Julius Evola. Septentrionis Lux


RESEÑA DE “LA TRADICIÓN GUERRERA DE LA HISPANIA CÉLTICA”, DE GONZALO RODRÍGUEZ

Hemos tenido el privilegio de poder leer la tesis doctoral, aprobada como no podía ser de otra forma, de nuestro coforista Gonzalo Rodríguez, que lleva por título “La tradición guerrera de la España céltica” y que no tenemos por menos que loar. Le agradecemos profundamente a Gonzalo el que haya tenido a bien el ponérnosla a nuestra disposición pues se trata de un excepcional trabajo metódico, completo, riguroso, exhaustivo y embebido de óptica Tradicional.

El autor ha tratado sobre el origen de los distintos pueblos protoceltas y celtas de la Península Ibérica, ha establecido las semejanzas y las diferencias entre ambos grupos de pueblos (lusitano-galaicos y celtíberos), ha diseccionado la estructura socioeconómica del mundo celta hispánico y ha sabido reconocer, como no le habíamos leído a ninguno otro historiador, los principales puntos de referencia de la cosmosivión celta: a saber, el de unas gentes -los celtas- vertebradas en torno a un modo de vida y a un tipo de existencia guerreros (bajo valores como el heroísmo, el honor, el coraje, la fidelidad o la jerarquía) pero cuyo campo de acción no se agota en el ejercicio de las armas sino que se eleva, a través de dicho ejercicio, hacia la conquista de la Eternidad (o, como dice nuestro autor, la Inmortalidad). Hablamos, siguiendo con Gonzalo a Georges Dumézil, de sociedades -como todas las indoeuropeas Tradicionales- tripartitas en las que, obvio resulta señalarlo, también existe un estamento productivo situado en la base de la pirámide social (con especial apego a determinadas divinidades relacionadas con lo ctonio), pero en las que en la cima de la pirámide se eleva la casta dirigente-sacral (cuya cabeza es el príncipe o rey-sacros) compuesta por una aristocracia guerrera investida de la fuerza de lo Alto y que Inicia en Ello a los guerreros que se les han consagrado a través de una devotio (hacia esos jefes) que -para que nos hagamos una idea diáfana de su significación- no entiende de la supervivencia de los devoti si su jefe sacral ha fallecido en combate. Como segundo estamento se hallarían los guerreros sin potencialidad destacada para Iniciarse en los caminos de la transformación ontológica Liberadora.

Gonzalo nos habla de la existencia de ritos de Iniciación que hacían del guerrero devoti un transformado en vida cuyo destino, tras el deceso, era el de la Inmortalidad (si es que ésta, señalamos nosotros, no se había conseguido, en algunos devoti, ya en vida). Una Inmortalidad que para el caído en combate al que, por esto, le había llegado la mors triumphalis no diferiría, al decir de nuestro coforista, del destino deparado a aquellos guerreros, de acuerdo a las certidumbres del norte de Europa, que muertos en combate pasaban al Walhalla para formar parte de las huestes celestiales –einherar– del mismísimo Odín y aguardar a la definitva lucha aún por venir entre las fuerzas de lo Alto y las de lo ínfero.

Los ritos de iniciación guerrera corrían pues muy unidos, en muchos casos, a ritos de Iniciación metafísica en el seno de esas ´sociedades de hombres´, fratrías o mannërbunde tan comunes al mundo indoeuropeo Tradicional. Ritos de Iniciación que podríamos hacer comenzar con ese ver sacrum, o ´primavera sacra´, que aguarda a los jóvenes que debían de convertirse en hombres -a través de toda una serie de pruebas de carácter guerrero- y que debían, también, transmutar su misma condición ontológica. Esas ´sociedades de hombres´ -nos sigue explicando Gonzalo Rodríguez- estaban organizadas en torno a las jefaturas, tan propias -y no sólo- del mundo celta hispánico. Jefaturas cuyos jefes eran receptores de la fides -la devotio hispánica de parte de los miembros de esas fratrías. Devotio que tras la integración de esos pueblos celtas hispanos en el seno del Imperio Romano se fue enfocando, casi de una forma natural, hacia la figura del Emperador, pues éste, al igual que los jefes de las ´sociedades de hombres´ (y, cómo no, de sus príncipes y reyes en el mundo celta) también estaba revestido de un especial prestigio fruto de su función, y hasta de su mismo ser, sacral y de su papel pontificial como nexo de unión entre los hombres y la Trascendencia.

Nuestro coforista nos refiere sobre la concepción, en el seno del mundo celta, de dos planos invisibles de la realidad: el ´más allá celestial´ y el ´más allá telúrico´. El primero es asimilable al mundo Superior y es al que se accede una vez el Iniciado ha dominado sus vínculos y pulsiones condicionadores -primarios, psíquicos: sentimentales, emocionales, pasionales,…- y se ha convertido en ´señor de sí mismo´; en el Gran Autarca que apuntaba Julius Evola allá por los años ´20 de la pasada centuria. Una vez superado lo cual (una vez superada la ´obra al negro´ o nigredo de que nos habla la la tradición hermético-alquímica) el Iniciado accede, de forma definitiva, al conocimiento del plano sutil metafísico de la Realidad y es capaz, incluso, de activarlo en su fuero interno (sería el equivalente a la ´obra en blanco´ o albedo). Más aún, tras estos logros, puede aspirar a la Gnosis de lo Inmanifestado que se halla más allá incluso del plano sacro-sutil de la realidad y puede, paralelamente, aspirar a Despertar en su mismo interior ese Principio Supremo y Primero Inmanifestado Eterno e Indefinible que anida en él y aspirar, así, a Espiritualizar e Inmortalizar su alma (´obra al rojo´ o rubedo), que ya fue purificada de escorias psíquicas y condicionadoras tras la superación de la nigredo.

El segundo plano invisible de la realidad, el ´más allá telúrico´, lo asimila Gonzalo al conjunto de fuerzas -utilizando el léxico por él empleado- ´preternaturales´ que no se hallan más allá del ciclo de la generación, que no pueden -por tanto- posibilitar la Liberación metafísica del hombre, sino que integran la realidad del sâmsara, del devenir (opuesto al Ser y a lo Eterno), que se refieren a la ´vía de los antepasados´, o pitra-yâna, que es el destino que, tras la muerte física, le queda al común de los mortales: el de que el ´genio´ que de su clan era portador (que pasa a formar parte de cada ser humano desde el mismo momento de su concepción) se vuelva a integrar en los miembros de su mismo conjunto familiar, clan, gens o sippe, ya nacidos o en el momento de ser concebidos, para seguir dándole la impronta especial común que caracteriza a cada uno de los integrantes de cada clan. No se supera, pues, en esta ´vía de los antepasados´ la rueda del devenir. Las divinidades que al decir de Gonzalo son veneradas por parte de la tercera casta -la productiva- en el mundo celta hispánico son de naturaleza ctonia, telúrica, asociadas a la Tierra, a la vegetación, a los manantiales, a las fuentes y muchas de ellas de carácter femenino. Aunque también señala nuestro autor que ciertos demons y totems son ritualmente activados en las iniciaciones guerreras -segunda casta- a que son sometidos los jóvenes por tal de suscitar y hacer en ellos presente la energía telúrica propia de ciertos animales como el oso (tal como ocurría entre los temibles guerreros berserkers del mundo vikingo) o el lobo con el objetivo de despertar en estos jóvenes guerreros la ferocitas o la furia necesarias para el combate.

No está de más señalar que el Iniciado en la realidad metafísica y Superior -en el ´más allá celestial´- (primera casta) superará el ´más allá telúrico´ (y se descondicionará de él) que se le hubiera podido inocular en esas ceremonias de juventud de iniciación guerrera, pues incluso en el seno del fragor de la batalla no necesitará de esos aportes telúricos para mostrar arrojo y valor, ya que estamos tratando con un ser que ha superado todos sus pavores, traumas y miedos con la culminación de la ya mencionada nigredo u ´obra al negro´.

Sin duda ese ´más allá telúrico´ que nos disecciona brillantemente Gonzalo en su tesis doctoral es un lastre que el mundo celta hispánico en particular, el mundo celta en general y aun todo el mundo indoeuropeo arrastraba en aquella época porque, no lo olvidemos, debemos considerar que, de acuerdo a la ciclología Tradicional, los pueblos de origen boreal transitarían ya -en la época objeto de estudio-, seguramente, por los inicios de la Edad de Hierro o kali-yuga y aunque los dichos pueblos -la antigua Roma incluida- protagonizaron un ´ciclo heroico´ de intento de vuelta a los parámetros existenciales y de weltanchaaung de la Edad de Oro o Satya-yuga desgraciadamente, con el paso del tiempo, fueron contaminándose con efluvios propios de etapas descendentes y con las influencias de pueblos de esencia definidamente telúrica. No obstante lo cual mantuvieron -y cerniéndonos en específico a los celtas hispánicos objeto de este trabajo- vivos los ejes básicos y los pilares primordiales de la Tradición.

Excelente trabajo el de Gonzalo Rodríguez culminado con una lista del léxico específico empleado a lo largo de la obra y, obviamente, del significado del mismo, culminado, asimismo, con un extenso resumen de los aconteceres políticos-militares en la España celta desde el momento de la irrupción de cartagineses y romanos en la Península Ibérica hasta el fin de las última guerras (las cántabras,…) entre celtas hispanos y Roma y la inclusión de Hispania en el orbe romano y culminado, finalmente, con un aporte sobre el papel de los guerreros celto-hispanos a las legiones romanas, primero como tropas auxiliares y finalmente como integrantes de pleno derecho de las mismas legiones a lo largo y ancho de todo el Imperio romano.

Nuestro brillante coforista ha bebido de una amplísima bibliografía y ha sabido enfocar el conjunto de todos los datos e ideas aportados por tantos autores hacia la presentación de una sociedad, como la celta hispana, penetrada por los fundamentos propios de una sociedad de carácter Tradicional, en una línea totalmente coincidente -´vía heroica de la acción´- con la que nuestro gran intérprete, de referencia para nosotros, de la Tradición, Julius Evola, nos presentó a lo largo de su valiosísima e imprescindible obra.

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

 

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