Julius Evola. Septentrionis Lux


EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (VI): EL SILENCIO
enero 4, 2013, 4:35 pm
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Denominadores comunes del mundo moderno son la superficialidad, el vocerío, la gesticulación, el ruido, el frenesí, la charlatanería vacua, la necesidad imperiosa de hablar (sin saber escuchar) y, en definitiva, la agitación más incontrolada. En oposición a todo ello el hombre que quiera desligarse de las servidumbres a las que le somete la modernidad debería encontrar en el silencio un elemento a no desdeñar y -más aún- del que no prescindir, si es que se ha propuesto el pugnar, verdaderamente, por acercarse a ese ideal que representa el Hombre de la Tradición.
El silencio le resulta angustioso al hombre moderno, pues mientras habla (o vocifera) exterioriza y evita, así, cualquier mirada introspectiva que, sin duda, le haría darse de bruces con su vacío existencial y con su extrema superficialidad. Le sucede tal cual con una soledad que para el hombre diferenciado es casi una exigencia para encontrar el medio propicio que le haga posible el poder encarrilar la meditación y la concentración que se necesitan a la hora de emprender el camino que lo pueda llevar al descondicionamiento y, de culminar con éxito éste, al conocimiento de Realidades de orden Superior; camino que va unido a procesos de transformación ontológica de la persona.
El valor del silencio lo han sabido ver en épocas y en contextos diferentes un amplio espectro de personajes -no todos necesariamente vinculados a una visión Tradicional de la existencia- como ocurre con el rey Salomón quien, tal como aparece en sus ´proverbios´, declara que “el que sabe hablar, aprenda a callar”.
El griego Plutarco -historiador e iniciado en los misterios de Apolo, se convirtió en el mayor de los dos oficiantes de los ritos sacros consagrados a este dios en el Oráculo de Delfos- afirmaba que “de los hombres aprendemos a hablar, a callar sólo lo aprendemos de los dioses”. Mientras que el filósofo francés Louis Lavelle comentaba, la pasada centuria, que “el silencio es un homenaje que la palabra rinde al espíritu”. Idea corroborada por el aviador y escritor francés Antoine de Saint-Exupéry con aquello de que “el espacio del espíritu, allá donde puede abrir sus alas, es el silencio”, así como por el escritor, filósofo e historiador católico francés Jean Guitton que nos hizo ver que “gracias al silencio el hombre se sumerge en sí mismo y descubre la esencia espiritual que lo crea. De esta manera se descubre también en conjunción con el propio silencioso Creador, porque sentir el silencio es ver lo invisible” o como nos reafirmaba el alquimista, escritor y pintor sagrado francés Louis Cattiaux al escribir que “los ignorantes hablan mucho y no observan nada. El sabio calla y lo examina todo para descubrir al Único” y nos confirmaba el político e ideólogo alemán Dietrich Eckhart -maestre de la Sociedad Thule- con la conciencia de que “nadie puede dialogar con Dios si no es a través del silencio”.
Ya el apóstol Santiago, como reza en el capítulo 3 de las “Epístolas”, tenía la certidumbre de que “donde no hay freno en la lengua, no puede haber perfección”. Y no idea diferente nos transmite un adagio hermético al aseverar que “los que hablan no saben y los que saben no hablan” o un apogtema budista al apostillar que “es más importante no decir nada si aquello que se tiene que decir no es más importante que el silencio”.
La banal palabrería transmite ideas y pensamientos también banales propias del hombrecillo mediocre propiciado por un mundo también mediocre. Pero pese a esto el dicho hombrecillo tiene la desfachatez de expandir a los cuatro vientos su mediocridad cual si se tratase de algo profundamente sustancial y de máximo interés. Así de osado se muestra en su ignorancia. Y para más INRI no duda en tratar de imponer esta mediocridad a los que todavía no la han hecho totalmente suya o a los pocos que intentan desmarcarse de ella. El filósofo José Ortega y Gasset denunciaba tales osadías y lo hacía afirmando que “el hecho característico del momento es que el alma vulgar, reconociéndose vulgar, tiene la audacia de afirmar el derecho a la vulgaridad y lo impone por todas partes”; corroborándose, con esta reflexión, el dicho anónimo de que “la ignorancia es atrevida”. Tan atrevida es que el actor, director, guionista y productor de cine estadounidense Orson Welles, de forma ocurrente, constataba el que “muchas personas son lo bastante educadas para no hablar con la boca llena, pero no les preocupa hacerlo con la cabeza vacía”.
En su oposición al sistema democrático el intelectual y escritor José María Pemán -todavía, por aquel entonces, monárquico tradicionalista- no dudaba en afirmar que “la democracia es ruido y la inteligencia no necesita de ruido”; sin duda tenía en mente el casi siempre estéril vociferío propio de los parlamentos partitocráticos. Y es que lo esencial se debe formular con sencillez y con ese estilo lacónico que no entiende de retórica recargada y saturada de sobrante superficialidad. Asimismo el histrionismo es enemigo de la cordura y del entendimiento. El hombre diferenciado debe lidiar contra cualquier exabrupto de su carácter si es que aspira a erigirse en Hombre de la Tradición.
Aquel hombre que acciona en pos de conseguir victorias en su interior contará con su ego como uno de los enemigos a batir y, si su actuar es el correcto, no debe ansiar el que sus logros reciban el aplauso, el reconocimiento, la adulación y la admiración de los demás y no hará pública ostentación de sus avances interiores; los cuales pueden llegar a pasar desapercibidos para sus congéneres poco despiertos. Este viaje interior se ajustará, pues, al dicho del Tao-tê-king de que “el buen caminante no deja huellas” o a lo que dejó escrito cierto historiador romano en el sentido de que “las aguas de los ríos más profundos son las que menos ruido hacen”, ya que las Verdades Metafísicas son de esencia diferente a la realidad sensitiva y, por esto, nuestros sentidos no pueden aprehenderlas.
Alguien, como el alemán Karlfried von Dürckheim, que intentó integrar dentro de sí las enseñanzas del neoplatónico medieval Meister Eckhart y las de Buda, sabiamente nos enseñaba que “allí donde el sonido del silencio se hace sentir existe la meditación más allá del objeto. Sólo el oído liberado de todos los sonidos puede sentir el Sonido más allá de todos los sonidos”. Aparte de la certidumbre de que únicamente traspasando las barreras que encadenan la existencia del hombre a un único plano de la existencia -el material- puede este hombre hacer suyos otros planos de la Realidad -como el sutil o, más aún, el totalmente Incondicionado- von Dürckheim reafirma la imprescindibilidad del silencio con miras a emprender -y a continuar- la difícil travesía que del descondicionamiento puede llevar a la Liberación en el seno de ese propósito de consumar en sí al Hombre de la Tradición que el hombre diferenciado debe tener siempre presente.

Eduard Alcántara
eduard_alcantara@hotmail.com