Julius Evola. Septentrionis Lux


¿Se puede iniciar un no indoeuropeo?
febrero 8, 2009, 11:47 am
Filed under: Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara, Metafísica

Querríamos que las reflexiones que vertimos a continuación y que corresponden a varios intercambios de misivas que hemos protagonizado en la Red con otros tantos internautas no provoquen en ningún lector la errónea idea (que podría venir provocada, en parte, por el mismo título del presente escrito) de que la Iniciación supone una experiencia de fácil acceso y de seguimiento vivencial por parte del común de los mortales. Esta frivolidad supondría adquirir una idea espuria de lo que representa este proceso de palingenesis o renacimiento interior a la realidad sutil y, en última instancia, a lo Incondicionado e Imperecedero.

Quede, de antemano, claro que cuanto mayor es el grado de materialización y/o de sojuzgamiento a lo ínfero, a las fuerzas irracionales, a los bajos impulsos e instintos y a los sentimientos desenfrenados por el que atraviesa el hombre en un determinado período del devenir de la humanidad menor, es, en inversa correspondencia, la posibilidad de encontrar individuos aptos, conscientes y dispuestos a adentrarse en lo que se conoce como Iniciación. Y no se olvide, en relación a esto, que el actual y disoluto período del mundo moderno por el que transitamos representa la etapa más disolvente y deletérea –la crepuscular u obscura- de la decadente edad de hierro o del kali-yuga de los que ya nos ponían sobre alerta los textos sapienciales y sagrados de la antigüedad (1).

Como no es el tema central de estas líneas el de hablar sobre el contenido esencial del proceso iniciático nos remitimos a nuestros “DEBATES METAFÍSICOS(II): LA INICIACIÓN” por si alguien desea leer algunas reflexiones más alrededor de esta cuestión.


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Según muchas posturas defendidas desde el campo de la Tradición las razas no boreales (no descendientes de Hiperbórea; esto es, no indoeuropeas) podrían ser el resultado de la involución, motivada por decadencia espiritual, de razas similares a la nuestra que emanaron a partir del Principio Supremo en humanidades o ciclos humanos anteriores al actual; esto es, en manvantaras anteriores al nuestro (un manvantara, según la ciclología sagrada indoaria estaría formado por las 4 edades, de las que hablaba Hesíodo, o por los 4 yugas a los que hacen referencia los textos védicos). Por ello (por esta decadencia que se remonta a períodos tan remotos) las otras razas habrían llegado a una fase de bestialización más burda que por la que incluso la nuestra atraviesa y, por tanto, tendrían vetado el Despertar o Iluminación.

Sólo se podría hacer alguna salvedad con la raza amarilla. Determinados individuos de dicha raza podrían llegar a la Gnosis de lo Absoluto y a la identificación ontológica con el Principio Supremo porque, a pesar de sus rasgos básicamente mongoloides (fenotípicamente el resto de razas son dominantes, cuando se realizan cruzas, con respecto a la boreal), en su interior subsistiría todavía una mayoría de aportación genética indoeuropea debida a la sangre que pueblos boreales como, por ejemplo, los tocarios aportaron en pueblos como el chino. Todavía entre los ainu del Japón se pueden observar muchos rasgos físicos típicamente indoeuropeos; aunque este caso sería matizable desde el punto de vista espiritual. La raza amarilla habría degenerado a partir de su “aparición” en el manvantara anterior al actual, por lo que su caída no habría llegado a tal nivel como al que han llegado otras razas (como la negra o la semita) cuya “aparición” dataría de manvantaras aún más lejanos en el tiempo.

De todas maneras, a pesar de todo lo dicho a favor de la raza amarilla, hoy en día los individuos más aptos espiritualmente sólo podrían llegar a iniciarse en lo que el mundo grecorromano consideró como pequeños misterios y la tradición hermético-alquímica denominó como albedo u obra al blanco, esto es, sólo podrían llegar a experimentar esa especie de fogonazo espiritual difuso de que fueron, por ejemplo, sujetos pasivos los grandes místicos españoles del Siglo de Oro (San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús,…) o, a lo sumo, únicamente serían capaces de Conocer la realidad compuesta por las fuerzas o noúmenos sutiles cósmicos pero sin tener la posibilidad de actuar sobre las causas últimas que se hallan tras la manifestación de dichos numens y tras sus diferentes dinámicas . Lejos les quedará a los extremoorientales más aptos la posibilidad de iniciarse en los grandes misterios o de llegar al rubedo u obra al rojo, esto es, de arribar al Conocimiento nítido del Principio Supremo y a su identificación ontológica con Él.

No nos olvidemos de que una persona como Gautama Siddharta, el Buda, era de extracción racial indoeuropea, ya que pertenecía a la familia de los Shamkya, que era una de las familias con más aureola de valentía y más aguerridas de entre las que formaban parte de la casta de los shatriyas o guerreros. Recordemos que tanto bramanes, shatriyas como viayshas eran castas descendientes de los conquistadores indoeuropeos de la India.

Sobre la cuestión de que a qué grado de transformación interior puede llegar, metafísicamente hablando, alguien perteneciente al ámbito del Islam transcribimos, a continuación, algo que escribimos en su día en un artículo titulado “El Islam y la Tradición”:
“No está en lo cierto aquel que quiera hacer partícipe al Islam de un tipo de Espiritualidad activa, argumentando que en su seno se desarrollaron corrientes de carácter esotérico y, por tanto, de genuina transustanciación interna de la persona. Y no está en lo cierto porque siempre se trató de corrientes que, tras la cortina de una aparente obediencia musulmana, eran portadoras de una cosmovisión y de unos objetivos ajenos a los de la religiosidad oficial existente en los territorios en los que tomaron cuerpo. Y tomaron cuerpo precisamente en zonas de población de origen eminentemente, o considerablemente, indoeuropeo en las que unos pocos siglos antes el Islam no había hecho todavía acto de presencia en forma de invasión militar y en las que la fe mahometana no había conseguido aún barrer algunos de los restos de una Espiritualidad Superior y Solar que habían subsistido hasta el momento de dicha irrupción militar.

Y nos referimos a la zona ocupada de la Península Ibérica –Al Andalus- y a Persia. Y como algunos de sus más destacados representantes resaltaríamos al maestro sufí murciano Ibn Arabí (siglos XII y XIII) y al también sufí persa Al Hallaj (siglos IX y X); quien, como dato significativo, fue torturado y ejecutado por salirse de la ortodoxia marcada por la religión musulmana (esto es, por transitar por la vía Olímpica del Despertar y del Conocimiento de lo Absoluto). Igualmente Persia fue testigo de la aparición de otra orden de naturaleza esotérica e iniciática: la de los ismaelitas.

Es bien significativo que estas vetas de Espiritualidad Superior no se desarrollaran en el seno de etnias de extracción no indoeuropea, pues hemos de tener bien presente que pueblos como los semitas -entre los que mayoritariamente se expandió inicialmente el Islam- siempre se adhirieron, y se siguen adhiriendo, a un tipo de religiosidad pasiva y lunar; y esto es debido a su idiosincrasia particular y a sus nulas potencialidades de cara a emprender vías iniciáticas de elevación hacia una Conciencia Superior.”


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Para demostrar lo supuestamente acorde que se muestra el Islam con los parámetros de lo que entendemos por Tradición hay quien, desde posiciones Tradicionalistas pero con ópticas -a nuestro entender- erradas, no duda en afirmar que la pertenencia a una raza física determinada no tiene importancia a la hora de calibrarse la posibilidad de que alguien pueda, por ejemplo, llegar a ser un iniciado.

Quien así piensa intenta demostrar sus posicionamientos incidiendo en que:

No existen determinismos para el Hombre Verdadero: para el Señor de sí mismo (postura que compartimos).
Ni determinismos históricos: el determinismo histórico que postula que la historia se hace a sí misma: tesis+antítesis=síntesis; o igual a nuevos cambios históricos –dialéctica hegeliana- (también nosotros repudiamos la supuesta inevitabilidad del llamado determinismo histórico).

Ni determinismos religiosos concretados en un dios omnipotente que hace y deshace a su antojo y sin que, fatalmente, el hombre-criaturilla pueda hacer nada para trazar su propio rumbo (también estamos de acuerdo con ello).

Ni determinismos ambiental-educativos que condicionen totalmente el camino a elegir y a seguir por el hombre -el “capaz de salvarse o condenarse”, como diría José Antonio Primo de Rivera (seguimos adhiriéndonos a estas afirmaciones).

Ni determinismos cósmicos en la forma de un Destino que, cual si de un fatalismo ineludible se tratara, todo lo tiene irremisiblemente programado de antemano (hasta aquí nada tenemos que objetar).

Ni determinismos raciales que condicionen la vía a seguir por el ser humano.

Y es aquí (en esta última aseveración), por el contrario, donde estamos convencidos de que se yerra, pues una cosa es ser fiel y piadoso devoto de cualquier tipo de religión y otra cosa es poder seguir el arduo camino de la transustanciación interna que supone la vía iniciática. Y estamos convencidos de ello porque defendemos la certidumbre de que la raza no es que signifique un falso determinismo a la hora de recorrer la vía que aspira a arribar al Despertar del que habla el budismo, sino que, lo que, por el contrario, debemos postular en este ámbito es otra diferente certeza y ésta es la de que tan sólo existe una raza que sí puede (si algunos pocos de sus miembros se lo proponen) estar por encima de estos determinismos mutiladores de la dimensión trascendente del hombre y esta raza no es otra que la indoeuropea. Ésta sí tiene la opción de elegir entre recorrer la vía de los siervos o la vía de los Señores de sí mismos. Ésta sí que puede demostrar que, si así lo elige, para ella no existen determinismos amputadores.


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(1) Se pueden leer más datos sobre la doctrina tradicional de las 4 edades en los tres últimos párrafos de nuestros “DEBATES METAFÍSICOS (IV): MIGRACIONES Y CICLOS CÓSMICOS”.

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5 comentarios so far
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Estimado, muy interesante tu opinión, es un tema que nunca lo había pensado, la verdad no lo sé, ciertamente cualquier determinación tiene su función, y por eso la raza es importante, pero si por no ser indoeuropeo no se puede llegar a la Liberación, pues habría que conceder que las características suficientes para definir a un indoeuropeo son fatales en cuanto al máximo desarrollo iniciático. Ahora, teniendo en cuenta que las características raciales dependen en cierta medida de la individualidad, ¿no se le estaría dando demasiado importancia a ésta? aunque tampoco digo que un retardado tiene chances.
Repito que no tengo certeza, pero lo que dices puede ser, seguro que si. De todas maneras transitando se conoce el camino, asi es que cada uno saque sus propias conclusiones.

Comentario por Raúl

Nos resulta muy difícil de asumir que, p. ej., determinados individuos caracterizados por rasgos físicos primitivos (la cara es el reflejo del alma), propios de las razas a las que pertenecen, puedan llegar al Despertar y a la Iluminación, cuando difícilmente sus accionares van más allá de la satisfacción de las necesidades primarias que tiene el hombre y de los instintos más rudimentarios y animalescos. No vemos en esas cuitas de la Iniciación a (como botón de muestra) determinadas etnias del altiplano andino portadoras de cráneos tan pétreos y de rostros que exhalan tan poca sutileza. Somos un poco rudos (y nada políticamente correctos), quizás, con estos ejemplos pero es que sencillamente no nos cabe en la cabeza el poderlos asociar con la superación de rigurosos, metódicos y/o sutiles ejercicios de descondicionamiento y “visualización” de Realidades sutiles ni, menos aún, de la Realidad Eterna, incondicionada e indefinible.
Saludos:
Eduard Alcántara

Comentario por Eduard Alcántara

Nuestro posicionmiento, amigo Raíl Febrero, es que es para el indoeuropeo para el que no existen determinismos insalvables. Claro está: si se lo propone, pues hoy en día la ciénaga en la que el indoeuropeo está inmerso le barra cualquier posibilidad de transitar por caminos de transformación interior.

Comentario por Eduard Alcántara

El mismo Julius Evola tenía un gran respeto hacia el Islam, en su obra maestra, Revuelta…llegó a calificarlo de Tradición de nivel superior a las judeocristiana, no vengo aquí a defender al integrismo sino al Islam Tradicional del que hay mucha información en la red, me pregunto si vuestros ataques al Islam responden a cierta intolerancia de raíz católica…

Lo dicho, más leer a Evola, Guenon, Valsan, Schoun y menos Milà…

Comentario por Sufi

No nos cabe duda de que el Islam pudiera poseer una cierta superioridad sobre el judeocristianismo. Ello se debe sin duda a las influencias que recibió del acerbo espiritual de algunos pueblos indoeuropeos que habitaban en varios de los territorios en los que acabó asentándose. Así, el sufismo (reñido, eso sí, con la ortodoxia exotérica musulmana) pudo darse en Al-Andalus y en lo que hoy en día es Irán y pudo, de este modo, ser superada la barrera de la mera religiosidad devota y pía. Pero no hay que olvidar nunca el fundamento común que comparten el judaísmo, el cristianismo y el mahometanismo y que no es otro que el del Antiguo Testamento; lo cual convierte en muy equiparables a las tres religiones. También el cristianismo supo, en determinados momentos, enriquecerse y reconvertirse con aportes de la espiritualidad del mundo precristiano europeo y es por ello que en la línea de los Misterios (Pequeños y Grandes) y de las Iniciaciones del mundo antiguo vio aparecer las sagas artúricas, los ciclos del Grial, el templarismo, los Fieles de Amor o los rosacruces. Supo, pues, dar un paso cualitativo y no contentarse con la simple creencia sino aspirar a la palingénesis o segundo nacimiento transustanciador.
En el artículo “La encrucijada del Islam” (Roma, 25 de junio de 1.958) Evola, entre la formulación de ciertas esperanzas, también nos pone en alerta al afirmar que “(…) Las cosas serían sumamente diferentes si la contrapartida fuese un despertar del Islam como potencia espiritual y religiosa, no a los fines agresivos, como en épocas lejanas, sino en aras de una consolidación interna, para una defensa ante la infección de ideas occidentales.”
El gran intérprete italiano de la Tradición valoró muy positivamente, desde el punto de vista Tradicional, la doctrina islámica de la Guerra Santa (tanto la pequeña como la gran Yihad), pero, al mismo tiempo, dejó claro de que se trataba de un aporte que al Islam le venía de fuera y que puede ser, p. ej., rastreado en los antiguos textos sacros iranios o en la antigua Roma al hablar de la mors triumphalis.

Comentario por Eduard Alcántara




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