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Hay gentes que dicen enarbolar una misma bandera que uno. Los hay que dicen enarbolar, ya que no la misma, sí una semejante. Nosotros no tenemos dificultades en identificar esas banderas como iguales o semejantes a la nuestra. En ello, por otro lado, no reside ninguna dificultad. Ahora bien, tras conocer a unos y a otros no pasa demasiado tiempo hasta que nos empezamos a sentir en comunión existencial con unos y a percibir a otros como extraños. Pues de lo que se trata no es de hacer pública ostentación de una etiqueta o de otra sino de aspirar a vivir de forma acorde con los principios y la esencia que las caracterizan. No nos basta ni siquiera el que se nos haga alarde de erudición y de conocimiento de los contenidos y de los objetivos de tal o cual bandera. Hay que exigir, al menos, un intento de asunción de sus parámetros vitales. Hay individuos que por mucho que digan hallarse en nuestra trinchera o en una cercana nunca casarán con nosotros, nunca los consideraremos como de los nuestros, pues en cuanto se les conoce un poco no percibimos en su actuar ningún valor de entre aquéllos que son los propios del Hombre de la Tradición. No identificamos en estos individuos ni un atisbo de nobleza, de lealtad, de fidelidad, de valentía, de sinceridad, de franqueza, de serenidad, de templanza, de espíritu de servicio y sacrificio, de firmeza interior, de caballerosidad, de tenacidad, de perseverancia, de laconismo, de prudencia o de abnegación, sino que en poco tiempo podemos vislumbrar en ellos o la perfidia, o la doblez, o el egoísmo, o el individualismo, o las ansias de notoriedad, o la tendencia a la cobardía, o la predisposición a la traición, o la deslealtad, o la mentira, o la ligereza para criticar o hasta calumniar a gente incluso cercana, o la envidia, o el rencor, o el odio, o la incontinencia verbal, o la deriva charlatana, o la irascibilidad, o el exabrupto, o la inestabilidad psíquica, o la ruindad, o la inconstancia, o el taimado actuar, o la estridencia y la imprudencia. Nos es, por esto, casi indiferente si alguien enarbola nuestra misma bandera o si lo hace con una parecida, pues lo que de verdad nos importa es que lo haga intentando vivenciar los valores que siempre han sido los de la Tradición y no desde una manera de comportarse anegada por los contravalores del mundo moderno. La etiqueta no nos sirve de nada si el etiquetado no hace honor a ella. Nos produce, por supuesto, aun más rechazo el individuo que profesa verbalmente su adhesión a una etiqueta similar a la nuestra y que no hace sino que mancharla con un execrable modo de ser que el rechazo que nos provocan aquellos contemporáneos nuestros que se sienten identificados con esta funesta modernidad y hacen gala de su posicionamiento a favor de ella. Éstos, al menos, muestran una coherencia entre sus contravalores de referencia y la etiqueta propia del mundo moderno al que idolatran y santifican. Los otros, en cambio, traicionan las nobles causas con su deleznable manera de ser. Nos sentimos conmilitones con aquéllos que aunque no enarbolen exactamente nuestra misma bandera sí pugnan porque su existir sea fiel a los dichos valores que hemos relacionado como propios de la Tradición. Quizás podamos disentir con estas personas en ciertos detalles a la hora de concebir la existencia. Quizás podamos mamar de fuentes no idénticas. Quizás algunos de nuestros referentes históricos (o protohistóricos) o míticos no sean los mismos (o exactamente los mismos) pero nosotros, repetimos, los sentimos como conmilites nuestros en cuanto los empezamos a conocer y en cuanto podemos comprobar los valores que afloran, emergen de ellos y/o caracterizan su manera de ser.
No es menester poseer un ojo demasiado avizor para percatarse del profundo estado de agitación y desasosiego que caracteriza el existir del hombre en el seno de esta alienante etapa de la humanidad que el pensamiento Tradicional conoce con la denominación de mundo moderno. No va a ser el tema de este escrito el de tratar de explicar de qué manera y debido a qué procesos involutivos nuestro coetáneo hombre se ha visto abocado a este desnortado pulular por la vida. Defendemos, en otro orden de cosas, la idea de que más que verse abocado a ello -así, como si se tratase de un sujeto pasivo- ha sido él el principal responsable de la situación existencial en la que se halla. Y defendemos esta idea porque tenemos la convicción de que, en última instancia, el hombre tiene la potestad de ser libre en la ejecución de todos y cada uno de sus actos, por mucho de que cada vez más –a medida que discurre la deletérea modernidad- encuentre tremendas dificultades para hacer uso de dicha potestad.
Sea como fuere el hecho palpable y constatable es el de que nuestro hombre actual ha perdido el norte y no parece dueño de sus actos. Ni de sus actos ni de sus pensamientos, pues si fuera el ordenador de estos últimos sus actos representarían la lógica plasmación de su voluntad e intencionalidad. Nuestro, antes que hombre, hombrecillo se mueve por impulsos. Es el plano irracional el que se ha adueñado de su ser y el que ha devenido en caprichoso y cruel dictador de sus incontrolados actos. Es su subconsciente el que lo tiraniza y lo aboca a actuar de la forma turbadora en que lo hace. Este hombrecillo tan sólo se mueve accionado por pulsiones. Su convulsionada existencia es la consecuencia de haber perdido la centralidad. Ya no conoce de la posibilidad de encontrarse con esa referencia Superior que anida, en forma aletargada, en su interior y que, de poder avivarla, le haría de polo y guía ordenadores de su cotidiano existir. Con la centralidad ha perdido, al mismo tiempo, la polaridad.
Se debe, pues, colegir fácilmente que el problema principal que se halla en la base de la vida exabrupta del homo vulgaris es el de que éste dejó ha ya mucho tiempo de mirar para dentro de sí y optó, únicamente, por hacerlo hacia afuera de su ser. Decidió ignorar que en sus adentros es posible hallar un plano de la realidad que es de orden metafísico y que, al no ser de naturaleza física, el Identificarse ontológicamente con el mismo le libraría de cualquier tipo de apego y esclavitud hacia lo material; tanto hacia lo material presente en el mundo manifestado como hacia lo material representado por nuestro propio cuerpo cuando éste ha sido arrojado al dominio de lo irracional, de lo primario-instintivo y del descontrol de lo impulsivo.
Ese apego hacia lo material presente en el mundo manifestado es el que provoca el afán –en términos del budismo- o sed de posesión que se encuentra en la base de cualquier tipo de explicación del fenómeno alienante representado por el consumismo. Y ese mirar exclusivamente ´hacia afuera de uno mismo´ que acontece cuando reina el apego hacia lo material presente en el mundo manifestado explica el contenido etimológico mismo del término existir, que no es otro que el de ´estar afuera´ (ex-sistere) de uno mismo y al que, pensando en la Reintegración y Transformación del homo vulgaris, se le debería de oponer (tal como ya señaló, en su momento, Julius Evola) el concepto de in-sistere: ´estar adentro´ de uno mismo.
En el seno de las diferentes civilizaciones que, en diversas épocas, encajaron en los parámetros propios al Mundo de la Tradición fueron, básicamente, dos los tipos de hombres que en ellas coexistieron: por un lado, el de aquéllos pocos que eran capaces de (acudiendo a una ilustrativa expresión taoísta) ´ser señores de sí mismos´ y el de, por otro lado, los más: aquéllos otros que no conseguían autogobernarse enteramente, ya fuera por no tener la potencialidad necesaria para ello o ya fuera por no haber mostrado la voluntad necesaria para intentar arribar a esa meta. Los primeros conseguían esa (volviendo a citar al gran intérprete italiano de la Tradición: Evola) ´autarquía´ que no les hacía verse alterados por ningún tipo de condicionamiento inserido en la psique por influjo del exterior ni ser, asimismo, mediatizados por las ´circunstancias´ (que diría Ortega y Gasset). Y llegaban a ser ´autarcas´ tras experimentar la transmutación (tradición hermética dixit) interior como consecuencia de un disciplinado, arduo y metódico proceso descondicionador (conocido como Iniciación) necesario para aspirar al Conocimiento de esa Realidad Trascendente a la que aludíamos párrafos más arriba y necesario, también, para la Integración ontológica con dicha Realidad Suprasensible. Sobra decir que el desasosiego y cualquier especie de inquieto y compulsivo afán provocador de ansiedades y angustias existenciales quedaban drásticamente extirpados en esas naturalezas propias de Hombres Superiores (de Hombres Absolutos, Verdaderos o Integrales), pero cabe, asimismo, señalar que de entre los segundos tipos de hombres (el de los que eran incapaces de gobernarse totalmente a sí mismos) los había que también eran conscientes de que en su ser anidaba lo Absoluto Imperecedero aunque no pudiesen –por las dos diferentes causas ya señaladas- actualizarlo (hacerlo pasar de potencia o posibilidad a acto), mientras el resto de sus congéneres –dentro de este segundo tipo de hombres- se contentaban con la creencia en entes sobrenaturales y/o en divinidades pero no llegaban ni a vislumbrar la idea de un Principio Supremo ni –siguiendo a Aristóteles- de un Motor Inmóvil que se hallara en el origen –y más allá- tanto de esas deidades como del mismo mundo manifestado. Pues bien, ambos grupos de hombres –aun incapaces del autodominio interior- hacían girar sus respectivas existencias, a pesar de sus limitaciones, en puntos de referencia Superiores –a través de la devoción a la divinidad- y esto les posibilitaba el que -aunque no hubieran roto las cadenas que los esclavizaba a pasiones, deseos, sentimientos sobredimensionados, pulsiones e instintos primarios- sus prioridades existenciales mirasen más frecuentemente a lo Alto que a lo mundano y a lo bajo e igualmente les ayudaba a comprender el escollo que, parar intentar acercarse a lo Alto o para estar a bien con ello, representaba –y representa- la obsesión por lo mundano. Así pues, por ejemplo, el deseo por poseer bienes materiales se minimizaba o, al menos, no se hacía obsesivo e insaciable tal como acontece al hombre común que monopoliza la tipología humana de los tiempos actuales.
El ´señor de sí mismo´ era conocedor de los misterios del cosmos y sabía que todo el mundo manifestado tenía un origen común, pues derivaba, por emanación, de un Principio Eterno e Indefinible (que René Guénon y cierta metafísica denominaron como el No-Ser o como la Posibilidad Universal) que al manifestarse pasaba de potencia (=de Posibilidad) a acto. El Hombre Reintegrado concebía a la totalidad del cosmos de manera unitaria, ya que, no en vano, repetimos, el origen de éste era común. Así pues, para este Hombre Integral todo aquello que le rodeaba formaba un todo con él mismo. No existía, para sus certidumbres, una discontinuidad entre el yo y el tú o entre sujeto y objeto. Es más, él no concebía estas mismas categorías (yo/tú, sujeto/objeto) como dotadas –cada una de ellas, por separado- de una entidad autónoma, pues de concebirlas admitiría un dualismo disconforme con su visión unitaria del mundo manifestado. Es así que para este Hombre Absoluto lo que le circundaba no era disímil con respecto a él mismo, sino que, al contrario, formaba un todo con él y suponía una continuidad con su ser. Cualquier impulso de deseo de posesión quedaba, por absurdo, totalmente desvanecido; no tenía razón de ser. Y es que se desea lo que uno no tiene: lo que nos es diferente y, por tanto, ajeno a nosotros. No cabe, por el contrario, la sed posesiva hacia lo que forma parte de uno.
En el Mundo Tradicional el hombre luchaba por construirse desde dentro. Lidiaba, primero, por liberarse de los condicionamientos que dominaban a su psique y a su cuerpo. Bregaba, después, para que en su alma ya libre de escorias de lo irracional y de instintos primarios se acabara por reflejar la Realidad Trascendente que, cual semilla que tiene que germinar, habita en cada uno de nosotros. Bregaba, así, para que su alma se convirtiera, de este modo, en una especie de limpio y reluciente espejo en el que se reflejara el Espíritu; para que su alma se espiritualizara y se hiciera, así, imperecedera. Luchaba, por ende, por conquistar la Inmortalidad (del alma).
Por el contrario, en el mundo moderno el homo vulgaris se agita “construyéndose” desde afuera. A diferencia del Hombre de la Tradición, el hombre común no lucha por Ser –no lucha por Despertar a una Realidad Superior e Integrarse totalmente en ella- sino que se convulsiona con el objetivo de aparentar. No vive centrado en su Realización Interior sino que lo hace obsesionado en la imagen que de él pueden llevarse los demás. Su accionar sólo pugna por lo externo y por las formas y nunca por lo interno y la Esencia. En su afanarse por las apariencias, el hombre común se inquieta enfermizamente por adquirir todos los bienes materiales necesarios para poder mejor impresionar a sus semejantes. Se aboca, pues, al consumo descontrolado y compulsivo.
Pero con la adquisición de nuevos productos -de todo género- y de bienes materiales no se muestra nunca conforme y satisfecho puesto que en el reino de la cantidad no existen los límites ni las metas liberadoras; justo al contrario de lo que acontece en el Reino de la Calidad en el que la Gran Liberación y la Gnosis de lo Trascendente representan la meta a lograr. La cantidad –el número- llama a más cantidad. El hombre moderno se agita insaciablemente por consumir más y más y, además, se apresta con urgencia a intentar compensar su vacío interior y su incapacidad de introito con sostenes externos (la imagen física, los ropajes y los enseres y bienes poseídos) que disimulen esa oquedad interna.
El Hombre de la Tradición no hesitaba sobre la certidumbre de que en el desapego con respecto a las ataduras representadas por el subconsciente, lo telúrico y lo material se hallaba la base de su auténtica libertad. ¡Acaso resulta tan difícil el percatarse de que el apego a la materia y a las fuerzas irracionales tan sólo produce desdicha, insatisfacción, infelicidad, ansiedad sin fin y dependencia esclavizante y de que dicho apego supone la gran causa de la actual avasalladora proliferación de existencias agitadas!
Ser disidente
Ser disidente es llevar una espada de luz por los laberintos de la edad oscura.
Ser disidente es sentir a cada paso la soledad de la estirpe, aprentando nuestros corazones.
Ser disidente es optar por las alturas y también por los abismos.
Ser disidente es tallar escrituras sagradas sobre nuestra piel.
Ser disidente es arrojarse sobre el acero desnudo de la espada.
Ser disidente es volver siempre a las ciudades perdidas.
Ser disidente es haber perdido el sol de la Atlántida y recobrarlo en los hielos lejanos del Sur.
Ser disidente es ver el rostro de hueso de nuestros muertos como un espejo blanco en las tinieblas cotidianas.
Ser disidente es disentir con los dioses si éstos nos son adversos.
Ser disidente es ocupar las calles, hasta dominarlas.
Ser disidente es el mármol, el músculo, la piedra, el fuego, la montaña y los caminos.
Ser disidente es el último lobo de Europa en la caverna, el águila dormida en las alturas, el ciervo bramando en la profundidad de los bosques.
Ser disidente es dormir sobre puñales y despertar iluminado por los ojos de los niños de Dresde, de Berlín y de Hiroshima.
Ser disidente es asediar el tiempo del silencio, con banderas que estallan acercándose en el viento.
Ser disidente es ser siempre el último en retroceder y el primero en avanzar.
Ser disidente es ser el último hombre de pie, si es necesario, con el sol por testigo y la llama eterna de los nuestros por bandera.
Juan Pablo Vitali
Hace ya un tiempo publicamos unas reflexiones que compartían el mismo título que las del presente redactado. Hemos querido realizar más comentarios a propósito de una cuestión como la de la homosexualidad que tan presente se halla en sociedades como las actuales que se encuentran tan imbuidas hasta la médula por el talante y los contravalores propios del corrosivo y enajenante mundo moderno. Por otro lado, aunque serán muy sucintos los comentarios que podamos añadir sobre la condición que en el hombre supone su antípoda –la virilidad- hemos querido mantener el mismo título para que quede patente la continuidad que queremos darle a ambos escritos. Y esto lo hacemos a pesar de que no únicamente efectuaremos alguna fugaz mención acerca de la virilidad sino que también tendremos presente su complemento en la mujer: la feminidad.
Alguna intuición –como tal no meditada- nos dice que la abundancia con la que proliferan los casos de homosexualidad es francamente desmesurada y que, por tanto, no corresponde a los parámetros característicos de lo que debería de ser una comunidad socialmente equilibrada, compensada y bien vertebrada. La misma intuición nos empuja a pensar que alguna anomalía grave debe haber sucedido en el seno de dicha comunidad; de que algún desajuste de empaque deber haber acaecido.
Tras haber dejado a un lado las intuiciones y puesto en funcionamiento nuestro cerebro empezamos a encontrar lo que podrían ser las causas de tales desajustes. Causas, por otro lado, algunas de las cuales fuimos ya considerando y exponiendo en nuestro mencionado anterior escrito, por lo que no tenemos intención de volver a reincidir en ellas. Pese a lo cual no queríamos dejar de hacer alguna otra reflexión que viene de la mano de alguno de los comentarios que Julius Evola nos expone en un capítulo titulado “El tercer sexo” y que podemos leer en el libro “El hombre y la clava” (publicado en castellano por Ediciones Heracles en 1.999). Capítulo en el que nos presenta tan sólo una hipótesis. La hipótesis de que tal vez en los primeros momentos de vida del embrión a partir del que, en el útero materno, irá formándose el feto tal vez no esté todavía determinado cuál será el sexo que en un futuro le será propio. Quizás la ciencia posteriormente haya desmentido esta hipótesis pero, de todos modos, el razonamiento del que forma parte es lo que tanto a Evola como a nosotros verdaderamente nos interesa.
El Tradicionalista italiano vendría a decirnos que tal vez la determinación del sexo del feto podría deberse a factores de tipo externo a éste. Quizás (si la memoria de lo por Evola escrito no nos falla) relacionados con el azar. Sabemos (añadimos nosotros) que existen especies animales en las que el sexo es determinado, por ejemplo, por los grados de temperatura a los que, en un determinado período, estuvieron expuestos los huevos. Tal es, como botón de muestra, el caso que atañe a los cocodrilos.
Es por ello que si la fijación del sexo que tendrá el individuo pudiera estar tan en el aire y depender de tan poco podríamos comprender con más claridad el porqué una vez el ser humano, tras el nacimiento, atraviesa sus primeras etapas de vida depende en tan alto grado, para ir conformándose como heterosexual o como homosexual, del tipo de educación, de mensajes, de influjo externos, de modelos, ejemplos y arquetipos que reciba.
Podríamos considerar al individuo, en sus primeras etapas de existencia, como algo amorfo, como una masa sin forma a la que hay que ir dándosela y moldeando paulatina y constantemente. Y esta consideración no deja de ser válida por el hecho de que la hipótesis evoliana pudiera no tener base científica, ya que dicha hipótesis es sólo una imagen utilizada por el autor transalpino para facilitar la comprensión de unos razonamientos que son difícilmente refutables.
Al igual de que, de acuerdo con tal posibilidad expuesta, no estaría predeterminado el sexo físico del embrión tampoco, una vez el bebé nace, estaría predeterminado el sexo psíquico –sí ya, óbviamente, el físico- del neonato. Como consecuencia de lo cual la asunción del rol, del comportamiento, de las actitudes y de las inclinaciones de todo tipo –incluida la sexual- inherentes al sexo físico al que pertenece el niño y, posteriormente, el adolescente dependería (y, de hecho, nosotros nos atrevemos a afirmar que en la inmensa mayoría de los casos, si no en su totalidad, depende) de si dicho individuo fuera recibiendo desde su primera infancia el que podríamos denominar como trabajo artesanal adecuado consistente en ir dándole la forma adecuada a esa, en un principio, masa amorfa. Ir configurando correctamente lo que en un principio carece de forma (el sexo psíquico) para ir haciéndolo coincidir con el sexo físico y, para, con esta finalidad, evitar esta especie de esquizofrenia tan común en nuestros días y que consiste en enfrentar al sexo físico con el psíquico (conflicto, éste, de toda condición homosexual). Configuración correcta que sólo se conseguiría, tanto en el varón como en la hembra, a través de un tipo de educación que fortaleciera las predisposiciones, de toda naturaleza, que son inherentes a cada sexo físico pero que se encontrarían en una especie de estado latente y que de no ser despertadas y fortalecidas conveniente y continuamente apenas se harían presentes, apenas se consolidarían, apenas cristalizarían y apenas se convertirían en el sello propio que define –o debería definir- a cada género.
No vamos a reiterarnos sobre cuáles serían los rasgos básicos de este tipo de educación idónea, ni sobre qué tipo de ejemplos, modelos y arquetipos ésta debería potenciar, pues en el anterior artículo ya ahondamos algo sobre ello y lo hicimos centrándonos en el caso del varón y en la consideración de qué camino se tendría que seguir para hacerle definitivamente desembocar en la íntegra virilidad connatural a su condición de varón.
Esta, reiteramos, especie de trabajo de artesano consistente en dar forma a lo informe debería, cómo no, realizarse también sobre la niña y la adolescente si se pretende que asuma los valores, hábitos, comportamientos e inclinaciones que definen a una feminidad que siempre, en las sociedades Tradicionales, ha estado marcada por una sensibilidad especial, por el acendrado instinto maternal o por la preferencia, y especial capacitación, hacia actividades y faenas que suelen ser otras diferentes a aquéllas en las que el varón tiene –o debería tener- mayor inclinación, predisposición, aptitud y adecuación.
O el individuo es moldeado pertinente y adecuadamente para conseguir de él la forma adecuada o, por el contrario, se abandona este vital y primordial cometido y se deja al niño y al adolescente a que se exponga a toda suerte de imágenes e influjos que si bien en un mundo marcado por los parámetros de la Tradición serán de carácter positivo y formativo, en un mundo, por el contrario, como el de la modernidad anegado por el caos, la disolución y la inversión de los auténticos valores estas imágenes e influjos serán de índole corrosiva y abocarán al individuo no a adquirir la forma adecuada, sino –y valga la contradicción de los términos- una forma informe o, permítasenos la expresión, una forma deforme: la antiforma o la contraforma antinatura.
Para concluir no queremos dejar de señalar que siempre existirán individuos que, debido a su entramado genético particular, serán proclives a ser víctimas con mayor facilidad que otros de estas influencias nefastas y disolventes. Pero, siempre queremos afirmar esto sin dejar de tener bien presente que si estas influencias son muy enconadas, generalizadas y persistentes posiblemente nadie se encuentre totalmente a salvo de no verse, desgraciada e irremisiblemente, arrastrado por ellas.
Uno de los muchos síntomas definitorios de lo muy enferma que se encuentra esta civilización que conocemos con el término de Occidental es el del aumento vertiginoso del porcentaje de casos de homosexualidad que ella está, por momentos, padeciendo.
De perogrullo es que ni la divinidad ni la naturaleza crearon al hombre y a la mujer para que se ´recrearan´ con los de su mismo sexo, sino para que buscaran su complemento en el sexo opuesto y para hacer de ello la fuente de la procreación y, por tanto, de la existencia misma de la especie.
¿Qué es lo que está motivando que tantos de nuestros congéneres se salgan del cauce por el que discurren las leyes de la naturaleza? ¿Dónde podemos encontrar el porqué de tal proceder antinatural?
El caso de España es bien paradigmático: en las últimas décadas se está pasando de casos casi anecdóticos a porcentajes que empiezan a alarmar. Pero, repetimos la cuestión, ¿dónde podemos hallar las causas de tamaña desviación contranatura?
Pues bien, la respuesta habría que buscarla analizando cuáles son los valores que priman en esta etapa crepuscular del ya de por sí corrosivo Mundo Moderno por el que el hombre actual transita; o, más bien, vegeta. Y se trata de algunos valores que en otras épocas, como en la del judeocristianismo de los orígenes, ya recibieron un fuerte impulso. Hablamos del humanitarismo laxo y pusilánime y de una concepción empequeñecedora de la humildad que abocan a la pasividad, al abandono y a la dejadez y que están irreconciliablemente reñidos con lo voluntarioso, con lo valeroso, con lo grande, con lo épico, con lo heroico, con lo glorioso y, en resumidas cuentas, con lo VIRIL.
En otras épocas no tan decadentes como la presente, el arquetipo a seguir era el héroe semidios de los mitos, era el caudillo indómito, era el intrépido navegante, era el atrevido explorador, era el valiente conquistador, era el heroico guerrero, era el caballero andante o era el esforzado descubridor. El niño, el adolescente y el joven los hacían suyos como modelos a imitar y reforzaban su ya innata condición viril.
Como éstos eran los ejemplos a seguir, aquellos infantes y púberes que por naturaleza podrían tener algo tenues los atributos de la masculinidad, la iban paulatinamente acrecentando, reforzando y consolidando definitivamente.
Desgraciadamente, hoy en día, en las sociedades demoliberales y plutocráticas en las que ´vivimos´ estos arquetipos han sido sustituidos por los antitéticos del especulador enriquecido por el ´pelotazo´ bursátil o financiero, del político sin escrúpulos ni principios éticos que a base de todo tipo de corruptelas llega a encaramarse a lo más alto del poder, de la estrella de rock o del actor de cine de gestos y palabras repugnantes y soeces, del personaje de dibujos animados deslenguado y obsceno o del cantante de pop de movimientos y vestimenta afeminados.
Otros modelos con los que se topa cotidianamente el niño y el adolescente los constituye toda la pléyade de afeminados y/o homosexuales de todo tipo y pelaje que copan multitud de programas televisivos de ´entretenimiento´, ya sea en calidad de presentadores, de personal habitual o de invitados. Tal abundancia provocará el efecto de que el pequeño, y el no tan pequeño, considere, paulatinamente, esta degeneración no como tal sino como una opción tan natural como cualquier otra. Y a asentar esta perturbada percepción contribuirá también de forma nada desdeñable una ´adecuada´ campaña ´educativa´, orquestada y dirigida desde las más altas instancias ´educativas´ a lo largo de las diferentes etapas del sistema de ´enseñanza´. Muchos jóvenes, acabarán, en consecuencia, asimilando la idea de que experimentar sexualmente con personas del mismo sexo no tiene nada de anormal…
Siguiendo el hilo trazado por el de los modelos a ofrecer a pequeños y a barbilampiños nos resulta espeluznante el solo hecho de pensar que parejas de gays y lesbianas puedan adoptar niños, pues si no queremos hacer del pequeño un ser desquiciado, neurótico y esquizofrénico no podemos privarle de la experiencia vital y crucial que supone la convivencia con los dos diferentes roles adultos que deben estar representados, como resulta obvio, por un varón y por una mujer.
El igualitarismo es otro de los atributos de que hace gala nuestro mundo demoburgués. Pues bien, esta lacra no sólo extiende sus corrosivos tentáculos por los ámbitos filosóficos, políticos o sociales de Occidente, sino que también distorsiona y desnaturaliza procederes, hábitos, usos y costumbres. Provoca que hombres y mujeres faenen de manera similar en casa y fuera de ella o se enfunden ropajes muy parecidos, difuminándose los roles que, consustancialmente, deberían ser propios del hombre, por un lado, y de la mujer, por otro. Es causante, la ponzoña igualitaria, de que los papeles que por ley natural corresponderían a cada sexo se vayan difuminando en una nebulosa que confundirá, y confunde, al niño y al adolescente y le dejará sin referencias a seguir para fijar, reforzar y consolidar las cualidades que le son innatas de acuerdo al sexo al que pertenece.
Es muy cierta la expresión de que ´el hábito hace al monje´, y es que es digno de observar cómo algunas de las actuales modas en el vestir pueden llegar a afectar a las cualidades viriles en el hombre y a las femeninas en la mujer. O si no contémplese cómo aquel niño movido y audaz llegó a la adolescencia y atiborrado de imágenes y anuncios publicitarios empezó a vestir, por ejemplo, a lo ´funky´, con camisetas de chica bien ajustadas, con pantalones ridículamente acampanados colgándoles desde la mitad de las posaderas y con carteras o bolsos circundándoles el tronco en diagonal. Las vestimentas del muchacho no se diferenciaban en nada de las de la jovencita ´funky´. Poco a poco, los gestos, los ademanes, los movimientos y hasta el caminar del joven empezaron a parecérsenos más y más a los de la muchachita.
Lo que le fue aconteciendo posteriormente a nuestro chico no es difícil de suponer. Dejó, cada vez más, de identificarse con el papel de hombre que, por nacimiento, le correspondía y, seguramente, llegó un momento en el que le resultó indistinto relacionarse afectiva, sentimental y/o sexualmente con congéneres del sexo opuesto o con los del suyo propio. Y de aquí a sentirse cada vez más femenino y optar por el exclusivismo homosexual hay sólo un paso. Paso que quizás dé enganchado por experiencias sexuales con otros hombres, pues no debemos de olvidar que el mundo hedonista en que nos encontramos insertos promueve la búsqueda del placer físico y la satisfacción de la líbido a toda costa, como fin en sí mismo y por cualquier vía, por muy degradada, aberrante, enfermiza y antinatural que ésta pueda ser.
Y contra esta concepción hedonista, positivista y materialista de la vida, otras etapas no deletéreas de la historia de la humanidad presentaban arquetipos como el del gobernante austero al servicio de su comunidad o como el del asceta que enfocaba su vida a la realización de fines Superiores, a la consecución, en su interior, del Conocimiento Trascendente y/o a la Iluminación Metafísica.
Ya se encargó Freud, a través del psicoanálisis, en echarle una buena capota pseudocientífico-filosófica al Mundo Moderno al elevar a los altares a todo el inquietante inframundo que habita en el subconsciente humano y al convertirlo en el motor oculto de nuestra vida consciente. Mostrándonos a los impulsos libidinosos como la base de nuestro actuar en estado de vigilia. Justificando la homosexualidad como la afloración de lo que, según el autor judío, fue una etapa más por la que la persona pasó cuando era aún un niño: etapa en la cual, en el caso del varón, le arrastraba a desear sexualmente a su padre y en la que en el caso de la niña le hacía enfocar la satisfacción de su líbido hacia su madre. Y dándole pues, Freud, en definitiva, carácter de normalidad a lo que no es más que una desviación degenerativa de lo que es la condición natural no sólo del género humano sino de cualquier ser vivo.
Y si hablamos de desviación hablamos de tara; de tara adquirida. ¡Qué absurdas resultan las celebraciones, año tras año, del ´día del orgullo gay´! ¿Orgullo de qué? ¿De alardear de una tara? ¿Con qué objeto se realizan esas demostraciones públicas? ¿Con fines propagandísticos para que aumente el número de tarados?; que quede bien claro que estamos hablando de una desviación adquirida, no genética, puesto que los casos en que la homosexualidad puede constituir una tendencia innata son porcentualmente insignificantes, ridículos y son, y eran, subsanables, como ya hemos señalado párrafos arriba, en una sociedad no enferma en la que los ejemplos a seguir sean, y fueron, otros que se encuentran en las antípodas de los actuales.
¿Se nos pretende hacer comulgar con ruedas de molino transmitiéndonos la idea de que los homosexuales son gente normal? ¿Se pretende que nos lo creamos después de contemplar, por ejemplo, lo ´normales´ que son sus manifestaciones? ¿Después de observar el lamentable, grotesco, carnavalesco, majadero y bochornoso exhibicionismo de que, en dichos actos públicos, hace gala un porcentaje aplastante de ellos? ¿Después de que sepamos que se dedican a la prostitución en una muy mayor proporción que los heterosexuales de ambos sexos? ¿De que veamos cómo tantos de ellos se identifican con lo esperpéntico: disfrutan con el transformismo, se disfrazan de ´drac queens´,…? ¿De que no ignoremos cuántos de ellos optan por el travestismo; tan asociado, por otro lado, con el mundo de la prostitución? ¿De que observemos cómo muchos de ellos deciden destruir e invertir la obra y las leyes de la naturaleza y acaban siendo transexuales? ¿De que no ignoremos que los casos de pederastia son mucho más frecuentes entre homosexuales que entre heterosexuales? ¿De que sepamos de la promiscuidad sin límites que llevan a cabo? ¿De que no desconozcamos que el número de suicidios y crímenes, a menudo por móviles pasionales, cometidos por ellos es, porcentualmente, significativamente más elevado que los perpetrados por el resto de la población? (1) ¡Muy normal todo…!, ¿verdad?.
Tu misiva, apreciado amigo y camarada, me recordó, en su intencionalidad, al artículo escrito por José Antonio Primo de Rivera y dedicado a D. José Ortega y Gasset “Homenaje y reproche a Ortega”…
Me dices que el hombre moderno no comparte nuestra común cosmovisión ni nuestros valores y actitudes. Y más aún añadiría: no posee la capacidad crítica y de análisis que casi todos nosotros, en mayor o menor medida, poseemos y expresamos ante la realidad social, económica, cultura y política circundante. Se trata de un hombre –el moderno- átono, indiferente, pasivo, cobardón, manipulable y, sobre todo, AMORFO.
Lo malo no es que esta corrompida y zafia sociedad se mueva al son de pulsiones y pasiones, ya que estas actitudes, si bien alejadas de nuestro estilo, serían prueba de que este sujeto postmoderno posee motivaciones de algún tipo. Eso sí, motivaciones erradas como podrían ser, por ejemplo, las de un ansia desmedida de satisfacción personal (o, para hablar con más propiedad, subpersonal), las del egoísmo, las del consumismo,… Pero motivaciones que, por lo menos, no harían de él ese individuo ÁTONO al que nos hemos referido.
La principal hipótesis que defiendo es que nuestra sociedad se haya anegada en un relativismo atroz y esto me parece, si cabe, aún más grave que lo anterior.
Este hombre consumista, mero sujeto –pasivo- económico y, por ende, frágil, vanidoso y superficial es lo más totalmente alejado del ideal humano que nosotros perseguimos y por el que luchamos. Pero este sujeto –así lo pienso- es recuperable.
Sus modelos, su ética y sus parámetros sociales no han sido discernidos ni juzgados por él.
Este individuo ha delegado irresponsablemente, en un Sistema que, ofreciéndole bagatelas (económicas, sociales, instintivas,…), ha anulado su capacidad de pensar, discernir y elegir libremente. El Fausto del Siglo XXI no ha vendido su alma al Molloch por su afán de inmortalidad, de eterna juventud… No. El hombre moderno ha vendido su alma por: un crédito barato, una semana más de vacaciones o por poder cambiar de coche cada tres años. ¡Estúpido, pero cierto!
Se trata de alguien vacío, intoxicado por el Sistema y sus medios y aterrado por no significarse –por no aparentar-. Es incapaz de pensar por sí mismo y vive bajo la bota liberticida de lo “políticamente correcto”.
Nuestra lucha –lo dije y me reafirmo- es una lucha por la libertad: para que el hombre actual pueda y deba asumir sus responsabilidades. Ésta es la verdadera libertad. La LIBERTAD (1), así, con mayúsculas y a la que ninguno de nosotros debe temer sino, muy al contrario, anhelar conquistar.
En base a esa LIBERTAD pienso que cualquier ciudadano –después de cumplir con sus obligaciones para con el Estado y después, por ejemplo, de cubrir las necesidades de su familia- cualquier ciudadano, decía, es libre de disponer de sus bienes materiales, de su dinero, como a bien tenga. No procedería, por el contrario, que ese ciudadano dejara de ejercer sus responsabilidades: descuidando, por ejemplo, a su familia (no cubriera los gastos de colegio, hipoteca, enfermedades,…), en cuyo caso hasta sería de ley la actuación de la Justicia… Nos gustará más o menos en qué se gaste sus legítimos ingresos pero si ha cubierto sus obligaciones con la Hacienda pública y si no descuida sus responsabilidades defiendo la creencia de que con su dinero es Dios.
Creo que en esto estaremos de acuerdo: no debemos interferir en su libertad y responsabilidad para con su pecunio; reitero una vez más: siempre y cuando sea responsable con sus obligaciones para con la comunidad y para con los suyos.
Otro cantar es que me desagrade el despilfarro en lo que considero superficialidades: consumismo feroz , ludopatías,…
Entiendo que el problema nace de un Sistema, como el actual, en el que el hombre se ha convertido en un mero elemento de producción y al cual se le ha anulado la capacidad de elegir, de pensar y de actuar libremente. Por el contrario, en el Estado en el que sueño habrá, obviamente, derechos para todos y deberes de los que nadie –reitero: NADIE- podrá sustraerse.
De acuerdo con esta filosofía en el Estado en el que sueño habrá que aplicar aquella máxima del fascismo que rezaba así: “Al enemigo… liquidadlo, al desafecto… vigiladlo, al indiferente… la legislación vigente y al amigo… cuidadlo”. Creo que esta máxima expresa con nitidez cómo el Estado velará por los intereses comunes. (Desde luego, y tal como afirmaba D. Miguel de Unamuno, “¡los conversos… a la cola!”)
Pienso que es recuperable toda esa masa amorfa y carente de referentes dignos de ser seguidos en que se ha convertido el común de nuestros semejantes. Y eso lo pienso a pesar de que, en nuestro país –en España- legislaciones educativas como la L.O.S.E. o la L.O.G.S.E. han creado, con demoledora fuerza, ese ser envilecido por lo material y borreguil en lo social. Es muy pesada la losa constituida por muchos años de pésima educación y que ha llevado al alejamiento de valores como los del esfuerzo, el mérito, el discernimiento, la capacidad de tener la iniciativa de elaborar y/o defender posturas propias en todos los ámbitos, el respeto a la verdad, la adhesión a la ley natural, la solidaridad, el respeto a sí mismo, el respeto a la palabra dada,… Esta losa ha cumplido, a la perfección, el objetivo que perseguía este funesto y disolvente Sistema y que no es otro que el de haber moldeado a su gusto individuos-masa que han delegado sus personales responsabilidades en una cuadrilla de políticos tahúres que jamás les harán partícipes en la toma de decisiones.
De acuerdo estoy en que, por mucho que se adhiera (ese individuo-masa) a unas ideas-fuerza defendidas por nuestro entorno político con fines electoralistas y/o proselitistas, el hecho de acoger en nuestras filas a esa masa despersonalizada, materialista y alienada no nos reportaría, precisamente, nada positivo, ya que resultaría hasta contraproducente por las tensiones y contradicciones que crearía en nuestro discurso, pero en vista a ser posibilista y entendiendo que éstos son hoy nuestros compatriotas (nuestros españolitos) del siglo XXI no debemos cerrar nuestra política a esa mayoría, pero sí deberemos intentar reeducar a la masa en otros parámetros y ahí es donde debe destacar, por ejemplo, con especial relevancia la figura del MAESTRO; figura a la que hay que dignificar ya que la transformación de los valores (o, para mejor definirlos, contravalores) que imperan en esta disolvente sociedad será tarea fundamental, ineludible, prioritaria y vital en el Nuevo Estado que aspiramos a edificar algún día. Familia y Escuela son las instituciones básicas para formar al hombre libre y responsable en el que creemos y por el que luchamos.
La labor es ardua, pero no imposible. Se trata de una tarea a largo plazo; generación a generación. Nuestro cometido es el de ser como un espejo en el que la sociedad vea, aprecie y construya otros valores que –estamos seguros de ello- son inmensamente más edificantes que los actuales.
Me gustaría que nosotros tuviésemos la capacidad de llegar al común de la gente, de llegar a ese Juan español al que, pese a todo, le creo capaz de llegar a asumir y compartir los valores que nosotros defendemos, tal como los compartieron, en épocas pretéritas, sus antepasados.
En estos tiempos únicamente los más aptos, los más formados, los más nobles… en suma, los –anímicamente- más puros deben ser el ejemplo vivificador para los demás: los eugenios de este siglo y/o los Hombres de la Tradición; éstos son los que han de devolver su esencia metafísica a la Nación. El ejemplo, la constancia y la responsabilidad para con las ideas son las mejores bazas para que se pueda (ese Juan español) mirar en ese espejo y para que se consiga, así, dar forma a una filosofía de vida Tradicional y noble, alejada de estos subvalores y de estos degradantes referentes que la actual sociedad adopta.
Sin medios económicos, mediáticos y políticos son nuestras mejores armas el ejemplo personal y el respeto a los valores de nuestros antecesores.
Reitero mi creencia en que no debemos rechazar al confuso y equivocado hombre moderno por mucho grado de perversión a que hayan llegado sus usos y costumbres. Al contrario, debemos combatir ese alienamiento relativista con nuestro mensaje y ejemplo.
Nuestra propuesta, que bien podría definirse como redentora, va dirigida a ese sujeto desarraigado de moral y valores, a ese individuo perdido y sin referentes. Nuestra propuesta no debe de quedarse en el deseo de implantar un sistema socio-económico alternativo sino que debe tener diáfana la idea de que conlleva en sí toda una filosofía de vida contrapuesta a la presente y de que se trata de una cosmovisión amplia y generosa que se marca el objetivo de dar respuesta a ese hombre perdido y confuso de nuestro siglo.
Pena, más que desprecio, es lo que debemos sentir por esas masas alienadas, confusas y faltas de referentes que este demoníaco Sistema partitocrático ha creado con la finalidad de -una vez anuladas, asnadas y acríticas- poder manipularlas, pervertirlas y desarraigarlas.
Creo firmemente en esa herencia ancestral, en esas voces nunca apagadas –soterradas tal vez- que, en lo más profundo del alma del hombrecillo moderno, nunca se extinguieron y nunca dejaron del todo de oírse. Esas voces de la España eterna, forjadas generación tras generación, que creo que no pueden ser silenciadas por mucha que sea la fuerza de este alienante Sistema.
Subsiste en una gran parte de la sociedad (pese a lo consumista, hedonista y superficial de sus aspiraciones y de sus existencias) un ansia de Patria, un ansia de defender la vieja piel de toro frente al separatismo galopante y disgregante que la sacude inmisericordemente y considero este ansia como muy positiva y como un paso adelante de cara a la futura regeneración de nuestro alienado individuo-masa, ya que dicho anhelo de Patria representa un aspirar a algún ideal constructivo y de empresa en común que se halla bien alejado de los intereses materialistas y del egoísmo y positivismo que guían su monótona y anodina existencia vegetativa. Lo cual nos hace albergar esperanzas en una posible recuperación de esos compatriotas a base de hacerles pasar por el tamiz de una pedagogía adecuada. Los creo recuperables y dignos si, algún día, se lograra que pudieran formar parte de otro sistema político más eficaz y ético.
Sin que nosotros no seamos depositarios de una fortaleza moral e intelectual clara no creo posible la tarea salvífica, pues los medios con los que cuenta el Sistema son extensos y apabullantes. ¡No desfallecer ni cansarnos frente a la mentira, la ocultación y la demagogia imperantes! Ese hacer frente en soledad a sus medios pervertidores es el baluarte y la fuerza de nuestro mensaje y de nuestra fe.
Despido estas letras con los esperanzadores versos de Ángel María Pascual, que representan una voz de esperanza e ilusión para estos oscuros tiempos:
En tu propio solar quedaste fuera,
Del orbe de tus sueños hacen criba.
Pero allí, donde estés, cree y espera.
El cielo es limpio y en sus bordes liba
claros vinos del Alba, Primavera.
Pon arriba tus ojos; siempre arriba.
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(1) Sobre el concepto de libertad y en vistas a otro enfoque interesante transcribo, a continuación, estas reflexiones vertidas por el gran pensador tradicionalista español del s. XIX Donoso Cortés:
“El hombre es esclavo solamente cuando cae en manos de un usurpador. La libertad vive en pocos hombres y dado que es propuesta impúdicamente a todo el mundo, la trinidad democrática no es más que un engañabobos.
El hombre es libre cuando no obedece sino a su legítimo dueño. No hay otra esclavitud sino aquélla en que cae el que se sujeta a un tirano ni más tirano que el que ejerce una potestad usurpada ni otra libertad sino la que consiste en la obediencia secundada a potestades legítimas.”
Hablaste de una forma de percibir, de vivir y de aceptar la existencia distinta a aquélla que empieza centrando sus prioridades de acuerdo al ideal plasmado en aquella fórmula del “hombre nuevo” de la que nos habló Corneliu Zelea Codreanu y que anteponía la transformación interna del hombre a cualquier tipo de cambio, por muy radical y alternativo que fuese, de tipo político, social y/o económico, pues el líder rumano creía que estos cambios estructurales acabarían revistiendo un carácter pasajero si el tipo de hombre que los debería de hacer triunfar seguía siendo el de ese hombrecillo moderno que ha ido conformándose, sobre todo, a lo largo de las dos últimas centurias y que –se tercia añadir- ha llegado a su máxima expresión en nuestros días.
Este hombre moderno sólo entiende de concupiscencia, de hedonismo incontrolado, de nimiedades, de vanidades, de superficialidades, de fachada, de máscara, de egoísmos, de bajos instintos e impulsos esclavizadores, de pulsiones alienantes, de individualismo y de materialismo y, en consecuencia, acabará pudriendo cualquier institución política y cualquier ordenamiento socioeconómico que pudieran hallarse en las antípodas de aquéllos otros que actualmente hemos de padecer. El egoísmo y el individualismo que caracterizan al hombre de nuestro disolvente mundo moderno acabarán haciéndole, a la larga, decantarse por un sistema económico que como el capitalista liberal no entiende de espíritu comunitario y por un sistema político que como el del liberalismo partitocrático sólo entiende de banderías, de relativismos y de enfrentamientos y disonancias insolidarias y fraticidas.
Es por este motivo por el que difícilmente podremos esperanzarnos en la pervivencia de cualquier tipo de ordenamiento orgánico, comunitario, jerárquico y, en resumidas cuentas, Tradicional si los “valores” del hombre que lo ha de sustentar están en total desacuerdo con aquéllos que han de ser los propios de dicho ordenamiento.
¿¡De qué nos serviría que masas enormes pasaran a engrosar nuestras filas si dichas masas siguieran actuando y comportándose como pitralfas que únicamente pensasen –tal como acontece hoy en día- en comprar desaforadamente, en consumir compulsivamente, en aparentar más que sus semejantes, en priorizar la apariencia a la esencia y en no concebir más realidad que aquélla mutilada y material que es a la que tan sólo pueden llegar a percibir nuestros sentidos!? ¿¡De qué nos sirve esto!? Seguro de que a ti tampoco te sirve de nada.
Seguro que tú te encuentras al otro lado de la barrera tras la que balbucea, se arrastra vermicularmente y se denigra a sí mismo el hombre moderno. Seguro que tú no compartes sus “valores”. Seguro que tú estás con aquel otro mundo que anteponía (y todavía tiene –aunque parezca una quimera- la posibilidad de anteponer) a cualquier otra aspiración el sentido del honor, del heroísmo, de la camaradería, de la fidelidad, de la lealtad, de la nobleza, de la franqueza, del sacrificio en pos de un ideal, de la sinceridad, de la honestidad, de la rectitud, de la fraternal e indestructible amistad, de una vida que no perdía la referencia de lo Alto y Trascendente,…
Seguro que te hallas al otro lado de la barrera por más que puedas decir lo contrario, pues las palabras se las puede llevar el viento pero el ejemplo que uno cotidiana y continuamente da queda ahí, pétreamente inalterable ni por el verbo ni por ninguna disquisición intelectual ni acrobacia discursiva que uno pueda lanzar en soflama o en debate. Por mucho que la palabra pretenda contradecirlo el ejemplo personal dado y mostrado día a día quedará ahí: incólume, inalterable y enhiesto.
Podrás, en acalorado y vehemente debate, expresar lo que quieras pero no podrás evitar que a todos los que te conocen bien no les parezcas como sacado de otros tiempos en los que primaban los valores que realmente dignifican al hombre y que son en definitiva los que siempre definieron a lo que se ha dado en llamar el Hombre de la Tradición y que se encuentran en el punto más lejano posible de los antivalores por los que se rige y por los que se deja arrastrar el decadente y deletéreo hombrecillo moderno.
Por mucho que puedas afirmarnos, de viva voz, lo contrario no tienes más remedio que admitir que tus lealtades, tus compromisos y hasta tus gestos, tu manera de expresarte, tus dichos y tu mismo vocabulario casan abrumadoramente con los que fueron propios de siglos pretéritos en los que el hombre no había aún caído en la actual ciénaga en la que se ahogan nuestros contemporáneos en coreografía propia de autómatas y borregos que caminan de manera conformista al matadero. ¡Tú no formas parte de estos untermenschen cainitas!
A los que te han tratado con profundidad nunca les podrás convencer de que no eres como una especie de exiliado en este disoluto siglo XXI. No les va a convencer de que tus preferencias encajan con las del común de los mortales que vegeta a nuestro alrededor. No les va a hacer creer que eres un esclavo más de las pulsiones y bajos instintos que arrastran –hacia una convulsión mental sin fin- al hombre vulgar, común y corriente que ha excretado esta etapa crepuscular y obscura que se cierne alienantemente sobre todos nosotros. No insistas, ¡no les vas a convencer de ello!
Para evitar hundirnos hasta el cuello en el nauseabundo barrizal de la modernidad bien nos puede servir el oráculo de Apolo que se puede leer inscrito en el templo que esta divinidad tenía consagrado en la griega Delfos: “Nada en exceso”. Y también nada, por otro lado, hay que prohibirle al hombre que sabe evitar los excesos y ha, así, demostrado, estar por encima de la masa, dominar sus experiencias vividas y no caer, por ende, esclavo de ellas.
Para ti, entrañable amigo y camarada:
ANIMA ET HONOR
El actual Sistema “Educativo” constituye, junto a los mass media, una de las principales herramientas que el actual mundo moderno emplea, por un lado, para modelar el tipo de autómata que más útil le puede resultar para acoplarlo al círculo vicioso de producción-consumo que es la esencia misma del engranaje capitalista y, por otro lado, para intentar anular cualquier ímpetu disidente que, contra la legitimidad del Sistema, pudiese surgir.
Únicamente con detenerse a observar los contenidos de “Historia” impartidos en los diferentes niveles de la “Enseñanza” se puede comprender diáfanamente lo que acabamos de señalar, puesto que, para empezar, aparte del hecho de que, por ejemplo, en España sólo son cinco las unidades de “Historia” que, a lo largo de todo el curso, hay que trabajar dentro del área de las Ciencias Sociales en la etapa de Primaria, aparte, decíamos, de esta enorme carencia, los contenidos programados por la administración “educativa” se centran básicamente, en cuestiones de economía, demografía y sociología o en visionar, como sucede en la citada Primaria, la evolución que las prendas de vestir, la alimentación o la vivienda han experimentado a través de toda la historia de la humanidad. Y no es que pretendamos que haya que suprimir, ni mucho menos, este tipo de contenidos, sino que pensamos que su estudio no debe implicar la supresión del conocimiento de los principales hechos que han ido aconteciendo con el devenir de los tiempos.
Y lo pensamos por varios motivos:
-Primero, porque no conocerlos sería simplemente, o es, ignorar la Historia.
-Segundo, porque saber lo que aconteció a nuestros antepasados y saber quiénes fueron éstos, significa tomar conciencia de cuáles son nuestras raíces, de dónde venimos y de cuál es nuestra identidad, nuestro ser como pueblo.
Sin duda al Sistema globalizador y mundialista que intenta rebajarnos a que cumplamos el mero papel de que seamos un eslabón más del armatoste capitalista al cual sustenta, no le interesa que los pueblos conserven o recuperen su identidad, puesto que esto les puede o podría llevar a que actúen o actuasen de acuerdo a su propia idiosincracia y, por tanto, a elegir unas formas de vida que, con toda seguridad, chocarán o chocarían frontalmente con las pretensiones exclusivamente mercantilistas del susodicho Sistema
-Tercero, porque muchos de los hechos protagonizados por el hombre a través de su larga singladura están jalonados de comportamientos ejemplares que deberían de servir como modelo para impregnar al alumno, al estudiante, de una serie de valores que tendrían que formar parte de su personalidad: valor, heroísmo, fidelidad, honor, espíritu de lucha, de superación, de entrega y sacrificio, camaradería, honestidad, sinceridad, sentido trascendente de la existencia,…
Las observaciones hasta ahora realizadas son aplicables para prácticamente todo el llamado mundo occidental. Ahora bien, si quisiéramos concretar la situación de la “Educación” en puntos determinados de su geografía, los desafueros se sucederían uno tras otro.
Sólo con echarle otro vistazo al caso español nos encontramos con iniquidad tras iniquidad, empezando con la manipulación que en zonas como la catalana y la vasca se hace de la historia de ambas regiones, por un lado, y de la de España, por otro.
Así, en los libros de texto se reitera continuamente un supuesto ímpetu independentista catalán y vasco que se remontaría a épocas muy remotas, a la vez que se hace continuo hincapié en una presunta ininterrumpida actitud represora y tiránica del Estado español contra las esencias más entrañables de ambos pueblos hispánicos. Obviándose, cómo no, todos los episodios en los cuales los naturales de ambas comunidades contribuyeron a la formación, consolidación y grandeza de España.
Y, sin movernos de estos enclaves geográficos, podríamos continuar con una cuestión como la del tiempo que se dedica al estudio de la lengua castellana, ya que –para que se tenga una visión precisa y clara del problema- por ejemplo, en la mayoría de centros de Cataluña el alumno no tiene acceso al trabajo del idioma hispánico común ¡hasta los ocho años de edad!, esto es, hasta tercero de Primaria y, para más oprobio, a partir de este momento en adelante sólo serán, por término medio, tres horas las que se le destinarán semanalmente. La totalidad de las materias o áreas restantes tendrán, y tienen, al catalán como única lengua vehicular de aprendizaje.
Como consecuencia de lo cual, la redacción en castellano de un texto simple
o de una carta por parte de la mayoría de alumnos y estudiantes catalanes será, muy probablemente, motivo de congoja e hilaridad para cualquier lector o destinatario no catalán, debido a las carencias gramaticales y, sobre todo, a las pasmosas y cuantiosas faltas ortográficas que se podrán apreciar.
Conocido fue el caso, hace algunos años, de un padre de familia que, amparándose en los derechos constitucionales y estatutarios que le asistían, decidió que fuera el castellano la lengua vehicular que se utilizase en el proceso de aprendizaje de sus hijos. Pues bien, en toda Cataluña sólo encontró un centro de Primaria donde esto fuera posible: uno vinculado al Ejército.
No entraremos a analizar o a debatir sobre qué tipo de materias o qué porcentaje de ellas debería impartirse en una lengua o en otra, lo único que pretendemos es poner en evidencia una marginación que en muchos centros de “enseñanza” ha relegado al castellano a la condición de tercera lengua, tras la vernácula y la extranjera –mayormente el inglés.
Tras estas breves pinceladas sobre el tema, queda claro que antes que de enseñanza, información, formación y aprendizaje estamos hablando de manipulación, tergiversación, intoxicación mental, desinformación y malformación del alumnado.
A menudo, cuando pretendemos ofrecer una alternativa al mundo decrépito que nos ha tocado ìvivirî, planteamos las soluciones económico-político-sociales que darían al traste con el armatoste que nos oprime exteriormente y nos olvidamos de que también existe otro género de opresión, mucho más profunda, que nos impide ser LIBRES en el sentido menos formal y más existencial de este término. Y es que a lo largo de siglos de decadencia de nuestra civilización el hombre ha ido, paulatinamente, embruteciéndose, por un lado, y, por otro, sometiéndose a los influjos caóticos del submundo emocional que irrumpe desde los estratos más abismales de nuestra mente.
Si queremos plantear una alternativa integral a los corrosivos tiempos que nos denigran y esclavizan hemos de empezar por librar la gran batalla: la batalla interna que conduzca a la victoria de lo inmutable, de lo fijo, de lo inmóvil y de lo eterno frente a lo variable, frente al marasmo que fluye sin rumbo fijo, frente a lo perecedero y frente a lo mutable y mutante. Que haga vencer a lo impasible y estable frente a lo inestable y contradictorio. Que consiga el triunfo del Espíritu, del Alma, de la Shakti del hinduismo, del Nous de los griegos, de lo Alto frente a los bajos impulsos e instintos, frente a lo emocional, lo pasional, los sentimientos descontrolados y cegadores, frente a lo bajo.
Hemos de conseguir el poder utilizar todo lo sugerente, embriagador y sugestivo que nos ìofreceî maliciosamente el ruinoso mundo que nos rodea como si se tratase de pruebas a superar que nos robustezcan interiormente. Hemos de recorrer nuestro vía, nuesto Do, nuestro camino iniciático enfrentándonos a los monstruos y titanes, miedos y flaquezas que anidan en nuestro interior y que son despertados, soliviantados, azuzados y espoleados por este falso mundo Maya, según, nuevamente, el hinduismo- que nos llega a través de los sentidos. Hemos de convertir el veneno en remedio. ¡Que lo que no nos destruya nos haga, cada vez, más fuertes! ¡Que el héroe solar derrote a la bestia, al animal primario que llevamos dentro! ¡Cabalguemos el tigre de nuestras debilidades! ¡Dominémoslo! ¡Que él no nos someta! ¡Que no nos despedace con sus terribles garras! ¡Que no nos destroce! ¡Cabalguémoslo hasta que reviente de cansancio y desista en sus propósitos! ¡Hasta que caiga sumiso ante nosotros; ante y bajo nuestros pies! ¡Destruyamos en nuestro foro interno lo que él simboliza y, así, nuestro Espíritu se enseñoreará de nosotros! De este modo nuestra alma será un espejo del Espíritu y no un receptáculo de lo inmundo que nos subyuga y nos convierte en enanos míseros que se arrastran a lo largo de una pútrida existencia. ¡Seamos caballeros invencibles y héroes indómitos! ¡Hagamos guardia perpetua! ¡Seamos guerreros de ademán impasible! ¡Que nada consiga alterarnos! ¡Tengamos robustez marmólea! ¡Renazcamos a lo Suprasensible a través de una voluntad granítica! La lucha encarnizada contra el tigre existe sólo para los hombres combativos que quieren alcanzar la Inmortalidad; aun en vida. ¡Eterno combate metafísico!:
El del Bien contra el Mal. El de lo Solar contra lo lunar. El del Espíritu contra la materia. El de lo vertical contra lo horizontal. El de lo Uránico contra lo telúrico, contra lo pelásgico, contra lo ctónico. El de lo olímpico y heroico contra lo titánico. El de los Asen contra los Gigantes. El de lo aristocrático contra lo demónico o demoníaco de demos-. El de lo viril contra lo afeminado. El de lo diferenciado contra lo igualitario. El de lo orgánico contra lo inorgánico. El de lo jerárquico contra lo anárquico. El de la calidad frente a la cantidad. El de lo que tiene forma frente a lo informe, amorfo e indiferenciado. El del Hombre frente a la masa. El de la medida, el equilibrio y la proporción frente a la desmesura, el desequilibrio y lo desproporcionado. El de lo lacónico frente a lo ampuloso y farragoso. El de la sensatez frente a la insensatez. El de la constancia frente a la inconstancia. El del vigor frente la abulia. El del valor frente a la cobardía. El de lo inasequible al desaliento frente a lo derrotista y a la molicie. El de la firmeza frente a la pusilanimidad. El de la cordura frente a lo impulsivo. El de la templanza frente a la concupiscencia y el desenfreno. El de la serenidad frente a la voluptuosidad. El de la línea frente a la curva. El de lo recto frente a lo torcido. El de la sobriedad frente a la ebriedad. El de lo impertérrito frente a lo voluble. El de la ética, el estilo y la rectitud frente a la inmoralidad y la corrupción. El de la Virtud frente al vicio. El de lo señorial frente a lo zafio. El de la franqueza y la sinceridad frente a lo taimado y al engaño. El de la nobleza frente a la ruindad. El de la austeridad frente al lujo. El de Esparta frente a Sodoma. El de la Idea frente al capricho. El de lo patriarcal frente a lo matriarcal. El del Imperium frente a lo tribal. El de lo gibelino frente a lo güelfo. O el de lo de Arriba frente a lo de abajo. O el de lo Suprasensible frente a lo sensible o sensitivo. O el de lo Metafísico frente a lo físico. O el de la
Conciencia frente a lo inconsciente y ante el subconsciente. O el del Superhombre contra el hombrecillo moderno. O el de la Luz del Norte contra
la luz del sur.
En definitiva: ¡¡NUESTRO COMBATE!! ¡¡NUESTRA LUCHA!!
El culmen, el cénit, la gran fiesta de los sistemas políticos partitocrácticos acontece cuando se celebran elecciones. Da igual que sean municipales, regionales o autonómicas, generales o presidenciales, lo único cierto es que en ellas la plutocracia que se disfraza de democracia se intenta cubrir de legitimidad.
En casi todo el orbe dominan las llamadas democracias liberales. Las mismas que dan cobertura a una versión del capitalismo: el liberal. Es por lo cual que constantemente estamos recibiendo información sobre la celebración de elecciones, del tipo que sean, en un país o en otro del mundo o en una u otra región determinadas de aquel o de este Estado.
En muchas ocasiones debemos pasar por el suplicio previo de las campañas electorales: ¡auténtico circo ambulante! Y con el circo llega el abrumador despilfarro de dinero: con frecuencia asciende a miles de millones el montante del pecunio que los mil y un partidos y coaliciones echan por la borda; claro es que unos pocos se gastan la mayor parte. Ingentes cantidades de dinero a menudo despilfarradas ante dantescos ejércitos de parados, mendigos o de humildes gentes. Pero, por lo que se ve, la puesta en escena del espectáculo circense es más importante que la dignidad que merecen estas desamparadas y necesitadas personas.
Por si éstos y otros muchos problemas innatos a la plutocracia tuvieran escasa importancia, los diferentes gobiernos y las administraciones en general se olvidan de ellos y sus miembros centran sus esfuerzos y atención en el buen funcionamiento de las precampañas y las campañas electorales y en la labor propagandística del partido al que pertenecen o que gobierna en ese momento.
En el caso de comicios regionales o autonómicos, por un lado, o generales, por otro, los parlamentos se disuelven y, en su lugar, se constituyen representaciones de los mismos, que funcionan a medio gas y únicamente cuando se las convoca; es el caso de la Diputación Permanente como sustituto de las Cortes españolas. La función legislativa se paraliza y de la ejecutiva casi se puede afirmar otro tanto. En definitiva, se produce durante estos períodos lo que se conoce como ‘vacío de poder’.
Es en estas fechas cuando los políticos se suelen acordar de que existe un pueblo, de que existen unas gentes que con sus votos les pueden encumbrar al poder o hacerles permanecer en él. Y es ahora cuando recorren plazas, mercados, pueblos y ciudades. Es ahora cuando estrechan la mano de ese pueblo, cuando le obsequia con flores, agasajos y promesas de todo género. Y es ahora cuando estos políticos dicen para sus adentros: ‘¡ahora es cuando me interesas, pueblo, ahora!’ Y es que para el Sistema político en vigor el valor de la persona es bien pobre: ‘un hombre= un voto’, o, si se prefiere,: ‘un hombre= un número’. Un número más en el seno de esa masa amorfa y despersonalizada que sumisa como un rebaño de ovejas sigue las directrices y las órdenes que el Sistema le da.
La misión principal de los políticos es, durante los días que dura el circo, la de intentar atraer hacia sus respectivas formaciones el voto del mayor número de ciudadanos. Pero, ¿cómo conseguir esto? Pues bien, primeramente insertando en los cerebros de sus futuribles votantes unas consignas y eslóganes gracias a la simple técnica consistente en repetirlos machaconamente; facilidad de la que gozan las agrupaciones políticas con fuertes posibilidades económicas. Y, en segundo lugar, mintiendo sin reparos, ya que saben a ciencia cierta que a la ciudadanía hay que, aparte de agasajarla impúdicamente, ofrecerle programas sugestivos, atrayentes y que la llenen de una ilusión de la que el mismo Sistema le ha hecho carecer; y así lo hacen, puesto que tienen, de antemano, consciencia de que, ya sea por ineptitud o intencionadamente, no los van a llevar a la práctica aun llegando a encaramarse al poder.
El partido o coalición que tras unos comicios electorales consigue formar gobierno sabe con certeza que si para cuando se celebre la próxima consulta electoral quiere volver a ser reelegido debe, entre otros cosas, conseguir elevar el nivel de vida de la ciudadanía realizando, por ejemplo, obras públicas que, como tales, el pueblo pueda valorar como positivas y, en consecuencia, le predisponga favorablemente para volver a otorgarle su confianza. Pero, claro, las grandes obras públicas, las que vertebran y pueden contribuir a dar consistencia a la economía de un país, las que potencian su infraestructura general, no se suelen poder concluir en los pocos años que transcurren entre una consulta electoral y la siguiente, ya que necesitan de una serie de trámites, requisitos y proyectos y, sobre todo, de mucho esfuerzo humano y técnico. Y como esta realidad no la ignora ningún gobierno que actúe en el seno de un sistema político liberal, sus energías se centran en la realización de pequeñas obras o servicios públicos: parques de recreo, zonas ajardinadas, hogares para jubilados, pavimentación o arreglo de calzadas,… Obras públicas que con ser deseables en cualquier comunidad, no deberían imposibilitar la ejecución de grandes obras públicas; como la construcción de hospitales, embalses, redes de comunicación, centrales de energía,.. No cabe duda de que este proceder habitual constituye otro punto en contra a la hora de valorar la idoneidad del sistema de elecciones periódicas, consustancial al liberalismo político.
Si a pesar de todos los intentos de un partido por mantenerse en el poder, sucumbe ante la fuerza electoral de otro, este otro, al representar, en mayor o menor grado, una opción ideológica distinta considerará, seguramente, como contrarios o disonantes con su línea política muchos de los aspectos de la obra realizada desde el ejecutivo saliente, por lo cual procederá, si no a destruirlos, a ponerles trabas para obstaculizar su adecuado funcionamiento o mantenimiento. Con lo que nos encontramos con que es francamente difícil que cualquier proyecto serio salga adelante y tenga, además, un carácter duradero.
Otro hándicap con el que nos topamos al analizar a la partitocracia es el de la falta real de alternativas políticas existente entre los diferentes partidos o coaliciones de mayor influencia, pues sabemos que triunfe uno u otro la obra de gobierno no va a variar sustancialmente; aunque externamente a algunos les pueda parecer lo contrario. Y es que partidos conservadores, demócratacristianos, liberales o socialdemócratas acaban aplicando, en economía, los mismos criterios del capitalismo liberal, o los primeros, en el plano moral, acaban respetando las leyes, por ejemplo, abortistas aprobadas por gobiernos ‘progresistas’ anteriores y a las que sus programas políticos se oponían.
¿Y por qué ocurre esto? Pues bien, son, o pueden ser, múltiples las causas y van desde la sumisión al Gran Capital financiero y multinacional en la que caen todos los gobiernos de los regímenes de tipo liberal-capitalista, pasando por el consenso remendón que se suele establecer entre las fuerzas de los distintos gobiernos y de sus mal llamadas oposiciones en torno a muchos temas y acabando por el denominado ‘pragmatismo’ en el que los políticos del Sistema suelen caer cuando forman parte del poder ejecutivo; olvidándose así de cuestiones ideológicas que no harían más que complicarles la existencia cómoda y facilona a que han conseguido llegar.
Hablábamos algunas líneas más arriba de los partidos más influyentes, si no social sí electoralmente, y sería bueno pararse a analizar cuáles son los motivos principales de esa supremacía. Y llegaríamos a la conclusión de que dichas causas se encuentran, sobre todo, en el monopolio que ejercen sobre la mayoría de los medios de comunicación y en las grandes sumas de dinero que manejan en las campañas electorales. Y es que es de perogrullo que al Sistema le interesa que las formaciones políticas que más ciegamente, sea por motivos ideológicos o por intereses económicos, le apoyan acaparen el poder que lo sustente y fortalezca y, por esta razón, uno de sus principales tentáculos, la Banca, las financia; dándoles grandes facilidades a la hora de concederles los préstamos necesarios. Por si esto fuera poco, la capacidad de presión del capital financiero sobre los medios de ‘información’ explica la parcialidad y partidismo de que éstos hacen gala constantemente; además, hemos de tener en cuenta de que la totalidad de los principales medios de comunicación se encuentran en manos de gente totalmente identificada con el régimen político vigente.
Las llamadas Cartas Magnas o Constituciones que recogen los postulados ideológicos básicos en los que se sustentan los diversos estados liberales propugnan en algunos de sus primeros artículos, si no en el primero, los principios de la ‘igualdad y el pluralismo político’ y nosotros, a razón de lo expuesto en el párrafo anterior, no podemos por menos que preguntarnos: ¿se verifican, de algún modo, dichos principios ante el evento de unos comicios electorales? Es obvio que la respuesta, por evidente, sobra.
Otro aspecto que se ha de someter a consideración es el de la escasa representatividad real que tienen los partidos políticos en general y los diputados, congresistas o senadores, en particular. Y es que resulta que, en muchas ocasiones, los elegidos por una circunscripción electoral no tienen nada que ver con ella, porque: o bien no son naturales de la zona por la que se presentan para ser elegidos; o bien no residen en ella; o bien desconocen sus problemas, sus preocupaciones y sus aspiraciones. Simplemente, el partido les asigna la circunscripción que más le interesa…
Dejando de lado a los votables y ocupándonos de los partidos, hay que tener presente que el gobierno que se forma a raíz de celebrarse unas elecciones no representa más que a la gente que ha votado al grupo político al que pertenecen sus miembros, esto es, no representa más que a una mayoría de ciudadanos o bien a una minoría mayoritaria., pero nunca a la totalidad del pueblo. Claro que incluso esto es pura teoría, pues, como vimos con anterioridad, cuando el nuevo Ejecutivo ya ha cumplido su objetivo principal, que es el de haberse constituido como tal gracias al voto popular, pasará a ignorar intencionadamente las promesas que su partido vociferó durante la campaña electoral; resultando, por tanto, que ni los electores que le depositaron su confianza en las urnas se verán representados por dicho gobierno.
Ante toda la zarabanda electoralera que tenemos que padecer continuamente nos surgen, como reflexión final, preguntas como éstas: ¿qué entenderá la mayoría de los votantes sobre temas tan complejos como los del funcionamiento de la macroeconomía o sobre estrategia militar y geopolítica para, en unas elecciones generales, optar por la opción política que mejor pueda tratarlos? ¿Debe de tener el mismo valor y peso el voto ejercido por una persona honrada, cabal o instruida que el de un ignorante, un ‘pasota’, un ímprobo, un estafador, un explotador, un delincuente o un deficiente psíquico? ¿Acaso, tal como afirmaba Corneliu Z. Codreanu en su libro ‘Guardia de Hierro’, la categoría de, por ejemplo, mejores pintores la determina, por sufragio, el pueblo o lo hacen los maestros, especialistas y críticos pictóricos? ¿Es que, afirmaba igualmente, al oficial de un ejército lo eligen por votación los soldados o lo hace otro oficial u otros oficiales que detenta/n una graduación superior a la suya y que, por tanto, tiene/n la legitimidad, los conocimientos y la experiencia necesarios para determinar quien es apto para ascender de escalafón?…