No es menester poseer un ojo demasiado avizor para percatarse del profundo estado de agitación y desasosiego que caracteriza el existir del hombre en el seno de esta alienante etapa de la humanidad que el pensamiento Tradicional conoce con la denominación de mundo moderno. No va a ser el tema de este escrito el de tratar de explicar de qué manera y debido a qué procesos involutivos nuestro coetáneo hombre se ha visto abocado a este desnortado pulular por la vida. Defendemos, en otro orden de cosas, la idea de que más que verse abocado a ello -así, como si se tratase de un sujeto pasivo- ha sido él el principal responsable de la situación existencial en la que se halla. Y defendemos esta idea porque tenemos la convicción de que, en última instancia, el hombre tiene la potestad de ser libre en la ejecución de todos y cada uno de sus actos, por mucho de que cada vez más –a medida que discurre la deletérea modernidad- encuentre tremendas dificultades para hacer uso de dicha potestad.
Sea como fuere el hecho palpable y constatable es el de que nuestro hombre actual ha perdido el norte y no parece dueño de sus actos. Ni de sus actos ni de sus pensamientos, pues si fuera el ordenador de estos últimos sus actos representarían la lógica plasmación de su voluntad e intencionalidad. Nuestro, antes que hombre, hombrecillo se mueve por impulsos. Es el plano irracional el que se ha adueñado de su ser y el que ha devenido en caprichoso y cruel dictador de sus incontrolados actos. Es su subconsciente el que lo tiraniza y lo aboca a actuar de la forma turbadora en que lo hace. Este hombrecillo tan sólo se mueve accionado por pulsiones. Su convulsionada existencia es la consecuencia de haber perdido la centralidad. Ya no conoce de la posibilidad de encontrarse con esa referencia Superior que anida, en forma aletargada, en su interior y que, de poder avivarla, le haría de polo y guía ordenadores de su cotidiano existir. Con la centralidad ha perdido, al mismo tiempo, la polaridad.
Se debe, pues, colegir fácilmente que el problema principal que se halla en la base de la vida exabrupta del homo vulgaris es el de que éste dejó ha ya mucho tiempo de mirar para dentro de sí y optó, únicamente, por hacerlo hacia afuera de su ser. Decidió ignorar que en sus adentros es posible hallar un plano de la realidad que es de orden metafísico y que, al no ser de naturaleza física, el Identificarse ontológicamente con el mismo le libraría de cualquier tipo de apego y esclavitud hacia lo material; tanto hacia lo material presente en el mundo manifestado como hacia lo material representado por nuestro propio cuerpo cuando éste ha sido arrojado al dominio de lo irracional, de lo primario-instintivo y del descontrol de lo impulsivo.
Ese apego hacia lo material presente en el mundo manifestado es el que provoca el afán –en términos del budismo- o sed de posesión que se encuentra en la base de cualquier tipo de explicación del fenómeno alienante representado por el consumismo. Y ese mirar exclusivamente ´hacia afuera de uno mismo´ que acontece cuando reina el apego hacia lo material presente en el mundo manifestado explica el contenido etimológico mismo del término existir, que no es otro que el de ´estar afuera´ (ex-sistere) de uno mismo y al que, pensando en la Reintegración y Transformación del homo vulgaris, se le debería de oponer (tal como ya señaló, en su momento, Julius Evola) el concepto de in-sistere: ´estar adentro´ de uno mismo.
En el seno de las diferentes civilizaciones que, en diversas épocas, encajaron en los parámetros propios al Mundo de la Tradición fueron, básicamente, dos los tipos de hombres que en ellas coexistieron: por un lado, el de aquéllos pocos que eran capaces de (acudiendo a una ilustrativa expresión taoísta) ´ser señores de sí mismos´ y el de, por otro lado, los más: aquéllos otros que no conseguían autogobernarse enteramente, ya fuera por no tener la potencialidad necesaria para ello o ya fuera por no haber mostrado la voluntad necesaria para intentar arribar a esa meta. Los primeros conseguían esa (volviendo a citar al gran intérprete italiano de la Tradición: Evola) ´autarquía´ que no les hacía verse alterados por ningún tipo de condicionamiento inserido en la psique por influjo del exterior ni ser, asimismo, mediatizados por las ´circunstancias´ (que diría Ortega y Gasset). Y llegaban a ser ´autarcas´ tras experimentar la transmutación (tradición hermética dixit) interior como consecuencia de un disciplinado, arduo y metódico proceso descondicionador (conocido como Iniciación) necesario para aspirar al Conocimiento de esa Realidad Trascendente a la que aludíamos párrafos más arriba y necesario, también, para la Integración ontológica con dicha Realidad Suprasensible. Sobra decir que el desasosiego y cualquier especie de inquieto y compulsivo afán provocador de ansiedades y angustias existenciales quedaban drásticamente extirpados en esas naturalezas propias de Hombres Superiores (de Hombres Absolutos, Verdaderos o Integrales), pero cabe, asimismo, señalar que de entre los segundos tipos de hombres (el de los que eran incapaces de gobernarse totalmente a sí mismos) los había que también eran conscientes de que en su ser anidaba lo Absoluto Imperecedero aunque no pudiesen –por las dos diferentes causas ya señaladas- actualizarlo (hacerlo pasar de potencia o posibilidad a acto), mientras el resto de sus congéneres –dentro de este segundo tipo de hombres- se contentaban con la creencia en entes sobrenaturales y/o en divinidades pero no llegaban ni a vislumbrar la idea de un Principio Supremo ni –siguiendo a Aristóteles- de un Motor Inmóvil que se hallara en el origen –y más allá- tanto de esas deidades como del mismo mundo manifestado. Pues bien, ambos grupos de hombres –aun incapaces del autodominio interior- hacían girar sus respectivas existencias, a pesar de sus limitaciones, en puntos de referencia Superiores –a través de la devoción a la divinidad- y esto les posibilitaba el que -aunque no hubieran roto las cadenas que los esclavizaba a pasiones, deseos, sentimientos sobredimensionados, pulsiones e instintos primarios- sus prioridades existenciales mirasen más frecuentemente a lo Alto que a lo mundano y a lo bajo e igualmente les ayudaba a comprender el escollo que, parar intentar acercarse a lo Alto o para estar a bien con ello, representaba –y representa- la obsesión por lo mundano. Así pues, por ejemplo, el deseo por poseer bienes materiales se minimizaba o, al menos, no se hacía obsesivo e insaciable tal como acontece al hombre común que monopoliza la tipología humana de los tiempos actuales.
El ´señor de sí mismo´ era conocedor de los misterios del cosmos y sabía que todo el mundo manifestado tenía un origen común, pues derivaba, por emanación, de un Principio Eterno e Indefinible (que René Guénon y cierta metafísica denominaron como el No-Ser o como la Posibilidad Universal) que al manifestarse pasaba de potencia (=de Posibilidad) a acto. El Hombre Reintegrado concebía a la totalidad del cosmos de manera unitaria, ya que, no en vano, repetimos, el origen de éste era común. Así pues, para este Hombre Integral todo aquello que le rodeaba formaba un todo con él mismo. No existía, para sus certidumbres, una discontinuidad entre el yo y el tú o entre sujeto y objeto. Es más, él no concebía estas mismas categorías (yo/tú, sujeto/objeto) como dotadas –cada una de ellas, por separado- de una entidad autónoma, pues de concebirlas admitiría un dualismo disconforme con su visión unitaria del mundo manifestado. Es así que para este Hombre Absoluto lo que le circundaba no era disímil con respecto a él mismo, sino que, al contrario, formaba un todo con él y suponía una continuidad con su ser. Cualquier impulso de deseo de posesión quedaba, por absurdo, totalmente desvanecido; no tenía razón de ser. Y es que se desea lo que uno no tiene: lo que nos es diferente y, por tanto, ajeno a nosotros. No cabe, por el contrario, la sed posesiva hacia lo que forma parte de uno.
En el Mundo Tradicional el hombre luchaba por construirse desde dentro. Lidiaba, primero, por liberarse de los condicionamientos que dominaban a su psique y a su cuerpo. Bregaba, después, para que en su alma ya libre de escorias de lo irracional y de instintos primarios se acabara por reflejar la Realidad Trascendente que, cual semilla que tiene que germinar, habita en cada uno de nosotros. Bregaba, así, para que su alma se convirtiera, de este modo, en una especie de limpio y reluciente espejo en el que se reflejara el Espíritu; para que su alma se espiritualizara y se hiciera, así, imperecedera. Luchaba, por ende, por conquistar la Inmortalidad (del alma).
Por el contrario, en el mundo moderno el homo vulgaris se agita “construyéndose” desde afuera. A diferencia del Hombre de la Tradición, el hombre común no lucha por Ser –no lucha por Despertar a una Realidad Superior e Integrarse totalmente en ella- sino que se convulsiona con el objetivo de aparentar. No vive centrado en su Realización Interior sino que lo hace obsesionado en la imagen que de él pueden llevarse los demás. Su accionar sólo pugna por lo externo y por las formas y nunca por lo interno y la Esencia. En su afanarse por las apariencias, el hombre común se inquieta enfermizamente por adquirir todos los bienes materiales necesarios para poder mejor impresionar a sus semejantes. Se aboca, pues, al consumo descontrolado y compulsivo.
Pero con la adquisición de nuevos productos -de todo género- y de bienes materiales no se muestra nunca conforme y satisfecho puesto que en el reino de la cantidad no existen los límites ni las metas liberadoras; justo al contrario de lo que acontece en el Reino de la Calidad en el que la Gran Liberación y la Gnosis de lo Trascendente representan la meta a lograr. La cantidad –el número- llama a más cantidad. El hombre moderno se agita insaciablemente por consumir más y más y, además, se apresta con urgencia a intentar compensar su vacío interior y su incapacidad de introito con sostenes externos (la imagen física, los ropajes y los enseres y bienes poseídos) que disimulen esa oquedad interna.
El Hombre de la Tradición no hesitaba sobre la certidumbre de que en el desapego con respecto a las ataduras representadas por el subconsciente, lo telúrico y lo material se hallaba la base de su auténtica libertad. ¡Acaso resulta tan difícil el percatarse de que el apego a la materia y a las fuerzas irracionales tan sólo produce desdicha, insatisfacción, infelicidad, ansiedad sin fin y dependencia esclavizante y de que dicho apego supone la gran causa de la actual avasalladora proliferación de existencias agitadas!
La búsqueda del placer como fin en sí mismo no suele enaltecer a quien lo practica, sino que lo habitual es que lo degrade. El hedonismo puede estar centrado en una actividad tan recurrente como la sexual o en la mera actividad de cazar o de pescar por simple afición, por el disfrute de hacerlo y no por buscar alimento necesario para la supervivencia o, como sucedía en tiempos pretéritos en muchos casos de caza, para entrenarse para la guerra. Loamos, pues, las revolucionarias medidas tomadas durante el III Reich de, en un principio, restringir severamente ambas actividades y, finalmente, prohibirlas totalmente.
El cientifismo negador de cualquier Realidad que se encuentre fuera de sus limitaciones cognitivas y que anteponga cualquier posibilidad de progreso material a los principios de la ética, también sufrió un duro revés cuando la Alemania nacionalsocialista prohibió –caso único en el mundo- la experimentación científica con animales vivos: la vivisección.
Hay muchos de nosotros que se oponen a las corridas de toros siguiendo con esta defensa ética de los animales y lo que se va a pretender en este escrito es precisamente lo contrario. Esto es, echar un capote a favor de la tauromaquia.
Podríamos empezar hablando de lo que representa el toro bravo para la identidad de algunos países como España, donde encontramos su cabeza o su cuerpo entero esculpidos en diferentes soportes desde hace, incluso, varios miles de años y en donde es indisociable de multitud de fiestas y de todo tipo de tradiciones locales a lo largo y ancho de toda su geografía.
Pero hasta podríamos recurrir, y recurriremos, a argumentaciones sacras para defender la tauromaquia, puesto que probablemente representa un vestigio de ritos sagrados de épocas ya alejadas en el tiempo.
En los mitos y leyendas de las diferentes tradiciones de los pueblos indoeuropeos siempre fue un tema recurrente el de la lucha de dioses o héroes contra titanes, gigantes, ciertos animales y todo tipo de monstruos. Lucha que simbolizaba el enfrentamiento cósmico del Espíritu contra la Materia o la disputa que en el interior del hombre acaecía entre las fuerzas que tienden a llevarlo hacia lo alto y las que pretenden arrastrarlo hacia lo bajo.
En Persia, un pueblo indoeuropeo como el iranio representó esta lid metafísica enfrentando al dios-héroe solar Mitra y al toro. El toro adquiría el papel de las pasiones, de los bajos instintos, de la sensualidad y de la animalidad que impiden el triunfo y el imperio de la esencia divina que anida en el interior del ser humano. De este duelo mitológico salió victorioso el dios que, al matar al toro, hizo que la Luz se impusiera sobre las Tinieblas.
Mitra entró a formar parte del panteón romano gracias, sobre todo, a que miles de sus legionarios acabaron adoptando el mitraísmo en sus prácticas religiosas, atraídos por los atributos de lucha, guerreros, representados por el dios.
Uno de los ritos más importantes que tenían lugar en los templos consagrados a esta divinidad tenía que ver con ceremonias iniciáticas en las que –representando a Mitra- el oficiante sacrificaba a un toro, cuya sangre caía, a través de una especie de rejas que hacían de suelo, sobre un iniciado en estos cultos que se hallaba situado en un piso inferior.
El recuerdo, quizás bastante inconsciente sobre su significado, de este ritual de sacrificio seguramente dio pie al inicio del hoy también conocido como Arte de Cúchares; esto es, de las corridas de toros. Arte que, tengámoslo en cuenta, es propio de zonas –España, Portugal y sur de Francia- que habían formado parte del Imperio Romano.
Pero también podemos defender la tauromaquia cambiando visceralmente de argumentos. Pues si la mayoría de sus detractores lo son debido a los supuestos sufrimientos que puede padecer el astado, nosotros les recordaríamos que el toro de lidia nace para la pelea, se prepara para ella en las dehesas enfrentándose a otros machos, movido por su naturaleza combativa o para poder tener la exclusividad de la procreación con las hembras, y, por tanto, vive su acontecer en el coso taurino como una puesta en práctica más de sus atributos innatos. La bravura con la que embiste dispara unos niveles de adrenalina que, a buen seguro, le hacen prácticamente insensible al dolor. Extrapolando la situación al ser humano, y con el objeto de hacer más comprensible lo que acabamos de exponer, ¿quién de nosotros no habrá recibido alguna vez un fuerte golpe, en el transcurso de una pelea, que nos haya causado un fuerte traumatismo o hematoma debido a la violencia del mismo y que en el instante de haberlo recibido apenas nos dolió o, incluso, no lo notamos en absoluto? Algún caso recordamos de alguna víctima de agresión, protagonizada por varias personas, comentando posteriormente que el navajazo recibido, y no visto, fue confundido, en el momento de ser víctima de él, con una patada.
¿O no hemos leído alguna vez relatos bélicos de alguna contienda histórica en los que el soldado que recibe un balazo, o varios, siempre afirma sentir sus impactos no como aguijonazos agudos de dolor sino como golpes no especialmente dolorosos? Pues bien, si la adrenalina consigue estos efectos analgésicos en el hombre, ¿qué efectos no conseguirá en un animal nacido y criado para la brega como lo es el toro bravo?
¿Embestiría el cornado más de una vez al picador si sintiera un fuerte dolor al clavársele la pica? ¿O, más bien, deja de embestir cuando empieza a agotarse? Aun así, agotado, han de aparecer los peones para distraerle la atención del caballo del picador y alejarlo hacia otras zonas del ruedo.
¿Preferiría un guerrero que lo fusilasen a sangre fría o morir en el fragor del combate para el que se ha ido preparando? ¿No es más digno que el toro de lidia deje su vida embistiendo hasta el último momento a que sea sacrificado fríamente en un matadero? ¿Es digna, por ejemplo, la matanza del cerdo?: y a nadie hemos oído protestar contra ella…
Al toro de lidia se le cría con el objetivo de que algún día llegue al coso y para este menester tiene el premio de gozar de una vida privilegiada, campando libremente por las dehesas. ¿De qué otros animales que se encuentran bajo la égida del hombre se puede decir lo mismo? ¿De las gallinas que son engordadas, a lo largo de toda su infeliz existencia, en la inmovilidad de un cajón en las modernas granjas avícolas?
¿De los pavos que son enterrados, de por vida, hasta el cuello para también engordarlos al máximo y obtenerse, así, un voluminoso hígado del que obtener cuantioso foie-gras?
Finalizaremos estos párrafos preguntándoles a los que se oponen a las corridas de toros con el argumento de que lo hacen por ser defensores de los animales lo siguiente: ¿pretendéis defender al toro de lidia acabando con él? Pues es obvio de que con el fin de la tauromaquia desaparecería el toro bravo. Ya no serían cruzadas las hembras con los machos más bravos. Sólo interesaría criar astados mansos, encajonados cual gallinas para provocar su antinatural engorde. ¿Se imaginan un país como España en el que su animal emblemático ya no se identificara con la enhiesta y arrogante figura del toro bravo sino con la de lánguidas vacas mansas, cual vacas suizas…?
Ser disidente
Ser disidente es llevar una espada de luz por los laberintos de la edad oscura.
Ser disidente es sentir a cada paso la soledad de la estirpe, aprentando nuestros corazones.
Ser disidente es optar por las alturas y también por los abismos.
Ser disidente es tallar escrituras sagradas sobre nuestra piel.
Ser disidente es arrojarse sobre el acero desnudo de la espada.
Ser disidente es volver siempre a las ciudades perdidas.
Ser disidente es haber perdido el sol de la Atlántida y recobrarlo en los hielos lejanos del Sur.
Ser disidente es ver el rostro de hueso de nuestros muertos como un espejo blanco en las tinieblas cotidianas.
Ser disidente es disentir con los dioses si éstos nos son adversos.
Ser disidente es ocupar las calles, hasta dominarlas.
Ser disidente es el mármol, el músculo, la piedra, el fuego, la montaña y los caminos.
Ser disidente es el último lobo de Europa en la caverna, el águila dormida en las alturas, el ciervo bramando en la profundidad de los bosques.
Ser disidente es dormir sobre puñales y despertar iluminado por los ojos de los niños de Dresde, de Berlín y de Hiroshima.
Ser disidente es asediar el tiempo del silencio, con banderas que estallan acercándose en el viento.
Ser disidente es ser siempre el último en retroceder y el primero en avanzar.
Ser disidente es ser el último hombre de pie, si es necesario, con el sol por testigo y la llama eterna de los nuestros por bandera.
Juan Pablo Vitali
Uno de los mejores estudios que se han hecho sobre la doctrina joseantoniana -que se hizo en pleno franquismo, para más señas y para vergüenza de los pseudo-falangistas de izquierda, por Ediciones del Movimiento en 1969-, corrió a cargo del gran filósofo y pensador falangista ( y vieja guardia) Adolfo Muñoz Alonso. El título de la obra en cuestión es “Un pensador para un pueblo” que no escatima críticas al régimen político vigente -es decir, el franquismo- y, sobre todo, a la clase política que lo estaba desintegrando o degradando desde dentro: la tecnocracia opusdeísta. Para que luego hablen los majaderos de turno de la “censura totalitaria” del Régimen y del Movimiento. Probablemente Adolfo Muñoz Alonso, catedrático de Filosofía y de Teología por varias Universidades y uno de los fundadores de los “Círculos Doctrinales José Antonio” en 1959, junto con el que pudo ser -y tuvo que haber sido- el gran ideólogo del tardo-franquismo Gonzálo Fernández de la Mora, sin lugar a dudas han sido los más grandes pensadores que ha dado la Derecha política -o metapolítica- en la segunda mitad del Siglo XX. El franquismo, por desgracia, no fue muy generoso con sus pensadores e ideólogos, y eso que no andaba, ni mucho menos, escaso de ellos: a saber, la herencia del regeneracionismo que preconizaba la “revolución desde arriba”, es decir, una revolución aristocrática muy cercana a la “revolución de lo alto” que preconizada Julius Evola en su obra “El fascismo visto desde la Derecha” -Costa, Ganivet, Picavea, Senador, etc., y considerado por algunos como una versión española de la “Revolución Conservadora”, la herencia tradicionalista -carlista o no, es decir, desde la “Comunión Tradicionalista” a escuelas de pensamiento como “Acción Española”- de los Donoso Cortés, Menéndez y Pelayo, Aparisi y Guijarro, Jaime Balmes, Vazquez de Mella, Victor Pradera, José Calvo Sotelo, Ramiro de Maeztu, etc., la herencia falangista de José Antonio, Onésimo Redondo, Ramiro Ledesma (éste no tanto, debido a cierto substrato de su pensamiento), Sánchez Mazas, Giménez Caballero, sin olvidar al gran José Luis de Arrese, uno de los más brillantes primeros ideólogos del Estado del 18 de Julio, etc., sin olvidar la non-nata “Generación de 1948″ de la que ya hablamos en alguna ocasión y a la que pertenecía Fernández de la Mora y, en gran parte, heredera de la escuela de “Acción Española” (1931-37). Pese a la descomunal decadencia que sufre España desde el siglo XVII -ocaso del Imperio español y del Sacro Imperio Romano-Germánico con la odiosa “Paz de Westfalia”, que supuso el triunfo definitivo en Europa del humanismo renacentista y del liberalismo protestante-, es indiscutible que a lo largo de los siglos XIX y gran parte del XX la Derecha española dio a Europa una serie de pensadores y políticos verdaderamente geniales e inigualables. Decía Fernández de la Mora que una de las causas principales de la descomposición del franquismo fue por la pérdida de la batalla del pensamiento -más por dejación que por otra cosa- y el desmontaje intelectual del Sistema que comenzó a finales de los 50. No dejemos que desde nuestras trincheras algunos personajes pretendidamente “alternativos” e “innovadores”, echen lodo a nuestros verdaderos orígenes y a nuestros ancestros y, desde dentro, vayan ganando la batalla del pensamiento -alineándose así con la basura verdaderamente izquierdista, ya sea liberal o marxista- con esas tesis tan peregrinas como absurdas sobre el origen pretendidamente “izquierdista” y “moderno” de los grandes movimientos nacionales europeos de la época de entre-guerras.
SEMPER FIDELIS.
-”Todo lo que no es Tradición es plagio”. (Eugeni D’Ors)
Sin duda ignorada por la mayoría, al haber sido silenciada por unos pocos censores de la palabra y de la idea que ningunean y desprecian lo que no entra dentro de los cánones de lo que su estrecha y bastardizada visión del mundo les permite, la Generación del 48 representa un irrenunciable depósito de calidad y de hondura dentro del mundo de la literatura española que, en las líneas que copiamos seguidamente, Janus Montsalvat ha tenido a bien rescatar y valorar en su justa y merecida medida. Vayan, pues, estas sus aseveraciones y estos sus datos para conocer algo más de ella.
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Recientemente hicimos una pequeña mención de aquella fantasmal “Generación del 48″, y decimos fantasmal porque ningún libro de historia hace ninguna alusión a ella, ya que esta brutal y satánica dictadura de lo políticamente correcto, quiere hacer creer al populacho que durante cuarenta años los españoles fuimos gobernados por un inculto y mediocre generalito y que la España de entonces era un país de subnormales y de borregos. Para los librillos del Sistema sólo hubo cultura en España durante la II República y después de 1975. A esta patraña se le llama oficialmente “recuperar la memoria histórica”.
La Generación del 48 quiso constituirse en una especie de Tercera Fuerza opuesta tanto al liberalismo cultural de los psudofalangistas, que se les antojaba como traidor y criminal, como a la pusilanimidad, cobardía y sentido rastrero de la colocación que tenía la cuadrilla de Acción Católica tan dada a los pactos y a agachar la cabeza como en tiempos de la República con los Gil Robles o Herrera Oria.
Mencionaremos unos cuantos nombres de intelectuales y pensadores pertenecientes a aquella generación tradicionalista marginada y traicionada por un sistema político que a partir de 1957 prefirió apoyarse en burócratas y negociantes, en lugar de hacerlo en verdaderos idealistas y soñadores. A saber: Rafael Gambra, Vicente Marrero, Pérez Embid, López Ibor, Palacio Atard, Álvaro D’Ors, hijo del gran Eugenio D’Ors, Francisco Elías de Tejada, el gran historiador catalán Vicens Vives, Gonzalo Fernández de la Mora, que llegó a ser Ministro con Franco a principios de los 70 y que no tuvo ningún reparo en enfrentarse al judío de Henry Kissinger en una visita que éste nos hizo allá por los primeros ´70, Luis Díez del Corral, Rodríguez Casado, Jorge Vigón, que también llegó a ser ministro con Franco, Jesús Arellano, Ignacio Hernando de Larramendi, fundador en 1955 de la Compañía de Seguros MAPFRE. Y la nómina prodría ser larguísima. Como se ve, el Régimen del 18 de Julio rebosaba de intelectuales y pensadores por los cuatro costados. Y no bablemos si, encima, les sumamos los de origen falangista: Javier Conde, Muñoz Alonso, Pascual Marín, Legaz Lecambra, Luis del Valle, Lamo de Espinosa, Rodrigo Carvajal, Carlos Paris, Ismael Medina, …
Apuntaremos, además, que la “Generación del 48” no eligió esta fecha al azar, sino por sus profundos significados simbólicos: tres fechas históricas terminadas en 8 fueron catastróficas para la civilización europea…
1).-1648, fecha en que los Tratados de Westfalia ponían fin a la Guerra de los Treinta Años y que supusieron el triunfo definitivo del humanismo renacentista y del protestantismo en Europa. Como consecuencia, se vino abajo el Sacro Imperio Romano Germánico y al mismo tiempo comenzaría su ocaso el Imperio Católico -y no menos sacro- Español.
2).-1848, fecha del advenimiento ideológico del marxismo con la publicación de “El manifiesto comunista” y de la irrupción devastadora de la modernidad con sus nauseabundas revoluciones democráticas.
3).-1898, fin definitivo de los últimos restos y despojos del Imperio español y el inicio de lo que parecía un Finis-Hispaniae (abortado el 18 de Julio de 1936). Como se ve la Generación del 48 era la completa negación de la modernidad y de todos sus valores a cual más deleznable y que, en esencia, poco les separaba –a estos autores- de la cosmovisión del falangismo ortodoxo y joseantoniano.
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Referente a lo de la Generación “fantasma” del 48, la lista podría ser interminable. Citaremos a otros dos grandes pensadores e historiadores tradicionalistas: Jaime del Burgo y Melchor Ferrer, considerados como dos de los mejores historiadores del movimiento carlista. Esta Generación brillantísima se opuso con firmeza a la política de liberalización cultural iniciada por el meapilas vaticanista -y pseudofalangista- de Joaquín Ruiz Jiménez desde que se hizo cargo del Ministerio de Educación en 1951. Este sinvergüenza, rodeado de otros falangistas chaqueteros y traidores -aquéllos a los que algunos pseudohistoriadores denominaron como la corriente del falangismo “liberal”, es decir, los Tovar, Entralgo, Ridruejo, Aranguren, Fernández Miranda, Pérez Villanueva, etc.-, confundió la política de reconciliación de todos los españoles (algo que siempre buscó la Falange ortodoxa y el mismo Régimen del 18 de Julio) con la política de reconciliación de las ideas. ¿Desde cuándo el Bien y la Verdad pueden ir cogidos tranquilamente de la mano con el Mal y la Mentira?. Pues bien, aunque parezca mentira, esta pléyade de personajillos ya en los años cincuenta empezaron a sembrar la Universidad con ideas corrosivas y disolventes, concediéndose, además, cátedras a destacados enemigos del Régimen… ¡y encima en nombre de la Falange¡. Como se sabe, esa política fue un auténtico fracaso: Franco acabó defenestrando a Ruiz Jiménez en el 56, así como a todo su equipillo deleznable de pseudofalangistas que, a partir de entonces, acabaron por mostrar su verdadero rostro y abandonar su militancia pretendidamente azul. Pero el daño ya estaba hecho y las minas ya habían sido colocadas en la Universidad Española. Los futuros conflictos universitarios de los 60 y 70 que fueron acompañados con la dinamitación del SEU en el 65, tuvieron su origen en esta política cultural auténticamente criminal y traidora.
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Hace poco leimos un artículo en el que se hablaba de que en los años 50 surgieron dos falangismos irreconciliables y antagónicos: el falangismo oficial que, según sus propias palabras, era de signo conservador y tradicionalista (Arrese, Girón, Fernández Cuesta, Rein Segura, etc.) y el falangismo presuntamente revolucionario y progresista de los personajillos anteriormente citados, de cuyos nombres no quiero volver a acordarme, que tuvieron la perversa facultad de envenenar a las juventudes falangistas universitarias con su visión telúrica y feminoide del falangismo. El famoso esquema evoliano de “Luz del Norte/Luz del Sur” también se reprodujo en el interior del falangismo. Por muy acomodada y apoltronada que estuviera la Vieja Guardia de Falange, ésta era al menos más fiel a sus orígenes y a la Tradición que todo ese montón de hez camuflado de azul que, después de sembrar el caos y el desconcierto, se cambió de chaqueta a las primeras de cambio.
Archivado en: Eduard Alcántara
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que en otros causa miedo.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que en otros causa cobardía.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que en otros causa
pesadumbre.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que en otros causa
dolor en el alma.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que en otros causa concupiscencia y hedonismo.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que en otros provoca sentimentalismo.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros vuelve sensibleros.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros exalta sus sentimientos.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros deprime.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros abate y doblega.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros mueve al entreguismo y al derrotismo.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros provoca exabruptos de pasiones.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros enciende los más bajos y primarios instintos.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que pudiera alterar o nublar nuestra mente.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros conduce a pensamientos banales y superficiales.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que pretenda distraer nuestra capacidad de concentración.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que pudiera empujarnos a recrearnos en lo fugaz, variable e inestable y alejarnos de lo eterno y estable.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que pugne por atarnos a lo material para alejarnos de lo Trascendente.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que nos fije hacia lo bajo y nos impida mirar hacia lo Alto.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que, para evitar que nos gobierne el Espíritu, pretenda esclavizarnos a los influjos del subconsciente y del inconsciente.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que pudiera animalizarnos en lugar de divinizarnos.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todos aquellos caminos que tan solo conducen hacia la pía y devota sumisión a un dios inalcanzable y cierran la vía que puede llevar a la Gran Liberación.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que intenta absorber nuestra existencia hacia lo mutable y caduco y alejarla de lo inmutable e imperecedero.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que se empeña en alienarnos y en evitar que podamos llegar a ser Señores de nosotros mismos.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que en otros produce laxitud, dejadez y molicie.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros provoca deseos irrefrenables de poseer.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros despierta compulsivas ansias de consumo.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquellos desvíos existenciales que prioricen el tener y el aparentar al Ser.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que en otros alimenta la codicia.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que busque el envilecernos en lugar de ennoblecernos.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros debilita en vez de robustecer.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que en otros haga aflorar la embriagadora sensualidad.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que pudiese alejarnos del propósito de ser Hombres Diferenciados.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros convierte en individuos gregarios, informes y amorfos y en hombrecillos-masa.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que aleja de la calidad y sumerge en la cantidad.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que cierra las puertas al equilibrio, a la austeridad y a la mesura y abre las compuertas abisales del exceso, la desmesura, la desproporción y el desequilibrio.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que pudiera dificultar el desarrollo de nuestra capacidad de sacrificio y de autosuperación, así como de todo aquello que nos pudiese impedir la aspiración de ser constantes, tenaces y esforzados.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros aboca a la debilidad y a la pusilanimidad.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que no nos quiera señalar el sendero de la fuerza y el vigor.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros aleja de la forja de un carácter sereno y templado.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que a otros convierte en ruines, zafios y torcidos.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que no busque el encuentro con la rectitud y el honor.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que pretenda convertirnos en seres ebrios y no sobrios.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que simpatiza con la mentira y desprecia a la sinceridad.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que lleva a la indisciplina, al desprecio y al caos y ridiculiza la autoridad, el respeto y el orden.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que llama al lujo y a la opulencia y aleja de la austeridad.
Debemos permanecer impasibles e imperturbables ante todo aquello que ensueña con lo tribal y telúrico y aparta de lo Imperial.
Debemos, en definitiva, permanecer impasibles e imperturbables ante los cantos de sirena de la luz del sur, pues nuestra Luz debe de ser la Luz del Norte: la Solar, Hiperbórea, Olímpica y Heroica.
Edgar Allan Poe junto con Lovecraft, Howard -el genial creador de Conan el Bárbaro- y Tolkien -su trilogía “El Señor de los Anillos” puede considerarse como una auténtica Biblia Aria-, sin lugar a dudas, han sido los cuatro literatos fantásticos más grandes que ha habido. Los cuatro coincidieron en su rechazo y desprecio hacia la democracia y la moral burguesa, hacia la asquerosa vida odiosamente cuantificada, racionalizada y tecnificada, es decir, de la Modernidad en definitiva. En una obra extraordinaria que apareció hace ya tres décadas -una de las mejores obras de la Derecha política escrita en España: “La Cultura de la Otra Europa”. 1979- señala el hecho curioso de que en esa nación maldita, caricaturesca, mezcla de infantilismo y senilidad -aunque ella presuma de ser “joven”- que es EEUU -Poe, Howard y Lovecraft eran norteamericanos-, civilización proto-típica de la Modernidad, donde los vomitivos “buscadores de oro” eran elevados prácticamente a la categoría de héroes nacionales, esta serie de literatos brillantes y solitarios (y también marginados y odiados para la bienpensante mediocridad burguesa), al contrario, eran “BUSCADORES DE TRADICION”. Ellos amaban lo remoto, lo mítico, soñadores e idealistas de una Era que fue y ya no es. Eran verdaderos europeos, extranjeros en un mundo y en un país en ruinas. Poetas y trovadores mágicos de un mundo que pugna por nacer ante tanta bazofia, podredumbre y pestilencia.
Decía René Alleau que “el ‘tiempo mítico’ transcurre paralelamente al ‘tiempo histórico’, pero con otro ritmo. Lo que llamamos ‘acontecimientos’ no son quizá más que múltiples advenimientos, internos y oscuros, que se vierten a la luz del día, cristalizados y formando de pronto una masa”. Sólo así se explicaría como en pleno siglo XX, en plena fase final o etapa más ocura del Kali-Yuga, hayan surgido en Occidente tal cantidad de genialidades en todos los órdenes del Arte -con mayúscula, ya que el otro “arte” no es nada más que la emanación de la sub-humanidad y de las Fuerzas del Caos- después de tantos siglos de decadencia generalizada: en la política, en la pintura, la arquitectura, la literatura, etc. Cuando la Modernidad creía que lo había matado y expulsado definitivamente de este mundo, ahí lo tenemos otra vez con más fuerza que nunca: LA RESURRECCCION DEL MITO. POE, HOWARD, LOVECRAFT, TOLKIEN, VERDADEROS ARISTÓCRATAS DE LA INTELECTUALIDAD: ¡¡¡PRESENTES!!!.
-”Dicen que los seres inmundos de los Viejos Tiempos acechan en los oscuros rincones olvidados de la Tierra, y que aún se abren las Puertas que liberan, ciertas noches, a unas formas prisioneras del Infierno”. Howard, “La Piedra Negra”.
Según el simbolismo astrológico, el Sol recibe su Luz de sí mismo, mientras que la Luna, al carecer de Luz propia, la toma del Sol. La Luz reina por la noche, cuando el Sol se ha puesto. Por lo tanto, la Luna representa o simboliza el eclipse, la noche, la oscuridad. No es de extrañar que todas las grandes civilizaciones de la humanidad hayan tomado como símbolo el Sol. Curiosamente el islamismo, religión fatalista y con pretensiones globalizadoras en esta fase final del Kali-Yuga o Edad de Hierro, tiene por símbolo la Luna…
En esta etapa final del Kali-Yuga, que también podríamos denominar como Edad de la Luna, reinan por doquier la oscuridad, la confusión y el eclipse total como valores políticos dominantes. Simbólicamente, el Oeste (Occidente) ocupa el lugar del Este (Oriente); el nadir ocupa el del cénit. Se ha producido una inversión total. Lo que deberia estar en lo alto ha sido relegado abajo (la plebe domina sobre los sabios, guerreros o ascetas); lo que tendría que estar confinado en la oscuridad se halla a plena luz (la maldad y la imbecilidad están mejor vistas por las masas fanatizadas que la bondad o la humildad); lo que había de continuar débil se ha hecho fuerte (ahí está el culto actual a todo tipo de degradación, depravación o de minusvalía), en tanto lo que era fuerte se ha hecho débil hoy (las castas espirituales y aristocrático-guerreras). Tal es la inversión satánica que se ha producido en nuestros días.
La Historia de la Humanidad es una lucha constante entre dos cosmovisiones: la solar y la lunar. Tradición y Modernidad son dos órdenes de la realidad totalmente irreconcialiables y antagónicos entre sí. Los valores de la Tradición tienen su antítesis en los anti-valores de la Modernidad o subversión anti-tradicional:
MUNDO TRADICIONAL (Valores)
-Estabilidad
-Poder de uno sólo
-Soledad del poder (jerarquía, organicismo).
-Poder conferido por una consagración (iniciación).
-Poder confirmado por el tiempo (sociedades estamentales. Castas).
-Armas llevadas por una casta (aristocrático-guerrera)
-La Montaña que emerge de los mares (simbolismo de la Verticalidad sobre el Caos).
-Continuación de la Tradición (duración).
-Verdad.
MODERNIDAD (Anti-valores)
-Inestabilidad
-Poder de todos (Era de las masas, Quinto Estado. Edad de los parias).
-Poder popular (plebeyismo, masificación).
-Poder conferido por votos (invasión de la sub- humanidad en la esfera de la política).
-Poder destruido por el tiempo (fin de las castas. Igualitarismo).
-Armas en manos de todos (Muy típico de Yanquilandia, civilización prototípica de la Modernidad. Lucha de clases).
-La Montaña hundida en los mares (simbolismo de la descomposición del Orden).
-La revolución permanente (eclipse).
-Mentira.
Existe un lazo sutil entre el Hombre y la Tierra, entre las grandes leyes del cosmos y el Hombre (“como es arriba, es abajo”). Nuestra civilización perversa y suicida, con esa especie de fuga hacia delante que es la superstición del “progreso”, ha roto ese lazo: el “cordón dorado” de la Tradición que nos unía espiritualmente con nuestros antepasados ha sido abolido (individualmente, sólo la Iniciación puede restaurarlo aún en tiempos de caos generalizado). Otra nueva Edad de Oro despuntará, pero sólo después del final -catastrófico, sin duda- de esta Edad de Hierro-, del mismo modo que un hombre no puede renacer a una nueva vida sino después de la muerte.
SEMPER FIDELIS.