Julius Evola. Septentrionis Lux


Evola y el judaismo (2ª parte)
julio 28, 2009, 9:19 pm
Filed under: Eduard Alcántara, Julius Evola

No hace mucho publicamos bajo este mismo título un texto en el que se trazaban las coordenadas que al decir de Julius Evola definían la esencia del pueblo judío, sus grandes (y/o a menudo diversificados) rasgos actitudinales, las causas profundas de su/s manera/s de actuar y el papel que el judaísmo podía haber ejercido en los procesos de decadencia por los que se ha visto arrastrado -especialmente- el llamado Occidente en los períodos que la historiografía oficial conoce como la edad moderna y la contemporánea.
     Quedó bien clara entonces la profundidad de los análisis realizados por nuestro egregio autor, que le alejaba drásticamente de cualquier intención y proceder panfletarios y demagógicos. En esta línea nos fue dado afirmar que:
     “Julius Evola, impregnado de ese sentido Superior y Metafísico de la existencia inherente a la Tradición, abordó desde sus más genuinas raíces todo tipo de cuestión doctrinal y de asunto político, social o cultural. Y para la cosmovisión Tradicional estas genuinas raíces se sitúan en un plano Suprasensible y tienen, por tanto, mucho que ver con el hecho espiritual. Es así que el mismo tema de la cuestión judía fue analizado por Evola abordando en primer lugar y como causa primera, y más importante, de toda su problemática los avatares religiosos por los que ha ido pasando el judaísmo a lo largo de su devenir. Evola, pues, nos ofrece un enfoque del tema judío mucho más completo e integral que la mayoría de las interpretaciones al uso. Y es que puede ser que se haya tenido acceso a detallados y acertados estudios sobre el psiquismo y la caracterología de los judíos pero difícilmente estos estudios abordan las causas con las se pueden explicar las peculiaridades de la psique de la generalidad de los judíos; y si se han embarcado en la tarea de discernirlas no han mostrado competencia para adentrarse en el ámbito de lo espiritual, que es el que nos da las claves originales del accionar del judío. Sobre esta indispensable base Evola, con su singular agudeza, desgrana los principales episodios y las más influyentes corrientes “culturales”, de pensamiento, políticas y científicas que han ejercido un papel de acelerador de los procesos de decadencia y de disolución por los que transita, de manera vertiginosa, “nuestro” deletéreo mundo moderno. Y en este desgrane el gran intérprete italiano de la Tradición nos muestra el contundente protagonismo que ha tenido el elemento judío en la obra de demolición de los vestigios que del recto Mundo de la Tradición pudiesen subsistir; protagonismo que representa un hecho fehaciente independientemente de que los primeros procesos disolventes por los que empezó a discurrir el llamado Occidente haya que buscarlos en parámetros, e incluso personajes, ajenos al judaísmo.”
 
     No vamos, obviamente, a volver a incidir en lo que ya explicamos en el anterior artículo dedicado a este tema, sino que con esta segunda parte pretendemos darle al asunto de estudio una
vuelta de tuerca más para poder, así, ofrecer el análisis y el examen que Evola efectuó sobre cuestiones concretas en las que el judaísmo ejerció (o ejerce) un papel determinante. Pasemos, pues, a tratar de ellas:


 
Conexiones entre la masonería y el judaísmo (*)
 
     Como aperitivo de las posibles interrelaciones que hayan podido (y/o puedan tener) la masonería y el judaísmo nos recuerda Evola que el personaje al que se le atribuye un papel fundamental en el ordenamiento interno de la masonería no es otro que el judío Elías Ashmole (1.617-1.692). Personaje que vive en un s. XVII en el que la masonería va configurándose en la forma que resultará tan perniciosa para la salvaguarda de los resquicios que del Orden Tradicional pudieran pervivir en los siglos venideros. Va, por aquel entonces, dejando de ser la
masonería operativa que podemos hacer remontar a los ´Colegios romanos de Artífices´ (arquitectos) y que en el Medievo conservó su carácter iniciático en el seno de los gremios relacionados, sobre todo, con las construcciones de catedrales (arquitectos, canteros, picapedreros,…) para ir transformándose en su imagen contrapuesta: la de la ´masonería especulativa´ que tan papel decisivo ejerció, con su defensa del libre examen y del relativismo más destructivo, en el triunfo de las revoluciones liberales que encumbraron a los mercaderes (la burguesía) al poder político. Una masonería especulativa que se considera formalmente constituida con la fundación de La Gran Logia de Inglaterra en 1.717.
 
     Existe, nos escribe Evola, una sospechosa y especial inclinación expresada por muchos masones de que la masonería se erija en garante, de manera especial, de los
derechos del pueblo judío. Buen ejemplo de lo cual sería el del masón Otto Hieber (primera mitad del s. XX). Y en este abanderamiento de la lucha por los derechos humanos -tan central en la religión del cosmopolitismo- muchos personajes judíos adoptan un papel predominante. Éste sería el caso de un Elie Eberlin, que aboga porque Israel asuma el papel de “Mesías colectivo” en pos de los derechos del hombre y en favor del “régimen igualitario y nivelador de las repúblicas”. Para Eberlin se han de suprimir “patrias, cortes, ejércitos y aristocracias hereditarias” (no es espacio éste para comentar el estado de decrepitud en el que muchas monarquías y la nobleza se hallaban ya por aquel entonces y no vamos a ser nosotros quienes neguemos esta evidencia; otro asunto bien diferente es el de la intencionalidad de Eberlin…). Nos sigue escribiendo Evola que el también judío Ludwig clamaba por el aniquilamiento de las formas imperiales y monárquicas. Y, en total coincidencia, por la “destrucción de las formas imperiales y monárquicas”, además de por la constitución de la Sociedad de Naciones (precursora de la universalista O.N.U.), se declaró el congreso internacional masónico celebrado en París en 1.917 (durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial). Una Sociedad de las Naciones (establecida en Ginebra) que, al decir del hebreo Fritsch, “no es tanto una creación del presidente de los EE.UU. Wilson sino una obra magnífica del judaísmo”. En total concordancia con la filosofía humanitarista y pacifista de que hacía gala la institución ginebrina (eso sí, no tan pacifista contra los Estados en los que sobrevivían, según sus criterios, sistemas políticos no “democráticos”) interpretaba el ya citado Fritsch las palabras del profeta Isaías cuando profetizaba que “las espadas deberán ceder el lugar a las carretas”.
 
       Por lo expuesto hasta ahora se van haciendo patentes las concomitancias entre los objetivos de la masonería y los de un buen número de miembros del pueblo hebreo.
 
     A estas alturas se tercia una pregunta de calado: ¿Esta ideología de los
derechos humanos por la que abogan muchos personajes del pueblo judío es anhelada para todos los pueblos del mundo sin excepción o es querida para todos menos para el suyo? La legitimidad de esta pregunta viene dada porque otros judíos (al igual que lo que ya dijimos del mencionado Elie Eberlin) también defendían la idea del pueblo judío como “Mesías colectivo”, pero con intenciones esclarecedoras y nada “beneficiosas” para el resto de la humanidad, pues, así, el rabino y masón Baruch Levi aspiraba a que “el pueblo judío, en tanto que colectividad, fuera su propio Mesías” y que por medio de la unión de las otras razas (no la suya…) -buen precursor, Baruch Levi, de la promoción del mestizaje actual-, la eliminación de las fronteras, de las monarquías, de cualquier otro elemento o cualquier otra institución garante de las diferencias, de la supresión de la propiedad privada y del acaparamiento en manos judías de los bienes del mundo acabara –el pueblo hebreo- dominando el mundo y realizando, de este modo, las promesas del Talmud. Baruch Levi escribe todos estos propósitos en carta que dirige a Karl Marx; del cual era confesor… ¿Podemos creer en la honradez ideológica y de intenciones de Marx cuando éste aboga por el ateísmo y anatemiza a la religión como “el opio del pueblo” si, por otro lado, tenía un confesor espiritual…? ¿o se trata tan solo de tretas de cierto judaísmo para hacerse con el control político y económico mundial?
 
      Este presumible doble rostro de cierto judaísmo empuja a Evola a preguntarse si tras este presunto judaísmo laico desgajado de su tradición religiosa y que converge con la masonería no existe, oculto, en realidad un judaísmo fiel a su tradición y, por tanto, a la ley mosaica. En esta línea nos recuerda nuestro romano autor que un historiador de la masonería como lo fue Schwarz-Bostunitsch (de la minoría alemana de Ucrania durante aquella época de los años ´30 y ´40 del pasado siglo) afirmó que “el secreto de la masonería es el judío”; en definitiva, quien mueve los hilos de aquélla. Al igual que nos recuerda que un especialista en sociedades secretas como lo fue Leon de Poncins (1) escribió en su libro “La Vérité Israélite” que “el espíritu de la masonería, es el espíritu del judaísmo”.
 
     En la misma línea de todo lo anterior se enmarcan las palabras del también (como Baruch Levi) rabino M.J. Merrit cuando afirmó, en el transcurso de una reunión o tenida masónica, que no había mejor lugar para realizarla que ése en el que se estaba llevando a cabo, que no era otro que una sinagoga, pues sostenía, textualmente, la convicción de que “la masonería había nacido en Israel”.
 
     A pesar de todo lo dicho hasta ahora y de todo lo, por pura lógica, deducible Evola no cierra las puertas a la posibilidad de que la similitud de objetivos perseguidos por la masonería especulativa y por cierto judaísmo no se deba tan solo a una acción planeada por un judaísmo que, en realidad, seguiría fiel a su tradición religiosa (como aquél que hemos visto que echaba mano del profeta Isaías), sino que también podría deberse a que si la masonería promueve el internacionalismo homogeneizador es normal que muchos judíos laicos se sientan identificados con este ideal que no entiende de patrias, de razas, de identidades o de pertenencias, pues al judío que se ha alejado de la ley mosaica no le queda ningún símbolo de identidad con el que se sienta atraído e identificaddo: pues su origen racial es variadísimo y desconocido para muchos judíos, sus referencias originales geográficas también y sus costumbres lo son otro tanto. Por esto, en un mundo sin referentes ni peculiaridades él se siente más a gusto.
 
     Las concomitancias entre masonería y judaísmo afloran igualmente en su común anticatolicismo, que en el judaísmo religioso encuentra su explicación en esa visión hereje que del cristianismo tiene desde el mismo momento de su aparición, mientras que en el judaísmo laico se basa en esa especie de sentimiento de venganza
quasi atávico que contra las Iglesia Católica conserva debido a las persecuciones que por mor de ésta, y a manos de la misma, padeció el pueblo judío en diferentes épocas y lugares y, finalmente, en la masonería encuentra su razón de ser en el obstáculo que le supuso secularmente la Iglesia Católica de cara al proyecto y al anhelo masónicos de implantación de sus postulados librepensadores y relativistas. 
 
     Nuestro gran intérprete italiano de la Tradición concluye planteando la disyuntiva de que o bien luchando contra la masonería se lucha “simplemente” contra una organización que pugna por el triunfo del igualitarismo nivelador o, en cambio, lo que se puede conseguir si se sale victorioso en esta lid es eliminar uno de los resortes que utiliza el judaísmo para llevar a buen puerto sus deseos de hegemonía mundial.


El judío y los movimientos políticos, culturales y científicos de los siglos XIX y XX (**)
 
     Evola nos ofrece una extensa relación de destacados personajes de extracción judía cuyo papel acelerador de los procesos de disolución acaecidos en Occidente, a lo largo de las dos últimas centurias, ha resultado decisivo.
 
     Es así cómo nos recuerda que el mismo fundador del marxismo -Karl Marx- no era otro, en realidad, que el hebreo Mardochai. Nos dice, igualmente, que todos los cabecillas del bolchevismo que triunfó en la Revolución de Octubre de 1.717 en Rusia eran también, a excepción de Lenin, judíos; León Trotsky sería también un claro ejemplo de ello.
     En Alemania el mismo fundador del Partido Socialdemócrata fue el judío Lasalle (quien ya en su momento había trabajado, políticamente, con los redactores de “El Manifiesto Comunista” (1.848): Marx y Engels). La misma extracción compartía la líder del Partido Comunista Alemán: Rosa Luxemburg; máxima responsable de las revoluciones espartaquistas que sacudieron duramente la Alemania inmediatamente posterior al final de la Primera Guerra Mundial. Y lo mismo sucedía con todos los principales dirigentes de este partido: Liebneckt, Kautzky o Haase.
 
     En el campo de la filosofía no nos hemos de olvidar del
francés Henry Bergson. Filósofo que en su justa crítica al racionalismo y al intelectualismo no adopta la postura restauradora de superarlos por lo Alto sino que se aleja de ellos bajando un peldaño más de la escalera involutiva y clamando, así, por la religión de la vida y de lo irracional: la religión de los instintos más primarios y la del turbulento e incontrolado mundo del subconsciente.
 
     Haciendo malabares de un sincretismo contranatura, artificioso y de intencionalidad diáfanamente niveladora, igualitarizante y cosmopolita el judío Samenhof (o Zamenhof), nacido en territorio del Imperio Ruso (hoy perteneciente a Polonia), elabora, en el siglo XIX, un nuevo idioma (apelotonando elementos lingüísticos de lenguas diferentes) que pretende convertir en idioma universal: el esperanto.
 
     La música no se ve exenta de influencias deletéreas provenientes de compositores de origen hebreo, tal como sucede con lo que Evola define como
ironismo operístico (humorístico e irreverente) del decimonónico alemán Offenbach; que en sus obras intenta ridiculizar cuanto pudiera subsistir, en su época, de lo que, en su día, pudo considerarse acorde con la Tradición. O tal como ocurre con el alemán Schonberg y su música dodecafónica atonal que rompe con la escala musical tradicional de ocho notas (o, como se la suele denominar, de una octava). Escala de ocho notas utilizada durante siglos por todos los compositores, en Occidente, porque es el fruto de reconocer que la distancia y diferencia de sonido que, de este modo, existe entre una nota y otra es la que de manera más natural puede percibir el oído humano. Distancias de sonido que son conocidas como tonos; o como semitonos (entre la nota mi y la fa y entre la nota si y la do) en los casos de notas cuya diferencia de altura (más o menos agudas o graves) es menor que la habitual existente entre la mayoría de notas que se sitúan en la escala musical de manera correlativa. Pues bien, en esta línea, tan común entre muchos autores judíos, consistente en romper referencias y en desangelar cualquier atisbo de vida, de institución o de actividad ordenada Schonberg crea el dodecafonismo e introduce otro elemento de caos más en el seno de la cultura Occidental de su época. Elemento de caos, al decir de Evola, acorde con la misma naturaleza caótica del judío que le vendría dada por la amalgama racial tan dispar de la que procede (2). Schonberg verá cómo su dodecafonismo será abrazado por, entre otros, el también judío -en este caso ruso- Strawinsky, cuya música será definida por Evola como rítmico-orgiástica.
 
    A nuestro gran intérprete italiano de la Tradición no se le pasa por alto la enorme influencia (casi podríamos mejor afirmar: el tremendo monopolio) que los judíos ejercían ya en su época en el mundo del cine. Concretamente nos recuerda que es en manos de hebreos en quienes estaban compañías cinematográficas como la Paramount, la Metro Goldwin Mayer, la United Artists, la Universal Pictures o la Fox Film. De todos es sabido que dicha influencia ha ido in crescendo arroyadoramente hasta la situación en que se encuentra en la actualidad (especialmente en Hollywood) y por esta razón se haría interminable la lista no sólo de compañías sino también de productoras, de artistas,…
 
 
La teoría de la relatividad
 
     Antes de pasar a comentar las críticas que Evola realiza a esta teoría, nuestro autor nos recuerda las fuentes de las que bebe el judío Albert Einstein para formularla y el eco que ellas tuvieron inmediatamente en el mundo de la física moderna. Es así que Einstein se basa, para su elaboración, en la teoría del espacio creada por el judío Minkowsky
 y en reformas del cálculo infinitesimal como las llevada a cabo por el igualmente judío italiano Levi-Civita. El principal desarrollo que ha tenido esta teoría de la relatividad, con posterioridad a ser formulada por Einstein, ha venido de la mano del hebreo Weyll y entre los principales seguidores de la misma nos encontramos al judío italiano Enriques o al también judío (en este caso alemán) Born.
    
     La
teoría de la relatividad elaborada por Einstein supone, tal como nos expone Evola, un salto enorme en el abismo al que nos conducía la física moderna desde hacía ya unos cuantos siglos. La ruptura es total con respecto a la esencia de las ciencias sagradas Tradicionales. Unas ciencias sagradas que concebían los fenómenos naturales como la exteriorización del accionar de las fuerzas sutiles que componen el entramado suprafísico del cosmos y que explican la armonía consustancial de éste. Bajo este prisma las Ciencias Tradicionales entendían que lo que acontecía en el microcosmos era un reflejo de lo que sucedía a nivel macrocósmico. La modernidad, por el contrario, rompe sus vínculos con lo Alto y, por esto, las ciencias modernas se centran en los estudios, análisis, experimentación y formulación -exclusivamente- de lo fenoménico o superficial. Y siguiendo esta línea descendente la teoría de la relatividad se desvincula incluso de lo natural y de lo fenoménico y los sustituye por fórmulas matemáticas o los somete a ellas. Fórmulas matemáticas que son el producto de elucubraciones mentales que rozan el pensamiento abstracto más extremo y se alejan de cualquier tipo de realidad; inclusive de la material.
 
     Para la física elaborada por Einstein, de este modo, el ente tiempo y el del espacio son superados y no tienen validez como tales. El físico judío “crea” una nueva realidad (paradójicamente irreal): la de la noción espacio-temporal; una especie de todo continuo que no tiene otro sustento que el de las disquisiciones mentales de su autor. Si la física profana había reducido cualquier idea de realidad a la meramente material, la física de Einstein no tiene otro soporte que el mental: el de sus elucubraciones mentales.
     
     ¿Nos debe extrañar esta reducción de la física a fórmulas matemáticas de lo más abstracto? ¿Nos debe, en definitiva, sorprender esta matematización de la física? Pues la respuesta que nos da Evola es que no, pues nos recuerda que no sólo el judío sino que en general el alma semita (3) ha demostrado siempre tener una inclinación especial hacia el número y la matemática. El álgebra nos vino introducida a través de los árabes. La numerología actual tiene esta procedencia y por ello también las cuatro operaciones básicas; por contra, por ejemplo, en la Antigua Roma se empleaban otros sistemas diferentes para calcular. 
 
     La inclinación del judío, en particular, hacia la matemática y el número puede hallar su explicación en su percepción cuantitativa, igualitarista y masificadora de la realidad y de la existencia. Esta vocación hacia el número se encuentra en la base de su querencia hacia la cábala; que, por otro lado, nos dice Evola que es de lo mejor que ha cultivado el judaísmo. Una cábala desarrollada especialmente por unos judíos sefardíes (como sería el caso de un Maimónides) que al decir de Houston Stewart Chamberlain ha representado siempre lo mejor y más granado del pueblo hebreo (4).


 
La psicología criminalística judía
 
     En el Mundo de la Tradición la noción de orden que se tenía carecía de puntos en común con la idea de orden burgués tan en uso desde hace varias centurias. No se limitaba, pues, a aspectos sociales sin nexos con lo Superior, sino que, al contrario, hacía referencia al anhelo de reflejar aquí
abajo -en la forma del Regnum o, mejor, del Imperium– el ordo que regía, equilibrada y armónicamente, arriba.
     El Orden a establecer y por el que se luchaba debía sustentarse sobre una serie de pilares, uno de los cuales era el de la Justicia. El maestro romano nos señala cómo en esa línea de actuar y pensar tan cáustica y propia de cierto judaísmo la misma institución y el mismísimo concepto de la Justicia reciben fuertes impactos en su línea de flotación.
 
     Es por esto por lo que algunos literatos judíos llegan a hacer aseveraciones del tipo de que “todo el mundo es culpable excepto el criminal” (Aschaffenburg) o de que “el culpable no es el asesino sino el asesinado” (Werfel). En la misma línea el escritor judío
checo Franz Kafka nos relata en su obra “El Proceso” el cómo un acusado de un delito, que no es consciente de haber cometido, se enfrenta a un juicio en el que una Justicia deshumanizada, que no conoce ni de eximentes ni de atenuantes, le dicta sentencia condenatoria. El protagonista no es consciente de cuál será su destino dictado por esta sentencia hasta justo antes del momento en que ésta sea ejecutada (5).
 
     Los más destacados psicoanalistas y/o psicocriminalistas judíos reman en la misma dirección de debilitar los fundamentos y la institución de la Justicia. De este modo los adscritos al marxismo (de fines del s. XIX y principios del XX) siempre han defendido la idea de que el criminal no es más que una víctima del sistema opresivo capitalista y que, por ende, no merecería punición alguna.
     El judío
italiano César Lombroso (cuyas peregrinas ideas asociaban y relacionaban, intrínsecamente, genio, criminalidad y epilepsia…) se posicionaba en su certidumbre de que los impulsos criminales tenían un origen genético y que, por esta razón, el criminal no podía nada contra ellos, pues constituían una especie de fuerza superior a él. Por lo cual Lombroso, también, pensaba que el criminal no merecía recibir ningún castigo.
     Evola nos sigue recordando que en la misma línea de debilitar la potestad de la Justicia nos topamos con el judío
austríaco (de Viena) Alfred Adler (discípulo de Freud) que postulaba el que en el seno de la sociedad, por mera lógica estadística, existe un porcentaje de personas con tendencias criminales y que, por este motivo, al individuo que tenga la desdicha de formar parte de este desgraciado porcentaje no hay que condenarlo sino que hay que ponerlo en manos de un psicoanalista, ya que aquél no ha pedido formar parte de este desdichado segmento de la población…
     También nos hace saber Evola que Adler afirmaba que el criminal es un individuo que padece de complejo de inferioridad y que si se le castiga por sus actos delictivos se sentirá, a causa de sus complejos, humillado y su reacción será la de vengarse de dicha “humillación” volviendo a delinquir. Por lo tanto Adler aboga por que no se le castigue para evitar, así, su reincidencia delictiva.
     Igualmente nos hace saber el gran maestro italiano de la Tradición que Sigmund Freud defendía la idea de que el potencial delincuente es un ser que padece de un sentimiento de culpabilidad a causa de un complejo de Edipo no superado y que para intentar atenuar la culpa que siente buscará que se le castigue. ¿De qué manera?: delinquiendo. La “brillante” solución que aporta Freud es la de suprimir el castigo porque de esta manera el potencial delincuente no delinquirá al saber que si sí lo hiciera no le correspondería el ser castigado por la Justicia (que es lo que perseguía); una Justicia, por otro lado, que pierde, así, todo poder, toda respetabilidad y toda razón de ser.


 
Los libros sibilinos
 
     Hemos querido, de la mano de Evola, dejar al descubierto el papel deletéreo que cierto judaísmo ha protagonizado en el
seno de las sociedades del llamado Occidente a lo largo, especialmente, de las dos últimas centurias, pero igualmente de la mano del maestro italiano echaremos la vista mucho más atrás para comprobar cómo dicha acción disolvente no es ajena a épocas bastante lejanas en el tiempo. Es así, que ya en la antigua Roma se puede vislumbrar. Un buen ejemplo de ello sería el de los
Libros Sibilinos que, según cuenta la tradición, le fueron dados por una vieja señora al último rey etrusco que reinó en Roma (en su primera etapa histórica: la de la monarquía): a Tarquino el soberbio. Se trata de unos libros en los que, a través de la sibila, supuestamente el dios Apolo comunicaba las profecías que daban respuesta a una serie de cuestiones que, normalmente, las gentes le habían formulado a la divinidad. Sin duda, atendiendo al contenido de las “profecías” emitidas, no podía tratarse del Apolo Solar e hiperbóreo que tan fidedignamente encarnaba los principios inmutables de la Tradición. Se puede deducir que el nombre de Apolo fue utilizado para introducir en Roma toda una serie de cultos exóticos, orientales, antirromanos, antisolares y antiolímpicos e introducir, además, todo tipo de divinidades de carácter telúrico y directamente emparentadas, por tanto, con la percepción sensual y emotiva de la vida y con cosmovisiones de tipo matriarcal y lunar. Las profecías transmitidas por las sibilas exigían al pueblo fidelidad a este tipo de cultos -extraños a las más genuinas esencias de Roma- si se quería evitar el padecimiento de calamidades.
     Historiadores como Tito Livio ya advertían en su época de que muchas mujeres romanas hacían abandono de los tradicionales ritos romanos (oficiados por el
pater de familia) para acudir, en cambio, a escuchar a la sibila en plan meramente devocional y gregario.
     En el s. I d. C., por culpa de un incendio en el Capitolio, se quemaron y su posterior “reconstrucción” rezuma, como muy bien nos hace ver Evola, el sello del judaísmo, pues estos Libros Sibilinos “reconstruidos” destilan un odio hacia Roma cargado con ese cariz apocalíptico tan consustancial a la religiosidad hebrea. Visión apocalíptica que advierte de terribles calamidades para los opresores, en general, del pueblo judío (así, a las claras; sin disimulos) y, en particular, para contra Roma.
     Por estas y otras razones muchos son los que han venido a llamar a estos Libros Sibilinos “reconstruidos” como los
Libros Sibilinos Hebraicos. No es para menos, pues son continuas las referencias que en ellos se hacen al dios único (a buen entendedor léase Yahvé) como el que será venerado exclusivamente. Las evidencias de estos mensajes intentan, en ocasiones, ser disimuladas con referencias a un supuesto Apolo que en realidad tiene mucho de dionisíaco y antiviril y nada de apolíneo, mayestático y sereno. Sólo estas referencias a un supuesto Apolo podían evitar cualquier lógica reacción en contra de estos Libros por parte del segmento más genuino, sano, viril y uránico de la sociedad romana. 
     La mano del judaísmo se pone también al descubierto cuando los Libros hablan del pueblo que, según las profecías, orará en el templo (huelga decir que se trata del templo de Salomón y del pueblo judío) y que dominará al mundo con sus espadas. También cuando uno de los oráculos, en boca de la sibila, exigió la genuflexión de los que a su escucha habían acudido. Genuflexión inconcebible en los ritos Tradicionales romanos enraizados en un tipo de Espiritualidad Solar. Así escribíamos en cierta ocasión que “la c
onciencia que se tenía, en el Mundo de la Tradición, de la potencialidad divina existente en el interior del hombre hacía que éste orara y se dirigiera a sus divinidades casi de tú a tú, en pie, con dignidad y no, como se hacía y se hace en el marco de las religiones que surgieron en el seno del mundo semita, arrodillándose, humillado y con el pesado sentimiento de culpa que, por ejemplo y significativamente, desprende la idea del pecado original.”
      Fue enorme la influencia que los Libros Sibilinos Hebraicos ejerció, en Roma, entre los siglos I y III d. C. Como colofón a esta evidencia diremos que ellos fueron introduciendo en la cosmovisión de amplios sectores de la población romana una concepción lineal de la existencia (a través de la idea de un Apocalipsis que acababa con el Juicio Final) contrapuesta a la cosmovisión cíclica del tiempo propia de la Tradición (6).


    
Conclusión
 
     Tal como ya señalamos en el artículo que se ha de considerar como la primera parte de éste que estamos a punto de concluir es bien evidente que un buen número de judíos llevan protagonizando, en los últimos siglos, un papel de catalizador de los procesos destructivos a los que se ve abocado, principalmente, “nuestro” mundo occidental, pero también debe quedar claro que nadie obliga a nadie a transitar por estos nefastos derroteros. Ni al llamado Occidente, en general, ni a nadie en particular se le ha obligado a ello. No vamos a repetir las tesis de Evola al respecto pues, en caso de hacerlo, se trataría de reiterar algo que ya explicamos en la mencionada primera parte de este tema. Pero, en relación al principio de la libertad profunda del hombre para elegir entre el camino de la alienación total o el del autodominio interno, recordemos lo que en alguna ocasión habíamos escrito (7):
     “Nadie como el gran Tradicionalista romano defendió el principio de la Libertad del Hombre. El Hombre Reintegrado no es esclavo ante nada. No es esclavo de sí mismo: no es un títere manejado a antojo por sus pasiones, pulsiones, bajos instintos o por sus sentimientos engordados. No está sujeto irremediablemente a sus circunstancias. No se halla determinado ni por presuntas dinámicas históricas (el determinismo característico del historicismo, basado en el materialismo dialéctico, que postula que la historia se hace a sí misma: tesis+antítesis=tesis; o, lo que es lo mismo, igual a cambios históricos irremediables)
ni se encuentra mediatizado por condicionantes sociales ni por ningún tipo de dios omnipotente que haga y deshaga a antojo sin la posibilidad de que uno pueda trazar su propio rumbo y sin que el ser humano pueda llegar a ser tratado como algo más que una simple criaturilla que no pueda albergar en su seno la semilla de la eternidad sino que tenga que resignarse bovinamente a postrarse devocionalmente antes su “creador”. El Hombre Superior no se encuentra tampoco cercenado en sus potencialidades por ninguna especie de determinismo ambiental-educativo. Ni tampoco por otros de orden cósmico en la forma de un “Destino” cuya fatalidad lo tenga irremisiblemente programado de antemano.”
     En el mismo sentido también afirmábamos que:
     “Evola le dio una especial relevancia a la idea de que la involución –con respecto a lo espiritual e imperecedero- podía ser frenada e incluso eliminada antes del final de un ciclo cósmico, humanidad o
manvantara; esto es, antes del ocaso del kali-yuga. Y sostuvo firme y ocurrentemente esta idea porque creía en la libertad absoluta del Hombre. Porque creía que el Hombre, así en mayúscula, aparte de tener la clara potestad necesaria para conseguir su total transustanciación o metanoia también tenía en sus manos la posibilidad de devolver a sus escindidas y desacralizadas comunidades los atributos y la esencia que siempre fueron propios del Mundo Tradicional. Porque Evola creía, en definitiva, en el Hombre Superior o Absoluto, Señor de sí mismo.” (8)
     No hay, pues, que buscar chivos expiatorios a los que responsabilizar de estos procesos de caída, porque aunque hayan existido personajes nefastos pertenecientes a un determinado pueblo –el judío- también ha demostrado ser igual de nefasto aquél que se ha dejado “conducir” por los derroteros enajenantes que han trazado los primeros. Y esto lo comentamos sin olvidarnos del hecho incontestable de que fuera del ámbito del pueblo aludido podemos encontrar, desde mucho tiempo atrás, numerosos y significativos ejemplos de personajes que también han trazado senderos de aquéllos que acaban precipitando al abismo más degradante a quienes cometen la irresponsabilidad de recorrerlos.
 
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NOTAS:

(*) Las tesis de Evola sobre este asunto se pueden leer en su artículo “Acerca de las relaciones entre el judaísmo y la masonería”, que ha sido traducido al castellano, por un lado, por Ernesto Milà y, por otro, por Marcos Ghio; el cual, junto a otros artículos de nuestro autor por él mismo traducidos, ha sido publicado por Ediciones Heracles en un libro que lleva por título “Escritos sobre masonería” y que fue publicado en el año 2.001.
 
(**) Tanto el presente capítulo como todos los siguientes de este escrito y las reflexiones que nosotros hemos creído conveniente verter se basan en lo expuesto por Julius Evola en una serie de artículos que Marcos Ghio tradujo y publicó, en 2.002, bajo el sello de Ediciones Heracles -junto a otros escritos de nuestro autor- en un libro intitulado “Escritos sobre judaísmo”.
 
(1) Leon de Poncins redactó junto a Emmanuel Malinsky otra imprescindible obra titulada “La guerra oculta”, que pone al descubierto lo que se esconde tras las bambalinas de los escenarios mundiales. Obra que fue traducida al italiano por Evola y que también tiene edición en castellano traducida por Marcos Ghio y editada por Ediciones Heracles.
 
(2) Esta tesis planteada por Evola ya fue explicada en la que se puede considerar como la primera parte que precede al presente artículo y que ya hemos comentado, en las primeras líneas, que llevaba por título el mismo que el de nuestro actual escrito.
 
(3) Evola, hablando de pueblos semitas, nos hace una pequeña acotación para comentarnos cómo ciencias Tradicionales como la astrología en civilizaciones como la asiria, la babilonia o la caldea (de extracción semita) se basaban en la observación de la luna y de los planetas -tal como corresponde a un tipo de “espiritualidad” lunar- y no en el estudio del Sol y las estrellas como, en cambio, sucedía en otras civilizaciones caracterizadas por una espiritualidad de índole solar.
     Tengamos presente que la “espiritualidad” lunar no concibe la posibilidad del Despertar a la Realidad Suprasensible ni al Principio Supremo que se halla en el origen del Cosmos. No admite, pues, la posibilidad de que determinados Hombres puedan llegar a Ver la Luz (a la Gnosis de lo Absoluto; además de a la Identificación Ontológica del Hombre con Ello); una luz propia de la que carecen la luna y los planetas y que sí poseen el Sol y las estrellas objeto de la observación y del estudio de la Espiritualidad de tipo Solar. La de naturaleza lunar se ha, pues, de contentar con la mera fe y devoción hacia lo Alto.
 
(4) Seguramente la mayoría de judíos sefarditas son de origen hispanorromano. Se trataría de hispanorromanos que en los primeros siglos del cristianismo se convirtieron al judaísmo, bien abandonando sus debilitadas creencias politeístas o bien renunciando a un cristianismo recién abrazado. No ha de extrañar este segundo caso debido a las semejanzas existentes entre el judaísmo y un cristianismo de los orígenes de corte humanitarista, igualitarista y muy dado a la pusilanimidad.

     Es lógico pensar que estas conversiones al judaísmo existieron y no, precisamente, en pequeña escala puesto que sabemos que el número de personas de religión judía existente en la España de los Reyes Católicos (concretamente a fines del s. XV) era elevado, pues con motivo del Decreto de Expulsión de 1.492 tuvieron que abandonar el Reino un mínimo de 200.000 personas (algunas cifras barajadas llegan incluso hasta hablar de 400.000) a las que hay que añadir un nada desdeñable número correspondiente a los supuestamente conversos al cristianismo que pudieron continuar viviendo en España.

     Esta elevada población no podía ser, de ninguna manera, el resultante de la Diáspora que se originó en Palestina, a partir del año 70 d. C., tras las destrucciones del templo y de la ciudad de Jerusalén por orden del general romano Tito, ya que la población total existente por aquel entonces en la semidesértica Palestina era poco numerosa y, además, por lógica de distancia, no sería a la provincia más alejada del Imperio Romano, en relación a Palestina, a la que llegaría, precisamente, el mayor contingente de exiliados. A estos razonamientos hay que añadir el hecho de que no todos los judíos tuvieron que abandonar Palestina tras el citado año 70 d. C., como lo demuestra el hecho de que en el s. II d. C. se tienen noticias fehacientes de revueltas judías contra el poder y la autoridad de Roma, como es el caso de la encabezada por Bar Kohba y cuyo episodio final tuvo lugar en la fortaleza de Massada o Masadá.

 

(5) Resulta contrastante esta defensa de los atenuantes y eximentes por parte de ciertos personajes judíos si echamos la vista atrás y recordamos el tipo de justicia que regía en el seno del judaísmo fiel a la ley de Moisés: la Ley del Talión; el ojo por ojo y diente por diente
 
(6) Para un mejor desarrollo de estas cosmovisiones del tiempo tan dispares remitimos al lector a nuestro escrito “Cosmovisiones cíclicas y cosmovisiones lineales”:
http://www.geocities.com/Athens/Troy/1856/Cosmovisiones.htm
 
(7) Extractado de nuestro documento titulado “Los ciclos heroicos” y subtitulado “La Doctrina de las Cuatro Edades y de la Regresión de las Castas y la concepción de la Libertad en Evola”. Se puede leer en su totalidad en
https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/los-ciclos-heroicos/ o bien en http://juliusevola.blogia.com/2009/020605-los-ciclos-heroicos-las-doctrinas-de-las-4-edades-y-de-la-regresion-de-las-casta.php o en http://www.geocities.com/Athens/Troy/1856/Ciclosheroicos.htm
 
(8) Ibíd.



Julius Evola, un hombre de accion
julio 28, 2009, 9:04 pm
Filed under: Eduard Alcántara, Julius Evola

No hace demasiado tiempo hubo quien tuvo la ocurrencia de realizar una comparativa entre un conocido político –fallecido hace ya unos cuantos años- y Julius Evola. Se defendía la postura de la superioridad de éste como hombre de pensamiento y, por el contrario, la superioridad del personaje político como hombre de acción. Para nosotros este tipo de comparaciones nos parecía que carecían de cualquier sentido; que se hallaban fuera de lugar. Y nos lo parecía debido a que los planos en los que esencialmente cada uno desarrolló la mayor parte de sus actividades –al menos las que más renombre y/o notoriedad les han dado- eran planos diferentes que no admitían parangón alguno. De todos modos, aún en el caso de que hubieran ejercido quehaceres más parecidos, las comparaciones siempre han adolecido de una fuerte carga de subjetividad, puesto que los criterios que pueda alguien utilizar para realizarlas pueden ser totalmente disímiles a los que pueda usar otro. Y todavía podríamos añadir aquel conocido dicho de que “las comparaciones resultan odiosas”.

Nosotros nos proponemos no entrar en este tipo de debates y es por ello por lo que no vamos a hablar del personaje político al que se ha hecho alusión. Nos vamos, por el contrario, a centrar en la figura de Evola y lo vamos a hacer no para hablar de su faceta como hombre de pensamiento o –tal como él prefería que le definieran- ´intérprete de la Tradición´, sino para centrarnos en su faceta de hombre de acción. Así lo haremos puesto que es bien conocida su alta competencia en el ámbito cultural pero no así tanto su otra vertiente que le sitúa fuera de las bibliotecas, de los estudios y de los escritorios; vertiente ignota para muchos y vertiente digna de ser tenida en muy alta consideración.

No tenemos otra mejor manera de hablar de esta su otra faceta que narrando episodios de su vida que resultan altamente significativos a tal respecto. Episodios que confirman la vocación que (en su autobiografía “El camino de cinabrio”) afirmó tener desde muy temprana edad y que consistía en un impulso hacia la acción que le hizo adherirse rápidamente al ideal del guerrero o (recurriendo a la tradición del hinduismo) shatriya. ´Acción´ que hemos de entender no sólo desde el punto de vista externo sino también interno, pues es un intenso, prolongado y metódico accionar en el interior del ser humano el que le puede llevar por el sendero del descondicionamiento (con respecto a todo aquello que encadena, perturba y ciega a su conciencia) hacia su Despertar a la Realidad de lo Incondicionado, Eterno e Inmutable que se halla en el origen de todo el mundo manifestado. Pero no es de esta acción interior (1) de la que vamos a tratar en el presente escrito sino de la otra: la exterior; haciéndolo, como señalábamos arriba, con la exposición de episodios acontecidos en la vida de nuestro autor.

Así, podríamos empezar recordando su alistamiento en el ejército italiano a la temprana edad de 16 años. Al año siguiente de su alistamiento (1.915) Italia entró en una Primera Guerra Mundial que había empezado el año anterior. Evola fue en ella oficial del arma de artillería. Su participación en acciones bélicas fue muy escasa. Prácticamente no tuvo opción para ello, lo cual sin duda tampoco provocaría gran desagrado en él, puesto que, a pesar de su vocación hacia la ´vía del guerrero´, él hubiera preferido que su país se hubiese alineado con los llamados Imperios Centrales en lugar de hacerlo –como lo hizo- con las plutocracias demoliberales. Cierto es que antes de la conflagración bélica Italia formaba parte de la Triple Alianza, junto a Alemania y al Imperio austro-húngaro, y que si, sobre todo, a esto le unimos la convicción que tenía nuestro autor (junto a sus entonces compañeros de viaje dadaístas y junto a los también vanguardistas futuristas de Marinetti) de que la participación de Italia en la guerra (con los traumas, sacudidas y remociones de conciencias que la guerra conlleva) ayudaría a romper esquemas, valores y anquilosamientos burgueses enquistados en la sociedad trasalpina de la época, obtendremos con claridad las razones que impulsaron, primeramente, -entre otros- al joven Evola a promover la entrada de Italia en la guerra y que le hicieron, finalmente, participar en ella.

A este ´Evola hombre de acción´ lo podemos ver, desde una sección de la revista La Torre que él fundara y dirigiera en 1.930, denunciando sin cortapisas cualquier atisbo de decadencia y corrupción observado en el seno de la dirigencia política de la Italia del ventenio fascista. No hubo el menor refreno a la hora de airear los modos aburguesados y las prácticas contrarias a la buena ética que se observaban, por ejemplo, en la vida social de esta alta clase dirigente política. Por ello, no es de extrañar, que, finalmente, estos sectores denunciados empezaran a presionar para que fuera clausurada la revista (hecho que aconteció a los pocos meses de su fundación) y tampoco es de extrañar que uno de los directamente aludidos en estas implacables críticas –Mario Carli- acudiera en busca del protagonista del presente escrito con ánimos de agredirle físicamente; aconteciendo, en cambio, que el que salió malparado fue el Sr. Carli, el cual recibió con su propio garrote, arrebatado por Evola, un serio correctivo en el rostro y hasta la rotura de sus anteojos…

Nuestro hombre de acción se convierte en un alpinista de élite. Así lo podemos ver en agosto de 1.934 en la cima del Monte Rossa, a 4.200 metros de altura, acompañado de un guía -Eugenio David- que 40 años más tarde –también en agosto- volverá, ya a una muy avanzada edad, a culminar dicha cima para depositar las cenizas del difunto Julius Evola.

A lo largo de la década de los ´30 y durante los primeros ´40 nuestro hombre de acción recorre un buen número de países de Europa tras un objetivo preferente, que no es otro que el de crear una red secreta en la que se implicarían las más aptas personas defensoras y/o difusoras de la cosmovisión propia del Mundo de la Tradición; algunas de ellas muy enfrascadas en las vicisitudes políticas del momento. Este propósito de Evola obedecía a su intención de que aquel saber ancestral, sacro y eterno que él afanaba por transmitir no quedase en papel mojado y tuviera quien lo conservase con ánimo, ¡por qué no!, de poder transplantarlo algún día al plano de las efectivas realizaciones políticas de una futura Europa; de poder plasmar la Tradición en el ideal del Imperium (2). Esta aludida red secreta obedecía a la idea de la constitución de una Orden que sería la garante de ese legado sapiencial y sagrado y la rectora de ese anhelado Imperium.

A pesar de los trágicos avatares acontecidos con motivo de la Segunda Guerra Mundial Evola nunca cedió en este empeño de constitución de una Orden. Es por ello que, transcurrido mucho tiempo, bien avanzados los años ´60, incluso tenía ya elegida la que según su criterio podría ser una persona muy apta (por su acendrado sentido del honor y de la fidelidad y por su talante aristocrático) para convertirse en la figura rectora de esta Orden. Era en el príncipe Valerio Borghese en quien pensó para dirigir la que Evola denominaba Corona Férrea; esto es, la Orden. Desgraciadamente, el fallido golpe de Estado dirigido por Borghese en 1.970 frustó este recurrente proyecto de Evola.

Nuestro hombre de acción vivió como gran protagonista buena parte de la convulsión política que se desata en Italia como consecuencia de la reunión del Gran Consejo Fascista del 25 de julio de 1.943 en la que se depone de sus cargos y, posteriormente, se arresta a Benito Mussolini. Evola se convierte, tras ello, en uno de los principales personajes encargados, en Roma, de intentar hacer volver a Italia a la situación política anterior al 25 de julio. Pero Evola, no sin atravesar peligros, deberá abandonar el país para, tras varias escalas, arribar a Rastenburg, en los límites de la Prusia Oriental, donde se hallaba el cuartel general de Hitler –la conocida como “guarida del lobo”-, donde, junto a algunos de los más fieles e irreductibles representantes del ilegalizado Partido Nacional Fascista (Preziosi, Pavolini, Farinacci,…), empieza a organizar una especie de gobierno en el exilio y a proclamarlo en Italia a través de la radio. Es en este lugar donde todos aquellos recibirán (junto a Vittorio Mussolini –hijo del Duce-) al Benito Mussolini que acababa de ser liberado de su prisión en Los Abruzzos por el intrépido SS Otto Skorzeny. Evola y aquellos irreductibles son los que, en Rastenburg, se reunirán con el recién liberado para preparar la instauración de la República Social Italiana –conocida también como República de Saló- en el Norte de Italia y para actuar de forma clandestina en el resto de la Península con objeto de reorganizar el defenestrado fascio. A Evola se le encomiendan decisivas funciones en una Roma que volverá a tener que abandonar en el momento de su ocupación por las fuerzas armadas aliadas, en una huida en las que las peripecias empiezan en su mismo domicilio familiar en el momento en que agentes secretos británicos acuden al mismo para arrestarlo y él consigue escapar (gracias a las maniobras de distracción protagonizadas por su anciana madre) por la misma puerta por la que aquellos habían entrado y cuyas peripecias continúan al atravesar, primero, las líneas del ejército estadounidense y, después, las del francés hasta unirse a columnas del ejército alemán en retirada hacia el norte del país.

Los últimos días de la IIGM en suelo europeo hallamos a nuestro autor en Viena. En colaboración con la Anhenerbe (departamento dependiente de las SS) está estudiando archivos de sociedades secretas subversivas. En una especie de reto al Destino propio de un shatriya Evola nunca acudía a los refugios antiaéreos en momentos de bombardeos aéreos enemigos. En uno de éstos las heridas que recibe le dejan paralítico de por vida de cintura para abajo. Pero este fuerte contratiempo no significará para Evola renunciar a su condición de ´hombre de acción´, puesto que tras 3 años de convalecencia en hospitales suizos vuelve a Italia dispuesto a unirse “al resto del ejército” (3). Y son sus actividades con el “resto del ejército” (en el que encontramos a gente como Giorgio Amirante o al General Graziani) las que le llevarán, en 1950, medio año a la cárcel y las que provocarán su enjuiciamiento bajo la acusación de “intento de reconstrucción del Partido Fascista”; juicio del que saldrá absuelto.

Evola, desde entonces hasta el fin de su existencia terrena, nunca dejará de ser guía político y hasta espiritual para destacados militantes del conocido como neo-fascismo italiano que acudían a su residencia en Roma (sita en el Corso Vittorio Emmanuele) para recibir su saber y sus consejos. Y no tan sólo personas sino que también importantes sectores de diversos grupos y/o partidos de esta área política hicieron de algunos de sus escritos su principal fuente de inspiración ideológica. Evola nunca renunció a este tipo de influjos porque como hombre de acción que era siempre se resistió a que no se pudieran aplicar en la praxis política todos aquellos valores, ideas y posiciones propios a la Tradición.

No está de más aclarar que, pese a todos los avatares narrados que le relacionan con la política, Evola, obviamente, nunca fue fascista (de hecho nunca estuvo afiliado al Partido Nacional Fascista de Mussolini) ya que su adhesión estaba para con el Mundo de la Tradición y desde el punto de vista marcado por los parámetros que informan el Mundo Tradicional el fascismo siempre adoleció (al igual que le sucedió al nacionalsocialismo) de influencias de la deletérea modernidad. La colaboración de nuestro autor con el fascismo se entiende porque, por otro lado, esta corriente política también mostró posicionamientos de claro distanciamiento con respecto a las taras propias del mundo moderno (4).

Al decir de diversos escritores (no todos ellos narran el mismo final) nuestro hombre de acción quiso morir de pie (5), firme como un shatriya, y mirando de frente al sol que entraba por la ventana de su habitación.

 ¿Habrá todavía, después de todo lo que hemos narrado, quien ningunee la faceta de Evola como hombre de acción?

—————————————

 

  1. De los más que presuntos logros de la acción interior llevada a cabo por nuestro protagonista se habló de forma directa en nuestro artículo “¡Que nos disculpe Evola!”.

  2. Al respecto ya desarrollamos este tema en nuestro artículo “El Imperium a la luz de la Tradición”.

  3. Esta expresión la utilizó Evola en el transcurso de una conversación que, tras su regreso de Suiza, mantuvo en Bologna (antes de su llegada a Roma) con su amigo Clemente Rebora; un poeta que se convirtió al catolicismo y se integró en la orden de los padres rosminianos.

  4. Como no es de doctrina de lo que se debía de tratar en el presente escrito no hemos querido concretar ninguno de los aspectos que acercaban al fascismo al mundo moderno ni ninguno de los que, en cambio, lo aproximaban al Mundo Tradicional. Lo que sí podemos hacer es emplazar al lector que tenga interés en ello a que le dedique una lectura a nuestro artículo “Los fascismos y la Tradición Primordial”. O, si prefiere ir directamente a la fuente, el emplazamiento sería a la lectura del libro de Evola intitulado “Il fascismo visto dalla destra” e incluso a su apéndice “Note sul Terzo Reich”. Existe traducción de ambos al castellano realizada por Ediciones Heracles bajo el título de “Más allá del fascismo”.

  5. Esta actitud, por otro lado, no debería resultar extraña a Evola puesto que ya en el verano de 1.952 había recibido en su casa de pie –con ayuda de su padre y de una enfermera- a Mircea Eliade; tal como éste explica en sus “Memorias”.



Cabalgar el tigre
julio 28, 2009, 8:53 pm
Filed under: Eduard Alcántara, Julius Evola

No hace demasiado tiempo alguien, tras haberse leído el imprescindible libro de Julius Evola, “Cabalgar el tigre” (1), nos expuso una serie de reflexiones y comentarios sobre su particulares posturas ante las tácticas, las tesis y las doctrinas sapienciales en él expuestas. Algunos de estos comentarios estaban salpicados de ciertas dudas sobre el fondo del que emanan una serie de planteamientos expuestos por el autor italiano y se hallaban impregnados de una mesurada crítica -por otro lado constructiva- acerca de lo conveniente y/o de lo correcto de la adopción de determinadas posiciones presentadas en esta obra cimera, capital y de lectura imprescindible.

Ante ello nosotros (que hace ya años que nos leímos esta obra; pero de la que, a pesar de lo cual, se nos quedaron firmementemente arraigados su mensaje y su esencia), le escribimos a nuestro apreciado interlocutor los siguientes párrafos:

“Cabalgar el tigre ” es un libro que rompe con la moral propia de nuestras terminales sociedades (esa moral que ha venido en denominarse como de ´moral pequeño burguesa´) y rompe igualmente con las instituciones por ella impregnadas y lo hace de una manera radical y sin ningún tipo de miramientos ni de concesiones.

Se trata de planteamientos hechos pensando en un hombre, como el actual, que vive en plena Edad de Hierro; en pleno período de decadencia. Y ante lo imposible de darle un golpe de timón al actual devenir corrosivo de los tiempos, se nos dice en este libro que debemos de concienciarnos de que no nos queda más remedio que el de vivir inmersos en ellos (en estos tiempos), pero sin que nos arrastren por el camino de la disolución, por lo que hemos de intentar vivir en medio de las ruinas, pero permaneciendo en pie. No adoptando posturas evasionistas y/o nihilistas (2), sino intentando acelerar la descomposición de este deletéreo mundo moderno para así conseguir que su caída (si ahora se nos presenta como imposible) ocurra cuanto antes mejor y para que en esta lucha mantenida para acelerar dicha caída (3) se vaya forjando el hombre que se hallará preparado para tomar las riendas de la reconstrucción de un nuevo Orden; de una nueva Edad Áurea.

Acelerar la descomposición de los tiempos que acontecen es ´cabalgar el tigre´ para cansarlo cuanto antes y acabar derrotándolo. Pero al margen de estas connotaciones y aplicaciones de carácter más exterior (4) y político, ´cabalgar el tigre’ es también una fórmula reservada para un tipo de Hombre diferenciado (no para los que no somos más que ´el común de los mortales´) que transita por el arduo, disciplinado y metódico camino de la transmutación interior y que es capaz de utilizar ´el veneno y convertirlo en remedio´. Esto es, utilizar los ´venenos´ que emponzoñan y destruyen al hombre común y que de manera apabullante, exagerada y disolvente impregnan el mundo moderno (tales como, de forma más contundente, pueden serlo las drogas, el alcohol o el uso obsesivo y degradante del sexo (5)), utilizar, decíamos, estos ´venenos´ (6) para alterar su estado de conciencia ordinaria con el objeto de volverla más volátil y sutil y, en definitiva, más propicia a ser reconducida y elevada a otros estados de conciencia superiores que le pongan en el camino -siguiendo los rigurosos procesos de la Iniciación (7)- que lleva a la difícil meta de lo que el budismo llama el Despertar.

Esta vía iniciática se conoce en Oriente como la ´Vía de la Mano Izquierda´ y en la tradición hermético-alquímica occidental como la ´Vía Seca´.

Existe otro camino, otra vía reservada para un tipo de Hombre diferenciado de cualidades internas aun superiores a las ya muy de por sí elevadas que se presuponen inherentes al anterior tipo de Hombre del que acabamos de hablar. Este otro camino es el conocido en las escuelas sapienciales de Oriente como el de la ´Vía de la Mano Derecha´ y en la tradición alquímico-hermética de Occidente como el de la ´Vía Húmeda .

Se trata de una Vía que no necesita de la utilización ni de la ayuda de ninguno de los ´venenos´ de los que hemos hablado anteriormente para que el Iniciado se abstraiga interiormente de todo lo que inunda, distrae, liga y dispersa a la mente y que le supone obstáculos insalvables de cara a su búsqueda de estados superiores de conciencia que tiene por finalidad la Iluminación, a la par que la Gnosis o Conocimiento de la Realidad Metafísica que existe más allá y en el origen de todo el mundo manifestado, físico y, aun, sutil.

Este tipo superior de Hombre descondicionado también podría ser definido como de ´apolíneo´ (Vía Húmeda o de la Mano Derecha) frente al otro tipo de Hombre al que le cabe el apelativo de ´dionisíaco´ (Vía Seca o de la Mano Izquierda). Es este ´dionisíaco´ el que se servirá de las embriagueces, que podrá experimentar con facilidad en nuestro actual estado crepuscular del Kali-yuga, para emprender el camino de la búsqueda de la Iluminación. Es el que intentará ´convertir el veneno en remedio´ ´cabalgando el tigre´.

´Cabalgar el tigre´ también simboliza dominar, controlar y anular las pasiones, pulsiones, sentimientos y bajos instintos e impulsos que encadenan al hombre a lo bajo, a lo ínfero.

De este Hombre que es capaz de ´convertir el veneno en remedio´ también se pueden aplicar expresiones como aquella que afirma que ´la espada que le puede matar, también le puede salvar´ o la que asevera que ´el suelo que le puede hacer caer, también le puede servir para apoyarse y levantarse´.

Claro debe quedar que aquel que intente ´cabalgar el tigre´ sin estar innata e iniciáticamente validado y preparado para ello, será desgarrado, despedazado y devorado por él: por un alcohol o unas drogas que temerariamente quiso poner a su servicio o por unas prácticas sexuales respecto de las cuales acabará animalmente esclavizado y fatalmente obsesionado.

Quede bien al descubierto, pues, lo peligroso de la fórmula de ´cabalgar el tigre´. Únicamente una élite Superior desde el punto de vista de la cualificación y realización interiores podría (en caso de que aún existiera en nuestro decrépito Occidente) aventurarse por esta vertiginosa Vía de transformación interna. Y esto sólo después de haber consumado un metódico, exacto, riguroso, estricto, difícil, duro y arduo trabajo previo, enmarcado dentro de los diferentes estadios de lo que la Tradición conoce como la Iniciación.

………………………………….

En este insigne libro Evola nos transmite la evidencia de que en los presentes momentos sombríos y crepusculares por lo que atraviesa el mundo moderno no existe nada que merezca ser salvado; que deba ser conservado. No debemos, pues, mantener actitudes ´conservadoras´, sino que debemos, por el contrario, poner todos los medios a nuestro alcance, luchando, para que la desaparición de cualquier tipo de manifestación del mundo moderno acontezca lo antes posible. El objetivo de esta lucha es el de reinstaurar los valores y la cosmovisión propios del Mundo Tradicional. La meta es la de ´volver a la Tradición´. Por lo que de este ´re-volver´ se deriva el término ´revolución´. Se trata, pues, de adoptar una actitud ´revolucionaria´ y no, repetimos, ´conservadora´.

Décadas atrás, en la época de la Italia Fascista y de paralelos movimientos en otros países, Evola sí concebía que pudiera llegar a ser factible una reorientación general hacia valores, formas e instituciones de carácter Tradicional. La familia o el Estado en, por ejemplo, época mussoliniana todavía no habían degenerado en el remedo y la caricatura en que se han convertido hoy en día. Los intereses del alma o psique de entonces todavía podían entender de lo noble, de lo épico, del honor y de la fidelidad y aún no se habían anegado en el exclusivismo positivista, utilitarista, hedonista, mezquino, egoísta e individualista del que entienden hoy en día. Nuestro autor italiano pensaba, por entonces, que con un golpe de timón, más o menos pronunciado, se estaba a tiempo de reconducirlo todo hacia formas, instituciones y valores acordes con los de un Mundo de la Tradición que no es otro que aquél de la preeminencia de lo Sacro y Superior; en su auténtica configuración activa, Olímpica y Solar.

Por aquel entonces, pues, (hasta una vez acabada la II Guerra Mundial) Evola no apostaba por la táctica de acelerar el final; acelerar la caída. Casi todo lo existente era reorientable. Por el contrario, cuando escribía esta obra y, por descontado, en la actualidad todo se encuentra en avanzado estado de descomposición, de putrefacción, y es por ello por lo que no sobrevive nada que deba de ser salvado. Por esta razón (y sin referirnos al terreno de la realización personal interior sino al distinto ámbito de la acción política, exterior) hay que ´cabalgar el tigre´ hasta agotarlo, hasta que exhale su último aliento, su último suspiro, y no quede ni rastro de él, porque entonces sí habrá llegado la hora de construir un nuevo Orden sobre las cenizas de lo que quedó del mundo tras su agitado, atribulado, frenético, desorientado, catastrófico e infernal paso por la fase crepuscular de lo que las diferentes tradiciones definieron como el Kali-yuga o Edad Sombría, la Edad del Lobo o la Edad de Hierro.

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(1) Expresión extremo oriental.

(2) Pueden consultarse nuestros “Debates metafísicos (I): el nihilismo”.

(3) Se debe de tener bien presente la realidad de que la lucha contra este disoluto y alienante mundo moderno no puede revestir una naturaleza frontal, pues la actual fuerza y casi omnipotencia del Sistema que lo vertebra nos arrollaría como lo haría, si nos colocásemos ante ella, una imponente bola de nieve que en su vertiginosa caída por la ladera de la montaña cada vez se ha ido haciendo más grande. Sino que las tácticas, que, por el contrario, se deben asumir deben ser diferentes. Si no nos debemos de colocar delante del tigre si no queremos que éste acabe rápidamente con nosotros, debemos de cabalgarlo. Y cabalgarlo es adoptar tácticas como la de fomentar las contradicciones de nuestro degradante mundo y del ´Establishment´ que lo sustenta y que a la vez es su consecuencia. Fomentar sus contradicciones y ponerlas de manifiesto y en evidencia. El desarrollo de sus contradicciones debe de provocar tales tensiones, fricciones, desajustes y desequilibrios que acabe con el estallido de todo el entramado plutocrático materialista de este orbe globalizado que Evola definió como el de la hegemonía del ´Quinto Estado´.

(4) No obviemos que la forja del hombre en lid contra lo que suele denominarse como el Sistema también reviste una vertiente que afecta al carácter, a la voluntad, a la tenacidad, al valor, a la autodiscipina, al espíritu de sacrificio y, en definitiva, a toda una serie de cualidades de la psique, mente o alma que se ven, así, desarrolladas y reforzadas. Esto le configuraría otras connotaciones de carácter no exterior a la fórmula de ´cabalgar el tigre´ cuando ha sido aplicada al intento de acelerar el fin del mundo moderno.

(5) No son escasas las doctrinas sapienciales que han concebido o conciben el sexo como herramienta válida para adentrarse en el sendero que busca su culmen en la Gran Liberación o Despertar. Se puede ver esto, por ejemplo, en el dionisismo, en el taoísmo o en el tantrismo. Y es algo que no nos ha de extrañar si tenemos en cuenta que el sexo fue definido por alguien como ´la mayor fuerza mágica del Cosmos´. El Iniciado en estos ritos intentará prolongar al máximo el acto sexual con la finalidad de activar y/o desarrollar, en su fuero interno, toda una serie de energías y fuerzas que comparte con la totalidad del citado Cosmos y que, por empatía, le facilitarán su conocimiento y la identificación con el mismo; a la par que le ayudarán a ir desapegándose de todo aquello que lo liga y encadena hacia lo material y hacia lo irracional. Estos procesos le adentrarán en dimensiones más sutiles de la realidad y constituyen los pasos previos para aspirar a acceder a la Realidad Superior; aquella otra del total descondicionamiento propio del Principio Supremo (del No-Ser de determinada metafísica). No hay que obviar la importancia que, para el Iniciado, puede revestir el ´trauma´ o ´shock´ representado por el orgasmo a la hora de intentar abandonar el estado de conciencia ordinario y de aspirar a adentrarse en otros estados de conciencia superiores; a la vez que menos densos y condicionados.

(6) Las técnicas iniciáticas a las que hace alusión la fórmula de ´convertir el veneno en remedio´ cobran un especial sentido y una especial adecuación en estas fases terminales, y especialmente obscuras, del actual Kali-yuga en las que los ´venenos´, como el alcohol y todo otro tipo de drogas, se hacen omnipresentes y en las que lo sexual ha llegado a unos extremos de promiscuidad casi inimaginables no mucho tiempo atrás. Y ante este desolador panorama un tipo de Hombre diferenciado que -tal como se ha señalado en otros párrafos- no concibe posturas nihilistas, evasionistas o de fuga se encontrará continuamente ante estos ´venenos´ y podrá (si opta por esta ´Vía de la Mano Izquierda´) acceder a ellos con bastante facilidad. Más sentido cobra aun la Vía Seca si tenemos en cuenta que si ya resulta harto improbable hallar, en los tiempos que corren, este tipo superior de Hombre adjetivado como de ´dionisíaco´, ¿cuánto más difícil no será encontrar el otro tipo de Hombre denominado como de ´apolíneo´, de cualificación interna todavía más elevada que el anterior y que puede emprender la difícil tarea de su transformación interior sin servirse de ningún tipo de ayuda como la que pueden representar dichos ´venenos´?

(7) Al respecto pueden consultarse nuestros “Debates metafísicos (II): la Iniciación”.

NOTA – No querríamos concluir este escrito sin volver a hacer hincapié en la inviabilidad y peligrosidad que representa la opción de ´cabalgar el tigre´ desde el punto de vista de cualquier pretensión iniciática; que, por otro lado, tan remota se muestra en nuestros terminales tiempos. Por ello, nos reiteramos en defender esta fórmula en su planos más ´externos´: como estrategia de lucha no frontal contra el mundo moderno y como medio para robustecerse anímica o mentalmente a lo largo del devenir de este tipo de lucha.



Jose antonio y Evola
julio 27, 2009, 10:32 am
Filed under: Eduard Alcántara, Julius Evola

Los innumerables trabajos que, a lo largo de tantas décadas, se han realizado alrededor del pensamiento de José Antonio Primo de Rivera, primer Jefe Nacional de la F.E. de las J.O.N.S., han solido analizar los planteamientos que, el que fuera uno de los fundadores de Falange Española, defendía a propósito de cuestiones relacionadas con las esferas de lo político (así, en minúsculas), de lo social y de lo económico. No han faltado tampoco ensayos –eso sí, en menor número- sobre sus posicionamientos en materias cuyo abanico podría oscilar entre lo, digámoslo así, filosóficocultural y lo religioso.

A nuestro entender prácticamente todos estos trabajos adolecen de algo esencial, pues no han sabido, o no han podido, atisbar que todo el pensamiento de José Antonio tiene como base unos fundamentos y unas raíces que van mucho más allá del momento histórico y político en el que fue formulado e incluso mucho más allá de las etapas históricas en las que empiezan a aparecer los primeros conatos serios de lo que acabarían siendo los pilares de nuestro actual mundo moderno; pilares en forma de contravalores y de instituciones y corrientes ideológicoculturales antitradicionales. Sí, contrarios a la Tradición, así, con mayúsculas. Esto es, contrarios a una manera de vivir y percibir el mundo y la existencia que entiende de Realidades que superan el plano meramente material (1).

No sólo constatamos el hecho de que “el pensamiento de José Antonio tiene como base unos fundamentos y unas raíces que van mucho más allá del momento histórico y político en el que fue formulado…” sino que incluso afirmamos que no tan sólo “van mucho más allá” retrocediendo en el tiempo, sino que se encuentran por encima del tiempo, por encima del devenir, por encima del fluir continuo de lo perecedero, del mundo manifestado y condicionado, por encima –según el decir de los textos sagrados del hinduismo- del samsara. Y esto ocurre porque al estar en sintonía con la esencia de la Tradición atesoran una naturaleza intemporal, eterna e imperecedera.

Como hemos encontrado una ingente y, quizás para algunos, sorprendente similitud entre el pensamiento de José Antonio y la manera en que el italiano Julius Evola entiende y nos transmite cuál es el núcleo y cuáles son los entresijos de la Tradición, no estará de más que sea el propio autor transalpino el que nos aclare qué es lo que debemos de entender por Tradición. Así en “Los hombres y las ruinas” -1.954- (2) escribe que:

“En su significado verdadero y vivo, tradición no es un supino conformismo a todo lo que ha sido, o una inerte persistencia del pasado en el presente. La Tradición es, en su esencia, algo metahistórico y, al mismo tiempo, dinámico: es una fuerza general ordenadora en función de principios poseedores del carisma de una legitimidad superior -si se quiere, puede decirse también: de principios de lo alto- fuerza que actúa a lo largo de generaciones, en continuidad de espíritu y de inspiración, a través de instituciones, leyes, ordenamientos que pueden también presentar una notable variedad y diversidad”.

La adhesión de Evola a la cosmovisión inherente a la Tradición responde a un impulso hacia lo Trascendente que ya desde temprana edad sintió en su interior. Este impulso le corrió paralelo a otro que le adhería a una manera activa de entender la existencia. Él habla en “El camino del cinabrio” -1.974- (3) de esta doble ecuación personal que desde buen principio le marcó las pautas de lo que acabaría siendo su manera de percibir y de vivir el mundo. Ecuación personal que le haría defender ´la vía de la acción´ como el más óptimo camino a elegir para transitar por el sendero del descondicionamiento y del desapego del yo previo para aspirar a su transfiguración o palingénesis interior y a su identificación con el Principio Supremo, con lo Absoluto incondicionado.

´Vía de la acción´, ´vía del guerrero´ o (volviendo a echar mano de la terminología del hinduismo) ´vía del shatriya´ que más que entenderla desde la óptica de la acción exterior hay que entenderla bajo el prisma de la acción interior. Hay que entenderla como ascesis, como trabajo interno metódico, riguroso, como ejercicios constantes tendentes a conseguir la autarquía del practicante con respecto al mundo de las pasiones, de las aprensiones, de los sentimientos, de los impulsos, de los instintos y de los sentidos. Trabajo interno que, tras este disciplinado proceso de –permítasenos la expresión- profilaxis del alma y, por tanto, de autodominio y autocontrol tendrá como siguiente objetivo el conocimiento de realidades cada vez más sutiles y alejadas de la realidad física que perciben nuestros sentidos y como fin último la Gnosis de la Realidad Suprema, incondicionada y eterna que se halla en el origen de todo el mundo manifestado, a la par que también tendrá como fin último la identificación total de la Persona con dicha Realidad Suprema; esto es, la Iluminación o Despertar de la que nos habla el budismo.

Todos los valores y atributos consustanciales al tipo humano del guerrero lo hace más propicio que cualquier otro para transitar por este arduo camino, por el cual pocos pasos (o ninguno) se podrán dar sin esas buenas dosis (tan indisociables al shatriya) de espíritu de sacrificio, de voluntad, de marginación del yo en aras de la consecución de un objetivo no particular, de heroísmo y de una valentía que comporta la superación de miedos, pavores y complejos; miedos que irán apareciendo en algunos estadios de este proceso iniciático de descondicionamiento y desapego por cuanto dicho proceso implica el ir desligándose de los soportes existenciales en los que el hombre vulgar suele apoyar su condicionado discurrir por la vida.

Es por todo esto por lo que la ´vía de la acción´ ha sido asociada al arquetipo del guerrero y por todo esto por lo que la consideramos como la única viable para emprender la empresa consistente en lograr la autonomía del alma -o mente- con respecto a todo lo que la puede mediatizar; autonomía que convertirá al iniciado en estas lides en Autarca o Señor de sí mismo.

El camino opuesto a éste no puede, por oposición, ser otro que el de la ´vía pasiva´ (quizás confusamente muchos han llamado a este camino opuesto como ´vía contemplativa´) y que no puede nunca aspirar a nada más que no sea la simple fe, creencia o devoción en la divinidad o, a lo sumo, a estados de arrebato y arrobamiento extático-místico en los que el alma, lejos de ser Señora de sí misma, es objeto de perturbador enceguecimiento.

La preeminencia de la dimensión interior de la ´vía del guerrero´ comentada algunos párrafos más arriba no nos debe hacer ignorar su dimensión exterior y no nos debe, por tanto, hacer olvidar aquellas sagas en las que el guerrero y/o el caballero iban pasando por todo tipo de aventuras y superando una serie de pruebas que no eran ni más ni menos que el reflejo externo de aquellos cambios descondicionadores y transmutadotes que en su interior iba experimentando; a la vez que estas pruebas externas le servían de apoyo para facilitarle dichos cambios internos. No podemos, en consecuencia, olvidarnos, por ejemplo, del ciclo artúrico y del Grial y no podemos, tampoco, olvidarnos de aquellos caballeros monjes que en órdenes religiosomilitares del Medievo, como lo fueron la del Temple, optaron por la ´vía de la acción´ como camino a seguir en aras a la consecución de la transustanciación del yo condicionado en Ser descondicionado.

Y en consonancia con este modelo humano del caballero a la búsqueda del Espíritu que podemos ver profundamente tratado por Evola en su obra “La leyenda del Grial y la tradición gibelina del Imperio” -1.937- (4) podemos tener bien presente aquella definición hecha por José Antonio a propósito del hombre nuevo que se pretendía forjar como “mitad monje, mitad soldado” o reproducir otras sentencias suyas como la efectuada el 6 de noviembre en el Parlamento español en la que afirmaba que “Es cierto; no hay más que dos maneras serias de vivir: la manera religiosa y la manera militar –o, si queréis, una sola, porque no hay religión que no sea una milicia ni milicia que no esté caldeada por un sentimiento religioso-“ (5).

José Antonio, al igual que Evola, pareció haber sentido en su interior la misma doble fuerza formativa: la de la acción y la de la espiritualidad. Así, por lo que respecta a la acción y en relación directa con el arquetipo del guerrero, reza el punto 26 de la Norma Programática de la Falange que “Su estilo (el de la Falange) preferirá lo directo, ardiente y combativo. La vida es milicia y ha de vivirse con espíritu acendrado de servicio y sacrificio.” (Norma programática firmada por José Antonio y que transpira su personal estilo.) Y por lo que hace referencia a la espiritualidad ya en el discurso de fundación (29 de octubre de 1.933) del movimiento político que acabaría liderando decía que “…sólo se respeta la libertad del hombre cuando se le estima, como nosotros les estimamos, portador de valores eternos; cuando se le estima envoltura corporal de un alma que es capaz de condenarse y de salvarse” (6). Y, en la misma tónica, se puede leer en los llamados “Puntos Iniciales” de la Falange, publicados el 7 de diciembre de 1.933 y que también rezuman del estilo y del pensamiento de José Antonio, se puede leer, decíamos, que “Falange Española considera al hombre como conjunto de un cuerpo y un alma; es decir, como capaz de un destino eterno, como portador de valores eternos.”

Bien es sabido que el tipo de espiritualidad que reivindica Julius Evola se halla reñido con aquél que comportó el cristianismo de los orígenes y, en buena medida, con el que esta religión ha defendido en las últimas centurias. Al cristianismo primigenio lo llegó a definir como “anarquismo de los orígenes” y denostó sin paliativos su carácter de pacifismo pusilánime, de igualitarismo antijerárquico y su moral de esclavos. No obstante lo cual Evola pudo ver en el catolicismo de la Edad Media apuntes de compenetración con la esencia y con los valores de la Tradición: con la idea de jerarquía, con la ética caballeresca y con el elemento esotérico; si bien, sobre todo este último asunto, al margen y a pesar de la Iglesia oficial. La actitud no cerril de nuestro autor italiano hacia el cristianismo se puede cotejar en reflexiones suyas como las efectuadas durante su estancia en la cartuja de Hain (Alemania, febrero de 1.943), donde escribía que “…no buscando compromisos con el pensamiento ´moderno´ e incluso con las ciencias profanas de hoy en día, sino desapegándose decididamente, insistiendo tan sólo en el punto de vista de la ascesis, de la pura contemplación y de la trascendencia, que la Iglesia podría quizás, dentro de determinados límites, volver a convertirse verdaderamente en una fuerza y asegurarse así una inviolable autoridad.” (7)

Posiciones semejantes se pueden observar también en José Antonio cuando, por un lado, se puede leer en el punto 25 de la ya aludida Norma Programática que “Nuestro movimiento incorpora el sentido católico –de gloriosa tradición y predominante en España- a la reconstrucción nacional”, pero por otro lado afirmaba, en el curso de una conferencia pronunciada el 3 de marzo de 1.935 en Valladolid, que “…el cristianismo era la negación de los principios romanos; la religión de los humildes y de los perseguidos, capaz de negar al César su divinidad y aun su dignidad sacerdotal. El cristianismo minó los cimientos de la Roma agitada…”.

Coinciden igualmente Evola y José Antonio en su admiración por la Roma antigua. Para el primero en su fundación y en buena parte de su discurrir histórico concurren la fuerza y los valores formativos de la Tradición e instituciones adaptadas a esta última y servidoras de la misma. Mientras que para el segundo Roma representa medida y geometría. José Antonio es un clasicista y Roma es la encarnación de ese clasicismo en oposición a un romanticismo con respecto al cual su talante personal se encuentra en las antípodas.

Como detalle ilustrativo de esta adhesión a la romanidad, en el seno de la Falange a éste su primer Jefe Nacional se le refiere siempre con su nombre de pila, no con su apellido. Se hace así tal cual se hacía con los césares de Roma: con Julio César, con Octavio,…

Acabamos de hacer alusión al distanciamiento de José Antonio con respecto al romanticismo y aquí estriban algunas discrepancias que mantuvo con relación a los fundamentos del nacionalsocialismo, afirmando  que “El movimiento alemán es de tipo romántico; su rumbo, el de siempre; de allí partió la Reforma e incluso la Revolución Francesa, pues la declaración de los derechos del hombre es copia calcada de las Constituciones norteamericanas, hijas del pensamiento protestante alemán.” (Conferencia, ya citada, del 3 de marzo de 1.935.)

Evola, asimismo, contempla al romanticismo como un producto más del deletéreo y disolvente mundo moderno. Esas pasiones y sentimientos que el Hombre Diferenciado de la Tradición ha conseguido dominar son exacerbados y encumbrados por el romanticismo. Como botón de muestra significativo de la oposición de Evola hacia esta corriente cultural podemos recordar la expeditiva crítica que en su libro de 1.961 “Cabalgar el tigre” (8) realiza a la música de Wagner, por, entre otras cosas, melodramática y a la de Beethoven por trágico-patética.

Sacado, como hemos hecho, el tema del nacionalsocialismo deberíamos de indicar que Evola interpreta que la gran importancia que durante el III Reich se le dio, por parte de ciertos ideólogos, al tema de la raza biológica conlleva un elemento igualitarista, por cuanto la pertenencia a determinado tipo racial es la que otorga la principal legitimidad como ciudadanos del Reich. Para Evola se debería, por el contrario, superponer a la ´raza del cuerpo´ la ´raza del alma´ y a ésta ´la raza del espíritu´. Así pues, se crearían, de este modo, otros criterios diferenciadores en el seno de la comunidad. Se crearían criterios que acabarían conformando una clara jerarquía en la que por encima de los individuos que únicamente cumplieran con los atributos y requisitos establecidos para ´la raza del cuerpo´, se encontrarían escalonadamente situados aquellos miembros de la comunidad que, en mayor o menor grado, cumplieran con los valores propios de ´la raza del alma´; como pueden serlo el heroísmo, el valor, el espíritu de servicio y de sacrificio, la abnegación, la sinceridad, la voluntad, la fortaleza de ánimo, la constancia,… Y aun por encima de aquéllos que hubieran desarrollado convenientemente los valores propios de ´la raza del alma´ se hallarían las personas que hubieran sido capaces de actualizar las potencialidades de ´la raza del espíritu´ o, dicho en otros términos, de conseguir recorrer el trayecto entero que lleva (tras el descondicionamiento con respecto a lo externo y al subconsciente y el inconsciente) al Conocimiento y a la identidad total con el Principio Supremo y eterno. Los pocos que consiguieran llegar a esta meta ocuparían la cúspide de la pirámide social en que se debería de vertebrar el Estado, tal como siempre ocurrió en el mundo Tradicional (9).

Se tienen, pues, así, criterios antiigualitarios y diferenciadores en oposición al nivelador e igualitario que supone el de la fijación en la raza biológica o ´raza del cuerpo´. Criterio igualitario que hace que la totalidad de la comunidad se halle, repetimos, legitimada en el seno del Estado y, en consecuencia, en igual medida representada. Y criterio que, en el mismo discurso varias veces citado (y pronunciado en Valladolid), le hizo decir, en sentido crítico, a José Antonio que “Alemania vive una superdemocracia” y que a Evola hacía hablar de la prevalencia y la exaltación del demos; o lo que es lo mismo, de la masa indiferenciada.

En armonía con esta posición, digámoslo así, antidemocrática mantenida por José Antonio y en consonancia con las pretensiones de querer articular el tejido social de manera jerárquica, desde lo alto de la pirámide y teniendo como punto de referencia los más altos valores, al igual que de acuerdo con la mentalidad clasicista de la que ya hemos hablado, éste que fue uno de los fundadores de la Falange asevera, en dicha misma conferencia, refiriéndose a la Italia del período fascista que “Roma pasa por la experiencia de poseer un genio de mente clásica, que quiere configurar un pueblo desde arriba”.

Lo que se ha venido comentando en los últimos párrafos no queremos que se interprete como pinceladas que denotarían por parte de nuestros dos autores una oposición integral al mundo cultural y político que dirigió y/o que se desarrolló en el seno del III Reich y/o formó parte de su amplio entramado. Y no pretendemos que se puedan extraer estas conclusiones de rechazo general puesto que tanto Evola como José Antonio supieron encontrar elementos, intenciones, objetivos e instituciones válidos en la Alemania nacionalsocialista. Pero si hemos analizado deteminados factores que resultan conflictivos en la opinión de los dos autores ha sido, básicamente, para resaltar nuevos puntos en común en la cosmovisión que ambos compartían.(10)

Sin dejar el hilo del clasicismo afín a José Antonio y definido por lo exacto, por lo severo, por la línea o por lo recto, bien debemos de hablar del concepto de Patria que él defiende, pues se trata de un concepto alejado de lo sensual y del apego a la tierra (alejado, por ende, de cualquier veleidad afín al romanticismo) y cercano a la idea clásica del Imperium. Lo podemos comprobar en un artículo por él escrito bajo el título de “La gaita y la lira” y publicado el 11 de enero de 1.934 en el que podemos leer: “…¿no hay en esa succión de la tierra una venenosa sensualidad? (…) Es la clase de amor que invita a disolverse. A ablandarse. A llorar. El que se diluye en melancolía cuando plañe la gaita. (…) Es elemental impregnación en lo telúrico. (…) (El patriotismo) tiene que ser lo más difícil; lo más depurado de gangas terrenas; lo más agudo y limpio de contornos; lo más invariable. Es decir, tiene que clavar sus puntales, no en lo sensible, sino en lo intelectual. (…) Veamos (en la patria) un destino, una empresa… Sin empresa no hay patria. (…) Calla la lira y suena la gaita (…:) Enmudecen los números de los imperios –geometría y arquitectura- para que silben su llamada los genios de la disgregación, que se esconden bajo los hongos de cada aldea”.

Asimismo afirmaba José Antonio en un “Ensayo sobre el nacionalismo” datado el 16 de abril de 1.934 que “(para el romanticismo) lo que determinaba una nación eran sus caracteres étnicos, lingüísticos, topográficos, climatológicos.”

Evola escribía en el capítulo titulado “El espacio. El tiempo. La tierra” de “Rebelión contra el mundo moderno” que “En tales seres (entiéndanse los hombres vulgares) predomina lo colectivo, sea como ley de la sangre y de la estirpe, sea como ley del suelo. Aunque se despierte sin embargo en ellos el sentido místico de la región a la cual pertenecen, tal sentido no irá más allá del nivel del mero ´telurismo´.”

Hay otra cuestión que Evola nos presenta en “Los hombres y las ruinas” y que él denomina como ´elección de las tradiciones´ de cuya tesis podemos ver un buen ejemplo en uno de los considerados como ´papeles póstumos´ (escritos en prisión) de José Antonio, cuya cabecera es la de “germanos contra bereberes”. Habla el Tradicionalista italiano de que en la extensa historia de los países se suelen hallar hechos, momentos y períodos históricos que vienen marcados por el sello de una concepción del mundo y de la existencia determinada o bajo el sello de otra de índole diametralmente opuesta. Habla de que, en ocasiones, es lo que él denomina como ´luz del norte´ lo que impregna el tejido social, las instituciones, los valores, los hechos y, en definitiva, la cosmovisión en una comunidad dada y, por el contrario, en otros casos y períodos históricos es la ´luz del sur´ la que deja su impronta en el seno de dicha comunidad. Habla de que la denominada como ´luz del norte´ vendría asociada a conceptos como el de la jerarquía, la diferencia, lo vertical, lo solar, lo estable, lo inmutable, lo eterno, lo imperecedero, lo patriarcal y a valores como el honor, el valor, la disciplina, el heroísmo, la fidelidad,… Y de que la denominada como ´luz del sur´ abanderaría conceptos como el del igualitarismo, lo uniforme y amorfo, lo horizontal, lo lunar, lo inestable, lo mutable, lo caduco, lo perecedero, lo matriarcal, lo sensual, lo instintivo, lo hedonista, lo concupiscente,… Y habla de que una de las funciones de un verdadero Estado debe de ser la de efectuar una acertada ´elección de las tradiciones´ que sirva de referente constructivo y de fuerza formativa para los seres a los que dirige y vertebra. Es decir, que el Estado debe saber discriminar qué períodos, hechos o personajes de su historia deben de ser reivindicados y cuáles han de ser descartados; no cabe aclarar que se debe optar por aquéllos marcados por la ´luz del norte´.

Evola reivindica para la historia de Italia buena parte de la antigua Roma y, por ejemplo, descarta, por liberal y antitradicional, el período decimonónico del Risorgimento que acabará con la unificación de la Península Trasalpina. Además achaca a la hegemonía y reaparición del espíritu consustancial al substrato preindoeuropeo existente en tierras italianas antes de la aparición y triunfo de Roma, le achaca, señalábamos, los momentos crepusculares de la misma Roma y el resto de etapas históricas y episodios negativos -desde la óptica de la Tradición- para Italia.

José Antonio, en el citado escrito “Germanos contra bereberes” coloca detrás de las grandes gestas de la historia de España el espíritu germánico (´luz del norte´) presente en ella y, en esta línea, a él atribuye la Reconquista de una Península Ibérica que había caído bajo la égida musulmana y a él atribuye, también, la conquista de América. Mientras que otros períodos nefastos de la histórica hispánica (coincidentes con su decadencia como potencia mundial) y ciertas decadentes tendencias políticoculturales las atribuye al influjo preponderante de cierto substrato de mentalidad levantina; impregnado, por tanto, por la ´luz del sur´.

En este orden de cosas, y como fiel reflejo de ´la luz del sur´, Evola, en el capítulo XIV de “Los hombres y las ruinas”, habla de “la Italita de las mandolinas, (…), del ´sole mio´…” Con la misma intención que cuando José Antonio critica la “España zarzuelera” o la “ de charanga y pandereta”, al igual como “aquel provincialismo de tute y achicoria y ese cante flamenco que se pronuncia en andaluz y ha sido inventado entre Madrid y San Martín de Valdeiglesias ”, de lo cual, en forma de brindis, escribía un 25 de febrero de 1.935 homenajeando al poeta Eugenio Montes.

Frente a esto se alza un tipo humano reivindicado por ambos y que reúne los atributos afectos a la ´luz del norte´, siempre, como no podía ser de otro modo, acordes con la filiación clásica de nuestros dos autores. Así, mientras José Antonio en la “Carta a los militares de España” –de fecha 4 de mayo de 1.936- nos recuerda al “antiguo pueblo español (severo, valeroso, generoso)”, o en un discurso pronunciado en Sevilla, el 22 de diciembre de 1.935, nos alude a “esa vena inextinguible del heroísmo individual que conquistó América”, así como en un escrito (“El sentido heroico de la milicia”) de 15 de julio de 1.935 habla “del corazón, ansioso de lucha y de sacrificio”, al igual que en otras ocasiones ensalza “el laconismo militar de nuestro estilo” o “el espíritu de servicio y de sacrificio” (discurso fundacional del 29 de octubre de 1.933), o aclara que el estilo de la Falange “preferirá lo directo, ardiente y combativo” (“Norma Programática”, de noviembre de 1.934), así, por otro lado, en la misma tónica y siempre como atributos de ´la raza del alma´, podemos leer en Evola que el antiguo tipo romano de raza nórdico-aria se caracterizaba por “la audacia constante, el dominio de sí mismo, el gesto conciso y ordenado, la resolución tranquila y meditada, el sentido del mando audaz”, cultivaba “la ´virtus´ como virilidad intrépida y fuerza, la constancia, la sabia reflexión, la disciplina, la dignidad y serenidad interior, la fidelidad, el gusto por la acción precisa y sin ostentación,…” (“Orientaciones para una educación racial”, capítulo “El arquetipo de nuestra raza ´ideal´”). (11)

Muchas de las posturas angulares expuestas, de manera constante, en el corpus doctrinal presentado por Evola como lo son el basamento metafísico del mismo o su rechazo a excrecencias del mundo moderno como el positivismo, el dogma de la ´voluntad popular´ o la idea de progreso, las podemos encontrar en José Antonio sin tener que dispersarnos en la búsqueda de diferentes textos, pues en pocas líneas aserta que en el siglo XIX “hasta menospreciaban, por obra del positivismo, a la Metafísica. Así fueron elevados a absolutos los valores relativos, instrumentales: la libertad –que antes sólo era respetada cuando se encaminaba al bien-, la voluntad popular –a la que siempre se suponía dotada de razón, quisiera lo que quisiera-, el progreso –entendido en su manifestación material técnica.” (discurso celebrado el 21 de enero de 1.935 en Valladolid.)

Y ya que acaba de aparecer la idea de ´libertad´ podríamos apuntar otra, que tal vez puede resultar curiosa, coincidencia que, a propósito del liberalismo, vuelve a unir los pensamientos expuestos por nuestros dos hombres. Y es que partiendo de la base del rechazo frontal, por parte de los dos, del liberalismo como uno de los subproductos más disolventes que ha generado el mundo moderno y que en las revoluciones americana y francesa encuentra su consolidación y empuje definitivos, partiendo, escribíamos, de ese rechazo puede llegar a llamar la atención el hecho de que ambos autores considerasen la existencia de un primer liberalismo que tuvo su justa razón de ser. Podemos comprobar este extremo cuando José Antonio defiende que aquel inicial liberalismo aspiraba “no a otra cosa que a levantar una barrera contra la tiranía ” (conferencia pronunciada en Madrid, el 9 de abril de 1.935) y cuando Evola explica que “Es sabido que tales orígenes hay que buscarlos en Inglaterra, y puede decirse que los antecedentes del liberalismo fueron feudales y aristocráticos: hay que hacer referencia a una nobleza local celosa de sus privilegios y de sus libertades, la cual, desde el Parlamento, trató de defenderse de cualquier abuso de la Corona.”  (artículo aparecido en la publicación Il Borghese, con fecha 10-10-1968 y titulado “Los dos rostros del liberalismo”; del cual existe una traducción al castellano facilitada por el Centro de Estudios Evolianos).

Este primigenio liberalismo positivo habría de degenerar en doctrina subversiva y destructora de cualquier resto de idea, valor o institución Tradicional que, por entonces, pudieran subsistir. Por lo cual ante los conceptos, las estructuras, el sistema político y los postulados corrosivos que de dicha doctrina deletérea se derivaron José Antonio aboga por “un sistema de autoridad, de jerarquía y de orden” (discurso fundacional datado el 29 de octubre de 1.933). Ideas, estas tres, muy recurrentes en la obra evoliana, hasta tal punto que –como botón de muestra de ello- aparecen en títulos de capítulos de libros como el de “Los hombres y las ruinas”.

Y hablando de “un Sistema de autoridad, de jerarquía y de orden”, es en este mismo libro, en su capítulo IV, donde se nos dice que “Orgánico es un Estado cuando éste posee un centro, y este centro es una idea que informa a partir de sí en modo eficaz a los diferentes dominios: es orgánico cuando el mismo ignora la escisión y la autonomización de lo particular y, en virtud de un sistema de participaciones jerárquicas, cada parte en su relativa autonomía tiene una funcionalidad y una íntima conexión con el todo”. También en defensa del Estado Orgánico José Antonio confía en que “se llegará a formas más maduras en que tampoco se resuelva la disconformidad anulando al individuo, sino en que vuelva a hermanarse el individuo en su contorno por la reconstrucción de esos valores orgánicos, libres y eternos.” (discurso pronunciado en Madrid, el 17 de noviembre de 1.935).

En este mismo orden de cosas, en el que lo político se encuentra tan íntimamente ligado a lo metapolítico, y sin dejar “Los hombres y las ruinas” escribe Evola, en el capítulo II,  que “Las nociones de nación, patria y pueblo, no obstante el halo romántico e idealista que puede circundarlas, pertenecen en esencia al plano naturalista y biológico, no al político, y remiten a la dimensión ´materna´ y física de una determinada colectividad”. También señala que “en la romanidad antigua la idea del Estado y del ´imperium´ se vinculó estrechamente al culto simbólico de divinidades viriles del cielo, de la luz y del supramundo. (…) Más adelante en la historia tal línea conduce allí donde, si no de ´imperium´ , se habló de derecho divino de los Reyes.” José Antonio, por su lado, nos dice que “De aquí que sea superfluo poner en claro si en una nación se dan los requisitos de unidad de geografía, de raza o de lengua; lo importante es esclarecer si existe, en lo universal, la unidad de destino histórico. Los tiempos clásicos vieron esto con su claridad acostumbrada. Por eso no usaron nunca las palabras ´patria´ y nación en el sentido romántico, ni clavaron las anclas del patriotismo en el oscuro amor a la tierra. Antes bien, prefirieron las expresiones como ´Imperio´ o ´servicio del rey” (“Ensayo sobre el nacionalismo”, datado el 16 de abril de 1.934). (12)

Podríamos continuar exponiendo, hasta límites difíciles de otear, las precisas e incontestables semblanzas que existen entre el llamado pensamiento joseantoniano y la doctrina que, a lo largo de su extensa obra, Evola nos ha hecho llegar, pero pensamos que ya hemos cumplido sobradamente -y modestamente- con el objetivo que nos habíamos trazado a la hora de pensar en redactar el presente escrito. Es por ello por lo nos queda el preguntarnos sobre el origen de tanta coincidencia. ¿Llegaron a conocerse en el transcurso de la visita que José Antonio realizó, en mayo de 1.935, a Italia? José Antonio fue a Italia invitado por los C.A.U.R. (Comités de Acción por la Universalidad de Roma), a los cuales se había afiliado en el año 1.933 (año de la fundación de este organismo; el cual tenía una componente cultural muy importante que, seguramente, no era ajena a la obra que Evola había, por aquel entonces, publicado). El presidente de esta institución, el general Coselschi ejerció de anfitrión y quién sabe si una de las personas con quien le puso en contacto no pudo ser el mismo Evola; más teniendo en cuenta que -aunque no hemos podido confirmar este extremo- en algún lugar hemos podido leer (en un artículo anónimo de desacertado título: “Julius Evola, el mago negro del fascismo”) que nuestro autor italiano fue, a partir de 1.936, director de los C.A.U.R., no así su presidente, que siempre lo fue el citado general Coselschi desde el año de la fundación de este organismo, en 1.933, hasta el de su disolución en 1.943. (13)

Si no se llegaron a conocer personalmente no hay que descartar la posibilidad de que un hombre con las inquietudes culturales que tenía José Antonio hubiera tenido acceso a algunas de las obras que Evola había publicado antes de la trágica muerte –el 20 de noviembre de 1.936- del jefe de la Falange; obras como “Imperialismo pagano” (14), “La tradición hermética” (15), “Máscara y rostro del espiritualismo contemporáneo” (16) y, sobre todo, su fundamental “Rebelión contra el mundo moderno”.

¿Desconocía Evola, por aquel entonces, el pensamiento de José Antonio? No se puede ni afirmar ni descartar esta posibilidad. Lo que sí se sabe a ciencia cierta es que en 1.937 no era ajeno a la ideología falangista y a los fines que este movimiento perseguía, puesto que de 1.937 data un artículo suyo que lleva por título “¿Qué es lo que quiere el falangismo?” (17) en el que demuestra conocer la esencia, el programa de dicho movimiento.

De todos modos, y al margen de las anteriores hipótesis, lo que sí se deduce de la sorprendente similitud que presentan las cosmovisiones y las posturas políticas y/o metapolíticas de ambos autores es que compartían una misma llama interior que tiene mucho de innata y que dejó una huella indeleble en sus respectivos actos, comportamientos y realizaciones externas.

                                               … ………………………………………

NOTAS

(1) Tal como en su día aclaramos al redactar el escrito “Los fascismos y la Tradición Primordial” ( HYPERLINK “https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/01/los-fascismo-y-la-tradicion-primordial/”https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/01/los-fascismo-y-la-tradicion-primordial/) “no pretendemos en absoluto hablar de esta corriente (el ´tradicionalismo´) que, por ejemplo, en España como doctrina política, social y económica va, desde hace cerca de dos centurias, indisociablemente ligada al carlismo.”  De paso aprovechamos para recordar que en el citado escrito se hacen referencias al falangismo -íntimamente relacionadas con José Antonio- que se hallan en estrecha conexión con el contenido de nuestro presente texto.

(2) Publicado en castellano por Ediciones Alternativa (1.984) y por Ediciones Heracles (1.994).

(3) Existe traducción al castellano por Ediciones Heracles (1998).

(4) Obra publicada en castellano por la editorial Plaza & Janés en 1.977.

(5) Es de destacar cómo José Antonio aúna sus dos valencias personales (la guerrera

y la espiritual) hasta en su misma concepción de la ultratumba. Así expone en un

discurso celebrado en Madrid el 9 de mayo de 1.935 que “…queremos que la 

           dificultad siga hasta el final y después del final; que la vida nos sea difícil antes 

           del triunfo y después del triunfo”. Para continuar más adelante diciendo que

“…el Paraíso no es el descanso. El Paraíso está contra el descanso. En el  

           Paraíso no se puede estar tendido; se está verticalmente, como los ángeles. Pues 

           bien: nosotros que ya hemos llevado al camino del Paraíso las vidas de nuestros

           mejores, queremos un Paraíso difícil, erecto, implacable; un Paraíso donde no

           se descanse nunca y que tenga, junto a las jambas de las puertas, ángeles con 

           espadas.” 

Se desprende de estas líneas que al Paraíso del que nos habla José Antonio no

es fácil llegar: que sólo unos pocos, los mejores, lograrán acceder a él. No se

parece en nada a esa eternidad que determinadas religiones prometen para

prácticamente todos, con tal de que hayan practicando, en vida, una serie de ritos

desprovistos de poder transmutador del interior del practicante y con tal de que

hayan seguido con cierta fidelidad un cierto número de dogmas y prescripciones

morales; una concepción, en suma, democrática de la eternidad, por cuanto la

mayoría puede acceder a ella sin demasiados sacrificios, méritos ni

cualificaciones innatas. Y sí se parece, en mucho, el Paraíso al que se refiere José

Antonio a la idea que sobre la inmortalidad defiende Evola cuando habla en el

capítulo titulado “Las dos vías de la ultratumba” de su obra “Rebelión contra el

mundo moderno” *, de que tras la muerte física son dos las vías que se le

presentan al fallecido: una sería la ´vía de los antepasados´ o pitra-yana y la otra

sería la ´vía de los dioses´ o deva-yana (términos de la tradición hindú). La

primera de ellas sería el destino de la mayoría de los individuos cuya existencia

no pasó nunca de ser la del hombre vulgar, esclavo del devenir y que consistiría

en la disolución de las fuerzas y energías sutiles que hicieron posible la vida de

dichos individuos (puesto que se hallan en el origen del funcionamiento de su

entramado psíquico-físico), la disolución, apuntábamos, en la descendencia de su

mismo clan, gens, sippe o zadruga** pasando a formar parte (dichas fuerzas o

energías) del genio, manes, tótem, demon o dáimon que confiere la peculiaridad

y el impulso particular que caracterizan al mencionado clan. Esta vía, en realidad,

no supone la inmortalidad del individuo, pues éste (o, mejor dicho, ´sus´ fuerzas

o energías sutiles) vuelve a reintegrarse en la corriente del mundo manifestado,

del mundo del devenir y del continuo fluir. La segunda de las vías, la de los

dioses, sí que supone la verdadera inmortalidad de la persona que en su

existencia terrena supo desligarse de todo aquello que condiciona al individuo y

experimentó una auténtica transubstanciación o transfiguración que espiritualizó

su alma liberada de ataduras y la logró hacer compartir la Esencia Suprema de

aquel Principio Superior, metafísico y suprasensorial que se halla en el origen del

Cosmos manifestado. Por lo que, tras el óbito, si no antes, el Yo Superior o el

Alma Espiritualizada de la persona habrá conquistado la inmortalidad, la

eternidad y habrá escapado de la cadena de transmutaciones y cambios que son

propios de la manifestación. Sólo unos pocos, sólo una minoría conquistará el

´paraíso´; logro, pues, de carácter aristocrático y nada democrático.

*Traducida al castellano bajo este título, en 1994, por Ediciones Heracles. Escrita

originariamente, en 1.934, como “Rivolta contra il mondo moderno”.

**Clan, gens, sippe o zadruga hacen referencia al mismo concepto pero

referido, respectivamente, a las tradiciones celta, romana, germánica y eslava.

(6) Esta libertad total que José Antonio le supone al hombre para decidir su propio

destino, para ´condenarse´ o ´salvarse´, encuentra su paralelismo en la que

también le presupone Evola para optar por dejarse arrastrar por las fuerzas y

energías que abocan al individuo hacia lo bajo (fuerzas denominadas con el

vocablo tamas por el tantrismo) o, al contrario, para conquistar la inmortalidad,

la eternidad. Libertad que se obtiene una vez el alma se ha desligado de las

ataduras que lo encadenan a los embrujos y a la existencia ciega del mundo

manifestado. Y libertad, en definitiva, que no se encuentra irremisiblemente

sujeta a ningún tipo de determinismo fatalista; ya sea éste de naturaleza física,

psíquica o relativo a ciclos cósmicos como los descritos por las doctrinas

sagradas del hinduismo (los cuatro yugas) o del mundo grecorromano y del

nórdico (las cuatro edades: de oro, plata, bronce y hierro o del lobo).

(7) Publicado en ´La Stampa´, en febrero de 1.943 y traducido al castellano por el

Centro de Estudios Evolianos de Argentina.

(8) Publicado en castellano por Ediciones de Nuevo Arte Thor -1987- y por

Ediciones Heracles.

(9) Evola desarrolló esta doctrina de ´las tres razas´ en el libro “Síntesis de doctrina

de la raza” (1.941), que ha sido traducido al castellano bajo el título “La raza de

espíritu” por Ediciones Heracles en 1.996 y reeditado por esta misma editorial.

Asimismo hemos tratado este tema con más amplitud en nuestra serie de escritos

(tres en total) titulados “Evola y la cuestión racial”

( HYPERLINK “https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/04/evola-y-la-cuestion-racial/”https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/04/evola-y-la-cuestion-racial/

HYPERLINK “https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/04/evola-y-la-cuestion-racial-ii/”https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/04/evola-y-la-cuestion-racial-ii/

HYPERLINK “https://septentrionis.wordpress.com/2010/07/09/evola-y-la-cuestion-racial-iii/”https://septentrionis.wordpress.com/2010/07/09/evola-y-la-cuestion-racial-iii/ )

(10) Julius Evola consideraba que el régimen fascista italiano no logró terminar del

todo con la dinámica de clases sociales que acabó imponiéndose con la

Revolución francesa, puesto que considera que el Corporativismo que se aplicó

seguía considerando de manera separada a patrones y obreros, aunque

existieran, con el objetivo de resolver conflictos laborales, mecanismos de

enlace entre ambos. Evola sostenía que esta dinámica de clases es propia del

mundo liberalcapitalista y sostenía, asimismo, que ambas clases sociales en el

mundo Tradicional formaban parte de un mismo estamento o de una misma

función social: la económicoproductiva y que la verdadera jerarquía no es la

que pueda hallarse entre empresarios y obreros, sino la que viene determinada

por la preeminencia de la función regiosacra sobre la guerrera y, más todavía,

sobre la productora .(Se pueden consultar, al respecto, nuestros “Debates

metafísicos (VII): jerarquía y trifuncionalidad”.) Por el contrario el gran

intérprete de la Tradición italiano consideró que en el seno del III Reich sí se

acabó con esta dinámica clasista; logro que se debió, en parte, a la inclusión de

empresarios, técnicos y obreros, sin ningún tipo de distinción organizativa, en

las filas del Frente del Trabajo Alemán. (Se puede contrastar lo dicho

consultando el capitulo IX de “El fascismo visto desde la derecha” y en el

capítulo III de las “Notas sobre el II Reich”, trabajos que, en un único volumen,

fueron publicados en 1.964 y de los cuales existen un par de traducciones al

castellano: la publicada en Barcelona por Ediciones Alternativa y la que elaboró

Ediciones Heracles, en Buenos Aires, en l.995 bajo el título “Más allá del

fascismo”.)

Pues bien, José Antonio también mantiene la misma postura que Evola

acerca del corporativismo fascista al exponer, hablando del mismo, que “Existe, 

             para procurar la armonía entre patronos y obreros, algo así como nuestros 

            Jurados Mixtos, agigantados: una Confederación de patronos y otra de obreros, 

            y encima una pieza de enlace. Hoy día el Estado corporativo ni existe ni se sabe 

            si es bueno.” (Conferencia pronunciada el 3 de marzo de 1.935 en Valladolid.)

(11) Obra publicada en 1.941 y de la cual existe alguna traducción al castellano

como la efectuada por “S.O.S. libros”.

(12) Las numerosas citas textuales de escritos, actos, conferencias,… de José Antonio

que en este ensayo se han efectuado han sido extractadas de las “Obras de José

Antonio Primo de Rivera”, según recopilación hecha por Agustín del Río

Cisneros y edición de 1971.

(13) Sobre el tema de José Antonio y los C.A.U.R. se puede consultar el capítulo

“José Antonio, miembro fundador de los C.A.U.R.” del libro de José Luis Jerez

Riesco “José Antonio, fascista”, publicado por Ediciones Nueva República el

año 2.003.

(14) Publicado en 1.928 y traducido al castellano por Ediciones Heracles (2.001).

(15) Publicado en 1.931 y traducido al castellano por la editorial Martínez Roca en

1.975.

(16) Publicado en 1.932 y traducido al castellano por Ediciones Alternativa y por

Ediciones Heracles.

(17) Publicado en la revista Lo Stato y que ha sido editado en castellano, en 2.005,

por la asociación cultural Tierra y Pueblo dentro del “Cuaderno Evoliano I”.



Cosmovisiones cíclicas y cosmovisiones lineales
julio 27, 2009, 10:25 am
Filed under: Eduard Alcántara, Tradición

Vamos a confrontar las insalvables diferencias existentes entre el Mundo Tradicional y el mundo moderno por medio del contraste entre la manera de entender y vivir la existencia del hombre a lo largo del parámetro tiempo en uno y otro mundos.

Primeramente deberíamos señalar que, aunque nos hallemos en plena vigencia de la disoluta  modernidad, la bandera de la restauración de los valores de la Tradición debería ser nuestro referente y no tendría, en consecuencia, que hacernos considerarla como a una realidad periclitada.

También conviene aclarar que no es éste un espacio dedicado a fijar qué se entiende, o qué entendemos, por Tradición, por cuanto el tema central a tratar es el que viene definido por el título. De todos modos ciertos rasgos definitorios suyos aparecerán en algunos de los párrafos que irán sucediéndose.

Apuntado lo cual pasaremos a constatar que el Hombre Tradicional siempre concibió el transcurrir del tiempo bajo un prisma cíclico. Así pues, a lo largo del año conmemoraba y revivía mitos de contenido Trascendente a través de la ejecución en fechas determinadas de ritos y ceremonias de carácter mágicooperativos que propiciaban su transformación interior y su identificación sustancial con la Esencia Metafísica que se hallaba en la base y en el origen de dichos mitos rememorados. Lo importante era, pues, propiciar esta identificación con el Ser o Principio Supremo de manera cíclica a través de la realización de estos ritos sagrados que se iban, pues, repitiendo periódicamente; por esta razón se ha hablado del ´mito del eterno retorno´. Primaba, pues, el Ser a diferencia del devenir que prevalece omnímodamente en nuestro deletéreo mundo moderno; devenir que arrastra a nuestro contemporáneo y desarraigado hombrecillo-espantajo en medio de una vorágine sin rumbo y sin sentido.

En el mismo orden de cosas la Tradición entendió que la humanidad siempre pasaba, a lo largo de sus sucesivas generaciones, por una serie de edades o etapas diferentes que, una vez completado el ciclo, volvían a repetirse bajo el signo de unas premisas concretas aunque adaptadas a las nuevas situaciones espaciotemporales. En el mundo indoeuropeo siempre se habló en sus textos sagrados de las cuatro consabidas edades: las de oro, plata, cobre y hierro de la tradición grecorromana o las de los cuatro yugas de la indoaria. Cada una de estas etapas suponía una regresión del hombre en cuanto se alejaba paulatinamente de su origen divino para ir, poco a poco, materializando su manera de entender y de vivir la existencia; regresión opuesta a la idea de progreso continuo de que se vanagloria el mundo moderno y que en realidad no se trata más que de un proceso progresivo y acelerado de desespiritualización y de bestialización, esto es, de una fuga del hombre hacia adelante en su enfermiza obsesión de alimentar, alentar y sobresaturar sus apetencias fisiológicas y de dar rienda suelta y desenfrenada a sus apetitos, instintos y pasiones más bajos y animalescos. Estamos, por ende, hablando, por un lado, del Hombre-Dios que, según el pensamiento Tradicional, se va bestializando paulatinamente y, por otro lado, del animal simiesco que, según uno de los subproductos de la modernidad –el evolucionismo-, progresa hasta convertirse en humano; y es que esta idea de ´progreso´ continuo emana de la concepción lineal que de la historia de la humanidad hace gala el mundo moderno.(1)

Dentro de esta concepción marcada por la fuga hacia adelante debemos comprender la pretensión del historicismo, que considera al hombre como sujeto pasivo sin posibilidad de convertirse en creador de su propia historia -la de la humanidad-: sin posibilidad de ´hacer´ la historia. Esta última sería algo así como una entidad con ´vida´ autónoma cuyas nuevas manifestaciones no serían más que la consecuencia de su misma dinámica interna y en las cuales el ser humano no tendría ningún papel activo. La dinámica  económica, social, cultural y política de un período histórico dado serían la lógica, e inevitable, consecuencia de la que aconteció en la etapa anterior .

El ´mito del eterno retorno´ al que aludíamos anteriormente o la doctrina Tradicional de las cuatro edades que una vez finiquitadas vuelven a repetirse podrían hacer pensar que el hombre transita por una especie de circunferencia cuyo camino siempre sería, lógicamente, el mismo, sin posibilidad de modificación; si esto aconteciera así nos hallaríamos ante un cierto fatalismo. Por este motivo, hay quien ha utilizado como soporte gráfico para mejor explicar esta manera de concebir la existencia el de la esfera en lugar del de la circunferencia, puesto que en la esfera se pueden trazar infinitud de circunferencias que corresponderían a las múltiples y diferentes concretizaciones espacio-temporales en que estas doctrinas y concepciones Tradicionales verían su plasmación  en el terreno de la inmanencia. Así pues cualquier visión fatalista de la realidad queda descartada puesto que el transitar del hombre y de la humanidad no acontecen por un único camino prefijado con anterioridad e imposible de soslayar, sino que es el hombre quien le da forma a las etapas, a las edades, a los ciclos y a los contenidos cósmicos por los que debe atravesar. Y no únicamente por esto es por lo que se demuestra que, según los parámetros de la Tradición, es un ser activo sino que también deja bien patente dicha cualidad cuando desvaloriza el interés por su devenir histórico y convierte en puntal de su existencia su aspiración  a desarrollar su Ser, su esencia metafísica, apoyándose, a menudo, en los rituales sacros que anual y cíclicamente se iban repitiendo en fechas determinadas y a los que hemos aludido en alguno de los anteriores párrafos del presente escrito.

Podemos también hacer recordar, como muestra y signo del ´sentir´ antifatalista del Mundo Tradicional, cómo el proceso de caída por el que va atravesando el hombre desde la Edad de Oro o Satya-yuga hasta la de Hierro, del Lobo, Oscura o Kali-yuga puede ser, aunque sea temporalmente, truncado por él, tal como se puede constatar con los llamados Ciclos Heroicos, en los cuales la casta de los guerreros supera su simple condición de poseedora de fuerza física, es decir, su sola condición humana para impregnarse de sacralidad y aspirar a la misma inmortalidad de los dioses y a la restauración del Orden de la Edad Primordial ante las fuerzas amenazantes del caos: así nos lo narran las sagas aqueas con los Hércules, Aquiles, Teseo,…y así nos lo cuentan los ciclos artúricos con el mismo Arturo y con sus Caballeros de la Tabla Redonda. Se trata de un intento contracorriente de restaurar la unidad del Hombre Primordial, del Hombre de los Orígenes cuyo cuerpo y cuya alma formaban un todo armónico con su espíritu; cuya llama divina e inmortal se hallaba todavía lejos de extinguirse.

Llegados a este punto nos imponemos la siguiente pregunta: ¿dónde deberíamos remontarnos para encontrar los orígenes de la moderna concepción lineal del existir? Y para facilitar una respuesta medianamente diáfana bien nos vendrá el recurso de la

comparación. Así pues, como hemos hecho constar párrafos más arriba, mientras la Tradición de los pueblos indoeuropeos hacía frente común con aquella percepción cíclica o esférica de la existencia que queda bien definida en la doctrina de las cuatro edades, hubo –y sigue habiendo- pueblos como el hebreo que ya desde tiempos muy remotos concibió linealmente su transcurrir en el tiempo. Y este pasivo dejarse llevar por un movimiento de inercia hacia adelante, esta ausencia de posibilidad de modificar este rumbo que no suponía, ni supone, más que una especie de caída ´libre´ en el vacío no podía ser cortocircuitado –permítasenos el vocablo- más que con el advenimiento del mesías, del salvador. Esta posibilidad de modificación no surgió, en el seno de las creencias de dicho pueblo, sino en un momento bastante tardío de su discurrir en el tiempo: concretamente en la época de sus profetas y por boca de ellos.

Del judaísmo, y con algunas lógicas variantes, esta cosmovisión lineal pasó a un cristianismo que fue desplazando, allá donde fue consolidándose, a la visión cíclica Tradicional del existir. El cristianismo, el judaísmo, el islamismo, al igual que otras religiones, ya periclitadas, del mundo antiguo y de naturaleza pelásgica, ctonia, telúrica,… crearon un hiato ontológico insalvable entre lo Trascendente y el hombre, puesto que le desposeyeron a éste de su espíritu, de su nous, de la naturaleza divina que, para la Tradición, anida en él y no le dejaron más vía de relación con lo divino que la que ofrece toda religión que rechaza cualquier tipo de esoterismo: la vía pasiva de la devoción, de la fe, del creer y de la sumisión a un dios o a unos dioses cuya esencia suprasensible él no posee y no puede, por tanto, compartir. El hombre no se encontrará, pues, más en una posición de tú a tú con la divinidad sino que se deberá de humillar ante ella, puesto que es un ser inferior que ya no comparte su misma esencia metafísica y que ha perdido la posibilidad de, a través de la iniciación, despertar la semilla divina que anida en su interior  para transformarse y poder tener acceso a la Gnosis o Conocimiento de la Trascendencia y al Despertar o Iluminación espiritual.

A este hombre al que se le ha amputado su estrato sacro-espiritual se le ha rebajado de nivel. Ya no podrá entender más sobre lo Trascendente, tal como anteriormente sí le era posible gracias a lo que él poseía de más que humano; de sobrehumano, diríamos. Sin espíritu únicamente le queda el alma, la psyqué, la mens para vivir ´en orden´ con su/s dios/es. Es decir, que ya sólo cuenta con medios meramente humanos que su mente pone a su disposición, a través de la fe y la creencia, para ser ahora no más que un fiel devoto de su/s divinidad/es. Y cuando el hombre ha sido obligado a descender a este plano humano, cuando la mente ocupa la cúpula en su jerarquía constitutiva a nadie le puede extrañar que la facultad racional que en ella está inmersa pueda interrogarse, poner en tela de juicio y dudar de cualquier realidad: incluida la Realidad Trascendente. Estamos, pues, en los albores del racionalismo y en la antesala del agnosticismo y del materialismo. Estamos, en definitiva, en un punto en el cual el ser humano ha perdido referentes espirituales que le proporcionaban solidez y se aturde y sufre si se pone a meditar y a tomar conciencia sobre su vacío interno. La angustia existencial puede llegarle a tal nivel que opta por enterrar cualquier viso de lucidez mental -que le podría llevar a reflexionar sobre el páramo interno que alberga- por un lado inflamando hasta la turbación sus sentimientos y sus pasiones y/o, por otro lado, dándole rienda suelta a sus pasiones e instintos más bajos e intentando alimentar en la medida de sus posibilidades sus necesidades más primarias y materiales, como consecuencia de todo lo cual ya tenemos a nuestro hombre de este disoluto y disolvente mundo moderno abocándose a esta fuga frenética hacia adelante sin rumbo fijo, sin valores y sin referentes Superiores que puedan sustraerlo de la vorágine en que de una manera pasiva es arrastrado dentro de esta lógica lineal que caracteriza a nuestra deletérea época actual.

Para que veamos aún con más claridad las relaciones existentes entre estas religiones devocionales y la nefasta modernidad podemos resaltar la naturaleza materialista que las mismas revisten. Podemos, por este camino,  poner en evidencia cómo la religión mosaica no fue sino hasta épocas no muy alejadas de las del nacimiento de Jesús cuando, de manera ni mucho menos generalizada, empezó a admitir una especie de mundo celestial tal como, más o menos, lo concibe el cristianismo. A pesar de lo cual, su tema central es el de un “paraíso terrenal”  al que se accederá ´al final de los tiempos´ una vez acontecida la resurrección de la carne. El hombre carece, según el hebraísmo, de espíritu, por lo que tras la muerte física nada le sobrevive al cuerpo y no queda más que esperar a los citados y lejanos tiempos en los que la carne resucite. Hemos de señalar que la consideración de la existencia de una sola componente en el ser humano corresponde a una concepción monista de la vida que como mucho permite la licencia de poder hablar de ´cuerpos espiritualizados´. Se nos permitirá que cambiemos, por un momento, de plano para ilustrar con un ejemplo muy esclarecedor lo que estamos señalando: véase con qué celo los judíos más ortodoxos recogen y reúnen en bolsas los restos separados y/o esparcidos de algún cadáver de un correligionario suyo muerto de manera violenta; pues no olvidemos que, para el hebraísmo, es la carne la que resucitará en un futuro.

 Estas creencias mosaicas impregnaron en un muy considerable grado a un cristianismo que también habla de la ´resurrección de la carne´ y de la ´resurrección de los muertos´ y que utiliza fórmulas como aquella empleada en la ceremonia matrimonial de ´hasta que la muerte os separe´, pareciendo, así, vetar la posibilidad de la continuación, más allá de la muerte física, del vínculo sacramental creado entre los dos cónyuges; y es que, una vez más, la vida de  la  materia -del cuerpo- parecería la única existente.

Esta concepción materialista se repite también en el islamismo. ¿O no es chocante que una religión ofrezca a quien es capaz de inmolarse por ella, de morir combatiendo por Allah, un paraíso en el que poseerá y disfrutará de lujosos palacios de jade, repletos de numerosísimos harenes y en el que gozará de un estado de erección permanente, eterna…? ¿Hablamos de espiritualidad o hablamos de líbido y de instintos primarios? ¿Hablamos de un estado del Ser que debería de haber superado el mundo de los sentidos –es decir, de un estado Suprasensible del Ser- o hablamos de materialismo en sentido estricto?

Podríamos concluir estas líneas con un poco de terminología e indicar cómo después de haber expuesto muchas de las reflexiones de este escrito se verá lo acertado de algunos autores al emplear la expresión ´Civilizaciones del Ser´ -las cíclicas de la Tradición- y su opuesta ´Civilizaciones del devenir´ –las lineales del mundo moderno-.

 (1) En otro artículo al que titulamos ´Contra el darwinismo´ se podrá encontrar una extensión de nuestro alegato antievolucionista.



El islam y la tradicion
julio 27, 2009, 10:22 am
Filed under: Eduard Alcántara, Espiritualidad

Frente a los procesos disolventes y corrosivos que le son inherentes a este nuestro mundo moderno, hay quien desde posiciones propias a las de la Tradición contempla el actual resurgir de la fe islámica y el fortalecimiento de las tesis integristas musulmanas como el rescoldo principal en el que ella –la Tradición- pervive o se testimonia. Ante la desacralización de la vida y de la existencia que azota, con cada vez mayor virulencia, sobre todo a Occidente, los hay que ven la actual eclosión del fundamentalismo mahometano como una revuelta integral protagonizada por los valores sacros y perennes.

Ante lo cual nos formulamos la siguiente pregunta:

¿Se parangona la religiosidad islámica con los parámetros básicos que informan lo que conocemos como Tradición o, más bien, la fe sarracena se colocaría al nivel de los primeros peldaños que, desmarcándose ya de dicha Tradición, hacen descender al hombre por los vericuetos sombríos del mundo moderno?

Y nuestra respuesta apunta hacia la segunda opción. Y apunta hacia ella porque en el mundo Tradicional al hombre que atesoraba en su interior potencialidades de desapego con respecto a todo aquello que pudiese condicionarlo y mediatizarlo, a ese hombre se le ponía a su alcance la posibilidad de emprender el arduo y metódico camino del descondicionamiento interno que representaba el paso previo para la posterior adquisición del Conocimiento de lo Trascendente e Incondicionado, gracias, esto último, a lo que algunas doctrinas sagradas han denominado como el Despertar.

Y si consideramos al hombre integralmente en sus tres dimensiones –a saber: cuerpo, alma o psique y Espíritu- este Despertar acontecía en el plano del Espíritu, es decir, en el plano de lo que es más que humano. En un plano que si se consigue ser activado nos abre la visión y el Conocimiento de la Realidad Suprasensible y Metafísica que nos Trasciende y que, por otro lado, se halla ignota para el hombre mutilado de nuestras petrificadas civilizaciones.

Y esta dimensión del Espíritu empezó a ser amordazada por los primeros embites del mundo moderno. Empezó a ser anestesiada hasta llegar a sumírsela en un sueño casi perpetuo. Se imposibilitó el que el hombre con potencialidades Superiores pudiese optar a su transformación ontológica interior.

¿Y qué le fue quedando a este hombre mutilado de Ser; mutilado de lo Trascendente que anida en su fuero interno, pero ya en eterno letargo? Pues le fue quedando lo que de mero hombre tiene; lo que le conforma como un ser condicionado. Le fue, tan sólo, quedando su cuerpo y su alma o mente. Y, en consecuencia, si quería seguir sacralizando –ahora con minúsculas- su vida y su existencia –o, al menos, parte de ellas- se tenía que empezar a conformar con sentir piadosa devoción por lo divino y con profesarle fe a la divinidad. Ya no podía más Conocer y hacerse uno con lo Trascendente, pues la semilla Espiritual que anidaba en su interior, y que compartía la misma esencia con lo Trascendente, se hallaba fatalmente adormecida.

Su alma o psique era un conglomerado de naturaleza humana y perecedera y no era, pues, una herramienta que le pudiese acceder a lo Sobrehumano e imperecedero, sino que sólo le podía servir para creer en ello. Las doctrinas sapienciales, esotéricas e iniciáticas habían sido, de esta manera, olvidadas y el hombre se limitó a formas de simple devoción, religiosidad; a formas, en definitivas exotéricas. Se ciñó al mero cumplimiento de normas morales y de ritos vacíos, con el simple fin de estar a bien con la divinidad y conseguir, así, una salvación que se hacía fácilmente accesible a todos. Un salvación, pues, de carácter igualitario, pues para conseguirla era suficiente con cumplir como un buen creyente dichos preceptos morales y dichos rituales, como decíamos, vacíos y carentes de poder –como soporte y símbolo- de transformación interior. Anótese, pues, que el Despertar o Iluminación al que en el Mundo Tradicional únicamente podían tener acceso unos pocos seres Superiores –en cuanto a su cualificación interior se refiere-, tenía, pues, un carácter aristocrático (de ´aristos´= los mejores), mientras que la doctrina de la salvación, propia de una religiosidad inherente a la caída de nivel del mundo moderno, tiene unas connotaciones igualitarias y, por ende, democráticas, debido a una promiscuidad (=cantidad) que es producto de la facilidad que existe para alcanzarla.

No cabe duda de que el Islam encaja totalmente en este tipo de religiosidad descrita como consustancial al mundo moderno. Hablamos de religiosidad y no de espiritualidad, pues la dimensión del Espíritu hemos, ya, explicado, cómo fue siendo domeñada coincidiendo con los estertores de la Tradición. Y hablamos de una religiosidad, como la musulmana, que hemos de definir como de pasiva y devocional y, en consecuencia, opuesta, a aquella Espiritualidad que definió al Mundo Tradicional y que hay que calificar como de activa, por cuanto era el Hombre Superior el que consciente y soberanamente emprendía el difícil y riguroso camino de la autotransformación y autorrealización interiores. Camino que le iba convirtiendo en señor de sí mismo y dominador mayestático de miedos, bajos impulsos, instintos primarios, emociones, sentimientos desatados y pasiones turbadoras. Y señor de sí mismo que contrasta con el ideal de sumisión que predica el Islam; cuya etimología es precisamente ésa: sumisión.

Un Islam, por tanto, que representa un tipo de religiosidad -por ser pasiva y meramente devota- lunar. En contraposición a una Tradición cuya Espiritualidad siempre fue –por su esencia activa- Solar y Olímpica.

No está en lo cierto aquel que quiera hacer partícipe al Islam de un tipo de Espiritualidad activa, argumentando que en su seno se desarrollaron corrientes de carácter esotérico y, por tanto, de genuina transustanciación interna de la persona. Y no está en lo cierto porque siempre se trató de corrientes que, tras la cortina de una aparente obediencia musulmana, eran portadoras de una cosmovisión y de unos objetivos ajenos a los de la religiosidad oficial existente en los territorios en los que tomaron cuerpo. Y tomaron cuerpo precisamente en zonas de población de origen eminentemente, o considerablemente, indoeuropeo en las que unos pocos siglos antes el Islam no había hecho todavía acto de presencia en forma de invasión militar y en las que la fe mahometana no había conseguido aún barrer algunos de los restos de una Espiritualidad Superior y Solar que habían subsistido hasta el momento de dicha irrupción militar. Y nos referimos a la zona ocupada de la Península Ibérica –Al Andalus- y a Persia. Y como algunos de sus más destacados representantes resaltaríamos al maestro sufí murciano Ibn Arabí (siglos XII y XIII) y al también sufí persa Al Hallaj  (siglos IX y X); quien, como dato significativo, fue torturado y ejecutado por salirse de la ortodoxia marcada por la religión musulmana (esto es, por transitar por la vía Olímpica del Despertar y del Conocimiento de lo Absoluto). Igualmente Persia fue testigo de la aparición de otra orden de naturaleza esotérica e iniciática: la de los ismaelitas.

Es bien significativo que estas vetas de Espiritualidad Superior no se desarrollaran en el seno de etnias de extracción no indoeuropea, pues hemos de tener bien presente que pueblos como los semitas -entre los que mayoritariamente se expandió inicialmente el Islam- siempre se adhirieron, y se siguen adhiriendo, a un tipo de religiosidad pasiva y lunar; y esto es debido a su idiosincrasia particular y a sus nulas potencialidades de cara a emprender vías iniciáticas de elevación hacia una Conciencia Superior.

Quede, pues, claro que ante el embrutecimiento extremo representado por el actual Occidente plutocrático, hedonista, tecnocrático, consumista, deletéreo y disoluto, el Islam no representa al Mundo de la Tradición, sino que se enmarca dentro de la fisonomía y los rasgos generales de los primeros procesos de decadencia que acontecieron en el devenir de lo que conocemos como el mundo moderno. Primeros procesos de decadencia que, como hemos visto, cercenaron la dimensión Trascendente del hombre y le abocaron a que su psique, alma o mente se quedara sin su Superior referente Espiritual y se recluyera en lo máximo a lo que podía, ahora, aspirar si miraba hacia lo Alto: en la simple devoción y pía y sumisa creencia.

Y tengamos presente que cuando la mente se ha quedado sin este referente Superior –el Espíritu-, su autonomía resultante y su falta de guía y eje Supremo le puede ir abocando –como así ha ido aconteciendo, especialmente, en Occidente- a la creación de monstruos como lo son el racionalismo –como absolutización y degradación de la razón-, el iluminismo del período de la Ilustración, el positivismo o el más abyecto materialismo propio de esta etapa crepuscular por la que transita el mundo moderno.

 PRO TRADITIO OMNIA



“Otra” historia de Cataluña
julio 9, 2009, 8:53 pm
Filed under: Eduard Alcántara, Historia

La historia de Cataluña viene sufriendo desde hace algo más de un siglo tal manipulación que lo que se nos ha venido contando como tal podría acabar asemejándose más a la historia de Tanzania o de Papúa-Nueva Guinea que a la verdadera historia de esta tierra hispana.

Desde círculos catalanistas y/o independentistas oficiales o no no se ha parado de tergiversar, de falsear, de silenciar, de magnificar y de trocar la realidad de los aconteceres políticos y sociales, y de sus causas, que se han venido sucediendo en Cataluña a partir, sobre todo, de finales del siglo X d. C

La causa principal de este proceso manipulativo es bien diáfana: promover entre los catalanes sentimientos antiespañoles haciéndoles creer que la historia catalana ha sido siempre la de la lucha continua contra la enemiga, opresiva y sanguinaria España por conseguir la soberania y librarse de ese yugo esclavizante y humillador

Nosotros, en el presente artículo, haremos un rápido recorrido milenario por la historia del Principado catalán, deteniéndonos en algunos episodios puntuales, significativos e importantes a la hora de esclarecer hechos. Por la misma naturaleza de un artículo no podremos, ni es nuestra intención, extendernos en realizar profusas relaciones de datos ni de acontecimientos, sino que trazaremos unas cuantas pinceladas que le den claridad a algunas de aquellas realidades que han sido ennegrecidas o ensombrecidas. 

Antes de llegar al citado s. X no estaría de menos recordar que en la Antigüedad los pueblos íberos que habitaban el territorio de la actual Cataluña no manifestaban rasgos ni costumbres ni se servían de un habla diferentes con respecto a esos mismos iberos que vivían a lo largo de, esencialmente, toda la franja mediterránea de la Península Ibérica. Ni habría que olvidar que toda esta última constituiría, más tarde, un todo unitario como Provincia del Impero Romano y, posteriormente, como Reino Visigodo.

Este querer común unitarista se vio trágica y bruscamente truncado por un factor externo: la invasión mahometana. Invasión que provocó el que buena parte de los genuinos y legítimos moradores de la Península se refugiara en sus montañas norteñas –Pirineos, Cordillera Cantábrica- esperando el momento de iniciar la reconquista del solar patrio invadido, pero perdiendo el contacto entre ellos e iniciando, en consecuencia, dicha reconquista de manera autónoma bajo el impulso de nuevos y diversos reinos.

Cuando, tras casi ocho siglos de Reconquista, la situación se normalizó y las aguas volvieron a su cauce con la victoria sobre los últimos musulmanes del Reino nazarí de Granada los reinos cristianos hegemónicos existentes en ese momento no dudaron un ápice en que su único destino posible y natural era el de seguir por el camino que ya habían hecho realidad los Reyes Católicos con sus nupcias. Destino que no era otro que el de la unión política entre las coronas de Aragón y de Castilla y unión que también fue impulsada -como parte que era de la Corona de Aragón- por Cataluña.

Durante estos casi ocho siglos de ocupación sarracena las tierras catalanas no fueron ajenas a esta pretensión y a este proceso unificadores. Así desde que el conde catalán Borrell II no renueva –tras el saqueo, el año 985, de la ciudad de Barcelona por parte de las tropas de Almanzor- su juramento de fidelidad con la monarquía franca, serán continuos los testimonios, deseos y hechos unitaristas que tendrán su origen en tierras catalanas, tales como la unión entre los condados catalanes y el Reino de Aragón acontecida el año 1.137 tras la boda entre el conde Ramón Berenguer IV y la princesa aragonesa Petronila. O tales como los reiterados anhelos de unificar la Península manifestados por el rey de la ya corona catalanoaragonesa (Corona de Aragón) Jaime I “El Conquistador”.

Por todo esto resulta cómico que hace algunos años desde el gobierno autónomo catalán y desde todo tipo de instituciones y círculos catalanistas se nos quisiera vender la celebración de los mil años que se cumplían desde que el mencionado conde Borrell II rompió su compromiso de vasallaje con el rey franco como el recuerdo del momento en el que, por fin, tras siglos y siglos de sufrimientos, sojuzgamiento y deseos e intentos frustrados se hacía realidad el gran sueño ancestral deseado por todos los catalanes: el de su independencia (Tampoco hay que olvidar que los condados que dieron definitivamente la espalda al reino franco constituían únicamente territorios situados, aproximadamente, en lo que hoy en día vendría a ser el norte de Cataluña.)  

La España de que hablábamos líneas arriba, ya unificada bajo el reinado de los Reyes Católicos sellará sus páginas más excelsas a lo largo del siglo XVI y los soldados catalanes contribuirán -codo a codo con castellanos, vascos, extremeños,…- a que por toda Europa se canten las gestas de los invencibles Tercios. 

Pero ya bien entrado el siglo XVII comienzan a entrar en España desde Francia los primeros tufillos uniformadores y centralistas. De ellos se verá impregnado el valido del rey Felipe IV, el conde-duque de Olivares, quien recomendará textualmente al monarca “reducir estos reinos de que se compone España al estilo y leyes de Castilla”

En Europa, en aquellos años se desarrolla la Guerra de los Treinta Años (1.618-1.648). Las imposiciones que, en soldados y dinero, el conde-duque quiere obligar a cumplir a Cataluña –para luchar contra Francia- chocan con las decisiones tomadas por instituciones forales catalanas como la Diputación del General. El día 7 de junio de l.940, celebración del Corpus Christi, un incidente aislado, en la ciudad de Barcelona, acaba con un segador herido por un funcionario y con la posterior y famosa revuelta de los segadores que se encontraban en la ciudad y que la historiografía catalanista ha querido convertir maliciosamente en una insurrección antiespañola.

El nefasto canónigo Pau Claris –Presidente, por entonces, de la Diputación del General o Generalidad- integra Cataluña en el reino de Francia con la oposición de amplios sectores de la población catalana que a la postre –y a pesar de la mencionada política homogeneizadora y agresiva de Olivares- la harán retornar a sus cauces naturales e históricos, esto es, a su reincorporación política a la Corona española y al común esfuerzo militar para expulsar a las tropas francesas del Principado. Y este desligarse de Francia y reintegrarse en España se hace a pesar del peligro que existía de no lograr expulsarlas de todas las tierras catalanas, tal como sucedió. Así pues, los catalanes prefirieron correr el riesgo de la mutilación de su territorio antes que perder su condición de españoles y como consecuencia del fin de la guerra Francia se quedó, por el Tratado de los Pirineos del año l.659, con las comarcas del Rosellón y el Conflent y con la mitad norte de la Cerdaña.  

Pero si los Habsburgos o Austrias fueron respetuosos con las idiosincracias, con las instituciones, con los usos y, en definitiva, con los fueros de los diferentes reinos que se habían unido para constituir la Corona española e hicieron, por tanto, posible que se hablara, durante sus respectivos reinados, de las Españas, los Borbones no seguirían estos pasos sino justo los contrarios.

Si los Austrias creían que en la pluralidad y diversidad de sus territorios estribaba la riqueza cultural del conjunto de sus reinos, los Borbones opinaban que en el centralismo nivelador y despersonalizador podían hallar la fuerza de sus Estados.

Así pues, si los Habsburgos respetaron, tras el fin de la guerra contra Francia (1.659), la continuidad de las instituciones forales catalanas sin tener en cuenta las graves veleidades y actuaciones francófonas sucedidas bajo la dirección de Pau Claris, los Borbones no hicieron lo mismo al acabar, el año l.714, la Guerra de Sucesión y clausuraron el Parlamento catalán y prohibieron la Generalidad y el uso oficial de la lengua catalana; emprendiendo la abusiva castellanización de Cataluña. 

El conflicto generado alrededor de la Guerra de Sucesión ha sido uno de los más vergonzantemente adulterados por el catalanismo militante. Ni el más mínimo atisbo de secesión existió entre ninguno de los protagonistas catalanes durante este conflicto bélico. Se trataba básicamente de la lucha entre dos maneras de concebir la estructuración del Estado español e incluso de dos maneras de percibir la existencia: 

La lucha entre el centralismo igualador encarnado por los partidarios de los Borbones y el ordenamiento orgánico-foral personalizado por los Austrias. Y Cataluña optó por el segundo al considerarlo el más provechoso, adecuado y justo para España y así queda patente al rememorar la proclama que hizo el Consejero en Jefe del Ayuntamiento de Barcelona, Rafael de Casanova, para que – en los estertores del conflicto armado- sus habitantes acudieran a defenderla: “¡Por España y por los Austrias!” 

Frente a un borbonismo impregnado por los primeros efluvios de la Ilustración racionalista y laicizante que empezaban a recorrer Francia, los catalanes optaron por apoyar al bando de los Habsburgos, santo y seña de lo tradicional y religioso. Así lo corroboraron, como botón de muestra, las imágenes sagradas de vírgenes y santos patrones que cada gremio subió a las murallas barcelonesas en su defensa ante la acometida del ejército borbónico. 

Si todavía alguien duda del secular sentimiento español del pueblo catalán no habría más que darle una ojeada a períodos cada vez más cercanos al nuestro, como lo es el siglo XIX, para observar dónde tuvo sus principales feudos aquel movimiento genuinamente español, enraizado en lo más profundo y tradicional de la historia de España, como lo fue el carlismo: en Cataluña, Navarra y Vasconia. En estas tres regiones fue donde más encarnizadamente se luchó contra el liberalismo –apátrida por definición- bajo el lema “Dios, Patria y Rey”. 

En este mismo s. XIX se perfilan primero y se definen después algunos de los componentes más característicos del actual folclore catalán. Uno de ellos es el de su música y baile:

Tres eran las danzas musicadas que tenían mayor difusión en el Principado, a saber: las jotas –sobre todo en las comarcas leridanas-, las sardanas y el “espanyolet” (=españolito). A la hora de la elección del que tendría que ser considerado el baile típico y representativo por antonomasia de Cataluña las jotas fueron rechazadas por los primeros representantes de un regionalismo que empieza a aparecer en esa época y que acabará convirtiéndose –con el discurrir del siglo- en catalanismo cada vez más radicalizado Y serán básicamente marginadas por no ser exclusivas del territorio catalán y tener, en consecuencia, lazos evidentes con las bailadas y cantadas en otras muchas regiones de una España con la que, estos “regionalistas” no desean ningún parentesco. E igual suerte corrió el “espanyolet” por razones obvias que tienen que ver con su mismo nombre. Por eliminación los honores de la elección se los acabó llevando la sardana; promocionada, además, por el recopilatorio que de ellas hizo el jienense afincado en Cataluña José Ventura. 

El liberalismo que se iba imponiendo en toda Europa va cambiando las mentalidades de sus gentes, sobre todo de la clase burguesa, que es la que lo promueve y más apasionadamente lo profesa, porque aplicado al terreno económico, el capitalismo, le puede suponer, y le supone, pingües beneficios. El liberalismo comporta sustancialmente el triunfo del egoísmo y del individualismo: cada cual tiene libertad de pensar y actuar como le venga en gana aun a costa de contravenir los intereses generales de la comunidad en que se encuentra inmerso. Y, en su versión económica, el capitalismo da, también, patente de corso para poder llevar a cabo cualquier tipo de actividad económica, aunque contravenga el interés general. Este egoísmo al igual que desestabiliza la armonía social, también puede desestabilizar la política y dinamitar unidades territoriales. En este contexto, una parte de la burguesía catalana aprovechó algunos de los agravios históricos centralistas que hemos ido analizando e insatisfecha porque sus intereses económicos particulares no se vieron, en ocasiones, favorecidos, en la medida y manera en que ella hubiese deseado, por algunas decisiones políticas adoptadas por determinados gobiernos españoles -como, por ejemplo, la retirada de leyes proteccionistas de las que se había beneficiado la industria catalana-, aprovechó, decíamos, aquellos agravios históricos para ir generando un cada vez mayor sentimiento catalanista, con ribetes claramente antiespañoles, entre parte de la sociedad catalana. 

Con esta dinámica acabó el s. XIX y empezó el XX. …Y se llegó a la Guerra Civil, durante la cual, en el Principado, un mínimo de 20.000 catalanes –según las cifras más bajas que se manejan- fueron asesinados por sus ideas políticas; en la mayoría de los casos por militar o simpatizar con partidos de clara tendencia españolista. Y durante la cual más de 30.000 catalanes –también según los números más reducidos que se barajan- lucharon en las filas del bando Nacional, ya fuera formando parte del ejército regular o encuadrados en las Milicias de la Falange o en los Tercios de Requetés. Cifras a las que no puede ni acercarse a distancia ninguna otra de las regiones que durante la mayor parte de la contienda civil permanecieron en zona Republicana. Y cifras que toman una mayor dimensión si tenemos en cuenta el evidente riesgo de perder la vida que conllevaba el intentar pasarse furtivamente de una zona en conflicto a la otra.

Justo tras la toma de Barcelona por las tropas del General Franco algunos de sus más destacados oficiales empezaron a trazar, con una serie de medidas como la de prohibir la difusión de unos carteles propagandísticos que la Falange había elaborado en catalán, las líneas básicas de la que sería la postura oficial que, a partir de esos instantes, se adoptaría hacia la cultura catalana. Un nuevo episodio del desatino centralista y ultrajante que tan bien han sabido aprovechar los enemigos de la identidad española que, al socaire del liberalismo, hemos visto, líneas arriba, siempre han intentado enrarecer la conciencia y los sentimientos del pueblo catalán.

Y es que si no creemos, por antinaturales, en principios como el que afirma que todos los hombres somos iguales, tampoco creemos que los pueblos deban serlo, porque si defendiéramos lo contrario y anhelásemos la homogeneización cultural dentro de los estados, deberíamos, por lógica consecuencia, ser partidarios del actual proceso de globalización mundial que está conduciendo a la disolución de tradiciones e idiosincracias en el magma abrasador del Pensamiento Único que no entiende de personalidades culturales propias sino única y exclusivamente de producción y consumo y, por ende, de mercado mundial indiferenciado. 

Es encomiable la actitud histórica de la mayoría del pueblo catalán de no haber querido renunciar a su condición de españoles –a pesar de los agravios que, en ocasiones, ha sufrido-, pero hay que mantenerse vigilantes –como lo siguen estando muchas de las gentes que pueblan Cataluña- ante la labor continua de zapa contra los cimientos de la españolidad que no cesa por parte del gobierno de la Generalidad, de su aparato educativo tergiversador, de los medios manipuladores de comunicación que controla y de otros sectores , entidades y círculos políticos, sociales y supuestamente culturales no oficiales. Además, esta tarea dinamitera sucede con el consentimiento y la dejadez de unos gobiernos –los españoles- que hace ya muchos años que perdieron toda legitimidad para poder regir los destinos de nuestro país. 

Conocemos la tergiversación de acontecimientos y los argumentos de los que arrancó y en los que se asienta el separatismo. Lo condenamos por antinatural, antihistórico, aldeano, romo de miras y egoísta, pero también atacamos sin paliativos el centralismo por antitradicional, antiorgánico e irrespetuoso con el acerbo cultural de los pueblos. Y lo hacemos porque creemos que, tal como afirmó el escritor falangista Ernesto Giménez Caballero, tan perniciosos son “los separatistas como los separadores”; entendiendo a estos últimos como los que con sus actitudes y políticas centralistas y humilladoras provocan la aparición y reacción de los secesionistas.

 Lo dicho: QUE NO NOS FALSEEN LA HISTORIA DE CATALUÑA. Y recordar: ¡NI SEPARATISTAS NI SEPARADORES1