Julius Evola. Septentrionis Lux


Meditación y mística cristiana
noviembre 4, 2018, 1:37 am
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Escribíamos en cierta ocasión que “no hay gracia que valga ni salvación posible si no se conquista la Eternidad y esto tan sólo es posible lograrlo a través de la Iniciación, esto es, de un duro, riguroso, metódico, arduo y prolongado trabajo interior de concentración, descondicionamiento, meditación, visualización,…

(…)

No cabe recordar que emotividad y misticismo no responden a una manera activa de encarar lo Trascendente sino a un alterarse psíquicamente ante su significado y/o ante su concebírselo (emotividad) y a un obnubilarse y ser objeto pasivo de arrebatamientos ante ello (misticismo)”

 

Ciertamente a pesar de nuestros recelos, ante hasta qué punto existe una real realización interior en el contexto de las vías místicas, no podemos por menos que poner en valor este importante texto, cuya autoría corresponde a un conocido nuestro, pues dicho trabajo nos resulta muy aleccionador sobre la temática de la mística cristiana.

E.A.

 

 Meditación y mística cristiana

F.A.

 

 

Necesidad de la vida interior

 

Según la tradición cristiana, el alma ha sido creada de la nada por Dios y para San Agustín, el alma humana, por ser creada de la nada es mutable ya que tiende hacia el sumo Bien por quien ha sido hecha, pero también tiende hacia la nada de la que ha sido hecha.

 

La voluntad humana tiende hacia los bienes celestes por ser eternos y superiores, pero también hacia los sensibles y temporales ya que halagan a los sentidos por ser inmediatos.

 

Cuando se decanta el hombre por la delectación de lo temporal sobre o eterno, cae en sí mismo victima de la soberbia al entregarse a sus sentidos y placeres. La soberbia es principio de la pérdida de la unión con Dios y de la unidad con la creación.

 

Dejando a Dios, comienza a amarse a sí mismo en exceso y no encontrando en sí mismo nada que le satisfaga completamente, empieza a amar las cosas exteriores y sale fuera de sí a la conquista del mundo sensible.

 

Al querer dominar el mundo material y externo, el hombre soberbio se lanza a los saberes particulares que le reporten provecho inmediato, se empeña en amontonar cosas exteriores que aturden la vida con ruidos.

 

Como no llega a un conocimiento suficiente, se entrega por completo al mundo exterior con esfuerzo continuo ya que el mundo temporal por definición siempre estará cambiando y se va alejando de su alma e identificando con el mundo exterior.

 

Al estar atenta a saber, poseer y gozar, se olvida y se desconoce a sí misma, y solo ve valor a lo exterior, que es múltiple y temporal, dispersándose cada vez más hasta identificarse con la materia, pues llega a creer que ella es de la misma naturaleza que las cosas temporales.

 

Si el hombre vuelve a sí mismo verifica que es un desgraciado e insatisfecho, que es nada. Vuelto el hombre en sí, no puede simplemente quedarse en sí mismo ya que es nada y volvería a darse por completo al exterior victima de los sentidos. No debe quedarse en sí para no volver a salir de sí y dejarse arrastrar por el mundo material y externo que hemos mencionado antes.

 

Llegado a este punto, debe negarse a sí mismo para poder encontrarse en Dios. Toda la purgación necesaria para la unión con Dios se funda en ese negarse a sí mismo adhiriéndose a Dios para no caer en la dispersión.

 

El alma, siguiendo a Dios, podrá imperar al hombre exterior. Sometiéndose al mayor vencerá al inferior.

 

La conversión agustiniana es la vuelta del alma desde la multiplicidad dispersa exterior, por el camino de la interioridad, a la unidad armoniosa de todas las potencias y consiguientemente, a la unión con Dios.

 

Para poder elevarse a la contemplación de Dios y de los inteligibles el ojo intelectual necesita purificarse, mediante la ascesis personal. Purificada el alma de la costra material, se interioriza y se ve a sí misma superior al cuerpo y al universo material.

 

Todo hombre con el normal uso de la razón es iluminado por la Verdad subsistente, que irradia en el interior de la conciencia la ley Natural. Para verla y conocerla hace falta que el hombre vuelva la mirada hacia su interior, pues dentro de nosotros mismos está el Reino de Dios, no tenemos mas que ahondar en el centro de nuestros corazones para hallar la eterna fuente de agua viva. En esta idea se basan las Moradas de Santa Teresa, de las que hablaremos más adelante.

 

Por lo tanto, la vida interior debe ser el centro de una vida cristiana normal, tal como debe ser vivida por todos, mientras que la vida cristiana tal como la practica la inmensa mayoría es anormal y monstruosa, privada de sus frutos.

 

Esta falta de vida interior afecta incluso a aquellos con la misión de guiar a las almas hacia Dios. La imprudencia de algunos ciegos directores espirituales ata las alas de los cristianos que buscan en ellos los caminos de Dios creyéndoles un guía experimentado y que los lleva al precipicio. Así es como se resfría la piedad y se pierde la misma fe por falta de maestros que sepan exhortar en doctrina sana.

 

¿De donde procede que la religión cristiana venga a reducirse a vanas exterioridades, practicas rutinarias y un simbolismo muerto? Una de las causas es el ser hoy tan escasos los que sienten y conocen a fondo las obras del Espíritu vivificante en las almas.

 

Tipos de oración y prácticas

 

El tipo de oración mas básica es la oración vocal en la cual utilizando un lenguaje articulado nos expresamos a Dios. Las personas más avanzadas en la vida interior la realizan interiormente, manteniendo el recogimiento.

 

A la oración vocal la sigue a lo que en la tradición cristiana se llama meditación, o meditación discursiva, que consiste en la consideración de los divinos misterios. Es un proceso de reflexión e introspección en el cual pensamos detenidamente en ciertas ideas, recuerdos, imágenes, etc.

 

Y por último está la oración contemplativa, en la que nos abrimos a una experiencia de unidad con Dios. No podemos producirla mediante la técnica, pero podemos silenciar el ruido interno y vaciar de imágenes que nos impidan estar receptivos a la contemplación.

 

La contemplación como práctica es la oración del corazón y no de la mente. El objetivo de la oración contemplativa es entrar en la conciencia de la presencia de Dios.

 

No hay una praxis común definida para la oración contemplativa, ya que no se puede entender a Dios como una máquina a la que manipulando correctamente podemos obtener lo que se quiere. Por lo tanto, hay gente que se sienta delante de un crucifijo o un icono, otros se sientan en una iglesia y respiran profundamente mientras miran el tabernáculo. Otros practican mindfulness, otros recitan un mantra al ritmo de su respiración, algunos influenciados por el Zen u otras técnicas… Puede haber tantas técnicas como personas y estas técnicas no serán místicas per se, pero pueden ser entradas a la contemplación ya que llevan al silencio.

 

Combinando estos tipos de oración surgen prácticas como la Lectio Divina que consiste en una lectura espiritual de las Sagradas Escrituras u otros textos combinada con una meditación discursiva y/o una oración vocal, incluso acabando en una oración contemplativa.

 

En la iglesia primitiva, por ejemplo, se combinaba recitar pasajes de la Sagrada Escritura, especialmente Salmos, con la repetición de frases cortas que se anclaban en la mente y en el corazón hasta que se convertía en parte de uno mismo.

De esta manera de orar surge la práctica de la oración de Jesús, que consiste en la invocación “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí Pecador” repetida constantemente. Esta oración esta especialmente vinculada a los Padres del Desierto.

 

Esta práctica se define por dos elementos fundamentales: el Nombre divino, y la repetición rítmica de dicho nombre, que tiene por consecuencia natural y casi indispensable una actividad meditativa.

 

Se practica estando en silencio con los ojos cerrados, vacíos de imágenes mentales y conceptos visuales y repitiendo constantemente dicha oración, utilizando la respiración. “Señor Jesucristo, Hijo de Dios” al inspirar y “Ten piedad de mí pecador” al expirar, aunque otras formulas son posibles también.

 

También se practica durante el resto del día mientras se realizan otras tareas, esperando que el fuego perenne se encienda en el corazón. Con esta disciplina se busca que el desorden que reinaba en el alma desaparezca y labrar el sendero de la contemplación.

 

La oración de Jesús históricamente ha estado más vinculada a Oriente y en Occidente, basado en la misma idea de la invocación constante, se utiliza el Santo Rosario.

 

El rosario combina la repetición de la invocación en el Ave María, precedida de la oración del Padre Nuestro y concluida con el Gloria. Se añade a esto la meditación de una serie de misterios durante su rezo. No es una mera oración de petición, sino un movimiento de elevación del alma hacia Dios con vistas a la unión con Él.

 

Durante este ejercicio, el alma se aplica a sí misma las palabras del Ángel a María. Como dice Schuon: “se identifica con el seno virginal para convertirse en el lugar de la generación del Verbo en ella. La repetición de las palabras del Ángel termina por transformar al alma en su arquetipo virginal.”

 

Al meditar en los misterios, no se puede dejar de ver en ellos las etapas de la vida mística, que culminan con la plena unidad con Dios.

 

Siguiendo una exposición que hace Jean Hani de los misterios del rosario:

 

En los misterios gozosos, el alma se abre a la Divinidad: En la anunciación recibe el germen del Verbo; en la visitación se concentra en la presencia divina y actúa en conformidad con ella; en la Natividad el alma da a luz al verbo. En el reencuentro el hombre encuentra a Dios en el templo de su corazón.

 

Los misterios del dolor recuerdan las tribulaciones del Verbo encarnado, tribulaciones que el hombre tiene que atravesar personalmente, siguiendo a Cristo y a María. Siguiendo estos misterios: para que Dios crezca en el debe flagelar a su yo, coronarlo de espinas, hacerle tomar la cruz y finalmente crucificarlo, es decir dar muerte al hombre viejo.

 

Los misterios gloriosos describen la transformación del alma. En la resurrección el alma mortificada resucita y recobra la verdadera vida, en la ascensión se eleva, abandona lo creado para unirse a la naturaleza divina, en Pentecostés es deificada por el poder del Espíritu Santo, en la Asunción se eleva y en la Coronación alcanza la Divinidad.

Evolución mística

 

Al proceso de formación, desarrollo y expansión de esa vida prodigiosa lo llamamos evolución mística donde el final lo marca la unión con Dios. Para poder entender este camino, nos basaremos principalmente en la obra de Arintero, monje dominico del siglo XX y encajaremos las diferentes etapas de la evolución mística en las moradas de santa Teresa, quien concibe el alma como un castillo interior en el que cada estancia nos acerca más y más a la unión con Dios, y también las dos noches oscuras del alma de las que habla san Juan de la Cruz.

 

En esta unión, el hombre, sin dejar de ser hombre, queda deificado. Permanece su naturaleza íntegra, pero en otra forma; pues no solo es purificada, sino que queda realzada y encumbrada hasta la altura de la Divinidad, que se suele explicar mediante la metáfora siguiente:

 

El hierro, una vez metido en el horno, pierde toda su escoria, y sin dejar de ser hierro, queda todo incandescente. Una cosa es el fuego o calor participado con que íntimamente se hizo ígneo, que podríamos equiparar a las gracias espirituales y otra el del horno que la enrojeció, el mismo Dios. Mientras posee esta condición ígnea, no solo aparenta ígneo, sino que en realidad lo es.

 

Durante nuestra evolución mística nos vamos haciendo conscientes de la presencia del Espíritu Santo que con su fuego ha de animarnos, inflamarnos, purificarnos y perfeccionarnos, transformándonos hasta el punto de deificarnos. Los toques e influjos divinos, efluvios vitales, de los que nos habla Arintero, son consecuencia de la oración y contemplación como apertura constante hacia Dios y ardiente deseo de unidad con Él.

 

Esta deificación, o theopoiesis, es el punto capital de la vida cristiana, que debe ser toda ella un continuo progreso que tenga por término una perfección verdaderamente divina.

 

La mística en las etapas iluminativa y unitiva es esencialmente esotérica, nadie puede comprenderla ni apreciarla bien sin estar iniciado en la propia experiencia.

 

Los medios de desarrollar la vida espiritual y fomentarla son todos los que, de un modo u otro, directa o indirectamente, contribuyan a favorecer nuevos divinos efluvios o activar este ejercicio nuestro, excitando las energías ya recibidas, a fin de que fructifiquen, y facilitando y preparando la comunicación de otras nuevas, o bien quitando impedimentos que a unas y otras se oponen.

 

En esta evolución mística se comienza por la vía ascética, caminando hacia la perfección por vías ordinarias: consideración de los divinos misterios, mortificación de las pasiones, el ejercicio metódico de las virtudes y practicas piadosas y la meditación discursiva.

 

La ascética comprende los primeros grados de la perfección cristiana en los que se ejercitan las prácticas de la vía purgativa.En esta fase se encuentran las tres primeras moradas de Santa Teresa.

 

El primer paso que debemos dar en nuestra renovación es el de tomar la decisión de renunciar a todos nuestros desordenados gustos y apetitos, sujetando y mortificando nuestros sentidos para que no nos induzcan al mal, y castigando nuestro cuerpo y reduciéndolo a servidumbre, para que no codicie contra el espíritu. Solo así es como podremos emprender el camino espiritual. Santa Teresa recoge esta necesidad de abandonar todo asunto mundano innecesario como el punto de partida en las primeras moradas.

 

Para levantar el edificio de una santidad verdadera y sólida, es preciso asentar bien las bases de una profunda y sincera humildad, destruir el pernicioso amor propio que todo lo corroe y vicia, que nos engaña y ciega, haciendo que nos tengamos por todo siendo nada. Esta necesidad de volver a uno mismo comprendiéndose nada la hemos explorado al principio, y cabe puntualizar la necesidad de no caer en el odio a uno mismo que es blasfemo y pernicioso también.

 

Nos explica Arintero que, siendo la perfecta unión con la voluntad divina la norma de nuestra vida espiritual, debemos renunciar en todo a nuestros intereses, a nuestros medros personales, a nuestras miras humanas, caprichos, gustos y comodidades. Sin tener otro deseo, otro gusto ni otro querer ni no querer que el divino.

 

El curar de nuestras llagas, el despojarnos del hombre viejo y vestirnos del nuevo no se hace sin gran violencia y dolor. El crecer en gracia y conocimiento de Dios, mediante la contemplación de su vida y la imitación de sus obras, y el subir por las escarpadas sendas de la perfección cristiana no puede hacerse sin fatigas, pues Dios reina desde la cruz y para unirnos plenamente con El tenemos que seguirle por las dolorosas y ensangrentadas sendas del Calvario. En las segundas moradas Santa Teresa hace patente esta lucha continua del hombre, a medias despreciando y a medias anclándose a estos apetitos inferiores. El alma sufre al intentar evadirse de lo mundano y de los afectos egoístas.

 

Debemos luchar, someter y domar a la desordenada concupiscencia que nos inclina al mal, expurgando y arrancando todo resto de vicios y corrupción.

 

Y como los hábitos viciosos están en nosotros tan arraigados y connaturalizados, de ahí lo doloroso que es desterrarlos totalmente; de ahí los continuos sacrificios que entraña la obra de nuestra purificación y de ahí que no podamos progresar en santidad y justicia sino haciéndonos extremada violencia para quitar todos los obstáculos.

 

Si no mortificamos nuestros sentidos y refrenamos las pasiones hasta reducirlas al silencio, no lograremos oír la voz del Espíritu ni podrá sentir las delicadas mociones e inspiraciones con que le está sugiriendo y enseñando la verdad y guiando por las sendas de la justicia y de la vida. Por eso dicen los santos que sin gran aprecio de las austeridades es imposible que haya verdadero espíritu de oración y contemplación, porque se exige una gran pureza de cuerpo y alma y por lo tanto una larga serie de purificaciones. Cuanto se adelante en la purificación, tanto se facilitará la obra del divino Espíritu y tanto se progresará en la iluminación, unión y renovación.

 

En la ascética se pierden inútilmente las fuerzas si por dentro se está lleno de orgullo y dominado por las pasiones, porque en realidad no se buscará vencerse a si mismo, sino conquistar el aplauso mundano con vanas apariencias de santidad.

 

Nadie es buen juez en su propia causa, por lo que es recomendable un buen director espiritual a fin de que nos enseñe el modo de ejercitarnos en la oración y de practicar bien todas las virtudes. Nos ayudará a vencer nuestras dificultades, nos alentará a superar los obstáculos y nos preservará de las astucias de nuestro enemigo.

 

No será tarea del director humano señalar los caminos por donde Dios ha de llevar al alma, sino tan solo de velar porque ella no se extravíe ni se detenga por vanas timideces, refrenándola cuando la ve precipitada o estimulándola si es perezosa.

 

Santa Teresa nos previene acerca de los malos directores espirituales, cuya escasa o nula vida interior puede llegar incluso a entorpecer nuestro camino hacia la unidad con Dios, advirtiéndonos que es mejor no tener un director espiritual que tener uno así.

 

Dios lleva el alma a la soledad para hablarle al corazón y esta alma debe ser pura y sencilla y estar recogida y atenta para sentir y entender ese divino lenguaje. Debe huir de el mundanal ruido de las criaturas, de todo el tumulto de las pasiones y los vanos cuidados terrenos y hasta de sí misma, desnudando su imaginación y memoria de todo recuerdo y pensamiento humano para sentir aquel suave y silencioso susurro del divino Espíritu que nos está hablando la palabra escondida.

 

Arintero asegura que hemos de pasar por las crisis desesperadas y gloriosas de la vida purgativa. Se es atormentado con tentaciones, temores y desesperaciones. Hay que subir a la cruz y desde lo alto de ella, enrojecida con la sangre, pedir la gota de agua que apague la sed en la hora cruel que se creen abandonados de Dios y de los hombres, y en este martirio es donde saldrá a la luz el hombre nuevo.

 

Muchos son los llamados a los caminos de Dios, pero pocos vienen a resultar escogidos para seguirle hasta la iluminación y renovación total, porque muy contados son los que permanecen firmes en las pruebas, los que de veras se niegan a sí mismos y reducen sus pasiones al silencio para oír con fruto la voz de su Redentor y resolverse a abrazar sinceramente la propia cruz.

 

Aquí, la vida ascética nos lleva a un punto donde nuestras propias fuerzas no bastan para alcanzar la plena unión con Dios, y es Él quien obra en nosotros de ahora en adelante. Arintero lo considera el inicio de la vía iluminativa y podríamos considerar este punto la transición entre las terceras y las cuartas moradas de Santa Teresa.

Cuando Dios trata de introducir un alma en el secreto camino de la contemplación, suele intensificar previamente las pruebas con que la acrisola y prepara. Como pretende inundarlas por completo de luces divinas, para que empiece ya en este mundo a ver y sentir los misterios del Reino, tiene que purificarles antes los ojos de toda escoria terrena y de las ilusiones de la débil luz humana, que impedirían percibir los purísimos destellos de la Divina. Es preciso que desaparezcan estas luces inferiores para poder ver los destellos del alto cielo.

 

Cuando el alma del hombre nuevo empieza a sentir en sí este inmenso vacío que con nada creado se llena, es cuando de veras principia a dejarse en manos del divino Huésped y así este vacío espiritual es el punto de partida de los progresos en la vida mística.

 

Este vacío es lo que denomina San Juan de la Cruz la noche oscura de los sentidos, la primera de las dos purificaciones que atraviesa el alma que busca la unidad con Dios.

 

Hasta este punto, el alma tenía un fervor sensible, el cual es impedimento como impetuoso y desmesurado que es para la tranquila e íntima acción de Dios. Para que puedan sentir la luz pura espiritual, deben hallarse vacías de la sensible, así como más adelante, para poder resistir la purísima luz increada, deben quedar antes a oscuras de toda la creada.

 

En este punto, las almas deben esperar sin vacilación ni temor al único que puede salvarlas y entre la oscuridad la luz que las alienta y las dirige, va aumentando por grado su esplendor; y la que antes les parecía tan tenue, a medida que la razón natural se purifica de estas luces inferiores, las llena de claridad inaudita. Entonces, visiblemente enriquecidas ya con los sublimes dones de sabiduría y de inteligencia, ven que las aparentes tinieblas divinas eran torrentes de luz verdadera. Ven que aquel misterioso susurro que en silencio percibían era la voz del Amado que las convidaba a un trato más íntimo. Ven que la noche se ilumina como un día clarísimo.

 

Este punto de inflexión nos lleva de una oración aún bastante discursiva que no trasciende el pensamiento a la manifestación de la conciencia de Dios, aquella que trasciende conceptos, ideas, visiones, que nos es dada sobrenaturalmente y que por ello denominamos contemplación infusa.

 

La contemplación infusa se manifiesta en dos grados: un primer grado que se llama oración de recogimiento y un segundo que se llama oración de quietud.

 

En la oración de recogimiento, Dios despierta en nosotros la conciencia de Su Ser y el deseo de estar en soledad con Él. Es Dios quien atrae al individuo en esta oración, de una manera tan sutil que uno ha de estar bien dispuesto y atento para captar y apreciar los dones recibidos.

 

Las invitaciones divinas comienzan por durar muy poco, pero a medida que aumentan la desnudez, pureza, sencillez y rectitud de intención, van haciéndose más frecuentes y duraderas las ilustraciones con que Dios se une al entendimiento.

 

En el segundo grado, esto es, en la oración de quietud, la voluntad humana va quedando parcialmente absorbida por la divina. El alma experimenta una alta conciencia de lo divino. No es incompatible con las actividades exteriores; de hecho, nunca se habla de divorciar la vida de oración de la vida activa, de hecho, las virtudes crecen de manera inconmensurable cuando están acompañadas de la contemplación.

 

Al ilustrarse el entendimiento, la voluntad se enciende con nuevo fuego que la abrasa y la consume, pero dejándola con más fuerzas y ansias para buscar al sumo Bien. El mismo fuego divino que la purifica, la llena de una energía, de un calor y de una entereza a que nada se resiste que le permitirán realizar las mayores empresas.

 

Para progresar en esta vía iluminativa, hay que eliminar los obstáculos a la acción divina y cultivar la receptividad.

 

Aunque aquí el alma ya ha pasado el gran punto de inflexión y no está sujeta a grandes yugos terrenales, uno ha de seguir purgándola mediante la ascética, mortificando los placeres y afectos egoístas, y buscar con más frecuencia la soledad sin descuidar el trabajo y la comunidad – que implicaría un descuido de las virtudes, tan importantes en el progreso hacia la vía unitiva.

 

Empleando el alma todas sus potencias en buscar al sumo Bien, no hallando nada en la tierra que le pueda llenar y sabiendo que el bien consiste en adherirse a Dios, se enciende en deseos de encontrarlo y con tanto más pureza y rectitud lo busca hasta que lo encuentra en la oración de Unión. Así, todas las potencias quedan cautivas y el alma logra ser introducida en su cámara regia que es el tercer grado de la contemplación.

 

 

 

Durante estos momentos en la oración de Unión, la voluntad impera sobre el entendimiento, que esta confundido y fuera de si viendo las riquezas que hay en ella. Aquí el alma se ve y no se conoce, le parece que ya no es la misma, se encuentra cambiada, fortalecida y llena de luces. Se siente endiosada y respira un ambiente de virtud, pureza y santidad. Ve que todas las facultades tienen una energía divina y la carne apenas se atreve a codiciar contra el espíritu; las pasiones están sujetas a la voluntad.

 

En este grado aparecerían los éxtasis, raptos, visiones, etc…

 

Para que esta unión se consolide y llegue a ser indisoluble, tiene que someterse a unas purgaciones aún más dolorosas que las vistas anteriormente en la noche de los sentidos. Por pura, sencilla y santa que parecía ya en su dulce unión de conformidad con Dios, aún dista de la pureza, simplicidad y santidad que son menester para esta otra unión tan íntima, perfecta y estable en que el alma quede transformada en Él y pueda decirse de verdad que los dos son un solo espíritu.

 

A este fin embiste al alma con una luz vivísima y penetrante que alumbre hasta los últimos repliegues del corazón y le vaya descubriendo todas sus múltiples imperfecciones, y aprenda de veras a conocerse a sí misma, y sepa lo que necesita despreciar, purificar o rectificar.

 

Para acabar su renovación, tendrán que entrar en el abismo sin fondo de la gran tiniebla divina donde Dios se les esconde, y allí, perdiendo todos los apoyos de sus potencias naturales y de todos los conocimientos positivos que de Él tenía, y así entran en aquella sapientísima ignorancia que sobrepuja a todo saber. Con una simplicísima idea en apariencia negativa, porque es negación de todas nuestras ignorancias y limitaciones, empiezan a poseer verdaderamente y de veras la divina Verdad, y a quedar selladas con el místico sello de luz.

 

El alma tiene que remontarse en alas del Espíritu sobre todo lo imaginable, sobre todo lo cognoscible; elevándose en contemplación sobre las vicisitudes del tiempo; tiene que quedarse del todo a ciegas para poder descubrir lo incognoscible, lo eterno, lo absoluto.

 

Purificados así los ojos de la inteligencia en aquella tiniebla oscurísima, comienzan a percibir el resplandor de la cara de Dios, a ver su Ser inefable que a nada se parece y con que nada se puede comparar. Esa es la eterna luz que alumbra y desvanece todas nuestras tinieblas.

 

Tras esto se alcanza la séptima morada hacia la cual la persona es llevada tras la visión intelectual de la Santa Trinidad: una certeza de la continua presencia de Dios en nuestro interior, una unidad plena, la theopoiesis, culmen de la vía unitiva y por ende de la evolución mística, el alma permanece todo el tiempo en el centro con Dios.

 

Entonces es cuando se consuma la transformación del alma en Dios; entonces es cuando puede ya celebrarse el matrimonio eterno en que la criatura queda para siempre hecha una sola con su Creador. A esta prodigiosa unión muy pocas almas llegan en este mundo.

 

Ahora se ven muy claros los ocultos misterios de la vida espiritual: se reconoce muy bien la necesidad de tantas pruebas y purificaciones, y se ven las innumerables imperfecciones que antes se mezclaban en el ejercicio de las virtudes.

 

A los grandes místicos, la metáfora a la que hacíamos mención al principio de la charla – en la que comparábamos la transformación deificante con el hierro incandescente – les parecen muy deficientes, porque todavía puede sacarse el hierro del horno.

 

“Transformada y absorbida

El alma unida con Dios

En fuego de amor cándida

Y derretida

Una cosa son los dos…

Que en su Dios se ha transformado”

Beato Nicolás Factor, Opúsculos

 

 

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F.A.

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