Julius Evola. Septentrionis Lux


El infantilismo, denominador común de nuestros tiempos
febrero 8, 2009, 10:50 am
Filed under: Ética y valores, Eduard Alcántara

Cuesta concebir cómo, al presente, se puede hablar de forma tan machacona, y de modo tan generalizado, de progreso si uno tiene a bien analizar algunos de los muchos devenires que acontecen en nuestros días y algunas de las muchas manifestaciones que son propias de nuestros desquiciados tiempos. Desgraciadamente para analizar hay que tener capacidad para ello y mucho nos tememos que el común de nuestros congéneres, en este mundo de la globalización y del pensar único y “políticamente correcto”, no demuestra tener neuronas más que en asuntos relacionados con su economía personal o doméstica: los números de las múltiples hipotecas contraídas para adquirir el último modelo de automóvil, o para poder “disfrutar” de unas vacaciones en algún masificado centro hotelero en la playa, o para hacerse con una mayor y más lujosa vivienda que la que se poseía. Fuera de este tipo de menesteres el poder analítico de ese hombre corriente, que se agita sin rumbo alrededor nuestro, roza la nulidad. Pedirle que analice lo que sucede a su alrededor y que valore si ello es edificante o es penoso es pedirle algo que se halla muy alejado de sus capacidades.

Ante la inexistencia de un propio analizar acatará sin rechistar un discurso oficial para el cual todo lo que acaece reafirma la “certidumbre” de que vivimos inmersos en el progreso sin fin. Que a nuestros congéneres les pidamos que se paren a pensar sobre cuán superficiales resultan sus existencias es como pedirle peras al olmo. Que les planteemos si no les resultan infantiles sus comportamientos, sus hábitos y sus aficiones es plantearles algo sobre lo que no demostrarán capacidad de reflexión, pues para que de dicha capacidad pudiesen hacer gala deberían de disponer de unos referentes a partir de los cuales sopesar y comparar las constantes y los distintos pormenores de sus existires cotidianos. Y, desgraciadamente, no disponen de estos referentes basados, en última instancia, en Verdades Absolutas y que responden a Realidades Suprasensibles que se encuentran muy por encima –y en el origen- de aquellas otras realidades de las que exclusivamente conoce el individuo de los tiempos corrientes y que están reducidas a planos físicos y psíquicos. Desafortunadamente nuestros desdichados congéneres no conocen otra manera de “vivir” que aquélla en la que se hallan abocados en estos tiempos crepusculares por los que deviene nuestro decrépito mundo moderno. Por ello nunca podrán comprender lo banales que resultan sus vidas y la naturaleza infantil de las mismas.

      Nuestro hombre corriente actúa de manera infantil al mostrarse caprichoso. Es caprichoso con respecto a las novedades que se presentan ante sus sentidos: las desea. Quiere poseerlas y poseerlas al instante; inmediatamente. Manifiesta una sed irreprimible de posesión. Se convulsiona por hacerse con ellas. Su compulsivo afán le arrastra fuera de sí y le proyecta sobre el objeto del deseo. “Vive” afuera de sí.

     De acuerdo a su conducta infantil puede enrabietarse y sulfurarse hasta niveles patéticos por las más absurdas banalidades de la vida cotidiana. Discusiones tremendas suelen originarse por los más nimios motivos. Motivos del todo intrascendentes le pueden abocar a controversias –y aun peleas- terribles.

     A nuestro hombre vulgar le falta una visión y un sentido profundos y Superiores de la existencia que, de contemplarlos, minimizarían del todo el peso que las contingencias de la vida deberían de tener en su existencia.

 

     Es de sobras conocido que los Estados Unidos de América son considerados como un pueblo joven. Una joven nación si nos atenemos a que apenas se independizó hace poco más de dos siglos. Pero, a nuestro parecer, no sería joven el término más adecuado para definir a este país, sino que sería más idóneo y ajustado el de infantil. Su  nacimiento en una época marcada, en Occidente, por el mercantilismo viene íntimamente unido a las bases liberalcapitalistas de su Constitución fundacional del año  1.787. El protestantismo de sus padres fundadores allana mucho el camino que desemboca, inevitablemente, en esta visión economicista de la vida. Para esta religión la riqueza material es un don divino. A la hora de aspirar a la salvación eterna basta con la fe en Dios.

     No nos ha, pues, de extrañar que una visión hondamente materialista se instalara, progresivamente, en las almas de los ciudadanos estadounidenses. Materialismo que comporta un concebir unidimensional de la existencia y, en definitiva, un reduccionismo que acaba, a la larga, por ignorar el plano de la Trascendencia y -tal como hemos señalado con anterioridad-  por otorgarle, en lógica consecuencia, un valor absoluto a lo nimio y trivial inherentes a la cotidianidad y que acaba desembocando en esas actitudes caprichosas, y por ende infantiles, caracterizadas por la sed compulsiva de posesión aquí y ahora de los objetos de deseo.

     De este proceder infantil podríamos mostrar multitud de ejemplos. Así, para una mente no anegada todavía por estos pueriles comportamientos, resulta como de escasa madurez el contemplar individuos ya granados y talluditos –muchos de ellos padres de familia- vistiendo gorras de béisbol en lugar de los sombreros o las gorras -delatadoras de la extracción social de sus portadores- que sus abuelos vestían décadas atrás. O resulta, igualmente, como de escasa madurez ver cómo se saludan muchos individuos    -algunos ya entrados en años- palmeándose, recíprocamente, las manos en unos movimientos que arrancan desde diferentes direcciones. De la misma manera que provoca sonrojo ajeno contemplar cómo no sólo niños sino como también padres viven con pasión (alzando pancartas y gritando con fervor) esos simulacros circenses de la auténtica lucha libre conocidos con el nombre de wrestling o pressing catch. O cómo los equipos que compiten en las diferentes modalidades deportivas implantadas en ese país se adjetivan todos ellos como para querer entusiasmar, de esta manera, aún más a unos seguidores que, por el tipo de adjetivación utilizada, podría parecer que se tratase exclusivamente de niños : galaxy, hawks (halcones), bulls (toros), giants (gigantes),… Y es que a pesar del sumo grado de decadencia por el que atraviesa Europa les resultaría difícil de concebir a sus ciudadanos que los clubs deportivos de los que son fans no se siguieran nombrando, tal como siempre ha sido, por el nombre de la ciudad en la que tienen su sede y añadidos tan poco rimbombantes como los de “club de fútbol”,  “sporting” o “atlethic”.

 

     Podemos considerar a los ciudadanos estadounidenses, por todo lo explicado y por los ejemplos dados, como paradigmas de hombres infantiles (permítasenos la paradoja), pero hemos por menos de señalar la triste constatación de que este infantilismo ha ya que traspasó las fronteras de su país para irse instalando, de forma acelerada, en las conciencias de los hombrecillos de todo este llamado mundo globalizado que comparte los mismos materialistas intereses y las mismas efímeras inquietudes. Los hobbies, actitudes y poses comunes al ciudadano medio de los EE.UU., que hace décadas hubiera provocado la hilaridad de los más en otros muchos países, hoy en día, por el contrario, son hobbies compartidos –o que empiezan a ser compartidos- por millones de individuos en nuestro cada vez más uniformizado y secularizado planeta. ¡Descorazonador síntoma!

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