Julius Evola. Septentrionis Lux


Acerca de la democracia. Igualitarismo derechos y deberes.
julio 4, 2009, 10:09 am
Filed under: Eduard Alcántara, Metapolítica

Hemos venido, últimamente, tomando parte en un debate -en ocasiones en foro público y a veces de manera privada- alrededor del tema de la democracia. La importancia de fijar la que creemos que debe ser nuestra posición ante este crucial tema nos ha animado a publicar de manera conjunta el contenido de los diferentes mensajes que, al respecto, hemos ido redactando; previa tarea de reagrupar y darle -cuando se hacía necesario- un cierto orden.

     Cuando se pretende poner al descubierto a la impostura democrática no se tiene por menos que desmontar el falso mito del igualitarismo. Al igual que no es de extrañar que se traten temas como, por ejemplo, el de los ´derechos y los deberes´ otorgables y exigibles a cada uno de los miembros de una comunidad.

     Ya veremos que la legítima argumentación usada contra la ´sacrosanta´ democracia da pie a polemizar sobre otras varias cuestiones que le están íntimamente relacionadas o antitéticamente enfrentadas.

     Asimismo, y finalmente, en ocasiones se verá cómo hemos  tenido que pasar de tratar planteamientos que estarían en el plano de la cosmovisión que defendemos para pasar al terreno de los ejemplos concretos que tienen mucho que ver con situaciones de mayor o menor actualidad.    

 

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      El pueblo, la masa, no debe elegir a sus representantes, pues el común de los mortales pocos conocimientos tendrá -por poner un par de ejemplos- de macroeconomía o de geoestrategia como para decidir qué opción política o qué candidato defenderá mejor los intereses de su comunidad en estas materias. Codreanu, en “La Guardia de Hierro”, expone un par de ejemplos ilustrativos a tal respecto. Aquél en el que nos dice que al general de tal división militar no lo eligen los soldados por sufragio sino que lo hace su superioridad: como puede serlo un staff de generales o un Estado Mayor que sí saben qué militar será el más adecuado (de acuerdo a sus méritos y sus conocimientos militares en disciplinas como la logística, la estratégica, la táctica, la balística,…) para ser ascendido a general. O aquél otro en el que nos expone el hecho de que el reconocimiento de las cualidades pictóricas de un pintor (y su pase a la fama en la galería de la historia del arte) no lo determina el pueblo sino que lo hacen los especialistas en pintura, los críticos y pintores de reconocido prestigio.

    Ramón Bau  nos ha puesto otro muy ilustrativo al decirnos que -siguiendo los razonamientos de los prodemócratas- ¿por qué al rector de una Universidad no lo elige el personal de limpieza de dicha Universidad en lugar de elegirlo el claustro de profesores….?
     El dirigente de una comunidad debe de ser elegido entre sus iguales: ser un “primus inter pares”. No otro es el significado del vocablo “princeps” (primus…), el cual era elegido de entre un grupo de nobles; de entre un grupo de “aristócratas” (de “aristos” =los mejores). (El vocablo ´oligarquía´ tiene su etimología en ´gobierno de unos pocos´. Si estos pocos son los ´aristos´ (=los mejores; ética y espiritualmente) aceptamos el término, pero no nos identificamos  con él si adquiere la connotación que actualmente suele tener: unos pocos “gobiernan” y legislan para favorecer sus intereses económicos particulares.)                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                          
      Además, existe una máxima Tradicional por la cual siempre se tuvo clarísimo que existen dos tipos de hombres: una minoría que es capaz de gobernarse y de autodominarse a sí mismos (los ´señores de sí mismo´ de los que habla el taoísmo) y una mayoría que no es capaz de hacerlo y es esclava de sus debilidades, pasiones, bajos instintos, miedos y pulsiones. Los primeros deben de gobernar a los segundos y erigirse en faros y ejemplo para la vida de los segundos.
     Por todo ello, si el pueblo (demos) no debe de elegir a sus dirigentes, hay que rechazar a la democracia como sistema de gobierno. Esto es, hay que ser antidemócratas.

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     Alguien nos ha preguntado sobre si estamos seguros de defender lo jerárquico, inquiriéndonos, en tal sentido, si nos gusta soportar la bota que nos pisa o si toleramos la injusticia del rico o la prepotencia del poderoso. Y nosotros no tenemos por más que responderle que estos ejemplos nada tienen que ver con la jerarquía, sino con su inversión; esto es, con la antijerarquía y la tiranía. En la cúspide de todo normal ordenamiento social no debe hallarse el más rico, el más corrupto o el más tirano, sino el más justo. Y el más justo será aquel que aplique sus funciones y/o atributos gobernantes con la vara de medir de su sentido -o condición- Trascendente.

 

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     Sólo si la dirigencia de una comunidad recae en aquéllos que tienen como fundamento de sus vidas lo Absoluto y, además, han logrado interiorizarlo y transformarse ontológicamente podremos estar seguros de que la vía recta y noble será el denominador común del devenir de dicha comunidad. Nada, pues, que ver con grupos de presión y fuerzas fácticas que tienen como guía de su existencia, y de su accionar, a la economía (las rentas, las plusvalías, los beneficios bancarios y bursátiles,...).

 

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     Por su sola presencia y majestuosidad es identificado el que debe de ser dirigente en un orden Tradicional. Su carisma viene unido a su áurea espiritual. El consejo de ancianos/sabios lo debe elegir.

     En el Mundo Tradicional existían los contrapoderes controladores  de la acción de gobierno: gerusía en Esparta, senado en Roma,... (sin obviar su función asesora). Además, los dirigentes no podían ocultar ser la cabeza visible y responsable de sus actos. Como -así, de memoria- afirma Arturo Pérez Reverte en su obra "El maestro de esgrima" -y en boca del protagonista- "prefiero que me gobierne Julio César a que lo haga el voto del tendero de la esquina, pues si lo hace el primero y no me gusta cómo lo hace lo puedo matar, pero si lo hace el segundo ¿a quién le pido responsabilidades de un mal gobierno?". ¿Es responsable, de ese mal gobierno, exclusivamente el Gabinete ministerial? Igual no. Igual el responsable es el pueblo -el tendero de la esquina- que ha votado mayoritariamente al partido al cual pertenece dicho Gabinete, aunque el programa que éste presentó a los comicios pudiera ser nefasto. ¿A quién, en un sistema democrático, le pedimos, pues, responsabilidades políticas y, sobre todo, morales de una mala política?

 

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     En las sociedades Tradicionales el/los dirigente/s tenía/n rostro/s y se sabía, por tanto y con nitidez, a quién exigirle responsabilidades; algo que queda muy difuso en los sistemas democráticos.

 

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     ¿Qué tipo de gobernantes puede deparar el sistema de sufragio universal? Pues, sencillamente, los que más dinero tengan para pagarse unas buenas campañas electorales, los más vendidos y dóciles a un Sistema que a través de su banca les financiará dichas campañas, los más mentirosos a la hora de no tener cortapisas en ofrecerle el oro y el moro a sus posibles votantes,...

    ¿Es comparable esta opción de ser ´gobernados´ por este tipo de político sin principios éticos, corrupto, egoísta y sin escrúpulos, a la opción de ser gobernado por alguien que a su función y/o atributo regiopolíticos una otras funciones y/o atributos sacros? Sin duda este último tipo de gobernante enfocará siempre su labor política al objetivo de aunar a su comunidad con Lo Alto.

 

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      Nada que ver la corrupción política que, en casos puntuales o en etapas postreras, pudo darse entre la clase dirigente de la Roma antigua con la corruptela connatural a cualquier tipo de democracia, empezando por sus supuestos "contrapoderes" políticos y judiciales. No vamos a relacionar la innumerable cantidad de casos que, desde el inicio de la Transición (=ruptura) española, se han dado tanto en el seno de los partidos del gobierno como en el de los de la oposición, tanto a nivel nacional como a nivel autonómico; y, no digamos, municipal con los ingentes casos relacionados con el urbanismo. Corrupción que ha afectado y afecta a numerosos jueces (¡vaya contrapoderes!) prevaricando a favor de mafiosos o de protagonistas de estafas y/o "pelotazos" urbanísticos. Buena razón tenía Platón al afirmar que entre los sistemas de gobierno sólo había uno peor que el de la democracia (se refería al de la tiranía). Sí, en penúltima posición, por detrás de repúblicas, aristocracias, monarquías,... Y no olvidemos, además, que "las influencias de los ricos" a las que alguien ha aludido refiriéndose (de manera equivocada) al Senado de la antigua Roma se da, preeminentemente, en las democracias, pues éstas están ideológicamente ligadas a un liberalismo que en lo económico se trasluce en capitalismo, por lo que, a las democracias liberales (que son las democracias en su estado más puro), se las podría denominar ´plutocracias´. Es la alta finanza y son los truts, cártels, holdings, multinacionales y monopolios los que, en ellas, gobiernan, teniendo a la clase política como títeres (gustosos de ello) de sus decisiones.

 

     ¡Es curioso ver la división de poderes de la que podemos gozar en nuestra hispana democracia, cuando observamos cómo al poder judicial lo elige el ejecutivo! Esto es, al Consejo General del Poder Judicial lo elige el gobierno de turno. ¡Lo independientes que podrán ser los jueces cuando el gobierno los ha elegido de acuerdo a las inclinaciones políticas de los mismos (para que concuerden con las del Ejecutivo)!; sin olvidar el hecho de que dichos jueces les tendrán que devolver al gobierno el favor que éste les hizo al elegirlos.

     Sus exegetas afirman que si el gobierno lo hace mal se le puede castigar con el voto. Primeramente, -decimos nosotros- hay que tener en cuenta que si lo hace mal pero controla los mass media el pueblo-masa no va a ser consciente de ello y lo va a volver a votar de forma mayoritaria. Y en segundo lugar, no hay que olvidar que si en unas elecciones gana la oposición las principales directrices de gobierno no van a variar, pues los grandes partidos son peones del Sistema demoplutocrático. Es lo mismo que gobiernen los conservadores o los laboristas (en el Reino Unido) o los republicanos o los demócratas (en EE.UU.) pues ni varía la política exterior de estos países ni su política macroeconómica. Es igual que, en España, gobierne el PSOE o el PP, pues el aborto que legalizó el PSOE de Felipe González lo respetó íntegramente el PP de Aznar cuando éste gobernó y el lacayismo hacia los EE.UU. en materia de política exterior es semejante en ambos (unos los apoyaron en los Balcanes o en Irak y los otros lo apoyan en los Balcanes, Afganistán o en el Líbano). El PSOE pacta con los "nacionalistas" (=separatistas) y el PP de Aznar también lo hizo en su primera legislatura cuando no gobernó con mayoría absoluta e igualmente lo hizo y lo sigue haciendo en bastantes municipios (p. ej., de Cataluña). En definitiva, nada varía: no hay, en democracia, alternativa posible para un mal gobierno. Sólo podrán gobernar los partidos afines al Sistema, pues sólo ellos contarán con el apoyo del Gran Capital y también, y en consecuencia, de los medios de comunicación de masas.

 

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    No hay dos personas iguales en el mundo: ni iguales en cuanto inteligencia y talento, ni iguales en cuanto presteza, ni iguales en cuanto a efectividad, ni iguales en cuanto a honestidad, ni iguales en cuanto a capacidad de autodominio, ni iguales en cuanto a fidelidad ni iguales en cuanto a sentido de la disciplina, ni iguales en cuanto a austeridad, ni iguales en cuanto a desapegados de la materia,… El igualitarismo es una falacia. Hay que estar contra la igualdad y a favor de la equidad (=a cada uno lo suyo; a cada uno lo que se merece y a cada uno asignarle la función para la que es más apto).

     El igualitarismo es uno de los falsos ídolos levantados por la Ilustración. El igualitarismo conduce a la homogeneización, a la vulgaridad y a la mediocridad (igualar por lo bajo, porque la masa no tiene cualidades ni
aptitudes para elevarse al nivel de los mejores y, por ende, no se puede igualar por lo alto).
    Debemos estar en contra del sufragio universal, porque nos debemos negar a que se valoren nuestros supuestos poder y capacitación de elección por el procedimiento de un voto que vale lo mismo que el voto de un desequilibrado, de un corrupto, de un prevaricador, de un estafador, de un mentiroso compulsivo, de un ladrón, de alguien que padece el síndrome de Dawn (con todos nuestros respetos) o de (volviendo a citar a Ramón Bau) un drogadicto o un alcohólico. Nos debemos negar a que el poder de decisión de éstos tenga tanta validez como el nuestro. Asimismo debemos ser conscientes de que hay personas cuyas aptitudes y cualidades son superiores a las nuestras y de que, en consecuencia, deberían de tener más poder decisorio del que a nosotros nos debería corresponder. No hay dos seres iguales en todo el planeta. Decir lo contrario es defender posturas contra NATURA y, aun más, contrarias al sentido común. De todos modos no deben de ser los parámetros marcados por la NATURAleza los que deben de definir la superioridad de las personas, sino que deben de serlo los espirituales, por cuanto aquél que mayor nivel de realización espiritual haya conseguido habrá, igualmente, arribado a un mayor grado de desapego hacia todo lo material y, por tanto, será menos proclive a caer en egoísmos y tentaciones que le inciten a apropiarse de los bienes ajenos o a servirse del poder para obrar a antojo.

      Incluso (si se nos permite pulular por otros campos) es rebatible hasta la afirmación, que hemos leído, de que: “DIOS APARTE, nadie es más que nadie.” Y es rebatible si echamos mano a las certezas que siempre postuló el Mundo de la Tradición. Como aquélla que consideraba al hombre como portador de la semilla de la Trascendencia. Quien supiera despertar y desarrollar dicha semilla podría llegar a compartir la misma esencia que la divinidad e incluso superar la naturaleza de los entes no formales (dios o los dioses) del mundo manifestado (del Cosmos) hasta conseguir Identificarse con el Principio Supremo que se halla en el origen, y más allá, de dicho mundo manifestado (hablaríamos, entonces, del Despertar del que habla el budismo).
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     Resulta del todo ilegítimo un Sistema político como el actual que otorga a todos los ciudadanos el mismo poder a la hora de elegir a sus supuestos ´representantes´: “un hombre, un voto”. Aparte de lo consustancialmente erróneo del sistema del sufragio universal ¿no es aberrante que tenga la misma validez la opinión (en forma de papeleta introducida en una urna) de una persona honrada, trabajadora, sabia y/o virtuosa que la de un perturbado mental, de un explotador, de un usurero, de un desfalcador, de un degenerado, de un delincuente o de un vicioso?

 

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     Aunque los deseos de uniformización son siempre negativos es preferible desear nivelar a un pueblo por lo alto (III Reich: en valores como el espíritu de autosuperación, de sacrificio y de solidaridad o como la nobleza, la lealtad, la fidelidad, el honor o el valor) que por lo bajo (democracias: individuo-masa estandarizado, sin tradición ni identidad,  que no tenga otras aspiraciones que las del consumismo, el hedonismo, el confort y la vida muelle y laxa).

 

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     Partiendo -en base a todo lo argumentado hasta ahora- de la ilegitimidad de la democracia, podríamos decir que si no tuviéramos más remedio que aceptar algún tipo de democracia, nos tendríamos que decantar
por lo que alguno ha venido a denominar como ´democracia participativa´, que -sobre todo por la referencia hecha al nacionalsindicalismo- no es otra cosa que la ´democracia orgánica´ (esto sin obviar que la Falange fundacional nunca utilizó la palabra ´democracia´). Comprendemos que el término ´democracia orgánica´ resulta grimoso para algunos, por la asimilación que muchos hacen de él con el franquismo, pero pensamos que es el más acertado. Además, tampoco es de origen franquista, sino que fue Salvador de Madariaga quien lo acuñó. Su concretización sociopolítica tendría mucho que ver con las pretensiones que el falangismo defendía a la hora de hablar de la representatividad del tejido social: ese famoso trinomio de ´familia, municipio y sindicato´, ampliable a otras corporaciones como las militares, estudiantiles,…; aunque estas últimas también podrían verse englobadas en el componente sindical. Sin duda en este tipo de democracia el pueblo está mucho más cercano al órgano que lo ha de representar (como miembro de una familia, como trabajador que conoce bastante de la problemática y del funcionamiento del oficio que desempeña y del lugar en el que lo ejerce y, por último, como habitante del municipio en el que vive -sobre todo si éste no es muy grande o si, en lugar de elegir a los representantes de su ciudad, elige a los representantes de su barrio y/o distrito). En este tipo de democracia esos entes artificiales que son los partidos políticos no usurparían la representatividad del tejido social y no lo harían, sencillamente, por su ausencia. Por el contrario, su existencia y supuesta legitimidad sólo tiene cabida en las actuales nefastas ´democracias inorgánicas´.

 

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     Resulta imprescindible la necesidad de no menospreciar un principio tan básico para el funcionamiento de cualquier comunidad cual es el de la autoridad; tan ligado al de la jerarquía y, en definitiva, al de la innata y adquirida (a lo largo de una vida de méritos y desméritos) desigualdad del que emana.

 

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     La dirigencia de una comunidad, más que para representar a la comunidad, debe de estar para dirigirla y servirle de referencia (ética y espiritual). Más que para prometerle cosas y regalarle derechos debe de estar para exigirle superación y participación esforzada en las empresas comunes; además de para imponerle obligaciones y deberes. Sólo así engrandecerá anímica y espiritualmente a sus miembros y a la comunidad como tal. No mal encaminado iba aquel lema de la Italia mussoliniana que rezaba así: “creer, obedecer y combatir”.

 

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     La Declaración Universal de los Derechos Humanos es fruto de un pensamiento Ilustrado al que debemos de rechazar como origen de los males consecuentes que acarrea: liberalismo, democratismo, individualismo, capitalismo, marxismo, colectivismo,…Hay que hablar menos de otorgar derechos y más de exigir el cumplimiento de obligaciones y deberes.

 

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      El ´derecho a la diferencia´  (manifiesto en  derechos tales como la libertad de expresión, de pensamiento y de conciencia) del que habla la Declaración Universal de Derechos Humanos es irrisorio visto cómo están de teledirigidos y manipulados (mass media, sistemas “educativos”,…) el pensamiento y las inclinaciones de la humanidad actual.

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