Julius Evola. Septentrionis Lux


Carta a un amigo y camarada
julio 4, 2009, 4:06 pm
Filed under: Ética y valores, Eduard Alcántara

       Hablaste de una forma de percibir, de vivir y de aceptar la existencia distinta a aquélla que empieza centrando sus prioridades de acuerdo al ideal plasmado en aquella fórmula del “hombre nuevo” de la que nos habló Corneliu Zelea Codreanu y que anteponía la transformación interna del hombre a cualquier tipo de cambio, por muy radical y alternativo que fuese, de tipo político, social y/o económico, pues el líder rumano creía que estos cambios estructurales acabarían revistiendo un carácter pasajero si el tipo de hombre que los debería de hacer triunfar seguía siendo el de ese hombrecillo moderno que ha ido conformándose, sobre todo, a lo largo de las dos últimas centurias y que –se tercia añadir- ha llegado a su máxima expresión en nuestros días.

       Este hombre moderno sólo entiende de concupiscencia, de hedonismo incontrolado, de nimiedades, de vanidades, de superficialidades, de fachada, de máscara, de egoísmos, de bajos instintos e impulsos esclavizadores, de pulsiones alienantes, de individualismo y de materialismo y, en consecuencia, acabará pudriendo cualquier institución política y cualquier ordenamiento socioeconómico que pudieran hallarse en las antípodas de aquéllos otros que actualmente hemos de padecer. El egoísmo y el individualismo que caracterizan al hombre de nuestro disolvente mundo moderno acabarán haciéndole, a la larga, decantarse por un sistema económico que como el capitalista liberal no entiende de espíritu comunitario y por un sistema político que como el del liberalismo partitocrático sólo entiende de banderías, de relativismos y de enfrentamientos y disonancias insolidarias y fraticidas.

        Es por este motivo por el que difícilmente podremos esperanzarnos en la pervivencia de cualquier tipo de ordenamiento orgánico, comunitario, jerárquico y, en resumidas cuentas, Tradicional si los “valores” del hombre que lo ha de sustentar están en total desacuerdo con aquéllos que han de ser los propios de dicho ordenamiento.

         ¿¡De qué nos serviría que masas enormes pasaran a engrosar nuestras filas si dichas masas siguieran actuando y comportándose como pitralfas que únicamente pensasen –tal como acontece hoy en día- en comprar desaforadamente, en consumir compulsivamente, en aparentar más que sus semejantes, en priorizar la apariencia a la esencia y en no concebir más realidad que aquélla mutilada y material que es a la que tan sólo pueden llegar a percibir nuestros sentidos!? ¿¡De qué nos sirve esto!? Seguro de que a ti tampoco te sirve de nada.

       Seguro que tú te encuentras al otro lado de la barrera tras la que balbucea, se arrastra vermicularmente y se denigra a sí mismo el hombre moderno. Seguro que tú no compartes sus “valores”. Seguro que tú estás con aquel otro mundo que anteponía (y todavía tiene –aunque parezca una quimera- la posibilidad de anteponer) a cualquier otra aspiración el sentido del honor, del heroísmo, de la camaradería, de la fidelidad, de la lealtad, de la nobleza, de la franqueza, del sacrificio en pos de un ideal, de la sinceridad, de la honestidad, de la rectitud, de la fraternal e indestructible amistad, de una vida que no perdía la referencia de lo Alto y Trascendente,…

       Seguro que te hallas al otro lado de la barrera por más que puedas decir lo contrario, pues las palabras se las puede llevar el viento pero el ejemplo que uno cotidiana y continuamente da queda ahí, pétreamente inalterable ni por el verbo ni por ninguna disquisición intelectual ni acrobacia discursiva que uno pueda lanzar en soflama o en debate. Por mucho que la palabra pretenda contradecirlo el ejemplo personal dado y mostrado día a día quedará ahí: incólume, inalterable y enhiesto.

       Podrás, en acalorado y vehemente debate, expresar lo que quieras pero no podrás evitar que a todos los que te conocen bien no les parezcas como sacado de otros tiempos en los que primaban los valores que realmente dignifican al hombre y que son en definitiva los que siempre definieron a lo que se ha dado en llamar el Hombre de la Tradición y que se encuentran en el punto más lejano posible de los antivalores por los que se rige y por los que se deja arrastrar el decadente y deletéreo hombrecillo moderno.

        Por mucho que puedas afirmarnos, de viva voz, lo contrario no tienes más remedio que admitir que tus lealtades, tus compromisos y hasta tus gestos, tu manera de expresarte, tus dichos y tu mismo vocabulario casan abrumadoramente con los que fueron propios de siglos pretéritos en los que el hombre no había aún caído en la actual ciénaga en la que se ahogan nuestros contemporáneos en coreografía propia de autómatas y borregos que caminan de manera conformista al matadero. ¡Tú no formas parte de estos untermenschen cainitas!

       A los que te han tratado con profundidad  nunca les podrás convencer de que no eres como una especie de exiliado en este disoluto siglo XXI. No les va a convencer de que tus preferencias encajan con las del común de los mortales que vegeta a nuestro alrededor. No les va a hacer creer que eres un esclavo más de las pulsiones y bajos instintos que arrastran –hacia una convulsión mental sin fin- al hombre vulgar, común y corriente que ha excretado esta etapa crepuscular y obscura que se cierne alienantemente sobre todos nosotros. No insistas, ¡no les vas a convencer de ello!

 

 

       Para evitar hundirnos hasta el cuello en el nauseabundo barrizal de la modernidad bien nos puede servir el oráculo de Apolo que se puede leer inscrito en el templo que esta divinidad tenía consagrado en la griega Delfos: “Nada en exceso”. Y también nada, por otro lado, hay que prohibirle al hombre que sabe evitar los excesos y ha, así, demostrado, estar por encima de la masa, dominar sus experiencias vividas y no caer, por ende, esclavo de ellas.

 Para ti, entrañable amigo y camarada:

      ANIMA ET HONOR

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