Julius Evola. Septentrionis Lux


Foro TRADITIO ET REVOLUTIO
marzo 10, 2013, 4:14 pm
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EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (VII): LA RAZA DEL ALMA
marzo 6, 2013, 9:22 pm
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EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (VII): LA RAZA DEL ALMA

En su obra “Sintesi della dottrina della raza” -1.941- (en castellano “La raza del Espíritu”, Ediciones Heracles) Julius Evola nos configura la caracterización del Hombre de la Tradición. Lo hace en base al establecimiento de tres niveles constitutivos de la persona, que son los que se refieren a la ´raza del cuerpo´, a la ´raza del alma´ y a la ´raza del espíritu´. Los tres niveles deben cumplir con una serie de características y siempre deben obedecer a una jerarquía que tiene en la cúspide a la raza del espíritu. Quien haya consumado los parámetros inherentes a la raza del espíritu hará suyos, de modo natural, una serie de valores que conformarán su raza del alma. Aquél que pugna por dejar la condición de hombre ordinario deberá aplicarse en trabajar en su interior dichos valores para que, vivenciándolos en lo más cotidiano de su discurrir, acaben aflorando en su comportamiento de manera automática.

Mirumoto Jinto en su “Código del Bushido” nos anticipaba que el honor representa uno de esos valores de la raza del alma que tiene que hacer suyo el hombre diferenciado. Así una cita suya nos advertía que “la muerte no es eterna, la deshonra sí”.

El respeto a la legítima autoridad, asociado a la idea de disciplina, también constituirán valores de la raza del alma para este tipo de hombre y tendrán su basamento en la idea de fides (fidelidad). Idea que, en este hombre que pugna -inicialmente- por su descondicionamiento, cogerá fuerza si preexiste en él la virtus; virtus que, a su vez, se reforzará si el valor de la fides se actualiza en su persona.
Para mejor entender esto remitimos a Evola cuando señalaba que “el presupuesto existencial de la fides (en tanto fidelidad: a un compromiso, a un juramento, a un pacto, a la palabra empeñada, a un vínculo libremente aceptado) y aquello de lo cual la misma es su manifestación, es la virtus, no en su acepción moralista o incluso sexual, sino en el de una firmeza interior, de una derechura.”
El mismo Evola nos recuerda en el capítulo III de “Orientamenti” (Orientaciones) que una saga nórdica afirmaba que “la fidelidad es más fuerte que el fuego”.

No todos los que se lo propongan podrán transitar con éxito por los caminos interiores que acercan al Despertar (o que lo hacen realidad). No todos podrán consumar en sí al Hombre de la Tradición pero si no dejan de tenerlo como referente a seguir sin duda se alejarán de la condición de hombres ordinarios. Sólo una minoría es apta para autogobernarse y ser dueña de sí misma y de sus actos. De entre estos pocos aptos menos serán aún los que tengan la suficiente voluntad para emprender este arduo, riguroso y metódico camino interior (https://septentrionis.wordpress.com/2010/04/11/la-iniciacion/). Pero de entre la mayoría no apta para afrontar con éxito estos empeños pero que, a pesar de ello, lucha por no contentarse con ser homo vulgaris debe prevalecer la idea de la inviolabilidad de los, ya aludidos, principios de respeto a la legitima autoridad y de disciplina, siendo consecuentes con aquella máxima del filósofo Friedrich Nietzsche de que “el que no sepa gobernarse a sí mismo, que obedezca”.

El hombre que aspira a serlo de la Tradición es un hombre que se autoexige, que tiene un alto sentido de espíritu de sacrificio, que se autoimpone una disciplina tanto externa en su quehacer cotidiano como interna en su camino descondicionador. Es un hombre abnegado, esforzado, tenaz y voluntarioso. Que gusta de los deberes y de las obligaciones antes que de la exigencia de derechos. No busca prebendas ni ansía ofrendas. Busca la conquista y no la dádiva, pues cree, como el gran poeta Ezra Pound, que “la libertad es un deber, no un derecho”. Y, sobre todo, cree en la libertad que conquista el hombre que ha culminado su descondicionamiento con respeto a todo aquello que condiciona, determina, ata, aliena y esclaviza al hombre con su entorno y con sus más primarios instintos y más bajas pasiones.
No ofrendas, decíamos, sino sacrificios prefiere el hombre diferenciado. Y es que, además, las ofrendas distraen al hombre hacia lo externo y en lo superficial. Le hacen dispersarse y alejarse de cualquier intento de búsqueda del Ser. Acertadamente escribía al respecto el autor de “Le petit prince” -Antoine de Saint Exupéry- que “en esto reside el gran misterio y la gran tragedia del hombre moderno, que pierde lo esencial sin darse cuenta de que lo ha perdido. Porque si quieres que los hombres sean hermanos haz que edifiquen una torre, pero si quieres que se maten arrójales dinero”.

La búsqueda de la Verdad es una de las metas que se impone el hombre que transita por los senderos que llevan al Despertar. El que se pueda transitar por ellos o el que no se tenga la capacitación metafísica para poder hacerlo no será óbice para que la Verdad se erija en portaestandarte y guía; para que lo Superior y Trascendente sea el faro iluminador de la existencia. De la Verdad Absoluta con mayúscula se derivan las verdades con minúsculas; las que afectan a nuestra vida ordinaria. Por ello el hombre diferenciado hará de la sinceridad un valor insobornable e incuestionable y de la mentira un oprobio a eliminar por cuanto su uso le embrutecería como persona y no le diferenciaría en nada del primario hombrecillo moderno. No olvidemos, pues, tanto sea referida a la Verdad en mayúscula o a las verdades en minúsculas esas dos máximas anónimas que rezan que “Veritas victoria vincit” (la Verdad vence a la victoria) y que “vincit omnia veritas” (siempre vence la verdad).

Si hacemos del Hombre de la Tradición nuestro ideal existencial huiremos de cualquier búsqueda de halago, de reconocimiento por parte de nuestros semejantes, de adulación, de aplauso o de homenaje, pues no es engordar el ego lo que el hombre diferenciado persigue sino, al contrario, empequeñecerlo, dominarlo y, a ser posible, eliminarlo. Lo que se haga se hará porque se debe hacer -léase nuestro “El hombre de la Tradición (IV): el deber- y no por querer figurar en ningún sitio ni ante nadie. Bien se haría en ponerse como ejemplo el de esos artistas de otras épocas (como, p. ej., la medieval) que no firmaban nunca sus obras -sacras ellas- (pinturas, esculturas, obras arquitectónicas, composiciones musicales,…) porque para ellos éstas representaban un servicio que le hacían a lo Alto en el sentido de que una mayoría de gente no cualificada espiritualmente pudiese aproximarse a los misterios de lo Sagrado o representaban, sus obras para esos artistas, un sacrificio (=oficio o rito sacro) que les hacía trazar vínculos con lo Superior Trascendente. Así podríamos decir de aquellos artistas que hacían suyo el principio, acuñado por Evola, de la “impersonalidad activa”, según el cual el ego no tiene cabida en las actuaciones del hombre; principio que con claridad tan meridiana reflejaba el lema de los templarios en el sentido de que de sus acciones no buscaban “¡nada para nosotros Señor, nada para nosotros, todo en gloria de Tu Santo Nombre!”

El Hombre de la Tradición configura su raza del alma con otros rasgos y valores que le aflorarán, en primera instancia, como resultado de su metódico esfuerzo descondicionador y, finalmente, como reflejo natural y consecuente de sus logros Espirituales. Hablamos de la impasibilidad ante los juicios y opiniones de los demás. Hablamos de ese permanecer impertérrito ante las sacudidas emocionales. Hablamos de mostrarse ´inasequibles al desaliento´ante todo tipo de reveses. O hablamos del sosiego y la templanza ante el mundo de los sentimientos, ante las dificultades que la vida depara y ante los estímulos que llegan de fuera. De este Hombre Superior (del Iniciado) escribe Evola en “La tradición hermética” (1.931) que “en él ha sobrevenido un estado que destruye categóricamente toda reacción ante los juicios humanos”. Por ello este Hombre destila lo que los antiguos romanos conocían como “gravitas”: ´gravedad´ en la palabra, en el rostro, en el gesto,…

¡Qué irreconciliables resultan estos valores de la raza del alma con los contravalores (o, por mejor decir, antivalores) que defiende el quebrado, turbulento y desorientado mundo moderno!

Eduard Alcántara
eduard_alcantara@hotmail.com