Julius Evola. Septentrionis Lux


CRISTIANISMO Y TRADICIÓN PRIMORDIAL. DEL SACRO IMPERIO GIBELINO A LA CONTRA-IGLESIA DE JUDAS.
mayo 10, 2020, 11:00 pm
Filed under: Espiritualidad, Joan Montcau, Julius Evola, Metafísica, Tradición

Cristo, mito solar | El CulturazoLa Bitácora Liberal: CRISTO: Entidad Solar

CRISTIANISMO Y TRADICIÓN PRIMORDIAL. DEL SACRO IMPERIO GIBELINO A LA CONTRA-IGLESIA DE JUDAS.

La opinión que sobre el Cristianismo tuvieron los dos grandes Testigos de la Tradición en el siglo XX -Julius Evola y René Guénon-, sufrió algunas variaciones a lo largo de sus vidas; no en el caso del Maestro francés que siempre vio en el mismo una emanacion de la Tradición Primordial, pero sí del Maestro italiano, apodado como “El Último Gibelino” o también “El Último Romano”, que pasó de su inicial y virulento anticristianismo de “Imperialismo Pagano” (1928), en una etapa de su vida que él mismo definió como “especulativa” (entre 1923 y 1930 más o menos), a posturas mucho más conciliatorias y hasta simpatizantes con “cierto Cristianismo” en otras obras de su madurez, como por ejemplo fue “Máscara y Rostro del Espiritualismo Contemporáneo” (1932, ya en su etapa netamente tradicionalista cuando dirigía “La Torre”), una crítica radical y una condena absoluta de todo tipo de doctrinas pseudo-espirituales surgidas con la Modernidad -o la actual post-modernidad con la basura mundialista, contra-iniciática y contra-tradicional de la “New Age”, quintaesencia de todas esas manifestaciones subversivas y aberrantes pretendidamente “espirituales”(1)-. En este último libro precisamente Evola dedica todo un capítulo, extenso y muy brillante, sobre el Cristianismo a la luz de la Tradición, haciendo especial hincapié en el Catolicismo Gibelino por el que él ciertamente toma partido y con el que claramente se identifica, es decir el Catolicismo del Medievo, de las Cruzadas, del Sacro Imperio, del Ciclo del Grial, de las Órdenes caballerescas, de las hermandades de constructores, de los trovadores, etc; la completa y absoluta antítesis del actual pseudo-cristianismo pusilánime, progre amanerado y humanitario-pacifista de la Contra-Iglesia que alumbró el pérfido y criminal Concilio Vaticano II del que luego hablaremos; dicho sea de paso, ya René Guénon vio en la siniestra figura de Judas Iscariote la personificación y manifestación de la Contra-Iniciación y de la Contra-Tradición -es decir de la infiltración y de la subversión demoníaca- en el seno del Cristianismo primigenio, y hoy aparentemente triunfante en la nueva Iglesia post-conciliar con su “Novus Ordo Missae”, casi como una especie de brazo “espiritual” y “religioso” de lo que el “Nuevo Orden Mundial” sionista y ultraliberal-capitalista es a nivel político-socio-económico; esto se confirma viendo las manifestaciones, afirmaciones y comportamientos, además de las múltiples payasadas, del actual Papa de Roma Francisco Bergoglio, un auténtico pelele y peón al servicio del actual globalismo mundialista y multicultural (reedición del viejo mito de la “Torre de Babel”): el Reinado del Anticristo profetizado en el Evangelio ya lo tenemos a la vista, y ello ya en todos los órdenes de nuestra existencia terrena, incluido ya el plano “religioso” como hemos visto…

En el arriba mencionado capítulo del libro de Julius Evola, titulado “paréntesis sobre el Catolicismo esotérico y sobre el tradicionalismo integral”, Evola expone la multitud de símbolos que aparecen en los textos evangélicos totalmente acordes con la Tradición Primordial Nórdico-Polar (o boreal) susceptibles de una interpretación iniciática, simbólica y alegórica. El mismo Catolicismo ya nos habla de una revelación primigenia, viril y patriarcal hecha al género humano antes de que sobreviniera el “Diluvio Universal” (la catástrofe que puso fin a la Edad de Oro y que provocó la dispersión de los pueblos, finalización de la Edad del Ser. Hoy estaríamos precisamente en las antípodas: la diabólica pseudo-civilización de la Materia y del mero ESTAR; la Edad de Hierro hoy en su medianoche…)

El nacimiento del niño divino de una Madre Virgen, el que dicho nacimiento se produjera en “una cueva”, el mismo hecho de nacer “fuera” de la ciudad como si de un bárbaro se tratara, rodeado de pastores, animales y en plena naturaleza, el que naciera un 25 de Diciembre, en el Solsticio de Invierno (DIES NATALIS SOLIS INVICTUS en la antigua Roma); la visita y los presentes de los “Tres Reyes Magos”, la entrega por éstos de dichos presentes (oro, incienso y mirra) al niño divino por los que el mismo se convierte o transforma en Rey, Sacerdote y Profeta (atributos del Rey del Mundo); el símbolo de “caminar sobre las aguas”, hablar en parábolas (lenguaje simbólico), la transformación del agua en vino, caminar y meditar sobre “el desierto”, subir al “monte” y hablar desde el “monte” (la Montaña uno de los grandes símbolos de la Ciencia Sagrada y de la Tradición Primordial, símbolo del Eje del Mundo); el simbolismo de “la espada” restauradora del Orden y de la Justicia (“Yo no he venido a traer la paz al mundo, sino espada…”), el principio de “no resistencia al Mal” (fórmula equiparable al “Cabalgar el Tigre”, la Vía de la Mano Izquierda), la conquista de la verdadera espiritualidad “por asalto” ( “Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan”), cuando Cristo afirma “no os acongojéis por vuestra vida, qué habéis de comer, o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir: ¿no es la vida más que el alimento, y el cuerpo que el vestido?” (anti-fatalismo, el hombre diferenciado no está necesaria ni atávicamente atado, ligado y/o influido por los Ciclos de la Decadencia, éstos pueden influir pero no necesariamente condicionar a los hombres verdaderamente diferenciados); la elección de sus 12 discípulos precisamente también sobre la cima de un “monte” (el 12 otro de los grandes símbolos tradicionales especialmente en todo el mundo indoeuropeo); ser tentado por el diablo también sobre la cima de un monte; ser revestido de un “manto real” para luego ser “desnudado”, ser crucificado en la cima de un “monte” -nuevamente aparece el simbolismo de la Montaña- entre otras “dos cruces” (la Cruz, símbolo Metahistórico donde los haya…); ser “coronado de espinas”, la lanzada al corazón de cuya herida manan “agua y sangre”, acompañado del “oscurecimiento del cielo” (los tres colores simbólicos y ascensionales de la Tradición Hermética: NEGRO-BLANCO-ROJO); el “abrirse la tierra”, el “descenso a los Infiernos” para visitar, como Eneas, a “los muertos”; la Resurrección “al tercer día” y la “ascensión a los cielos”; el bautismo de “agua” (nacimiento espiritual) y de “fuego” (iluminación, renacimiento); cuando Cristo le responde a Pilatos “no tendrías ningún poder sobre mí si no se te hubiera concedido por lo Alto” (reconocimiento espiritual del poder o autoridad temporal, gibelinismo); los “cuarenta días” con sus respectivas noches de meditación y ayuno en el desierto, al igual que otras cuarenta horas de permanencia en el interior del sepulcro antes de la Resurrección; resucitar en domingo “a la salida del sol”; la adopción del simbolismo “del pez” por los primeros cristianos como símbolo identitario, uno de los símbolos de la Tradición Primordial en la mitología indo-aria; venir “al final de los tiempos” y tras derrotar a las huestes del Anticristo “regir a las naciones con cayado de hierro” (simbolismo de Autoridad, Totalidad y Jerarquía. Imperio Sagrado), y así un largo etc… Como señala René Guénon en su bello libro “El Rey del Mundo”, todos estos símbolos entre otros muchos, nos manifiestan la perfecta conformidad del Cristianismo con respecto a la Tradición Primordial.

Es pues con este Catolicismo trascendente y viril muy por encima de “cierto Catolicismo vulgar, práctico, restringido a un lugar, tiempo y a un número determinado de hombres, que tiene siempre más o menos el semblante y las características de una secta” (V. Gioberti), por el que Julius Evola simpatizó y al que apoyó en su madurez (2). Precisamente Evola condenó la deriva cada vez más modernizante y plebeyizante que abiertamente abrazó la Iglesia a raíz del nefasto Concilio Vaticano II (1962-65); condenó las doctrinas subversivas que del mismo emanaron así como a los dos Papas que las propulsaron (Juan XXIII y Pablo VI), diciendo que ambos deletéreos y repulsivos personajes “inclinaron la balanza hacia un caos desastroso”. Denunció el carácter mundano, grotescamente plebeyo y democratizante de esos dos fantasmones que abrieron de par en par las puertas de la Iglesia a las fuerzas de la subversión y del caos, las mismas fuerzas disolutas que hoy ya controlan el poder mundial a cara descubierta y con el beneplácito e incluso aplauso de cierto mamarracho y charlatán de feria argentino que hoy ostenta el Papado (3)… Precisamente años después (1972) el infame de Pablo VI manifestó quejoso que “el humo de Satanás ha entrado en los Templos”… A tal situación nos ha llevado la tan cacareada entonces “desmedievalización” -esa era una de las consignas de la canalla modernista infiltrada y que se acabó imponiendo-, y el ‘aggiornamento’ de la Iglesia a raíz del nefasto Concilio de marras, aunque los males ya venían de muy atrás.

En un estudio muy interesante (4) sobre los orígenes del Cristianismo primigenio del tradicionalista J. M. d’ Ansembourg, no sólo respalda la tesis de René Guénon sino que la refuerza; es decir, la teoría de que el Cristianismo de los orígenes no fue ni quiso ni se constituyó inicialmente como una religión, más bien se trató de una doctrina y de un Movimiento mistérico e iniciático, al igual que su gran rival en los primeros siglos de nuestra era y que también luchó por la primacía en el seno del Imperio Romano: el Mitraísmo. El Cristianismo primigenio se trataría pues de una organización -una Orden más bien-, cerrada y reservada, en la que al principio no todos eran admitidos indistintamente sino sólo los que poseían las cualificaciones necesarias para recibir la iniciación con validez. La prueba irrefutable según Guénon y el mismo autor arriba mencionado, de que el Cristianismo de los orígenes no fue una religión propiamente dicha, es que carecía de libros legislativos que regularan la sociedad como así ocurre en los odiosos, oscuros y telúricos monoteísmos judío y musulmán. No hay nada parecido en él a la Torá judía o la ley coránica. El “Nuevo Testamento” carece pues de ese carácter legislativo que caracterizan a los otros dos monoteísmos del desierto. Los ritos cristianos originarios eran al principio totalmente iniciáticos y reservados. La pregunta es ¿en qué momento y a qué causa se debió ese cambio y transformación, pasar de ser una Orden metafísica e iniciática a convertirse en una religión accesible a todos?

Se sabe que en el interior de la Orden había varios grados antes de alcanzar la “iluminación crística”. Se sometía a diversas pruebas al nuevo candidato mediante un severo examen de admisión, superadas las pruebas o dicho “examen de admisión” el aspirante recibía los títulos de Cristiano y de Catecúmeno (“enseñado”, “discípulo”) después de un ritual (imposición de manos, soplo del Espíritu Santo, etc). Después había tres grados: el de Escuchante o Auditor, el “Prosternado” y finalmente los “Competentes”, éstos últimos también llamados “Illuminandi””, es decir los que alcanzaban la Iluminación mediante el Bautismo, precedido éste por rigurosos ayunos de continencia y abstinencia. Así que por tanto el Bautismo era en sus orígenes una ceremonia sagrada que sólo se daba en la edad adulta y, como hemos visto, después de arduos procesos de purificación tanto interior como exterior y de iniciación. Eran los “nacidos dos veces”, el nacimiento espiritual después y superior al nacimiento puramente físico y corporal. En líneas generales y muy brevemente, hemos visto que el Cristianismo primigenio era muy exigente en cuanto a la elección de sus candidatos y a la calidad de sus miembros. No era una religión exotérica y accesible a todos a los que se bautiza a diestro y siniestro prácticamente nada más salir del claustro materno y de forma indiscriminada.

Según pues la tesis tanto de Guénon como de d’ Ansembourg, los escritos neo-testamenrarios por tanto no iban dirigidos “a todo el mundo”, sino a una comunidad elegida y preparada, a los fieles verdaderamente cualificados, a los “Perfectos”…

En cuanto a la transformación del Cristianismo primigenio de una Orden iniciática y mistérica a una religión exotérica o “abierta a todos”, René Guénon no vio en ello un accidente o una desviación, sino que ello tuvo un carácter verdaderamente PROVIDENCIAL, ya que con ello se evitó que Occidente cayera ya en aquel momento en un estado, que al fin y al cabo, podría compararse a estos tiempos terminales y crepusculares en los que vivimos con el advenimiento de una pseudocivilización enteramente materialista, totalmente antitradicional, demoníaca y sin alma; así pues habría que hablar entonces de un RESTABLECIMIENTO y de un REENDEREZAMIENTO; a tal respecto Guénon nos dice: “Si se considera cuál era, en aquella época, el estado del mundo occidental, es decir del conjunto de países que comprendía el Imperio Romano, uno puede fácilmente darse cuenta de que si el Cristianismo no hubiera descendido al dominio exotérico, este mundo, en su conjunto, hubiera quedado rápidamente desprovisto de toda tradición; ya que las existentes hasta entonces, como la tradición grecorromana que predominaba de forma natural entonces, habían alcanzado un grado tan elevado de degeneración que indicaba que su ciclo de existencia estaba a punto de terminar”… Tenemos el ejemplo del fallido intento restaurador desde la propia paganidad tardía, del gran Emperador Juliano II (331-363 de nuestra Era, apodado por los cristianos como “El Apóstata”), observamos que las posibilidades restauradoras y el ciclo vital de las antiguas doctrinas pre-cristianas habían finiquitado o estaban ya en su ocaso. Aunque como dice el mismo Guénon, es indiscutible que pese a la degeneración y descomposición de las viejas tradiciones del mundo grecorromano, sin duda debió de seguir existiendo durante un tiempo aunque en ámbitos cada vez más reducidos y sin apenas influencia para con respecto al resto de la sociedad, “una élite que no sólo comprendía todavía su propia tradición desde el punto de vista exterior, sino que además, continuaba recibiendo la iniciación de los viejos misterios”. Pero ya aclara más adelante que la tradición hubiera podido mantenerse así durante un cierto tiempo más o menos extenso, pero en un contexto cada vez más restringido y cada vez más menguante…

Es difícil saber en qué momento preciso se produjo ese “descenso exotérico”, esa transformación en una religión y en una forma tradicional dirigida a todos sin distinción. Lo que está claro es que ya durante el reinado del Emperador Constantino I el Grande (272-337 de nuestra Era; fundador también de la II Roma) y del Concilio de Nicea I (325 de nuestra Era), ya era un hecho consumado dicha transformación, de tal manera que dicho Concilio “sancionó” u oficializó ese descenso del Cristianismo al plano exotérico. No obstante el mismo Evangelio es muy claro en esto: “de la multitud de los llamados pocos son los elegidos…”

Terminamos con una reflexión con la que Julius Évola cierra el capítulo dedicado al Cristianismo en su citado libro, reflexión con la cuál nos identificamos plenamente: “Un Catolicismo que se eleve al nivel de una tradición verdaderamente Universal, Unánime y Perenne, donde la Fe pueda integrarse en una realización metafísica, el Símbolo en Vía del Despertar, el Rito y el Sacramento en acción de poder, el Dogma en expresión de un Conocimiento absoluto e infalible porque no es una expresión humana y como tal viviente en seres desligados del vínculo terrestre mediante una exaltación mística, donde el pontificado revista su función mediadora original, un Catolicismo de tal índole podría suplantar a cualquier ‘espiritualismo’ presente o futuro”. ASÍ SEA.

“MUERTE al mundo, RENACIMIENTO en la pureza y PERFECCIÓN en la vida corporificada en Dios!!!” (J. M. d’ Ansembourg). O dicho de otro modo según la Tradición Hermética: ESPIRITUALIZAR LA MATERIA, MATERIALIZAR EL ESPÍRITU.

FUERZA HONOR Y TRADICIÓN

Joan Montcau

NOTAS:

(1) Hoy dentro de toda esta inmundicia que conocemos como “Nueva Era” (parodia satánica de la Parusía crística), han ganado mucho terreno ciertas “corrientes” de chiflados y de enfermos mentales como el “Veganismo”, el “Animalismo”, el “Contactismo”, el “Feminismo”, el “Ecologismo”, el “Abortismo” (un verdadero y horrendo asesinato “ritual” convertido casi como en una nueva religión en sí misma e impuesta a nivel planetario), el “Homosexualismo”, etc, etc, etc; todo ello reflejo del nivel de descomunal desquiciamiento y de descomposición de la sociedad e instituciones, influenciando en gran medida en todos los aspectos, manifestaciones y sectores de esta pseudocivilización terminal y crepuscular. Y es que el Mal también tiene su lado grotesco, irónico y caricaturesco que es lo que en el fondo caracteriza a todo este tipo de manifestaciones repugnantes. Para el presente artículo hemos utilizado la versión revisada y ampliada que Julius Evola publicó en 1971 de su libro “Máscara y Rostro del Espiritualismo Contemporáneo”, tan sólo 3 años antes de su muerte.

(2) A este respecto muy interesante la figura y la obra del gran pensador y teólogo católico-gibelino el italiano Attilio Mordini, por desgracia prácticamente desconocido en España. Católico tradicionalista, defensor del gibelinismo y radicalmente opuesto a todo tipo de modernismo y de “aggiormamento”, ha llegado a ser apodado como “”El Evola Católico”. Recomendamos especialmente de dicho autor, “El Católico Gibelino” y “El Templo del Cristianismo”.

(3) Simbólicamente el “Sumo Pontífice” es un “hecedor de puentes”, es decir el mediador entre el mundo celeste y el terrestre, lo divino y lo humano. Tras el comentado proceso de subversión y de involución sufrida por tal Institución, hoy ese “puente” simbólico ya no lo es entre el Cielo y la Tierra, sino entre esta última y el Infierno, ya predicho en el Evangelio y particularmente en el Apocalipsis de San Juan: “surgirán falsos cristos y falsos profetas que seducirán a los mismos elegidos…”

(4) “La tesis de René Guénon sobre los orígenes del Cristianismo”.


2 comentarios so far
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Muy interesante e inspirador, ciertamente es una notable posibilidad la existencia de tal Cristianismo como una Orden en el verdadero sentido del término.
Lo adecuado es ver en el cristianismo la manifestación más reciente de la Tradición Primordial, tal como antes la han corporizado otras doctrinas en otros tiempos y civilizaciones. Más que una enemistad entre el paganismo y el cristianismo, que sin duda la hubo a nivel contingente, debe verse una continuación y aún más, una sublimación desde lo Alto. Todo aquello que en el paganismo decadente poseía valor fue incorporado en la doctrina cristiana y se vio revitalizado y restituido a un orden superior. Personalmente creo que, en cuanto a carácter y cosmovisión, figuras como Codreanu encarnaron ciertamente este cristianismo viril y solar.
Gracias por el artículo, espero que se encuentren bien con toda la situación actual, mis mejores deseos.
Saludos.

Comentario por Sebastián P.

Ciertamente Sebastián, al rescate de las formas insustanciales y quasi folclóricas del “paganismo” de época tardorromana vino el helenocristianismo, con un nuevo impulso hacia lo Alto, para hacer posible el resplandor Espiritual que supuso el Medievo y la recreación del fenecido Imperio Romano en la forma del Sacro Imperio Romano Germánico. Esperamos que también, al igual que tu familia, os encontréis bien.
Un fuerte saludo:
Eduard Alcántara

Comentario por septentrionislux




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