Julius Evola. Septentrionis Lux


A PROPÓSITO DE PEDRO VARELA: BANDERAS Y ETIQUETAS

 Hay gentes que dicen enarbolar una misma bandera que uno. Los hay que dicen enarbolar, ya que no la misma, sí una semejante. Nosotros no tenemos dificultades en identificar esas banderas como iguales o semejantes a la nuestra. En ello, por otro lado, no reside ninguna dificultad. Ahora bien, tras conocer a unos y a otros no pasa demasiado tiempo hasta que nos empezamos a sentir en comunión existencial con unos y a percibir a otros como extraños. Pues de lo que se trata no es de hacer pública ostentación de una etiqueta o de otra sino de aspirar a vivir de forma acorde con los principios y la esencia que las caracterizan. No nos basta ni siquiera el que se nos haga alarde de erudición y de conocimiento de los contenidos y de los objetivos de tal o cual bandera. Hay que exigir, al menos, un intento de asunción de sus parámetros vitales. Hay individuos que por mucho que digan hallarse en nuestra trinchera o en una cercana nunca casarán con nosotros, nunca los consideraremos como de los nuestros, pues en cuanto se les conoce un poco no percibimos en su actuar ningún valor de entre aquéllos que son los propios del Hombre de la Tradición. No identificamos en estos individuos ni un atisbo de nobleza, de lealtad, de fidelidad, de valentía, de sinceridad, de franqueza, de serenidad, de templanza, de espíritu de servicio y sacrificio, de firmeza interior, de caballerosidad, de tenacidad, de perseverancia, de laconismo, de prudencia o de abnegación, sino que en poco tiempo podemos vislumbrar en ellos o la perfidia, o la doblez, o el egoísmo, o el individualismo, o las ansias de notoriedad, o la tendencia a la cobardía, o la predisposición a la traición, o la deslealtad, o la mentira, o la ligereza para criticar o hasta calumniar a gente incluso cercana, o la envidia, o el rencor, o el odio, o la incontinencia verbal, o la deriva charlatana, o la irascibilidad, o el exabrupto, o la inestabilidad psíquica, o la ruindad, o la inconstancia, o el taimado actuar, o la estridencia y la imprudencia. Nos es, por esto, casi indiferente si alguien enarbola nuestra misma bandera o si lo hace con una parecida, pues lo que de verdad nos importa es que lo haga intentando vivenciar los valores que siempre han sido los de la Tradición y no desde una manera de comportarse anegada por los contravalores del mundo moderno. La etiqueta no nos sirve de nada si el etiquetado no hace honor a ella. Nos produce, por supuesto, aun más rechazo el individuo que profesa verbalmente su adhesión a una etiqueta similar a la nuestra y que no hace sino que mancharla con un execrable modo de ser que el rechazo que nos provocan aquellos contemporáneos nuestros que se sienten identificados con esta funesta modernidad y hacen gala de su posicionamiento a favor de ella. Éstos, al menos, muestran una coherencia entre sus contravalores de referencia y la etiqueta propia del mundo moderno al que idolatran y santifican. Los otros, en cambio, traicionan las nobles causas con su deleznable manera de ser. Nos sentimos conmilitones con aquéllos que aunque no enarbolen exactamente nuestra misma bandera sí pugnan porque su existir sea fiel a los dichos valores que hemos relacionado como propios de la Tradición. Quizás podamos disentir con estas personas en ciertos detalles a la hora de concebir la existencia. Quizás podamos mamar de fuentes no idénticas. Quizás algunos de nuestros referentes históricos (o protohistóricos) o míticos no sean los mismos (o exactamente los mismos) pero nosotros, repetimos, los sentimos como conmilites nuestros en cuanto los empezamos a conocer y en cuanto podemos comprobar los valores que afloran, emergen de ellos y/o caracterizan su manera de ser.

      Y en entre estas gentes dignas de admirar por el ejemplo que dan -al ser coherentes con los valores en los que creen- encontramos a un represaliado por el Sistema Dominante cual es Pedro Varela. Pocas personas como él desprenden esa especie de aura que es la marca de la coherencia, de la honestidad, de la tenacidad y de la limpieza de ánimo. Un aura que mueve a la admiración de toda persona que aún aprecie los valores ignorados, ninguneados, menospreciados y hasta denostados del Mundo de la Tradición. En cambio, alguien como Pedro Varela sólo provocará envidia, recelos y odio entre los hombrecillos modernos impotentes de hacer suyos aquellos elevados valores, pues la incapacidad y la impotencia mueven a una envidia dirigida hacia quienes son capaces de dignificar su persona por medio de su voluntad y esfuerzo constante.
     Que los escasos Hombres rectos se hallen entre rejas mientras los necios, desajustados, alienados y desequilibrados productos de la modernidad merezcan la respetabilidad del Sistema habla de por sí solo de lo anormal, desquiciado, enfermo y metastásico de éste. Pero no nos ha de extrañar el destino que el mundo moderno otorga a estos dos antagónicos tipos de hombres, pues a los primeros no los puede manipular, domesticar, hipnotizar, manejar y doblegar y a los segundos, en cambio, los adocena, programa, convierte en seres movidos por reflejos compulsivos y esclaviza con suma facilidad.
     ¡Mientras quede aunque sea un solo Hombre recto la llama de la Tradición no se habrá extinguido del todo!


solaridad y tradicion
abril 13, 2011, 10:57 am
Filed under: Eduard Alcántara, Tradición

Las reflexiones que seguidamente se transcriben hacen referencia más o menos directa al carácter Solar que de la concepción del mundo y de la existencia siempre hicieron gala nuestros antepasados cuando su existir tenía como gran objetivo el pugnar por lo que Eleva. Lo cual, como se hará patente en las líneas que siguen, se podrá constatar  tanto si se debate en torno a la naturaleza esencial del mensaje dado por el príncipe Gautama, como si le queremos dar el emplazamiento adecuado al fenómeno del control de los sentimientos o de las pasiones y los instintos.

Finalmente hemos creído de interés el añadir una serie de párrafos que aluden al presente tema, aunque ya no se ubican dentro de la categoría de debates mantenidos por nosotros en distintos medios. Forman parte, por el contrario, de diferentes artículos redactados en su día y que versan sobre temas diversos; en algunos de los cuales se podrá contrastar la antinomia existente entre las concepciones solares de la existencia y las lunares.

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Gentes y razas portadoras –las que se enmarcan dentro del Mundo de la Tradición- de un tipo de espiritualidad y de una cosmovisión solar-uránica, olímpica (inmutable, serena, sobria), viril, patriarcal, ascendente, vertical, jerárquica, diferenciadora, ordenada y ordenadora, heroica (en el ámbito del carácter y en el sentido del que lucha por reconquistar la divinidad, la Eternidad que se encontraba en estado latente, casi olvidada, en su interior),… Representativa, dicha cosmovisión, de lo que Evola definió como Luz del Norte.

…Y gentes y razas de origen divino, no descendiente de otras especies animales. ¡Sacudámonos todas las escorias pseudocientíficas y pseudoculturales con las que nos ha contaminado este corrosivo y decadente mundo moderno que
nos ha tocado vivir! (1)

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El espíritu del budismo originario -el que fundó el Buddha- se caracteriza por su carácter Solar que utiliza la vía de la acción

-entiéndase ahora interior- para lograr la transmutación interna de la persona con el objetivo de que el yo se identifique con lo Absoluto y Trascendente. Para llegar a lo cual la persona debe de seguir una disciplina, una autosuperación, un ascesis o ´ejercicios´ internos propios del tipo de un tipo de Espiritualidad olímpica.

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La disolución por las que el hombre y la sociedad actuales atraviesan no encuentra su origen en el hecho de que las sensaciones  hayan eclipsado a los sentimientos. No. El dejarse arrastrar por las sensaciones produce las mismas distorsiones, en la percepción de cualquier nivel de la realidad, que el que produce el dejarse arrastrar y obnubilar por los sentimientos. Hay que alabarle al Romanticismo su búsqueda de mucho de nuestro pasado más excelso y genuino, pero hay que reprocharle lo turbado de esta mirada atrás y la carga de melancolía que ésta conllevaba.

Melancolía, pasión, sentimentalismo,… convierten la mente en un depósito de aguas turbulentas que se contrapone con aquel estado anímico de calma, de serenidad, de equilibrio, de impasibilidad, de quietud y de autocontrol propicio para enfocar diáfanamente nuestros acuciantes problemas actuales como comunidad como para adentrarse en los caminos de la transformación interior.

Nuestros ancestros cultivaban la dimensión Trascendente del ser humano. La concepción Solar, Olímpica y viril que de ella tenían les proporcionaban unos consecuentes valores a otra de sus dimensiones: la del alma o mente. Algunos de estos valores eran los del honor, la valentía, la constancia, la fidelidad, la sinceridad, el espíritu de servicio y de sacrificio, la autosuperación,… Pero cuando el mundo moderno aletargó la dimensión Trascendente del hombre, la mente o alma se quedó sin su referente superior ´suministrador´ de valores; huérfana. Así empezó a dar bandazos y a contemplar pasivamente cómo se iba convirtiendo en esclava de unas pasiones, de unos sentimientos, de unas sensaciones y de unos bajos instintos a los que en tiempos pretéritos controlaba sin demasiado esfuerzo. En un plano que no atañe a lo individual no hay que dejar de señalar que de la irrupción desordenada, caótica y perturbadora de los mismos derivan excrecencias y subproductos como los de la cultura moderna (muy patentes en el arte).

Tanto los sentimientos como las pasiones anidan en el mismo cubil (el de la psique), por lo que se hallan en el mismo nivel, digamos, ´cualitativo´ y producen distorsiones similares en la percepción correcta de la realidad (entendida ésta en cualquier nivel). No hay que colocar a los unos por encima de las otras, ya que al igual que existen bajas pasiones y buenos sentimientos tampoco hay que olvidarse de que hay mucha gente que siente pasión hacia cosas nobles, de la misma manera que existen los malos sentimientos, pero todos ellos (sentimientos, pasiones, pulsiones, instintos) deben ser domeñados por aquél que opte por su descondicionamiento y por  el recorrido hacia una Trascendencia que no puede ser otra que aquélla de tipo Solar y Olímpico.

No ponemos, ni muchísimo menos, en duda el comentario acerca de que los sentimientos hacen al hombre y a la mujer más humanos. Pero si queremos que el Hombre se Reencuentre a sí mismo, si queremos que sea Integral y no continúe siendo el ser mutilado que es con respecto a la posibilidad de Trascendencia que aletarga en su interior (por culpa de la continua acción deletérea llevada a cabo por el disoluto mundo moderno en el que ´vivimos´), si queremos dicho Reencuentro consigo mismo no tenemos que aspirar a que sea más humano, sino a que sea MÁS QUE HUMANO. A que no sea esclavo de lo alicorto que representa lo que de caduco tiene (o sea, lo que de humano tiene), sino a que a través de su descondicionamiento y desapego con respecto a todo tipo de dependencias físicas y psíquicas y a través del dominio y control de pasiones, instintos, bajos impulsos, miedos, frustraciones, posibles complejos y traumas y sentimientos prepare su interior para el desarrollo de la llama de lo Eterno que alberga en su seno. De esta manera sí que habrá conseguido ser un Ser Superior, Reintegrado, compuesto jerárquicamente de Espíritu, Alma o Mente y Cuerpo. Éste sí que será el verdadero Superhombre; alguien no humano, sino más que humano (alguien liberado de su servidumbre para con lo finito).

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Un tipo de Espiritualidad que rebasa formas religiosas, lunares y devocionales y entiende, por el contrario, de sacralidad olímpica, viril y heroica y, en definitiva, solar. Se mira al Sol, como símbolo de espiritualidad pura, de cara, de tú a tú, como lo haría cualquiera que aspirara a alejarse de formas sumisas de entender la Trascendencia, con el objetivo de avivar la lánguida llama de lo Absoluto que anida en nuestro interior para alcanzar la meta del Conocimiento Suprasensible. (2)

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Ciertos pueblos, con su concepción pelásgica, matriarcal, telúrica y horizontal de la existencia, optaron por el enterramiento de los cadáveres y su devolución a las entrañas de la Madre Tierra. Frente a ellos los pueblos boreales, con su percepción uránico-solar y vertical de la vida, eligieron la cremación del cuerpo para facilitar de esta manera la salida del Espíritu y su elevación hasta fundirse con el Sol –astro símbolo de la más alta Esencia divina- pugnando para arribar a la dimensión atemporal y no espacial aparejada a la Espiritualidad Pura. (3)

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Tocando de nuevo el tema de la concepción vertical y uránico-solar del existir común a los pueblos boreales, no hemos de dejar de señalar que, entre éstos, el accidente geográfico elevado o la construcción vertical siempre han evocado al Axis Mundi o eje simbólico que une Tierra y Cielo, vida sensible o física con vida suprasensible o metafísica. Y, referido a nuestro pueblo objeto del presente estudio (los íberos), podemos seguir leyendo que “Los monumentos o esculturas que se edifican sobre o junto a la tumba son torres, pilares estela, túmulos escalonados,…” (4)

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En Persia, un pueblo  como el iranio representó esta lid metafísica enfrentando al dios-héroe solar Mitra y al toro. El toro adquiría el papel de las  pasiones, de los bajos instintos, de la sensualidad y de la animalidad que impiden el triunfo y el imperio de la esencia divina que anida en el interior del ser humano. De este duelo mitológico salió victorioso el dios que, al matar al toro, hizo que la Luz se impusiera sobre las Tinieblas y simbolizó, de esta manera, el descondicionamiento conseguido por el Iniciado en los misterios mitraicos. (5)

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Las religiosidades de tipo lunar están por el creacionismo, pues de la misma manera que la luna carece de luz propia y la luminosidad que de ella nos llega no es más que un reflejo de la solar, de la misma manera, decíamos, en este tipo de religiosidad no nos arriba de lo Alto más que un reflejo o aproximación mental que no es otro que el aportado por la única herramienta de encaro del hecho Trascendente que la religiosidad lunar pone al alcance del hombre: la simple fe,  la creencia y la devoción. Por lo cual niega la posibilidad de la Gnosis de lo Absoluto y la posibilidad del hombre de llegar a Ser uno con la dicha Trascendencia. Y la niega, repetimos, aduciendo que el hombre no comparte esencia con lo Trascendente y no puede, pues, actualizarlo en sí; aduciéndolo, recuérdese, por sostener que no emana de Él y que en la naturaleza de dicho hombre no se esconde el Espíritu en potencia.

El hombre concebido por las religiones lunares-creacionistas (aparte de no ser apto para emprender intentos de Restauración de la Tradición) será la antesala de posteriores procesos de decadencia aun mayores, pues al habérsele amputado su dimensión sacro-espiritual se le ha rebajado de nivel ontológico. Ya no podrá entender más sobre lo Trascendente, tal como en la Tradición sí le era posible gracias a lo que él poseía de más que humano; de Sobrehumano, diríamos. Sin Espíritu únicamente le queda el alma, la psyqué o mens para vivir “en orden” con su/s dios/es. Es decir, que ya sólo cuenta con medios meramente humanos para mirar a lo divino y que no son otros que aquéllos que su mente pone a su disposición, a través de la fe y la creencia. Por esto habrá de contentarse con no ser más que un fiel devoto de su/s divinidad/es. E irremediablemente cuando el hombre ha sido obligado a descender a este plano –sin más- humano, cuando la mente ocupa la cúpula en su jerarquía constitutiva, nadie podrá extrañarse que la facultad racional que en ella (en la mente) se halla inmersa se atrofie y pueda dudar de la existencia de cualquier realidad no sensible; como lo es una Realidad Trascendente (más que humana) que no podrá aprehender con sus tan solo humanas herramientas (el método discursivo, el especulativo,…). Nos hallaremos, pues, en los albores del racionalismo, del posterior relativismo para el que no existen Verdades Absolutas y todo plano de la realidad (aun el Superior) puede ser cuestionado y nos hallaremos asimismo, como consecución lógica posterior, en la antesala del agnosticismo y del materialismo.

Las religiosidades de carácter lunar, propias del mundo moderno, fueron segregando  un tipo de hombre inclinado, irremisiblemente, a posturas evasionistas con respecto a la posibilidad de búsqueda del Espíritu y con respecto a la posibilidad de actuar sobre el medio circundante con la intención de modificarlo y, más aun, rectificarlo. Frente a ellas se alza un tipo de Espiritualidad Solar y activa (la Tradicional) para la que el fatalismo no existe y para la que el hombre debe trazar su camino (recordando una adecuada imagen aportada por el mismo Evola) tal cual el río circula por el cauce que él mismo ha socavado. (6)

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NOTAS:

(1) Este tema lo tratamos más extensamente en nuestro escrito “Contra el darwinismo: https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/19/contra-el-darwinismo/

(2) Párrafo extraído de nuestro artículo”Los fascismos y la Tradición Primordial”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/01/los-fascismo-y-la-tradicion-primordial/

(3) De nuestro escrito “Los íberos, príncipes de Occidente”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/04/iberos-principes-de-occidente/

(4) Ídem.

(5) Véase en “Sobre las corridas de toros”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/12/28/sobre-las-corridas-de-toros/

(6) Extraídos de nuestro “Evola frente al fatalismo”: https://septentrionis.wordpress.com/2010/08/19/evola-frente-al-fatalismo/