Julius Evola. Septentrionis Lux


EL EVASIONISMO (debates y reflexiones)
agosto 26, 2013, 10:25 pm
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Hubimos mantenido, hace ya algunos años, en algún foro un buen número de debates de corte eminentemente metafísico. Nos resistimos a concebir un tipo de hombre mutilado y privado de su dimensión Trascendente. No comulgamos con posiciones reduccionistas. Muchos y variados fueron los aspectos, de esta índole, sobre los que hubimos debatido. Y algunos de éstos habían guardado una relación más o menos directa con una serie de cuestiones que andan muy interrelacionadas las unas con las otras, como es el caso del determinismo, del fatalismo, del nihilismo, del evasionismo o de actitudes pasivas y de fuga ante la existencia y ante la realidad circundante.
Al respecto hemos extractado fragmentos de diferentes intervenciones nuestras. Una vez leídos los primeros, se podrá constatar el hecho de que para nosotros es Julius Evola quien mejor ha sabido interpretar la Tradición y los temas que de ella pueden derivar. Y nos referimos, cómo no, a la Tradición tal como siempre la concibieron nuestros ancestros; tal como la vivieron los pueblos indoeuropeos.
Entre los fragmentos que figuran a continuación, aparecen sólo cuatro párrafos que no han sido el fruto de ningún debate, sino que forman parte de un escrito que elaboramos hace ya algún tiempo.

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Parece que existen ´evolianos´ que han adoptado posturas pasivas ante este disoluto mundo moderno, obviando de este modo que uno de los dos parámetros existenciales (ecuaciones personales, afirmó nuestro pensador) que dan forma y contenido a la obra de Evola es el de la opción de la vía ACTIVA, la del guerrero, la del kshatriya como camino a seguir por el hombre Tradicional; su otra ecuación personal latente ya a temprana edad fue su impulso hacia lo Trascendente.

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Acusar al Tradicionalismo de posturas evasionistas, de huir del mundo físico o de negarlo supone incurrir en una supina falta de conocimiento sobre el tema. Evola dejó bien claro que nuestros ancestros comulgaron con un tipo de Espiritualidad Solar antagónica a aquella lunar propia, por ejemplo, de los pueblos de origen semita entre los que apareció el maniqueísmo, el dualismo y que, a lo largo de la historia, produjo excrecencias como la de unos cátaros que despreciaban el cuerpo en particular y el mundo físico en general como creaciones, según ellos, del Mal representado por el ángel rebelde o caído Lucifer.

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Y es que desde el punto de vista de la Tradición, el catarismo representa a una cosmovisión completamente lunar, con todos las consecuencias que conlleva la misma: igualitarismo antijerárquico, pacifismo, pusilanimidad, evasionismo y un
MANIQUEÍSMO galopante para el cual todo lo que tenga que ver con el mundo físico (la Tierra, la naturaleza, el cuerpo,…) no es sino obra de Lucifer (=ente del Mal) y, como creación suya, debe ser denostado y mortificado. Esta “certeza” se traducía, entre los cátaros, en el total descuido hacia su propio cuerpo, en prolongados, intensísimos y autoflagelantes ayunos y, en
fin, en el suicidio como forma de “liberar” al alma prisionera del “nefasto y pecaminoso” cuerpo. Ante semejante cosmovisión, la indoeuropea siempre concibió al cuerpo como el templo del espíritu y al cosmos, a la naturaleza y al mundo físico como manifestación del Principio Supremo.

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En el mundo indoeuropeo siempre se habló en sus textos sagrados de las cuatro consabidas edades: las de oro, plata, cobre y hierro de la tradición grecorromana o las de los cuatro yugas de la indoaria. Cada una de estas etapas suponía una regresión del hombre en cuanto se alejaba paulatinamente de su origen divino para ir, poco a poco, materializando su manera de entender y de vivir la existencia; regresión opuesta a la idea de progreso continuo de que se vanagloria el mundo moderno y que en realidad no se trata más que de un proceso progresivo y acelerado de desespiritualización y de bestialización, esto es, de una fuga del hombre hacia adelante en su enfermiza obsesión de alimentar, alentar y sobresaturar sus apetencias fisiológicas y de dar rienda suelta y desenfrenada a sus apetitos, instintos y pasiones más bajos y animalescos. Estamos, por ende, hablando, por un lado, del Hombre-Dios que, según el pensamiento Tradicional, se va bestializando paulatinamente y, por otro lado, del animal simiesco que, según uno de los subproductos de la modernidad –el evolucionismo-, progresa hasta convertirse en humano; y es que esta idea de ´progreso´ continuo emana de la concepción lineal que de la historia de la humanidad hace gala el mundo moderno.
Dentro de esta concepción marcada por la fuga hacia adelante debemos comprender la pretensión del historicismo, que considera al hombre como sujeto pasivo sin posibilidad de convertirse en creador de su propia historia -la de la humanidad-: sin posibilidad de ´hacer´ la historia. Esta última sería algo así como una entidad con ´vida´ autónoma cuyas nuevas manifestaciones no serían más que la consecuencia de su misma dinámica interna y en las cuales el ser humano no tendría ningún papel activo. La dinámica económica, social, cultural y política de un período histórico dado serían la lógica, e inevitable, consecuencia de la que aconteció en la etapa anterior .
El ´mito del eterno retorno´ o la doctrina Tradicional de las cuatro edades que una vez finiquitadas vuelven a repetirse podrían hacer pensar que el hombre transita por una especie de circunferencia cuyo camino siempre sería, lógicamente, el mismo, sin posibilidad de modificación; si esto aconteciera así nos hallaríamos ante un cierto fatalismo. Por este motivo, hay quien ha utilizado como soporte gráfico para mejor explicar esta manera de concebir la existencia el de la esfera en lugar del de la circunferencia, puesto que en la esfera se pueden trazar infinitud de circunferencias que corresponderían a las múltiples y diferentes concretizaciones espacio-temporales en que estas doctrinas y concepciones Tradicionales verían su plasmación en el terreno de la inmanencia. Así pues cualquier visión fatalista de la realidad queda descartada puesto que el transitar del hombre y de la humanidad no acontecen por un único camino prefijado con anterioridad e imposible de soslayar, sino que es el hombre quien le da forma a las etapas, a las edades, a los ciclos y a los contenidos cósmicos por los que debe atravesar. Y no únicamente por esto es por lo que se demuestra que, según los parámetros de la Tradición, es un ser activo sino que también deja bien patente dicha cualidad cuando desvaloriza el interés por su devenir histórico y convierte en puntal de su existencia su aspiración a desarrollar su Ser, su esencia metafísica, apoyándose, a menudo, en los rituales sacros que anual y cíclicamente se iban repitiendo en fechas determinadas.
Podemos también hacer recordar, como muestra y signo del ´sentir´ antifatalista del Mundo Tradicional, cómo el proceso de caída por el que va atravesando el hombre desde la Edad de Oro o Satya-yuga hasta la de Hierro, del Lobo, Oscura o Kali-yuga puede ser, aunque sea temporalmente, truncado por él, tal como se puede constatar con los llamados Ciclos Heroicos, en los cuales la casta de los guerreros supera su simple condición de poseedora de fuerza física, es decir, su sola condición humana para impregnarse de sacralidad y aspirar a la misma inmortalidad de los dioses y a la restauración del Orden de la Edad Primordial ante las fuerzas amenazantes del caos: así nos lo narran las sagas aqueas con los Hércules, Aquiles, Teseo,…y así nos lo cuentan los ciclos artúricos con el mismo Arturo y con sus Caballeros de la Tabla Redonda. Se trata de un intento contracorriente de restaurar la unidad del Hombre Primordial, del Hombre de los Orígenes cuyo cuerpo y cuya alma formaban un todo armónico con su espíritu; cuya llama divina e inmortal se hallaba todavía lejos de extinguirse. (1)

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Pero dejémonos de  tabúes y no hablemos de humildad, hablemos claramente de humillación. Ese hombre humillado por su creador bíblico no hará más que esperar pasivamente los tiempos por venir de la ´resurrección de la carne´, porque no posee la capacidad heroica de cambiar su incierto destino y de hacerse uno con el Ser (entre otras cosas porque no concibe albergar en su interior la llama de la Trascendencia). Ese hombre humillado será siempre un pesimista que aceptará con bíblica resignación el destino que le ha impuesto su dios y nunca pensará en rebelarse contra sistemas políticos antitradicionales, injustos, alienantes y explotadores.

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Se ha calificado al catolicismo como de cristianismo paganizado. Otros a éste lo denominan cristianismo helénico. En todo caso es este proceso “paganizante” ocurrido cuando el cristianismo conoce de lo jerárquico una vez institucionalizado, como religión, en los últimos siglos de vida del Imperio Romano, o reflejado en los ciclos iniciáticoguerreros artúricos o imperante en el germanizado -por cuanto a valores se refiere- Medievo, es este, decíamos, proceso “paganizante” el que ha hecho posible que el cristianismo, en algunos momentos de su historia, se haya alejado de escorias y lastres humanistas (sentimentaloides, pasionales, masoquistas,…), fatalistas, mesiánicos, evasionistas, igualitaristas y negadores de la posibilidad que tiene el hombre de llegar al Conocimiento y a la Identificación con el Principio Supremo, sin tener que conformarse sumisamente con el simple y pobre creer y sin tener que esperar (en una clara muestra de debilidad) a ayudas, gracias y perdones que vengan desde lo alto, en lugar de buscar -ese hombre- su Liberación interior por sí mismo y de llegar él a lo Alto. Digamos, con Evola, que el aire más Tradicional lo ha tenido el cristianismo cuando menos cristiano ha sido…

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No hay nada más antifatalista que los ciclos heroicos que forman -o formaban- parte consustancial de las cosmovisiones indoeuropeas. En estas sagas heroicas tenemos claros ejemplos de cómo el hombre es capaz de forjar su propio destino y ponerle frenos a la decadencia; o incluso, acelerar y/o provocar la aparición de nuevas eras áureas.

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Tener una concepción espiritual de la existencia no significa ponerse a ´mirarse el ombligo´ como el Buda gordo. Hace varias décadas, los Dioscuros, unos buenos intérpretes de la manera en la que Evola estudió la Tradición, redactaron una serie de escritos en los que, entre otros asuntos, dejaron bien diáfana la idea de que la Restauración de un Orden Tradicional (cuyos referentes siempre habrán de ser Superiores) no era posible con actitudes de tipo evasionista. Vamos, a continuación, a reproducir algunas de las líneas que ellos redactaron:
“…ni se llegue a un compromiso consigo mismos fingiendo encerrarse en una torre de marfil en la cual se espera el último derrumbe, el dicho justo sea en vez ´si cae el mundo un Nuevo Orden ya está listo´”.
“´Existe quien no tiene armas, pero el que las tiene que combata. No hay un Dios que combata por aquellos que no están en armas´. Tal es la invitación a la lucha dirigida por el maestro pagano Plotino”.
“Sólo del hombre y exclusivamente de él dependerán las elecciones futuras”.
“No hay justificación o comprensión, sino inexorable condena hacia aquellos que, teniendo las posibilidades no combaten y que por inercia se dejan abandonar en forma masoquista a un perezoso fatalismo”.
“Preparar silenciosamente las escuadras de los combatientes del espíritu para que, si y cuando los tiempos se tornen favorables, este tipo de civilización pueda ser destruida en sus raíces y ser sustituida con una civilización normal. Recordando siempre al respecto que los tiempos pueden ser convertidos en favorables y que el hombre es el artífice del propio destino”.
“No existe una condición externa en la cual no se pueda sin embargo estar activos por sí y para los otros”.
“Ha habido una indulgencia en femeninas perezas permaneciendo en la espera de lo que debe acontecer, casi como si se tratara de un buen espectáculo televisivo en el cual el espectador no está directamente implicado”.
“La espera pasiva y mesiánica no pertenece al alma occidental”.
“Verdad tradicional que justamente en la edad oscura son preparadas las semillas de las cuales surgirá el Árbol del ciclo áureo futuro, por lo que nunca, ni siquiera en la época férrea, la acción tradicional se perderá”
“El prejuicio materialista remite las causas de los acontecimientos únicamente a fenómenos de carácter natural. A tal obtusa concepción nosotros oponemos resueltamente la enseñanza según la cual cada pensamiento viviente es un mundo en preparación y cada acto real es un pensamiento
manifestado”.
“Nosotros encendemos tal llama, en conformidad con el precepto ariya de que sea hecho lo que debe ser hecho, con espíritu clásico que no se abandona ni a vana esperanza ni a tétrico descorazonamiento.

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(1) Estos cuatro párrafos han sido extraídos de nuestro escrito “Cosmovisiones cíclicas y cosmovisiones lineales” (https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/27/cosmovisiones-ciclicas-y-cosmovisiones-lineales/ )

Eduard Alcántara
eduard_alcantara@hotmail.com

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