Julius Evola. Septentrionis Lux


EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (VIII): EL DESCONDICIONAMIENTO
abril 20, 2013, 2:58 pm
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EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (VIII): EL DESCONDICIONAMIENTO

Existe un proceso de condicionamiento que podríamos calificar como de natural y que no es otro que aquél que acontece en el ser humano, antes de su nacimiento, cuando aún se halla en período de gestación. La doctrina budista de los nidana nos lo explica con suma claridad y detalle (https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/consideraciones-metafisicas-sobre-el-aborto-la-doctrina-de-los-nidana/) y nos expone cómo a partir del séptimo nidana (o estado o elemento condicionados) -de un total de doce- el ser humano se va, paulatinamente, condicionando y acoplando en sí emociones, sentimientos, impresiones, anhelos y apegos aun antes del momento del parto.
El ser ya nacido irá, a lo largo de su vida, engordando todas estas cargas mentales -en mayor o menor medida, dependiendo de sus circunstancias y de su particular forma de ser- en lo que constituiría otro proceso de condicionamiento al que ya no podríamos definir como de natural sino de saturador y hasta perturbador; además de alienante.
La primera tarea interna -Iniciática- que aquel hombre diferenciado que se haya propuesto ser también Hombre Tradicional debe emprender es la de que (que de igual modo que se ha ido condicionando) se vaya descondicionando mediante ascesis -esto es, trabajo interno, metódico y riguroso- que consiga romper vínculos y ataduras turbadoras que enturbian la mente y no le permiten a ésta experimentar la calma y el sosiego necesarios e imprescindibles para que este hombre diferenciado pueda, después, adentrarse en otros procesos transfiguradores que le permitan la percepción de Realidades de tipo sutil y Suprasensible; percepción que ocurriría -empleando una imagen clarificadora- tal como si se reflejaran en un limpio espejo que no sería otra cosa que la mente descondicionada de todo aquello que la obnubila y la ciega.
Todo este proceso (la obra al negro o ´nigredo´ alquímico-hermética) correrá un camino inverso al del condicionamiento que ya desde ese momento prematuro del séptimo nidana se había iniciado.

En ocasiones la tradición hermética ha asociado al elemento agua con el caudal de emociones, sentimientos y pasiones que no dejan al hombre obrar con templanza y buen criterio. Por ello un adagio hermético decía: “Convertirás en piedra el agua de los torrentes” (“Aqua torremtum convertes in petram”), pues de lo que se trata es de fijar (´convertir en piedra´) todo lo que fluye en nuestra psique; se trata de dominarlo tras su previa minimización.

No se siente apego si, previamente, no se desea algo y no se desea algo si dominamos el sentido que tras entrar en contacto con ese algo ha querido repetir -ha anhelado- la experiencia. Se trata, pues, en primera instancia de dominar los sentidos y no ser esclavo, por tanto, del mundo sensual y/o sensitivo para poder, después, experimentar el desapego que nos ayudará a empezar a ser verdaderamente libres con respecto a cualquier tipo de dependencia. Y se trata, asimismo, de superar el apego hacia aquello que se posee siendo fiel al espíritu de aquella enseñanza del estoicismo que propugna el saber distanciarse de los bienes materiales que uno tiene en propiedad o, lo que vendría a responder a la misma idea, ´poseer sin ser poseído´.

El hombre descondicionado no necesita de nada, pues experimenta la superación del deseo y experimenta el desapego. Al no necesitar de nada se convierte en -según la expresión taoísta- ´señor de sí mismo´. Es capaz de autogobernarse. Tiene dominio de sí mismo, pues se ha erigido en el ´autarca´ que no depende del otro -no depende del tú: de lo externo a él- (figura ésta del ´autarca´ a la que nos remitía Evola en su temprana ´etapa filosófica´). Y como este Hombre no necesita de nada hace honor a los versos de Lao-tsé cuando en el capítulo XXXIII (por nombre “Discriminación”) del Tao-tê-king dice que “quien se conforma con lo que tiene es rico.” Y es que la sed de posesión de lo fútil, banal y superfluo aboca al hombre a la sobredimensión de su componente físico de manera inversamente proporcional a lo que sucederá con su dimensión Trascendente. No en vano así nos lo recuerda aquella contundente sentencia de que “cuanto más tenemos menos somos”.

A los ojos nítidos y clarividentes de la Tradición resulta evidente que quien es esclavo de necesidades sensitivas se pierde en el mundo superficial de los sentidos y se incapacita de cara a la introspección necesaria para la búsqueda del Ser. Y es que un anónimo reza que “por ganar la tierra se ha perdido el Cielo”.
No bajar la guardia, mantener la tensión interior, no relajarse, no caer en la vida muelle, no bajar en ningún momento los brazos, no cejar en el porfío por disminuir nuestras necesidades, no crearse uno -pues- nuevas dependencias ni acrecentar las que ya se tienen, alejarse de aquello a lo que aboca el samsara -el devenir, lo caduco- son presupuestos que se deben tener, permanentemente, presentes para no perder la posibilidad de acercarse a lo Sagrado y permanente. Hágase caso del viejo pensamiento que afirma que “el trabajo que aumenta las necesidades es vano. El que las disminuye es sagrado. El mundo practica el primero. Los Sabios ayudan al segundo”.
De no bajar la guardia hemos hablado pues en caso contrario fácilmente nos envolverá la ensoñación del mundo sensitivo que nos impedirá cualquier posibilidad de despertar a las Realidades Suprasensibles. De no bajar la guardia, pues tal como advierte el credo samurai “no tengo enemigos, del descuido hago mi enemigo”, ya que “no es blando el camino del Cielo” (recordaba Lucio Anneo Séneca) y ya que ninguna conquista Superior nos vendrá dada, pues es el hombre el que debe conquistar con porfío la Inmortalidad (o, si se prefiere, la Eternidad) sin esperar ´gracias divinas´ en las que sólo creen las religiones fideístas y meramente devocionales y en las que no creía el neoplatónico Plotino cuando aseveraba que “no existe un dios que combata en lugar de nosotros”. (Para mejor asentar lo expuesto en estas últimas líneas no estaría de más la lectura de nuestro “El Hombre de la Tradición (V): el guerrero”.)

Muchos textos esotéricos han presentado la figura del ´niño´ como imagen en la que poder mirarse si se tiene intención de transitar por los arduos derroteros que deberían llevar al hombre diferenciado hacia su descondicionamiento, pues el niño todavía no ha sufrido, por una cuestión de tiempo, el abotargante proceso condicionador del que sí se han imbuido la práctica totalidad de nuestros semejantes adultos; proceso condicionador que deriva tanto del anormal crecimiento del mundo incontrolado y caótico del subconsciente y del inconsciente como de la acumulación mental de esquemas racionalistas y especulativos que impiden la elevación del hombre hacia el conocimiento de la realidad Metafísica y hacia el identificarse ontológicamente con ella. Y proceso condicionador, asimismo, que deriva de la inoculación en el cerebro de la perniciosa idea de que la única vía de conocimiento posible es la propia de un ´método empírico´ que, en realidad, sólo puede llegar a conocer del mundo fenomenológico y nunca del plano de la realidad -sutil- que se halla más allá del mismo y que se constituye en su motor. Y es en orden a lo expuesto en este párrafo por lo que Lao-Tsé aconsejaba “renunciar a toda ciencia y estaréis libre de todas las preocupaciones” (´ciencia´ profana, se entiende, y ´preocupaciones´ meramente fenomenológicas, así como mundanas y dispersadoras).
Es, pues, que al niño todavía no le subyugan tantos vínculos atadores como sí, por contra, acontece con el adulto. Y de eso se trata en el proceso de descondicionamiento al que aspira aquél que quiere erigirse en Hombre de la Tradición: de eliminar y destruir vínculos, ataduras y condicionantes que barrenan la consecución de la auténtica Libertad.

Este Hombre de la Tradición no padece necesidades, no anhela nada. Su búsqueda transfiguradora la realiza sin experimentar el deseo de consumarla. La realiza con templanza de ánimo. Con total dominio de su mundo psíquico. Su mente no funciona a antojo, sin criterio y alocadamente sino bajo su total control. Por no anhelar no anhela ni la felicidad, pues ésta sólo se experimenta cuando no se la desea, ya que el desearla crea desasosiego y éste está reñido con aquélla. La felicidad, con minúscula, viene -según el saber Tradicional- asociada a la calma y al autocontrol mental. La Felicidad, con mayúscula, equivaldría al Despertar, por parte del Hombre Absoluto, al Principio Superior Incondicionado. De la que escribimos con minúscula nos enseñaba sabiamente Séneca que “felicidad es no necesitar de ella”,.

Eduard Alcántara
eduard_alcantara@hotmail.com

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