Julius Evola. Septentrionis Lux


LITERATURA FANTÁSTICA Y LA RESURRECCIÓN DEL MITO
diciembre 7, 2018, 3:41 pm
Filed under: Ética y valores, Cultura y pensamiento, Espiritualidad

Resultado de imagen de lovecraft,Resultado de imagen de Edgar Allan PoeResultado de imagen de TolkienResultado de imagen de Robert E. Howard

LITERATURA FANTÁSTICA Y LA RESURRECCIÓN DEL MITO

“Dicen que los seres inmundos de los Viejos Tiempos acechan en los oscuros rincones olvidados de la Tierra, y que aún se abren las Puertas que liberan, ciertas noches, a unas formas prisioneras del Infierno”.

Howard, “La Piedra Negra”.

“Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche.”

 

Edgar Allan Poe

“Después de que la tierra hubo escondido esta generación, Zeus Cronida suscitó otra divina raza de héroes más justos y mejores, que fueron llamados Semidioses o Inmortales en toda la tierra por la generación presente. Pero la guerra lamentable y la refriega terrible los destruyeron a todos, a unos en la tierra Cadmeida, delante de Tebas la de las siete puertas, en tanto combatían por los rebaños de Edipo; y a los otros, cuando en sus naves fueron a Troya, surcando las grandes olas del mar, a causa de Helena la de hermosos cabellos, Ios envolvió allí la sombra de la muerte. Y el Padre Zeus les dio un sustento y una morada desconocidos de los hombres, en las extremidades de la tierra. Y estos héroes habitan apaciblemente las islas de los Bienaventurados, allende el profundo Océano. Y allí, tres veces por año, les da la tierra sus frutos.

¡Oh, si no viviera yo en esta quinta generación de hombres, o más bien, si hubiera muerto antes o nacido después! Porque ahora es la Edad de Hierro. Los hombres no cesarán de estar abrumados de trabajos y de miserias durante el día, ni de ser corrompidos durante la noche, y los Dioses les prodigarán amargas inquietudes”.

Hesíodo, “Los Trabajos y los Días”.

 

Edgar Allan Poe junto con Lovecraft, Howard -el genial creador de “Conan el Bárbaro”- y Tolkien –su extraordinaria trilogía “El Señor de los Anillos”-, sin lugar a dudas, han sido los cuatro literatos fantásticos más grandes que ha habido. Los cuatro coincidieron en su rechazo y desprecio hacia la democracia y la moral burguesa, hacia la repugnante vida odiosamente cuantificada, racionalizada y tecnificada, de la Modernidad en definitiva. Se da el hecho curioso de que en esa nación maldita, caricaturesca, pseudocivilización prototípica de la modernidad mezcla a la vez de infantilismo y senilidad -aunque ella presuma de ser “joven”- que es EEUU (Poe, Howard y Lovecraft eran norteamericanos), pseudocivilización groseramente materialista donde los “buscadores de oro” eran elevados prácticamente a la categoría de héroes nacionales, esta serie de literatos brillantes y solitarios (y también marginados y odiados por la bienpensante mediocridad burguesa), al contrario, eran “BUSCADORES DE TRADICIÓN”. Ellos amaban lo remoto, lo mítico, lo legendario y misterioso, soñadores e idealistas de una Era que fue y ya no es. Eran verdaderos europeos, extranjeros en un mundo y en un país en ruinas (espirituales más que físicas), poetas y trovadores mágicos de un mundo que pugnaba por nacer sobre los escombros de una era ya crepuscular y terminal. Como dato curioso señalar que precisamente es en esa avanzadilla de la subversión mundial y quintaesencia de la modernidad que es Yanquilandia, de donde parten la mayoría de aberraciones pseudo-espirituales y claramente contra-tradicionales: New Age, Veganismo, Contactismo, Rosacrucianismo, Espiritismo, chiflados que ven OVNIS hasta en la sopa, etc, todos ellos en sí son la contrapartida “espiritual” y “religiosa” del actual Nuevo Orden Mundial plutocrático-sionista que aspira a implantar e imponer una “religión única y global” (ya no se esconden en decirlo), triturando a su paso a pueblos, razas, estados, naciones, religiones, tradiciones, culturas… La Modernidad y su cosmovisión telúrico-demoníaca del mundo es antimítica por definición, odia y rechaza el pasado en busca de un futuro siempre incierto, es el fantasma del “progreso indefinido” que sólo conduce a la barbarie primero -lo estamos viendo y presenciando hoy en día- y finalmente al abismo. “El pasado está muerto”, se nos repite hasta la saciedad, cuando, en realidad, todo lo que somos es pasado….
En todo caso, decir que ni la Modernidad es el Mal absoluto, ni las culturas premodernas son el Bien absoluto. La cuestión de todo es que el progreso nos ha arrebatado un mundo que, con todas sus limitaciones, era cien veces preferible a éste con todos sus «avances» tecnológicos y materiales, y que en el fondo no ha hecho nada más que alumbrar a una sociedad de eunucos mentales y espirituales, un mundo de tarados de la peor especie. De hecho, aquel mundo permitía o hacía posible el acceso al sentido, a la plenitud espiritual, a la ascesis guerrera, a la formación integral del hombre en todos los sentidos, y el que ahora vivimos parece empeñado en impedirlo, como decía René Guénon “encerrar al hombre en un caparazón para impedirle así el acceso a lo Alto, a la trascendencia”. Ésa es la gran diferencia. En definitiva, la Modernidad contra el Mito, ya que éste es el único que puede volver a redimensionar y a despertar de nuevo a un hombre hoy adormecido y aletargado.

Decía René Alleau que “el ‘tiempo mítico’ transcurre paralelamente al ‘tiempo histórico’, pero con otro ritmo. Lo que llamamos ‘acontecimientos’ no son quizá más que múltiples advenimientos, internos y oscuros, que se vierten a la luz del día, cristalizados y formando de pronto una masa”. Sólo así se explicaría cómo en pleno siglo XX, en plena fase final o etapa más oscura del Kali-Yuga, la Edad Oscura y Crepuscular, hayan surgido en Occidente (“El Extremo Occidente” en el caso de EEUU como decían René Guénon y Evola) tal cantidad de genialidades en todos los órdenes del Arte -con mayúscula, ya que el otro “arte”, el del Sistema, no es nada más que la emanación de la sub-humanidad y de las Fuerzas del Caos-, ello después de tantos siglos de decadencia generalizada: en la política, en la pintura, la arquitectura, la literatura, etc. Estábamos viviendo en la primera mitad del Siglo XX un verdadero intento de restauración heroica, una nueva Edad de los Héroes, raza esta última Inmortal al decir de Hesíodo, presta en cualquier momento a reaparecer para restablecer el Orden y la Ley perdidos. Cuando la Modernidad creía que lo había matado y expulsado definitivamente de este mundo, ahí lo tenemos otra vez con más fuerza que nunca: LA RESURRECCCIÓN DEL MITO. POE, HOWARD, LOVECRAFT, TOLKIEN, VERDADEROS ARISTÓCRATAS DE LA INTELECTUALIDAD: ¡¡¡PRESENTES!!!

Joan Montcau

 

Anuncios


Meditación y mística cristiana
noviembre 4, 2018, 1:37 am
Filed under: Sin categoría

 Resultado de imagen de mediación y mística cristiana

Escribíamos en cierta ocasión que “no hay gracia que valga ni salvación posible si no se conquista la Eternidad y esto tan sólo es posible lograrlo a través de la Iniciación, esto es, de un duro, riguroso, metódico, arduo y prolongado trabajo interior de concentración, descondicionamiento, meditación, visualización,…

(…)

No cabe recordar que emotividad y misticismo no responden a una manera activa de encarar lo Trascendente sino a un alterarse psíquicamente ante su significado y/o ante su concebírselo (emotividad) y a un obnubilarse y ser objeto pasivo de arrebatamientos ante ello (misticismo)”

 

Ciertamente a pesar de nuestros recelos, ante hasta qué punto existe una real realización interior en el contexto de las vías místicas, no podemos por menos que poner en valor este importante texto, cuya autoría corresponde a un conocido nuestro, pues dicho trabajo nos resulta muy aleccionador sobre la temática de la mística cristiana.

E.A.

 

 Meditación y mística cristiana

F.A.

 

 

Necesidad de la vida interior

 

Según la tradición cristiana, el alma ha sido creada de la nada por Dios y para San Agustín, el alma humana, por ser creada de la nada es mutable ya que tiende hacia el sumo Bien por quien ha sido hecha, pero también tiende hacia la nada de la que ha sido hecha.

 

La voluntad humana tiende hacia los bienes celestes por ser eternos y superiores, pero también hacia los sensibles y temporales ya que halagan a los sentidos por ser inmediatos.

 

Cuando se decanta el hombre por la delectación de lo temporal sobre o eterno, cae en sí mismo victima de la soberbia al entregarse a sus sentidos y placeres. La soberbia es principio de la pérdida de la unión con Dios y de la unidad con la creación.

 

Dejando a Dios, comienza a amarse a sí mismo en exceso y no encontrando en sí mismo nada que le satisfaga completamente, empieza a amar las cosas exteriores y sale fuera de sí a la conquista del mundo sensible.

 

Al querer dominar el mundo material y externo, el hombre soberbio se lanza a los saberes particulares que le reporten provecho inmediato, se empeña en amontonar cosas exteriores que aturden la vida con ruidos.

 

Como no llega a un conocimiento suficiente, se entrega por completo al mundo exterior con esfuerzo continuo ya que el mundo temporal por definición siempre estará cambiando y se va alejando de su alma e identificando con el mundo exterior.

 

Al estar atenta a saber, poseer y gozar, se olvida y se desconoce a sí misma, y solo ve valor a lo exterior, que es múltiple y temporal, dispersándose cada vez más hasta identificarse con la materia, pues llega a creer que ella es de la misma naturaleza que las cosas temporales.

 

Si el hombre vuelve a sí mismo verifica que es un desgraciado e insatisfecho, que es nada. Vuelto el hombre en sí, no puede simplemente quedarse en sí mismo ya que es nada y volvería a darse por completo al exterior victima de los sentidos. No debe quedarse en sí para no volver a salir de sí y dejarse arrastrar por el mundo material y externo que hemos mencionado antes.

 

Llegado a este punto, debe negarse a sí mismo para poder encontrarse en Dios. Toda la purgación necesaria para la unión con Dios se funda en ese negarse a sí mismo adhiriéndose a Dios para no caer en la dispersión.

 

El alma, siguiendo a Dios, podrá imperar al hombre exterior. Sometiéndose al mayor vencerá al inferior.

 

La conversión agustiniana es la vuelta del alma desde la multiplicidad dispersa exterior, por el camino de la interioridad, a la unidad armoniosa de todas las potencias y consiguientemente, a la unión con Dios.

 

Para poder elevarse a la contemplación de Dios y de los inteligibles el ojo intelectual necesita purificarse, mediante la ascesis personal. Purificada el alma de la costra material, se interioriza y se ve a sí misma superior al cuerpo y al universo material.

 

Todo hombre con el normal uso de la razón es iluminado por la Verdad subsistente, que irradia en el interior de la conciencia la ley Natural. Para verla y conocerla hace falta que el hombre vuelva la mirada hacia su interior, pues dentro de nosotros mismos está el Reino de Dios, no tenemos mas que ahondar en el centro de nuestros corazones para hallar la eterna fuente de agua viva. En esta idea se basan las Moradas de Santa Teresa, de las que hablaremos más adelante.

 

Por lo tanto, la vida interior debe ser el centro de una vida cristiana normal, tal como debe ser vivida por todos, mientras que la vida cristiana tal como la practica la inmensa mayoría es anormal y monstruosa, privada de sus frutos.

 

Esta falta de vida interior afecta incluso a aquellos con la misión de guiar a las almas hacia Dios. La imprudencia de algunos ciegos directores espirituales ata las alas de los cristianos que buscan en ellos los caminos de Dios creyéndoles un guía experimentado y que los lleva al precipicio. Así es como se resfría la piedad y se pierde la misma fe por falta de maestros que sepan exhortar en doctrina sana.

 

¿De donde procede que la religión cristiana venga a reducirse a vanas exterioridades, practicas rutinarias y un simbolismo muerto? Una de las causas es el ser hoy tan escasos los que sienten y conocen a fondo las obras del Espíritu vivificante en las almas.

 

Tipos de oración y prácticas

 

El tipo de oración mas básica es la oración vocal en la cual utilizando un lenguaje articulado nos expresamos a Dios. Las personas más avanzadas en la vida interior la realizan interiormente, manteniendo el recogimiento.

 

A la oración vocal la sigue a lo que en la tradición cristiana se llama meditación, o meditación discursiva, que consiste en la consideración de los divinos misterios. Es un proceso de reflexión e introspección en el cual pensamos detenidamente en ciertas ideas, recuerdos, imágenes, etc.

 

Y por último está la oración contemplativa, en la que nos abrimos a una experiencia de unidad con Dios. No podemos producirla mediante la técnica, pero podemos silenciar el ruido interno y vaciar de imágenes que nos impidan estar receptivos a la contemplación.

 

La contemplación como práctica es la oración del corazón y no de la mente. El objetivo de la oración contemplativa es entrar en la conciencia de la presencia de Dios.

 

No hay una praxis común definida para la oración contemplativa, ya que no se puede entender a Dios como una máquina a la que manipulando correctamente podemos obtener lo que se quiere. Por lo tanto, hay gente que se sienta delante de un crucifijo o un icono, otros se sientan en una iglesia y respiran profundamente mientras miran el tabernáculo. Otros practican mindfulness, otros recitan un mantra al ritmo de su respiración, algunos influenciados por el Zen u otras técnicas… Puede haber tantas técnicas como personas y estas técnicas no serán místicas per se, pero pueden ser entradas a la contemplación ya que llevan al silencio.

 

Combinando estos tipos de oración surgen prácticas como la Lectio Divina que consiste en una lectura espiritual de las Sagradas Escrituras u otros textos combinada con una meditación discursiva y/o una oración vocal, incluso acabando en una oración contemplativa.

 

En la iglesia primitiva, por ejemplo, se combinaba recitar pasajes de la Sagrada Escritura, especialmente Salmos, con la repetición de frases cortas que se anclaban en la mente y en el corazón hasta que se convertía en parte de uno mismo.

De esta manera de orar surge la práctica de la oración de Jesús, que consiste en la invocación “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí Pecador” repetida constantemente. Esta oración esta especialmente vinculada a los Padres del Desierto.

 

Esta práctica se define por dos elementos fundamentales: el Nombre divino, y la repetición rítmica de dicho nombre, que tiene por consecuencia natural y casi indispensable una actividad meditativa.

 

Se practica estando en silencio con los ojos cerrados, vacíos de imágenes mentales y conceptos visuales y repitiendo constantemente dicha oración, utilizando la respiración. “Señor Jesucristo, Hijo de Dios” al inspirar y “Ten piedad de mí pecador” al expirar, aunque otras formulas son posibles también.

 

También se practica durante el resto del día mientras se realizan otras tareas, esperando que el fuego perenne se encienda en el corazón. Con esta disciplina se busca que el desorden que reinaba en el alma desaparezca y labrar el sendero de la contemplación.

 

La oración de Jesús históricamente ha estado más vinculada a Oriente y en Occidente, basado en la misma idea de la invocación constante, se utiliza el Santo Rosario.

 

El rosario combina la repetición de la invocación en el Ave María, precedida de la oración del Padre Nuestro y concluida con el Gloria. Se añade a esto la meditación de una serie de misterios durante su rezo. No es una mera oración de petición, sino un movimiento de elevación del alma hacia Dios con vistas a la unión con Él.

 

Durante este ejercicio, el alma se aplica a sí misma las palabras del Ángel a María. Como dice Schuon: “se identifica con el seno virginal para convertirse en el lugar de la generación del Verbo en ella. La repetición de las palabras del Ángel termina por transformar al alma en su arquetipo virginal.”

 

Al meditar en los misterios, no se puede dejar de ver en ellos las etapas de la vida mística, que culminan con la plena unidad con Dios.

 

Siguiendo una exposición que hace Jean Hani de los misterios del rosario:

 

En los misterios gozosos, el alma se abre a la Divinidad: En la anunciación recibe el germen del Verbo; en la visitación se concentra en la presencia divina y actúa en conformidad con ella; en la Natividad el alma da a luz al verbo. En el reencuentro el hombre encuentra a Dios en el templo de su corazón.

 

Los misterios del dolor recuerdan las tribulaciones del Verbo encarnado, tribulaciones que el hombre tiene que atravesar personalmente, siguiendo a Cristo y a María. Siguiendo estos misterios: para que Dios crezca en el debe flagelar a su yo, coronarlo de espinas, hacerle tomar la cruz y finalmente crucificarlo, es decir dar muerte al hombre viejo.

 

Los misterios gloriosos describen la transformación del alma. En la resurrección el alma mortificada resucita y recobra la verdadera vida, en la ascensión se eleva, abandona lo creado para unirse a la naturaleza divina, en Pentecostés es deificada por el poder del Espíritu Santo, en la Asunción se eleva y en la Coronación alcanza la Divinidad.

Evolución mística

 

Al proceso de formación, desarrollo y expansión de esa vida prodigiosa lo llamamos evolución mística donde el final lo marca la unión con Dios. Para poder entender este camino, nos basaremos principalmente en la obra de Arintero, monje dominico del siglo XX y encajaremos las diferentes etapas de la evolución mística en las moradas de santa Teresa, quien concibe el alma como un castillo interior en el que cada estancia nos acerca más y más a la unión con Dios, y también las dos noches oscuras del alma de las que habla san Juan de la Cruz.

 

En esta unión, el hombre, sin dejar de ser hombre, queda deificado. Permanece su naturaleza íntegra, pero en otra forma; pues no solo es purificada, sino que queda realzada y encumbrada hasta la altura de la Divinidad, que se suele explicar mediante la metáfora siguiente:

 

El hierro, una vez metido en el horno, pierde toda su escoria, y sin dejar de ser hierro, queda todo incandescente. Una cosa es el fuego o calor participado con que íntimamente se hizo ígneo, que podríamos equiparar a las gracias espirituales y otra el del horno que la enrojeció, el mismo Dios. Mientras posee esta condición ígnea, no solo aparenta ígneo, sino que en realidad lo es.

 

Durante nuestra evolución mística nos vamos haciendo conscientes de la presencia del Espíritu Santo que con su fuego ha de animarnos, inflamarnos, purificarnos y perfeccionarnos, transformándonos hasta el punto de deificarnos. Los toques e influjos divinos, efluvios vitales, de los que nos habla Arintero, son consecuencia de la oración y contemplación como apertura constante hacia Dios y ardiente deseo de unidad con Él.

 

Esta deificación, o theopoiesis, es el punto capital de la vida cristiana, que debe ser toda ella un continuo progreso que tenga por término una perfección verdaderamente divina.

 

La mística en las etapas iluminativa y unitiva es esencialmente esotérica, nadie puede comprenderla ni apreciarla bien sin estar iniciado en la propia experiencia.

 

Los medios de desarrollar la vida espiritual y fomentarla son todos los que, de un modo u otro, directa o indirectamente, contribuyan a favorecer nuevos divinos efluvios o activar este ejercicio nuestro, excitando las energías ya recibidas, a fin de que fructifiquen, y facilitando y preparando la comunicación de otras nuevas, o bien quitando impedimentos que a unas y otras se oponen.

 

En esta evolución mística se comienza por la vía ascética, caminando hacia la perfección por vías ordinarias: consideración de los divinos misterios, mortificación de las pasiones, el ejercicio metódico de las virtudes y practicas piadosas y la meditación discursiva.

 

La ascética comprende los primeros grados de la perfección cristiana en los que se ejercitan las prácticas de la vía purgativa.En esta fase se encuentran las tres primeras moradas de Santa Teresa.

 

El primer paso que debemos dar en nuestra renovación es el de tomar la decisión de renunciar a todos nuestros desordenados gustos y apetitos, sujetando y mortificando nuestros sentidos para que no nos induzcan al mal, y castigando nuestro cuerpo y reduciéndolo a servidumbre, para que no codicie contra el espíritu. Solo así es como podremos emprender el camino espiritual. Santa Teresa recoge esta necesidad de abandonar todo asunto mundano innecesario como el punto de partida en las primeras moradas.

 

Para levantar el edificio de una santidad verdadera y sólida, es preciso asentar bien las bases de una profunda y sincera humildad, destruir el pernicioso amor propio que todo lo corroe y vicia, que nos engaña y ciega, haciendo que nos tengamos por todo siendo nada. Esta necesidad de volver a uno mismo comprendiéndose nada la hemos explorado al principio, y cabe puntualizar la necesidad de no caer en el odio a uno mismo que es blasfemo y pernicioso también.

 

Nos explica Arintero que, siendo la perfecta unión con la voluntad divina la norma de nuestra vida espiritual, debemos renunciar en todo a nuestros intereses, a nuestros medros personales, a nuestras miras humanas, caprichos, gustos y comodidades. Sin tener otro deseo, otro gusto ni otro querer ni no querer que el divino.

 

El curar de nuestras llagas, el despojarnos del hombre viejo y vestirnos del nuevo no se hace sin gran violencia y dolor. El crecer en gracia y conocimiento de Dios, mediante la contemplación de su vida y la imitación de sus obras, y el subir por las escarpadas sendas de la perfección cristiana no puede hacerse sin fatigas, pues Dios reina desde la cruz y para unirnos plenamente con El tenemos que seguirle por las dolorosas y ensangrentadas sendas del Calvario. En las segundas moradas Santa Teresa hace patente esta lucha continua del hombre, a medias despreciando y a medias anclándose a estos apetitos inferiores. El alma sufre al intentar evadirse de lo mundano y de los afectos egoístas.

 

Debemos luchar, someter y domar a la desordenada concupiscencia que nos inclina al mal, expurgando y arrancando todo resto de vicios y corrupción.

 

Y como los hábitos viciosos están en nosotros tan arraigados y connaturalizados, de ahí lo doloroso que es desterrarlos totalmente; de ahí los continuos sacrificios que entraña la obra de nuestra purificación y de ahí que no podamos progresar en santidad y justicia sino haciéndonos extremada violencia para quitar todos los obstáculos.

 

Si no mortificamos nuestros sentidos y refrenamos las pasiones hasta reducirlas al silencio, no lograremos oír la voz del Espíritu ni podrá sentir las delicadas mociones e inspiraciones con que le está sugiriendo y enseñando la verdad y guiando por las sendas de la justicia y de la vida. Por eso dicen los santos que sin gran aprecio de las austeridades es imposible que haya verdadero espíritu de oración y contemplación, porque se exige una gran pureza de cuerpo y alma y por lo tanto una larga serie de purificaciones. Cuanto se adelante en la purificación, tanto se facilitará la obra del divino Espíritu y tanto se progresará en la iluminación, unión y renovación.

 

En la ascética se pierden inútilmente las fuerzas si por dentro se está lleno de orgullo y dominado por las pasiones, porque en realidad no se buscará vencerse a si mismo, sino conquistar el aplauso mundano con vanas apariencias de santidad.

 

Nadie es buen juez en su propia causa, por lo que es recomendable un buen director espiritual a fin de que nos enseñe el modo de ejercitarnos en la oración y de practicar bien todas las virtudes. Nos ayudará a vencer nuestras dificultades, nos alentará a superar los obstáculos y nos preservará de las astucias de nuestro enemigo.

 

No será tarea del director humano señalar los caminos por donde Dios ha de llevar al alma, sino tan solo de velar porque ella no se extravíe ni se detenga por vanas timideces, refrenándola cuando la ve precipitada o estimulándola si es perezosa.

 

Santa Teresa nos previene acerca de los malos directores espirituales, cuya escasa o nula vida interior puede llegar incluso a entorpecer nuestro camino hacia la unidad con Dios, advirtiéndonos que es mejor no tener un director espiritual que tener uno así.

 

Dios lleva el alma a la soledad para hablarle al corazón y esta alma debe ser pura y sencilla y estar recogida y atenta para sentir y entender ese divino lenguaje. Debe huir de el mundanal ruido de las criaturas, de todo el tumulto de las pasiones y los vanos cuidados terrenos y hasta de sí misma, desnudando su imaginación y memoria de todo recuerdo y pensamiento humano para sentir aquel suave y silencioso susurro del divino Espíritu que nos está hablando la palabra escondida.

 

Arintero asegura que hemos de pasar por las crisis desesperadas y gloriosas de la vida purgativa. Se es atormentado con tentaciones, temores y desesperaciones. Hay que subir a la cruz y desde lo alto de ella, enrojecida con la sangre, pedir la gota de agua que apague la sed en la hora cruel que se creen abandonados de Dios y de los hombres, y en este martirio es donde saldrá a la luz el hombre nuevo.

 

Muchos son los llamados a los caminos de Dios, pero pocos vienen a resultar escogidos para seguirle hasta la iluminación y renovación total, porque muy contados son los que permanecen firmes en las pruebas, los que de veras se niegan a sí mismos y reducen sus pasiones al silencio para oír con fruto la voz de su Redentor y resolverse a abrazar sinceramente la propia cruz.

 

Aquí, la vida ascética nos lleva a un punto donde nuestras propias fuerzas no bastan para alcanzar la plena unión con Dios, y es Él quien obra en nosotros de ahora en adelante. Arintero lo considera el inicio de la vía iluminativa y podríamos considerar este punto la transición entre las terceras y las cuartas moradas de Santa Teresa.

Cuando Dios trata de introducir un alma en el secreto camino de la contemplación, suele intensificar previamente las pruebas con que la acrisola y prepara. Como pretende inundarlas por completo de luces divinas, para que empiece ya en este mundo a ver y sentir los misterios del Reino, tiene que purificarles antes los ojos de toda escoria terrena y de las ilusiones de la débil luz humana, que impedirían percibir los purísimos destellos de la Divina. Es preciso que desaparezcan estas luces inferiores para poder ver los destellos del alto cielo.

 

Cuando el alma del hombre nuevo empieza a sentir en sí este inmenso vacío que con nada creado se llena, es cuando de veras principia a dejarse en manos del divino Huésped y así este vacío espiritual es el punto de partida de los progresos en la vida mística.

 

Este vacío es lo que denomina San Juan de la Cruz la noche oscura de los sentidos, la primera de las dos purificaciones que atraviesa el alma que busca la unidad con Dios.

 

Hasta este punto, el alma tenía un fervor sensible, el cual es impedimento como impetuoso y desmesurado que es para la tranquila e íntima acción de Dios. Para que puedan sentir la luz pura espiritual, deben hallarse vacías de la sensible, así como más adelante, para poder resistir la purísima luz increada, deben quedar antes a oscuras de toda la creada.

 

En este punto, las almas deben esperar sin vacilación ni temor al único que puede salvarlas y entre la oscuridad la luz que las alienta y las dirige, va aumentando por grado su esplendor; y la que antes les parecía tan tenue, a medida que la razón natural se purifica de estas luces inferiores, las llena de claridad inaudita. Entonces, visiblemente enriquecidas ya con los sublimes dones de sabiduría y de inteligencia, ven que las aparentes tinieblas divinas eran torrentes de luz verdadera. Ven que aquel misterioso susurro que en silencio percibían era la voz del Amado que las convidaba a un trato más íntimo. Ven que la noche se ilumina como un día clarísimo.

 

Este punto de inflexión nos lleva de una oración aún bastante discursiva que no trasciende el pensamiento a la manifestación de la conciencia de Dios, aquella que trasciende conceptos, ideas, visiones, que nos es dada sobrenaturalmente y que por ello denominamos contemplación infusa.

 

La contemplación infusa se manifiesta en dos grados: un primer grado que se llama oración de recogimiento y un segundo que se llama oración de quietud.

 

En la oración de recogimiento, Dios despierta en nosotros la conciencia de Su Ser y el deseo de estar en soledad con Él. Es Dios quien atrae al individuo en esta oración, de una manera tan sutil que uno ha de estar bien dispuesto y atento para captar y apreciar los dones recibidos.

 

Las invitaciones divinas comienzan por durar muy poco, pero a medida que aumentan la desnudez, pureza, sencillez y rectitud de intención, van haciéndose más frecuentes y duraderas las ilustraciones con que Dios se une al entendimiento.

 

En el segundo grado, esto es, en la oración de quietud, la voluntad humana va quedando parcialmente absorbida por la divina. El alma experimenta una alta conciencia de lo divino. No es incompatible con las actividades exteriores; de hecho, nunca se habla de divorciar la vida de oración de la vida activa, de hecho, las virtudes crecen de manera inconmensurable cuando están acompañadas de la contemplación.

 

Al ilustrarse el entendimiento, la voluntad se enciende con nuevo fuego que la abrasa y la consume, pero dejándola con más fuerzas y ansias para buscar al sumo Bien. El mismo fuego divino que la purifica, la llena de una energía, de un calor y de una entereza a que nada se resiste que le permitirán realizar las mayores empresas.

 

Para progresar en esta vía iluminativa, hay que eliminar los obstáculos a la acción divina y cultivar la receptividad.

 

Aunque aquí el alma ya ha pasado el gran punto de inflexión y no está sujeta a grandes yugos terrenales, uno ha de seguir purgándola mediante la ascética, mortificando los placeres y afectos egoístas, y buscar con más frecuencia la soledad sin descuidar el trabajo y la comunidad – que implicaría un descuido de las virtudes, tan importantes en el progreso hacia la vía unitiva.

 

Empleando el alma todas sus potencias en buscar al sumo Bien, no hallando nada en la tierra que le pueda llenar y sabiendo que el bien consiste en adherirse a Dios, se enciende en deseos de encontrarlo y con tanto más pureza y rectitud lo busca hasta que lo encuentra en la oración de Unión. Así, todas las potencias quedan cautivas y el alma logra ser introducida en su cámara regia que es el tercer grado de la contemplación.

 

 

 

Durante estos momentos en la oración de Unión, la voluntad impera sobre el entendimiento, que esta confundido y fuera de si viendo las riquezas que hay en ella. Aquí el alma se ve y no se conoce, le parece que ya no es la misma, se encuentra cambiada, fortalecida y llena de luces. Se siente endiosada y respira un ambiente de virtud, pureza y santidad. Ve que todas las facultades tienen una energía divina y la carne apenas se atreve a codiciar contra el espíritu; las pasiones están sujetas a la voluntad.

 

En este grado aparecerían los éxtasis, raptos, visiones, etc…

 

Para que esta unión se consolide y llegue a ser indisoluble, tiene que someterse a unas purgaciones aún más dolorosas que las vistas anteriormente en la noche de los sentidos. Por pura, sencilla y santa que parecía ya en su dulce unión de conformidad con Dios, aún dista de la pureza, simplicidad y santidad que son menester para esta otra unión tan íntima, perfecta y estable en que el alma quede transformada en Él y pueda decirse de verdad que los dos son un solo espíritu.

 

A este fin embiste al alma con una luz vivísima y penetrante que alumbre hasta los últimos repliegues del corazón y le vaya descubriendo todas sus múltiples imperfecciones, y aprenda de veras a conocerse a sí misma, y sepa lo que necesita despreciar, purificar o rectificar.

 

Para acabar su renovación, tendrán que entrar en el abismo sin fondo de la gran tiniebla divina donde Dios se les esconde, y allí, perdiendo todos los apoyos de sus potencias naturales y de todos los conocimientos positivos que de Él tenía, y así entran en aquella sapientísima ignorancia que sobrepuja a todo saber. Con una simplicísima idea en apariencia negativa, porque es negación de todas nuestras ignorancias y limitaciones, empiezan a poseer verdaderamente y de veras la divina Verdad, y a quedar selladas con el místico sello de luz.

 

El alma tiene que remontarse en alas del Espíritu sobre todo lo imaginable, sobre todo lo cognoscible; elevándose en contemplación sobre las vicisitudes del tiempo; tiene que quedarse del todo a ciegas para poder descubrir lo incognoscible, lo eterno, lo absoluto.

 

Purificados así los ojos de la inteligencia en aquella tiniebla oscurísima, comienzan a percibir el resplandor de la cara de Dios, a ver su Ser inefable que a nada se parece y con que nada se puede comparar. Esa es la eterna luz que alumbra y desvanece todas nuestras tinieblas.

 

Tras esto se alcanza la séptima morada hacia la cual la persona es llevada tras la visión intelectual de la Santa Trinidad: una certeza de la continua presencia de Dios en nuestro interior, una unidad plena, la theopoiesis, culmen de la vía unitiva y por ende de la evolución mística, el alma permanece todo el tiempo en el centro con Dios.

 

Entonces es cuando se consuma la transformación del alma en Dios; entonces es cuando puede ya celebrarse el matrimonio eterno en que la criatura queda para siempre hecha una sola con su Creador. A esta prodigiosa unión muy pocas almas llegan en este mundo.

 

Ahora se ven muy claros los ocultos misterios de la vida espiritual: se reconoce muy bien la necesidad de tantas pruebas y purificaciones, y se ven las innumerables imperfecciones que antes se mezclaban en el ejercicio de las virtudes.

 

A los grandes místicos, la metáfora a la que hacíamos mención al principio de la charla – en la que comparábamos la transformación deificante con el hierro incandescente – les parecen muy deficientes, porque todavía puede sacarse el hierro del horno.

 

“Transformada y absorbida

El alma unida con Dios

En fuego de amor cándida

Y derretida

Una cosa son los dos…

Que en su Dios se ha transformado”

Beato Nicolás Factor, Opúsculos

 

 

Bibliografía

Libros

López Sáez, F. (Ed.). (2018). La filocalia de la oración de Jesús.

Salamanca: Ediciones Sígueme.

 

Santa Teresa de Jesús (1998). El castillo interior o las moradas. Barcelona: Ediciones Abraxas.

 

Finley, J. (2005). Christian Meditation: Experiencing the presence of God. A guide to contemplation. Nueva York: HarperCollins Publishers.

 

Dubay, T. S.M. (1989). Fire within: St Teresa of Avila, St John of the Cross and the Gospel on prayer. San Francisco: Ignatius Press.

 

Alesanco Reinares, T. OAR. (2004). Filosofía de San Agustín: Síntesis de su pensamiento. Madrid: Editorial AVGVSTINVS.

 

Johnston, W. (Ed) (1973). The cloud of unknowing and the book of privy counseling. Nueva York: Image edition.

 

Arintero, J. G. (1916). Grados de oración y principales fenómenos que les acompañan. Cuestiones místicas. Biblioteca Nacional de España.

Arintero, J.G. (1925). La verdadera mística tradicional. Salamanca:

Editorial Fides.

Arintero, J.G. (1989). Evolución mística. Salamanca: Editorial San Esteban.

 

Guigo II el cartujo (1150) Carta de Dom Guigo el cartujo al Hermano Gervasio sobre la vida contemplativa. Scala claustralium. En http://www.lectioapuntes.wordpress.com [consultado por última vez en octubre 2018).

Artículos

 

Lirish, T. “The seven mansions of Teresa of Avila”. En http://www.catholicstrength.com [consultado por última vez en octubre 2018].

 

“Cartusian spirituality”. En http://www.transfiguration.chartreux.org [consultado por última vez en octubre 2018].

 

Hani, J. (1998). “El rosario como vía espiritual”. Fragmentos escogidos de Mitos,ritos y símbolos. Mallorca: José J. de Olañeta.

 

Larkin, E.E. O. Carm. “The carmelite tradition and centering prayer Christian meditation”. En http://www.ocarm.org [consultado por última vez en octubre 2018].

Larkin, E.E. O. Carm. “Todays contemplative prater forms: are they contemplation?” En http://www.ocarm.org [consultado por última vez en octubre 2018].

 

“El fuego del Espíritu y la oración del corazón”. Extractos de Cariton di Valamo, L’arte della preghiera. Ed. Gribaudi. En theoesis.blogspot.com [consultado por última vez en octubre 2018].

 

“Ascetism and the Christian Life”. http://www.opcentral.org [consultado por última vez en octubre 2018].

 

Bishop Kallistos-Ware “Jesus prayer – breathing exercises”. En http://www.orthodoxprayer.org [consultado por última vez en octubre 2018].

 

Knight, Kevin (Ed.). de Schaff, P. Y Wace, H. (Eds.) (1894). “Conference

10 by St John Cassian. Abbot Isaac on Prayer”. Nicene and Post-Nicene Fathers, Second series, Vol. 11. Nueva York: Crhisitian Literature Publishing Co. En http://www.newadvent.org/fathers/350810.htm [consultado por última vez en octubre 2018].

 

F.A.



EL ALCANCE DE ERNST JÜNGER
octubre 28, 2018, 11:46 am
Filed under: Ética y valores, Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara, Espiritualidad

Resultado de imagen de Ernst Jünger

EL ALCANCE DE ERNST JÜNGER

 

Abogando, como abogamos, por una concepción del mundo y de la existencia centrada en la elevación del hombre más allá de su mero compuesto psico-físico y por la sintonización de este compuesto con la dimensión Trascendente del ser humano no podemos por menos que enfocar este presente ensayo con la luz de que nos provee la Tradición para de este modo, tras desgranar los aspectos principales de la obra del autor germano oriundo de  Heidelberg, analizar si los mismos se pueden catalogar como de Tradicionales en su genuina esencia o, cuanto menos, se hallan próximos a lo que se entiende por Tradición …nos planteamos, por ende, calibrar el alcance que tiene la obra de Jünger: nos planteamos cuál es su concomitancia con los ejes básicos de la Tradición y lo hacemos siempre, de forma preponderante, desde la base insoslayable que de forma tan magistral nos legó el italiano Julius Evola cuando se propuso porfiar por transmitirnos cuáles son los parámetros en los que se basa el Mundo de la Tradición, cuáles sus valores, cuáles sus doctrinas y, en contraste con ello, cuál es el entramado inherente a su alienada y alienante antípoda: el mundo moderno.

Por de pronto hemos de situar a Jünger dentro de esa corriente política y de pensamiento que Armin Mohler sistematizó como la de la Revolución Conservadora alemana (denominación, por otro lado, que ya se había utilizado mucho antes), en la que se incluyen mentes como la de Oswald Spengler, Carl Schmitt, Moeller van der Bruck, Ernst Niekisch, Werner Sombart o Ernst von Solomon. Alain de Benoist nos recuerda en un ensayo titulado “Ernst Jünger y el trabajador” que “Alrededor de Jünger se constituye el llamado ‘grupo de Berlín’, en cuyo seno encontraremos a representantes de las diferentes corrientes de la Revolución Conservadora: Franz Schauwecker y Helmut Franke; el escritor Ernst von Salomon; el nietzcheano-anticristiano Friedrich Hielscher, editor de Das Reich; los neoconservadores August Winnig (al que Jünger conocerá en el otoño de 1.927 por mediación del filósofo Alfred Baeumler) y Albrecht Erich Günther, coeditor —junto a Wilhelm Stapel— del Deutsches Volkstum; los nacional-bolcheviques Ernst Niekisch y Karl O. Paetel y, por supuesto, a su hermano y reconocido teórico Friedrich Georg Jünger.” Esta corriente política y de pensamiento propugna el papel formador y rector del Estado dirigido por una élite, aboga por lo jerárquico, rechaza cualquier forma de igualitarismo, denuncia la decrepitud del parlamentarismo partitocrático o denuncia la demagogia de la apelación a las masas …postulados, todos éstos, propios de una concepción política y de pensamiento  de corte Tradicional.

Para Jünger el ser humano no debe concebirse como un individuo atomizado desgajado de cualquier vínculo orgánico comunitario ni debe ser considerado como igual, en esencia, a sus congéneres, con los cuales formaría parte (gracias a lo que Rousseau definió como el contrato social pactado entre ellos) de una sociedad inarticulada e inorgánica. Al igual que tampoco lo concibe desgajado de sus antepasados y de los que serán sus descendientes, sino, en gran dosis, como fruto del legado de sus ancestros con los cuales se halla, por ello, ligado y lo concibe, asimismo, como hacedor, junto a éstos, de muchas de las esencias que caracterizarán a sus descendientes (1). Por tanto, estos vínculos atacan frontalmente cualquier visión individualizante y atomizante (la propia del individuo-masa de las actuales sociedades gregarias) del ser humano.

En esta línea, en el artículo en el que vierte estos conceptos, Jünger escribe que “también el hombre presente será un hombre pasado, pero (…) sus acciones y gestos no desaparecerán con él, sino que constituirán el terreno sobre el cual los venideros, los herederos, se refugiarán con sus armas y con sus instrumentos”. Por otro lado el encaje que desde el punto de vista de la metafísica Tradicional hay que darle a esta cita lo podemos entender a tenor de unos conceptos que en su día escribimos (2): “(…) la idea que sobre la inmortalidad defiende Evola cuando habla en el capítulo titulado “Las dos vías de la ultratumba” de su obra “Rebelión contra el mundo moderno”, de que tras la muerte física son dos las vías que se le presentan al fallecido: una sería la ´vía de los antepasados´ o pitra-yana y la otra sería la ´vía de los dioses´ o deva-yana (términos de la tradición hindú). La primera de ellas sería el destino de la mayoría de los individuos cuya existencia no pasó nunca de ser la del hombre vulgar, esclavo del devenir y que consistiría en la disolución de las fuerzas y energías sutiles que hicieron posible la vida de dichos individuos (puesto que se hallan en el origen del funcionamiento de su entramado psíquico-físico), la disolución, apuntábamos, en la descendencia de su mismo clan, gens, sippe o zadruga* pasando a formar parte (dichas fuerzas o energías) del genio, manes, tótem, demon o dáimon que confiere la peculiaridad y el impulso particular que caracterizan al mencionado clan. Esta vía, en realidad, no supone la inmortalidad del individuo, pues éste (o, mejor dicho, ´sus´ fuerzas o energías sutiles) vuelve a reintegrarse en la corriente del mundo manifestado, del mundo del devenir y del continuo fluir. La segunda de las vías, la de los dioses, sí que supone la verdadera inmortalidad de la persona que en su existencia terrena supo desligarse de todo aquello que condiciona al individuo y experimentó una auténtica transubstanciación o transfiguración que espiritualizó su alma liberada de ataduras y la logró hacer compartir la Esencia Suprema de aquel Principio Superior, metafísico y suprasensorial que se halla en el origen del Cosmos manifestado. Por lo que, tras el óbito, si no antes, el Yo Superior o el Alma Espiritualizada de la persona habrá conquistado la inmortalidad, la eternidad y habrá escapado de la cadena de transmutaciones y cambios que son propios de la manifestación. Sólo unos pocos, sólo una minoría conquistará el ‘paraíso’; logro, pues, de carácter aristocrático y nada democrático.”

Es, pues, en la ‘vía de los antepasados’ o pitra-yana donde deberíamos encajar la cita que de Jünger hemos reproducido. Sea como fuere podemos entender o bien que el escrito (“La Tradición”) y la revista (“El estandarte”) en los que se halla inserta  no perseguían el estudio de temas estrictamente metafísicos o bien que estamos tratando con un joven Jünger que probablemente se adentrara en ellos en épocas posteriores; posibilidad de la que hablaremos más adelante.

Volviendo a la línea de ese hombre no atomizado, no desgajado de sus ancestros y de sus descendientes nuestro autor alemán sigue diciéndonos en el mismo escrito que “Así también, la sangre de la persona singular está mezclada por millares de corrientes de sangre misteriosa, a pesar de que esa persona singular no es por esto la suma de sus predecesores, no es sólo el portador de su voluntad y de la calidad de aquéllos, sino que, según una neta y bien definida peculiaridad, él es también él mismo.” Percíbase cómo se añade un elemento nuevo a lo expresado hasta ahora. Elemento que no es otro que el de la personalidad: la entidad del ser humano. La entidad que hace posible que pueda llegar a ser soberano, a decidir su destino, a labrarse su camino, a liberarse de todo aquello que ata, condiciona, esclaviza y mediatiza; a liberarse de ello como paso previo -tal como postula la Tradición- para encarar el Conocimiento de los planos Superiores y Metafísicos de la Realidad y para hacerse ontológicamente uno con ellos. Principio de la ‘personalidad’ que riñe con ciertas escuelas metafísicas orientales (como, p. ej., el Vedânta) para las cuales el ser humano como ser singular carece de entidad y de realidad, siendo, por contra, mera ensoñación o ilusión (maya) y parte indiferenciada del Brahman o Principio Universal. En cambio, para la Tradición el microcosmos (el mundo físico, el ser humano,…) es real y de lo que se trata es de sacralizarlo y convertirlo en una especie de reflejo del macrocosmos (del mundo Metafísico). Aquí estriba la diferencia sustancial entre cierta metafísica pura -que acarrea , por cierto, posturas evasionistas (3)- y el Tradicionalismo.

Jünger, en la línea de la Tradición, rechaza el gregarismo promiscuo negador del principio de la ‘ personalidad’; principio sin el cual no puede entenderse el de la libertad del hombre (4): esa libertad en potencia que de ser desarrollada lo convertirá en Héroe, en el Hombre de la Tradición Primordial, en el Liberado o Despertado al que se refiere el budismo.

En sintonía con lo cual volvemos, en boca de uno de sus personajes, a leerle al de Heidelberg en su novela “Heliópolis” (5) que “Queremos la libertad del hombre, de su esencia, de su espíritu y de su propiedad. (…) El Prefecto se ve obligado a nivelar, a atomizar e igualar el potencial humano, en el cual debe prevalecer un orden abstracto. En nuestra opinión, por el contrario, quien ha de dominar es el hombre” (págs. 179 y 180).

Para nuestro autor el hombre igualitario del liberalismo no es más que el fruto de una construcción mental (por ello abstracta) reñida con las leyes de la naturaleza y reñida, añadimos nosotros, con una jerarquía en cuya cúspide deben situarse aquéllos que son capaces de gobernarse a sí mismos. El hombre igualitario atenta contra la diferencia y contra el principio personal, pues el igualitarismo convierte al hombre en átomo indiferenciado de sus congéneres.

Examinando la postura de Jünger al respecto Alain de Benoist escribe en un ensayo titulado “Ernst Jünger y el Trabajador” (6) que “(…) Desde esta perspectiva, lo esencial es la lucha contra el liberalismo. En Arminius y en Der Vormarsch Jünger ataca el orden liberal simbolizado por el Literat, el intelectual humanista partidario de una sociedad ‘anémica‘. En abril de 1.927, en Arminius, Jünger declara no creer en verdad general alguna, en ninguna moral universal, en ninguna noción de ‘hombre’ como ser colectivo poseedor de una conciencia y derechos comunes. Creemos -dirá- en el valor de lo singular (Wir glauben an den Wert des Besonderen).”

El de Heidelberg nos sigue poniendo en guardia frente a las construcciones abstractas que han dado origen al individuo atomizado propio de la ideología liberal y, en este sentido, nos conmina a “desembarazarnos del abrazo del intelecto que piensa según cálculos”.(7)

Ante el individuo anémico paradigmático de las sociedades liberal-burguesas Jünger reivindica la figura del héroe que se forja en la lucha. Un héroe, nos dice, que por desgracia es derrotado en combate ante los embates físicos del aparato edificado por el  mundo moderno y que por esto “conoce su ocaso, pero su ocaso se asemeja a aquel rojo sangre del Sol que promete una mañana más nueva y más bella” (8). Su sacrificio no será en vano pues el mismo ejemplo representado por dicho sacrificio verá sus frutos y la resistencia, aunque en forma -tras la derrota- más velada, encenderá la antorcha de los que en el mañana se alcen contra la deletérea modernidad, tal como el austríaco Hugo von Hofmannsthal nos recordaba en esta sugerente cita: “Los que velan en la noche obscura dan la mano a los que nacen en la nueva alba”.

El héroe que se forja en el combate nos proporciona una pista acerca de cómo nuestro autor concibe en qué debe consistir la verdadera jerarquía. Una jerarquía que podemos más que vislumbrar cuando, en boca de uno de los personajes, en su novela “Heliópolis” (9) leemos: “(…) Está intentando atraerse a las mejores fuerzas. Para elegir, tiene que guiarse por la capacidad de las personas, es decir, tiene que dirigirse a un círculo de hombres que se distinguen bien por sus hechos, bien por sus conocimientos o por su gran capacidad. Es el camino más vulnerable, pero el único viable en nuestro tiempo. Tenemos que excluir de los puestos de mando no sólo a los tecnócratas, sino también a los románticos”.

Se excluyen, de la élite, a los románticos, pues el romántico representa un producto del mundo moderno. Representa al que acciona movido por la pasión, por la emoción y por el sentimiento debido a que es esclavo de estos estados perturbadores de la mente. Los torbellinos de su psique alterada se hallan en total contradicción con el estado de autocontrol y autogobierno mentales a los que aspira un Hombre de la Tradición que nunca actuará guiado por las sacudidas de su mente sino por la acción pura y desinteresada …por el “hacer lo que debe hacerse”, tal como reza una máxima de la tradición indoaria, sin hacerlo guiado por los resultados sino porque es lo acorde con el Deber; con aquel Deber que armoniza con el Dharma o Ley -metafísica- del Cosmos. El romántico ve alterada esa ‘pura objetividad’ -de la que hablaba Julius Evola- con la que, por contra, -también citando al maestro italiano- ‘un tipo de hombre diferenciado’ enfoca la realidad con el objeto de mejor entenderla y de poder escudriñar en sus fuentes motoras sutiles para hacerse ontológicamente uno con ella.

Quedan, en “Heliópolis”, excluidos, también, los tecnócratas, pues son los que de acuerdo a la lógica del liberalismo capitalista anteponen, sirviéndose de los aparatos del poder, la economía a la política, sometiendo, de este modo, al Estado (que en todo ordenamiento Tradicional ejerce su total Soberanía) a los dictados de la economía y convirtiéndolo en mero gestor de ésta. Así vemos cómo la que siempre fue la tercera función (la productiva-económica) en las comunidades Tradicionales se erige en el mundo moderno -por efecto de una perniciosa inversión materialista- en la rectora. Cuando, en cambio, el Mundo Tradicional situó como estamento dirigente al sacro-aristocrático, por debajo de éste al guerrero y en tercer lugar al productivo (artesanos, agricultores,…).

Si hablamos de la repulsa jüngeriana hacia los tipos humanos del romántico y del tecnócrata no podemos por menos que recordar que también lo hacía hacia la del burgués, tal como muestra en su obra de 1.932 Der arbeiter (“El trabajador”), donde el arquetipo representado por esta figura representaría la superación de la vida fácil y cómoda a la que aspira el burgués y la destrucción de todos los cinturones de seguridad que éste se coloca para asegurarla al máximo. Este Trabajador se forja, por ejemplo, en situaciones bélicas y revolucionarias y no tiene nada que ver con la figura del ´proletario´ hegemónico del Cuarto Estado (10) -no tiene, por tanto, una connotación clasista- sino con una nueva nobleza heroica. Esta figura del ‘trabajador’ la podríamos equiparar, en muchos sentidos, con la del ´guerrero´ y “así cuando leemos una cita anónima que reza que donde abunda el peligro crece también aquello que salva no podemos por menos que pensar que es exclusivamente el guerrero quien puede arrostrar con el dicho peligro sin venirse abajo por ser presa del pánico. Un ´peligro´ que puede -y debe- entenderse desde diversas lecturas: desde la lectura que hace referencia a las situaciones límite –como, p. ej., las bélicas- que pueden ayudar a transportar al hombre preparado a otros estados de conciencia por encima del ordinario, pasando por la lectura que se inscribe en el peligro existencial que puede destruir a aquel que ha roto los lazos que le ataban a lo condicionado y puede no encontrar otros lazos que lo eleven (o puede hallarlos y seguirá su camino hacia la palingénesis o ´segundo nacimiento´ a la realidad Metafísica) y acabando, incluso, por la lectura que entiende los peligros a la manera que los concibe la doctrina extremo-oriental de ‘cabalgar el tigre’” (11).

No es, ciertamente, en Der Arbeiter donde hay, todavía, que buscar una veta metafísica, pero sí que, entre otros conceptos y posicionamientos vitales, se puede más que vislumbrar esa actitud existencial conocida como ‘cabalgar el tigre’ y que poco a poco pareció hacer suya en su mismo existir el propio Ernst Jünger. (12)

En “Tempestades de acero” (1.920) -sobre sus experiencias personales en la IGM- y en “El Trabajador” el de Heidelberg destaca la irrupción de lo elemental y la consiguiente eliminación de esquemas mentales y convencionalismos burgueses. El “trabajo”, en sentido jüngeriano, abre el camino para la irrupción de lo elemental. En Der Arbeiter nos escribe lo que comprende como “trabajo”: “la velocidad del puño, del pensamiento, del corazón, de la vida de día y noche, la ciencia, el amor, el arte, la fe, el culto, la guerra: trabajo es la vibración del átomo y la fuerza que mueve las estrellas y los sistemas solares”. Evola nos explica  que ‘el Trabajador’ “se trata de demiurgicidad, de una figura caracterizada justamente  por una relación directa, activa, total con las fuerzas de la realidad, con lo elemental en sí y afuera de sí”. (13)

Y si hemos señalado las concomitancias entre ‘el Trabajador´ y ´el guerrero´ y la indisociabilidad de estas figuras con ‘el peligro‘ Evola nos escribe, en el mismo capítulo, que en el nuevo mundo configurado por el triunfo de ‘el Trabajador’ “surge en vez la necesidad de ordenamientos nuevos, de ordenamientos basados no sobre la exclusión del peligro, sino sobre un nuevo connubio de la vida con el peligro”.

Ante situaciones al borde de la muerte o en las que la posibilidad de que ésta irrumpa no es precisamente nimia se produce una relativización total del papel y de la importancia que lo utilitario, lo pragmático, lo material y las menudencias que se presentan en el vivir cotidiano representan para el hombre amoldado a la vida muelle y a las seguridades propias de la mentalidad burguesa. Dicha relativización facilita la irrupción de lo elemental. Para Evola -en el cap. señalado- lo elemental «designa las potencias más profundas de la realidad, que caen afuera de las estructuras intelectualistas y moralistas y que están caracterizadas por una trascendencia sea positiva como negativa, con respecto al individuo: así como cuando se habla de las fuerzas elementales de la naturaleza». Giovanni Monastra nos dice al respecto que “el burgués, encerrado en su ciudadela racionalista, en su vacuo intimismo, pequeña alma dirigida a las cosas pequeñas, a lo útil, a lo seguro, tiene terror por lo elemental y lo mantiene a distancia”.

Pero ante esta irrupción de lo elemental se ha de estar vigilante, pues tras el barrido de las menudencias y las seguridades burguesas puede acaecer algo superior pero también algo inferior tanto por lo que respecta a la naturaleza de los sistemas políticos que pudiesen suceder al Tercer Estado burgués como por lo que incumbe al interior mismo de las personas que se hubiesen desligado, mentalmente, de las ataduras y condicionamientos de la vida cotidiana. Jünger sabía de las diferentes consecuencias que podrían darse. Asimismo Evola nos pone sobre aviso de los peligros telúricos e ínferos que pueden, en tal estado de cosas, acontecer.

Nosotros, en otra ocasión, reseñando la tesis doctoral de nuestro amigo y coforista Gonzalo Rodríguez sobre “La tradición guerrera de la España céltica” comentamos el concepto del autor  sobre el “más allá telúrico” …un “más allá telúrico” que bien podríamos asociar con lo elemental. Pretendiendo, pues, hacer luz sobre este concepto tan caro a la obra de Jünger recordamos lo que en esa ocasión escribíamos:

“Nuestro coforista nos refiere sobre la concepción, en el seno del mundo celta, de dos planos invisibles de la realidad: el ´más allá celestial´ y el ´más allá telúrico´. El primero (Dêva-yana o ´vía de los Dioses´) es asimilable al mundo Superior y es al que se accede una vez el Iniciado ha dominado sus vínculos y pulsiones condicionadores -primarios, psíquicos: sentimentales, emocionales, pasionales,…- y se ha convertido en ´señor de sí mismo´; en el Gran Autarca que apuntaba Julius Evola allá por los años  ´20 de la pasada centuria. Una vez superado lo cual (una vez superada la ´obra al negro´ o nigredo de que nos habla la tradición hermético-alquímica) el Iniciado accede, de forma definitiva, al conocimiento del plano sutil metafísico de la Realidad y es capaz, incluso, de activarlo en su fuero interno (sería el equivalente a la ´obra en blanco´ o albedo). Más aún, tras estos logros, puede aspirar a la Gnosis de lo Inmanifestado que se halla más allá incluso del plano sacro-sutil de la realidad y puede, paralelamente, aspirar a Despertar en su mismo interior ese Principio Supremo y Primero Inmanifestado Eterno e Indefinible que anida en él y aspirar, así, a Espiritualizar e Inmortalizar su alma (´obra al rojo´ o rubedo), que ya fue purificada de escorias psíquicas y condicionadoras tras la superación de la nigredo.

El segundo plano invisible de la realidad, el ´más allá telúrico´, lo asimila Gonzalo al conjunto de fuerzas -utilizando el léxico por él empleado- ´preternaturales´ que no se hallan más allá del ciclo de la generación, que no pueden -por tanto- posibilitar la Liberación metafísica del hombre, sino que integran la realidad del sâmsara, del devenir (opuesto al Ser y a lo Eterno), que se refieren a la ´vía de los antepasados´, o pitra-yâna, que es el destino que, tras la muerte física, le queda al común de los mortales: el de que el ´genio´ que de su clan era portador (que pasa a formar parte de cada ser humano desde el mismo momento de su concepción) se vuelva a integrar en los miembros de su mismo conjunto familiar, clan, gens o sippe, ya nacidos o en el momento de ser concebidos, para seguir dándole la impronta especial común que caracteriza a cada uno de los integrantes de cada clan. No se supera, pues, en esta ´vía de los antepasados´ la rueda del devenir. Las divinidades que al decir de Gonzalo son veneradas por parte de la tercera casta -la productiva- en el mundo celta hispánico son de naturaleza ctonia, telúrica, asociadas a la Tierra, a la vegetación, a los manantiales, a las fuentes y muchas de ellas de carácter femenino. Aunque también señala nuestro autor que ciertos demons y totems son ritualmente activados en las iniciaciones guerreras -segunda casta- a que son sometidos los jóvenes por tal de suscitar y hacer en ellos presente la energía telúrica propia de ciertos animales como el oso (tal como ocurría entre los temibles guerreros berserkers del mundo vikingo) o el lobo con el objetivo de despertar en estos jóvenes guerreros la ferocitas o la furia necesarias para el combate.

No está de más señalar que el Iniciado en la realidad metafísica y Superior -en el ´más allá celestial´- (primera casta) superará el ´más allá telúrico´ (y se descondicionará de él) que se le hubiera podido inocular en esas ceremonias de juventud de iniciación guerrera, pues incluso en el fragor de la batalla no necesitará de esos aportes telúricos para mostrar arrojo y valor, ya que estamos tratando con un ser que ha superado todos sus pavores, traumas y miedos con la culminación de la ya mencionada nigredo u ´obra al negro´.

Sin duda ese ´más allá telúrico´ que nos disecciona brillantemente Gonzalo en su tesis doctoral es un lastre que el mundo celta hispánico en particular, el mundo celta en general y aun todo el mundo indoeuropeo arrastraba en aquella época porque, no lo olvidemos, debemos considerar que, de acuerdo a la ciclología Tradicional, los pueblos de origen boreal transitarían ya -en la época objeto de estudio-, seguramente, por los inicios de la Edad de Hierro o kali-yuga  y aunque los dichos pueblos -la antigua Roma incluida- protagonizaron un ´ciclo heroico´ de intento de vuelta a los parámetros existenciales y de weltanchaaung de la Edad de Oro o Satya-yuga desgraciadamente, con el paso del tiempo, fueron contaminándose con efluvios propios de etapas descendentes y con las influencias de pueblos de esencia definidamente telúrica. No obstante lo cual mantuvieron -y cerniéndonos en específico a los celtas hispánicos objeto de este trabajo- vivos los ejes básicos y los pilares primordiales de la Tradición.” (14)

Pensamos, con esta disgresión, haber asentado el sentido que tiene el concepto de elemental, cuya irrupción Jünger estima indispensable para acabar con los detritus representados por el modo de existir burgués y con las sociedades en las que éste es su depositario. El “trabajo” -en el sentido vasto que para nuestro autor tenía y que ya hemos señalado con anterioridad- sería el vehículo para hacer posible dichos cambios. Así, Evola nos explica que “en el mundo que Jünger denomina del trabajo se realizan nuevas pruebas, nuevas selecciones: pruebas de una extrema, desnuda, casi metálica frialdad, en las cuales la conciencia heroica gobierna el cuerpo como un instrumento imponiéndole una serie de acciones complejas más allá de los límites del instinto de conservación” (15)

El maestro trasalpino añade que “por tal camino Jünger piensa en una nueva aristocracia”. (Recordamos que el de Heidelberg apunta también, en las citas que páginas arriba hemos extractado de su novela “Heliópolis”, semejantes ideas acerca de cómo se originaría la ‘élite’ arquetípica.) Evola continúa señalando que para esta aristocracia descrita por Jünger “el verdadero secreto no se halla en el prometer, sino en el exigir” y que el autor alemán “ha pensado en una élite cual condensación esencial y activa del modo de ser del obrero en los términos de una especie de guardia, de nueva espina dorsal de formaciones guerreras, como una selección que se puede también denominar una Orden”.

 

Si es el enfoque de la Tradición el que estamos utilizando para acometer los rasgos determinantes de la obra de Jünger nos podría parecer que quizás nuestro autor reflejó bien esa etapa de la nigredo hermético-alquímica, a la que hemos hecho alusión párrafos arriba, que busca el descondicionamiento del hombre con respecto a todo aquello que lo amordaza, mediatiza, subyuga, esclaviza, aturde, altera, traumatiza y aminala (y lo busca, en la obra jüngeriana, a través del “trabajo” y/o las situaciones límites de la guerra,… que sacudirían las seguridades existenciales buscadas y adquiridas por la vida burguesa), pero que, en cambio, el de Heidelberg se quedó, nos podría parecer, en el tratamiento de dicha etapa y no concibió las posteriores del albedo y del rubedo alquímicos …etapas que se enmarcan, ahora sí, en planos superiores y sacros de la realidad y que corresponden al dominio de la metafísica. Para un estudio realizado desde los parámetros de la Tradición la obra de Jünger podría -de ser de esa guisa lo ahora expuesto- dejar bastante que desear, pero la realidad, para nuestro grato contemplar, no es así y el alemán lo trasluce en obras posteriores en las que su alcance (tal como plantea el mismo título de este nuestro ensayo) va mucho más allá de lo expuesto hasta este punto. Tal es así en “Sobre los acantilados de mármol”, donde lo elemental (ahora, más bien, asociado a lo pulsional) y lo titánico (la mera fuerza desacralizada) toman un carácter claramente negativo y su afloramiento no resulta deseable pues al descondicionamiento del ser se debería llegar por otros caminos distintos a lo relacinado con ese “más allá telúrico” del que ya hemos hablado: se debería llegar -de acuerdo con la Tradición- a través de la Iniciación, esto es, de un camino de disciplina interna meticulosa, metódica, ardua y constante que conoce de técnicas como las de la meditación o de la visualización mental.

Acerca de la trama de “Sobre los acantilados de mármol” (obra escrita en 1.939) Evola escribe: “Es el contraste entre dos mundos. El uno es el de la Marina y de las pasturas, que se encuentran por debajo de los acantilados de mármol ; es un mundo patriarcal y tradicional, en donde la vida en la naturaleza y el estudio de la naturaleza tiene como contrapartida una superior sabiduría y un símbolo ascético y sacral incorporado eminentemente en la novela por la figura del Padre Lampo. Frente al mundo recogido cerca de los acantilados de mármol se encuentra el de los pantanos y de los bosques, en donde señorea una espantosa, diabólica figura que Jünger denomina el Oberförster (traducido como trotabosques): es éste un mundo elemental , de violencia, de crueldad, de ignonimia, de desprecio por cualquier valor humano”. (16)

El conflicto entre estos dos mundos antagónicos se hace irremisible y el mundo oscuro de los pantanos y de los bosques acaba destruyendo al de la Marina y las pasturas, pues éste, de hecho, ya se hallaba sin pulso vital y sosteniéndose casi por inercia.

Evola sigue narrándonos que “de todo el mundo de la Marina, ya en llamas, tan sólo alguno logra escapar, con un barco, llevando consigo, como una reliquia justamente, la cabeza amputada del príncipe Sanmyra, la cual sólo mucho más tarde, engarzada en la primera piedra, debía servir de fundamento para una nueva Catedral”.

Recuérdese que un parámetro incuestionable de lo que la Tradición entiende como Edad de Oro es el de la unión de las funciones sacra y regio-dirigente en una única institución o persona …la cabeza del príncipe Sanmyra (función regia) y la nueva Catedral (la Espiritualidad reencontrada: función sagrada) se conciben, en este libro de Jünger, de manera indisociable si de lo que se trata es de la restauración de la Tradición Primordial, pues no hay que olvidar, repetimos, que ambos principios, el espiritual y el temporal, se hallaron unidos -en, echando mano del hinduismo, el Satya-yuga o Krta-yuga- bajo los mismos representantes e instituciones, por lo que el conjunto de las actividades humanas en las comunidades Tradicionales se encontraron, por irradiación desde la cúspide de la pirámide social, en todo momento impregnadas por lo Sacro. Hallamos, pues, a la realeza sacra y a la aristocracia sagrada en la dicha cúspide de la pirámide social.

Evola, a propósito de “Sobre los acantilados de mármol” nos continúa diciendo en su citado escrito que “con el advenimiento de las fuerzas elementales-telúricas del Trotabosques en las tierras de la Marina se derrumba un mundo -aunque ya en estado de notable postración- de la cualidad, de la personalidad, de la ascesis, de la tradición mistérica y sagrada, de la cultura en sentido superior.”

El sustancial y cualitativo paso dado por el de Heidelberg desde su “El Trabajador” hasta “Sobre los acantilados de mármol” tiene que ver con el tránsito, citando a Evola, “de una asunción existencial meramente activista-guerrera -titánica- a otra con referencia a valores trascendentes”.

Esta asunción trascendente se vuelve a corroborar en su novela “Heliópolis” (1.949), en la que, en boca de uno de sus personajes,  le podemos leer: “Tú atente al dogma según el cual la materialidad de las imágenes oculta a las miradas el resplandor supraterrenal. (…) Nunca encontrarás en la tierra lo supremo (…). Tú gobiérnate  según la norma de Boecio: una tierra dominada nos da las estrellas. Éste es el único camino recto”. (17)

Percíbase que no se aboga por ninguna especie de evasionismo metafísico con respecto a la vida terrenal y al mundo físico sino que se aboga por bregar en este mundo para hacernos con el Supramundo. Es ésta la esencia de la Tradición: la vida como catapulta hacia la Supravida y, a la vez, el objetivo de sacralizar esta existencia terrenal y no evadirse de ella.

Ciertamente se nos presenta un Jünger que no tan sólo concibe la existencia de la trascendencia sino que además nos da muestras de que lo más importante es arribar a su conocimiento y hacerse uno con ella. Un Jünger desmarcado, pues, de actudes pasivas (meramente fideístas y devocionales) ante el Hecho Trascendente y abocado, en cambio, a su conquista activa. El camino es el de la Iniciación trazada en todo ordenamiento Tradicional. Es el camino -en expresiones tan concurrentes en la obra de Evola- de la ‘luz del norte’ heroica frente al de la ‘luz del sur’ fideísta.

Por ello el alemán nos ofrece herramientas que van encaminadas en tal sentido, como cuando uno de los personajes de Heliópolis (págs. 131 y 132) dice que “Por esta razón, los sabios de todos los países y todos los tiempos están de acuerdo en que la felicidad no puede alcanzarse por la puerta de los deseos ni en la corriente del mundo.

De donde se sigue que quien quiera tener parte en la felicidad debe ante todo cerrar la puerta de los deseos. En este punto concuerdan todos los preceptos, como variantes de un texto revelado -los libros sagrados, los antiguos sabios de Oriente y Occidente, las doctrinas de los estoicos y los budistas, los escritos de los monjes y los místicos.

La experiencia nos enseña, además, que el hombre no sigue estos preceptos. Vive como en los palacios de Las mil y una noches, en los que todas las habitaciones le ofrecen bienestar, salvo una cuya puerta no puede traspasarse y tras la cual se halla la preocupación. ¿A qué se debe que su mala estrella le empuje a abrir precisamente ésta? El enigma consiste en que es la puerta de los deseos.

La caza de la felicidad lleva a las espesuras. Hay que dejar que la felicidad entre por sí misma. No se encuentra a gusto con los impacientes. Es como los preparativos, que son cada vez más bellos. No hay que acelerar el ritmo de la vida, hay que retardarlo, al modo de los ríos que fluyen hacia el mar. A medida que va ganando, con la edad, profundidad y fuerza interior, es capaz de arrastrar consigo oro, navíos y monstruos rientes.

Raras veces nos salen al encuentro hombres felices: no quieren llamar la atención. Pero aún viven entre nosotros, en sus celdas y buhardillas, sumidos en el conocimiento, la contemplación, la adoración -en los desiertos, en las ermitas, bajo el techo del mundo.Tal vez a ellos se deba que nos llegue todavía el calor, la fuerza superior de la vida”.

Jünger sigue, en la misma novela, aportándonos pistas y medios para domeñar nuestro yo inferior, en esa nigredo alquímica de descondicionamiento, a través de una máxima estoica: “renunciar para ganar”. (p. 188)

El de Heidelberg confirma su elección por la ‘vía activa y heroica’ hacia el Hecho Trascendente con sus referencias a la alquimia, pues no olvidemos que la tradición hermético-alquímica envuelve bajo la capa de toda una suerte de rico simbolismo lo que no es ni más ni menos que la vía Iniciática -‘vía del héroe’- transformadora de su interior que está recorriendo el alquimista. En esta línea, en el mismo libro, leemos que “(…) Todo esto también lo expresa la alquimia, es decir, la química auténtica (18) (…) Los grandes símbolos alcanzan a todas las capas: se les ve actuar desde las esferas ocultas hasta las lúcidas, aunque sólo el iniciado comprende las interconexiones.” (pág. 328)

Jünger muestra estar muy versado en temas alquimistas cuando nos hace la siguiente relación (pág. 332): “Algunos de ellos estaban escritos en viejos pergaminos y se agrupaban en torno a los nombres de Alberto Magno, Ramon Llull y Agripa de Nettesheim, cuyo de Vanita scientiarum se conservaba en su doble edición, la de Lyon y la de Colonia. Se hallaba también el gran in folio de Wierus, De praestigiis daemonum, y las compilaciones publicadas en Basilea, hacia el 1.582, por el médico Weckerus”.

De optarse, en vida, por ‘la vía activa´ o via remotionis, de consumarse las etapas que pueden llevar al Iniciado hacia la Gran Liberación o, en cambio, de conformarse con ‘la vía pasiva´ estrictamente devocional depende el recorrido que espere tras la muerte física de la persona. La ‘vía de ultratumba’ es descrita en El libro de los muertos egipcio o en El libro tibetano de los muertos -el llamado Bardo Thödol -. Tampoco Jünger era ajeno a su conocimiento, cuando, a propósito de la ceremonia parsi celebrada tras el fallecimiento de uno de los personajes de “Heliópolis”, el narrador afirma que “él había emprendido ya el gran viaje, había penetrado en el mundo de cristal cuyas aventuras describe el Libro de los muertos” (pág. 378). (19)

Ante la posibilidad del Héroe que se adentra por los terrenos de la interior via transformationis de optar por la llamada ‘vía de la mano derecha’ -la apolínea del Héroe que no necesita de ayudas externas para recorrerla- también se le presenta el hacerlo por la peligrosa ‘vía de la mano izquierda’: la dionisíaca. Ésta sí que utiliza ayudas, o más bien “venenos”, como soporte sea para alterar el estado ordinario de conciencia (utilización de alcohol, drogas, ciertas danzas,…) sea para activar fuerzas sutiles (kundalini) en el interior del Iniciado (utilización del sexo).

Parece ser que Jünger no fue ajeno a esta ‘vía de la mano izquierda’, como se puede colegir cuando le hace decir, en “Heliópolis” (pág. 327), a uno de sus personajes que “el cáñamo saca con sus lazos al espíritu fuera de sí y le hace entrar en los imperios de las imágenes”. O cuando también leemos en la misma novela (pág. 381) que “Las drogas son llaves, aunque no descubren sino lo que se oculta en nuestro interior”, que “Tal vez llevan hasta profundidades que de otra manera estarían siempre bajo cerrojo” o que “Funden la cera de los sellos”.

Al de Heidelberg al tiempo que, durante la IIGM, -tal como se puede consultar en Metapedia- “en los círculos literarios departía amistosamente con Henry de Montherlant o Pierre Drieu la Rochelle”, lo encontramos, no en vano, frecuentando los salones de fumadores de opio. También en este portal de internet leemos que “En 1952, después de su primera experiencia con la LSD, escribe Besuch auf Godenholm (Visita a Godenholm)” y que “Otro libro sobre el tema de las drogas es Annäherungen. Drogen und Rausch (Acercamientos. Drogas y ebriedad ), de 1970. Esta obra, en la que el autor acuñó el término psiconautas (navegantes de la psique), expone las numerosas experiencias de Jünger con varios tipos de sustancias psicoactivas, tanto enteogénicas como estimulantes u opiáceos.” (20)

Desconocemos la naturaleza exacta de las experiencias que gracias al consumo de drogas pudo haber experimentado nuestro alemán autor pero una vez comprobado el profundo valor de lo metafísico en la obra de Jünger podemos pensar que posiblemente el dicho consumo pudo representar para él el poner en práctica la ‘vía de la mano izquierda’: aquella vía que convierte el veneno en remedio pues ayuda, al operante, a soltar el lastre que carga el estado de conciencia ordinario para abrir las puertas de los planos sutiles de la realidad y tras lo cual, si el Héroe es capaz de más,  llegar a Identificarse ontológicamente con el Principio Supremo Inmanifestado y Eterno.

Pensamos que, en efecto, el uso de sustancias estupefacientes tuvo en Jünger un objetivo de realización espiritual y no el de un simple buscar la experimentación de imágenes de la psique, un simple buscar la irrupción del turbulento enjambre del subconsciente del que el hombre vulgar es depositario y no  tampoco tendría en Jünger el fin de dar rienda suelta a ese mundo psíquico atolondrado y atolondrante que el hombre común es incapaz de dominar. Lo pensamos así porque estas peligrosas explosiones del psiquismo parece que no se dieron en el de Heidelberg, ya que su salud mental no se vio turbada y su no adicción a estas sustancias (fruto, en expresión evoliana, de ‘un tipo de hombre descondicionado’ que se ha enseñoreado de su interior gracias a la ´vía del Héroe’) le evitó problemas de salud que de haberse dado sin duda no le hubiesen permitido el llegar a vivir… ¡casi 103 años!

Con la ‘vía de la mano izquierda´ encuentra muchas concomitancias la aplicación de la doctrina extremo-oriental de ‘cabalgar el tigre’. El tigre pueden ser esos “venenos” que pueden llegarse a convertir, para el Héroe, en “remedios” o, por contra, que de ser no “cabalgados” con la prepación Iniciática adecuada pueden desgarrar y devorar al que hubiese, temerariamente, usado de ellos. El tigre, en un orden externo, puede ser el actual estado de cosas (el Establishment hegemónico en diferentes fases de este mundo moderno disolvente) que parece inderrocable y contra el cual es más aconsejable no enfrentarse de cara sino cabalgarlo, para ver si puede llegar a agotarse …cabalgarlo y bregar para que ya que no parece que se le pueda hacer caer al menos que no le haga caer a uno en sus trampas y en sus destrucciones existenciales. Es en este sentido en el que Evola interpreta el fin del mundo de La Marina en la jüngeriana “Sobre los acantilados de mármol” al escribir que “la única esperanza en la tragedia es que justamente la experiencia del fuego destructor sea, para el sujeto, un principio de renacimiento, el umbral para pasar a un mundo incorruptible” (21). Algo que nos recuerda directamente aquel aforismo de Friedrich Nietzsche de que “lo que no nos destruye nos hace más fuertes”.

Ante ese mundo moderno con respecto al cual se antoja casi suicida el enfrentarlo de cara no queda otra opción que el de una actitud distante para con sus instituciones pero no desentendida ante el accionar deletéreo de éstas: Evola la denominó apoliteia y Jünger ‘vía de la salamandra´. Así nos lo expresa Gianfranco de Turris en el ensayo “Evola y Jünger”: “la jüngeriana ‘vía de la salamandra’ tiene muchos contactos con la apolitea evoliana. El fin es el mismo: pasar indemne a través de las combustiones de la Modernidad.” (22)

 

Sin duda, tras todo lo expuesto, Ernst Jünger podemos afirmar que fue ajustando su obra y su vida a parámetros de índole Tradicional. Mismamente la amistad que, durante los años ’50 de la pasada centuria, frecuenta con un Mircea Eliade es harto significativa sobre hacia dónde están, por entonces (y mucho antes), enfocadas sus preferencias vitales.

El referente doctrinal de Evola, como se ha ido comprobando a lo largo del presente ensayo, nos resulta primordial para calibrar el alcance de Jünger. Se da, además, el hecho significativo de que el italiano, tras el fin de la IIGM, incluyó al alemán entre las gentes con las que debía contactar con el objeto, al decir -entre otros- de Gianfranco de Turris de establecer una especie de ´frente espiritual’ en las catacumbas situadas bajo la pesada losa del mundo moderno o de establecer una Orden que vertebrara una posible reacción contra esa deformidad y anomalía representada por la modernidad. Así dice Gianfranco de Turris que “Las relaciones entre Evola y Eliade fueron sobre todo epistolares y seguramente comprendieron muchas más misivas que aquellas de las hoy localizadas: en la inmediata posguerra, Evola buscó retomar los contactos con sus mayores conocimientos culturales, escribiéndoles desde que se encontraba en el hospital, en 1948-1949: a Carl Schmitt, René Guénon, Gottfried Benn, Ernst Jünger y diversas personalidades, entre las cuales se apunta Eliade.” (23)

El reconocimiento del adeudo que a la obra de Jünger Evola le reconoce a parte de su propia producción se lo podemos leer al transalpino en su libro autobibliográfico “El camino del cinabrio”, cuando afirma que “El siguiente libro escrito por mí, Cabalgar el Tigre, en parte retoma, extendiéndola y completándola, la temática de Jünger.”

Retomando el “Evola y Jünger”, Gianfranco de Turris nos sigue explicando que “el 17 de noviembre de 1.953, Evola escribió a Ernst Jünger una carta que hasta ahora ha permanecido inédita. La carta nos la ha transmitido el Archivo del escritor alemán casi un año antes de la muerte de éste. La carta es típica de las motivaciones ideales que impulsaban a Evola a tomar contacto con personalidades consideradas por él como afines: la petición de traducir Der Arbeiter , veinte años después de su publicación, las -citando textualmente a Evola- analogías entre la primera y la segunda postguerra , la problemática estudiada en este libro es de actualidad ; el ensayo pues, podría ejercitar aún un efecto de despertar . En el inicio de su carta, Evola afirma haber recibido la novela Heliópolis dedicada a través de Armin Mohler.

Evola eligió y tradujo para Volpe, en los años sesenta, El muro del tiempo. Fue comentada positivamente, quizás porque tenía puntos de contacto con El Obrero.”

En fin, son variados los autores que han sabido ver las muchas semejanzas que se pueden establecer entre muchos de los conceptos y los valores que, a lo largo de sus respectivas obras, manejaron Jünger y Evola, tal cual sucede, de manera harto recurrente, con -como botón de muestra- Giovanni Monastra en su ensayo “Por una ontología de la técnica. Dominio de la naturaleza y naturaleza del dominio en el pensamiento de Julius Evola” (24).

Incluso podríanse establecer paralelismos entre las diferentes evoluciones de que hicieron manifiesto ambos a lo largo de su periplo vital, pues si Jünger empieza por adherir en Der Arbeiter a la figura del ‘trabajador’ como oposición al burgués y a las “seguridades” que éste se ha construido Evola, igualmente, empieza, desde muy joven, por identificarse con el dadaísmo con el principal objeto de romper convencionalismos burgueses. Si, posteriormente, en “Sobre los acantilados de mármol” o en “Heliópolis” Jünger campa más que considerablemente por el ámbito del Espíritu Evola, tras superar sus etapas dadaísta y filosófica, entra de pleno en la Tradicionalista. Y si Jünger no es ajeno a la ‘vía de la mano izquierda’ también Evola acabará cerrando filas con una doctrina como la de ‘cabalgar el tigre’ tan emparentada con esa ‘ vía de la mano izquierda’.

No pasemos, por lo demás, por alto el hecho significatico de la cercanía y las afinidades que siempre mostró Evola hacia la llamada Revolución Conservadora alemana, hacia la mayoría de los autores que han sido englobados en ella y hacia sus planteamientos políticos y los valores que defendían y no olvidemos, tal como señalamos al principio de este ensayo, el que Jünger es uno de los autores que han sido incluidos dentro de esta corriente de pensamiento.

 

Tras todo lo aquí expuesto… ¡gran alcance es el que, a ese nuestro entender guiado por la traza de la Tradición, tiene la obra -y también la vida; aunque no fuera ésta el objeto central de estudio de nuestro trabajo- de Ernst Jünger!

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

 

 

 NOTAS:

 

  • Ideas, éstas, vertidas en un escrito suyo titulado “La Tradición” y publicado, en 1.925, en la revista Die Standarte (“El Estandarte”), órgano de los excombatientes Stahlhelm (“Cascos de Acero”); la traducción al castellano es obra de Ángel Sobreviela.
  • “José Antonio y Evola”; constituye el capítulo X de nuestra obra “Reflexiones contra la modernidad”, editada por Ediciones Camzo. Se puede, igualmente, acceder al contenido del mismo en https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/27/jose-antonio-y-evola/

*Clan, gens, sippe o zadruga hacen referencia al mismo concepto pero referido, respectivamente, a las tradiciones celta, romana, germánica y eslava.

 



TEMPLO DEL TIBIDABO, UNA MORADA FILOSOFAL DEL SIGLO XX
septiembre 1, 2018, 10:21 pm
Filed under: Espiritualidad, Janus Montsalvat, Metafísica, Tradición

Resultado de imagen de templo tibidabo  Resultado de imagen de templo tibidabo

Barcelona se extiende en un amplio llano limitado por las desembocaduras de los ríos Besós y Llobregat (Baetulo y Rubricatus para los romanos). La ciudad por el lado opuesto al mar, se encarama en las pequeñas montañas culminadas por la Sierra de Collserola, hoy Parque Natural con más de 8000 hectáreas y que engloba varios municipios. Su punto más alto (518 metros) es ocupado por una pequeña ermita edificada en el año 1886, que aún se conserva al lado de la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús, Templo Expiatorio de España como reza en su frontispicio, concluida en el año 1961 después de pasar por múltiples avatares

  El Tibidabo es un mirador excepcional de la ciudad de Barcelona, es la montaña más alta de la Sierra de Collserola y por tanto de la ciudad, siguiéndole Mont Jovis, Monte de Júpiter, más conocido popularmente como Montjuic (173 metros). Existe una leyenda que da una explicación mitológica al nombre de la ciudad. Según la misma, Hércules se unió a los argonautas tras acabar con su cuarto trabajo para ayudarles a buscar el Vellocino de Oro, pero al pasar cerca de la actual costa catalana una tormenta dispersó las embarcaciones que formaban tal expedición, y al terminar faltaba la novena. Hércules la buscó y finalmente encontró los restos del naufragio de la Barca Nona (la novena embarcación) al lado de la actual Montaña de Montjuic. Hércules y los tripulantes habían encontrado tan acogedor el paraje que, ayudados por Hermes (Dios del comercio y de las Artes) decidieron fundar una ciudad a la que dieron el nombre de BARCANONA, concretamente la leyenda dice que Hércules ascendió hasta su cima y una vez admirado el bello paisaje decidió fundar dicha ciudad. Hay que señalar por otro lado que para los antiguos pueblos layetanos ambas montañas eran también sagradas, -se sabe que hubo asentamientos layetanos en las cimas de ambas montañas donde hoy están precisamente el Templo del que hablamos y el Castillo respectivamente (que vale la pena visitar también), mismamente el Tibidabo, era conocido como el “Cerro del Águila” (Pódium Aquilae)1 antes de la cristianización de su nombre ya tardíamente, sería en el Siglo XIV cuando los monjes jerónimos acabarían denominando a este cerro como Tibidadbo (del latín “te daré”, alusión evangélica a las tentaciones que sufrió Cristo por el demonio precisamente sobre la cima de un monte), nombre con la que se le conoce ya actualmente.
   Llama la atención dicha montaña hoy por el impresionante Templo construido sobre su cima, formidable edificio con aspecto de fortaleza y que parece desde lo lejos un Axis Mundi -Eje del Mundo-, una construcción del Siglo XX imponente y de impresionante belleza. Su autor fue uno de los grandes representantes del modernismo arquitectónico catalán, gran admirador del románico y del gótico, el gran Enrique Sagnier, un gran arquitecto de la época que vivió siempre con extrema austeridad y sencillez, al mismo tiempo que devoto católico.
Orígenes del actual Templo
En una escritura notarial fechada el 30-I-1876 consta que “doce caballeros” (un número repetitivo en todas las tradiciones de carácter solar e iniciático)2 compraron en común e indivisiblemente, dos fincas “en la cúspide del monte Tibidabo”, todos ellos estaban firmemente decididos en preservar dicha cima para el culto cristiano, no a la pura diversión, ni a ninguna secta, como parece que se había intentado, hay que recordar que por esas fechas Cataluña era un hervidero de sectas pseudoespirituales e incluso contrainiciáticas de tipo teosófico o espiritista entre otras. Lo cierto es que el ya el 30-V-1886 se empezó a construir en el punto más alto de la montaña una pequeña ermita que hoy aún se conserva adosada al templo superior. El 3-VII-1886 se bendijo el lugar, quedando por tanto en la cumbre una señal bien clara de cuál iba a ser su destino… El 28-XII-1902 el Cardenal Casañas, obispo de Barcelona, pone la primera piedra del futuro templo iniciándose por tanto la construcción del mismo, cuya cripta se inauguró en el año 1911, pero durante varios años las obras sufrieron un frenazo por diversos motivos, pues la Escolanía no se inauguraría hasta 1927. En julio de 1936 la cripta y la residencia sufrirían por parte de la chusma anarco-comunista (los mismos que hoy en día hablan cínica y satánicamente de “memoria histórica”) una destrucción casi total en su interior, además de los graves daños causados en el mosaico del tímpano, en las cabezas de varias estatuas y de la destrucción total de la gigantesca estatua del Sagrado Corazón, en bronce. La reconstrucción no se iniciaría hasta el año 1939, año en que la barbarie demoníaca fue derrotada tras finalizar la Santa Cruzada de Liberación con la victoria de las fuerzas acaudilladas por Francisco Franco. En el año 1961 se finaliza definitivamente la construcción del Templo y en 1966 Franco lo inaugura oficialmente ofreciendo la custodia. Es denominado oficialmente Templo Expiatorio de España tal como reza en el frontispicio del mismo aún hoy en día.
Características del Templo
   Para un observador atento, el conjunto arquitectónico que se haya en esa mágica cima que preside la ciudad de Barcelona, el exterior de la cripta aparece como una fortaleza y el templo superior a lo lejos da un aspecto a una ciudad fortificada, parece el mágico castillo de las leyendas del Santo Grial, un Camelot del Siglo XX, además el color blanco azulado de la piedra con la que se construyó el templo superior refuerza más esa impresión, sobre todo cuando los rayos del sol se proyectan sobre el mismo. Dicho conjunto arquitectónico está dividido en tres partes 3, la Cripta, de carácter modernista con toques neorrománicos,  el Templo Superior, de estilo neogótico, y finalmente el Cristo triunfante y victorioso que corona la cima del monumento, de bronce y pintado con una pintura especial anticorrosiva de color dorado para que se permitiera su adecuada visibilidad tanto de día como cuando es iluminado por la noche, tenemos pues los tres elementos de la Obra Alquímica, Nigredo (Cripta), Albedo (Basílica o Templo Superior) y Rubedo (Christus Philosophorum que corona la cima del complejo arquitectónico).
   La Cripta tiene aspecto de la entrada en una cueva 4, en una gruta, su piedra basta y amarronada da esa impresión, parece como una apertura en el seno de una montaña. Hay que recordar que la cueva para el hombre primordial no solo fue su primer hogar, sino que también y sobre todo centros de culto y de iniciación, eran “nacidos de la Piedra” puesto que su “segundo nacimiento”, el espiritual, el verdadero al fin y al cabo, se había producido precisamente en el interior de la cueva, simbolizando la victoria de la Luz sobre las Tinieblas, un Segundo Nacimiento en el vientre de la Madre Tierra.
   En este ideal de expiación y de perfección, el valle es símbolo del pecado, frente al monte que se presenta como una aproximación a Dios, al Principio Supremo. Además, algo mejor que la tierra del llano, es la misma piedra, aunque oscura (Nigredo), de la montaña. Sigue en perfección la piedra grisáceo-oscuro de la Cripta, sillares trabajados de un modo basto. Sus arcos romano-bizantinos, sin desbastar, con apariencia tosca, nos hablan mucho más de Tierra y poco de Cielo, el ideal de lucha contra las tendencias oscuras e infernales (Nigredo) está presente en la construcción, el elemento terrestre predomina aún sobre el elemento celeste. Sobre la Cripta o Templo Inferior, se erige el templo gótico o Templo Superior, sus flechas son ágiles y sencillas como ha de ser toda verdadera espiritualidad, su piedra blanca-azulada (haciendo todo ello alusión a la Patria Celeste, la Vía de los Dioses, el Deva-Yana), ordenada, expresa un ideal de purificación, de limpieza interior, de introspección, de “insistir” (vivir hacia dentro de uno mismo, en torno a un Centro metafísico simbolizado por el Corazón, el Sol del cuerpo humano), frente al mero “existir” (vivir desnortado, descentrado sin principios, algo que vemos a diario entre los hombres-masa de la barbarie moderna y contra-espiritual). Finalmente, coronando el gigantesco monumento, tenemos la estatua del Sagrado Corazón de Jesús con los brazos abiertos igual que en la Cruz (símbolo primordial de los 4 elementos), haciendo de puente entre el Cielo y la Tierra (Pontifex Maximus) , entre en mundo del Más Acá y el mundo del Más Allá. La fachada de la Cripta logra a la perfección la transición desde la montaña salvaje hasta el templo de líneas perfectamente geométricas. El conjunto es una fusión entre la Naturaleza -Monte-, el esfuerzo del hombre por su superación y perfeccionamiento -Templo- y el Hombre-Dios -estatua del Sagrado Corazón-, ordenado todo el conjunto arquitectónico en una jerarquización hacia el Principio Supremo, hacia la Divinidad. Toda la Obra refleja la Ascensión y Purificación de lo meramente humano hacia su divinización (espiritualizar la materia, materializar el espíritu). En definitiva, estamos ante un monumento excepcional construido sobre una montaña ya simbólica, vale la pena visitarlo tanto el templo como sus alrededores, y sobre todo no perder detalles en los bellos mosaicos que hay en el interior de la Cripta, curiosos símbolos que a más de uno le llamará la atención…
NOTAS:
  1. En cuanto al simbolismo del águila, bella ave rapaz símbolo de conquista espiritual y del Imperium, ver el siguiente artículo que escribió Julius Evola sobre el simbolismo del águila: https://juliusevola.blogia.com/2006/091106-s-mbolos-y-mitos-de-la-tradici-n-occidental-i-.-el-aguila.php
     2. El número doce es una constante en todos los centros o doctrinas    tradicionales o dependientes de la Tradición Primordial, a este respecto René Guenon escribió:  Esta constitución se encuentra reproducida en lo que se llama el “consejo circular” del Dalai Lama, formado por doce grandes Namshans; y se la encuentra también, además, hasta en algunas tradiciones occidentales, como por ejemplo los doce caballeros de la Tabla Redonda. Añadiremos aún que los doce miembros del círculo interior del Agarta, desde el punto de vista del orden cósmico, no representan simplemente los doce signos del Zodiaco, sino más bien los doce Adityas, que son otras tantas formas del sol, en relación con estos mismos signos zodiacales. Y añade aún una nota sobre los doce Adityas representados por el Sol de doce rayos, mientras que la liturgia católica atribuye a Cristo el título de Sol Justitiae, siendo los doce apóstoles de la tradición cristiana los doce rayos “enviados” (conforme a la etimología de la palabra griega Apóstoles) por el “Sol espiritual” que es Cristo. En conclusión de todo esto, podemos afirmar, no solo que los centros espirituales diversos que corresponden a las diferentes tradiciones son las emanaciones de un centro único y supremo que corresponde a la gran Tradición primordial, sino también que el número de los doce apóstoles es una señal, entre muchas más de la perfecta conformidad del centro espiritual cristiano con el centro espiritual universal”.
 
   Por otro lado señalar que según el Evangelio Cristo eligió a sus doce discípulos sobre la cima de una montaña…
 
3.  En cuanto al simbolismo del número Tres, Julius Evola escribió:  “Por lo que se refiere al simbolismo perenne del número tres, en relación con el dogma católico de la Trinidad, no podemos hacer nada mejor que reproducir el siguiente fragmento de uno de nuestros artículos: “Los rasgos de ésta última son múltiples en el seno de la Iglesia católico romana. No nos corresponde mencionarlos aquí. Citemos solamente, por ejemplo, la Trinidad, vestigio de la cosmogonía homérica -“cualquier cosa se divide en tres”, dijo el famoso poeta griego-, reflejo de la tríada sagrada de los Arios, supervivencia de la doctrina hindú de la trimurti, reminiscendia del “Shamroch” o guirnalda con tres reflejos de los druidas. La concepción del “dios de las tres formas” o de “tres dioses en un solo ser” es igualmente propia de la mitología nórdica (Odín, Ladur y Hoenir) y de la religión egipcia”.
 
4.   La cueva o caverna es un arquetipo universal directamente relacionado con el nuevo nacimiento (o “renacimiento”) del ser humano en esta vida, y por lo tanto es un símbolo iniciático de primer orden. Zeus, Hércules, Orfeo, Cristo, Mitra y tantísimos otros nacieron o fueron iniciados en cavernas por maestros y escuelas que las tienen como lugar de encuentro, enseñanza, meditación y ceremonia. También en Oriente la cueva aparece vinculada al simbolismo de la iniciación a los misterios y al renacimiento en sentido espiritual. Homologada al crisol de los alquimistas, la caverna es el lugar del “nuevo nacimiento” iniciático.

J.M.C.



TRADICIÓN Y MODERNIDAD

Según el simbolismo astrológico, el Sol recibe su Luz de sí mismo, mientras que la Luna, al carecer de Luz propia, la toma del Sol, El principio masculino y viril predomina sobre el principio femenino, telúrico y ginecocrático. La Luna reina por la noche, cuando el Sol se ha puesto. Por lo tanto, la Luna representa o simboliza el eclipse, la noche, la oscuridad. No es de extrañar que todas las grandes civilizaciones de la humanidad hayan tomado como símbolo el Sol. Curiosamente el islamismo, religión fatalista y con pretensiones globalizadoras en esta fase final del Kali-Yuga o Edad de Hierro, tiene por símbolo la Luna…

En esta etapa final del Kali-Yuga, que también podríamos denominar como Edad de la Luna en cuanto al predominio de valores puramente femeninos, matriarcales y telúrico-ginecocráticos (Mater=Materialismo, la religión de la modernidad), reinan por doquier la oscuridad, la locura, la confusión y el eclipse total como valores políticos dominantes. Simbólicamente, el Oeste (Occidente) ocupa el lugar del Este (Oriente); el nadir ocupa el del cénit. Se ha producido una inversión total. Lo que deberia estar en lo alto ha sido relegado abajo (la plebe domina sobre los sabios, guerreros o ascetas); lo que tendría que estar confinado en la oscuridad se halla a plena luz (la maldad y la imbecilidad están mejor vistas por las masas fanatizadas que la bondad o la humildad); lo que había de continuar débil se ha hecho fuerte (ahí está el culto actual a todo tipo de degradación, depravación, desorden o de minusvalía), en tanto lo que era fuerte se ha hecho débil hoy (las castas espirituales y aristocrático-guerreras). Tal es la inversión satánica que se ha producido en nuestros días.

La Historia de la Humanidad es una lucha constante entre dos cosmovisiones: la solar y la lunar. Tradición y Modernidad son dos órdenes de la realidad totalmente irreconcialiables y antagónicos entre sí. Los valores de la Tradición tienen su antítesis en los anti-valores de la Modernidad o subversión anti-tradicional:

MUNDO TRADICIONAL (Valores)

-Estabilidad y Orden.

-Poder de uno sólo (Elitismo, meritocracia, primus inter pares).

-Soledad del poder (jerarquía, organicismo).

-Poder conferido por una consagración (iniciación).

-Poder confirmado por el tiempo (sociedades estamentales. Castas). -Estados ordenados en torno a principios sacros, viriles y metafísicos.

-Armas llevadas por una casta (aristocrático-guerrera)

-La Montaña que emerge de los mares (simbolismo de la Verticalidad sobre el Caos). La forma frente a lo voluble e informe. La Personalidad sobre lo meramente humano (hoy subhumano…)

-Continuación de la Tradición (duración). Cordón Dorado que une con los Ancestros y Antepasados “siempre presentes en nuestro afán”, de ahí la ritualización y sacralización de todos los aspectos de la vida, hasta los más elementales o banales…

-Sacralidad de los Oficios y de las Artes, en el mundo antiguo hasta las herramientas con las que trabajaba un carpintero, un labrador, un herrero, un zapatero, etc, eran consideradas como sagradas, todos los oficios tenían un carácter simbólico, iniciático, sacro y espiritual (hoy destruidos con el maquinismo, la producción en cadena, el consumismo de masas y la odiosa estandarización y uniformización de todo). Trabajar manualmente la materia era una forma de superación y perfeccionamiento, operaciones que se somatizaban al alma del individuo buscando un carácter autotransformador y de cierto decondicionamiento (igualito que los trabajos alienantes de hoy en día…).

-Verdad (“la Verdad os hará libres…”.

MODERNIDAD (Anti-valores)

-Inestabilidad

-Poder de todos (Era de las masas, Quinto Estado. Edad de los parias).

-Poder popular (plebeyismo, masificación).

-Poder conferido por votos (invasión de la sub-humanidad en la esfera de la política).

-Poder destruido por el tiempo (fin de las castas. Igualitarismo. Mestizaje).

-Armas en manos de todos (muy típico de Yanquilandia, pseudo-civilización prototípica de la Modernidad -el “Extremo Occidente”-. Lucha de clases).

-La Montaña hundida en los mares (simbolismo de la descomposición del Orden, de la Involución).

-La revolución permanente (eclipse). El cambio por el cambio. Subhumanos animalizados caminando sin rumbo y sin principios.

-Mentira.

-Democracia, demencia, degeneración, degradación, descomposición, en definitiva disolución…

Existe un lazo sutil entre el Hombre y la Tierra, entre las grandes leyes del cosmos y el Hombre (“como es arriba, es abajo”). Nuestra civilización perversa y suicida, con esa especie de fuga hacia delante que es la superstición del “progreso”, ha roto ese lazo: el “cordón dorado” de la Tradición que nos unía espiritualmente con nuestros antepasados ha sido abolido (individualmente, sólo la Iniciación puede restaurarlo aún en tiempos de caos generalizado). Otra nueva Edad de Oro despuntará, pero sólo después del final -catastrófico, sin duda- de esta Edad de Hierro-, del mismo modo que un hombre no puede renacer a una nueva vida sino después de la muerte.

FUERZA, HONOR Y TRADICIÓN!!!

Joan Montcau



KALI-YUGA, EL FINAL DE LOS TIEMPOS, FINAL DE LA ACTUAL EDAD DE HIERRO
agosto 22, 2018, 8:23 pm
Filed under: Ética y valores, Janus Montsalvat, Tradición

Por una noticia reciente nos enteramos que el ritmo de deshielo de la Antártida se ha triplicado en estos últimos 30 años, resulta que dicho continente ha perdido nada más ni nada menos que TRES BILLONES de toneladas de hielo desde el año 1992. Probablemente el actual Manvantara (Ciclo Cósmico que engloba las cuatro edades de Oro, Plata, Bronce y la actual en cuya fase terminal estamos de Hierro, es decir que no estamos hablando por tanto de una “evolución” como nos dice la ciencia moderna, demoníaca y antitradicional, sino de una clara y absoluta INVOLUCIÓN en términos metafísicos y espirituales),  acabe bajo el mismo símbolismo que puso fin a los continentes sagrados de los que hablan los mitos (Hiperbórea y Atlántida): el agua y el fuego (cambio climático, descongelación de los polos, aumento del nivel del mar…). Esta fase final del Kali-Yuga o Edad de Hierro en la que estamos inmersos -el “final de los tiempos” del Apocalipsis de San Juan, un mundo dominado por “falsos cristos y falsos profetas”-, será el final de la actual …pseudo-civilización demoníaca y totalmente anti-tradicional en la que vivimos, no será el final simplemente de toda una Edad -Kali-Yuga en la tradición indo-aria, Edad de Hierro en la greco-romana, Edad del Lobo en la nórdico-germánica-, sino de todo un Ciclo Cósmico. El mundo se precipita hacia la barbarie, el caos, la locura homicida, el salvajismo más aterrador, ello lo estamos viendo cada día y a un ritmo cada vez más arrollador y creciente, las fuerzas del caos y de la oscuridad han penetrado (las grietas en la Gran Muralla) ya en nuestro mundo dirigiéndolo y contaminándolo a placer, la humanidad totalmente esclavizada, robotizada, estandarizada e idiotizada (Subhumanidad, Reino de los parias y sin-tradición), sólo nos queda a los nuestros, a los que participamos de una misma Visión del Mundo, hacer comunidad, prepararse y estar alerta ante lo que se nos viene encima, cabalgar el tigre y mantenerse en la medida de lo posible en pie ante las ruinas de esta maldita y satánica pseudo-civilización de esclavos, materia y máquinas. La modernidad es como una bola de nieve que cae rodando y que cada vez va creciendo más y más, cada vez a un ritmo más veloz y arrollador, ello hasta el colapso y estampido final, así será el final de esta subhumanidad de esclavos, de muertos vivientes y de robots al servicio del Señor Oscuro. FUERZA, HONOR Y TRADICIÓN!!!

 

J.M.C.

 

 



LA VALL DE NÚRIA, UN AXIS MUNDI Y LUGAR DE PODER

   En medio de los altos Pirineos, a casi dos mil metros de altitud, se ubica el Santuario de Núria, rodeado por el Puigmal, el pico del Segre, el Finestrelles, Eina, Noufonts y Noucreus. Tanto administrativa como eclesiásticamente, Núria pertenece a Queralbs.

 

   El primer dato histórico sobre Núria data del 1067, cuando Guillermo R. de Cerdanya concede al monasterio de Ripoll derechos de pastoreo. Hay culto a la Virgen María …al menos desde el año 1162 según consta en una bula papal. En 1271 se tiene noticia de un albergue de peregrinos.

 

   La primera referencia sobre Nuestra Señora de Núria, sin embargo hay que buscarla mucho antes, en los inicios del Siglo VIII. Una piadosa tradición, casi mítica y legendaria, nos narra que San Gil, o Egidio, nacido en Atenas y nombrado Obispo de Nimes, esculpió la imagen de la Virgen cuando hacía vida de ermitaño aquí, entre los años 700 y 703. Haciendo sonar la campana convocaba a los pastores del entorno, los evangelizaba ante la cruz que él mismo había esculpido, y también les entregaba la comida que había cocinado en una olla. Así, CAMPANA, CRUZ y OLLA, junto con la VIRGEN por él esculpida, se convirtieron en los símbolos de Núria. Como consecuencia de la implacable persecución religiosa padecida a manos sarracenas (sarracenos a los que hoy estamos sufriendo de nuevo con la ayuda de los traidores de dentro pero ya en una sociedad totalmente descristianizada y totalmente ayuna de espiritualidad), San Gil se vio obligado a marcharse para siempre. Sin embargo antes de hacerlo, escondió esos cuatro Símbolos Fundamentales de Núria (y también de la Ciencia Sagrada): VIRGEN (símbolo de la Naturaleza pura e inviolada), CRUZ (símbolo de los 4 elementos, pero también de la quintaesencia, el Hombre Primordial), CAMPANA (símbolo de la unión de lo suprasensible y lo sensible, lo celeste con lo terrestre) Y OLLA (recordemos el caldero mágico del dios solar céltico-hiperbóreo Dagda o el vaso sagrado de las leyendas artúricas y del Grial).

 

   En 1072, por inspiración divina, un hombre llamado Amadeo vino desde Dalmacia en busca de unas reliquias de María. Un grupo de pastores que conocía la tradición de San Gil lo ayudó a levantar una modesta capilla que fue luego el origen del Santuario. Ausente ya Amadeo, y gracias a la intervención de un toro fogoso que empezó a golpear una pared de piedra con su pezuña, los pastores con la ayuda de sus herramientas, descubrieron detrás del muro la imagen de la Virgen junto con la Cruz, la Campana y la Olla. Eso ocurrió en el año 1079. Vemos que aparecen otros dos Símbolos Fundamentales de la Tradición Primordial y de la Ciencia Sagrada: el Toro Solar (fogoso) y la Piedra (recordemos que todos los dioses solares son “nacidos de La Piedra”, es decir en el interior de cuevas o grutas, Mitra, Cristo, Orfeo, etc…). Por otro lado el Toro en algunas tradiciones solares era símbolo del Monarcato heroico y aristocrático-viril, los cuernos eran otro símbolo del Eje del Mundo que conecta el mundo celeste con el terrestre, lo invisible con lo visible. Sin duda estamos ante otro extraordinario y enormemente bello Axis Mundi -Eje del Mundo-, otro punto de conexión entre el Cielo y la Tierra. SEMPER FIDELIS!!! FUERZA, HONOR Y TRADICIÓN!!!

 

J.M.C.