Julius Evola. Septentrionis Lux


EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (X): EL ARIYA
agosto 16, 2013, 8:45 pm
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Algunos de aquellos hombres diferenciados que se hayan decidido por dar ese paso que les puede llevar por los caminos de la alquimia interior experimentarán, paulatinamente y a base de mucho denuedo, ese paso previo (la ´obra al negro´) de la superación de ataduras mentales -del que tratamos en nuestro “El Hombre de la Tradición (VIII): El descondicionamiento”-, para, a continuación, con la mente calma, ejercitarse, con tesón y constancia, en una serie de técnicas y ejercicios que desde la concentración y la visualización internas le podrán hacer posible la aprehensión de planos de la realidad sutil (la ´obra al blanco´) que, hasta ese momento, le eran totalmente ignotos. Finalmente, si sus aptitudes y su voluntad son las indispensables, el rigor y método iniciáticos le pueden posibilitar el acceso al Conocimiento de lo que se encuentra más allá de cualquier tipo de manifestación (más allá, incluso, que de la de tipo sutil) y le pueden, paralelamente, hacer posible el Despertar de ese Atman (El Espíritu) que aletargado anida en su seno (la ´obra al rojo´).
Aquél que haya consumado la ´obra al blanco´ y accedido, así, al conocimiento de Realidades Metafísicas habrá experimentado en su interior una auténtica transformación ontológica (de su ser) que le convertirá en lo que los textos del budismo original denominaron ´ariya´ (el renacido a lo Suprasensible o ´nacido dos veces´)
De aquél que vaya culminando estas etapas podemos hablar, con todas las de la ley, como de Hombre de la Tradición. Si las culmina todas estaremos ante el Hombre Absoluto u Hombre Integral: el Despertado o Iluminado.

El principal objetivo vital para el hombre diferenciado debe ser el de la búsqueda de lo que de permanente se hospeda, como potencia, en él por tal de actualizarlo. Trabajando lo que se oculta en su interior podrá devastar la piedra bruta y convertir el plomo en oro, pues tal como escribía, allá por el s. XIV, Juan Ruiz (el ´Arcipreste de Hita´) en “El Libro del Buen Amor” “el agua hierve más bajo la tapadera”; por lo que en el ámbito interno es donde se cuecen las Realidades Superiores. También en el capítulo XXXIII del Tao-tê-king (por título: “Discriminación”) Lao-tsé expresaba una idea similar en los versos que rezan así: “Quien conoce a los hombres es hábil./ Quien se conoce a sí mismo es Sabio”.
De la piedra devastada a obtener podemos encontrar un símil en una cita de la tradición hermética que responde a las siglas V.I.T.R.I.O.L y que textualmente dice: “Visita interiora terrae rectificando invenies occultum lapidem” (“Visita el interior de la Tierra -nuestro cuerpo- y rectificando encontrarás la piedra oculta”); una piedra oculta a la que los rosacruces aludían bajo la denominación de ´átomo crístico´.

Al igual que hemos visto en Lao-tsé también Buda hablaba del Sabio en el que el hombre diferenciado debe aspirar a convertirse. Y lo hacía recordando que “el guerrero crea arcos y flechas, el arquitecto construye puentes y edificios, el agricultor ara y siembra la tierra, pero el sabio se construye o modela a sí mismo”.

Quien compite con los demás vive abocado a lo exterior a sí. Vive a la expectativa de un ´tú´ que le anulará cualquier posibilidad de introspección. Vive en un estado de dispersión que le impedirá descubrir lo esencial que alberga en su fuero interno. Vive abocado a la superficialidad. Es en este sentido en el que hemos visto cómo Lao-Tsé contraponía la Sabiduría que representa el ´conocerse a sí mismo´ con la simple habilidad que se desprende del conocer a los hombres. Y es, de la misma manera, en este sentido con el que Yagyu, ´el maestro de la Vía del Sable´, escribía, en el s. XVI, que “yo no sé cómo superar a los otros. Todo lo que sé es cómo superarme a mí mismo” o con el que un antiguo proverbio hindú señala que “no hay nada noble en superar a otro, la verdadera nobleza radica en superarse a sí mismo”; no en vano el término ´nobleza´ era para Gautama Siddartha (´el Buda´) un sinónimo del de ariya.

Es así que en el interior de uno mismo es donde el hombre diferenciado puede hallar la Centralidad: donde el yo puede llegar a ser uno con el Ser, gracias a la Espiritualización del alma. De ahí que en una conocida inscripción presente en el frontispicio del templo de Delfos, consagrado a Apolo, pueda leerse “Nosce te ipso” (“conócete a ti mismo”) y despierta -añadimos nosotros- todas las fuerzas sutiles que te pueden llevar a la activación del Principio Eterno e Incondicionado que se alberga en tu interior.
Y es que el hombre moderno no es más que un ser mutilado de sus dimensiones metafísicas: un ser superficial que sólo conoce de la realidad sensible y sólo se mueve reaccionando a los estímulos llegados a través de sus sentidos, reaccionando sincopadamente a la ebullición de sentimientos, pasiones y emociones que le golpean y reaccionando, convulsamente, a las sacudidas de su mundo subconsciente e inconsciente. Este ser superficial deberá ser superado por el hombre diferenciado que aspire a erigirse en Hombre de la Tradición y que debe pugnar por descubrir sus dimensiones sutil y Eterna y, así, será fiel a la máxima del poeta griego Píndaro que, allá por el s. VI a. C., decía: “Aprende a ser el que realmente eres.”
Sólo si el yo se espiritualiza el hombre convertido, ahora, en ariya logrará la Eternidad, tal como el poeta y sacerdote católico alemán Angelus Silesius (s. XVII) intuía al espetar: “Hombre, hazte esencial, pues cuando todo se acabe el mundo perecerá y la esencia subsistirá”.
Y es que ante la apariencia o ante la simple existencia vermicular propia del homo vulgaris el hombre diferenciado antepondrá la Esencia (el Ser que ha de activar en sí), tal como siempre se pretendió en el Mundo Tradicional, y hará, para sí, buena la máxima anónima de que “no sigo a los antiguos, busco los que ellos buscaron”; dejando, además, claro con dichas palabras, que su Búsqueda no viene motivada por ningún sentimiento impregnado por la nostalgia de épocas mejores ya periclitadas, pues este sentimiento, como cualquier otro, forma parte de la amplia lista de alteraciones que sufre el alma del ´hombre común´ y que deben ser superadas y dominadas por quien bregue por ser ariya.
El ´hombre común´, la condición meramente humana, debe ser dejado atrás como condición que se refiere a un ser cercenado de aquello que tiene de Superior. Se haría bien en hacer propia la máxima de Nietzsche de que “el hombre es algo que debe ser superado”, pero no tan sólo para que quede descondicionado (tal cual entendía el filósofo alemán cuando se refería a su ideal del ´Superhombre´) de todos aquellos lazos que no le permiten superar su status de enano existencial sino también para que, posteriormente a este paso previo, pueda acceder a estados de conciencia que se hallan más allá de los ordinarios y exclusivos del hombre moderno.
La poca entidad ontológica de lo simplemente humano la advertía, hace varias décadas, un enigmático grupo de Tradicionalistas inspirados por la doctrina perenne expuesta por Evola y que firmaban sus escritos como “Los Dióscuros”. Y la advertía formulando que “lo humano propiamente como tal no es nada, es tan sólo una posibilidad entre dos extremos”. Dos extremos que pueden ser caracterizados por la bestia primaria e impulsiva en que el hombre que no sabe gobernarse puede convertirse o, en el otro lado, por el Ser Imperecedero en que puede llegar a coronarse.

El Hombre de la Tradición que ha encendido en sí la llama Eterna, que tal cual larva anidaba en sus adentros, se asemejará a un fuego que calentará e iluminará espiritualmente a aquéllos que con él se topen y que acabará irradiando y extendiendo, de manera progresiva, la Centralidad que representa. Esta realidad nos la transmite Lao-tsé señalándonos que “es necesario primeramente que nosotros mismos nos hayamos conformado al Principio; luego esta conformidad se extenderá espontáneamente desde nosotros a nuestra familia, a nuestro distrito, al principado, al Imperio”.
De este Hombre Absoluto que, como tal, ha consumado en sí el Despertar al Principio Supremo y Primero emanará una aura mayestática que, sin necesidad incluso de que dicho Hombre actúe (el “wu wei” -´actuar sin actuar´- del que nos habla el taoísmo), atraerá hacia él a su entorno familiar, social y/o político, como si de una fuerza anagógica se tratase, y hará enfocar hacia lo Alto la existencia y la actividad de este entorno. De ese aura mayestática deriva el tratamiento de ´Majestad´ que, en el Mundo de la Tradición, se le empezó a otorgar a los monarcas que, como tales, encarnaban en sí no sólo la función política sino también la sacral, como personas que, gracias a la Iniciación, habían Despertado, en su seno, a lo Eterno e Inmanifestado.
Este poder Espiritual casi magnético propio del Hombre Integral que, en el plano Trascendente, ´actúa sin actuar´ desde esa posición de Estabilidad que le ha proporcionado la Centralidad conquistada, Evola nos lo muestra acercándonos un dicho de la antigua tradición extremo-oriental que nos enseña que “aquel que reina a través de la virtud del Cielo se asemeja a la estrella polar: la misma permanece fija en su lugar, pero todas las otras estrellas giran a su alrededor”.

En ariya, esto es en ´noble´ (éste es el genuino aristócrata), debe lidiar (en su interior) por convertirse el hombre diferenciado; así se le podrá considerar, en toda regla, como Hombre de la Tradición. Y es que si ya hicimos mención de ese proverbio hindú que nos señalaba que “…la verdadera nobleza radica en superarse a sí mismo” no deberíamos, tampoco, obviar esa enseñanza anónima de que “el hombre noble es el que se aventura en esta zona que lo hace idéntico a Dios”.

Eduard Alcántara
eduard_alcantara@hotmail.com

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