Julius Evola. Septentrionis Lux


EL ESTADO PRIMORDIAL O LA OBRA AL NEGRO
julio 19, 2012, 5:26 pm
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Leíamos recientemente el texto correspondiente a una conferencia pronunciada, en 1.926, por René Guénon en la Sorbona (1) a la presentó bajo el título de “La metafísica oriental”. Su lectura nos ha movido a verter una serie de reflexiones. Su contenido pretendía introducir la noción de ´realización espiritual´ y explicar someramente las tres etapas en las que había que graduarla. El objetivo de estas nuestras líneas no es, por un lado, el de efectuar una cierta crítica hacia el optimismo que muestra el autor francés con respecto a la supuesta sobrada práctica de diferentes vías de ´realización espiritual´ que a su parecer se mantenía en Oriente en contraste con la pérdida de la dicha práctica que había acaecido en el llamado Occidente. No es éste nuestro objetivo, pues nos resulta obvio que su mentado optimismo resultaba ciertamente desmesurado habida cuenta del desamparo espiritual en el que se halla el actual Oriente y que no puede ser fruto de un proceso de decadencia acontecido en menos de un siglo, sino que, necesariamente, tiene que ser el resultado de unos procesos disolventes que vienen de mucho más allá en el tiempo. El alejamiento de Oriente con respecto a la Tradición no admite lugar a dudas visto el discurrir por el que se agitan países asiáticos tan representativos como, p. ej., el Japón, la India o China; todos ellos embebidos por el más burdo y sobredimensionado consumismo, por un tecnologismo descontrolado y por el materialismo más descarnado. La naturaleza del Islam, como forma religiosa propia de pueblos orientales y surgido en Asia, nunca nos ha encajado dentro de los parámetros de la Tradición y así lo hemos comunicado en ocasiones anteriores (2).

Si, por un lado -decíamos-, el objetivo de estas líneas no es éste, por otro lado tampoco lo es el de entrar en el meollo que atañe a los diferentes procesos transfiguradores que corresponden a cada una de las tres etapas de la ´realización espiritual´ que nos resume Guénon en la conferencia en cuestión, sino que nos vamos a centrar en aspectos relacionados tan solo en la primera de estas tres etapas.

El gran autor Tradicionalista francés nos comenta en la Sorbona que la consumación de esta primera etapa no permite todavía el acceso de la persona -del Iniciado (3)- a planos de la Realidad de carácter Suprasensibles o Metafísicos, aunque sí la prepara para que esto pueda ser posible en una segunda y, más adelante, en una tercera etapa. Una primera etapa que la tradición hermético-alquímica denominó como la del nigredo u obra al negro; así como la segunda la conoció como la del albedo u obra al blanco y la tercera la del rubedo u obra al rojo. En esta primera etapa -la que nos atañe en este escrito- el tipo de hombre diferenciado que se ha “aventurado” a transitar por los caminos de la Iniciación porfiará por erigirse en -atendiendo a una expresión taoísta- ´señor de sí mismo´, en dominador de todos sus flujos mentales (de las emociones, de los sentimientos, de las pasiones o de sus pensamientos -detrás de los cuales ya no habrá de correr como arrastrado por ellos y por su incontrolada aparición sino que deberá de ser él quien los haga aflorar y los dirija) y en dominador, asimismo,de sus pulsiones y de sus instintos. El Iniciado bregará por reflotar su inconsciente y su subconsciente para que entren a formar parte de un estrato de la consciencia en el que deberán ser domeñados y, de esta manera, nunca más manejen su actuar o influyan en él. Este control de todo aquello que turba y perturba la mente del hombre ordinario lo conoció la antigüedad griega con el término ataraxia. El héroe que ha emprendido esta ardua, metódica y dura vía descondicionadora y transustanciadora y la haya culminado con éxito ya no estará supeditado más al tú, al exterior, a las apariencias, a lo superficial y ya no hará depender más su actuar de la opinión ni de la reprobación de los demás (ni del ´qué dirán´) o del aplauso y la aprobación de éstos sino que hará en cada momento lo que, en conciencia, deba ser hecho. Al no depender del exterior sino que al actuar de acuerdo a las liberaciones que ha realizado en su interior más que ´existir´ lo suyo será -según término utilizado por Evola- insistere (ser hacia dentro). Este héroe que no dependerá más de lo externo se habrá erigido en el ´autarca´ del que nos hablaba el maestro italiano en algunas de sus primeras obras. Este héroe habrá superado complejos, traumas y miedos mediatizadores o incapacitantes. Este héroe liberado de todo lo condicionante, alienante y esclavizador habrá superado con éxito la ´mortificación´ o ´putrefacción´ de las que hablaba la alquimia; ´mortificación´ o ´putrefacción´ de todas aquellas escorias psíquicas que aturden y manejan a su antojo al hombre común.

En esta primera etapa de la realización espiritual nos señala Guénon que el Iniciado también consigue superar la cerrada noción ´temporal´ (sucesión de aconteceres) en la que estrechamente se mueve el hombre moderno y nos señala igualmente que, gracias a ello, accede a la conciencia de la ´simultaneidad´ (con respecto a todo lo acontecido, a lo que acontece y a lo que acontecerá) sin la cual resulta ininteligible e inasimilable  la esencia de lo que representa la ´eternidad´.

Asimismo René Guénon hace corresponder la consecución de esta primera etapa de realización espiritual con la condición de ´estado primordial´ adquirida por el Iniciado. Este ´estado primordial´ encontraría su denominación en el estado propio del Adán bíblico del Paraíso. Sin duda esta condición de ´primordial´ estaría en consonancia con los logros descondicionadores que por ´putrefacción´ o disolución de las comentadas, líneas arriba, escorias psíquicas se lograrían con esas ´aguas primordiales´, disolventes o mercuriales de las que habla la tradición alquímica.

El Adán del paraíso hay que concebirlo como a esa criatura creada ex nihilo por el creador Yahvé (4). Como criatura la podríamos equiparar a la figura de un niño (más aun de un bebé) al que todavía no se le han adherido, por falta de tiempo, los condicionamientos que el transcurrir de la vida común lleva aparejados y se halla, por ello, en ese ´estado primordial´ al que alude Guénon. Para hablar con mayor propiedad deberíamos comparar a la criatura Adán con un embrión humano acabado de concebir y el cual, por esto último, no ha pasado por los primeros pasos condicionadores que ya acontecen en el mismo útero materno y que el budismo denomina como ´nidana´ (5). Este niño (o embrión) no sería un ser condicionado y esclavo de todo ese flujo psíquico perturbador y también cegador con respecto a la posibilidad de percepción de planos Superiores de conciencia pero, obviamente, tampoco ha penetrado en esa segunda etapa de la realización espiritual que le abriría el acceso al Conocimiento de Realidades Suprasensibles (de carácter sutil) y a la Identificación ontológica con ellas. Por esto el Adán del paraíso no conoce del mundo metafísico y, además, tiene vetada cualquier posibilidad de gnosis del mismo pues ésta le vendría dada, simbólicamente, por una ingesta de los frutos del Árbol de la Vida que le es terminantemente prohibida por el creador Yahvé so pena -tal como según el relato del Génesis aconteció- de su expulsión del paraíso, de la pérdida de su inmortalidad y de su rebaje a la condición de hombre común (6).

En la conferencia que nos atañe Guénon parece equiparar el paraíso bíblico con la Edad de Oro -de la tradición grecolatina- de la que hablaba Hesíodo o con el Satya-yuga de la tradición indoaria. Pero si hemos pretendido dejar claro que el ´estado primordial´ del paraíso bíblico se parangonaría con la ´obra al negro´ o nigredo tenemos que recordar que la humanidad de la Edad de Oro (toda en un principio y una élite en una segunda etapa) lo haría con la ´obra al rojo´ o rubedo, tal como se vislumbra cuando, tiempo atrás, explicábamos que: “(…) Y de esta guisa empezaríamos por recordar cómo en los orígenes de la actual humanidad, ciclo cósmico o manvantara los diferentes textos Tradicionales nos hablan de cómo el Hombre vivía en una Edad de Oro (Hesíodo), Satya-yuga o Krta-yuga (textos sapienciales del hinduismo), en la que la Realidad Trascendente –y por ende la Eternidad- le era consustancial. Estos textos nos hablan también de cómo se produjo una primera caída que se tradujo en la pérdida de esa inmortalidad y de cómo algunas personas poseedoras de una especial potencialidad interior y de una firme voluntad pudieron recobrar lo Inmortal e Imperecedero e Identificarse ontológicamente con Ello gracias a que supieron despertar la semilla aletargada de lo Absoluto que anida en el interior del hombre. Estas personas –esta élite-, como Hombres Superiores que eran, se erigieron en guías y en Luz para los demás y acabaron no sólo por detentar la autoridad espiritual sino asimismo por ejercer la autoridad temporal. Ambos principios, pues, el espiritual y el temporal se hallaron unidos en los mismos representantes, por lo que las actividades humanas se encontraron en todo momento impregnadas por lo Sacro. Así hallamos, pues, a la realeza sacra y a la aristocracia sagrada en la cúspide de la pirámide social en esta segunda etapa –tras la primera caída señalada- de la Edad de Oro.” (7) No olvidemos que la Gnosis y la Identificación ontológica con el Principio Supremo y Primero Inmanifestado e Incondicionado que se halla más allá y en el origen del mundo manifestado (del cosmos) es la condición propia del Despertado que según el hermetismo alquímico ha consumado la obra al rojo o rubedo y no olvidemos que éste era el estado propio del Hombre del Satya-yuga; muy por encima del del Adán del paraíso bíblico.

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

NOTAS:

  1. Editado en castellano, en 1.995, por la editorial Obelisco.
  2. “El Islam y la Tradición”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/27/el-islam-y-la-tradicion/
  3. “La Iniciación”: https://septentrionis.wordpress.com/2010/04/11/la-iniciacion/
  4. Para entender las diferencias -y consecuencias- existentes entre creacionismo y emanacionismo escribíamos en otra ocasión  que “No existe nada imposible para el hombre que se lo proponga. El hombre que opta transitar por las vías de la Tradición no encuentra fatalismos: no encuentra determinismos que no pueda superar.
  5.      Para la Tradición el Hombre Absoluto e Integrado no es una quimera, sino, al contrario, una posibilidad que alberga el hombre y que ha pasado de potencia a acto. Si es posible Despertar la semilla de la Eternidad que anida en nuestro fuero es porque la Tradición concibe que somos portadores de ella. Si es posible Espiritualizar nuestra alma, psyché o mens es porque el Espíritu, atman o nous (eso sí, en forma aletargada) también se halla en nosotros gracias a que procedemos, por emanación, del Principio Primero cuya manifestación dio lugar a la formación del cosmos. Somos, pues, portadores de dicho Principio Superior e Imperecedero del que emanamos y tenemos la posibilidad de emprender la tarea heroica de Despertarlo en nuestro interior.
  6.       Si el emanacionismo o emanatismo como certidumbre defendida por la Tradición abre las puertas a la consecución del Hombre Reintegrado no ocurre lo mismo con las creencias propias de religiosidades que han de ser enmarcadas en la cuesta abajo propia del mundo moderno. Religiosidades de corte lunar que no conciben el que el hombre comparta esencia (ni aunque sea en estado quasi larvario que deba ser activada) con el Principio Supremo sino que, por el contrario, afirman que el hombre fue creado (creacionismo) ex nihilo (de la nada) por Dios y que, al no emanar de Él, no comparte nada de Su divinidad. No admiten, por tanto, la Iniciación y la consecuente posibilidad del hombre de transmutarse interiormente (metanoia) y aspirar a Ser Más que hombre: a ser Hombre Trascendente.
  7.       Las religiosidades de tipo lunar están por el creacionismo, pues de la misma manera que la luna carece de luz propia y la luminosidad que de ella nos llega no es más que un reflejo de la solar, de la misma manera, decíamos, en este tipo de religiosidad no nos arriba de lo Alto más que un reflejo o aproximación mental que no es otro que el aportado por la única herramienta de encaro del hecho Trascendente que la religiosidad lunar pone al alcance del hombre: la simple fe,  la creencia y la devoción. Por lo cual niega la posibilidad de la Gnosis de lo Absoluto y la posibilidad del hombre de llegar a Ser uno con la dicha Trascendencia. Y la niega, repetimos, aduciendo que el hombre no comparte esencia con lo Trascendente y no puede, pues, actualizarlo en sí; aduciéndolo, recuérdese, por sostener que no emana de Él y que en la naturaleza de dicho hombre no se esconde el Espíritu en potencia.” (“Evola frente al fatalismo”: https://septentrionis.wordpress.com/2010/08/19/evola-frente-al-fatalismo/)
  8. Esta doctrina de los nidana la desarrollamos en nuestro escrito “Consideraciones metafísicas sobre el aborto. La doctrina de los nidana”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/consideraciones-metafisicas-sobre-el-aborto-la-doctrina-de-los-nidana/
  9. Contrástese el fondo de los sistemas religiosos de origen bíblico que le vetan al hombre la posibilidad de acceder a la Sabiduría de lo Trascendente y la posibilidad de transustanciarse interiormente con el fondo de las doctrinas Espirituales-Sapienciales del Mundo de la Tradición que, por el contrario, le ofrecen al hombre diferenciado esas posibilidades. Así, el acceso a las manzanas áureas del Jardín de las Hespérides, que busca y consigue el héroe Heracles, otorgan la inmortalidad (o, si se prefiere, la ´eternidad´): la divinización del héroe; una divinización considerada sacrílega para religiones como las del Libro.
  10. Transcrito de “Los ciclos heroicos”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/los-ciclos-heroicos/
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