Julius Evola. Septentrionis Lux


EL ALCANCE DE ERNST JÜNGER
octubre 28, 2018, 11:46 am
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EL ALCANCE DE ERNST JÜNGER

 

Abogando, como abogamos, por una concepción del mundo y de la existencia centrada en la elevación del hombre más allá de su mero compuesto psico-físico y por la sintonización de este compuesto con la dimensión Trascendente del ser humano no podemos por menos que enfocar este presente ensayo con la luz de que nos provee la Tradición para de este modo, tras desgranar los aspectos principales de la obra del autor germano oriundo de  Heidelberg, analizar si los mismos se pueden catalogar como de Tradicionales en su genuina esencia o, cuanto menos, se hallan próximos a lo que se entiende por Tradición …nos planteamos, por ende, calibrar el alcance que tiene la obra de Jünger: nos planteamos cuál es su concomitancia con los ejes básicos de la Tradición y lo hacemos siempre, de forma preponderante, desde la base insoslayable que de forma tan magistral nos legó el italiano Julius Evola cuando se propuso porfiar por transmitirnos cuáles son los parámetros en los que se basa el Mundo de la Tradición, cuáles sus valores, cuáles sus doctrinas y, en contraste con ello, cuál es el entramado inherente a su alienada y alienante antípoda: el mundo moderno.

Por de pronto hemos de situar a Jünger dentro de esa corriente política y de pensamiento que Armin Mohler sistematizó como la de la Revolución Conservadora alemana (denominación, por otro lado, que ya se había utilizado mucho antes), en la que se incluyen mentes como la de Oswald Spengler, Carl Schmitt, Moeller van der Bruck, Ernst Niekisch, Werner Sombart o Ernst von Solomon. Alain de Benoist nos recuerda en un ensayo titulado “Ernst Jünger y el trabajador” que “Alrededor de Jünger se constituye el llamado ‘grupo de Berlín’, en cuyo seno encontraremos a representantes de las diferentes corrientes de la Revolución Conservadora: Franz Schauwecker y Helmut Franke; el escritor Ernst von Salomon; el nietzcheano-anticristiano Friedrich Hielscher, editor de Das Reich; los neoconservadores August Winnig (al que Jünger conocerá en el otoño de 1.927 por mediación del filósofo Alfred Baeumler) y Albrecht Erich Günther, coeditor —junto a Wilhelm Stapel— del Deutsches Volkstum; los nacional-bolcheviques Ernst Niekisch y Karl O. Paetel y, por supuesto, a su hermano y reconocido teórico Friedrich Georg Jünger.” Esta corriente política y de pensamiento propugna el papel formador y rector del Estado dirigido por una élite, aboga por lo jerárquico, rechaza cualquier forma de igualitarismo, denuncia la decrepitud del parlamentarismo partitocrático o denuncia la demagogia de la apelación a las masas …postulados, todos éstos, propios de una concepción política y de pensamiento  de corte Tradicional.

Para Jünger el ser humano no debe concebirse como un individuo atomizado desgajado de cualquier vínculo orgánico comunitario ni debe ser considerado como igual, en esencia, a sus congéneres, con los cuales formaría parte (gracias a lo que Rousseau definió como el contrato social pactado entre ellos) de una sociedad inarticulada e inorgánica. Al igual que tampoco lo concibe desgajado de sus antepasados y de los que serán sus descendientes, sino, en gran dosis, como fruto del legado de sus ancestros con los cuales se halla, por ello, ligado y lo concibe, asimismo, como hacedor, junto a éstos, de muchas de las esencias que caracterizarán a sus descendientes (1). Por tanto, estos vínculos atacan frontalmente cualquier visión individualizante y atomizante (la propia del individuo-masa de las actuales sociedades gregarias) del ser humano.

En esta línea, en el artículo en el que vierte estos conceptos, Jünger escribe que “también el hombre presente será un hombre pasado, pero (…) sus acciones y gestos no desaparecerán con él, sino que constituirán el terreno sobre el cual los venideros, los herederos, se refugiarán con sus armas y con sus instrumentos”. Por otro lado el encaje que desde el punto de vista de la metafísica Tradicional hay que darle a esta cita lo podemos entender a tenor de unos conceptos que en su día escribimos (2): “(…) la idea que sobre la inmortalidad defiende Evola cuando habla en el capítulo titulado “Las dos vías de la ultratumba” de su obra “Rebelión contra el mundo moderno”, de que tras la muerte física son dos las vías que se le presentan al fallecido: una sería la ´vía de los antepasados´ o pitra-yana y la otra sería la ´vía de los dioses´ o deva-yana (términos de la tradición hindú). La primera de ellas sería el destino de la mayoría de los individuos cuya existencia no pasó nunca de ser la del hombre vulgar, esclavo del devenir y que consistiría en la disolución de las fuerzas y energías sutiles que hicieron posible la vida de dichos individuos (puesto que se hallan en el origen del funcionamiento de su entramado psíquico-físico), la disolución, apuntábamos, en la descendencia de su mismo clan, gens, sippe o zadruga* pasando a formar parte (dichas fuerzas o energías) del genio, manes, tótem, demon o dáimon que confiere la peculiaridad y el impulso particular que caracterizan al mencionado clan. Esta vía, en realidad, no supone la inmortalidad del individuo, pues éste (o, mejor dicho, ´sus´ fuerzas o energías sutiles) vuelve a reintegrarse en la corriente del mundo manifestado, del mundo del devenir y del continuo fluir. La segunda de las vías, la de los dioses, sí que supone la verdadera inmortalidad de la persona que en su existencia terrena supo desligarse de todo aquello que condiciona al individuo y experimentó una auténtica transubstanciación o transfiguración que espiritualizó su alma liberada de ataduras y la logró hacer compartir la Esencia Suprema de aquel Principio Superior, metafísico y suprasensorial que se halla en el origen del Cosmos manifestado. Por lo que, tras el óbito, si no antes, el Yo Superior o el Alma Espiritualizada de la persona habrá conquistado la inmortalidad, la eternidad y habrá escapado de la cadena de transmutaciones y cambios que son propios de la manifestación. Sólo unos pocos, sólo una minoría conquistará el ‘paraíso’; logro, pues, de carácter aristocrático y nada democrático.”

Es, pues, en la ‘vía de los antepasados’ o pitra-yana donde deberíamos encajar la cita que de Jünger hemos reproducido. Sea como fuere podemos entender o bien que el escrito (“La Tradición”) y la revista (“El estandarte”) en los que se halla inserta  no perseguían el estudio de temas estrictamente metafísicos o bien que estamos tratando con un joven Jünger que probablemente se adentrara en ellos en épocas posteriores; posibilidad de la que hablaremos más adelante.

Volviendo a la línea de ese hombre no atomizado, no desgajado de sus ancestros y de sus descendientes nuestro autor alemán sigue diciéndonos en el mismo escrito que “Así también, la sangre de la persona singular está mezclada por millares de corrientes de sangre misteriosa, a pesar de que esa persona singular no es por esto la suma de sus predecesores, no es sólo el portador de su voluntad y de la calidad de aquéllos, sino que, según una neta y bien definida peculiaridad, él es también él mismo.” Percíbase cómo se añade un elemento nuevo a lo expresado hasta ahora. Elemento que no es otro que el de la personalidad: la entidad del ser humano. La entidad que hace posible que pueda llegar a ser soberano, a decidir su destino, a labrarse su camino, a liberarse de todo aquello que ata, condiciona, esclaviza y mediatiza; a liberarse de ello como paso previo -tal como postula la Tradición- para encarar el Conocimiento de los planos Superiores y Metafísicos de la Realidad y para hacerse ontológicamente uno con ellos. Principio de la ‘personalidad’ que riñe con ciertas escuelas metafísicas orientales (como, p. ej., el Vedânta) para las cuales el ser humano como ser singular carece de entidad y de realidad, siendo, por contra, mera ensoñación o ilusión (maya) y parte indiferenciada del Brahman o Principio Universal. En cambio, para la Tradición el microcosmos (el mundo físico, el ser humano,…) es real y de lo que se trata es de sacralizarlo y convertirlo en una especie de reflejo del macrocosmos (del mundo Metafísico). Aquí estriba la diferencia sustancial entre cierta metafísica pura -que acarrea , por cierto, posturas evasionistas (3)- y el Tradicionalismo.

Jünger, en la línea de la Tradición, rechaza el gregarismo promiscuo negador del principio de la ‘ personalidad’; principio sin el cual no puede entenderse el de la libertad del hombre (4): esa libertad en potencia que de ser desarrollada lo convertirá en Héroe, en el Hombre de la Tradición Primordial, en el Liberado o Despertado al que se refiere el budismo.

En sintonía con lo cual volvemos, en boca de uno de sus personajes, a leerle al de Heidelberg en su novela “Heliópolis” (5) que “Queremos la libertad del hombre, de su esencia, de su espíritu y de su propiedad. (…) El Prefecto se ve obligado a nivelar, a atomizar e igualar el potencial humano, en el cual debe prevalecer un orden abstracto. En nuestra opinión, por el contrario, quien ha de dominar es el hombre” (págs. 179 y 180).

Para nuestro autor el hombre igualitario del liberalismo no es más que el fruto de una construcción mental (por ello abstracta) reñida con las leyes de la naturaleza y reñida, añadimos nosotros, con una jerarquía en cuya cúspide deben situarse aquéllos que son capaces de gobernarse a sí mismos. El hombre igualitario atenta contra la diferencia y contra el principio personal, pues el igualitarismo convierte al hombre en átomo indiferenciado de sus congéneres.

Examinando la postura de Jünger al respecto Alain de Benoist escribe en un ensayo titulado “Ernst Jünger y el Trabajador” (6) que “(…) Desde esta perspectiva, lo esencial es la lucha contra el liberalismo. En Arminius y en Der Vormarsch Jünger ataca el orden liberal simbolizado por el Literat, el intelectual humanista partidario de una sociedad ‘anémica‘. En abril de 1.927, en Arminius, Jünger declara no creer en verdad general alguna, en ninguna moral universal, en ninguna noción de ‘hombre’ como ser colectivo poseedor de una conciencia y derechos comunes. Creemos -dirá- en el valor de lo singular (Wir glauben an den Wert des Besonderen).”

El de Heidelberg nos sigue poniendo en guardia frente a las construcciones abstractas que han dado origen al individuo atomizado propio de la ideología liberal y, en este sentido, nos conmina a “desembarazarnos del abrazo del intelecto que piensa según cálculos”.(7)

Ante el individuo anémico paradigmático de las sociedades liberal-burguesas Jünger reivindica la figura del héroe que se forja en la lucha. Un héroe, nos dice, que por desgracia es derrotado en combate ante los embates físicos del aparato edificado por el  mundo moderno y que por esto “conoce su ocaso, pero su ocaso se asemeja a aquel rojo sangre del Sol que promete una mañana más nueva y más bella” (8). Su sacrificio no será en vano pues el mismo ejemplo representado por dicho sacrificio verá sus frutos y la resistencia, aunque en forma -tras la derrota- más velada, encenderá la antorcha de los que en el mañana se alcen contra la deletérea modernidad, tal como el austríaco Hugo von Hofmannsthal nos recordaba en esta sugerente cita: “Los que velan en la noche obscura dan la mano a los que nacen en la nueva alba”.

El héroe que se forja en el combate nos proporciona una pista acerca de cómo nuestro autor concibe en qué debe consistir la verdadera jerarquía. Una jerarquía que podemos más que vislumbrar cuando, en boca de uno de los personajes, en su novela “Heliópolis” (9) leemos: “(…) Está intentando atraerse a las mejores fuerzas. Para elegir, tiene que guiarse por la capacidad de las personas, es decir, tiene que dirigirse a un círculo de hombres que se distinguen bien por sus hechos, bien por sus conocimientos o por su gran capacidad. Es el camino más vulnerable, pero el único viable en nuestro tiempo. Tenemos que excluir de los puestos de mando no sólo a los tecnócratas, sino también a los románticos”.

Se excluyen, de la élite, a los románticos, pues el romántico representa un producto del mundo moderno. Representa al que acciona movido por la pasión, por la emoción y por el sentimiento debido a que es esclavo de estos estados perturbadores de la mente. Los torbellinos de su psique alterada se hallan en total contradicción con el estado de autocontrol y autogobierno mentales a los que aspira un Hombre de la Tradición que nunca actuará guiado por las sacudidas de su mente sino por la acción pura y desinteresada …por el “hacer lo que debe hacerse”, tal como reza una máxima de la tradición indoaria, sin hacerlo guiado por los resultados sino porque es lo acorde con el Deber; con aquel Deber que armoniza con el Dharma o Ley -metafísica- del Cosmos. El romántico ve alterada esa ‘pura objetividad’ -de la que hablaba Julius Evola- con la que, por contra, -también citando al maestro italiano- ‘un tipo de hombre diferenciado’ enfoca la realidad con el objeto de mejor entenderla y de poder escudriñar en sus fuentes motoras sutiles para hacerse ontológicamente uno con ella.

Quedan, en “Heliópolis”, excluidos, también, los tecnócratas, pues son los que de acuerdo a la lógica del liberalismo capitalista anteponen, sirviéndose de los aparatos del poder, la economía a la política, sometiendo, de este modo, al Estado (que en todo ordenamiento Tradicional ejerce su total Soberanía) a los dictados de la economía y convirtiéndolo en mero gestor de ésta. Así vemos cómo la que siempre fue la tercera función (la productiva-económica) en las comunidades Tradicionales se erige en el mundo moderno -por efecto de una perniciosa inversión materialista- en la rectora. Cuando, en cambio, el Mundo Tradicional situó como estamento dirigente al sacro-aristocrático, por debajo de éste al guerrero y en tercer lugar al productivo (artesanos, agricultores,…).

Si hablamos de la repulsa jüngeriana hacia los tipos humanos del romántico y del tecnócrata no podemos por menos que recordar que también lo hacía hacia la del burgués, tal como muestra en su obra de 1.932 Der arbeiter (“El trabajador”), donde el arquetipo representado por esta figura representaría la superación de la vida fácil y cómoda a la que aspira el burgués y la destrucción de todos los cinturones de seguridad que éste se coloca para asegurarla al máximo. Este Trabajador se forja, por ejemplo, en situaciones bélicas y revolucionarias y no tiene nada que ver con la figura del ´proletario´ hegemónico del Cuarto Estado (10) -no tiene, por tanto, una connotación clasista- sino con una nueva nobleza heroica. Esta figura del ‘trabajador’ la podríamos equiparar, en muchos sentidos, con la del ´guerrero´ y “así cuando leemos una cita anónima que reza que donde abunda el peligro crece también aquello que salva no podemos por menos que pensar que es exclusivamente el guerrero quien puede arrostrar con el dicho peligro sin venirse abajo por ser presa del pánico. Un ´peligro´ que puede -y debe- entenderse desde diversas lecturas: desde la lectura que hace referencia a las situaciones límite –como, p. ej., las bélicas- que pueden ayudar a transportar al hombre preparado a otros estados de conciencia por encima del ordinario, pasando por la lectura que se inscribe en el peligro existencial que puede destruir a aquel que ha roto los lazos que le ataban a lo condicionado y puede no encontrar otros lazos que lo eleven (o puede hallarlos y seguirá su camino hacia la palingénesis o ´segundo nacimiento´ a la realidad Metafísica) y acabando, incluso, por la lectura que entiende los peligros a la manera que los concibe la doctrina extremo-oriental de ‘cabalgar el tigre’” (11).

No es, ciertamente, en Der Arbeiter donde hay, todavía, que buscar una veta metafísica, pero sí que, entre otros conceptos y posicionamientos vitales, se puede más que vislumbrar esa actitud existencial conocida como ‘cabalgar el tigre’ y que poco a poco pareció hacer suya en su mismo existir el propio Ernst Jünger. (12)

En “Tempestades de acero” (1.920) -sobre sus experiencias personales en la IGM- y en “El Trabajador” el de Heidelberg destaca la irrupción de lo elemental y la consiguiente eliminación de esquemas mentales y convencionalismos burgueses. El “trabajo”, en sentido jüngeriano, abre el camino para la irrupción de lo elemental. En Der Arbeiter nos escribe lo que comprende como “trabajo”: “la velocidad del puño, del pensamiento, del corazón, de la vida de día y noche, la ciencia, el amor, el arte, la fe, el culto, la guerra: trabajo es la vibración del átomo y la fuerza que mueve las estrellas y los sistemas solares”. Evola nos explica  que ‘el Trabajador’ “se trata de demiurgicidad, de una figura caracterizada justamente  por una relación directa, activa, total con las fuerzas de la realidad, con lo elemental en sí y afuera de sí”. (13)

Y si hemos señalado las concomitancias entre ‘el Trabajador´ y ´el guerrero´ y la indisociabilidad de estas figuras con ‘el peligro‘ Evola nos escribe, en el mismo capítulo, que en el nuevo mundo configurado por el triunfo de ‘el Trabajador’ “surge en vez la necesidad de ordenamientos nuevos, de ordenamientos basados no sobre la exclusión del peligro, sino sobre un nuevo connubio de la vida con el peligro”.

Ante situaciones al borde de la muerte o en las que la posibilidad de que ésta irrumpa no es precisamente nimia se produce una relativización total del papel y de la importancia que lo utilitario, lo pragmático, lo material y las menudencias que se presentan en el vivir cotidiano representan para el hombre amoldado a la vida muelle y a las seguridades propias de la mentalidad burguesa. Dicha relativización facilita la irrupción de lo elemental. Para Evola -en el cap. señalado- lo elemental «designa las potencias más profundas de la realidad, que caen afuera de las estructuras intelectualistas y moralistas y que están caracterizadas por una trascendencia sea positiva como negativa, con respecto al individuo: así como cuando se habla de las fuerzas elementales de la naturaleza». Giovanni Monastra nos dice al respecto que “el burgués, encerrado en su ciudadela racionalista, en su vacuo intimismo, pequeña alma dirigida a las cosas pequeñas, a lo útil, a lo seguro, tiene terror por lo elemental y lo mantiene a distancia”.

Pero ante esta irrupción de lo elemental se ha de estar vigilante, pues tras el barrido de las menudencias y las seguridades burguesas puede acaecer algo superior pero también algo inferior tanto por lo que respecta a la naturaleza de los sistemas políticos que pudiesen suceder al Tercer Estado burgués como por lo que incumbe al interior mismo de las personas que se hubiesen desligado, mentalmente, de las ataduras y condicionamientos de la vida cotidiana. Jünger sabía de las diferentes consecuencias que podrían darse. Asimismo Evola nos pone sobre aviso de los peligros telúricos e ínferos que pueden, en tal estado de cosas, acontecer.

Nosotros, en otra ocasión, reseñando la tesis doctoral de nuestro amigo y coforista Gonzalo Rodríguez sobre “La tradición guerrera de la España céltica” comentamos el concepto del autor  sobre el “más allá telúrico” …un “más allá telúrico” que bien podríamos asociar con lo elemental. Pretendiendo, pues, hacer luz sobre este concepto tan caro a la obra de Jünger recordamos lo que en esa ocasión escribíamos:

“Nuestro coforista nos refiere sobre la concepción, en el seno del mundo celta, de dos planos invisibles de la realidad: el ´más allá celestial´ y el ´más allá telúrico´. El primero (Dêva-yana o ´vía de los Dioses´) es asimilable al mundo Superior y es al que se accede una vez el Iniciado ha dominado sus vínculos y pulsiones condicionadores -primarios, psíquicos: sentimentales, emocionales, pasionales,…- y se ha convertido en ´señor de sí mismo´; en el Gran Autarca que apuntaba Julius Evola allá por los años  ´20 de la pasada centuria. Una vez superado lo cual (una vez superada la ´obra al negro´ o nigredo de que nos habla la tradición hermético-alquímica) el Iniciado accede, de forma definitiva, al conocimiento del plano sutil metafísico de la Realidad y es capaz, incluso, de activarlo en su fuero interno (sería el equivalente a la ´obra en blanco´ o albedo). Más aún, tras estos logros, puede aspirar a la Gnosis de lo Inmanifestado que se halla más allá incluso del plano sacro-sutil de la realidad y puede, paralelamente, aspirar a Despertar en su mismo interior ese Principio Supremo y Primero Inmanifestado Eterno e Indefinible que anida en él y aspirar, así, a Espiritualizar e Inmortalizar su alma (´obra al rojo´ o rubedo), que ya fue purificada de escorias psíquicas y condicionadoras tras la superación de la nigredo.

El segundo plano invisible de la realidad, el ´más allá telúrico´, lo asimila Gonzalo al conjunto de fuerzas -utilizando el léxico por él empleado- ´preternaturales´ que no se hallan más allá del ciclo de la generación, que no pueden -por tanto- posibilitar la Liberación metafísica del hombre, sino que integran la realidad del sâmsara, del devenir (opuesto al Ser y a lo Eterno), que se refieren a la ´vía de los antepasados´, o pitra-yâna, que es el destino que, tras la muerte física, le queda al común de los mortales: el de que el ´genio´ que de su clan era portador (que pasa a formar parte de cada ser humano desde el mismo momento de su concepción) se vuelva a integrar en los miembros de su mismo conjunto familiar, clan, gens o sippe, ya nacidos o en el momento de ser concebidos, para seguir dándole la impronta especial común que caracteriza a cada uno de los integrantes de cada clan. No se supera, pues, en esta ´vía de los antepasados´ la rueda del devenir. Las divinidades que al decir de Gonzalo son veneradas por parte de la tercera casta -la productiva- en el mundo celta hispánico son de naturaleza ctonia, telúrica, asociadas a la Tierra, a la vegetación, a los manantiales, a las fuentes y muchas de ellas de carácter femenino. Aunque también señala nuestro autor que ciertos demons y totems son ritualmente activados en las iniciaciones guerreras -segunda casta- a que son sometidos los jóvenes por tal de suscitar y hacer en ellos presente la energía telúrica propia de ciertos animales como el oso (tal como ocurría entre los temibles guerreros berserkers del mundo vikingo) o el lobo con el objetivo de despertar en estos jóvenes guerreros la ferocitas o la furia necesarias para el combate.

No está de más señalar que el Iniciado en la realidad metafísica y Superior -en el ´más allá celestial´- (primera casta) superará el ´más allá telúrico´ (y se descondicionará de él) que se le hubiera podido inocular en esas ceremonias de juventud de iniciación guerrera, pues incluso en el fragor de la batalla no necesitará de esos aportes telúricos para mostrar arrojo y valor, ya que estamos tratando con un ser que ha superado todos sus pavores, traumas y miedos con la culminación de la ya mencionada nigredo u ´obra al negro´.

Sin duda ese ´más allá telúrico´ que nos disecciona brillantemente Gonzalo en su tesis doctoral es un lastre que el mundo celta hispánico en particular, el mundo celta en general y aun todo el mundo indoeuropeo arrastraba en aquella época porque, no lo olvidemos, debemos considerar que, de acuerdo a la ciclología Tradicional, los pueblos de origen boreal transitarían ya -en la época objeto de estudio-, seguramente, por los inicios de la Edad de Hierro o kali-yuga  y aunque los dichos pueblos -la antigua Roma incluida- protagonizaron un ´ciclo heroico´ de intento de vuelta a los parámetros existenciales y de weltanchaaung de la Edad de Oro o Satya-yuga desgraciadamente, con el paso del tiempo, fueron contaminándose con efluvios propios de etapas descendentes y con las influencias de pueblos de esencia definidamente telúrica. No obstante lo cual mantuvieron -y cerniéndonos en específico a los celtas hispánicos objeto de este trabajo- vivos los ejes básicos y los pilares primordiales de la Tradición.” (14)

Pensamos, con esta disgresión, haber asentado el sentido que tiene el concepto de elemental, cuya irrupción Jünger estima indispensable para acabar con los detritus representados por el modo de existir burgués y con las sociedades en las que éste es su depositario. El “trabajo” -en el sentido vasto que para nuestro autor tenía y que ya hemos señalado con anterioridad- sería el vehículo para hacer posible dichos cambios. Así, Evola nos explica que “en el mundo que Jünger denomina del trabajo se realizan nuevas pruebas, nuevas selecciones: pruebas de una extrema, desnuda, casi metálica frialdad, en las cuales la conciencia heroica gobierna el cuerpo como un instrumento imponiéndole una serie de acciones complejas más allá de los límites del instinto de conservación” (15)

El maestro trasalpino añade que “por tal camino Jünger piensa en una nueva aristocracia”. (Recordamos que el de Heidelberg apunta también, en las citas que páginas arriba hemos extractado de su novela “Heliópolis”, semejantes ideas acerca de cómo se originaría la ‘élite’ arquetípica.) Evola continúa señalando que para esta aristocracia descrita por Jünger “el verdadero secreto no se halla en el prometer, sino en el exigir” y que el autor alemán “ha pensado en una élite cual condensación esencial y activa del modo de ser del obrero en los términos de una especie de guardia, de nueva espina dorsal de formaciones guerreras, como una selección que se puede también denominar una Orden”.

 

Si es el enfoque de la Tradición el que estamos utilizando para acometer los rasgos determinantes de la obra de Jünger nos podría parecer que quizás nuestro autor reflejó bien esa etapa de la nigredo hermético-alquímica, a la que hemos hecho alusión párrafos arriba, que busca el descondicionamiento del hombre con respecto a todo aquello que lo amordaza, mediatiza, subyuga, esclaviza, aturde, altera, traumatiza y aminala (y lo busca, en la obra jüngeriana, a través del “trabajo” y/o las situaciones límites de la guerra,… que sacudirían las seguridades existenciales buscadas y adquiridas por la vida burguesa), pero que, en cambio, el de Heidelberg se quedó, nos podría parecer, en el tratamiento de dicha etapa y no concibió las posteriores del albedo y del rubedo alquímicos …etapas que se enmarcan, ahora sí, en planos superiores y sacros de la realidad y que corresponden al dominio de la metafísica. Para un estudio realizado desde los parámetros de la Tradición la obra de Jünger podría -de ser de esa guisa lo ahora expuesto- dejar bastante que desear, pero la realidad, para nuestro grato contemplar, no es así y el alemán lo trasluce en obras posteriores en las que su alcance (tal como plantea el mismo título de este nuestro ensayo) va mucho más allá de lo expuesto hasta este punto. Tal es así en “Sobre los acantilados de mármol”, donde lo elemental (ahora, más bien, asociado a lo pulsional) y lo titánico (la mera fuerza desacralizada) toman un carácter claramente negativo y su afloramiento no resulta deseable pues al descondicionamiento del ser se debería llegar por otros caminos distintos a lo relacinado con ese “más allá telúrico” del que ya hemos hablado: se debería llegar -de acuerdo con la Tradición- a través de la Iniciación, esto es, de un camino de disciplina interna meticulosa, metódica, ardua y constante que conoce de técnicas como las de la meditación o de la visualización mental.

Acerca de la trama de “Sobre los acantilados de mármol” (obra escrita en 1.939) Evola escribe: “Es el contraste entre dos mundos. El uno es el de la Marina y de las pasturas, que se encuentran por debajo de los acantilados de mármol ; es un mundo patriarcal y tradicional, en donde la vida en la naturaleza y el estudio de la naturaleza tiene como contrapartida una superior sabiduría y un símbolo ascético y sacral incorporado eminentemente en la novela por la figura del Padre Lampo. Frente al mundo recogido cerca de los acantilados de mármol se encuentra el de los pantanos y de los bosques, en donde señorea una espantosa, diabólica figura que Jünger denomina el Oberförster (traducido como trotabosques): es éste un mundo elemental , de violencia, de crueldad, de ignonimia, de desprecio por cualquier valor humano”. (16)

El conflicto entre estos dos mundos antagónicos se hace irremisible y el mundo oscuro de los pantanos y de los bosques acaba destruyendo al de la Marina y las pasturas, pues éste, de hecho, ya se hallaba sin pulso vital y sosteniéndose casi por inercia.

Evola sigue narrándonos que “de todo el mundo de la Marina, ya en llamas, tan sólo alguno logra escapar, con un barco, llevando consigo, como una reliquia justamente, la cabeza amputada del príncipe Sanmyra, la cual sólo mucho más tarde, engarzada en la primera piedra, debía servir de fundamento para una nueva Catedral”.

Recuérdese que un parámetro incuestionable de lo que la Tradición entiende como Edad de Oro es el de la unión de las funciones sacra y regio-dirigente en una única institución o persona …la cabeza del príncipe Sanmyra (función regia) y la nueva Catedral (la Espiritualidad reencontrada: función sagrada) se conciben, en este libro de Jünger, de manera indisociable si de lo que se trata es de la restauración de la Tradición Primordial, pues no hay que olvidar, repetimos, que ambos principios, el espiritual y el temporal, se hallaron unidos -en, echando mano del hinduismo, el Satya-yuga o Krta-yuga- bajo los mismos representantes e instituciones, por lo que el conjunto de las actividades humanas en las comunidades Tradicionales se encontraron, por irradiación desde la cúspide de la pirámide social, en todo momento impregnadas por lo Sacro. Hallamos, pues, a la realeza sacra y a la aristocracia sagrada en la dicha cúspide de la pirámide social.

Evola, a propósito de “Sobre los acantilados de mármol” nos continúa diciendo en su citado escrito que “con el advenimiento de las fuerzas elementales-telúricas del Trotabosques en las tierras de la Marina se derrumba un mundo -aunque ya en estado de notable postración- de la cualidad, de la personalidad, de la ascesis, de la tradición mistérica y sagrada, de la cultura en sentido superior.”

El sustancial y cualitativo paso dado por el de Heidelberg desde su “El Trabajador” hasta “Sobre los acantilados de mármol” tiene que ver con el tránsito, citando a Evola, “de una asunción existencial meramente activista-guerrera -titánica- a otra con referencia a valores trascendentes”.

Esta asunción trascendente se vuelve a corroborar en su novela “Heliópolis” (1.949), en la que, en boca de uno de sus personajes,  le podemos leer: “Tú atente al dogma según el cual la materialidad de las imágenes oculta a las miradas el resplandor supraterrenal. (…) Nunca encontrarás en la tierra lo supremo (…). Tú gobiérnate  según la norma de Boecio: una tierra dominada nos da las estrellas. Éste es el único camino recto”. (17)

Percíbase que no se aboga por ninguna especie de evasionismo metafísico con respecto a la vida terrenal y al mundo físico sino que se aboga por bregar en este mundo para hacernos con el Supramundo. Es ésta la esencia de la Tradición: la vida como catapulta hacia la Supravida y, a la vez, el objetivo de sacralizar esta existencia terrenal y no evadirse de ella.

Ciertamente se nos presenta un Jünger que no tan sólo concibe la existencia de la trascendencia sino que además nos da muestras de que lo más importante es arribar a su conocimiento y hacerse uno con ella. Un Jünger desmarcado, pues, de actudes pasivas (meramente fideístas y devocionales) ante el Hecho Trascendente y abocado, en cambio, a su conquista activa. El camino es el de la Iniciación trazada en todo ordenamiento Tradicional. Es el camino -en expresiones tan concurrentes en la obra de Evola- de la ‘luz del norte’ heroica frente al de la ‘luz del sur’ fideísta.

Por ello el alemán nos ofrece herramientas que van encaminadas en tal sentido, como cuando uno de los personajes de Heliópolis (págs. 131 y 132) dice que “Por esta razón, los sabios de todos los países y todos los tiempos están de acuerdo en que la felicidad no puede alcanzarse por la puerta de los deseos ni en la corriente del mundo.

De donde se sigue que quien quiera tener parte en la felicidad debe ante todo cerrar la puerta de los deseos. En este punto concuerdan todos los preceptos, como variantes de un texto revelado -los libros sagrados, los antiguos sabios de Oriente y Occidente, las doctrinas de los estoicos y los budistas, los escritos de los monjes y los místicos.

La experiencia nos enseña, además, que el hombre no sigue estos preceptos. Vive como en los palacios de Las mil y una noches, en los que todas las habitaciones le ofrecen bienestar, salvo una cuya puerta no puede traspasarse y tras la cual se halla la preocupación. ¿A qué se debe que su mala estrella le empuje a abrir precisamente ésta? El enigma consiste en que es la puerta de los deseos.

La caza de la felicidad lleva a las espesuras. Hay que dejar que la felicidad entre por sí misma. No se encuentra a gusto con los impacientes. Es como los preparativos, que son cada vez más bellos. No hay que acelerar el ritmo de la vida, hay que retardarlo, al modo de los ríos que fluyen hacia el mar. A medida que va ganando, con la edad, profundidad y fuerza interior, es capaz de arrastrar consigo oro, navíos y monstruos rientes.

Raras veces nos salen al encuentro hombres felices: no quieren llamar la atención. Pero aún viven entre nosotros, en sus celdas y buhardillas, sumidos en el conocimiento, la contemplación, la adoración -en los desiertos, en las ermitas, bajo el techo del mundo.Tal vez a ellos se deba que nos llegue todavía el calor, la fuerza superior de la vida”.

Jünger sigue, en la misma novela, aportándonos pistas y medios para domeñar nuestro yo inferior, en esa nigredo alquímica de descondicionamiento, a través de una máxima estoica: “renunciar para ganar”. (p. 188)

El de Heidelberg confirma su elección por la ‘vía activa y heroica’ hacia el Hecho Trascendente con sus referencias a la alquimia, pues no olvidemos que la tradición hermético-alquímica envuelve bajo la capa de toda una suerte de rico simbolismo lo que no es ni más ni menos que la vía Iniciática -‘vía del héroe’- transformadora de su interior que está recorriendo el alquimista. En esta línea, en el mismo libro, leemos que “(…) Todo esto también lo expresa la alquimia, es decir, la química auténtica (18) (…) Los grandes símbolos alcanzan a todas las capas: se les ve actuar desde las esferas ocultas hasta las lúcidas, aunque sólo el iniciado comprende las interconexiones.” (pág. 328)

Jünger muestra estar muy versado en temas alquimistas cuando nos hace la siguiente relación (pág. 332): “Algunos de ellos estaban escritos en viejos pergaminos y se agrupaban en torno a los nombres de Alberto Magno, Ramon Llull y Agripa de Nettesheim, cuyo de Vanita scientiarum se conservaba en su doble edición, la de Lyon y la de Colonia. Se hallaba también el gran in folio de Wierus, De praestigiis daemonum, y las compilaciones publicadas en Basilea, hacia el 1.582, por el médico Weckerus”.

De optarse, en vida, por ‘la vía activa´ o via remotionis, de consumarse las etapas que pueden llevar al Iniciado hacia la Gran Liberación o, en cambio, de conformarse con ‘la vía pasiva´ estrictamente devocional depende el recorrido que espere tras la muerte física de la persona. La ‘vía de ultratumba’ es descrita en El libro de los muertos egipcio o en El libro tibetano de los muertos -el llamado Bardo Thödol -. Tampoco Jünger era ajeno a su conocimiento, cuando, a propósito de la ceremonia parsi celebrada tras el fallecimiento de uno de los personajes de “Heliópolis”, el narrador afirma que “él había emprendido ya el gran viaje, había penetrado en el mundo de cristal cuyas aventuras describe el Libro de los muertos” (pág. 378). (19)

Ante la posibilidad del Héroe que se adentra por los terrenos de la interior via transformationis de optar por la llamada ‘vía de la mano derecha’ -la apolínea del Héroe que no necesita de ayudas externas para recorrerla- también se le presenta el hacerlo por la peligrosa ‘vía de la mano izquierda’: la dionisíaca. Ésta sí que utiliza ayudas, o más bien “venenos”, como soporte sea para alterar el estado ordinario de conciencia (utilización de alcohol, drogas, ciertas danzas,…) sea para activar fuerzas sutiles (kundalini) en el interior del Iniciado (utilización del sexo).

Parece ser que Jünger no fue ajeno a esta ‘vía de la mano izquierda’, como se puede colegir cuando le hace decir, en “Heliópolis” (pág. 327), a uno de sus personajes que “el cáñamo saca con sus lazos al espíritu fuera de sí y le hace entrar en los imperios de las imágenes”. O cuando también leemos en la misma novela (pág. 381) que “Las drogas son llaves, aunque no descubren sino lo que se oculta en nuestro interior”, que “Tal vez llevan hasta profundidades que de otra manera estarían siempre bajo cerrojo” o que “Funden la cera de los sellos”.

Al de Heidelberg al tiempo que, durante la IIGM, -tal como se puede consultar en Metapedia- “en los círculos literarios departía amistosamente con Henry de Montherlant o Pierre Drieu la Rochelle”, lo encontramos, no en vano, frecuentando los salones de fumadores de opio. También en este portal de internet leemos que “En 1952, después de su primera experiencia con la LSD, escribe Besuch auf Godenholm (Visita a Godenholm)” y que “Otro libro sobre el tema de las drogas es Annäherungen. Drogen und Rausch (Acercamientos. Drogas y ebriedad ), de 1970. Esta obra, en la que el autor acuñó el término psiconautas (navegantes de la psique), expone las numerosas experiencias de Jünger con varios tipos de sustancias psicoactivas, tanto enteogénicas como estimulantes u opiáceos.” (20)

Desconocemos la naturaleza exacta de las experiencias que gracias al consumo de drogas pudo haber experimentado nuestro alemán autor pero una vez comprobado el profundo valor de lo metafísico en la obra de Jünger podemos pensar que posiblemente el dicho consumo pudo representar para él el poner en práctica la ‘vía de la mano izquierda’: aquella vía que convierte el veneno en remedio pues ayuda, al operante, a soltar el lastre que carga el estado de conciencia ordinario para abrir las puertas de los planos sutiles de la realidad y tras lo cual, si el Héroe es capaz de más,  llegar a Identificarse ontológicamente con el Principio Supremo Inmanifestado y Eterno.

Pensamos que, en efecto, el uso de sustancias estupefacientes tuvo en Jünger un objetivo de realización espiritual y no el de un simple buscar la experimentación de imágenes de la psique, un simple buscar la irrupción del turbulento enjambre del subconsciente del que el hombre vulgar es depositario y no  tampoco tendría en Jünger el fin de dar rienda suelta a ese mundo psíquico atolondrado y atolondrante que el hombre común es incapaz de dominar. Lo pensamos así porque estas peligrosas explosiones del psiquismo parece que no se dieron en el de Heidelberg, ya que su salud mental no se vio turbada y su no adicción a estas sustancias (fruto, en expresión evoliana, de ‘un tipo de hombre descondicionado’ que se ha enseñoreado de su interior gracias a la ´vía del Héroe’) le evitó problemas de salud que de haberse dado sin duda no le hubiesen permitido el llegar a vivir… ¡casi 103 años!

Con la ‘vía de la mano izquierda´ encuentra muchas concomitancias la aplicación de la doctrina extremo-oriental de ‘cabalgar el tigre’. El tigre pueden ser esos “venenos” que pueden llegarse a convertir, para el Héroe, en “remedios” o, por contra, que de ser no “cabalgados” con la prepación Iniciática adecuada pueden desgarrar y devorar al que hubiese, temerariamente, usado de ellos. El tigre, en un orden externo, puede ser el actual estado de cosas (el Establishment hegemónico en diferentes fases de este mundo moderno disolvente) que parece inderrocable y contra el cual es más aconsejable no enfrentarse de cara sino cabalgarlo, para ver si puede llegar a agotarse …cabalgarlo y bregar para que ya que no parece que se le pueda hacer caer al menos que no le haga caer a uno en sus trampas y en sus destrucciones existenciales. Es en este sentido en el que Evola interpreta el fin del mundo de La Marina en la jüngeriana “Sobre los acantilados de mármol” al escribir que “la única esperanza en la tragedia es que justamente la experiencia del fuego destructor sea, para el sujeto, un principio de renacimiento, el umbral para pasar a un mundo incorruptible” (21). Algo que nos recuerda directamente aquel aforismo de Friedrich Nietzsche de que “lo que no nos destruye nos hace más fuertes”.

Ante ese mundo moderno con respecto al cual se antoja casi suicida el enfrentarlo de cara no queda otra opción que el de una actitud distante para con sus instituciones pero no desentendida ante el accionar deletéreo de éstas: Evola la denominó apoliteia y Jünger ‘vía de la salamandra´. Así nos lo expresa Gianfranco de Turris en el ensayo “Evola y Jünger”: “la jüngeriana ‘vía de la salamandra’ tiene muchos contactos con la apolitea evoliana. El fin es el mismo: pasar indemne a través de las combustiones de la Modernidad.” (22)

 

Sin duda, tras todo lo expuesto, Ernst Jünger podemos afirmar que fue ajustando su obra y su vida a parámetros de índole Tradicional. Mismamente la amistad que, durante los años ’50 de la pasada centuria, frecuenta con un Mircea Eliade es harto significativa sobre hacia dónde están, por entonces (y mucho antes), enfocadas sus preferencias vitales.

El referente doctrinal de Evola, como se ha ido comprobando a lo largo del presente ensayo, nos resulta primordial para calibrar el alcance de Jünger. Se da, además, el hecho significativo de que el italiano, tras el fin de la IIGM, incluyó al alemán entre las gentes con las que debía contactar con el objeto, al decir -entre otros- de Gianfranco de Turris de establecer una especie de ´frente espiritual’ en las catacumbas situadas bajo la pesada losa del mundo moderno o de establecer una Orden que vertebrara una posible reacción contra esa deformidad y anomalía representada por la modernidad. Así dice Gianfranco de Turris que “Las relaciones entre Evola y Eliade fueron sobre todo epistolares y seguramente comprendieron muchas más misivas que aquellas de las hoy localizadas: en la inmediata posguerra, Evola buscó retomar los contactos con sus mayores conocimientos culturales, escribiéndoles desde que se encontraba en el hospital, en 1948-1949: a Carl Schmitt, René Guénon, Gottfried Benn, Ernst Jünger y diversas personalidades, entre las cuales se apunta Eliade.” (23)

El reconocimiento del adeudo que a la obra de Jünger Evola le reconoce a parte de su propia producción se lo podemos leer al transalpino en su libro autobibliográfico “El camino del cinabrio”, cuando afirma que “El siguiente libro escrito por mí, Cabalgar el Tigre, en parte retoma, extendiéndola y completándola, la temática de Jünger.”

Retomando el “Evola y Jünger”, Gianfranco de Turris nos sigue explicando que “el 17 de noviembre de 1.953, Evola escribió a Ernst Jünger una carta que hasta ahora ha permanecido inédita. La carta nos la ha transmitido el Archivo del escritor alemán casi un año antes de la muerte de éste. La carta es típica de las motivaciones ideales que impulsaban a Evola a tomar contacto con personalidades consideradas por él como afines: la petición de traducir Der Arbeiter , veinte años después de su publicación, las -citando textualmente a Evola- analogías entre la primera y la segunda postguerra , la problemática estudiada en este libro es de actualidad ; el ensayo pues, podría ejercitar aún un efecto de despertar . En el inicio de su carta, Evola afirma haber recibido la novela Heliópolis dedicada a través de Armin Mohler.

Evola eligió y tradujo para Volpe, en los años sesenta, El muro del tiempo. Fue comentada positivamente, quizás porque tenía puntos de contacto con El Obrero.”

En fin, son variados los autores que han sabido ver las muchas semejanzas que se pueden establecer entre muchos de los conceptos y los valores que, a lo largo de sus respectivas obras, manejaron Jünger y Evola, tal cual sucede, de manera harto recurrente, con -como botón de muestra- Giovanni Monastra en su ensayo “Por una ontología de la técnica. Dominio de la naturaleza y naturaleza del dominio en el pensamiento de Julius Evola” (24).

Incluso podríanse establecer paralelismos entre las diferentes evoluciones de que hicieron manifiesto ambos a lo largo de su periplo vital, pues si Jünger empieza por adherir en Der Arbeiter a la figura del ‘trabajador’ como oposición al burgués y a las “seguridades” que éste se ha construido Evola, igualmente, empieza, desde muy joven, por identificarse con el dadaísmo con el principal objeto de romper convencionalismos burgueses. Si, posteriormente, en “Sobre los acantilados de mármol” o en “Heliópolis” Jünger campa más que considerablemente por el ámbito del Espíritu Evola, tras superar sus etapas dadaísta y filosófica, entra de pleno en la Tradicionalista. Y si Jünger no es ajeno a la ‘vía de la mano izquierda’ también Evola acabará cerrando filas con una doctrina como la de ‘cabalgar el tigre’ tan emparentada con esa ‘ vía de la mano izquierda’.

No pasemos, por lo demás, por alto el hecho significatico de la cercanía y las afinidades que siempre mostró Evola hacia la llamada Revolución Conservadora alemana, hacia la mayoría de los autores que han sido englobados en ella y hacia sus planteamientos políticos y los valores que defendían y no olvidemos, tal como señalamos al principio de este ensayo, el que Jünger es uno de los autores que han sido incluidos dentro de esta corriente de pensamiento.

 

Tras todo lo aquí expuesto… ¡gran alcance es el que, a ese nuestro entender guiado por la traza de la Tradición, tiene la obra -y también la vida; aunque no fuera ésta el objeto central de estudio de nuestro trabajo- de Ernst Jünger!

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

 

 

 NOTAS:

 

  • Ideas, éstas, vertidas en un escrito suyo titulado “La Tradición” y publicado, en 1.925, en la revista Die Standarte (“El Estandarte”), órgano de los excombatientes Stahlhelm (“Cascos de Acero”); la traducción al castellano es obra de Ángel Sobreviela.
  • “José Antonio y Evola”; constituye el capítulo X de nuestra obra “Reflexiones contra la modernidad”, editada por Ediciones Camzo. Se puede, igualmente, acceder al contenido del mismo en https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/27/jose-antonio-y-evola/

*Clan, gens, sippe o zadruga hacen referencia al mismo concepto pero referido, respectivamente, a las tradiciones celta, romana, germánica y eslava.

 

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