Julius Evola. Septentrionis Lux


El deje andaluz, el flamenco y otros asuntos
julio 9, 2009, 8:47 pm
Filed under: Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara

En los conocidos como “Papeles póstumos” que escribió José Antonio Primo de Rivera en su reclusión carcelaria, y que tras ser fusilado pasaron a manos del líder del P.S.O.E. Indalecio Prieto, aparece un texto en el cual el que fue primer Jefe Nacional de F.E. de las J.O.N.S. ponía en tela de juicio la legitimidad histórico-lingüística del deje andaluz. No apostaba porque este último fuera el resultado natural de un proceso evolutivo de la lengua castellana propia de los reconquistadores y/o repobladores de las tierras que durante tantos siglos estuvieron en poder musulmán y que hoy corresponden a Andalucía. Defendía, por el contrario, José Antonio, la idea de que probablemente peculiaridades fonéticas tan características como las del seseo y el ceceo fueron el producto de una génesis artificial que habría que situar en el siglo XIX.

Estos comentarios vertidos por J.A. nos hicieron reflexionar sobre el contexto político y cultural de buena parte del siglo decimonoveno en el que dichos artificiales cambios fonéticos habrían hecho su irrupción. Y es a través de dicha reflexión por la que no pudimos obviar la influencia decisiva que por entonces tuvo el romanticismo en la aparición y en la efervescencia del nacionalismo; tanto de los llamados micronacionalismos como de los nacionalismos cuyos focos de influencia y pretensión abarcaban los territorios de muchos de los Estados por aquel entonces existentes.

Las eclosiones nacionalistas de raigambre romántica buscaron sus fundamentos y argumentos en reivindicaciones de aspectos superficiales y sentimentales de determinados períodos –en muchos casos manipulados- de sus respectivas historias. Su vertiente emocional iba a la par, repetimos, con lo superficial de la lectura de esos períodos históricos reivindicados.

Cualquier tentativa unitaria europea y/o de Imperium basada (como siempre que se dio lo estuvo) en valores y principios Superiores (Trascendentes e incluso Cósmicos) y, a la vez, profundos (por su naturaleza espiritual) quedaba definitivamente desechada y enterrada bajo el lecho del olvido.

Un cierto nacionalismo andaluz (en el s. XIX sólo en estado de incubación) no habría, pues, sido una excepción dentro del contexto general de aquella inestable Europa. Y a ese nacionalismo había que darle una justificación histórico-política y cultural. El hecho diferencial hubo quienes lo buscaron en el antiguo reino vándalo silingo (1) que se formó en el sur de la Península Ibérica pero que desapareció por el empuje visigodo; teniendo, los vándalos, que pasar al norte de África.

Otros, los más entre estos nacionalistas, lo buscaron (y lo buscan hoy en día) en el Al-Andalus musulmán (Blas Infante no fue ajeno a él). Y lo hicieron y lo hacen sin tener en cuenta que el llamado Al-Andalus abarcó territorios que prácticamente nunca se aproximaron territorialmente a lo que actualmente es Andalucía, pues en determinados períodos históricos englobó a prácticamente toda la Península Ibérica, en otros a la mayor parte de ella (Emirato dependiente de Damasco, Emirato Independiente, Califato de Córdoba) y, a medida que pasaba el tiempo, a territorios más reducidos (Reinos de Taifas, dominios almorávide y almohade, Reino Nazarí de Granada). Constataciones éstas que no anulan otras aún más absurdas como aquella consistente en reivindicar como propia, y como la que constituye la raíz de los andaluces, a aquella cultura que precisamente fue borrada del mapa peninsular (y, por tanto, también de los territorios del sur de la Península) por los antepasados de los defensores de este atípico e irracional nacionalismo andaluz. Y fue borrada por la fuerza de las armas de dichos antepasados y por su afán repoblador de un territorio que ante el empuje militar se vació –prácticamente en su totalidad (2)- de población musulmana y que tuvo que ser repoblado con gentes procedentes de las diversas tierras que comprendía el antiguo Reino de Castilla.

Visto pues de dónde se echaba –y se echa- mano para justificar desde el punto de vista histórico-político-cultural un cierto nacionalismo andaluz, habría que pasar a echarle un vistazo a los fundamentos lingüísticos (que se hallan también dentro del ámbito de la cultura) que (siempre supuestamente, si es que nos adherimos a estas sospechas que, como ya hemos señalado, tenía José Antonio) darían más legitimidad para reivindicar este nacionalismo.

Y estos fundamentos lingüísticos son de orden esencialmente fonético: hacen referencia a los ya aludidos seseo (propio, sobre todo, de la Andalucía occidental) y ceceo (situado en la Andalucía oriental), a la pronunciación de algunas letras “h” situadas al principio de palabra como si se tratase de la “j”, a la supresión de la “d” en aquellas formas del participio acabadas en ´-ado´ y en ´-ada´, a la eliminación de las consonantes cuando están situadas al final de las palabras e incluso, en determinadas zonas, a la no pronunciación de la “j”.

¿Cuándo hay que situar el origen de estas peculiaridades fonéticas en el castellano hablado en Andalucía? La respuesta la hemos ya dado párrafos arriba: podría ser que se desarrollaran a lo largo del siglo XIX.

¿Cuál es la razón de su aparición? Hemos ya señalado que podría tener mucho que ver con el desarrollo de cierto nacionalismo andaluz.

¿Cómo surgieron y se expandieron dichas peculiaridades? Pues podría ser que sucediera en contextos similares a aquéllos que, al decir de algunos autores, pudieron haber favorecido la expansión del cante y baile flamencos:

A caballo entre el final de la primera década y los primeros años de la segunda década del siglo XIX las tropas napoleónicas invadieron España. Los núcleos resistentes españoles conspiraron y se organizaron donde y como pudieron. El riesgo de que sus reuniones conspiratorias fuesen descubiertas por los franceses hizo agudizar el ingenio. Así pues, en Andalucía se generalizaron este tipo de reuniones en los tablaos flamencos de los gitanos. El asistir al espectáculo ofrecido en un tablao constituía una perfecta tapadera para no levantar sospechas y poder, de este modo, organizar, en su interior, actos de sabotaje y de guerrilla. Los conspiradores, así, tuvieron acceso a un cante y a un baile que, hasta entonces, les era bastante extraño y que era exclusivamente patrimonio de los gitanos (3). De esta manera, al acabar la Guerra de la Independencia con la expulsión, fuera de nuestras fronteras, del ejército francés aquellos resistentes popularizaron el flamenco en muchos lugares de España (sobre todo en Andalucía) entre la población no gitana (4).

Algo similar podría haber ocurrido con las peculiaridades fonéticas del castellano hablado en Andalucía. Podrían ser, en su origen, propias del castellano hablado por los gitanos (cuyas mayores concentraciones demográficas se daban –y aún se dan- en Andalucía) y podrían haber sido popularizadas, entre la población indoeuropea (entiéndase no gitana) de Andalucía, por aquellos conspiradores que se reunían en los tablaos flamencos; en los que tuvieron mucho contacto con los romaníes.

Sin duda los abanderados de un todavía larvario nacionalismo andaluz habrían hecho todo lo posible por generalizar aún más el uso de estas peculiaridades fonéticas.

¿Entre quiénes se expandió más –y se sigue expandiendo- esta forma dialectal o esta jerga conocida como ´andaluz´ y que para muchos nacionalistas andaluces constituye todo un idioma diferente al castellano? Pues aparte, sobra reiterarlo, de entre estos nacionalistas de mira estrecha, manipulada y manipuladora, también hemos observado cómo existe un estándar de persona andaluza que es más proclive a hablar en “andaluz” y existe otro estándar que mantiene fidelidad fonética con el castellano que no ha sufrido las alteraciones fonéticas señaladas.

El italiano Julius Evola desgranó magistralmente las características espirituales y anímicas que definían a los hombres que vivían (y/o habían vivido) de acuerdo a dos tipos de cosmovisiones diametralmente diferentes. A una cosmovisión la declaró como inspirada por la Luz del Norte y a la otra por la Luz del Sur. Pues bien, hemos ido, a lo largo de los años y de múltiples estancias en Andalucía, constatando que los andaluces cuyas características anímicas, mentales o psíquicas se aproximan a aquéllas propias de la Luz del Norte prácticamente no son presa de las peculiaridades fonéticas definitorias del ´habla andaluza´, mientras que, por el contrario, los andaluces que representan anímicamente a la Luz del Sur manifiestan mucha tendencia en hablar en ´andaluz´.

Para comprender de qué hablamos cuando lo hacemos de estas dos clasificaciones referentes, en este caso, a características psíquicas o anímicas podríamos decir que la Luz del Norte contemplaría a aquél que rebosa autocontrol, equilibrio, serenidad, sobriedad, coherencia, prudencia, templanza, medida discreción, calma,…, mientras que la Luz del Sur ´iluminaría´ a los individuos tendentes a lo disoluto y disolvente, al desenfreno, al desorden referente a hábitos y modo de vida, a la inestabilidad, al desequilibrio, a la jarana, a la embriaguez,…

Hay quienes opinan que lo acontecido con el sistema de repartición de la tierra, que se fue ejecutando conforme se les iban reconquistando a los musulmanes (a lo largo del Medioevo) los territorios situados en lo que hoy constituye Andalucía, tendría mucho que ver con la formación de estos dos tipos antagónicos de habitantes de Andalucía. Pues el hecho de que la alta nobleza que capitaneaba huestes reconquistadoras se viera recompensada con la propiedad de vastas extensiones de terreno (latifundismo; más agudizado en Andalucía Occidental) ha abocado a que muchos andaluces no hayan tenido la posibilidad de tener tierras a su alcance para hacerlas de su propiedad. Esto es, ha abocado a que exista la figura del bracero o jornalero que, a cambio de un jornal o sueldo, trabaja, casi únicamente, cuando se necesita mucha mano de obra; esto es, en la etapa agrícola de la recolección. Por lo que el resto del año suele hallarse bastante ocioso. Esta falta de actividad relaja en exceso las cualidades del alma y las hace desembocar en una laxitud que origina las tendencias caracteriológicas y de comportamiento que hemos relacionado como definitorias del individuo alumbrado por la Luz del Sur. Esta molicie se refleja en el lenguaje y lleva a no esforzarse en vocalizar nítidamente los diferentes sonidos e incluso, ya directamente, a no pronunciar otros; recuérdense al respecto de esto último los casos ya citados para el habla en ´andaluz´ de la supresión, respectivamente, de la ´d´ en los participios acabados en ´-ado´ y ´-ada´ y de las consonantes al final de palabra.

Por el contrario, aquellas personas que como miembros de la pequeña nobleza, de la hidalguía o de la infantería formaban parte de los ejércitos y mesnadas de los grandes señores reconquistadores o aquellas otras que se trasladaron a los territorios de la actual Andalucía como repobladores, recibieron todas parcelas de tierra en propiedad que les hiciera posible el producir el sustento necesario para poder vivir dignamente. Sus descendientes (y los sucesivos compradores de algunas de estas parcelas) han tenido siempre (y tienen) que autoimponerse una disciplina diaria de trabajo agrícola que les ha ido (y les va) forjando interiormente y que les ha hecho acreedores a que los podamos catalogar como inspirados por la Luz del Norte.

Hemos realizado, en otras líneas, conjeturas bastante probables sobre la popularización del cante y del baile flamencos. Conjeturas que serían similares, como hemos igualmente señalado, a las que explicarían la generalización del deje andaluz. El origen del flamenco no habría que buscarlo en los árabes y/o moros que a lo largo de la Edad Media invadieron la Península Ibérica, puesto que éstos, con su cultura y su religión, huyeron al norte de África por el empuje de los ejércitos cristianos o fueron expulsados como consecuencia de la aplicación de diversos y sucesivos decretos reales. O sea que nada quedó de aquéllos salvo monumentos y algunos sistemas de regadío…

El origen del flamenco deberíamos de buscarlo entre el pueblo gitano. Y el origen etimológico de la palabra ´flamenco´ hay quienes lo explican aludiendo a los gitanos que llegaron a la Península procedentes del por aquel entonces territorio perteneciente al Imperio Español que era Flandes (la tierra, entre otros, de los flamencos).

De todos modos habría que aclarar que no todas las variedades de lo que se conoce como ´arte flamenco´ tienen un origen gitano. Sí lo tiene, por ejemplo, el cante jondo y no lo tienen las sevillanas. Sí lo tiene un cante jondo cuyas letras improvisadas sobre la marcha, cuya ausencia de estructura métrica, de ritmo y de rimas, cuya sonoridad y cuyo contenido temático lastimeros, al igual que cuyo telurismo embotado de pasionalidad y de turbulencia atormentada responden al dictado de aquella manera de existir que ya hemos calificado como marcada por la Luz del Sur.

No lo tienen (origen gitano) unas sevillanas en las que una coreografía trabajada y compenetrada, una música con sentido rítmico y con rimas regladas y unas letras estructuradas y de contenido más bien alegre (alejado de aquella pasión atormentada del cante jondo) encajarían en la forma de ser que también hemos ya considerado como inspirada por una Luz del Norte que entiende del rigor, del método y del equilibrio; en definitiva, del orden que en el microcosmos (en la Tierra) siempre quiso hacer realidad, en sus realizaciones, el hombre indoeuropeo a semejanza de lo que acontecía en el macrocosmos (en el Cielo).

Seguramente algunos elementos de las sevillanas no se ajusten a estos últimos cánones. Podríamos hablar, en este sentido, de los vestidos que lucen las féminas y no sólo lo deberíamos hacer por el nombre que éstos reciben (´vestido de gitana´), sino también, y sobre todo, por esos volantes que lucen y que expresan, transmiten y provocan una voluptuosidad, una sinuosidad y una exacerbación visual que están más cercanas al ´espíritu´ curvo de la Luz del Sur que a aquél de la Luz del Norte marcado por la sencillez, la austeridad y por lo recto (lo lineal). Sin duda en esta indumentaria hay que ver una clara aportación del talante del pueblo gitano.

Es dable no olvidarse de que por encima de cualquier variante del cante y baile flamencos (aun de las que no tienen un origen romaní) hay que anteponer (en el haber de los andaluces), como anterior en el tiempo, a las jotas. Es extraña la tierra española en la que la jota no sea (o no haya sido) el canto y el baile regionales por antonomasia o uno de los más representativos. Así lo fue en Cataluña, donde también el nacionalismo catalán decimonónico la fue arrinconando (al igual que arrinconó -y acabó borrando del mapa- a otro baile propio de esta región: el “espanyolet” (=españolito)), mientras únicamente promovía la difusión de las sardanas. Y así lo es en Aragón, en Castilla-León,… Y si fueron gentes procedentes del por entonces Reino de Castilla las que repoblaron las tierras de la actual Andalucía tras expulsar a la población islámica, es lógico que llevaran consigo sus costumbres, su cultura, su idioma y …sus bailes y cantos tradicionales: entiéndase, en este caso, la jota. Aún quedan muchos lugares en Andalucía donde se cantan y se bailan las jotas. Y muchos de estos lugares están enclavados en sierras, pues allí las jotas originarias de los repobladores (al igual que el resto de sus costumbres) se mantuvieron más protegidas de influencias posteriores como las del ´arte flamenco´. Es por esta razón por la cual, como botón de muestra de lo dicho, en Las Alpujarras se baila y se canta, casi con carácter exclusivo, jotas. Jotas cuya naturaleza bastante austera está muy en consonancia con esos rasgos caracteriológicos que hemos situado como propios de la Luz del Norte.

Como colofón a todo lo escrito hasta aquí podríamos añadir un par de comentarios:

El uno hace referencia a la preferencia que manifiestan algunos pocos andaluces (que demuestran ser plenamente conscientes de su origen y, en consecuencia, de su identidad) de que a Andalucía no se la llame con tal nombre sino que se la denomine como Castilla del Sur (y a sus habitantes: castellanos) teniendo en cuenta de que tras el fin de la Reconquista la actual Andalucía no era más que la prolongación, por el sur, del Reino de Castilla y teniendo, también, en cuenta que los habitantes de esta región son los descendientes de aquellos reconquistadores y/o repobladores que procedían del susodicho Reino; cosa, por lo demás, fácilmente refrendable si estudiamos, a través de la heráldica, la procedencia de la mayoría de los apellidos de los andaluces: gallega, leonesa, castellana,… (todas tierras que lo fueron del reino castellano).

El otro comentario hace referencia a la conservación de una expresión que, transcurridos cinco siglos, aún pervive entre muchos andaluces (por supuesto no de raza gitana y sobre todo de edad más avanzada) cuando se quieren cerciorar, preguntándole a alguien, de si tal o cual individuo es gitano o no lo es. La pregunta que formulan (y que hemos escuchado personalmente en más de una ocasión) es la de: “¿Es gitano o castellano?” La pregunta lo dice todo sobre cómo se autoconsideraban y autocalificaban los antepasados de los actuales andaluces y huelgan más comentarios. 

………………………………………………………………….

NOTAS

 (1) Los que, hoy en día, debido a una incomprensible adhesión a lo que fue la España musulmana piensan que el origen etimológico de la palabra Andalucía arranca del término árabe ´Al-Andalus´ obvían –a sabiendas o por ignorancia- que los musulmanes definieron de esta manera a las tierras de la Península Ibérica (pensando sobre todo en las que estaban bajo su dominio) por considerarlas como ´tierra de vándalos´; que en castellano podríamos calificar como ´Vandalucía´.

(2) Los últimos restos de población de origen musulmán que tras acabada, en 1.942, la Reconquista quedaron en España fueron definitivamente expulsados en 1.609 en la conocida como ´expulsión de los moriscos´, acaecida durante el reinado de Felipe III.

(3) Nos referimos básicamente al cante jondo, pues como veremos a continuación no todas las expresiones del flamenco son de origen romaní.

(4) José Antonio defendía, igualmente, la incompatibilidad del flamenco con los rasgos de carácter y de estilo que definieron a los habitantes de aquella España que en épocas pretéritas escribieron algunas de las más excelsas y gloriosas páginas de la historia universal. Lo consideraba como postizo y ajeno a las esencias más profundas de España y como algo artificial e inventado. Además las palabras que nuestro ilustre personaje escribe sobre cual, según él, es el origen del flamenco hacen también mención directa al deje andaluz y, así, refiriéndose a la España superficial, folclórica,

zarzuelera”, “ de charanga y pandereta”, que no le gusta afirma: “…aquel provincialismo de tute y achicoria y ese cante flamenco que se pronuncia en andaluz y ha sido inventado entre Madrid y San Martín de Valdeiglesias. ” (municipio, éste, de la provincia de Madrid) -escrito en forma de brindis, un 25 de febrero de 1.935, homenajeando al poeta Eugenio Montes.

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2 comentarios so far
Deja un comentario

No se de ni un español que se ria de el acento o estilo de vida andaluz que en el fondo no sienta simple y pura envidia.

Comentario por juegos de estrategia online

Nadie ha hablado de reírse de nada ni de nadie, tan sólo se ha hablado sobre cómo presuntamente se pudo originar ese acento andaluz y ciertas formas que han pasado a formar parte de la llamada “cultura andaluza” y que poco tienen de consustanciales a las gentes que repoblaron Andalucía tras derrotar y expulsar a la población musulmana a lo largo de la Reconquista.

Comentario por Eduard Alcántara




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