Julius Evola. Septentrionis Lux


LA (NO) ESPIRITUALIDAD EN LA SOCIEDAD ORWELLIANA

El dominio del hombre sobre las especies animales resulta tanto más sencillo cuanta más condición de rebaño sea connatural a una u otra especie. Los individuos que forman parte del rebaño no actúan, nunca, por sí solos …carecen de autonomía. El individuo es parangonable al átomo indistinto que forma la materia. Entre individuos o átomos no cabe la diferencia. Lo disímil puede no moverse en la misma dirección, en cambio en el seno de lo indiferenciado no cabe la autonomía, por lo que su manipulación resulta harto sencilla.

El hegemónico igualitarismo imperante en nuestras actuales sociedades ha sido posible gracias a un proceso de nivelación por lo bajo, ya que la nivelación por lo alto resulta imposible al no poder llegar todos nuestros congéneres a determinadas excelencias; ya sean éstas de carácter anímico-mental (valores, carácter, voluntad e intelecto) o ya sean éstas de una “naturaleza” superior que tiene que ver con ver con el plano del Espíritu y, más concretamente, con determinadas transformaciones interiores que responden, en un primer momento, al desapego de la persona con respecto a aquello que la aliena, aturde, somete, ata y esclaviza (la vida meramente fisiológico-vegetativo-pulsional e instintiva y el psiquismo henchido a la vez que aturdido por todo un torbellino pasional, emocional y sentimental sobredimensionado y, por ello, imposible de controlar y dominar) y, en un consecuente -y, en ocasiones, incluso paralelo- momento, estas transformaciones interiores responden a auténticos cambios ontológicos que ponen en contacto a la persona (y la hacen partícipe) con el plano sutil y metafísico de la realidad y que incluso la pueden hacer participar de lo que se halla en el origen -y más allá- de ese plano sutil de la realidad: el plano de lo Absoluto: el plano de lo totalmente Incondicionado. A este nivel de logros internos la manipulación de la persona resulta imposible, pues nada la puede condicionar al haberse situado -ontológicamente- más allá del plano de la contingencia: del plano de lo que cambia y es caduco. Una comunidad regida por este tipo de Hombres se vería irradiada por la Espiritualidad de esta élite rectora y los intereses de la misma ya no estarían centrados en lo vegetativo y mutable sino en lo Alto y Permanente. El materialismo no tendría cabida. Cada cual superaría las barreras antinaturales del ´igualitarismo de lo bajo´ (impuesto por obra y gracia de los “Inmortales Principios” emanados de la nefasta Revolución Francesa) según sus potencialidades espirituales y según la propia voluntad para ir despertándolas y actualizándolas (para que de potencia pasen a acto). Una comunidad marcada, pues, por las diferencias fruto de los logros internos es una comunidad en la que prima la diversidad, la diferencia y es, en definitiva, una comunidad jerarquizada de acuerdo a la consumación -por parte de cada uno de sus miembros- de los diferentes grados de conquista de esos planos metafísicos de la realidad. Una comunidad, de tal género, caracterizada por el principio de la diversidad -y no de la igualdad bovina- resulta imposible de manipular y adocenar. Por contra, una colectividad homogeneizada y anclada en lo bajo, de encefalograma plano y que responde a un único estímulo (el vegetativo) es fácilmente dirigible. Y lo es por dos motivos: en primer lugar porque al ser indistinto su componente humano sólo se necesita de una única estrategia para controlarla y en segundo lugar porque la existencia vermicular-vegetativa sólo precisa del suministro de dosis de estimulantes fisiológicos, de placebos o de analgésicos mentales para que su  discurrir larvario no sufra alteraciones de relieve.

Por contra, lo plural resulta difícil de manipular, pues requiere de diversas estrategias manipulativas (tantas como diferentes grados de transformación interior cada persona haya logrado en un determinado momento de su existencia). Pero claro, si esas transformaciones internas han sido, ya, dignas de consideración supondrán un cierto descondicionamiento con respecto a aquello que mediatiza al ser humano corriente y, por ello, en este estado de cosas el esclavizarlo -existencialmente- resultará empeño prácticamente vano.

Incluso aquellos congéneres no aptos para recorrer caminos interiores de transustanciación no verán (en el seno de comunidades Tradicionales regidas por una aristocracia sacral -de aristos, los mejores) sus existencias abocadas a un discurrir materialista, pues el prestigio y el aura que desprenderán los que han consumado en sí la Realeza interior (la Espiritual) actuarán como si de una especie de polo magnético se tratase que motivará a los más (los incapaces de recorrer caminos de transformación interior) el mirar siempre hacia lo Alto y el  enfocar la cotidianidad de sus existencias a fines que trasciendan lo contingente y apunten hacia lo Trascendente (aunque no puedan transmutar su “naturaleza” más esencial y actualizar lo sacro en su interior).

 

Allá por los años ´20 de la pasada centuria Julius Evola acuñó el término del ´autarca´ para referirse a aquél que no estaba condicionado por nadie ni por nada, a aquél que no vivía mediatizado por lo exterior a él, a aquél -hay que insistir en ello- que nunca podrá ser domeñado. Hablamos, en definitiva, de ese Hombre de la Tradición que es, por ende, persona y no individuo. Es persona en el seno de una comunidad diversa, orgánica y jerárquica y no es -contrariamente a lo que acontece en una actual sociedad con tantos tintes orwellianos- individuo indistinto a sus congéneres, amputado de su dimensión Superior y Trascendente, abocado a la más burda materialidad, sin más condición que una primaria y animalizada y de cuya suma con sus iguales (individuo más individuo) no se obtiene otro resultado que aquél de la ´masa´.

La masa responde al instinto gregario que no es otro que el del rebaño. Y al rebaño se lo manipula sin esfuerzo y se lo conduce al redil que se desee …el redil en el que se halla cautivo el hombre común de nuestros tiempos (pese a la ilusión, que se le ha inculcado, de creerse “libre”). El redil de ese mundo que en su novela “1.984” nos describe George Orwell. Un redil en el que nadie se plantea las injusticias, las contradicciones, las arbitrariedades, las mentiras del Establisment ni, claro está, la inconveniencia de su existencia y de su hegemonía. Los cantos de sirena del “maravilloso” igualitarismo, con cuya prédica se embauca al hombre vulgar propio de estos tiempos postmodernos, también contribuyen a tenerlo sumiso. Se le intenta contentar y, más aún, narcotizar a base del suministro constante y programador de construcciones abstractas (la “Igualdad” de natura entre los hombres, la “Libertad” -tan sólo formal y que, encima, no se cumple,…) que se han erigido en santo y seña del Sistema y que a lo único que lo conducen es a su más absoluta alienación y a la ignonimia más inimaginable. El hombre moderno del que nos hablan los grandes intérpretes de los textos Tradicionales Sapienciales y Perennes (como un Julius Evola o un René Guénon) no es otro que el que Orwell personifica, en la citada novela, en los ´proles´ y en los miembros ´externos´ del Partido Único (extrapolable a la partitocracia reinante). Más concretaríamos todavía y diríamos que estaríamos hablando, con total certeza, del ´hombre fugaz´ que nos describió Evola como propio del de la hegemonía del Quinto Estado. Ya no se trataría, pues, del propio al del Tercer Estado (el prototipo del burgués que triunfa, definitivamente, con la Revolución francesa) ni del propio al del Cuarto Estado (que viene ligado a la figura del proletario enaltecido por el marxismo) sino de un hombre que ya ha incluso dejado de lado la adhesión a cualquier principio e ideología (aun sido éstos nefastos), ha dejado de lado ninguna pretensión por mejorar o por cambiar la sociedad, ha dejado de lado ningún interés por “avanzar” por el camino del “progreso” en busca de un mundo de bienes de consumo ilimitados y al alcance de todos (pretensión del burgués) o en busca de un mundo libre de superestructuras “explotadoras” (la sociedad comunista ansiada por el marxismo) y en su lugar -este ´hombre fugaz´- sólo  muestra interés por el ´aquí y ahora´: por satisfacer sus necesidades más primarias, instintivas y materiales cuanto antes mejor y en la mayor cantidad posible. Las crisis económicas inherentes al sistema capitalista le provocan desazón al verse privado de lo bienes ansiados por su sed consumista pero el Gran Hermano descrito por Orwell buscará -y encuentra- sucedáneos y triviales y vacuos divertimentos para tapar su desazón …y para aquellos pocos rebeldes e inconformistas que no quieran seguir la llamada a la que acude sumiso el   rebaño el Gran Hermano le deparará control, vigilancia (la tecnología actual la facilita enormemente), prohibiciones y, si se requiere, represión (eso sí, enmascarada con alardes de “libertad de expresión” y de libertades de todo tipo).

Ese Gran Hermano es el que dicta a sus -recordando categorías utilizadas en “1.984”- miembros ´internos´ (los políticos de nuestras partitocracias), serviles y cómplices a la vez, las directrices  que deben poner en práctica para que la masa no rechiste y, en su condición de ´masa´, no reaccione ante estos procesos mundialistas de Globalización que estamos padeciendo y que no tienen otro cometido que el de acabar por homogeneizar, más aún si cabe, nuestro planeta hasta convertirlo en esa Aldea Global que no conozca más de diferencias, de identidades, de arraigo y de tradiciones propias y sea, así, pasto fácil del consumismo más extremo y de la explotación -fácil al rebaño- más descarnada. Ese Gran Hermano que se encarna y tiene sus tentáculos en esos organismos e instituciones mundialistas de la usurocracia por todos conocidos (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Consejo de Relaciones Exteriores, Club Bildeberg, Comisión Trilateral, agencias de rating, grandes corporaciones bancarias, trusts, holdings, grandes multinacionales,…) y que conspira por laminar al género humano con el fin de abocarlo a la condición de autómata y de reducir su existencia a una de carácter bovino.

 

Este es nuestro triste presente, pero ¿qué futuro planea ante nosotros?

No es fácil tarea el dirimirlo, pero si tenemos en mente que este mundo orwelliano, en el que la mayoría de nuestros congéneres se agitan sincopada y convulsamente, sólo está triunfando porque el materialismo se ha impuesto a la Espiritualidad de lo que se trataría, si no nos resignamos a la idea del triunfo total del modelo de “1.984” (que podemos asociar a lo que sobre la etapa más decadente del ya de por sí crepuscular kali-yuga o Edad de Hierro nos dejaron descrito, con mucha antelación, diversos textos y autores Tradicionales), deberíamos plantearnos cuáles podrían ser las herramientas más adecuadas para aspirar a provocar su derrumbe. Así, con Evola estamos de acuerdo en que no se le puede hacer frente descarnadamente porque su poder -político, económico, policial, “cultural”,…- es enorme y antes de que pudiésemos reaccionar ya nos habría aplastado inmisericordemente. La tesis del gran intérprete italiano de la Tradición alrededor de cómo plantearse la brega contra el Sistema (instrumento del mundo moderno) la podemos ver magistralmente descrita en su obra “Cabalgar el tigre” y nos habla de accionar persiguiendo el   conseguir poner de manifiesto y al descubierto las incoherencias,  contradicciones y tremendas injusticias del Establisment para ir, así, desprestigiándolo, poniéndolo en evidencia, desgastándolo y minándolo. Nos habla de actuar en su interior, aprovechándonos de sus instituciones, estructuras y organismos y de los vehículos y mecanismos por él autorizados o consentidos para ir dinamitándolo por dentro, para realizar una labor paciente y continuada de zapa que empiece a hacer temblar sus cimientos (“culturales” y políticos). Nos habla, en definitiva, de ir, de este modo, ´cabalgando el tigre´, y no enfrentándolo -en forma suicida- de cara, hasta que éste se agote y, entonces, podamos darle el tiro de gracia y finiquitarlo definitivamente. Quede, pues, bien diáfana la evidencia de que otra táctica, como la de afrontar al ´tigre´ de frente nos destrozaría, pues no hemos nunca de olvidar y dejar de tener bien presente la enorme y omnipresente fuerza (el poder) que el dicho ´tigre´ atesora en estos momentos.

 

¿Quiénes deberían encabezar esta lid contra el mundo moderno -más bien ya ´postmoderno´ del Quinto -Globalizado, mundialista y orwelliano- Estado?

Pues bien, si de lo que se trata es de reemplazar la tiranía demoplutocrática de la materia por el imperio del Espíritu no puede ser más que a través de una especie de Orden como esta lid metapolítica (y metafísica) puede tener algún viso de triunfar. La idea de Orden, tal como se concibe desde el punto de vista de la Tradición, presupone la conjunción de dos elementos: el de la acción y el de la Espiritualidad. La Orden se halla en la antípoda del partido político. En la Orden el hombre se forja interior y exteriormente. La persona forma parte de la Orden con la principal finalidad de transformarse interiormente -primero descondicionándose con relación a lo que ata hacia lo bajo y primario para después aspirar a elevarse a planos Superiores de la Realidad- e ir a la conquista del Espíritu dominando una materia cuya hegemonía se halla en la base del triunfo de esta deletérea postmodernidad orwelliana. Sólo el hombre de la Orden, que ha hecho del Espíritu su bandera, está en condiciones de representar una alternativa radical (de ´raíz´) a un Sistema cuya razón de ser y cuyo soporte no es más que el de un exacerbado y enfermizo crecimiento de la percepción y vivencia de lo material: el materialismo. El miembro de la Orden hace suya la ´vía de la acción´ …vía imprescindible si es que (además de una lucha interior que pretenda su propia Liberación Espiritual) se pretende afrontar la lucha exterior contra esta enorme anomalía que representa el mundo moderno.

El Hombre de la Orden deberá de erigirse en ese Hombre Superior incorruptible e ´inasequible al desaliento´ que tras cabalgar, incansable y metódicamente, el tigre pueda algún día, viendo extenuado al fiero animal, abatirlo, asestándole el golpe de gracia y abrir, así, paso a una nueva edad -cual si se tratase de un retorno a la Tradición Primordial y perenne-: a la Edad de Oro.

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

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TOLKIEN BAJO EL PRISMA DE LA TRADICIÓN*

J.R.R. Tolkien sin duda fue de ese tipo de hombres a los que les hubiera encantado poder vivir en otro tipo de mundo diametralmente diferente del mundo que le tocó vivir. Aunque no abundan mucho uno de vez en cuando se encuentra con personas que se sienten -parafraseando a Julius Evola- como “exiliados en este mundo” pues no comulgan, en absoluto, con ninguno de sus valores o, por mejor decirlo, “antivalores”- hegemónicos y en nada comparten el modo existencial que le es propio al mismo. Sin duda a este tipo de hombres -a los que pertenecía Tolkien- son otros los valores y es otra la cosmovisión con la que se sienten identificados. Abogarían por haber vivido o por vivir en épocas enseñoreadas por el heroísmo, por la valentía, rebosante -como se decía en épocas álgidas de la historia de España- de “hombres esforzados” y disciplinados al servicio de su comunidad, de su regnum o de su imperium, de hombres que enarbolaban la divisa incuestionable de la fidelidad y en cuyo honor no cabía mácula alguna. De hombres de antaño que sabían reconocer la verdadera jerarquía y, así, servían, leal y abnegadamente de por vida, al mando que unía a sus cualidades rectoras su superioridad Espiritual. De hombres desprendidos, sin apegos materiales, de hombres de temple. De hombres con coraje y tenacidad. De hombres sabedores de que el mundo no se reducía a lo que podían captar sus sentidos …sabedores de que el mundo no se restringe a la materia sino que ésta debe subordinarse a lo Superior: a las fuerzas sutiles Suprasensibles que le dan vida y sentido y que, además -¡y no es poco!- se pueden activar y aprehender a través de esa alta magia sin la cual, por otro lado, no se puede llegar a comprender el universo conformado por la pluma de Tolkien …esa alta magia que se debe entender en su acepción genuina como ´ciencia sagrada operativa´. Esa magia que el Mundo de la Tradición sabía que sólo era posible hacer activar a través de la Iniciación o, lo que venía a ser lo mismo, de los Misterios que conoció el antiguo mundo greco-romano. Esa magia que tan solo estaba al alcance de unos pocos elegidos aptos, por sus férrea voluntad y por su potencialidad Espiritual, para transitar por el arduo, perseverante y metódico camino Iniciático. Esa magia que despertada por los héroes de acá -de aquí abajo- compenetraba el mundo terrenal con lo de Allá -con lo de Allí Arriba-. Esa magia, en definitiva, que sacralizaba el plano físico de la existencia y que pretendía no sólo la transformación del hombre en Héroe (la activación de la sacralidad que le es innata) sino también la ordenación y armonización del mundo en el que vivía a la manera -y como reflejo- de la armonía y equilibrio que le es propio al mundo sutil  Superior y Metafísico.

Estos “exiliados en este mundo”, tipo Tolkien, es el Mundo de la Tradición el que sienten como suyo. Es este Mundo Tradicional al que maestros como René Guénon y Julius Evola opusieron como antítesis irreconciliable, sin lugares comunes ni intersección posibles, el ´mundo moderno´ cuya manifestación y desarrollo máximo padecemos en estos nuestros tiempos terminales.

Los héroes del universo creado por Tolkien deben superar lacras propias del mundo moderno como la de la codicia propia y la ajena, dominando la propia en lo que la tradición irania denominó la ´Gran Guerra Santa´ y derrotando a la ajena en lo que calificó como la ´pequeña guerra santa´. El anillo puede conducir a la codicia, a la maldad y a la sed de domino material a aquellos seres innobles y perversos que lo posean pero también puede embrutecer a aquellos otros que sin ser malvados puedan no estar preparados para entrar en contacto con ese objeto mágico, tal cual acontecía en ese Ciclo, de origen céltico-hiperbóreo, del Grial. La sola contemplación del Grial cegaba a aquél que ignoraba todo cuanto estuviese relacionado con el mundo sutil, pues la luz Espiritual causa pavor e inseguridad incontrolable a quien no conoce más que el samsâra, más que el mundo del devenir, más que el mundo sensitivo …a aquél cuyos enormes condicionamientos y ataduras hacia el plano físico-psíquico (que le otorgan la ´seguridad del esclavo´) se ven peligrar ante el brillo incondicionado de los mundos Superiores. Para el no Iniciado en los misterios del macrocosmos no queda otro destino que el de ser fulminado -como si fuese alcanzado por un rayo- al instante de haber osado sentarse en ´el asiento peligroso´ de la mesa redonda de los caballeros del rey Arturo …de esos caballeros en los que vemos reflejados a la Compañía del Anillo tolkiniana.

Pero si, por contra a los efectos deletéreos que puede provocar la posesión del anillo, su portador es merecedor de él los efectos serán benéficos, como acontece en el ciclo griálico para el caballero Parsifal, que habiéndose transformado en su interior (metanoia) está preparado para recibir la luz del Mundo Metafísico, sea ésta la de los planos sutiles del mundo manifestado o incluso, más allá de éstos, la de la pura Iluminación que impregna al Despertado a la Realidad Inmanifestada, Eterna, Incondicionada que se halla en el origen del cosmos. A su vez se debe reseñar que la misma visión del Grial supone en sí una señal o símbolo de que el caballero que la ha experimentado es, ya, a su vez, un Héroe; es, a su vez, alguien que ha conquistado la Inmortalidad mediante la Espiritualización de su alma o, al menos, alguien que se halla en avanzado camino de ello.

Los poderes mágicos que otorga el Grial son parangonables a los que concede el anillo a los hombres nobles, a los ariya (los nacidos dos veces: los nacidos a la Realidad Superior y Sacra) de los que nos hablan los textos sagrados de la tradición indoaria. Gracias al Héroe este mundo físico se ve compenetrado por el mundo mágico (por el mundo nouménico, sutil). El Héroe es aquél que supera su mera condición humana finita y caduca para revestirse y penetrarse de una condición más-que-humana, sobrehumana …ha realizado en sí, pues, una transformación ontológica, incluso cuando los obstáculos para ello podían, a priori, resultar insuperables, tal como podía parecer para esos seres de vida plácida, calma, tranquila, aldeana, timorata, utilitaria y hasta aburguesada como lo son los hobbits de las obras de Tolkien …ese Frodo Bolson que deja su pequeño, seguro y cerrado mundo de La Comarca para ser uno más de entre (inter pares) los de la Compañía del Anillo y convertirse en Héroe. Aquí, pues, el mensaje de Tolkien resulta diáfano: no existen condicionamientos que le puedan resultar fatales al hombre si éste decide recorrer la vía …la via remotionis que libera al hombre de ataduras condicionantes, le pone en conocimiento del mundo sutil, le hace uno con él y con sus potencias e incluso le lleva más allá de éste y le hace uno con el Principio Supremo Incondicionado y Perenne. El hombre es, pues, libre para elegir el camino que lo condene (que condene a su alma) al ciclo de la generación, a la rueda del devenir, o, por contra, es libre para elegir el camino (el Dêva-yana: la ´vía de los dioses´) que lo puede conducir a su Liberación: a la Conquista de la Eternidad.

La certidumbre que arroja la Tradición acerca de la libertad ínsita del hombre no admite determinismos insuperables a la hora de concebir la posibilidad que atesora el ser humano de poder despertar la semilla divina que anida aletargada en su seno, pues ni los devenires históricos, ni los condicionantes sociales, ni una suerte de Destino Fatal, ni ningún tipo de divinidad -como, verbigracia, las de las Religiones del Libro-omnicompresiva y todopoderosa representan una barrera insalvable para poder optar por recorrer la vía de la transustanciación y del renacimiento interiores. Ni tampoco la dinámica de los ciclos cósmicos que desde una lejana Edad de Oro han desembocado al actual estado de postración en el que se arrastra el hombre representa, en estas sus etapas más deletéreas, un escollo infranqueable para no sólo consumar la palingénesis transformadora de la persona sino que tampoco representa un muro infranqueable para la Restauración del Orden Primordial que acaeció en la Edad Áurea. Echando, de entre otros, mano de Hesíodo (de su obra “Los días y los trabajos”) Julius Evola describió perfectamente los llamados Ciclos Heroicos en los que se había podido -y era posible en cualquier época- revertir los procesos de decadencia por los que se estaba atravesando y reconquistar la Tradición Primordial perdida. Es en este contexto y bajo esta idea heroica donde cabe enmarcar las gestas de la Compañía del Anillo que buscan la derrota de un Mal que parecía haberse adueñado irremisiblemente de las riendas del mundo.

La lucha entre el Bien y el Mal (éste simbolizado por los señores oscuros: Morgoth, Sauron) es la lucha metafísica entre las fuerzas anagógicas (que Elevan al hombre hacia lo Alto) y las fuerzas catagógicas (que lo arrastran hacia lo bajo). Es una lid que se inicia, para la Tradición (como reflejan sus textos Sacros y Sapienciales), con el declive de la Edad de Oro o Satya-yuga. Es el combate metafísico entablado entre -echando mano del tantrismo- sattvas (fuerzas sutiles Liberadoras) y tamas (fuerzas de naturaleza ínfera) …combate en el que se ven envueltos los hombres y los seres del universo de Tolkien.

La Tradición concibe la existencia como lucha …lucha interna por derrotar lo primario y turbulento que bestializa y aturde al hombre y lucha externa combatiendo a los esbirros del caos. La figura del guerrero es en la obra de Tolkien y en el saber de los textos sagrados de la Tradición la única que puede Restaurar el Orden Primigenio. Es el guerrero Espiritualizado -es el Héroe, con mayúsculas- el que inaugura un Ciclo Heroico de la mano de los Teseo -rey sacro de Atenas- o de los Ulises -rey sacro de Ítaca- y Restaura la Edad de Oro perdida. Son guerreros los integrantes de la Compañía del Anillo, pues es el guerrero el que conoce de la ´vía de la acción´ y es acción externa -la ´pequeña guerra santa´- pero también ´acción interna´ -la ´Gran Guerra Santa- lo que se necesita para derrotar a las huestes del Mal que amenazan con adueñarse del mundo  y para derrotar también a lo ínfero que nos intenta fijar a un tipo de existencia meramente animal, embrutecida y pulsional.

 

Los basamentos Tradicionales del universo construido por Tolkien son incuestionables. La mitología nórdica es una de sus fuentes de inspiración, pues en Tolkien se pueden rastrear influencias de los Eddas, como lo es en el mismo nombre del mago Gandalf o hasta la misma caracterización física de éste, que nos recuerda una de las encarnaciones de Odín: la de Vegtamr, por su larga barba blanca, su bastón de caminante o su sombrero de ala ancha. La Tierra Media en la que discurren los avatares de la obra de Tolkien está inspirada en el Mitgard -el mundo de los hombres- de la también mitología nórdica. Incluso parece ser que también del Kalevala finlandés (y de un objeto mágico que en éste aparece, el Sampo) toma inspiración nuestro autor a la hora de idear todo el poder y las consecuencias varias que rodean al Anillo Único.

No cabe, pues, ante todo lo enunciado, más que concluir que bajo el prisma de la Tradición el universo elaborado por J.R.R. Tolkien es un universo antagónico a este caótico, gregario, masificado, inorgánico, igualitarizante, anodino, utilitarista, pusilánime, materialista, infausto, ramplón, adocenado, resignado, desangelado, individualista y egoísta mundo moderno por una de cuyas fases más oscuras atravesamos. Es el del autor del Silmarillion, del Hobbit y de El señor de los anillos un mundo de Orden -a imagen del ordo y armonía cósmicas-, de jerarquía, de diferencia, de organicidad, de personalidad, de valentía, de honor, de fidelidad, de lealtad, de autosacrificio, de señores indómitos e inquebrantables y de magia y Espiritualidad …Es, por todo, el universo de Tolkien un universo de genuino corte Tradicional.

 

Eduard Alcántara

*Este trabajo nuestro es uno de los que forman parte del monográfico dedicado a Tolkien que fue  editado por Editorial EAS en la colección “Pensamientos & Perspectivas”: http://editorialeas.com/shop/pensamientos-perspectivas/tolkien-redescubriendo-el-lenguaje-del-mito-y-la-aventura/



PRÓLOGO A “RIVOLTA CONTRO IL MONDO MODERNO”
septiembre 25, 2017, 11:00 am
Filed under: Eduard Alcántara, Tradición

Una de las dos partes en las que se divide esta obra capital del gran intérprete italiano de la Tradición versa sobre el transcurrir de un determinado tipo humano desde los orígenes del actual ciclo humano (o, utilizando terminología cara al hinduismo, Manvantara) hasta nuestros tiempos más recientes. Se trata de una metafísica de los avatares protagonizados o sufridos por dicho tipo humano y no de un recorrido por sus aconteceres al dictado de las pautas formuladas por la llamada ciencia histórica. El fruto de este análisis metahistórico es la constatación de un proceso de caída que iría desde una Edad de plenitud Trascendente hasta otra, la actual, de congoja existencial, disolución total en el plano de lo material y rudo embrutecimiento. El maestro romano nos describe este proceso involutivo con una nitidez sin par …y lo hace a través de las doctrinas de la ‘regresión de las castas’ y de las Cuatro Edades desgranadas en la tradición indoaria y que tiene, especialmente en el caso de la segunda, equivalentes en textos como “Los trabajos y los días” del griego Hesíodo. Remitir a la lectura de “Rebelión contra el mundo moderno” es, sin duda, el mejor modo de apelar a la comprensión del porqué y el cómo de la involución hacia la presente animalización.

Evola nos habla de un tipo humano, al que en ocasiones denomina ‘hijos de los dioses’, que en illo tempore protagonizó una Edad de Oro (Satya-yuga, en términos del hinduismo) en la cual la experiencia del plano Superior de la existencia no representaba una meta a conquistar sino una realidad vivida de manera natural. Nos sitúa esos tiempos en un lugar situado en el septentrión de nuestro planeta, allá donde los diferentes textos sacros -a Oriente y Occidente- hablan de Thule, Hiperbórea, el Aryanem Vaejo, el Monte Mêru o la Isla Blanca. Se trataría de un enclave en el que, a diferencia de la crudeza climática actual, reinaría un clima templado, casi como el de una primavera continua, debido al hecho de estar conformado por unas tierras insulares que al estar rodeadas, como tales, por agua verían atemperadas sus temperaturas. Según clasificación de la ciencia geológica por aquel entonces se viviría en la era del pleistoceno o Edad Glacial. Sin embargo, según señala esa misma rama de la ciencia, en el seno de la Edad Glacial tuvo lugar un período interglacial en el cual las bajísimas temperaturas cedieron a otras más agradables. Incluso hay geólogos que ya hablan de la existencia no de uno sino de varios períodos interglaciales en el seno del pleistoceno. Pues bien, sería en ese interregno (o en uno de esos) –en ese ínterin- cuando debemos situar esa tierra, sede de un áureo existir, descrita por las diferentes tradiciones sapienciales.

La narración que en los primeros capítulos de la Segunda Parte de “Rivolta contro il mondo moderno” (“Rebelión…”, para nuestra edición en castellano) realiza el maestro italiano para situarnos en esa Edad de Oro y en su enclave geográfico se ve reforzada en su verosimilitud por los trabajos de otros autores interesados en esta temática. Así, podríamos destacar de forma especial el libro “El hogar ártico de los Vedas” (1.903) (1), del autor indio Bal Gangadhar Tilak, en el que un estudio pormenorizado de los Vedas indoarios y del Avesta iranio nos aboca a la certeza de que el Satya-yuga no pudo tener lugar en ningún otro lugar más que en las latitudes cercanas al Polo Norte, en esos enclaves que irían desde el Círculo Polar Ártico hasta el dicho Polo Norte; en parajes, pues, circumpolares. Tilak nos muestra los pasajes védicos y del Avesta, descriptivos de las condiciones astronómicas de la Edad Áurea, en los que se hace mención a esos días y esas noches que se prolongan, sin interrupción, por meses; lo cual es exclusivo del área circumpolar. O nos señala aquellos otros cantos védicos y avésticos en los que se describen fenómenos meteorológicos como los de las auroras boreales que sólo pueden ser vistos en aquellas latitudes septentrionales.

Julius Evola nos habla de una primera posible migración protagonizada por esos ‘hijos de los dioses’. Se trataría de una que tomaría la dirección sudeste, atravesando lo que hoy es Europa y adentrándose, con profundidad, en Asia. Después, aconteció una segunda migración, en dirección sur, hacia el norte de otra tierra rodeada de un halo mítico: la Atlántida; sabemos que autores clásicos como Platón o Plotino no dudaron de su existencia. Allá esas gentes hiperbóreas o boreales venidas del norte planetario establecieron una subsede de Thule, una prolongación del hogar áureo. Y desde ella protagonizarían desplazamientos tanto hacia el oeste (tierras americanas) como hacia el este, arribando, en este caso, a la fachada occidental de Europa y siendo, con posterioridad, los autores del megalitismo. El maestro romano concreta en los míticos Tuatha de Dannan -los también denominados ‘helenos del paleolítico’- a algunos de los protagonistas de esta migración; los textos celtas hablan de ellos como de huestes solares: como de seres divinos. Estos pueblos de origen noratlantídeo serían el Cromagnon u Hombre de Aurignac descrito por la ciencia antropológica; ciencia que ignora su origen áureo y pretende situarlo  como el resultado de un fantasioso proceso evolutivo que le haría descender de homínidos con los que, en realidad, ninguna relación de parentesco tiene.

Estos pueblos de procedencia noratlantídea serían también los autores de las pinturas rupestres encontradas en la mencionada fachada atlántica de Europa, en la que primeramente pusieron sus pies: Lascaux y Altamira serían dos ejemplos significativos de ello. A diferencia de lo afirmado por la historiografía oficial no viven en cavernas sino que en ellas se introducen para realizar ritos de carácter Iniciático: ritos de transustanciación interna que transporten al yo hacia el Ser, hacia el Principio Primero inmutable y eterno (2); similar finalidad, p. ej., tendrían los dólmenes.

Y si en su emigración, desde el Norte de la Atlántida, hacia tierras americanas originaron ciclos solares (3) en su camino desde la fachada atlántica de Europa hacia el este los hallamos en el origen de otra civilización de espiritualidad originariamente solar: la egipcia; que, de hecho, es bastante anterior, al igual que sus monumentos más emblemáticos y significativos  -como las mismas pirámides- de lo cifrado por la historia oficial. Un recorrido, éste, que abarcó tanto la ribera sur de Europa como la norte de África y cuya direccionalidad oeste-este queda hasta corroborada científicamente por el análisis realizado con Carbono 14 sobre los conjuntos y restos megalíticos situados en ambas orillas del Mar Meditérraneo, pues cada conjunto situado más al oeste presenta una antigüedad de unos 40 años más que los restos hallados algo más al este de aquél; esto demuestra un movimiento prácticamente cíclico de esos pueblos noratlantídeos en su desplazamiento hacia oriente. Desplazamiento que les hizo adentrarse en tierras asiáticas y que estaría en la base de culturas como la tibetana de los Bon y los Dropa, en la cual, aparte de elementos propios de la preexistente cultura mongoloide también se han rastreado otros consustanciales a un tipo de espiritualidad solar, olímpica y viril como la que tiene su origen en sede ártica. Desplazamiento que más que probablemente debemos ver dejado su sello en China y en textos sapienciales como el I Ching (del que con posterioridad hay que rastrear su impronta en el taoísmo formulado por Lao Tsé en su Tao-tê-king). Y desplazamiento que debe guardar relación directa con la existencia del pueblo ainu en Japón; recordemos que la inmigración mongoloide a tierras niponas aconteció en un período posterior y relativamente reciente: hacia el inicio de la era cristiana -hace, pues, aproximadamente unos 2.000 años.

El mito y las tradiciones y textos sacros nos hablan de un cataclismo, en forma de inhóspita glaciación, que asoló de manera especialmente cruda las latitudes septentrionales de la Tierra. Se trataría del final del benigno -climáticamente hablando- período interglacial propio del geológico pleistoceno. Dichos textos correlacionan -y hacen derivar- esa catástrofe con una caída espiritual de nivel que se habría, pues, reflejado, exteriormente, en la irrupción de esas terribles heladas (4). Como consecuencia de ellas los hombres boreales hubieron de abandonar su hogar circumpolar y desplazarse hacia el sur, estableciéndose en tierras del norte de Europa y, posteriormente (una vez ya finiquitado el pleistoceno y, por tanto, discurriendo el holoceno -la etapa geológica postglacial por la que, a día de hoy, seguimos transitando) descendiendo hacia el centro de la Península Escandinava, dando, entonces, origen al urheimat -o lugar originario- indoeuropeo (5). A partir de este momento ya sí se puede hablar de este tronco antropológico y de su correspondiente lengua (el indoeuropeo originario). Este pueblo se desplaza algo más hacia el sur de la actual Suecia dando forma, ya en el llamado Neolítico, a la cultura de Ertebolle-Ellenberck, que es considerada como la vagina gentum de los pueblos indoeuropeos, esto es, la cultura y el enclave a partir de los cuales estos pueblos se irán diversificando y desplazando hacia destinos geográficos diversos. Así, también hacia el sur de la actual Suecia florecería la ‘cultura de los vasos de embudo’, para posteriormente, continuando con estos flujos de poblaciones indoeuropeas, constituirse -hacia zonas no alejadas del Mar del Norte y, sobre todo, del mar Báltico- la ‘cultura de los vasos globulares’ y, tras ésta, la de la ‘cerámica cordada’; también conocida como la del ‘hacha de doble filo’. Siguiendo, desde su original enclave escandinavo, esa diagonal de la que nos habla Evola llegan a tierras de la actual Ucrania y, aquí, aparece la ‘cultura de los Kurganes’ o de los ‘túmulos’ (por ser en lo alto de éstos donde se depositaban en urnas las cenizas de los fallecidos) (6). Posteriormente arribarán donde hoy en día se halla Irán y se constituirá la cultura irania, de cuya concepción del Hecho Trascendente representa insuperable testimonio su libro sagrado: el Avesta; del cual ya mencionamos su descripción estacional, fenomenológica y/o climática del hogar en el que se vivió la Edad de Oro y que no pudo ser otro que el polar y circumpolar de nuestro planeta …certidumbre que también se corrobora en los Vedas de esa India que igualmente alcanzaron después las gentes indoeuropeas; o, ya allí, indoarias.

El por algunos denominado como ‘el último gibelino’ -Evola- nos sigue explicando que desde aquellas tierras del norte de Europa, desde las que tuvo lugar este movimiento migratorio en diagonal que llega hasta la India, también acaeció, con posterioridad, un segundo flujo en dirección norte-sur encarnado en los aqueos y dorios que encontramos en los orígenes de la civilización griega o en los latinos que fundaron Roma. Asimismo nos habla de que, desde ese emplazamiento del norte europeo, aconteció, bastante después, la tercera y última emigración, también en sentido norte-sur, que sería la de los pueblos germánicos que acabaron, a partir del s. V d. C., invadiendo el Imperio Romano occidental: visigodos, francos, ostrogodos, lombardos, vándalos, suevos,… Nos señala Evola que debido a su lejanía temporal con la Edad de Oro hiperbórea cuando estos últimos pueblos emprenden su recorrido norte-sur lo hacen ya profesando formas religiosas que, aunque son el reflejo de la originaria sabiduría y espiritualidad solar, se hallan prácticamente, en sus ritos, vaciadas de poder operativo transformador y representan sólo un eco lejano de la Edad Primordial. Es por tal motivo por el que el abandono de sus creencias politeístas y su conversión al cristianismo no resultarán especialmente problemáticos.

El gran intérprete italiano de la Tradición también se ocupa de explicarnos los orígenes de otros pueblos y/o razas. Y así sitúa, retrotrayéndonos en el tiempo, en la, aproximadamente, mitad sur de la Atlántida a poblaciones fínico-mongoloides, cuyas emigraciones posteriores se esparcieron por tierras asiáticas, por islas de Oceanía y por todas las latitudes de América; si no, en este último continente, directamente desde la Atlántida sí a través, desde Asia, de un congelado Estrecho de Bering.

Julius Evola igualmente nos narra cómo aquellas gentes noratlantídeas que se habían constituido en subsede de la solar Hiperbórea empiezan también a decaer interiormente y, tras sucesivos procesos involutivos, acaban profesando formas meramente religiosas (y no vías interiores de realización espiritual), sacerdotales, lunares y devocionales. Acaban posicionándose pasivamente ante el Hecho Trascendente y se abocan hacia el matriarcado y la ginecocracia. Se amputa la posibilidad de despertar el Principio Supremo Sacro que anida en el interior del hombre y de hacerse uno con lo Superior y Eterno. Esta caída interna les aboca a mezclarse con las razas fínico-mongoloides sudatlantídeas y a acentuar todavía más su alejamiento de un tipo de Espiritualidad Solar y Olímpica (7). Del resultado de esta hibridación surgen, por un lado, pueblos como los pelásgicos, de cultos telúricos o ‘ctonios’ (siguiendo léxico evoliano), que arribaron a las costas meridionales de Europa y a las septentrionales de África y, surgen, por otro lado, los pueblos semitas. Tal como aconteció con el fin traumático del hogar boreal de la Edad Primordial el maestro romano también percibe el cataclismo que supuso la desaparición de la Atlántida bajo las aguas como la consecuencia externa de esta total debacle interna.

En definitiva, el maestro transalpino, de acuerdo a su vocación shatriya o guerrera, no se conforma con transmitirnos una certera y pormenorizada composición de lugar acerca de lo que se debe entender por Tradición y las formas que, en diferentes épocas y lugares, ésta adquirió. Tampoco se conforma con explicarnos cómo desde unos orígenes sacros los ‘hijos de los dioses’ han sucumbido y se han enfangado en los lodazales del mundo moderno. Sino que hace votos para que tras la lectura de este libro capital los haya quienes se decidan a emprender una “rivolta contro il mondo moderno”. Pretende que los descendientes de aquellos que en la Tierra hiperbórea Primordial vivían la Espiritualidad con absoluta normalidad o eran, tras un primer descenso de nivel, capaces de reavivarla protagonicen, tal como concibió Hesíodo, un Ciclo Heroico y restauren el Orden Tradicional perdido. Pues la semilla de lo Trascendente, Perenne y Sacro sigue anidando, por muy aletargada que se halle, en el interior del hombre de ancestral linaje áureo. Si aquel Hombre Boreal, su descendiente noratlantídeo y los herederos de ambos -tal como del boreal fue el hombre indoeuropeo- tuvieron la certeza de ser ‘hijos de los dioses’ y su luz existencial fue la luz de lo Alto Evola bregó con sus libros y su vida para que los últimos vástagos de aquellos Hombres luminosos de antaño lucharan en pos de su Despertar interior y de la Restauración de la Tradición perdida.

 

 

NOTAS:

(1) La editorial Retorno tuvo a bien publicarlo en castellano hace pocos años, introducido por un prólogo, a cargo de los editores, de un interés excepcional.

(2) En el Medievo, como botón de muestra, podemos encontrar ritos similares cuando los Iniciados templarios se aislaban en la oscuridad de un receptáculo situado bajo el techo de sus monasterios, con el objeto de descondicionarse al amparo de la soledad del pequeño habitáculo (‘bajada a los infiernos’ o proceso de ‘ennegrecimiento’ y ‘putrefacción’ según la tradición hermético-alquímica; el nigredo u ‘obra al negro’). Se trataba de eliminar escorias psíquicas y de domeñar impulsos descontrolados, pasiones desaforadas, sentimientos exacerbados, pulsiones y submundo inconsciente y subconsciente.

(3) Rastreables en el “blanco y solar” Quetzalcoatl y en el linaje, emparentado con él, de los toltecas o tultecas (con el recuerdo de Tula o Thule). Y rastreables, asimismo, en el Viracocha andino o entre los fundadores de los incas y los aztecas (o “aztlantecas”, de Aztlan o ‘Isla Blanca’) de los que se habla en sus mitos.

(4) Tal vez podríamos calibrar la naturaleza de esa caída espiritual en el paso desde una original capacidad para vivir la Trascendencia en el plano ordinario de conciencia hasta la pérdida de ese estado natural de ser uno con lo Alto. Sucediendo, por tal motivo, que tras este descenso el plano Metafísico de la realidad ahora sólo podrá ser apercibido y conquistado a través de la Iniciación y, especialmente, en ‘un tipo de hombre diferenciado’ (utilizando expresión evoliana) que se acabará constituyendo en la primera casta o estamento de un orden que todavía hemos de considerar Tradicional, pues esta primera casta sacro-dirigente impregnará con su Espiritualidad al resto del cuerpo social.

(5) El germano-holandés Herman Wirth, gran estudioso multidisciplinar, descubrió inscripciones rúnicas en latitudes situadas más al norte incluso de la zona central escandinava donde se ubica la zona de gestación del pueblo indoeuropeo, tendiendo, así aún más si cabe, un mayor número de puentes entre la urheimat de este pueblo y el origen circumpolar del que proceden los antepasados del mismo.

(6) La antropóloga lituana Marija Gimbutas estableció, erróneamente, esta ‘cultura de los kurganes’ como la de la patria originaria del mundo indoeuropeo; obviando todo el recorrido anterior protagonizado por estas gentes.

(7) Evola habla incluso de otro enigmático continente, Lemuria, situado hacia latitudes al sur de la Tierra en la que también habitarían razas mongoloides y negroides.

 

Eduard Alcántara



Prólogo a “Incorrectus, análisis y crítica de la posmodernidad”
agosto 30, 2017, 3:07 pm
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Hace un tiempo se nos invitó a redactar el prólogo del libro “Incorrectus: análisis y crítica de la posmodernidad” (http://www.aureacatena.cl/libros/incorrectus.html), escrito por Guillermo Sepúlveda Castro y Walter Bilbao Vilches. Así, gustosamente, lo hicimos. Helo aquí:

 Prólogo a “Incorrectus, análisis y crítica de la posmodernidad”

Cuando tantos disconformes con los tiempos que, hasta hace apenas varias décadas, corrían nos hacíamos cruces ante la hegemonía política, social, económica y “cultural” que evidenciaban las diferentes corrientes político-ideológicas de corte y esencia materialista difícilmente nos podríamos haber pensado que la involución hacia formas incluso más deletéreas todavía estaba por dar un salto más que significativo en una suerte de descenso aún más vertiginoso hacia el abismo. Lo cierto, es que la realidad ha superado los peores augurios de ese tugurio que es el mundo moderno. Las grandes doctrinas sapienciales de la Tradición ya habían hablado de un tiempo por venir (kali yuga lo llamaron los textos sagrados del hinduismo, Edad de Hierro lo denominó Hesíodo) en el que se vivirían los mayores desajustes, los más grandes desequilibrios, las disoluciones más absolutas y las degradaciones mayores inimaginables. Habían hablado de un tiempo en el que el demon de la economía llevaría la batuta rectora y en el que el materialismo más burdo se enseñorearía de todos los aspectos de la vida y de la mente de las gentes. De un tiempo en el que la versión más primaria, bestializada, primitiva y animalesca del hombre tomaría cuerpo. Creíamos haber tocado, por aquel entonces, fondo. El predominio total de los dos principales rostros del materialismo socio-político y económico no dejaba lugar a ningún tipo de alternativa real e integral. Aquel status quo suponía el triunfo y el asentamiento de lo que la interpretación Tradicional de la historia del hombre había calificado como el Tercer y el Cuarto Estado, esto es, el de la burguesía y el del proletario, respectivamente. O lo que viene a ser lo mismo, el del liberal capitalismo y el del marxismo. Fuese en el plano político, fuese en el económico o fuese en el cultural uno u otro rostro se habían erigido en los mandamases tiránicos. Aquel Primer Estado que unía a su función dirigente y política su otra función sacra hacía mucho que había dejado de ser el rector de sociedades Tradicionales, por ello periclitadas. El Segundo Estado, que correspondía a la función exclusivamente guerrera, tampoco contaba en nada. El Tercero y el Cuarto anteponían la economía a cualquier criterio (fuese el Trascendente o fuese el propio de los milites) y sus dirigentes y acólitos bregaban por su consumación ideal: pugnaban por la consecución, unos, de una sociedad con abundancia de bienes de consumo (por lo ilimitado de la riqueza material) y luchaban, los otros, por el establecimiento del “paraíso” terrenal de una sociedad (el comunismo en estado puro) en la que el proletariado hubiese acabado con la existencia del resto de clase sociales y en la que ya no existiesen más vestigios de lo que el marxismo denomina superestructuras (Estado, ejército, religión,…) Disolventes ideologías, ambas, pero que todavía contaban con gentes a las que les ilusionaba un futuro en el que sus utopías se hicieran realidad; aun cuando ese futuro no les viera vivos a ellos. Todavía existía un punto de sacrificarse por otros; por aquellos que disfrutarían de esa arcadia de tiempos por venir: fuesen sus hijos, sus nietos o la humanidad en general.

Pues bien, lo que hace varias décadas suponía para nosotros haber tocado fondo resultó ser, con el paso de los años, el penúltimo peldaño de esa escalera involutiva. El mundo moderno todavía podía degradarse más. Y así pasó. De la modernidad se fue entrando en la postmodernidad. Todavía había que esperar la irrupción demoledora de un Quinto Estado con el que los autores Tradicionalistas, excepto uno, no habían contado. Hubo, pues, uno, el italiano Julius Evola, que nos explicó que tras la hegemonía, en momentos diversos, de alguna de las cuatro castas o estamentos del Mundo Tradicional (aristos sacro-dirigentes, guerreros, artesanos-comerciantes o burguesía y mano de obra) les llegaría el turno a los sin casta. Les llegaría el turno a aquellos que tras deshonrar los principios y los valores de su casta habían sido expulsados de ella y se habían convertido en los sin casta, los descastados, los sin ley ni tradición propia. Les llegaría el turno a los parias. Con ello el Quinto Estado y la postmodernidad daría una vuelta más de tuerca a la asfixia insufrible de la humanidad.

Ahora ya no se estaría dispuesto a luchar por los demás, por el futuro, por el porvenir de los congéneres. Bregar por la soñada sociedad de bienes ilimitados de consumo o por la consumación del “paraíso” comunista pasaba a formar parte del baúl de los recuerdos. En vez el mundo postmoderno empezaba a conocer del hombre del “aquí y ahora”. Del individuo que sólo quiere vivir el momento con el objeto de darle inmediata satisfacción. Del que lo que quiere y desea lo quiere y desea ya, al momento. Lo demás y los demás poco, o nada, le importan. Del individuo que si consigue lo que, voluptuosamente, ansía, se cansa enseguida de ello y se agita, acto seguido, por obtener algo diferente o por conseguir más de lo que obtuvo la vez anterior. Del individuo cambiante, fluctuante, efímero. Del homo vulgaris al que Evola definió como el hombre fugaz.

Es de este desnortado mundo postmoderno y de este hombre fugaz de los que a lo largo de las páginas de este libro se ocupan con especial agudeza sus dos autores: Guillermo Sepúlveda Castro y Walter Bilbao Vilches. Los desentrañan con una intuición digna de encomio. Y lo hacen desde el sólido bagaje intelectual que demuestran y desde la atalaya que les da el poseer una bien edificada visión del mundo y de la existencia. Una cosmovisión que se erige alrededor de una concepción Trascendente de la existencia y de unos valores que se mueven el torno al heroísmo, al espíritu de servicio, al sentido del esfuerzo o a la valoración de lo comunitario. De lo cual se deriva un rechazo a cualquier forma de materialismo, de individualismo, de livianidad, de superficialidad, de hedonismo o de explotación del hombre por el hombre. No cabe, pues, para nuestros dos autores, lugar para la demoplutocracia, el marxismo o el anarquismo. No hay sitio, para ellos, en el que tengan cabida el igualitarismo defenestrador de las excelencias de los más aptos y voluntariosos o la infatuación democrática que tiene en él su sustento. Demolen, con brillantez y argumentario irrebatible, estos falsos mitos, las entelequias usurpadoras, el Discurso de Valores Dominante y todos los lugares comunes en los que se asienta el Establishment y en cuyo cáustico magma ha brotado esta anomalía terminal de la postmodernidad.

Tratamos con una obra que combina reflexiones de mucho calado, en las que no trasluce ningún ápice de dilettantismo ni adorno retórico superfluo, con análisis de hechos concretos, de problemáticas candentes, de sucesos y de noticias de actualidad que atraerán tanto al lector reflexivo como a ese otro de talante no dado tanto a la introspección.

Nuestros autores no se limitan a realizar un brillante análisis y una consecuente crítica a las muchas taras de la postmodernidad ni a sus anormalidades estructurales, sino que también proponen, a cada tara y a cada anormalidad, una alternativa sólida. Concebimos la Tradición como la antítesis del mundo moderno y esto es el resultado de la pérdida de aquélla. Tanto las críticas vertidas en esta obra -la radiografía que del mundo moderno se hace- como las alternativas propuestas responden totalmente a nuestra manera de concebir y entender la vida y la existencia; la manera acorde con los parámetros propios al Mundo Tradicional.

Vamos a proceder, a modo más que ilustrativo y significativo, a reproducir algunos de los muchos asertos expuestos en el presente libro y lo vamos a hacer tanto al respecto de críticas vertidas como de alternativas raigales propuestas.

Así, se nos habla de que la postmodernidad reemplaza los verdaderos Derechos Humanos (derecho a la vivienda, a una vida sana y próspera) por caprichos de una burguesía hedonista y egoísta (derecho al matrimonio homosexual; derecho al aborto; derecho a la libertad empresarial, etc.).

O, acerca de la fragilidad en las relaciones de pareja en el seno de la familia, se denuncia la incapacidad de sufrimiento” (de resistencia ante las problemáticas de la vida).

Igualmente se critica que no se han fomentado más que libertades y derechos, una verdadera cultura del “eterno niñito irresponsable“. (1)

Se reflexiona acerca de que el modelo de “persona” postmoderna se rige bajo la mecánica Ley del Mínimo Esfuerzo.

La ausencia de espíritu de sacrificio conlleva a la molicie y a la aparición de un tipo de hombre que responde al modelo del hippie liberal hedonistaasociado a la consigna progresista de la vida es lo que puedes disfrutar y a la postura de ser exigentes con el otro, pero jamás consigo mismo.

Ante lo cual se propone fortalecer el sacrificarse por el otro, con lo cual se hace frente al egoísmo, al hedonismo y a esa “vida muelle” inherentes al hombre contrahecho de estos tiempos terminales.

Del mismo modo se nos presenta un arquetipo opuesto a esta “persona” postmoderna inmadura, y por ende, frágil y con pilares poco sustentables que, como se señala en otro capítulo, debido a su vacuidad interior yace en su personalidad, deseos de ser vistos y vanagloriados; fruto de su superficialidadEse opuesto arquetipo sería el del guerrero, al cual le son innatos valores como el espíritu de entrega y sacrificio; buenos antídotos, éstos, ante tanta indolencia y tan poca actitud para superar contratiempos que la vida depara. Asimismo se nos presenta este arquetipo del “shatriya” (echamos mano del término propio de la tradición hindú) como el que debería bregar por hacer suyo el hombre si es que, en otro orden de cosas, se quiere evitar esta proliferación espectacular de casos de lo que Julius Evola vino a denominar “el tercer sexo”, esto es, de homosexualidad, sea masculina o femenina …y es que los opuestos se atraen y si no existe una polaridad bien definida esta atracción entre sexos opuestos languidece y propicia las derivas hacia la homosexualidad. La dulzura de la fémina se debe complementar con la virilidad representada por la figura del guerrero. Así, se reclama en nuestro libro objeto de este estudio preliminar: Devolvámosle esa admiración a las mujeres por guerreros. 

Es esta ausencia de educación basada en la autosuperación y el espíritu de sacrificio la que se halla en la explicación de cierta evidencia puesta en solfa en esta obra: No es extraño ver tanto homosexual en las juventudes de las derechas o en las marchas de las izquierdas …y es que una formación laxa en la infancia y en la adolescencia, sin ningún esfuerzo viril  puede conllevar a estos resultados.

En estas páginas, en relación directa con el arquetipo del guerrero, también aparece el del Héroe. Si al infante, al púber y al adolescente se le presenta éste como modelo en el que fijarse y espejo en el que reflejarse, y no el afeminado presentador de programas de “entertainment”, sin duda se reducirán sobremanera los casos de aparición del “tercer sexo”. Pero, por desgracia, tal como denuncia uno de nuestros autores, prevalece la denigración a los Héroes Históricos, la cual manifiesta sociológicamente un no querer ser como ellos. (2)

Hemos hablado párrafos arriba de ese “hombre fugaz” característico de la era postmoderna y no son pocos los trazos que en este libro lo describen. Podemos leer que vivimos en una Sociedad construida en base a una cultura del “querer todo lo que quiero”. O también recordar una cita ya señalada con anterioridad: La vida, según la consigna progresista, es lo que “puedes disfrutar”. O esta otra que denuncia  …el disfrute “presentista”, efímero, por sobre la durabilidad, sostenibilidad y permanencia del gusto. Por sobre la pieza musical clásica duradera, el cortometraje, el “clip” de vídeo y la pastilla energizante “de efecto inmediato.”  

El “hombre fugaz”, cambiante, desasosegado en un loco buscar sin rumbo, fruto de su propia agitación, es fruto de los tiempos terminales de esta Civilización del Devenir, del cambio constante, de la inestabilidad. Frente a la cual cabe alzar las Civilizaciones del Ser, las Tradicionales, las de la Estabilidad, las que buscan ser impregnadas por lo Eterno e Inmutable. El “hombre fugaz” vive arrastrado por esa velocidad del Mundo Posmoderno, identificado como Progresista, que es claramente una causa directa a la gran parte de nuestras angustias internas. Angustias internas que en buena parte son el resultado de esa sed, de esa ansia de posesión que aboca, según afirman doctrinas como la budista, al sufrimiento.

 

La postmodernidad viene marcada -en lo socioeconómico, en lo cultural y aun en lo político- por la globalización y el mundialismo. Frente a éstos hay que alzar la bandera de la identidad y, por ello, de la pluma de los autores de esta obra se puede leer que (…) nos referimos aquí a conceptos como la memoria, la herencia cultural, los rasgos identitarios, y tantas otras características que en medio de la Globalización y la Postmodernidad se niegan.  O, se puede igualmente leer, que en su ensayo, “Cómo se ha roto el lazo social”, el pensador francés Alain de Benoist critica el individualismo y defiende las nociones identitarias, según las cuales el individuo es parte de su grupo social, de su clan, de su tribu y es allí donde encuentra su razón de ser. Asimismo leemos que la resistencia orgánica a no querer ser “aculturalizados” y vaciados de toda identidad, se vuelve grito de guerra.

Ante las desvertebraciones sociales (que están llegando ahora a su paroxismo) provocadas, hace un par de siglos, por la irrupción del capitalismo y del liberalismo y ante sus nefastas consecuencias (como la de tratar al hombre -vaciado de identidad, de referentes, de vínculos y de tradición- como si de átomo intercambiable por otro se tratase: génesis del individualismo) nuestros autores oponen una sociedad estructurada, vertebrada y orgánica en la cual toda una serie de vínculos familiares, gremiales, comunales,… deben hacer del hombre una pieza insustituible, única e irrepetible del entramado social. Por ello -repitiendo una cita ya aparecida-  afirman que el individuo es parte de su grupo social, de su clan, de su tribu y es allí donde encuentra su razón de ser. O hablan -también volvemos a reproducir- de la resistencia orgánica a no querer ser “aculturizados”. O señalan que entre más involucrado se encuentre el ciudadano orgánico con su barrio y comuna, su destino será igual al de su comunidad y sus necesidades dejarán de ser “siutiquerías” para ser obra social. Al igual que postulan por la constitución de cuerpos sociales intermedios, donde estén representados todos los oficios (competencias y habilidades).

 

Frente a la infatuación de la democracia y a su basamento en el igualitarismo homogeneizante, que cercena las aptitudes superiores, y frente a su inherente dogmatismo se apela al principio jerárquico y diferenciador: es necesaria una estructura dotada de la debida jerarquía, donde las funciones estén claramente asignadas. Y se denuncia el hecho evidente de que tras toda una defensa de la Democracia, se encuentren más garabatos que argumentos, pues la consagración, a nivel de dogma religioso, de sus “inmortales principios” no representa más que el propósito de otorgarle esencia a lo que no es más que un soufflé; a lo que no es más que algo así como un globo inflado.

…Y es que debe ser rebatido el manido recurrente lugar según el cual los conceptos de “democracia” y “libertad” resultarían ser algo así como sinónimos que se implican el uno al otro, pues, para nosotros la verdadera libertad se halla irreductiblemente enfrentada a la democracia, ya que el concepto democrático de libertad tan solo conoce de las “libertades formales” y éstas no revisten más que un carácter externo y, por tanto, accesorio; libertades que, por otro lado, no se respetan para los que disienten integralmente de los dogmas y de las realidades del Establishment.

La libertad verdadera es la que ha sido culminada por el hombre que se ha deshecho de las cadenas que representa ese magma interior convulso de pasiones, de emociones embriagadoras, de sentimientos exacerbados, de instintos primarios y de bajas pulsiones que lo aturden, obnubilan, alteran, ciegan y lo mantienen en constante estado de agitación. Hablamos de la libertad interior y en los mismos términos lo entienden nuestros dos autores cuando uno de ellos escribe que el hombre es libre “hacia afuera”, predica la consigna post-moderna, pero es esclavo “hacia adentro”. O cuando les leemos el que esta máquina biológica llamada individuo es libre de operar como el esclavo que es internamente, ya que niega el alma. Pero al negarla hace suya su peor esclavitud habida en la Historia humana: la de sí mismo. O cuando, en otro lugar, concluyen que será obligatorio apelar a un cambio dentro de sí mismos. Un ‘hombre nuevo’ se precisa, pues. Un ‘hombre nuevo’ que haga suyos los valores del honor, el pundonor, el heroísmo, la valentía, el tesón, la camaradería, la fidelidad, la lealtad y el espíritu de servicio, entrega y sacrificio. Un ‘hombre nuevo’ no amputado de su componente Trascendente …una componente que debe impregnar la vida del todo social. En esta línea se nos dice que  la  “construcción social de la realidad”, que alguna vez propugnaron P. Berger y Th. Luckmann, debe ser desarrollada en el contexto histórico de una constante superación espiritual y no una perenne lucha de clases” (R. de la Cierva). Y referentes históricos para construirla no faltan pues a diferencia de los colonos ingleses que poblaron Norteamérica, los conquistadores españoles eran fieles defensores de tradiciones religiosas que, en su esencia, se oponían a los modernos principios del liberalismo, que ya se empezaban a manifestar con todo su vigor en los albores de nuestra Independencia.

 

Pensamos, para acabar, que las citas que hemos seleccionado son harto significativas de todo el universo en el que se mueven nuestros dos autores. Es tanta la sintonía, en maneras de concebir la vida y la existencia y de encarar los muchos rotos inherentes a la postmodernidad, en la que se hallan Guillermo Sepúlveda Castro y Walter Bilbao Vilches que, en ocasiones, al presentar algunas citas suyas de esta obra lo hemos hecho en plural y no especificando quién es el concreto autor de cada una de ellas.

 

 

NOTAS:

  1. En relación con esta problemática se puede consultar el capítulo XVIII de nuestro libro “Reflexiones contra la modernidad”, titulado “El infantilismo, denominador común de nuestros tiempos”. También se puede leer en https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/el-infantilismo-denominador-comun-de-nuestros-tiempos/

 

  1. En este orden de ideas estuvimos reflexionado, en su día, en nuestros dos artículos “Virilidad y homosexualidad”:

https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/05/virilidad-y-homosexualidad/
https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/05/virilidad-y-homosexualidad-ii/

 

 

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



LA ETAPA TRADICIONALISTA DE EVOLA: INFLUENCIAS

La etapa ya meramente Tradicionalista de Julius Evola, la etapa definitiva tras el paso por las dos anteriores -la vanguardista y la filosófica (1)- que podríamos considerar como preparatorias de ésta, abarca desde el inicio de la década de los años ’30 hasta la defunción de nuestro gran intérprete de la Tradición el 11 de junio de 1.974.

La configuración definitiva de la cosmovisión Tradicional del maestro romano tiene influencias definitivas, de manera especial, en tres autores: René Guénon, J.J. Bachofen y Hermann Wirth.

Del francés Guénon Evola hace suya la caracterización de dos categorías existenciales y vitales a las que en diferentes épocas ha adherido el hombre, cuales son ‘El Mundo de la Tradición’ y ‘el mundo moderno’. La visión que del mundo y de la existencia es propia de cada una de ellas se constituirá en el eje a partir del cual el maestro italiano hará girar los diferentes estudios que realice a lo largo de estas definitivas cuatro décadas y media de su vida. La antítesis representada, por un lado, por un tipo de hombre (El Hombre de la Tradición (1)) que consagra todo su existir y que lo hace en el seno de unas comunidades que hacen lo propio (Mundo Tradicional) y, por otro lado, por otro tipo de hombre (el hombre moderno) y por otro tipo de sociedad cuyos lazos con lo Alto se han roto y cuyos accionares se ven abocados al más rudo materialismo (mundo moderno), le aportarán, dicha antítesis, a Evola las claves definitivas para ajustar el punto de mira de todos sus análisis y estudios.

Del suizo J. J. Bachofen sacará buen rédito de sus trabajos acerca de la morfología de dos tipos de culturas y civilizaciones antagónicas que se habrían ido sucediendo a lo largo de la historia de la humanidad: unas de corte patriarcal, que entiende de lo aristocrático, de lo diferenciado, de la forma, de lo jerárquico y de un tipo de espiritualidad viril, apolínea, solar y olímpica y, otras, en cambio, de tipo matriarcal, que entiende de lo ginecocrático, igualitario, de lo promiscuo e indiferenciado y de los cultos de carácter telúrico, ctonio y lunar. Cabe, en otro orden de cosas, señalar que el autor suizo se hace acreedor de un cierto evolucionismo que Evola no comparte, pues sitúa en los orígenes del discurrir humano por el tiempo a las sociedades de carácter matriarcal que habrían sido, felizmente en determinados períodos, sustituidas -en un sentido evolutivo-por otras de carácter patriarcal, cuando, contrariamente a este planteamiento, el maestro italiano sitúa en los orígenes (y de acuerdo a las diferentes tradiciones y textos sacro-sapienciales) a las comunidades de tipo patriarcal (en la Edad de Oro o Satya-yuga) y, posteriormente a éstas – como resultado de un proceso involutivo, de caída-, a las sociedades de naturaleza matriarcal.

Del holandés Hermann Wirth Evola muestra mucho interés por sus investigaciones arqueológicas, ya que a través de los hallazgos efectuados por el investigador neerlandés (en los que el elemento rúnico no es precisamente baladí) se demuestra que si bien el origen de los pueblos indoeuropeos habríase de ser situado en la escandinava cultura de Ertebolle-Ellenberk, estos pueblos son herederos de otros protoindoeuropeos cuyas huellas se remontan todavía más al norte. Es así que Evola retrotrae su hogar originario a los míticos (2) Thule o Hiperbórea de la tradición grecolatina, al Aryanem Vaejo del Avesta iranio o a ese Monte Meru del que hablan los Vedas …a esa, pues, tierra que habría estado situada en las latitudes más septentrionales del Planeta y en la que habría acontecido la Edad de Oro o Satya-yuga (o Krita-yuga): la Tradición Primordial.

Las aportaciones de estos tres autores le resultan al maestro romano capitales a la hora de su desarrollo de una metafísica de la historia, de una morfología del Mundo de la Tradición y de otra del mundo moderno.

 

NOTAS:

  • Algunos de los principales rasgos definitorios de este tipo de hombre se pueden seguir en nuestro libro “El Hombre de la Tradición” (Editorial EAS).
  • “La etapa filosófica de Evola: influencias”: https://septentrionis.wordpress.com/2017/07/21/la-etapa-filosofica-de-evola-influencias/
  • El carácter mítico de ese hogar originario de la Edad de Oro seguramente reviste un carácter también real, tal, como por ejemplo, pensamos que queda demostrado tras la lectura de la obra del autor indio Bal Gangadhar Tilak “El hogar ártico de los Vedas” (Editorial Retorno).

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



LA ETAPA FILOSÓFICA DE EVOLA: INFLUENCIAS
julio 21, 2017, 1:44 pm
Filed under: Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara, Julius Evola

Tras una primera etapa vanguardista-dadaísta en la que un joven Evola adhiere a corrientes artísticos que pretenden romper con los cánones morales y de comportamiento consustanciales a un modo de vida burgués el maestro italiano se adentra en otra etapa diferente -la filosófica, durante los años 20 de la pasada centuria- en la que por la vía de las herramientas propias de la filosofía busca configurar un tipo de hombre soberano de sí mismo: “el gran autarca”, en sus propias palabras; un tipo de hombre liberado de las ataduras psíquicas y físicas propias que subyugan al hombre común. Para delinearlo dará especial importancia a los aportes, sobre todo -pero no únicamente- de tres filósofos: Friedrich Nietzsche, Otto Weininger y Carlo Michelstaedter.

De Nietzsche hará suyo ese impulso por superar la alicorta moral burguesa utilitarista y la moral del esclavo que representa el judeocristianismo, incapacitantes, ambos, a la hora de pretender dar a luz a un tipo de hombre descondicionado de frustraciones, de dogmas acomplejantes como el del pecado original, de sentimientos de culpabilidad, de pavores, de vida mediocre y pragmática …de dar a la luz al ‘señor de sí mismo’; expresión que rescata Evola del taoísmo.

Del austríaco Weininger valora, de manera especial, su libro “Sexo y carácter”, en el que realiza una más que acertada caracterización sobre las diferencias psíquicas existentes entre ambos sexos. Evola acabará, posteriormente en su definitiva etapa Tradicional, otorgándole a la Espiritualidad marcada por lo que él denomina como ‘luz del norte’ la denominación de ‘Espiritualidad solar y viril’, debido al insoslayable aspecto activo que supone la búsqueda del descondicionamiento, del conocimiento de los planos Superiores de la realidad y del Despertar a lo Eterno e Inmutable. Por el contrario tildará de ‘religiosidad femenina y lunar’ a esa otra manera de mirar hacia lo Alto que calificará como propia de la ‘luz del sur’ y que no concibe más que la fe y la creencia -pasivas ambas- en lo Trascendente.

Del italiano Michelstaedter tomará buena nota de lo expuesto por éste en su obra “La persuasión y la retórica”, en la cual escribe que la ‘retórica’ supone aquella tendencia a resignarse y adaptarse a los patrones morales y de comportamiento que imponen los convencionalismos sociales; el ‘homo vulgaris’ denunciado por Evola sería fiel a este patrón de la ‘retórica’. En cambio, la ‘persuasión’ es la actitud que lleva a la auto-posesión, a no depender de ningún factor externo, a no estar sometido a nada ajeno a uno, a convertirse -en definitiva- en ese ‘señor de sí mismo’ del que se hablaba líneas arriba. La persuasión, nos dice Michelstaedter, se logra viviendo cada momento como si fuese el último por tal de superar ese miedo a la muerte que llevará a -citando nuevamente a Evola- ‘un tipo de hombre diferenciado’ a superar miedos y pavores incapacitantes que impiden la consecución de lo que el maestro romano denominó un ‘tipo de hombre descondicionado’.

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



PROGRESISTAS
julio 19, 2017, 10:41 am
Filed under: Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara, Metapolítica

Son hoy inmensa mayoría las que quieren ser calificados como de ‘progresistas’. Ser progresista es lo que vende. Ser progresista es ser alguien “avanzado”, alguien que (así se cree) busca la mejora de sus congéneres y de la sociedad en la que vive. No todos de entre esta mayoritaria masa de progresistas asumen también el que se los denomine ‘progres’, pues este término queda como más escorado hacia posiciones políticamente de izquierdas y resulta que bastantes de los que no le hacen ascos a la denominación de ‘progresistas’ se identifican con la derecha liberal y, por ello, no suelen sentirse cómodos con el vocablo ‘progres’.

Pocos se arriesgan a rechazar el ser considerados como progresistas pues aun cuando a unos pocos no les agradase dicho término lo asumirían porque de no admitirlo para sí correrían el riesgo de ser tachados de lo que se considera su antónimo, esto es, de retrógrados …o de carcas o de reaccionarios u oscurantistas. ¿Quién sería capaz de cargar con semejante baldón? ¿Quién quiere ser condenado al ostracismo si alguien le define con semejante léxico? ¿Quién quiere recibir los anatemas de los políticamente correctos y ser silenciado por éstos? ¿Quién quiere que, por este motivo, sus opiniones sean vilipendiadas o ignoradas y censuradas de antemano?

Se le tiene tanto miedo a que caigan sobre uno esas denominaciones incapacitantes que pocos osan poner en tela de juicio o simplemente poner a estudio las reales connotaciones de lo que representa el progresismo.

¿y qué es el progresismo? Pues el progresismo no es otra cosa que la aceptación de las dinámicas sociales, políticas, culturales y morales que suceden desde que el mundo moderno (como antítesis del Mundo Tradicional) empezó a consolidarse en el discurrir de los tiempos. Es la asunción del devenir de la humanidad en los últimos siglos. Es, concretando, la aceptación de la tendencia a la amputación de una de las tres dimensiones que conforman el ser humano (formado por cuerpo, alma o mente y Espíritu): la amputación de su dimensión Trascendente. Es la aceptación del proceso de desarraigo del hombre, al cual la Revolución Industrial arrancó del campo y lo incrustó en el anonimato de las metrópolis; proceso que llevó a la disgregación en urbes diferentes de  unos clanes familiares que le otorgaban consistencia, base y organicidad a las comunidades. Es la aceptación de que el hombre haya sido convertido en un engranaje más del mecanicista sistema de producción y consumo, en el conjunto alienante de un mundo industrializado y mecanizado. Es la aceptación de la supresión de todos los cuerpos intermedios que en una sociedad de tipo Tradicional existían entre las estructuras estatales y la persona …cuerpos intermedios que integraban la vida del hombre en el conjunto de la comunidad y que hacían de ésta un todo orgánico, vertebrado y estructurado. Es la aceptación, por la anterior deriva inorgánica, de la transformación de la persona en individuo intercambiable por otro individuo cualquiera por el hecho de no diferenciarse en nada el uno con respecto al otro, pues ya ha perdido su pertenencia a un oficio determinado, a una institución concreta, a una cofradía en especial, a una hermandad determinada o a un gremio o corporación específicos (no hay ya pertenencia ni función que valgan: el individuo-átomo ha sido despersonalizado y enajenado y ahora fácilmente podrá ser utilizado, explotado, lobotomizado y programado como el Establishment crea oportuno para aumentar sus réditos o sus oscuros planes mundialistas). El progresismo es, en definitiva, la aceptación de la degradación del hombre.

¡Hagamos un mínimo de reflexión!: ¿Es todo esto lo que queremos defender? ¿Seguimos entestados en declararnos progresistas y defender, a capa y espada, el progresismo? ¿Debe ser el progresismo el Sancta Sanctorum incuestionable de nuestros tiempos modernos? ¿A la puesta en marcha y consolidación de estos procesos disolventes, que se acaban de enunciar, se los considera ‘progresar’? ¿Estamos realmente progresando y evolucionando o, en realidad, estamos involucionando?

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com