Julius Evola. Septentrionis Lux


RESPUESTA A UNA INSISTENCIA SOBRE LO ABSURDO
marzo 7, 2014, 2:25 pm
Filed under: Ética y valores, Espiritualidad, Metafísica, Tradición

El sr. Julián Ramírez, secretario de un centro pretendidamente “evoliano” situado en la Argentina, ha firmado recientemente un documento en el que nos acusa de falsificadores y de sostener “posturas absurdas” en lo que al pensamiento tradicional evoliano se refiere, apoyándose mayormente en el cáp.XI de El Camino del Cinabrio. Pues bien, la endeblez (y mala voluntad) de las acusaciones es tal, que basta referirse al mismo capítulo del Cinabrio para refutarlo.

 

Ni somos meros racistas “biológicos” ni hemos presentado a Evola como tal. Siempre hemos concebido la “raza” en un sentido superior (es decir, como la sustancia humana más profunda y originaria) y en conformidad con la imagen tradicional del hombre entendida como una tri-unidad de corpus, anima y pneuma (o espíritu). Por supuesto que nadie duda que de la jerarquía de derecho existente entre los tres componentes del hombre deriva la preeminencia de la raza interior respecto de la externa; pero no es menos cierto -y es en lo que siempre hemos insistido- que la “pureza” racial se tiene cuando las tres razas concuerdan en armonía, expresándose la una, vislumbrándose la otra (p. 159 del citado capítulo).

 

Que el factor biológico (y cultural) ha de ser tenido en cuenta, lo confirma el propio Evola en el mismo capítulo (en referencia al Manifiesto de la Raza italiano aparecido en 1938) con las siguientes palabras: Por cierto que en Italia el racismo no tenía antecedentes de importancia, ello también a causa de los antecedentes históricos de tal nación, y ni siquiera encontraba allí un lugar propicio. Sin embargo fueron motivos intrínsecos suficientemente legítimos los que determinaron tal giro. Sobre todo como consecuencia de la creación del imperio africano y los correspondientes nuevos contactos con los pueblos de color, se imponía un refuerzo del sentimiento de distancia y de la conciencia de la propia raza en sentido genérico, para prevenir peligrosas promiscuidades y tutelar un necesario prestigio. Esta misma había sido por lo demás la línea seguida rígidamente hasta ayer en Inglaterra, línea que en donde hubiese sido mantenida por los pueblos blancos habría convertido en imposible el desencadenamiento de rebeliones “anticolonialistas” de las cuales, como por una justa Nemesis, tras la Segunda Guerra Mundial, la Europa desfalleciente iba a padecer las deletéreas consecuencias (p. 157). Ni que decir tiene que esto sigue siendo (y hoy más que nunca), en lo que a la afluencia masiva de población extraeuropea se refiere, de una rabiosa actualidad.

 

Por supuesto que -por otra parte- nadie pone en tela de juicio que las causas primeras de la “caída” son internas, pero no es menos cierto que los cruces raciales actúan como el principal catalizador de la misma. De esto, como muestra basta un botón (en los textos de Evola): Por lo cual sería incluso posible considerar un significado de catarsis también racial para las disciplinas (ascéticas) en cuestión, dado que, como se ha recordado, aquellos elementos de estilo los volvemos a encontrar en los orígenes como naturales en un tipo superior, que factores varios, y en primer lugar los cruces, han sucesivamente alterado y hecho decaer (Doctrina del Despertar, cáp. IV de la 2ª parte).

 

Es cierto que, si la raza interior es lo suficientemente fuerte, la presencia de un elemento externo (especialmente deseable si el mismo pertenece a otra rama del mismo tronco racial) introducido por el cruce puede actuar como un desafío y tener un efecto galvanizador; lo cual no es una norma, sino algo aplicable -a decir de Evola- al caso de ciertas estirpes aristocráticas que tienden a la degeneración a consecuencia de un largo régimen de endogamia (cuyo peligro más evidente sería, evidentemente, el de llegar a promover cruces entre individuos con algún grado de parentesco).

 

Sea como fuere, insistimos una vez más en que se hace necesario llegar a la fase más oscura de la Edad Oscura para sucumbir a las imperantes fuerzas disolventes y solidarizarse con el impulso de global “uniformidad”, racial incluida (el “caos étnico” siempre ha sido considerado un síntoma de un estado de crisis general, pero nunca en las proporciones actuales), a tenor de -por citar un sólo ejemplo- el siguiente texto del Vishnu Purana, Libro VI, cáp. I: Los hombres del Kali Yuga pretenderán ignorar las diferencias de raza y el carácter sagrado del matrimonio (que asegura la continuidad de una raza)… Durante el Kali Yuga, hombres de cualquier origen se casarán con mujeres de cualquier raza…. Ya no se respetará más el linaje de los antepasados…

 

Está claro asimismo que la concepción de “raza interior”, al remitirse al dominio espiritual es, por eso mismo, supraindividual por definición, casi -al decir de Evola- como una “idea” platónica, aun si empíricamente la misma puede aparecer y reencontrarse en primacía en una determinada raza física, en una determinada estirpe o pueblo. Ahora bien, en Rebelión contra el Mundo Moderno (cáp. IV de la 2ª parte), en un análisis magistral del devenir de los ciclos del mundo a la luz de una METAFISICA DE LA HISTORIA, Evola nos dice que la expresión más directa de dicha primacía de un principio espiritual, axial, aúreo, se encuentra en aquellas estirpes de directa procedencia hiperbórea: Mientras tanto, ya antropológicamente debe considerarse en las razas derivadas de la originaria estirpe boreal un primer grupo que se diferenciara por idiovariación, es decir, por una variación sin mezcla, grupo compuesto prevalecientemente por las oleadas de la más directa derivación ártica y que finalmente aparecerá en las varias venas de la pura raza aria; a continuación, un segundo gran grupo diferenciado por mixtovariación, es decir, por mezcla con razas aborígenes del Sur o Mediodía, con razas protomongólicas y negroides y otras que probablemente fueron los resíduos degenerados de los habitantes de un segundo continente prehistórico desaparecido, situado en el Sur, designado por algunos como Lemuria.

 

Pues bien, considerada a continuación -en la misma obra- esta cuestión a la luz de una MORFOLOGIA DE LAS CIVILIZACIONES tenemos que se ha de distinguir, en síntesis, un gran grupo portador de la Luz del Norte (cuya expresión histórica más directa la encontramos en los pueblos indoeuropeos, de directa ascendencia circumpolar y paleo-boreal -es notorio a este respecto el estudio publicado por Tilak- y detentadores por tanto, al menos en principio, de toda su potencialidad) y otro gran grupo, signado por la mezcla, que procedente de Atlántida Meridional se extendió básicamente por ambas márgenes del Mediterráneo y el Próximo y Medio Oriente, portador en el mejor de los casos, de la denominada Luz del Sur. Esta última caracterizada -a decir de Evola- por la destrucción de la síntesis aria entre espiritualidad y virilidad; encontrándose por un lado una afirmación crudamente material y sensualista, o bien ruda y ferozmente guerrera (asirios), del principio viril, y por el otro, una espiritualidad desvirilizada, una relación “lunar” y prevalecientemente sacerdotal frente a lo divino, el pathos de la culpa y la expiación (o al menos una relación de remisión y distancia de la “criatura” frente a su Creador) y un contemplativismo evasionista, en ocasiones de base naturalista-matemática.

 

Axiomático resulta pues que la Tradición en sentido eminente, la Tradición Primordial, es de origen nórdico (hiperbóreo). En este contexto, el Norte detenta un significado no tan sólo geográfico, sino sobre todo -y al mismo tiempo- metafísico (simbolismo del Centro y del Origen). De ahí que las razas portadoras de la Tradición Primordial (Luz del Norte) sean al mismo tiempo de filiación nórdica (Airyanem-Vaêjô o “cuna de los arios”), y que el término sánscrito âriya sea concomitante con la noción de excelencia (areté). En su más alta acepción (Evola dixit) dicho término comprende en primer lugar el ideal de una alta pureza biológica y una nobleza de la raza del cuerpo; en segundo lugar, la idea de una raza del espíritu de tipo solar, con rasgos simultáneamente regios y sacros.

 

En efecto, el símbolo ario es solar, en el sentido de una pureza que es fuerza y de una fuerza que es pureza, de una naturaleza radiante que tiene la luz en sí misma. Fue propio de los âriya una actitud afirmativa y heroica frente a lo divino. Tras sus símbolos mitológicos, recabados del cielo resplandeciente, se escondía el sentido de la “virilidad incorpórea de la luz” y de la “gloria solar”, es decir, de una virilidad espiritual victoriosa. En relación a ello, los arios tuvieron como ideal característico más el regio que el sacerdotal, más el guerrero de la afirmación transfigurante que el del devoto abandono, más el del ethos que el del pathos. Sobre esta base, la idea del regnum tenía un carácter sacro, así como también universal (Imperium, reflejo histórico del centro metafísico concebido como el dominio del “Señor del Mundo”). En su conjunto, se trata de un clasicismo del dominio y de la acción, de un amor por la claridad, por la diferencia y por la personalidad, de un ideal olímpico de la divinidad y de la supra-humanidad heroica, junto a un ethos de la fidelidad y del honor, lo que caracteriza al espíritu ario.

 

Por otra parte, que los términos “comunidad blanca”, “aria” o “indoeuropea” son sinónimos obtiene confirmación por parte de Evola (entre tantos otros lugares) en la pág. 162 del mismo Cinabrio (en referencia a su obra Síntesis de la doctrina de la raza), a propósito de que, una vez reconocidas unidades elementales en el seno de dicho tronco (raza mediterránea, nórdica, dinárica, eslava, etc.), y así como en Alemania la raza con derecho a predominar y dejar su huella en el resto de la nación es la nórdico-aria, en Italia la indicada para ser reconocida como raza central y guía sería la denominada ario-romana, una vez purificada y rectificada (sobre todo como actitud y modo de sentir y reaccionar) respecto del componente “mediterráneo”. El problema de la élite se definía como el de una clase dirigente que, además de tener autoridad, prestigio y poder para su función, se presentara como la encarnación de un tipo de humanidad superior, posiblemente en la plenitud propia de una unidad de raza interna y de raza externa (pág. 163). Sabemos que a continuación, y desgraciadamente, la Guerra se perdió, y se volvería mortalmente peligroso insistir en dichas temáticas, amén del descenso generalizado (y “uniformista”) de nivel acaecido mundialmente tras la misma.

 

Lo que no impide a Evola seguir reconociendo, incluso en el “racismo histórico”, una instancia antiigualitaria en la que es reafirmado el principio de la diferencia: diferencia tanto entre las distintas estirpes y pueblos, como entre los elementos de un mismo pueblo… El mismo se oponía a la ideología iluminista-democrática que proclamaba la identidad y la misma dignidad de todo ser que tenga semblante humano (pág. 160). A esto hemos de añadir que el término ario, si bien es cierto que originariamente era sinónimo de dvija (en sánscrito, “regenerado” o “nacido dos veces”, una por nacimiento natural y la otra por sobrenatural -iniciación-), no es menos cierto que el mismo detentaba asimismo un significado espiritual, aristocrático y racial, y que así como todo aquello que encuentra cauce de expresión en el seno de la Manifestación está signado por cualidades diferenciadoras, cada tipo racial está caracterizado por potencialidades internas definitorias susceptibles de actualizarse a través de las vías y vocaciones espirituales que le son propias (Luz del Norte y Luz del Sur en primera instancia, en lo que a nosotros atañe, dejando de lado las naturalezas chamánico-totémicas y/o animistas). Indudable resulta asimismo que, a diferencia del catolicismo como ejemplo de religión “universalista”, Evola afirma sostener una doctrina que también sobre el plano del espíritu afirma el principio de la desigualdad de los seres humanos (Cinabrio, pág. 165).

 

Por todo esto, y en resumidas cuentas, nosotros, como europeos, simplemente reivindicamos nuestro derecho y consideramos nuestro deber seguir una vía tradicional acorde con nuestra naturaleza y vocación, de carácter activo-heroico (Luz del Norte, en la que se enmarcan -por cierto- todos los lineamientos operativos aparecidos a lo largo de la obra evoliana); al tiempo que reconocemos y recomendamos para otros grupos humanos, en conformidad con su resultante definitoria e interna potencialidad, lo propio.

 

Por cierto que ocuparse del tema de la raza implica penetrar en el dominio de lo contingente, debido a la dimensión psico-física en que ha de manifestarse la raíz espiritual y sin la cual no podría hablarse propiamente de “raza”, pero eso no significa que ocuparse de la Doctrina de la Raza (en el sentido integral apuntado más arriba) obedezca a una pura contingencia, como parece que se nos quiere hacer creer.

 

Tratar de ver como “contingente” lo escrito por Evola a este respecto implicaría encasillar bajo ese epíteto no sólo escritos clave como Síntesis de la Doctrina de la Raza, sino también obras tan fundamentales como Rebelión contra el Mundo Moderno (continuamente revisado y puesto a punto por nuestro autor a lo largo de su vida, y donde la distinción entre la Luz del Norte y la Luz del Sur en relación a las diferentes razas y civilizaciones constituye uno de los ejes fundamentales de la misma), La Doctrina del Despertar (y la arianidad de la misma en su doble vertiente racial y espiritual), o El Misterio del Grial, por citar sólo algunas, amén de innumerables artículos y ensayos aparecidos en diferentes medios.

 

Para terminar, y en relación al “fundamentalismo islámico” (y por extensión al catolicismo, ambas netas expresiones de la Luz del Sur, o religiosidad lunar-fideísta) declaramos una vez más que el dominio iniciático (esotérico-realizador) y el religioso (exotérico-fideísta) pertenecen a órdenes diferentes, y que en todo caso lo menor debe ser dependiente de lo mayor y no a la inversa. El propio Evola se erige como un claro ejemplo de esto último, pues jamás a lo largo de toda su vida se refugió bajo el palio de absolutamente ninguna forma religiosa. Proscribe explícitamente la “necesidad de un exoterismo tradicional”, tanto más cuanto que afirma que no existen formas positivas (religiosas) dadas que tengan un sentido y una verdadera legitimidad en la cual hoy nos podamos apoyar, y que una “sacralización” de la vida exterior y activa puede acontecer sólo sobre la base de una libre y auténtica orientación interior hacia la trascendencia (inmanente), y no ya hacia uno u otro precepto moral o religioso. Y advierte expresamente contra los “conformismos tradicionalistas” que derivan de adheririse a los exoterismos o religiones, cualesquiera que éstas sean (El Camino del Cinabrio, cap. XIV).

 

En cuanto a la ilusoriedad de presentarnos a los países árabes como baluarte de la Tradición, en el mismo capítulo del Cinabrio leemos: Y si en el islam no puede negarse la presencia de algunos centros iniciáticos sufíes, esta presencia no impide para nada que los países árabes “evolucionen” ya en forma irresistible en el sentido modernista, progresista y antitradicional (pág. 217).

 

Sobre supuestas alianzas católico-islámicas capaces de actuar sobre el “mundo moderno” y modificar de alguna manera la situación general del mundo, Evola declara claramente y sin ambages, remitiéndose a su experiencia y a una concepción realista de la situación en general, su convencimiento de que nada puede hacerse para provocar una modificación de relieve en dicha situación, para actuar sobre procesos que tras los últimos derrumbes, tienen ya un curso desenfrenado (pág. 207).

 

Los que conocen realmente su obra saben muy bien que Evola luchó toda su vida por promover el renacimiento de la arianidad del espíritu indoeuropeo, que por muy decaído que hoy día pueda externamente parecer, encierra en sus potencialidades internas definitorias la capacidad de despertar y actualizarse -como hemos dicho más arriba- a través de las vías y vocaciones espirituales que le son propias. Es más, diríamos que éste es precisamente el rasgo característico definitorio de la concepción evoliana frente a otros tradicionalismos “universalistas” de carácter lunar-contemplativo, y tratar de despojar a su doctrina (entendida como una actualización contemporánea de los contenidos de la Tradición Primordial) de todo lo que implican sus referencias a la Luz del Norte y a la Luz del Sur, sin ir más lejos (por no hablar de la pretensión de conducir su operatividad al terreno de la religiosidad, ya sea católica o islamista “fundamentalista”), equivaldría a toda una mutilación manipuladora de la obra de nuestro autor, y a reducir al mismo -y quizá sea mucho decir- a una especie de “Schuon” más, con la diferencia, eso sí, de pretender no necesitar de una filiación iniciática regular -en el caso de los “católicos” al menos, al carecer totalmente de la misma-, en la que tanto insisten este tipo de autores.

 

Incalificable nos parece asimismo, en este orden de cosas, la insistencia de estos señores “evolianos” en calificar de “acto heroico” hechos tales como los “atentados” a las torres gemelas (independientemente de la opinión que cada uno pueda tener acerca de la verdadera naturaleza de los mismos). Los mismos señores que no dudan en calificarnos a nosotros, simplemente porque no vemos las cosas como ellos, con clara intencionalidad tendenciosa y ofensiva, tanto de meros “nazis” como de “sionistas”, en ocasiones simultáneamente en un mismo escrito. “Un poco de coherencia por favor”.

 

Colectivo Julius Evola. Septentrionis Lux



Nuestro foro “Traditio et Revolutio”

Si se desea compartir reflexiones y comentarios elaborados de acuerdo a los ejes que vertebran la Tradición, participar de debates de esta naturaleza o simplemente recibir los correspondientes mensajes invitamos a la suscripción a nuestro foro Traditio et Revolutio. Basta con enviar un mensaje a la siguiente dirección: traditio_et_revolutio-subscribe@yahoogroups.com
Igualmente se puede contactar, con tal propósito, con nosotros en:
eduard_alcantara@hotmail.com