Julius Evola. Septentrionis Lux


La lucha interior
febrero 19, 2009, 10:01 pm
Filed under: Ética y valores, Eduard Alcántara

A menudo, cuando pretendemos ofrecer una alternativa al mundo decrépito que nos ha tocado ìvivirî, planteamos las soluciones económico-político-sociales que darían al traste con el armatoste que nos oprime exteriormente y nos olvidamos de que también existe otro género de opresión, mucho más profunda, que nos impide ser LIBRES en el sentido menos formal y más existencial de este término. Y es que a lo largo de siglos de decadencia de nuestra civilización el hombre ha ido, paulatinamente, embruteciéndose, por un lado, y, por otro, sometiéndose a los influjos caóticos del submundo emocional que irrumpe desde los estratos más abismales de nuestra mente.

      Si queremos plantear una alternativa integral a los corrosivos tiempos que nos denigran y esclavizan hemos de empezar por librar la gran batalla: la batalla interna que conduzca a la victoria de lo inmutable, de lo fijo, de lo inmóvil y de lo eterno frente a lo variable, frente al marasmo que fluye sin rumbo fijo, frente a lo perecedero y frente a lo mutable y mutante. Que haga vencer a lo impasible y estable frente a lo inestable y contradictorio. Que consiga el triunfo del Espíritu, del Alma, de la Shakti del hinduismo, del Nous de los griegos, de lo Alto frente a los bajos  impulsos e instintos, frente a lo emocional, lo pasional, los sentimientos  descontrolados y cegadores, frente a lo bajo.

      Hemos de conseguir el poder utilizar todo lo sugerente, embriagador y  sugestivo que nos ìofreceî maliciosamente el ruinoso mundo que nos rodea  como si se tratase de pruebas a superar que nos robustezcan interiormente.  Hemos de recorrer nuestro vía, nuesto Do, nuestro camino iniciático  enfrentándonos a los monstruos y titanes, miedos y flaquezas que anidan en  nuestro interior y que son despertados, soliviantados, azuzados y espoleados  por este falso mundo ­Maya, según, nuevamente, el hinduismo- que nos llega a través de los sentidos. Hemos de convertir el veneno en remedio. ¡Que lo que  no nos destruya nos haga, cada vez, más fuertes! ¡Que el héroe solar derrote  a la bestia, al animal primario que llevamos dentro! ¡Cabalguemos el tigre  de nuestras debilidades! ¡Dominémoslo! ¡Que él no nos someta! ¡Que no nos  despedace con sus terribles garras! ¡Que no nos destroce! ¡Cabalguémoslo  hasta que reviente de cansancio y desista en sus propósitos! ¡Hasta que  caiga sumiso ante nosotros; ante y bajo nuestros pies! ¡Destruyamos en  nuestro foro interno lo que él simboliza y, así, nuestro Espíritu se  enseñoreará de nosotros! De este modo nuestra alma será un espejo del  Espíritu y no un receptáculo de lo inmundo que nos subyuga y nos convierte  en enanos míseros que se arrastran a lo largo de una pútrida existencia.  ¡Seamos caballeros invencibles y héroes indómitos! ¡Hagamos guardia  perpetua! ¡Seamos guerreros de ademán impasible! ¡Que nada consiga  alterarnos! ¡Tengamos robustez marmólea! ¡Renazcamos a lo Suprasensible a  través de una voluntad granítica! La lucha encarnizada contra el tigre  existe sólo para los hombres combativos que quieren alcanzar la  Inmortalidad; aun en vida. ¡Eterno combate metafísico!:

      El del Bien contra el Mal. El de lo Solar contra lo lunar. El del  Espíritu contra la materia. El de lo vertical contra lo horizontal. El de lo  Uránico contra lo telúrico, contra lo pelásgico, contra lo ctónico. El de lo  olímpico y heroico contra lo titánico. El de los Asen contra los Gigantes. El de lo aristocrático contra lo demónico o demoníaco ­de demos-. El de lo  viril contra lo afeminado. El de lo diferenciado contra lo igualitario. El  de lo orgánico contra lo inorgánico. El de lo jerárquico contra lo  anárquico. El de la calidad frente a la cantidad. El de lo que tiene forma  frente a lo informe, amorfo e indiferenciado. El del Hombre frente a la  masa. El de la medida, el equilibrio y la proporción frente a la desmesura,  el desequilibrio y lo desproporcionado. El de lo lacónico frente a lo  ampuloso y farragoso. El de la sensatez frente a la insensatez. El de la  constancia frente a la inconstancia. El del vigor frente la abulia. El del  valor frente a la cobardía.  El de lo inasequible al desaliento frente a lo  derrotista y a la molicie. El de la firmeza frente a la pusilanimidad. El de  la cordura frente a lo impulsivo. El de la templanza frente a la  concupiscencia y el desenfreno. El de la serenidad frente a la  voluptuosidad. El de la línea frente a la curva. El de lo recto frente a lo  torcido. El de la sobriedad frente a la ebriedad. El de lo impertérrito  frente a lo voluble.  El de la ética, el estilo y la rectitud frente a la  inmoralidad y la corrupción. El de la Virtud frente al vicio. El de lo  señorial frente a lo zafio. El de la franqueza y la sinceridad frente a lo  taimado y al engaño. El de la nobleza frente a la ruindad. El de la  austeridad frente al lujo. El de Esparta frente a Sodoma. El de la Idea frente al capricho. El de lo patriarcal frente a lo matriarcal. El del Imperium frente a lo tribal. El de lo gibelino frente a lo güelfo. O el de   lo de Arriba frente a lo de abajo. O el de lo Suprasensible frente a lo   sensible o sensitivo. O el de lo Metafísico frente a lo físico. O el de la
 Conciencia frente a lo inconsciente y ante el subconsciente. O el del   Superhombre contra el hombrecillo moderno. O el de la Luz del Norte contra
 la luz del sur.
      En definitiva: ¡¡NUESTRO COMBATE!! ¡¡NUESTRA LUCHA!!

 



Elecciones y sufragio
febrero 19, 2009, 9:59 pm
Filed under: Ética y valores, Eduard Alcántara, Política

El culmen, el cénit, la gran fiesta de los sistemas políticos partitocrácticos acontece cuando se celebran elecciones. Da igual que sean municipales, regionales o autonómicas, generales o presidenciales, lo único cierto es que en ellas la plutocracia que se disfraza de democracia se intenta cubrir de legitimidad.

En casi todo el orbe dominan las llamadas democracias liberales. Las mismas que dan cobertura a una versión del capitalismo: el liberal. Es por lo cual que constantemente estamos recibiendo información sobre la celebración de elecciones, del tipo que sean, en un país o en otro del mundo o en una u otra región determinadas de aquel o de este Estado.

En muchas ocasiones debemos pasar por el suplicio previo de las campañas electorales: ¡auténtico circo ambulante! Y con el circo llega el abrumador despilfarro de dinero: con frecuencia asciende a miles de millones el montante del pecunio que los mil y un partidos y coaliciones echan por la borda; claro es que unos pocos se gastan la mayor parte. Ingentes cantidades de dinero a menudo despilfarradas ante dantescos ejércitos de parados, mendigos o de humildes gentes. Pero, por lo que se ve, la puesta en escena del espectáculo circense es más importante que la dignidad que merecen estas desamparadas y necesitadas personas.

Por si éstos y otros muchos problemas innatos a la plutocracia tuvieran escasa importancia, los diferentes gobiernos y las administraciones en general se olvidan de ellos y sus miembros centran sus esfuerzos y atención en el buen funcionamiento de las precampañas y las campañas electorales y en la labor propagandística del partido al que pertenecen o que gobierna en ese momento.

En el caso de comicios regionales o autonómicos, por un lado, o generales, por otro, los parlamentos se disuelven y, en su lugar, se constituyen representaciones de los mismos, que funcionan a medio gas y únicamente cuando se las convoca; es el caso de la Diputación Permanente como sustituto de las Cortes españolas. La función legislativa se paraliza y de la ejecutiva casi se puede afirmar otro tanto. En definitiva, se produce durante estos períodos lo que se conoce como ‘vacío de poder’.

Es en estas fechas cuando los políticos se suelen acordar de que existe un pueblo, de que existen unas gentes que con sus votos les pueden encumbrar al poder o hacerles permanecer en él. Y es ahora cuando recorren plazas, mercados, pueblos y ciudades. Es ahora cuando estrechan la mano de ese pueblo, cuando le obsequia con flores, agasajos y promesas de todo género. Y es ahora cuando estos políticos dicen para sus adentros: ‘¡ahora es cuando me interesas, pueblo, ahora!’ Y es que para el Sistema político en vigor el valor de la persona es bien pobre: ‘un hombre= un voto’, o, si se prefiere,: ‘un hombre= un número’. Un número más en el seno de esa masa amorfa y despersonalizada que sumisa como un rebaño de ovejas sigue las directrices y las órdenes que el Sistema le da.

La misión principal de los políticos es, durante los días que dura el circo, la de intentar atraer hacia sus respectivas formaciones el voto del mayor número de ciudadanos. Pero, ¿cómo conseguir esto? Pues bien, primeramente insertando en los cerebros de sus futuribles votantes unas consignas y eslóganes gracias a la simple técnica consistente en repetirlos machaconamente; facilidad de la que gozan las agrupaciones políticas con fuertes posibilidades económicas. Y, en segundo lugar, mintiendo sin reparos, ya que saben a ciencia cierta que a la ciudadanía hay que, aparte de agasajarla impúdicamente, ofrecerle programas sugestivos, atrayentes y que la llenen de una ilusión de la que el mismo Sistema le ha hecho carecer; y así lo hacen, puesto que tienen, de antemano, consciencia de que, ya sea por ineptitud o intencionadamente, no los van a llevar a la práctica aun llegando a encaramarse al poder.

El partido o coalición que tras unos comicios electorales consigue formar gobierno sabe con certeza que si para cuando se celebre la próxima consulta electoral quiere volver a ser reelegido debe, entre otros cosas, conseguir elevar el nivel de vida de la ciudadanía realizando, por ejemplo, obras públicas que, como tales, el pueblo pueda valorar como positivas y, en consecuencia, le predisponga favorablemente para volver a otorgarle su confianza. Pero, claro, las grandes obras públicas, las que vertebran y pueden contribuir a dar consistencia a la economía de un país, las que potencian su infraestructura general, no se suelen poder concluir en los pocos años que transcurren entre una consulta electoral y la siguiente, ya que necesitan de una serie de trámites, requisitos y proyectos y, sobre todo, de mucho esfuerzo humano y técnico. Y como esta realidad no la ignora ningún gobierno que actúe en el seno de un sistema político liberal, sus energías se centran en la realización de pequeñas obras o servicios públicos: parques de recreo, zonas ajardinadas, hogares para jubilados, pavimentación o arreglo de calzadas,… Obras públicas que con ser deseables en cualquier comunidad, no deberían imposibilitar la ejecución de grandes obras públicas; como la construcción de hospitales, embalses, redes de comunicación, centrales de energía,.. No cabe duda de que este proceder habitual constituye otro punto en contra a la hora de valorar la idoneidad del sistema de elecciones periódicas, consustancial al liberalismo político.

Si a pesar de todos los intentos de un partido por mantenerse en el poder, sucumbe ante la fuerza electoral de otro, este otro, al representar, en mayor o menor grado, una opción ideológica distinta considerará, seguramente, como contrarios o disonantes con su línea política muchos de los aspectos de la obra realizada desde el ejecutivo saliente, por lo cual procederá, si no a destruirlos, a ponerles trabas para obstaculizar su adecuado funcionamiento o mantenimiento. Con lo que nos encontramos con que es francamente difícil que cualquier proyecto serio salga adelante y tenga, además, un carácter duradero.

Otro hándicap con el que nos topamos al analizar a la partitocracia es el de la falta real de alternativas políticas existente entre los diferentes partidos o coaliciones de mayor influencia, pues sabemos que triunfe uno u otro la obra de gobierno no va a variar sustancialmente; aunque externamente a algunos les pueda parecer lo contrario. Y es que partidos conservadores, demócratacristianos, liberales o socialdemócratas acaban aplicando, en economía, los mismos criterios del capitalismo liberal, o los primeros, en el plano moral, acaban respetando las leyes, por ejemplo, abortistas aprobadas por gobiernos ‘progresistas’ anteriores y a las que sus programas políticos se oponían.

¿Y por qué ocurre esto? Pues bien, son, o pueden ser, múltiples las causas y van desde la sumisión al Gran Capital financiero y multinacional en la que caen todos los gobiernos de los regímenes de tipo liberal-capitalista, pasando por el consenso remendón que se suele establecer entre las fuerzas de los distintos gobiernos y de sus mal llamadas oposiciones en torno a muchos temas y acabando por el denominado ‘pragmatismo’ en el que los políticos del Sistema suelen caer cuando forman parte del poder ejecutivo; olvidándose así de cuestiones ideológicas que no harían más que complicarles la existencia cómoda y facilona a que han conseguido llegar.

Hablábamos algunas líneas más arriba de los partidos más influyentes, si no social sí electoralmente, y sería bueno pararse a analizar cuáles son los motivos principales de esa supremacía. Y llegaríamos a la conclusión de que dichas causas se encuentran, sobre todo, en el monopolio que ejercen sobre la mayoría de los medios de comunicación y en las grandes sumas de dinero que manejan en las campañas electorales. Y es que es de perogrullo que al Sistema le interesa que las formaciones políticas que más ciegamente, sea por motivos ideológicos o por intereses económicos, le apoyan acaparen el poder que lo sustente y fortalezca y, por esta razón, uno de sus principales tentáculos, la Banca, las financia; dándoles grandes facilidades a la hora de concederles los préstamos necesarios. Por si esto fuera poco, la capacidad de presión del capital financiero sobre los medios de ‘información’ explica la parcialidad y partidismo de que éstos hacen gala constantemente; además, hemos de tener en cuenta de que la totalidad de los principales medios de comunicación se encuentran en manos de gente totalmente identificada con el régimen político vigente.

Las llamadas Cartas Magnas o Constituciones que recogen los postulados ideológicos básicos en los que se sustentan los diversos estados liberales propugnan en algunos de sus primeros artículos, si no en el primero, los principios de la ‘igualdad y el pluralismo político’ y nosotros, a razón de lo expuesto en el párrafo anterior, no podemos por menos que preguntarnos: ¿se verifican, de algún modo, dichos principios ante el evento de unos comicios electorales? Es obvio que la respuesta, por evidente, sobra.

Otro aspecto que se ha de someter a consideración es el de la escasa representatividad real que tienen los partidos políticos en general y los diputados, congresistas o senadores, en particular. Y es que resulta que, en muchas ocasiones, los elegidos por una circunscripción electoral no tienen nada que ver con ella, porque: o bien no son naturales de la zona por la que se presentan para ser elegidos; o bien no residen en ella; o bien desconocen sus problemas, sus preocupaciones y sus aspiraciones. Simplemente, el partido les asigna la circunscripción que más le interesa…

Dejando de lado a los votables y ocupándonos de los partidos, hay que tener presente que el gobierno que se forma a raíz de celebrarse unas elecciones no representa más que a la gente que ha votado al grupo político al que pertenecen sus miembros, esto es, no representa más que a una mayoría de ciudadanos o bien a una minoría mayoritaria., pero nunca a la totalidad del pueblo. Claro que incluso esto es pura teoría, pues, como vimos con anterioridad, cuando el nuevo Ejecutivo ya ha cumplido su objetivo principal, que es el de haberse constituido como tal gracias al voto popular, pasará a ignorar intencionadamente las promesas que su partido vociferó durante la campaña electoral; resultando, por tanto, que ni los electores que le depositaron su confianza en las urnas se verán representados por dicho gobierno.

Ante toda la zarabanda electoralera que tenemos que padecer continuamente nos surgen, como reflexión final, preguntas como éstas: ¿qué entenderá la mayoría de los votantes sobre temas tan complejos como los del funcionamiento de la macroeconomía o sobre estrategia militar y geopolítica para, en unas elecciones generales, optar por la opción política que mejor pueda tratarlos? ¿Debe de tener el mismo valor y peso el voto ejercido por una persona honrada, cabal o instruida que el de un ignorante, un ‘pasota’, un ímprobo, un estafador, un explotador, un delincuente o un deficiente psíquico? ¿Acaso, tal como afirmaba Corneliu Z. Codreanu en su libro ‘Guardia de Hierro’, la categoría de, por ejemplo, mejores pintores la determina, por sufragio, el pueblo o lo hacen los maestros, especialistas y críticos pictóricos? ¿Es que, afirmaba igualmente, al oficial de un ejército lo eligen por votación los soldados o lo hace otro oficial u otros oficiales que detenta/n una graduación superior a la suya y que, por tanto, tiene/n la legitimidad, los conocimientos y la experiencia necesarios para determinar quien es apto para ascender de escalafón?…



Contra el darwinismo
febrero 19, 2009, 9:56 pm
Filed under: Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara

La formulación, por parte de Charles Darwin, en el siglo XIX de la ‘teoría sobre el origen de las especie’ supuso un hito más en ese camino de disolución de los Valores Eternos por el que transita el hombre del Mundo Moderno. Desgajar a la humanidad de su origen sacro, divino, no representó, ni representa, más que un signo más de los tiempos disolutos que corren.

Si en el plano económico tal ataque al Mundo Tradicional se hizo, y/o se está haciendo, a través del mercantilismo o del capitalismo de Estado o el liberal, y en el plano político se fue realizando y/o se realiza gracias al liberalismo, al marxismo o al anarquismo, en el plano cultural la labor la llevaron a cabo la Ilustración, el evolucionismo o el psicoanálisis.

En todas las culturas Tradicionales el hombre siempre se creyó descendiente de los dioses. Los clanes, las tribus, las genes creían tener en alguna divinidad a su antepasado más remoto. Los Iniciados, al ir más allá de la forma concreta y antropomórfica que se le otorgaba a la divinidad, concebían al hombre como emanación de un Principio Supremo y, en consecuencia, lo hacían partícipe y portador de la Esencia Inmutable y Sacra de dicho Principio.
Con tales maneras de concebir la existencia, el Mundo Tradicional encaminó todas sus actividades hacia metas Superiores, de orden Trascendente.

Pero con el desarrollo de la actual Edad Sombría, Edad de Hierro, Edad del Lobo o Kali-yuga la humanidad se fue, progresivamente, precipitando hacia lo bajo, fue rompiendo sus vínculos con lo Suprasensible y fue, poco a poco, ignorando el componente espiritual que anida en el interior del ser humano. Y, para precipitar todo este proceso corrosivo, la aparición de las teorías ‘evolucionistas’ cumplió una excelente función, pues al atribuirnos un origen meramente animal nos segaba radicalmente cualquier intento de desarrollo de esa Realidad Suprasensible que ya se nos negaba poseer al habérsenos cortado nuestro nexo con la Divinidad.

Paulatinamente, lo que a mentes no intoxicadas por un constante lavado de cerebro le hubiera tenido que parecer como un buen tratado de ciencia-ficción, se fue convirtiendo en dogma de fe, incontestable: el hombre procede, por evolución, del mono…

Para que la teoría no resultara demasiado simplista se le buscaron antecedentes al mono en otras especies y así sucesivamente hasta llegar a un supuesto origen unicelular. Además, esta teoría se fue completando, para hacerla más verosímil, con los presuntos cambios evolutivos acaecidos sobre otras especies de animales.

Pero para que el esperpéntico planteamiento no resultara irrisorio para muchos, debía ser demostrado científicamente. Debían presentarse pruebas, restos óseos de aquellos homínidos que habrían constituido los eslabones de la cadena evolutiva desde el primate hasta el hombre. Curiosamente no se han encontrado restos de los supuestos antecesores que, según los evolucionistas, tuvieron otras especies animales como, por poner un ejemplo, el caballo; al que se le hace sucesor directo de un tal ‘pliohippus’ o ‘hipparion’; varía el nombre dependiendo del autor evolucionista. Pero, ¡ay de las casualidades de la vida!, de entre los millares y millares de especies animales que pueblan nuestro planeta únicamente se han encontrando restos de los presuntos antepasados del hombre…

Pero, ¿son estos hallazgos óseos fidedignos?. ¿Son creíbles? Pues bien, la primera suspicacia sobre su credibilidad nos llega al comprobar que dos de estos principales y difíciles ‘descubrimientos’ los hizo la misma persona y en lugares bastante alejados entre sí: el jesuita Teilhard de Chardin.
… Él solito encontró a los famosos ‘Hombre de Java’ y ‘Hombre de Pekín’, dos ‘homínidos Pitecántropos’ que únicamente lo son en la imaginación de un visionario o de un manipulador, pues el ‘hallazgo’ de Java consistió en el fósil de un gran gibón, de la familia de los simios antropomorfos, de los cuales existen dos géneros y cuatro especies de talla más pequeña, y a catorce metros de distancia un fémur humano al que se ha querido hacer pertenecer al simio. Y el ‘descubrimiento’ de Pekín constó, básicamente, de algunos cráneos de mono con la frente a trozos y más bien de talla grande, parecidos al cráneo del ‘Hombre de Java’, junto con cenizas y piedras talladas que sus ‘mentes considerablemente inteligentes’ habrían obtenido por el hecho de conocer el fuego y de saber tratar la piedra. No se admitía discusión posible: nadie tenía derecho a pensar que, a lo largo de miles y miles de años, deslizamientos de tierras provocados por tormentas o riadas, temblores de tierras o erupciones volcánicas hubiesen hecho coincidir, en los mismos pozos, cráneos de primates con útiles elaborados por el hombre o con cenizas originadas por fogatas encendidas, igualmente, por hombres.

Si alguien duda de las auténticas intenciones, no precisamente cientifistas, por las que se mueven estos ceñudos buscadores de ‘eslabones perdidos’, podemos hablar de un caso aleccionador sobre el modo de proceder de muchos de ellos: el del ‘hallazgo’, en la Inglaterra de los primeros suspiros del siglo pasado, del ‘Eoantropus dawsoni’. Este cacareado ‘descubrimiento’ acabó resultando un soberano montaje, ya que a un cráneo humano del Pleistoceno se le había adjuntado una mandíbula de un simio actual envejecida artificialmente por medio de colorantes, cuyos molares habían sido limados por tal de hacerlos más suaves; menos simiescos. Además, entre alguna otra manipulación más, con el fin de que no se pudiera percibir que el cráneo y la mandíbula no pertenecían al mismo ser, los condilos o’bisagras’ que unen y articulan a ambos habían sido rotos. El desenmascaramiento del escándalo, como puede suponerse, tuvo un ínfimo eco mediático… (1)

El origen, maliciosamente, fantasioso del evolucionismo ha provocado, y provoca, constantemente contradicciones entre sus correligionarios y exegetas. Así, si desde un principio se hizo hacer creer que el simio evolucionó en Australopithecus, éste en Pitecántropus, a continuación fue apareciendo el Hombre de Neanderthal, para dar éste paso al Cro-magnon como antecesor directo del hombre, desde hace algunos años, en muchos de estos círculos darwinistas, se está imponiendo la teoría de que el Neanderthal y el Cro-magnon coincidieron en el tiempo y el segundo acabaría exterminando al primero. Incluso los hay que sostienen la idea de que del primero proceden algunas de las razas humanas actuales. Difícilmente, decimos nosotros, podría ser el Neanderthal antepasado del Cro-magnon o nuestro cuando al decir de los ‘estudiosos’ su altura era superior a la de ambos y en base a que no debemos de olvidar que según los evolucionistas cada eslabón supera en altura al que lo precede.



Hablando de “Orientaciones”, de Julius Evola
febrero 19, 2009, 9:54 pm
Filed under: Eduard Alcántara, Julius Evola, Política y tradición

Este libro representa un breviario idóneo para fijar cuáles son los fundamentos y principios básicos que ha de seguir y a los que ha de aspirar cualquier persona que aspire a caminar por derroteros radicalmente opuestos a los que nos quiere obligar a recorrer el presente Mundo Moderno.

Trata, de una manera sucinta, de descubrir o aclarar posturas de cariz existencial, ético, espiritual, cultural y político destiladas de cualquier tipo de influencia distorsionadora que pudiesen haber recibido de épocas decadentes como la nuestra.

Nosotros, en el presente escrito, nos vamos a limitar, casi exclusivamente, a hacer un repaso de los aspectos que son tratados a lo largo de los once puntos en los que el gran intérprete de la Tradición dividió este libro:

1. Nos recuerda el pensador italiano que nos encontramos en medio de un mundo en ruinas y que, por tanto y antes que nada, nos debemos plantear el siguiente problema: ¿existen aún hombres en pie en medio de estas ruinas?

2. Afirma que si un Estado tuviera un sistema político o social que, en teoría, valiera como el más perfecto, pero en el cual el soporte humano fuese tarado, entonces ese Estado descendería antes o después al nivel de la sociedad más baja. Igualmente dice que si las cualidades de ese hombre fueran óptimas, aun enmarcado en un tipo de Estado con serias deficiencias, la comunidad de la que formase parte se encaminaría paulatinamente a los niveles más altos.
Por tanto, aboga por la reconstrucción de un hombre nuevo, animado mediante un determinado espíritu y una adecuada visión de la vida. Fortificado mediante la adhesión férrea a ciertos principios.

3. En este punto traza una de las pinceladas de lo que deberá ser el hombre nuevo mencionado anteriormente. Y será aquel que sea fiel al espíritu legionario, es decir, aquel que sepa elegir el camino más duro.

4. Y si valores como el del honor, la fidelidad, la valentía, el espíritu de servicio o el de sacrificio que encarnan el arquetipo del guerrero son los que deberán ser adoptados como norma vital, deberán, en consecuencia, rechazarse los modelos existenciales burgués y proletario.
Otro trazo del hombre nuevo vendría conformado por el de su asunción del principio de la impersonalidad activa, para el que lo que cuenta es la obra y no el individuo; el egoísmo quedará, pues, fulminado ante la lucha por la consecución de fines superiores.

5. En este apartado se nos desenmascara el hecho constatable de que el liberalismo, después la democracia, más tarde el socialismo, también el radicalismo y, en fin, el comunismo o bolchevismo no han aparecido históricamente sino como grados de un mismo mal, como estadios que prepararon sucesivamente el complejo proceso de una caída.

Asimismo se nos advierte de cómo lo que hoy en día conocemos como globalización provocada por el demoplutocratismo, y que Evola denomina americanismo, comporta, y comportaba, más peligro que, según su propia denominación, el bolchevismo, porque el mismo mal actúa, en el primero, en forma más sutil y las transformaciones acontecen imperceptiblemente en el plano de las costumbres y de la visión general de la vida.

6. Como todo nuestro quehacer y todos los ámbitos de la vida deben de estar al servicio de la consecución de metas superiores, nuestro pensador nos quiere dejar bien claro el peldaño jerárquico que debe ocupar cada actividad social y, así, afirma categóricamente que “nuestro radicalismo de la reconstrucción exige que no se transija con la alucinación o el demonio de la economía”.

7. Se comienza, en este nuevo punto, por señalar que el tipo de Estado por el que hay que abogar es el Orgánico, no así el Totalitario. Y es que si el primero tiene la función de dirigir y coordinar las actividades de los grupos y entidades sociales, a los que representa, en pos de metas supremas, el segundo, por el contrario, pretende inmiscuirse en el planteamiento de dichas actividades y, más aun, reglamentarlas; o, dicho de otro modo, aspirar a establecer todas las pautas, hasta las más concretas, de la vida de los diferentes órganos y entes comunitarios, con el consiguiente proceso de igualitarización que ello acarrea.
Se continúa por defender el concepto de Imperium como doctrina de Estado basada en función de una autoridad y de un poder que están investidos de una naturaleza sacra que quiere y debe ser la guia que sirva de modelo a la comunidad a la que articula y aglutina.
Se sigue por rechazar concepciones del Estado, como la bonapartista, que no se basan en ningún fundamento de carácter Superior, sino en el prestigio que, al Jefe de Estado o de Gobierno, le otorgan o refrendan las fuerzas irracionales de la masa. Igualmente, se repudia cualquier variante de democracia porque en ellas el poder también encuentra su legitimización en este mismo tipo de fuerzas.
Se acaba por ensalzar el concepto de élite revolucionaria como órgano rector del Estado y, en relación a su composición, se acaba por afirmar que la suprema nobleza de los Jefes no es la de ser amos de siervos, sino Señores que aman la libertad también de quienes les obedecen.

8. En este apartado se repudian concepciones jacobinas como la del nacionalismo o la de la idea genérica de patria, que se suelen basar en un enfoque físico hacia la tierra en que se habita, o en una adhesión de corte sentimental hacia ella o hacia los momentos más álgidos de su pasado histórico, o en las tierras movedizas e inestables de la voluntad popular alentada por el nefasto Rousseau.
Ante ello Julius Evola defiende que hay que darles a la Idea y al Estado la primacía respecto a una nación y a un pueblo que sólo dentro del Estado adquirirán un significado, una forma y participarán en un grado superior de existencia. (1)
Como colofón se acaba haciendo una relación de términos que son la clave para la constitución de las directrices políticas de una comunidad: Idea, Orden, élite, Estado y Hombres de Orden.

9. El último gibelino -como ha sido llamado nuestro autor- rechaza de plano todos los subproductos que ha originado la llamada cultura libre, no sólo desgajada de cualquier sentido de Trascendencia sino, aún peor, en muchos casos frontalmente opuesta a ella: materialismo histórico, economicismo, darwinismo, psicoanálisis, existencialismo, neo-realismo,…
Asimismo sostiene que la verdadera realidad de la existencia está subordinada a un algo que va más allá; dejando atrás, por la voluntad de un más, aquello que está vinculado a lo meramente humano.
Y deja claro que estas líneas de superación no hay que tenerlas intelectual y dialécticamente, sino vivencialmente, realizadas en su directo significado a través de una vida interior y en la propia conducta. Y aclara también, por otro lado, que desintoxicados, de cultura libre, podremos conseguir claridad, rectitud y fuerza.

10. Se nos habla aquí de la doble posibilidad que existe de superar a la sociedad burguesa y al espíritu burgués que conlleva:
-Yendo a parar a algo todavía más bajo.- la subhumanidad colectivizada y materializada que propugna el realismo marxista.
-Combatiéndolos para elevarse por encima de ellos.- desdeñando la vida cómoda; siguiendo a los que exigen todo de ellos mismos; amando la unión entre la vida y el riesgo; haciendo nuestra la inexorabilidad de la idea desnuda y de la acción precisa.

11. En este último apartado se niega por igual la legitimidad del Estado laico como la del clerical o clericalista, ligando a este último con una crítica hacia el moralismo católico por su componente de humanitarismo, de iusnaturalismo y de igualitarismo y por su ideal del amor y del perdón, en lugar del de honor y justicia.
Se reprocha al catolicismo que no haya sido capaz de hacer suya una elevación ascética, al estilo del espíritu del mejor Medievo de los cruzados, sino que, por el contrario, haya descendido a un nivel mediocre y, en el fondo, burgués y mezquino.

Como conclusión, Evola nos advierte de la necesidad de defender la intransigencia absoluta de la idea, en función de la cual se debe estar unidos y nos advierte, igualmente, de que es indispensable afirmar esta idea sobre todo, en la forma del hombre nuevo, del hombre de la resistencia, del hombre recto entre las ruinas.

Eduard Alcántara
Septentrionis Lux

(1) Sobre las ideas expresadas hasta el momento en este punto nº 8, recomendamos la lectura del artículo escrito por José Antonio Primo de Rivera en el nº 2 de F. E., titulado La gaita y la lira



La Europa de las etnias
febrero 19, 2009, 9:51 pm
Filed under: Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara

Bajo esta denominación hay quien ha pretendido trazar el mapa de lo que habría de ser Europa una vez hubiera empezado a seguir el rumbo marcado por su auténtica y ancestral esencia y tras conseguir su unificación política. Mapa que desharía todos los Estados existentes en la actualidad y que, en definitiva y para entendernos diáfanamente, no dejaría títere con cabeza.

El modelo de esta futurible configuración de Europa se encontró tras la II Guerra Mundial y habría sido delineado por algún/os miembro/s de las S.S. a título individual y personal, pese a lo cual más de uno ha querido darle carácter de oficialidad. Nosotros le oponemos frontal oposición a dicho esbozo por variadas razones:

Primeramente porque habría que precisar qué es lo que se entiende por etnia. Nosotros por etnias entendemos a los diferentes grupos humanos en que se divide una raza y que presentan una serie de peculiaridades físicas y culturales que los distinguen entre sí; sin menoscabo, por supuesto, de las características, más generales, comunes a todos ellos que los integran dentro del mismo tronco racial.

Definido lo cual, en Europa encontramos tres grandes etnias y algunas otras más de menor peso cuantitativo. Las tres grandes, en las que nos vamos a centrar, son la nórdicogermánica, la eslava y otra que vamos a definir con el nombre de atlántica y que a menudo es denominada como mediterráneolatina.

Entendemos por atlántica la heredera de los pueblos celtas y protoceltas, que se asentaron mayoritariamente en zonas situadas en la fachada atlántica de nuestro continente, e incluso podríamos añadir a la heredera de los íberos que se asentaron básicamente en el litoral mediterráneo de la Península Ibérica.

Existían, entre celtas e íberos, un buen número de semejanzas culturales y hasta físicas -como la forma craneal- como para poder agruparlos dentro de una misma familia étnica. Ello facilitó la fusión que, al decir de muchos autores, se plasmó entre ambos pueblos en gran parte de la Meseta Central de la Península; aunque otros hablan tan solo de traspasos culturales como lo sería la adopción, por parte de los celtas del mencionado altiplano, del alfabeto íbero.

No es éste sitio donde dejar bien patente la adscripción indoeuropea de los íberos. De este menester ya nos encargamos en otro artículo titulado Los íberos, príncipes de Occidente.

No nos satisface en demasía el término mediterráneolatino porque los pueblos que actualmente habitan en las áreas próximas a la cuenca norte del Mediterráneo son descendientes de etnias diversas, no de una sola. Así, por ejemplo, los antiguos romanos tendrían su origen, especialmente, en pueblos germánicos. O la antigua civilización griega la conformaron los aqueos de origen, también, germánico o los dorios de extracción, según algunos estudiosos, celta. O croatas o eslovenos que pertenecen al grupo eslavo.

Definido el significado de etnia y definidas cuáles son las tres grandes etnias que pueblan nuestro continente nos preguntamos :¿se ajusta en algo a la realidad el controvertido mapa de la Europa de las etnias? La respuesta es no. ¿Es posible reestructurar nuestro continente bajo esta denominación? También creemos que no, puesto que si quisiéramos plasmarlo a la realidad deberíamos , por un lado, englobar dentro de la nórdicogermánica a países como los escandinavos, Alemania, Austria, Dinamarca, Holanda, Flandes, Islandia o Inglaterra. Por otro, dentro de la eslava, a polacos, rusos, ucranianos, eslovacos, checos, serbios, croatas o eslovenos. Y, por último, dentro de la altántica a irlandeses, franceses, valones, portugueses o españoles. Habría, por supuesto, que considerar otra u otras donde incluir, por ejemplo, a finlandeses o húngaros.

Bien, hasta aquí tenemos un mapa con tres grandes delimitaciones factibles, y que en nada se asemeja a la descomunal amalgama presente en aquel otro tan conflictivo. Pero, desgraciadamente las cosas no son tan simples, puesto que la composición étnica de muchos países citados no es tan diáfana como hemos querido exponer o como a algunos les puede parecer, ya que, ¿cómo podemos adscribir a la ligera, pongamos un caso, a la mayoría de los franceses en el subconjunto atlántico si, a pesar del sustrato celta, también experimentaron el aporte étnico de un pueblo germánico como el franco? Si le otorgamos más peso a su componente franco que al galo incluiríamos a Francia dentro de la etnia nórdicogermánica y no habría problemas con Normandía, donde, por su ascendencia vikinga, impera el germánico. Pero si le damos más peso al celta nos encontraríamos con el primer problema.

¿Dónde enmarcaríamos a Escocia, en cuyo territorio andarían muy a la par el sustrato celta de los pictos y el aporte germánico de los anglosajones que la invadieron? Incluso con España, ¿quedaría tan clara su alineación dentro del grupo atlántico o quizás no deberíamos obviar el aporte que recibió de un pueblo con probabilidad germánico como el romano o de otros que lo eran sin discusión como los suevos, alanos o visigodos? ¿O Italia, la integraríamos con los germánicos por la sangre romana, ostrogoda o lombarda que pueda tener o no lo deberíamos hacer debido al sustrato que le llegó, probablemente, de los pueblos del mar -como etruscos, ligures o sículos- que le arribaron tras la desaparición del imperio de un pueblo indoeuropeo como el hitita? ¿Dónde englobamos a los griegos, con los germánicos por el lado aqueo, con los celtas por el dorio, o el aporte posterior de otros pueblos no hace lógico ninguno de estos encuadres? ¿De qué manera dividimos Suiza, con su heterogénea población de orígenes alemán, francés e italiano?

Este mapa de lo que sería la auténtica Europa de las etnias hemos visto que no carece de problemas, pero aquel estrambótico y polémico de la Europa de los galimatías confeccionado durante la II G. M. y que hemos desechado por antiétnico no los resuelve por mucho que atomice nuestro continente, puesto que no nos aclara a qué etnia puede pertenecer, y repetimos un ejemplo, Escocia y además, desmenuza y tritura a un montón de países que sí pertenecen a una misma etnia.

Podríamos observar la cuestión de la Península Ibérica y no podemos por menos que preguntarnos ¿de dónde el susodicho enrevesado mapa ha sacado tantas etnias si, aparte del sustrato íbero que se ubicaba en la cuenca mediterránea y del celta que podría ocupar el resto de la Península, la aportación romana y, sobre todo, visigoda se extendió, con mayor o menor rapidez, por toda la Península? ¿O es que los que lo elaboraron y los que lo defienden tienen un concepto equivocado de lo que significa el término etnia? Para algunos, equivocadamente, el término etnia va indisolublemente asociado al de lengua. No han percibido que el lingüístico es sólo un aspecto del amplio concepto de cultura y, que, en consecuencia, el idioma solo no tiene el peso específico suficiente para conformar una etnia; la cual, además, necesita de un soporte físico determinado y diferenciado. Además, como sucede en el caso de España, si se les otorga, erróneamente, a gallegos, castellanos o catalanes la categoría de grupos étnicos se hace, no nos engañemos, básicamente por el uso de una lengua propia y con este proceder, no lo olvidemos, se están aceptando las consecuencias de la invasión del Islam que hubo de padecerse durante la Edad Media, ya que una de dichas consecuencias fue la fragmentación lingüística que padecieron los diferentes, y aislados, territorios cristianos. De todos modos, el mapa de marras es tan absurdo que hasta Castilla queda dividida. O Alemania…

¿Qué habría, pues, que proponer ante tanto inconveniente como presenta lo que sería un auténtico mapa étnico europeo o ante tanto desafuero como hay en el antiétnico? Pues seguramente, al menos en un principio, cuando se hubiera realizado el sueño de la unidad de la Europa genuina, no se deberían de trastocar en demasía los límites de los Estados actuales, pues de lo contrario estaríamos, de nuevo, encendiendo las mechas de posibles rencillas y disputas entre hermanos de sangre y de cultura. Y es que lo correcto sería ahondar todo lo que se pueda en el espíritu europeísta para, sin dejar en ningún momento de desarrollar las particularidades de todo tipo que anidan entre nuestros pueblos, hacer tomar conciencia del carácter secundario que pueda conllevar el trazado territorial que exista en el seno de nuestro continente.

De todas maneras no está de menos apuntar que el recorrido común que han seguido muchos pueblos a lo largo de algunas o de muchas etapas de su historia no habría que dejarlo en el olvido ni habría que desgajarlo de la realidad territorial, sino que, por el contrario, debería tener un reflejo en la configuración interna del continente unificado.

Creemos que con un profundo sentido de la europeidad irían desvaneciéndose los enconos y conflictos, muchos originados por cuestiones territoriales fronterizas, que todavía perviven entre muchos de los países del viejo continente. En consecuencia, pensamos que – exponiendo situaciones concretas- el gobierno regional francés no pondría ninguna objeción a que, en sus centros de enseñanza y en otras actividades culturales, se les enseñara a sus habitantes del Rosellón y de la Cerdaña, por un lado, o de Alsacia y Lorena, por otro, los pasajes históricos que acontecieron mientras pertenecieron a España, por un lado, y a Alemania, por otro. O, por poner otro ejemplo, el gobierno italiano tampoco pondría reparos en dar a conocer a los pobladores del Subtirol su historia común con Austria y, por supuesto, en promover al máximo todas las manifestaciones culturales autóctonas de la zona.

Estemos todos convencidos de que el despertar a la realidad ilusionante de construir un proyecto común para todos las gentes y pueblos que siempre han tenido a Europa como su hogar primigenio y que compartieron, en tiempos remotos, un origen y, hasta no hace muchos siglos, una cosmovisión comunes representará algo tan excelso y grandioso que cualquier tipo de posible rencilla interna se difuminará como gota en el océano.



Nuestras Ideas
febrero 19, 2009, 9:50 pm
Filed under: Ética y valores, Eduard Alcántara

Si tuviésemos que explicar sucintamente cuáles son los posicionamientos principales que conforman nuestro ideario, podríamos echar mano de una palabra clave: unidad.

Y hablaríamos de unidad de los diferentes pueblos que forman parte de una comunidad histórica y/o étnica que se haya ido conformando o que haya escrito sus más excelsas páginas gracias al empuje de metas internas a lograr o de vocaciones externas o universales a alcanzar.

Y hablaríamos de la unidad de Europa como hogar de las gentes de cultura y origen indoeuropeos.

Y hablaríamos de la unidad armoniosa, orgánica y jerarquizada que ha de existir entre los diferentes grupos y entidades que forman parte de una comunidad y, en consecuencia, rechazaríamos el odio que bajo el eufemismo de la “lucha de clases” pregoniza el marxismo e igualmente rechazaríamos la explotación a la que las oligarquías capitalistas, especuladoras y usureras someten al resto de la población.

Y si hemos de abogar por la unidad y la armonía en el seno de la comunidad, hemos de oponernos a la existencia del sistema de partidos políticos, porque tal como se denota de la etimología de la palabra partido, se trata de entidades que lo que provocan es precisamente partir, romper el tejido social, crear banderías enemistadas y enfrentadas entre si.

Y si no creemos en los partidos políticos como representantes del pueblo, sí creemos en que existen otras instituciones o entidades, que, a diferencia de los partidos, no son artificiales, no han sido inventadas por el hombre, y que han de representar de una manera más genuina al entramado social y a través de las cuales éste puede participar de una manera efectica y real en el destino común de la comunidad de la que forma parte. José Antonio Primo de Rivera al hablar de la ya famosa tríada -ampliable a otras instituciones- compuesta por la familia, el municipio y el sindicato la defendió, como superadora de la lacra originada por los partidos políticos, argumentando a favor de su carácter natural cuando aseguraba con acierto que todo el mundo nace y crece, o debería nacer y crecer, en el seno de una familia, vive en un municipio y tiene, o debería de tener, un trabajo que el sindicato, gremio o corporación debe de encuadrar en el seno del tejido comunitario.

Y hablaríamos de la unidad de la persona porque en el mundo materialista en el que nos hayamos la persona vive dividida o, para ser más precisos, mutilada, ya que se le ha adormecido o amputado su vertiente espiritual. Y es que si a lo largo de prácticamente toda la historia de la humanidad siempre se había sido consciente de que el ser humano era el resultado armonioso de la complementación de cuerpo, alma y espíritu y de que su vida se enfocaba principalmente hacia objetivos metafísicos y superiores, en el presente mundo hedonista y consumista, en cambio, el hombre no es más que un prisionero de sus sentidos y un esclavo de sus dependencias físicas. Es, por tanto, débil: no es libre.

Y si abogamos por la unidad de la persona, abogamos por el hombre como vivero de valores perpetuos. pues estamos firmemente convencidos de que la Trascendencia anida en su interior y creemos en principios insoslayables como los del honor, la fidelidad, la camaradería, la valentía, la voluntad, el espíritu de servicio y el de sacrificio,… De ello se deduce que este tipo de hombre tiene en sus manos la elección del camino de su destino y es, en consecuencia, totalmente consciente a la hora de escogerlo y, por tanto, de transitar por la vía de su realización integral o por la de su denigración y corrosión.



Las autonomías, metástasis de la Nación.
febrero 18, 2009, 8:49 pm
Filed under: Cultura y pensamiento, La Rata Negra, Política

Uno de los más cacareados logros de la transición española, es el llamado estado autonómico.Un estado que, a la vista de los resultados podemos sin miedo calificarlo de absoluto fracaso.

En 1977 solo catalanes y vascos aspiraban a la plena autonomía, realidad alejada de las demás regiones españolas. Era un autonomismo suave, un regionalismo, salvo el vasco, no separador, más preocupado de la faceta cultural ylinguística, que política, social y económica. El famoso “ café para todos” de Suarez, dio alas a oportunistas políticos, que vieron una extraordinaria via para sus ansias de poder y control, exacerbando hasta el paroxismo, inventadas reivindicaciones y agravios regionales.

Esta cuadrilla de oportunistas sin escrúpulos, supo jugar sus bazas, y, aprovechándose de los complejos de UCD  y con el consentimiento de la jefatura del estado, lograron poner en marcha el famoso y malhadado estado autonómico.

Desde entonces, todos los partidos nacionales en el poder, han sido cómplices de esta deriva hacia el abismo, creando un estado inviable, tanto política como económicamente.

Estas son, a grandes rasgos, las ventajas de tan loado sistema:

En 1975, habia en España, un millón de funcionarios, hoy en nuestra Nación, hay cerca de 3 millones de funcionarios, con la paradoja, que antaño, no habia tecnologías, ni medios, para agilizar y acercar la administración a los ciudadanos.

Desde los albores de este sistema autonómico, el despilfarro, nepotismo y corrupción, ha sido una verdadera plaga. Da igual gobierne la izquierda o derecha, los casos son múltiples y sería reiterativo enumerarlos.

El estado, está vacio de competencias, y apenas tiene decisión propia o capacidad de maniobra ante los mandarinatos regionales, solo preocupados por malgastar el dinero de todos y ocupar, cada vez más y más, parcelas de la sociedad.

La desafección a la idea nacional, fuente de soberania y solidaridad, es una de sus más logradas metas, creando en varias regiones españolas, odio e inquina a España, Patria común de todos, y reitero, fuente de soberanía.

La ruptura de lazos sentimentales, sociales, solidarios entre regiones, es otra constatación del fracaso del modelo, llegando al penoso extremo, de negar el agua de todos, una regiones a otras, con la ridiculez de “blindar cuencas acuíferas”.

La creación de castas parasitarias provinciales, tan solo dedicadas a exacerbar diferencias y obviar nexos múltiples de unión compartida en siglos.

La creación de 17 estados con leyes, parlamentos, asesores, lenguas, mercados, banderas, televisiones, policias,etcetc, etc. Suponiendo para el ciudadano, una onerosa carga fiscal y un soterramiento de sus derechos.

 

Como podemos apreciar, y sin querer extendernos mucho, las ventajas brillan por su ausencia, no así los problemas, el despilfarro y la mentira.

 

En consecuencia podemos decir sin ningún tapujo, que este es un estado inviable, condenado al fracaso más absoluto, si no se toman con rapidez medidas para corregirlo, pudiéndonos llevar a corto plazo a la balcanización de la que fue la nación más antigua de Europa.

Delenda est Autonomias