Julius Evola. Septentrionis Lux


EVOLA Y LA CUESTIÓN RACIAL (IV)
agosto 6, 2013, 8:46 pm
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Las presentes líneas no son más que la continuación de tres escritos que fuimos publicando hace un tiempo y que llevaban el mismo título que éste. El sentido de los mismos fue el de explicar la esencia de la ´doctrina de la raza´ expuesta, en su momento, por Julius Evola para, acto seguido, demostrar con el testimonio del propio Evola (a través de la extracción de un dilatado número de citas suyas) que el aspecto totalitario de la dicha doctrina incluye los tres componentes del ser humano (Espíritu, alma o psique y cuerpo) sin, por tanto, menoscabo o, menos aún, anulación de ninguno de los tres, contrariamente a lo que desde el desconocimiento o la tergiversación intencionada ciertas personas han querido dar a entender cuando, desde diferentes posicionamientos, han querido transmitir la imagen de un Evola que no habría, supuestamente, concedido ningún valor a uno de esos componentes: el cuerpo o raza física. Fue la motivación de darle carpetazo definitivo a este craso desmán la que nos movió a verter una exhaustiva relación de citas contundentes en las que el gran intérprete italiano de la Tradición mostraba la importancia insoslayable y basilar que la raza física tiene en su ´doctrina de la raza´; aun cuando, como consecuencia lógica de una concepción Trascendente de la existencia, la ´raza física´ quede subordinada jerárquicamente a la ´raza del alma´ y ésta lo esté a la ´raza del espiritu´.
Hemos creído, ahora, conveniente añadir un buena cantidad más de citas que van en el mismo sentido y que elevarán a un número incontestable las ya de por sí numerosas aportadas en las tres primeras partes de “Evola y la cuestión racial” y las hemos incluido en esta cuarta parte.
No vamos a volver a explicar la esencia de la dicha doctrina racial evoliana, pues ya lo hicimos en las dos primeras partes (1), así como en nuestro prólogo a “Orientaciones para una educación racial” (también de Evola y cuya edición, por nosotros prorrogada, corresponde a Ediciones Sieghels) (2); prólogo que recoge el fondo y la forma de las explicaciones que vertimos en las dos mencionadas primeras partes. Asimismo creemos que el ciclo explicativo quedó más que cerrado con dos escritos que en los últimos meses han sido publicados en el blog “Julius Evola. Septentrionis Lux” (3). Por ello es que nos vamos a limitar a relacionar las citas anunciadas que el maestro romano nos dejó en obras y artículos variados, no sin antes recordar que Evola fue dando el visto bueno o retocando y/o ampliando sus libros a medida que se iban reeditando en numerosas ediciones hasta, incluso, pocos antes de su defunción, por lo que lo escrito, p. ej., en los años ´30 y ´40 de la pasada centuria pasó por su refrendo durante las décadas de los ´50, los ´60 y los ´70. Dicho esto sin menoscabo de que, a pesar de los vientos contrarios, muchas de las citas (como se puede comprobar consultando las cuatro entregas de esta nuestra serie) fueron redactadas a partir de 1.945…

Así, en un artículo titulado “Nietzsche, el incomprendido” Evola antepone “Al abstractismo mojigato y a los formalismos de una fe antiaria, el ideal suprarreal y solar de la iniciación”. (Artículo publicado en castellano por Ediciones Heracles, en 2.012, en la obra “Más allá de Nietzsche”.)

En su obra magna “Rivolta contro il mondo moderno”, el maestro romano nos dice que “Allí donde se encuentran razas inferiores ligadas al demonismo ctonio y mezcladas con la naturaleza animal han quedado recuerdos de luchas, en forma mitologizadas, en las cuales siempre se subraya el contraste entre un tipo divino luminoso (elemento de derivación boreal) y un tipo oscuro no-divino. Y en la constitución de los organismos tradicionales, de parte de las razas conquistadoras, se determinó entonces una jerarquía que tenía simultáneamente un valor espiritual y étnico. En la India, en el Irán, en Egipto, en el mismo Perú y así sucesivamente, se tienen rastros bastante evidentes de todo esto a través del régimen de castas” (pág. 250 de la edición, de 1.994, realizada por Ediciones Heracles y que lleva por título “Rebelión contra el mundo moderno”).

Asimismo, en la página 265 de la citada obra se puede leer que “En especial en el período de largo invierno glacial, era natural que en las razas del Norte la experiencia del sol, de la luz y del mismo fuego actuase en un sentido de espiritualidad liberadora, y que naturalezas urano-solares, olímpicas o de llama celeste viniesen al primer plano en el simbolismo sacral de estas razas más que de otras. Además la rigidez del clima, la esterilidad del suelo, la necesidad de la caza, en fin, la necesidad de emigrar, de atravesar mares y continentes desconocidos, tuvo naturalmente que plasmar a aquellos que interiormente conservaron esta experiencia espiritual del sol, del ciclo luminoso y del fuego en temples de guerreros, de conquistadores, de navegantes, de modo de propiciar aquella síntesis entre espiritualidad y virilidad, de la cual se conservaron características en las razas indoeuropeas”.

En el mismo libro, en un apartado dedicado a los Estados Unidos, Evola escribe sobre: “…el jazz. En las grandes salas de la ciudades yanquis en donde centenares de parejas se sacuden como fantoches epilépticos y automáticos ante los sincopados negros, es verdaderamente un ´estado de muchedumbres´”. (pág. 432).

En un artículo que lleva por título “El símbolo aristocrático romano y la debacle clásica del Aventino” nos habla en estos términos escuetos y contundentes: “…Jerusalén, foco de la infección semítica” (escrito inserto en el recopilatorio “La Tradición romana”, pág. 78, Ediciones Heracles, 2.006).

En otro escrito titulado “La mística de la raza en Roma antigua” leemos que “El sujeto es parte de un grupo, de una estirpe o gens. Es parte de una unidad orgánica, cuyo vehículo más inmediato es la sangre” (pág. 118 del citado recopilatorio).
Y en el mismo escrito Evola afirma que “El relieve que la antigua humanidad ario-mediterránea diera a la raza como espíritu, además que a la del cuerpo, es un hecho irrefutable”. (pág. 119)

En otro de sus libros, “El mito de la sangre”, el maestro italiano nos recuerda que en la Tradición “Se advertía sin embargo como una cosa bien definida la necesidad de preservar la sangre, de mantener y transmitir en su integridad un patrimonio preciosos e insustituible vinculado a la sangre. Por lo cual, en varios casos, la contaminación de la sangre se le apareció al hombre antiguo y tradicional menos como una culpa de orden social como un verdadero sacrilegio.” (pág. 27 de la edición preparada por Ediciones Heracles, del año 2.006)

En la misma obra nos transmite la idea de que la idea de raza, como ´mito´, “ha pasado a formar parte de movimientos políticos renovadores, en un primer momento del nacionalsocialismo y luego del mismo fascismo”. (pág. 28)

Vamos, ahora, a hacer un recorrido por el libro de Evola “Sintesi di dottrina della raza” echando mano de la traducción al castellano, en 2ª edición, del año 2.005 (“La raza del espíritu”) efectuada por Ediciones Heracles.
Así, en la pág. 25 -en el contexto de las anexiones territoriales que en África había consumado el régimen fascista- escribe que “La conquista del imperio africano ha traído como natural consecuencia un nuevo orden de medidas protectoras y profilácticas, procedentes de análogas exigencias y de la evidente oportunidad de que, en el contacto con pueblos inferiores, el pueblo italiano tuviese el muy neto sentido de las diferencias, de su dignidad y de su fuerza.”

En la 27 nos pone en situación ya que, según él, “Desde una perspectiva histórica, el redespertar del sentimiento de la nación y de la raza es una de las condiciones preliminares imprescindibles para la tares de retomar en un organismo bien articulado todas aquellas fuerzas que, a través de la crisis del mundo moderno, estaban por perderse y por hundirse en el pantano de una indiferenciación mecánico-colectivista e individualista. Y esta tarea es cuestión de vida o muerte para el futuro de toda la civilización europea”.

En la pág. 54 leemos que “un tal estado ´olímpico´ se encuentra en la más estrecha relación con el tipo de la raza hiperbórea, sobre el cual habremos de hablar, y el que puede considerarse como la raíz originaria de las principales estirpes dominadoras arias y nórdico-arias”.

En la 62 nos dice que “en el momento en el cual se iniciaron las emigraciones hiperbóreas prehistóricas, la raza hiperbórea podía entre todas considerarse como aquella raza superior, como la superraza, la raza olímpica que expresaba en su extrema pureza a la misma raza del espíritu. Todas las otras razas humanas existentes sobre la tierra en aquel período, en su conjunto, parece que se presentaron o como ´razas de la naturaleza´, es decir razas animalizadas, o como razas convertidas, por involución de ciclos raciales anteriores, en ´razas de naturaleza´.

En la 71 nos subraya que “el carácter deletéreo de las cruzas no se manifiesta tanto en la determinación de los tipos humanos desnaturalizados o deformados con respecto a su raza originaria del cuerpo, sino sobre todo en la realización de casos en los cuales lo interno y lo externo no se corresponden más, en los cuales la raza del cuerpo puede estar en contraste con la del alma y ésta a su vez puede contradecir a la del espíritu o viceversa, dando pues lugar a seres quebrados, semihistéricos, a seres que, en sí mismos, no se encuentran más, por decirlo así, en su propia casa”.

En la página 87 nos comenta la idea sostenida por Weiniger -y defendida por nuestro autor- “de que las relaciones que se establecen entre un hombre y una mujer verdaderos corresponden analógicamente a las que existen entre la raza aria y la raza semita. Weiniger se ha dedicado a buscar las cualidades femeninas, que aparecen como una precisa correspondencia con las que son típicas del semita y del judío”.

En la p. 109 escribe que “si una civilización de tipo ´clásico´, en un sentido olímpico y viril, y no en la vulgar acepción estetista y formalista, refleja algo de la raza nórdica del espíritu, cada civilización romántica y ´trágica´, en tanto lo opuesto de ésta, erá en vez la segura señal de la prevalencia de influencias que proceden de razas y residuos étnicos de naturaleza no nórdica, pre-aria y anti-aria”.

En la 129 se puede leer que “puede decirse de las civilizaciones ´arianas´ que el elemento semítico, pero luego sobre todo el judaico, representó la antítesis más precisa, por ser tal elemento una especie de condensador de los detritos raciales y espirituales de las diferentes fuerzas que chocaron en el arcaico mundo mediterráneo”.

En la pág. 135 nos recuerda que “dos condiciones definían la cualidad aria: el nacimiento y la iniciación. Arios se nace; tal es la primera condición. La arianidad sobre tal base es una propiedad condicionada por la raza, por la casta y por la herencia, la misma se transmite con la sangre de padre a hijo y no puede ser sustituida por nada, del mismo modo como el privilegio que, hasta ayer, en Occidente tenía la sangre patricia”.

En la 136 escribe que “No cualquiera es apto para recibir legítimamente la iniciación, sino sólo quien ha nacido ario. Si ésta es impartida a otros es delito. Nos hallamos así con una concepción superior y completa de la raza. La misma se distingue de la concepción católica puesto que ignora un sacramento apto para suministrarse a cualquiera, sin condiciones de sangre, raza y casta, de modo tal de conducir a una democracia del espíritu”.

Siguiendo con el recorrido de este libro alcanzamos las páginas 141 y 142 en las que Evola comenta que “(…) Igualmente no originario es el monoteísmo de la religión hebraica, el cual en su crudeza y en la unilateral exasperación de su dualismo debe ser considerado como una especie de desesperado punto de referencia para aquella función de unificar, de alguna manera, a través de la Ley judía, a un conjunto de detritos étnicos en sí mismos tendentes a dispersarse hacia cualquier sector. En cuanto a la presunta ´religión superior´ con que en general se califica a la de Israel, en la misma motivos ya presentes en las civilizaciones del ciclo ario se mezclan con elementos sospechosos que concluyeron yendo al encuentro de los fermentos de descomposición étnica y moral actuantes en el mundo mediterráneo y alterando sensiblemente todo lo que en tal mundo todavía subsistía como un eco o remisión de la antigua tradición nórdico-aria”.

En la página 264 leemos que “El Ario de los orígenes se sintió como de la misma estirpe de los dioses, si no también e incluso, dominador de dioses”.

Más adelante, en la misma página, escribe Evola que “Adán, en el mito semita, es un maldito por haber intentado tomar del árbol para ´hacerse semejante a los dioses´, a los Elohim, el mito ario típico nos representa para tales aventuras trascendentes un resultado victorioso e inmortalizador en la persona de héroes, como por ejemplo Heracles, Jasón, Mithra, Siegurt.”

En la página siguiente -265- escribe que “Este especial carácter sacral de la idea aria del regnum se desarrolla por lo demás en una vocación efectivamente imperial y universal sentida por todas las principales ramas de la supraraza aria”.

Por último, en la 267 de esta “Sintesi di dottrina della raza” concluye que “Frente a los valores de la espiritualidad aria primordial las fuerzas más profundas del hombre occidental -afectado ya por tantas cruzas- serán puestas a prueba; si, casi despertándose de un largo sueño, las mismas serán capaces de responder, serán ellas las que asuman un papel, cuya importancia difícilmente sería exagerada, en el proceso totalizador de la purificación también biológica y psíquica de un determinado grupo étnico, hasta el resurgir y el predominar en el mismo de un hombre nuevo, de un tipo nuevo nórdico-ario”.

Vamos a cambiar de obra para recordar algunos pasajes de otra de nuestro autor: “La doctrina del despertar”, subtitulada en la edición castellana de la editorial Grijalbo -1.995- como “El budismo y su finalidad práctica”, pero cuyo subtítulo original es “Saggio sull´ascesi buddhista”.
Así, en su pág. 23 Evola nos pone en situación al escribir que “Es conveniente, empero, que hoy las mentes más calificada sean llevadas a comprender, una vez más, lo que el ascetismo significa y puede significar en una visión de conjunto, aunque también en una serie de planos jerárquicamente ordenados, con independencia tanto de las actitudes religiosas de tipo cristiano, como de profanaciones modernas, pero con orientación, en cambio, a las tradiciones primordiales y a las más excelsa concepción del mundo y de la vida propios de otras civilizaciones indoeuropeas. Al querer tratar del ascetismo en tal sentido nos hemos preguntado: ¿qué formulación histórica puede ofrecer la base más apta para la exposición de un sistema completo y objetivo de ascesis, en formas tan claras como recias, experimentadas y bien articuladas, conformes al espíritu de un hombre ario, aunque tomando en cuenta las condiciones que imperan en tiempos más recientes?

En la 33 nos comenta que “Resta decir algo sobre la ´arianidad´de la doctrina budista. El que usemos el término ´ario´ en relación con dicha doctrina se justifica directamente de los textos. En el cánon aparece por doquier el término ariya, que quiere decir exactamente ´ario´. El camino del despertar es llamado ´ario´ (ariya magga); arias son las cuatro verdades fundamentales (ariya saccani); ario, el método de conocimiento (ariya-naya) y aria es llamada la enseñanza de primera línea, la que acusa la contingencia del mundo, enseñanza que se dirige desde luego a los arios y se habla de la doctrina como de algo que no al vulgar, sino que sólo a los ariya es accesible e inteligible”.
En la nota 2 a pie de esta misma página nos aclara que “El significado racial de ´ariya´ asoma en algunos términos, por ejemplo cuando se considera arduo de obtener y un privilegio nacer en el país de los arios (Anguttara…, V, 96).”

En la página 34 nos recuerda que “la unidad primordial de sangre y espíritu de las razas blancas que crearon las máximas civilizaciones de Oriente y Occidente, la irania y la hindú, no menos que la helénica, la romana antigua, la germánica es una realidad. El budismo tiene derecho a llamarse ario porque refleja en alto grado el espíritu de los orígenes comunes y porque ha conservado partes notables del legado que, como ya se ha dicho, los occidentales han ido olvidando, ya sea por obra de procesos involutivos endógenos o porque ellos -mucho más que los arios de Oriente- han sido objeto de influencias extrañas en especial en el campo religioso. Como se ha señalado, si se quitan algunos elementos periféricos, la ascética del budismo, en su claridad, en su realismo, en su precisión y en la sólida y bien articulada estructura, sabe a ´clásico´, o sea, refleja el más elevado espíritu del antiguo mundo ario-mediterráneo”.
En la misma página, citando a Dahlke e identificándose con sus palabras, nos comenta que “entre las tradiciones más grandes y antiguas, el budismo es a la que más se le puede llamar de origen ario puro.
Y esto vale también en sentido específico. Si el término ario, generalizando, se puede aplicar al conjunto de las razas indoeuropeas por su origen común (la patria de tales razas, los airyanemvaejo, según el recuerdo que claramente se ha conservado en la antigua tradición irania fue una región hiperbórea o, más genéricamente, nórdico-occidental), pero posteriormente pasó a designar a una casta. Como ariya se designó a una aristocracia, opuesta en espíritu y cuerpo tanto a las razas primitivas, híbridas y ´demónicas´ -v. gr. las poblaciones kosalianas y dravídicas encontradas en los territorios asiáticos conquistados -como al sustrato correspondiente a lo que hoy se llamaría masa proletaria o plebeya, nacida para servir y que en la India, como en el mundo grecorromano, fue excluida de los cultos luminosos que caracterizaban a las castas superiores, patricias, guerreras y sacerdotales”.

En la pág. 38 dice Evola que “Las llamadas religiones de salvación -las Erlösungsreligionen, que se dice en alemán- sólo aparecen, en Oriente y en Occidente, tardíamente, al cejar la tensión espiritual de un principio y darse una ofuscación de la conciencia olímpica y, no en último grado, por influjo de elementos étnicosociales inferiores”.

En la página 108 escribe el maestro trasalpino que “Hay una renuncia de carácter inferior, la que, como se dijo al principio, ocurre en las formas ascéticas que se han desarrollado en Occidente a partir del ocaso del mundo clásico. Esta renuncia significa ´mortificación´, significa desprendimiento doloroso de cosas y placeres que de todos modos se aprecian y desean; es una especie de autosadismo, de gusto por el sufrimiento, no separado de un mal disimulado resentimiento contra todo lo que es salud, fuerza, sabiduría y virilidad. Tal renuncia en realidad ha sido a menudo la virtud, nacida de la necesidad, de los desheredados del mundo, de quienes no están a gusto ni con su ambiente, ni con su cuerpo, ni con su raza y que esperan, con la renuncia, asegurarse un mundo por venir, caracterizado -para usar la expresión nietzscheana- por la inversión de todos los valores.”

Dejando de lado esta obra, sobre el budismo, de Evola podríamos traer a colación un escrito suyo de nombre “Introducción al pitagorismo” y que ha sido incluido en un libro que Ediciones Heracles editó el año 2.012 bajo el título de “Tradiciones varias”, con el subtítulo de “Escritos sobre pitagorismo, mithraísmo y zen”.
En sus págs. 22 y 23 leemos: “Propiamente habría que preguntarse si el pitagorismo se insertó en la herencia de la civilización estrictamente indo-europea o se resintió más bien del espíritu de las civilizaciones mediterráneas-orientales anteriores a la afirmación de la civilización helénica y, en Italia, de la romana. La oposición entre las dos civilizaciones es, tal como es sabido, la que existe entre una orientación de sacralidad guerrera y la de una sabiduría sacerdotal ligada como es su costumbre a cultos femeninos y lunares.
A primera vista, el pitagorismo parecería estar vinculado no sólo a la tradición indo-europea, si no aun a la tradición primordial de tal estirpe, que es la tradición hiperbórea, la cual tuvo entre sus expresiones más puras al símbolo apolíneo”.

“Yoga, inmortalidad y libertad” se trata de un escrito de Evola que fue incluido en el libro “Oriente y Occidente” editado por Ediciones Heracles en 2.008. En él leemos que “podemos notar que el Buddhismo primitivo, era también una reacción en contra del ritualismo y la especulación, pero era de origen puramente ariano, empezando por la persona misma de su fundador” (p. 87).

…Ha hablado Evola y ningún lugar queda para la interpretación a la ligera de sus palabras.

NOTAS:

(1) Estas dos entregas, así como la tercera, se pueden consultar a través de los siguientes enlaces:
https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/04/evola-y-la-cuestion-racial/
https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/04/evola-y-la-cuestion-racial-ii/
https://septentrionis.wordpress.com/2010/07/09/evola-y-la-cuestion-racial-iii/
(2) https://septentrionis.wordpress.com/2013/08/04/prologo-a-orientaciones-para-una-educacion-racial/
http://www.libreria-argentina.com.ar/libros/julius-evola-orientaciones-para-una-educacion-racial.html
(3) Se trata de “La tradición y Evola, sin equívocos” (https://septentrionis.wordpress.com/2013/05/01/la-tradicion-y-evola-sin-equivocos/) y del “Acta de las insalvables” (https://septentrionis.wordpress.com/2013/07/15/acta-de-las-insalvables/ ).

EDUARD ALCÁNTARA
eduard_alcantara@hotmail.com

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