos cosmovisiones: la solar y la lunar. Tradición y Modernidad son dos órdenes de la realidad totalmente irreconcialiables y antagónicos entre sí. Los valores de la Tradición tienen su antítesis en los anti-valores de la Modernidad o subversión anti-tradicional:
MUNDO TRADICIONAL (Valores)
-Estabilidad
-Poder de uno sólo
-Soledad del poder (jerarquía, organicismo).
-Poder conferido por una consagración (iniciación).
-Poder confirmado por el tiempo (sociedades estamentales. Castas).
-Armas llevadas por una casta (aristocrático-guerrera)
-La Montaña que emerge de los mares (simbolismo de la Verticalidad sobre el Caos).
-Continuación de la Tradición (duración).
-Verdad.
MODERNIDAD (Anti-valores)
-Inestabilidad
-Poder de todos (Era de las masas, Quinto Estado. Edad de los parias).
-Poder popular (plebeyismo, masificación).
-Poder conferido por votos (invasión de la sub- humanidad en la esfera de la política).
-Poder destruido por el tiempo (fin de las castas. Igualitarismo).
-Armas en manos de todos (Muy típico de Yanquilandia, civilización prototípica de la Modernidad. Lucha de clases).
-La Montaña hundida en los mares (simbolismo de la descomposición del Orden).
-La revolución permanente (eclipse).
-Mentira.
Existe un lazo sutil entre el Hombre y la Tierra, entre las grandes leyes del cosmos y el Hombre (“como es arriba, es abajo”). Nuestra civilización perversa y suicida, con esa especie de fuga hacia delante que es la superstición del “progreso”, ha roto ese lazo: el “cordón dorado” de la Tradición que nos unía espiritualmente con nuestros antepasados ha sido abolido (individualmente, sólo la Iniciación puede restaurarlo aún en tiempos de caos generalizado). Otra nueva Edad de Oro despuntará, pero sólo después del final -catastrófico, sin duda- de esta Edad de Hierro-, del mismo modo que un hombre no puede renacer a una nueva vida sino después de la muerte.
SEMPER FIDELIS.
Archivado en: Septentrionis Lux
En Septentrionis Lux defendemos una visión Tradicional de la existencia en la línea descrita por autores como René Guénon y, especialmente y por encima de ningún otro, Julius Evola. Éste nos marcó las directrices, los principios y los valores por los que siempre se ha regido toda sociedad de corte Tradicional. Y, además, concretó, especialmente, los que eran inherentes al tipo de hombre y al mundo indoeuropeos; es decir, a nuestro ámbito (a pesar de esto último no se abstuvo en exponer los elementos válidos hallados en otro tipo de ámbitos). Tenemos claro que es en la Tradición donde encontramos las antípodas del decadente, materialista, disoluto, disolvente y corrosivo mundo moderno al que nos oponemos radicalmente y sin componendas de ningún tipo. Y como tenemos claro esto es por lo que ensalzamos, y ponemos como modelo a seguir, aquellas organizaciones políticas y/o metapolíticas y aquellos períodos de la historia y de la metahistoria (la más emparentada con el mito) en los que los valores de lo Alto rigieron la vida de las personas y sus aspiraciones últimas. Por ello hacemos bandera de la Grecia aquea y dórica (de Esparta,…), de la antigua Roma, de la saga artúrica, de los ciclos del Grial, del Alto Medievo, del Sacro Imperio Romanogermánico, del gibelinismo, de los Templarios, de los Fieles de Amor o de los originarios Rosacruces.
Con estos referentes no nos mueve otro interés que el de la difusión de los ejes doctrinales que conforman la cosmovisión Tradicional y el de la valoración de los aconteceres y de las formas actuales a la luz de la Tradición.
La razón de la adopción de la denominación de “Septentrionis Lux” (=Luz del Norte) puede entenderse recordando algo que en su día escribimos para hablar de los primordiales indoeuropeos:
“Raza portadora de un tipo de espiritualidad y de una cosmovisión solar-uránica, olímpica (inmutable, serena, sobria), viril, patriarcal, ascendente, vertical, jerárquica, diferenciadora, ordenada y ordenadora, heroica (en el ámbito del carácter y en el sentido del que lucha por reconquistar la divinidad, la inmortalidad que se encontraba en estado latente, casi olvidada, en su interior),… Representativa, dicha cosmovisión, de lo que Evola definió como Luz del Norte.”
Para más ahondar en el significado de este concepto también, en ocasiones, lo hemos tratado confrontándolo a su vez con su opuesto: el de una ´luz del sur´ de cuyos nefastos influjos deberíamos ser ajenos:
“La denominada como ´luz del norte´ vendría asociada a conceptos como el de la jerarquía, la diferencia, lo vertical, lo solar, lo estable, lo inmutable, lo eterno, lo imperecedero, lo patriarcal y a valores como el honor, el valor, la disciplina, el heroísmo, la fidelidad,… Y, por el contrario, la calificada como ´luz del sur´ abanderaría conceptos como el del igualitarismo, lo uniforme y amorfo, lo horizontal, lo lunar, lo inestable, lo mutable, lo caduco, lo perecedero, lo matriarcal, lo sensual, lo instintivo, lo hedonista, lo concupiscente,…”
Incluso, circunscribiéndonos a un plano psíquico o anímico “podríamos decir que la Luz del Norte contemplaría a aquél que rebosa autocontrol, equilibrio, serenidad, sobriedad, coherencia, prudencia, templanza, medida, discreción, calma,…, mientras que la Luz del Sur ”’iluminaría” a los individuos tendentes a lo disoluto y disolvente, al desenfreno, al desorden referente a hábitos y modo de vida, a la inestabilidad, al desequilibrio, a la jarana, a la embriaguez,…”
Archivado en: Janus Montsalvat
Gran romanista -ganó la cátedra de Derecho Romano en la Universidad de Granada en 1943-, además de abogado y jurista, era también pensador político tradicionalista (y es que , aunque algunos les cueste creerlo, el franquismo dio pensadores de la talla de los falangistas Arrese, Muñoz Alonso, Legaz Lecambra o de tradicionalistas como Gambra, Fernández de la Mora o Elías de Tejada, sólo por citar unos cuantos), era hijo del gran Eugeni D’Ors, escritor, ensayista, filósofo, crítico de arte e ideólogo de la Falange. Su hermano, el gran arquitecto Víctor D’Ors, al igual que su padre, también fue falangista -fue el creador del logotipo de FE e inspirador durante la Cruzada de la “Ciudad Azul”, un proyecto urbanístico falangista donde las sedes o “Casas de la Falange”, a modo de Templos del Nuevo Orden, eran concebidos como los centros espirituales de dicha ciudad. Sin duda, el primer franquismo (1936-59), antes del desarrollismo tecnocrático, estaba inspirado desde el punto de vista arquitectónico en el citado modelo, calificado de manera peyorativa por algún imbécil de “imperial” y “colosalista”-. Álvaro, sin embargo, se encaminó hacia el tradicionalismo carlista y durante la Cruzada luchó en un Tercio del Requeté, aunque con posterioridad creía, al contrario de otros carlistas, más en la “legitimidad de ejercicio” que en la “legitimidad de orígen”, hasta llegar a no rechazar del todo, al igual que el gran Fernández de la Mora, la idea de una República Presidencialista -equivalente a un Monarcato sin realeza-, al comprobar la degeneración y plebeyización de las dinastías europeas que quedaban (de hecho y por idénticos motivos, Blas Piñar afirma en su libro de 1979 “¿Hacia la III República?” conocer a varios carlistas de la época que ya abogaban por una “República tradicionalista” o de una “República bicolor”).
Álvaro D’Ors, además de fascinado por los clásicos griegos y romanos, sintió una gran admiración por la corriente de pensamiento alemana “Revolución Conservadora”, principalmente por Carl Schmitt al que dedicó su libro “De la Guerra y la Paz” en el año 1954. Ya hemos dicho en alguna ocasión que la filosofía regeneracionista de finales del siglo XIX y primer cuarto del siglo XX, al igual que la corriente de pensamiento fundada y liderada por el gran Ramiro de Maeztu, “Acción Española” a partir de 1931 -de la que emanaría con posterioridad la famosa y non-nata “Generación del 48″ a la que pertenecía Álvaro, entre otros-, ambas corrientes, repetimos, son una versión hispánica de lo que se denominó en otros lugares de Europa “Revolución Conservadora”. Una revolución elitista y aristocrática en contra de los valores plebeyos de la Revolución Francesa -y de la norteamericana que la antecedió- y de la subversión moderna.
Álvaro, que sentía una gran admiración por el Franco-Militar, fue crítico, sin embargo, por el Franco-Político, sobre todo por no respetar los fueros regionales, aunque reconoce que su “centralismo” -desde luego más moderado que el de la basura borbónica que le precedió- quizás fue impuesto por las circunstancias. De hecho, respetó los fueros de Navarra y Álava y a punto estuvo de hacerlo con los de Vizcaya y Guipúzcua y de Cataluña de no ser por la presión de los militares, pero también -como señalan los historiadores Pío Moa y Vaca de Osma- de la traición de los separatistas. Álvaro D’Ors, opinaba que la España de Franco también perdió la II Guerra Mundial al igual que el resto de Europa, y aún sin haber participado directamente en ella, ya que los vencedores de aquella fueron sus enemigos metafísicos -de España y de Europa toda-: el Comunismo y el Capitalismo. Las consecuencias funestas para Europa que tuvo la tristemente célebre “Conferencia de Postdam” de los “tres grandes” -y antieuropeos: EEUU, Inglaterra y URSS-, en lo que respecta a España, fue ejecutada con 30 años de retraso. El Borbón y sus secuaces se encargarían a partir de 1975 de ejecutar aquella sentencia de muerte contra la España de Franco, para acabar convirtiéndonos en un país de dóciles autómatas y de consumidores chiflados.
El libro del cual extraeremos un párrafo muy interesante, “La violencia y el Orden”, está escrito en 1986, es decir antes de la caída de la URSS y del Bloque comunista. En dicho libro, coincidiendo con el Maestro Julius Evola, Álvaro dice que tanto el Capitalismo como el Comunismo, los dos modelos de globalización que entonces pugnaban por triunfar plenamente en el mundo mediante aquella mascarada diabólica que fue la “Guerra Fría”, eran además de intrínsecamente perversos por igual, metafísicamente iguales desde el punto de vista materialista. Es más, Álvaro estima como mucho más peligroso el Capitalismo, ya que con la derivación de este último hacia el Consumismo puro y duro (el “Quinto Estado” del que hablaba Julius Évola, es decir, el reino de los parias, de los que carecen de Tradición y de Raza verdadera, de la plebe, la civilización sin rostro), crea seres pervertidos y sin alma. Si el comunismo, con su brutalidad característica, creaba mártires, el Capitalismo, dado su forma sibilina de actuar y el embotamiento de los sentidos y a la imbecilidad a la que conduce, crea auténticos demonios, seres corrompidos enemigos de todo tipo de espiritualidad y dominados por la maldad. Para el gran Álvaro, la Política (con mayúscula), al igual que para José Antonio Primo de Rivera -por el que sentía una gran admiración- como para la gran mayoría -por no decir todos- de pensadores de la Derecha tradicional y metapolítica, la Política, repito, era Teología, Mística y Poesía. Servicio y Sacrificio. Dan náuseas sólo pensar en qué ha terminado convirtiéndose para la plebe la política (en este caso, con minúscula). A continuación el texto premonitorio que todos los verdaderos europeístas deseamos que acabe cumpliéndose para el bien de la Patria de nuestros ancestros -Europa- y para mal de esa pseudo-civilización maldita, caricaturesca, mezcla de infantilismo y senilidad, que es la americana.
¡¡¡ARRIBA ESPAÑA!!! ¡¡¡ARRIBA EUROPA!!!.
POR LA TERCERA ROMA: ¡¡¡SALUD Y VICTORIA!!!.
“Es evidente que en el hemisferio del Consumismo la vida es más llevadera, y no deja de haber aquí cierto aire de libertad, aunque las elecciones suelen estar muy condicionadas por la seducción de las masas, que ha alcanzado una perfección técnica irresistible, y que esta apariencia de libertad falta en el hemisferio comunista. Pero no es menos cierto que el deterioro humano del Consumismo, al ser más placentero e insensible, resulta por ello mismo mucho más letal que la brutal disciplina del Comunismo. Éste, por lo menos, puede hacer mártires, en tanto que el Consumismo no hace más que herejes y pervertidos (algo parecido dijo Évola en su “Cabalgar el Tigre”, apuntamos nosotros).
HAY TODAVIA UNA VENTAJA EN EL ESTE que no suele tenerse en cuenta, pero que me parece muy importante: el Este no sufrió la corrupción protestante, de suerte que, bajo la larva marxista, se esconde todavía un cristianismo, aunque pueda ser cismático, menos contaminado que el del Oeste, corrompido por la Reforma Protestante. Si algún día esa larva marxista pudiera ser eliminada, quizás sería del Este de donde otra vez habría que esperar la Luz: ¡Ex Oriente Lux!. Y bajo el quizá Mito de Moscovia como LA TERCERA ROMA no sabemos si no late todavía una verdad misteriosa que el futuro nos pueda desvelar. Pero el futuro sólo es de Dios, y los hombres no podemos predecirlo sin una gracia especial para ello.
En definitiva, puede haber una guerra mundial o puede ésta no ser necesaria, pero, en todo caso, ese NUEVO ORDEN sólo puede venir por la “violencia de Dios”, la theou bía que decían los griegos… Las victorias implican siempre violencia: PARA UN NUEVO ORDEN, UNA NUEVA VIOLENCIA”.
“La Violencia y el Orden”. Tratado de Teología Política, 1986. Álvaro D’Ors.
No hace mucho publicamos bajo este mismo título un texto en el que se trazaban las coordenadas que al decir de Julius Evola definían la esencia del pueblo judío, sus grandes (y/o a menudo diversificados) rasgos actitudinales, las causas profundas de su/s manera/s de actuar y el papel que el judaísmo podía haber ejercido en los procesos de decadencia por los que se ha visto arrastrado -especialmente- el llamado Occidente en los períodos que la historiografía oficial conoce como la edad moderna y la contemporánea.
Quedó bien clara entonces la profundidad de los análisis realizados por nuestro egregio autor, que le alejaba drásticamente de cualquier intención y proceder panfletarios y demagógicos. En esta línea nos fue dado afirmar que:
”Julius Evola, impregnado de ese sentido Superior y Metafísico de la existencia inherente a la Tradición, abordó desde sus más genuinas raíces todo tipo de cuestión doctrinal y de asunto político, social o cultural. Y para la cosmovisión Tradicional estas genuinas raíces se sitúan en un plano Suprasensible y tienen, por tanto, mucho que ver con el hecho espiritual. Es así que el mismo tema de la cuestión judía fue analizado por Evola abordando en primer lugar y como causa primera, y más importante, de toda su problemática los avatares religiosos por los que ha ido pasando el judaísmo a lo largo de su devenir. Evola, pues, nos ofrece un enfoque del tema judío mucho más completo e integral que la mayoría de las interpretaciones al uso. Y es que puede ser que se haya tenido acceso a detallados y acertados estudios sobre el psiquismo y la caracterología de los judíos pero difícilmente estos estudios abordan las causas con las se pueden explicar las peculiaridades de la psique de la generalidad de los judíos; y si se han embarcado en la tarea de discernirlas no han mostrado competencia para adentrarse en el ámbito de lo espiritual, que es el que nos da las claves originales del accionar del judío. Sobre esta indispensable base Evola, con su singular agudeza, desgrana los principales episodios y las más influyentes corrientes “culturales”, de pensamiento, políticas y científicas que han ejercido un papel de acelerador de los procesos de decadencia y de disolución por los que transita, de manera vertiginosa, “nuestro” deletéreo mundo moderno. Y en este desgrane el gran intérprete italiano de la Tradición nos muestra el contundente protagonismo que ha tenido el elemento judío en la obra de demolición de los vestigios que del recto Mundo de la Tradición pudiesen subsistir; protagonismo que representa un hecho fehaciente independientemente de que los primeros procesos disolventes por los que empezó a discurrir el llamado Occidente haya que buscarlos en parámetros, e incluso personajes, ajenos al judaísmo.”
No vamos, obviamente, a volver a incidir en lo que ya explicamos en el anterior artículo dedicado a este tema, sino que con esta segunda parte pretendemos darle al asunto de estudio una vuelta de tuerca más para poder, así, ofrecer el análisis y el examen que Evola efectuó sobre cuestiones concretas en las que el judaísmo ejerció (o ejerce) un papel determinante. Pasemos, pues, a tratar de ellas:
Conexiones entre la masonería y el judaísmo (*)
Como aperitivo de las posibles interrelaciones que hayan podido (y/o puedan tener) la masonería y el judaísmo nos recuerda Evola que el personaje al que se le atribuye un papel fundamental en el ordenamiento interno de la masonería no es otro que el judío Elías Ashmole (1.617-1.692). Personaje que vive en un s. XVII en el que la masonería va configurándose en la forma que resultará tan perniciosa para la salvaguarda de los resquicios que del Orden Tradicional pudieran pervivir en los siglos venideros. Va, por aquel entonces, dejando de ser la masonería operativa que podemos hacer remontar a los ´Colegios romanos de Artífices´ (arquitectos) y que en el Medievo conservó su carácter iniciático en el seno de los gremios relacionados, sobre todo, con las construcciones de catedrales (arquitectos, canteros, picapedreros,…) para ir transformándose en su imagen contrapuesta: la de la ´masonería especulativa´ que tan papel decisivo ejerció, con su defensa del libre examen y del relativismo más destructivo, en el triunfo de las revoluciones liberales que encumbraron a los mercaderes (la burguesía) al poder político. Una masonería especulativa que se considera formalmente constituida con la fundación de La Gran Logia de Inglaterra en 1.717.
Existe, nos escribe Evola, una sospechosa y especial inclinación expresada por muchos masones de que la masonería se erija en garante, de manera especial, de los derechos del pueblo judío. Buen ejemplo de lo cual sería el del masón Otto Hieber (primera mitad del s. XX). Y en este abanderamiento de la lucha por los derechos humanos -tan central en la religión del cosmopolitismo- muchos personajes judíos adoptan un papel predominante. Éste sería el caso de un Elie Eberlin, que aboga porque Israel asuma el papel de “Mesías colectivo” en pos de los derechos del hombre y en favor del “régimen igualitario y nivelador de las repúblicas”. Para Eberlin se han de suprimir “patrias, cortes, ejércitos y aristocracias hereditarias” (no es espacio éste para comentar el estado de decrepitud en el que muchas monarquías y la nobleza se hallaban ya por aquel entonces y no vamos a ser nosotros quienes neguemos esta evidencia; otro asunto bien diferente es el de la intencionalidad de Eberlin…). Nos sigue escribiendo Evola que el también judío Ludwig clamaba por el aniquilamiento de las formas imperiales y monárquicas. Y, en total coincidencia, por la “destrucción de las formas imperiales y monárquicas”, además de por la constitución de la Sociedad de Naciones (precursora de la universalista O.N.U.), se declaró el congreso internacional masónico celebrado en París en 1.917 (durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial). Una Sociedad de las Naciones (establecida en Ginebra) que, al decir del hebreo Fritsch, “no es tanto una creación del presidente de los EE.UU. Wilson sino una obra magnífica del judaísmo”. En total concordancia con la filosofía humanitarista y pacifista de que hacía gala la institución ginebrina (eso sí, no tan pacifista contra los Estados en los que sobrevivían, según sus criterios, sistemas políticos no “democráticos”) interpretaba el ya citado Fritsch las palabras del profeta Isaías cuando profetizaba que “las espadas deberán ceder el lugar a las carretas”.
Por lo expuesto hasta ahora se van haciendo patentes las concomitancias entre los objetivos de la masonería y los de un buen número de miembros del pueblo hebreo.
A estas alturas se tercia una pregunta de calado: ¿Esta ideología de los derechos humanos por la que abogan muchos personajes del pueblo judío es anhelada para todos los pueblos del mundo sin excepción o es querida para todos menos para el suyo? La legitimidad de esta pregunta viene dada porque otros judíos (al igual que lo que ya dijimos del mencionado Elie Eberlin) también defendían la idea del pueblo judío como “Mesías colectivo”, pero con intenciones esclarecedoras y nada “beneficiosas” para el resto de la humanidad, pues, así, el rabino y masón Baruch Levi aspiraba a que “el pueblo judío, en tanto que colectividad, fuera su propio Mesías” y que por medio de la unión de las otras razas (no la suya…) -buen precursor, Baruch Levi, de la promoción del mestizaje actual-, la eliminación de las fronteras, de las monarquías, de cualquier otro elemento o cualquier otra institución garante de las diferencias, de la supresión de la propiedad privada y del acaparamiento en manos judías de los bienes del mundo acabara –el pueblo hebreo- dominando el mundo y realizando, de este modo, las promesas del Talmud. Baruch Levi escribe todos estos propósitos en carta que dirige a Karl Marx; del cual era confesor… ¿Podemos creer en la honradez ideológica y de intenciones de Marx cuando éste aboga por el ateísmo y anatemiza a la religión como “el opio del pueblo” si, por otro lado, tenía un confesor espiritual…? ¿o se trata tan solo de tretas de cierto judaísmo para hacerse con el control político y económico mundial?
Este presumible doble rostro de cierto judaísmo empuja a Evola a preguntarse si tras este presunto judaísmo laico desgajado de su tradición religiosa y que converge con la masonería no existe, oculto, en realidad un judaísmo fiel a su tradición y, por tanto, a la ley mosaica. En esta línea nos recuerda nuestro romano autor que un historiador de la masonería como lo fue Schwarz-Bostunitsch (de la minoría alemana de Ucrania durante aquella época de los años ´30 y ´40 del pasado siglo) afirmó que “el secreto de la masonería es el judío”; en definitiva, quien mueve los hilos de aquélla. Al igual que nos recuerda que un especialista en sociedades secretas como lo fue Leon de Poncins (1) escribió en su libro “La Vérité Israélite” que “el espíritu de la masonería, es el espíritu del judaísmo”.
En la misma línea de todo lo anterior se enmarcan las palabras del también (como Baruch Levi) rabino M.J. Merrit cuando afirmó, en el transcurso de una reunión o tenida masónica, que no había mejor lugar para realizarla que ése en el que se estaba llevando a cabo, que no era otro que una sinagoga, pues sostenía, textualmente, la convicción de que “la masonería había nacido en Israel”.
A pesar de todo lo dicho hasta ahora y de todo lo, por pura lógica, deducible Evola no cierra las puertas a la posibilidad de que la similitud de objetivos perseguidos por la masonería especulativa y por cierto judaísmo no se deba tan solo a una acción planeada por un judaísmo que, en realidad, seguiría fiel a su tradición religiosa (como aquél que hemos visto que echaba mano del profeta Isaías), sino que también podría deberse a que si la masonería promueve el internacionalismo homogeneizador es normal que muchos judíos laicos se sientan identificados con este ideal que no entiende de patrias, de razas, de identidades o de pertenencias, pues al judío que se ha alejado de la ley mosaica no le queda ningún símbolo de identidad con el que se sienta atraído e identificaddo: pues su origen racial es variadísimo y desconocido para muchos judíos, sus referencias originales geográficas también y sus costumbres lo son otro tanto. Por esto, en un mundo sin referentes ni peculiaridades él se siente más a gusto.
Las concomitancias entre masonería y judaísmo afloran igualmente en su común anticatolicismo, que en el judaísmo religioso encuentra su explicación en esa visión hereje que del cristianismo tiene desde el mismo momento de su aparición, mientras que en el judaísmo laico se basa en esa especie de sentimiento de venganza quasi atávico que contra las Iglesia Católica conserva debido a las persecuciones que por mor de ésta, y a manos de la misma, padeció el pueblo judío en diferentes épocas y lugares y, finalmente, en la masonería encuentra su razón de ser en el obstáculo que le supuso secularmente la Iglesia Católica de cara al proyecto y al anhelo masónicos de implantación de sus postulados librepensadores y relativistas.
Nuestro gran intérprete italiano de la Tradición concluye planteando la disyuntiva de que o bien luchando contra la masonería se lucha “simplemente” contra una organización que pugna por el triunfo del igualitarismo nivelador o, en cambio, lo que se puede conseguir si se sale victorioso en esta lid es eliminar uno de los resortes que utiliza el judaísmo para llevar a buen puerto sus deseos de hegemonía mundial.
El judío y los movimientos políticos, culturales y científicos de los siglos XIX y XX (**)
Evola nos ofrece una extensa relación de destacados personajes de extracción judía cuyo papel acelerador de los procesos de disolución acaecidos en Occidente, a lo largo de las dos últimas centurias, ha resultado decisivo.
Es así cómo nos recuerda que el mismo fundador del marxismo -Karl Marx- no era otro, en realidad, que el hebreo Mardochai. Nos dice, igualmente, que todos los cabecillas del bolchevismo que triunfó en la Revolución de Octubre de 1.717 en Rusia eran también, a excepción de Lenin, judíos; León Trotsky sería también un claro ejemplo de ello.
En Alemania el mismo fundador del Partido Socialdemócrata fue el judío Lasalle (quien ya en su momento había trabajado, políticamente, con los redactores de “El Manifiesto Comunista” (1.848): Marx y Engels). La misma extracción compartía la líder del Partido Comunista Alemán: Rosa Luxemburg; máxima responsable de las revoluciones espartaquistas que sacudieron duramente la Alemania inmediatamente posterior al final de la Primera Guerra Mundial. Y lo mismo sucedía con todos los principales dirigentes de este partido: Liebneckt, Kautzky o Haase.
En el campo de la filosofía no nos hemos de olvidar del francés Henry Bergson. Filósofo que en su justa crítica al racionalismo y al intelectualismo no adopta la postura restauradora de superarlos por lo Alto sino que se aleja de ellos bajando un peldaño más de la escalera involutiva y clamando, así, por la religión de la vida y de lo irracional: la religión de los instintos más primarios y la del turbulento e incontrolado mundo del subconsciente.
Haciendo malabares de un sincretismo contranatura, artificioso y de intencionalidad diáfanamente niveladora, igualitarizante y cosmopolita el judío Samenhof (o Zamenhof), nacido en territorio del Imperio Ruso (hoy perteneciente a Polonia), elabora, en el siglo XIX, un nuevo idioma (apelotonando elementos lingüísticos de lenguas diferentes) que pretende convertir en idioma universal: el esperanto.
La música no se ve exenta de influencias deletéreas provenientes de compositores de origen hebreo, tal como sucede con lo que Evola define como ironismo operístico (humorístico e irreverente) del decimonónico alemán Offenbach; que en sus obras intenta ridiculizar cuanto pudiera subsistir, en su época, de lo que, en su día, pudo considerarse acorde con la Tradición. O tal como ocurre con el alemán Schonberg y su música dodecafónica atonal que rompe con la escala musical tradicional de ocho notas (o, como se la suele denominar, de una octava). Escala de ocho notas utilizada durante siglos por todos los compositores, en Occidente, porque es el fruto de reconocer que la distancia y diferencia de sonido que, de este modo, existe entre una nota y otra es la que de manera más natural puede percibir el oído humano. Distancias de sonido que son conocidas como tonos; o como semitonos (entre la nota mi y la fa y entre la nota si y la do) en los casos de notas cuya diferencia de altura (más o menos agudas o graves) es menor que la habitual existente entre la mayoría de notas que se sitúan en la escala musical de manera correlativa. Pues bien, en esta línea, tan común entre muchos autores judíos, consistente en romper referencias y en desangelar cualquier atisbo de vida, de institución o de actividad ordenada Schonberg crea el dodecafonismo e introduce otro elemento de caos más en el seno de la cultura Occidental de su época. Elemento de caos, al decir de Evola, acorde con la misma naturaleza caótica del judío que le vendría dada por la amalgama racial tan dispar de la que procede (2). Schonberg verá cómo su dodecafonismo será abrazado por, entre otros, el también judío -en este caso ruso- Strawinsky, cuya música será definida por Evola como rítmico-orgiástica.
A nuestro gran intérprete italiano de la Tradición no se le pasa por alto la enorme influencia (casi podríamos mejor afirmar: el tremendo monopolio) que los judíos ejercían ya en su época en el mundo del cine. Concretamente nos recuerda que es en manos de hebreos en quienes estaban compañías cinematográficas como la Paramount, la Metro Goldwin Mayer, la United Artists, la Universal Pictures o la Fox Film. De todos es sabido que dicha influencia ha ido in crescendo arroyadoramente hasta la situación en que se encuentra en la actualidad (especialmente en Hollywood) y por esta razón se haría interminable la lista no sólo de compañías sino también de productoras, de artistas,…
La teoría de la relatividad
Antes de pasar a comentar las críticas que Evola realiza a esta teoría, nuestro autor nos recuerda las fuentes de las que bebe el judío Albert Einstein para formularla y el eco que ellas tuvieron inmediatamente en el mundo de la física moderna. Es así que Einstein se basa, para su elaboración, en la teoría del espacio creada por el judío Minkowsky y en reformas del cálculo infinitesimal como las llevada a cabo por el igualmente judío italiano Levi-Civita. El principal desarrollo que ha tenido esta teoría de la relatividad, con posterioridad a ser formulada por Einstein, ha venido de la mano del hebreo Weyll y entre los principales seguidores de la misma nos encontramos al judío italiano Enriques o al también judío (en este caso alemán) Born.
La teoría de la relatividad elaborada por Einstein supone, tal como nos expone Evola, un salto enorme en el abismo al que nos conducía la física moderna desde hacía ya unos cuantos siglos. La ruptura es total con respecto a la esencia de las ciencias sagradas Tradicionales. Unas ciencias sagradas que concebían los fenómenos naturales como la exteriorización del accionar de las fuerzas sutiles que componen el entramado suprafísico del cosmos y que explican la armonía consustancial de éste. Bajo este prisma las Ciencias Tradicionales entendían que lo que acontecía en el microcosmos era un reflejo de lo que sucedía a nivel macrocósmico. La modernidad, por el contrario, rompe sus vínculos con lo Alto y, por esto, las ciencias modernas se centran en los estudios, análisis, experimentación y formulación -exclusivamente- de lo fenoménico o superficial. Y siguiendo esta línea descendente la teoría de la relatividad se desvincula incluso de lo natural y de lo fenoménico y los sustituye por fórmulas matemáticas o los somete a ellas. Fórmulas matemáticas que son el producto de elucubraciones mentales que rozan el pensamiento abstracto más extremo y se alejan de cualquier tipo de realidad; inclusive de la material.
Para la física elaborada por Einstein, de este modo, el ente tiempo y el del espacio son superados y no tienen validez como tales. El físico judío “crea” una nueva realidad (paradójicamente irreal): la de la noción espacio-temporal; una especie de todo continuo que no tiene otro sustento que el de las disquisiciones mentales de su autor. Si la física profana había reducido cualquier idea de realidad a la meramente material, la física de Einstein no tiene otro soporte que el mental: el de sus elucubraciones mentales.
¿Nos debe extrañar esta reducción de la física a fórmulas matemáticas de lo más abstracto? ¿Nos debe, en definitiva, sorprender esta matematización de la física? Pues la respuesta que nos da Evola es que no, pues nos recuerda que no sólo el judío sino que en general el alma semita (3) ha demostrado siempre tener una inclinación especial hacia el número y la matemática. El álgebra nos vino introducida a través de los árabes. La numerología actual tiene esta procedencia y por ello también las cuatro operaciones básicas; por contra, por ejemplo, en la Antigua Roma se empleaban otros sistemas diferentes para calcular.
La inclinación del judío, en particular, hacia la matemática y el número puede hallar su explicación en su percepción cuantitativa, igualitarista y masificadora de la realidad y de la existencia. Esta vocación hacia el número se encuentra en la base de su querencia hacia la cábala; que, por otro lado, nos dice Evola que es de lo mejor que ha cultivado el judaísmo. Una cábala desarrollada especialmente por unos judíos sefardíes (como sería el caso de un Maimónides) que al decir de Houston Stewart Chamberlain ha representado siempre lo mejor y más granado del pueblo hebreo (4).
La psicología criminalística judía
En el Mundo de la Tradición la noción de orden que se tenía carecía de puntos en común con la idea de orden burgués tan en uso desde hace varias centurias. No se limitaba, pues, a aspectos sociales sin nexos con lo Superior, sino que, al contrario, hacía referencia al anhelo de reflejar aquí abajo -en la forma del Regnum o, mejor, del Imperium- el ordo que regía, equilibrada y armónicamente, arriba.
El Orden a establecer y por el que se luchaba debía sustentarse sobre una serie de pilares, uno de los cuales era el de la Justicia. El maestro romano nos señala cómo en esa línea de actuar y pensar tan cáustica y propia de cierto judaísmo la misma institución y el mismísimo concepto de la Justicia reciben fuertes impactos en su línea de flotación.
Es por esto por lo que algunos literatos judíos llegan a hacer aseveraciones del tipo de que “todo el mundo es culpable excepto el criminal” (Aschaffenburg) o de que “el culpable no es el asesino sino el asesinado” (Werfel). En la misma línea el escritor judío checo Franz Kafka nos relata en su obra “El Proceso” el cómo un acusado de un delito, que no es consciente de haber cometido, se enfrenta a un juicio en el que una Justicia deshumanizada, que no conoce ni de eximentes ni de atenuantes, le dicta sentencia condenatoria. El protagonista no es consciente de cuál será su destino dictado por esta sentencia hasta justo antes del momento en que ésta sea ejecutada (5).
Los más destacados psicoanalistas y/o psicocriminalistas judíos reman en la misma dirección de debilitar los fundamentos y la institución de la Justicia. De este modo los adscritos al marxismo (de fines del s. XIX y principios del XX) siempre han defendido la idea de que el criminal no es más que una víctima del sistema opresivo capitalista y que, por ende, no merecería punición alguna.
El judío italiano César Lombroso (cuyas peregrinas ideas asociaban y relacionaban, intrínsecamente, genio, criminalidad y epilepsia…) se posicionaba en su certidumbre de que los impulsos criminales tenían un origen genético y que, por esta razón, el criminal no podía nada contra ellos, pues constituían una especie de fuerza superior a él. Por lo cual Lombroso, también, pensaba que el criminal no merecía recibir ningún castigo.
Evola nos sigue recordando que en la misma línea de debilitar la potestad de la Justicia nos topamos con el judío austríaco (de Viena) Alfred Adler (discípulo de Freud) que postulaba el que en el seno de la sociedad, por mera lógica estadística, existe un porcentaje de personas con tendencias criminales y que, por este motivo, al individuo que tenga la desdicha de formar parte de este desgraciado porcentaje no hay que condenarlo sino que hay que ponerlo en manos de un psicoanalista, ya que aquél no ha pedido formar parte de este desdichado segmento de la población…
También nos hace saber Evola que Adler afirmaba que el criminal es un individuo que padece de complejo de inferioridad y que si se le castiga por sus actos delictivos se sentirá, a causa de sus complejos, humillado y su reacción será la de vengarse de dicha “humillación” volviendo a delinquir. Por lo tanto Adler aboga por que no se le castigue para evitar, así, su reincidencia delictiva.
Igualmente nos hace saber el gran maestro italiano de la Tradición que Sigmund Freud defendía la idea de que el potencial delincuente es un ser que padece de un sentimiento de culpabilidad a causa de un complejo de Edipo no superado y que para intentar atenuar la culpa que siente buscará que se le castigue. ¿De qué manera?: delinquiendo. La “brillante” solución que aporta Freud es la de suprimir el castigo porque de esta manera el potencial delincuente no delinquirá al saber que si sí lo hiciera no le correspondería el ser castigado por la Justicia (que es lo que perseguía); una Justicia, por otro lado, que pierde, así, todo poder, toda respetabilidad y toda razón de ser.
Los libros sibilinos
Hemos querido, de la mano de Evola, dejar al descubierto el papel deletéreo que cierto judaísmo ha protagonizado en el
seno de las sociedades del llamado Occidente a lo largo, especialmente, de las dos últimas centurias, pero igualmente de la mano del maestro italiano echaremos la vista mucho más atrás para comprobar cómo dicha acción disolvente no es ajena a épocas bastante lejanas en el tiempo. Es así, que ya en la antigua Roma se puede vislumbrar. Un buen ejemplo de ello sería el de los Libros Sibilinos que, según cuenta la tradición, le fueron dados por una vieja señora al último rey etrusco que reinó en Roma (en su primera etapa histórica: la de la monarquía): a Tarquino el soberbio. Se trata de unos libros en los que, a través de la sibila, supuestamente el dios Apolo comunicaba las profecías que daban respuesta a una serie de cuestiones que, normalmente, las gentes le habían formulado a la divinidad. Sin duda, atendiendo al contenido de las “profecías” emitidas, no podía tratarse del Apolo Solar e hiperbóreo que tan fidedignamente encarnaba los principios inmutables de la Tradición. Se puede deducir que el nombre de Apolo fue utilizado para introducir en Roma toda una serie de cultos exóticos, orientales, antirromanos, antisolares y antiolímpicos e introducir, además, todo tipo de divinidades de carácter telúrico y directamente emparentadas, por tanto, con la percepción sensual y emotiva de la vida y con cosmovisiones de tipo matriarcal y lunar. Las profecías transmitidas por las sibilas exigían al pueblo fidelidad a este tipo de cultos -extraños a las más genuinas esencias de Roma- si se quería evitar el padecimiento de calamidades.
Historiadores como Tito Livio ya advertían en su época de que muchas mujeres romanas hacían abandono de los tradicionales ritos romanos (oficiados por el pater de familia) para acudir, en cambio, a escuchar a la sibila en plan meramente devocional y gregario.
En el s. I d. C., por culpa de un incendio en el Capitolio, se quemaron y su posterior “reconstrucción” rezuma, como muy bien nos hace ver Evola, el sello del judaísmo, pues estos Libros Sibilinos “reconstruidos” destilan un odio hacia Roma cargado con ese cariz apocalíptico tan consustancial a la religiosidad hebrea. Visión apocalíptica que advierte de terribles calamidades para los opresores, en general, del pueblo judío (así, a las claras; sin disimulos) y, en particular, para contra Roma.
Por estas y otras razones muchos son los que han venido a llamar a estos Libros Sibilinos “reconstruidos” como los Libros Sibilinos Hebraicos. No es para menos, pues son continuas las referencias que en ellos se hacen al dios único (a buen entendedor léase Yahvé) como el que será venerado exclusivamente. Las evidencias de estos mensajes intentan, en ocasiones, ser disimuladas con referencias a un supuesto Apolo que en realidad tiene mucho de dionisíaco y antiviril y nada de apolíneo, mayestático y sereno. Sólo estas referencias a un supuesto Apolo podían evitar cualquier lógica reacción en contra de estos Libros por parte del segmento más genuino, sano, viril y uránico de la sociedad romana.
La mano del judaísmo se pone también al descubierto cuando los Libros hablan del pueblo que, según las profecías, orará en el templo (huelga decir que se trata del templo de Salomón y del pueblo judío) y que dominará al mundo con sus espadas. También cuando uno de los oráculos, en boca de la sibila, exigió la genuflexión de los que a su escucha habían acudido. Genuflexión inconcebible en los ritos Tradicionales romanos enraizados en un tipo de Espiritualidad Solar. Así escribíamos en cierta ocasión que ”la conciencia que se tenía, en el Mundo de la Tradición, de la potencialidad divina existente en el interior del hombre hacía que éste orara y se dirigiera a sus divinidades casi de tú a tú, en pie, con dignidad y no, como se hacía y se hace en el marco de las religiones que surgieron en el seno del mundo semita, arrodillándose, humillado y con el pesado sentimiento de culpa que, por ejemplo y significativamente, desprende la idea del pecado original.”
Fue enorme la influencia que los Libros Sibilinos Hebraicos ejerció, en Roma, entre los siglos I y III d. C. Como colofón a esta evidencia diremos que ellos fueron introduciendo en la cosmovisión de amplios sectores de la población romana una concepción lineal de la existencia (a través de la idea de un Apocalipsis que acababa con el Juicio Final) contrapuesta a la cosmovisión cíclica del tiempo propia de la Tradición (6).
Conclusión
Tal como ya señalamos en el artículo que se ha de considerar como la primera parte de éste que estamos a punto de concluir es bien evidente que un buen número de judíos llevan protagonizando, en los últimos siglos, un papel de catalizador de los procesos destructivos a los que se ve abocado, principalmente, “nuestro” mundo occidental, pero también debe quedar claro que nadie obliga a nadie a transitar por estos nefastos derroteros. Ni al llamado Occidente, en general, ni a nadie en particular se le ha obligado a ello. No vamos a repetir las tesis de Evola al respecto pues, en caso de hacerlo, se trataría de reiterar algo que ya explicamos en la mencionada primera parte de este tema. Pero, en relación al principio de la libertad profunda del hombre para elegir entre el camino de la alienación total o el del autodominio interno, recordemos lo que en alguna ocasión habíamos escrito (7):
“Nadie como el gran Tradicionalista romano defendió el principio de la Libertad del Hombre. El Hombre Reintegrado no es esclavo ante nada. No es esclavo de sí mismo: no es un títere manejado a antojo por sus pasiones, pulsiones, bajos instintos o por sus sentimientos engordados. No está sujeto irremediablemente a sus circunstancias. No se halla determinado ni por presuntas dinámicas históricas (el determinismo característico del historicismo, basado en el materialismo dialéctico, que postula que la historia se hace a sí misma: tesis+antítesis=tesis; o, lo que es lo mismo, igual a cambios históricos irremediables) ni se encuentra mediatizado por condicionantes sociales ni por ningún tipo de dios omnipotente que haga y deshaga a antojo sin la posibilidad de que uno pueda trazar su propio rumbo y sin que el ser humano pueda llegar a ser tratado como algo más que una simple criaturilla que no pueda albergar en su seno la semilla de la eternidad sino que tenga que resignarse bovinamente a postrarse devocionalmente antes su “creador”. El Hombre Superior no se encuentra tampoco cercenado en sus potencialidades por ninguna especie de determinismo ambiental-educativo. Ni tampoco por otros de orden cósmico en la forma de un “Destino” cuya fatalidad lo tenga irremisiblemente programado de antemano.”
En el mismo sentido también afirmábamos que:
“Evola le dio una especial relevancia a la idea de que la involución –con respecto a lo espiritual e imperecedero- podía ser frenada e incluso eliminada antes del final de un ciclo cósmico, humanidad o manvantara; esto es, antes del ocaso del kali-yuga. Y sostuvo firme y ocurrentemente esta idea porque creía en la libertad absoluta del Hombre. Porque creía que el Hombre, así en mayúscula, aparte de tener la clara potestad necesaria para conseguir su total transustanciación o metanoia también tenía en sus manos la posibilidad de devolver a sus escindidas y desacralizadas comunidades los atributos y la esencia que siempre fueron propios del Mundo Tradicional. Porque Evola creía, en definitiva, en el Hombre Superior o Absoluto, Señor de sí mismo.” (8)
No hay, pues, que buscar chivos expiatorios a los que responsabilizar de estos procesos de caída, porque aunque hayan existido personajes nefastos pertenecientes a un determinado pueblo –el judío- también ha demostrado ser igual de nefasto aquél que se ha dejado “conducir” por los derroteros enajenantes que han trazado los primeros. Y esto lo comentamos sin olvidarnos del hecho incontestable de que fuera del ámbito del pueblo aludido podemos encontrar, desde mucho tiempo atrás, numerosos y significativos ejemplos de personajes que también han trazado senderos de aquéllos que acaban precipitando al abismo más degradante a quienes cometen la irresponsabilidad de recorrerlos.
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NOTAS:
(*) Las tesis de Evola sobre este asunto se pueden leer en su artículo “Acerca de las relaciones entre el judaísmo y la masonería”, que ha sido traducido al castellano, por un lado, por Ernesto Milà y, por otro, por Marcos Ghio; el cual, junto a otros artículos de nuestro autor por él mismo traducidos, ha sido publicado por Ediciones Heracles en un libro que lleva por título “Escritos sobre masonería” y que fue publicado en el año 2.001.
(**) Tanto el presente capítulo como todos los siguientes de este escrito y las reflexiones que nosotros hemos creído conveniente verter se basan en lo expuesto por Julius Evola en una serie de artículos que Marcos Ghio tradujo y publicó, en 2.002, bajo el sello de Ediciones Heracles -junto a otros escritos de nuestro autor- en un libro intitulado “Escritos sobre judaísmo”.
(1) Leon de Poncins redactó junto a Emmanuel Malinsky otra imprescindible obra titulada “La guerra oculta”, que pone al descubierto lo que se esconde tras las bambalinas de los escenarios mundiales. Obra que fue traducida al italiano por Evola y que también tiene edición en castellano traducida por Marcos Ghio y editada por Ediciones Heracles.
(2) Esta tesis planteada por Evola ya fue explicada en la que se puede considerar como la primera parte que precede al presente artículo y que ya hemos comentado, en las primeras líneas, que llevaba por título el mismo que el de nuestro actual escrito.
(3) Evola, hablando de pueblos semitas, nos hace una pequeña acotación para comentarnos cómo ciencias Tradicionales como la astrología en civilizaciones como la asiria, la babilonia o la caldea (de extracción semita) se basaban en la observación de la luna y de los planetas -tal como corresponde a un tipo de “espiritualidad” lunar- y no en el estudio del Sol y las estrellas como, en cambio, sucedía en otras civilizaciones caracterizadas por una espiritualidad de índole solar.
Tengamos presente que la “espiritualidad” lunar no concibe la posibilidad del Despertar a la Realidad Suprasensible ni al Principio Supremo que se halla en el origen del Cosmos. No admite, pues, la posibilidad de que determinados Hombres puedan llegar a Ver la Luz (a la Gnosis de lo Absoluto; además de a la Identificación Ontológica del Hombre con Ello); una luz propia de la que carecen la luna y los planetas y que sí poseen el Sol y las estrellas objeto de la observación y del estudio de la Espiritualidad de tipo Solar. La de naturaleza lunar se ha, pues, de contentar con la mera fe y devoción hacia lo Alto.
(4) Seguramente la mayoría de judíos sefarditas son de origen hispanorromano. Se trataría de hispanorromanos que en los primeros siglos del cristianismo se convirtieron al judaísmo, bien abandonando sus debilitadas creencias politeístas o bien renunciando a un cristianismo recién abrazado. No ha de extrañar este segundo caso debido a las semejanzas existentes entre el judaísmo y un cristianismo de los orígenes de corte humanitarista, igualitarista y muy dado a la pusilanimidad.
Es lógico pensar que estas conversiones al judaísmo existieron y no, precisamente, en pequeña escala puesto que sabemos que el número de personas de religión judía existente en la España de los Reyes Católicos (concretamente a fines del s. XV) era elevado, pues con motivo del Decreto de Expulsión de 1.492 tuvieron que abandonar el Reino un mínimo de 200.000 personas (algunas cifras barajadas llegan incluso hasta hablar de 400.000) a las que hay que añadir un nada desdeñable número correspondiente a los supuestamente conversos al cristianismo que pudieron continuar viviendo en España.
Esta elevada población no podía ser, de ninguna manera, el resultante de la Diáspora que se originó en Palestina, a partir del año 70 d. C., tras las destrucciones del templo y de la ciudad de Jerusalén por orden del general romano Tito, ya que la población total existente por aquel entonces en la semidesértica Palestina era poco numerosa y, además, por lógica de distancia, no sería a la provincia más alejada del Imperio Romano, en relación a Palestina, a la que llegaría, precisamente, el mayor contingente de exiliados. A estos razonamientos hay que añadir el hecho de que no todos los judíos tuvieron que abandonar Palestina tras el citado año 70 d. C., como lo demuestra el hecho de que en el s. II d. C. se tienen noticias fehacientes de revueltas judías contra el poder y la autoridad de Roma, como es el caso de la encabezada por Bar Kohba y cuyo episodio final tuvo lugar en la fortaleza de Massada o Masadá.
(5) Resulta contrastante esta defensa de los atenuantes y eximentes por parte de ciertos personajes judíos si echamos la vista atrás y recordamos el tipo de justicia que regía en el seno del judaísmo fiel a la ley de Moisés: la Ley del Talión; el ojo por ojo y diente por diente…
(6) Para un mejor desarrollo de estas cosmovisiones del tiempo tan dispares remitimos al lector a nuestro escrito “Cosmovisiones cíclicas y cosmovisiones lineales”: http://www.geocities.com/Athens/Troy/1856/Cosmovisiones.htm
(7) Extractado de nuestro documento titulado “Los ciclos heroicos” y subtitulado “La Doctrina de las Cuatro Edades y de la Regresión de las Castas y la concepción de la Libertad en Evola”. Se puede leer en su totalidad en http://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/los-ciclos-heroicos/ o bien en http://juliusevola.blogia.com/2009/020605-los-ciclos-heroicos-las-doctrinas-de-las-4-edades-y-de-la-regresion-de-las-casta.php o en http://www.geocities.com/Athens/Troy/1856/Ciclosheroicos.htm
(8) Ibíd.
No hace demasiado tiempo hubo quien tuvo la ocurrencia de realizar una comparativa entre un conocido político –fallecido hace ya unos cuantos años- y Julius Evola. Se defendía la postura de la superioridad de éste como hombre de pensamiento y, por el contrario, la superioridad del personaje político como hombre de acción. Para nosotros este tipo de comparaciones nos parecía que carecían de cualquier sentido; que se hallaban fuera de lugar. Y nos lo parecía debido a que los planos en los que esencialmente cada uno desarrolló la mayor parte de sus actividades –al menos las que más renombre y/o notoriedad les han dado- eran planos diferentes que no admitían parangón alguno. De todos modos, aún en el caso de que hubieran ejercido quehaceres más parecidos, las comparaciones siempre han adolecido de una fuerte carga de subjetividad, puesto que los criterios que pueda alguien utilizar para realizarlas pueden ser totalmente disímiles a los que pueda usar otro. Y todavía podríamos añadir aquel conocido dicho de que “las comparaciones resultan odiosas”.
Nosotros nos proponemos no entrar en este tipo de debates y es por ello por lo que no vamos a hablar del personaje político al que se ha hecho alusión. Nos vamos, por el contrario, a centrar en la figura de Evola y lo vamos a hacer no para hablar de su faceta como hombre de pensamiento o –tal como él prefería que le definieran- ´intérprete de la Tradición´, sino para centrarnos en su faceta de hombre de acción. Así lo haremos puesto que es bien conocida su alta competencia en el ámbito cultural pero no así tanto su otra vertiente que le sitúa fuera de las bibliotecas, de los estudios y de los escritorios; vertiente ignota para muchos y vertiente digna de ser tenida en muy alta consideración.
No tenemos otra mejor manera de hablar de esta su otra faceta que narrando episodios de su vida que resultan altamente significativos a tal respecto. Episodios que confirman la vocación que (en su autobiografía “El camino de cinabrio”) afirmó tener desde muy temprana edad y que consistía en un impulso hacia la acción que le hizo adherirse rápidamente al ideal del guerrero o (recurriendo a la tradición del hinduismo) shatriya. ´Acción´ que hemos de entender no sólo desde el punto de vista externo sino también interno, pues es un intenso, prolongado y metódico accionar en el interior del ser humano el que le puede llevar por el sendero del descondicionamiento (con respecto a todo aquello que encadena, perturba y ciega a su conciencia) hacia su Despertar a la Realidad de lo Incondicionado, Eterno e Inmutable que se halla en el origen de todo el mundo manifestado. Pero no es de esta acción interior (1) de la que vamos a tratar en el presente escrito sino de la otra: la exterior; haciéndolo, como señalábamos arriba, con la exposición de episodios acontecidos en la vida de nuestro autor.
Así, podríamos empezar recordando su alistamiento en el ejército italiano a la temprana edad de 16 años. Al año siguiente de su alistamiento (1.915) Italia entró en una Primera Guerra Mundial que había empezado el año anterior. Evola fue en ella oficial del arma de artillería. Su participación en acciones bélicas fue muy escasa. Prácticamente no tuvo opción para ello, lo cual sin duda tampoco provocaría gran desagrado en él, puesto que, a pesar de su vocación hacia la ´vía del guerrero´, él hubiera preferido que su país se hubiese alineado con los llamados Imperios Centrales en lugar de hacerlo –como lo hizo- con las plutocracias demoliberales. Cierto es que antes de la conflagración bélica Italia formaba parte de la Triple Alianza, junto a Alemania y al Imperio austro-húngaro, y que si, sobre todo, a esto le unimos la convicción que tenía nuestro autor (junto a sus entonces compañeros de viaje dadaístas y junto a los también vanguardistas futuristas de Marinetti) de que la participación de Italia en la guerra (con los traumas, sacudidas y remociones de conciencias que la guerra conlleva) ayudaría a romper esquemas, valores y anquilosamientos burgueses enquistados en la sociedad trasalpina de la época, obtendremos con claridad las razones que impulsaron, primeramente, -entre otros- al joven Evola a promover la entrada de Italia en la guerra y que le hicieron, finalmente, participar en ella.
A este ´Evola hombre de acción´ lo podemos ver, desde una sección de la revista La Torre que él fundara y dirigiera en 1.930, denunciando sin cortapisas cualquier atisbo de decadencia y corrupción observado en el seno de la dirigencia política de la Italia del ventenio fascista. No hubo el menor refreno a la hora de airear los modos aburguesados y las prácticas contrarias a la buena ética que se observaban, por ejemplo, en la vida social de esta alta clase dirigente política. Por ello, no es de extrañar, que, finalmente, estos sectores denunciados empezaran a presionar para que fuera clausurada la revista (hecho que aconteció a los pocos meses de su fundación) y tampoco es de extrañar que uno de los directamente aludidos en estas implacables críticas –Mario Carli- acudiera en busca del protagonista del presente escrito con ánimos de agredirle físicamente; aconteciendo, en cambio, que el que salió malparado fue el Sr. Carli, el cual recibió con su propio garrote, arrebatado por Evola, un serio correctivo en el rostro y hasta la rotura de sus anteojos…
Nuestro hombre de acción se convierte en un alpinista de élite. Así lo podemos ver en agosto de 1.934 en la cima del Monte Rossa, a 4.200 metros de altura, acompañado de un guía -Eugenio David- que 40 años más tarde –también en agosto- volverá, ya a una muy avanzada edad, a culminar dicha cima para depositar las cenizas del difunto Julius Evola.
A lo largo de la década de los ´30 y durante los primeros ´40 nuestro hombre de acción recorre un buen número de países de Europa tras un objetivo preferente, que no es otro que el de crear una red secreta en la que se implicarían las más aptas personas defensoras y/o difusoras de la cosmovisión propia del Mundo de la Tradición; algunas de ellas muy enfrascadas en las vicisitudes políticas del momento. Este propósito de Evola obedecía a su intención de que aquel saber ancestral, sacro y eterno que él afanaba por transmitir no quedase en papel mojado y tuviera quien lo conservase con ánimo, ¡por qué no!, de poder transplantarlo algún día al plano de las efectivas realizaciones políticas de una futura Europa; de poder plasmar la Tradición en el ideal del Imperium (2). Esta aludida red secreta obedecía a la idea de la constitución de una Orden que sería la garante de ese legado sapiencial y sagrado y la rectora de ese anhelado Imperium.
A pesar de los trágicos avatares acontecidos con motivo de la Segunda Guerra Mundial Evola nunca cedió en este empeño de constitución de una Orden. Es por ello que, transcurrido mucho tiempo, bien avanzados los años ´60, incluso tenía ya elegida la que según su criterio podría ser una persona muy apta (por su acendrado sentido del honor y de la fidelidad y por su talante aristocrático) para convertirse en la figura rectora de esta Orden. Era en el príncipe Valerio Borghese en quien pensó para dirigir la que Evola denominaba Corona Férrea; esto es, la Orden. Desgraciadamente, el fallido golpe de Estado dirigido por Borghese en 1.970 frustó este recurrente proyecto de Evola.
Nuestro hombre de acción vivió como gran protagonista buena parte de la convulsión política que se desata en Italia como consecuencia de la reunión del Gran Consejo Fascista del 25 de julio de 1.943 en la que se depone de sus cargos y, posteriormente, se arresta a Benito Mussolini. Evola se convierte, tras ello, en uno de los principales personajes encargados, en Roma, de intentar hacer volver a Italia a la situación política anterior al 25 de julio. Pero Evola, no sin atravesar peligros, deberá abandonar el país para, tras varias escalas, arribar a Rastenburg, en los límites de la Prusia Oriental, donde se hallaba el cuartel general de Hitler –la conocida como “guarida del lobo”-, donde, junto a algunos de los más fieles e irreductibles representantes del ilegalizado Partido Nacional Fascista (Preziosi, Pavolini, Farinacci,…), empieza a organizar una especie de gobierno en el exilio y a proclamarlo en Italia a través de la radio. Es en este lugar donde todos aquellos recibirán (junto a Vittorio Mussolini –hijo del Duce-) al Benito Mussolini que acababa de ser liberado de su prisión en Los Abruzzos por el intrépido SS Otto Skorzeny. Evola y aquellos irreductibles son los que, en Rastenburg, se reunirán con el recién liberado para preparar la instauración de la República Social Italiana –conocida también como República de Saló- en el Norte de Italia y para actuar de forma clandestina en el resto de la Península con objeto de reorganizar el defenestrado fascio. A Evola se le encomiendan decisivas funciones en una Roma que volverá a tener que abandonar en el momento de su ocupación por las fuerzas armadas aliadas, en una huida en las que las peripecias empiezan en su mismo domicilio familiar en el momento en que agentes secretos británicos acuden al mismo para arrestarlo y él consigue escapar (gracias a las maniobras de distracción protagonizadas por su anciana madre) por la misma puerta por la que aquellos habían entrado y cuyas peripecias continúan al atravesar, primero, las líneas del ejército estadounidense y, después, las del francés hasta unirse a columnas del ejército alemán en retirada hacia el norte del país.
Los últimos días de la IIGM en suelo europeo hallamos a nuestro autor en Viena. En colaboración con la Anhenerbe (departamento dependiente de las SS) está estudiando archivos de sociedades secretas subversivas. En una especie de reto al Destino propio de un shatriya Evola nunca acudía a los refugios antiaéreos en momentos de bombardeos aéreos enemigos. En uno de éstos las heridas que recibe le dejan paralítico de por vida de cintura para abajo. Pero este fuerte contratiempo no significará para Evola renunciar a su condición de ´hombre de acción´, puesto que tras 3 años de convalecencia en hospitales suizos vuelve a Italia dispuesto a unirse “al resto del ejército” (3). Y son sus actividades con el “resto del ejército” (en el que encontramos a gente como Giorgio Amirante o al General Graziani) las que le llevarán, en 1950, medio año a la cárcel y las que provocarán su enjuiciamiento bajo la acusación de “intento de reconstrucción del Partido Fascista”; juicio del que saldrá absuelto.
Evola, desde entonces hasta el fin de su existencia terrena, nunca dejará de ser guía político y hasta espiritual para destacados militantes del conocido como neo-fascismo italiano que acudían a su residencia en Roma (sita en el Corso Vittorio Emmanuele) para recibir su saber y sus consejos. Y no tan sólo personas sino que también importantes sectores de diversos grupos y/o partidos de esta área política hicieron de algunos de sus escritos su principal fuente de inspiración ideológica. Evola nunca renunció a este tipo de influjos porque como hombre de acción que era siempre se resistió a que no se pudieran aplicar en la praxis política todos aquellos valores, ideas y posiciones propios a la Tradición.
No está de más aclarar que, pese a todos los avatares narrados que le relacionan con la política, Evola, obviamente, nunca fue fascista (de hecho nunca estuvo afiliado al Partido Nacional Fascista de Mussolini) ya que su adhesión estaba para con el Mundo de la Tradición y desde el punto de vista marcado por los parámetros que informan el Mundo Tradicional el fascismo siempre adoleció (al igual que le sucedió al nacionalsocialismo) de influencias de la deletérea modernidad. La colaboración de nuestro autor con el fascismo se entiende porque, por otro lado, esta corriente política también mostró posicionamientos de claro distanciamiento con respecto a las taras propias del mundo moderno (4).
Al decir de diversos escritores (no todos ellos narran el mismo final) nuestro hombre de acción quiso morir de pie (5), firme como un shatriya, y mirando de frente al sol que entraba por la ventana de su habitación.
¿Habrá todavía, después de todo lo que hemos narrado, quien ningunee la faceta de Evola como hombre de acción?
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De los más que presuntos logros de la acción interior llevada a cabo por nuestro protagonista se habló de forma directa en nuestro artículo “¡Que nos disculpe Evola!”.
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Al respecto ya desarrollamos este tema en nuestro artículo “El Imperium a la luz de la Tradición”.
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Esta expresión la utilizó Evola en el transcurso de una conversación que, tras su regreso de Suiza, mantuvo en Bologna (antes de su llegada a Roma) con su amigo Clemente Rebora; un poeta que se convirtió al catolicismo y se integró en la orden de los padres rosminianos.
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Como no es de doctrina de lo que se debía de tratar en el presente escrito no hemos querido concretar ninguno de los aspectos que acercaban al fascismo al mundo moderno ni ninguno de los que, en cambio, lo aproximaban al Mundo Tradicional. Lo que sí podemos hacer es emplazar al lector que tenga interés en ello a que le dedique una lectura a nuestro artículo “Los fascismos y la Tradición Primordial”. O, si prefiere ir directamente a la fuente, el emplazamiento sería a la lectura del libro de Evola intitulado “Il fascismo visto dalla destra” e incluso a su apéndice “Note sul Terzo Reich”. Existe traducción de ambos al castellano realizada por Ediciones Heracles bajo el título de “Más allá del fascismo”.
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Esta actitud, por otro lado, no debería resultar extraña a Evola puesto que ya en el verano de 1.952 había recibido en su casa de pie –con ayuda de su padre y de una enfermera- a Mircea Eliade; tal como éste explica en sus “Memorias”.