Julius Evola. Septentrionis Lux


PRÓLOGO A “RIVOLTA CONTRO IL MONDO MODERNO”
septiembre 25, 2017, 11:00 am
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Una de las dos partes en las que se divide esta obra capital del gran intérprete italiano de la Tradición versa sobre el transcurrir de un determinado tipo humano desde los orígenes del actual ciclo humano (o, utilizando terminología cara al hinduismo, Manvantara) hasta nuestros tiempos más recientes. Se trata de una metafísica de los avatares protagonizados o sufridos por dicho tipo humano y no de un recorrido por sus aconteceres al dictado de las pautas formuladas por la llamada ciencia histórica. El fruto de este análisis metahistórico es la constatación de un proceso de caída que iría desde una Edad de plenitud Trascendente hasta otra, la actual, de congoja existencial, disolución total en el plano de lo material y rudo embrutecimiento. El maestro romano nos describe este proceso involutivo con una nitidez sin par …y lo hace a través de las doctrinas de la ‘regresión de las castas’ y de las Cuatro Edades desgranadas en la tradición indoaria y que tiene, especialmente en el caso de la segunda, equivalentes en textos como “Los trabajos y los días” del griego Hesíodo. Remitir a la lectura de “Rebelión contra el mundo moderno” es, sin duda, el mejor modo de apelar a la comprensión del porqué y el cómo de la involución hacia la presente animalización.

Evola nos habla de un tipo humano, al que en ocasiones denomina ‘hijos de los dioses’, que en illo tempore protagonizó una Edad de Oro (Satya-yuga, en términos del hinduismo) en la cual la experiencia del plano Superior de la existencia no representaba una meta a conquistar sino una realidad vivida de manera natural. Nos sitúa esos tiempos en un lugar situado en el septentrión de nuestro planeta, allá donde los diferentes textos sacros -a Oriente y Occidente- hablan de Thule, Hiperbórea, el Aryanem Vaejo, el Monte Mêru o la Isla Blanca. Se trataría de un enclave en el que, a diferencia de la crudeza climática actual, reinaría un clima templado, casi como el de una primavera continua, debido al hecho de estar conformado por unas tierras insulares que al estar rodeadas, como tales, por agua verían atemperadas sus temperaturas. Según clasificación de la ciencia geológica por aquel entonces se viviría en la era del pleistoceno o Edad Glacial. Sin embargo, según señala esa misma rama de la ciencia, en el seno de la Edad Glacial tuvo lugar un período interglacial en el cual las bajísimas temperaturas cedieron a otras más agradables. Incluso hay geólogos que ya hablan de la existencia no de uno sino de varios períodos interglaciales en el seno del pleistoceno. Pues bien, sería en ese interregno (o en uno de esos) –en ese ínterin- cuando debemos situar esa tierra, sede de un áureo existir, descrita por las diferentes tradiciones sapienciales.

La narración que en los primeros capítulos de la Segunda Parte de “Rivolta contro il mondo moderno” (“Rebelión…”, para nuestra edición en castellano) realiza el maestro italiano para situarnos en esa Edad de Oro y en su enclave geográfico se ve reforzada en su verosimilitud por los trabajos de otros autores interesados en esta temática. Así, podríamos destacar de forma especial el libro “El hogar ártico de los Vedas” (1.903) (1), del autor indio Bal Gangadhar Tilak, en el que un estudio pormenorizado de los Vedas indoarios y del Avesta iranio nos aboca a la certeza de que el Satya-yuga no pudo tener lugar en ningún otro lugar más que en las latitudes cercanas al Polo Norte, en esos enclaves que irían desde el Círculo Polar Ártico hasta el dicho Polo Norte; en parajes, pues, circumpolares. Tilak nos muestra los pasajes védicos y del Avesta, descriptivos de las condiciones astronómicas de la Edad Áurea, en los que se hace mención a esos días y esas noches que se prolongan, sin interrupción, por meses; lo cual es exclusivo del área circumpolar. O nos señala aquellos otros cantos védicos y avésticos en los que se describen fenómenos meteorológicos como los de las auroras boreales que sólo pueden ser vistos en aquellas latitudes septentrionales.

Julius Evola nos habla de una primera posible migración protagonizada por esos ‘hijos de los dioses’. Se trataría de una que tomaría la dirección sudeste, atravesando lo que hoy es Europa y adentrándose, con profundidad, en Asia. Después, aconteció una segunda migración, en dirección sur, hacia el norte de otra tierra rodeada de un halo mítico: la Atlántida; sabemos que autores clásicos como Platón o Plotino no dudaron de su existencia. Allá esas gentes hiperbóreas o boreales venidas del norte planetario establecieron una subsede de Thule, una prolongación del hogar áureo. Y desde ella protagonizarían desplazamientos tanto hacia el oeste (tierras americanas) como hacia el este, arribando, en este caso, a la fachada occidental de Europa y siendo, con posterioridad, los autores del megalitismo. El maestro romano concreta en los míticos Tuatha de Dannan -los también denominados ‘helenos del paleolítico’- a algunos de los protagonistas de esta migración; los textos celtas hablan de ellos como de huestes solares: como de seres divinos. Estos pueblos de origen noratlantídeo serían el Cromagnon u Hombre de Aurignac descrito por la ciencia antropológica; ciencia que ignora su origen áureo y pretende situarlo  como el resultado de un fantasioso proceso evolutivo que le haría descender de homínidos con los que, en realidad, ninguna relación de parentesco tiene.

Estos pueblos de procedencia noratlantídea serían también los autores de las pinturas rupestres encontradas en la mencionada fachada atlántica de Europa, en la que primeramente pusieron sus pies: Lascaux y Altamira serían dos ejemplos significativos de ello. A diferencia de lo afirmado por la historiografía oficial no viven en cavernas sino que en ellas se introducen para realizar ritos de carácter Iniciático: ritos de transustanciación interna que transporten al yo hacia el Ser, hacia el Principio Primero inmutable y eterno (2); similar finalidad, p. ej., tendrían los dólmenes.

Y si en su emigración, desde el Norte de la Atlántida, hacia tierras americanas originaron ciclos solares (3) en su camino desde la fachada atlántica de Europa hacia el este los hallamos en el origen de otra civilización de espiritualidad originariamente solar: la egipcia; que, de hecho, es bastante anterior, al igual que sus monumentos más emblemáticos y significativos  -como las mismas pirámides- de lo cifrado por la historia oficial. Un recorrido, éste, que abarcó tanto la ribera sur de Europa como la norte de África y cuya direccionalidad oeste-este queda hasta corroborada científicamente por el análisis realizado con Carbono 14 sobre los conjuntos y restos megalíticos situados en ambas orillas del Mar Meditérraneo, pues cada conjunto situado más al oeste presenta una antigüedad de unos 40 años más que los restos hallados algo más al este de aquél; esto demuestra un movimiento prácticamente cíclico de esos pueblos noratlantídeos en su desplazamiento hacia oriente. Desplazamiento que les hizo adentrarse en tierras asiáticas y que estaría en la base de culturas como la tibetana de los Bon y los Dropa, en la cual, aparte de elementos propios de la preexistente cultura mongoloide también se han rastreado otros consustanciales a un tipo de espiritualidad solar, olímpica y viril como la que tiene su origen en sede ártica. Desplazamiento que más que probablemente debemos ver dejado su sello en China y en textos sapienciales como el I Ching (del que con posterioridad hay que rastrear su impronta en el taoísmo formulado por Lao Tsé en su Tao-tê-king). Y desplazamiento que debe guardar relación directa con la existencia del pueblo ainu en Japón; recordemos que la inmigración mongoloide a tierras niponas aconteció en un período posterior y relativamente reciente: hacia el inicio de la era cristiana -hace, pues, aproximadamente unos 2.000 años.

El mito y las tradiciones y textos sacros nos hablan de un cataclismo, en forma de inhóspita glaciación, que asoló de manera especialmente cruda las latitudes septentrionales de la Tierra. Se trataría del final del benigno -climáticamente hablando- período interglacial propio del geológico pleistoceno. Dichos textos correlacionan -y hacen derivar- esa catástrofe con una caída espiritual de nivel que se habría, pues, reflejado, exteriormente, en la irrupción de esas terribles heladas (4). Como consecuencia de ellas los hombres boreales hubieron de abandonar su hogar circumpolar y desplazarse hacia el sur, estableciéndose en tierras del norte de Europa y, posteriormente (una vez ya finiquitado el pleistoceno y, por tanto, discurriendo el holoceno -la etapa geológica postglacial por la que, a día de hoy, seguimos transitando) descendiendo hacia el centro de la Península Escandinava, dando, entonces, origen al urheimat -o lugar originario- indoeuropeo (5). A partir de este momento ya sí se puede hablar de este tronco antropológico y de su correspondiente lengua (el indoeuropeo originario). Este pueblo se desplaza algo más hacia el sur de la actual Suecia dando forma, ya en el llamado Neolítico, a la cultura de Ertebolle-Ellenberck, que es considerada como la vagina gentum de los pueblos indoeuropeos, esto es, la cultura y el enclave a partir de los cuales estos pueblos se irán diversificando y desplazando hacia destinos geográficos diversos. Así, también hacia el sur de la actual Suecia florecería la ‘cultura de los vasos de embudo’, para posteriormente, continuando con estos flujos de poblaciones indoeuropeas, constituirse -hacia zonas no alejadas del Mar del Norte y, sobre todo, del mar Báltico- la ‘cultura de los vasos globulares’ y, tras ésta, la de la ‘cerámica cordada’; también conocida como la del ‘hacha de doble filo’. Siguiendo, desde su original enclave escandinavo, esa diagonal de la que nos habla Evola llegan a tierras de la actual Ucrania y, aquí, aparece la ‘cultura de los Kurganes’ o de los ‘túmulos’ (por ser en lo alto de éstos donde se depositaban en urnas las cenizas de los fallecidos) (6). Posteriormente arribarán donde hoy en día se halla Irán y se constituirá la cultura irania, de cuya concepción del Hecho Trascendente representa insuperable testimonio su libro sagrado: el Avesta; del cual ya mencionamos su descripción estacional, fenomenológica y/o climática del hogar en el que se vivió la Edad de Oro y que no pudo ser otro que el polar y circumpolar de nuestro planeta …certidumbre que también se corrobora en los Vedas de esa India que igualmente alcanzaron después las gentes indoeuropeas; o, ya allí, indoarias.

El por algunos denominado como ‘el último gibelino’ -Evola- nos sigue explicando que desde aquellas tierras del norte de Europa, desde las que tuvo lugar este movimiento migratorio en diagonal que llega hasta la India, también acaeció, con posterioridad, un segundo flujo en dirección norte-sur encarnado en los aqueos y dorios que encontramos en los orígenes de la civilización griega o en los latinos que fundaron Roma. Asimismo nos habla de que, desde ese emplazamiento del norte europeo, aconteció, bastante después, la tercera y última emigración, también en sentido norte-sur, que sería la de los pueblos germánicos que acabaron, a partir del s. V d. C., invadiendo el Imperio Romano occidental: visigodos, francos, ostrogodos, lombardos, vándalos, suevos,… Nos señala Evola que debido a su lejanía temporal con la Edad de Oro hiperbórea cuando estos últimos pueblos emprenden su recorrido norte-sur lo hacen ya profesando formas religiosas que, aunque son el reflejo de la originaria sabiduría y espiritualidad solar, se hallan prácticamente, en sus ritos, vaciadas de poder operativo transformador y representan sólo un eco lejano de la Edad Primordial. Es por tal motivo por el que el abandono de sus creencias politeístas y su conversión al cristianismo no resultarán especialmente problemáticos.

El gran intérprete italiano de la Tradición también se ocupa de explicarnos los orígenes de otros pueblos y/o razas. Y así sitúa, retrotrayéndonos en el tiempo, en la, aproximadamente, mitad sur de la Atlántida a poblaciones fínico-mongoloides, cuyas emigraciones posteriores se esparcieron por tierras asiáticas, por islas de Oceanía y por todas las latitudes de América; si no, en este último continente, directamente desde la Atlántida sí a través, desde Asia, de un congelado Estrecho de Bering.

Julius Evola igualmente nos narra cómo aquellas gentes noratlantídeas que se habían constituido en subsede de la solar Hiperbórea empiezan también a decaer interiormente y, tras sucesivos procesos involutivos, acaban profesando formas meramente religiosas (y no vías interiores de realización espiritual), sacerdotales, lunares y devocionales. Acaban posicionándose pasivamente ante el Hecho Trascendente y se abocan hacia el matriarcado y la ginecocracia. Se amputa la posibilidad de despertar el Principio Supremo Sacro que anida en el interior del hombre y de hacerse uno con lo Superior y Eterno. Esta caída interna les aboca a mezclarse con las razas fínico-mongoloides sudatlantídeas y a acentuar todavía más su alejamiento de un tipo de Espiritualidad Solar y Olímpica (7). Del resultado de esta hibridación surgen, por un lado, pueblos como los pelásgicos, de cultos telúricos o ‘ctonios’ (siguiendo léxico evoliano), que arribaron a las costas meridionales de Europa y a las septentrionales de África y, surgen, por otro lado, los pueblos semitas. Tal como aconteció con el fin traumático del hogar boreal de la Edad Primordial el maestro romano también percibe el cataclismo que supuso la desaparición de la Atlántida bajo las aguas como la consecuencia externa de esta total debacle interna.

En definitiva, el maestro transalpino, de acuerdo a su vocación shatriya o guerrera, no se conforma con transmitirnos una certera y pormenorizada composición de lugar acerca de lo que se debe entender por Tradición y las formas que, en diferentes épocas y lugares, ésta adquirió. Tampoco se conforma con explicarnos cómo desde unos orígenes sacros los ‘hijos de los dioses’ han sucumbido y se han enfangado en los lodazales del mundo moderno. Sino que hace votos para que tras la lectura de este libro capital los haya quienes se decidan a emprender una “rivolta contro il mondo moderno”. Pretende que los descendientes de aquellos que en la Tierra hiperbórea Primordial vivían la Espiritualidad con absoluta normalidad o eran, tras un primer descenso de nivel, capaces de reavivarla protagonicen, tal como concibió Hesíodo, un Ciclo Heroico y restauren el Orden Tradicional perdido. Pues la semilla de lo Trascendente, Perenne y Sacro sigue anidando, por muy aletargada que se halle, en el interior del hombre de ancestral linaje áureo. Si aquel Hombre Boreal, su descendiente noratlantídeo y los herederos de ambos -tal como del boreal fue el hombre indoeuropeo- tuvieron la certeza de ser ‘hijos de los dioses’ y su luz existencial fue la luz de lo Alto Evola bregó con sus libros y su vida para que los últimos vástagos de aquellos Hombres luminosos de antaño lucharan en pos de su Despertar interior y de la Restauración de la Tradición perdida.

 

 

NOTAS:

(1) La editorial Retorno tuvo a bien publicarlo en castellano hace pocos años, introducido por un prólogo, a cargo de los editores, de un interés excepcional.

(2) En el Medievo, como botón de muestra, podemos encontrar ritos similares cuando los Iniciados templarios se aislaban en la oscuridad de un receptáculo situado bajo el techo de sus monasterios, con el objeto de descondicionarse al amparo de la soledad del pequeño habitáculo (‘bajada a los infiernos’ o proceso de ‘ennegrecimiento’ y ‘putrefacción’ según la tradición hermético-alquímica; el nigredo u ‘obra al negro’). Se trataba de eliminar escorias psíquicas y de domeñar impulsos descontrolados, pasiones desaforadas, sentimientos exacerbados, pulsiones y submundo inconsciente y subconsciente.

(3) Rastreables en el “blanco y solar” Quetzalcoatl y en el linaje, emparentado con él, de los toltecas o tultecas (con el recuerdo de Tula o Thule). Y rastreables, asimismo, en el Viracocha andino o entre los fundadores de los incas y los aztecas (o “aztlantecas”, de Aztlan o ‘Isla Blanca’) de los que se habla en sus mitos.

(4) Tal vez podríamos calibrar la naturaleza de esa caída espiritual en el paso desde una original capacidad para vivir la Trascendencia en el plano ordinario de conciencia hasta la pérdida de ese estado natural de ser uno con lo Alto. Sucediendo, por tal motivo, que tras este descenso el plano Metafísico de la realidad ahora sólo podrá ser apercibido y conquistado a través de la Iniciación y, especialmente, en ‘un tipo de hombre diferenciado’ (utilizando expresión evoliana) que se acabará constituyendo en la primera casta o estamento de un orden que todavía hemos de considerar Tradicional, pues esta primera casta sacro-dirigente impregnará con su Espiritualidad al resto del cuerpo social.

(5) El germano-holandés Herman Wirth, gran estudioso multidisciplinar, descubrió inscripciones rúnicas en latitudes situadas más al norte incluso de la zona central escandinava donde se ubica la zona de gestación del pueblo indoeuropeo, tendiendo, así aún más si cabe, un mayor número de puentes entre la urheimat de este pueblo y el origen circumpolar del que proceden los antepasados del mismo.

(6) La antropóloga lituana Marija Gimbutas estableció, erróneamente, esta ‘cultura de los kurganes’ como la de la patria originaria del mundo indoeuropeo; obviando todo el recorrido anterior protagonizado por estas gentes.

(7) Evola habla incluso de otro enigmático continente, Lemuria, situado hacia latitudes al sur de la Tierra en la que también habitarían razas mongoloides y negroides.

 

Eduard Alcántara

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