Julius Evola. Septentrionis Lux


Elecciones y sufragio
febrero 19, 2009, 9:59 pm
Filed under: Ética y valores, Eduard Alcántara, Política

El culmen, el cénit, la gran fiesta de los sistemas políticos partitocrácticos acontece cuando se celebran elecciones. Da igual que sean municipales, regionales o autonómicas, generales o presidenciales, lo único cierto es que en ellas la plutocracia que se disfraza de democracia se intenta cubrir de legitimidad.

En casi todo el orbe dominan las llamadas democracias liberales. Las mismas que dan cobertura a una versión del capitalismo: el liberal. Es por lo cual que constantemente estamos recibiendo información sobre la celebración de elecciones, del tipo que sean, en un país o en otro del mundo o en una u otra región determinadas de aquel o de este Estado.

En muchas ocasiones debemos pasar por el suplicio previo de las campañas electorales: ¡auténtico circo ambulante! Y con el circo llega el abrumador despilfarro de dinero: con frecuencia asciende a miles de millones el montante del pecunio que los mil y un partidos y coaliciones echan por la borda; claro es que unos pocos se gastan la mayor parte. Ingentes cantidades de dinero a menudo despilfarradas ante dantescos ejércitos de parados, mendigos o de humildes gentes. Pero, por lo que se ve, la puesta en escena del espectáculo circense es más importante que la dignidad que merecen estas desamparadas y necesitadas personas.

Por si éstos y otros muchos problemas innatos a la plutocracia tuvieran escasa importancia, los diferentes gobiernos y las administraciones en general se olvidan de ellos y sus miembros centran sus esfuerzos y atención en el buen funcionamiento de las precampañas y las campañas electorales y en la labor propagandística del partido al que pertenecen o que gobierna en ese momento.

En el caso de comicios regionales o autonómicos, por un lado, o generales, por otro, los parlamentos se disuelven y, en su lugar, se constituyen representaciones de los mismos, que funcionan a medio gas y únicamente cuando se las convoca; es el caso de la Diputación Permanente como sustituto de las Cortes españolas. La función legislativa se paraliza y de la ejecutiva casi se puede afirmar otro tanto. En definitiva, se produce durante estos períodos lo que se conoce como ‘vacío de poder’.

Es en estas fechas cuando los políticos se suelen acordar de que existe un pueblo, de que existen unas gentes que con sus votos les pueden encumbrar al poder o hacerles permanecer en él. Y es ahora cuando recorren plazas, mercados, pueblos y ciudades. Es ahora cuando estrechan la mano de ese pueblo, cuando le obsequia con flores, agasajos y promesas de todo género. Y es ahora cuando estos políticos dicen para sus adentros: ‘¡ahora es cuando me interesas, pueblo, ahora!’ Y es que para el Sistema político en vigor el valor de la persona es bien pobre: ‘un hombre= un voto’, o, si se prefiere,: ‘un hombre= un número’. Un número más en el seno de esa masa amorfa y despersonalizada que sumisa como un rebaño de ovejas sigue las directrices y las órdenes que el Sistema le da.

La misión principal de los políticos es, durante los días que dura el circo, la de intentar atraer hacia sus respectivas formaciones el voto del mayor número de ciudadanos. Pero, ¿cómo conseguir esto? Pues bien, primeramente insertando en los cerebros de sus futuribles votantes unas consignas y eslóganes gracias a la simple técnica consistente en repetirlos machaconamente; facilidad de la que gozan las agrupaciones políticas con fuertes posibilidades económicas. Y, en segundo lugar, mintiendo sin reparos, ya que saben a ciencia cierta que a la ciudadanía hay que, aparte de agasajarla impúdicamente, ofrecerle programas sugestivos, atrayentes y que la llenen de una ilusión de la que el mismo Sistema le ha hecho carecer; y así lo hacen, puesto que tienen, de antemano, consciencia de que, ya sea por ineptitud o intencionadamente, no los van a llevar a la práctica aun llegando a encaramarse al poder.

El partido o coalición que tras unos comicios electorales consigue formar gobierno sabe con certeza que si para cuando se celebre la próxima consulta electoral quiere volver a ser reelegido debe, entre otros cosas, conseguir elevar el nivel de vida de la ciudadanía realizando, por ejemplo, obras públicas que, como tales, el pueblo pueda valorar como positivas y, en consecuencia, le predisponga favorablemente para volver a otorgarle su confianza. Pero, claro, las grandes obras públicas, las que vertebran y pueden contribuir a dar consistencia a la economía de un país, las que potencian su infraestructura general, no se suelen poder concluir en los pocos años que transcurren entre una consulta electoral y la siguiente, ya que necesitan de una serie de trámites, requisitos y proyectos y, sobre todo, de mucho esfuerzo humano y técnico. Y como esta realidad no la ignora ningún gobierno que actúe en el seno de un sistema político liberal, sus energías se centran en la realización de pequeñas obras o servicios públicos: parques de recreo, zonas ajardinadas, hogares para jubilados, pavimentación o arreglo de calzadas,… Obras públicas que con ser deseables en cualquier comunidad, no deberían imposibilitar la ejecución de grandes obras públicas; como la construcción de hospitales, embalses, redes de comunicación, centrales de energía,.. No cabe duda de que este proceder habitual constituye otro punto en contra a la hora de valorar la idoneidad del sistema de elecciones periódicas, consustancial al liberalismo político.

Si a pesar de todos los intentos de un partido por mantenerse en el poder, sucumbe ante la fuerza electoral de otro, este otro, al representar, en mayor o menor grado, una opción ideológica distinta considerará, seguramente, como contrarios o disonantes con su línea política muchos de los aspectos de la obra realizada desde el ejecutivo saliente, por lo cual procederá, si no a destruirlos, a ponerles trabas para obstaculizar su adecuado funcionamiento o mantenimiento. Con lo que nos encontramos con que es francamente difícil que cualquier proyecto serio salga adelante y tenga, además, un carácter duradero.

Otro hándicap con el que nos topamos al analizar a la partitocracia es el de la falta real de alternativas políticas existente entre los diferentes partidos o coaliciones de mayor influencia, pues sabemos que triunfe uno u otro la obra de gobierno no va a variar sustancialmente; aunque externamente a algunos les pueda parecer lo contrario. Y es que partidos conservadores, demócratacristianos, liberales o socialdemócratas acaban aplicando, en economía, los mismos criterios del capitalismo liberal, o los primeros, en el plano moral, acaban respetando las leyes, por ejemplo, abortistas aprobadas por gobiernos ‘progresistas’ anteriores y a las que sus programas políticos se oponían.

¿Y por qué ocurre esto? Pues bien, son, o pueden ser, múltiples las causas y van desde la sumisión al Gran Capital financiero y multinacional en la que caen todos los gobiernos de los regímenes de tipo liberal-capitalista, pasando por el consenso remendón que se suele establecer entre las fuerzas de los distintos gobiernos y de sus mal llamadas oposiciones en torno a muchos temas y acabando por el denominado ‘pragmatismo’ en el que los políticos del Sistema suelen caer cuando forman parte del poder ejecutivo; olvidándose así de cuestiones ideológicas que no harían más que complicarles la existencia cómoda y facilona a que han conseguido llegar.

Hablábamos algunas líneas más arriba de los partidos más influyentes, si no social sí electoralmente, y sería bueno pararse a analizar cuáles son los motivos principales de esa supremacía. Y llegaríamos a la conclusión de que dichas causas se encuentran, sobre todo, en el monopolio que ejercen sobre la mayoría de los medios de comunicación y en las grandes sumas de dinero que manejan en las campañas electorales. Y es que es de perogrullo que al Sistema le interesa que las formaciones políticas que más ciegamente, sea por motivos ideológicos o por intereses económicos, le apoyan acaparen el poder que lo sustente y fortalezca y, por esta razón, uno de sus principales tentáculos, la Banca, las financia; dándoles grandes facilidades a la hora de concederles los préstamos necesarios. Por si esto fuera poco, la capacidad de presión del capital financiero sobre los medios de ‘información’ explica la parcialidad y partidismo de que éstos hacen gala constantemente; además, hemos de tener en cuenta de que la totalidad de los principales medios de comunicación se encuentran en manos de gente totalmente identificada con el régimen político vigente.

Las llamadas Cartas Magnas o Constituciones que recogen los postulados ideológicos básicos en los que se sustentan los diversos estados liberales propugnan en algunos de sus primeros artículos, si no en el primero, los principios de la ‘igualdad y el pluralismo político’ y nosotros, a razón de lo expuesto en el párrafo anterior, no podemos por menos que preguntarnos: ¿se verifican, de algún modo, dichos principios ante el evento de unos comicios electorales? Es obvio que la respuesta, por evidente, sobra.

Otro aspecto que se ha de someter a consideración es el de la escasa representatividad real que tienen los partidos políticos en general y los diputados, congresistas o senadores, en particular. Y es que resulta que, en muchas ocasiones, los elegidos por una circunscripción electoral no tienen nada que ver con ella, porque: o bien no son naturales de la zona por la que se presentan para ser elegidos; o bien no residen en ella; o bien desconocen sus problemas, sus preocupaciones y sus aspiraciones. Simplemente, el partido les asigna la circunscripción que más le interesa…

Dejando de lado a los votables y ocupándonos de los partidos, hay que tener presente que el gobierno que se forma a raíz de celebrarse unas elecciones no representa más que a la gente que ha votado al grupo político al que pertenecen sus miembros, esto es, no representa más que a una mayoría de ciudadanos o bien a una minoría mayoritaria., pero nunca a la totalidad del pueblo. Claro que incluso esto es pura teoría, pues, como vimos con anterioridad, cuando el nuevo Ejecutivo ya ha cumplido su objetivo principal, que es el de haberse constituido como tal gracias al voto popular, pasará a ignorar intencionadamente las promesas que su partido vociferó durante la campaña electoral; resultando, por tanto, que ni los electores que le depositaron su confianza en las urnas se verán representados por dicho gobierno.

Ante toda la zarabanda electoralera que tenemos que padecer continuamente nos surgen, como reflexión final, preguntas como éstas: ¿qué entenderá la mayoría de los votantes sobre temas tan complejos como los del funcionamiento de la macroeconomía o sobre estrategia militar y geopolítica para, en unas elecciones generales, optar por la opción política que mejor pueda tratarlos? ¿Debe de tener el mismo valor y peso el voto ejercido por una persona honrada, cabal o instruida que el de un ignorante, un ‘pasota’, un ímprobo, un estafador, un explotador, un delincuente o un deficiente psíquico? ¿Acaso, tal como afirmaba Corneliu Z. Codreanu en su libro ‘Guardia de Hierro’, la categoría de, por ejemplo, mejores pintores la determina, por sufragio, el pueblo o lo hacen los maestros, especialistas y críticos pictóricos? ¿Es que, afirmaba igualmente, al oficial de un ejército lo eligen por votación los soldados o lo hace otro oficial u otros oficiales que detenta/n una graduación superior a la suya y que, por tanto, tiene/n la legitimidad, los conocimientos y la experiencia necesarios para determinar quien es apto para ascender de escalafón?…

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