Julius Evola. Septentrionis Lux


¿Que queda de las dos Españas?
febrero 1, 2009, 6:23 pm
Filed under: Eduard Alcántara, Política y tradición

Mucho se ha escrito, explicado, debatido y discutido, y muchos lo han hecho, sobre esa imagen de las Dos Españas que en tantos períodos de nuestra historia habrían enarbolado dos formas diferentes de entender el mundo y la existencia y las habrían defendido a capa y espada; a menudo hasta las últimas consecuencias. Dos concepciones antagónicas que se hallarían en el origen de los enfrentamientos fraticidas y/o guerracivilistas que han marcado la mayoría de los momentos más trágicos por los que ha pasado nuestra sin par historia.

De esa imagen –convertida posteriormente, en ocasiones, en tópico simplista- ya hablaban prácticamente todos los más significativos autores de la ´Generación del ´98´ (Costa, Ganivet,…) y el tema que se deriva de dicha imagen no sólo fue objeto de profundo análisis por los prebostes de esta generación sino que también fue profusamente abordado por intelectuales de otras generaciones posteriores como es el caso de la del ´14 (Ortega y Gasset,…).

Podríamos situar esta España dual como una plasmación más de una realidad que, a nivel de cosmovisión, simbolizó muy bien Julius Evola al hablar de la oposición entre la Luz del Norte y la Luz del Sur (1). Esto es, la oposición entre lo que “es orden, jerarquía y aristocracia (Luz del Norte) y lo que es plebeyismo y nivelación igualitaria (Luz del Sur)”. (2)

También en cierta ocasión (3) aclaramos que la denominada como ´luz del norte´ vendría asociada a conceptos como el de la jerarquía, la diferencia, lo vertical, lo solar, lo estable, lo inmutable, lo eterno, lo imperecedero, lo patriarcal y a valores como el honor, el valor, la disciplina, el heroísmo, la fidelidad,… Y, por el contrario, la calificada como ´luz del sur´ abanderaría conceptos como el del igualitarismo, lo uniforme y amorfo, lo horizontal, lo lunar, lo inestable, lo mutable, lo caduco, lo perecedero, lo matriarcal, lo sensual, lo instintivo, lo hedonista, lo concupiscente,…”

Incluso, circunscribiéndonos a un plano psíquico o anímico “podríamos decir que la Luz del Norte contemplaría a aquél que rebosa autocontrol, equilibrio, serenidad, sobriedad, coherencia, prudencia, templanza, medida, discreción, calma,…, mientras que la Luz del Sur ‘iluminaría’ a los individuos tendentes a lo disoluto y disolvente, al desenfreno, al desorden referente a hábitos y modo de vida, a la inestabilidad, al desequilibrio, a la jarana, a la embriaguez,…” (4)

 

En base al criterio ofrecido por esta antagónica dicotomía Evola nos explica el porqué de episodios y de etapas tan dispares a lo largo de la historia acaecida en suelo de la Península Itálica. Así, afirmábamos en otra ocasión que “Evola reivindica para la historia de Italia buena parte de la antigua Roma y, por ejemplo, descarta, por liberal y antitradicional, el período decimonónico del Risorgimento que acabará con la unificación de la Península Transalpina. Además achaca a la hegemonía y reaparición del espíritu consustancial al substrato preindoeuropeo existente en tierras italianas antes de la aparición y triunfo de Roma, le achaca, señalábamos, los momentos crepusculares de la misma Roma y el resto de etapas históricas y episodios negativos -desde la óptica de la Tradición- para Italia.” (5) 

Lo que es aplicable para Italia nosotros ya lo creímos, en su momento, extrapolable a la historia de España. Por ello escribíamos que “José Antonio, en el escrito “Germanos contra bereberes” coloca detrás de las grandes gestas de la historia de España el espíritu germánico (´luz del norte´) presente en ella y, en esta línea, a él atribuye la Reconquista de una Península Ibérica que había caído bajo la égida musulmana y a él atribuye, también, la conquista de América. Mientras que otros períodos nefastos de la histórica hispánica (coincidentes con su decadencia como potencia mundial) y ciertas decadentes tendencias políticoculturales las atribuye al influjo preponderante de cierto substrato de mentalidad levantina; impregnado, por tanto, por la ´luz del sur´.(6)

Ernesto Milà escribió hace unos cuantos años lo que habían de ser algunos de los capítulos de un libro, inconcluso, que llevaría por título “Historia mágica de las dos Españas”. Afirmaba en la introducción del capítulo “El interregno visigodo: de la renovación a la pérdida de España” que “nuestra historia es una lucha eterna entre dos luces: la ´Luz del norte´ y la ´Luz del sur´, tal como fueron definidas por Julius Evola en ´Revuelta contra el mundo moderno´”. Bajo la misma óptica redactó otro de los capítulos que llevaba por título el de “Falange contra el Opus Dei. La gran contradicción bajo el franquismo”. 

 

En el primer capítulo mencionado Milà señalaba como propia de la Luz del Sur esa concatenación que seguramente desde las posiciones teológicas del arrianismo, propio a los visigodos que entraron en la Península Ibérica, llevaría a una concepción unitaria –o unívoca, diríamos nosotros- de lo divino, muy común a las religiones semitas, y que sería la que definió la manera de concebir el hecho espiritual de muchos de los witizianos que acabaron aliándose a los musulmanes que terminarían ocupando nuestro suelo durante casi ocho siglos. Frente a esto, sería propio de la Luz del Norte una manera plural de percibir lo Trascendente, que fue común a las espiritualidades precristianas del mundo indoeuropeo y que el cristianismo que –para aclarar conceptos- podríamos definir (cuando se convierte en religión oficial del Imperio Romano y en el Alto Medievo) como catolicismo asimiló y concretó en un trinitarismo que concebía a la divinidad no de forma unívoca sino multiforme -o triforme–  y con el cual comulgaban buena parte de los seguidores del rey Don Rodrigo. Un trinitarismo que al concebir a Jesucristo como  hombre divino (Dios hecho hombre) rompe con ese hiato insalvable que las religiones del Libro habían concebido entre Dios y el hombre y cuya teología creacionista ex nihilo se halla en total contraste con el emanatismo propio de la espiritualidad indoeuropea precristiana, que siempre consideró tanto al hombre (como al resto del Cosmos) como el resultado de la manifestación, por emanación, del Principio Supremo Inmutable e Imperecedero que se halla en el origen de toda el mundo manifestado. Hallaríamos, pues, en estas cosmovisiones tan disímiles las causas más profundas de lo que acabó siendo una guerra civil de resultados nefastos e irremediables en el seno de la España visigoda.

En el segundo capítulo del libro proyectado Ernesto Milà también contrapone buena parte del pensamiento de muchos líderes falangistas, así como cierto ritualismo y mucha de la simbología de la Falange, al tipo de religiosidad –meramente devocional- inherente al Opus Dei. En la Falange hallaríamos mucha impronta de la Luz del Norte y, en cambio, el Opus Dei estaría impregnado, hasta la médula, de Luz del Sur. En el seno del franquismo ambas tendencias pugnaron denodadamente por hacerse con parcelas de poder y de influencia social y cultural.

 

Sin duda en base a esta manera de poder interpretar la historia podríamos explicar la de los diferentes episodios que han jalonado la de España. Podríamos, quizás, el comprender algunas de las causas por las que ciertos pueblos de la Península Ibérica se alinearon, durante la 2ª Guerra Púnica, con los ejércitos del cartaginés Aníbal y otros, en cambio, se pusieron del lado de los romanos. O el porqué de la rapidez, lentitud o negativa a la hora de convertirse al Islam de la población que quedó bajo su égida tras la conquista musulmana del Reino Visigótico a partir de la invasión acaecida en el año 711; al margen, obviamente, de otras consideraciones como las de la mayor o menor represión o las de la carga abusiva de impuestos para los no conversos (mozárabes) al Islam. O el comprender las razones primordiales que dividieron España en los dos bandos que se enfrentaron en la Guerra de Sucesión española (1.701-1.714): austracistas (partidarios de la continuidad de la España Tradicional y foral-orgánica) y pro-borbónicos (abanderados de un modelo uniforme y centralista del Estado y de una filosofía protoilustrada). O entender, en clave diferente a las que ofrece la historiografía oficial, el porqué de las tres guerras civiles que a lo largo del siglo XIX enfrentaron a carlistas y liberales.

 

Pero, ¿estas dos Españas que han pugnado de forma irreconciliable a lo largo de nuestra historia (aunque a veces de la pugna abierta se ha pasado a la hegemonía política y/o socio-religioso-cultural de una de ellas), continúan, de igual modo, vivas en nuestros días? Sostenemos que la respuesta a esta pregunta es negativa, puesto que, en los tiempos que corren, resulta quimérico hablar de segmentos de nuestra población que actúen guiados por esa Luz del Norte que hizo posible escribir los momentos más álgidos y nobles de nuestra historia. Si aún continúan existiendo lo sería en el seno de minorías que, además, no tienen otro destino que el de ser silenciadas y calladas por el Establishment político y cultural hegemónico. Una única luz parece actuar en nuestros días: la Luz del Sur. Una única España pueden percibir nuestros sentidos y nuestro entendimiento: la del materialismo más descarnado, la del egoísmo más inconcebible, la del individualismo sin límites, la del consumismo compulsivo, la de la estrechez de miras, la del esperpento, la del hedonismo más degradante, la de la vulgarización más extrema, la del triunfo de lo ruin, la del reino de la mentira, la de la charlatanería más hueca, la del aparentar por encima del ser, la de la nivelación por lo bajo, la del triunfo de la cantidad y el número, la del poder de la masa o la del pulular de seres desequilibrados y depresivos. No vemos a otra España más que a una España farragosa, amorfa, insensata, cobarde, taimada, pusilánime, desenfrenada, voluptuosa, vermicular, voluble, corrupta, zafia, trivial y tribal. Una España, en definitiva, infectada de Luz del Sur, sin alternativa visible que pueda hacer concebir esperanzas de que la Luz del Norte reine como ya lo hizo en otras pretéritas fechas o, al menos, tenga la posibilidad de luchar por intentar hacer ver su transfiguradora, edificante y ordenadora claridad. 

 

                                       ……………………………………..                                   

 

(1)    “Rebelión contra el mundo moderno”, II parte, capítulo 5: “Norte y Sur”, de la edición en castellano a cargo de Ediciones Heracles, de 1.994.

(2)   “Mantenerse en un mundo en ruinas”, de Janus Montsalvat.

(3)   En nuestro escrito “José Antonio y Evola”.

(4)   Citado en nuestro ensayo “El Deje Andaluz, el Flamenco y Otros Asuntos”.

(5)   “José Antonio y Evola”.

(6)   Op. cit.

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