Julius Evola. Septentrionis Lux


La Orden vs el partido político
febrero 8, 2009, 11:03 am
Filed under: Ética y valores, Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara, Política

 

Escribimos estas líneas ante los requerimientos que alguien nos ha realizado a propósito de valorar el papel que podría desempeñar una Orden en nuestros días y de establecer los objetivos que, en caso de existir,  debería de perseguir.

Nos empeñamos en ello sentando la base de que la orden  se hallaría en las antípodas del partido político. De que la orden encaja en el Mundo tradicional de la misma manera  que el partido poítico lo hace en el mundo moderno. De que la orden vertebra y el partido político divide. De que la primera cohesiona y da sentido a una comunidad dada y, en cambio, el segundo enfrenta a los miembros de la sociedad en la que actúa y a las banderías que crean él y el resto de partidos políticos. De que la orden encarna y defiende una determinada cosmovisión y el partido repesenta a una ideología política. De que  dicha visión del mundo abanderada por la orden es de corte Superior  (Trascendente) y, en cambio, la ideología que caracteriza al partido acostumbra a ser de naturaleza materialista. De que la orden mira de elevar a la persona hacia lo Absoluto y, por contra, el partido aspira a la postre, únicamente, a pretender satisfacerle sus necesidades más primarias. Que la línea, pues, que traza la orden es vertical y la que delinea el partido es horizontal.

Que la orden quiere entender del Ser y el partido se circunscribe al existir. Que las miras de la primera son ascendentes mientras que las del segundo son descendentes, pues la primera pretende -con el fin de encararlo hacia lo Alto- la liberación del hombre con respecto a todo lo que lo condiciona y esclaviza y, por el contrario, el resultado del accionar del segundo acaba encadenando aún más al individuo a lo bajo; esto es, a las pulsiones del consumismo inherente al modo de vida que promueve la modernidad y a los bajos instintos disolventes del hedonismo que tiene su razón de existir en ella.  Que la orden aprecia la calidad y el elitismo y el partido aspira a la exaltación de las masas y a erigirse en adalid de la cantidad (del número de  votos obtenidos depende o no su éxito). Que la orden será cosa de minorías (las constituidas por aquellas personas que sepan autogobernarse) y el partido abrirá sus puertas a cualquiera (independientemente de sus aptitudes, cualidades y valores). Que la orden abogará por la noble finalidad del desarrollo interior de sus miembros y que al partido sólo le interesarán mezquindades como que éstos le aporten su dinero (en forma de cotas o de donaciones) o, en algunos casos, sus influencias y en otros casos, su participación como meros instrumentos para cumplir una simple función mecánica (p. ej., las ‘pegadas de carteles’ en campañas electorales,…). Que la orden exige a sus integrantes y que el partido les promete. Que la orden sólo entiende de servicio y que el partido entiende de servirse. Que la orden aspira a convertirse en la fuerza animadora y el aliento vital de unidades supranacionales (el Imperium) que tengan como polo la Idea –lo Absoluto- y el partido no duda en provocar la dinamitación de cualquier unidad política si esto le revierte beneficios –cotas de poder-. O que la orden se estructura en base a un principio de jerarquía y que el partido oculta sus turbios procederes bajo una aparición de funcionamiento democrático y haciendo un dogma del igualitarismo.

 

Tras estas pinceladas deberíamos añadir que no tan sólo una comunidad Tradicional debería de tener su médula en una orden (1) sino que incluso cualquier aspiración a Restaurar un Orden Tradicional debería de empezar por constituir una orden que se erigiría en el primer y más valioso motor encarador de dicho intento.

Que esto debía ser de este modo lo comprendió de forma muy diáfana aquel que fue gran defensor del Sacro Imperio Romano Germánico y de la idea que éste representaba y a quien, por esta razón, se le ha también conocido como ‘el último gibelino’, que no era otro que Julius Evola. Éste dedicó buena parte de los empeños de su vida en  constituir una orden que agrupara a aquellas personas que hubiesen llegado a un notable enseñoreamiento de sí mismos (que hubiesen, como mínimo, alcanzado altas cotas de autodominio interior) con el fin, en primer lugar, de potenciar las vías iniciáticas emprendidas por dichas personas, en segundo lugar, de convertirla en punta de lanza en la lucha por acelerar la disolución del mundo moderno y, en tercer lugar, de constituirla en el soporte basal en el que se apoyaría el nuevo Mundo Tradicional reencontrado y  restaurado. Estos empeños de Evola fueron ya por nosotros comentados con ocasión de nuestro escrito “Evola, un hombre de acción”, en el que recordábamos que:

A lo largo de la década de los ’30 y durante los primeros ’40 nuestro hombre de acción recorre un buen número de países de Europa tras un objetivo preferente, que no es otro que el de crear una red secreta en la que se implicarían las más aptas personas defensoras y/o difusoras de la cosmovisión propia del Mundo de la Tradición; algunas de ellas muy enfrascadas en las vicisitudes políticas del momento. Este propósito de Evola obedecía a su intención de que aquel saber ancestral, sacro y eterno que él afanaba por transmitir no quedase en papel mojado y tuviera quien lo conservase con ánimo, ¡por qué no!, de poder transplantarlo algún día al plano de las efectivas realizaciones políticas de una futura Europa; de poder plasmar la Tradición en el ideal del Imperium (2). Esta aludida red secreta obedecía a la idea de la constitución de una Orden que sería la garante de ese legado sapiencial y sagrado y la rectora de ese anhelado Imperium.

A pesar de los trágicos avatares acontecidos con motivo de la Segunda Guerra Mundial Evola nunca cedió en este empeño de constitución de una Orden. Es por ello que, transcurrido mucho tiempo, bien avanzados los años ’60, incluso tenía ya elegida la que según su criterio podría ser una persona muy apta (por su acendrado sentido del honor y de la fidelidad y por su talante aristocrático) para convertirse en la figura rectora de esta Orden. Era en el príncipe Valerio Borghese en quien pensó para dirigir la que Evola denominaba Corona Férrea; esto es, la Orden. Desgraciadamente, el fallido golpe de Estado dirigido por Borghese en 1.970 frustó este recurrente proyecto de Evola.”

El principio jerárquico que, atendiendo a criterios de autosuperación y transformación interiores, jalona la estructura de arriba abajo de en este ente –la orden- habido o por haber, no otro sostén tuvo o debe de tener que el sostén de valores tales como el de la

 

fidelidad y la lealtad hacia los superiores de mayor rango; valores aplicables, igualmente, para con los conmilitones de igual rango, entre los cuales fue o  será, también, cualidad insoslayable la del espíritu de camaradería.

A tenor de lo hasta ahora expuesto y en vista de que uno de los objetivos que perseguiría la orden, inmersa en estos avatares convulsos que corren en nuestros días, sería el de dedicar buena parte de sus empeños en precipitar la caída del actual desorden establecido, se puede fácilmente colegir que el modelo de orden al que nos estamos refiriendo es aquel que aúna en sí la ‘

vía de la acción‘ con la ‘vía del Espíritu’. O, lo que es lo mismo, lo guerrero con lo ascético. Dicho en palabras de José Antonio Primo de Rivera, en dicha orden se concebiría al hombre como ‘mitad monje, mitad soldado”.

Quede, para acabar, también clara la idea de que la mencionada

‘vía de la acción’ no tiene tan sólo las más evidente faceta externa de actuar en el medio exterior sobre el que se pretende influir, sino que también implica la acción en el interior del hombre que busca, como última meta, su transfiguración ontológica y el Conocimiento de lo Absoluto; acción interior que constituye, pues, el vehículo necesario para hacer viable la citada ‘vía del Espíritu’.

                        ………………………………………………….

(1) Como, por otro lado, ha sucedido, de manera evidente, en determinados períodos históricos como el del medieval Sacro Imperio Romano Germánico, durante buena parte del cual la Orden del Temple pudo cumplir esta función y, en todo caso, aspiró, en muy alta medida, a ello.

      (2) Ideal cuyas fuentes formativas y cuyas plasmaciones históricas fueron ya por nosotros tratadas en nuestro artículo El Imperium a la luz de la Tradición”.

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