Julius Evola. Septentrionis Lux


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agosto 31, 2012, 10:45 pm
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EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (III): INTRANSIGENCIA DE LA IDEA
agosto 21, 2012, 6:44 pm
Filed under: Tradición

Vivimos en unos tiempos en los que el relativismo se ha erigido como una de sus señas de identidad. Todo resulta criticable, todo puesto en solfa. Nada se salva de ser objeto de discusión hasta en su misma legitimidad y esencia. Los nuevos iconos que se colocan en lugar de los referentes anteriores defenestrados suelen tener una existencia efímera como dogmas a seguir. Para la modernidad (y su subsiguiente y actual postmodernidad) no hay Verdades Absolutas y Eternas incontestables ni valores -permanentes- que de ellas emanen y no las hay porque las únicas Verdades Absolutas y Soberanas que se pueden concebir como tales son las que son incompatibles con lo efímero, caduco y pasajero; esto es, aquéllas de orden Superior. Y como lo Superior ha sido desterrado por el mundo moderno desacralizado en su lugar éste sólo ha podido colocar sucedáneos inconsistentes y, por ello, cambiantes y cambiables.

Ante este estado de ruinas el hombre que aspira a ser Hombre de la Tradición no puede por menos que hacer suyo aquello que el político y pensador decimonónico español Donoso Cortés decía al respecto de que “se avecina el día de las negaciones radicales y de las afirmaciones soberanas“. No caben, pues, las medias tintas. No todo puede, pues, ser relativizado, sino tan solo ciertas derivaciones y aspectos del samsara: de lo caduco. Se trata de afirmar lo Permanente y Sacro y de negar la legitimidad de todo lo catagógico; esto es, de todo lo que ata al hombre hacia lo bajo: hacia lo meramente instintivo, lo pulsional y, en definitiva, hacia lo que lo aliena, degrada y bestializa.

Se acabarán de entender mejor la permutabilidad y variabilidad de las concepciones excretadas por el hombre moderno que relativiza hasta lo irrelativizable si conocemos sus rasgos como ´hombre fugaz´ que referíamos en nuestro ensayo “Evola frente al fatalismo” (https://septentrionis.wordpress.com/2010/08/19/evola-frente-al-fatalismo/) y que extractamos a continuación:

“Si la Edad de Oro equivale al Mundo de la Tradición Primordial y puede ser calificada como la Edad del Ser y de la Estabilidad (de ahí su mayor duración) las restantes edades comportan la irrupción de un mundo moderno que puede, a su vez, ser denominado como mundo del devenir y del cambio (de ahí la cada vez menor duración de sus sucesivas edades). En verdad, no en balde, se puede constatar que en los últimos 50 años la vida y las costumbres han cambiado mucho más de lo que habían cambiado en los 500 años anteriores. Los traumáticos conflictos generacionales que se sufren, hoy en día, entre padres e hijos no se habían dado nunca en épocas anteriores (al menos con esta intensidad) debido a que los cambios en gustos, aficiones, hábitos y costumbres se sucedían con más lentitud. Los cambios bruscos, frenéticos y continuos propios de nuestros tiempos han dado lugar a lo que Evola definió como el hombre fugaz. Hombre fugaz que es el propio de la fase crepuscular por la que atraviesa la presente Edad de Hierro, caracterizada (esta fase) no ya por la hegemonía del Tercer ni del Cuarto Estado o casta (léase burguesía y proletariado) sino por la del que, con sagacidad premonitaria, Evola había previsto, pese a no haber vivido, como preponderancia del Quinto Estado o del financiero o especulador propio del presente mundo globalizado, gregario y sin referentes de ningún tipo. Este sujeto hegemónico en el Quinto Estado equivaldría al paria de las sociedades hindúes que no es más que aquél que ha sido infiel, innoble y disgresor para con su casta y ha sido expulsado del Sistema de Castas para convertirse en alguien descastado y sin tradición ni referentes. El hombre fugaz no se siente jamás satisfecho, vive en continua inquietud y convulsión. Su vacío existencial es inmenso y nada le llena. Intenta distraer dicho vacío con superficialidades, por ello su principal objetivo es poseer, tener y consumir compulsivamente. Cuando consigue poseer algo enseguida se siente insatisfecho porque ansía poseer otra cosa diferente, de más valor económico o de mayor apariencia para así poder impresionar a los demás. Y es que el mundo moderno es el mundo del tener y aparentar, en oposición del Mundo Tradicional que lo es del Ser. Este hombre fugaz se mueve por el aquí y ahora, pues lo que desea lo desea inmediatamente, no puede esperar. Su agitación no le permite pensar en el mañana.

El politólogo Samuel Huntington habló del fin de las ideologías (la llamada postmodernidad), bien que pensando que con el fin del comunismo en el poder, escenificado con la Caída del Muro de Berlín, se rendía el orbe a las excelencias del capitalismo liberal. Aunque más bien el mundo caía en manos de los caprichos del capitalismo financiero, alma de la globalización. Las ideologías que surgieron como consecuencia de los efectos nefastos que acarreó la Revolución Francesa habían quedado relegadas a un muy segundo lugar. Un cierto altruismo que aún conservaban los adalides del liberalismo y del marxismo cuando más que pensar en sus satisfacciones personales pensaban en un futuro (al que más que probablemente ellos no llegarían a conocer) de paraíso liberal (con provisión ilimitada de bienes de consumo) o comunista (con el triunfo definitivo del proletariado y la desaparición de cualquier superestructura), ese cierto altruismo, decíamos, quedaba defenestrado con el fin de las ideologías y el advenimiento del Quinto Estado con la hegemonía del hombre fugaz egoísta e individualista por antonomasia.”

Siguiendo a Donoso Cortés en que al ´hombre diferenciado´ -del que hablaba Julius Evola- no le deben asaltar dudas a la hora de formular “negaciones radicales” se debe despejar cualquier veleidad que lo incline a realizar algún tipo de concesión -ni que sea por motivos tácticos o estratégicos- a los contravalores de la modernidad y a los falsos e inconsistentes mitos en los que ésta se sustenta de forma tan inestable. Y es que no se le pueden hacer concesiones a lo desviado, a lo que atenta contra el Orden Superior y contra la misma esencia del mundo manifestado. Otro cantar distinto sería el del empleo de la doctrina extremooriental de “Cabalgar el tigre” (https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/28/cabalgar-el-tigre/) en el seno de la actual fase crepuscular del Kali-yuga con miras, por un lado, a la consecución de transformaciones internas liberadoras en el fuero interno del hombre que pugna por serlo de la Tradición y con miras, por otro lado, a acelerar los procesos disolventes inherentes a esta fase oscura de la Edad de Hierro por tal de que finalice cuanto antes mejor. Pero este ´cabalgar el tigre´ no implica nunca cesión alguna que afecte a la cosmovisión propia del Mundo Tradicional y a los valores que le son propios, pues de verse éstos afectados deberíamos de recordar las palabras de Julius Evola de que “una usurpación llama a otra” y de que, por ello, el agua que se cuela por una grieta en una presa de un embalse tiende a ir ensanchándola, convirtiéndola en boquete más adelante y, finalmente, haciéndola saltar para inundarlo y arrasarlo todo.

El racionalismo (ese engendro desviado de la razón) que se sitúa en los preliminares que irán preparando -tras el acontecer previo de la Ilustración- la nefasta Revolución Francesa consiste en el accionar autónomo de una razón (sin referentes Superiores ni conexión, por ello, con lo Alto) que ahora no admitirá la existencia de ningún plano Metafísico de la realidad por no poder acceder con los medios meramente humanos que le son propios (el pensamiento discursivo, el lógico o el método especulativo) al conocimiento de Realidades que son más-que-humanas. Este racionalismo -que se halla en el origen del relativismo del que hemos hablado ya al principio del presente escrito- empezará (antes de negar su existencia) a poner en duda cualquier certidumbre de las que siempre tuvo el Mundo de la Tradición. Contra ello ya Lao-Tsé nos advertía que “las Verdades de la Tradición no se razonan ni se discuten: son o no son” y que “el hombre de virtud no discute“, sino que en lugar de regodearse -tal como hace el hombre moderno- de forma narcisista con elucubraciones y genialidades más o menos ocurrentes surgidas de su mente no se enfanga en dilettantismos estériles que no tienden más que a engordar el ego y a dispersar el pensamiento en lo efímero y superfluo sino que, por contra, el Hombre de Virtud por lo que afana es por ir en busca del Conocimiento Metafísico a través de su transustanciación interior. (Entendamos, con Evola, la ´virtud´ como lo hacía el antiguo mundo romano con el término virtusno en su acepción moralista o incluso sexual, sino en el sentido de una firmeza interior, de una derechura“.)

Es, igualmente, parafraseando al gran intérprete y transmisor italiano de la Tradición con esta máxima de la “Intransigencia de la Idea” (léase en el capítulo V de sus “Orientamenti” -´Orientaciones´) que le otorga titular a este nuestro escrito como finalizamos el mismo, siempre en la certidumbre de que por encima de las construcciones y destrucciones mentales de los hombres se halla la Verdad inamovible e Imperecedera que el hombre diferenciado, que pugna por serlo de la Tradición, tiene como guía y faro existencial.