Julius Evola. Septentrionis Lux


EL ANONIMATO
agosto 28, 2019, 3:12 pm
Filed under: Ética y valores, Espiritualidad, Metafísica, Tradición

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EL ANONIMATO

 

“Permanecer solo deliberadamente, en una sociedad e la que cada día más, la conveniencia evidente sería hacerse gregario, es la forma de heroísmo que aquí os invito a abrazar.

 

HENRY DE MONTHERLANT, 1960

 

Si en una cosa se distinguen las modernas y subversivas sociedades democráticas de masas, de otras civilizaciones que las precedieron de carácter estas autoritario, totalista, orgánico y jerárquico, precisamente es en la disolución y aniquilamiento del principio de la personalidad. El hombre moderno, desprincipiado, sin valores ni referentes elevados, se ha convertido en un mero esclavo de las tendencias e impulsos animalescos y demoníacos que anidan en él y a los que hay que vencer para que se afirme una verdadera personalidad, ello después de arduos procesos de conquista y de transformación interior. Ante el mero Yo Egótico que en todos anida, debe prevalecer el Sí Interor, la Raza del Espíritu. A ese combate entre ambos principios que en todos reside, el Yo Egótico y el Sí Interior, en tradiciones como la Mitraica y la Zoroástrica (ambas de origen ario-persa) se le denominó Gran Guerra Santa, lucha y combate espiritual dentro de uno mismo. Ni que decir tiene que la concepción sarracena de la misma constituye una grotesca y diabólica parodia… El Hombre de la Tradición INSISTE (vivir hacia dentro, en torno a un centro y orden metafísicos, en torno al Principio Supremo); el moderno subhumano o “hombre-masa” de las podridas democracias mundialistas o sin mundializar, que lo mismo da, EXISTE, es decir vive hacia afuera, descentrado, desprincipiado, sin orden ni concierto, su vida es un completo caos que se refleja en cualquier acto de su miserable vida. Estamos hablando de dos tipos humanos radicalmente opuestos entre sí, completamente antitéticos. Por otro lado la diferencia fundamental que hay entre Persona e Individuo, ya que mientras la primera pertenecería a la parte espiritual, orgánica y jerarquizada del hombre, el segundo haría alusión a lo abstracto e informe, a lo puramente numérico, a aquello que carece de cualidades propias, el principio de la DIFERENCIA desaparece en él. Por ello para este criminal y repugnante Sistema todos somos meros “seres humanos”, desaparece el viril y aristocrático principio de la Diferenciación y en cambio aparece el subversivo y decadente principio de la “Igualdad”. Normal que una civilización así sea ante y sobre todo Materialista, término que procede de Mater (Madre), ya que para ella todos sus hijos son iguales, sin diferenciación e independientemente de los sexos, las cualidades o defectos de cada uno (democracia), mientras la civilización de Pater (Padre) encarnaba los principios de la Diferenciación, la Casta, la Raza, el Orden, la Aristocracia. Telurismo ginecocrático antítesis y negación de la Aristocracia y de la espiritualidad olímpica y solar.

 

 

Por otro lado existe también un doble aspecto del anonimato o de “impersonalidad” según el tipo humano y de civilización que encarnen uno u otro respectivamente. Por un lado el anonimato “por lo bajo”, de carácter catagógico, que es el del hombre-masa, multitudes de “hombres solos” que pululan atomizados por las grandes urbes a modo de gigantescas termiteras, sin rumbo ni concierto, despersonalizados y esclavizados, casi como zombis o muertos vivientes; por otro lado el anonimato “por lo alto”, de carácter anagógico, el del hombre de la Tradición y también el del hombre diferenciado del resto, que vive en la modernidad pero existencial y espiritualmente está  o se siente alejado de ella, que busca el decondicionamiento. El primer tipo de impersonalidad conduce al individualismo y a la masa anónima y sin alma, el segundo conduce al ser soberano, a la persona absoluta; para esto último Julius Evola reivindicaba el principio de la IMPERSONALIDAD ACTIVA: hacer lo que se tiene o lo que se debe de hacer, ser y vivir en torno a la IDEA, nuestra verdadera Patria, no buscar reconocimientos ni recompensas ni el aplauso. La “obra bien hecha” como decían las antiguas hermandades artesanales, o como rezaba la consigna templaria por excelencia, verdadero reflejo de la Impersonalidad Activa en el Medievo: NADA PARA MÍ SEÑOR, NADA PARA MÍ, SINO PARA MAYOR GLORIA DE TU NOMBRE…

 

FUERZA HONOR Y TRADICIÓN!!!

 

Joan Montcau

 

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