Julius Evola. Septentrionis Lux


EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (V): EL GUERRERO
diciembre 5, 2012, 1:18 pm
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EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (V): EL GUERRERO

Representa la figura del guerrero el arquetipo más adecuado para que el hombre con
mentalidad Tradicional se mire en él y emprenda su particular lid en miras a erigirse en el Autarca -del que hablaba Evola en su ´etapa filosófica´- que no depende de nada externo a él (aparte de ni interno a él) porque ha conseguido descondicionarse y no hay circunstancia que lo mediatice ni lo subyugue. Sin duda, desde el punto de vista Tradicional, lo ideal es que el guerrero se acabe convirtiendo en Héroe, esto es, que culmine la metanoia o transformación interna y que conquiste,así, la Eternidad.
Y es que son los valores del guerrero los idóneos para emprender esa ardua, dura y metódica tarea que debe llevar a la transustanciación interior de la persona que conformará lo que entendemos como Hombre de la Tradición u Hombre Absoluto. Hablamos de valores, pues, como los del espíritu de superación y el de sacrificio, la tenacidad, la autodisciplina, la valentía, el laconismo, la austeridad, la fidelidad, la fortaleza de carácter o la constancia. Es ese arquetipo del guerrero el que el emperador romano Juliano (neoplatónico y con gran querencia por el mitraísmo) tiene en mente cuando afirma que “el Mal sólo abruma al débil. El fuerte sabe triunfar”. Asimismo cuando leemos una cita anónima que reza que “donde abunda el peligro crece también aquello que salva” no podemos por menos que pensar que es exclusivamente el guerrero quien puede arrostrar con el dicho peligro sin venirse abajo por ser presa del pánico. Un ´peligro´ que puede -y debe- entenderse desde diversas lecturas: desde la lectura que hace referencia a las situaciones límite –como, p. ej., las bélicas- que pueden ayudar a transportar al hombre preparado a otros estados de conciencia por encima del ordinario, pasando por la lectura que se inscribe en el peligro existencial que puede destruir a aquel que ha roto los lazos que le ataban a lo condicionado y puede no encontrar otros lazos que lo eleven (o puede hallarlos y seguirá su camino hacia la palingénesis o ´segundo nacimiento´ a la realidad Metafísica) y acabando, incluso, por la lectura que entiende los peligros a la manera que los concibe la doctrina extremooriental de ´cabalgar el tigre´ transformando el veneno en remedio, o sea, lo degradante de la fase terminal del mundo moderno en trampolín para romper ataduras con la realidad sensible con vistas a arribar a la Realidad Suprasensible (https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/28/cabalgar-el-tigre/).

Lid en pos de la transformación interior y lid sin cuartel en pos de la Restauración del Orden Tradicional contra las avasalladoras fuerzas de la decrepitud que se han adueñado de las riendas del mundo. Lid que sólo el guerrero puede afrontar sin sucumbir y derrumbarse, pues tal como el obispo de Ginebra, natural de Saboya, Francisco de Sales nos decía -a caballo entre los siglos XVI y XVII- “esta vida es una guerra continua, y no hay quien pueda decir: yo no soy atacado en absoluto… La verdadera paz no consiste en no combatir, sino en vencer: LOS VENCIDOS YA NO COMBATEN”.
De igual modo el también cristiano filósofo francés Emmnauel Mounier nos señalaba, en la pasada centuria, que “hay que cultivar en la paz las virtudes de la guerra… El honor es una armadura indispensable”.
¡O qué decir del dicho de Jesucristo de que “quien no tenga espada, venda su capa y se la compre”…! Sin duda las interpretaciones de dichos como éste se pueden realizar tanto desde planos que afectan al terreno de la mera religiosidad como al de lo esotérico, pues la espada puede servir tanto para destruir formas religiosas desviadas como para acabar con el viejo hombre caduco que se lleva dentro.

Decía el estoico Séneca que “la desgracia no llega al hombre valeroso”. El cobarde, por el contrario, nunca superará su estado ordinario y, más aún casi siempre, vermicular de existencia. Sólo el valiente puede atreverse a adentrarse en el peligroso camino que conduce a la Iluminación y que convierte al guerrero en Héroe y al hombre en Hombre Despertado. Tamaño logro que siempre tuvieron a bien admirar nuestros ancestros cuando el Mundo de la Tradición no había sido todavía sustituido por el mundo moderno. Admiración y reconocimiento que nos recuerda Jullius Evola cuando escribe que “nuestra Tradición ha vitoreado a los héroes, ha celebrado a los dominadores y a los hombres dioses”.
Séneca nos hace llegar la certidumbre de que “no solamente hace la guerra el que se halla en el campo de batalla”, pues la guerra es continua contra lo externo que pretende prolongar la existencia de este agonizante mundo moderno e interna (la ´Gran Guerra Santa´) contra lo que nos pretender relegar a la categoría de autómatas y a la de seres meramente instintivos y embrutecidos.
La diferencia entre la ´pequeña guerra santa´ (la exterior) y la ´Gran Guerra Santa´ (la interior) ya nos la mostraba Lao-Tsé cuando en el capítulo XXXIII (titulado “Discriminación”) del Tao-tê-king enseñaba que “quien vence a los otros es fuerte y quien se vence a sí mismo es poderoso”.
También el numida San Agustín, que –paradójicamente en contraste con el estamento al que pertenecía- no dudaba en colocar al guerrero como el arquetipo a seguir, parece remitir a la misma idea de la ´Gran Guerra Santa´ al escribir: “Combate sin tregua. No temas a ningún enemigo externo; véncete a ti mismo y el mundo será vencido… Hablo con luchadores: los guerreros me entienden; no me entiende el que no guerrea”.

La fe y piedad del sacerdote no le llevarán más allá de la simple devoción hacia la divinidad, en cambio la acción propia del guerrero sí le puede conducir por los vericuetos que lo vayan transformando interiormente y que le pueden llevar al Despertar, convirtiéndole en Héroe. Comentábamos en cierta ocasión que “el Héroe no puede surgir a partir de la casta sacerdotal o brahmana sino de la guerrera o shatriya, pues con la simple fe (actitud pasiva) del sacerdote es imposible operar transmutaciones en el interior del hombre, pero, en cambio, a través de la vía activa consustancial al guerrero sí es más factible pensar en procesos internos (que deben ser activos) de Liberación Espiritual del hombre.” (https://septentrionis.wordpress.com/2010/08/19/evola-frente-al-fatalismo/).
Tampoco la erudición, el raciocinio o la especulación mental pueden facilitar el acceso a planos de la Realidad Metafísicos. Ello lo reflejaba con claridad meridiana aquella cita anónima que dice que “la sangre de los héroes está más cerca de la divinidad que las plumas de los eruditos y las oraciones de los devotos”.
Que es la vía guerrera la que puede llevar a la Eternidad se ve claramente reflejado en el Bhagavad Gîta en pasajes como aquél en el que el dios Krishna le dice al príncipe Arjuna que “muerto tendrás el paraíso, victorioso tendrás la tierra; por lo tanto lánzate dispuesto a la batalla.”

Nadie mejor que el que asume los valores del guerrero puede permanecer vigilante, en vela, en alerta, bien sea para no caer en descuidos o relajamientos del alma que vetarían cualquier posibilidad, en la persona, de búsqueda transustanciadora y de gnosis de lo Superior o bien sea para que no se extinga la llama del Saber Perenne ni aun en los periplos más tenebrosos del kali-yuga. El Dhammapada es uno de los textos de Buda del canon pali y en sus versos se puede leer que “la vigilancia es el sendero que lleva a la inmortalidad,/ los que están distraídos ya están muertos,/ los que están alerta nunca mueren”. Y el poeta, dramaturgo, narrador y ensayista austríaco Hofmansthal escribía que “los que velan en la noche obscura, dan la mano a los que nacen en la nueva alba”.

Interiorizar, pues, estos valores del guerrero es la premisa sine qua non a tener presente para quien se quiera embarcar en el azaroso viaje que culmina en la consecución de ese ideal al que llamamos Hombre de la Tradición.

Eduard Alcántara
eduard_alcantara@hotmail.com

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