Julius Evola. Septentrionis Lux


LANZAS A FAVOR DEL MEDIEVO

Disolver ese manto de “oscurantismo” con el que las mentalidades absorbidas por las “luces” de la Ilustración del s. XVIII han pugnado por envolver a la Edad Media no siempre resulta tan fácil como a algunos nos pudiera parecer, ya que incluso gentes que se muestran disconformes con el mundo actual que les ha tocado padecer y que se hallan enfrentadas (física y/o mentalmente) con sus excrecencias político-económicas y socio-culturales muestran sus reticencias hacia determinados aspectos del Medievo o hasta casi la generalidad del mismo. Sin duda se trata de hacerles entender que sus reticencias se hallan motivadas porque, queriéndolo o no, están influidas -estas gentes- por algunas coordenadas del pensamiento Ilustrado, ya sea por su precedente racionalismo o ya sea por sus consecuentes liberalismo, democratismo o progresismo. Hablamos de gentes en cuyo fuero interno se debate un conflicto entre su oposición al actual Sistema de Valores Dominante y los lastres con los que éste las ha impregnado desde su más tierna infancia a través del Sistema “Educativo” o a través de los medios de comunicación de masas. Son gentes de otra pasta diferente a la del común de los mediocres mortales pero que no han sabido todavía separar completamente el grano de la paja; no han sabido discernir entre lo que es consecuencia y parte integrante de la podredumbre inserta en la modernidad de lo que corresponde a su antítesis: el Mundo Tradicional a reivindicar e intentar rescatar.

Estas personas se identifican, por un lado (con recto criterio) con valores como el honor, la fidelidad, el heroísmo o el espíritu de servicio y sacrificio, muestran su rechazo hacia el sistema económico basado en el poder del dinero y la finanza y reconocen la ineficacia y la corruptela propias del decrépito parlamentarismo partitocrático pero, por otro lado, a menudo reivindican anomalías que son consecuencia directa del proceso involutivo que se aceleró con el fin del Medievo y la irrupción de la Edad Moderna, a saber: con el antropocentrismo que consolidó el humanismo del s. XVI, con el racionalismo de la posterior centuria, con el Iluminismo del s. XVIII, con ciertas formas de democracia no partitocrática y/o con el progresismo darwinista.

Y de lo que se trata es de hacerles ver con meridiana claridad que el humanismo antropocentrista no significa, como muchos de ellos creen, un paso dado por el hombre indoeuropeo hacia su liberación con respecto a esclavitudes fideístas semitizantes propias de un hombre-esclavo sumiso con respecto al Hecho Trascendente, sino que representa el aceptar ser amputado en su dimensión Superior y Metafísica para verse abocado a ese laicismo que conduce al burdo materialismo. Se trata de hacerles comprender que el fideísmo es propio, p. ej., de las Religiones del Libro y forma parte de los procesos de decadencia propios del mundo moderno y que, por tanto, no es esa manera devocional de encarar lo Alto la propia de la Tradición. Se trata de hacerles ver que el hombre indoeuropeo genuino estaba impregnado por un incontestable sentido de la Trascendencia, porque fue un Hombre Tradicional. Que sepan que este Hombre de la Tradición es aquél que pugna por erigirse en Señor de Sí Mismo, por cuanto ante posturas de resignación hacia lo Trascendente, propias del hombre esclavo del mundo moderno, reivindica la posibilidad de descondicionarse y liberarse de lo que le empequeñece, ata y mediatiza (el inconsciente, el subconsciente, lo pulsional, el mundo del psiquismo revuelto) para poder así aspirar a la posibilidad de Conocer realidades que se hallan más allá de las sensitivas, más allá de este plano material a cuyo único conocimiento puede aspirar el alicaído hombre moderno. Este Hombre Superior Señor de Sí mismo y dominador de su interior es, reiteramos, el propio de la Tradición, no el sumiso y meramente devocional y piadoso que encaja en las religiones lunares propias de la que Julius Evola denominó como ‘luz del sur’.

A estas gentes hay que hacerles comprender que el genuino espíritu del Medievo (sobre todo del Alto Medievo) es éste: el propio del Héroe Solar que pugna por Despertar y Conquistar esa Eternidad que se halla como en estado larvario en su interior. Es el marcado por esa ‘Luz del Norte’ propia de los Caballeros griálico-artúricos de la mesa redonda, de los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico (S.I.R.G.), de los Iniciados en el seno de la Orden del Temple o de los Fieles de Amor a los que pertenecía un Dante Alighieri y que, no en vano, mostraron su gibelinismo apoyando al S.I.R.G. en las Guerras de las Investiduras que enfrentaron a éste con los Estados Pontificios y sus aliados güelfos; enfrentamiento, pues, entre la Heroica y Solar ‘Luz del Norte’ (Mundo Tradicional) y la fideísta y lunar ‘luz del sur’ (mundo moderno).

El antropocentrismo al que abocó el humanismo, tras el fin de la Edad Media, no representó más que otra caída de nivel más en ese camino descendente que empezó con ese fideísmo antiviril que desacralizó al hombre al no considerarlo portador de Atman (de lo Eterno) y que le abocó a conformarse pasivamente a que la “gracia divina” tuviera a bien el recaer sobre él para, tras la muerte física, hacerlo merecedor de la vida celestial. Este hombre desacralizado no podía por menos que acabar abrazando ese humanismo y ese antropocentrismo para los cuales la dignidad de la existencia terrena y finita era lo verdaderamente importante. Así pues, se acabaría desembocando, por lógica consecuencia, en la postura de que todo aquello que no pudiera ser demostrado y verificado con “herramientas” humanas como la de la razón pasaba a ser considerado como mera superstición y, por ende, lo que era ‘más-que-humano’ (el plano Metafísico de la realidad) empezaba a quedar descartado por esa atrofia que fue (y es) el racionalismo que empezó a asentarse, en el Viejo Continente, en el s. XVII. Semejante mutilación, en su dimensión Superior, sufrió el antiguo Héroe Solar a causa del declive de los altos designios del más genuino Medievo.

A aquellas personas bien intencionadas y disconformes con el actual orden (o, mejor, desorden) de cosas establecido se les ha de hacer ver que considerar ‘luz’ en el Iluminismo del s. XVIII no representa, en realidad, más que aceptar la tiniebla con respecto a lo Absoluto que se fue tejiendo a partir de los mencionados procesos de disolución del espíritu del Alto Medievo.

También se les ha de hacer comprender que ninguna forma de democracia representa una alternativa radical y, por tanto, real al Establishment establecido, pues la democracia no es más que uno de los subproductos de ese pensamiento Ilustrado que triunfa definitivamente con la Revolución Francesa …una democracia que considera que el poder político ya no se legitima desde lo Alto (lo Sacro) sino desde lo bajo (desde la masa gregaria indiferenciada). No valen, pues, reivindicaciones de ‘democracias representativas’, ‘democracias directas’ y ni tan solo de ‘democracias orgánicas’; por representar estas últimas una contradicción en los términos al ser lo orgánico (articulado y vertebrado) incompatible con lo democrático (invertebrado, inorgánico e indiferenciado).

Se les ha, igualmente, de hacer ver lo inaceptable de supuraciones, emanadas de todo este proceso involutivo, como la evolucionista-darwinista, pues, por un lado, no vivimos -tal como estamos señalando-, desde el fin de la Edad Media, ningún tipo de evolución sino una involución clara que partiendo de una consideración Superior del hombre desemboca en otra meramente animalesca y materializada del mismo. No partimos, pues, tal como defiende el darwinismo, de un origen animal que ha evolucionado hasta convertirnos en seres humanos (1). Nuestro origen es divino y no simiesco. Somos los hijos de los dioses y no los hijos de las bestias.

A estas almas nobles pero contaminadas por ciertos deletéreos efluvios del mundo moderno se les ha de hacer comprender que el cientifismo representa una degradación y un crecimiento desordenado del espíritu científico. Se les ha, además, de hacer comprender que el amor a la ciencia no debe focalizarse en la profana sino en la sagrada. No debe centrarse, pues, en el conocimiento de lo fenomenológico y superficial sino también, de forma holística, en las causas últimas y raigales de los fenómenos naturales: las causas sutiles, metafísicas (2). Estaremos, de esta manera, hablando de una ciencia integral -la Ciencia Tradicional- y no de una pseudociencia cercenada -la ciencia moderna.

Los hay quienes han querido contemplar el cientifismo moderno como expresión del espíritu indoeuropeo Tradicional siempre proclive a la claridad y la búsqueda del conocimiento frente a una manera de ser que prototípicamente podría definirse como semita, que tendría su paradigma más acentuado en el Medioevo y que estaría envuelta de superstición y ciega creencia en lo Alto. ¡Nada más erróneo! Nada más erróneo en su primer término (el del supuesto cientifismo del hombre indoeuropeo) por cuanto la esencia del Hombre de la Tradición tiene uno de sus puntales existenciales en lo que Julius Evola denominó ‘la pura objetividad’ y para que ésta sea factible se requiere el dominio de la subjetividad, el dominio de ese poso ínfero del psiquismo que no permite contemplar el mundo y actuar con objetividad. Dominio que sólo es factible conseguir a través de la Iniciación, sea realizada a través de la transmisión recibida mediante una cadena regular o sea, en casos excepcionales, por vía autónoma. Iniciación que consiste en la metanoia o transformación ontológica de la persona tras un riguroso, metódico, arduo y continuado trabajo interior que se conforma como una auténtica ‘ciencia sagrada’ en la antípoda, por un lado, de cientifismos que sólo conciben lo fenomenógico y exterior y, por otro lado, de cualquier forma de superstición, devoción ciega, fideísmo religioso o misticismo pasivo y arrebatado.

En el más entrañable Medievo subsiste la Iniciación en el seno de organizaciones y de órdenes que cabalgan nominalmente bajo el sello del cristianismo pero que, en realidad, disparan sus lanzas más allá de formas exotérico-religiosas para apuntar, en cambio, al ámbito de lo esotérico-metafísico …apuntando al Conocimiento Superior: a la Gnosis del mundo sutil y, más aún, de lo Incondicionado que se halla en el trasfondo y en el origen del mundo manifestado (sea el físico sea el sutil-nouménico). ¡Aquí debemos hallar el verdadero espíritu científico -la Gnosis de lo sacro- que debe reclamar el indoeuropeo que pugne por recuperar la vía de la Tradición!

Afanémosnos para que algunas personas disconformes con el mundo que nos ha tocado vivir suelten ese lastre que supone el considerar la existencia de unas supuestas indispensables aportaciones del darwinismo. Hagámosles ver, tras vapulear la infatuación evolucionista-progresista, que, p. ej., evidencias como las del sentido de la territorialidad animal y humana, como el de la supervivencia del más fuerte o el de la jerarquización ejemplarizada a través de los ‘machos dominantes’ (los llamados ‘machos alfa’) no necesitaban de la irrupción de un Charles Darwin para ser puestos en escena pues son, repetimos, evidencias de cajón que el hombre siempre supo, experimentó y vivió desde su más remoto origen y por ello, no en vano, estableció el regnum y el imperium (territorialidad legitimada en torno a un principio Superior) bajo la égida del rey o emperador sacros como supremos valedores del principio jerárquico apuntalado con la existencia de una aristocracia ascético-guerrera (ejemplarizada en el Medievo en la Orden del Temple) y con la aportación indispensable, en un escalón social situado inmediatamente por debajo, de un estamento meramente militar (las órdenes de caballería portadoras del ideal caballeresco, sin pretensiones Iniciáticas); haciéndose patente el conocimiento de esa otra evidencia de que sólo el más fuerte sobrevive. ¡Repitámosles a estas personas que para percatarnos de todo esto no nos hacía falta la irrupción “iluminada” de ningún Darwin!

No son tinieblas sino la búsqueda de la Verdad que llega a través de la Iluminación o Despertar a la Realidad Incondicionada e Inmanifestada la que guía, de acuerdo al más auténtico Medievo, las existencias de emperadores del S.I.R.G., de las élites templarias o de los Fieles de Amor. Las tinieblas y la oscuridad se ciernen, por contra, con el declive de la Edad Media, con la desaparición de las vías (la Iniciación) que pueden llevar al Conocimiento Suprasensible y con la aparición de un humanismo que constreñirá su campo de conocimiento a lo simplemente humano (sea por caer en el mero fideísmo sea por su innato antropocentrismo) y ya no más a lo ‘más-que-humano’.

Reclamamos la adecuación social de ese Medievo a reivindicar con la trifuncionalidad de las sociedades Tradicionales. Vemos cómo el gibelinismo sigue ese patrón situando en lo alto de la pirámide social al emperador-sacro y a la élite ascético-militar de la Orden del Temple, por debajo de ellos a la casta exclusivamente guerrera y ocupando el tercer peldaño al estamento productivo (artesanos, campesinos,…). Ante ello el Papado y la clerecía representan una caída de nivel que hay que situar dentro del espíritu propio del mundo moderno. Representan ‘luz del sur’, lunaridad, devocionalidad y actitud pasiva ante el Hecho Trascendente. El Papa, a diferencia del Emperador, no reúne en sí, como por contra siempre fue en el Mundo de la Tradición, las funciones regia y sacra. La institución del Papado, pues, desacraliza el poder político y, en esta línea, por ello luchó, en la Edad Media, contra el S.I.R.G.: pugnado por arrebatarle su potestas Espiritual.

Rompiendo lanzas en favor del Medievo en su día mantuvimos cierto debate en el que, entre otras cosas, comentamos que “el sistema feudal de la Alta Edad Media fue, desde el punto de vista organizativo en lo social, un dechado de modelo Tradicional, en el cual cada uno se afanaba en su ámbito social (sacropolítico, guerrero o productivo) de acuerdo a su vocación y a los aportes de conocimientos y experiencias que sus antepasados le habían transmitido. Ni que decir tiene que esta sociedad estamental no tuvo un carácter cerrado, pues, verbigracia, por méritos de guerra (meritocracia) se accedía, de forma casi natural, a formar parte de la nobleza: aunque, al menos en un primer estadio, lo fuera de la pequeña nobleza como, por ejemplo, fue el caso de los hidalgos castellanos o de los carlans catalanes …¡y “pocos” hidalgos que, gracias al guerrear contra el Islam invasor, hubieron en España que la mayoría de la actual población española puede, rastreando su árbol genealógico, encontrar su origen en la nobleza -incluso en la alta- y hallar su escudo heráldico…!”

En el Mundo Tradicional no nos hallamos con estamentos-estanco herméticamente cerrados (3). La condición noble tenía que verse corroborada por el recto actuar del aristócrata. Sabida, p. ej., era la costumbre que tenían los patricios romanos de defenestrar a hijos de sangre por innobles y/o indignos de pertenecer a su concreta gens y de, en lugar de éstos, adoptar a otros de otros linajes que hubieran mostrado aptitudes para llevar con dignidad el nombre de la familia.

Incluso hubo sociedades Tradicionales en las cuales no se dejaba herencia a los hijos o se llegaba a eliminar parte de la herencia (por ejemplo la costumbre de matar la mitad de los caballos) por tal de que el hijo se tuviera que ganar por méritos propios el reconocimiento social que había conseguido el padre y por tal de que el primero no se entregara a la molicie y a la vida muelle por el hecho de haber heredado muchos bienes y encontrárselo, pues, todo hecho.”

Volviendo al Medievo habría que elogiar el equilibrio social existente y la perfecta armonía que se daba en el seno de cada uno de los cuerpos de su entramado social; de esa auténtica sociedad orgánica. Como botón de muestra en la Alta Edad Media no existía la mendicidad en las ciudades y los casos que empezaron a aparecer a finales de este período se enjugaron primero con la solidaridad familiar, después (si la primera no llegaba o era insuficiente) con la solidaridad gremial y si ésta era insuficiente actuaba la solidaridad de la ciudad a través de sus consejos municipales. Por no existir prácticamente podríamos afirmar que no existían ni los asalariados, ya que los gremios estructuraban la actividad económica en los municipios y en los talleres en ellos encuadrados trabajaban -aparte del maestro- el aprendiz y el oficial y éste no cobraba un sueldo fijo sino que recibía una parte proporcional de las ganancias que obtuviera el taller (tal como si fuera también propietario del mismo: se quedaba con parte de las plusvalías). Desgraciadamente, esto cambió en la Baja Edad Media -preludio del fin del Medievo- y el oficial pasó a percibir un salario fijo.” 

A esas personas bien intencionadas pero confundidas en algunos de los términos que defienden hay que dejarles constancia, tal como en su día señalamos, de que “si no tenemos claro que no hay alternativa real al Sistema que no pase por el abandono de su fondo materialista y el encuadramiento en posiciones que siempre tengan un punto de referencia Superior (que vengan de lo Alto) no habremos entendido qué es una auténtica alternativa. No habremos ido nunca a escudriñar cuáles son las causas primeras de los procesos decadentes por los que ha pasado nuestro mundo y que le han llevado a su actual postración y enajenación. Nos quedaremos, en caso de no hacer este escudriñamiento, sólo analizando cuestiones relacionadas con lo económico, lo social y lo político. Presentaremos alternativas sólo en estos ámbitos y de poder llegar (en un caso hipotético) a ponerlas en práctica darían frutos, en dichos campos, a corto plazo (quizás también a medio) pero a largo plazo todo volvería a entrar en barrena debido a que no nos habríamos encargado nunca de transformar al hombre en su esencia y en su interior (no facilitándole esos referentes Superiores) y éste volvería, con el tiempo, a caer en individualismos, en egoísmos, en insolidaridades y seguramente en la adopción, de nuevo, del sistema económico más acorde con el individualismo: el capitalismo.

La única manera, pues, de asentar alternativas duraderas en lo socioeconómico y en lo político es transformando no sólo a la sociedad sino también al hombre que las debe implantar y sustentar y esto, ha quedado claro, pasa por defender cosmovisiones de corte Trascendente (léase Tradicional), como la que, como última diáfana manifestación, informó al mejor Medievo”.

NOTAS:

  1. Se puede, al respecto, consultar, nuestro escrito “Contra el darwinismo” en https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/19/contra-el-darwinismo/

  2. Cuestiones que hemos tratado en nuestro texto “Ciencia sacra y Conocimiento” (https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/05/ciencia-sacra-y-conocimiento/)

  3. Sea como fuere al hablar de la mayor o menor dificultad existente, en el Mundo de la Tradición, para cambiar de casta o estamento hemos considerado el plano contingente de la existencia, pero si lo hacemos con otro de índole metafísico no se presenta ningún obstáculo a priori para que pueda hacerse efectivo un cambio de casta, pues -concretando- el hijo que un padre, inserto en un estamento determinado, pueda tener quizás sea portador de un alma inmersa en un proceso inacabado de desprendimiento de escorias psíquicas y pulsionales que se remonte a anteriores periplos experimentados en ciertos planos metafísicos de la realidad o en otros estadios de existencia humana acontecidos en el seno de una casta diferente a la propia del padre, en cuyo caso dicha alma filial podría haber pasado de formar parte constitutiva, en otra existencia, de una persona perteneciente a un estamento inferior (desde el punto de vista Espiritual) a ser, ahora, parte integrante de otro superior. También puede darse el caso contrario, es decir, que el alma del hijo haya transitado en existencias anteriores de manera errática y disoluta y, por ello, haya transmigrado a la casta actual habiendo descendido desde una de superior entidad espiritual. Asiéntese, por tanto, la certidumbre de que desde un plano metafísico no se puede hablar de ningún tipo de inmovilismo estamental.

    Es en este orden de ideas expuesto en el que se debe inserir el siguiente párrafo …cuya mejor comprensión puede requerir la lectura de los previos en nuestro escrito “La ilusión reencarnacionista” (https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/la-ilusion-reencarnacionista/):

    (…) Si no consigue superar sus temores y miedos, si (en la ultratumba) siente pavor ante la presencia de esas divinidades de aspecto terrorífico, es señal de que el camino iniciático de desapego que recorrió en vida dejó mucho que desear: fue poco intenso y/o poco duradero. Pero aunque de escasa valía, por lo menos sí que experimentó un pequeño despegue con respecto al hombre común, al hombre vulgar, al individuo amorfo arrastrado por las pasiones y los bajos impulsos e instintos. Por lo cual, aunque este Yo Superior deberá retornar a la existencia terrena, finita y perecedera para transmigrar y convertirse en el alma, psique o mente de otro individuo, tendrá el privilegio de elegir de qué embrión (a partir del que se gestará un nuevo ser humano) formará parte. Tendrá la opción, por ejemplo, de elegir el embrión del que se formará un individuo que -por entorno familiar, social o vocacional- gozará de una mayor facilidad y predisposición, así como de mejores ´herramientas’ y más óptimos medios, para emprender, con ciertos visos de éxito, el metódico y riguroso camino del desapego, de la transmutación interior y del Despertar y de la Gnosis de lo Absoluto. Podrá elegir convertirse en el alma, por ejemplo, de un individuo (allá donde aún hoy subsistan) de las castas o estamentos superiores.” 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

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2 comentarios so far
Deja un comentario

Pues aunque no resulte nada fácil la tarea con este artículo lo has dejado más que “claro”. Nada fácil será para mí poderlo reproducir a esas gentes.
Gracias Eduard, es una alegría que hayas vuelto a escribir.
Un abrazo.

Comentario por isar

Celebro, apreciada Isar, que lo hayas considerado de interés. Espero haber aclarado, en la medida de lo posible, confusiones entre gentes muy cercanas a nosotros.
También para mí es una alegría el haber vuelto a ver un mensaje tuyo.
Otro abrazo:
Eduard Alcántara

Comentario por septentrionislux




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