Julius Evola. Septentrionis Lux


PRÓLOGO A “RIVOLTA CONTRO IL MONDO MODERNO”
septiembre 25, 2017, 11:00 am
Filed under: Eduard Alcántara, Tradición

Una de las dos partes en las que se divide esta obra capital del gran intérprete italiano de la Tradición versa sobre el transcurrir de un determinado tipo humano desde los orígenes del actual ciclo humano (o, utilizando terminología cara al hinduismo, Manvantara) hasta nuestros tiempos más recientes. Se trata de una metafísica de los avatares protagonizados o sufridos por dicho tipo humano y no de un recorrido por sus aconteceres al dictado de las pautas formuladas por la llamada ciencia histórica. El fruto de este análisis metahistórico es la constatación de un proceso de caída que iría desde una Edad de plenitud Trascendente hasta otra, la actual, de congoja existencial, disolución total en el plano de lo material y rudo embrutecimiento. El maestro romano nos describe este proceso involutivo con una nitidez sin par …y lo hace a través de las doctrinas de la ‘regresión de las castas’ y de las Cuatro Edades desgranadas en la tradición indoaria y que tiene, especialmente en el caso de la segunda, equivalentes en textos como “Los trabajos y los días” del griego Hesíodo. Remitir a la lectura de “Rebelión contra el mundo moderno” es, sin duda, el mejor modo de apelar a la comprensión del porqué y el cómo de la involución hacia la presente animalización.

Evola nos habla de un tipo humano, al que en ocasiones denomina ‘hijos de los dioses’, que en illo tempore protagonizó una Edad de Oro (Satya-yuga, en términos del hinduismo) en la cual la experiencia del plano Superior de la existencia no representaba una meta a conquistar sino una realidad vivida de manera natural. Nos sitúa esos tiempos en un lugar situado en el septentrión de nuestro planeta, allá donde los diferentes textos sacros -a Oriente y Occidente- hablan de Thule, Hiperbórea, el Aryanem Vaejo, el Monte Mêru o la Isla Blanca. Se trataría de un enclave en el que, a diferencia de la crudeza climática actual, reinaría un clima templado, casi como el de una primavera continua, debido al hecho de estar conformado por unas tierras insulares que al estar rodeadas, como tales, por agua verían atemperadas sus temperaturas. Según clasificación de la ciencia geológica por aquel entonces se viviría en la era del pleistoceno o Edad Glacial. Sin embargo, según señala esa misma rama de la ciencia, en el seno de la Edad Glacial tuvo lugar un período interglacial en el cual las bajísimas temperaturas cedieron a otras más agradables. Incluso hay geólogos que ya hablan de la existencia no de uno sino de varios períodos interglaciales en el seno del pleistoceno. Pues bien, sería en ese interregno (o en uno de esos) –en ese ínterin- cuando debemos situar esa tierra, sede de un áureo existir, descrita por las diferentes tradiciones sapienciales.

La narración que en los primeros capítulos de la Segunda Parte de “Rivolta contro il mondo moderno” (“Rebelión…”, para nuestra edición en castellano) realiza el maestro italiano para situarnos en esa Edad de Oro y en su enclave geográfico se ve reforzada en su verosimilitud por los trabajos de otros autores interesados en esta temática. Así, podríamos destacar de forma especial el libro “El hogar ártico de los Vedas” (1.903) (1), del autor indio Bal Gangadhar Tilak, en el que un estudio pormenorizado de los Vedas indoarios y del Avesta iranio nos aboca a la certeza de que el Satya-yuga no pudo tener lugar en ningún otro lugar más que en las latitudes cercanas al Polo Norte, en esos enclaves que irían desde el Círculo Polar Ártico hasta el dicho Polo Norte; en parajes, pues, circumpolares. Tilak nos muestra los pasajes védicos y del Avesta, descriptivos de las condiciones astronómicas de la Edad Áurea, en los que se hace mención a esos días y esas noches que se prolongan, sin interrupción, por meses; lo cual es exclusivo del área circumpolar. O nos señala aquellos otros cantos védicos y avésticos en los que se describen fenómenos meteorológicos como los de las auroras boreales que sólo pueden ser vistos en aquellas latitudes septentrionales.

Julius Evola nos habla de una primera posible migración protagonizada por esos ‘hijos de los dioses’. Se trataría de una que tomaría la dirección sudeste, atravesando lo que hoy es Europa y adentrándose, con profundidad, en Asia. Después, aconteció una segunda migración, en dirección sur, hacia el norte de otra tierra rodeada de un halo mítico: la Atlántida; sabemos que autores clásicos como Platón o Plotino no dudaron de su existencia. Allá esas gentes hiperbóreas o boreales venidas del norte planetario establecieron una subsede de Thule, una prolongación del hogar áureo. Y desde ella protagonizarían desplazamientos tanto hacia el oeste (tierras americanas) como hacia el este, arribando, en este caso, a la fachada occidental de Europa y siendo, con posterioridad, los autores del megalitismo. El maestro romano concreta en los míticos Tuatha de Dannan -los también denominados ‘helenos del paleolítico’- a algunos de los protagonistas de esta migración; los textos celtas hablan de ellos como de huestes solares: como de seres divinos. Estos pueblos de origen noratlantídeo serían el Cromagnon u Hombre de Aurignac descrito por la ciencia antropológica; ciencia que ignora su origen áureo y pretende situarlo  como el resultado de un fantasioso proceso evolutivo que le haría descender de homínidos con los que, en realidad, ninguna relación de parentesco tiene.

Estos pueblos de procedencia noratlantídea serían también los autores de las pinturas rupestres encontradas en la mencionada fachada atlántica de Europa, en la que primeramente pusieron sus pies: Lascaux y Altamira serían dos ejemplos significativos de ello. A diferencia de lo afirmado por la historiografía oficial no viven en cavernas sino que en ellas se introducen para realizar ritos de carácter Iniciático: ritos de transustanciación interna que transporten al yo hacia el Ser, hacia el Principio Primero inmutable y eterno (2); similar finalidad, p. ej., tendrían los dólmenes.

Y si en su emigración, desde el Norte de la Atlántida, hacia tierras americanas originaron ciclos solares (3) en su camino desde la fachada atlántica de Europa hacia el este los hallamos en el origen de otra civilización de espiritualidad originariamente solar: la egipcia; que, de hecho, es bastante anterior, al igual que sus monumentos más emblemáticos y significativos  -como las mismas pirámides- de lo cifrado por la historia oficial. Un recorrido, éste, que abarcó tanto la ribera sur de Europa como la norte de África y cuya direccionalidad oeste-este queda hasta corroborada científicamente por el análisis realizado con Carbono 14 sobre los conjuntos y restos megalíticos situados en ambas orillas del Mar Meditérraneo, pues cada conjunto situado más al oeste presenta una antigüedad de unos 40 años más que los restos hallados algo más al este de aquél; esto demuestra un movimiento prácticamente cíclico de esos pueblos noratlantídeos en su desplazamiento hacia oriente. Desplazamiento que les hizo adentrarse en tierras asiáticas y que estaría en la base de culturas como la tibetana de los Bon y los Dropa, en la cual, aparte de elementos propios de la preexistente cultura mongoloide también se han rastreado otros consustanciales a un tipo de espiritualidad solar, olímpica y viril como la que tiene su origen en sede ártica. Desplazamiento que más que probablemente debemos ver dejado su sello en China y en textos sapienciales como el I Ching (del que con posterioridad hay que rastrear su impronta en el taoísmo formulado por Lao Tsé en su Tao-tê-king). Y desplazamiento que debe guardar relación directa con la existencia del pueblo ainu en Japón; recordemos que la inmigración mongoloide a tierras niponas aconteció en un período posterior y relativamente reciente: hacia el inicio de la era cristiana -hace, pues, aproximadamente unos 2.000 años.

El mito y las tradiciones y textos sacros nos hablan de un cataclismo, en forma de inhóspita glaciación, que asoló de manera especialmente cruda las latitudes septentrionales de la Tierra. Se trataría del final del benigno -climáticamente hablando- período interglacial propio del geológico pleistoceno. Dichos textos correlacionan -y hacen derivar- esa catástrofe con una caída espiritual de nivel que se habría, pues, reflejado, exteriormente, en la irrupción de esas terribles heladas (4). Como consecuencia de ellas los hombres boreales hubieron de abandonar su hogar circumpolar y desplazarse hacia el sur, estableciéndose en tierras del norte de Europa y, posteriormente (una vez ya finiquitado el pleistoceno y, por tanto, discurriendo el holoceno -la etapa geológica postglacial por la que, a día de hoy, seguimos transitando) descendiendo hacia el centro de la Península Escandinava, dando, entonces, origen al urheimat -o lugar originario- indoeuropeo (5). A partir de este momento ya sí se puede hablar de este tronco antropológico y de su correspondiente lengua (el indoeuropeo originario). Este pueblo se desplaza algo más hacia el sur de la actual Suecia dando forma, ya en el llamado Neolítico, a la cultura de Ertebolle-Ellenberck, que es considerada como la vagina gentum de los pueblos indoeuropeos, esto es, la cultura y el enclave a partir de los cuales estos pueblos se irán diversificando y desplazando hacia destinos geográficos diversos. Así, también hacia el sur de la actual Suecia florecería la ‘cultura de los vasos de embudo’, para posteriormente, continuando con estos flujos de poblaciones indoeuropeas, constituirse -hacia zonas no alejadas del Mar del Norte y, sobre todo, del mar Báltico- la ‘cultura de los vasos globulares’ y, tras ésta, la de la ‘cerámica cordada’; también conocida como la del ‘hacha de doble filo’. Siguiendo, desde su original enclave escandinavo, esa diagonal de la que nos habla Evola llegan a tierras de la actual Ucrania y, aquí, aparece la ‘cultura de los Kurganes’ o de los ‘túmulos’ (por ser en lo alto de éstos donde se depositaban en urnas las cenizas de los fallecidos) (6). Posteriormente arribarán donde hoy en día se halla Irán y se constituirá la cultura irania, de cuya concepción del Hecho Trascendente representa insuperable testimonio su libro sagrado: el Avesta; del cual ya mencionamos su descripción estacional, fenomenológica y/o climática del hogar en el que se vivió la Edad de Oro y que no pudo ser otro que el polar y circumpolar de nuestro planeta …certidumbre que también se corrobora en los Vedas de esa India que igualmente alcanzaron después las gentes indoeuropeas; o, ya allí, indoarias.

El por algunos denominado como ‘el último gibelino’ -Evola- nos sigue explicando que desde aquellas tierras del norte de Europa, desde las que tuvo lugar este movimiento migratorio en diagonal que llega hasta la India, también acaeció, con posterioridad, un segundo flujo en dirección norte-sur encarnado en los aqueos y dorios que encontramos en los orígenes de la civilización griega o en los latinos que fundaron Roma. Asimismo nos habla de que, desde ese emplazamiento del norte europeo, aconteció, bastante después, la tercera y última emigración, también en sentido norte-sur, que sería la de los pueblos germánicos que acabaron, a partir del s. V d. C., invadiendo el Imperio Romano occidental: visigodos, francos, ostrogodos, lombardos, vándalos, suevos,… Nos señala Evola que debido a su lejanía temporal con la Edad de Oro hiperbórea cuando estos últimos pueblos emprenden su recorrido norte-sur lo hacen ya profesando formas religiosas que, aunque son el reflejo de la originaria sabiduría y espiritualidad solar, se hallan prácticamente, en sus ritos, vaciadas de poder operativo transformador y representan sólo un eco lejano de la Edad Primordial. Es por tal motivo por el que el abandono de sus creencias politeístas y su conversión al cristianismo no resultarán especialmente problemáticos.

El gran intérprete italiano de la Tradición también se ocupa de explicarnos los orígenes de otros pueblos y/o razas. Y así sitúa, retrotrayéndonos en el tiempo, en la, aproximadamente, mitad sur de la Atlántida a poblaciones fínico-mongoloides, cuyas emigraciones posteriores se esparcieron por tierras asiáticas, por islas de Oceanía y por todas las latitudes de América; si no, en este último continente, directamente desde la Atlántida sí a través, desde Asia, de un congelado Estrecho de Bering.

Julius Evola igualmente nos narra cómo aquellas gentes noratlantídeas que se habían constituido en subsede de la solar Hiperbórea empiezan también a decaer interiormente y, tras sucesivos procesos involutivos, acaban profesando formas meramente religiosas (y no vías interiores de realización espiritual), sacerdotales, lunares y devocionales. Acaban posicionándose pasivamente ante el Hecho Trascendente y se abocan hacia el matriarcado y la ginecocracia. Se amputa la posibilidad de despertar el Principio Supremo Sacro que anida en el interior del hombre y de hacerse uno con lo Superior y Eterno. Esta caída interna les aboca a mezclarse con las razas fínico-mongoloides sudatlantídeas y a acentuar todavía más su alejamiento de un tipo de Espiritualidad Solar y Olímpica (7). Del resultado de esta hibridación surgen, por un lado, pueblos como los pelásgicos, de cultos telúricos o ‘ctonios’ (siguiendo léxico evoliano), que arribaron a las costas meridionales de Europa y a las septentrionales de África y, surgen, por otro lado, los pueblos semitas. Tal como aconteció con el fin traumático del hogar boreal de la Edad Primordial el maestro romano también percibe el cataclismo que supuso la desaparición de la Atlántida bajo las aguas como la consecuencia externa de esta total debacle interna.

En definitiva, el maestro transalpino, de acuerdo a su vocación shatriya o guerrera, no se conforma con transmitirnos una certera y pormenorizada composición de lugar acerca de lo que se debe entender por Tradición y las formas que, en diferentes épocas y lugares, ésta adquirió. Tampoco se conforma con explicarnos cómo desde unos orígenes sacros los ‘hijos de los dioses’ han sucumbido y se han enfangado en los lodazales del mundo moderno. Sino que hace votos para que tras la lectura de este libro capital los haya quienes se decidan a emprender una “rivolta contro il mondo moderno”. Pretende que los descendientes de aquellos que en la Tierra hiperbórea Primordial vivían la Espiritualidad con absoluta normalidad o eran, tras un primer descenso de nivel, capaces de reavivarla protagonicen, tal como concibió Hesíodo, un Ciclo Heroico y restauren el Orden Tradicional perdido. Pues la semilla de lo Trascendente, Perenne y Sacro sigue anidando, por muy aletargada que se halle, en el interior del hombre de ancestral linaje áureo. Si aquel Hombre Boreal, su descendiente noratlantídeo y los herederos de ambos -tal como del boreal fue el hombre indoeuropeo- tuvieron la certeza de ser ‘hijos de los dioses’ y su luz existencial fue la luz de lo Alto Evola bregó con sus libros y su vida para que los últimos vástagos de aquellos Hombres luminosos de antaño lucharan en pos de su Despertar interior y de la Restauración de la Tradición perdida.

 

 

NOTAS:

(1) La editorial Retorno tuvo a bien publicarlo en castellano hace pocos años, introducido por un prólogo, a cargo de los editores, de un interés excepcional.

(2) En el Medievo, como botón de muestra, podemos encontrar ritos similares cuando los Iniciados templarios se aislaban en la oscuridad de un receptáculo situado bajo el techo de sus monasterios, con el objeto de descondicionarse al amparo de la soledad del pequeño habitáculo (‘bajada a los infiernos’ o proceso de ‘ennegrecimiento’ y ‘putrefacción’ según la tradición hermético-alquímica; el nigredo u ‘obra al negro’). Se trataba de eliminar escorias psíquicas y de domeñar impulsos descontrolados, pasiones desaforadas, sentimientos exacerbados, pulsiones y submundo inconsciente y subconsciente.

(3) Rastreables en el “blanco y solar” Quetzalcoatl y en el linaje, emparentado con él, de los toltecas o tultecas (con el recuerdo de Tula o Thule). Y rastreables, asimismo, en el Viracocha andino o entre los fundadores de los incas y los aztecas (o “aztlantecas”, de Aztlan o ‘Isla Blanca’) de los que se habla en sus mitos.

(4) Tal vez podríamos calibrar la naturaleza de esa caída espiritual en el paso desde una original capacidad para vivir la Trascendencia en el plano ordinario de conciencia hasta la pérdida de ese estado natural de ser uno con lo Alto. Sucediendo, por tal motivo, que tras este descenso el plano Metafísico de la realidad ahora sólo podrá ser apercibido y conquistado a través de la Iniciación y, especialmente, en ‘un tipo de hombre diferenciado’ (utilizando expresión evoliana) que se acabará constituyendo en la primera casta o estamento de un orden que todavía hemos de considerar Tradicional, pues esta primera casta sacro-dirigente impregnará con su Espiritualidad al resto del cuerpo social.

(5) El germano-holandés Herman Wirth, gran estudioso multidisciplinar, descubrió inscripciones rúnicas en latitudes situadas más al norte incluso de la zona central escandinava donde se ubica la zona de gestación del pueblo indoeuropeo, tendiendo, así aún más si cabe, un mayor número de puentes entre la urheimat de este pueblo y el origen circumpolar del que proceden los antepasados del mismo.

(6) La antropóloga lituana Marija Gimbutas estableció, erróneamente, esta ‘cultura de los kurganes’ como la de la patria originaria del mundo indoeuropeo; obviando todo el recorrido anterior protagonizado por estas gentes.

(7) Evola habla incluso de otro enigmático continente, Lemuria, situado hacia latitudes al sur de la Tierra en la que también habitarían razas mongoloides y negroides.

 

Eduard Alcántara

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Prólogo a “Incorrectus, análisis y crítica de la posmodernidad”
agosto 30, 2017, 3:07 pm
Filed under: Ética y valores, Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara, Metapolítica

Hace un tiempo se nos invitó a redactar el prólogo del libro “Incorrectus: análisis y crítica de la posmodernidad” (http://www.aureacatena.cl/libros/incorrectus.html), escrito por Guillermo Sepúlveda Castro y Walter Bilbao Vilches. Así, gustosamente, lo hicimos. Helo aquí:

 Prólogo a “Incorrectus, análisis y crítica de la posmodernidad”

Cuando tantos disconformes con los tiempos que, hasta hace apenas varias décadas, corrían nos hacíamos cruces ante la hegemonía política, social, económica y “cultural” que evidenciaban las diferentes corrientes político-ideológicas de corte y esencia materialista difícilmente nos podríamos haber pensado que la involución hacia formas incluso más deletéreas todavía estaba por dar un salto más que significativo en una suerte de descenso aún más vertiginoso hacia el abismo. Lo cierto, es que la realidad ha superado los peores augurios de ese tugurio que es el mundo moderno. Las grandes doctrinas sapienciales de la Tradición ya habían hablado de un tiempo por venir (kali yuga lo llamaron los textos sagrados del hinduismo, Edad de Hierro lo denominó Hesíodo) en el que se vivirían los mayores desajustes, los más grandes desequilibrios, las disoluciones más absolutas y las degradaciones mayores inimaginables. Habían hablado de un tiempo en el que el demon de la economía llevaría la batuta rectora y en el que el materialismo más burdo se enseñorearía de todos los aspectos de la vida y de la mente de las gentes. De un tiempo en el que la versión más primaria, bestializada, primitiva y animalesca del hombre tomaría cuerpo. Creíamos haber tocado, por aquel entonces, fondo. El predominio total de los dos principales rostros del materialismo socio-político y económico no dejaba lugar a ningún tipo de alternativa real e integral. Aquel status quo suponía el triunfo y el asentamiento de lo que la interpretación Tradicional de la historia del hombre había calificado como el Tercer y el Cuarto Estado, esto es, el de la burguesía y el del proletario, respectivamente. O lo que viene a ser lo mismo, el del liberal capitalismo y el del marxismo. Fuese en el plano político, fuese en el económico o fuese en el cultural uno u otro rostro se habían erigido en los mandamases tiránicos. Aquel Primer Estado que unía a su función dirigente y política su otra función sacra hacía mucho que había dejado de ser el rector de sociedades Tradicionales, por ello periclitadas. El Segundo Estado, que correspondía a la función exclusivamente guerrera, tampoco contaba en nada. El Tercero y el Cuarto anteponían la economía a cualquier criterio (fuese el Trascendente o fuese el propio de los milites) y sus dirigentes y acólitos bregaban por su consumación ideal: pugnaban por la consecución, unos, de una sociedad con abundancia de bienes de consumo (por lo ilimitado de la riqueza material) y luchaban, los otros, por el establecimiento del “paraíso” terrenal de una sociedad (el comunismo en estado puro) en la que el proletariado hubiese acabado con la existencia del resto de clase sociales y en la que ya no existiesen más vestigios de lo que el marxismo denomina superestructuras (Estado, ejército, religión,…) Disolventes ideologías, ambas, pero que todavía contaban con gentes a las que les ilusionaba un futuro en el que sus utopías se hicieran realidad; aun cuando ese futuro no les viera vivos a ellos. Todavía existía un punto de sacrificarse por otros; por aquellos que disfrutarían de esa arcadia de tiempos por venir: fuesen sus hijos, sus nietos o la humanidad en general.

Pues bien, lo que hace varias décadas suponía para nosotros haber tocado fondo resultó ser, con el paso de los años, el penúltimo peldaño de esa escalera involutiva. El mundo moderno todavía podía degradarse más. Y así pasó. De la modernidad se fue entrando en la postmodernidad. Todavía había que esperar la irrupción demoledora de un Quinto Estado con el que los autores Tradicionalistas, excepto uno, no habían contado. Hubo, pues, uno, el italiano Julius Evola, que nos explicó que tras la hegemonía, en momentos diversos, de alguna de las cuatro castas o estamentos del Mundo Tradicional (aristos sacro-dirigentes, guerreros, artesanos-comerciantes o burguesía y mano de obra) les llegaría el turno a los sin casta. Les llegaría el turno a aquellos que tras deshonrar los principios y los valores de su casta habían sido expulsados de ella y se habían convertido en los sin casta, los descastados, los sin ley ni tradición propia. Les llegaría el turno a los parias. Con ello el Quinto Estado y la postmodernidad daría una vuelta más de tuerca a la asfixia insufrible de la humanidad.

Ahora ya no se estaría dispuesto a luchar por los demás, por el futuro, por el porvenir de los congéneres. Bregar por la soñada sociedad de bienes ilimitados de consumo o por la consumación del “paraíso” comunista pasaba a formar parte del baúl de los recuerdos. En vez el mundo postmoderno empezaba a conocer del hombre del “aquí y ahora”. Del individuo que sólo quiere vivir el momento con el objeto de darle inmediata satisfacción. Del que lo que quiere y desea lo quiere y desea ya, al momento. Lo demás y los demás poco, o nada, le importan. Del individuo que si consigue lo que, voluptuosamente, ansía, se cansa enseguida de ello y se agita, acto seguido, por obtener algo diferente o por conseguir más de lo que obtuvo la vez anterior. Del individuo cambiante, fluctuante, efímero. Del homo vulgaris al que Evola definió como el hombre fugaz.

Es de este desnortado mundo postmoderno y de este hombre fugaz de los que a lo largo de las páginas de este libro se ocupan con especial agudeza sus dos autores: Guillermo Sepúlveda Castro y Walter Bilbao Vilches. Los desentrañan con una intuición digna de encomio. Y lo hacen desde el sólido bagaje intelectual que demuestran y desde la atalaya que les da el poseer una bien edificada visión del mundo y de la existencia. Una cosmovisión que se erige alrededor de una concepción Trascendente de la existencia y de unos valores que se mueven el torno al heroísmo, al espíritu de servicio, al sentido del esfuerzo o a la valoración de lo comunitario. De lo cual se deriva un rechazo a cualquier forma de materialismo, de individualismo, de livianidad, de superficialidad, de hedonismo o de explotación del hombre por el hombre. No cabe, pues, para nuestros dos autores, lugar para la demoplutocracia, el marxismo o el anarquismo. No hay sitio, para ellos, en el que tengan cabida el igualitarismo defenestrador de las excelencias de los más aptos y voluntariosos o la infatuación democrática que tiene en él su sustento. Demolen, con brillantez y argumentario irrebatible, estos falsos mitos, las entelequias usurpadoras, el Discurso de Valores Dominante y todos los lugares comunes en los que se asienta el Establishment y en cuyo cáustico magma ha brotado esta anomalía terminal de la postmodernidad.

Tratamos con una obra que combina reflexiones de mucho calado, en las que no trasluce ningún ápice de dilettantismo ni adorno retórico superfluo, con análisis de hechos concretos, de problemáticas candentes, de sucesos y de noticias de actualidad que atraerán tanto al lector reflexivo como a ese otro de talante no dado tanto a la introspección.

Nuestros autores no se limitan a realizar un brillante análisis y una consecuente crítica a las muchas taras de la postmodernidad ni a sus anormalidades estructurales, sino que también proponen, a cada tara y a cada anormalidad, una alternativa sólida. Concebimos la Tradición como la antítesis del mundo moderno y esto es el resultado de la pérdida de aquélla. Tanto las críticas vertidas en esta obra -la radiografía que del mundo moderno se hace- como las alternativas propuestas responden totalmente a nuestra manera de concebir y entender la vida y la existencia; la manera acorde con los parámetros propios al Mundo Tradicional.

Vamos a proceder, a modo más que ilustrativo y significativo, a reproducir algunos de los muchos asertos expuestos en el presente libro y lo vamos a hacer tanto al respecto de críticas vertidas como de alternativas raigales propuestas.

Así, se nos habla de que la postmodernidad reemplaza los verdaderos Derechos Humanos (derecho a la vivienda, a una vida sana y próspera) por caprichos de una burguesía hedonista y egoísta (derecho al matrimonio homosexual; derecho al aborto; derecho a la libertad empresarial, etc.).

O, acerca de la fragilidad en las relaciones de pareja en el seno de la familia, se denuncia la incapacidad de sufrimiento” (de resistencia ante las problemáticas de la vida).

Igualmente se critica que no se han fomentado más que libertades y derechos, una verdadera cultura del “eterno niñito irresponsable“. (1)

Se reflexiona acerca de que el modelo de “persona” postmoderna se rige bajo la mecánica Ley del Mínimo Esfuerzo.

La ausencia de espíritu de sacrificio conlleva a la molicie y a la aparición de un tipo de hombre que responde al modelo del hippie liberal hedonistaasociado a la consigna progresista de la vida es lo que puedes disfrutar y a la postura de ser exigentes con el otro, pero jamás consigo mismo.

Ante lo cual se propone fortalecer el sacrificarse por el otro, con lo cual se hace frente al egoísmo, al hedonismo y a esa “vida muelle” inherentes al hombre contrahecho de estos tiempos terminales.

Del mismo modo se nos presenta un arquetipo opuesto a esta “persona” postmoderna inmadura, y por ende, frágil y con pilares poco sustentables que, como se señala en otro capítulo, debido a su vacuidad interior yace en su personalidad, deseos de ser vistos y vanagloriados; fruto de su superficialidadEse opuesto arquetipo sería el del guerrero, al cual le son innatos valores como el espíritu de entrega y sacrificio; buenos antídotos, éstos, ante tanta indolencia y tan poca actitud para superar contratiempos que la vida depara. Asimismo se nos presenta este arquetipo del “shatriya” (echamos mano del término propio de la tradición hindú) como el que debería bregar por hacer suyo el hombre si es que, en otro orden de cosas, se quiere evitar esta proliferación espectacular de casos de lo que Julius Evola vino a denominar “el tercer sexo”, esto es, de homosexualidad, sea masculina o femenina …y es que los opuestos se atraen y si no existe una polaridad bien definida esta atracción entre sexos opuestos languidece y propicia las derivas hacia la homosexualidad. La dulzura de la fémina se debe complementar con la virilidad representada por la figura del guerrero. Así, se reclama en nuestro libro objeto de este estudio preliminar: Devolvámosle esa admiración a las mujeres por guerreros. 

Es esta ausencia de educación basada en la autosuperación y el espíritu de sacrificio la que se halla en la explicación de cierta evidencia puesta en solfa en esta obra: No es extraño ver tanto homosexual en las juventudes de las derechas o en las marchas de las izquierdas …y es que una formación laxa en la infancia y en la adolescencia, sin ningún esfuerzo viril  puede conllevar a estos resultados.

En estas páginas, en relación directa con el arquetipo del guerrero, también aparece el del Héroe. Si al infante, al púber y al adolescente se le presenta éste como modelo en el que fijarse y espejo en el que reflejarse, y no el afeminado presentador de programas de “entertainment”, sin duda se reducirán sobremanera los casos de aparición del “tercer sexo”. Pero, por desgracia, tal como denuncia uno de nuestros autores, prevalece la denigración a los Héroes Históricos, la cual manifiesta sociológicamente un no querer ser como ellos. (2)

Hemos hablado párrafos arriba de ese “hombre fugaz” característico de la era postmoderna y no son pocos los trazos que en este libro lo describen. Podemos leer que vivimos en una Sociedad construida en base a una cultura del “querer todo lo que quiero”. O también recordar una cita ya señalada con anterioridad: La vida, según la consigna progresista, es lo que “puedes disfrutar”. O esta otra que denuncia  …el disfrute “presentista”, efímero, por sobre la durabilidad, sostenibilidad y permanencia del gusto. Por sobre la pieza musical clásica duradera, el cortometraje, el “clip” de vídeo y la pastilla energizante “de efecto inmediato.”  

El “hombre fugaz”, cambiante, desasosegado en un loco buscar sin rumbo, fruto de su propia agitación, es fruto de los tiempos terminales de esta Civilización del Devenir, del cambio constante, de la inestabilidad. Frente a la cual cabe alzar las Civilizaciones del Ser, las Tradicionales, las de la Estabilidad, las que buscan ser impregnadas por lo Eterno e Inmutable. El “hombre fugaz” vive arrastrado por esa velocidad del Mundo Posmoderno, identificado como Progresista, que es claramente una causa directa a la gran parte de nuestras angustias internas. Angustias internas que en buena parte son el resultado de esa sed, de esa ansia de posesión que aboca, según afirman doctrinas como la budista, al sufrimiento.

 

La postmodernidad viene marcada -en lo socioeconómico, en lo cultural y aun en lo político- por la globalización y el mundialismo. Frente a éstos hay que alzar la bandera de la identidad y, por ello, de la pluma de los autores de esta obra se puede leer que (…) nos referimos aquí a conceptos como la memoria, la herencia cultural, los rasgos identitarios, y tantas otras características que en medio de la Globalización y la Postmodernidad se niegan.  O, se puede igualmente leer, que en su ensayo, “Cómo se ha roto el lazo social”, el pensador francés Alain de Benoist critica el individualismo y defiende las nociones identitarias, según las cuales el individuo es parte de su grupo social, de su clan, de su tribu y es allí donde encuentra su razón de ser. Asimismo leemos que la resistencia orgánica a no querer ser “aculturalizados” y vaciados de toda identidad, se vuelve grito de guerra.

Ante las desvertebraciones sociales (que están llegando ahora a su paroxismo) provocadas, hace un par de siglos, por la irrupción del capitalismo y del liberalismo y ante sus nefastas consecuencias (como la de tratar al hombre -vaciado de identidad, de referentes, de vínculos y de tradición- como si de átomo intercambiable por otro se tratase: génesis del individualismo) nuestros autores oponen una sociedad estructurada, vertebrada y orgánica en la cual toda una serie de vínculos familiares, gremiales, comunales,… deben hacer del hombre una pieza insustituible, única e irrepetible del entramado social. Por ello -repitiendo una cita ya aparecida-  afirman que el individuo es parte de su grupo social, de su clan, de su tribu y es allí donde encuentra su razón de ser. O hablan -también volvemos a reproducir- de la resistencia orgánica a no querer ser “aculturizados”. O señalan que entre más involucrado se encuentre el ciudadano orgánico con su barrio y comuna, su destino será igual al de su comunidad y sus necesidades dejarán de ser “siutiquerías” para ser obra social. Al igual que postulan por la constitución de cuerpos sociales intermedios, donde estén representados todos los oficios (competencias y habilidades).

 

Frente a la infatuación de la democracia y a su basamento en el igualitarismo homogeneizante, que cercena las aptitudes superiores, y frente a su inherente dogmatismo se apela al principio jerárquico y diferenciador: es necesaria una estructura dotada de la debida jerarquía, donde las funciones estén claramente asignadas. Y se denuncia el hecho evidente de que tras toda una defensa de la Democracia, se encuentren más garabatos que argumentos, pues la consagración, a nivel de dogma religioso, de sus “inmortales principios” no representa más que el propósito de otorgarle esencia a lo que no es más que un soufflé; a lo que no es más que algo así como un globo inflado.

…Y es que debe ser rebatido el manido recurrente lugar según el cual los conceptos de “democracia” y “libertad” resultarían ser algo así como sinónimos que se implican el uno al otro, pues, para nosotros la verdadera libertad se halla irreductiblemente enfrentada a la democracia, ya que el concepto democrático de libertad tan solo conoce de las “libertades formales” y éstas no revisten más que un carácter externo y, por tanto, accesorio; libertades que, por otro lado, no se respetan para los que disienten integralmente de los dogmas y de las realidades del Establishment.

La libertad verdadera es la que ha sido culminada por el hombre que se ha deshecho de las cadenas que representa ese magma interior convulso de pasiones, de emociones embriagadoras, de sentimientos exacerbados, de instintos primarios y de bajas pulsiones que lo aturden, obnubilan, alteran, ciegan y lo mantienen en constante estado de agitación. Hablamos de la libertad interior y en los mismos términos lo entienden nuestros dos autores cuando uno de ellos escribe que el hombre es libre “hacia afuera”, predica la consigna post-moderna, pero es esclavo “hacia adentro”. O cuando les leemos el que esta máquina biológica llamada individuo es libre de operar como el esclavo que es internamente, ya que niega el alma. Pero al negarla hace suya su peor esclavitud habida en la Historia humana: la de sí mismo. O cuando, en otro lugar, concluyen que será obligatorio apelar a un cambio dentro de sí mismos. Un ‘hombre nuevo’ se precisa, pues. Un ‘hombre nuevo’ que haga suyos los valores del honor, el pundonor, el heroísmo, la valentía, el tesón, la camaradería, la fidelidad, la lealtad y el espíritu de servicio, entrega y sacrificio. Un ‘hombre nuevo’ no amputado de su componente Trascendente …una componente que debe impregnar la vida del todo social. En esta línea se nos dice que  la  “construcción social de la realidad”, que alguna vez propugnaron P. Berger y Th. Luckmann, debe ser desarrollada en el contexto histórico de una constante superación espiritual y no una perenne lucha de clases” (R. de la Cierva). Y referentes históricos para construirla no faltan pues a diferencia de los colonos ingleses que poblaron Norteamérica, los conquistadores españoles eran fieles defensores de tradiciones religiosas que, en su esencia, se oponían a los modernos principios del liberalismo, que ya se empezaban a manifestar con todo su vigor en los albores de nuestra Independencia.

 

Pensamos, para acabar, que las citas que hemos seleccionado son harto significativas de todo el universo en el que se mueven nuestros dos autores. Es tanta la sintonía, en maneras de concebir la vida y la existencia y de encarar los muchos rotos inherentes a la postmodernidad, en la que se hallan Guillermo Sepúlveda Castro y Walter Bilbao Vilches que, en ocasiones, al presentar algunas citas suyas de esta obra lo hemos hecho en plural y no especificando quién es el concreto autor de cada una de ellas.

 

 

NOTAS:

  1. En relación con esta problemática se puede consultar el capítulo XVIII de nuestro libro “Reflexiones contra la modernidad”, titulado “El infantilismo, denominador común de nuestros tiempos”. También se puede leer en https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/el-infantilismo-denominador-comun-de-nuestros-tiempos/

 

  1. En este orden de ideas estuvimos reflexionado, en su día, en nuestros dos artículos “Virilidad y homosexualidad”:

https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/05/virilidad-y-homosexualidad/
https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/05/virilidad-y-homosexualidad-ii/

 

 

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



LA ETAPA TRADICIONALISTA DE EVOLA: INFLUENCIAS

La etapa ya meramente Tradicionalista de Julius Evola, la etapa definitiva tras el paso por las dos anteriores -la vanguardista y la filosófica (1)- que podríamos considerar como preparatorias de ésta, abarca desde el inicio de la década de los años ’30 hasta la defunción de nuestro gran intérprete de la Tradición el 11 de junio de 1.974.

La configuración definitiva de la cosmovisión Tradicional del maestro romano tiene influencias definitivas, de manera especial, en tres autores: René Guénon, J.J. Bachofen y Hermann Wirth.

Del francés Guénon Evola hace suya la caracterización de dos categorías existenciales y vitales a las que en diferentes épocas ha adherido el hombre, cuales son ‘El Mundo de la Tradición’ y ‘el mundo moderno’. La visión que del mundo y de la existencia es propia de cada una de ellas se constituirá en el eje a partir del cual el maestro italiano hará girar los diferentes estudios que realice a lo largo de estas definitivas cuatro décadas y media de su vida. La antítesis representada, por un lado, por un tipo de hombre (El Hombre de la Tradición (1)) que consagra todo su existir y que lo hace en el seno de unas comunidades que hacen lo propio (Mundo Tradicional) y, por otro lado, por otro tipo de hombre (el hombre moderno) y por otro tipo de sociedad cuyos lazos con lo Alto se han roto y cuyos accionares se ven abocados al más rudo materialismo (mundo moderno), le aportarán, dicha antítesis, a Evola las claves definitivas para ajustar el punto de mira de todos sus análisis y estudios.

Del suizo J. J. Bachofen sacará buen rédito de sus trabajos acerca de la morfología de dos tipos de culturas y civilizaciones antagónicas que se habrían ido sucediendo a lo largo de la historia de la humanidad: unas de corte patriarcal, que entiende de lo aristocrático, de lo diferenciado, de la forma, de lo jerárquico y de un tipo de espiritualidad viril, apolínea, solar y olímpica y, otras, en cambio, de tipo matriarcal, que entiende de lo ginecocrático, igualitario, de lo promiscuo e indiferenciado y de los cultos de carácter telúrico, ctonio y lunar. Cabe, en otro orden de cosas, señalar que el autor suizo se hace acreedor de un cierto evolucionismo que Evola no comparte, pues sitúa en los orígenes del discurrir humano por el tiempo a las sociedades de carácter matriarcal que habrían sido, felizmente en determinados períodos, sustituidas -en un sentido evolutivo-por otras de carácter patriarcal, cuando, contrariamente a este planteamiento, el maestro italiano sitúa en los orígenes (y de acuerdo a las diferentes tradiciones y textos sacro-sapienciales) a las comunidades de tipo patriarcal (en la Edad de Oro o Satya-yuga) y, posteriormente a éstas – como resultado de un proceso involutivo, de caída-, a las sociedades de naturaleza matriarcal.

Del holandés Hermann Wirth Evola muestra mucho interés por sus investigaciones arqueológicas, ya que a través de los hallazgos efectuados por el investigador neerlandés (en los que el elemento rúnico no es precisamente baladí) se demuestra que si bien el origen de los pueblos indoeuropeos habríase de ser situado en la escandinava cultura de Ertebolle-Ellenberk, estos pueblos son herederos de otros protoindoeuropeos cuyas huellas se remontan todavía más al norte. Es así que Evola retrotrae su hogar originario a los míticos (2) Thule o Hiperbórea de la tradición grecolatina, al Aryanem Vaejo del Avesta iranio o a ese Monte Meru del que hablan los Vedas …a esa, pues, tierra que habría estado situada en las latitudes más septentrionales del Planeta y en la que habría acontecido la Edad de Oro o Satya-yuga (o Krita-yuga): la Tradición Primordial.

Las aportaciones de estos tres autores le resultan al maestro romano capitales a la hora de su desarrollo de una metafísica de la historia, de una morfología del Mundo de la Tradición y de otra del mundo moderno.

 

NOTAS:

  • Algunos de los principales rasgos definitorios de este tipo de hombre se pueden seguir en nuestro libro “El Hombre de la Tradición” (Editorial EAS).
  • “La etapa filosófica de Evola: influencias”: https://septentrionis.wordpress.com/2017/07/21/la-etapa-filosofica-de-evola-influencias/
  • El carácter mítico de ese hogar originario de la Edad de Oro seguramente reviste un carácter también real, tal, como por ejemplo, pensamos que queda demostrado tras la lectura de la obra del autor indio Bal Gangadhar Tilak “El hogar ártico de los Vedas” (Editorial Retorno).

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



LA ETAPA FILOSÓFICA DE EVOLA: INFLUENCIAS
julio 21, 2017, 1:44 pm
Filed under: Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara, Julius Evola

Tras una primera etapa vanguardista-dadaísta en la que un joven Evola adhiere a corrientes artísticos que pretenden romper con los cánones morales y de comportamiento consustanciales a un modo de vida burgués el maestro italiano se adentra en otra etapa diferente -la filosófica, durante los años 20 de la pasada centuria- en la que por la vía de las herramientas propias de la filosofía busca configurar un tipo de hombre soberano de sí mismo: “el gran autarca”, en sus propias palabras; un tipo de hombre liberado de las ataduras psíquicas y físicas propias que subyugan al hombre común. Para delinearlo dará especial importancia a los aportes, sobre todo -pero no únicamente- de tres filósofos: Friedrich Nietzsche, Otto Weininger y Carlo Michelstaedter.

De Nietzsche hará suyo ese impulso por superar la alicorta moral burguesa utilitarista y la moral del esclavo que representa el judeocristianismo, incapacitantes, ambos, a la hora de pretender dar a luz a un tipo de hombre descondicionado de frustraciones, de dogmas acomplejantes como el del pecado original, de sentimientos de culpabilidad, de pavores, de vida mediocre y pragmática …de dar a la luz al ‘señor de sí mismo’; expresión que rescata Evola del taoísmo.

Del austríaco Weininger valora, de manera especial, su libro “Sexo y carácter”, en el que realiza una más que acertada caracterización sobre las diferencias psíquicas existentes entre ambos sexos. Evola acabará, posteriormente en su definitiva etapa Tradicional, otorgándole a la Espiritualidad marcada por lo que él denomina como ‘luz del norte’ la denominación de ‘Espiritualidad solar y viril’, debido al insoslayable aspecto activo que supone la búsqueda del descondicionamiento, del conocimiento de los planos Superiores de la realidad y del Despertar a lo Eterno e Inmutable. Por el contrario tildará de ‘religiosidad femenina y lunar’ a esa otra manera de mirar hacia lo Alto que calificará como propia de la ‘luz del sur’ y que no concibe más que la fe y la creencia -pasivas ambas- en lo Trascendente.

Del italiano Michelstaedter tomará buena nota de lo expuesto por éste en su obra “La persuasión y la retórica”, en la cual escribe que la ‘retórica’ supone aquella tendencia a resignarse y adaptarse a los patrones morales y de comportamiento que imponen los convencionalismos sociales; el ‘homo vulgaris’ denunciado por Evola sería fiel a este patrón de la ‘retórica’. En cambio, la ‘persuasión’ es la actitud que lleva a la auto-posesión, a no depender de ningún factor externo, a no estar sometido a nada ajeno a uno, a convertirse -en definitiva- en ese ‘señor de sí mismo’ del que se hablaba líneas arriba. La persuasión, nos dice Michelstaedter, se logra viviendo cada momento como si fuese el último por tal de superar ese miedo a la muerte que llevará a -citando nuevamente a Evola- ‘un tipo de hombre diferenciado’ a superar miedos y pavores incapacitantes que impiden la consecución de lo que el maestro romano denominó un ‘tipo de hombre descondicionado’.

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



PROGRESISTAS
julio 19, 2017, 10:41 am
Filed under: Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara, Metapolítica

Son hoy inmensa mayoría las que quieren ser calificados como de ‘progresistas’. Ser progresista es lo que vende. Ser progresista es ser alguien “avanzado”, alguien que (así se cree) busca la mejora de sus congéneres y de la sociedad en la que vive. No todos de entre esta mayoritaria masa de progresistas asumen también el que se los denomine ‘progres’, pues este término queda como más escorado hacia posiciones políticamente de izquierdas y resulta que bastantes de los que no le hacen ascos a la denominación de ‘progresistas’ se identifican con la derecha liberal y, por ello, no suelen sentirse cómodos con el vocablo ‘progres’.

Pocos se arriesgan a rechazar el ser considerados como progresistas pues aun cuando a unos pocos no les agradase dicho término lo asumirían porque de no admitirlo para sí correrían el riesgo de ser tachados de lo que se considera su antónimo, esto es, de retrógrados …o de carcas o de reaccionarios u oscurantistas. ¿Quién sería capaz de cargar con semejante baldón? ¿Quién quiere ser condenado al ostracismo si alguien le define con semejante léxico? ¿Quién quiere recibir los anatemas de los políticamente correctos y ser silenciado por éstos? ¿Quién quiere que, por este motivo, sus opiniones sean vilipendiadas o ignoradas y censuradas de antemano?

Se le tiene tanto miedo a que caigan sobre uno esas denominaciones incapacitantes que pocos osan poner en tela de juicio o simplemente poner a estudio las reales connotaciones de lo que representa el progresismo.

¿y qué es el progresismo? Pues el progresismo no es otra cosa que la aceptación de las dinámicas sociales, políticas, culturales y morales que suceden desde que el mundo moderno (como antítesis del Mundo Tradicional) empezó a consolidarse en el discurrir de los tiempos. Es la asunción del devenir de la humanidad en los últimos siglos. Es, concretando, la aceptación de la tendencia a la amputación de una de las tres dimensiones que conforman el ser humano (formado por cuerpo, alma o mente y Espíritu): la amputación de su dimensión Trascendente. Es la aceptación del proceso de desarraigo del hombre, al cual la Revolución Industrial arrancó del campo y lo incrustó en el anonimato de las metrópolis; proceso que llevó a la disgregación en urbes diferentes de  unos clanes familiares que le otorgaban consistencia, base y organicidad a las comunidades. Es la aceptación de que el hombre haya sido convertido en un engranaje más del mecanicista sistema de producción y consumo, en el conjunto alienante de un mundo industrializado y mecanizado. Es la aceptación de la supresión de todos los cuerpos intermedios que en una sociedad de tipo Tradicional existían entre las estructuras estatales y la persona …cuerpos intermedios que integraban la vida del hombre en el conjunto de la comunidad y que hacían de ésta un todo orgánico, vertebrado y estructurado. Es la aceptación, por la anterior deriva inorgánica, de la transformación de la persona en individuo intercambiable por otro individuo cualquiera por el hecho de no diferenciarse en nada el uno con respecto al otro, pues ya ha perdido su pertenencia a un oficio determinado, a una institución concreta, a una cofradía en especial, a una hermandad determinada o a un gremio o corporación específicos (no hay ya pertenencia ni función que valgan: el individuo-átomo ha sido despersonalizado y enajenado y ahora fácilmente podrá ser utilizado, explotado, lobotomizado y programado como el Establishment crea oportuno para aumentar sus réditos o sus oscuros planes mundialistas). El progresismo es, en definitiva, la aceptación de la degradación del hombre.

¡Hagamos un mínimo de reflexión!: ¿Es todo esto lo que queremos defender? ¿Seguimos entestados en declararnos progresistas y defender, a capa y espada, el progresismo? ¿Debe ser el progresismo el Sancta Sanctorum incuestionable de nuestros tiempos modernos? ¿A la puesta en marcha y consolidación de estos procesos disolventes, que se acaban de enunciar, se los considera ‘progresar’? ¿Estamos realmente progresando y evolucionando o, en realidad, estamos involucionando?

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



¿CONSUMISMO O DECRECIMIENTO?

La principal preocupación de las sociedades capitalistas se centra en las crisis económicas, las alteraciones que éstas puedan provocar y la manera de salir de ellas. Las alteraciones que puedan provocar sólo les preocupa a sus gestores por si pudiesen, éstas, repercutir en brotes de descontento social que pudieran llegar a desestabilizar las dichas sociedades o por si la pérdida de puestos de trabajo o de poder adquisitivo de los afectados por ellas pudiesen dar al traste con los índices de consumo deseables y, pudiesen, por tanto, debilitar el tejido productivo.

No existe para el Establishment especial preocupación que la que representan este tipo de crisis: las económicas. Las crisis políticas que afectan a los partidos que lo sustentan no le suponen especial trascendencia si el poder político no corre riesgo de caer en alguna opción política realmente alternativa al mencionado Establishment. ¡Y no hablemos de las crisis de valores…! Éstas últimas le traen sencillamente al pairo con tal de que el individuo-masa gregario que han configurado no ponga en cuestión el Sistema de Valores Dominantes y, al no hacerlo, siga sirviendo de sustento, con su autómata accionar, al engranaje de producción-consumo.

El discurso que los gobiernos mantienen a la hora de analizar si las cosas van bien se reduce a parámetros meramente económicos y a examinar si el consumo de las familias ha aumentado o disminuido …si ha aumentado es síntoma -bajo su óptica- de que la economía va bien y si la economía va bien –a sus reduccionistas ojos- todo va bien. Y es que, sumergidos ya en plena postmodernidad, la economía domina la vida de los pueblos …una economía que hace mucho que suplantó el papel rector que debería tener la política y se colocó, por tanto, por encima de ésta para hacerla bailar al son de sus dictados. En este orden de cosas el hombre que se ha ido plasmando es el homo oeconomicus.

Vista la deriva que, en los tiempos nuestros, la economía ha tomado habría que plantearse si no se deberían cuestionar los mismos basamentos de nuestras sociedades, pues si el aumento del consumo es, para éstas, lo más importante no se está haciendo otra cosa que incentivar el crecimiento descontrolado de ese monstruo que es el consumismo. Y si el consumismo es el rey de la forma de vida de nuestros desangelados conciudadanos es porque la producción de bienes (de todo tipo, aun de fútiles y a menudo innecesarios) no para de aumentar. Pero ¿es deseable este aumento de la producción; aumento que no conoce límites? ¿Es deseable el crecimiento ilimitado de la economía? ¿o, por contra, éste presenta serios inconvenientes y consecuencias que pueden resultar irreversibles? ¿Es deseable seguir expoliando los recursos del planeta? ¿Se debe seguir atentando contra el equilibrio de la naturaleza? ¿Debemos seguir contaminando este hogar nuestro que es la Tierra? Sin duda las respuestas a estas preguntas, para un hombre cuerdo, deberían ser negativas; si no es que la ceguera o el masoquismo (atentando contra el planeta atentamos como nosotros) hayan trastocado seriamente esa cordura y el sentido común.

El consumismo no sólo tiene repercusiones, como las relacionadas, en el plano físico (en la naturaleza o en la salud) sino que también acarrea consecuencias en el plano mental …consecuencias que degradan el modus vivendi del depauperado hombrecillo moderno (y, ya más concretamente, postmoderno) ya que lo hacen esclavo del más burdo y, atrofiado hasta la exageración, materialismo (el cual reduce al hombre a su componente físico-psíquico y le mutila su dimensión Trascendente). Además lo convierte en un ser compulsivo. Su compulsión por consumir, su delirio por comprar y poseer le provoca una ansiedad que no le deja vivir y no le permite mantener la mente sosegada y que, por otro lado, se troca en insatisfacción cuando no puede ser saciada esta pulsión consumista o se transforma en una nueva irreprimible agitación cuando ya ha sido saciada por cuanto se desea poseer, de inmediato, algo nuevo. Que estos estados continuados de alteración mental lleven a crisis de ansiedad y estados de depresión a nadie ha, pues, de extrañarle.

Visto lo expuesto ¿es deseable mantener este desorden de cosas? ¿o se deberían cambiar muchas de las piedras angulares sobre las que se ha ido edificando esta anómala concepción de la vida? ¿Lo esencial de la vida debe ser el poseer o, por el contrario, la búsqueda del ser? ¿Debemos ser valorados por lo que tenemos o deberíamos serlo por lo que somos? ¿Es más rico el que más posee o el que menos necesidades tiene?

Deberíamos, igualmente, plantearnos si el crecimiento económico debe ser un dogma incuestionable y si deberíamos, tal como propuso hace algunos años Alain de Benoist, pugnar, por el contrario, por el decrecimiento económico… Un nuevo paradigma vital basado en la austeridad, el autocontrol, el autodominio y el poseer no más de lo necesario seguramente solucionaría muchos de los males que amenazan a la Tierra y al armónico existir del hombre.

Y no cabe duda de que para que esta reversión tuviera lugar la economía debería volver a ocupar el papel subordinado que ante la política tuvo siempre en cualquier agrupamiento humano no anómalo; esto es, en cualquier agrupamiento humano de tipo Tradicional. La política, pues, debería (iluminada por una visión Superior de la existencia) dirigir a la economía y no al revés tal como acontece a día de hoy. Deberíase acabar con (en palabras de Julius Evola) el ‘demon de la economía’ que aliena y embrutece al hombre moderno.

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



ROSTRO Y MÁSCARA DEL ESPIRITUALISMO CONTEMPORÁNEO
abril 10, 2017, 12:04 am
Filed under: Eduard Alcántara, Espiritualidad, Metafísica, Tradición

Hemos comentado con personas varias y en momentos diferentes ciertos aspectos sobre el fondo de algunos personajes o grupos que el lector no avesado podría creer tratarse de autores o grupos de obediencia Tradicionalista cuando, por el contrario, se trata de pensadores o de grupos marcadamente antitradicionales que a menudo confunden el esoterismo con lo paranormal, con lo mental y lo psíquico si no con el subconsciente. Es por esto que hemos querido titular este recopilatorio con el mismo título de la obra en la que Evola denunció, en 1.932, ciertas corrientes de falsa espiritualidad.

Asimismo vertimos unos comentarios de dos autores que en lugar de hallarse en esta aparente línea pseudoespiritualista pudieron haber mostrado ciertas vetas de bien dirigida Espiritualidad.

 

RUDOLF STEINER

Ante corrientes, como la teosofía de Madame Blavatsky, tan insostenibles desde un punto de vista Tradicional ha habido quienes, desde posiciones que sinceramente pugnan por poner tierra de por medio con el Sistema de Valores Imperante, han querido ver en el antroposofismo de Rudolf Steiner algo bien alejado de tanto aspecto problemático como presenta el teosofismo y algo que, en esta ocasión sí, no sería una espuria corriente más de la falsa “espiritualidad” que irrumpió ya en la segunda mitad del s. XIX y que continuó bien pujante durante las primeras décadas del siglo pasado; algo, en definitiva, distinto. Personalidades reputadas en su oposición al Establishment como Massimo Scaligero fueron alumnos (fue alumno) del antropósofo Giovanni Colonna di Cesarò, uno de los colaboradores del Gruppo di Ur que en las postrimerías de los años ’20 del S. XX se constituyó bajo la batuta de Julius Evola y de Arturo Reghini. Circunstancias como éstas a alguno le han animado a creer que la antroposofía no bebía de las aguas turbias de los subproductos engendrados por la Revolución Francesa, pero la realidad es otra bien diferente tal como nos lo expone el mismo Evola en su obra “Rostro y máscara del espiritualismo contemporáneo” (1.932), pues al margen, nos dice éste, de lo positivo que representa el que Steiner considere la necesidad de una ciencia de lo Suprasensible (1) que no dé cancha, como tal, en este terreno del Conocimiento Sacro, a la imaginación y a las ocurrencias, al margen, señalábamos, de este apunte positivo nos topamos con otros negativos que nos hacen darnos de bruces con los lugares comunes del humanismo antropocentrista y de las ilustradas Declaraciones Universales de los Derechos Humanos.  Así, en esta línea, defiende Steiner que el desarrollo de las energías naturales y sobrenaturales del hombre deben focalizarse en pos del progreso y bienestar de la humanidad y que, ante este fin primordial, aquél que haya llegado a altas cotas de transformación interior debe incluso renunciar al nirvana, al Despertar, a la Gnosis de lo Eterno e Incondicionado y a la Identificación de su ser con el mismo Principio Primero Imperecedero. El fin, pues, de toda auténtica doctrina Sapiencial queda relegado y subordinado a un objetivo meramente inmanentista de corte humanista.

Steiner hace suyo uno de los pilares fundamentales de la modernidad cual es la idea de progreso, tan de la mano éste como va del antitradicional evolucionismo (2). El mismo descendimiento de Cristo, su manifestación en el mundo, formaría parte de un proceso evolutivo que contemplaría -por mor de una ley fatal y predeterminada (3)- no sólo el evolucionismo darwinista sino que incluso concebiría una suerte de evolucionismo de dimensión quasi planetaria que habría tenido como uno de sus principales hitos el dicho descendimiento de Cristo, a partir del cual lo divino pasa a formar parte de lo humano, cosa que no habría acaecido hasta ese momento y que probaría esa evolución de la que el hombre no sería ajeno, pues antes de que ocurriera esa manifestación de Cristo el hombre no habría poseído Espíritu (la dimensión Trascendente) y éste hallaríase situado fuera de él: en los dioses.

 

NOTAS:

(1) Consúltese nuestro “Ciencia sacra y conocimiento” en https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/05/ciencia-sacra-y-conocimiento/

(2) “Contra el darwinismo”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/19/contra-el-darwinismo/

(3) A propósito del fatalismo se puede consultar el capítulo III de nuestra obra “Reflexiones contra la modernidad”, Ediciones Camzo. El mismo también se puede leer en “Evola contra el fatalismo”: https://septentrionis.wordpress.com/2010/08/19/evola-frente-al-fatalismo/

 

SAMUEL AUN WEOR

Suponemos que desmontar el camino “reencarnacionista” (1) de Samel Aun Weor puede llegar a ser traumático para sus seguidores, pero con la lectura del Bardo Thödol (libro tibetano de los muertos) se desmoronaría, como un castillo de naipes, ese fantasioso periplo “reencarnacionista”, del que dice haber sido sujeto Aun Weor, que pasa, entre otras muchas, por figuras como la del militar que luchó al lado del Emperador Alejandro Magno, como la del mismísimo Julio César, como la de Thomas de Kempis o como la del español Marqués Juan Conrado quemado por orden de Tomás De Torquemada.

Por otro lado sus bases doctrinales son del todo antitradicionales: teosofismo, antroposofismo,… No estaría de más que sus fieles leyesen obras como “El Teosofismo. Historia de una Seudoreligión” (Guénon) o “Rostro y máscara de la espiritualidad contemporánea” (Evola).

De infantil, de esa pseudoespiritualidad new age y de secta ufologista tiene el tufillo eso de que Samael Aun Weor es “el nombre del Arcángel, regente del planeta Marte”, que se logró encarnar en un soporte físico llamado  Víctor Manuel Gómez Rodríguez. Y también a new age y a la Blavatsky (inventora de ´razas matrices´) nos huelen sus elucubraciones sobre “la raza coradi que aparecerá tras la desaparición de la raza aria”.

NOTAS:

(1) Remitimos a nuestra “La ilusión reencarnacionista”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/la-ilusion-reencarnacionista/

 

KRISHNAMURTI

Evola reconoce en Krishnamurti expresiones que prometen y que parecen que lo sitúen en la vía adecuada. Pero enseguida nos pone en alerta sobre la ambigüedad de lo que afirma. Ambigüedad que, por ejemplo, se refleja al hablar de la necesidad de liberarse de lo condicionante sin definir cuál es el objetivo final de dicho descondicionamiento.

El maestro italiano también nos avisa de la ruptura de Krishnamurti con la Tradición al no admitir -el indio-  vías prefijadas a seguir en los procesos internos que él propone. Parece que en la mente de Krishnamurti lo espontáneo tendría mucho que decir en dichos procesos liberadores internos; lo cual, entre otras razones, lo sitúa dentro del neomisticismo. Así nos dice Evola que para Krishnamurti:

“Cuando caen por tierra todas las barreras, cuando no hay nada en nosotros que sea determinado por el pasado o por lo ya conocido, nada que tienda hacia algo, en ese momento podría tenerse conocimiento del verdadero sí, la aparición de lo que Krishnamurti alguna vez llama  ´lo desconocido´, como un hecho espontáneo y con carácter de imprevisto, y no como el ´resultado´ de una disciplina, de un método y de una iniciativa del yo.”

Y en el mismo sentido, sobre lo antitradicional y lo espontaneísta de la doctrina del autor indio,  Evola nos escribe que: “en una declaración reciente incluyó al mismo zen (junto con el hinduismo, con el método cristiano y con ´todos los sistemas´) entre las ´patrañas´, diciendo que una mente que se ejercita en base a cualquier sistema o método ´es incapaz de comprender lo que es verdadero´.”

Otra crítica que le realiza tiene que ver con aquello de echarle perlas a los cerdos o con aquello otro de sentarse (quien no ha visto la Luz) en el asiento peligroso; en el que sería inmediatamente fulminado. Concretamente  Evola nos empieza por recordar una enseñanza hinduista que reza así: “Que el sabio no turbe con su sabiduría la mente de los ignorantes”. Para seguidamente ponernos sobre aviso de lo problemático de: “Venir a proponer ideas, que son verdaderas, si acaso, al nivel de un verdadero ´liberado´, a aquellos desorientados que, como los hombres modernos, tienen demasiados incentivos que los lanzan al caos y a la anarquía, no es ciertamente una cosa sabia.(…) Parece que Krishnamurti no se preocupa de esto: incita democráticamente a todos a la gran rebelión y no a aquellos pocos para quienes solamente ella puede ser saludable y verdaderamente liberadora.”

 

GUSTAV MEYRINK-ALEISTER CROWLEY

El caso representado por Gustav Meyrink puede ser parecido al de Aleister Crowley, en el que las apariencias conformadas por las experiencias y por los simbolismos que utilizó le catalogaron, rápidamente, -antes los ojos de la moral pequeño burguesa- como un completo satanista. Sin embargo hay unos leit motiv en sus obras (“el hombre es una estrella…”) que parecen que miran hacia lo Alto. Suponemos que en la obra de Meyrink las turbulencias, situaciones desgarradas y desgarradoras y lugares angustiosos que son descritos no deben ser bien comprendidos por ciertas mentes bienpensantes. En lugar de cortocircuitos al orden moral existente con el objetivo de aspirar a percibir estados de conciencia diferentes a los ordinarios habrá quien no vea más que el actuar de fuerzas deletéreas y disolventes. En mentes cercanas a religiones lunares y de moralidad agobiante típicas de la luz del sur resultarán dífíciles de asimilar y de aceptar esos golpes a la moralidad que tan próximos se hallan a la doctrina de ´cabalgar el tigre´, en la cual todo lo que es disolvente para el común de los mortales puede ser utilizado provechosamente para el que se quiere descondicionar.

 

CARL GUSTAV JUNG

Los hay quienes desde sus inquietudes espirituales se han asido a las tesis de Jung de forma casi entusiasta al considerarle como una de las escasas mentes privilegiadas que, entre tanto intelectual de renombre de talle materialista y/o positivista, entendió, supuestamente, de otro tipo de Realidades de orden Superior. Sin embargo andan bien errados al creer esto, ya que todos aquellos arquetipos irreductibles de los que habla Jung no serían más que productos de lo ínfero y no de lo Superior, pues en el sistema del psicoanalista suizo dichos arquetipos emanan del “insconciente colectivo” (fuente de suministro del inconsciente personal), esto es, de lo ínfero del ser humano (y que éste debería domeñar en el seno de un genuino sentido de la Espiritualidad) y no emanan, como debería ser, de lo que de Superior dicho ser humano tiene.

Para Jung los mismos mitos no reflejarían Realidades Trascendentes y Supraconscientes (además de valores perennes) sino que serían productos emanados a partir de esos arquetipos que, según este autor, anidan en el “inconsciente colectivo” de la humanidad.

Si se habla de “insconsciente colectivo” se debería, desde la óptica de la Tradición, pensar que más que de mero psiquismo (al que sí corresponde el inconsciente personal; aunque no tanto el concebido por Jung, ya que para este autor el inconsciente personal sería, como hemos señalado, emanación del colectivo), si se habla, decíamos, de “inconsciente colectivo, se debería hablar de algo parecido a una especie de totem o demon indiferenciado e indiscriminado (pues es referido a toda la humanidad sin distinción de razas o estirpes) que imprime una determinada impronta colectiva y gregaria fatalmente determinante del actuar del hombre y coartante del principio Tradicional de la libertad humana consistente en buscar o no el camino de la realización interior Liberadora. No se olvide, como dato ilustrativo, que en las vías de ultratumba que concibe la Tradición la integración del alma (psique) del fallecido en el totem o demon común a su estirpe se halla en lo que el hinduismo denominó como pitra-yâna (vía de los antepasados) que espera a los más (los que no han superado los condicionantes propios del sâmsara o mundo del devenir) ante la vía de la Liberación a la que pueden acceder unos pocos seres de cualificación y aptitud superiores, que correspondería al dêva-yâna (o vía de los dioses).

 

Eduard Alcántara

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