Julius Evola. Septentrionis Lux


Grandes superfícies comerciales
febrero 1, 2009, 5:40 pm
Filed under: Economía y consumo, Eduard Alcántara

El entramado económico propio del liberalismo, con sus consecuentes acumulación de capital en unas pocas manos, explotación y alienación del trabajador, aniquilación de la pequeña y mediana propiedad y conversión del ser humano en un simple factor de consumo, encuentra un digno expositor de su esencia y proceder en las grandes superficies comerciales.

Hace un tiempo fueron publicados en estas páginas, bajo el título de “Juan Pérez” algunos fragmentos epistolares en los que un camarada nos hacía unas cuantas reflexiones sobre la naturaleza autómata y vacua del hombrecillo común que había sido modelado por el sistema político que tiraniza a la mayor parte de nuestros congéneres. Pues bien, en esta ocasión reproduciremos, tal cual han sido escritos, algunos juicios y análisis que el mismo camarada nos transmitió, hace poco, en otra carta acerca, básicamente, de las grandes superficies comerciales. Comentarios que tienen su arranque en diversas situaciones de explotación de las que ha sido, y es, víctima un amigo común que desempeña su actividad laboral en uno de estos macrocentros.

He aquí algunas de sus reflexiones sobre el tema en cuestión:

“…el brutal sistema de las grandes superficies abusa de una manera feroz de sus trabajadores. Hace y deshace a su antojo. Pero la verdad es que de muchas de las injusticias que provoca también tienen la culpa los Ayuntamientos y otras instancias superiores de gobierno, ya que, aparte de las múltiples ventajas que les ofrecen para instalarse en sus suelos y de la patente de corso que se les otorga, parecen esconder algún taimado empeño en poner fin al pequeño y tradicional comercio, cargándolo con impuestos abusivos y asfixiantes.

En la mayoría de los casos los beneficios de estas multinacionales no repercuten en las arcas del Estado o de las Comunidades o Ayuntamientos en cuyos territorios se instalan, gozando, para más oprobio, de excelentes ventajas fiscales, sino que suelen reinvertir sus ganancias allá donde su olfato mammonístico les indica.

(…)Además, aprietan en exceso a sus proveedores, en un régimen de cuasi monopolio.

Nos deberíamos sensibilizar mucho más con este tema y, pese al, supuesto, ahorro de dinero y de tiempo que supone el ir a comprar en ellas, nos deberíamos abstener de hacerlo y considerarlas totalmente ajenas a nuestra cultura.

(…)La gente que acude a ellas compra y gasta más de lo que necesita. Sus especialistas en márqueting y ventas saben sacar excelente partido a la imbecilidad humana y crean necesidades superfluas en sus clientes.

Son fieles representantes del típico capitalismo deshumanizado y frío, sólo preocupado de los beneficios, y se hallan en las antípodas de aquellas, prácticamente, fenecidas tiendas de ultramarinos donde el trato era familiar, donde existía una relación personal con los clientes, en las que se fiaba y a las que solamente se acudía a comprar lo que se necesitaba.
En las grandes superficies toca, en cambio, pasear entre neones y estantes asépticos para sublimar las insatisfacciones personales gastando dinero a lo tonto y a lo bobo.

No se trata, en definitiva, más que del imperio de patrones culturales calvinistas que definen valores y principios allá donde se instalan.

Estos macrocentros se han convertido en los nuevos foros y ágoras del Mundo Moderno. Son símbolo de la Decadencia de Occidente. ¿No nos debería repugnar el contemplar en ellos en, sobre todo, sábados, domingos y festivos a familias enteras, abuelas incluidas, paseando borregamente, viendo estanterías y gastando compulsivamente en innecesariedades? ¿Y qué decir de esas pandillas de adolescentes, vestidos de teleserie hollywoodiana y aburridos con catorce o quince años, cuya diversión consiste en instalarse todo el día en dichos centros?¿Es que no existen parques y plazas? ¿Se ha perdido la cultura de la calle, de la charla y de la convivencia? ¿Prefieren nuestros jóvenes los espacios cerrados, atestados de marabuntas de personas -clónicas todas-, a los parques, a buscar amigos en la calle, a relacionarse, a conocer gente, a divertirse un poco?

Se está abocado, en su interior, a gastar en exceso y, lo más grave, sin apenas apetecerle a uno, únicamente por hábito. Y se está también abocado a diluirse en el flujo de una masa amorfa, vanal y aborregada que destila una atonía vital desesperante y uniformada.

Hemos de considerar a estas grandes superficies como a uno de los caballos de Troya del pensamiento único y políticamente correcto de una globalización que nos invade. Y no sólo a nosotros, sino también al llamado Tercer Mundo y a sociedades que conservaban bastante intactas sus peculiaridades, especificidades, sus valores y sus modos propios de convivencia y consumo.

Ellas son el signo de unos tiempos en los que el individualismo, el egoísmo y la insolidaridad han triunfado y en los que se acabó aquel legado grecorromano que también concebía a las ciudades, y sus ágoras, foros, plazas y calles, como lugares para la convivencia, el encuentro, la discusión, el debate y, en suma, …la vida.

(…) La mayor parte de la gente que acude a tales superficies comerciales sólo pretende quemar el tiempo, matar el tedio y, repetimos, sublimar sus insatisfacciones personales viendo escaparates y estantes y gastando sin ilusión en lo adquirido.

Para más patetismo, el aspecto tan aséptico, frío e impersonal que presentan, hace que la gente que pulula en su interior parezca robots o extras de una película despersonalizada y sin argumento”.

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