Julius Evola. Septentrionis Lux


EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (XII): EL ASIENTO PELIGROSO
diciembre 10, 2013, 8:58 pm
Filed under: Espiritualidad, Metafísica, Metapolítica, Tradición

El Hombre de la Tradición es tal por haber operado en su interior cambios que han transformado su esencia. Los ha podido operar porque era portador de una potencialidad espiritual y de una “fortitudo” (fortaleza anímica y voluntad) especiales que hacían que pudiésemos considerarlo como un tipo de ´hombre diferenciado´ con respecto a la mayoría de sus congéneres. Los logros interiores que éste pueda obrar deben convertirlo en guía espiritual para un ´hombre común´ que, de este modo, sufrirá menos (a pesar de lo convulso de su psique no domesticada) y tenderá a accionar a sabiendas de la existencia de un Principio Superior y no abocando su vida al mero saciar de sus necesidades materiales.

El Hombre de la Tradición no pretenderá nunca que el ´hombre común´ intente transitar por los senderos iniciáticos transmutadores por los que él ha transitado, pues el duro descondicionamiento (léase nuestro “El Hombre de la Tradición (VIII): El descondicionamiento”) inicial por el que aquél ha pasado puede resultarle letal a un ´hombre común´ que, por su especial apego al plano físico de la realidad, no podría superar un existir en el que no pudiera continuar otorgándole el máximo relieve y el máximo valor a los vínculos morales, humanos y emocionales de los que se ha ido imbuyendo a lo largo de su vida. El desconcierto más total, la angustia más incapacitante y quizás hasta la locura podrían inhabilitarlo para siempre. Aunque, difícilmente, la inmensa mayoría de estos ´hombres ordinarios´ podría padecer dichas angustias existenciales pues hemos de tener en cuenta que su especial apego a lo meramente humano es tan fuerte que el, tan solo, intentar desasirse de ello le resultaría una empresa casi imposible.

Podríamos encontrarnos el caso de que entre la generalidad de este ´hombre común´ hallemos a unos pocos individuos especialmente voluntariosos y capaces, por ello, de culminar con éxito algunos (o todos) de los procesos descondicionadores que exige la ´obra al negro´ de la que habla la tradición hermético-alquímica. Pero si a estos pocos hombres de fuerte voluntad no les embarga un sentido Trascendente de la existencia les puede ocurrir lo que, tiempo atrás, comentábamos que, de buen seguro, le sucedió al filósofo alemán Fiedrich Nietzsche:

La tragedia existencial de Nietzsche estriba en haber ignorado el hecho Trascendente. Su ´Superhombre´ es aquel ser humano que se ha conseguido desprender de todo tipo de limitaciones, ataduras, ligazones, morales limitadoras, fobias y filias, sentimientos turbadores y pasiones cegadoras. En este momento, una vez depurada y vacía el alma de apegos y condicionamientos, podría aspirar a ir “sustanciándola” con las realidades metafísicas de tipo sutil y hasta con el Principio Supremo Inmanifestado, pero este renacimiento a lo Superior no le es posible por cuanto Nietzsche no concibe lo Metafísico. Así, pues, su ´Superhombre´ se encuentra -tras haber limpiado y vaciado su alma- sin puntos de referencia, sin soportes. No tiene puntos de referencia Superiores por los que guiarse ni puntos de referencia inferiores (los humanos) de los que se ha conseguido desapegar y sin los cuales se ha quedado como sin suelo bajo los pies. Se encuentra, pues, en tal situación, ante la nada existencial, ante un vacío que le empuja a una situación trágica; la misma a la que se vio abocado el propio Nietzsche”.

Por otro lado, mal hace aquél que sin haberse descondicionado prueba de acceder al plano Suprasensible de la Realidad haciendo valer técnicas como las que responden a la doctrina de ´cabalgar el tigre´, pues ayudarse de trampolines que son propios de la ´vía de la mano izquierda´ puede comportar un doble peligro: bien que el que dichos peligrosos trampolines (drogas, sexo, alcohol,…) no hagan más que catapultarlo hacia lo ínfero y destruirlo o bien que el que al no haber pasado por la previa nigredo (la ´obra al negro´) no se halle preparado para enfrentarse con una realidades (las de tipo sutil o la totalmente incondicionada propia del Principio Supremo) cuya primera sensación de ´vacío cósmico´ puede provocarle, por un lado, un desasosiego, una inquietud y hasta un pavor que le desestabilicen mentalmente de manera irremisible y, por otro lado, el no poder confrontar con cordura la pequeñez que le suponga la cotidianeidad de la realidad sensible después de haber contemplado la “magia”, la grandeza y la inmensidad de la Realidad Suprasensible; una grandeza espiritual que también podría cegar su entendimiento y alterar su juicio en el sentido dado por aquella figura literaria del ´fulminado como por un rayo´ que se utilizó, durante el Medievo, en el llamado ´ciclo del Grial´ y que aludía a aquél que tenía la osadía de sentarse en el asiento peligroso,que permanecía vacío en la Tabla Redonda que presidía el Rey Arturo, sin estar preparado para ello; esto es, sin haberse Iniciado (1) previamente en el camino de la transformación liberadora interior. Y es que no en balde “el fuego acrecienta la virtud del sabio y la perversión del perverso” (cita extraída del “Libro della clemenza”).

La certidumbre, expresada, sobre la peligrosidad de que una mayoría no apta ose aventurarse por alguno de los vericuetos del afanoso camino que al hombre diferenciado sí puede convertirlo en ´ariya´ (véase nuestro “El Hombre de la Tradición: el ariya”) queda bien expresada en este dicho extremo oriental que advierte que “no hay que seguir al Dragón en su vuelo por encima de las nubes.” Es por estos enormes riesgos por los que el Hombre de la Tradición no debe pretender el que todos sus congéneres lo sean también, sino que, por el contrario, a lo que éstos deben aspirar es a considerar a dicho Hombre como arquetipo en el que fijarse por tal de reordenar sus existencias ordinarias para, de este modo, no convertirse en pasto de sus más primarios impulsos y para no dejar nunca de sentir el latido de la Trascendencia.

Asimismo, el Hombre Despertado no debe tampoco transmitir al ´hombre común´ ciertas evidencias y ciertas certidumbres a las que ha llegado como consecuencia de la gnosis adquirida, ya que el conocer de las mismas puede alterar sus creencias religiosas con respecto a la verdadera “naturaleza” del mundo divino y puede llevarle a tal confusión (al no estar dotado de la capacidad de comprender la realidad del mundo Metafísico) que le aboque a darle la espalda al hecho Trascendente; para no entender, a partir de ese momento, más que de lo contingente, caduco y alienante.

La variabilidad y el deseo de cambio continuo y sin sosiego que caracterizan al hombre moderno y, aún más, al postmoderno (2) hacen aún menos recomendable que el ´hombre vulgar´ tenga acceso al conocimiento -aunque sólo sea teórico- de ciertas verdades (de corte esotérico) que todavía le atribularían y le desestabilizarían más en el marco de su característico inquieto deseo de búsqueda sin sentido y de cambio permanente y desnortado y que, además, le podrían provocar la osadía de ir a su encuentro; a su peligroso encuentro para un hombre no capacitado para asumirlas. Es por lo que Julius Evola nos recordaba la enseñanza hinduista de “que el sabio no turbe con su sabiduría la mente de los ignorantes”, para, acto seguido, advertir de que “venir a proponer ideas que son verdaderas, si acaso al nivel de un verdadero Liberado, a aquellos desorientados que, como los hombres modernos, tienen demasiados incentivos que los lanzan al caos y a la anarquía no es ciertamente una cosa sabia”.

Y es que aquél que no sea capaz de gobernarse a sí mismo debe seguir a los pocos que sí son capaces de gobernarse a sí mismos. Que el ´hombre ordinario´ no tenga la desfachatez de pretender encaramarse en lo alto (tal como ocurre hoy en día) de las jerarquías sociales y que fiel al principio de la fides (fidelidad) siga la estela que le marque el Hombre de la Tradición y -en palabras de Nietzsche- se convierta en siervo suyo:

¿Te dices libre? Quiero conocer los pensamientos que en ti predominan. Han sido muchos los que han expulsado de sí el último valor en el mismo momento en que dejaron de servir”.

NOTAS:

(1) Se pueden, al respecto, leer nuestras reflexiones recopiladas en el texto “La iniciación”: https://septentrionis.wordpress.com/2010/04/11/la-iniciacion/

(2) Este hombre postmoderno no sería más que el ´hombre fugaz´ del que reflexionábamos, en los siguientes términos, en nuestro ensayo “Evola y el fatalismo”: “Si la Edad de Oro equivale al Mundo de la Tradición Primordial y puede ser calificada como la Edad del Ser y de la Estabilidad (de ahí su mayor duración) las restantes edades comportan la irrupción de un mundo moderno que puede, a su vez, serdenominado como mundo del devenir y del cambio(de ahí la cada vez menor duración de sus sucesivas edades). En verdad, no en balde, se puede constatar que en los últimos 50 años la vida y las costumbres han cambiado mucho más de lo que habían cambiado en los 500 años anteriores. Los traumáticos conflictos generacionales que se sufren, hoy en día, entre padres e hijos no se habían dado nunca en épocas anteriores (al menos con esta intensidad) debido a que los cambios en gustos, aficiones, hábitos y costumbres se sucedían con más lentitud. Los cambios bruscos, frenéticos y continuos propios de nuestros tiempos han dado lugar a lo que Evola definió como el hombre fugaz. Hombre fugaz que es el propio de la fase crepuscular por la que atraviesa la presente Edad de Hierro, caracterizada (esta fase) no ya por la hegemonía del Tercer ni del Cuarto Estado o casta (léase burguesía y proletariado) sino por la del que, con sagacidad premonitaria, Evola había previsto, pese a no haber vivido, como preponderancia del Quinto Estado o del financiero o especulador propio del presente mundo globalizado, gregario y sin referentes de ningún tipo. Este sujeto hegemónico en el Quinto Estado equivaldría al paria de las sociedades hindúes que no es más que aquél que ha sido infiel, innoble y disgresor para con su casta y ha sido expulsado del Sistema de Castas para convertirse en alguien descastado y sin tradición ni referentes. Elhombre fugazno se siente jamás satisfecho, vive en continua inquietud y convulsión. Su vacío existencial es inmenso y nada le llena. Intenta distraer dicho vacío con superficialidades, por ello su principal objetivo es poseer, tener y consumir compulsivamente. Cuando consigue poseer algo enseguida se siente insatisfecho porque ansía poseer otra cosa diferente, de más valor económico o de mayor apariencia para así poder impresionar a los demás. Y es que el mundo moderno es el mundo del tener y aparentar, en oposición del Mundo Tradicional que lo es del Ser. Estehombre fugaz se mueve por elaquí y ahora, pues lo que desea lo desea inmediatamente, no puede esperar. Su agitación no le permite pensar en el mañana.

El politólogo Francis Fukuyama habló del fin de las ideologías (la llamadapostmodernidad), bien que pensando que con el fin del comunismo en el poder, escenificado con la Caída del Muro de Berlín, se rendía el orbe a las excelencias del capitalismo liberal. Aunque más bien el mundo caía en manos de los caprichos del capitalismo financiero, alma de la globalización. Las ideologías que surgieron como consecuencia de los efectos nefastos que acarreó la Revolución Francesa habían quedado relegadas a un muy segundo lugar. Un cierto altruismo que aún conservaban los adalides del liberalismo y del marxismo cuando más que pensar en sus satisfacciones personales pensaban en un futuro (al que más que probablemente ellos no llegarían a conocer) de paraíso liberal (con provisión ilimitada de bienes de consumo) o comunista (con el triunfo definitivo del proletariado y la desaparición decualquier superestructura), ese cierto altruismo, decíamos, quedaba defenestrado con el fin de las ideologías y el advenimiento del Quinto Estado con la hegemonía del hombre fugaz egoísta e individualista por antonomasia.” (https://septentrionis.wordpress.com/2010/08/19/evola-frente-al-fatalismo/ )

eduard_alcantara@hotmail.com