Julius Evola. Septentrionis Lux


Virilidad y homosexualidad II
julio 5, 2009, 2:30 pm
Filed under: Ética y valores, Eduard Alcántara

Hace ya un tiempo publicamos unas reflexiones que compartían el mismo título que las del presente redactado. Hemos querido realizar más comentarios a propósito de una cuestión como la de la homosexualidad que tan presente se halla en sociedades como las actuales que se encuentran tan imbuidas hasta la médula por el talante y los contravalores propios del corrosivo y enajenante mundo moderno. Por otro lado, aunque serán muy sucintos los comentarios que podamos añadir sobre la condición que en el hombre supone su antípoda –la virilidad- hemos querido mantener el mismo título para que quede patente la continuidad que queremos darle a ambos escritos. Y esto lo hacemos a pesar de que no únicamente efectuaremos alguna fugaz mención acerca de la virilidad sino que también tendremos presente su complemento en la mujer: la feminidad.

 Alguna intuición –como tal no meditada- nos dice que la abundancia con la que proliferan los casos de homosexualidad es francamente desmesurada y que, por tanto, no corresponde a los parámetros característicos de lo que debería de ser una comunidad socialmente equilibrada, compensada y bien vertebrada. La misma intuición nos empuja a pensar que alguna anomalía grave debe haber sucedido en el seno de dicha comunidad; de que algún desajuste de empaque deber haber acaecido.

Tras haber dejado a un lado las intuiciones y puesto en funcionamiento nuestro cerebro empezamos a encontrar lo que podrían ser las causas de tales desajustes. Causas, por otro lado, algunas de las cuales fuimos ya considerando y exponiendo en nuestro mencionado anterior escrito, por lo que no tenemos intención de volver a reincidir en ellas. Pese a lo cual no queríamos dejar de hacer alguna otra reflexión que viene de la mano de alguno de los comentarios que Julius Evola nos expone en un capítulo titulado “El tercer sexo” y que podemos leer en el libro “El hombre y la clava” (publicado en castellano por Ediciones Heracles en 1.999). Capítulo en el que nos presenta tan sólo una hipótesis. La hipótesis de que tal vez en los primeros momentos de vida del embrión a partir del que, en el útero materno, irá formándose el feto tal vez no esté todavía determinado cuál será el sexo que en un futuro le será propio. Quizás la ciencia posteriormente haya desmentido esta hipótesis pero, de todos modos, el razonamiento del que forma parte es lo que tanto a Evola como a nosotros verdaderamente nos interesa.

El Tradicionalista italiano vendría a decirnos que tal vez la determinación del sexo del feto podría deberse a factores de tipo externo a éste. Quizás (si la memoria de lo por Evola escrito no nos falla) relacionados con el azar. Sabemos (añadimos nosotros) que existen especies animales en las que el sexo es determinado, por ejemplo, por los grados de temperatura a los que, en un determinado período, estuvieron expuestos los huevos. Tal es, como botón de muestra, el caso que atañe a los cocodrilos.

Es por ello que si la fijación del sexo que tendrá el individuo pudiera estar tan en el aire y depender de tan poco podríamos comprender con más claridad el porqué una vez el ser humano, tras el nacimiento, atraviesa sus primeras etapas de vida depende en tan alto grado, para ir conformándose como heterosexual o como homosexual, del tipo de educación, de mensajes, de influjo externos, de modelos, ejemplos y arquetipos que reciba.

Podríamos considerar al individuo, en sus primeras etapas de existencia, como algo amorfo, como una masa sin forma a la que hay que ir dándosela y moldeando paulatina y constantemente. Y esta consideración no deja de ser válida por el hecho de que la hipótesis evoliana pudiera no tener base científica, ya que dicha hipótesis es sólo una imagen utilizada por el autor transalpino para facilitar la comprensión de unos razonamientos que son difícilmente refutables.

Al igual de que, de acuerdo con tal posibilidad expuesta, no estaría predeterminado el sexo físico del embrión tampoco, una vez el bebé nace, estaría predeterminado el sexo psíquico –sí ya, óbviamente, el físico- del neonato. Como consecuencia de lo cual la asunción del rol, del comportamiento, de las actitudes y de las inclinaciones de todo tipo –incluida la sexual- inherentes al sexo físico al que pertenece el niño y, posteriormente, el adolescente dependería (y, de hecho, nosotros nos atrevemos a afirmar que en la inmensa mayoría de los casos, si no en su totalidad, depende) de si dicho individuo fuera recibiendo desde su primera infancia el que podríamos denominar como trabajo artesanal adecuado consistente en ir dándole la forma adecuada a esa, en un principio, masa amorfa. Ir configurando correctamente lo que en un principio carece de forma (el sexo psíquico) para ir haciéndolo coincidir con el sexo físico y, para, con esta finalidad, evitar esta especie de esquizofrenia tan común en nuestros días y que consiste en enfrentar al sexo físico con el psíquico (conflicto, éste, de toda condición homosexual). Configuración correcta que sólo se conseguiría, tanto en el varón como en la hembra, a través de un tipo de educación que fortaleciera las predisposiciones, de toda naturaleza, que son inherentes a cada sexo físico pero que se encontrarían en una especie de estado latente y que de no ser despertadas y fortalecidas conveniente y continuamente apenas se harían presentes, apenas se consolidarían, apenas cristalizarían y apenas se convertirían en el sello propio que define –o debería definir- a cada género.

No vamos a reiterarnos sobre cuáles serían los rasgos básicos de este tipo de educación idónea, ni sobre qué tipo de ejemplos, modelos y arquetipos ésta debería potenciar, pues en el anterior artículo ya ahondamos algo sobre ello y lo hicimos centrándonos en el caso del varón y en la consideración de qué camino se tendría que seguir para hacerle definitivamente desembocar en la íntegra virilidad connatural a su condición de varón.

Esta, reiteramos, especie de trabajo de artesano consistente en dar forma a lo informe debería, cómo no, realizarse también sobre la niña y la adolescente si se pretende que asuma los valores, hábitos, comportamientos e inclinaciones que definen a una feminidad que siempre, en las sociedades Tradicionales, ha estado marcada por una sensibilidad especial, por el acendrado instinto maternal o por la preferencia, y especial capacitación, hacia actividades y faenas que suelen ser otras diferentes a aquéllas en las que el varón tiene –o debería tener- mayor inclinación, predisposición, aptitud y adecuación.

O el individuo es moldeado pertinente y adecuadamente para conseguir de él la forma adecuada o, por el contrario, se abandona este vital y primordial cometido y se deja al niño y al adolescente a que se exponga a toda suerte de imágenes e influjos que si bien en un mundo marcado por los parámetros de la Tradición serán de carácter positivo y formativo, en un mundo, por el contrario, como el de la modernidad anegado por el caos, la disolución y la inversión de los auténticos valores estas imágenes e influjos serán de índole corrosiva y abocarán al individuo no a adquirir la forma adecuada, sino –y valga la contradicción de los términos- una forma informe o, permítasenos la expresión, una forma deforme: la antiforma o la contraforma antinatura.

Para concluir no queremos dejar de señalar que siempre existirán individuos que, debido a su entramado genético particular, serán proclives a ser víctimas con mayor facilidad que otros de estas influencias nefastas y disolventes. Pero, siempre queremos afirmar esto sin dejar de tener bien presente que si estas influencias son muy enconadas, generalizadas y persistentes posiblemente nadie se encuentre totalmente a salvo de no verse, desgraciada e irremisiblemente, arrastrado por ellas.

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