Julius Evola. Septentrionis Lux


Paganismo y cristianismo
julio 5, 2009, 11:07 am
Filed under: Eduard Alcántara, Espiritualidad

La razón que nos mueve a escribir este artículo no es únicamente la de efectuar un estudio doctrinario comparativo de ambas corrientes espirituales y vivenciales y constatar, por ende, las importantes diferencias que hay, o ha habido, entre las dos concepciones existenciales, sino también la de dejar patentes aquellos conceptos y momentos históricos que más las hayan aproximado e intentar, de esta manera, contribuir a limar asperezas entre gentes que defienden una serie de principios y valores comunes, pero que se resisten a formar parte de un proyecto común a causa de divergencias de toda índole, como las de carácter religioso.

Dejemos primeramente claro que paganismo no es sinónimo de panteísmo y no consiste, ni ha consistido, -por ejemplo- en adorar fuerzas o elementos de la naturaleza como tales, sino como símbolos o moradas de unos principios trascendentes y, por tanto, superiores.

Habiendo aclarado lo cual, pasaremos en primer lugar a adentrarnos en una serie de análisis que nos harán situar al paganismo y al cristianismo en los dos polos opuestos de la línea de la existencia.

Así pues, mientras el paganismo siempre consideró a la naturaleza como fruto de la emanación de un Principio Supremo y, en consecuencia, la alzó al pedestal que le correspondía y tuvo árboles, bosques, montañas,… como lugares sagrados y de culto, el cristianismo, en cambio, marginó lo físico y especialmente al cuerpo humano a la categoría de incitadores al pecado. Y esto lo hizo por asumir los dogmas, las concepciones y los textos sagrados –el Antiguo Testamento- de una religión de corte semita como la mosaica; esto es, por constituirse en judeocristianismo.

En este orden de cosas, el paganismo observó y trató siempre al cuerpo humano como “el templo del espíritu”, mientras que el cristianismo lo contempló como la mazmorra que impedía la liberación del alma; asimismo la vida terrenal en la que este encarcelamiento tenía lugar la definió como “un valle de lágrimas”.

Algunas sectas cristianas heréticas, como el maniqueísmo o el catarismo, llegaron, incluso, más lejos y sostuvieron, respectivamente, el dogma de que el mundo físico y -en consecuencia- también el cuerpo humano estaban bajo la influencia directa de las fuerzas del mal o habían sido creados por el ángel caído: Lucifer.

Esta base semita del cristianismo le ha conformado un carácter muy intransigente ante otras religiones o ante otras formas de concebir al mismo cristianismo. El resultado de lo cual ha sido el de persecuciones, matanzas, excomuniones, acusaciones de herejía,…

Por el contrario, el paganismo siempre se mostró muy tolerante hacia otras formas de entender la espiritualidad y, así, muchas religiones paganas fueron influyéndose mutuamente, asimilando y adaptando dioses y ritos, tal como, por ejemplo, sucedió con la Antigua Roma, que permitió los cultos que practicaban y profesaban los pueblos dominados, intentó en muchas ocasiones adaptar dioses y celebraciones a los suyos propios y, aún más, acabó incluyendo en su panteón divino y en un lugar de preferencia a divinidades como la Isis egipcia o el Mitra persa.

La Roma pagana tan sólo emprendió algunas persecuciones contra el cristianismo en épocas de determinados emperadores, que abarcaron períodos muy concretos y restringidos de sus respectivos mandatos y que, al contrario de lo que la historiografía oficial que el cristianismo fue elaborando con el devenir de los siglos, en las provincias del Imperio en las que mayor “virulencia” alcanzaron apenas si llegó al centenar el número de finados habidos en sus principales poblaciones.

Y estas puntuales persecuciones, que acabaron en época de Diocleciano, únicamente sucedieron cuando el cristianismo se empeñó en la labor de minar los fundamentos mismos del Imperio, con sus consignas pacifistas entre las legiones romanas o con sus ataques a la estructuración jerárquica de la sociedad romana; empezando con su oposición frontal a la esencia del poder representado por el emperador: su condición divina.

No nos ha de extrañar esta condición divina atribuida a la máxima autoridad de la Roma Imperial, por cuanto en el mundo pagano siempre se tuvo clara la idea de que los clanes, las “genes”,… tenían como antepasado consanguíneo a un dios o a una diosa; así, la misma familia de Julio César se consideraba descendiente de Venus. Por esta manera de pensar, hasta el mismo nombre genérico identificativo de algunos pueblos hacía referencia a su origen divino: godos, del germánico dioses.

Esa semilla divina que cada uno portaba en su interior podía germinar a través de una serie de ritos iniciáticos e impregnar todo su ser, transformando al iniciado a la condición de un dios y haciéndole copartícipe de su naturaleza y esencia.

La conciencia que se tenía de esta potencialidad interior hizo que el pagano orara y se dirigiera a sus divinidades casi de tú a tú, en pie, con dignidad y no, como hacía y hace el cristiano, arrodillándose, humillado y con el pesado sentimiento de culpa que desprende la idea del pecado original.

Este complejo de culpabilidad hace débil al hombre y le impele, cuando atraviesa por dificultades, a suplicar la ayuda de Dios, a que éste descienda a su nivel. El pagano, en cambio, intentaba ascender a la altura de los dioses en el mismo momento en que luchaba por asumir su misma naturaleza.

El igualitarismo que especialmente caracterizó al cristianismo de los primeros siglos, que tuvo como máximo estructurador e ideólogo a Paulo de Tarso y que luchó contra el orden jerárquico-social de la Roma Imperial, ignoró la realidad de la desigualdad innata del ser humano y sólo concibió una manera de servir plenamente a Dios: la vía del celibato; sin la castidad sexual no se puede aspirar a nada más que a la categoría de simple creyente.

Frente a esto, el paganismo siempre fue consciente de la desigualdad connatural de la condición humana y posibilitó múltiples caminos para llegar o aproximarse al conocimiento de la realidad suprasensible, a la gnosis de lo trascendente, de lo metafísico. Así pues, como botón de muestra de esto, facilitó, en la antigüedad greco-romana, el culto y los ritos a Marte para las naturalezas humanas activas y guerreras. O a Apolo para aquellos caracteres más ascéticos. O los cultos dionisíacos, o bacanales, para los espíritus más dados al desenfreno. 

Clara ha quedado, pues, la adscripción de ambas formas de entender la vida y la existencia a cosmovisiones totalmente opuestas, pero no podemos por menos obviar el hecho patente de que, en ciertas etapas históricas, el cristianismo evolucionó, o quién sabe si no hizo más que volver a lo que quizás fueron sus auténticos orígenes, y adoptó formas, estructuras y valores más acordes con la idiosincracia de los pueblos indoeuropeos y con los cultos paganos con los que siempre se habían identificado.

Con Constantino y Teodosio El Grande el cristianismo se encaramó al poder en la Roma Imperial y empezó a entender de jerarquización social y a olvidarse de sus lacras pacifistas. Y con la conversión, en los siglos posteriores a la caída del Imperio Romano de Occidente y a lo largo de la Edad Media, a la nueva fe por parte de los pueblos nórdico-germánicos, eslavos, celtas,… acabará metamorfoseándose y adoptando, con un barniz cristiano, la mayoría de los cultos, ritos, celebraciones, festividades, usos, costumbres, leyes y estructuras del mundo pagano.

El cristianismo –algunos estudiosos prefieren ya hablar, tras dicha metamorfosis, de catolicismo- se adaptará, pues, en el Medievo al derecho germánico –el romano seguirá, también, vigente- y a los usos traídos por estos antes llamados pueblos bárbaros: duelos, torneos entre caballeros,… Y tampoco será ajeno al concepto de “fides” romano o al de vasallaje germánico que acabarán conformando la jerarquizada sociedad feudal.

Las órdenes religioso-militares como la del Temple o la de los Caballeros Teutónicos acabarán zanjando definitivamente el enfrentamiento que el cristianismo paulino abrió entre milicia y espiritualidad y obligarán a reconocer como legítima la vía del guerrero, la vía de la acción como camino válido para la realización espiritual.

Aunque con la oposición radical del Papado y de sus seguidores güelfos, el Sacro Imperio Romano-Germánico luchó, inspirándose en su referente de la Roma pagana, por la unificación en la persona del Emperador de los poderes temporal y espiritual. Ésta fue una de las principales aspiraciones del gibelinismo.

No abogará la gente de la Edad Media por la imagen de un Jesús de corte pacifista y pusilánime como la del cristianismo de las primeras centurias. Tampoco difundirá la de ese Jesucristo sufriente que la posterior Edad Moderna, con el impulso sobre todo del Barroco, nos ha legado hasta nuestros días. Sino que serán los Cristos majestuosos, victoriosos y Señores del Universo los que los artistas medievales gustarán de pintar en los frescos de multitud de iglesias románicas: serán los Pantocrátors de rictus sereno insertos en esas figuras ovaladas que representan el Universo del cual son señores.

Inclusive los santos cristianos experimentarán en dicha época transformaciones sustanciales en sus cualidades y, en muchas ocasiones, llegarán a adoptar atributos de antiguas deidades paganas. Así, al “Santiago matamoros” se le conoce, durante gran parte de la Reconquista en España, como el “hijo del trueno”, evocándonos al mismísimo Thor y haciéndosele cabalgar, espada en mano, sobre un blanco corcel.

La misma consideración del sexo como instrumento al servicio del pecado asimilada de la religión hebraica se desvanece y nadie se escandaliza, aunque tampoco represente especial motivo de loa, con los devaneos amorosos extramatrimoniales de figuras como, por ejemplo, las que en la tardía España medieval –y, por los valores imperantes, podemos denominarla todavía de esta manera, aún cuando el resto de Europa vivía de pleno en la Edad Moderna- tenían hijos ilegítimos sin que nadie pusiera en tela de juicio su sincera fe: Fernando el Católico, el Emperador Carlos,…

En el descubrimiento, conquista y colonización de América concurre uno de los últimos grandes episodios en los que ”espada y crucifijo” actúan al unísono, en que milicia y espiritualidad profunda y sincera, antes que antitéticas, resultarían inviables la una sin la otra.

Constatamos, por desgracia, la similitud existente entre el cristianismo paulino y el actual estado de la Iglesia Católica, abocada, cada vez más, a un creciente proceso teológico de semitización (“los judíos son nuestros hermanos mayores”, afirma el Vaticano); plebeyizándose por momentos (preocupándose más de lo mundano que de lo sagrado); apoyando a las filosofías igualitaristas de los sistemas demoliberales; contemporizando, en resumidas cuentas, con el marasmo disolvente del mundo moderno; y cabalgando, codo con codo, con los signos de los tiempos decadentes y corrosivos que nos ha tocado padecer.

Dejábamos caer, párrafos más arriba, la idea de que tal vez el cristianismo de los primeros siglos no era, en realidad, el verdadero cristianismo. Y así lo creemos, por cuanto el paulino no representó más que una profunda manipulación del mensaje de Cristo. De un Cristo que hemos de enmarcar en la vasta tradición indoeuropea pagana y cuyo nacimiento ya fue anunciado por el poeta Virgilio, en sus Bucólicas, con detalles geográficos y de otra índole; afirmando que en cuarenta años nacería, como hijo de Apolo, y no errando en esta predicción cronológica.

Y es que, de acuerdo a las tradiciones indoeuropeas o hiperbóreas, el Principio Trascendente se manifiesta de forma periódica, preferentemente en las épocas y lugares donde el hombre se empieza a alejar mas de Él.

Y así sucedió en un enclave con fuerte presencia racial indoeuropea como lo era Galilea, donde, a pesar de ser la mosaica la religión imperante, sus pobladores eran gentes de extracción étnica semita, pero no judía –al contrario de lo que sucedía en Judea, donde sí lo eran-, con un elevadísimo porcentaje de descendientes de griegos del Asia Menor y de expedicionarios celtas; de ahí el topónimo Galilea, como tierra de galos, esto es, de celtas.

Y dicho Principio Divino, en consecuencia, eligió como soporte físico para su encarnación el de un hiperbóreo, como se hace patente con una simple contemplación de la figura grabada en la famosa Sábana Santa; especialmente de sus rasgos faciales y de su forma craneal. (Y no es éste el lugar para demostrar la evidente autenticidad del lienzo.)

La oposición de Cristo a la religión y a la ley judías se hizo manifiesta desde los primeros momentos de su acción evangélica: no respetando el sábado como día sagrado; oponiéndose a la lapidación de adúlteras; no reconociendo la condición del hebreo como “pueblo elegido” por Dios, sino, por el contrario, definiendo a sus miembros con apelativos como el de “víboras” o “hijos del diablo”;…

A pesar de que muy lógico hubiese resultado lanzar diatribas contra Roma, por su condición de ocupante militar de Palestina, Jesús nunca lo hizo y, aun más, -como episodio definitorio de esta actitud- reconoció no haber hallado más fe en toda Palestina que en la persona del centurión romano que le pidió que sanase a su criado agonizante.

El mismo gobernador romano de Palestina, Poncio Pilatos, declaró a los representantes del Sanedrín no encontrar ninguna culpabilidad en las obras ni en las palabras de Cristo y ante la insistencia del máximo tribunal religioso y político judío, y de la muchedumbre congregada ante el pretorio, no encontró más opción que la de aprobar su crucifixión para evitar probables alborotos; eso sí, lavándose públicamente las manos como signo de que él no quería cargar con la responsabilidad moral de la que consideraba injusta sentencia.

Queda diáfano, pues, que la prédica de Cristo no chocó, de forma alguna, con la Roma pagana y sí cargó, por antitética, con la fe israelita. Tampoco encontramos justificación del pacifismo antiviril promovido por el cristianismo de las primeras centurias si cotejamos muchos de los episodios del apostolado de Cristo: como cuando logra “zafarse” –intuimos los medios utilizados- de una multitud que, indignada por sus reprimendas en una sinagoga de Cafarnaún, intenta despeñarlo por un precipicio; o cuando arremete violentamente contra los mercaderes que hacen sus negocios en el Templo de Jerusalén; o cuando uno de sus apóstoles, Simón Pedro, cercena de certero espadazo –muestra de diestro manejo del arma- la oreja de uno de los esbirros enviados por el Sanedrín al Monte de los Olivos, o Getsemaní, para apresar a su Maestro; o cuando afirmó contundentemente que “Yo no vengo a traer la paz, sino la espada”.

Es, en definitiva, esta imagen de un Cristo ligado a los ciclos indoeuropeos o la del cristianismo que al ocupar las poltronas del Imperio Romano empieza a abandonar parte de su lastre semita paulino o la del cristianismo que en el Medievo se deposita como una fina película sobre las formas paganas adaptándose a ellas, es, decíamos, esta imagen la que, de ningún modo, desentona con la idiosincrasia que siempre tuvieron los pueblos hiperbóreos y la que nos ayudará a eliminar un posible motivo de encono entre aquellos que defendemos una serie de principios y valores comunes y, en resumidas cuentas, una visión similar del mundo y de la existencia. 

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“La oposición de Cristo a la religión y a la ley judías se hizo manifiesta desde los primeros momentos de su acción evangélica: no respetando el sábado como día sagrado; oponiéndose a la lapidación de adúlteras; no reconociendo la condición del hebreo como “pueblo elegido” por Dios, sino, por el contrario, definiendo a sus miembros con apelativos como el de “víboras” o “hijos del diablo”;… ”

dejás de lado toda la evidencia del raigambre esenio del cristianismo y del nazareno.
dice en el evangelio de Tasiano LXXXV

“Jesús atiende a una mujer sirio fenicia

LXXXV 1. Y fue Jesús de allí a Tiro y Sidón.
2. Y una mujer cananea, que era gentil, y de raza sirofenicia, clamaba, diciendo:
3. Señor, hijo de David, ten piedad de mí.
4. Porque mi hija está poseída de un demonio.
5. Mas él no contestó. Y llegando sus discípulos, le dijeron: Despídela.
6. Porque viene clamando detrás de nosotros.
7. Y él contestó, y dijo: Yo no soy enviado sino para las ovejas descarriadas del predio de Israel.
8. Mas ella vino y le adoró, diciendo: Señor, óyeme.
9. Y él dijo: No está bien quitar el pan de los hijos para dárselo a los perros.
10. Mas ella contestó: Señor, los perros comen de las migas que caen de la mesa de sus amos.
11. Y Jesús contestó: Mujer, grande es tu fe. Hágase como lo pides.
12. Y su hija quedó curada en aquel instante.”

hablar del raigambre ario del cristianismo me resulta un autoengaño obseno. aunque me gustaría conocer tu opinión.

Comentario por Fernando

lo que no entiendo es dónde está la apreciación ariosófica en el pensamiento del nazareno.

las enseñanzas de los evangelios son de paz (“Yo no vengo a traer la paz, sino la espada”, -hasta esta versión de la espada es cursi-), caridad, cura de los enfermos (judíos, los celtas se hubieran tenido que arrodillar primero, como el centurión “yo no soy digno”), igualdad de todos los gentiles ante dios (sustituirlo por la palabra hombres es la mayor mentira moral de la iglesia, la sinagoga de roma) separados del judío todavía como pueblo elegio (“ha el altísimo desechado a los judíos, no por ventura, pues yo también soy judío”).

de niño me enseñaron a leer la Toráh y en la medida que debía hacerlo también leí la vulgar y me sorprende que todavía se pretenda darle una interpretación intencionada al mejor estilo chamberlain a sus inicios. ¿sobre que base? ¿la arqueología?
¿si jesús no era maestro (rabí) que hacía en la sinagoga? ¿si sus padres no eran judíos porqué la circunsición? ¿si jesús no estaba orgulloso de su ascendencia hebrea porqué se ufanaron tantos los profetas en emparentarlo con nuestra estirpe?

además, ¿apolo-helios hubiera cuidado a los deformes y a los tarados como lo hizo jesús? ¿lo haría usted? ¿preferiendo a una prostituta tal vez?

el Cristo ligado a los ciclos indoeuropeos es como usted mismo lo dice sin quererlo, un Cristo deformado en su raíz por individuos que NO eran cristianos en absoluto ¿cómo ser cristiano sin siquiera cumplir con los diez mandamientos? “no querais cegaros hermanos míos, no verán las puertas del señor ni los fornificarios…”.

lo que tampoco entiendo es también porqué el post sobre el islam tiene tantas respuestas y éste sólo la mía.

Comentario por Fernando

Ciertamente el objetivo principal que perseguíamos a la hora de redactar este escrito fue el de limar asperezas entre gentes que comparten concepciones de la existencia muy similares pero que debido a defender religiones diferentes acaban enfrentándose a veces casi sin posibilidad de conciliación. La dicotomía “paganos”/cristianos ha provocado siempre muchos insalvables enconos entre gentes que comparten valores e ideales opuestos a estos nefastos de la modernidad y de sus engendros filosóficos, culturales y políticos. Quien esto escribe no va a apostolar con rotundidad acerca de un presunto mensaje de base indoeuropea por parte de Jesucristo y desmarcado, por ello, de las concepciones religiosas del judaísmo. Sin duda los hay que han encontrado una enormidad de similitudes entre deidades de diferentes tradiciones indoeuropeas y Jesucristo. Se pueden, asimismo, hallar episodios en los evangelios que parecen separar a Jesús de la tradición judía, pero también se pueden encontrar numerosas citas bíblicas en las que, como bien afirmas, se puede hallar continuidad entre el judaísmo y las prédicas de Jesucristo. Ante lo polémico, pues, de afirmar en un sentido o en el otro diferente… el mejor camino para acercar posturas entre cristianos y precristianos (lo de ´paganos´ no deja de ser un término peyorativo emitido por los cristianos) es el de contemplar el cristianismo como cristianismo helénico o catolicismo, esto es, como adecuación (¿o quizás abandono total?) del mensaje de Cristo a las cosmovisiones del mundo indoeuropeo con que se topó al irrumpir en Europa y contactar con el mundo romano y con los pueblos germánicos que dieron pie al nacimiento de un Medievo en el que el cristianismo tomó -debido a estos influjos- unos aires más que aceptables; si no el cristianismo oficial sí el paralelo que quizás revestido con capa cristiana corría por otros derroteros y que se puede otear en las órdenes ascético-militares, en la constitución del Sacro Imperio Romano Germánico o en agrupaciones como las de los Fieles de Amor.
Alguien dijo en cierta ocasión que lo más atractivo del cristianismo es (o ha sido) lo que no ha tenido de cristiano y tal vez llevara razón, pero, repetimos, a la hora de escribir este artículo nuestra intención básica ha sido la de acercar y no la de separar definitiva e irreconciliablemente posturas encontradas y gentes válidas enfrentadas.
Saludos cordiales y agradecimientos por tus dos jugosos e interesantes comentarios:
Eduard Alcántara

Comentario por Eduard Alcántara

Le agradezco que se haya tomado el tiempo y la molestia de responder mi mensaje, más desaforado supongo para usted que interesante.
Esto me ayuda a comprender ciertas afirmaciones vertidas en el sitio contra las que tenía cierto prejuicio, que si no fuera, por cierto, por la acumulación de tanta propaganda oscurantista y tanta persecución contra el ns, serían naturales, tan sencillas…. ¿Se imagina un programa camarada en televisión abierta? El sistema mundial caería en dos días.

Comentario por Fernando

Sí,la verdad es que cuando los ataques injustos no cesan resulta un buen -y más que comprensible- mecanismo de autodefensa el cerrar las puertas de los cuarteles a cal y canto para que no entre ninguna influencia ajena que, a la larga, podría resultar distorsionadora.
Llevas toda la razón en que al Sistema no le interesa que se expongan sobre la mesa las verdades, pues rápidamente se desenmascarían sus patrañas y mentiras.
Saludos

Comentario por Eduard Alcántara




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