Julius Evola. Septentrionis Lux


INTRODUCCION AL MISTERIO DEL GRIAL Y A LA QUINTAESENCIA DE EUROPA
noviembre 17, 2013, 6:23 pm
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Hablar del misterio del Grial es hablar del Misterio del Centro y de los Orígenes. Muy sucintamente -por cuestiones de espacio- resumiremos el cuadro situacional tradicional diciendo que una vez concluido el ciclo áureo (lo que implica una pérdida del estado primordial, expresado a su vez exteriormente en una desviación de eje terrestre), razas a su vez primordiales, impulsadas por los cambios que generaron la última glaciación, abandonaron la sede ártica (Airyanem-Vaêjô –“cuna de los arios”-, Cveta-dvipa o “Isla del Esplendor”, Thule, la Tierra de Apolo o Isla del Sol, entre tantas otras denominaciones) para asentarse en las tierras circumpolares cincundantes. En cuanto a la franja de tierras septentrionales euroasiáticas, no podemos dejar de considerar asimismo a la propia Escandinavia, que aun en la Edad Media fue conocida como vagina gentium, precisamente por haber alumbrado multitud de pueblos. Pero el principal asentamiento habría que ubicarlo en una tierra nórdico-atlántica (que muy bien podría relacionarse con la actual Groenlandia, la Grünes-land o “tierra verde” de las tradiciones escandinavo-germánicas, que hasta épocas relativamente recientes parece haber estado libre de los hielos) donde establecieron una segunda Thule, a imagen de la primordial. A partir de este momento, el simbolismo del Norte y del Occidente se fundirán y con-fundirán (Thule-Avalon, Jardín de las Hespérides…) y no sólo por razones geográficas, sino también –y sobre todo- metafísicas (luz que declina para poder resurgir, misterio de la transformación que posibilita recuperar el estado originario).
A lo largo de este segundo ciclo, diferentes oleadas migratorias (todavía durante el Paleolítico Superior) arribaron a ambos lados del Atlántico, resultando incontestable –por lo que a Europa se refiere- que el foco de dispersión tanto de las sorprendentes pinturas rupestres (en consonancia con los demás vestigios artísticos de los denominados “helenos del paleolítico”) como del más alto megalitismo, se sitúa en las costas nórdico occidentales. A su vez, desde la segunda Thule se continuó el avance migratorio hacia el Sur, ocupando un grupo de tierras más atlántico-meridionales (la Atlántida meridional o platónica, entendida como una gran “isla-continente” junto a un grupo de islas más occidentales) que abarcaban aproximadamente una franja comprendida desde las cercanías de la plataforma continental euro-africana hasta las actuales Antillas, donde entraron en contacto y se mezclaron paulatinamente con razas y mentalidades de origen meridional más arcaico.
Grandes convulsiones terminaron sumergiendo la mayoría de estas tierras atlánticas meridionales (la geología ha constatado grandes hundimientos de tierras en vastas áreas del Atlántico, fechándolos en unos 12.000 años), provocando al mismo tiempo un nuevo gran cambio climático planetario que supuso el fin de la glaciación de Würm, con el consiguiente aumento del nivel del mar en todas las costas continentales.
Un “mundo” había terminado, y una nueva corriente migratoria de supervivientes y de pueblos empujados por las nuevas condiciones de vida tiene lugar, esta vez predominantemente en la dirección Este-Oeste (en ambos sentidos, a ambos lados del Atlántico –donde la coincidencia de nombres es notoria: Tula, Tollan, Tlapallan e incluso Aztlan- donde ya debían existir previamente colonias atlantes como irradiaciones del foco -o focos- principal). En lo que a la corriente migratoria hacia el Este se refiere, diremos que se extiende especialmente (aunque no exclusivamente) por ambas vertientes de la cuenca mediterránea penetrando en el Oriente Próximo, dando lugar – dentro de su relativa heterogeneidad- a un tipo general de civilización de marcado carácter telúrico-lunar (la Luz del Sur), en ocasiones con acusados rasgos “titánicos” (como una especie de “herencia” de la involución implicada presumiblemente en las causas internas del cataclismo atlántico).
Sea como fuere, pueblos nórdico atlánticos –cuyas tierras de origen, aunque menos directamente, también se vieron afectadas por los cambios planetarios- llegaron a su vez a las costas nórdico occidentales europeas (como los Thuata de Dannan, tan ligados a la mitología -o más bien meta-historia- del Grial, quienes también tuvieron que enfrentarse a pueblos titánicos procedentes del mar), determinando una nueva corriente migratoria esta vez en sentido noroeste-sudeste, hacia Asia, como testimonia -entre otras cosas- la expansión del megalitismo dolménico, diferente del mediterráneo. Al mismo tiempo -junto con pueblos emanados directamente quizá de la citada civilización megalítica, como los denominados “pueblos del hacha de combate”- sucesivas oleadas de directa procedencia nórdica, los mismos que llegarían a ser conocidos como indo-arios, iranios, aqueos, dóricos, célticos, germánicos y latinos (pertenecientes todos al tronco general indo-europeo, estirpes de conquistadores que establecieron una jerarquía o sistema de castas de un significado a la vez espiritual y étnico) confluirían en el mismo escenario. Escenario donde tomará cuerpo el ciclo del Grial. El mismo que llegará a ser conocido como el mito europeo por excelencia.
En cuanto a este último, que es el tema que nos ocupa, diremos que presentando rasgos especialmente reconocibles asimismo en la tradición ario-irania, es sobre todo al ciclo mitológico irlandés al que nos debemos referir (algunos de cuyos recuerdos son concomitantes a su vez con ciertos episodios de los Eddas). En efecto, las más antiguas tradiciones narran la llegada a Irlanda de los misteriosos Thuata de Dannan (procedentes de Avalon, misterioso centro nórdico-atlántico), donde tuvieron que enfrentarse a pueblos de carácter titánico procedentes de los abismos del mar, como los Fomors y Fir Bolgs. No podemos dejar de reseñar, a todo esto, que la llegada de los Thuatas (la “raza divina”) a tierras europeas es del todo equiparable a la llegada de los Quetzalcoatls, Bochicas o Viracochas (aquellos misteriosos “dioses blancos” civilizadores) a las tierras situadas al otro lado del océano, procedentes todos de un mismo tronco. Una vez alcanzada la victoria, los Thuatas procedieron a establecer su reino supremo en Tara, en la región de Mide –Meadhon o Meath- , término ligado etimológicamente al latino medius (medio), es decir, la “tierra del medio”, análoga al Mitgard de las tradiciones germano-escandinavas. A dicho rey central estaban supeditados sus cuatro representantes, regentes a su vez de los cuatro tierras o reinos circundantes, correspondientes a los puntos cardinales, razón por la que Irlanda, Erin (o “isla verde” nuevamente), llegaría a ser conocida como la Isla de los Cuatro Señores, constituyendo así una imagen de la tierra central o polar de los orígenes, Thule o Avalon, y cuya tradición fue, en cierta medida al menos, heredada y continuada por los gaélicos (celtas irlandeses). Resonancias de todo esto las encontramos, por supuesto, en los “cuatro grandes reyes” de la India y el Tibet y de tantos otros lugares, de lo que nos limitaremos a reseñar un significativo ejemplo histórico: en el antiguo Perú, Cuzco era el centro tanto sagrado como político-social del Imperio, que se dividía en cuatro grandes regiones o provincias, gobernada cada una por un miembro de la familia real, que junto con el Inca regía todo el Tawantinsuyo, vocablo que en quechua significa literalmente la “Tierra de los Cuatro Cuartos”.
Y así como Irlanda fue configurada como una nueva imagen del Centro Supremo o tierra primordial perdida (indestructible sin embargo en su dimensión trascendente de arquetipo atemporal), la idea del rey central responde a la asunción de una función metafísica de carácter eminentemente rector y regulador, tal como aparece recogido en la figuración indo-aria del Chakravartî, el Señor de la Rueda y Rey de Reyes, desde cuya inmovilidad central hace girar la “rueda del mundo”, del Regnum, de la Ley, nos dice Julius Evola.
Nos encontramos así, en efecto, ante la idea, presente en las más diversas tradiciones, de un poderoso “Rey del Mundo”, cuyo reino trasciende todo reino visible. De una misteriosa residencia que reviste, en un sentido superior, un significado polar (el término Târa, en sánscrito, designa especialmente a la estrella polar; presente asimismo en ava-târa, “manifestación del polo”), axial, de centro inmutable representado como una tierra firme en medio de las aguas (imagen a su vez de lo cambiante), como una comarca sagrada e intangible, como una tierra luminosa o Tierra del Sol.
Este es el contexto en que toma plena carta de naturaleza el Rey Arturo (de Arcthos, oso -de donde procede el término ártico- , y vinculado a la constelación circumpolar del mismo nombre) y su simbólico reino, que se confunde con la tierra del Grial: una isla montañosa, una isla de cristal, una isla que gira sobre sí misma, una residencia rodeada por las aguas, un lugar inaccesible, una cumbre montañosa, un castillo solar, un monte salvaje (Montsalvatsche) y un monte de la salvación (Mont-Salvat). Si Inglaterra aparece como una especie de tierra prometida del Grial -continúa diciendo nuestro autor- y como el escenario donde se desarrollan sus principales aventuras, se debe a que la antigua toponimia celto-británica (al igual que sucede con Irlanda en la saga de los Thuatas) transfirió a esa tierra, especialmente a una parte de ella -Glastonbury = Glastig-beri, ciudad de cristal, o más bien Isla de Cristal (Ynis-Gutrin en bretón)- algunos recuerdos y significados referidos esencialmente al centro nórdico primordial.
Y del mismo modo que Merlin (Myrddhin), fiel compañero del Rey Arturo, es menos un personaje diferente del mismo que una representación del aspecto mágico y supramaterial del propio Arturo, la Tabla redonda responde a una imagen que reúne la totalidad del mundo, el terrestre como reflejo del celeste.
En cuanto al propio Grial como recipiente sobrenatural, que en algunos textos aparece como conquistado por Arturo al rey del “otro mundo” y en el que parece sintetizarse la centralidad trascendente del regnum mismo, se corresponde directamente con uno de los cuatro objetos mágico-sagrados traídos por los Thuata de Dannan desde su centro nórdico originario y que les otorgaron la victoria, siendo los otros tres una espada, una piedra y una lanza, estrechamente ligados a la función regia en su dimensión trascendente, y que también hacen acto de presencia en la saga artúrica. Por cierto que la extracción de una espada de la piedra (símbolo de fundamento) como designación sobrenatural del rey elegido, recuerda -por otra parte- un episodio de la saga germano-escandinava: Siegmund, padre de Siegfried (Sigfrido), arranca del “Arbol” una espada clavada que nadie podía arrancar.
Especialmente importante resulta asimismo el símbolo del “asiento peligroso”, reservado al “caballero elegido” o decimotercero, llamado a realizar toda una obra de restauración, emprendiendo la búsqueda de “lo que se ha perdido” (el Grial) a fin de reasumir la función suprema de centro, lo que implica una decadencia previa del reino de Arturo (al igual que en su momento había sucedido con el de los Thuatas). Tenemos así el tema de la Gaste Terre o “tierra devastada” y del “rey herido” o impedido que aguarda al “héroe de las dos espadas”, es decir, aquel que reunifica en sí mismo el poder sobre el mundo visible y el invisible tras vencer un peligro de carácter “titánico” o “luciférico”. El mismo que tras “haberse abierto con las armas” el camino hasta el Grial, es capaz de formular la pregunta decisiva, de poner el dedo en la llaga de la cuestión fundamental que da sentido a toda su gesta (sin la cual su fuerza heroica quedaría maldita) restituyendo a la realeza su poder. En suma, ¿para qué sirve el Grial? Muchas veces, en el momento de formular la pregunta, es decir, de sentir en modo viviente esta problemática, acontece el milagro del despertar, de la curación o de la restauración (todo ello en consonancia con el denominado “misterio de la sangre”).
Tenemos así que en la Edad Media europea afloró una vena de espiritualidad que se remonta precisamente a la tradición primordial en su aspecto regio, tomando forma especialmente a través de la literatura caballeresca por un lado, y de las figuras, mitos y sagas del “ciclo imperial” (Alejandro Magno, el Preste Juan, Ogier de Dinamarca, el “tercer Federico” …) por otro, revelando el conjunto una perfecta coherencia interna una vez reconocidas sus ideas-base, su verdadera naturaleza, carácter y orientación.
No podemos entonces dejar de señalar lo erróneo de la interpretación del misterio del Grial como un misterio cristiano. El cristianismo, en efecto, como punta de lanza de una oleada “asiatizante” ligada, en el mejor de los casos, a la Luz del Sur, reviste en la concepción evoliana el significado de colapso no sólo de la tradición romana, sino de toda la tradición occidental. En efecto, como bien apunta nuestro autor en otro lugar, el mayor milagro del cristianismo consiste en haber logrado afirmarse entre los pueblos europeos, incluso teniendo en cuenta la decadencia en que cayeron numerosas tradiciones de los mismos. Sea como fuere, resulta innegable que, pese a los intentos tardíos de cristianización -nunca consumada por otra parte-, los elementos cristianos que aparecen en la saga no detentan sino un carácter accesorio, secundario y de cobertura. Como acabamos de ver, para captar su auténtico contenido han de ser asumidos como punto más directo de referencia los temas y recuerdos conservados más que nada en la tradición céltico-hiperbórea.
En esencia, el Grial simboliza el principio de una fuerza trascendente inmortalizadora vinculada al estado primordial y que se mantuvo presente durante el período de la “caída”, involución o decadencia. Resulta significativo que en todos los textos los custodios del Grial y del lugar en el que el mismo se manifiesta no sean sacerdotes, sino caballeros, guerreros, y que además aquel lugar sea descrito no como un templo o una iglesia, sino como un palacio real o un castillo.
Llegados a este punto, podemos entender que el reino inaccesible e intangible del Grial representa ante todo un estado, al que se accede mediante un cambio de naturaleza. En este sentido, dicho reino –como Thule, la Isla Blanca o la Tierra del Sol- está siempre presente. De acuerdo a su naturaleza “polar”, el mismo permanece inmóvil. En consecuencia, no es que el mismo esté a veces más cerca y a veces más lejos de la corriente de la Historia, son los hombres y sus reinos los que pueden estar más o menos cerca de él.
Ahora bien, en un cierto período, el medievo gibelino pareció presentar al máximo dicha aproximación y ofrecer, por decirlo así, una materia histórica y espiritual de tal carácter que el reino del Grial habría podido pasar de oculto a manifiesto, y dar lugar a una realidad al mismo tiempo interior y exterior, como en las civilizaciones tradicionales de los orígenes. Sobre esta base se puede sostener que el Grial fue la coronación y el “misterio” del mito imperial, así como la suprema profesión de fe del alto gibelinismo.
En efecto, el Sacro Imperio Romano-Germánico constituyó una restauración y continuación del espíritu de la antigua Roma, cuyo colapso fue al mismo tiempo el del intento de volver a levantar, reorganizar y unificar a Occidente en conformidad con el símbolo imperial (expresión sensible de una centralidad metafísica). Dicha continuación hacia una (nueva) síntesis “solar” ecuménica implicaba, lógicamente, la superación del cristianismo, y por tanto, debía entrar en conflicto con la pretendida hegemonía que alegaba cada vez más la Iglesia de Roma.
El Medievo esperaba una restauración heroica, esperaba al héroe del Grial, al “héroe de las dos espadas” que hiciese posible que el Arbol Seco del Imperio volviese a florecer, que el jefe del Sacro Imperio Romano-Germánico se convirtiese en imagen o manifestación del mismo “Rey del Mundo”, haciendo brotar un ímpetu absoluto que venciese todo antagonismo, toda usurpación, todo desgarro, instaurando verdaderamente un nuevo orden solar.
La civilización ecuménica imperial y feudal del Medievo, más allá de su profesión meramente nominal de fe cristiana, ha de ser valorada sobre todo desde esta perspectiva. Y, como ya hemos dicho, ese despertar de una tradición heroica vinculada a una idea imperial universal debía suscitar fatalmente fuerzas enemigas y conducir finalmente al choque con el catolicismo. De ahí el drama del gibelinismo medieval, de la gran caballería, y en particular de la Orden del Temple.
Esta última, en efecto, prototipo de las órdenes ascético-guerreras que reflejaban el modelo de la caballería del Grial, y uno de cuyos cometidos principales (y velados) consistía en la preparación del advenimiento de un Mesías Imperial, encuentra ecos directos en el ciclo del Grial.
En Wolfram von Eschenbach, los caballeros del Grial son denominados Templeisen (“templarios”), si bien en su relato no figura para nada un templo, sino sólo una corte (ha sido justamente reseñado a este respecto que la descripción que Bernardo de Clairvaux en su Elogio de la nueva milicia templaria hace del Templo, con sus escudos, bridas, sillas de montar y lanzas, recuerda más a la del Valhalla nórdico-germánico que a la del templo veterotestamentario). En algunos textos, los caballeros-monjes de la “isla” misteriosa llevan el signo de los templarios: una cruz roja sobre fondo blanco. En otros, las aventuras del Grial toman una dirección típica de “ocaso de los dioses”: el héroe del Grial cumple, es cierto, con la “venganza” y restaura el reino, pero una voz celeste le anuncia que debe retirarse con el Grial en una tierra insular misteriosa. La nave que viene a buscarlo es la nave de los templarios: ostenta una vela blanca con una cruz roja.
Indudable resulta también, por otra parte, que la Orden detentaba una jerarquía iniciática interna en la que como condición para ser introducido en la misma (tal como se desprende con gran uniformidad no sólo de confesiones arrancadas con tortura, sino también de declaraciones espontáneas) el candidato debía abjurar de la cristolatría “pisoteando el crucifijo”. Esto, lejos de revestir tintes blasfemos, consistía más bien en una especie de prueba: había que demostrar la capacidad de superar una forma exotérica, simplemente religioso-devocional (fideísta) de culto.
Sea como fuere, con el ocaso del Medievo la tradición aflorada en el ciclo de las sagas aquí consideradas se retrajo nuevamente del escenario de la Historia. La misma prosiguió únicamente de modo subterráneo, a través de organizaciones secretas que, como arterias dispersas, pueden en cierta medida considerarse como herederos del Grial. Cabe citar en primer lugar a los “Fieles de Amor”, es decir, aquellos poetas (entre los que se contó Dante) cuyo lenguaje erótico tuvo muchas veces un significado simbólico e iniciático, además de conformar una organización secreta de carácter gibelino decididamente contraria a la Iglesia (quizás no privada de relación con el Temple mismo).
A continuación, el mismo Hermetismo (como “Arte Regia”) tal como se continuó tras la crisis del Medievo, cuya consecución del oro (sinónimo del Sol y el Rey) u “opus magnus” suele muchas veces presentarse bajo la forma de un rey que resucita.
Finalmente, la Orden Rosacruz (que no ha de ser confundida con los movimientos actuales que usurpan dicho nombre), misteriosa fraternidad que asimismo proyectaba una restauración de Europa y la llegada de un Imperator que habría de poner fin a toda usurpación, pero que en la vigilia de aquellos Tratados de Westfalia que dieron el último golpe a la residual autoridad del Sacro Imperio Romano-Germánico, se encerraron nuevamente en el silencio, volvieron a relegarse en la sombra (simbólicamente, los Rosacruces habrían “abandonado” Europa).
El último capítulo del presente libro atiende a una situación de singular importancia histórica, la “inversión de gibelinismo”, tomando en consideración los orígenes y el sentido de la masonería, organización que estuvo dotada de un carácter iniciático en sus inicios pero que, en forma paralela a su politización, ha pasado a obedecer a influencias antitradicionales para actuar finalmente como una de las principales fuerzas secretas de la subversión mundial.
Sea como fuere –y como concluye J. Evola uno de sus pequeños ensayos dedicados a la temática griálica- incluso en la fase más oscura de la Edad Oscura, sigue siendo vigente lo que los ascetas tibetanos dicen respecto de Shamballa, la ciudad sagrada del Norte, hacia donde concluye la “vía del Septentrión” o devayâna: “Ella reside en mi corazón”.

Javier M. Resurrección