Julius Evola. Septentrionis Lux


RAMON LLULL Y LA VÍA DE LA ACCIÓN

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                   RAMON LLULL Y LA VÍA DE LA ACCIÓN*

 

No otro propósito nos trae que el de escudriñar en lo basilar del pensamiento y del accionar de Ramon Llull, intentar adentrarnos en el conocimiento del genuino motor que movía los quehaceres y las inquietudes de este ilustre mallorquín de ascendencia catalana y tratar de establecer los perfiles concretos que adquirió su manera de entender la existencia y el cosmos …y resulta que tras haber estado navegando por su obra y su vida no creemos que podamos pecar de temerarios si -haciendo un paralelismo con el gran intérprete de la Tradición Julius Evola (1)- establecemos que (echando precisamente mano de unos términos acuñados por el mismo maestro italiano) su ´ecuación personal´ respondió a dos vectores principales: un impulso irrenunciable hacia el hecho Trascendente y, aunque pueda resultar chocante, un hallar en la ´vía de la acción´ la manera y el camino a seguir en pos de esa Trascendencia. Señalamos que puede resultar, para muchos, chocante el que establezcamos para R. Llull esa ´vía de la acción´ en lugar de una ´vía de la contemplación´ a tenor de que, verbigracia, ingresó en la Orden de los Terciarios Franciscanos y no lo hizo en una orden de caballería o en razón de que precisamente una de sus obras lleva por título  Llibre de contemplació. Pero podríamos enfrascarnos en dilucidar el porqué optó por el ingreso en dicha orden y, de este modo, quizás lo aparente pueda resultarnos precisamente así, ´aparente´, y no sustancial y/o primordial. Y es que, como primera consideración, seguramente su ingente obra doctrinal no hubiera podido llegar a la dimensión a la que llegó si nuestro excelso personaje hubiera sido un caballero andante (caballería terrenal) o un caballero-asceta (caballería celestial), pues las ocupaciones propias del caballero le hubieran absorbido tal tamaña cantidad de tiempo que su producción escrita se habría tenido que ver reducida en sumo grado.

El que su vida transcurriera, a menudo, en monasterios se explica igualmente por necesidades como la de aprender latín, filosofía y gramática, cosa que fue posible con los monjes cistercienses del monasterio de La Real de Palma de Mallorca.

Nosotros adherimos a la certidumbre de que existen dos maneras de encarar lo Trascendente y Superior: una sería la ´vía de la acción´ y otra la ´vía de la contemplación´. La primera es la ´vía del héroe´, pues es la vía de la búsqueda de la conquista de la Inmortalidad que se emprende por parte de aquél que no se conforma con prolongar por siempre su estado ordinario de conciencia sino que pugna por acceder a otros estados Superiores y Metafísicos de conciencia, pugna por su palingénesis o transformación interior y pugna por arribar al Conocimiento de los planos Superiores de la Realidad. Esta ´vía heroica de la acción´ es principalmente una vía de realización interior pero puede verse acompañada (como soporte y como trampolín) por una acción exterior que bien puede ser la propia de la milicia, ya sea con el ejercicio propio de las armas o ya sea con la aplicación a la vida cotidiana de los preceptos, la actitud y los valores propios del estamento militar, esto es, aplicando en el quehacer rutinario el espíritu de superación de las adversidades, el espíritu de lucha y de sacrificio, el esfuerzo, la camaradería, el valor, el honor, la fidelidad, la disciplina, el respeto a la jerarquía,… Se establece un paralelismo entre el combate externo del milites del Espíritu con el combate en pos de la metanoia (transustanciación interna) que el mismo milites está llevando a cabo en su interior. El mismo fragor del combate exterior puede ayudar al combate interior, pues el apego extremo hacia el propio compuesto físico-psíquico que el hombre ordinario experimenta a lo largo de su existencia se ve -aun en este tipo de hombre común- aflojado en el clímax de la batalla y el hombre que ha optado por la ´vía heroica´ de su transformación interior puede prolongar y/o fijar este aflojamiento de vínculos con la realidad ordinaria para ir descondicionándose de todo aquello que mediatiza, liga, ata y esclaviza (las ´circunstancias´ de las que hablaba Ortega y Gasset sumadas al psiquismo del individuo) y para ir adentrándose en los planos sutiles y metafísicos de la realidad. Se tenga, no obstante, siempre presente que el fin último de Héroe de la Tradición es el de ir más allá hasta incluso de ese mundo sutil -pero que forma parte de la manifestación- para hacerse uno con el Uno; esto es con lo Inmanifestado, con el Principio Primero y Supremo que se halla en el origen y más allá del mundo manifestado (en definitiva, coronar el Despertar del que, p. ej., nos habla el budismo).

Esta ´vía del héroe´ -la ´vía de la acción´- es para nosotros la que hemos de considerar como la propia de nuestro personaje de estudio, por más que Ramon Llull no acabara por ser un hombre de ´encomienda´ sino un hombre -en determinados momentos de su vida- de ´monasterio´. La encomienda representaría esa ´vía de la acción´ , pues en las encomiendas hallamos a esos ´medio monjes medio soldados´, a esos milites del Espíritu, que entre los miembros de su élite compaginaban la lid en el campo externo de batalla con la lid -según expresión evoliana- sub specie interioritatis (en el campo interno de batalla) …compaginaban pues la guerra con la Iniciación; compaginaban el combate armas en mano con el combate en pos de su transformación ontológica (por la integración de su yo en el Ser Imperecedero que portamos en nuestro interior y que ha de ser despertado de su letargo; de su ignorancia o, en sánscrito, avidja). El porqué consideramos a nuestro personaje ilustre como un hombre volcado a la ´vía de la acción´ y no a la ´vía de la contemplación´ será trasunto del que nos ocuparemos adelante.

Pues bien, señalábamos con anterioridad que adherimos a la certidumbre de que existen dos maneras de encarar lo Trascendente y Superior, una sería la ´vía de la acción´ y otra la ´vía de la contemplación´. Si ya hemos configurado los rasgos distintivos de la primera nos hemos ahora de ocupar de desentrañar la segunda y de aclarar lo que, a nuestro modo de entender, son confusiones respecto a ella. Con este propósito hemos de señalar que la ´vía de la contemplación´ es, bajo nuestro manera de concebirla, equivalente a ´la vía pasiva´, en contraste con aquella otra  ´vía de la acción´ propia del Héroe de la Tradición (2). La concebimos como mera manera de encarar a lo Superior y/o Absoluto a través de la simple fe (fideísmo), de la devoción y de la espera pasiva a que las plegarias, los ayunos y la humildad tengan a bien el ser recompensados por la gracia de Dios venida desde arriba, pues no se concibe el que uno pueda (tal como sí acaece en la ´vía de la acción´) ascender para Conquistar la Inmortalidad con la valía de que uno dispone a través de los heroicos procesos -metódicos, constantes y arduos- Iniciáticos. La ´vía de la contemplación´ no admite la posibilidad de ´Conquistar el Reino de los Cielos´ por los propios medios, derribando, si cabe, la puerta de acceso a él, sino que, por el contrario, sólo admite, en pasiva espera, que la gracia divina descienda sobre el que persiste en creer en lo divino, aun cuando dicha fe no suponga ningún cambio ontológico (en el ser constitutivo del creyente), pues, repetimos, los cambios transustanciadores necesitan del trabajo metódico interior conocido como Iniciación y precisa de técnicas de concentración y de visualización mentales constantes, metódicas y rigurosas. En el plano de la metanoia y a la alétheia (literalmente ´desocultamiento del ser´, el cual se mantenía como tapado: aletargado) las letanías y las oraciones no sirven en nada a aquel que, como el simple hombre religioso, no conoce más que de lo exotérico, de lo devocional y del ritualismo vacío de contenido operativo y transformador. No sirven de nada a aquel que ignora que en ocasiones pueden ser utilizadas -letanías y oraciones- a la manera de los mantras de los que nos habla el hinduismo y el budismo y cuya pronunciación (oral o mental) puede ayudar al acercamiento al plano sutil de la realidad, ya que los dichos mantras son un reflejo y una evocación de los diferentes ritmos inherentes a las fuerzas sutiles que forman el entramado del cosmos y que lo revisten de equilibrio y de armonía.

La ´vía de la contemplación´, pues, no abre el acceso a la gnosis del mundo Superior y no hace factible el segundo nacimiento o renacimiento al plano Espiritual de la realidad; condición conquistada que sería la propia del ariya (vocablo pali). No hace posible la transformación del creyente. No le descondiciona en lo más mínimo. No le hace posible el superar sus debilidades, sus ataduras psíquicas y físicas, sus fobias y sus complejos. No le convierte en el ´señor de sí mismo´ que propone el taoísmo, en el ´gran autarca´ (Evola dixit) que no depende de nada exterior a sí y que se ha convertido en dominador de sus sentimientos, de sus pasiones, de sus emociones, de sus pulsiones y de sus instintos. Tan solo le ayuda a fortalecer su fe y devoción hacia lo Sacro.

La ´vía de la contemplación´ tendría sus centros neurálgicos, y más que simbólicos, en el monasterio, mientras que en contraste a éstos la ´vía de la acción´ sentaría sus reales en la encomienda (enclave de las órdenes ascético-guerreras). En el orbe en el que, al menos nominalmente, allá por el Medievo -en el que vivió Ramon Llull-  situamos la Cristiandad el monasterio sería deudor de esa ´luz del sur´ (la vía pasiva) de la que muy gráficamente nos habló Julius Evola, mientras que la encomienda no fue ajena a la ´Luz del Norte´ (la ´vía activa´) que también nos presentó el gran intérprete y maestro italiano de la Tradición.

Utilizando análogas referencias opondríamos la caballería sagrada a las figuras del clérigo y del monje como representantes la primera de un tipo de Espiritualidad Solar y los segundos de una religiosidad de corte lunar. Y utilizaríamos la figura del Sol y de la luna por ser el Sol un astro con luz propia y la luna otro al que la luz tan solo le llega por reflejo. La luz propia del Sol simbolizaría la Espiritualidad que el Iniciado puede llegar a hacer suya en su interior, mientras que la luz refleja de la luna representaría esa imposibilidad, que pesa sobre el mero creyente, de emprender caminos de transustanciación interior; imposibilidad que le aboca irremisiblemente a conformarse con imaginarse cómo será la naturaleza de lo Sacro, sin posibilidad de ni acercarse a vislumbrar la esencia del mundo Suprasensible y Metafísico.

 

Ese retiro, para dedicarse a la meditación, de R. Llull a una cueva del mallorquín Monte Randa sin duda nos ayuda a trazar un bosquejo sobre la vía por la que más que seguramente optó el sabio isleño, pues la meditación siempre ha sido uno de los pilares básicos sobre los que se asienta el conjunto de técnicas propias de cualquier vía Iniciática (´vía de la acción´ interior) en Tradiciones de aquí y de allá, a Occidente y a Oriente.

Que el retiro fuese a un monte también nos resulta harto significativo, pues la montaña siempre ha simbolizado el eje que une Tierra y Cielo y esa unión tan sólo puede hacerse efectiva si se sigue un tipo de Espiritualidad Solar …ésa que de consumarse abre las puertas a la Conquista Heroica de la Eternidad; abre las puertas del Cielo impulsándonos desde la Tierra (´Espiritualiza la materia´, según expresión cara al hermetismo alquímico).

Tampoco resulta superfluo el que dentro del Monte Randa fuera en una cueva donde se retirara a meditar, pues la cueva simboliza al corazón que se halla en el interior del cuerpo al igual que aquélla se encuentra dentro de la montaña y el corazón en todas las Tradiciones Sapienciales ha sido considerado como el receptáculo del Espíritu, mientras que, por contra, p. ej., el cerebro ha sido considerado como la sede del psiquismo, de lo emocional, de los sentimientos y del pensamiento. (En contra de la asignación en el corazón que el mundo moderno le ha otorgado a los sentimientos el Mundo de la Tradición los situó, repetimos, -y con toda lógica- en el cerebro.) ¡Qué mejor lugar, pues, el elegido por Llull para encaminarse en pos de la activa búsqueda del Espíritu que el de la cueva!; ¡y además la cueva situada en un monte!

 

Anótese que hemos hablado de ´Espiritualizar la materia´… y recordamos esto por no ser asunto banal en el estudio que nos ocupa, ya que, contrariamente a lo defendido por la Tradición, la religiosidad pasiva y exotérica (circunscrita, pues, a la fe, a la devoción, a la moral, al dogma, a la ritualidad vacía y, en definitiva, a trasuntos meramente externos) siempre ha tenido una clara deriva antifísica. Una deriva de desprecio hacia lo material, lo físico y, en definitiva, hacia el cuerpo. Ha considerado al cuerpo simplemente como generador de pecado y en casos de maniqueísmo extremo (v. gr. entre los cátaros) como obra y creación del ángel rebelde contra Dios: del ángel caído debido a su “soberbia” y a su “codicia”; del ángel que tenía vetado el acceso a tronos más elevados dentro de los mundos celestiales (todo esto en la línea de la denegación al hombre de la posibilidad de acceder a planos Superiores de la Realidad Sacro-metafísica; denegación que siempre han postulado las ´vías pasivo-contemplativas´ so pena de acusar de sacrilegio a quien osare plantearse la Conquista de la Inmortalidad y el igualarse a Dios -o más aún superarlo y hacerse uno con el Principio Eterno, Indefinible, Incondicionado y Supremo).

Por contra la Espiritualidad activa Solar propia de la ´luz del norte´ siempre consideró al cuerpo como una especie de templo del Espíritu y no como motor de pecado, pues el sentimiento de pecado le es ajeno y carente de sentido para aquél que emprende un camino de realización interior para el que la moral y el dogma en ocasiones se convierten en un obstáculo y siempre son concebidos como condicionamientos a superar de cara a acercar al Héroe Iniciático a logros Espirituales. Además, no hay que dejar de tener presente el que en ocasiones ciertas disciplinas Iniciáticas echaban mano de lo que para muchas formas de religiosidad eran fuentes  pecaminosas, como podían ser el uso de drogas, alcohol -vino- o sexo en lo que se conoce como ´vía de la mano izquierda´ (en ciertas tradiciones de Oriente, como el tantrismo), ´vía húmeda´ (en la tradición hermético-alquímica) o ´cabalgar el tigre´ (en la tradición extremo-oriental). El objetivo de esos peligrosos usos era convertir tales “venenos” (para el hombre común) en  ´remedios´, esto es, ayudar al Iniciado a despegar de su estado de conciencia ordinario para acercarlo a estados superiores de conciencia (empezando por la del mundo de las fuerzas sutiles).

El Mundo de la Tradición (luz del norte: ´vía de la acción´) consideraba a todo el cosmos como el resultado de la manifestación, por emanación, del Principio Supremo y Primero (del Motor Inmóvil aristotélico) y por esta convicción sacralizó todo el mundo manifestado (el sutil y también el físico) y supo de que el dicho Principio Supremo (Brahman, en sánscrito) también anidaba -eso sí, en forma aletargada que precisaba ser Despertada-  en el seno del ser humano (el Atman de la tradición hinduista). El Despertarlo era el fin que había que perseguir con tesón (pero sin ansia, pues el deseo produce agitación y la agitación anula la templanza que necesita la mente para descondicionarse y liberarse de ataduras), perseguir, decíamos, con tesón si se estaba dispuesto a emprender esa lid interna que no es otra que la de la ´vía de la acción´ propia del Héroe.

Contrariamente a esto las formas religiosas lunares propias de la pasiva ´luz del sur´ vinieron, en la mayoría de sus variantes, a considerar el universo como fruto de la creación (´creacionismo´ frente al ´emanacionismo´ propio del Mundo Tradicional) ex nihilo (de la nada) por parte de Dios, por lo que el cosmos y por ende los hombres no compartirían ontológicamente nada con su Creador: no compartirían esa semilla divina  (o ´átomo crístico´, recordando la expresión utilizada por los Rosacruces) que Despertada por la ´vía activa´ de la Iniciación  elevaría al hombre a la condición de Héroe Inmortal y -según esas religiones lunares- debido a esta imposibilidad de transformación interior no quedaría otra opción que la pasiva de creer en el Hecho Trascendente y remitirse con resignación a la devoción, a la sumisión a Dios, a la plegaria, a la recitación de letanías, al cumplimiento de los dogmas religiosas y de la moral y a la espera del descenso de la gracia divina (por cuanto el ascenso le estaría vetado al hombre que es pasto de la pasiva ´vía de la contemplación´). Ésta es la suerte a la que se debe plegar el clérigo y el monje (el hombre del púlpito eclesial y el del convento y el monasterio) y no la que se presentaba al hombre de la encomienda (al caballero sacro).

Ramon Llull, en la postura opuesta a despreciar el cuerpo -sino, al contrario, de utilizar la fuerza y actuar en este mundo- exigió ante el Papa Nicolás IV la convocatoria de una cruzada para recuperar, del dominio turco, Tierra Santa e igualmente en su obra Liber de Fine -1.305- intentó convencer de lo mismo al Papa Clemente V y siguió defendiendo esta postura ante este mismo Papa en el Concilio de Vienne, convocado en 1.311. Para Llull resulta, pues, irrenunciable la utilización de ´la vía de la acción´ (en este caso externa). No nos extrañaría que para él el combate que se hubiese entablado de haberse aprobado sus insistentes propuestas de organizar esas cruzadas fuese el medio ideal para propiciar esos estados alterados de la conciencia ordinaria -de los que hemos hablado párrafos arriba- que se suscitan en el fragor de la batalla y que para el Iniciado pueden resultar un aldabonazo que le catapulte hacia estados Superiores de conciencia …para el Iniciado de entre esas élites de las órdenes ascético-militares (de unas, como especialmente la del Temple, más que de otras) a las que nuestro personaje bregó por unificar (como “Orden del Espíritu Santo”) bajo la égida y dirección de un  Rex Bellator, órdenes entre las que se hallaban la del Temple, la de los Caballeros Teutónicos, la de los Caballeros de San Juan (o de la Orden de Malta de los Caballeros  Hospitalarios) y las de las órdenes exclusivas de la Península Ibérica.

Vemos, nos reiteramos, a Ramon Llull como hombre de la ´vía de acción´ y muy cercano, por tanto, al espíritu de la encomienda y no lo vemos como adherente a esa ´vía de la contemplación´ que apenas manifiesta interés por actuar en este mundo debido al mismo desprecio que le tiene al plano físico de la existencia. Ya hemos mencionado las razones prácticas que le hicieron entrar en el monasterio cisterciense de La Real y el porqué acabó ingresando, como monje, en la orden de los terciarios franciscanos …un porqué que podríamos completar con la más que probable necesidad de no levantar sospechas ante la Iglesia de Roma para, de este modo, poder desarrollar sus genuina vocación de transformación Iniciática (vía, la Iniciática, condenada y perseguida desde la sede pontificia) y quién sabe si poder desarrollar proyectos Espirituales de mayor calado y envergadura como podría ser el de Iniciar en la via remotionis a toda una serie de discípulos y hacerlos, así, también partícipes de la ´vía heroica´ de acción interior con el propósito de que la cadena Iniciática tuviera continuidad  a partir y a través de estos discípulos. (Otro objeto de estudio sería el de intentar vislumbrar si la Iniciación le vino a nuestro eximio personaje por vía autónoma -debido a sus especiales aptitudes Espirituales- o le fue transmitida por algún maestro.) No resultaría descabellado pensar que ese Colegio de Miramar que como proyecto luliano fue construido gracias a los medios facilitados por quien había tenido como preceptor al mismísimo R. Llull y ahora era rey de Mallorca, Jaime II, no fuera exclusivamente lo que sin duda externamente era, una escuela de misioneros y traductores, sino que encriptadamente fuera un centro de transmisión Iniciática, lo cual podría explicar la enorme cantidad de obras hermético-alquímicas firmadas con la rúbrica de Ramon Llull; autoría de la que dudan muchos estudiosos de la obra luliana y de la tradición alquímica. Pensamos que lo prolífico de nuestro egregio personaje no haría inverosímil el que pudiera haber llegado a redactar todos estos libros, pero creemos que resulta más verosímil adjudicar algunas de estas obras a la pluma de discípulos Iniciados suyos. ¡Quién sabe si hasta el mismo monarca de Mallorca -como preceptuado que fue por Llull- no pudiera hallarse entre estos discípulos Iniciados y que por este motivo habría puesto toda la carne en el asador para hacer realidad el proyecto de Llull de que fuera constituida ese Colegio de Miramar, en Mallorca…!

     El que, a raíz de la fundación de esa hipotética escuela Iniciática, la mencionada cadena o linaje Iniciáticos pudiera haber sido una realidad y tener tintes de ser algo más que una posibilidad puede albergar ciertos visos de confirmación si nos atenemos a lo que nuestro autor escribe en una obra hermético-alquímica (Ars magica, la cual trataremos avanzado este ensayo y que apareció con su firma): De esta manera tú puedes ver y conocer, magistralmente, si en ti se encuentra el espíritu Hagiógrafo, que según sea la naturaleza del precedente linaje, así será el que le sucede por recto linaje.

 

Los hay que siguen poniendo en tela de juicio esa faceta alquimista de R. Llull, tal vez debido a que desconocen lo esencial que resulta el esoterismo en nuestro autor o tal vez a que han aceptado la versión, digamos, oficial de la Iglesia, consistente en negar el esoterismo de Llull, pues lo haría incompatible con su consideración de ´beato´ que le fue otorgada por la misma Iglesia.

El Llull alquimista corrobora nuevamente a nuestro autor como alguien que se ha definido diáfanamente por la ´vía heroica de la acción interior´. En el Mundo de la Tradición la estructuración de la sociedad respondía a una funcionalidad jerarquizada en cuya cúspide piramidal hallamos al soberano y a la casta sacro-rectora. Bajo ésta se encuentra la casta estrictamente guerrera y en la parte de abajo la productiva. Con el crepitar del Mundo Tradicional se produce una escisión en el seno del primer estamento y surgen, así, el rector o dirigente político desacralizado y el sacerdote adherente a la ´vía pasiva-contemplativa´. En el Medievo estalló una pugna que acabó en guerra abierta (“La Guerra de las Investiduras” entre el Sacro Imperio Romano-Germánico y sus repúblicas y reinos aliados -gibelinos- y el Papado y sus repúblicas aliadas -güelfos) entre quienes representaron y protagonizaron un Ciclo Heroico (el griego Hesíodo nos había hablado de los Ciclos Heroicos, en el s. VIII a. C., en su  Los trabajos y los días) de Restauración del Orden Tradicional y de la unificación de las escindidas funciones sacra y dirigente fidelizada en la figura del Emperador (gibelinos) y quienes se oponían a él (güelfos) y pretendían estructurar el organigrama social colocando en la cúspide de la pirámide al clero (estamento inexistente en el Mundo Tradicional), bajo éste a los reyes desacralizados conjuntamente con la aristocracia meramente guerrera, un peldaño más abajo al resto de la milicia y en la base de este cuerpo geométrico al estamento productor (campesinos, artesanos, operarios de talleres,…). Pues bien, al hilo de este conflicto fue extraño quien en Europa no tomó partido por un bando o por otro. Aquéllos que no eran ajenos a la via transformationis de la Iniciación tomaron amplio partido por la causa gibelina y los que no concebían más que la forma religiosa, fideísta y pasiva de concebir la Trascendencia granjearon mayoritariamente sus simpatías hacia el bando güelfo. La Iniciación no fue ajena a varios de los emperadores del Sacro Imperio… El carácter de jefes militares propio de estos emperadores los hacía proclives a la ´vía de la acción´ (también interior) frente a la ´vía de la contemplación´ seguida por el Papado y por el clero. En este contexto no nos ha de extrañar que el arte hermético-alquímico fuera denominado por muchos de sus principales exponentes como Ars Regia (3), haciéndose casi  subrepticiamente, de este modo, una asociación entre la función regia, rectora o dirigente y lo Sacro. A la asunción del papel sacro por parte del Emperador siempre se opuso un Papado (y los güelfos con éste) que se rebeló con inquina ante cualquier intento de arrebatarle el monopolio de ´las cosas del Cielo´.

El Llull hermetista es alguien que debe ser encasillado en la ´vía del héroe´, en la ´vía  interior de la acción´ y en un tipo de Espiritualidad Solar que responde a la ´Luz del Norte´. Es alguien a quien nosotros podríamos aplicar el prototipo de gibelino. No deberíase obviar que, por tradición familiar, es muy cercano a la caballería (su padre fue un caballero de los que bajo la estela del gran Jaime I ´el conquistador´ reconquistaron la isla de Mallorca) …y se trata de alguien que demuestra esta cercanía en uno de sus proyectos más ansiados: el de unificar las principales órdenes ascético-guerreras de la Cristiandad para hacer más efectiva la lucha contra esa manifestación de la ´luz del sur´ representada por la lunaridad religiosa fideísta del Islam (etimológicamente ´sumisión´, a Allah) (4). Recordemos al Hijo Bendito de Dios, quien nos llama a una Guerra Santa, escribe Ramon Llull en su obra Blanquerna. Guerra Santa que hay, obviamente, que tener presente en su consideración de Cruzada (´vía de la acción exterior´: Pequeña Guerra Santa) pero también, y principalmente debido a las coordenadas existenciales de nuestro autor, en su dimensión de Gran Guerra Santa (´vía de la acción interior´). (5)

Esta querencia por la ´vía de la acción´ (la ´vía del shatriya´ o guerrero, según la tradición hinduista), en este caso exterior, la expresa descarnadamente R. Llull en su  Libro del Orden de Caballería, con un tono muy combativo, en el que se aconseja la conversión de los infieles musulmanes a palos y con la espada, al mismo tiempo que con la prédica. Son éstas inclinaciones impropias de aquél que se retira del mundo, se evade de él y renuncia a actuar para cambiarlo por hallarse en la línea de aquellos maniqueísmos que, fieles a la ´vía pasiva y contemplativa´, aborrecen del mundo físico y caen en evasionismos extremos.

Hasta el mismo sistema filosófico-teológico implementado por nuestro ilustre autor a raíz de la redacción de su  Ars Magna está regido por la inclusión del código caballeresco. Y son igualmente los valores del caballero -del guerrero- los que en forma de acción (interior) y autodisciplina deben aplicarse y son requeridos para la (echando mano de una expresión del hermetismo alquímico) Gran Obra de la transformación interior en que consiste la Iniciación. (6)

 

La ortodoxia exotérica de la Iglesia muy a menudo mostró sus reticencias sobre el vero fondo de la obra luliana. Un fondo cuyo eje estriba en la divinización del ´hombre diferenciado´ (según locución evoliana) y un fondo que ya el Gran Inquisidor mallorquín Nicolau Eimeric pareció atisbar acusando a Llull de nigromante en su tratado Fascinació de los lul.listas -escrito con posterioridad a la muerte de Llull- y cuya acusación se ve ratificada en otra obra del mismo cariz intitulada Directorio de los inquisidores en la que se acusa a nuestro hombre de haber obtenido sus obras “mediante arte diabólica” (7) Ambos tipos de acusaciones eran lugar común cuando el blanco de la diana era sospechoso de practicar la alquimia. La Iglesia llegó incluso al extremo de condenar formalmente el pensamiento de R. Llull, tal como hizo, entre otros, el Papa Pablo IV en el s. XVI, razón por la cual su canonización quedó en suspense.

 

En aquella pugna política y metafísica que durante buena parte de la Edad Media protagonizaron gibelinos y güelfos apareció, entre sectores simpatizantes o claramente militantes del gibelinismo, frecuentemente un vocablo que utilizado en el seno de determinados fenómenos literarios (o más que literarios) o por organizaciones de claro perfil esotérico comportó una especial significación: el término ´amor´. Lo utilizaron trovadores o lo utilizaron, también, Fieles de Amor. A éstos, p. ej., perteneció un Dante que bajo el paraguas de la literatura transmitió al lector avezado toda una serie de ideas de cariz esotérico en las que la palabra ´amor´ significaba ´filia por la búsqueda Iniciática de la Verdad´ (´vía de la acción´) a la vez que era la inversión del término ´Roma´ o, dicho de otro modo, la contraposición al mero exoterismo y al simple fideísmo (´vía de la contemplación´) que emanaba de la sede pontificia sita en la ciudad de Roma. No pensamos que, vista la trayectoria que de Ramon Llull estamos describiendo, resulte, p. ej., casual el título de sus libros  Llibre d´amic e amat  (“El libro del amigo y del amado”) y Arte amatoria.

En el mentado trabajo a cargo de E. Milà titulado El fenómeno Rosa+Cruz. Datos Históricos sobre la Rosa+Cruz se puede leer que Ramon Llull obtuvo, en buenas artes alquimistas, oro en el transcurso de una transmutación metálica realizada en La Torre de Londres y que las monedas que con el metal precioso se acuñaron aún circulan entre los coleccionistas bajo la denominación de ´lulios´ o ´nobles de la rosa´ …de lo que extractamos, por un lado, la corroboración de la elección, por parte de nuestro brillante autor, de la ´vía activa´ de transmutación interior representada por el alquimismo-hermetista y, por otro lado, la, para nuestro entender, no casual denominación de ´nobles de la rosa´, evocativo de la carga simbólica esotérico-metafísica que siempre ha poseído la ´rosa´ (v. gr., como símbolo de la manifestación del cosmos a partir del Principio Primero y Supremo, pues los pétalos abiertos de esa flor se pueden fácilmente asociar con la dicha manifestación) y muy coincidente con el nombre de otra organización secreta de tinte definidamente Iniciático que se dio a conocer hacia fines del Medioevo y que se habría, voluntariamente, retirado de Europa, definitivamente, al final de la Guerra de los Treinta Años (cerrada en 1.648 con el Tratado de Westfalia) por haber considerado, la dicha organización Iniciática, que el resultado del fin de dicho conflicto bélico le había supuesto el estoque definitivo a cualquier resabio del Orden Tradicional que pareció emerger en el Medievo en el seno de determinadas organizaciones, instituciones y realidades políticas (como el S.I.R.G. o los Templarios) …estamos hablando de la Orden Rosacruz. Y es que de forma más que segura tanto Llull como los rosacruces representaron eslabones de una especie de cadena mágica que por ello compartía una determinada simbología sacra.

 

Hemos ya comentado la posibilidad de que existiera una especie de escuela Iniciática luliana auspiciada por nuestro autor, ¡quién sabe -como también hemos comentado- si en el mismo Colegio de Miramar! Hay muchos tratados alquímico-herméticos que cuentan con la rúbrica de Llull. Postulamos que lo más probable es que muchos de ellos sean de su autoría y que los que quizás no lo sean cuentan, indudablemente, con su sello e impronta porque o bien pueden pertenecer a autores de su -de acuerdo a la hipótesis que hemos dejado caer- supuesta escuela Iniciática o bien pueden ser autoría de profundos conocedores de la obra hermético-alquímica de nuestro insigne personaje. Sea como fuere se dejó un legado de enorme calado en el campo de esta ciencia sacra. Podríamos, p. ej., comentar aspectos de su Ars Magica …y lo haríamos empezando por su mismo título, ya que un concepto tan vulgarizado, desprestigiado, trivializado y tergiversado como el de la ´magia´ Llull lo consideró en su sentido original, genuino y esotérico cual el de ´ciencia sacra operativa´. ´Operatividad´ que sólo es posible hacer realidad en una asimilada  concepción ´activa´ del Hecho Trascendente´, pues la ´magia´ obedece a la intención, en un primer estadio, de operar cambios ontológicos en la persona que la practica a través de una serie de rigurosas técnicas Iniciáticas descondicionadoras y, en segunda instancia, de propiciar la  activación y/o reconducción de fuerzas sutiles existentes en el interior del ser humano. El llegar a la gnosis de lo que se halla en el origen incluso de estas fuerzas sutiles (numens) culminaría, en un tercer episodio, todo este recorrido heroico (8). Es, pues, la alquimia un tipo de ´magia´, entendiendo ésta -en una expresión cara a J. Evola- como ´ciencia del Espíritu´ (9).

Así pues, lejos de cualquier pasiva manera de entender la Espiritualidad R. Llull trabajó esta ´vía de la acción´ propia del hermetismo alquímico.

Deteniéndonos en su Ars magica, aparte de los lógicos abundantes lugares comunes del simbolismo alquímico (10), nos topamos con muchos conceptos que merecen, al menos, unos comentarios por nuestra parte. Y los merecen tras leer:

    Sabe, hijo mío, que hay muchos hombres por el universal mundo que se desvían de la obra por falta de ingenio, ya que no entienden filosóficamente las causas de donde vienen los efectos que la naturaleza muestra a todo buen entendimiento, pues están muy ciegos y alejados de lo que ven cada día. Lo entienden corporalmente, con lo que se decepcionan mucho cuando se esfuerzan con total ceguera en identificar, de forma mecánica, la naturaleza y sus secretos escondidos con las obras mundanas.

     Estas reflexiones de Llull enlazan con lo que ya hemos comentado en este nuestro ensayo acerca de las contrapuestas cosmogonías emanacionista (la propiamente Tradicional) y creacionista. La primera propia de la Luz del Norte y la segunda de la ´luz del sur´. La primera propia de la ´vía de la acción´ y la segunda inherente a la ´vía pasiva de la contemplación´. La primera (el emanacionismo), recordemos, incluía las premisas necesarias para recorrer la ´vía Solar del Héroe´, pues hacía del hombre portador de Espíritu (atman), aunque fuese en estado de latencia; un Espíritu que compartía con el Principio Supremo del cual él y la totalidad del cosmos habían emanado. La segunda (el creacionismo), por contra, cercenaba esta heroica vía de realización interior al considerar una ruptura -un hiato ontológico- entre Creador y criatura, pues esta última había sido creada ex nihilo (de la nada) -al igual que la totalidad del universo- por lo que el hombre no compartiría (de acuerdo a esta postura paradigmática del tipo de religiosidad lunar) esencia con la Trascendencia creadora.

Y, concretamente, enlazan estas reflexiones de Llull con el ´emanacionismo´ propio de la concepción cosmogónica del Mundo de la Tradición, ya que si la totalidad del mundo manifestado procede, por emanación, del Principio Primero Eterno (del Motor Inmóvil aristotélico) procede de él la dimensión sutil y, por ende, el plano físico-sensible de la realidad. Por lo cual las ciencias modernas o profanas que se detienen, y no van más allá, del estudio, de la observación, del análisis y de la experimentación de los fenómenos exteriores-físicos y de esta dimensión física del mundo manifestado son ciencias amputadas, alicortas y meramente fenomenológicas y superficiales, pues no alcanzan a constatar el que los hechos físicos que son su único objeto de estudio responden a causas de tipo sutil, nouménico, suprasensible y, en definitiva, metafísico. Frente a esta constatación mutilada de que está irremediablemente aquejada la ciencia moderna profana se levanta la Tradicional ciencia sagrada cuyos planteamientos holísticos poseen una visión integral y hacen derivar lo fenomenológico de lo sutil y Superior por ser lo físico un reflejo de lo metafísico; por ser, en otras palabras, ´lo de abajo´ como ´lo de arriba´: o el microcosmos como un espejo del macrocosmos. (11)

 

René Guénon utilizaba la expresión ´intuición intelectual´ a la hora de explicar cuál el único método viable para el Conocimiento de la Realidad Superior. Debemos considerar la dicha ´intuición intelectual´ como sinónimo de ´Iniciación´. Las Ciencias Sacras no se pueden disociar de los procesos Iniciáticos. En Ramon Llull y en su Ars magica vemos corroborada cuál es la única vía posible para aprehender la gnosis de lo Superior:

Este saber es necesario para la causa en cuestión, que va más allá de todos los cursos de la naturaleza, pero no la puedes ver ni realmente poseer en forma ni en materia sin operación alguna; sin embargo, la puedes obtener y muy bien entender por medio del Espíritu Hagiógrafo, recurriendo al fin de la naturaleza, que ha conducido su materia hasta la perfección, y buscando ciertas experiencias demostrativas, reguladas por la doctrina intelectiva adquirida por la virtud antes mencionada.
Dicha doctrina permite ver las causas que son invisibles a los sentidos.

 

En línea consecuente con los anteriores párrafos, que de su Ars magica hemos reproducido y comentado, hallamos otro en el que se dice:

Por esta figura se demuestra cómo el entendimiento investiga espiritualmente lo que la naturaleza muestra del todo corporalmente y se indica en qué lugar empieza su perfección, a entender cuál es la esencia de la composición. Pues todos los filósofos nos han demostrado, por gran excitación, que el oro está situado en el lugar donde se encuentra el instrumento final y perfectivo, y que ha sido creado por la naturaleza a modo de ejemplo.

La naturaleza entendida como la dimensión física de la realidad representa, pues, para Llull -y en la línea con lo que la Tradición enseña- un símbolo y un reflejo de un orden Superior y constituye un soporte precioso para aquél que, habiéndose adentrado en la ´vía de la acción interior´, aspira al Conocimiento de las Verdades Metafísicas. La belleza que nos brinda la naturaleza es un reflejo y un símbolo de la armonía y perfección del mundo Sacro Superior (12). Así el oro alquímico constituiría un símbolo de la Realidad Suprema y Trascendente y su “obtención” sería un indicativo de la realización Espiritual absoluta del Héroe que se aventuró a recorrer los senderos de la propia transmutación. El oro es asimismo un símbolo del Sol y éste a su vez lo es del Motor Inmóvil Eterno y Primero.

 

En su ya aludido trabajo Ernest Milà (El fenómeno Rosa+Cruz. Datos Históricos sobre la Rosa+Cruz) comenta que aunque se quiera negar la autoría luliana de los tratados alquímicos que cuentan con su rúbrica lo que resulta incontrovertible e incontestable es que los libros que nadie pone en tela de juicio que hayan sido escritos por él rezuman hermetismo de manera muy recurrente. Asimismo Milà nos señala el cómo está su vida rebosante de unas alegorías y un simbolismo muy recurrentes en la tradición hermético-alquímica, como, v. g., cuando se nos explica un supuesto hecho en la vida del sabio mallorquín según el cual cuando su existencia era todavía disipada se enamoró de una dama genovesa, Ambrosia de Castello, que en determinado momento le mostró su pecho descompuesto: pútrido. Esta visión habría provocado tal shock en Llull que le movió a darle un giro copernicano a su existencia, a dejar los ´asuntos de faldas´ y a peregrinar a Santiago. E. Milà nos recuerda el simbolismo que tiene la ´putrefacción´ en el lenguaje hermético, que no es otro que el ínsito al ´ennegrecimiento´ u ´obra al negro´ (nigredo), esto es, que más que de la anulación y/o eliminación se trata del dominio -por parte del que ha emprendido la ´vía de la acción interior heroica´- de todo aquel conglomerado de sentimientos descontrolados, de pasiones desaforadas, de emociones desestabilizadoras, de instintos pulsionales, de apegos, de traumas, de complejos y de pavores que atan, esclavizan, subyugan y alienan al hombre. No cabe, pues, duda de que más que de la verosimilitud que pueda tener este supuesto episodio de la vida de nuestro autor de lo que se trata es de resaltar su carácter simbólico …simbolismo que, en lenguaje hermético-alquímico, nos da las claves que nos hablan del tránsito de Ramon Llull por los vericuetos Iniciáticos de la transmutación interior.

En el mismo ensayo Ernest Milà escribe que: Nuevamente encontramos un episodio en la vida de Llull en el que es imposible dilucidar la parte que corresponde a la realidad y lo que existe de simbólico. Un esclavo árabe de su propiedad se reveló; blasfemó de Cristo e hirió a Llull. Luego se suicidó. Existen muchas leyendas y alegorías herméticas que tienen como protagonista a un “esclavo fugitivo”, tenido como símbolo del espíritu sometido a la tiranía de la materia. La rebelión del esclavo supone el intento de liberación del espíritu y su muerte es, de hecho, su triunfo, el equivalente al “opus nigrum” hermético, la primera fase de la obra filosofal.

Al margen de esta, de acuerdo con otros relatos alquímicos similares,  adecuada interpretación que Milà nos ofrece también podríamos interpretar este episodio en el sentido de que el esclavo rebelde bien podría representar a ese yo inferior que se resiste a ser dominado por el ´hombre heroico´, pese a lo cual (tras ese duro encuentro agonal entre el héroe y las fuerzas catagógicas que intentan arrastrarlo hacia lo bajo e impedir que venza y emerja victorioso) el dicho esclavo es vencido (cual sucede con el esclavo de R. Llull muerto por suicidio) y el Héroe, entendamos, de este modo habrá superado todo tipo de ligaduras y condicionamientos y estará, ahora pues, presto a adentrarse en el conocimiento de los planos Suprasensibles de la realidad y en la activación y el control de las fuerzas sutiles que atesora en su interior (estará, en definitiva, preparado y dispuesto para transitar por la albedo u o ´obra al blanco´).

 

Resulta incontestable, pensamos tras todo lo expuesto, la vinculación de nuestro egregio autor con la obra hermético-alquímica y, por ende (a la luz incluso de las prioridades y del trajinar de la vida de nuestro autor descritos en este nuestro trabajo), su vinculación con la tradición Iniciática propia de todo aquél que ante la ´vía pasiva de la contemplación´ fideísta, devocional, moral, dogmática, meramente exotérica, sacerdotal, clerical, ´del convento´, ´del monasterio´, de la ´luz del sur´ y de la religiosidad lunar opta, en cambio, por la búsqueda del Conocimiento de lo Superior, por el encuentro ontológico con lo Absoluto, por el esoterismo, por la Metafísica, por la transustanciación interior, por convertirse a la nobleza del ´nacido dos veces´ (ariya), por priorizar al shatriya-sacro, al asceta-milites de la encomienda, opta por la ´Luz del Norte´, por la Espiritualidad Solar, por la ´vía interior del Héroe´ y, en definitiva y tal como señalamos en el mismo título de nuestro ensayo, opta nuestro Ramon Llull por la ´vía de la acción´.

 

NOTAS:

 

*No le colocamos la tilde a ´Ramon´ para respetar la ortografía catalana de acuerdo a la cual dicha vocablo no la lleva; lo hemos querido así por ser Ramon Llull hijo de catalanes arribados a Mallorca para luchar -a las órdenes de Jaime I el conquistador– contra los musulmanes. Si hubiésemos echado mano a la traducción de este nombre propio al castellano no hubiésemos hablado de ´Ramón´ (esta vez sí con tilde) sino de ´Raimundo´ (Lulio) por el que se conoció -y aún se le conoce- a nuestro egregio personaje en el ámbito geográfico de lengua castellana.

Cierto es que nos hemos visto tentados a referirnos a él en su nombre en latín, Raimundus Lulius, como firmaba sus obras escritas en esta lengua. Y nos hemos visto tentados a ello por el peso preponderante de esta lengua en el Medievo en el que él vivió, por todo lo que supone ella como lengua madre para todas las románicas y por su carácter ecuménico (que no cosmopolita) en el sentido de vehículo de una idea Imperial Sacra.

 

  • A la hora de sopesar la posible valencia metafísica de la obra de un personaje y/o autor o de una época, de un período histórico o de una institución determinados consideramos como un preciso y a la vez excelso punto de referencia las enseñanzas Tradicionales tal como Julius Evola nos las ha legado. Además, tanto en la obra como en la vida del maestro transalpino es insoslayable la componente shatriya o guerrera como vía genuina de entender la vida enfocada siempre a la Trascendencia y como vía para intentar la tarea heroica de Restauración del Orden Tradicional y para la recomposición del hombre mutilado de su dimensión Superior. Por este motivo encontramos harto significativo el que Evola cite a Ramon Llull, en más de una ocasión, como autor a tener bien presente. Lo cita, v. gr., en el prefacio a su “La Tradición hermética” afirmando que …entre las propias filas de los católicos -al menos ´católicos´ nominalmente- desde Ramón Llull y Alberto Magno hasta el abate Pernety, encontramos figuras enigmáticas de Maestros herméticos (Ediciones Martínez Roca, ed. de 1.975). También lo cita en la nota nº 6 de la pág. 151 del mismo libro: Lull dice que el negro está hecho de Sol y Luna: indica una unión tan indisoluble de los dos que luego ya no podrán separarse jamás. Son muchas más las referencias que en la citada obra de Evola se hace de nuestro autor de estudio, como ésta que hemos encontrado en una edición en lengua portuguesa: Apontemos (…) as freqüentes referências (sobre todo hermético-simbólicas) as vinho (vino) nos textos mais recentes, a partir de Raimundo Lúlio (edición en Lisboa. Ediçôes 70, 1.979, págs. 153-4).

Otra muestra de la enorme huella que ha dejado Ramon Llull es que el rumano Mircea Eliade -el gran estudioso de las Tradiciones- tampoco es ajeno a la importancia capital de su legado, tal como podemos leerle también en otra edición portuguesa, la de su libro “Herreros y alquimistas”: (…) a virtude primeira da Pedra reside na sua capacidade de transformar os metais em ouro (…) A idéia de que a Pedra precipita o ritmo temporal de todos os organismos e acelera o crescimento, encontra-se na Prática de Raimundo LÚLIO: ‘Na primavera, mediante o seu grande e maravilhoso calor, a Pedra comunica vida às plantas; se dela dissolveres na água a quantidade aproximada de um grão e se, tomando dessa água a porção necessária para encher a casca de uma avelã (llenar la cáscara de una avellana), regares com ela um tronco de videira, a tua capa estará em maio carregada de uvas maduras’. (Ferreiros e alquimistas. Trad. Roberto Cortes de Lacerda Rio, Zahar Editores, 1979. pág. 129).

     Que estas citas hagan referencia a la faceta hermético-alquímica de Llull no resulta, por lo que respecta al objeto de este nuestro ensayo, asunto baladí, tal como podremos comprobar a lo largo de nuestras líneas.

  • Aunque para algunos autores -seguramente para el mismo Llull- el término ´contemplación´ pueda ir asociado al de meditación y trabajo de transformación interior nosotros le otorgamos una connotación pasiva y, por tanto, no operativa.

(3) Obsérvese la semblanza existente entre Ars Regia y Ars

Magna; título de la principal obra escrita por Llull, de clara reminiscencia hermético-alquímica.

(4) Los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico (S.I.R.G.) auspiciaron las órdenes ascético-militares y recibieron el apoyo de éstas en sus empresas y en su concepción Imperial. El emperador Federico II Hohenstaufen había abogado por la fusión de las tres principales órdenes ascético-militares ya antes de que lo hubiese hecho Ramon Llull en su, ya mentado anteriormente, proyecto de ´Orden del Espíritu Santo´ …¡como se ve a nuestro autor le movían semejantes querencias que las del S.I.R.G. y los gibelinos!

Para una comprensión de la idea ´Imperial´ y del sentido Tradicional del ´Imperium´ remitimos al capítulo IV  (“El Imperium a la Luz de la Tradición”) de nuestro libro “Reflexiones contra la modernidad” (Ediciones Camzo); capítulo que también puede leerse en: https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/el-imperium-a-la-luz-de-la-tradicion/.

(5) No está de más señalar que de estas dos vertientes de la guerra santa (la interior y la exterior) ya hablaba la tradición irania antes de que dicha doctrina fuera apropiada por el Islam como préstamo tomado de aquélla tradición.

(6) Nótese la reminiscencia alquímica que posee el título de su      obra principal: Ars Magna; equivalente a la Gran Obra.

(7) Estos datos de corte inquisitorial han sido extraídos de un brillante ensayo escrito por Ernest Milà que lleva por título  El fenómeno Rosa+Cruz. Datos Históricos sobre la Rosa+Cruz: http://infokrisis.blogia.com/2008/083001-el-fenomeno-rosa-cruz-i-de-iv-datos-historicos-sobre-la-rosa-cruz.php

(8) Este camino de transformación interna (´vía de la acción interior´) no se debe concebir a la manera de compartimentos estanco, sino que normalmente los tres estadios relacionados pueden, a partir de cierto grado de realización, recorrerse de manera paralela, con una cierta alternancia y hasta compenetrándose. Es así que, echando mano de la terminología alquímica, la ´obra al negro´ (nigredo: descondicionamiento), la ´obra al blanco´ (albedo: activación de lo sutil o nouménico) y la ´obra al rojo´ (rubedo: Identificación ontológica con el Principio Primero Imperecedero) pueden ir dando sus frutos -en determinados estadios del proceso palingenésico- alternándose entre sí.

(9) Si Ramon Llull escribió el Ars magica Julius Evola, allá por los años ´20 de la pasada centuria, fue uno de los pilares del Gruppo di Ur, cuyos integrantes se afanaron en el estudio y la práctica de la metafísica práctica u operativa: entiéndase, la ´magia´. Sus trabajos se pueden leer en los volúmenes de Introduzzione alla magia quale scienzia dell´io (La magia como ciencia del Espíritu, en la edición en castellano a cargo de Ediciones Heracles).

(10)  Oh medida, de agua celeste (…)

Oh medida, cómo perpetuamente conviertes en oro todos tus metales. (…)

Oh medida, cómo haces coagular, lo que está disuelto 

                       cociendo sabes ajustar.

Por tanto digo que si no hay medida, de la piedra

                                          no saldrá provecho.

(11) La oposición entre ciencia profana y ciencia sagrada fue objeto de

                                        reflexiones nuestras que pueden leerse en Ciencia

                                       Sacra y Conocimiento:

                                       (https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/05/ciencia-sacra-y-

                                        conocimiento/).

(12) Son éstas concepciones Tradicionales que quisimos exponer

                                en el capítulo II (La naturaleza) de nuestro libro El  Hombre     

de la Tradición (Ediciones Camzo) y que también puede

ser leído en El Hombre de la Tradición (II): la natu-

raleza:

https://septentrionis.wordpress.com/2011/12/21/el-   

hombre-de-la-tradicion-ii-la-naturaleza/

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

 

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Libro: “Evola frente al fatalismo”
marzo 9, 2019, 12:58 am
Filed under: Eduard Alcántara, Espiritualidad, Julius Evola, Metafísica, Tradición

Editorial Eas ha publicado recientemente esta nuestra obra, en la que figura un sustancioso prólogo a cargo de Gonzalo Rodríguez y una muy interesante introducción debida a Santiago de Andrés:

https://editorialeas.com/shop/hesperides/evola-frente-al-fatalismo-por-eduard-alcantara/

 



DOMINIQUE VENNER, EL ESTOICO
diciembre 27, 2018, 11:43 pm
Filed under: Ética y valores, Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara, Metapolítica

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DOMINIQUE VENNER, EL ESTOICO

 

No va a ser éste lugar dedicado a trazos biográficos ni a reflexiones políticas sobre la figura de Venner. Otros ya han escrutado esos caminos con buenas dotes de síntesis y con brillantez y acierto analíticos. Nuestro cometido va a ser el de sopesar el accionar, los gestos y los escritos del político y pensador francés con el enfoque propio de los valores y cosmovisión de la Tradición, pues para nosotros el valor de Dominique Venner (D.V.) responde a que encarna un tipo de hombre y expresa unas ideas que se hallan en consonancia con un modo de existir y concebir el mundo que fue el propio del Hombre que protagonizó las Civilizaciones del Ser. Hablamos de ese Hombre Vertical que tenía como faro de su discurrir el faro de lo Trascendente e Inmutable. Hablamos de un Hombre opuesto a ese otro ‘hombre horizontal’ paridor de nuestro mutilado y desnortado mundo moderno y, a su vez, parido por éste …Un Hombre opuesto al ‘homo vulgar’ de las actuales ‘civilizaciones del devenir’ …Opuesto a este -parafraseando a Julius Evola- ‘hombre fugaz’ que arrastra su existencia por las miasmas del hedonismo, del materialismo, de la superficialidad, del fáustico devenir, de la inconsistencia, de la inconstancia y de la banalidad. Todo cuanto veamos en D.V. como cercano, acorde o evocador de ese Hombre Tradicional merecerá nuestra atención, pues nos ayudará a conformar un arquetipo que si es tomado como punto de referencia y punto de llegada (meta a alcanzar) por alguno de nuestros lectores sin duda servirá para que éstos tengan más asideros a los que agarrarse con firmeza para no dejarse arrastrar por las disoluciones alienantes del mundo moderno.

En la línea trazada, no nos interesará hablar de los pensamientos y posiciones doctrinales que podamos percibir como contaminados por los efluvios de la modernidad. No nos interesará detenernos donde veamos subproductos emanados de las corrientes filosóficas, de pensamiento o políticas que han acelerado la descomposición del Mundo de la Tradición o de lo que pudiera quedar -a menudo como reflejo sin alma- de él. No nos interesará, verbigracia, ese rechazo que desde la revista Europe-Action, que D.V. dirigió a principios de los años ’60, se hace de un autor como Joseph de Maistre porque se realiza desde la confusión provocada por el hecho de ser contra-revolucionario …pero contrarevolucionario con respecto a las ideas, a la legislación y a las instituciones propias de la Revolución Francesa o emanadas de ésta y no -tal como se mal interpreta desde dicha revista- con respecto al capitalismo y a las injusticias sociales que éste comporta. No nos interesará el posicionamiento antimonárquico -sin distinción ni matización algunas- de dicha publicación porque la monarquía en sí es rechazable en su forma liberal-parlamentaria pero no cuando se reviste -tal como sucedió en otra épocas- de la sacralidad que el mismo monarca ha actualizado en su interior a través de un duro y riguroso ascesis; sacralidad con la que impregnará su Regnum (si pugnamos por sustituir este deletéreo lodazal materialista no puede ser más que por su opuesta Civilización: la iluminada por lo Alto). No nos interesará la reivindicación de figuras como -durante la Revolución francesa- la del jacobino Louis-Antoine de Saint-Just ni, con posterioridad, la de los dirigentes de la Comuna de París de 1.871, pues si no se sabe ver en la Revolución iniciada, en Francia, en 1.789 el gran aldabonazo al triunfo definitivo del mundo moderno no se sabrán detectar los orígenes, las causas y los hitos más significativos que explican los males, las injusticias, las disoluciones y las fracturas de nuestro mundo. No nos interesará la defensa del laicismo hecha desde las páginas de Europe-Action, pues la oposición a un cristianismo que cada vez se asemejaba más (se rondaba el Concilio Vaticano II) al igualitarista, antijerárquico, salvífico y cosmopolitista de los orígenes no debe hacernos descender aún más peldaños en dirección al laicismo desacralizador sino que nos debe empujar a alejarnos de él (de ese cristianismo) superándolo -ascendiendo en peldaños- hacia formas y vías de genuina Espiritualidad que admitan posibilidades de realización interior para un tipo de ‘hombre diferenciado’ (Evola dixit) y que, fuera de universalismos que no conocen de las diferencias, se adecúen a la idiosincracia, al palpitar y a la manera de entender y de vivir el Hecho Trascendente propios de cada pueblo.

Aunque no haya necesariamente que asignar a D.V., sino a la generalidad de la revista Europe-Action, estos posicionamientos ideológicos lastrados por excrecencias del mundo moderno lo cierto es que él fue director de la misma y no le podemos hacer escurrir el bulto con respecto a su responsabilidad a la hora de asumirlos. Pero de todos modos, repetimos, lo que nos interesa reivindicar en torno a la figura de nuestro personaje se halla en otras coordenadas bien alejadas de las expuestas en el párrafo anterior.

A nosotros nos interesa reivindicar a ese D.V. que no sin profundas motivaciones elige la catedral de Nôtre Dame como el escenario de su inmolación, pues lo hace al rastrear en ella un enclave de culto casi inmemorial que la liga con un pasado en el que los ancestros concebían la existencia como si de un continuo ritual sacro se tratase …ritual gracias al cual quedaba sacralizado todo el accionar humano. No en vano la catedral parisina se alza en el mismo enclave en el que los romanos levantaron el templo de Júpiter y, antes, los galos honraban al dios Lug (1) …Y es que hablar de nuestros ancestros, reivindicar nuestra identidad a través del rescate de nuestro orígenes y hacerlo, al mismo tiempo, mutilando al hombre de la dimensión Trascendente, que fue su eje vertebrador, significarían un total y absurdo contrasentido.

Es en esta línea en la que Fernando José Vaquero Oroquieta nos trae a colación un editorial escrito por D.V., titulado “La memoria de un impulso heroico”, en el que nos dice Vaquero Oroquieta que partiendo del hecho incuestionable de la decadencia de la civilización europea, Dominique Venner se plantea la eterna cuestión de, en estas precisas circunstancias, “¿qué hacer?”. D.V. toma partido en la alternativa que presentan, a su juicio, las dos posibles respuestas: que denomina, respectivamente, «la solución sistémica» y la solución espiritual. Correspondería a la primera “imaginar otro sistema político y social a través de una revolución. La segunda es una transformación de los hombres por la propagación de otra visión de la vida, otra filosofía espiritual. Es lo que hizo el estoicismo en la Roma imperial.

D.V se sumaría, pues, a esa línea postulada ya antes por otros, como la del caso del rumano Corneliu Zelea Codreanu cuando manifestaba su convicción de que sin la prioridad por la que bregar, que no es otra que la de forjar un ‘hombre nuevo’, cualquier cambio sistémico, que llevara a la abolición de la liberal-plutocracia y a la implantación de un orden tradicional vertebrado, resultaría efímero, pues el tipo de hombre surgido como consecuencia de tantos años de fomento del individualismo, del egoísmo, del consumismo y del materialismo en breve tiempo intentaría subvertir los cambios politicos logrados y maquinaría en pos de la restauración del status capitalista; en el que sus impulsos compulsivos hacia el consumo y su egoísmo incompatible con un ordenamiento social orgánico volverían a tomar carta de libertad y desarrollo ilimitado.

 

Como se ha señalado nuestro autor se refería en “La memoria de un impulso heroico” al “estoicismo en la Roma Imperial”. Venner se sentía muy identificado, existencialmente, con esta corriente filosófica para la cual la templanza, el autocontrol, el dominio de sí mismo y la indiferencia ante todo aquello que no es sustancial en la vida son logros del alma –mente- que la mantienen alejada de los disturbios y turbulencias que acontecen a nuestro alrededor y que pueden distorsionar la psique del común de los mortales. Se trata de lograr permanecer impasible ante lo accesorio y ante lo que turba y perturba al hombre común. Los Séneca o los Marco Aurelio pueden ser un perfecto modelo existencial a seguir. De hecho estos logros descondicionadores de la mente constituyen la médula del nigredo (u ‘obra al negro’) de la tradición hermético-alquímica …y es que sólo a partir de la putrefacción y de la limpieza de escorias psíquicas –del subconsciente y lo irracional- puede aspirarse a la calma psíquica frente a los vaivenes y desequilibrios que acosan al ser humano en el seno de este enloquecido y desnortado mundo del devenir.

 

Georges Feltin-Tracol nos recuerda en un texto titulado  Dominique Venner o la fundación del porvenir” que En su texto del 23 de abril de 2013 ”¡Salud, Caballero rebelde!”, interrogándose ante el soberbio grabado de Albrecht Dürer “El Caballero, la Muerte y el Diablo”, Dominique Venner concluía que “la imagen del estoico caballero me ha acompañado a menudo en mis rebeliones. Es cierto que soy un corazón rebelde y que nunca he dejado de rebelarme contra la fealdad invasora, contra la bajeza promovida como una virtud y contra las mentiras elevadas al rango de verdades. Nunca he dejado de sublevarme contra todos aquellos que han querido la muerte de Europa, de nuestra civilización milenaria, sin la cual yo no sería nada.

De lo que se trata, pues, no es de mantener pasividad ante lo que acaece y, sobremanera, ante lo que corroe y aliena sino de ‘golpear sin odio’, esto es, actuar sin alterarse interiormente. Nada más alejado de posturas pasivas y de apoliticismo (2), pues en Venner vemos igualmente un identificarse con la figura del guerrero, del caballero andante, del samurái, del shatriya de la sociedad de castas indoaria, con la ‘vía de la acción’. Y es tal así que el mismo Georges Feltin-Tracol nos sigue diciendo que D. V. en “El corazón rebelde” insistía en la figura del samurái y su última metamorfosis histórica, el kamikaze, el combatiente de asalto que, en nombre de sus principios, se sobrepasa una vez más. “Morir como un soldado, con la ley de su parte, exige menos imaginación y audacia moral que morir como un rebelde solitario, en una operación suicida, sin más justificación íntima que la orgullosa certeza de ser el único en poder cumplir lo que debe ser llevado a cabo.

Siento que tengo el deber de actuar mientras tenga todavía fuerza para ello.” 

El altruismo heroico, combatiente y radical, defendido por Dominique Venner, se concreta en un acto decisivo que trasciende todo una obra de escritura y de reflexiones para alcanzar los antiguos preceptos de los romanos, en particular los del estoico Séneca para quien “bien morir es escapar al peligro de mal vivir. ”

Este convencimiento de cumplir lo que debe ser llevado a cabo y del deber de actuar se hallan en consonancia con aquella máxima indoaria de hacer lo que debe ser hecho y de la que nosotros en cierta ocasión señalábamos que El hombre diferenciado debe hacer lo que debe ser hecho, independientemente de cuáles puedan ser los resultados obtenidos; independientemente de si llega a conseguir unos fines concretos o no. Independientemente de si arriba a ciertas metas o no las alcanza.

Es en esta línea en la que en nuestro ensayo “Evola frente al fatalismo reproducíamos una cita autoría de un encriptado grupo de personas que allá por los años ´70 de la pasada centuria redactaron una serie de interesantes escritos que bebían del legado Tradicional transmitido por Julius Evola y que firmaban sus escritos como “Los dioscuros“. Cita en la que decían que “nosotros encendemos tal llama, en conformidad con el precepto ariya de que sea hecho lo que debe ser hecho, con espíritu clásico que no se abandona ni a vana esperanza ni a tétrico descorazonamiento”.

Los textos sapienciales del hinduismo señalan que tal manera de actuar haciendo lo que en cada momento debe ser hecho -sin hacerlo buscando algo a cambio- adecuan al hombre con el “dharma”, esto es, con la ley cósmica-natural que se altera cada vez que alguien no obra como debe obrar (3).

 

En la nota en la que anunciaba su decisión sacrificial D.V. declaraba que cuando tantos hombres se hacen esclavos de su vida, mi gesto encarna una ética de la voluntad. (…) Me sublevo contra la fatalidad. Con esta afirmación nuestro autor da un gran salto hacia atrás en el tiempo para enlazar directamente con el Hombre de la Tradición, para el cual no existían condicionantes ni determinismos de signo fatalista que coartaran su libertad. El hombre era dueño de su destino. Él con su proceder lo determinaba. Saltaba, pues, Venner, por encima de la noche oscura del mundo moderno y de sus medios de esclavizar la voluntad del hombre. El Hombre de la Tradición es un Hombre Liberado interiormente y no determinado fatalmente ni por -a diferencia de lo que sucede a día de hoy- un determinado Sistema de Enseñanza ni por -siguiendo a Hegel- una especie de Razón Universal ni por un Hado o Destino que todo lo tendría irremisiblemente prefijado ni por el dios todopoderoso, omniscente y omnipresente de las Religiones del Libro (4).

Posturas que Guillaume Faye corrobora como propias de D.V. cuando en una entrevista sobre nuestro protagonista (5) afirma que éste defendía la idea de que los dioses no deciden, porque el pagano (6) es un hombre libre. El opuesto absoluto del pagano es el seguidor del Islam, es decir, de la sumisión. Y señala, en el mismo sentido, de que no hay que dejar la muerte en las manos del destino, sino de la elección.

     Y en la misma línea se expresa Adriano Erriguel cuando escribe, en un artículo que lleva por nombre “El sol blanco de Dominique Venner”, que el suicidio de Venner debe explicarse como la decisión de ser dueño del propio destino. O José Javier Esparza cuando, en el escrito “Dominique Venner y el destino de Europa”, dice que cualquier movimiento de conciencia puede transformar la sociedad materialista que hoy conocemos, pues -añadimos nosotros- no se trata tan solo -¡que ya es mucho!- de no ser coartados por ningún condicionamiento que impida recorrer ese camino de transformación interior propio del Iniciado de las grandes Tradiciones sino que, asimismo, se trata, de no concebir como fatal ningún status quo como el que política, social, económica y “culturalmente” impera a día de hoy, sino que, al contrario, se conciba la posibilidad de derrocarlo y sustituirlo por otro que permita la realización -espiritual, social, política, laboral,…- de cada miembro de la sociedad al máximo de lo que sus aptitudes le permitan. Por lo cual no únicamente debe ser rechazado el fatalismo en el plano personal e interior sino también en el social y exterior.

Mi gesto encarna una ética de la voluntad –anunció D.V. para explicar su autosacrificio. Es la voluntad que se impone ante cualquier obstáculo, contratiempo y condicionante que resultaría insalvable para el homo vulgaris débil, sin pulso y vencido que ha excretado la modernidad.

En similar orden de cosas D.V. nos transmite en su escrito “El sentido de la muerte y de la vida” que la muerte voluntaria proclama la soberanía que uno ejerce sobre sí mismo.

   

      Julius Evola tipificó con gran nitidez dos formas diferentes y contrapuestas de vivir y concebir la existencia y el mundo manifestado. Las presentó, de forma gráfica, como las guiadas la una por ‘la luz del norte’ y la otra por ‘la luz del sur’. La primera representa la propia del Mundo de la Tradición y entiende de lo diferenciado, lo jerárquico, del honor, el valor, la fides,… La segunda, por contra, corresponde a un tipo humano, que ya inoculado por el virus del mundo moderno, adhiere al igualitarismo, al gregarismo, a la promiscuidad, al tejemaneje, al espíritu mercantil,… Venner en su obra “El blanco sol de los vencidos” sitúa frente a frente a estos dos tipos humanos yuxtapuestos y lo hace en el contexto de ese Norte y ese Sur que acabaron enfrentándose en la Guerra de Secesión de los Estados Unidos (1.861-64). Nos cita al por entonces Gobernador de Carolina del Sur James H. Hammond cuando afirmó que No han existido sobre la tierra dos naciones, que estuvieran separadas de forma distinta y hostil como nosotros. Ni Cartago y Roma, ni Francia e Inglaterra, en ningún momento. También a Mary Chesnut, esposa de un senador de Carolina del Sur quien anotó en su diario que nos hemos separado por incompatibilidad de caracteres. D. V. habla de dos mundos ajenos el uno al otro. Se trata lo que determinadas corrientes geopolíticas han denominado como la alteridad existente, a lo largo de la historia, entre ‘potencias continentales’ y ‘talasocracias mercantiles’. Las primeras apostarían por el afán civilizador y las segundas por el meramente monetario; entre las primeras, verbigracia, la Antigua Roma y entre las segundas Cartago (de fenicia afiliación). Venner nos explica, en este libro, cómo el Norte encuentra como justificación a su sed de acaparar riquezas la argumentación calvinista que responde al silogismo de que el Señor bendice la riqueza. Nos recuerda que se forja en el Sur una tradición aristocrática y agraria, en oposición a la tradición burguesa y mercantil del Norte y que estas diferencias se acentuaron a mediados del siglo XVII, con la llegada (al Sur) de nuevos emigrantes de noble cuna, los “Cavaliers”. Estos barones huían de Inglaterra tras la ejecución de Carlos I Estuardo. Mientras que el Norte se enriqueció en el curso del decenio siguiente con los “Cabezas Redondas”, los “niveladores”, antiguos partidarios de Cromwell y adversarios de los “Cavaliers” que la restauración de los Estuardo sobre el trono de Inglaterra expulsó a su vez. Basta reemplazar a los “Cavaliers” por los carlistas y los Cabezas Redondas por los isabelinos para imaginar los sentimientos que los colonos del Sur podían alimentar respecto a los del Norte y recíprocamente.

Al plantador del Sur (…) se opone el puritano de Nueva Inglaterra. Este hombre de Dios ha firmado un contrato con el Cielo para triunfar sobre la tierra. A cambio del rigorismo de su existencia, espera de Jehová que favorezca sus negocios.

     Nos cita, asimismo, a Michel Chevalier, quien en sus “Lettres sur l’Amerique du Nord(publicadas en 1.836), asevera que el yankee y el virginiano son dos seres muy dispares.    

    Del mismo D.V. escribe Javier Ruiz Portella, en el artículo “El aristócrata y el hombre de las pantuflas”, como de ese hombre con alma de aristócrata que pertenecía a la alta “aristocracia secreta”, como él la llamaba.

     En “El blanco sol de los vencidos”, D. V. habla de los grandes propietarios del Sur cual si de señores feudales se tratase; siempre guiados por esos principios propios al hombre de ‘la luz del norte’. Nos dice de ellos que los plantadores son puntillosos en su honor, dispuestos a pedir reparación por las armas.(…) Velan también sobre los granjeros y los “pequeños blancos” de su condado, administran justicia y socorren a los indigentes. Más aun que el “squire” inglés, entre sus granjeros, el plantador es el señor de su tierra. Un señor feudal sin soberano. (7)

El ya citado Javier Ruiz Portella escribe sobre los pareceres que D. V. tenía acerca de las dos maneras de concebir cuál es el motor del mundo, ya sea si se trata del parecer de los hijos de ‘la luz del norte’ o si se trata de los de ‘la luz del sur’: Venner, apoyándose en Max Weber, piensa que no son los intereses económicos los que determinan las ideologías, sino al revés, que son las ideologías, las religiones, los principios, los que determinan las formas económicas.

Es, pues, ese ‘demon de la economía’, al que denunciaba Evola, el que guía el pensamiento y el accionar del ‘hombre común’ de la modernidad. Ante el ‘homo oeconomicus‘ se alza, para Venner, el caballero y su ética del honor; se alzan el guerrero y el Héroe -que no sólo transita el mundo exterior sino también su vida interior con el objeto de realizarse espiritualmente.

Si seguimos caracterizando al hijo de ‘la luz del norte’ qué mejor que seguir echando mano el autor francés cuando en su artículo “El individualismo: origen último de la corrupción” plantea que si el interés personal es el único fundamento del pacto social, no se ve que es lo que podría prohibir que cada cual se aproveche de ello lo mejor que pueda, según sus intereses y sus apetencias, llenándose el bolsillo si su cargo le ofrece tal oportunidad.

Individualismo en hipertrofía mayúscula que contrasta con el sentido comunitario que caracterizó siempre, por contra, al ‘hijo de la luz del norte’, que era activo partícipe de los ‘cuerpos intermedios’ (hermandades, gremios, cofradías, órdenes,…) a los que pertenecía y los cuales vertebraban y estructuraban las sociedades Tradicionales orgánicas. Y en semejante orden de ideas nuestro autor nos hace ver, en este último escrito, que en Europa, desde la más remota Antigüedad, siempre había dominado la idea de que cada individuo era inseparable de su comunidad, clan, tribu, pueblo, polis, imperio, al que se encontraba unido por un vínculo más sagrado que la propia vida.

Y nos advierte de que estas agrupaciones orgánicas -que fueron las inherentes a la Tradición- han degenerado, en el mundo moderno, en conglomerados inorgánicos y desestructurados y en una suma de individuos reunidos para pasarlo bien o satisfacer lo que por su interés entienden.

 

Dominique Venner no es ajeno al plano Trascendente de la realidad. Desde el punto de referencia del llamado pensamiento Tradicional revisten especial interés sus apreciaciones al respecto. Nuestro autor no concibe un tipo de religión quasi abstracta (que no exhibe puntos de conexión con lo concreto, con la realidad antropológica de cada cultura), de corte cosmopolita, que pueda ser profesada aquí, allá y acullá, sin ninguna relación con el palpitar particular de cada pueblo. Pues, por contra, él defiende la convicción de que cada grupo humano tiene una manera diferente de percibir la existencia y el Hecho Trascendente. Y, a nuestro entender, se carga de razón al defender esta posición, pues, existen grupos humanos a los que su idiosincracia particular les hace identificarse con prácticas de corte animista, así como otros lo hacen con otras totémicas, otros con la mera creencia en lo Alto y, en cambio, otros son -o, al menos, fueron- capaces de emprender -sobre todo en sus miembros más dados a ello, por capacitación espiritual y por voluntad- capaces de emprender, decíamos, la vía interior que lleva al Conocimiento del plano Suprasensible de la Realidad e incluso a Identificarse ontológicamente con dicho plano. Este último grupo humano siempre concibió el cosmos como un todo armónico en el que fluyen fuerzas sutiles-metafísicas con las que se puede -y debe- interactuar. Otros grupos humanos, en cambio, conciben un vacío metafísico entre el Creador y las “criaturas”, por lo que creen imposible acceder a la Gnosis del dicho Creador por no existir los “peldaños metafísicos” intermedios –numina– que harían posible el acceso del hombre al mentado Creador. D. V. piensa, en este sentido, que Europa no podrá reencontrarse a sí misma, a sus raíces, a su esencia y a su Tradición a través de una religión, ya bimilenaria, que no encaja con el palpitar Espiritual del homo europaeus y que es extrapolable a cualquier latitud y rincón del planeta. Postula, Venner, por contra, que la esencia metafísica el europeo la debe indagar en otras fuentes. Y es por esto por lo que en “Las razones de una muerte voluntaria” afirma que no poseyendo una religión identitaria a la cual amarrarnos, compartimos desde Homero una memoria propia, depósito de todos los valores en los cuales podremos volver a fundar nuestro futuro renacimiento.

    Así se ha recogido en un artículo titulado “La muerte de Dominique Venner no es un fin sino un comienzo” (8). En él su autor detecta una ‘religión identitaria’ en otros pueblos, mientras en cambio, los europeos tienen una religión universal y afirma, por esto, que el cristianismo tiene una vocación universal.

Si para los pueblos indoeuropeos Tradicionales el hombre podía transmutarse interiormente a través de la Iniciación era porque concebían que como emanación que era -el hombre- del Principio Supremo y Eterno (y no creación ex nihilo de éste) compartía con el mismo su esencia imperecedera; la cual se trataba de activar. Y es que  en todas las culturas Tradicionales el hombre siempre se creyó descendiente de los dioses. Los clanes, las tribus, las “genes” creían tener en alguna divinidad a su antepasado más remoto. Los Iniciados, al ir más allá de la forma concreta y antropomórfica que se le otorgaba a la divinidad, concebían al hombre como emanación de un Principio Supremo y, en consecuencia, lo hacían partícipe y portador de la Esencia Inmutable y Sacra de dicho Principio.(9)

D.V. , en un escrito suyo ya reseñado con anterioridad (10), escribe que (…) esta indiscutida conciencia, de la que la Iliada nos ofrece la más antigua y poética expresión, tomaba formas diversas. Basta pensar en el culto a los ancestros a quienes la “polis” debía su existencia …Ancestros que solían ser identificados con dioses o con héroes divinizados.

 

La actitud del estoico ante la vida, con el que -ya lo hemos señalado- se identificaba el autor francés, es la de cierto distanciamiento interior, pues el estoico ha logrado una buena dosis de desapego con respecto a la vida; desapego fruto de un trabajo interno que el Mundo de la Tradición llamó Iniciación o al que, concretamente, el orbe clásico se refirió cuando hablaba de la consecución y gnosis de los ‘Pequeños Misterios’ y de los ‘Grandes Misterios’.  Desapego con respecto a los bienes materiales, a las ambiciones humanas, a las pulsiones más primarias, a los sentimientos desaforados o a las pasiones y emociones embriagadoras y cegadoras. Como a uno de los arquetipos de este tipo de hombre descondicionado nos presenta Venner al samurái, al cual nos recuerda que el “Hagakuré” -libro escrito por Yamamoto Tsunetomo– impelía a prepararse para la muerte mañana y noche y día tras día, como técnica de superación de un apego a la vida que conlleva a ese miedo a perderla que debe ser ajeno al samurái.

El estoico, para nuestro autor, responde a un comportamiento y una edificación interna que se hallan en las antípodas de aquellos que, como el hombrecillo moderno, deambulan en unas vidas que no son nada y que no tienen otro objetivo que vivir por vivir, cualquiera que sea su vacuidad. (11)

Este ‘hombre moderno’ atribulado y que se agita con convulsión es el fruto de una modernidad ante la cual un tipo de ‘hombre diferenciado’ se siente como un ‘exiliado en este mundo’ …se siente, tal como nos recuerda Venner, como se sentía Antoine de Saint-Exupéry cuando en su “Carta al general X, escrita en 1943, ya declaraba su aversión por el mundo que ante él se alzaba: «Odio mi época con todas mis fuerzas […]. El hombre está castrado, cortado de sus resonancias originales» (12); unas ‘resonancias originales’ que no pueden ser otras que las que vibran al son de la Trascendencia …y una dimensión Trascendente de la cual el hombre moderno ha sido amputado.

Ante el apego a la vida que desapega de lo que es ‘más-que-vida’ (el plano del Espíritu) y que, por otro lado, impide cualquier trazo de comportamiento heroico, Javier Ruiz Portella en su homenaje a la memoria de D.V. nos dice que basta que alguien sea capaz de jugarse la vida en un acto heroico para que ello choque profundamente a la chusma amorfa que nos rodea (esa chusma que nada tiene que ver, recordaba antes, con el pueblo que, cuando aún existía, se inclinaba ante los héroes). Pero hoy no. Hoy lo que más detesta el hombre-masa (el de arriba, el de abajo y el de en medio) es todo lo que pueda oler, así sea de lejos, a grandeza y heroicidad. (13)

Dominique Venner, en ese jugarse la vida, al poner fin a sus horas terrenales, lo hace con esa mentalidad inseparable del estoicismo, pues nos recuerda que cuando Catón de Útica, Séneca, Petronio y tantos más ponen voluntariamente fin a sus días, son fieles a la filosofía estoica que enseña a morirun estoicismo para el cual los motivos del autosacrificio no pueden separarse del concepto del honor, tal como comprobamos cuando afirma que La muerte voluntaria, atributo del Japón de los samuráis, puede traducirse en alta aspiración al honor y a la dignidad. O cuando añade que es imposible no sentir estima por el almirante von Friedeburg, último comandante en jefe de la Kriegsmarine, que se dio muerte después de haber sido obligado a firmar la capitulación de 1945. (14)

 

¡Que no nos abandone no sólo el legado escrito de Venner sino, más aún, el ejemplo de su sacrificio por un elevado ideal …el único por el que merece que consumamos nuestra vida!

 

 

NOTAS:

 

(1)En su nota de despedida, la misma mañana de su autosacrificio, nuestro autor francés señalaba que escojo un lugar altamente simbólico, la catedral de  Notre-Dame de París que respeto y admiro, esa catedral edificada por el genio de mis antepasados en sitios de culto más antiguos que recuerdan nuestros orígenes inmemoriales.

(2)   Merece ser destacada la diferencia existente el apoliticismo nihilista e irresponsable inherente a la postmodernidad como forma de despreocupación ante los fenómenos del mundo de la política que nos intentan determinar (¡y de qué deletérea manera!) y el concepto de “apoliteia” que defiende Julius Evola en su obra “Cabalgar el tigre”, como aquella actitud que persigue un cierto distanciamiento ante los accionares disolventes del entramado político del mundo moderno. Un distanciamiento (tanto exterior como interior; guiado, éste último, por una especie de actitud estoica) que pretende el que no nos veamos influenciados por sus cáusticas influencias pero que, al mismo tiempo, no nos prive de la posibilidad de actuar, en un momento dado, desde dentro del mismo Sistema siguiendo la estrategia de intentar minarlo en sus fundamentos y de poner al descubierto sus contradicciones.

  • “El deber”, capítulo IV de nuestra obra “El Hombre de la Tradición”. Ediciones Camzo.  También puede leerse en    https://septentrionis.wordpress.com/2012/10/04/el-hombre-de-la-tradicion-iv-el-deber/
  • Ideas que hemos desarrollado ampliamente en “Evola frente al fatalismo”, capítulo III de nuestro libro “Reflexiones contra la modernidad”. Ediciones Camzo. También se puede acceder a su contenido en https://septentrionis.wordpress.com/2010/08/19/evola-frente-al-fatalismo/.
  • Traducida al castellano por Francisco Albanese.
  • Sería conveniente descartar el término ‘pagano’ y sustituirlo por el de ‘precristiano’ o (fuera del área de expansión del cristianismo) el de ‘politeísta’ o, sencillamente, por el de ‘Hombre de la Tradición’, ya que el vocablo ‘pagano’ reviste connotaciones despectivas asignadas por el primigenio cristianismo y que tendrían que ver con lo rústico y primario; amén del hecho de que el “paganismo” de los últimos siglos del Imperio Romano Occidental involucionó en algo así como una especie de panteísmo
  • Nosotros ya en su día intentamos mostrar los parabienes que, desde el punto de vista Tradicional, fueron propios de la Edad Media (en especial la Alta Edad Media) y los hicimos en un escrito que llevaba por título “Lanzas a favor del Medievo” (https://septentrionis.wordpress.com/2014/11/04/lanzas-a-favor-del-medievo/)
  • Puede leerse en su totalidad en http://www.alertadigital.com/2013/06/04/la-muerte-de-dominique-venner-no-es-un-fin-sino-un-comienzo/
  • Párrafo recogido en ciertas reflexiones nuestras que se pueden consultar en https://septentrionis.wordpress.com/2010/05/25/el-emanatismo/
  • “El individualismo, origen último de la corrupción”
  • Del escrito “El sentido de la muerte y de la vida”, Dominique Venner.
  • Íbidem.
  • “El sacrificio heroico y el sentir mayoritario”, Javier Ruiz Portella.
  • “El sentido de la vida y de la muerte”, Dominique Venner.

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

 

 



EL ALCANCE DE ERNST JÜNGER
octubre 28, 2018, 11:46 am
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EL ALCANCE DE ERNST JÜNGER

 

Abogando, como abogamos, por una concepción del mundo y de la existencia centrada en la elevación del hombre más allá de su mero compuesto psico-físico y por la sintonización de este compuesto con la dimensión Trascendente del ser humano no podemos por menos que enfocar este presente ensayo con la luz de que nos provee la Tradición para de este modo, tras desgranar los aspectos principales de la obra del autor germano oriundo de  Heidelberg, analizar si los mismos se pueden catalogar como de Tradicionales en su genuina esencia o, cuanto menos, se hallan próximos a lo que se entiende por Tradición …nos planteamos, por ende, calibrar el alcance que tiene la obra de Jünger: nos planteamos cuál es su concomitancia con los ejes básicos de la Tradición y lo hacemos siempre, de forma preponderante, desde la base insoslayable que de forma tan magistral nos legó el italiano Julius Evola cuando se propuso porfiar por transmitirnos cuáles son los parámetros en los que se basa el Mundo de la Tradición, cuáles sus valores, cuáles sus doctrinas y, en contraste con ello, cuál es el entramado inherente a su alienada y alienante antípoda: el mundo moderno.

Por de pronto hemos de situar a Jünger dentro de esa corriente política y de pensamiento que Armin Mohler sistematizó como la de la Revolución Conservadora alemana (denominación, por otro lado, que ya se había utilizado mucho antes), en la que se incluyen mentes como la de Oswald Spengler, Carl Schmitt, Moeller van der Bruck, Ernst Niekisch, Werner Sombart o Ernst von Solomon. Alain de Benoist nos recuerda en un ensayo titulado “Ernst Jünger y el trabajador” que “Alrededor de Jünger se constituye el llamado ‘grupo de Berlín’, en cuyo seno encontraremos a representantes de las diferentes corrientes de la Revolución Conservadora: Franz Schauwecker y Helmut Franke; el escritor Ernst von Salomon; el nietzcheano-anticristiano Friedrich Hielscher, editor de Das Reich; los neoconservadores August Winnig (al que Jünger conocerá en el otoño de 1.927 por mediación del filósofo Alfred Baeumler) y Albrecht Erich Günther, coeditor —junto a Wilhelm Stapel— del Deutsches Volkstum; los nacional-bolcheviques Ernst Niekisch y Karl O. Paetel y, por supuesto, a su hermano y reconocido teórico Friedrich Georg Jünger.” Esta corriente política y de pensamiento propugna el papel formador y rector del Estado dirigido por una élite, aboga por lo jerárquico, rechaza cualquier forma de igualitarismo, denuncia la decrepitud del parlamentarismo partitocrático o denuncia la demagogia de la apelación a las masas …postulados, todos éstos, propios de una concepción política y de pensamiento  de corte Tradicional.

Para Jünger el ser humano no debe concebirse como un individuo atomizado desgajado de cualquier vínculo orgánico comunitario ni debe ser considerado como igual, en esencia, a sus congéneres, con los cuales formaría parte (gracias a lo que Rousseau definió como el contrato social pactado entre ellos) de una sociedad inarticulada e inorgánica. Al igual que tampoco lo concibe desgajado de sus antepasados y de los que serán sus descendientes, sino, en gran dosis, como fruto del legado de sus ancestros con los cuales se halla, por ello, ligado y lo concibe, asimismo, como hacedor, junto a éstos, de muchas de las esencias que caracterizarán a sus descendientes (1). Por tanto, estos vínculos atacan frontalmente cualquier visión individualizante y atomizante (la propia del individuo-masa de las actuales sociedades gregarias) del ser humano.

En esta línea, en el artículo en el que vierte estos conceptos, Jünger escribe que “también el hombre presente será un hombre pasado, pero (…) sus acciones y gestos no desaparecerán con él, sino que constituirán el terreno sobre el cual los venideros, los herederos, se refugiarán con sus armas y con sus instrumentos”. Por otro lado el encaje que desde el punto de vista de la metafísica Tradicional hay que darle a esta cita lo podemos entender a tenor de unos conceptos que en su día escribimos (2): “(…) la idea que sobre la inmortalidad defiende Evola cuando habla en el capítulo titulado “Las dos vías de la ultratumba” de su obra “Rebelión contra el mundo moderno”, de que tras la muerte física son dos las vías que se le presentan al fallecido: una sería la ´vía de los antepasados´ o pitra-yana y la otra sería la ´vía de los dioses´ o deva-yana (términos de la tradición hindú). La primera de ellas sería el destino de la mayoría de los individuos cuya existencia no pasó nunca de ser la del hombre vulgar, esclavo del devenir y que consistiría en la disolución de las fuerzas y energías sutiles que hicieron posible la vida de dichos individuos (puesto que se hallan en el origen del funcionamiento de su entramado psíquico-físico), la disolución, apuntábamos, en la descendencia de su mismo clan, gens, sippe o zadruga* pasando a formar parte (dichas fuerzas o energías) del genio, manes, tótem, demon o dáimon que confiere la peculiaridad y el impulso particular que caracterizan al mencionado clan. Esta vía, en realidad, no supone la inmortalidad del individuo, pues éste (o, mejor dicho, ´sus´ fuerzas o energías sutiles) vuelve a reintegrarse en la corriente del mundo manifestado, del mundo del devenir y del continuo fluir. La segunda de las vías, la de los dioses, sí que supone la verdadera inmortalidad de la persona que en su existencia terrena supo desligarse de todo aquello que condiciona al individuo y experimentó una auténtica transubstanciación o transfiguración que espiritualizó su alma liberada de ataduras y la logró hacer compartir la Esencia Suprema de aquel Principio Superior, metafísico y suprasensorial que se halla en el origen del Cosmos manifestado. Por lo que, tras el óbito, si no antes, el Yo Superior o el Alma Espiritualizada de la persona habrá conquistado la inmortalidad, la eternidad y habrá escapado de la cadena de transmutaciones y cambios que son propios de la manifestación. Sólo unos pocos, sólo una minoría conquistará el ‘paraíso’; logro, pues, de carácter aristocrático y nada democrático.”

Es, pues, en la ‘vía de los antepasados’ o pitra-yana donde deberíamos encajar la cita que de Jünger hemos reproducido. Sea como fuere podemos entender o bien que el escrito (“La Tradición”) y la revista (“El estandarte”) en los que se halla inserta  no perseguían el estudio de temas estrictamente metafísicos o bien que estamos tratando con un joven Jünger que probablemente se adentrara en ellos en épocas posteriores; posibilidad de la que hablaremos más adelante.

Volviendo a la línea de ese hombre no atomizado, no desgajado de sus ancestros y de sus descendientes nuestro autor alemán sigue diciéndonos en el mismo escrito que “Así también, la sangre de la persona singular está mezclada por millares de corrientes de sangre misteriosa, a pesar de que esa persona singular no es por esto la suma de sus predecesores, no es sólo el portador de su voluntad y de la calidad de aquéllos, sino que, según una neta y bien definida peculiaridad, él es también él mismo.” Percíbase cómo se añade un elemento nuevo a lo expresado hasta ahora. Elemento que no es otro que el de la personalidad: la entidad del ser humano. La entidad que hace posible que pueda llegar a ser soberano, a decidir su destino, a labrarse su camino, a liberarse de todo aquello que ata, condiciona, esclaviza y mediatiza; a liberarse de ello como paso previo -tal como postula la Tradición- para encarar el Conocimiento de los planos Superiores y Metafísicos de la Realidad y para hacerse ontológicamente uno con ellos. Principio de la ‘personalidad’ que riñe con ciertas escuelas metafísicas orientales (como, p. ej., el Vedânta) para las cuales el ser humano como ser singular carece de entidad y de realidad, siendo, por contra, mera ensoñación o ilusión (maya) y parte indiferenciada del Brahman o Principio Universal. En cambio, para la Tradición el microcosmos (el mundo físico, el ser humano,…) es real y de lo que se trata es de sacralizarlo y convertirlo en una especie de reflejo del macrocosmos (del mundo Metafísico). Aquí estriba la diferencia sustancial entre cierta metafísica pura -que acarrea , por cierto, posturas evasionistas (3)- y el Tradicionalismo.

Jünger, en la línea de la Tradición, rechaza el gregarismo promiscuo negador del principio de la ‘ personalidad’; principio sin el cual no puede entenderse el de la libertad del hombre (4): esa libertad en potencia que de ser desarrollada lo convertirá en Héroe, en el Hombre de la Tradición Primordial, en el Liberado o Despertado al que se refiere el budismo.

En sintonía con lo cual volvemos, en boca de uno de sus personajes, a leerle al de Heidelberg en su novela “Heliópolis” (5) que “Queremos la libertad del hombre, de su esencia, de su espíritu y de su propiedad. (…) El Prefecto se ve obligado a nivelar, a atomizar e igualar el potencial humano, en el cual debe prevalecer un orden abstracto. En nuestra opinión, por el contrario, quien ha de dominar es el hombre” (págs. 179 y 180).

Para nuestro autor el hombre igualitario del liberalismo no es más que el fruto de una construcción mental (por ello abstracta) reñida con las leyes de la naturaleza y reñida, añadimos nosotros, con una jerarquía en cuya cúspide deben situarse aquéllos que son capaces de gobernarse a sí mismos. El hombre igualitario atenta contra la diferencia y contra el principio personal, pues el igualitarismo convierte al hombre en átomo indiferenciado de sus congéneres.

Examinando la postura de Jünger al respecto Alain de Benoist escribe en un ensayo titulado “Ernst Jünger y el Trabajador” (6) que “(…) Desde esta perspectiva, lo esencial es la lucha contra el liberalismo. En Arminius y en Der Vormarsch Jünger ataca el orden liberal simbolizado por el Literat, el intelectual humanista partidario de una sociedad ‘anémica‘. En abril de 1.927, en Arminius, Jünger declara no creer en verdad general alguna, en ninguna moral universal, en ninguna noción de ‘hombre’ como ser colectivo poseedor de una conciencia y derechos comunes. Creemos -dirá- en el valor de lo singular (Wir glauben an den Wert des Besonderen).”

El de Heidelberg nos sigue poniendo en guardia frente a las construcciones abstractas que han dado origen al individuo atomizado propio de la ideología liberal y, en este sentido, nos conmina a “desembarazarnos del abrazo del intelecto que piensa según cálculos”.(7)

Ante el individuo anémico paradigmático de las sociedades liberal-burguesas Jünger reivindica la figura del héroe que se forja en la lucha. Un héroe, nos dice, que por desgracia es derrotado en combate ante los embates físicos del aparato edificado por el  mundo moderno y que por esto “conoce su ocaso, pero su ocaso se asemeja a aquel rojo sangre del Sol que promete una mañana más nueva y más bella” (8). Su sacrificio no será en vano pues el mismo ejemplo representado por dicho sacrificio verá sus frutos y la resistencia, aunque en forma -tras la derrota- más velada, encenderá la antorcha de los que en el mañana se alcen contra la deletérea modernidad, tal como el austríaco Hugo von Hofmannsthal nos recordaba en esta sugerente cita: “Los que velan en la noche obscura dan la mano a los que nacen en la nueva alba”.

El héroe que se forja en el combate nos proporciona una pista acerca de cómo nuestro autor concibe en qué debe consistir la verdadera jerarquía. Una jerarquía que podemos más que vislumbrar cuando, en boca de uno de los personajes, en su novela “Heliópolis” (9) leemos: “(…) Está intentando atraerse a las mejores fuerzas. Para elegir, tiene que guiarse por la capacidad de las personas, es decir, tiene que dirigirse a un círculo de hombres que se distinguen bien por sus hechos, bien por sus conocimientos o por su gran capacidad. Es el camino más vulnerable, pero el único viable en nuestro tiempo. Tenemos que excluir de los puestos de mando no sólo a los tecnócratas, sino también a los románticos”.

Se excluyen, de la élite, a los románticos, pues el romántico representa un producto del mundo moderno. Representa al que acciona movido por la pasión, por la emoción y por el sentimiento debido a que es esclavo de estos estados perturbadores de la mente. Los torbellinos de su psique alterada se hallan en total contradicción con el estado de autocontrol y autogobierno mentales a los que aspira un Hombre de la Tradición que nunca actuará guiado por las sacudidas de su mente sino por la acción pura y desinteresada …por el “hacer lo que debe hacerse”, tal como reza una máxima de la tradición indoaria, sin hacerlo guiado por los resultados sino porque es lo acorde con el Deber; con aquel Deber que armoniza con el Dharma o Ley -metafísica- del Cosmos. El romántico ve alterada esa ‘pura objetividad’ -de la que hablaba Julius Evola- con la que, por contra, -también citando al maestro italiano- ‘un tipo de hombre diferenciado’ enfoca la realidad con el objeto de mejor entenderla y de poder escudriñar en sus fuentes motoras sutiles para hacerse ontológicamente uno con ella.

Quedan, en “Heliópolis”, excluidos, también, los tecnócratas, pues son los que de acuerdo a la lógica del liberalismo capitalista anteponen, sirviéndose de los aparatos del poder, la economía a la política, sometiendo, de este modo, al Estado (que en todo ordenamiento Tradicional ejerce su total Soberanía) a los dictados de la economía y convirtiéndolo en mero gestor de ésta. Así vemos cómo la que siempre fue la tercera función (la productiva-económica) en las comunidades Tradicionales se erige en el mundo moderno -por efecto de una perniciosa inversión materialista- en la rectora. Cuando, en cambio, el Mundo Tradicional situó como estamento dirigente al sacro-aristocrático, por debajo de éste al guerrero y en tercer lugar al productivo (artesanos, agricultores,…).

Si hablamos de la repulsa jüngeriana hacia los tipos humanos del romántico y del tecnócrata no podemos por menos que recordar que también lo hacía hacia la del burgués, tal como muestra en su obra de 1.932 Der arbeiter (“El trabajador”), donde el arquetipo representado por esta figura representaría la superación de la vida fácil y cómoda a la que aspira el burgués y la destrucción de todos los cinturones de seguridad que éste se coloca para asegurarla al máximo. Este Trabajador se forja, por ejemplo, en situaciones bélicas y revolucionarias y no tiene nada que ver con la figura del ´proletario´ hegemónico del Cuarto Estado (10) -no tiene, por tanto, una connotación clasista- sino con una nueva nobleza heroica. Esta figura del ‘trabajador’ la podríamos equiparar, en muchos sentidos, con la del ´guerrero´ y “así cuando leemos una cita anónima que reza que donde abunda el peligro crece también aquello que salva no podemos por menos que pensar que es exclusivamente el guerrero quien puede arrostrar con el dicho peligro sin venirse abajo por ser presa del pánico. Un ´peligro´ que puede -y debe- entenderse desde diversas lecturas: desde la lectura que hace referencia a las situaciones límite –como, p. ej., las bélicas- que pueden ayudar a transportar al hombre preparado a otros estados de conciencia por encima del ordinario, pasando por la lectura que se inscribe en el peligro existencial que puede destruir a aquel que ha roto los lazos que le ataban a lo condicionado y puede no encontrar otros lazos que lo eleven (o puede hallarlos y seguirá su camino hacia la palingénesis o ´segundo nacimiento´ a la realidad Metafísica) y acabando, incluso, por la lectura que entiende los peligros a la manera que los concibe la doctrina extremo-oriental de ‘cabalgar el tigre’” (11).

No es, ciertamente, en Der Arbeiter donde hay, todavía, que buscar una veta metafísica, pero sí que, entre otros conceptos y posicionamientos vitales, se puede más que vislumbrar esa actitud existencial conocida como ‘cabalgar el tigre’ y que poco a poco pareció hacer suya en su mismo existir el propio Ernst Jünger. (12)

En “Tempestades de acero” (1.920) -sobre sus experiencias personales en la IGM- y en “El Trabajador” el de Heidelberg destaca la irrupción de lo elemental y la consiguiente eliminación de esquemas mentales y convencionalismos burgueses. El “trabajo”, en sentido jüngeriano, abre el camino para la irrupción de lo elemental. En Der Arbeiter nos escribe lo que comprende como “trabajo”: “la velocidad del puño, del pensamiento, del corazón, de la vida de día y noche, la ciencia, el amor, el arte, la fe, el culto, la guerra: trabajo es la vibración del átomo y la fuerza que mueve las estrellas y los sistemas solares”. Evola nos explica  que ‘el Trabajador’ “se trata de demiurgicidad, de una figura caracterizada justamente  por una relación directa, activa, total con las fuerzas de la realidad, con lo elemental en sí y afuera de sí”. (13)

Y si hemos señalado las concomitancias entre ‘el Trabajador´ y ´el guerrero´ y la indisociabilidad de estas figuras con ‘el peligro‘ Evola nos escribe, en el mismo capítulo, que en el nuevo mundo configurado por el triunfo de ‘el Trabajador’ “surge en vez la necesidad de ordenamientos nuevos, de ordenamientos basados no sobre la exclusión del peligro, sino sobre un nuevo connubio de la vida con el peligro”.

Ante situaciones al borde de la muerte o en las que la posibilidad de que ésta irrumpa no es precisamente nimia se produce una relativización total del papel y de la importancia que lo utilitario, lo pragmático, lo material y las menudencias que se presentan en el vivir cotidiano representan para el hombre amoldado a la vida muelle y a las seguridades propias de la mentalidad burguesa. Dicha relativización facilita la irrupción de lo elemental. Para Evola -en el cap. señalado- lo elemental «designa las potencias más profundas de la realidad, que caen afuera de las estructuras intelectualistas y moralistas y que están caracterizadas por una trascendencia sea positiva como negativa, con respecto al individuo: así como cuando se habla de las fuerzas elementales de la naturaleza». Giovanni Monastra nos dice al respecto que “el burgués, encerrado en su ciudadela racionalista, en su vacuo intimismo, pequeña alma dirigida a las cosas pequeñas, a lo útil, a lo seguro, tiene terror por lo elemental y lo mantiene a distancia”.

Pero ante esta irrupción de lo elemental se ha de estar vigilante, pues tras el barrido de las menudencias y las seguridades burguesas puede acaecer algo superior pero también algo inferior tanto por lo que respecta a la naturaleza de los sistemas políticos que pudiesen suceder al Tercer Estado burgués como por lo que incumbe al interior mismo de las personas que se hubiesen desligado, mentalmente, de las ataduras y condicionamientos de la vida cotidiana. Jünger sabía de las diferentes consecuencias que podrían darse. Asimismo Evola nos pone sobre aviso de los peligros telúricos e ínferos que pueden, en tal estado de cosas, acontecer.

Nosotros, en otra ocasión, reseñando la tesis doctoral de nuestro amigo y coforista Gonzalo Rodríguez sobre “La tradición guerrera de la España céltica” comentamos el concepto del autor  sobre el “más allá telúrico” …un “más allá telúrico” que bien podríamos asociar con lo elemental. Pretendiendo, pues, hacer luz sobre este concepto tan caro a la obra de Jünger recordamos lo que en esa ocasión escribíamos:

“Nuestro coforista nos refiere sobre la concepción, en el seno del mundo celta, de dos planos invisibles de la realidad: el ´más allá celestial´ y el ´más allá telúrico´. El primero (Dêva-yana o ´vía de los Dioses´) es asimilable al mundo Superior y es al que se accede una vez el Iniciado ha dominado sus vínculos y pulsiones condicionadores -primarios, psíquicos: sentimentales, emocionales, pasionales,…- y se ha convertido en ´señor de sí mismo´; en el Gran Autarca que apuntaba Julius Evola allá por los años  ´20 de la pasada centuria. Una vez superado lo cual (una vez superada la ´obra al negro´ o nigredo de que nos habla la tradición hermético-alquímica) el Iniciado accede, de forma definitiva, al conocimiento del plano sutil metafísico de la Realidad y es capaz, incluso, de activarlo en su fuero interno (sería el equivalente a la ´obra en blanco´ o albedo). Más aún, tras estos logros, puede aspirar a la Gnosis de lo Inmanifestado que se halla más allá incluso del plano sacro-sutil de la realidad y puede, paralelamente, aspirar a Despertar en su mismo interior ese Principio Supremo y Primero Inmanifestado Eterno e Indefinible que anida en él y aspirar, así, a Espiritualizar e Inmortalizar su alma (´obra al rojo´ o rubedo), que ya fue purificada de escorias psíquicas y condicionadoras tras la superación de la nigredo.

El segundo plano invisible de la realidad, el ´más allá telúrico´, lo asimila Gonzalo al conjunto de fuerzas -utilizando el léxico por él empleado- ´preternaturales´ que no se hallan más allá del ciclo de la generación, que no pueden -por tanto- posibilitar la Liberación metafísica del hombre, sino que integran la realidad del sâmsara, del devenir (opuesto al Ser y a lo Eterno), que se refieren a la ´vía de los antepasados´, o pitra-yâna, que es el destino que, tras la muerte física, le queda al común de los mortales: el de que el ´genio´ que de su clan era portador (que pasa a formar parte de cada ser humano desde el mismo momento de su concepción) se vuelva a integrar en los miembros de su mismo conjunto familiar, clan, gens o sippe, ya nacidos o en el momento de ser concebidos, para seguir dándole la impronta especial común que caracteriza a cada uno de los integrantes de cada clan. No se supera, pues, en esta ´vía de los antepasados´ la rueda del devenir. Las divinidades que al decir de Gonzalo son veneradas por parte de la tercera casta -la productiva- en el mundo celta hispánico son de naturaleza ctonia, telúrica, asociadas a la Tierra, a la vegetación, a los manantiales, a las fuentes y muchas de ellas de carácter femenino. Aunque también señala nuestro autor que ciertos demons y totems son ritualmente activados en las iniciaciones guerreras -segunda casta- a que son sometidos los jóvenes por tal de suscitar y hacer en ellos presente la energía telúrica propia de ciertos animales como el oso (tal como ocurría entre los temibles guerreros berserkers del mundo vikingo) o el lobo con el objetivo de despertar en estos jóvenes guerreros la ferocitas o la furia necesarias para el combate.

No está de más señalar que el Iniciado en la realidad metafísica y Superior -en el ´más allá celestial´- (primera casta) superará el ´más allá telúrico´ (y se descondicionará de él) que se le hubiera podido inocular en esas ceremonias de juventud de iniciación guerrera, pues incluso en el fragor de la batalla no necesitará de esos aportes telúricos para mostrar arrojo y valor, ya que estamos tratando con un ser que ha superado todos sus pavores, traumas y miedos con la culminación de la ya mencionada nigredo u ´obra al negro´.

Sin duda ese ´más allá telúrico´ que nos disecciona brillantemente Gonzalo en su tesis doctoral es un lastre que el mundo celta hispánico en particular, el mundo celta en general y aun todo el mundo indoeuropeo arrastraba en aquella época porque, no lo olvidemos, debemos considerar que, de acuerdo a la ciclología Tradicional, los pueblos de origen boreal transitarían ya -en la época objeto de estudio-, seguramente, por los inicios de la Edad de Hierro o kali-yuga  y aunque los dichos pueblos -la antigua Roma incluida- protagonizaron un ´ciclo heroico´ de intento de vuelta a los parámetros existenciales y de weltanchaaung de la Edad de Oro o Satya-yuga desgraciadamente, con el paso del tiempo, fueron contaminándose con efluvios propios de etapas descendentes y con las influencias de pueblos de esencia definidamente telúrica. No obstante lo cual mantuvieron -y cerniéndonos en específico a los celtas hispánicos objeto de este trabajo- vivos los ejes básicos y los pilares primordiales de la Tradición.” (14)

Pensamos, con esta disgresión, haber asentado el sentido que tiene el concepto de elemental, cuya irrupción Jünger estima indispensable para acabar con los detritus representados por el modo de existir burgués y con las sociedades en las que éste es su depositario. El “trabajo” -en el sentido vasto que para nuestro autor tenía y que ya hemos señalado con anterioridad- sería el vehículo para hacer posible dichos cambios. Así, Evola nos explica que “en el mundo que Jünger denomina del trabajo se realizan nuevas pruebas, nuevas selecciones: pruebas de una extrema, desnuda, casi metálica frialdad, en las cuales la conciencia heroica gobierna el cuerpo como un instrumento imponiéndole una serie de acciones complejas más allá de los límites del instinto de conservación” (15)

El maestro trasalpino añade que “por tal camino Jünger piensa en una nueva aristocracia”. (Recordamos que el de Heidelberg apunta también, en las citas que páginas arriba hemos extractado de su novela “Heliópolis”, semejantes ideas acerca de cómo se originaría la ‘élite’ arquetípica.) Evola continúa señalando que para esta aristocracia descrita por Jünger “el verdadero secreto no se halla en el prometer, sino en el exigir” y que el autor alemán “ha pensado en una élite cual condensación esencial y activa del modo de ser del obrero en los términos de una especie de guardia, de nueva espina dorsal de formaciones guerreras, como una selección que se puede también denominar una Orden”.

 

Si es el enfoque de la Tradición el que estamos utilizando para acometer los rasgos determinantes de la obra de Jünger nos podría parecer que quizás nuestro autor reflejó bien esa etapa de la nigredo hermético-alquímica, a la que hemos hecho alusión párrafos arriba, que busca el descondicionamiento del hombre con respecto a todo aquello que lo amordaza, mediatiza, subyuga, esclaviza, aturde, altera, traumatiza y aminala (y lo busca, en la obra jüngeriana, a través del “trabajo” y/o las situaciones límites de la guerra,… que sacudirían las seguridades existenciales buscadas y adquiridas por la vida burguesa), pero que, en cambio, el de Heidelberg se quedó, nos podría parecer, en el tratamiento de dicha etapa y no concibió las posteriores del albedo y del rubedo alquímicos …etapas que se enmarcan, ahora sí, en planos superiores y sacros de la realidad y que corresponden al dominio de la metafísica. Para un estudio realizado desde los parámetros de la Tradición la obra de Jünger podría -de ser de esa guisa lo ahora expuesto- dejar bastante que desear, pero la realidad, para nuestro grato contemplar, no es así y el alemán lo trasluce en obras posteriores en las que su alcance (tal como plantea el mismo título de este nuestro ensayo) va mucho más allá de lo expuesto hasta este punto. Tal es así en “Sobre los acantilados de mármol”, donde lo elemental (ahora, más bien, asociado a lo pulsional) y lo titánico (la mera fuerza desacralizada) toman un carácter claramente negativo y su afloramiento no resulta deseable pues al descondicionamiento del ser se debería llegar por otros caminos distintos a lo relacinado con ese “más allá telúrico” del que ya hemos hablado: se debería llegar -de acuerdo con la Tradición- a través de la Iniciación, esto es, de un camino de disciplina interna meticulosa, metódica, ardua y constante que conoce de técnicas como las de la meditación o de la visualización mental.

Acerca de la trama de “Sobre los acantilados de mármol” (obra escrita en 1.939) Evola escribe: “Es el contraste entre dos mundos. El uno es el de la Marina y de las pasturas, que se encuentran por debajo de los acantilados de mármol ; es un mundo patriarcal y tradicional, en donde la vida en la naturaleza y el estudio de la naturaleza tiene como contrapartida una superior sabiduría y un símbolo ascético y sacral incorporado eminentemente en la novela por la figura del Padre Lampo. Frente al mundo recogido cerca de los acantilados de mármol se encuentra el de los pantanos y de los bosques, en donde señorea una espantosa, diabólica figura que Jünger denomina el Oberförster (traducido como trotabosques): es éste un mundo elemental , de violencia, de crueldad, de ignonimia, de desprecio por cualquier valor humano”. (16)

El conflicto entre estos dos mundos antagónicos se hace irremisible y el mundo oscuro de los pantanos y de los bosques acaba destruyendo al de la Marina y las pasturas, pues éste, de hecho, ya se hallaba sin pulso vital y sosteniéndose casi por inercia.

Evola sigue narrándonos que “de todo el mundo de la Marina, ya en llamas, tan sólo alguno logra escapar, con un barco, llevando consigo, como una reliquia justamente, la cabeza amputada del príncipe Sanmyra, la cual sólo mucho más tarde, engarzada en la primera piedra, debía servir de fundamento para una nueva Catedral”.

Recuérdese que un parámetro incuestionable de lo que la Tradición entiende como Edad de Oro es el de la unión de las funciones sacra y regio-dirigente en una única institución o persona …la cabeza del príncipe Sanmyra (función regia) y la nueva Catedral (la Espiritualidad reencontrada: función sagrada) se conciben, en este libro de Jünger, de manera indisociable si de lo que se trata es de la restauración de la Tradición Primordial, pues no hay que olvidar, repetimos, que ambos principios, el espiritual y el temporal, se hallaron unidos -en, echando mano del hinduismo, el Satya-yuga o Krta-yuga- bajo los mismos representantes e instituciones, por lo que el conjunto de las actividades humanas en las comunidades Tradicionales se encontraron, por irradiación desde la cúspide de la pirámide social, en todo momento impregnadas por lo Sacro. Hallamos, pues, a la realeza sacra y a la aristocracia sagrada en la dicha cúspide de la pirámide social.

Evola, a propósito de “Sobre los acantilados de mármol” nos continúa diciendo en su citado escrito que “con el advenimiento de las fuerzas elementales-telúricas del Trotabosques en las tierras de la Marina se derrumba un mundo -aunque ya en estado de notable postración- de la cualidad, de la personalidad, de la ascesis, de la tradición mistérica y sagrada, de la cultura en sentido superior.”

El sustancial y cualitativo paso dado por el de Heidelberg desde su “El Trabajador” hasta “Sobre los acantilados de mármol” tiene que ver con el tránsito, citando a Evola, “de una asunción existencial meramente activista-guerrera -titánica- a otra con referencia a valores trascendentes”.

Esta asunción trascendente se vuelve a corroborar en su novela “Heliópolis” (1.949), en la que, en boca de uno de sus personajes,  le podemos leer: “Tú atente al dogma según el cual la materialidad de las imágenes oculta a las miradas el resplandor supraterrenal. (…) Nunca encontrarás en la tierra lo supremo (…). Tú gobiérnate  según la norma de Boecio: una tierra dominada nos da las estrellas. Éste es el único camino recto”. (17)

Percíbase que no se aboga por ninguna especie de evasionismo metafísico con respecto a la vida terrenal y al mundo físico sino que se aboga por bregar en este mundo para hacernos con el Supramundo. Es ésta la esencia de la Tradición: la vida como catapulta hacia la Supravida y, a la vez, el objetivo de sacralizar esta existencia terrenal y no evadirse de ella.

Ciertamente se nos presenta un Jünger que no tan sólo concibe la existencia de la trascendencia sino que además nos da muestras de que lo más importante es arribar a su conocimiento y hacerse uno con ella. Un Jünger desmarcado, pues, de actudes pasivas (meramente fideístas y devocionales) ante el Hecho Trascendente y abocado, en cambio, a su conquista activa. El camino es el de la Iniciación trazada en todo ordenamiento Tradicional. Es el camino -en expresiones tan concurrentes en la obra de Evola- de la ‘luz del norte’ heroica frente al de la ‘luz del sur’ fideísta.

Por ello el alemán nos ofrece herramientas que van encaminadas en tal sentido, como cuando uno de los personajes de Heliópolis (págs. 131 y 132) dice que “Por esta razón, los sabios de todos los países y todos los tiempos están de acuerdo en que la felicidad no puede alcanzarse por la puerta de los deseos ni en la corriente del mundo.

De donde se sigue que quien quiera tener parte en la felicidad debe ante todo cerrar la puerta de los deseos. En este punto concuerdan todos los preceptos, como variantes de un texto revelado -los libros sagrados, los antiguos sabios de Oriente y Occidente, las doctrinas de los estoicos y los budistas, los escritos de los monjes y los místicos.

La experiencia nos enseña, además, que el hombre no sigue estos preceptos. Vive como en los palacios de Las mil y una noches, en los que todas las habitaciones le ofrecen bienestar, salvo una cuya puerta no puede traspasarse y tras la cual se halla la preocupación. ¿A qué se debe que su mala estrella le empuje a abrir precisamente ésta? El enigma consiste en que es la puerta de los deseos.

La caza de la felicidad lleva a las espesuras. Hay que dejar que la felicidad entre por sí misma. No se encuentra a gusto con los impacientes. Es como los preparativos, que son cada vez más bellos. No hay que acelerar el ritmo de la vida, hay que retardarlo, al modo de los ríos que fluyen hacia el mar. A medida que va ganando, con la edad, profundidad y fuerza interior, es capaz de arrastrar consigo oro, navíos y monstruos rientes.

Raras veces nos salen al encuentro hombres felices: no quieren llamar la atención. Pero aún viven entre nosotros, en sus celdas y buhardillas, sumidos en el conocimiento, la contemplación, la adoración -en los desiertos, en las ermitas, bajo el techo del mundo.Tal vez a ellos se deba que nos llegue todavía el calor, la fuerza superior de la vida”.

Jünger sigue, en la misma novela, aportándonos pistas y medios para domeñar nuestro yo inferior, en esa nigredo alquímica de descondicionamiento, a través de una máxima estoica: “renunciar para ganar”. (p. 188)

El de Heidelberg confirma su elección por la ‘vía activa y heroica’ hacia el Hecho Trascendente con sus referencias a la alquimia, pues no olvidemos que la tradición hermético-alquímica envuelve bajo la capa de toda una suerte de rico simbolismo lo que no es ni más ni menos que la vía Iniciática -‘vía del héroe’- transformadora de su interior que está recorriendo el alquimista. En esta línea, en el mismo libro, leemos que “(…) Todo esto también lo expresa la alquimia, es decir, la química auténtica (18) (…) Los grandes símbolos alcanzan a todas las capas: se les ve actuar desde las esferas ocultas hasta las lúcidas, aunque sólo el iniciado comprende las interconexiones.” (pág. 328)

Jünger muestra estar muy versado en temas alquimistas cuando nos hace la siguiente relación (pág. 332): “Algunos de ellos estaban escritos en viejos pergaminos y se agrupaban en torno a los nombres de Alberto Magno, Ramon Llull y Agripa de Nettesheim, cuyo de Vanita scientiarum se conservaba en su doble edición, la de Lyon y la de Colonia. Se hallaba también el gran in folio de Wierus, De praestigiis daemonum, y las compilaciones publicadas en Basilea, hacia el 1.582, por el médico Weckerus”.

De optarse, en vida, por ‘la vía activa´ o via remotionis, de consumarse las etapas que pueden llevar al Iniciado hacia la Gran Liberación o, en cambio, de conformarse con ‘la vía pasiva´ estrictamente devocional depende el recorrido que espere tras la muerte física de la persona. La ‘vía de ultratumba’ es descrita en El libro de los muertos egipcio o en El libro tibetano de los muertos -el llamado Bardo Thödol -. Tampoco Jünger era ajeno a su conocimiento, cuando, a propósito de la ceremonia parsi celebrada tras el fallecimiento de uno de los personajes de “Heliópolis”, el narrador afirma que “él había emprendido ya el gran viaje, había penetrado en el mundo de cristal cuyas aventuras describe el Libro de los muertos” (pág. 378). (19)

Ante la posibilidad del Héroe que se adentra por los terrenos de la interior via transformationis de optar por la llamada ‘vía de la mano derecha’ -la apolínea del Héroe que no necesita de ayudas externas para recorrerla- también se le presenta el hacerlo por la peligrosa ‘vía de la mano izquierda’: la dionisíaca. Ésta sí que utiliza ayudas, o más bien “venenos”, como soporte sea para alterar el estado ordinario de conciencia (utilización de alcohol, drogas, ciertas danzas,…) sea para activar fuerzas sutiles (kundalini) en el interior del Iniciado (utilización del sexo).

Parece ser que Jünger no fue ajeno a esta ‘vía de la mano izquierda’, como se puede colegir cuando le hace decir, en “Heliópolis” (pág. 327), a uno de sus personajes que “el cáñamo saca con sus lazos al espíritu fuera de sí y le hace entrar en los imperios de las imágenes”. O cuando también leemos en la misma novela (pág. 381) que “Las drogas son llaves, aunque no descubren sino lo que se oculta en nuestro interior”, que “Tal vez llevan hasta profundidades que de otra manera estarían siempre bajo cerrojo” o que “Funden la cera de los sellos”.

Al de Heidelberg al tiempo que, durante la IIGM, -tal como se puede consultar en Metapedia- “en los círculos literarios departía amistosamente con Henry de Montherlant o Pierre Drieu la Rochelle”, lo encontramos, no en vano, frecuentando los salones de fumadores de opio. También en este portal de internet leemos que “En 1952, después de su primera experiencia con la LSD, escribe Besuch auf Godenholm (Visita a Godenholm)” y que “Otro libro sobre el tema de las drogas es Annäherungen. Drogen und Rausch (Acercamientos. Drogas y ebriedad ), de 1970. Esta obra, en la que el autor acuñó el término psiconautas (navegantes de la psique), expone las numerosas experiencias de Jünger con varios tipos de sustancias psicoactivas, tanto enteogénicas como estimulantes u opiáceos.” (20)

Desconocemos la naturaleza exacta de las experiencias que gracias al consumo de drogas pudo haber experimentado nuestro alemán autor pero una vez comprobado el profundo valor de lo metafísico en la obra de Jünger podemos pensar que posiblemente el dicho consumo pudo representar para él el poner en práctica la ‘vía de la mano izquierda’: aquella vía que convierte el veneno en remedio pues ayuda, al operante, a soltar el lastre que carga el estado de conciencia ordinario para abrir las puertas de los planos sutiles de la realidad y tras lo cual, si el Héroe es capaz de más,  llegar a Identificarse ontológicamente con el Principio Supremo Inmanifestado y Eterno.

Pensamos que, en efecto, el uso de sustancias estupefacientes tuvo en Jünger un objetivo de realización espiritual y no el de un simple buscar la experimentación de imágenes de la psique, un simple buscar la irrupción del turbulento enjambre del subconsciente del que el hombre vulgar es depositario y no  tampoco tendría en Jünger el fin de dar rienda suelta a ese mundo psíquico atolondrado y atolondrante que el hombre común es incapaz de dominar. Lo pensamos así porque estas peligrosas explosiones del psiquismo parece que no se dieron en el de Heidelberg, ya que su salud mental no se vio turbada y su no adicción a estas sustancias (fruto, en expresión evoliana, de ‘un tipo de hombre descondicionado’ que se ha enseñoreado de su interior gracias a la ´vía del Héroe’) le evitó problemas de salud que de haberse dado sin duda no le hubiesen permitido el llegar a vivir… ¡casi 103 años!

Con la ‘vía de la mano izquierda´ encuentra muchas concomitancias la aplicación de la doctrina extremo-oriental de ‘cabalgar el tigre’. El tigre pueden ser esos “venenos” que pueden llegarse a convertir, para el Héroe, en “remedios” o, por contra, que de ser no “cabalgados” con la prepación Iniciática adecuada pueden desgarrar y devorar al que hubiese, temerariamente, usado de ellos. El tigre, en un orden externo, puede ser el actual estado de cosas (el Establishment hegemónico en diferentes fases de este mundo moderno disolvente) que parece inderrocable y contra el cual es más aconsejable no enfrentarse de cara sino cabalgarlo, para ver si puede llegar a agotarse …cabalgarlo y bregar para que ya que no parece que se le pueda hacer caer al menos que no le haga caer a uno en sus trampas y en sus destrucciones existenciales. Es en este sentido en el que Evola interpreta el fin del mundo de La Marina en la jüngeriana “Sobre los acantilados de mármol” al escribir que “la única esperanza en la tragedia es que justamente la experiencia del fuego destructor sea, para el sujeto, un principio de renacimiento, el umbral para pasar a un mundo incorruptible” (21). Algo que nos recuerda directamente aquel aforismo de Friedrich Nietzsche de que “lo que no nos destruye nos hace más fuertes”.

Ante ese mundo moderno con respecto al cual se antoja casi suicida el enfrentarlo de cara no queda otra opción que el de una actitud distante para con sus instituciones pero no desentendida ante el accionar deletéreo de éstas: Evola la denominó apoliteia y Jünger ‘vía de la salamandra´. Así nos lo expresa Gianfranco de Turris en el ensayo “Evola y Jünger”: “la jüngeriana ‘vía de la salamandra’ tiene muchos contactos con la apolitea evoliana. El fin es el mismo: pasar indemne a través de las combustiones de la Modernidad.” (22)

 

Sin duda, tras todo lo expuesto, Ernst Jünger podemos afirmar que fue ajustando su obra y su vida a parámetros de índole Tradicional. Mismamente la amistad que, durante los años ’50 de la pasada centuria, frecuenta con un Mircea Eliade es harto significativa sobre hacia dónde están, por entonces (y mucho antes), enfocadas sus preferencias vitales.

El referente doctrinal de Evola, como se ha ido comprobando a lo largo del presente ensayo, nos resulta primordial para calibrar el alcance de Jünger. Se da, además, el hecho significativo de que el italiano, tras el fin de la IIGM, incluyó al alemán entre las gentes con las que debía contactar con el objeto, al decir -entre otros- de Gianfranco de Turris de establecer una especie de ´frente espiritual’ en las catacumbas situadas bajo la pesada losa del mundo moderno o de establecer una Orden que vertebrara una posible reacción contra esa deformidad y anomalía representada por la modernidad. Así dice Gianfranco de Turris que “Las relaciones entre Evola y Eliade fueron sobre todo epistolares y seguramente comprendieron muchas más misivas que aquellas de las hoy localizadas: en la inmediata posguerra, Evola buscó retomar los contactos con sus mayores conocimientos culturales, escribiéndoles desde que se encontraba en el hospital, en 1948-1949: a Carl Schmitt, René Guénon, Gottfried Benn, Ernst Jünger y diversas personalidades, entre las cuales se apunta Eliade.” (23)

El reconocimiento del adeudo que a la obra de Jünger Evola le reconoce a parte de su propia producción se lo podemos leer al transalpino en su libro autobibliográfico “El camino del cinabrio”, cuando afirma que “El siguiente libro escrito por mí, Cabalgar el Tigre, en parte retoma, extendiéndola y completándola, la temática de Jünger.”

Retomando el “Evola y Jünger”, Gianfranco de Turris nos sigue explicando que “el 17 de noviembre de 1.953, Evola escribió a Ernst Jünger una carta que hasta ahora ha permanecido inédita. La carta nos la ha transmitido el Archivo del escritor alemán casi un año antes de la muerte de éste. La carta es típica de las motivaciones ideales que impulsaban a Evola a tomar contacto con personalidades consideradas por él como afines: la petición de traducir Der Arbeiter , veinte años después de su publicación, las -citando textualmente a Evola- analogías entre la primera y la segunda postguerra , la problemática estudiada en este libro es de actualidad ; el ensayo pues, podría ejercitar aún un efecto de despertar . En el inicio de su carta, Evola afirma haber recibido la novela Heliópolis dedicada a través de Armin Mohler.

Evola eligió y tradujo para Volpe, en los años sesenta, El muro del tiempo. Fue comentada positivamente, quizás porque tenía puntos de contacto con El Obrero.”

En fin, son variados los autores que han sabido ver las muchas semejanzas que se pueden establecer entre muchos de los conceptos y los valores que, a lo largo de sus respectivas obras, manejaron Jünger y Evola, tal cual sucede, de manera harto recurrente, con -como botón de muestra- Giovanni Monastra en su ensayo “Por una ontología de la técnica. Dominio de la naturaleza y naturaleza del dominio en el pensamiento de Julius Evola” (24).

Incluso podríanse establecer paralelismos entre las diferentes evoluciones de que hicieron manifiesto ambos a lo largo de su periplo vital, pues si Jünger empieza por adherir en Der Arbeiter a la figura del ‘trabajador’ como oposición al burgués y a las “seguridades” que éste se ha construido Evola, igualmente, empieza, desde muy joven, por identificarse con el dadaísmo con el principal objeto de romper convencionalismos burgueses. Si, posteriormente, en “Sobre los acantilados de mármol” o en “Heliópolis” Jünger campa más que considerablemente por el ámbito del Espíritu Evola, tras superar sus etapas dadaísta y filosófica, entra de pleno en la Tradicionalista. Y si Jünger no es ajeno a la ‘vía de la mano izquierda’ también Evola acabará cerrando filas con una doctrina como la de ‘cabalgar el tigre’ tan emparentada con esa ‘ vía de la mano izquierda’.

No pasemos, por lo demás, por alto el hecho significatico de la cercanía y las afinidades que siempre mostró Evola hacia la llamada Revolución Conservadora alemana, hacia la mayoría de los autores que han sido englobados en ella y hacia sus planteamientos políticos y los valores que defendían y no olvidemos, tal como señalamos al principio de este ensayo, el que Jünger es uno de los autores que han sido incluidos dentro de esta corriente de pensamiento.

 

Tras todo lo aquí expuesto… ¡gran alcance es el que, a ese nuestro entender guiado por la traza de la Tradición, tiene la obra -y también la vida; aunque no fuera ésta el objeto central de estudio de nuestro trabajo- de Ernst Jünger!

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

 

 

 NOTAS:

 

  • Ideas, éstas, vertidas en un escrito suyo titulado “La Tradición” y publicado, en 1.925, en la revista Die Standarte (“El Estandarte”), órgano de los excombatientes Stahlhelm (“Cascos de Acero”); la traducción al castellano es obra de Ángel Sobreviela.
  • “José Antonio y Evola”; constituye el capítulo X de nuestra obra “Reflexiones contra la modernidad”, editada por Ediciones Camzo. Se puede, igualmente, acceder al contenido del mismo en https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/27/jose-antonio-y-evola/

*Clan, gens, sippe o zadruga hacen referencia al mismo concepto pero referido, respectivamente, a las tradiciones celta, romana, germánica y eslava.

 



Conferencia: “Julius Evola y el espíritu heroico”
agosto 17, 2018, 10:10 pm
Filed under: Eduard Alcántara, Espiritualidad, Julius Evola, Metafísica, Tradición

Adjuntamos el enlace a esta conferencia nuestra impartida hace algún tiempo, la cual fue filmada en vistas a unos encuentros celebrados en Guadalajara (Méjico):

https://drive.google.com/file/d/1eXt0LnLeimMPhp5IoWMAjc5qEB6li8I_/view?usp=sharing



audio conferencia. “Güelfos vs gibelinos: buscando las claves de la decadencia”

En el siguiente enlace se podrá descargar sin problemas (no hay que temer el aviso de virus) el audio de nuestra conferencia “Güelfos vs gibelinos: buscando las claves de la decadencia”:

https://drive.google.com/uc?id=1aTNcGOGC17BK50BaASi3tLJy02wcdBhP&export=download

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



LA (NO) ESPIRITUALIDAD EN LA SOCIEDAD ORWELLIANA

El dominio del hombre sobre las especies animales resulta tanto más sencillo cuanta más condición de rebaño sea connatural a una u otra especie. Los individuos que forman parte del rebaño no actúan, nunca, por sí solos …carecen de autonomía. El individuo es parangonable al átomo indistinto que forma la materia. Entre individuos o átomos no cabe la diferencia. Lo disímil puede no moverse en la misma dirección, en cambio en el seno de lo indiferenciado no cabe la autonomía, por lo que su manipulación resulta harto sencilla.

El hegemónico igualitarismo imperante en nuestras actuales sociedades ha sido posible gracias a un proceso de nivelación por lo bajo, ya que la nivelación por lo alto resulta imposible al no poder llegar todos nuestros congéneres a determinadas excelencias; ya sean éstas de carácter anímico-mental (valores, carácter, voluntad e intelecto) o ya sean éstas de una “naturaleza” superior que tiene que ver con ver con el plano del Espíritu y, más concretamente, con determinadas transformaciones interiores que responden, en un primer momento, al desapego de la persona con respecto a aquello que la aliena, aturde, somete, ata y esclaviza (la vida meramente fisiológico-vegetativo-pulsional e instintiva y el psiquismo henchido a la vez que aturdido por todo un torbellino pasional, emocional y sentimental sobredimensionado y, por ello, imposible de controlar y dominar) y, en un consecuente -y, en ocasiones, incluso paralelo- momento, estas transformaciones interiores responden a auténticos cambios ontológicos que ponen en contacto a la persona (y la hacen partícipe) con el plano sutil y metafísico de la realidad y que incluso la pueden hacer participar de lo que se halla en el origen -y más allá- de ese plano sutil de la realidad: el plano de lo Absoluto: el plano de lo totalmente Incondicionado. A este nivel de logros internos la manipulación de la persona resulta imposible, pues nada la puede condicionar al haberse situado -ontológicamente- más allá del plano de la contingencia: del plano de lo que cambia y es caduco. Una comunidad regida por este tipo de Hombres se vería irradiada por la Espiritualidad de esta élite rectora y los intereses de la misma ya no estarían centrados en lo vegetativo y mutable sino en lo Alto y Permanente. El materialismo no tendría cabida. Cada cual superaría las barreras antinaturales del ´igualitarismo de lo bajo´ (impuesto por obra y gracia de los “Inmortales Principios” emanados de la nefasta Revolución Francesa) según sus potencialidades espirituales y según la propia voluntad para ir despertándolas y actualizándolas (para que de potencia pasen a acto). Una comunidad marcada, pues, por las diferencias fruto de los logros internos es una comunidad en la que prima la diversidad, la diferencia y es, en definitiva, una comunidad jerarquizada de acuerdo a la consumación -por parte de cada uno de sus miembros- de los diferentes grados de conquista de esos planos metafísicos de la realidad. Una comunidad, de tal género, caracterizada por el principio de la diversidad -y no de la igualdad bovina- resulta imposible de manipular y adocenar. Por contra, una colectividad homogeneizada y anclada en lo bajo, de encefalograma plano y que responde a un único estímulo (el vegetativo) es fácilmente dirigible. Y lo es por dos motivos: en primer lugar porque al ser indistinto su componente humano sólo se necesita de una única estrategia para controlarla y en segundo lugar porque la existencia vermicular-vegetativa sólo precisa del suministro de dosis de estimulantes fisiológicos, de placebos o de analgésicos mentales para que su  discurrir larvario no sufra alteraciones de relieve.

Por contra, lo plural resulta difícil de manipular, pues requiere de diversas estrategias manipulativas (tantas como diferentes grados de transformación interior cada persona haya logrado en un determinado momento de su existencia). Pero claro, si esas transformaciones internas han sido, ya, dignas de consideración supondrán un cierto descondicionamiento con respecto a aquello que mediatiza al ser humano corriente y, por ello, en este estado de cosas el esclavizarlo -existencialmente- resultará empeño prácticamente vano.

Incluso aquellos congéneres no aptos para recorrer caminos interiores de transustanciación no verán (en el seno de comunidades Tradicionales regidas por una aristocracia sacral -de aristos, los mejores) sus existencias abocadas a un discurrir materialista, pues el prestigio y el aura que desprenderán los que han consumado en sí la Realeza interior (la Espiritual) actuarán como si de una especie de polo magnético se tratase que motivará a los más (los incapaces de recorrer caminos de transformación interior) el mirar siempre hacia lo Alto y el  enfocar la cotidianidad de sus existencias a fines que trasciendan lo contingente y apunten hacia lo Trascendente (aunque no puedan transmutar su “naturaleza” más esencial y actualizar lo sacro en su interior).

 

Allá por los años ´20 de la pasada centuria Julius Evola acuñó el término del ´autarca´ para referirse a aquél que no estaba condicionado por nadie ni por nada, a aquél que no vivía mediatizado por lo exterior a él, a aquél -hay que insistir en ello- que nunca podrá ser domeñado. Hablamos, en definitiva, de ese Hombre de la Tradición que es, por ende, persona y no individuo. Es persona en el seno de una comunidad diversa, orgánica y jerárquica y no es -contrariamente a lo que acontece en una actual sociedad con tantos tintes orwellianos- individuo indistinto a sus congéneres, amputado de su dimensión Superior y Trascendente, abocado a la más burda materialidad, sin más condición que una primaria y animalizada y de cuya suma con sus iguales (individuo más individuo) no se obtiene otro resultado que aquél de la ´masa´.

La masa responde al instinto gregario que no es otro que el del rebaño. Y al rebaño se lo manipula sin esfuerzo y se lo conduce al redil que se desee …el redil en el que se halla cautivo el hombre común de nuestros tiempos (pese a la ilusión, que se le ha inculcado, de creerse “libre”). El redil de ese mundo que en su novela “1.984” nos describe George Orwell. Un redil en el que nadie se plantea las injusticias, las contradicciones, las arbitrariedades, las mentiras del Establisment ni, claro está, la inconveniencia de su existencia y de su hegemonía. Los cantos de sirena del “maravilloso” igualitarismo, con cuya prédica se embauca al hombre vulgar propio de estos tiempos postmodernos, también contribuyen a tenerlo sumiso. Se le intenta contentar y, más aún, narcotizar a base del suministro constante y programador de construcciones abstractas (la “Igualdad” de natura entre los hombres, la “Libertad” -tan sólo formal y que, encima, no se cumple,…) que se han erigido en santo y seña del Sistema y que a lo único que lo conducen es a su más absoluta alienación y a la ignonimia más inimaginable. El hombre moderno del que nos hablan los grandes intérpretes de los textos Tradicionales Sapienciales y Perennes (como un Julius Evola o un René Guénon) no es otro que el que Orwell personifica, en la citada novela, en los ´proles´ y en los miembros ´externos´ del Partido Único (extrapolable a la partitocracia reinante). Más concretaríamos todavía y diríamos que estaríamos hablando, con total certeza, del ´hombre fugaz´ que nos describió Evola como propio del de la hegemonía del Quinto Estado. Ya no se trataría, pues, del propio al del Tercer Estado (el prototipo del burgués que triunfa, definitivamente, con la Revolución francesa) ni del propio al del Cuarto Estado (que viene ligado a la figura del proletario enaltecido por el marxismo) sino de un hombre que ya ha incluso dejado de lado la adhesión a cualquier principio e ideología (aun sido éstos nefastos), ha dejado de lado ninguna pretensión por mejorar o por cambiar la sociedad, ha dejado de lado ningún interés por “avanzar” por el camino del “progreso” en busca de un mundo de bienes de consumo ilimitados y al alcance de todos (pretensión del burgués) o en busca de un mundo libre de superestructuras “explotadoras” (la sociedad comunista ansiada por el marxismo) y en su lugar -este ´hombre fugaz´- sólo  muestra interés por el ´aquí y ahora´: por satisfacer sus necesidades más primarias, instintivas y materiales cuanto antes mejor y en la mayor cantidad posible. Las crisis económicas inherentes al sistema capitalista le provocan desazón al verse privado de lo bienes ansiados por su sed consumista pero el Gran Hermano descrito por Orwell buscará -y encuentra- sucedáneos y triviales y vacuos divertimentos para tapar su desazón …y para aquellos pocos rebeldes e inconformistas que no quieran seguir la llamada a la que acude sumiso el   rebaño el Gran Hermano le deparará control, vigilancia (la tecnología actual la facilita enormemente), prohibiciones y, si se requiere, represión (eso sí, enmascarada con alardes de “libertad de expresión” y de libertades de todo tipo).

Ese Gran Hermano es el que dicta a sus -recordando categorías utilizadas en “1.984”- miembros ´internos´ (los políticos de nuestras partitocracias), serviles y cómplices a la vez, las directrices  que deben poner en práctica para que la masa no rechiste y, en su condición de ´masa´, no reaccione ante estos procesos mundialistas de Globalización que estamos padeciendo y que no tienen otro cometido que el de acabar por homogeneizar, más aún si cabe, nuestro planeta hasta convertirlo en esa Aldea Global que no conozca más de diferencias, de identidades, de arraigo y de tradiciones propias y sea, así, pasto fácil del consumismo más extremo y de la explotación -fácil al rebaño- más descarnada. Ese Gran Hermano que se encarna y tiene sus tentáculos en esos organismos e instituciones mundialistas de la usurocracia por todos conocidos (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Consejo de Relaciones Exteriores, Club Bildeberg, Comisión Trilateral, agencias de rating, grandes corporaciones bancarias, trusts, holdings, grandes multinacionales,…) y que conspira por laminar al género humano con el fin de abocarlo a la condición de autómata y de reducir su existencia a una de carácter bovino.

 

Este es nuestro triste presente, pero ¿qué futuro planea ante nosotros?

No es fácil tarea el dirimirlo, pero si tenemos en mente que este mundo orwelliano, en el que la mayoría de nuestros congéneres se agitan sincopada y convulsamente, sólo está triunfando porque el materialismo se ha impuesto a la Espiritualidad de lo que se trataría, si no nos resignamos a la idea del triunfo total del modelo de “1.984” (que podemos asociar a lo que sobre la etapa más decadente del ya de por sí crepuscular kali-yuga o Edad de Hierro nos dejaron descrito, con mucha antelación, diversos textos y autores Tradicionales), deberíamos plantearnos cuáles podrían ser las herramientas más adecuadas para aspirar a provocar su derrumbe. Así, con Evola estamos de acuerdo en que no se le puede hacer frente descarnadamente porque su poder -político, económico, policial, “cultural”,…- es enorme y antes de que pudiésemos reaccionar ya nos habría aplastado inmisericordemente. La tesis del gran intérprete italiano de la Tradición alrededor de cómo plantearse la brega contra el Sistema (instrumento del mundo moderno) la podemos ver magistralmente descrita en su obra “Cabalgar el tigre” y nos habla de accionar persiguiendo el   conseguir poner de manifiesto y al descubierto las incoherencias,  contradicciones y tremendas injusticias del Establisment para ir, así, desprestigiándolo, poniéndolo en evidencia, desgastándolo y minándolo. Nos habla de actuar en su interior, aprovechándonos de sus instituciones, estructuras y organismos y de los vehículos y mecanismos por él autorizados o consentidos para ir dinamitándolo por dentro, para realizar una labor paciente y continuada de zapa que empiece a hacer temblar sus cimientos (“culturales” y políticos). Nos habla, en definitiva, de ir, de este modo, ´cabalgando el tigre´, y no enfrentándolo -en forma suicida- de cara, hasta que éste se agote y, entonces, podamos darle el tiro de gracia y finiquitarlo definitivamente. Quede, pues, bien diáfana la evidencia de que otra táctica, como la de afrontar al ´tigre´ de frente nos destrozaría, pues no hemos nunca de olvidar y dejar de tener bien presente la enorme y omnipresente fuerza (el poder) que el dicho ´tigre´ atesora en estos momentos.

 

¿Quiénes deberían encabezar esta lid contra el mundo moderno -más bien ya ´postmoderno´ del Quinto -Globalizado, mundialista y orwelliano- Estado?

Pues bien, si de lo que se trata es de reemplazar la tiranía demoplutocrática de la materia por el imperio del Espíritu no puede ser más que a través de una especie de Orden como esta lid metapolítica (y metafísica) puede tener algún viso de triunfar. La idea de Orden, tal como se concibe desde el punto de vista de la Tradición, presupone la conjunción de dos elementos: el de la acción y el de la Espiritualidad. La Orden se halla en la antípoda del partido político. En la Orden el hombre se forja interior y exteriormente. La persona forma parte de la Orden con la principal finalidad de transformarse interiormente -primero descondicionándose con relación a lo que ata hacia lo bajo y primario para después aspirar a elevarse a planos Superiores de la Realidad- e ir a la conquista del Espíritu dominando una materia cuya hegemonía se halla en la base del triunfo de esta deletérea postmodernidad orwelliana. Sólo el hombre de la Orden, que ha hecho del Espíritu su bandera, está en condiciones de representar una alternativa radical (de ´raíz´) a un Sistema cuya razón de ser y cuyo soporte no es más que el de un exacerbado y enfermizo crecimiento de la percepción y vivencia de lo material: el materialismo. El miembro de la Orden hace suya la ´vía de la acción´ …vía imprescindible si es que (además de una lucha interior que pretenda su propia Liberación Espiritual) se pretende afrontar la lucha exterior contra esta enorme anomalía que representa el mundo moderno.

El Hombre de la Orden deberá de erigirse en ese Hombre Superior incorruptible e ´inasequible al desaliento´ que tras cabalgar, incansable y metódicamente, el tigre pueda algún día, viendo extenuado al fiero animal, abatirlo, asestándole el golpe de gracia y abrir, así, paso a una nueva edad -cual si se tratase de un retorno a la Tradición Primordial y perenne-: a la Edad de Oro.

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com