Julius Evola. Septentrionis Lux


Evola y la cuestión racial II.
julio 4, 2009, 10:13 am
Filed under: Eduard Alcántara, Julius Evola

Hace algún tiempo redactamos un escrito bajo este mismo título. En aquella ocasión empezamos por intentar realizar un esbozo de la ´doctrina de la raza´ que el italiano Julius Evola sistematizó en su día de acuerdo a los parámetros que siempre definieron a la Tradición y por los que se rigieron los pueblos indoeuropeos antes de precipitarse a la sima del crepuscular y deletéreo mundo moderno. Y tras dicho esbozo reprodujimos una buena relación de reflexiones suyas, aparecidas en una representativa cantidad de sus obras, escritas a lo largo de varias décadas, en las que se difuminaban totalmente ciertos equívocos -propalados por la ignorancia (sobre el contenido de la obra de Evola) de unos y la mala intención de otros- existentes sobre el verdadero carácter de esta ´doctrina de la raza´.

     Al respecto de esta doctrina deberíamos resumir que el autor italiano estableció una jerarquía entre lo que él clasificó como las tres razas que forman ese compuesto que llamamos ´hombre´. En lo más alto de esta jerarquía situó lo que denominó como ´raza del espíritu´ (conformada por el tipo de espiritualidad que en el hombre indoeuropeo siempre fue de naturaleza solar, celeste, viril, olímpica, operativa, transformadora y activa). Bajo ésta y como reflejo de su carácter nos explicó que se halla la ´raza del alma´ -alma como sinónimo de psique o mente- (cuyos atributos definitorios siempre fueron tales como el honor, el valor, la fidelidad, la ´gravitas´, la templanza, el autodominio, el espíritu de sacrificio, la mesura,…). Y finalmente nos habló de una ´raza del cuerpo´ que sería la raza física y que siempre reflejaría en los rostros de sus integrantes esos atributos de nobleza que hemos relacionado como definitorios de la ´raza del alma´.

     Nos dejó bien claro que dichos atributos de nobleza insertos en la ´raza del alma´ sólo se desarrollan si el hombre es fiel a la tradición espiritual que siempre caracterizó a la etnia a la que pertenece. O dicho de otro modo, si es fiel a su ´raza del espíritu´. Si abandona a ésta, los atributos de la ´raza del alma´ pueden sobrevivir, como por inercia, durante un cierto tiempo pero, a la postre, desaparecerán.

     Asimismo cuando estos atributos de la ´raza del alma´ hayan desaparecido y hayan sido sustituido por otros extraños (extraños, en este caso, a los propios y originarios del hombre indoeuropeo), tales como la pusilanimidad, la cobardía, el amor a la vida fácil, cómoda y extasiada por lo sensual y por los más bajos placeres, el engaño, la perfidia o el humanitarismo ramplón, pacifista y cosmopolita, cuando esto suceda el hombre no conocerá más de lo diferenciado y lo cualitativo y caerá en el marasmo de la masa, de lo cuantitativo, del número, en lo gregario despersonalizado y, en consecuencia, caerá en una mescolanza niveladora, indiferenciadora e igualitarista no sólo a nivel cultural sino también racial o étnico. Igualmente una pérdida de tensión interior motivada por esta perturbación sufrida en el seno de la ´raza del alma´ acaba reflejándose en la ´raza del cuerpo´ en forma de laxitud externa, amaneramiento, de expresión innoble, agazapada, o taimada o de rostro bobalicón y falto de expresión enérgica.

     

     Lo expuesto hasta ahora describe una caída que acontece desde arriba hacia abajo: empezando por la ´raza del espíritu´, continuando por la ´raza del alma´ y acabando en la ´raza del cuerpo´. Caída que sigue la lógica de una concepción jerárquica de la vida. Pero también debería de quedar claro que sin el eslabón inferior (la ´raza del cuerpo´) se hace imposible cualquier anhelo e intento de restauración de la integridad perdida del hombre –en este caso- indoeuropeo, pues es en el interior de este hombre indoeuropeo donde se hallan en estado larvario, adormecidos y en potencia los atributos mentados de la ´raza del alma´ y la llama de ese tipo de espiritualidad concreta propia de nuestra ´raza del espíritu´. Atributos del alma y tipo de espiritualidad que deberíamos de imponernos rescatar si queremos aspirar, algún día, a considerarnos Hombres en sentido integral y atributos del alma y tipo de espiritualidad que en cada raza revisten unas determinadas, peculiares e intransferibles características.   

 

     Las citas que expondremos seguidamente se añaden a las que, de nuestro autor italiano, ya ofrecimos en el anterior citado escrito que lleva el mismo título que éste. No serán tan numerosas, ya que las consideramos como un añadido hecho a aquéllas. Han sido extraídas de la 2ª edición ampliada de “La raza del espíritu”, publicada, en marzo de 2.005, por la argentina Ediciones Heracles. De la 1ª edición ya extractamos algunas citas que colocamos, en su día, en el artículo aludido. Revisten estas nuevas citas un carácter muy contundente a la hora de deshacer malentendidos que van en la línea contraria a lo que hemos expuesto en el párrafo anterior. Malentendidos que irían en la línea de afirmar que para Evola la ´raza del cuerpo´ no tendría ningún valor mientras las esencias de la ´raza del espíritu´ y los atributos de la ´raza del alma´ estuvieran en acto, en vigencia. Hemos creído desautorizar y vaciar de argumentos tamaña tropelía y consideramos que aún más lo harán las siguientes palabras de Evola.

 

 

     Así pues en un artículo titulado “Raza y cultura” y publicado, en enero de 1.934, en la revista “La rassegna italiana” nuestro gran intérprete transalpino de la Tradición afirmaba que:

     “Racismo significa pues reconocimiento de una determinada diferenciación de los hombres como dato originario: relación de un determinado grupo de hombres con un ´tipo´; purificación de la estirpe que le corresponde respecto de los elementos extraños sea étnicos como culturales; íntima adhesión del sujeto a la tradición de la propia sangre y a las ´verdades´ que se encuentran íntimamente vinculadas con esta sangre; eliminación de cualquier mezcla espuria.”

 

     Y en el mismo artículo añadía:

     “Por cierto, la preservación de la pureza étnica se nos debe aparecer como la condición más favorable para que también el ´espíritu´ de una raza se mantenga en su fuerza y pureza originaria.”

 

     En otro escrito titulado “Raza y ´ascesis´” y publicado, en abril de 1.942, en la misma revista sentenciaba que:

     “El hombre ario posee una semilla de luz, un elemento sobrenatural, un núcleo intangible y soberano, que en otras razas se encuentra ausente, o bien está ofuscado o, finalmente es sentido tan sólo como externo y ajeno.”

 

     En el mismo articulo anterior escribía que:

     “Las relaciones entre raza y ascesis se esclarecen  en el mismo momento en que se tenga presente que, en el curso de los milenios, no sólo la superior conciencia ´olímpica´ de las razas arias se ha sumamente ofuscado en la gran mayoría de sus exponentes, sino que cruzas múltiples han introducido, a través de una sangre extraña, también instintos, formas de sensibilidad y sobre todo de pasionalidad y de deseo que hoy en día se consideran como ´normales´ y ´humanas´ para cualquiera, pero que sin embargo eran ajenas a la originaria alma aria, ario-romana y nórdico-aria. Ahora bien, uno de los significados principales de una ascesis bien comprendida es justamente éste: reconquistar aquello que se ha perdido; vivificar el estado primordial; neutralizar la influencia desmedida de la parte instintiva, pasional e irracional del ser humano, exasperada sobre todo en razón de la mezcla con la sangre de razas no-arias; reforzar aquellos caracteres típicos de naturaleza ´sidérea´, soberana, impasible, que originariamente se encontraban en el centro de la ya mencionada humanidad ´hiperbórea´ y de todas sus ramificaciones como raza dominadora.”

 

 

    En otro escrito que lleva por título “Valores supremos de la raza ariana”, publicado, en febrero de 1.940, en la revista “La difessa della razza” aclaraba que:

     “Para ser realmente ´ario´ los textos indicaron en efecto una doble condición: el nacimiento y la iniciación. Ario se nace, no se deviene; nascitur, no fit.”  

 

     Y, por último, en el mismo escrito nos explicaba que:

     “…es posible descubrir aquello que, en las diferentes civilizaciones, atestigua la presencia o la reemergencia de fuerzas y de tradiciones pertenecientes a la arianidad  y aquello que, en vez, debe considerarse como alteración o deformación debida a influjos e infiltraciones de razas y castas inferiores.”

 

     Nos parece que, tras estos dos artículos nuestros escritos bajo el mismo título en los que la voz de Evola ha sido la protagonista, huelgan más comentarios y sobra cualquier tipo de aclaración más.

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