Julius Evola. Septentrionis Lux


¡Que nos disculpe Evola!
febrero 8, 2009, 11:39 am
Filed under: Eduard Alcántara, Julius Evola

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No vamos a hablar en esta ocasión, y tal como suele ser habitual, sobre ningún aspecto del corpus doctrinal expuesto por Evola a lo largo de su vida. No vamos a detenernos a exponer y/o reflexionar sobre ningún dominio del Mundo Tradicional de los muchos que nos hizo conocer nuestro intérprete italiano de la Tradición (1). No vamos a escribir sobre ninguna de las ciencias y doctrinas sacras que de manera tan diáfana nos expuso genialmente Evola. No vamos a redactar nada sobre cómo, al decir de nuestro autor,  el Mundo de la Tradición se plasma en lo político o en lo social o sobre cómo intentar vivir de acuerdo a los parámetros y valores de dicho Mundo en el opuesto, desacralizado, alienante y disolvente mundo moderno por el que transitamos en la actualidad.

No lo vamos a hacer, sino que, girando 180º con respecto a la temática habitual que suele encontrarse en la mayoría de ensayos y exposiciones que se acostumbran a componer alrededor de la obra evoliana, nos vamos a aprestar a hablar sobre dos hechos que conciernen a la propia persona de Evola y que sin duda se escapan a las herramientas de comprensión de la ciencia profana que, en Occidente, monopoliza, con total exclusividad, el ámbito del conocimiento desde hace ya unas cuantas centurias.

Somos sabedores de que a nuestro romano autor le habría disgustado que habláramos sobre su persona, puesto que pocos como él, desde que el mundo moderno relegó al olvido al Tradicional, han cumplido con tanto denuedo aquella fórmula que siempre fue santo y seña de aquéllos que en épocas pretéritas se ponían por entero al servicio de la Idea. Fórmula que no era otra que la de la “impersonalidad activa” , por la cual lo importante no era la persona que protagonizaba una acción tendente hacia lo Alto o tendente a contribuir al desarrollo o al mantenimiento del equilibrio y la armonía de las instituciones que pretendían ser un reflejo en el microcosmos del Orden propio a las fuerzas o numens que constituían el macrocosmos. Según dicha fórmula lo que valía era la obra y no quien la protagonizaba. Lo que importaba no era ser actor ni figurar. La tendencia al protagonismo y a la notoriedad eran considerados como lastres propios del egoísmo de quien era esclavo de su propia individualidad, de su ego no superado, de un yo que como tal no podía (y no puede) ser concebido más que como el cúmulo de sentimientos, pasiones, pulsiones y complejos que convulsionan y atormentan al individuo y le impiden experimentar los estados de calma mental necesarios para poder aspirar a Conocer (y a vivenciar) otras Realidades que se hallan por encima de la realidad material que aprehenden nuestros sentidos. De acuerdo a la fórmula de la “impersonalidad activa” la acción (interior o exterior) emprendida debe de estar impregnada de un total desapego.

Las pocas imágenes fotográficas que existen de Evola responden a su rechazo al protagonismo personal y a su adhesión a esta fórmula Tradicional. No comulgaba con que se le considerara como “filósofo de la Tradición”, pues afirmaba que filosofar es un ejercicio de la mente que realiza aquél que elabora (o pretende elaborar) nuevas teorías o sistemas de pensamiento y que, por el contrario, el propósito que él perseguía no era el de elaborar nada nuevo sino el de transmitir, y en todo caso sistematizar (para mejor comprensión del hombre de nuestros desangelados y huérfanos días), el saber sacro connatural a la Tradición. Es por esta razón que Evola prefería, en lugar de filósofo, que se le considerara como “intérprete de la Tradición”. 

El rechazo a la filosofía le venía también dado por el hecho de que al utilizar ésta herramientas de la mente (tal como el método discursivo o el especulativo) que como tales se circunscriben a la esfera de lo humano, no puede ser nunca –la filosofía- una vía válida para acceder al Conocimiento de lo que es más que humano, de lo sobrehumano, de lo suprasensible, de lo metafísico.

No es, pues, el corpus doctrinal evoliano elaboración del pensador Evola sino sistematización, de la Sabiduría Sacra, magistralmente por él realizada y a nosotros transmitida. Desde el punto de vista Tradicional lo importante no es el hombre llamado Julius Caesar Andrea Evola sino el legado que nos ha transmitido. Así, además, lo quería él y es, repetimos, por lo cual por lo que sin duda no hubiera mostrado especial conformidad a que nos pusiéramos, como es nuestra intención, a discurrir sobre hechos que se refieren a su persona, por más que éstos tengan, seguramente, mucho que ver con los logros interiores y transfiguradores a los que, sin duda, arribó y que le fueron alejando del personaje Evola; le fueron despojando de la máscara que nos vamos colocando a lo largo de nuestro tránsito terreno (máscara que nos aboca al condicionamiento, a las dependencias y a las ataduras para con el mundo del devenir o continuo fluir y, a la postre, a la descentralidad con respecto a lo Trascendente).

Pero esperemos que su Alma Espiritualizada nos disculpe desde la Dimensión o Realidad Metafísica, incondicionada e imperecedera en la que, sin duda, se hallará.

 

Así pues pasemos a considerar el primero de los dos episodios que queremos tratar en el presente escrito, que no es otro que aquél al que hace alusión Alain de Benoist en un artículo que lleva , sencillamente, por título “Julius Evola” y en el que se nos explica cómo nuestro autor había anticipado, con dos años de antelación, a su discípulo y amigo George Gondinet que la muerte le sobrevendría –a Evola- a las 15:15 horas del 11 de junio de 1.974. En efecto, el deceso le aconteció a la hora predicha en tal día del sexto mes del año 74 del pasado siglo…

¿Qué podemos colegir de tan sorprendente hecho?

Pues lo que debemos de entender es que el proceso iniciático recorrido por el que ha venido a ser denominado como “el último gibelino” había llegado, al menos, a aquel punto en el cual el iniciado ha adquirido el conocimiento de cuáles son las diversas energías y fuerzas sutiles que hallándose en el Cosmos se encuentran igualmente en el interior del ser humano y representan la causa primera –sutil- del funcionamiento de sus funciones vegetativas, fisiológicas, cardiovasculares, respiratorias,… De esta manera el prana o aliento vital del que nos hablan los textos sapienciales de la tradición indoaria puede considerarse como la fuerza de la vida suprabiológica.

Y no únicamente debemos de entender que nuestro autor adquirió el conocimiento y visión de estas fuerzas y energías sino que, además, llegó a su identificación ontológica con ellas. Estado al que llegó tras completar lo que la tradición hermeticoalquímica denominó como la “obra al nigredo” y completar igualmente la posterior “obra al albedo“. Según ciertas equivalencias que se han querido realizar, no sin ciertos reparos, ambos estadios u obras de la vía de transustanciación interior corresponderían a lo que en la Antigüedad fue conocido como iniciación en los Pequeños Misterios.

Para completar la “obra al albedo” Evola debió, previamente (y tras un largo, arduo y metódico camino) completar una “obra al nigredo” en la que fue dejando lastre, deshaciéndose de escorias, descondicionándose de posibles traumas y complejos, de miedos, de sentimientos alteradores del ánimo, de pasiones que atan y de pulsiones que esclavizan. Fue entonces cuando con la mente limpia y calma pudo emprender el camino (la “obra al albedo“) que conduce del conocimiento de la realidad sensitiva y material al conocimiento y vivencia de otras realidades cada vez más sutiles de las que emana la sensorial y más burda. Cuando en el interior del hombre se han activado dichas fuerzas sutiles es cuando se accede a su gnosis y, por otro lado, si se han activado, el iniciado es capaz de actuar sobre ellas y de convertirse en el dueño de los procesos orgánicos de su cuerpo, hasta el punto de poder llegar a decidir y a provocar el final del funcionamiento de estos procesos y, como consecuencia, la muerte física.

Este proceso de palingénesis o renacimiento interior a otra/s realidad/es hace de Evola una especie de oasis en nuestro mundo. No en vano ya apuntamos en cierta ocasión que debía de quedar, de antemano, claro que “cuanto mayor es el grado de materialización y/o de sojuzgamiento a lo ínfero, a las fuerzas irracionales, a los bajos impulsos e instintos y a los sentimientos desenfrenados por el que atraviesa el hombre en un determinado período del devenir de la humanidad menor, es, en inversa correspondencia, la posibilidad de encontrar individuos aptos, conscientes y dispuestos a adentrarse en lo que se conoce como Iniciación. Y no se olvide, en relación a esto, que el actual y disoluto período del mundo moderno por el que transitamos representa la etapa más disolvente y deletérea –la crepuscular u obscura- de la decadente edad de hierro o del kali-yuga de la que ya nos ponían sobre alerta los textos sapienciales y sagrados de la antigüedad”.

 

El segundo episodio del que queríamos tratar ya no sería un episodio de la vida de Evola, sino, más bien, de su muerte; o, para ser más precisos, de su postmortem. Lo conocemos gracias a la narración hecha por alguien que fue testigo de ello. Se trata de su discípulo el Tradicionalista Renato del Ponte. Las líneas en las que del Ponte nos explica este episodio fueron reproducidas en la parte final de un ensayo elaborado por Marcos Ghio, con motivo del 30º aniversario del deceso de Evola,  intitulado “Actualidad y vigencia del pensamiento evoliano”; texto que sirvió de base a una conferencia por él impartida.

     Ocurrió que tras el fallecimiento del “último gibelino” razones tecnológicas y burocráticas fueron dilatando la posibilidad de que su cuerpo fuera incinerado en el horno crematorio del cementerio de Roma. Los inconvenientes surgidos llevaron a la decisión de incinerarlo en Spoleto (en la región de Umbría). Había transcurrido un mes desde la luctuosa fecha cuando se pasó a abrir el ataúd para sacar de él los restos mortales que iban a ser incinerados. Unos restos que, sorprendentemente, se hallaban completamente intactos pese al fuerte calor que hace en esas latitudes italianas durante los meses de junio y julio. Concretamente las palabras de Renato del Ponte nos hablan de un rostro de marfil que perfilaba una enigmática sonrisa…”

¿Qué hemos de pensar ante tan inaudito episodio?

Pues lo que hemos de pensar es que el proceso de transformación interior de Evola no se detuvo en la “obra al albedo“. No tuvo su límite en los ya citados Pequeños Misterios, sino que continuó hasta completar la tercera y definitiva fase de la Obra alquímica: la “obra al rubedo“. O dicho en términos budistas: alcanzó la iluminación o Despertar; la Gran Liberación. Completó los conocidos, en la Antigüedad, como Grandes Misterios. Evola fue, progresivamente, conociendo y vivenciando realidades cada vez más sutiles. Accedió a la visión y al control de fuerzas o numens (presentes en el cosmos y en el seno del ser humano) que cada vez compartían menos esencia con el mundo manifestado y que se hallaban en los primeros estadios (o tattva, al decir del tantrismo) de la manifestación. Así continuó su vía iniciática hasta acceder a la Gnosis por excelencia: la del Principio Supremo que se encuentra más allá y en el origen del mundo manifestado. La del Principio Inmutable, imperecedero, eterno, indefinible e incalificable a partir del cual emana el Cosmos.

Y no únicamente a su Gnosis sino también a su identificación interior con él. Esto es, repetimos, a su Liberación con respecto a cualquier resabio del mundo de la manifestación.

Su Alma se había convertido en un fiel reflejo del Espíritu. O, más bien, su Alma se había espiritualizado por completo.

Y si, según la máxima Tradicional, lo de arriba se refleja en lo de abajo, o lo Trascendente en lo inmanente, así mismo la eternidad conseguida por el Alma, ya imperecedera, de Evola tenía que verse reflejada en su cuerpo físico. Un cuerpo físico incorrupto; ignorando y contradiciendo la lógica habitual de las leyes de la naturaleza que imperan para el común de los mortales.

 

¡Que nos disculpe Evola por haberle hecho protagonista de estos párrafos!

 

                                                          …………………………………..

(1)Hemos querido escribir con mayúscula el vocablo “Tradición” y sus derivados para distinguir el concepto que ella representa de la “tradición”, en minúscula, que haría referencia a usos, costumbres, cultura,… -con independencia de su naturaleza- que arrancan del pasado y que tienen o no vigencia en la actualidad. En cambio a la Tradición, con mayúscula, alguien la definió como la vigencia del Macrocosmos en el microcosmos; o, para resultar más fáciles de entender, del Cielo en la Tierra.

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



El Imperium a la luz de la tradición
febrero 8, 2009, 11:37 am
Filed under: Eduard Alcántara, Historia, Metapolítica

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El Mundo Tradicional siempre se caracterizó por tener las miras puestas hacia lo Alto. El hecho Espiritual impregnaba su discurrir (1). En lo Alto oteaba orden: el Orden del Cosmos, los siete Cielos enunciados y descritos por cierta metafísica,… Y si en lo Alto oteaba un orden que se había impuesto a la nada (2) o al caos previos, quiso -dicho Mundo de la Tradición- instaurarlo aquí abajo como si se tratase de un reflejo del imperante allá arriba. Pretendió hacer de la Tierra un espejo de lo que veía en el Cielo, pues siempre concibió que el microcosmos debía de asemejarse al macrocosmos o, lo que es lo mismo, lo de abajo a lo de arriba (3). Y para que ese Orden cósmico imperase en la Tierra debería de existir –aquí abajo- una fuerza centrípeta que evitase la disgregación de los diferentes elementos que debían acabar tomando parte de él –de ese nuevo orden- y que debían acabar haciéndolo realidad. Y esa fuerza centrípeta aglutinadora no podía revestir otra naturaleza que la espiritual.

La Idea (en el sentido Trascendente) sería el eje alrededor del cual giraría todo un entramado armónico. Una Idea que a lo largo de la historia de la humanidad ha ido revistiéndose de diferentes maneras. Una Idea que -rastreando la historia- toma, por ejemplo, cuerpo en lo que simbolizaba la antigua Roma. Y Roma representará a dicha Idea de forma muy fidedigna. La Idea encarnada por Roma aglutinará a su alrededor multitud de pueblos diversos (4) que, conservando sus especificidades, participarán de un proyecto común e irán dando cuerpo a este concepto de orden en el microcosmos representado por la Tierra. Estos pueblos dejarán de remar aisladamente y hacia rumbos opuestos para, por contra, dirigir sus andaduras hacia la misma dirección: la dirección que oteará el engrandecimiento de Roma y, en consecuencia, de la Idea por ella representada. De esta manera Roma se convertirá en una especie de microcosmos sagrado en el que las diferentes fuerzas que lo componen actuarán de manera armoniosa al socaire del prestigio representado por su carácter sacro (por el carácter sacro de Roma). Así, el grito del “Roma Vincis” coreado en las batallas será proferido por los legionarios con el pensamiento puesto en la victoria de las fuerzas de lo Alto; de aquellas fuerzas que han hecho posible que a su alrededor se hayan unido y ordenado todos los pueblos que forman el mundo romano, como atraídos por ellas cual si de un imán se tratase.

Roma aparece, se constituye y se desarrolla en el seno de lo que multitud de textos Tradicionales definieron como Edad de Hierro, Edad del Lobo o Kali-yuga. Edad caracterizada por el mayor grado de caída espiritual posible al que pueda arribar el hombre: por el mayor nivel de oscurecimiento de la Realidad Trascendente. Roma representa un intento heroico y solar por restablecer la Edad Áurea en una época nada propicia para ello. Roma nada contracorriente de los tiempos de dominio de lo bajo que son propios de la Edad de Hierro. Es por ello que, tras el transcurrir de su andadura histórica, cada vez le resultará más difícil que la generalidad de sus ciudadanos sean capaces de percibir su esencia y la razón metafísica de su existencia (las de Roma). Por ello -para facilitar estas percepciones sacras- tendrá que encarnarlas en la figura del Emperador; el carácter sagrado del cual -como sublimación de la naturaleza sacra de Roma- ayudará al hombre romano a no olvidar cuál es la esencia de la romanidad: la del Hecho Trascendente. Una esencia que conlleva a la sacralización -a través de ritos y ceremonias- de cualquier aspecto de la vida cotidiana, de cualquier quehacer y, a nivel estatal, de las instituciones romanas y hasta de todo el ejercicio de su política.

Con la aparición de la figura del Emperador Roma traspasa el umbral que separa su etapa republicana de la imperial. Este cambio fue, como ya se ha señalado, necesario, pero ya antes de dicho cambio (en el período de la República) Roma representaba la idea de Imperium, por cuanto la principal connotación que, desde el punto de vista Tradicional, reviste este término es de carácter Trascendente y la definición que del mismo podría realizarse sería la de una “unidad de gentes alrededor de un ideal sacro”. Por todo lo cual, tanto la República como el Imperio romanos quedan incluidos dentro de la noción que la Tradición le ha dado al vocablo “Imperium“.

Así las cosas la figura del Emperador no podía no estar impregnada de un carácter sagrado que la colocase al nivel de lo divino. Por esto, el César o Emperador estuvo siempre considerado como un dios que, debido a su papel en la cúspide piramidal del Imperio, ejercía la función de ´puente´ o nexo de unión entre los dioses y los hombres. Este papel de ´puente´ entre lo divino y lo humano se hace más nítido si se detiene uno a observar cuál era uno de los atributos o títulos que atesoraba: el de Pontifex; cuya etimología se concreta en ´el hacedor de puentes´. De esta manera el común de los romanos acortaba distancias con un mundo del Espíritu al que ahora veía más cercano en la persona del Emperador y al que, hasta el momento de la irrupción de la misma -de la figura del Emperador-, empezaba a ver cada vez más alejado de sí: empezaba a verlo más difuso debido al proceso de caída al que lo había ido arrastrando el deletéreo kali-yuga por el que transitaba.

Los atributos divinos del Emperador respondían, por otro lado, al logro interno que la persona que encarnaba dicha función había experimentado. Respondían a la realidad de que dicha persona había transmutado su íntima naturaleza gracias a un metódico y arduo trabajo interior que se conoce con el nombre de Iniciación. Este proceso puede llevar (si así lo permiten las actitudes y aptitudes del sujeto que se adentra en su recorrido) desde el camino del desapego o descondicionamiento con respecto a todo aquello que mediatiza y esclaviza al hombre, hasta el Conocimiento de la Realidad que se halla más allá del mundo manifestado (o Cosmos) y la Identificación del Iniciado con dicha Realidad. Son bastantes los casos, que se conocen, de emperadores de la Roma antigua que fueron Iniciados en algunos de los diferentes Misterios que en ella prevalecían: de Eleusis, mitraicos,… Así podríamos citar a un Octavio Augusto, a un Tiberio, a un Marco Aurelio o a un Juliano.

La transustanciación interna que habían experimentado se reflejaba no sólo en las cualidades del alma potenciadas o conseguidas sino también en el mismo aspecto externo: el rostro era fiel expresión de esa templanza, de ese autodominio y de ese equilibrio que habían obtenido y/o desarrollado. Así, el rostro exhumaba gravitas y toda la compostura del emperador desprendía una majestuosidad que lo revestían de un hálito carismático capaz de aglutinar entorno suyo a todo el entramado social que conformaba el orbe romano. Asimismo, el aura espiritual que lo impregnaba hacía posible que el común de los ciudadanos del Imperio se sintiese cerca de lo divino. Esa mayoría de gentes, que no tenía las cualidades innatas necesarias para emprender las vías iniciáticas que podían hacer posible la Visión de lo metafísico, se tenía que conformar con la contemplación de la manifestación de lo Trascendente más próxima y visible que tenían “a su alcance”, que no era otra que aquélla representada por la figura del Emperador. El servicio, la lealtad y la fides de esas gentes hacia el Emperador las acercaba al mundo del Espíritu en un modo que la Tradición ha definido como de ´por participación´.

 

Hecho este recorrido por la antigua Roma -como buen modelo para adentrarse en el conocimiento del significado de la noción de Imperium-, no deberíamos obviar alguna otra de las cristalizaciones que dicha noción ha visto en etapas posteriores a la romana. Y nos referimos, con especial atención, a la que se concretó, en el Medievo, con la formación de un Sacro Imperio Romano Germánico que nació con la vocación de reeditar al fenecido, siglos antes, Imperio Romano y convertirse en su legítimo continuador.

El título de ´Sacro´ ya nos dice mucho acerca de su fundamento principal. También, en la misma línea, es clarificador el hecho de que el emperador se erigiera en cabeza de la Iglesia; unificando además, de esta manera, en su cargo las atribuciones o funciones política y espiritual.

De esta guisa el carisma que le confiere su autoridad espiritual (amén de la política) concita que a su alrededor se vayan uniendo reinos y principados que irán conformando esta idea de un Orden, dentro de la Cristiandad, que será el equivalente del Orden y la armonía que rigen en el mundo celestial y que aquí, en la Tierra, será representado por el Imperium.

La legitimidad que su carácter sagrado le confiere, al Sacro Imperio Romano Germánico, es rápidamente reconocida por órdenes religioso-militares que, como es el caso de la del Temple, son dirigidas por una jerarquía (visible u oculta) que conoce de la Iniciación como camino a seguir para experimentar el ´Segundo Nacimiento´, o palingénesis, que no es otro que el nacimiento al mundo del Espíritu. Jerarquía, por tanto, que tiene la aptitud necesaria para poder reconocer dónde se halla representada la verdadera legitimidad en la esfera espiritual: para reconocer que ella se halla representada en la figura del emperador; esto sin soslayar que la jerarquía templaria defiende la necesidad de la unión del principio espiritual y la vía de la acción –la vía guerrera- (complementariedad connatural a toda orden religioso-militar) y no puede por menos que reconocer esta unión en la figura de un emperador que aúna su función espiritual con la político-militar (5).   

Para comprender aún mejor el sentido Superior o sagrado que revistió el Sacro Imperio Romano Germánico se puede reflexionar acerca de la repercusión que tuvo el ciclo del Santo Grial en los momentos de mayor auge y consolidación de dicho Imperio. Una repercusión que no debe sorprender a nadie si nos atenemos a los importantes trazos iniciáticos que recorren la saga griálica y a cómo se aúnan en ella lo guerrero y lo sacro en las figuras de unos caballeros que consagran sus vidas a la búsqueda de una autorrealización espiritual simbolizada en el afán mantenido por hallar el Grial.

 

Aclarados, hasta aquí, en qué principios y sobre qué base se sustenta la noción Tradicional del Imperium no estaría de más aclarar qué es lo que se hallaría en sus antípodas, como antítesis total del mismo y como exabrupto y excreción antitradicional propios de la etapa más sombría y crepuscular que pueda acontecer en el seno de la Edad de Hierro; etapa por la que estamos, actualmente, transitando y a la que cabe denominar como ´mundo moderno´, en su máxima expresión. Un mundo moderno caracterizado por el impulso hacia lo bajo –hacia lo que degrada al hombre- y por el domino de la materia, en general, y de la economía (como paradigma de la anterior), en particular.

Pues bien, en tal contexto los Estados (6) ya han defenestrado cualquier aspiración a constituir unidades políticas que los sobrepasen y que tengan la mira enfocada en un objetivo Elevado, pues, por contra, ya no aspiran a restaurar el Imperium. Sus finalidades, ahora, no son otras que las que entienden de mercado (de economía).

En este afán concentran sus energías y a través de la fuerza militar o de la colonización financiera (a través de préstamos imposibles de devolver por los intereses abusivos que llevan implícitos) someten (7) a gobiernos y/o países a los dictados que marcan sus intereses económicos; intereses económicos que, por otro lado, son siempre los de una minoría que convierte a los gobiernos de los estados colonizadores en auténticas plutocracias.

Por estas “artes” estos estados ejercen un imperialismo que no es más que la antítesis de lo que siempre representó la idea de Imperium y lo más opuesto a éste que pueda imaginarse.

               ………………………………………………………………………

 

(1)         Un ´discurrir´ que, en el contexto expresado, no hay que confundir con el concepto de ´devenir´, de ´fluir´, de lo ´pasajero´, de lo ´caduco´, de lo ´perecedero´,…

 

(2)         Aquí la expresión ´la nada´ debe ser asimilada a la del ´caos´ previo a la configuración del mundo manifestado (del Cosmos) y no debe de confundirse con el concepto de No-Ser que determinada metafísica -o que un Réné Guénon- refería al Principio Supremo que se halla en el origen y más allá de la manifestación.

 

(3)         Como curiosidad podríamos detenernos en el conocido como “Parque del Laberinto de Horta”, en la ciudad de Barcelona, y observar de qué manera su autor quiso reflejar estas dos ideas de ´caos´ y de ´orden´ cósmicos… Lo hizo construyendo el parque en medio de una zona boscosa que representaría el caos previo en el que, a modo de símil, los árboles crecen de manera silvestre y sin ningún tipo de alineamiento. Por contra, el parque implica poner orden dentro de este desorden: construir a partir de una materia prima caótica y darle forma, medida y proporción. Edificar el Cielo en la Tierra.

 

   (4) Estos pueblos diversos que se agruparán alrededor de la empresa  romana no serán pueblos de culturas, costumbres o   religiosidades antagónicas, ya que, en caso contrario hubiera  sido muy difícil imaginarse la integración de los mismos en la

 Romanidad. Sus usos, costumbres y leyes consuetudinarias en ningún caso chocaron con el Derecho Romano. Sus divinidades fueron, en unos casos, incluidas en el Panteón romano y, en otros, asimiladas a sus equivalentes romanas. Sus ceremonias y ritos sagrados fueron perviviendo en el seno del orbe romano o fueron, también, asimilados a sus semejantes romanos. La extracción, casi exclusivamente, indoeuropea de dichos pueblos explica las semejanzas y concordancias existentes entre los mismos (no debe olvidarse que remontándose a épocas remotas,  que rozan con el mito, todos estos pueblos constituían uno solo; de origen hiperbóreo, según muchas tradiciones  sapienciales).

 

   (5) Hay que tener presente que el mismo vocablo ´emperador´ deriva del latín Imperator, cuya etimología es la de ´jefe del

ejército´.

 

   (6) A caballo entre finales de la Edad Media y principios de la Edad Moderna se van debilitando los ideales Superiores

 supranacionales y van siendo suplantados por otros impregnados por un egoísmo que redundará en favor de la aparición de los Estados nacionales.

Bueno es también recordar que el Emperador Carlos (I de España y V de Alemania) fue, allá por la primera mitad del  siglo XVI, el último que intentó recuperar las esencias y el espíritu, ya mortecinos, del Sacro Imperio Romano Germánico. Al igual que no está de más reconocer en el imperio que España construye -arrancando de fines del siglo XV- a lo largo del s. XVI, el último con pretensiones espirituales (al margen de que, en ocasiones, pudiesen coexistir con otras de carácter económico) de entre los que Occidente ha conocido. Y esto se afirma en base a los principales impulsos que se hallan en la base de su política exterior, como los son, en primer lugar, su empeño en evitar la división de una Cristiandad que se veía seriamente amenazada por el crecimiento del protestantismo o, en segundo lugar, sus esfuerzos por contener los embates del Islam protagonizados por turcos y berberiscos o, en tercer lugar, su decisión de evangelizar a la población nativa de los territorios americanos incorporados a la Corona (aparte de la de otros territorios; como las Filipinas,…). Estos parámetros de la política exterior de España seguirán, claramente, en vigencia también durante el siglo XVII.

 

A medio camino entre el imperio español y otros de corte eminentemente antitradicional (por lo mercantilista de los mismos), como el caso del imperio británico (que alcanzó su máxima expresión en el s. XIX) o del conocido como imperialismo ´yanqui´ (tan vigente en nuestros días), podríamos situar al de la Francia napoleónica. Y no sólo lo situamos a medio camino por una evidente razón cronológica, sino que también lo hacemos porque a pesar de haber perdido cualquier orientación de carácter espiritual (el laicismo consecuente con la Ilustración y la Revolución Francesa fue una de las banderas que enarboló), a pesar de ello, decíamos, más que motivaciones de naturaleza económica (como es el caso de los citados imperialismos británico y estadounidense), fueron metas políticas las que  ejercieron el papel de motor de su impulso conquistador. Metas políticas que no fueron otras que las de exportar, a los países  que fue ocupando, las ideas (eso sí, deletéreas y antitradicionales) triunfantes en la Revolución Francesa.

 

 Percíbanse los métodos agresivos y coercitivos de que se vale el imperialismo antitradicional (como caracterización que es de

 un nacionalismo expansivo) y compárense con la libre decisión (Sacro Imperio Romano Germánico) de participar en el proyecto

común del Imperium que, a menudo, adoptaron reinos y principados. Compárense dichos métodos con la rápida decisión

de integrarse en la Romanidad a la que optaron (tras su  derrota militar) aquellos pueblos que se enfrentaron a las legiones romanas. 

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



La ilusión reencarnacionista
febrero 8, 2009, 11:32 am
Filed under: Ética y valores, Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara

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Si las religiones y mitologías de los antiguos pueblos indoeuropeos reservaban sus respectivos paraísos de ultratumba (Campos Elíseos, Olimpo, Walhalla,…) tan sólo para una minoría (héroes, guerreros muertos en combate, personas que habían conseguido altas cotas de realización interior,…), otras religiones surgidas en épocas más tardías, tal como el cristianismo, prometieron el Cielo para prácticamente todos los creyentes.

Únicamente con el cumplimiento de una serie de ritos –desprovistos de poder real de transformación interna del practicante-, ceremonias, preceptos y dogmas morales se aseguraba –y se asegura- la vida eterna celestial. Ésta, de acuerdo con tales requisitos, está al alcance de todos. La mayoría puede acceder a ella sin demasiados sacrificios, méritos ni cualificaciones innatas. Es de fácil acceso para la generalidad de la comunidad creyente. Queda, pues, democratizada su consecución, en total contraste, por el contrario, con el carácter elitista, selectivo, minoritario y aristocrático que tenía en las religiones y mitologías de los antiguos pueblos indoeuropeos.

Las alteraciones que sufrió el budismo de los orígenes (fijado en el canon pali), que en un principio era exclusivamente una vía iniciática -una doctrina esotérica- que perseguía, como estadio último, el Despertar o Iluminación, las alteraciones, señalábamos, que sufrió al convertirse en religión, al masificarse, al degenerar en formas exotéricas y populares acabaron originando doctrinas como la de la reencarnación. Asimismo la incomprensión que, con el discurrir del tiempo, sufrieron ciertas enseñanzas de los textos védicos también acarreó en el hinduismo –como religión- la creencia popular en la reencarnación.

Estas distorsiones padecidas por los mencionados textos sapienciales originarios llegaron a su paroxismo cuando en el siglo XIX empezaron a ser introducidas en Occidente de la mano de personajes como Elena Petrovna Blavastky y de corrientes antitradicionales como la del teosofismo por ella fundado.

Los teosofistas le dieron a esta, ya de por sí, adulteración que supone el reencarnacionismo un carácter progresista. Sí, no podía ser de otra manera en unos tiempos en los que la quimera del progreso indefinido (tan indisociable al intríngulis del mundo moderno) se había, ya por entonces, convertido en dogma incontestable y en pilar básico de cualquier corriente filosófica, doctrina social, económica o política que pretendiera tener repercusión y/o triunfar en los tiempos deletéreos que corrían.

Así pues, de acuerdo a este planteamiento progresista, tras la muerte cada individuo se reencarnaba en otro de superior cualificación espiritual. Así sucedería una y otra vez hasta llegar al más alto escalafón de perfección que conduciría al nirvana y, ¡cómo no!, a la iluminación. Éste sería el camino que seguirían, a pocos méritos que hiciesen, todos los seres humanos. Se vuelve de nuevo a la ya apuntada democratización de los más altos logros metafísicos a los que la persona puede aspirar.

Como hemos indicado al inicio de este escrito estos postulados nada tienen en común (es más, se hallan en sus antípodas) con las creencias de las antiguas religiosidades del mundo indoeuropeo. Para así corroborarlo podemos recordar que para la mayoría de los hombres (que no habían tenido una existencia más que vulgar y arrastrada por las leyes del devenir y de lo perecedero), para la mayoría, decíamos, de ellos tras la muerte esperaba una especie de existencia larvaria en la que cualquier atisbo de conciencia desaparecería. Esta especie de existencia larvaria acontecía en lo que los griegos denominaban el Hades o los nórdico-germánicos el Niflheim.

Hasta aquí hemos hablado básicamente de creencias y, en este terreno, nos hemos tenido que circunscribir al marco estrictamente religioso, pero si en lugar de creencias quisiésemos hablar de certidumbres deberíamos recurrir a lo que nos enseñan los textos sagrados sapienciales, esotéricos y/o metafísicos, pues es en éstos en los que se refleja el Saber de la Tradición Primordial; gracias a que a ellos dicho Saber llegó a través de una cadena regular iniciática ininterrumpida –el conocido como ´cordón dorado´- a lo largo del devenir de los tiempos.

En algunos de estos textos se nos explica con detalle qué es lo que realmente sucede tras la muerte física y como resulta que sobre ello ya escribimos algo en un ensayo anterior titulado “José Antonio y Evola”, vamos a reproducir la mayor parte de lo que entonces expusimos y que hace referencia explícita a “la idea que sobre la inmortalidad defiende Evola cuando habla en el capítulo titulado ´Las dos vías de la ultratumba’ de su obra Rebelión contra el mundo moderno’ (1), de que tras la muerte física son dos las vías que se le presentan al fallecido: una sería la ´vía de los antepasados’ o pitra-yana y la otra sería la ´vía de los dioses’ o deva-yana (términos de la tradición hindú). La primera de ellas sería el destino de la mayoría de los individuos cuya existencia no pasó nunca de ser la del hombre vulgar, esclavo del devenir y que consistiría en la disolución de las fuerzas y energías sutiles que hicieron posible la vida de dichos individuos (puesto que se hallan en el origen del funcionamiento de su entramado psíquico-físico),su disolución, apuntábamos, en la descendencia de su mismo clan, gens, sippe o zadruga (2) pasando a formar parte (dichas fuerzas o energías) del genio, manes, tótem, demon o dáimon que confiere la peculiaridad y el impulso particular que caracterizan al mencionado clan. Esta vía, en realidad, no supone la inmortalidad del individuo, pues éste (o, mejor dicho, ´sus’ fuerzas o energías sutiles) vuelve a reintegrarse en la corriente del mundo manifestado, del mundo del devenir y del continuo fluir. La segunda de las vías, la de los dioses, sí que supone la verdadera inmortalidad de la persona que en su existencia terrena supo desligarse de todo aquello que condiciona al individuo y experimentó una auténtica transubstanciación o transfiguración que espiritualizó su alma liberada de ataduras y la logró hacer compartir la Esencia Suprema de aquel Principio Superior, metafísico y suprasensorial que se halla en el origen del Cosmos manifestado. Por lo que, tras el óbito, si no antes, el Yo Superior o el Alma Espiritualizada de la persona habrá conquistado la inmortalidad, la eternidad y habrá escapado de la cadena de transmutaciones y cambios que son propios de la manifestación. Sólo unos pocos, sólo una minoría conquistará el ´paraíso´; logro, pues, de carácter aristocrático y nada democrático.”

Lo apuntado en esta cita al respecto de la ´vía de los dioses’ o deva-yana lo podemos –y debemos- ampliar con lo que otros textos Tradicionales como “El libro egipcio de los muertos” o “El libro tibetano de la muerte” (o Bardo Thödol) (3) nos exponen. Así pues, de acuerdo con lo que se puede leer en este último, la persona que, tras un arduo y riguroso proceso iniciático (4), hubiese llegado al Despertar durante su existencia terrena se hallaría con que, tras la muerte física, su Alma Espiritualizada se ´toparía’ con lo Incondicionado, con el Principio Supremo, con lo Trascendente, con lo Absoluto indefinible e imperecedero que se encuentra en el origen de todo el proceso de la manifestación cósmica: con el No-Ser descrito por una determinada metafísica. Se ´toparía’ con el Principio Primero y al haberlo –en vida- Conocido, experimentado y haberse fundido en uno con Él lo reconocería como de su misma esencia y se integraría en Él.

Si, a lo largo de la existencia finita, la vía que lleva a la Iluminación no se hubiera completado totalmente el Yo o Conciencia Superior de la persona fallecida puede (dependiendo del grado en que no hubiese recorrido todo el camino iniciático de transfiguración interior) experimentar las siguientes situaciones de ultratumba:

– Ante lo sobrecogedor que le resulta la contemplación del No-Ser, del Vacío ilimitado, de la inmensidad sin forma y sin delimitación de un Principio en el que no hallará ningún soporte ni ninguna referencia inherentes al mundo manifestado (del que no logró descondicionarse y desligarse del todo), ante lo sobrecogedor, decíamos, de esa visión que nunca llegó a conocer en vida sentirá una suerte de pavor que le hará huir de ella. Con lo cual no podrá, de momento, integrarse en la Causa Primera y formar parte de lo Eterno y de la Realidad Superior.

– La huida le enfrentará con otra experiencia post mortem: la de la contemplación de aquellas entidades divinas propias de la religiosidad que conoció más de cerca por ser la más característica del entorno social en el que vivió. Si se identifica con ellas, si siente su esencia similar o cercana a ellas, se quedará en este plano de la realidad metafísica. Realidad inmaterial pero condicionada, puesto que las entidades divinas poseen figura, forma; la de la representación que en su cultura religiosa se les da.
El Yo Superior debería de continuar, una vez situado y anclado en este plano, el proceso de descondicionamiento total que en vida no pudo concluir. Y lo debería de continuar para aspirar a volver a ´toparse’ con la primera experiencia de ultratumba que tuvo e integrarse, esta vez sí, en el No-Ser.


– Si incluso no se siente identificado con aquellas entidades divinas será porque también le sobrecoge su cercana y embargadora presencia, ya que, en vida las adoró durante buena parte de su existencia y no consiguió nunca del todo percibir que tan sólo formaban parte del mundo manifestado (inmateriales, sí, pero sujetas a las formas; esto es, condicionadas), sino que siempre llegó a considerarlas como a las más altas jerarquías del Espíritu, por encima y más allá de las cuales no habría nada más; por lo que siempre las acabó contemplando aduladoramente desde una posición empequeñecida.

Es por esta razón por la que emprenderá una nueva huida y experimentará una nueva experiencia post mortem:


– Entonces el Alma Espiritualizada de la persona que había dejado la vida terrenal se enfrentará con sus propias pequeñeces, con sus propios temores, miedos y limitaciones. Unas pequeñeces y temores que no logró superar antes de la muerte y que son las que le han hecho sentir cierto pavor ante la magnitud y la presencia de las mencionadas divinidades (dioses, ángeles,…: todo dependiendo de la religión vivida). Sus propios temores y miedos pueden adoptar (dependiendo de si existían en la mitología de su entorno terrenal) la forma de dioses o diosas de aspecto monstruoso, terrible y pavoroso.
Si consigue sobreponerse al miedo infundido por estas imágenes aterradoras se integrará en la dimensión de la realidad por ellas representada y continuará su proceso descondicionador para aspirar a encontrarse de nuevo con las entidades divinas del plano superior, con el fin de identificarse con ellas y con el posterior objetivo de continuar dicho proceso descondicionador que le lleve nuevamente ante la presencia de la Ausencia (valga la contradicción de los términos); esto es, del Vacío ilimitado, del No-Ser, del Principio Supremo, del Motor Inmóvil del que hablaba Aristóteles. Principio Superior con el que, ahora sí, se identificará y en el que se integrará definitivamente.


– Si no consigue superar sus temores y miedos, si siente pavor ante la presencia de esas divinidades de aspecto terrorífico, es señal de que el camino iniciático de desapego que recorrió en vida dejó mucho que desear: fue poco intenso y/o poco duradero. Pero aunque de escasa valía, por lo menos sí que experimentó un pequeño despegue con respecto al hombre común, al hombre vulgar, al individuo amorfo arrastrado por las pasiones y los bajos impulsos e instintos. Por lo cual, aunque este Yo Superior deberá retornar a la existencia terrena, finita y perecedera para transmigrar y convertirse en el alma, psique o mente de otro individuo, tendrá el privilegio de elegir de qué embrión (a partir del que se gestará un nuevo ser humano) formará parte. Tendrá la opción, por ejemplo, de elegir el embrión del que se formará un individuo que -por entorno familiar, social o vocacional- gozará de una mayor facilidad y predisposición, así como de mejores ´herramientas’ y más óptimos medios, para emprender, con ciertos visos de éxito, el metódico y riguroso camino del desapego, de la transmutación interior y del Despertar y de la Gnosis de lo Absoluto. Podrá elegir convertirse en el alma, por ejemplo, de un individuo (allá donde aún hoy subsistan) de las castas o estamentos superiores.

Tras estos comentarios vertidos a propósito de lo enunciado por el Bardo Thödol, quede claro el hecho de que son unos pocos seres dotados de una cualificación interior especial los que llegarán a experimentar alguna, varias o todas estas experiencias de ultratumba inherentes a la ´vía de los dioses’ o deva-yana, mientras que la mayoría caerán irremisiblemente en la ´vía de los antepasados’ o pitra-yana reservada al hombre mediocre y vulgar. Remárquese de nuevo, en consecuencia, el carácter aristocrático, antidemocrático y antiigualitario de la consecución de la auténtica inmortalidad, de la arribada al ´paraíso´.

Recuérdese, asimismo, que el pitra-yana sólo contempla la incorporación de las energías y fuerzas sutiles del muerto al genio o tótem del clan al que perteneció y que esto se debe a que la personalidad que dicho individuo fue consolidando en vida se disolverá tras su deceso, por lo cual nadie puede (reivindicando la farsa reencarnacionista) sustentar la idea de que se puedan recordar existencias pasadas, ya que, repetimos, la individuación (y con ella el carácter, la personalidad adquirida, los pensamientos y la memoria) a la que un ser humano haya llegado durante su periplo terrenal se deshace y disuelve tras su fallecimiento.

Y, para concluir, téngase, igualmente, en cuenta que ese Yo Superior o Alma Espiritualizada que aquel que tiene el privilegio de transitar por el deva-yana ha ido forjando en vida es un Yo Superior que ya durante su existencia terrena se liberó, en mayor o menor medida, de su ego (de aquello que lo individualiza y apega a lo bajo y a lo caduco) y que, además, tal como se ha señalado anteriormente, tras la muerte ha asistido a la disolución de lo que pudiera quedar de su personalidad; memoria incluida. Memoria de la que sólo una especie de sucedáneo o un tenue reflejo, inconsistente, subsiste, como llevada por la inercia, acompañando a ese Yo Superior que (debido a no haber logrado en vida su total desapego) comparecerá ante la presencia de dioses de carácter más amable con, tal vez, otros de signo terrorífico. Esta especie de sombra de aquella memoria que se diluyó tras acaecer el óbito, acabará por desaparecer irremisiblemente; también en aquel Yo Superior –insuficientemente descondicionado- que se habrá de convertir en el alma del embrión al que transmigre.

NOTAS

(1) Traducida al castellano bajo este título, en 1994, por Ediciones Heracles. Escrita originariamente, en 1.934, como “Rivolta contra il mondo moderno”.

(2) Clan, gens, sippe o zadruga hacen referencia al mismo concepto pero referido, respectivamente, a las tradiciones celta, romana, germánica y  eslava.

(3) Un excelente resumen de “El libro tibetano de la muerte” se puede leer en uno de los apéndices que aparecen al final de la obra de Evola “Lo yoga  della potenza” y que lleva por título “Bardo: acciones después de la muerte”. Libro del cual existe una versión publicada en castellano, en 1.991, por la editorial Edaf como “El yoga tántrico”.

(4) Sobre este tema se pueden consultar nuestros “Debates metafísicos (II): la iniciación”.

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



El centro europeo de documentación e información
febrero 8, 2009, 11:16 am
Filed under: Cultura y pensamiento, Janus Montsalvat, Política y tradición

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Aquel gran intelectual tradicionalista y ex-ministro de Obras Públicas durante el franquismo, que fue González Fernández de la Mora -fallecido ya hace algunos años-, a principios de los años cincuenta, junto con otros miembros de la “Generación del 48” -de la que ya escribimos no hace mucho- colaboró en la creación de una especie de Internacional de Derecha Contrarrevolucionaria denominada “Centro Europeo de Documentación e Información”, bajo la presidencia del Príncipe Otto de Habsburgo; que por entonces, según parece, gozaba de las simpatías de algunos sectores del carlismo español e incluso del mismísimo Francisco Franco.

Dicho Centro se definía como “de carácter político al servicio de lo que se ha llamado el Orden Tradicional” (José Ignacio Escobar, Marqués de Valdeiglesias) y se oponía a las cuatro Internacionales que, según dicho Centro, tenían aprisionada a Europa: la Internacional marxista, la Internacional masónica, la Internacional liberal y capitalista y, finalmente, la Internacional demócrata-cristiana que era comparada a Judas el traidor. Este Centro celebraba una reunión anual en el Monasterio de El Escorial a la que asistían personalidades de Derecha contrarrevolucionaria de toda Europa. Otro dato curioso es que uno de los “padres espirituales” de esta nueva Idea Europea era nada más ni nada menos que el gran jurista alemán y representante de la Revolución Conservadora Carl Schmitt; el cual también fue considerado como uno de los grandes inspiradores del III Reich. Carl Schmitt fue recibido en la España de Franco en 1962 con todos los honores y condecorado por el Instituto de Estudios Políticos del Movimiento -entonces dirigido por un falangista aspirante luego a demócrata llamado Manuel Fraga- considerándolo también como uno de los padres espirituales del Estado del 18 de Julio, además de cómo uno de los más grandes pensadores de la Europa contemporánea. Carl Schmitt , en su discurso en el Instituto ante la flor y la nata del franquismo, comparó a España con una especie de oasis en medio del desierto… ¡Quién lo diría hoy!.

A volandas de lo que acabamos de explicar sería bueno reflexionar sobre hasta qué punto desconocemos la historia de nuestra España más reciente y ello no sólo por culpa de una escoria democrático-progresista muy interesada en aborregarnos e idiotizarnos con sus anti-valores, sino también por culpa de tanto pseudo-revolucionario y plebeyizante que corretea por nuestros ambientes inflándonos la cabeza con sus ideales telúricos y economicistas para luego cambiarse de chaqueta -después de hacer mucho ruido- y acabar en el PP o en otros sitios peores. Ejemplos conocemos a montones. Estos pseudos-revolucionarios buscan con denuedo, a menudo, acrecentar su fama “revolucionaria” a costa de denigrar y menospreciar la obra mayúscula que nos dejó nuestro extenso elenco de pensadores tradicionalistas.

En otro orden e cosas, sería interesante saber si, teniendo en cuenta que dicho Centro empezó a funcionar a principios de los ´50 -en la época que apareció el monumental “Los Hombres y las Ruinas”-, Julius Evola tuvo algún tipo de contacto o de relación con ellos. No sería de extrañar teniendo en cuenta que Evola en esa obra se identifica con el monarquismo y la Derecha contrarrevolucionaria. Por otro lado, Fernández de la Mora era un hombre de una vastísima cultura que dominaba, además, varios idiomas como el italiano, francés, inglés, alemán y griego, además del latín. Su biblioteca particular pasaba de los veinte mil volúmenes… Tampoco sería de extrañar que hubiera conocido la obra, o parte de ella, de Evola.

Es imperdonable, por otro lado, esa especie de “censura” o de odio casi teológico que determinados “nacional-revolucionarios” tienen hacia todo lo que venga del tradicionalismo o de la Derecha contrarrevolucionaria y todo ello tiene la causa en su aberrante cosmovisión telúrico-ginecocrática, que más que luchar por traer un Nuevo Orden europeo, llevaría, con sus ideas demónicas, a Europa, de nuevo, a lo más hondo del precipicio. Un “nacional-revolucionario” se extasía con Ramiro Ledesma (bien, por otro lado, está), incluso por algún fantoche criminal de la extrema izquierda “políticamente correcto” como Che Guevara, Lenin, Fidel Castro, etc., pero publicar y/o dar a conocer obras de tradicionalistas como Donoso Cortés, Vázquez de Mella, Jaime Balmes, etc., es poco menos que un crimen imperdonable para esta gente cuya “alternativa” al Sistema a penas excede del nivel de lo meramete socioeconómico.

 

Joan Montcau



El porqué de la parálisis de Julius Evola
febrero 8, 2009, 11:09 am
Filed under: Eduard Alcántara, Julius Evola

Abstracción y diferenciación en Julius Evola | Geopolitica.RU

Habitualmente no nos paramos a pensar en el hecho de que determinadas cosas que, a nivel físico, nos suceden en nuestro cotidiano discurrir por nuestra existencia terrenal no carecen, precisamente, de conexiones con otros planos que podríamos denominar como sutiles. Así pues, ciertas enfermedades o determinados achaques psíquicos (diríamos que la mayoría y lo afirmamos incluso a expensas de poder quedarnos cortos) tienen su causa más allá del plano en el que –de acuerdo a nuestro poder de percepción-  se manifiestan. Por ello debemos de entender que si buena parte de las enfermedades físicas y/o fisiológicas se deben a trastornos de naturaleza psíquica, al mismo tiempo estos trastornos padecidos a nivel mental acostumbran a ser el resultado de desajustes y desequilibrios que ocurren en un plano más inasible todavía, que es el plano de las fuerzas sutiles que, en el interior del ser humano, se hallan en la base del funcionamiento de todas nuestras funciones fisiológicas.

Unos desajustes y desequilibrios que pueden deberse a dos razones. Recorriendo, ahora, este mismo camino en sentido inverso, la primera razón la hallaríamos en alteraciones acaecidas en el plano del mundo psíquico: convulsiones sentimentales, arrebatos incontrolados, pasionalidad desatada, tendencias depresivas,… Y la segunda razón la deberíamos de buscar más allá de nosotros mismos y la encontraríamos en relación a ese mundo nouménico constituido por todo el entramado de fuerzas que explican la armonía y el dinamismo del cosmos. Pues es en consonancia y en armonía con ese mundo nouménico como deben de estar dinamizadas  las fuerzas sutiles del ser humano, ya que si éstas no están armonizadas con sus análogas del resto del cosmos discurrirán a tal fuerte contracorriente que acabarán por desarmonizarse también entre ellas mismas (en nuestro interior). De aquí, pues, la importancia que en el Mundo de la Tradición  se le dio siempre a la realización y correcta ejecución de los ritos sagrados. Ritos que tenían o bien la finalidad de hacer conocer a sus oficiantes cuál era la concreta dinámica cósmica de un momento dado con tal de no actuar aquí abajo contrariamente a dicha dinámica (en batallas, empresas arriesgadas, en la elección del momento de la concepción de la propia descendencia o del momento más idóneo para contraer matrimonio o para coronar a un rey,…) o con tal de poder adoptar las medidas apropiadas para actuar a sabiendas que se hará a contracorriente de ese mundo Superior. O bien estos ritos se efectuaban con la intención de que fuesen operativos, esto es, de que tuviesen el poder de actuar sobre ese mundo Superior para (en la medida en que fuera posible) modificar su dinámica y hacerla favorable –o menos antagónica- a las actuaciones que se quisieran llevar a cabo aquí abajo.

Vemos, pues, que ningún plano de la realidad se halla desgajado de los demás. Todos se hallan relacionados. Todos están interconectados. A unos los encontramos en la base del funcionamiento de los otros. Unos son el reflejo, en el microcosmos, de lo que sucede en el macrocosmos y si pretendemos que no sea así, si pretendemos que lo de abajo no refleje a lo de arriba, si accionamos para que la Tierra no sea un espejo del Cielo, provocaremos la entrada de lo de aquí abajo en el caos y en la irrefrenable  vorágine de la disolución.

Tal interrelación nos debe llevar a pensar que no sólo enfermedades físicas o trastornos de la psique tengan su explicación en desajustes acaecidos en otros planos, más sutiles, de la realidad, sino que incluso hasta determinados accidentes y/o sucesos trágicos padecidos por el hombre (o por algún tipo de hombre) puedan tener una explicación que deberíamos de buscar en otros planos de la realidad intangibles para nuestra capacidad sensorial. De acuerdo con el parecer que fue propio del Mundo Tradicional a nadie le debería de extrañar este postulado, por cuanto ya podemos deducir, por lo expuesto líneas más arriba, que un accionar, en el plano terrenal, contrario a las dinámicas cósmicas o ignorante de ellas puede, más que probablemente, provocar tragedias y desgracias de toda índole (catástrofes varias, derrotas militares, fallecimientos, enfermedades, defenestraciones,…).

Es en este orden de ideas en el que vamos a introducirnos en la tarea de intentar dilucidar si existen posibles explicaciones de orden sutil y/o Superior a las graves heridas sufridas, en el epílogo europeo de la Segunda Guerra Mundial, por Julius Evola; heridas que le provocaron para el resto de su existencia terrena (hasta su deceso el 11 de junio de 1.974), la parálisis total de la mitad inferior de su cuerpo y que le llevaron, consecuente e irremisiblemente, a la silla de ruedas.

Recordemos que el infausto y trágico suceso acaeció en Viena durante un bombardeo protagonizado por la aviación soviética. La explosión de una bomba provocó la caída de un mueble en la espalda del gran intérprete romano de la Tradición en el momento en el que éste estudiaba los archivos de ciertas organizaciones secretas subversivas. Bien es cierto que ante esta versión unánime de lo acaecido también nos ha llegado otra,  explicada por el Sr.Guido Stucco (1), según la cual Evola caminaba, durante el bombardeo, por las solitarias calles de la capital austríaca en el momento en que una bomba lo arrojó de espaldas contra una barda de madera. Sea como fuere lo cierto es que las heridas provocadas en su columna vertebral resultaron incurables a pesar de los intentos realizados, durante cuatro años, por diferentes especialistas en hospitales de Suiza (donde estuvo tres años convaleciente) y de Bolonia (en donde permaneció uno más antes de regresar definitivamente a Roma en 1.949). Igualmente, también resulta evidente que en las dos versiones expuestas se nos muestra a un Evola que parecía despreciar el peligro. Un Evola que renunciaba a utilizar los refugios antiaéreos (actitud ésta bien cierta). Un Evola que parecía retar al Destino…

Llegados a este punto precisamos hacer una acotación que concierne a la idea del Destino, pues querríamos aclarar que la Tradición nunca sostuvo la noción de determinismos insalvables. Nunca defendió la idea de que el Hombre diferenciado (aquel que a través del descondicionamiento se convierte en señor de sí mismo para llegar a ser el Hombre Superior o Absoluto) no pudiera sobreponerse a las circunstancias o a los signos de los tiempos. Así pues, la Tradición nunca otorgó carácter fatalista a la noción de Destino.

Al Destino hay que entenderlo como la concreta dinámica que en un momento dado (de la vida de las personas o de la historia del hombre) es propia de determinadas fuerzas cósmicas (o numens). Ya hemos visto, estrofas arriba, cómo el rito (a través del sacrificio –etimológicamente, ´oficio sacro´) puede llegar a tener, gracias a su poder operativo, la capacidad de modificar, en mayor o menor grado, estas dinámicas que caracterizan el fluir ordenado y armónico de los citados noúmenos. Razón más para desechar la consideración fatalista del Destino.

Realizada esta acotación indaguemos sobre la causa (o las posibles causas) por la cual Evola pudo querer poner a prueba al Destino e intentemos, antes que nada, fijar en qué consistiría su particular Destino o qué podía ´tenerle preparado´ éste.

 

Los últimos compases de la segunda gran conflagración bélica estaban mostrando a las claras que no era la hora de los fascismos. Que no era –para mejor hablar- la edad de éstos. Que los tiempos que corrían (en plena decadencia del Espíritu marcada por la Edad de Hierro o Edad del Lobo) no podían más que ser los del triunfo y la hegemonía total de los materialismos en su, por entonces, doble versión: la liberalpartitocrática, plutocrática y demoburguesa, por un lado, y la marxista, por el otro.

Debido a que los fascismos habían nacido y se habían desarrollado en el seno de este disolvente mundo moderno estaban, desgraciadamente, impregnados de muchas de las escorias inherentes a éste, pero también es de rigor dejar patente que, a su vez, anidaba en ellos un intento de ruptura total con muchos de sus dogmas intocables y basales (materialismo, igualitarismo, democratismo, utilitarismo,…) y que, a menudo, sus modelos a seguir pertenecían al mundo de la Tradición (como la Antigua Roma lo fue para el fascismo italiano; cierto que de una manera más estética y superflua que raigal y esencial). Estas enconadas divergencias con el mundo moderno no podían más que acarrearle su trágico final en una etapa tan poco propicia como para intentar restaurar algún tipo de valor o de estructura acordes o cercanos con la Tradición perdida.

La aniquilación de los fascismos que tenían ´preparada´ esas fuerzas cósmicas (2) tan favorecedoras (en esta Edad de Hierro o kali-yuga) de procesos disolventes acarrearía, al mismo tiempo y en consecuencia, la eliminación física (tal como acabó aconteciendo) de muchas de las personas que de una u otra manera (y en mayor o en menor medida) se habían posicionado junto a ellos o, incluso, en paralelo a ellos.

Y es en paralelo a ellos donde encontramos en muchas ocasiones a Evola. Y lo encontramos en paralelo a los fascismos porque desde la distancia que le daba su no adhesión incondicional a ellos pretendió siempre rectificar sus puntos más problemáticos (plebeyizantes, demagógicos, de culto a las masas, a la técnica y al cientifismo,…) para acercarlos lo máximo posible a los parámetros que siempre fueron los propios del Mundo Tradicional.

Lo que hemos definido como el Destino tenía pues, designado, con mucha probabilidad, un trágico final para la existencia terrenal de nuestro autor, pero no fue la muerte lo que le devino sino que fue la paraplejía en sus piernas…

Se podría pensar que el Destino quiso que esa bomba soviética le produjera daños irreparables pero que no le matase, pues si Evola hubiera salido ileso de dicho bombardeo la terrible represión acontecida en los meses finales de la IIGM y en los años inmediatamente posteriores a la finalización del conflicto bélico no hubiera tenido conmiseración con un hombre en perfecto estado físico y habría acabado con su vida. Su condición de inválido le salvó, con mucha probabilidad, la vida. Gravemente herido pudieron hacerle cruzar la frontera de Austria para introducirlo en Suiza. Los tres años que pasó, convaleciente, en este país le evitaron padecer los efectos de la dura represión acaecida en la Italia de postguerra. De todos modos su estado físico no fue impedimento para obligarle a pasar medio año (1950) en la cárcel y para ser sometido a juicio. Pero, no obstante ello, pudo vivir durante varias décadas más hasta su fallecimiento en 1974. Y este prolongar su existencia el Destino lo podría haber querido para que nuestro autor pudiera seguir legando las doctrinas de la Tradición a todos aquellos que quisieran recoger su mensaje, pues de no haber sobrevivido a la IIGM nos hubiéramos visto privados de joyas tales como la reedición, profundamente transformada, de “El yoga de la potencia” (3) (o, en la versión castellana editada por Edaf, “El yoga tántrico”), “Los hombres y las ruinas”, “Metafísica del sexo” o “Cabalgar el tigre”. Asimismo no hubiéramos podido conocer sus “Orientaciones”, su nueva y también reformada edición de “El tao-tê-king de Lao tsé” por él interpretado, la reedición revisada de los escritos del Grupo de Ur (“La magia como ciencia del espíritu”), su “Fascismo visto desde la Derecha, con notas sobre el Tercer Reich” (“Más allá del fascismo”, en la versión castellana editada por Ediciones Heracles), “El arco y la clava” o su autobibliografia (que no autobiografía) “El camino del cinabrio”. Sin hablar de la multitud de ensayos y artículos redactados en todo este período. El Destino habría querido, pues, que este intasable legado del saber Tradicional pudiera llegar a ser conocido por todos aquellos que fuesen aptos para poder recibirlo y asimilarlo.

Ahora bien, también podríamos plantearnos que el Destino no le tenía deparado su supervivencia a la IIGM, sino que, por contra, tal como ya hemos señalado con anterioridad, le había incluido entre todos aquellos que morirían –víctimas de la represión institucionalizada o por obra de los partisanos comunistas- a manos de los vencedores del conflicto armado. Nuestro hombre, conciente de ello, lo desafió (al Destino) y se sustrajo de sus designios. Nuestro hombre lo habría retado con sus actitudes temerarias: con su negativa a correr hacia los refugios antiaéreos durante los bombardeos o (recogiendo la otra versión que hemos explicado) con su caminar por las desiertas calles vienesas en los momentos del trágico suceso. Esta actitud desafiante sería muy propia del tipo humano del shatriya (o guerrero) al que Evola tenía como arquetipo personal y doctrinario a seguir por considerarlo el más adecuado para aspirar a cualquier proceso de Reconstrucción (tanto interior -del ser humano- como exterior    –de la Tradición en el mundo). Es asimismo la actitud del Héroe que nada contracorriente de los tiempos de oscuridad en que le ha tocado vivir y que aspira a esta doble vertiente de la Reconstrucción o Restauración. El Héroe que se niega a ser arrastrado por la corriente porque está convencido de que nada puede a su voluntad y de que, por tanto, puede sobreponerse al accionar de las leyes cósmicas. Está convencido de que la libertad que ha conseguido en su interior (su descondicionamiento con respecto a cualquier atadura y determinismo) le ha hecho invulnerable a estas leyes cósmicas, a estos numens; en definitiva, al Destino. No nos debería, pues, parecer nada extraño que esta hipótesis tuviera muchos visos de ajustarse a la realidad de lo que sucedió y de lo que el Tradicionalista romano (de origen siciliano) se propuso.

Evola, repetimos, habría retado al Destino y se sustrajo a los designios que éste le tenía preparados: la muerte. La parálisis que le provocó este desafío acabaría salvándole la vida.

René Guénon, en su correspondencia epistolar con Evola, sostiene la idea de que las fuerzas de lo ínfero se habrían “vengado” (al provocarle la paraplejía) de un hombre que se había hecho inmune a ellas; que se había, definitivamente, desatado y liberado de ellas. El Tradicionalista francés creía que al no poder, dichas fuerzas de lo bajo (o que arrastran hacia lo bajo), llevar a cabo su “venganza” sobre el alma de un iniciado (precisamente por estar liberada o en proceso avanzado de liberación) sólo les quedaba ejecutarla sobre el cuerpo. Evola pareció no compartir esta idea, ya que pensaba que no sólo el alma descondicionada sino incluso el cuerpo se hacían inmunes a cualquier influjo de este tipo de fuerzas corrosivas.

Este desacuerdo interpretativo acaecido entre Guénon y Evola es entendible si consideramos el diferente enfoque que, desde el punto de vista de la palingénesis o transustanciación interior, le otorgan ambos al cuerpo. Guénon parece adherirse a los posicionamientos del Vedânta hinduista, el cial le otorga una condición de falsedad, ilusión o maya al mundo manifestado y, en consecuencia, el cuerpo también comparte esta consideración. Es por ello que una especie de renuncia al cuerpo facilitaría el proceso iniciático. Los ayunos extremos que llevan al cuerpo hasta el borde del colapso serían uno de los métodos a seguir…

Guénon había llegado a postular que el alma podía iniciar el proceso encarado a la Iluminación o Despertar sin antes haberse descondicionado de todo aquello que la ataba a lo bajo; sin antes haberse convertido en dominadora de aquellos bajos instintos, de aquellas pulsiones e incluso de aquellas turbulencias pasionales y aquellos sentimentalismos cegadores y perturbadores a los que se haya esclavizada como consecuencia de su adscripción a un cuerpo. El autor francés escribía que una vez el alma había arribado a altas cotas de realización entonces podía optar por reencontrarse, si así le placía, con el cuerpo (pues ahora ya no correría peligro de contaminarse con los nefastos influjos deletéreos de éste) o por renunciar definitivamente a la “convivencia” con él.

Se entiende difícilmente, con estas posturas asumidas por Guénon, el proceso iniciático como aquél que debe de caracterizarse por el arduo y metódico trabajo interior propio del accesis y que tiene como primer objetivo y primera etapa el lograr el autodominio con relación a todo aquello que ata y aliena, pues si esta primera etapa no fuera necesaria (por poderse Despertar el alma autónomamente; desgajada del cuerpo  desde el principio del proceso) podríamos llegar a parangonar este tipo de “vía iniciática” con lo que presuntamente (y falsamente) acontece en los casos de misticismo, en los que la experiencia de lo Superior se reduce al éxtasis producido por una visión cegadora -y de arrobamiento- de lo Alto, sin que antes se haya producido el necesario proceso de descondicionamiento interior que purifica al alma de escorias y que la hace apta para continuar el camino que tiene por finalidad la asunción del Despertar al Conocimiento del Principio Supremo y a la identificación ontológica con él.

¿Cómo se puede entender la transustanciación del alma si ésta no ha luchado por fortalecerse en lid contra aquellas fuerzas deletéreas que anidan en el cuerpo (ya que se ha desentendido de éste)? La vinculación entre el cuerpo y el alma es, pues, una condición sine qua non para aspirar a la transustanciación de ésta. Sería, poco menos,  como pretender que se puede culminar la ´obra al albedo´ contemplada por la Tradición Hermética sin haber previamente consumado con éxito la ´obra al nigredo´, que representa la primera fase de este proceso alquímico de transformación interna.

Este apoyarse doctrinalmente (tal como hace Guénon) en los textos del Vedânta (4)  provoca una especie de rechazo a esa parte integrante de la manifestación que es el cuerpo y representa un desencuentro con las enseñanzas de la Tradición que lo consideran al mismo (al cuerpo en particular y al mundo material en general) como prolongación –eso sí, en estado burdo-, por emanación, del Principio Supremo intemporal, inasible e indefinible que se encuentra en el origen de todo el Cosmos; enseñanzas con las que coincide totalmente la postura defendida por Evola.

Hasta tal punto vinculaba el italiano el cuerpo al alma que concebía la idea de que las transformaciones experimentadas por el alma a lo largo del camino iniciático acababan reflejándose en el aspecto externo del que las iba llevando a cabo. Así es que la pureza interior conseguida acababa rezumando en rasgos de nobleza y gravitas en el rostro del transformado y la consecución del Despertar le confería un aire de majestad y solemnidad inalterables y sobrecogedoras a los ojos del común de los mortales.

Un tal cuerpo constituye una unidad armónica con el alma y el espíritu y un tal cuerpo comparte, pues, los “beneficios” de los logros obtenidos por el alma y difícilmente cabría admitir que las fuerzas que arrastran hacia lo ínfero pudieran haberle hecho mella alguna a Evola en su cuerpo en la forma, por ejemplo, de la parálisis de que fue víctima.

 

Podríamos, ahora, pasar a adoptar otro tipo de enfoque que se posiciona en la convicción de que, tal como el hermetismo postula, a la primera fase del proceso de renacimiento interior denominada como la de la ´obra al nigredo´ se le reconoce el efecto de la llamada ´putrefacción´ o ´ennegrecimiento´ por cuanto se persigue descomponer o eliminar las escorias psíquicas y pulsionales que ensucian, perturban y atenazan al alma y dicho ´ennegrecimiento´ o suelta de escorias (según esta otra postura) podría llegar a materializarse e impregnar el cuerpo con cualquier tipo de enfermedad o lesión como la que, según este modo de entender, habría afectado a Evola en su columna vertebral.

 Esta última interpretación nos echa cabos para que, a su vez, nosotros podamos lanzárselos a ese gran erudito de la Tradición Perenne que fue el rumano Mircea Eliade. Dejaríamos definitivamente zanjadas las reflexiones que hemos vertido teniendo como epicentro a René Guénon para pasar a escuchar y, si cabe, a interpretar a Eliade. Pero lo haremos no sin antes dejar constancia (a pesar de estas críticas vertidas) del inmenso reconocimiento que nos produce el extenso y valiosísimo opus doctrinal que nos ha  legado el autor francés.

Mircea Eliade sugiere que el hecho de que Evola fuera herido, en su médula espinar,  precisamente a la altura del tercer chakra no debería de escaparse a una interpretación sutil del trágico percance. El rumano no llega a concretar a qué se refiere con dicha afirmación, pero bien es sabido que, según el tantra-yoga, superpuesto a este chakra o centro de fuerzas sutiles se desarrollan, a lo largo de la común existencia de los hombres, manchas en el alma como la ira, la furia o el orgullo (5). El abrir este chakra significaría, para el iniciado que lo lograse, romper las cadenas que le esclavizan a estos concretos baldones que ensucian al alma; controlarlos y acabar dominándolos. El tantra-yoga nos explica que el iniciado debe, a través de la accesis interna, despertar el noúmeno cósmico denominado sakti que en el interior del ser humano recibe el nombre de kundalini. Kundalini es asemejado a una serpiente que hay que despertar para que vaya recorriendo en sentido ascendente, desde el primero hasta el séptimo y último (el de la Iluminación), todos los chakras del hombre para ir abriéndolos y descondicionándolo, así, de toda atadura y sujeción a lo bajo como camino a seguir para coronar la Gran Liberación.

Podríamos colegir que Eliade puede estar queriendo afirmar que Evola, en 1.945 -en esos estertores de la IIGM en suelo europeo- en su recorrido iniciático habría conseguido emanciparse de todas aquellas ataduras que atenazan al alma y que se encuentran a la altura del primer y segundo chakras, pero todavía no de las que se sitúan a la altura del tercero (6) y así habría acontecido que los numens de lo Alto habrían, por así decirlo, “ayudado” al barón Evola a abrirle definitivamente ese tercer chakra al provocarle el fuerte impacto en esa parte de su columna vertebral.

Cierto es que también podría deducirse que Mircea Eliade podría estar refiriéndose, por contra, a que al poder presentar Evola una fuerte carga de ira, cólera y orgullo no superados se debería de encontrar comprensible una manifestación externa de estas lacras (en forma de irreparable lesión) precisamente en la zona del cuerpo en donde ellas se concentran. Nosotros, no obstante, no compartiríamos esta posible interpretación.

 

No querríamos finalizar este escrito sin dejar de destacar el hecho de que para el ojo profano tan común al mundo moderno no existen posibilidades de interpretaciones de  hechos acaecidos en el plano material que sean capaces (dichas interpretaciones) de sondear y efectuar incursiones más allá de dicho plano, pero que, en cambio, para el ojo del hombre de la Tradición las causas de los acontecimientos y hechos  ocurridos a nivel de lo material hay que buscarlas en otros planos de la Realidad que se encuentran más allá del mundo sensitivo.

Tampoco querríamos concluir el presente artículo sin invitar a sus lectores a que, antes de decantarse sobre alguna de las interpretaciones expuestas a propósito de la paràlisis de Evola, mediten acerca de cada una de ellas, pues este ejercicio instrospectivo les ayudará, sin duda, a tomar conciencia (más si cabe) de la existencia, y aun casi de la naturaleza, de otras realidades de carácter suprasensible. Sin duda nuestra mente se liberará, de esta manera, por un rato de los enquistamientos materiales, rutinarios y monocordes en los que nos vemos sometidos por la modernidad.

 ………………………………………………………..

(1) Guido Stucco es Maestro en Teología Sistemática por el Seaton Hall y es Doctor en Teología Histórica por la Universidad de St. Louis.

(2) Puesto que lo de arriba se refleja abajo y ya que las fuerzas sutiles que constituyen el entramado del mundo manifestado están interrelacionadas entre ellas y es por ello que lo de abajo no debe desentenderse de lo arriba si no quiere provocar su autodestrucción y, en referencia al hombre, su bestialización, puesto que esto es así es por lo que en el ser humano actúan, de la misma manera que a nivel cósmico (e influidas por éste), unas fuerzas (volviendo a usar términos hinduistas: gunas) que favorecen las tendencias del hombre hacia lo Alto (sattva, del sánscrito ´ser´), o bien que le empujan a ser arrastrado, pasivamente, por lo que fluye -por el devenir caduco y perecedero- (rajas) o bien, finalmente, que le succionan hacia lo bajo, hacia lo disoluto (tamas).

(3) Originariamente, “El yo como potencia”.

(4) En su momento ya hubimos hablado sobre estas divergencias existentes, al respecto, entre ambos Tradicionalistas y lo hicimos en un texto al que dimos por título el de “Críticas de Evola al Vedânta”.

(5) Constátese como lo que podríamos denominar como anatomía sutil (tan presente en diversas ciencias sacras de la Tradición ) coloca en el hígado (no casualmente situado exactamente a la altura del tercer chakra) estas alteraciones de la psique que son la ira, la furia, la cólera y el orgullo.

(6) Acerca de posibles cábalas que se puedan hacer sobre a qué grado de Realización interior habría llegado Evola en el momento de su fallecimiento (en 1974) nos remitimos a nuestro texto “¡Que nos disculpe Evola!”.

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



La Orden vs el partido político
febrero 8, 2009, 11:03 am
Filed under: Ética y valores, Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara, Política

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Escribimos estas líneas ante los requerimientos que alguien nos ha realizado a propósito de valorar el papel que podría desempeñar una Orden en nuestros días y de establecer los objetivos que, en caso de existir,  debería de perseguir.

Nos empeñamos en ello sentando la base de que la orden  se hallaría en las antípodas del partido político. De que la orden encaja en el Mundo tradicional de la misma manera  que el partido poítico lo hace en el mundo moderno. De que la orden vertebra y el partido político divide. De que la primera cohesiona y da sentido a una comunidad dada y, en cambio, el segundo enfrenta a los miembros de la sociedad en la que actúa y a las banderías que crean él y el resto de partidos políticos. De que la orden encarna y defiende una determinada cosmovisión y el partido repesenta a una ideología política. De que  dicha visión del mundo abanderada por la orden es de corte Superior  (Trascendente) y, en cambio, la ideología que caracteriza al partido acostumbra a ser de naturaleza materialista. De que la orden mira de elevar a la persona hacia lo Absoluto y, por contra, el partido aspira a la postre, únicamente, a pretender satisfacerle sus necesidades más primarias. Que la línea, pues, que traza la orden es vertical y la que delinea el partido es horizontal.

Que la orden quiere entender del Ser y el partido se circunscribe al existir. Que las miras de la primera son ascendentes mientras que las del segundo son descendentes, pues la primera pretende -con el fin de encararlo hacia lo Alto- la liberación del hombre con respecto a todo lo que lo condiciona y esclaviza y, por el contrario, el resultado del accionar del segundo acaba encadenando aún más al individuo a lo bajo; esto es, a las pulsiones del consumismo inherente al modo de vida que promueve la modernidad y a los bajos instintos disolventes del hedonismo que tiene su razón de existir en ella.  Que la orden aprecia la calidad y el elitismo y el partido aspira a la exaltación de las masas y a erigirse en adalid de la cantidad (del número de  votos obtenidos depende o no su éxito). Que la orden será cosa de minorías (las constituidas por aquellas personas que sepan autogobernarse) y el partido abrirá sus puertas a cualquiera (independientemente de sus aptitudes, cualidades y valores). Que la orden abogará por la noble finalidad del desarrollo interior de sus miembros y que al partido sólo le interesarán mezquindades como que éstos le aporten su dinero (en forma de cotas o de donaciones) o, en algunos casos, sus influencias y en otros casos, su participación como meros instrumentos para cumplir una simple función mecánica (p. ej., las ‘pegadas de carteles’ en campañas electorales,…). Que la orden exige a sus integrantes y que el partido les promete. Que la orden sólo entiende de servicio y que el partido entiende de servirse. Que la orden aspira a convertirse en la fuerza animadora y el aliento vital de unidades supranacionales (el Imperium) que tengan como polo la Idea –lo Absoluto- y el partido no duda en provocar la dinamitación de cualquier unidad política si esto le revierte beneficios –cotas de poder-. O que la orden se estructura en base a un principio de jerarquía y que el partido oculta sus turbios procederes bajo una aparición de funcionamiento democrático y haciendo un dogma del igualitarismo.

 

Tras estas pinceladas deberíamos añadir que no tan sólo una comunidad Tradicional debería de tener su médula en una orden (1) sino que incluso cualquier aspiración a Restaurar un Orden Tradicional debería de empezar por constituir una orden que se erigiría en el primer y más valioso motor encarador de dicho intento.

Que esto debía ser de este modo lo comprendió de forma muy diáfana aquel que fue gran defensor del Sacro Imperio Romano Germánico y de la idea que éste representaba y a quien, por esta razón, se le ha también conocido como ‘el último gibelino’, que no era otro que Julius Evola. Éste dedicó buena parte de los empeños de su vida en  constituir una orden que agrupara a aquellas personas que hubiesen llegado a un notable enseñoreamiento de sí mismos (que hubiesen, como mínimo, alcanzado altas cotas de autodominio interior) con el fin, en primer lugar, de potenciar las vías iniciáticas emprendidas por dichas personas, en segundo lugar, de convertirla en punta de lanza en la lucha por acelerar la disolución del mundo moderno y, en tercer lugar, de constituirla en el soporte basal en el que se apoyaría el nuevo Mundo Tradicional reencontrado y  restaurado. Estos empeños de Evola fueron ya por nosotros comentados con ocasión de nuestro escrito “Evola, un hombre de acción”, en el que recordábamos que:

A lo largo de la década de los ’30 y durante los primeros ’40 nuestro hombre de acción recorre un buen número de países de Europa tras un objetivo preferente, que no es otro que el de crear una red secreta en la que se implicarían las más aptas personas defensoras y/o difusoras de la cosmovisión propia del Mundo de la Tradición; algunas de ellas muy enfrascadas en las vicisitudes políticas del momento. Este propósito de Evola obedecía a su intención de que aquel saber ancestral, sacro y eterno que él afanaba por transmitir no quedase en papel mojado y tuviera quien lo conservase con ánimo, ¡por qué no!, de poder transplantarlo algún día al plano de las efectivas realizaciones políticas de una futura Europa; de poder plasmar la Tradición en el ideal del Imperium (2). Esta aludida red secreta obedecía a la idea de la constitución de una Orden que sería la garante de ese legado sapiencial y sagrado y la rectora de ese anhelado Imperium.

A pesar de los trágicos avatares acontecidos con motivo de la Segunda Guerra Mundial Evola nunca cedió en este empeño de constitución de una Orden. Es por ello que, transcurrido mucho tiempo, bien avanzados los años ’60, incluso tenía ya elegida la que según su criterio podría ser una persona muy apta (por su acendrado sentido del honor y de la fidelidad y por su talante aristocrático) para convertirse en la figura rectora de esta Orden. Era en el príncipe Valerio Borghese en quien pensó para dirigir la que Evola denominaba Corona Férrea; esto es, la Orden. Desgraciadamente, el fallido golpe de Estado dirigido por Borghese en 1.970 frustó este recurrente proyecto de Evola.”

 

El principio jerárquico que, atendiendo a criterios de autosuperación y transformación interiores, jalona la estructura de arriba abajo de en este ente –la orden- habido o por haber, no otro sostén tuvo o debe de tener que el sostén de valores tales como el de la

 

fidelidad y la lealtad hacia los superiores de mayor rango; valores aplicables, igualmente, para con los conmilitones de igual rango, entre los cuales fue o  será, también, cualidad insoslayable la del espíritu de camaradería.

A tenor de lo hasta ahora expuesto y en vista de que uno de los objetivos que perseguiría la orden, inmersa en estos avatares convulsos que corren en nuestros días, sería el de dedicar buena parte de sus empeños en precipitar la caída del actual desorden establecido, se puede fácilmente colegir que el modelo de orden al que nos estamos refiriendo es aquel que aúna en sí la ‘

 

vía de la acción‘ con la ‘vía del Espíritu’. O, lo que es lo mismo, lo guerrero con lo ascético. Dicho en palabras de José Antonio Primo de Rivera, en dicha orden se concebiría al hombre como ‘mitad monje, mitad soldado”.

Quede, para acabar, también clara la idea de que la mencionada

 

‘vía de la acción’ no tiene tan sólo las más evidente faceta externa de actuar en el medio exterior sobre el que se pretende influir, sino que también implica la acción en el interior del hombre que busca, como última meta, su transfiguración ontológica y el Conocimiento de lo Absoluto; acción interior que constituye, pues, el vehículo necesario para hacer viable la citada ‘vía del Espíritu’.

                        ………………………………………………….

(1) Como, por otro lado, ha sucedido, de manera evidente, en determinados períodos históricos como el del medieval Sacro Imperio Romano Germánico, durante buena parte del cual la Orden del Temple pudo cumplir esta función y, en todo caso, aspiró, en muy alta medida, a ello.

   (2) Ideal cuyas fuentes formativas y cuyas plasmaciones históricas fueron ya por nosotros tratadas en nuestro artículo El Imperium a la luz de la Tradición”.

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



Reivindicando a Jaume I, el Conqueridor
febrero 8, 2009, 10:59 am
Filed under: Eduard Alcántara, Historia

En el 8º centenario de su nacimiento (2-II-1.208/2-II-2.008 )

 

El que España pudiera seguir siendo situada en el orbe europeo tuvo su debe en la Reconquista de todos aquellos territorios que, a raíz de la invasión sarracena del año 711, habían caído en manos del Islam. El proceso recuperador de aquello que había sido invadido y usurpado fue lento y se alargó durante centurias. Sabemos que su feliz cierre acaeció oficialmente el 2 de enero de 1.492 con la toma de Granada por los Reyes Católicos.

Este arduo luchar por recuperar lo que legítimamente nunca debió de habérsele arrebatado al Reino Visigodo se erige en una de las piedras angulares de nuestra historia. De haber fracasado se hubiera producido una total suplantación de la esencia, de las raíces, de la identidad, de la cultura y de la idiosincrasia de las gentes de este nuestro país. Pero, afortunadamente, en lugar de fracaso el éxito coronó el titánico y prolongado esfuerzo bélico. El espíritu esforzado, el valor, el coraje, el espíritu de sacrificio, la forja del carácter y otros valores como los de la fidelidad, el honor, el espíritu de sacrificio y el de superación o la voluntad fueron fortaleciéndose en las adversidades y en los campos de batalla que enfrentaron a nuestros reconquistadores contra los adalides de la fe islámica. Y estos valores, junto a una concepción de la vida que iba más allá de la exclusiva creencia en este mundo imperecedero y que sabía también de la existencia de una Realidad Superior, divina y eterna, catapultarían a la conquista de los cinco continentes a los protagonistas o a los descendientes de la gesta reconquistadora.

 Es por ello que es intasable lo mucho que España le debe a aquellos heroicos esforzados que nos hicieron posible seguir formando parte de la gran familia europea. Y es por ello que los que dirigieron los diferentes procesos reconquistadores nunca deben de dejar de ser considerados por nosotros como puntos de referencia, como arquetipos a imitar, como modelos a seguir y como ejemplos a admirar. Nuestros hijos también deben de tener a estos héroes como referencia existencial y, de este modo, vivirán con dignidad de acuerdo a estos elevados valores en ellos personificados y sabrán de dónde vienen, dónde se hallan sus raíces, quiénes son y a qué vasta comunidad pertenecen. Y si así lo hacen no serán jamás almas en pena fácilmente manipulables y convertibles en el individuo-masa gregario que bovina y ovinamente deviene objeto sin rostro del consumismo uniformizador e indiferenciado al que nos está sumiendo este mundo globalizador y alienante.

Quedando, pues, clara la importancia que tiene reivindicar la figura de los diferentes y principales protagonistas de la gesta de la Reconquista debemos encarar una deficiencia que ha mostrado cierta historiografía de corte, diríamos, jacobina, centralista. Y es la que estriba en haber puesto de relieve y ensalzado con toda justicia a determinadas figuras clave en todo este épico proceso, dejando, por el contrario e injustamente, en un segundo plano, o casi en el anonimato, a otras. En esta línea se ha sabido, pues, encumbrar a nuestro Don Pelayo o al irrepetible Ruy Díaz de Vivar –el Cid Campeador– y casi se ha silenciado

 –desde una historiografía que pretendía ensalzar las glorias patrias- a la egregia figura de Jaume I el Conqueridor (Jaime I el Conquistador). Parecíase como si se ningunease la gesta reconquistadora acaecida en la parte oriental de nuestras tierras y protagonizada, básicamente, por catalanes y aragoneses. Parecíase como si la Reconquista hubiera sido, casi exclusivamente, empresa llevada acabo por reinos como el de Asturias, el de León o el de Castilla. Parecíase que a Don Pelayo o al Cid, sólo se le pudieran añadir figuras como las de Alfonso VI (recuperó Toledo) o Fernando III el santo (tomó Córdoba y Sevilla). Cuando  resulta que, sin querernos olvidar del Reino de Navarra cuyo rey Sancho VII el Fuerte tomó parte en la crucial batalla de Las Navas de Tolosa (1.212) contra los almohades, hemos de reivindicar que junto a un Don Pelayo, cuya gesta en Covadonga está impregnada también de la leyenda que envuelve siempre a los héroes pioneros y/o fundadores, podríamos igualmente reivindicar –debido a la fuerte carga simbólica que representan- a un Otger Kathalon (Cataló o Catalón) y a sus nueve barones de la fama a quienes el mito sitúa como iniciadores, desde las montañas y los valles pirenaicos, de la reconquista de lo que con el tiempo serán los primeros condados catalanes.

 Pero si del terreno del presunto mito nos queremos trasladar al de los personajes meramente históricos bueno sería no olvidar al conde Ramón Berenguer III liberando Solsona y Tarragona del dominio musulmán y, en otro orden de cosas, emparentando con el Cid Campeador al casarse con una de las hijas de éste -María- (parentezco que le moverá a ayudar a la por entonces ya viuda del Cid –doña Jimena- a defender la ciudad de Valencia de los ataques de los musulmanes) o no olvidar tampoco a un Ramón Berenguer IV tomando Lleida y Tortosa y completando, así, la Reconquista del territorio catalán que conocemos como el Principado.

Ahora bien, si es de ese tipo de personajes irrepetibles de los que, para bien de nuestro país, queremos hacer bandera nadie de perfil más impactante y carismático como para servir de arquetipo que el ya mencionado Jaume I el conqueridor, pues en él vemos continuar la sangre valerosa de su padre el rey Pere II (Pedro II el católico) de la Corona de Aragón (también participante en la batalla de Las Navas de Tolosa y muerto -debido a su temeridad, valor y osadía en el combate- al año siguiente -1.213- en la de Muret en lucha contra los francos). En Jaume I vemos al huérfano de cuya crianza, educación y formación se encargaron los monjes-guerreros de la Orden del Temple en el castillo de Monzón. En Jaume I el conqueridor, rey de Aragón (del que formaban parte el reino de Aragón y los condados catalanes) vemos al reconquistador de Mallorca y de todo el territorio que acabará constituyéndose en el Reino de Valencia; en la reconquista de la ciudad de Valencia (1.238 ) une su épica con la del Cid Campeador, que ya la había reconquistado en 1.094 (aunque los almorávides volvieron a apoderarse de ella tres años después de la muerte de Rodrigo Díaz de Vivar). En Jaume I el conqueridor vemos a aquél que subordina los intereses de la Corona a la que representa a los intereses generales de una España que todavía no existe como realidad política unitaria pero a la cual aspirarán, a lo largo de toda la Edad Media, los diferentes reinos y territorios que toman parte en esta épica empresa de la Reconquista. Y los subordina, por ejemplo, al entregar al Reino de Castilla el territorio de Murcia que había arrebatado a los sarracenos tras responder a la ayuda que le había solicitado su hija la reina Violante, esposa del rey de Castilla Alfonso X el sabio. Lo entrega cumpliendo el Tratado de Almizra que, años antes, había firmado con el infante Alfonso (el futuro Alfonso X) y en el momento de cuya firma afirmó que era Lo millor per Déu i per  Espanya (“Lo mejor para Dios y para España”). Por el “Llibre dels feits” (“Libro de los hechos”) -escrito en forma autobiográfica y seguramente dictado por él- sabemos que uno de los argumentos que presenta a catalanes y a aragoneses para emprender la campaña militar de Murcia es el de que se debe realizar “para salvar España, porque si el rey moro de Granada –que se hallaba tras la revuelta musulmana de Murcia contra la Castilla de la que era vasalla- puede con el rey de Castilla, la tierra de España de las tierras de Aragón y Cataluña también pueden peligrar”.

En Jaume I el conqueridor vemos a aquella egregia figura movida no por intereses personales, localistas, materiales o terrenales sino por motivaciones idealistas, superiores y Trascendentes y lo vemos así cuando es capaz de organizar un ejército cruzado que parte de Barcelona, con su armada, para Tierra Santa con el objetivo de recuperar los Santos Lugares que estaban en manos del Imperio Turco. Desgraciadamente las tormentas dispersaron sus naves y se tuvo que renunciar a esta empresa que ha pasado a la historia como La Cruzada de los niños por la juventud de muchos de los cruzados que se apuntaron a ella.

Pero en Jaume I también podemos ver al fortalecedor de instituciones como las Cortes o al creador del Consell de Cent (Consejo de Cien) como órgano del gobierno municipal de Barcelona.

O vemos al gran promotor de la influencia de la Corona de Aragón por todo el Mediterráneo; influencia en la que hay que incluir la redacción del primer código de costumbres marítimas: el Llibre del Consolat de Mar (Libro del Consulado de Mar).

El escritor y almogávar Ramón Muntaner escribió en su “Crònica” que en una de las batallas previas a la toma de Valencia una flecha enemiga se clavó en la frente del rey Jaume I, llegándosele a clavar la punta de la misma en el cerebro. De tal violencia fue el impacto que la inflamación provocada alrededor de ambos ojos, y en concreto en los párpados, adquirió (siempre según lo que cuenta el cronista) el tamaño de naranjas y ambos ojos quedaron totalmente cerrados. Al día siguiente, en cuanto el rey pudo entreabrir mínimamente los ojos volvió de nuevo al campo de batalla…

Al margen de más que posibles y justificadas exageraciones panegíricas lo explicado por Ramón Muntaner nos da la talla del arrojo, del coraje y de la entereza de nuestro –por otro lado- alto, fornido y corpulento personaje.

Se trata, pues y sin duda, de una figura a la que como españoles tenemos el profundo e irrenunciable deber de reivindicar. Uno de esos personajes en los que lo heroico formaba parte intrínseca de su ser y del que una visita a sus restos mortales, emplazados en el monasterio cisterciense de Poblet, podría ser uno de los homenajes póstumos que le podríamos rendir.

 



Los ciclos heroicos
febrero 8, 2009, 10:57 am
Filed under: Eduard Alcántara, Julius Evola

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La doctrina de las 4 edades, de la regresión de las castas y la concepción de la libertad de Evola

De entre los autores que pueden ser considerados sin reparos como Tradicionalistas  pensamos que es Julius Evola quien mejor ha sabido captar la quintaesencia o el espíritu de muchas de las enseñanzas pilares de esta corriente existencial y de pensamiento. Lo decimos así pues somos del opinar de que muchos de entre los Tradicionalistas nos han legado determinadas doctrinas presentándonoslas de forma un tanto estática y rígida. Penetrar en el espíritu de la letra de la Tradición no lo consideramos como tarea sencilla. Sin duda se hace más asequible si se han llegado a  experimentar y vivenciar algunas de las metas que a corto o a largo plazo expone la Tradición como posibles de conquistar para determinado Hombre con ciertas potencialidades descondicionadoras. Sin duda, también, determinadas cualidades de ciertas personas les facilitan la posibilidad de descubrir qué modos y actitudes son los más propicios para emprender determinadas vías de transformación interior.

 Pensamos, continuando con estas percepciones nuestras, que la adhesión que Evola -por vocación consustancial a su misma naturaleza- demostró siempre hacia la vía de la acción le facilitó mucho el entender cuáles son los caminos y los métodos idóneos para emprender, con ciertas garantías de éxito, los recorridos que pasan por el descondicionamiento del hombre con respecto a todo aquello que lo mediatiza y por las etapas que pueden llevarlo hacia el Conocimiento de lo Trascendente incondicionado y hacia la identificación ontológica con dicha Trascendencia.

Es acción interior lo que se precisa a lo largo de todos estos procesos conocidos con el nombre de Iniciación. El ascesis no es otra cosa que ejercicio interno. La necesaria e imprescindible práctica interior es, en definitiva, acción. Y es por todo esto por lo que la vía más apropiada para completar el arduo y metódico proceso iniciático es aquella conocida como ‘vía de la acción‘ o vía del guerrero o ‘shatriya‘.

Evola tenía la certeza de que, a pesar de los tiempos por los que se transita, siempre es viable la total Restauración de la Unidad Primordial de la que gozó el Hombre en sus orígenes (durante la Edad de Oro o Satya o Krta-yuga) y de que igualmente es viable el retorno de las agrupaciones humanas e instituciones al orden Tradicional.

Resulta, pues, lógico, que nuestro autor defendiera la idea de que la casta guerrera es la más apta para aspirar a estos procesos restauradores.

     El maestro italiano mostró esa especial y añadida dosis de ‘sensibilidad’ y de poder de interpretación que le posibilitaron el no estancarse en una visión rígida de los diferentes textos Sapienciales y Sagrados del mundo de la Tradición cuando éstos nos hablan de la doctrina de Las Cuatro Edades, pues el proceso de decadencia que ésta nos expone no es irreversible ni –tal como diversos autores tradicionalistas han entendido- está impregnado de un fatalismo contra el que nada pueda oponer el Hombre.

Evola le dio una especial relevancia a la idea de que la involución –con respecto a lo espiritual e imperecedero- podía ser frenada e incluso eliminada antes del final de un ciclo cósmico, humanidad o manvantara; esto es, antes del ocaso del kali-yuga. Y sostuvo firme y ocurrentemente esta idea porque creía en la libertad absoluta del Hombre. Porque creía que el Hombre, así en mayúscula, aparte de tener la clara potestad necesaria para conseguir su total transustanciación o metanoia también tenía en sus manos la posibilidad de devolver a sus escindidas y desacralizadas comunidades los atributos y la esencia que siempre fueron propios del Mundo Tradicional. Porque Evola creía, en definitiva, en el Hombre Superior o Absoluto, Señor de sí mismo.

Quizás su adhesión e identificación con la vía de la acción se halla en el origen de esta su convicción en la posibilidad restauradora de la sacralidad perdida. La acción abre las puertas a esta posibilidad. O quizás debemos de plantear la direccionalidad de esta causa-efecto en sentido inverso y pensar, así, que pudiera ser que su convencimiento en la viabilidad de esta posibilidad reintegradora de la unidad perdida sea la razón por la que optó por la vía de la acción frente a la vía contemplativa y que dicha elección la ejerciera al convencerse de que ésta era la única vía posible para aspirar al retorno de la Tradición.

Parece que el primer planteamiento es el atinado, ya que en su autobibliografía (más que autobiografía) titulada “El camino del cinabrio” (1) el gran intérprete italiano de la Tradición afirmaba que desde temprana edad la identificación con la acción (junto a su vocación hacia lo Trascendente) constituyó parte de su “ecuación personal”. 

 Sin duda es esta tendencia casi, diríamos, innata hacia la vía del shatriya la que le otorga a Evola ese plus que le coloca por encima de la mayoría de autores Tradicionalistas a la hora de mostrar esa clarividencia hacia el convencimiento de que es posible, aun en períodos de máxima involución, recuperar la sacralidad perdida. Nadie como nuestro autor romano creyó en los Ciclos Heroicos.

 Nadie como el gran Tradicionalista romano defendió el principio de la Libertad del Hombre. El Hombre Reintegrado no es esclavo ante nada. No es esclavo de sí mismo: no es un títere manejado a antojo por sus pasiones, pulsiones, bajos instintos o por sus sentimientos engordados. No está sujeto irremediablemente a sus circunstancias. No se halla determinado ni por presuntas dinámicas históricas (el determinismo característico del historicismo, basado en el materialismo dialéctico, que postula que la historia se hace a sí misma: tesis+antítesis=tesis; o, lo que es lo mismo, igual a cambios históricos)ni se encuentra mediatizado por condicionantes sociales ni por ningún tipo de dios omnipotente que haga y deshaga a antojo sin la posibilidad de que uno pueda trazar su propio rumbo y sin que el ser humano pueda llegar a ser tratado como algo más que una simple criaturilla que no pueda albergar en su seno la semilla de la eternidad sino que tenga que resignarse bovinamente a postrarse devocionalmente antes su “creador”. El Hombre Superior no se encuentra tampoco cercenado en sus potencialidades por ninguna especie de determinismo ambiental-educativo. Ni tampoco por otros de orden cósmico en la forma de un “Destino” cuya fatalidad lo tenga irremisiblemente programado de antemano.

A este Hombre al que el budismo denominaría El Despertado o El Iluminado se llega, en épocas deletéreas, a través de la ‘vía heroica’ que tuvo sus más claras y arquetípicas plasmaciones en los conocidos como Ciclos Heroicos, concretados en algunas de las más conocidas sagas del mundo antiguo y del alto medievo.

Para dejar bien diáfana la idea de cuán adversas, desde el punto de vista existencial, eran las etapas del devenir histórico de la humanidad en las cuales irrumpieron algunos de los más ejemplares y patentes Ciclos Heroicos se nos hace más que recomendable recordar cuáles son la esencia y la dinámica de la doctrina Tradicional de las Cuatro Edades y qué estrecha relación guarda ésta con la también doctrina Tradicional de la Regresión de las Castas.

Y de esta guisa empezaríamos por recordar cómo en los orígenes de la actual humanidad, ciclo cósmico o manvantara los diferentes textos Tradicionales nos hablan de cómo el Hombre vivía en una Edad de Oro (Hesíodo), Satya-yuga o Krta-yuga (textos sapienciales del hinduismo), en la que la Realidad Trascendente –y por ende la Eternidad- le era consustancial. Estos textos nos hablan también de cómo se produjo una primera caída que se tradujo en la pérdida de esa inmortalidad y de cómo algunas personas poseedoras de una especial potencialidad interior y de una firme voluntad pudieron recobrar lo Inmortal e Imperecedero e identificarse ontológicamente con Ello gracias a que supieron despertar la semilla aletargada de lo Absoluto que anida en el interior del hombre. Estas personas –esta élite-, como Hombres Superiores que eran, se erigieron en guías y en Luz para los demás y acabaron no sólo por detentar la autoridad espiritual sino asimismo por ejercer la autoridad temporal. Ambos principios, pues, el espiritual y el temporal se hallaron unidos en los mismos representantes, por lo que las actividades humanas se encontraron en todo momento impregnadas por lo Sacro. Así hallamos, pues, a la realeza sacra y a la aristocracia sagrada en la cúspide de la pirámide social en esta segunda etapa –tras la primera caída señalada- de la Edad de Oro.

Pero, desgraciadamente, acaeció una segunda caída o involución y hubo –paralela y emblemáticamente- de abandonarse la morada geográfica de la Edad De Oro. Aquella morada que las diferentes Tradiciones sapienciales sitúan en las inmediaciones y más al norte del círculo polar ártico y a la que le asignan nombres como el de Thule, Hiperbórea, la Isla Blanca o el Monte Meru. Hay textos que nos dicen de que el traslado se hizo hacia una isla-continente situada en medio del océano (…Atlántico) que podría coincidir con la Atlántida de Platón.

Esta segunda caída o involución espiritual supuso un mayor alejamiento del hombre con respecto a lo Trascendente y vino aparejada con la separación entre los principios espiritual y temporal y, en consecuencia, entre la autoridad espiritual y la temporal o política. Desaparecieron, pues, la realeza y la aristocracia sacras y de la separación de los atributos espirituales y los temporales aparecieron dos castas autónomas: la sacerdotal (1ª casta) y la regio-aristocrático-guerrera (2ª casta). Ésta aristocrático-guerrera quedó desacralizada y la sacerdotal, a su vez, renunció a la vía activa propia del guerrero y perdió, de esta manera, no sólo la vocación hacia la acción exterior sino también la vocación hacia una acción interna que es la única capaz de hacer factible el acometer cualquier intento de transustanciación interior. Renunció, pues, la casta sacerdotal a la Iniciación y, consecuentemente, a la Visión y Conocimiento de lo Absoluto.

La casta sacerdotal o bramánica pasó a ocupar la cima de la pirámide social y el poder político quedó delegado en una casta aristocrático-guerrera desacralizada que quedó subordinada a aquélla. Estamos hablando ya de la Edad de Plata o treta-yuga; hablando, pues, de la 2ª Edad.

En la 1ª Edad –la de Oro- el metal que la representaba rememoraba al Sol como astro con luz propia, pues luz o espiritualidad propia es lo que había desarrollado en su interior el Hombre Reencontrado propio de aquellas élites o aristocracias sacras que se erigieron en rectoras con respecto al resto de hombres de las comunidades de las que formaban parte..

Por contra, ahora, la Edad de Plata reivindica a la plateada Luna que no posee luz propia y cuya luz –“espiritualidad”- tan sólo es un reflejo de la auténtica Luz que emana del Sol. Es por esto por lo que el hombre, al no poder poseer esa Luz en su interior, se tiene que conformar con creer en ella, con tener fe en ella, con erigirse en un mero y pío devoto de la misma. Esto es a lo máximo a lo que, en el terreno “espiritual”, puede aspirar el bramán o sacerdote y es, al mismo tiempo, a lo que condena al guerrero (o a la aristocracia-guerrera): a que ignore la posibilidad de emprender una acción transmutadora interior y a que, acto seguido, se pliegue a la visión devocional que el sacerdocio tiene de lo divino y le rinda pleitesía a dicho  sacerdote, reconociéndole al mismo tiempo una superior autoridad “moral”.

En el seno de esta Edad de Plata se puede observar cómo con el tiempo se produce un gradual deslizamiento desde este tipo de cosmovisión lunar hacia otra de naturaleza bastante similar como lo es la demétrica o pelásgica –también de corte sacerdotal- en la que la Madre Tierra se convierte en el principal objeto de adoración. Se sacraliza, así, a lo que no contiene en su esencia divinidad. Se venera a la Tierra como a una diosa, cayéndose, por tanto, en el panteísmo. Las únicas fuerzas a las que los ritos religiosos intentan hacer operar son aquéllas que recorren las entrañas de la Tierra, son aquéllas de naturaleza ctonia o telúrica que en lugar de ayudar al proceso de descondicionamiento y liberación del hombre lo atan aún más a lo bajo: a lo instintivo, a lo impulsivo, a lo pulsional, a lo sensual, a lo concupiscente, a lo libidinoso,…

     Y de lo libidinoso, el desenfreno, lo lujurioso y del enseñoramiento del erotismo emergen los llamados cultos afrodisíacos o dionisíacos (2) que suponen una vuelta más de tuerca en estos procesos involutivos propios de la Edad de Plata.

Si en la Edad de Oro la diferencia ontológica que existía entre la aristocracia Iniciada y el resto de los miembros de la comunidad obligaba a considerar la existencia de una verdadera jerarquía, ahora en la Edad de Plata la inexistencia, en el seno de ningún grupo social, de seres Superiores o Renacidos a la Esencia divina provoca una tal nivelación interior entre los individuos que se debe hablar de sociedades igualitaristas, y niveladas por lo bajo, en las que ya no impera una auténtica y legítima jerarquía. Ya ha desaparecido la diferencia esencial que existía, en la Edad de Oro, entre aquella minoría compuesta por los que eran capaces de gobernarse a sí mismos (de -utilizando una expresión taoísta- ser ‘señores de sí mismos’) y la mayoría de los que eran incapaces de autogobernarse (incapaces de no ser marionetas de sus convulsiones emocionales y de no ser más que hombrecillos limitados por sus mediatizaciones).

La Tierra, con la consideración por la cual es investida como madre de sus criaturas los hombres, valorará a éstos como a iguales entre sí, tal como una madre hace con sus hijos. Todos han salido de su seno y todos volverán, tras la muerte, a sus entrañas (3) y por este motivo no existen para ella diferencias sustanciales entre sus vástagos. No hay rangos, categorías ni jerarquías. Se impone, por un motivo más, el carácter homogeneizador y antijerárquico de estos cultos lunares, demétricos y telúricos. La Edad de Plata aplasta las diferencias y convierte al hombre en individuo-átomo indiferenciado.

Inmerso en la vorágine de degradación el hombre acabará, incluso, dándole la espalda a todos estos cultos decadentes propios de la Edad de Plata. Cualquier tipo de forma religiosa (lunar, demétrica, telúrica,  afrodisíaca,…), propia de dicha Edad, quedará relegada prácticamente al olvido. La casta sacerdotal perderá todo el peso social que ostentaba y, por esta razón, cualquier atisbo de hegemonía. Así verá cómo deberá postrarse ante una casta regio-guerrera que, tal como acontecía en la Edad de Plata, estaba desprovista de cualquier atributo y aspiración espirituales; se hallaba totalmente desacralizada. Sólo le interesaba el ejercicio del poder y lo ejecutaba por la aplicación de la fuerza y no por ningún tipo de Superioridad ontológica que le otorgara prestigio a los ojos del resto de castas.

El hombre avanzaba, así, en su proceso de materialización y embrutecimiento y entraba de pleno ya en la 3ª Edad: la de Bronce o Dwapara-yuga. La doctrina de la Regresión de las Castas nos recuerda cómo ahora es la casta guerrera (la 2ª) y no la sacerdotal (la 1ª) la que se ha encaramado a la cúspide de la pirámide social.

El fin de la Edad de Plata se asocia con la inundación y desaparición, bajos las aguas, de la quasi mítica Atlàntica y con la huida de sus supervivientes hacia occidente y hacia oriente. La mitología griega nos habla, de manera más o menos simbólica, de cómo los titanes (como símbolo de la casta guerrera) y otros seres monstruosos se enfrentan a los dioses con el afán de destronarlos. Lo hacen contra las divinidades preponderantes en la anterior Edad de Plata (de corte matriarcal) y también contra las que, relegadas a lo largo de la 2ª Edad, habían sido las hegemónicas en la Edad de Oro (de signo patriarcal y solar). La mitología nórdico-germánica nos explica cómo en esta lid acontece finalmente el Gottedamerung u ‘ocaso de los dioses’, puesto que éstos son derrotados por los gigantes y por los monstruos y la fuerza bruta se hace hegemónica.

Parece que las dinámicas cósmicas marcan fatal e inexorablemente el destino de los hombres sin que éstos puedan hacer nada para frenar o invertir el proceso de decadencia que tan diáfanamente nos explica la doctrina de las Cuatro Edades y la de la Regresión de las Castas. Parece  que el hombre no sea libre para decidir su destino. Parece que la vía iniciática que conduce a la Gran Liberación hubiese quedado hace mucho extinguida. Parece que ya resultase quimérico cualquier intento de restauración de la Tradición. Pere hete aquí que los diferentes mitos nos narran el cómo unos seres de naturaleza bastante similar a la de los titanes o gigantes (con un progenitor divino y el otro humano) se empeñan en superar su naturaleza perecedera (que tiene su origen en su parte de sangre humana) y en conquistar la inmortalidad. En ello se afanan, en el mito, por medio de todo tipo gestas y pruebas y finalmente conquistan la eternidad y acabarán siendo admitidos en las moradas divinas. Estamos hablando de los héroes de los Ciclos Heroicos de los que con tanta relevancia nos hablan mitologías como la griega (Heracles, Aquiles, Ulises, Perseo,…). Estamos, en definitiva, hablando de cómo miembros de la casta guerrera se enfrentan a su naturaleza materializada y escindida y en un acto prolongado de heroísmo se liberan de sus condicionamientos, cadenas y ataduras y acaban transmutándose en el Hombre Integral y Restaurado. Acaban demostrando cómo en última instancia el hombre puede llegar a erigirse en amo, dueño y señor de su destino. Acaban demostrando cómo el hombre puede llegar a ser un ser auténticamente Libre. Cómo la Libertad puede conquistarse tras una larga, ardua y metódica travesía que conocemos con el nombre de Iniciación. Acaban demostrando cómo el hombre puede superar –si en ello se empeña y si posee determinadas aptitudes innatas- cualquier condicionamiento, cualquier determinismo, cualquier fatalismo y cualquier corriente cósmica en contra.

Estamos hablando de cómo algunos de estos héroes (casta guerrera) restauran en sus respectivos dominios (Teseo como rey-sacro de Atenas, Ulises como rey-sacro de Ítaca,…) el Orden Tradicional perdido. Y lo consiguen en una época tan poco propicia como esta de la Edad de Bronce en estado ya muy avanzado. El guerrero se ha, pues, sacralizado y ha vuelto a unificar en su persona los principios sacro y político. La Autoridad espiritual y la temporal son ejercidas por la misma persona y por la misma élite, tal como sucedía en la Edad de Oro. Este guerrero se ha reconvertido en realeza sacra y en aristocracia sagrada y se ha, así, posicionado por encima y fuera del sistema de castas.

    Sin duda estos Ciclos Heroicos que han hecho posible restaurar la Tradición han tenido como sus hacedores y triunfantes protagonistas a los guerreros porque éstos son los que llevan intrínsecamente asociada la ‘vía de la acción’. Y ésta puede revestirse de una vertiente externa (combate material, lucha territorial o lid física) y/o también –si así algunos se lo proponen firmemente- de una vertiente interna que es la que les puede conducir a la Gnosis del Principio Supremo que se halla en el origen del mundo manifestado y es, asimismo, la que les puede, paralelamente, hacer viable su Identificación, en el plano del ser, con dicho Principio Eterno.

Sólo la casta guerrera podía protagonizar este logro y esta Restauración,  pues la casta sacerdotal únicamente conoce de la pasiva ‘vía de la contemplación’ y, obviamente, a través de ésta se hacen inviables los procesos internos palingenésicos o transustanciadores. 

Desgraciadamente estos Ciclos Heroicos no pudieron prolongar ad aeternum el tipo de Espiritualidad Solar propio de la Tradición y, por ello,  sistemas políticos como los que Platón denominó ‘tiranías’ supusieron el retorno hegemónico de las castas guerreras desacralizadas.

 La caída existencial  no daba tregua, hasta el punto de darse por sellada  la Edad de Bronce y por iniciada la 4ª Edad: La Edad de Hierro, Kali-yuga o –para la mitología nórdica- Edad del Lobo.

Aunque el sino de la Edad de Hierro fuera el de la hegemonía social y política de las castas 3ª (viaishas o comerciantes) y 4ª (sudras o “mano de obra”), antes de que esto aconteciera a raíz, básicamente, de los hechos subversivos propios de la Revolución Francesa, sucederá que el resto de Edades (de Oro, Plata y Bronce) ya finiquitadas se irán manifestando en forma de subedades como si de recreaciones de aquéllas se tratase. Esto siempre había acontecido de similar manera en el transcurso de cada Edad: la/s anterior/es periclitada/s reaparecía/n como reflujo de lo que fue y se perdió.

Es por ello por lo que antes de que la burguesía (3ª casta) y el proletariado (4ª casta) se encaramen al poder el kali-yuga verá cómo diversos Ciclos Heroicos reverberarán, o intentarán reverberar, las esencias de la Edad de Oro. Esto sucede en la Antigua Roma durante el período republicano, en el que la dirigencia senato-patricial es la que ostenta, en muchos de sus miembros, los cargos que los habilitan para oficiar los ritos operativos correspondientes a las principales deidades. Se trata, además, de gente que ha sido iniciada en los misterios de esas divinidades. Y de gente que había pasado anteriormente por la milicia. Por ello esta élite o aristocracia guerrera unifica las funciones y/o autoridades espiritual y político-temporal, tal como fue propio de la Edad de Oro.

En los prolegómenos del período imperial romano hallamos a un Julio César que también responde a estos mismos patrones, pues no hay que olvidar sus funciones como flamen dialis u oficiante de Júpiter. Y ya durante la etapa del Imperio emperadores como Octavio Augusto, Tiberio, Marco Aurelio o Juliano han recibido la iniciación en ritos y misterios diversos: de Eleusis, de Mitra,…

Pero no sólo en la Antigua Roma sino que también posteriormente otros Ciclos Heroicos irrumpen a lo largo de esta deletérea Edad de Hierro con el firme propósito de revertir los procesos de involución. El Ciclo del Grial se erige en hilo conductor de varios de estos Ciclos Heroicos, como lo son el de la saga artúrica o, ya en pleno Medievo, el del Sacro Imperio Romano Germánico (4). Diversas órdenes aúnan lo guerrero y lo espiritual y muchos de sus miembros practican ritos iniciáticos que transmutan sus naturalezas internas. Como paradigma de estas órdenes se halla la del Temple. Igualmente algunas de estas órdenes acaban, significativamente, convirtiéndose en la médula vertebradora de un Sacro Imperio Romano Germánico en el que el Emperador también se reviste de la máxima autoridad espiritual en el seno de la Crisitiandad y por encima de la misma Iglesia. (5).

Como señalamos párrafos más arriba éstos que unen en sus personas lo espiritual (de forma operativa y no devocional) y lo político-militar-temporal se hallan por encima, y afuera, del sistema de castas.

Nuevas demostraciones han sido éstas de que el hombre puede hacer valer su libertad ante cualquier contrariedad y determinismo siempre que sea capaz de superar su condición meramente humana para convertirse en un ‘más que hombre’.

Pero como no había de ser de otra manera en un período tan descendente de la humanidad, el kali-yuga asiste a cómo tras estos períodos heroico-solares se suceden otros en los que la 1ª casta –sacerdotal- escala a la cúspide de la pirámide social.

En tal orden de cosas asistimos, durante la Roma Imperial, a la asunción del cristianismo como religión oficial del Estado. Ello sucede con Teodosio ‘el Grande’. La figura del emperador ya no se reviste de dignidad divina; entre otros motivos porque ya no la encarnan Hombres Superiores y transfigurados a través de determinadas prácticas y ritos iniciáticos, sino que se trata tan sólo de simples humanos que reconocen en la Iglesia una superior autoridad moral. Así pues, la casta sacerdotal vuelve a hacerse hegemónica.

Y también volverá a hacerse hegemónica cuando bien avanzada la Edad Media el güelfismo que se organiza entorno a los Estados Pontificios derrote al gibelinismo que se articula alrededor del Sacro Imperio Romano Germánico. La victoria de los que propugnan la superior autoridad “espiritual” de la Iglesia sobre aquéllos que defienden la de la figura del Emperador significará la victoria de los bramanes sobre el principio regio-aristocrático-sacro.

La Edad de Hierro contempla asimismo cómo también la 2ª casta –la guerrera- se encarama, en determinados períodos, a lo más alto del entramado político-social. Ciertos emperadores romanos son buen ejemplo de ello, ya que provienen de las legiones e imponen su poder por la fuerza, además de carecer de dignidad sacral. Sus mandatos coinciden con períodos más o menos convulsos de la historia de Roma en los que los viejos ritos forman parte del recuerdo o, cuanto menos, se han vaciado de contenido y de operatividad.

Esta casta shatriya también es la que dirige sus respectivos Estados en el período en el que las llamadas ciencias históricas han definido como ‘edad moderna’ y que se sitúa, cronológicamente, entre la ‘edad media’ y la ‘edad contemporánea’. Es la época de las monarquías autoritarias y de las absolutistas, en las que los reyes se suelen apoyar, las más de las veces, en una nobleza de origen guerrero que al igual que ellos no conoce de vías interiores que conduzcan al Despertar.

Napoleón Bonoparte podría, muy bien, ser considerado como un paradigma altamente significativo de la transición entre el dominio sociopolítico que hasta el final de la ‘época moderna’ venía ejerciendo la 2ª casta  (la guerrera) y el que desde el inicio de la ‘época contemporánea’ empezará a monopolizar la 3ª casta: la de los mercaderes o viaishas. En Napoleón Bonaparte vemos al miembro de la casta guerrera (su padre pertenecía a la nobleza corsa) que actúa movido por la ideología del liberalismo triunfante gracias a la Revolución Francesa y que no es otra que la propia de la casta de los mercaderes; esto es, de la burguesía que ve en el liberalismo económico la posibilidad de dar rienda suelta a sus aspiraciones comerciales y/o económicas.

A partir de entonces y a lo largo de esta ‘edad contemporánea’ la 3ª casta se adueñará del poder, salvo en  los períodos en los que la 4ª casta (sudras) –la de la ‘mano de obra’- dirija (por lo menos aparentemente) los regímenes políticos comunistas e imponga el llamado Cuarto Estado. Bien es cierto que, tras la caída del comunismo en la Europa Oriental a fines de la década de los ’80 del siglo pasado, hay quien ha considerado, acertadamente, que el clásico mundo del liberal-capitalismo burgués (Tercer Estado impuesto por la 3ª casta) ha sido sustituido por un tipo de vida aún más colectivista, gregaria, amorfa, uniformizada y desarraigada que la impuesta por el marxismo y en la que ya cualquier referente ideológico ha sido enterrado. El único impulso, y referente, que actúa es el económico y las actividades que, avasalladoramente, se imponen son la producción y el consumo desaforados. Mundo sin referentes al igual que sucedía, en la India Tradicional, con aquellos individuos que se hallaban fuera y por debajo del sistema de castas (los ‘sin casta’ o parias) y que le habían dado la espalda a cualquier norma formadora y a cualquier tipo de raigambre: los ‘sin tradición’ y ‘sin linaje’. Individuos que por sus disolventes o deshonrosas conductas habían sido expulsados de sus respectivas castas: ‘los desterrados’. Evola predijo de manera magistral este devenir y al tipo de sociedad que del mismo se derivara la definió como la de la hegemonía del Quinto Estado; y que, sin duda, corresponde al actual modelo planetario de globalización y de homogeneización alienante y desenraizadora.

Pero en medio de tantos procesos disolventes y de tanta corriente en contra ¡¿quién nos dice que no sea todavía posible que algunos hombres consigan mantenerse en pie entre las ruinas, alcancen una Superior dignidad interior e inauguren un nuevo Ciclo Heroico?!

                               ………………………………………………..

(1) De esta obra existe publicación en castellano a cargo de “EdicionesHeracles” y que data de 1.998.                       

(2) Para este tipo de etapas en las que lo afrodítico o dionisíaco irrumpe con especial ímpetu (tal como sucede en la actual era crepuscular de la Edad de Hierro) Evola planteó la posibilidad de que aquellos hombres diferenciados que quisiesen alcanzar elevadas cotas de perfección interna pudiesen servirse de variados tipos de sustancias (alcohol, drogas,…) o de la fuerza del eros -que resultarían corrosivos para el hombre común- para superar el estado de conciencia ordinario y adentrarse en otros estados de conciencia superiores. (Estas ideas las desarrollamos en su día en un escrito que llevaba por título “Cabalgar el tigre” y que pretendía resumir los puntos esenciales desarrollados en el magnífico libro de idéntico título escrito por Evola y del que hay diversas ediciones en lengua castellana: la una de Nuevo Arte Thor y la otra de Ediciones Heracles.)

(3) De ahí que en la Edad de Plata se inhumen o entierren los cadáveres como signo del retorno a la Madre Tierra de sus hijos, mientras que, por contra, en la Edad de Oro los cadáveres eran incinerados para –al desintegrarse el cuerpo entre las llamas- facilitar el ascenso hacia el Sol (como símbolo de lo Alto) del alma Superior o alma Espiritualizada.   

(4) Se puede consultar nuestro trabajo “El Imperiuma la luz de la Tradición” para completar lo que se ha venido explicando en torno a ciertos períodos e instituciones de la Antigua Roma y del Medievo.   

(5) Es de destacar cómo en los períodos del Medioevo en los que la autoridad espiritual del Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico fue reconocida por encima de la del Papa, el Emperador incluso designaba a obispos y abades y los investía con los signos de sus respectivas dignidades: cruz, báculo y anillo. Tampoco está de más recordar que todo Papa que acababa de ser elegido como tal debía, antes de ser consagrado, jurar fidelidad al Emperador. Además, en el hecho de que el Papa ungiese y coronase al Emperador se hallaba un reconocimiento implícito de la superior autoridad no sólo política sino también Espiritual de éste. Hubo emperadores que retrasaron en años su unción y coronación por parte del Papa por no considerar relevante la intervención papal en el reconocimiento de sus dignidades imperiales.

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



Cataluña, América y la Hispanidad
febrero 8, 2009, 10:54 am
Filed under: Eduard Alcántara, Historia

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Hace algún tiempo nos encontramos con un interesante texto (“Catalunya, Amèrica i la Hispanitat”) que versaba sobre la importante -y, al mismo, tiempo, casi desconocida- contribución que los catalanes tuvieron en la gesta del Descubrimiento de América y en su posterior exploración, conquista, colonización y civilización. Lo hallamos, sin firma, en la web “hispanismo.org”. La fuente original a la que remitían dicho texto era

http://hispanismo.org/temas-de-portada/6268-catalunya-america-i-la-hispanitat.html“. Estaba redactado en lengua catalana, por lo cual creímos que podría ser muy provechosa -con el objeto de ampliar su divulgación- su traducción al castellano. Así lo hemos hecho y así se lo podrá leer unas líneas más abajo.


Como es sabido, las políticas uniformizadoras de que siempre hicieron gala los borbones comportaron que su primer representante en España -Felipe V- abriera a la antigua Corona de Aragón, sin ningún tipo de cortapisas ni restricciones, las posesiones españolas en América. (Recordemos que la citada Corona de Aragón incluía el antiguo Reino de Aragón, Cataluña y los reinos de Valencia y Mallorca; sin contar otras importantes posesiones en el Mediterráneo.)

Es por esta carta de libertad que se le concede para comerciar y ejercer cargos públicos en América por lo que el número de catalanes que, a lo largo del s. XVIII e incluso del XIX -en las colonias que aún quedaban-, ejercen papeles de relevancia en el Imperio español de América es francamente más que importante. Pero esta importancia pocos pueden imaginarse que se hubiese, igualmente, dado -como en efecto sucedió- desde el primer momento del descubrimiento del continente y a lo largo, también, de los siglos XVI y XVII. No parece concebible que los catalanes pudiesen haber tenido, prácticamente, presencia durante las dos primeras centurias de la gesta americana a tenor de que los pactos que se derivan de la unificación de los diferentes reinos y coronas de España, a finales del s. XIV, gracias al matrimonio entre Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, “cedían”, por un lado, a la Corona de Aragón el campo de acción sobre las tierras situadas al este de la Península Ibérica y, por otro, al Reino de Castilla las situadas al oeste de la misma. Pero una cosa era que la Corona de Aragón no tuviera competencia para emprender empresas de carácter oficial en América y otra bien distinta era que no se pudiese participar a título individual en las empresas organizadas por el Reino de Castilla.


A muchos, sin duda, sorprenderá el número de catalanes que participaron ya desde los viajes del mismísimo Cristóbal Colón. Y más aún sorprenderá la importancia de los cargos y/o funciones que ejercieron. Quizás haya quien, a la postre, no se vea tan sorprendido porque vea en todo ello la confirmación de una de las teorías que existen sobre el origen de Colón: que pudiera ser catalán. No es éste el tema que estamos abordando y no vamos, por tanto, a adentrarnos en él. Son muchos, por otro lado, los argumentos que se esgrimen a favor de esta suposición sobre los orígenes del descubridor. Cercana a esta teoría se hallaría aquel otro supuesto de que sería hijo del hermanastro -el Príncipe de Viana- del propio Rey Fernando el Católico. El Príncipe de Viana habría sido padre del futuro descubridor de América como consecuencia de la relación tenida con una mallorquina llamada Margarita Colón. La consanguineidad que Colón, siempre según esta teoría, tendría con el rey Fernando explicaría ese dirigirse al monarca de tú a tú, casi como si de entre iguales se tratase. Explicaría ese no arrugarse al exigir a los Reyes Católicos reconocimientos y títulos y porcentajes elevados del total de las riquezas que se pudieran obtener en el Nuevo Mundo… Pero, en fin, dejemos al lector ante este interesante escrito.

EDUARD ALCÁNTARA

 



CATALUÑA, AMÉRICA Y LA HISPANIDAD

“¡Colom! També l’estrella del mar aquí invocava,
l’estrella que la terra promesa li ha mostrat,
per ço en lo primer temple que América fundava
se col la Moreneta gentil de Montserrat”.
Mossèn Cinto Verdaguer

“¡Colón! También la estrella de mar aquí invocaba,
la estrella que la tierra prometida le ha mostrado,
por eso en el primer templo que América fundaba
se cuela la Moreneta gentil de Montserrat”.
Sacerdote Jacint Verdaguer

“…la colonización indiana es de todas las nacionalidades españolas: de todas ellas son los misioneros, soldados y negociantes que luchan, descubren, gobiernan, fundan y pueblan. Digámoslo con sus palabras: el descubrimiento de América se convirtió en alianza y base de interés común, contribuyendo poderosamente a la unidad de España. Y no en vano Colón llamó Hispaniola (y no Castellana) la primera isla ocupada. Al hacerlo, y lo supiera o no, dejó impreso en el descubrimiento el sello de consagración de la unidad de España” (1)


Quien así se pronunció fue Víctor Balaguer, uno de los padres de la Renaixença catalana, el último movimiento catalán de profundas reivindicaciones hispánicas; de un hispanismo suficientemente alejado del castellanismo y del secesionismo.
Posteriormente, el nacionalismo propalado por Rovira Virgili y tantos otros, enterró la vindicación hispánica de Cataluña y nos ha llevado hasta la actualidad donde todo vestigio de hispanidad es sinónimo de extranjero y, por tanto, poco o nada relacionado con Cataluña. Ante esto, reivindicamos que los catalanes fueron partícipes y protagonistas de la gran aventura hispánica que fue el descubrimiento de América (2).


Fue Luis de Santángel, miembro de la Corte Catalano-Aragonesa, quien dio el apoyo económico a Cristóbal Colón ante la negativa de los prohombres de Castilla de acometer la aventura de ir a las Indias. Los Reyes Católicos consintieron el viaje después de las presiones del catalán Santángel. Una vez llegado de su primer viaje a América, Colón fue recibido en Barcelona, concretamente en el Saló del Tinell. A pesar de las pocas crónicas que nos han llegado, el recibimiento que le tributó el pueblo de Barcelona fue entusiasta.


Bernat de Boïl, catalán, ermitaño en Montserrat y consejero del rey Fernando el Católico, y doce monjes (3) de Montserrat, emprendieron al lado de Colón el segundo viaje a América. Boïl fue encomendado Vicario Apostólico de las Indias Occidentales. Las tres primeras iglesias fundadas en América por los españoles fueron dedicadas a Montserrat, Santa Tecla -patrona de Tarragona- y Santa Eulalia -patrona d Barcelona.

Pero lo cierto es que el nacionalismo, lo que niega es la participación de los catalanes en el descubrimiento militar y que Castilla nos apartó del comercio con América (4). Ante la poca consistencia de los planteamientos negacionistas de la presencia catalana, haremos una pequeña pero significativa relación de los catalanes conquistadores de América (5).
Lo que llama la atención, es que fuera un catalán, Jaume Ferrer de Blanes (hijo del municipio gerundense de Vidreres) quien fuera nombrado por los Reyes Católicos en 1.493 para fijar los límites entre España y Portugal en la América recién descubierta -cuestión zanjada en el Tratado de Tordesillas en 1.494.


El primer catalán en América fue Ramón Pané (s. XV, Santa Maria d’Ullà?), lugarteniente de Colón. Fue el primer hombre en publicar un escrito sobre las costumbres y las lenguas de un pueblo de América (6) y fue el primero en hablar una lengua americana. Como militares sobresalen: Joan Orpí Pou (nacido, en 1.593, en la localidad barcelonesa de Piera), conquistador de las zonas de Unare y Aragua y fundador de Nueva Barcelona y de San Pedro Mártir -esta zona fue llamada ‘Nueva Cataluña’, pero después pasó a la jurisdicción de Cunamá-; Pere Margarit (Castell de l’Empordà, s. XV), compañero de Colón y jefe de la expedición militar, dio nombre a las islas Margaritas en el Caribe; Miquel Ballester (Tarragona, s. XV), alcalde de la isla Hispaniola e inventor del primer ingenio productor de azúcar en 1.498; Joan de Serrallonga (Igualada, s. XV), codescubridor de “Terra Nova”; Joan Grau de Toloriu, mano derecha de Hernán Cortés; Bartolomeu Ferrer, jefe de la expedición española a Tehuantepec; Jaume Rasquí, jefe de la expedición a Río de la Plata; Miquel de Rifòs, mano derecha de los Cabot en las primeras expediciones; Pere Alberni Teixidor (Tortosa, 1741), miembro de los voluntarios catalanes, exploró el Pacífico Norte y descubrió una isla que bautizó como Isla Catalana y que hoy en día se llama Catalan Island en la Columbia Británica; Pere Fages Beleta (Guissona, 1.734), coronel del ejército español, gobernador de California, aventurero y descubridor de Sacramento, el desierto de Mojave, Los Tulares, San Gabriel y muchísimos lugares más; Francesc Jorba Ferran (Sant Sadurní, 1746), miembro del cuerpo de “Voluntarios de Cataluña”, fundó el pueblo de Yorba Linda; Esteve Rodríguez Miró (1744), teniente coronel, fundó Nuevo Madrid en Mirrouri, Monroe a partir del originario Fuente Miró y Sant Stephen a partir del Fuerte de San Esteban. Y así muchísimos más catalanes en la aventura americana.

Como comerciantes, cabe mencionar a Joan Claret (Barcelona, s. XVI), que dedicó la mayor parte de su fortuna personal a financiar expediciones a América, como la de la familia Cabot a Río de la Plata; Salvador Samà Martí (Vilanova, 1.797), coronel del ejército, fundó el Banco Español en Cuba y el dique de La Habana.

El funcionariado también tuvo una amplia representación catalana, encabezada por el catalán más conocido de la aventura americana, Gaspar de Portolà Rovira (Balaguer, 1.717) (7), coronel del ejército, descubridor de la bahía de San Francisco, San Diego y Monterrey y gobernador de California; Gabriel Avilés Fierro (Vic, 1.735), capitán general del Reino de Chile y Virrey del Reino de la Plata y del Perú (8); Pere Castany (Barcelona, 1.750), presidente de la policía y seguridad de Méjico y oidor de la Audiencia de la Nueva Granada; Ambrosi Cerdà y Simó Pontero (hijos de Barcelona del s. XVIII), oidor en Chile el primero y presidente de la Audiencia de Guatemala el segundo; Esteve Miró Sabater (s. XVIII), gobernador de Tucumán; Ignasi Sala, gobernador de Cartagena de Indias; Pere Carbonell, gobernador de Venezuela de 1.792 a 1.799; Joaquim d’Alòs, gobernador de Paraguay y comandante militar de Cuzco; Antoni Oleguer Feliu, Virrey del Río de la Plata; Francesc Romà Rossell (Barcelona, 1.730), Virrey e Intendente de Yucatán.


Y el funcionario más conocido que ha dado Cataluña ha sido Manuel Amat Juyent (Vacarisses, 1.707), Teniente General, hijo del Marqués de Castellbell y primo del Barón de Maldà. En 1.761 fue designado presidente de la Audiencia de Lima y Virrey del Perú, creando un cuerpo del ejército español bajo la advocación de la Mare de Déu de Montserrat (Madre de Dios de Montserrat). Este cuerpo participará en las expediciones de descubrimiento de importantes islas del Pacífico, como por ejemplo las de Tahití en 1.771. El Virrey Amat volvió a Barcelona y construyó su residencia, conocida hoy como el Palau de la Virreina (Palacio de la Virreina).

Como historiador de la gesta hispánica sobresale por encima de todos Joan Cristòfor Calbet d’Estrella (Sabadell, 1.505), escritor y cronista real de las Indias, miembro de la Corte española y preceptor de los príncipes. Escribió una crónica sobre la conquista del Perú, “Rebelión de Pizarro en Perú y vida de Don Pedro Gasca” y fue biógrafo del Emperador Carlos V (9).

Como eclesiásticos citar a Sant Antoni Maria Claret Clarà (Sallent 1.807), el fundador de los Claretianos, obispo de Santiago de Cuba donde luchó en contra de la esclavitud y quien fue un destacado defensor de la españolidad de la isla (10) y más tarde fue nombrado confesor de la Reina Isabel y custodio del monasterio de El Escorial. Feliu de Tàrrega (Tàrrega, 1.727), evangelizador del Orinoco y Caroní, fundó San Pedro de Tipurúa; Josep Alemany Cunill (Vic, 1.814), evangelizó Nevada, California y UTA; Pere Claver Sobocano (Verdú d’Urgell, 1.580), conocido como Sant Pere Claver, misionero en Nueva Granada y protector de esclavos; Narcís Coll Prat (Cornellà de Terri, 1.754), arzobispo de Venezuela; Miquel Doménech Veciana (Reus, 1.816), misionero en Missouri; Francesc Fleix Solans (Lérida, 1.804), obispo de Puerto Rico; Miquel Francesch (Barcelona, s. XVIII), misionero en Guatemala; Benet Garret Arloví (Agramunt, 1.665), obispo de Nicaragua; Marià Martí Estadella (Bràfim, 1.719), obispo de Puerto Rico; Benet Maria Moixó Francolí (Cervera, 1.763), obispo de Charcas y auxiliar de Michoacán, destacó en la lucha contra la insurrección independentista; los jesuitas Josep Paramàs, Bernat Ibáñez, Dídac Gonzàlez y Josep Solís que evangelizaron a los indios guaranís del Alto Paraná en 1.775. Y muchos otros capellanes, frailes, monjes o seglares que participaron en la evangelización del nuevo continente.

Esto no ha sido más que una breve relación de personajes catalanes que junto con extremeños, castellanos, vascos o gallegos, forjaron la Hispanidad, concepto que Raholas, Convergentes y Republicanos nos quieren escamotear para convertirla en una celebración vergonzosa y extraña a los catalanes.


Para acabar, unas estrofas de la Atlàntida de Mossèn Cinto Verdaguer, de lectura obligatoria para todos los hispanistas catalanes, canto sublime a Cataluña. América y la Hispanidad:

“…Troba Colon navilis, i en llur tosca
ala afrontant, magnànim, la mar fosca,
la humanitat li dóna el nom de boig;
al geni que la duia, en sa volada
de promissió a la terra somniada,
com Moisés per les aigües del Mar Roig.
Lo savi ancià, que des d’un cim l’obira,
sent estremir lo cor com una lira;
veu de l’àngel d’Espanya, hermós i bell,
que ahir amb ses ales d’or cobrí a Granada,
eixamplar-les avui com l’estelada
i fer-ne l’ampla terra son mantell.
Veu murgonar amb l’espanyol imperi
l’arbre sant de la creu a altre hemisferi
i el món a la seva ombra reflorir;
encarnar-s’hi del cel la saviesa;
i diu a qui s’enlaira a sa escomesa:
-Vola, Colon…; ara jo puc morir!.” (11)

“…Encuentra Colón navíos, y en su tosca
ala afrontando, magnánimo la mar oscura,
la humanidad le da el nombre de loco;
al genio que la llevaba en su vuelo
de promisión a la tierra soñada,
como Moisés por las aguas del Mar Rojo.
El sabio anciano que desde una cima la avista,
siente estremecer el corazón como una lira;
voz del ángel de España, hermoso y bello,
que ayer con sus alas de oro cubrió a Granada,
ensancharlas hoy como la estrellada
y hacer de la ancha tierra su manto.
Ve murgonar con el español imperio
el árbol santo de la cruz en el otro hemisferio
y el mundo a su sombra reflorecer;
encarnarse del cielo la sabiduría;
y dice a quien se eleva a su acometida:
-¡Vuela, Colón…; ahora ya puedo morir!”

 


1). Víctor Balaguer. Conferencia pronunciada en 1.892 y citada en el libro “Els catalans a les Índies” de Josep Maria Bernades, 1.992. Comissió América i Catalunya.


2). El precursor de la idea de la Hispanidad fue el escritor vasco Ramón de Basterra Zabala. La primera conmemoración del Día de la Hispanidad celebrada en España fue realizada en Barcelona, en la casa de América el 12 de octubre de 1.911. Esta iniciativa fue recogida por el periodista asturiano José María González por tal de hacer de esta fecha fiesta nacional de España.
3). El nacionalismo intenta negar la evidencia de la catalanidad de los primeros evangelizadores de América. Se puede leer “Els primers missioners d’Amèrica foren catalans?” (“¿Los primeros misioneros de América fueron catalanes?”) de Pere Català Roca, Dalmau Editors.


4). “Cataluña en la carrera de las Indias”, Carlos Martínez Shaw. 1981. Se recomienda el libro de este profesor de Historia de la Universitat de Barcelona, en el que demuestra que Cataluña no fue excluida del comercio con América.
5). Para tenir una relación amplia de personajes, a pesar de la tergiversación nacionalista del libro, se puede mirar “200 catalans a les Amèriques”, Comissió Catalana del Cinquè Centenari del Descobriment d’Amèrica (Comisión Catalana del Quinto Centenario del Descubrimiento de América).


6). “Relación acerca de las antigüedades de los indios”. 1.498. Todos los países americanos tienen una escuela dedicada a este catalàn.


7) “Contribució a una biografia de Gaspar de Portolà”, J. Carner Ribalta, Dalmau Editors. En este libro nos habla de que los catalanes que lo siguieron bautizaron la tierra descubierta como la tierra de la calç i el forn -cal y horno- (Califòrnia).
8). Fue conocido como el “Virrey devoto” y que puso fin a las encomiendas dando la libertad y la propiedad de la terra a los indios guaranís. Creó el gobierno de Mairas.


9). Sobre este personaje se puede leer “El català Joan Cristòfol Calvet d’Estrella”, de Puig Pujol. Episodis de la història, de Dalmau Editors.


10). Carta dirigida al Obispo de Vic Doctor Casadevall.
11). “L’Atlàntida”, Jacint Verdaguer, ´Conclusió, somni d’Isabel´ (´Conclusión, sueño de Isabel´).

Fuente: http://www.lesclat.com/modules.php?n…rticle&artid=7


Traducción del catalán al castellano por Eduard Alcántara



Consideraciones metafísicas sobre el aborto. La doctrina de los Nidana.
febrero 8, 2009, 10:51 am
Filed under: Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara, Metafísica

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El tema del aborto ha adquirido en las últimas fechas una inusual actualidad en España a raíz de que se haya destapado el hecho de que en ciertas clínicas abortistas de Barcelona se practicaban abortos con fetos de hasta ocho meses de vida.

La carnicería alcanza cifras alarmantes tanto por lo que respecta a los casos de abortos no contemplados por la actual legislación española como a los que sí están permitidos por la ley.
Nosotros no nos alarmamos únicamente porque se masacre a un feto de 4 ó de 8 meses sino que también lo hacemos si se hace con un embrión de un día o con otro de 12 semanas.
Sin duda no existen diferencias cualitativas entre el ser de doce semanas menos un día y el de doce semanas (momento a partir del cual son legales, en España, las prácticas abortivas). Si está delinquiendo quien practica o se somete al aborto en el primer caso también debería considerarse que delinque quien practica o se somete al aborto en el segundo caso. Tenemos claro que en todos los casos nos hallamos ante un crimen atroz, despiadado y cobarde. Crimen que cuando alcanza el número -oficial…- de 100.000 anuales, en España, pasa a la categoría de genocidio.

La ciencia habla de embrión hasta transcurridas doce semanas desde el momento de la concepción y de feto a partir desde ese momento y hasta que tiene lugar el parto. La ley española autoriza, pues, el sacrificio del llamado embrión y no así el del feto. Pero no olvidemos que, por ejemplo, cuando termina el primer mes ya ha comenzado el desarrollo de todos los órganos importantes. Así pues, los ojos son perceptibles, los brazos y las piernas empiezan a aparecer y late ya un corazón de cuatro cavidades (¿sería descabellado no considerar como ‘embrión’ a un ser que ya ha llegado a este grado de desarrollo?). Y a este ser con ojos, corazón complejo, brazos y piernas es lícito arrebatarle fría y despiadadamente la vida. ¡Paradojas de una modernidad que se llena la boca hablando de un pacifismo de corte pusilánime y clamando contra prácticas como la de la pena de muerte y no manifiesta ningún remilgo, ningún escrúpulo, ni ninguna compasión a la hora de legalizar y promover semejante genocidio!

No es, de todos modos, en estos terrenos físicos y fisiológicos en los que pretendemos embarcarnos en el seno de este escrito sino que nuestra intención es la de realizar algunas consideraciones que conciernen a planos de la realidad que entran en el terreno metafísico.

Sabido es que las doctrinas Sapienciales del Mundo Tradicional han hablado siempre de la ‘inmortalidad del Alma’ y de su preexistencia con respecto al ser humano que será portador de ella.
El ‘Alma’, con mayúscula, diferiría del ‘alma’, en minúscula, que no vendría a ser más que un equivalente de lo que conocemos como mente o psique. Por contra el ‘Alma’, en mayúscula, haría referencia al Espíritu o, lo que sería lo mismo, al componente imperecedero, incorruptible, eterno y Trascendente que se halla en el origen de todo el mundo manifestado (Brahman) y que también anida en el interior del ser humano (Atman). Nosotros, de todos modos utilizaremos el vocablo ‘Espíritu’, y no el de ‘Alma’, cuando nos refiramos al Principio Supremo Indefinible, incondicionado y Superior. De este modo intentaremos evitar confusiones entre conceptos y realidades diferentes.
Así pues, si el Espíritu preexiste al ser humano se podría formular la pregunta de en qué momento se incorpora a este ser humano. La razón de dicha formulación se hallaría en el aclarar si el embrión humano, que en tantas ocasiones es objeto del aborto, es portador de Espíritu. Si la respuesta fuera afirmativa la enorme gravedad de las prácticas abortivas sería, si cabe, todavía mayor.

Para ver luz acerca de dicha cuestión resulta muy apropiado el echar mano del budismo, pues el budismo originario, en sus textos en pali, nos explica una doctrina, la de los nidana, que no deja, al respecto, lugar a dudas. Una magnífica explicación de la misma la podemos encontrar en la obra de Julius Evola “La doctrina del despertar. Ensayo sobre ascesis budista” (1).
El significado de nidana sería el de estados o elementos condicionados y haría, básicamente, referencia a todos los pasos seguidos, en su existir, por el ser humano que le van, progresivamente, impregnando de la conciencia de ser tal ser –individuado-, condicionado y cada vez más alejado de la posibilidad de apercibirse de que, en su interior, anida el aletargado Principio Imperecedero; la semilla de lo Absoluto. Y cada vez más alejado, por tanto, de la posibilidad de actualizar este Principio Inmortal.

Pero, de un total de doce, los tres primeros nidana aluden a estados anteriores a la concepción del ser humano (anteriores a la formación del embrión o zigoto) y no hacen, pues, estrictamente referencia al aludido proceso condicionador de dicho ser humano sino que atañen al proceso mediante el cual el Principio o Espíritu toma el camino que le llevará a incorporarse al embrión que se acaba de formar. Un camino, pues, que viene definido por una direccionalidad vertical de descenso en contraste, pues, a la horizontal que adquirirá a partir del momento de la generación del nuevo ser humano y, a partir de este momento, a lo largo de la existencia terrenal de éste. Horizontalidad, por tanto, que el Principio Inmutable ya no transitará en solitario sino que lo hará junto al alma o mente y al cuerpo de dicho ser humano.
Tal como ya hemos señalado, los tres primeros nidana hacen alusión a estados del Espíritu anteriores a la concepción. Unos nos explican cómo por culpa de la ignorancia o -en sánscrito-, avijja o avidja el Principio se olvida, en su camino descendente, de cuál es su propia esencia. Otros, como el tercer nidana, nos enseña cómo el Principio va adquiriendo una conciencia autodistintiva que se halla en la base de la conciencia individuada que irá, posterior y paulatinamente, desarrollando el ser humano a partir del momento de su generación.
Es en base a lo expuesto en la explicación de estos tres nidana que tenemos la certeza de que en el momento de su concepción al embrión humano se le ha incorporado el Espíritu o Atman; víctima de la ignorancia o avidja y sometido a inercias individualizantes, pero Espíritu en definitiva. Por lo cual la criminal infatuación que supone el aborto se comete contra un ser humano con Espíritu y no contra un ser vivo que no posee más que un componente físico con sus correspondientes funciones fisiológicas más o menos desarrolladas. El principio Inmortal que anida en su seno no difiere lo más mínimo del que se halla en el interior de un individuo adulto.

Tras la concepción y durante las etapas embrionaria y fetal se suceden seis nidana o estados condicionados más: el quinto, el sexto, el séptimo, el octavo, el noveno y el décimo. Con la irrupción de éstos el ser se va, de forma in crescendo, individualizando, apegando, condicionando y tomando conciencia de su especificidad. Es por esto por lo que se asemeja cada vez más al ser humano en sus distintas fases vitales: infancia, adolescencia, madurez y vejez.
Un somero vistazo a estos seis nidana que acaecen durante las etapas embrionaria y fetal nos muestra como:
-En el 5º nidana se asume el área en el que, por contacto, se activarán (en el 8º nidana) los sentidos y las distintas imágenes que irán proyectándose en la mente como reacción a los diversos estímulos que puedan recibirse.
-En el 6º nidana pasa a ser posible el poder acumular experiencia como consecuencia de lo aportado ante determinados estímulos.
-En el 7º -nos dice textualmente Evola en “La doctrina del despertar”- “irrumpen el sentir, el colorido emocional de las percepciones y el sentimiento en general”.
-En el 8º se pueden ya activar los sentidos y se generan las impresiones que siguen al contacto de los sentidos con el objeto y/o receptor correspondiente. También se desarrolla el deseo que viene provocado por la experiencia sensorial y el consiguiente anhelo de volver a repetir dicha experiencia.
-En el 9º nidana aparece el apego provocado por la dependencia establecida hacia el objeto de deseo descubierto y contactado por los sentidos.
Con todos estos condicionantes acumulados hasta este nidana nace el sentido del yo o del individuo.
-En el 10º nidana no podíamos ya por menos que encontrarnos ya con el ser individual y con las pautas que pueden marcar su devenir y su existir (merece la pena recordar, tal como nos dice Evola, el origen etimológico de este término: ‘ex-sistere’ o el ‘estar fuera de sí’ propio de una existencia condicionada, atada a las contingencias y estímulos exteriores y que no conoce de lo Interior o Centro; del Espíritu).
Por tanto nos hallamos ante un ser individual -para ello, con el necesario sentido del yo- que podría ser víctima de las criminales prácticas abortivas. Que el tal ser lo sea ya individual en el hipotético momento en el que el aborto cercene su existencia sólo depende del momento embrionario o fetal en que cada uno de estos seis nidana aparezca y de los plazos legales para practicarlo que sean contemplados por las diferentes legislaciones que sobre el aborto tienen vigor en los muchos países en los que se permite.

Los nidana 11º y 12º no son de interés en el presente escrito por cuanto se refieren a estados que acaecen más allá del parto o nacimiento y se hallarían, pues, más allá del período en el cual se practican los abortos legales y/o ilegales. Acontecen referidos al nacimiento (11º nidana) y a la declinación y muerte del individuo (12º y último nidana).

En otro diferente orden de cosas -que se sitúa al margen del tema del presente escrito- cabría recordar que el generarse de cada uno de los doce nidana supone un progresivo obscurecimiento del Principio y un obstáculo también mayor de cara a la acometida de cualquier intento serio, por parte del individuo, de Despertar la semilla de la Inmortalidad (y del Conocimiento de lo Superior e Incondicionado) que se lleva dentro. Este difícil –a la vez que metódico y riguroso- fin es el que siempre ha perseguido la Iniciación.

Seguramente el lector atento se habrá percatado de que nos hemos saltado el 4º nidana. No hemos hecho ninguna mención a él. Y lo hemos hecho así porque queremos mostrar cómo no tan sólo, tal como ya hemos explicado párrafos más arriba, el ser acabado de concebir es portador del Principio Inmortal –Espíritu-, sino que también queremos mostrar cómo en este ser acabado de generar también hallamos ya el alma. Con lo cual el grado de aberración que alcanza el aborto no tiene límites.
El 4º nidana se conoce bajo la denominación de ‘nombre-y-forma’ y hace referencia al estado en que acontece la formación, en el ser acabado de engendrar, de los elementos materiales -‘forma’- y de los sutiles y mentales -‘nombre’-. A estos últimos se unen, en este preciso instante, los elementos de la herencia de la ‘vía del devenir’ (esto es, la herencia samsárica) y los correspondientes a los aportados como herencia psíquica por los progenitores.

Para aclarar a qué elementos de la herencia samsárica o de la ‘vía del devenir’ nos estamos refiriendo podríamos recordar unos contenidos que en alguna ocasión anterior habíamos expuesto y que rezaban que:

“…tras la muerte física son dos las vías que se le presentan al fallecido: una sería la ‘vía de los antepasados’ o pitra-yana y la otra sería la ‘vía de los dioses’ o deva-yana (términos de la tradición hindú). La primera de ellas sería el destino de la mayoría de los individuos cuya existencia no pasó nunca de ser la del hombre vulgar, esclavo del devenir y que consistiría en la disolución de las fuerzas y energías sutiles que hicieron posible la vida de dichos individuos (puesto que se hallan en el origen del funcionamiento de su entramado psíquico-físico), su disolución, apuntábamos, en la descendencia de su mismo clan, gens o sippe pasando a formar parte (dichas fuerzas o energías) del genio, manes, tótem, doble sutil,”vida” de esta vida, demon o daimon que confiere la peculiaridad y el impulso particular que caracterizan al mencionado clan. Esta vía, en realidad, no supone la inmortalidad del individuo, pues éste (o, mejor dicho, ‘sus’ fuerzas o energías sutiles) vuelve a reintegrarse en la corriente del mundo manifestado, del mundo del devenir y del continuo fluir.” (2)

Aclarado lo cual podríamos afirmar que el alma del nuevo ser sería, de este modo, el resultante de la unión del componente ‘nombre’ del 4º nidana, más la herencia samsárica y más el añadido de la herencia proveniente por vía biológica (la de los padres).

Pero aún hay más, ya que el atentado ejercido por medio del aborto no sólo destruye a un ser compuesto por Espíritu, alma y cuerpo; no sólo afecta a un ser concreto individual y/o individualizado, sino que, paralelamente, acarrea graves repercusiones a otros niveles, pues altera dinámicas y equilibrios en el plano cósmico e incluso en el supracósmico.
Es así porque invierte esa inercia por la cual el Espíritu se había integrado en el ser humano recién concebido. Una inercia, recordemos, que hallaba su explicación en la individualización que había experimentado dicho Principio Imperecedero a causa del avidja, u olvido, que había padecido entorno a cuál es la “naturaleza” de su esencia. Así, con la práctica del aborto, el Espíritu integrado en el ser concebido se verá abocado a transitar por otros derroteros.
Algo similar ocurre con los tres componentes que habían dado origen al alma del embrión. De esta manera, por ejemplo, el genio, manes, tótem, doble sutil o daimon que las dinámicas cósmicas habían encaminado hacia ese embrión (3) para integrarlo en él en el mismo momento de su generación, deberá, a causa del aborto, abandonar el camino que los flujos cósmicos habían establecido y retornar, brusca e inesperadamente, a ese entramado sutil que vertebra, vivifica y dinamiza al cosmos como si de su aliento vital, de sus nervios y de su aparato circulatorio se tratase. Un brusco retornar que provoca desequilibrios, desajustes y descompensaciones en el armónico entramado cósmico…

…………………………………………………………………………

 

(1) Existe, con este mismo título, una edición en castellano realizada por la Editorial Heracles y otra intitulada “La doctrina del despertar. El budismo y su finalidad práctica” a cargo de la editorial Grijalbo.

(2) Originariamente redactamos estas ideas en nuestro escrito titulado “José Antonio y Evola”. Más tarde creímos conveniente reproducirlas en “La ilusión reencarnacionista”. De todos modos si se desea profundizar en este orden de cosas recomendamos la lectura del capítulo VIII (“Las dos vías de ultratumba”) de la parte primera del libro de Julius Evola “Rebelión contra el mundo moderno”; título éste el de la traducción hecha al castellano por Ediciones Heracles.

(3) Mayormente el genio, manes, tótem, doble sutil o daimon se encamina a su integración en un embrión determinado por pertenecer el nuevo ser engendrado al mismo linaje o clan (o a los restos desorientados que de éste quedan en el mundo moderno) del que proceden estas fuerzas sutiles –el genio,…- que acabarán confiriendo determinadas peculiaridades y concretos impulsos comunes a los miembros de dicha estirpe.

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com