Julius Evola. Septentrionis Lux


Virilidad y homosexualidad II
julio 5, 2009, 2:30 pm
Filed under: Ética y valores, Eduard Alcántara

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Hace ya un tiempo publicamos unas reflexiones que compartían el mismo título que las del presente redactado. Hemos querido realizar más comentarios a propósito de una cuestión como la de la homosexualidad que tan presente se halla en sociedades como las actuales que se encuentran tan imbuidas hasta la médula por el talante y los contravalores propios del corrosivo y enajenante mundo moderno. Por otro lado, aunque serán muy sucintos los comentarios que podamos añadir sobre la condición que en el hombre supone su antípoda –la virilidad- hemos querido mantener el mismo título para que quede patente la continuidad que queremos darle a ambos escritos. Y esto lo hacemos a pesar de que no únicamente efectuaremos alguna fugaz mención acerca de la virilidad sino que también tendremos presente su complemento en la mujer: la feminidad.

 Alguna intuición –como tal no meditada- nos dice que la abundancia con la que proliferan los casos de homosexualidad es francamente desmesurada y que, por tanto, no corresponde a los parámetros característicos de lo que debería de ser una comunidad socialmente equilibrada, compensada y bien vertebrada. La misma intuición nos empuja a pensar que alguna anomalía grave debe haber sucedido en el seno de dicha comunidad; de que algún desajuste de empaque deber haber acaecido.

Tras haber dejado a un lado las intuiciones y puesto en funcionamiento nuestro cerebro empezamos a encontrar lo que podrían ser las causas de tales desajustes. Causas, por otro lado, algunas de las cuales fuimos ya considerando y exponiendo en nuestro mencionado anterior escrito, por lo que no tenemos intención de volver a reincidir en ellas. Pese a lo cual no queríamos dejar de hacer alguna otra reflexión que viene de la mano de alguno de los comentarios que Julius Evola nos expone en un capítulo titulado “El tercer sexo” y que podemos leer en el libro “El hombre y la clava” (publicado en castellano por Ediciones Heracles en 1.999). Capítulo en el que nos presenta tan sólo una hipótesis. La hipótesis de que tal vez en los primeros momentos de vida del embrión a partir del que, en el útero materno, irá formándose el feto tal vez no esté todavía determinado cuál será el sexo que en un futuro le será propio. Quizás la ciencia posteriormente haya desmentido esta hipótesis pero, de todos modos, el razonamiento del que forma parte es lo que tanto a Evola como a nosotros verdaderamente nos interesa.

El Tradicionalista italiano vendría a decirnos que tal vez la determinación del sexo del feto podría deberse a factores de tipo externo a éste. Quizás (si la memoria de lo por Evola escrito no nos falla) relacionados con el azar. Sabemos (añadimos nosotros) que existen especies animales en las que el sexo es determinado, por ejemplo, por los grados de temperatura a los que, en un determinado período, estuvieron expuestos los huevos. Tal es, como botón de muestra, el caso que atañe a los cocodrilos.

Es por ello que si la fijación del sexo que tendrá el individuo pudiera estar tan en el aire y depender de tan poco podríamos comprender con más claridad el porqué una vez el ser humano, tras el nacimiento, atraviesa sus primeras etapas de vida depende en tan alto grado, para ir conformándose como heterosexual o como homosexual, del tipo de educación, de mensajes, de influjo externos, de modelos, ejemplos y arquetipos que reciba.

Podríamos considerar al individuo, en sus primeras etapas de existencia, como algo amorfo, como una masa sin forma a la que hay que ir dándosela y moldeando paulatina y constantemente. Y esta consideración no deja de ser válida por el hecho de que la hipótesis evoliana pudiera no tener base científica, ya que dicha hipótesis es sólo una imagen utilizada por el autor transalpino para facilitar la comprensión de unos razonamientos que son difícilmente refutables.

Al igual de que, de acuerdo con tal posibilidad expuesta, no estaría predeterminado el sexo físico del embrión tampoco, una vez el bebé nace, estaría predeterminado el sexo psíquico –sí ya, óbviamente, el físico- del neonato. Como consecuencia de lo cual la asunción del rol, del comportamiento, de las actitudes y de las inclinaciones de todo tipo –incluida la sexual- inherentes al sexo físico al que pertenece el niño y, posteriormente, el adolescente dependería (y, de hecho, nosotros nos atrevemos a afirmar que en la inmensa mayoría de los casos, si no en su totalidad, depende) de si dicho individuo fuera recibiendo desde su primera infancia el que podríamos denominar como trabajo artesanal adecuado consistente en ir dándole la forma adecuada a esa, en un principio, masa amorfa. Ir configurando correctamente lo que en un principio carece de forma (el sexo psíquico) para ir haciéndolo coincidir con el sexo físico y, para, con esta finalidad, evitar esta especie de esquizofrenia tan común en nuestros días y que consiste en enfrentar al sexo físico con el psíquico (conflicto, éste, de toda condición homosexual). Configuración correcta que sólo se conseguiría, tanto en el varón como en la hembra, a través de un tipo de educación que fortaleciera las predisposiciones, de toda naturaleza, que son inherentes a cada sexo físico pero que se encontrarían en una especie de estado latente y que de no ser despertadas y fortalecidas conveniente y continuamente apenas se harían presentes, apenas se consolidarían, apenas cristalizarían y apenas se convertirían en el sello propio que define –o debería definir- a cada género.

No vamos a reiterarnos sobre cuáles serían los rasgos básicos de este tipo de educación idónea, ni sobre qué tipo de ejemplos, modelos y arquetipos ésta debería potenciar, pues en el anterior artículo ya ahondamos algo sobre ello y lo hicimos centrándonos en el caso del varón y en la consideración de qué camino se tendría que seguir para hacerle definitivamente desembocar en la íntegra virilidad connatural a su condición de varón.

Esta, reiteramos, especie de trabajo de artesano consistente en dar forma a lo informe debería, cómo no, realizarse también sobre la niña y la adolescente si se pretende que asuma los valores, hábitos, comportamientos e inclinaciones que definen a una feminidad que siempre, en las sociedades Tradicionales, ha estado marcada por una sensibilidad especial, por el acendrado instinto maternal o por la preferencia, y especial capacitación, hacia actividades y faenas que suelen ser otras diferentes a aquéllas en las que el varón tiene –o debería tener- mayor inclinación, predisposición, aptitud y adecuación.

O el individuo es moldeado pertinente y adecuadamente para conseguir de él la forma adecuada o, por el contrario, se abandona este vital y primordial cometido y se deja al niño y al adolescente a que se exponga a toda suerte de imágenes e influjos que si bien en un mundo marcado por los parámetros de la Tradición serán de carácter positivo y formativo, en un mundo, por el contrario, como el de la modernidad anegado por el caos, la disolución y la inversión de los auténticos valores estas imágenes e influjos serán de índole corrosiva y abocarán al individuo no a adquirir la forma adecuada, sino –y valga la contradicción de los términos- una forma informe o, permítasenos la expresión, una forma deforme: la antiforma o la contraforma antinatura.

Para concluir no queremos dejar de señalar que siempre existirán individuos que, debido a su entramado genético particular, serán proclives a ser víctimas con mayor facilidad que otros de estas influencias nefastas y disolventes. Pero, siempre queremos afirmar esto sin dejar de tener bien presente que si estas influencias son muy enconadas, generalizadas y persistentes posiblemente nadie se encuentre totalmente a salvo de no verse, desgraciada e irremisiblemente, arrastrado por ellas.



Virilidad y homosexualidad
julio 5, 2009, 2:29 pm
Filed under: Ética y valores, Eduard Alcántara

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Uno de los muchos síntomas definitorios de lo muy enferma que se encuentra esta civilización que conocemos con el término de Occidental es el del aumento vertiginoso del porcentaje de casos de homosexualidad que ella está, por momentos, padeciendo.

De perogrullo es que ni la divinidad ni la naturaleza crearon al hombre y a la mujer para que se ´recrearan´ con los de su mismo sexo, sino para que buscaran su complemento en el sexo opuesto y para hacer de ello la fuente de la procreación y, por tanto, de la existencia misma de la especie.

¿Qué es lo que está motivando que tantos de nuestros congéneres se salgan del cauce por el que discurren las leyes de la naturaleza? ¿Dónde podemos encontrar el porqué de tal proceder antinatural?

El caso de España es bien paradigmático: en las últimas décadas se está pasando de casos casi anecdóticos a porcentajes que empiezan a alarmar. Pero, repetimos la cuestión, ¿dónde podemos hallar las causas de tamaña desviación contranatura?

Pues bien, la respuesta habría que buscarla analizando cuáles son los valores que priman en esta etapa crepuscular del ya de por sí corrosivo Mundo Moderno por el que el hombre actual transita; o, más bien, vegeta. Y se trata de algunos valores que en otras épocas, como en la del judeocristianismo de los orígenes, ya recibieron un fuerte impulso. Hablamos del humanitarismo laxo y pusilánime y de una concepción empequeñecedora de la humildad que abocan a la pasividad, al abandono y a la dejadez y que están irreconciliablemente reñidos con lo voluntarioso, con lo valeroso, con lo grande, con lo épico, con lo heroico, con lo glorioso y, en resumidas cuentas, con lo VIRIL.

En otras épocas no tan decadentes como la presente, el arquetipo a seguir era el héroe semidios de los mitos, era el caudillo indómito, era el intrépido navegante, era el atrevido explorador, era el valiente conquistador, era el heroico guerrero, era el caballero andante o era el esforzado descubridor. El niño, el adolescente y el joven los hacían suyos como modelos a imitar y reforzaban su ya innata condición viril.

Como éstos eran los ejemplos a seguir, aquellos infantes y púberes que por naturaleza podrían tener algo tenues los atributos de la masculinidad, la iban paulatinamente acrecentando, reforzando y consolidando definitivamente.

Desgraciadamente, hoy en día, en las sociedades demoliberales y plutocráticas en las que ´vivimos´ estos arquetipos han sido sustituidos por los antitéticos del especulador enriquecido por el ´pelotazo´ bursátil o financiero, del político sin escrúpulos ni principios éticos que a base de todo tipo de corruptelas llega a encaramarse a lo más alto del poder, de la estrella de rock o del actor de cine de gestos y palabras repugnantes y soeces, del personaje de dibujos animados deslenguado y obsceno o del cantante de pop de movimientos y vestimenta afeminados.

Otros modelos con los que se topa cotidianamente el niño y el adolescente los constituye toda la pléyade de afeminados y/o homosexuales de todo tipo y pelaje que copan multitud de programas televisivos de ´entretenimiento´, ya sea en calidad de presentadores, de personal habitual o de invitados. Tal abundancia provocará el efecto de que el pequeño, y el no tan pequeño, considere, paulatinamente, esta degeneración no como tal sino como una opción tan natural como cualquier otra. Y a asentar esta perturbada percepción contribuirá también de forma nada desdeñable una ´adecuada´ campaña ´educativa´, orquestada y dirigida desde las más altas instancias ´educativas´ a lo largo de las diferentes etapas del sistema de ´enseñanza´. Muchos jóvenes, acabarán, en consecuencia, asimilando la idea de que experimentar sexualmente con personas del mismo sexo no tiene nada de anormal…

Siguiendo el hilo trazado por el de los modelos a ofrecer a pequeños y a barbilampiños nos resulta espeluznante el solo hecho de pensar que parejas de gays y lesbianas puedan adoptar niños, pues si no queremos hacer del pequeño un ser desquiciado, neurótico y esquizofrénico no podemos privarle de la experiencia vital y crucial que supone la convivencia con los dos diferentes roles adultos que deben estar representados, como resulta obvio, por un varón y por una mujer.

El igualitarismo es otro de los atributos de que hace gala nuestro mundo demoburgués. Pues bien, esta lacra no sólo extiende sus corrosivos tentáculos por los ámbitos filosóficos, políticos o sociales de Occidente, sino que también distorsiona y desnaturaliza procederes, hábitos, usos y costumbres. Provoca que hombres y mujeres faenen de manera similar en casa y fuera de ella o se enfunden ropajes muy parecidos, difuminándose los roles que, consustancialmente, deberían ser propios del hombre, por un lado, y de la mujer, por otro. Es causante, la ponzoña igualitaria, de que los papeles que por ley natural corresponderían a cada sexo se vayan difuminando en una nebulosa que confundirá, y confunde, al niño y al adolescente y le dejará sin referencias a seguir para fijar, reforzar y consolidar las cualidades que le son innatas de acuerdo al sexo al que pertenece.

Es muy cierta la expresión de que ´el hábito hace al monje´, y es que es digno de observar cómo algunas de las actuales modas en el vestir pueden llegar a afectar a las cualidades viriles en el hombre y a las femeninas en la mujer. O si no contémplese cómo aquel niño movido y audaz llegó a la adolescencia y atiborrado de imágenes y anuncios publicitarios empezó a vestir, por ejemplo, a lo ´funky´, con camisetas de chica bien ajustadas, con pantalones ridículamente acampanados colgándoles desde la mitad de las posaderas y con carteras o bolsos circundándoles el tronco en diagonal. Las vestimentas del muchacho no se diferenciaban en nada de las de la jovencita ´funky´. Poco a poco, los gestos, los ademanes, los movimientos y hasta el caminar del joven empezaron a parecérsenos más y más a los de la muchachita.

Lo que le fue aconteciendo posteriormente a nuestro chico no es difícil de suponer. Dejó, cada vez más, de identificarse con el papel de hombre que, por nacimiento, le correspondía y, seguramente, llegó un momento en el que le resultó indistinto relacionarse afectiva, sentimental y/o sexualmente con congéneres del sexo opuesto o con los del suyo propio. Y de aquí a sentirse cada vez más femenino y optar por el exclusivismo homosexual hay sólo un paso. Paso que quizás dé enganchado por experiencias sexuales con otros hombres, pues no debemos de olvidar que el mundo hedonista en que nos encontramos insertos promueve la búsqueda del placer físico y la satisfacción de la líbido a toda costa, como fin en sí mismo y por cualquier vía, por muy degradada, aberrante, enfermiza y antinatural que ésta pueda ser.

Y contra esta concepción hedonista, positivista y materialista de la vida, otras etapas no deletéreas de la historia de la humanidad presentaban arquetipos como el del gobernante austero al servicio de su comunidad o como el del asceta que enfocaba su vida a la realización de fines Superiores, a la consecución, en su interior, del Conocimiento Trascendente y/o a la Iluminación Metafísica.

Ya se encargó Freud, a través del psicoanálisis, en echarle una buena capota pseudocientífico-filosófica al Mundo Moderno al elevar a los altares a todo el inquietante inframundo que habita en el subconsciente humano y al convertirlo en el motor oculto de nuestra vida consciente. Mostrándonos a los impulsos libidinosos como la base de nuestro actuar en estado de vigilia. Justificando la homosexualidad como la afloración de lo que, según el autor judío, fue una etapa más por la que la persona pasó cuando era aún un niño: etapa en la cual, en el caso del varón, le arrastraba a desear sexualmente a su padre y en la que en el caso de la niña le hacía enfocar la satisfacción de su líbido hacia su madre. Y dándole pues, Freud, en definitiva, carácter de normalidad a lo que no es más que una desviación degenerativa de lo que es la condición natural no sólo del género humano sino de cualquier ser vivo.

Y si hablamos de desviación hablamos de tara; de tara adquirida. ¡Qué absurdas resultan las celebraciones, año tras año, del ´día del orgullo gay´! ¿Orgullo de qué? ¿De alardear de una tara? ¿Con qué objeto se realizan esas demostraciones públicas? ¿Con fines propagandísticos para que aumente el número de tarados?; que quede bien claro que estamos hablando de una desviación adquirida, no genética, puesto que los casos en que la homosexualidad puede constituir una tendencia innata son porcentualmente insignificantes, ridículos y son, y eran, subsanables, como ya hemos señalado párrafos arriba, en una sociedad no enferma en la que los ejemplos a seguir sean, y fueron, otros que se encuentran en las antípodas de los actuales.

¿Se nos pretende hacer comulgar con ruedas de molino transmitiéndonos la idea de que los homosexuales son gente normal? ¿Se pretende que nos lo creamos después de contemplar, por ejemplo, lo ´normales´ que son sus manifestaciones? ¿Después de observar el lamentable, grotesco, carnavalesco, majadero y bochornoso exhibicionismo de que, en dichos actos públicos, hace gala un porcentaje aplastante de ellos? ¿Después de que sepamos que se dedican a la prostitución en una muy mayor proporción que los heterosexuales de ambos sexos? ¿De que veamos cómo tantos de ellos se identifican con lo esperpéntico: disfrutan con el transformismo, se disfrazan de ´drac queens´,…? ¿De que no ignoremos cuántos de ellos optan por el travestismo; tan asociado, por otro lado, con el mundo de la prostitución? ¿De que observemos cómo muchos de ellos deciden destruir e invertir la obra y las leyes de la naturaleza y acaban siendo transexuales? ¿De que no ignoremos que los casos de pederastia son mucho más frecuentes entre homosexuales que entre heterosexuales? ¿De que sepamos de la promiscuidad sin límites que llevan a cabo? ¿De que no desconozcamos que el número de suicidios y crímenes, a menudo por móviles pasionales, cometidos por ellos es, porcentualmente, significativamente más elevado que los perpetrados por el resto de la población? (1) ¡Muy normal todo…!, ¿verdad?.



Paganismo y cristianismo
julio 5, 2009, 11:07 am
Filed under: Eduard Alcántara, Espiritualidad

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La razón que nos mueve a escribir este artículo no es únicamente la de efectuar un estudio doctrinario comparativo de ambas corrientes espirituales y vivenciales y constatar, por ende, las importantes diferencias que hay, o ha habido, entre

e las dos concepciones existenciales, sino también la de dejar patentes aquellos conceptos y momentos históricos que más las hayan aproximado e intentar, de esta manera, contribuir a limar asperezas entre gentes que defienden una serie de principios y valores comunes, pero que se resisten a formar parte de un proyecto común a causa de divergencias de toda índole, como las de carácter religioso.

Dejemos primeramente claro que paganismo no es sinónimo de panteísmo y no consiste, ni ha consistido, -por ejemplo- en adorar fuerzas o elementos de la naturaleza como tales, sino como símbolos o moradas de unos principios trascendentes y, por tanto, superiores.

Habiendo aclarado lo cual, pasaremos en primer lugar a adentrarnos en una serie de análisis que nos harán situar al paganismo y al cristianismo en los dos polos opuestos de la línea de la existencia.

Así pues, mientras el paganismo siempre consideró a la naturaleza como fruto de la emanación de un Principio Supremo y, en consecuencia, la alzó al pedestal que le correspondía y tuvo árboles, bosques, montañas,… como lugares sagrados y de culto, el cristianismo, en cambio, marginó lo físico y especialmente al cuerpo humano a la categoría de incitadores al pecado. Y esto lo hizo por asumir los dogmas, las concepciones y los textos sagrados –el Antiguo Testamento- de una religión de corte semita como la mosaica; esto es, por constituirse en judeocristianismo.

En este orden de cosas, el paganismo observó y trató siempre al cuerpo humano como “el templo del espíritu”, mientras que el cristianismo lo contempló como la mazmorra que impedía la liberación del alma; asimismo la vida terrenal en la que este encarcelamiento tenía lugar la definió como “un valle de lágrimas”.

Algunas sectas cristianas heréticas, como el maniqueísmo o el catarismo, llegaron, incluso, más lejos y sostuvieron, respectivamente, el dogma de que el mundo físico y -en consecuencia- también el cuerpo humano estaban bajo la influencia directa de las fuerzas del mal o habían sido creados por el ángel caído: Lucifer.

Esta base semita del cristianismo le ha conformado un carácter muy intransigente ante otras religiones o ante otras formas de concebir al mismo cristianismo. El resultado de lo cual ha sido el de persecuciones, matanzas, excomuniones, acusaciones de herejía,…

Por el contrario, el paganismo siempre se mostró muy tolerante hacia otras formas de entender la espiritualidad y, así, muchas religiones paganas fueron influyéndose mutuamente, asimilando y adaptando dioses y ritos, tal como, por ejemplo, sucedió con la Antigua Roma, que permitió los cultos que practicaban y profesaban los pueblos dominados, intentó en muchas ocasiones adaptar dioses y celebraciones a los suyos propios y, aún más, acabó incluyendo en su panteón divino y en un lugar de preferencia a divinidades como la Isis egipcia o el Mitra persa.

La Roma pagana tan sólo emprendió algunas persecuciones contra el cristianismo en épocas de determinados emperadores, que abarcaron períodos muy concretos y restringidos de sus respectivos mandatos y que, al contrario de lo que la historiografía oficial que el cristianismo fue elaborando con el devenir de los siglos, en las provincias del Imperio en las que mayor “virulencia” alcanzaron apenas si llegó al centenar el número de finados habidos en sus principales poblaciones.

Y estas puntuales persecuciones, que acabaron en época de Diocleciano, únicamente sucedieron cuando el cristianismo se empeñó en la labor de minar los fundamentos mismos del Imperio, con sus consignas pacifistas entre las legiones romanas o con sus ataques a la estructuración jerárquica de la sociedad romana; empezando con su oposición frontal a la esencia del poder representado por el emperador: su condición divina.

No nos ha de extrañar esta condición divina atribuida a la máxima autoridad de la Roma Imperial, por cuanto en el mundo pagano siempre se tuvo clara la idea de que los clanes, las “genes”,… tenían como antepasado consanguíneo a un dios o a una diosa; así, la misma familia de Julio César se consideraba descendiente de Venus. Por esta manera de pensar, hasta el mismo nombre genérico identificativo de algunos pueblos hacía referencia a su origen divino: godos, del germánico dioses.

Esa semilla divina que cada uno portaba en su interior podía germinar a través de una serie de ritos iniciáticos e impregnar todo su ser, transformando al iniciado a la condición de un dios y haciéndole copartícipe de su naturaleza y esencia.

La conciencia que se tenía de esta potencialidad interior hizo que el pagano orara y se dirigiera a sus divinidades casi de tú a tú, en pie, con dignidad y no, como hacía y hace el cristiano, arrodillándose, humillado y con el pesado sentimiento de culpa que desprende la idea del pecado original.

Este complejo de culpabilidad hace débil al hombre y le impele, cuando atraviesa por dificultades, a suplicar la ayuda de Dios, a que éste descienda a su nivel. El pagano, en cambio, intentaba ascender a la altura de los dioses en el mismo momento en que luchaba por asumir su misma naturaleza.

El igualitarismo que especialmente caracterizó al cristianismo de los primeros siglos, que tuvo como máximo estructurador e ideólogo a Paulo de Tarso y que luchó contra el orden jerárquico-social de la Roma Imperial, ignoró la realidad de la desigualdad innata del ser humano y sólo concibió una manera de servir plenamente a Dios: la vía del celibato; sin la castidad sexual no se puede aspirar a nada más que a la categoría de simple creyente.

Frente a esto, el paganismo siempre fue consciente de la desigualdad connatural de la condición humana y posibilitó múltiples caminos para llegar o aproximarse al conocimiento de la realidad suprasensible, a la gnosis de lo trascendente, de lo metafísico. Así pues, como botón de muestra de esto, facilitó, en la antigüedad greco-romana, el culto y los ritos a Marte para las naturalezas humanas activas y guerreras. O a Apolo para aquellos caracteres más ascéticos. O los cultos dionisíacos, o bacanales, para los espíritus más dados al desenfreno. 

Clara ha quedado, pues, la adscripción de ambas fromas de entender la vida y la existencia a cosmovisiones totalmente opuestas, pero no podemos por menos obviar el hecho patente de que, en ciertas etapas históricas, el cristianismo evolucionó, o quién sabe si no hizo más que volver a lo que quizás fueron sus auténticos orígenes, y adoptó formas, estructuras y valores más acordes con la idiosincracia de los pueblos indoeuropeos y con los cultos paganos con los que siempre se habían identificado.

Con Constantino y Teodosio El Grande el cristianismo se encaramó al poder en la Roma Imperial y empezó a entender de jerarquización social y a olvidarse de sus lacras pacifistas. Y con la conversión, en los siglos posteriores a la caída del Imperio Romano de Occidente y a lo largo de la Edad Media, a la nueva fe por parte de los pueblos nórdico-germánicos, eslavos, celtas,… acabará metamorfoseándose y adoptando, con un barniz cristiano, la mayoría de los cultos, ritos, celebraciones, festividades, usos, costumbres, leyes y estructuras del mundo pagano.

El cristianismo –algunos estudiosos prefieren ya hablar, tras dicha metamorfosis, de catolicismo- se adaptará, pues, en el Medievo al derecho germánico –el romano seguirá, también, vigente- y a los usos traídos por estos antes llamados pueblos bárbaros: duelos, torneos entre caballeros,… Y tampoco será ajeno al concepto de “fides” romano o al de vasallaje germánico que acabarán conformando la jerarquizada sociedad feudal.

Las órdenes religioso-militares como la del Temple o la de los Caballeros Teutónicos acabarán zanjando definitivamente el enfrentamiento que el cristianismo paulino abrió entre milicia y espiritualidad y obligarán a reconocer como legítima la vía del guerrero, la vía de la acción como camino válido para la realización espiritual.

Aunque con la oposición radical del Papado y de sus seguidores güelfos, el Sacro Imperio Romano-Germánico luchó, inspirándose en su referente de la Roma pagana, por la unificación en la persona del Emperador de los poderes temporal y espiritual. Ésta fue una de las principales aspiraciones del gibelinismo.

No abogará la gente de la Edad Media por la imagen de un Jesús de corte pacifista y pusilánime como la del cristianismo de las primeras centurias. Tampoco difundirá la de ese Jesucristo sufriente que la posterior Edad Moderna, con el impulso sobre todo del Barroco, nos ha legado hasta nuestros días. Sino que serán los Cristos majestuosos, victoriosos y Señores del Universo los que los artistas medievales gustarán de pintar en los frescos de multitud de iglesias románicas: serán los Pantocrátors de rictus sereno insertos en esas figuras ovaladas que representan el Universo del cual son señores.

Inclusive los santos cristianos experimentarán en dicha época transformaciones sustanciales en sus cualidades y, en muchas ocasiones, llegarán a adoptar atributos de antiguas deidades paganas. Así, al “Santiago matamoros” se le conoce, durante gran parte de la Reconquista en España, como el “hijo del trueno”, evocándonos al mismísimo Thor y haciéndosele cabalgar, espada en mano, sobre un blanco corcel.

La misma consideración del sexo como instrumento al servicio del pecado asimilada de la religión hebraica se desvanece y nadie se escandaliza, aunque tampoco represente especial motivo de loa, con los devaneos amorosos extramatrimoniales de figuras como, por ejemplo, las que en la tardía España medieval –y, por los valores imperantes, podemos denominarla todavía de esta manera, aún cuando el resto de Europa vivía de pleno en la Edad Moderna- tenían hijos ilegítimos sin que nadie pusiera en tela de juicio su sincera fe: Fernando el Católico, el Emperador Carlos,…

En el descubrimiento, conquista y colonización de América concurre uno de los últimos grandes episodios en los que ”espada y crucifijo” actúan al unísono, en que milicia y espiritualidad profunda y sincera, antes que antitéticas, resultarían inviables la una sin la otra.

Constatamos, por desgracia, la similitud existente entre el cristianismo paulino y el actual estado de la Iglesia Católica, abocada, cada vez más, a un creciente proceso teológico de semitización (“los judíos son nuestros hermanos mayores”, afirma el Vaticano); plebeyizándose por momentos (preocupándose más de lo mundano que de lo sagrado); apoyando a las filosofías igualitaristas de los sistemas demoliberales; contemporizando, en resumidas cuentas, con el marasmo disolvente del mundo moderno; y cabalgando, codo con codo, con los signos de los tiempos decadentes y corrosivos que nos ha tocado padecer.

Dejábamos caer, párrafos más arriba, la idea de que tal vez el cristianismo de los primeros siglos no era, en realidad, el verdadero cristianismo. Y así lo creemos, por cuanto el paulino no representó más que una profunda manipulación del mensaje de Cristo. De un Cristo que hemos de enmarcar en la vasta tradición indoeuropea pagana y cuyo nacimiento ya fue anunciado por el poeta Virgilio, en sus Bucólicas, con detalles geográficos y de otra índole; afirmando que en cuarenta años nacería, como hijo de Apolo, y no errando en esta predicción cronológica.

Y es que, de acuerdo a las tradiciones indoeuropeas o hiperbóreas, el Principio Trascendente se manifiesta de forma periódica, preferentemente en las épocas y lugares donde el hombre se empieza a alejar mas de Él.

Y así sucedió en un enclave con fuerte presencia racial indoeuropea como lo era Galilea, donde, a pesar de ser la mosaica la religión imperante, sus pobladores eran gentes de extracción étnica semita, pero no judía –al contrario de lo que sucedía en Judea, donde sí lo eran-, con un elevadísimo porcentaje de descendientes de griegos del Asia Menor y de expedicionarios celtas; de ahí el topónimo Galilea, como tierra de galos, esto es, de celtas.

Y dicho Principio Divino, en consecuencia, eligió como soporte físico para su encarnación el de un hiperbóreo, como se hace patente con una simple contemplación de la figura grabada en la famosa Sábana Santa; especialmente de sus rasgos faciales y de su forma craneal. (Y no es éste el lugar para demostrar la evidente autenticidad del lienzo.)

La oposición de Cristo a la religión y a la ley judías se hizo manifiesta desde los primeros momentos de su acción evangélica: no respetando el sábado como día sagrado; oponiéndose a la lapidación de adúlteras; no reconociendo la condición del hebreo como “pueblo elegido” por Dios, sino, por el contrario, definiendo a sus miembros con apelativos como el de “víboras” o “hijos del diablo”;…

A pesar de que muy lógico hubiese resultado lanzar diatribas contra Roma, por su condición de ocupante militar de Palestina, Jesús nunca lo hizo y, aun más, -como episodio definitorio de esta actitud- reconoció no haber hallado más fe en toda Palestina que en la persona del centurión romano que le pidió que sanase a su criado agonizante.

El mismo gobernador romano de Palestina, Poncio Pilatos, declaró a los representantes del Sanedrín no encontrar ninguna culpabilidad en las obras ni en las palabras de Cristo y ante la insistencia del máximo tribunal religioso y político judío, y de la muchedumbre congregada ante el pretorio, no encontró más opción que la de aprobar su crucifixión para evitar probables alborotos; eso sí, lavándose públicamente las manos como signo de que él no quería cargar con la responsabilidad moral de la que consideraba injusta sentencia.

Queda diáfano, pues, que la prédica de Cristo no chocó, de forma alguna, con la Roma pagana y sí cargó, por antitética, con la fe israelita. Tampoco encontramos justificación del pacifismo antiviril promovido por el cristianismo de las primeras centurias si cotejamos muchos de los episodios del apostolado de Cristo: como cuando logra “zafarse” –intuimos los medios utilizados- de una multitud que, indignada por sus reprimendas en una sinagoga de Cafarnaún, intenta despeñarlo por un precipicio; o cuando arremete violentamente contra los mercaderes que hacen sus negocios en el Templo de Jerusalén; o cuando uno de sus apóstoles, Simón Pedro, cercena de certero espadazo –muestra de diestro manejo del arma- la oreja de uno de los esbirros enviados por el Sanedrín al Monte de los Olivos, o Getsemaní, para apresar a su Maestro; o cuando afirmó contundentemente que “Yo no vengo a traer la paz, sino la espada”.

Es, en definitiva, esta imagen de un Cristo ligado a los ciclos indoeuropeos o la del cristianismo que al ocupar las poltronas del Imperio Romano empieza a abandonar parte de su lastre semita paulino o la del cristianismo que en el Medievo se deposita como una fina película sobre las formas paganas adaptándose a ellas, es, decíamos, esta imagen la que, de ningún modo, desentona con la idiosincrasia que siempre tuvieron los pueblos hiperbóreos y la que nos ayudará a eliminar un posible motivo de encono entre aquellos que defendemos una serie de principios y valores comunes y, en resumidas cuentas, una visión similar del mundo y de la existencia. 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara @hotmail.com



¿Medio moros, medio judíos?
julio 5, 2009, 11:04 am
Filed under: Eduard Alcántara, Historia

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Una de las armas que el Sistema y sus más o menos reconocidos adláteres utilizan con mayor predilección para que España, y por ende sus legítimos pobladores, pasen a formar parte, sumisa y definitivamente, de la Aldea Global amorfa y de encefalograma plano en que intrigan en convertir a nuestro planeta, es la de convencernos de que nuestras venas están regadas, en proporción nada desdeñable, por sangre de pueblos que nada tienen que ver con el indoeuropeo o ario ( o lo que viene a ser lo mismo, blanco no semita ) y con su consiguiente concepción vital, y de que, por tanto, no somos -los españoles- más que un híbrido racial sin personalidad ni acervo propios y originales que valgan la pena defender ni conservar. Un híbrido que , en lógica consecuencia, debería aceptar sin rechistar el mestizaje con todo tipo de razas que, al mezclarse, irían perdiendo, paulatina e inexorablemente sus inherentes, peculiares y diferenciadoras idiosincrasias, potencialidades, costumbres, hábitos y culturas, en beneficio de un nuevo género humano uniforme que, al haber sido desposeido de identidad, será fácilmente programable por los garantes del Sistema de Valores Dominantes y se convertirá en servil esclavo del Pensamiento Único y en autómata que (bajo el tintineo machacante de las soflamas caducas, vacías y demagógicas -de Igualdad, Libertad y Fraternidad- que sin cesar escuchará) bovinamente asumirá los únicos papeles que se le asignarán: el de mero medio de producción y/o el de voraz y frenético consumista, para mayor hinchazón del opresor armatoste capitalista.
Para que aceptemos este papel que se nos tiene asignado, se nos intentará borrar cualquier vestigio de orgullo racial que podamos sentir, pues el desarraigo del hombre con respecto a su familia, a su clan, estirpe, etnia o raza lo hace fácilmente manipulable y lo convierte en potencial instrumento al servicio de cualquier bajo, obscuro e innoble propósito. Se nos dirá aquello tantas veces repetido por “librepensadores” y “progresistas” de que somos “medio moros y medio judíos”, con el objeto de que si cualquiera pudiera experimentar el dicho orgullo de pertenecer a los pueblos blancos que tanta gloria y grandeza han desbordado a lo largo de la historia de la humanidad, empiece a percibir este sentimiento de pertenencia al mundo indoeuropeo o boreal -tal como gustaba definirlo al gran intérprete de la Tradición Primordial, Julius Evola- como un error en que se hallaba sumido; percepción del “error” que le hará renunciar a sus principios y a la visión del mundo que caracterizó el obrar de los pueblos arios y, en lógica consecuencia, le hará arrodillarse dócilmente bajo los pies del gigante mundialista y globalizador.
Y, para eliminar la ponzoña ideológica con la que se nos quiere envenenar, no tenemos nada más sencillo que recurrir a la profilaxis que nos ofrece la historia para comprobar que únicamente son pueblos de origen boreal (nuestras tradiciones y mitos más remotos sitúan los orígenes de los pueblos indoeuropeos en tierras situadas en lo más septentrional de nuestro planeta y conocidas con nombres como el de Thule o Hiperbórea), de origen boreal, decíamos, los que podemos considerar como antepasados nuestros de sangre. Y estos pueblos son, principalmente, íberos, celtas, romanos y visigodos.
Quien se haya sorprendido por la gran similitud existente entre el alfabeto rúnico nórdicogermánico y el íbero, quien sepa que también los íberos practicaban el rito funerario -exclusivo de los pueblos boreales- de la incineración, quien sea consciente de la organización jerárquica de este pueblo y de su concepción guerrera de la vida. Quien todo esto no ignore, no dudará, en modo alguno, de la naturaleza indoaria de los íberos; entre los que con toda probabilidad y dicho sea de paso, se encontraban los vascos o vascones -único pueblo que, al refugio de las montañas, pudo conservar su antigua lengua íbera: el éuscaro o vascuence.
Sobre los celtas, como antepasados nuestros, deberíamos aclarar que la zona que ocupa la Meseta Central de nuestra península, que generalmente se había considerado como habitada en la época prerromana por pueblos resultantes de la fusión física y cultural de íberos y celtas ? los conocidos como celtíberos -, habría estado ocupada en realidad exclusivamente por celtas. La confusión histórica habría tenido lugar por hechos como, por ejemplo, el que los erróneamente considerados como celtíberos utilizaban el alfabeto íbero.
Pero el análisis lingüístico realizado durante los últimos años, en torno a las inscripciones encontradas en restos y yacimientos arqueológicos de la Meseta han demostrado que, aunque el alfabeto era íbero, las estructuras sintácticas son las propias de las lenguas celtas. Por lo cual hemos de deducir que pertenecían a este último pueblo quienes grabaron dichas inscripciones, aunque adoptaran como suyo el alfabeto del vecino pueblo.
Fueron muchos los siglos en que nuestras tierras peninsulares -al principio parcialmente, más adelante por completo- formaron parte del orbe romano. Desde el siglo III a.C., en que las legiones vinieron para combatir a los cartagineses en la Segunda Guerra Púnica, hasta que, a finales del siglo V d.C., se acaba desmoronando el Imperio Romano de Occidente, el aporte racial romano es más que considerable. En un principio fueron, básicamente, legionarios destinados a Hispania que, al licenciarse, recibieron tierras en la Península y se establecieron en ella. Más tarde, artesanos y comerciantes provenientes de la capital del Imperio -y de otros puntos más o menos alejados de ella- fueron también estableciéndose paulatinamente en nuestro territorio.
Nuestra cuarta y última aportación racial la recibimos de los visigodos que, poco a poco, empezaron a unirse sanguíneamente con la población existente antes de su llegada. Una población resultante de la total fusión habida entre íberos, celtas y romanos y conocida históricamente con el nombre de hispanorromana. Lo que empezó ,con el transcurrir de los años, a convertirse en generalizadas uniones matrimoniales entre visigodos e hispanorromanos, hubo, a la postre, de considerarse como acorde con las leyes y así quedó constancia con la promulgación del “Liber visigotium” o Fuero Juzgo.
Sólo cabe calificar de local, reducida, mínima o ridícula e insignificante cualquier otra contribución a la configuración fisica de los españoles, por parte de otras etnias y razas. Nuestro siguiente objetivo consistirá pues, en dejar los puntos sobre las ies de este otro tema.
Y, cronológicamente hablando, corresponde empezar por fenicios y griegos. Semitas los primeros, indoeuropeos los segundos. Ambos llegaron a nuestra península con fines exclusivamente mercantiles y en pequeño número. Únicamente fundaron algunas colonias o factorías en nuestro litoral meridional y de levante, con el objetivo de comerciar con los asentamientos íberos vecinos. Nunca tuvieron en mente propósitos pobladores algunos. Toca dejar claro que los cartagineses -de origen fenicio- sólo estuvieron de paso por nuestras tierras con motivo de la Segunda Guerra Púnica que mantuvieron con los romanos.
Avanzando por el tiempo llegamos a las invasiones germánicas (suevos, alanos, vándalos,…) -más o menos coincidentes cronológicamente con la visigoda- que precipitan el fin del Imperio romano de Occidente y de entre las que destaca la sueva, por su posterior, aunque localizada, fusión con la población que, por esas fechas, habitaba la actual Galicia. Los alanos, que acabaron fundiéndose con las gentes que moraban los territorios de lo que hoy en día es Portugal, no representaron un contingente especialmente numeroso. Y los vándalos fueron expulsados, desde el reino que habían establecido en el sur de España, hacia el norte de África por el empuje de un reino visigodo que, a la postre, quedó desmantelado tras la invasión
musulmana iniciada a principios del siglo VIII.
Musulmanes entre los que se contaba una proporción muy elevada de descendientes de vándalos islamizados y entre los cuales apellidos como el de Tariq (o Taric), uno de los dos principales caudillos de la invasión inicial del año 711, denotan su origen germánico; apellido que, por su coincidente terminación, nos evoca el de reyes visigodos como Alaric (o Alarico) o Roderic (Rodrigo). Musulmanes, asimismo, que trajeron consigo un buen número de esclavos procedentes de otra etnia indoeuropea, como la eslava -de aquí el origen etimológico de la palabra esclavo -. Y musulmanes de entre cuyas élites dirigentes era patente la buena dosis de sangre boreal que corría por sus venas; y para corroborar lo dicho, basta con conocer el fenotipo -rasgos o aspecto físicos- de personajes como el califa Abderramán III: pelirrojo y de ojos verdes. Pero, al margen de que el invasor mahometano poco tenía que ver, físicamente, con el magrebí o moro de hoy en día, el hecho cierto es que la mezcla racial entre la población que sufrió la invasión –cristiana- y la que la protagonizó, fue prácticamente nula. Y lo fue:
– Por el encono con el que se enfrentaron durante los casi ocho siglos que duró nuestra Reconquista.
– Por lo mal vistos que estaban, en ambos bandos, los matrimonios mixtos.
– Porque la población, de un lado u otro, que quedó en zona enemiga vivió en ghettos situados a las afueras de las ciudades; como ocurrió con los mozárabes -población cristiana que quedó en zona musulmana, conservando la religión- y con los mudéjares -población islámica que, tras los primeros éxitos de la Reconquista, permaneció en la nueva zona cristiana, conservando igualmente su fe, y que, a la postre, sería expulsada de la Península, bien como consecuencia del primer decreto de expulsión dictado por los Reyes Católicos en 1.492, o bien bajo los efectos del segundo, de expulsión de los moriscos, promulgado el año 1.609, durante el reinado de Felipe III -. Por otro lado, los únicos que sí se unieron racialmente con los invasores fueron los cristianos que se convirtieron al Islam -los llamados muladíes- y que, como consecuencia de esto, al igual que el resto de sus hermanos de fe -entre los cuales se fueron diluyendo- también hubieron, debido a la derrota militar del Islam en la Península, de instalarse definitivamente en el norte de África.
Y siguiendo esta política de unidad territorial, religiosa y racial iniciada, de manera diáfana y contundente, por los Reyes Católicos y continuada bajo la práctica totalidad del reinado de los Habsburgos o Austrias, la población judía afincada en España no podía correr destino distinto al de la mahometana. Así pues, en 1.492, unos 400.000 que se negaron a abrazar el cristianismo tuvieron que buscar residencia fuera de nuestro territorio. Y los pocos que permanecieron aquí, lo hicieron en barrios separados del resto de la población, a pesar de que públicamente habían renunciado a sus creencias mosaicas para convertirse al cristianismo; aunque, como las pesquisas de la Inquisición fueron demostrando, dichas conversiones fueron, en la mayoría de los casos, sólo aparentes. Es digna de resaltar la marginación a que, tras el decreto de expulsión de 1.492, ha sido sometida esta población hebrea en España, pues, aunque supuestamente se había convertido al cristianismo, se la quiso diferenciar del resto de la población definiendo a sus individuos como “cristianos nuevos” que, por no ser de sangre indoeuropea, no tenían derecho- sobre todo bajo el reinado de los Reyes Católicos y de los Habsburgos – , por ejemplo, a ocupar cargos públicos o a formar parte de las órdenes religiosomilitares; esto, repetimos, por no poder cumplir con el requisito definido en la época con los términos de “pureza de sangre”. Con calificativos como el de “marranos” o “chuetas” han sido conocidos a lo largo de estos siglos. Y todavía llama la atención cómo -botón de muestra- hoy en día, y pese a la avalancha inmigratoria derivada del “boom” turístico en las islas Baleares, sufren marginación los chuetas mallorquines y cómo se rechaza no ya sólo los matrimonios mixtos con alguno de ellos, sino hasta la relación de amistad con
miembros de este colectivo.
Aclarado el tema judío, sólo restaría mencionar la fundación de un buen número de municipios, localizados en tierras jienenses, que promovió, en la segunda mitad del siglo XVIII, Carlos III durante su reinado. Estos pueblos fueron poblados, inicialmente, de manera exclusiva por alemanes.
Con ello creemos haber dejado bien clara cuál es la composición racial de los españoles y , tras esto, señalar cómo los diferentes pueblos boreales que se han ido encontrando, a lo largo de la historia, en nuestro suelo, no han tenido ningún inconveniente en acabar, más tarde o más temprano, fundiéndose. Y como, en cambio, dicho pueblos no han hecho lo mismo con aquellos otros de extracción racial semita que, movidos por unas razones u otras, han ido desembarcando en la Península.
De manera más o menos consciente las diferentes etnias indoarias se han ido identificando entre sí y, bajo el vínculo del remoto origen común, se han ido, con el devenir del tiempo, fusionando. La similitud de costumbres, hábitos, cultura, religión y concepción de la vida han hecho posible dicho proceso unitario.
En términos muy bien definidos y explicados por Julius Evola, una manera de entender la existencia jerarquizada, vertical, uránica, viril, patriarcal, guerrera, olímpica, heroica, solar e iluminada por la Luz del Norte representada por los pueblos indoarios ha rechazado, combatido, marginado y/o expulsado a las gentes que comulgaban con la forma opuesta de ver y vivir la vida: igualitaria, horizontal, telúrica, pelásgica, matriarcal, lunar e inspirada por la Luz del Sur.
Quede, finalmente, claro que no se ha tratado de elaborar un mero artículo con fines y naturaleza básicamente biológicos, sino de dejar patente la adscripción indoeuropea o hiperbórea de los pobladores de toda la Península Ibérica y descartar cualquier duda o tergiversada manipulación sobre mestizaje, pues éste ha sido sinónimo, en cualquier civilización, de decadencia, caos y desaparición y hubiera imposibilitado las grandes gestas y las inigualables páginas de grandeza, gloria y heroísmo que España, en todo el orbe, ha dejado escritas.



Nuevo texto para una ceremonia de matrimonio
julio 5, 2009, 11:03 am
Filed under: Textos para ceremonias

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Y en los remotos tiempos el Principio Masculino y el Principio Femenino eran Uno sólo. Uno sólo incorruptible, imperecedero y eterno. Fuente de Luz y Luz en sí mismo.

Pero el Uno sólo fue relajándose en su tensión interior y perdiendo, paulatinamente, su Luz y su Sabiduría. La Luz fue tornándose oscuridad. Su unidad se empezó a resquebrajar y el Uno sólo dejó de serlo y se escindió en dos. De la unidad se pasó a la dualidad. De la unidad se pasó a la división y, así, los Principios Masculino y Femenino se desgajaron e iniciaron su devenir en el mundo por separado.

Del primigenio ser que, en los remotos tiempos, contenía ambos principios surgieron dos seres. Surgió el hombre y surgió la mujer. Y el hombre y la mujer, desde entonces, siempre anhelaron restaurar la unidad perdida y volver a ser Uno sólo. Pero, mientras se está a la larga espera de que acontezca el retorno de la Edad Áurea -la Edad de Oro en la que la Luz volverá para imponerse a la oscuridad y se restablecerá la ansiada unidad-, mientras se está a la espera de que los dos vuelvan a ser Uno sólo, mientras tanto, el hombre y la mujer no cejarán en su empeño de recrear la unidad perdida fundiéndose en uno en el momento del abrazo íntimo.

 Así, no nos conformemos en calibrar este vuestro enlace si no es en su dimensión más profunda y sacra: en aquella dimensión que os hará posible, a ambos, el superar contratiempos y desencuentros, porque cualquier problema que pueda acaecer en vuestra cotidiana convivencia lo podréis minimizar de inmediato cuando lo comparéis con las causas tan profundas y trascendentes que provocaron vuestra recíproca atracción. Causas que hunden sus raíces en tan remotos tiempos y contra las que ninguna contingencia ni ningún arrebato tienen nada que decir.

 ¡Felicidades!

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara @hotmail.com



Iberos. Principes de Occidente
julio 4, 2009, 4:10 pm
Filed under: Eduard Alcántara, Historia

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Hace un par de años se celebraron en Barcelona, con el reclamo de este mismo título, una exposición y un congreso que pretendían dar a conocer con más profundidad y profusión de datos y muestras la realidad de uno de los pueblos que habitaban, en la Antigüedad, en la Península Ibérica. Nosotros visitamos la exposición y pudimos extraer, entre otras, la siguiente consecuencia:

Que no hace falta que seamos nosotros -los que defendemos concepciones del mundo y de la existencia diametralmente opuestos a las preconizadas por el Establishment que nos ha tocado padecer- los que tengamos que gastar nuestras energías en demostrar realidades tan obvias como la que tiene al pueblo ibero, o íbero, como uno más de entre los que forman parte de la gran familia indoeuropea. No hace falta, no, puesto que pudimos comprobar cómo los datos, restos arqueológicos y comentarios que se exponían en esta exposición y en sus publicaciones-guías venían a corroborar y a reforzar una realidad que para nosotros, y para muchos otros investigadores e historiadores, siempre ha sido incuestionable.  La “Cultura Oficial”, seguramente sin pretenderlo, vino a darnos la razón.

Las características más definitorias de la concepción de la vida, la existencia y la espiritualidad que siempre tuvieron los pueblos blancos no semitas eran, una y otra vez, asignadas a los iberos en los textos editados con motivo de la dicha exposición y en los comentarios vertidos por su comisaria, la Catedrática de Arqueología de la Universidad de Valencia Carmen Aranegui.

Para empezar, la publicación-guía comienza afirmando textualmente que “Los iberos no vinieron de ninguna parte, aunque en otras épocas muchos estudiosos se empeñaron en afirmar que llegaron de Ásia o de África. Eran una gran etnia dividida en pueblos que habitaban la cuenca occidental del Mediterráneo”. Este es el primer golpe dado a los que pretenden encuadrarlos dentro de los pueblos semitas o camitas.

Otro de los rasgos de los pueblos indoeuropeos siempre fue el de su organización social de naturaleza vertical, fuertemente jerarquizada y estructurada en castas o estamentos sociales con unas funciones muy definidas y en cuya pirámide se hallaba la realeza detentadora de las potestades guerrera y espiritual. En el caso del mundo íbero no podía ser de otra manera y así los reyes detentaban el poder político y religioso como miembros que eran de la casta dirigente: la aristocracia o nobleza guerrera e impregnada de un sentido superior de la existencia. Casta que era la única que se dedicaba al ejercicio de las armas. Así, siguiendo la citada publicación, podemos leer que “En Iberia no existía un ejército profesional. Sólo los aristócratas tenían derecho a ser guerreros” o “Sólo los aristócratas tenían derecho a defender su ciudad, por eso están representados siempre –en esculturas e inscripciones- con sus armas”. Asimismo podemos seguir leyendo que “Era una sociedad jerarquizada. Los jefes  representaban a todo el grupo, organizado en familias nucleares”. Familias nucleares que nos recuerdan inmediatamente a otras equivalentes en otros pueblos boreales –o hiperbóreos, utilizando siempre terminología evoliana-  tales como los clanes celtas o las gens romanas.

De lo escrito en este parágrafo se desprende ineludiblemente una concepción guerrera de la vida muy propia también a los pueblos indoeuropeos, que no sólo concebían la guerra en su sentido externo y más obvio sino que incluso le daban una importancia mayor a su vertiente interna: en el fragor de la acción bélica el hombre vence sus debilidades, sus miedos, forja su voluntad, robustece su carácter, elimina las pequeñeces y miserias que nublan su alma y entra, en medio del frenesí del combate, en estados alterados de conciencia que le pueden permitir despertarse a una realidad superior de la vida más allá del mundo sensible.

Y para corroborar el esencial sentido guerrero de la existencia del pueblo íbero seguimos leyendo que “El hombre, sin embargo, es la antítesis de la representación femenina. Sus atavíos más valiosos son las armas y a menudo se le representa desnudo con ellas” o que “Fueron famosos jinetes y participaron en batallas fuera de la propia Península. La máxima prerrogativa para un guerrero ibero era presentarse como jinete. El caballo, atributo guerrero y social, era para ellos un elemento de prestigio del más alto nivel” o también que “ Los animales eran símbolos sagrados, el ciervo se vincula a la divinidad femenina y el caballo –instrumento de guerra- a la masculina” o esta otra que dice que “los exvotos -u ofrendas a la divinidad- de bronce –ofrecidos por nobles- hacen alusión a las armas como signo de prestigio; en ellos los caballos están en muchos casos artísticamente enjaezados, lo que muestra una vez más la importancia de este animal –como la herramienta guerrera que representa- en la cultura ibera”. Como la función guerrera la ejercía el varón eran las tumbas de éste las más llamativas debido a la trascendencia que entre los pueblos íberos se le daba a esta función social y así seguimos con la lectura de la mencionada publicación y leemos que “…hay pocas tumbas ricas de mujeres, suelen ser sencillas y con muy pocas ofrendas”.

En una sociedad guerrera como ésta los valores directamente relacionados con la milicia formaban parte innata de la idiosincracia de sus gentes. Así nos encontramos en la revista-guía con afirmaciones como la que sigue a continuación:

“La “fides” y la “devotio”  eran cualidades que se les reconocían a los iberos. La lealtad y el mantenimiento de la palabra, el compromiso hasta la muerte, les distinguían de otros pueblos”

Y así no nos extrañamos de que se hayan encontrado esculturas como una monumental en la que aparece la figura del héroe idealizado en combate con otros guerreros o con animales fantásticos.

Y dentro de este contexto no podían faltar los ritos iniciáticos mediante los cuales el adolescente dejaba de ser un niño y pasaba a formar parte de lo que en algunas tradiciones se ha conocido como “sociedades de hombres”; esto es, que pasaba a ser un guerrero. Así se han hallado muchas estatuillas en santuarios íberos que representan este tipo de rito iniciático.

Aparte, óbviamente, de la vestimenta y de las armas uno de los signos externos que identificaban al que ya formaba parte de las “sociedades de hombres” aludidas era la barba; tal como se puede comprobar en el anverso de algunas monedas romanas del S. I a. C., como es el caso de unos denarios sertorianos de plata encontrados en Huesca.

Y si hablamos de ritos sagrados no podemos pasar por alto los funerarios, puesto que si siempre existió una costumbre definitoria de la mentalidad de los pueblos hiperbóreos ésta fue la de incinerar los cadáveres y los iberos, como miembros de este gran tronco racial, no fueron

-tal como se indica en la revista- una excepción: “Los cadáveres de los aristócratas íberos ardían en una pira funeraria durante más de un día. Los guerreros se incineraban con sus armas, que eran dobladas y arrojadas al fuego junto con otras pertenencias significativas. Finalizada la cremación, metían los restos en una urna que era enterrada junto al ajuar funerario”. “Al pueblo también se le incineraba. Hay necrópolis con tumbas modestas, con pocas ofrendas y sin monumentos funerarios importantes”.

Pueblos como los semitas, con su concepción pelásgica, matriarcal, telúrica y horizontal de la existencia, optan por el enterramiento de los cadáveres y su devolución a las entrañas de la Madre Tierra . Frente a ellos los pueblos boreales , con su percepción uránico-solar y vertical de la vida, eligieron la cremación del cuerpo para facilitar de esta manera la salida del espíritu o alma (siempre ha habido mucha disparidad a la hora de definir uno y otro ente) y su elevación hasta fundirse con el Sol –astro símbolo de la más alta Esencia divina- o hasta llegar a las otras dimensiones atemporales y  no espaciales –a menudo identificadas con el Cielo, con lo alto- que esperan tras el fin de la vida física.Y continuamos citando textualmente que “Es frecuente que para acompañar el monumento funerario aparezcan alas de pájaro. Eso hace pensar que los iberos situaban el más allá en la esfera de lo celeste”.

Parece ser que en algunos casos, los menos, también se llegó, entre los iberos, a practicar otro rito funerario asociado igualmente a pueblos indoeuropeos como, por ejemplo, los persas, que habían abrazado la religión de Zaratrusta –el mazdeísmo o zoroastrismo-, consistente en conseguir la desaparición del soporte físico de la persona exponiéndolo en lugares elevados

-montículos o atalayas construidas a tal efecto- a la rapiña de los buitres. Rapaces que en su posterior vuelo ascendente se pensaba que portaban el alma del fallecido hacia el Sol. (Todavía en nuestros días los descendientes de los mazdeístas que huyeron a la Índia –los parsis- practican, en este país, dicho ritual funerario.)

Volviendo, con tal de definir posiciones, a los contrastes, hemos de recordar que mientras que para los pueblos semitas el fin de la vida física ha constituido siempre una tragedia, puesto que nunca han tenido muy claro el concepto de alma y hasta su misma existencia y, por tanto, con la muerte se acaba del todo, según ellos, el periplo existencial de la persona, cuyos residuos habrían de esperar –tal y como cree el judaísmo- a la anunciada futura resurrección de la carne para poder volver a existir, para los pueblos boreales, en cambio, la muerte física suponía el paso previo para el inicio de otra existencia más perfecta, o perfecta, e imperecedera, eterna. Por esta razón lo que para etnias semitas constituía tristeza, luto y dolor, para los pueblos indoeuropeos suponía muy a menudo alegría, fiesta, jolgorio y felicidad. Y, de acuerdo con lo expuesto, en la revista leemos que “una de las formas que tenían los íberos de despedir al difunto era con una gran comilona de la que el muerto también participaba simbólicamente”

Esta ausencia de miedo hacia la muerte, junto a las cualidades propias del guerrero –valor, fidelidad, lealtad, honor; así como la superación de la aprensión al sufrimiento físico- explican la cita hecha párrafos más arriba que hacía referencia “al compromiso hasta la muerte” del “milites” íbero.

Tocando de nuevo el tema de la concepción vertical y uránico-solar del existir común a los pueblos boreales, no hemos de dejar de señalar que, entre éstos, el accidente geográfico elevado o la construcción vertical siempre han evocado al “Axis Mundi” o eje simbólico que une Tierra y Cielo, vida sensible o física con vida suprasensible o metafísica. Y, referido a nuestro pueblo objeto del presente estudio, podemos seguir leyendo que “Los monumentos o esculturas que se edifican sobre o junto a la tumba son torres, pilares estela, túmulos escalonados,…”

Al tener la misma extracción racial y, en consecuencia, compartir visiones del mundo el romano invasor de la Península Ibérica no tuvo ningún inconveniente a la hora de mezclarse sanguíneamente con el ibero invadido y de asimilarlo al orbe romano. Los territorios peninsulares fueron incorporados al mundo romano e Hispania se convirtió, en pie de igualdad, en una Provincia más del Imperio romano. Aquí no hubo problemas de asimilación, al contrario de lo que ocurrió con la Palestina judía, que al pertenecer, en buena parte, a un tronco racial diferente y al poseer una cosmovisión diametralmente opuesta a la de la romanidad, nunca se integró en sus estructuras políticas, sociales ni religiosas y recibió, en consecuencia, el status de Protectorado del Imperio.

Para lo reforzar y argumentar lo que se acaba de exponer continuaremos con las referencias a la revista-guia:

“A su llegada a la Península, a finales del siglo III a. C., Roma encontró una cultura fácilmente adaptable al modelo romano”. “El movimiento de tropas romanas, unos 6.000 hombres por legión, que se instalaron en Hispania para conquistarla, dejó tras de sí un montón de hijos que con el tiempo reclamaron sus derechos. Para ellos se fundó la ciudad de Carteya (San Roque, Cádiz), para los hijos de hispanas y soldados romanos. La realidad es que de ese cruce nació Hispania”. “Se llegó a la plena romanización de los pueblos ibéricos”. “Roma no encontró gran oposición en el ámbito de la cultura ibérica, donde se fue introduciendo y adaptando a través de las clases sociales dominantes que pactaron con ella y comenzaron a vivir a la romana sin que se decretasen esos cambios”.

Pero, sin duda, lo que más nos llamó la atención cuando visitamos la exposición en cuestión fue el contemplar la “Estela de Sinarcas”, que data del siglo I a. C. Y que se encontró en este municipio valenciano. En ella se hallan grabados caracteres íberos que si no nos hubiesen sido previamente presentados como tales no hubiéramos dudado un ápice en identificarlos rápidamente con las runas nórdicas. Entre dichos caracteres se encontraban unos no parecidos ni aproximados en su trazado sino idénticos a la runa Odal u Odila, a la del Sol o Sowilo, a la Ingwaz o Inguz de la fertilidad, a la Ehwaz asociada al corcel Sleipnir de Odín, a la Eewaz que recuerda, entre otras cosas, los ciclos de vida y muerte, a la Tyr o Tiwaz, a la Kenaz que significa fuego y representa la Iluminación y, también, la fidelidad, a la Gebo que significa dar, a la Hagalaz que quiere decir granizo y a la Isa cuyo significado etimológico es hielo…

…¿Hay alguien que se siga atreviendo a poner en duda la adscripción indoeuropea de los íberos? Creemos haber dejado del todo desmontada una de las grandes falsedades que han venido postulando algunos  pseudohistoriadores y falsos antropólogos adláteres del Sistema establecido. Ya se dejó bien patente en otro artículo (“¿Mitad moros, mitad judíos?”) que las mayores aportaciones de sangre que hemos recibido los españoles nos vienen esencialmente de íberos, celtas, romanos y visigodos y si nadie ha discutido nunca el origen indoeuropeo de los tres últimos, nadie honesto habrá de discutir jamás la también paternidad hiperbórea de los iberos.

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara @hotmail.com



Respuesta a carta de un amigo y camarada
julio 4, 2009, 4:07 pm
Filed under: Ética y valores, La Rata Negra

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Tu misiva, apreciado amigo y camarada, me recordó, en su intencionalidad, al artículo escrito por José Antonio Primo de Rivera y dedicado a D. José Ortega y Gasset “Homenaje y reproche a Ortega”…

Me dices que el hombre moderno no comparte nuestra común cosmovisión ni nuestros valores y actitudes. Y más aún añadiría: no posee la capacidad crítica y de análisis  que casi todos nosotros, en mayor o menor medida, poseemos  y expresamos ante la realidad social, económica, cultura y política circundante. Se trata de un hombre –el moderno- átono, indiferente, pasivo, cobardón, manipulable y, sobre todo, AMORFO.

Lo malo no es que esta corrompida y zafia sociedad se mueva al son de pulsiones y pasiones, ya que estas actitudes, si bien alejadas de nuestro estilo, serían prueba de que  este sujeto postmoderno posee motivaciones de algún tipo. Eso sí, motivaciones erradas como podrían ser, por ejemplo, las de un ansia desmedida de satisfacción personal (o, para hablar con más propiedad, subpersonal),  las del egoísmo, las del consumismo,… Pero motivaciones que, por lo menos, no harían de él ese individuo ÁTONO al que nos hemos referido.

La principal hipótesis que defiendo es que nuestra sociedad se haya anegada en un relativismo atroz y esto me parece, si cabe, aún más grave que lo anterior.

Este hombre consumista, mero sujeto –pasivo- económico y, por ende, frágil, vanidoso y superficial es lo más totalmente alejado del ideal humano que nosotros perseguimos y por el que luchamos. Pero este sujeto –así lo pienso- es recuperable.

Sus modelos, su ética y sus parámetros sociales no han sido discernidos ni juzgados por él.

Este individuo ha delegado irresponsablemente, en un Sistema que, ofreciéndole bagatelas (económicas, sociales, instintivas,…), ha anulado su capacidad de pensar, discernir y elegir libremente. El Fausto del Siglo XXI no ha vendido su alma al Molloch por su afán de inmortalidad, de eterna juventud… No. El hombre moderno ha vendido su alma por: un crédito barato, una semana más de vacaciones o por poder cambiar de coche cada tres años. ¡Estúpido, pero cierto!

Se trata de alguien vacío, intoxicado por el Sistema y sus medios y aterrado por no significarse –por no aparentar-. Es incapaz de pensar por sí mismo y vive bajo la bota liberticida de lo “políticamente correcto”.

Nuestra lucha –lo dije y me reafirmo- es una lucha por la libertad: para que el hombre actual pueda y deba asumir sus responsabilidades. Ésta es la verdadera libertad. La LIBERTAD (1), así, con mayúsculas y a la que ninguno de nosotros debe temer sino, muy al contrario, anhelar conquistar.

En base a esa LIBERTAD pienso que cualquier ciudadano –después de cumplir con sus obligaciones para con el Estado y después, por ejemplo, de cubrir las necesidades de su familia- cualquier ciudadano, decía, es libre de disponer de sus bienes materiales, de su dinero, como a bien tenga. No procedería, por el contrario, que ese ciudadano dejara de ejercer sus responsabilidades: descuidando, por ejemplo, a su familia (no cubriera los gastos de colegio, hipoteca, enfermedades,…), en cuyo caso hasta sería de ley la actuación de la Justicia… Nos gustará más o menos en qué se gaste sus legítimos ingresos pero si ha cubierto sus obligaciones con la Hacienda pública y si no descuida sus responsabilidades defiendo la creencia de que con su dinero es Dios.

Creo que en esto estaremos de acuerdo: no debemos interferir en su libertad y responsabilidad para con su pecunio; reitero una vez más: siempre y cuando sea responsable con sus obligaciones para con la comunidad y para con los suyos.

Otro cantar es que me desagrade el despilfarro en lo que considero superficialidades: consumismo feroz , ludopatías,…

Entiendo que el problema nace de un Sistema, como el actual, en el que el hombre se ha convertido en un mero elemento de producción y al cual se le ha anulado la capacidad de elegir, de pensar y de actuar libremente. Por el contrario, en el Estado en el que sueño habrá, obviamente, derechos para todos y deberes de los que nadie –reitero: NADIE- podrá sustraerse.

De acuerdo con esta filosofía en el Estado en el que sueño habrá que aplicar aquella máxima del fascismo que rezaba así: “Al enemigo… liquidadlo, al desafecto… vigiladlo, al indiferente… la legislación vigente y al amigo… cuidadlo”. Creo que esta máxima expresa con nitidez cómo el Estado velará por los intereses comunes. (Desde luego, y tal como afirmaba D. Miguel de Unamuno, “¡los conversos… a la cola!”)

Pienso que es recuperable toda esa masa amorfa y carente de referentes dignos de ser seguidos en que se ha convertido el común de nuestros semejantes. Y eso lo pienso a pesar de que, en nuestro país –en España- legislaciones educativas como la L.O.S.E. o  la L.O.G.S.E. han creado, con demoledora fuerza, ese ser envilecido por lo material y borreguil en lo social. Es muy pesada la losa constituida por muchos años de pésima educación y que ha llevado al alejamiento de valores como los del esfuerzo, el mérito, el discernimiento, la capacidad de tener la iniciativa de elaborar y/o defender posturas propias en todos los ámbitos, el respeto a la verdad, la adhesión a la ley natural, la solidaridad, el respeto a sí mismo, el respeto a la palabra dada,… Esta losa ha cumplido, a la perfección, el objetivo que perseguía este funesto y disolvente Sistema y que no es otro que el de haber moldeado a su gusto individuos-masa que han delegado sus personales responsabilidades en una cuadrilla de políticos tahúres que jamás les harán partícipes en la toma de decisiones.

De acuerdo estoy en que, por mucho que se adhiera (ese individuo-masa) a unas ideas-fuerza defendidas por nuestro entorno político con fines electoralistas y/o proselitistas, el hecho de acoger en nuestras filas a esa masa despersonalizada, materialista y alienada no nos reportaría, precisamente, nada positivo, ya que resultaría hasta contraproducente por las tensiones y contradicciones que crearía en nuestro discurso, pero en vista a ser posibilista y entendiendo que éstos son hoy nuestros compatriotas (nuestros españolitos) del siglo XXI no debemos cerrar nuestra política a esa mayoría, pero sí deberemos intentar reeducar a la masa en otros parámetros y ahí es donde debe destacar, por ejemplo, con especial relevancia la figura del MAESTRO; figura a la que hay que dignificar ya que la transformación de los valores (o, para mejor definirlos, contravalores) que imperan en esta disolvente sociedad será tarea fundamental, ineludible, prioritaria y vital en el Nuevo Estado que aspiramos a edificar algún día. Familia y Escuela son las instituciones básicas para formar al hombre libre y responsable en el que creemos y por el que luchamos.

La labor es ardua, pero no imposible. Se trata de una tarea a largo plazo; generación a generación. Nuestro cometido es el de ser como un espejo en el que la sociedad vea, aprecie y construya otros valores que –estamos seguros de ello- son inmensamente más edificantes que los actuales.

Me gustaría que nosotros tuviésemos la capacidad de llegar al común de la gente, de llegar a ese Juan español al que, pese a todo, le creo capaz de llegar a asumir y compartir los valores que nosotros defendemos, tal como los compartieron, en épocas pretéritas, sus antepasados.

En estos tiempos únicamente los más aptos, los más formados, los más nobles… en suma, los –anímicamente- más puros deben ser el ejemplo vivificador para los demás: los eugenios de este siglo y/o los Hombres de la Tradición; éstos son los que han de devolver su esencia metafísica a la Nación. El ejemplo, la constancia y la responsabilidad para con las ideas son las mejores bazas para que se pueda (ese Juan español) mirar en ese espejo y para que se consiga, así, dar forma a una filosofía de vida Tradicional y noble, alejada de estos subvalores y de estos degradantes referentes que la actual sociedad adopta.

Sin medios económicos, mediáticos y políticos son nuestras mejores armas el ejemplo personal y el respeto a los valores de nuestros antecesores.

Reitero mi creencia en que no debemos rechazar al confuso y equivocado hombre moderno por mucho grado de perversión a que hayan llegado sus usos y costumbres. Al contrario, debemos combatir ese alienamiento relativista con nuestro mensaje y ejemplo.

Nuestra propuesta, que bien podría definirse como redentora, va dirigida a ese sujeto desarraigado de moral y valores, a ese individuo perdido y sin referentes. Nuestra propuesta no debe de quedarse en el deseo de implantar un sistema socio-económico alternativo sino que debe tener diáfana la idea de que conlleva en sí toda una filosofía de vida contrapuesta a la presente y de que se trata de una cosmovisión amplia y generosa que se marca el objetivo de dar respuesta a ese hombre perdido y confuso de nuestro siglo.

Pena, más que desprecio, es lo que debemos sentir por esas masas alienadas, confusas y faltas de referentes que este demoníaco Sistema partitocrático ha creado con la finalidad de -una vez anuladas, asnadas y acríticas- poder manipularlas, pervertirlas y desarraigarlas.

Creo firmemente en esa herencia ancestral, en esas voces nunca apagadas –soterradas tal vez- que, en lo más profundo del alma del hombrecillo moderno, nunca se extinguieron y nunca dejaron del todo de oírse. Esas voces de la España eterna, forjadas generación tras generación, que creo que no pueden ser silenciadas por mucha que sea la fuerza de este alienante Sistema.

Subsiste en una gran parte de la sociedad (pese a lo consumista, hedonista y superficial de sus aspiraciones y de sus existencias) un ansia de Patria, un ansia de defender la vieja piel de toro frente al separatismo galopante y disgregante que la sacude inmisericordemente y considero este ansia como muy positiva y como un paso adelante de cara a la futura regeneración de nuestro alienado individuo-masa, ya que dicho anhelo de Patria representa un aspirar a algún ideal constructivo y de empresa en común que se halla bien alejado de los intereses materialistas y del egoísmo y positivismo que guían su monótona y anodina existencia vegetativa. Lo cual nos hace albergar esperanzas en una posible recuperación de esos compatriotas a base de hacerles pasar por el tamiz de una pedagogía adecuada. Los creo recuperables y dignos si, algún día, se lograra que pudieran formar parte de otro sistema político más eficaz y ético.

Sin que nosotros no seamos depositarios de una fortaleza moral e intelectual clara no creo posible la tarea salvífica, pues los medios con los que cuenta el Sistema son extensos y apabullantes. ¡No desfallecer ni cansarnos frente a la mentira, la ocultación y la demagogia imperantes! Ese hacer frente en soledad a sus medios pervertidores es el baluarte y la fuerza de nuestro mensaje y de nuestra fe.

Despido estas letras con los esperanzadores versos de Ángel María Pascual, que representan una voz de esperanza e ilusión para estos oscuros tiempos:

En tu propio solar quedaste fuera,

                          Del orbe de tus sueños hacen criba.

                          Pero allí, donde estés, cree y espera.

                          El cielo es limpio y en sus bordes liba

                          claros vinos del Alba, Primavera.

                          Pon arriba tus ojos; siempre arriba.

……………………………………………………….

(1)   Sobre el concepto de libertad y en vistas a otro enfoque interesante transcribo, a  continuación, estas reflexiones vertidas por el gran pensador tradicionalista español del s. XIX Donoso Cortés:

“El hombre es esclavo solamente cuando cae en manos de un usurpador. La libertad vive en pocos hombres y dado que es propuesta impúdicamente a todo el mundo, la trinidad democrática no es más que un engañabobos.

     El hombre es libre cuando no obedece sino a su legítimo dueño. No hay otra esclavitud sino aquélla en que cae el que se sujeta a un tirano ni más tirano que el que ejerce una potestad usurpada ni otra libertad sino la que consiste en la obediencia secundada a potestades legítimas.”

 

Juan Antonio Cuesta



Carta a un amigo y camarada
julio 4, 2009, 4:06 pm
Filed under: Ética y valores, Eduard Alcántara

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Hablaste de una forma de percibir, de vivir y de aceptar la existencia distinta a aquélla que empieza centrando sus prioridades de acuerdo al ideal plasmado en aquella fórmula del “hombre nuevo” de la que nos habló Corneliu Zelea Codreanu y que anteponía la transformación interna del hombre a cualquier tipo de cambio, por muy radical y alternativo que fuese, de tipo político, social y/o económico, pues el líder rumano creía que estos cambios estructurales acabarían revistiendo un carácter pasajero si el tipo de hombre que los debería de hacer triunfar seguía siendo el de ese hombrecillo moderno que ha ido conformándose, sobre todo, a lo largo de las dos últimas centurias y que –se tercia añadir- ha llegado a su máxima expresión en nuestros días.

Este hombre moderno sólo entiende de concupiscencia, de hedonismo incontrolado, de nimiedades, de vanidades, de superficialidades, de fachada, de máscara, de egoísmos, de bajos instintos e impulsos esclavizadores, de pulsiones alienantes, de individualismo y de materialismo y, en consecuencia, acabará pudriendo cualquier institución política y cualquier ordenamiento socioeconómico que pudieran hallarse en las antípodas de aquéllos otros que actualmente hemos de padecer. El egoísmo y el individualismo que caracterizan al hombre de nuestro disolvente mundo moderno acabarán haciéndole, a la larga, decantarse por un sistema económico que como el capitalista liberal no entiende de espíritu comunitario y por un sistema político que como el del liberalismo partitocrático sólo entiende de banderías, de relativismos y de enfrentamientos y disonancias insolidarias y fraticidas.

Es por este motivo por el que difícilmente podremos esperanzarnos en la pervivencia de cualquier tipo de ordenamiento orgánico, comunitario, jerárquico y, en resumidas cuentas, Tradicional si los “valores” del hombre que lo ha de sustentar están en total desacuerdo con aquéllos que han de ser los propios de dicho ordenamiento.

¿¡De qué nos serviría que masas enormes pasaran a engrosar nuestras filas si dichas masas siguieran actuando y comportándose como pitralfas que únicamente pensasen –tal como acontece hoy en día- en comprar desaforadamente, en consumir compulsivamente, en aparentar más que sus semejantes, en priorizar la apariencia a la esencia y en no concebir más realidad que aquélla mutilada y material que es a la que tan sólo pueden llegar a percibir nuestros sentidos!? ¿¡De qué nos sirve esto!? Seguro de que a ti tampoco te sirve de nada.

Seguro que tú te encuentras al otro lado de la barrera tras la que balbucea, se arrastra vermicularmente y se denigra a sí mismo el hombre moderno. Seguro que tú no compartes sus “valores”. Seguro que tú estás con aquel otro mundo que anteponía (y todavía tiene –aunque parezca una quimera- la posibilidad de anteponer) a cualquier otra aspiración el sentido del honor, del heroísmo, de la camaradería, de la fidelidad, de la lealtad, de la nobleza, de la franqueza, del sacrificio en pos de un ideal, de la sinceridad, de la honestidad, de la rectitud, de la fraternal e indestructible amistad, de una vida que no perdía la referencia de lo Alto y Trascendente,…

Seguro que te hallas al otro lado de la barrera por más que puedas decir lo contrario, pues las palabras se las puede llevar el viento pero el ejemplo que uno cotidiana y continuamente da queda ahí, pétreamente inalterable ni por el verbo ni por ninguna disquisición intelectual ni acrobacia discursiva que uno pueda lanzar en soflama o en debate. Por mucho que la palabra pretenda contradecirlo el ejemplo personal dado y mostrado día a día quedará ahí: incólume, inalterable y enhiesto.

Podrás, en acalorado y vehemente debate, expresar lo que quieras pero no podrás evitar que a todos los que te conocen bien no les parezcas como sacado de otros tiempos en los que primaban los valores que realmente dignifican al hombre y que son en definitiva los que siempre definieron a lo que se ha dado en llamar el Hombre de la Tradición y que se encuentran en el punto más lejano posible de los antivalores por los que se rige y por los que se deja arrastrar el decadente y deletéreo hombrecillo moderno.

Por mucho que puedas afirmarnos, de viva voz, lo contrario no tienes más remedio que admitir que tus lealtades, tus compromisos y hasta tus gestos, tu manera de expresarte, tus dichos y tu mismo vocabulario casan abrumadoramente con los que fueron propios de siglos pretéritos en los que el hombre no había aún caído en la actual ciénaga en la que se ahogan nuestros contemporáneos en coreografía propia de autómatas y borregos que caminan de manera conformista al matadero. ¡Tú no formas parte de estos untermenschen cainitas!

A los que te han tratado con profundidad  nunca les podrás convencer de que no eres como una especie de exiliado en este disoluto siglo XXI. No les va a convencer de que tus preferencias encajan con las del común de los mortales que vegeta a nuestro alrededor. No les va a hacer creer que eres un esclavo más de las pulsiones y bajos instintos que arrastran –hacia una convulsión mental sin fin- al hombre vulgar, común y corriente que ha excretado esta etapa crepuscular y obscura que se cierne alienantemente sobre todos nosotros. No insistas, ¡no les vas a convencer de ello!

Para evitar hundirnos hasta el cuello en el nauseabundo barrizal de la modernidad bien nos puede servir el oráculo de Apolo que se puede leer inscrito en el templo que esta divinidad tenía consagrado en la griega Delfos: “Nada en exceso”. Y también nada, por otro lado, hay que prohibirle al hombre que sabe evitar los excesos y ha, así, demostrado, estar por encima de la masa, dominar sus experiencias vividas y no caer, por ende, esclavo de ellas.

Para ti, entrañable amigo y camarada:

ANIMA ET HONOR

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara @hotmail.com



RAC, rock y cosmovisión indoeuropea
julio 4, 2009, 11:43 am
Filed under: Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara

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En el presente escrito nos proponemos, por un lado, romper una lanza, o varias, a favor de la música que interpretan los skinheads nacionalsocialistas y, por otro lado, aprovechar algunos de los argumentos de apoyo que en este empeño se utilizarán para fijar con mayor contundencia los que, según nuestro parecer, son, o deberían ser, algunos de los parámetros existenciales y de pensamiento en los que se yergue nuestra Alternativa al Sistema.

En primer lugar, y para aclarar términos, hemos de decir que como música OI! se acostumbraba a definir la de los skins N.S., pero la verdad es que el sonido OI! también es seguido por skins desideologizados. Por otro lado, la realidad es que la mayoría de grupos musicales de rapados N.S. siempre ha interpretado sonidos más contundentes, utilizado voces más graves y seguido ritmos más rápidos que los del netamente OI! Por lo cual va siendo cada vez más común utilizar, en su lugar, las siglas R.A.C., puesto que de esta manera se matan dos pájaros de un tiro: se diferencian dos estilos musicales diferentes y se evidencia la carga ideológica de uno de ellos, el propiamente N.S.: R.A.C. (Rock Against Communism= rock contra comunismo).

Pues bien, más de una vez habremos escuchado a alguien, de entre nuestras filas, afirmar que le encantan las letras de las canciones R.A.C., pero no así su estilo musical, al que, como variedad del rock, encuentran propio del mundo decadente que nos ha tocado padecer.

¿Pero por qué encuentran decadente el rock?¿Tal vez porque su existencia coincide con la de un período histórico también decadente? Si es ésta la razón, que no duden igualmente en condenar la música clásica, de la que sí suelen ser entusiastas, puesto que su existencia corre paralela a una Edad Moderna y a una Edad Contemporánea en las que valores como el de la Trascendencia, el heroísmo, la valentía, el espíritu de entrega, de disciplina, de sacrificio y de autosuperación, la fidelidad, la jerarquía o el honor propios del Mundo Tradicional y muy presentes aún en la Edad Antigua y en Edad Media, fueron pasando al olvido y siendo sustituidos por los contravalores que nos disuelven en el marasmo materialista del Mundo Moderno.

No olvidemos que la Música Clásica nace y se desarrolla en períodos históricos en los que nacen el antropocentrismo y el humanismo enemigos de la genuina espiritualidad y egocéntricos para el hombre, el protestantismo ligado al mercantilismo, el racionalismo negador de las Realidades Suprasensibles que superan la naturaleza alicorta del pensamiento lógico, su primogénita la Ilustración, el liberalismo, la democracia, el capitalismo, el evolucionismo enemigo de nuestro origen divino, el enfermizo y retorcido psicoanálisis, el marxismo, el anarquismo, el positivismo, el igualitarismo,…

¿Tal vez encuentran decadente el rock por su estilo musical? Si es así les diríamos que la contundencia sonora del rock y sus rápidos ritmos difícilmente conducirán a quienes lo interpretan, siguen y/o escuchan al estado de abotardamiento, mansedumbre y sensibilonería al que, por ejemplo, conduce la música romántica. Y, aunque por supuesto no pretendemos confundir música romántica con música del Romanticismo, no olvidemos que entre nuestros exclusivistas seguidores de música clásica priman, de manera apabullante, los que se decantan por autores del Romanticismo. Autores, algunos, que con sus melodías y dramas exaltadores de las pasiones y de los sentimientos no hicieron (aunque, eso sí, con unas muy buenas intención y finalidad) más que hacernos llegar traslúcida –no transparente y diáfana- la visión, al igual que la percepción y el conocimiento, de unos valiosos mitos, leyendas y personajes de nuestra tradición indoeuropea.

Solamente podremos llegar a ser Hombres, con mayúscula, u hombres diferenciados –como gustaba definir a Julius Evola- si percibimos el mundo que nos rodea con serenidad, si no nos dejamos obnubilar, embriagar ni cegar por los sentimientos, por los sentidos ni por las pasiones que, por ejemplo, tan inherentes fueron al Romanticismo. Únicamente desembarazándonos de la esclavitud a que éstos nos someten podremos conseguir la calma interna necesaria para que el Espíritu venza en esa Gran Guerra Santa interior de la que hablan algunas tradiciones y, de esta manera, se enseñoree de nosotros para que así podamos también, algún día, traspolar nuestro Nuevo Orden interno al mundo que nos rodea, haciendo que nuestro sentido Trascendente de la existencia se yerga victorioso sobre la Materia y que nuestros, hoy aletargados, valores ancestrales indoeuropeos se impongan al corrosivo, ruin, embrutecido, igualitarista y vil submundo que nos bestializa a pasos agigantados.

Podríamos equiparar el rápido ritmo del rock con los también acelerados ritmos de muchas danzas tradicionales que en épocas más o menos remotas se utilizaban, en ocasiones, para transportar al Iniciado hacia otros estados de conciencia diferentes al ordinario, en los que podía llegar a percibir la Realidad Trascendente.

También deberíamos señalar que si, tal como hemos apuntado con anterioridad, la música romántica y la clásica nos pueden hacer caer en un estado de amodorramiento, de atortolamiento o de tristeza y depresión, la música rock, al contrario, insufla una energía y un ímpetu que van en consonancia con algunos de los atributos que siempre caracterizaron al hombre indoeuropeo o hiperbóreo: como su sentido guerrero de la vida y la existencia y, por tanto, la elección, que siempre hizo, de la vía de la acción como camino para conseguir su transformación interna, su Iluminación y su acceso al Conocimiento de lo Metafísico. Contrariamente a nuestro pueblo, por ejemplo Oriente ha optado, casi siempre, por la vía de la contemplación –vía pasiva- como método de accesis espiritual.

A más de uno le puede parecer una banalidad la afirmación que cada vez realizan más jóvenes nacionalrevolucionarios de que “el rock es ario”. No vamos a entrar -por no ser tema de estas líneas- en la definición correcta de ario, que es un vocablo de más connotaciones espirituales que raciales, pero sí debemos constatar, casi como para corroborar algunas de las ideas expresadas en el párrafo anterior, la inexistencia casi total de negros en bandas de cualquier variedad de rock; sea de rock and roll, de rock duro, de heavy metal, de trash metal, de hardcore,… Y es que a la naturaleza del negro no le puede atraer música enérgica como la rockera, sino sensual como la samba o la salsa.

Acabaremos diciendo que mucho nos sorprende cómo algunos de los camaradas que tanto critican al R.A.C. en particular o al rock en general, son grandes aficionados al jazz; estilo musical, por raíz y esencia, eminentemente emparentado con el pueblo negro. Y lo más chocante del caso es que hablamos de destacados, encomiables y ejemplares camaradas.

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara @hotmail.com



¿Evola racionalista?
julio 4, 2009, 11:38 am
Filed under: Eduard Alcántara, Julius Evola

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Hay quien ha querido presentar a un Evola cargado de una fuerte esclerosis racionalista pese a su clara filiación Tradicionalista. Este alguien ha intentado explicar el presunto racionalismo del gran intérprete romano de la Tradición como un residuo que le quedó tras su paso por un período filosófico anterior al Tradicionalista. Asimismo ha insinuado que su adentrarse en esta experiencia filosófica pudo deberse a una reacción, más o menos consciente, ante toda la carga de irracionalismo inherente a los movimientos vanguardistas a los que se había adherido previamente al citado período filosófico.

Contrariamente al parecer de la persona que ha presentado este parecer hemos de sentenciar que el Evola Tradicionalista se halla en la antítesis del racionalismo.

No es racionalismo sino, por el contrario, racionalidad lo que se puede percibir en los escritos de Evola. Con su adhesión al dadaísmo y al futurismo (1916-1922) quería romper y/o atacar estructuras, moldes, hábitos, costumbres e inercias de la vida burguesa tan propia a su época. Poco después se percató de que estas vanguardias artísticas proponían acabar con el modelo de vida burgués y con los vínculos condicionantes que éste enmaraña alrededor del ser humano pero no ofrecían una propuesta constructiva que reemplazara a dicho modo burgués. Evola, por aquel entonces, cuando pensaba en alternativas ya sólo lo hacía en términos de Espiritualidad; aunque la plasmación de ésta todavía resultase bastante indeterminada y apenas se aventurase en definirla.

Su paso por una etapa filosófica (1.923-27) también lo hace buscando algo que también se acerca a su temprano anhelo de Espiritualidad. Así elabora sus teorías del ´Individuo Absoluto´ y del ´Idealismo mágico´. Pero Evola cuando, más tarde, abandona esta etapa especulativa (la filosófica) para adentrarse en su definitiva etapa Tradicionalista (que le acompañará hasta su muerte en 1.974) lo hace sin concesiones a ningún tipo de pensamiento discursivo o racionalista y así se puede observar fácilmente leyendo su producción ensayística -tanto en libros como en artículos- perteneciente a esta referida etapa Tradicionalista. Ahora no pretende demostrar nada (por lo que ya no le sirve el racionalismo) sino exponer realidades, métodos y doctrinas y es por ello por lo que el estilo literario por él utilizado se vuelve ahora más directo y nítido. Ahora no pretende discutir nada y gusta, por ello, de recordar aquellas citas de Lao-Tse que rezan así: “Las verdades de la tradición no se razonan ni se discuten: son o no son”. “El hombre de virtud no discute”.

Su mentalidad racional (opuesta a un racionalismo que es padre del relativismo propio al disolvente mundo moderno) le viene de dos cauces:

1º) Una formación académica que en su adolescencia fue de índole técnica (ingeniería) y que le hace adentrarse en profundidad en el mundo de las matemáticas, de la física,…

2º) Una indoeuropeidad (por nacimiento y por elección; tanto existencial como espiritualmente) que en sus fuentes genuinas (como las del mundo clásico) siempre gustó de la racionalidad, de la proporción, de la claridad, de lo recto, de lo justo y de lo proporcional. Indoeuropeidad, pues, que en su pasado acorde con la Tradición siempre contrastó con lo irracional, con lo emotivo, con lo sugestivo, con lo pasional, con lo pulsional, con lo instintivo, con lo incontinente, con lo arrebatador que siempre fue propio de otros pueblos (los pelásgicos y los semitas eran/son un buen ejemplo de ello) que veían plasmada su idiosincrasia en religiosidades de tipo telúrico-lunar que no conocían más vías de relación con lo Alto que la de la ciega fe, la devoción y la sumisión y que se hallaban, por esta razón, en franco contraste con las vías viriles, activas y metódicas (hasta racionales, podríamos decir) de la Iniciación que reivindica Evola como modo de entenderse con la Trascendencia. Iniciación que sí que hará posible el Conocimiento de lo Alto Incondicionado y la Identificación ontológica del iniciado con el mismo.

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara @hotmail.com