Julius Evola. Septentrionis Lux


EL ALCANCE DE ERNST JÜNGER
octubre 28, 2018, 11:46 am
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EL ALCANCE DE ERNST JÜNGER

 

Abogando, como abogamos, por una concepción del mundo y de la existencia centrada en la elevación del hombre más allá de su mero compuesto psico-físico y por la sintonización de este compuesto con la dimensión Trascendente del ser humano no podemos por menos que enfocar este presente ensayo con la luz de que nos provee la Tradición para de este modo, tras desgranar los aspectos principales de la obra del autor germano oriundo de  Heidelberg, analizar si los mismos se pueden catalogar como de Tradicionales en su genuina esencia o, cuanto menos, se hallan próximos a lo que se entiende por Tradición …nos planteamos, por ende, calibrar el alcance que tiene la obra de Jünger: nos planteamos cuál es su concomitancia con los ejes básicos de la Tradición y lo hacemos siempre, de forma preponderante, desde la base insoslayable que de forma tan magistral nos legó el italiano Julius Evola cuando se propuso porfiar por transmitirnos cuáles son los parámetros en los que se basa el Mundo de la Tradición, cuáles sus valores, cuáles sus doctrinas y, en contraste con ello, cuál es el entramado inherente a su alienada y alienante antípoda: el mundo moderno.

Por de pronto hemos de situar a Jünger dentro de esa corriente política y de pensamiento que Armin Mohler sistematizó como la de la Revolución Conservadora alemana (denominación, por otro lado, que ya se había utilizado mucho antes), en la que se incluyen mentes como la de Oswald Spengler, Carl Schmitt, Moeller van der Bruck, Ernst Niekisch, Werner Sombart o Ernst von Solomon. Alain de Benoist nos recuerda en un ensayo titulado “Ernst Jünger y el trabajador” que “Alrededor de Jünger se constituye el llamado ‘grupo de Berlín’, en cuyo seno encontraremos a representantes de las diferentes corrientes de la Revolución Conservadora: Franz Schauwecker y Helmut Franke; el escritor Ernst von Salomon; el nietzcheano-anticristiano Friedrich Hielscher, editor de Das Reich; los neoconservadores August Winnig (al que Jünger conocerá en el otoño de 1.927 por mediación del filósofo Alfred Baeumler) y Albrecht Erich Günther, coeditor —junto a Wilhelm Stapel— del Deutsches Volkstum; los nacional-bolcheviques Ernst Niekisch y Karl O. Paetel y, por supuesto, a su hermano y reconocido teórico Friedrich Georg Jünger.” Esta corriente política y de pensamiento propugna el papel formador y rector del Estado dirigido por una élite, aboga por lo jerárquico, rechaza cualquier forma de igualitarismo, denuncia la decrepitud del parlamentarismo partitocrático o denuncia la demagogia de la apelación a las masas …postulados, todos éstos, propios de una concepción política y de pensamiento  de corte Tradicional.

Para Jünger el ser humano no debe concebirse como un individuo atomizado desgajado de cualquier vínculo orgánico comunitario ni debe ser considerado como igual, en esencia, a sus congéneres, con los cuales formaría parte (gracias a lo que Rousseau definió como el contrato social pactado entre ellos) de una sociedad inarticulada e inorgánica. Al igual que tampoco lo concibe desgajado de sus antepasados y de los que serán sus descendientes, sino, en gran dosis, como fruto del legado de sus ancestros con los cuales se halla, por ello, ligado y lo concibe, asimismo, como hacedor, junto a éstos, de muchas de las esencias que caracterizarán a sus descendientes (1). Por tanto, estos vínculos atacan frontalmente cualquier visión individualizante y atomizante (la propia del individuo-masa de las actuales sociedades gregarias) del ser humano.

En esta línea, en el artículo en el que vierte estos conceptos, Jünger escribe que “también el hombre presente será un hombre pasado, pero (…) sus acciones y gestos no desaparecerán con él, sino que constituirán el terreno sobre el cual los venideros, los herederos, se refugiarán con sus armas y con sus instrumentos”. Por otro lado el encaje que desde el punto de vista de la metafísica Tradicional hay que darle a esta cita lo podemos entender a tenor de unos conceptos que en su día escribimos (2): “(…) la idea que sobre la inmortalidad defiende Evola cuando habla en el capítulo titulado “Las dos vías de la ultratumba” de su obra “Rebelión contra el mundo moderno”, de que tras la muerte física son dos las vías que se le presentan al fallecido: una sería la ´vía de los antepasados´ o pitra-yana y la otra sería la ´vía de los dioses´ o deva-yana (términos de la tradición hindú). La primera de ellas sería el destino de la mayoría de los individuos cuya existencia no pasó nunca de ser la del hombre vulgar, esclavo del devenir y que consistiría en la disolución de las fuerzas y energías sutiles que hicieron posible la vida de dichos individuos (puesto que se hallan en el origen del funcionamiento de su entramado psíquico-físico), la disolución, apuntábamos, en la descendencia de su mismo clan, gens, sippe o zadruga* pasando a formar parte (dichas fuerzas o energías) del genio, manes, tótem, demon o dáimon que confiere la peculiaridad y el impulso particular que caracterizan al mencionado clan. Esta vía, en realidad, no supone la inmortalidad del individuo, pues éste (o, mejor dicho, ´sus´ fuerzas o energías sutiles) vuelve a reintegrarse en la corriente del mundo manifestado, del mundo del devenir y del continuo fluir. La segunda de las vías, la de los dioses, sí que supone la verdadera inmortalidad de la persona que en su existencia terrena supo desligarse de todo aquello que condiciona al individuo y experimentó una auténtica transubstanciación o transfiguración que espiritualizó su alma liberada de ataduras y la logró hacer compartir la Esencia Suprema de aquel Principio Superior, metafísico y suprasensorial que se halla en el origen del Cosmos manifestado. Por lo que, tras el óbito, si no antes, el Yo Superior o el Alma Espiritualizada de la persona habrá conquistado la inmortalidad, la eternidad y habrá escapado de la cadena de transmutaciones y cambios que son propios de la manifestación. Sólo unos pocos, sólo una minoría conquistará el ‘paraíso’; logro, pues, de carácter aristocrático y nada democrático.”

Es, pues, en la ‘vía de los antepasados’ o pitra-yana donde deberíamos encajar la cita que de Jünger hemos reproducido. Sea como fuere podemos entender o bien que el escrito (“La Tradición”) y la revista (“El estandarte”) en los que se halla inserta  no perseguían el estudio de temas estrictamente metafísicos o bien que estamos tratando con un joven Jünger que probablemente se adentrara en ellos en épocas posteriores; posibilidad de la que hablaremos más adelante.

Volviendo a la línea de ese hombre no atomizado, no desgajado de sus ancestros y de sus descendientes nuestro autor alemán sigue diciéndonos en el mismo escrito que “Así también, la sangre de la persona singular está mezclada por millares de corrientes de sangre misteriosa, a pesar de que esa persona singular no es por esto la suma de sus predecesores, no es sólo el portador de su voluntad y de la calidad de aquéllos, sino que, según una neta y bien definida peculiaridad, él es también él mismo.” Percíbase cómo se añade un elemento nuevo a lo expresado hasta ahora. Elemento que no es otro que el de la personalidad: la entidad del ser humano. La entidad que hace posible que pueda llegar a ser soberano, a decidir su destino, a labrarse su camino, a liberarse de todo aquello que ata, condiciona, esclaviza y mediatiza; a liberarse de ello como paso previo -tal como postula la Tradición- para encarar el Conocimiento de los planos Superiores y Metafísicos de la Realidad y para hacerse ontológicamente uno con ellos. Principio de la ‘personalidad’ que riñe con ciertas escuelas metafísicas orientales (como, p. ej., el Vedânta) para las cuales el ser humano como ser singular carece de entidad y de realidad, siendo, por contra, mera ensoñación o ilusión (maya) y parte indiferenciada del Brahman o Principio Universal. En cambio, para la Tradición el microcosmos (el mundo físico, el ser humano,…) es real y de lo que se trata es de sacralizarlo y convertirlo en una especie de reflejo del macrocosmos (del mundo Metafísico). Aquí estriba la diferencia sustancial entre cierta metafísica pura -que acarrea , por cierto, posturas evasionistas (3)- y el Tradicionalismo.

Jünger, en la línea de la Tradición, rechaza el gregarismo promiscuo negador del principio de la ‘ personalidad’; principio sin el cual no puede entenderse el de la libertad del hombre (4): esa libertad en potencia que de ser desarrollada lo convertirá en Héroe, en el Hombre de la Tradición Primordial, en el Liberado o Despertado al que se refiere el budismo.

En sintonía con lo cual volvemos, en boca de uno de sus personajes, a leerle al de Heidelberg en su novela “Heliópolis” (5) que “Queremos la libertad del hombre, de su esencia, de su espíritu y de su propiedad. (…) El Prefecto se ve obligado a nivelar, a atomizar e igualar el potencial humano, en el cual debe prevalecer un orden abstracto. En nuestra opinión, por el contrario, quien ha de dominar es el hombre” (págs. 179 y 180).

Para nuestro autor el hombre igualitario del liberalismo no es más que el fruto de una construcción mental (por ello abstracta) reñida con las leyes de la naturaleza y reñida, añadimos nosotros, con una jerarquía en cuya cúspide deben situarse aquéllos que son capaces de gobernarse a sí mismos. El hombre igualitario atenta contra la diferencia y contra el principio personal, pues el igualitarismo convierte al hombre en átomo indiferenciado de sus congéneres.

Examinando la postura de Jünger al respecto Alain de Benoist escribe en un ensayo titulado “Ernst Jünger y el Trabajador” (6) que “(…) Desde esta perspectiva, lo esencial es la lucha contra el liberalismo. En Arminius y en Der Vormarsch Jünger ataca el orden liberal simbolizado por el Literat, el intelectual humanista partidario de una sociedad ‘anémica‘. En abril de 1.927, en Arminius, Jünger declara no creer en verdad general alguna, en ninguna moral universal, en ninguna noción de ‘hombre’ como ser colectivo poseedor de una conciencia y derechos comunes. Creemos -dirá- en el valor de lo singular (Wir glauben an den Wert des Besonderen).”

El de Heidelberg nos sigue poniendo en guardia frente a las construcciones abstractas que han dado origen al individuo atomizado propio de la ideología liberal y, en este sentido, nos conmina a “desembarazarnos del abrazo del intelecto que piensa según cálculos”.(7)

Ante el individuo anémico paradigmático de las sociedades liberal-burguesas Jünger reivindica la figura del héroe que se forja en la lucha. Un héroe, nos dice, que por desgracia es derrotado en combate ante los embates físicos del aparato edificado por el  mundo moderno y que por esto “conoce su ocaso, pero su ocaso se asemeja a aquel rojo sangre del Sol que promete una mañana más nueva y más bella” (8). Su sacrificio no será en vano pues el mismo ejemplo representado por dicho sacrificio verá sus frutos y la resistencia, aunque en forma -tras la derrota- más velada, encenderá la antorcha de los que en el mañana se alcen contra la deletérea modernidad, tal como el austríaco Hugo von Hofmannsthal nos recordaba en esta sugerente cita: “Los que velan en la noche obscura dan la mano a los que nacen en la nueva alba”.

El héroe que se forja en el combate nos proporciona una pista acerca de cómo nuestro autor concibe en qué debe consistir la verdadera jerarquía. Una jerarquía que podemos más que vislumbrar cuando, en boca de uno de los personajes, en su novela “Heliópolis” (9) leemos: “(…) Está intentando atraerse a las mejores fuerzas. Para elegir, tiene que guiarse por la capacidad de las personas, es decir, tiene que dirigirse a un círculo de hombres que se distinguen bien por sus hechos, bien por sus conocimientos o por su gran capacidad. Es el camino más vulnerable, pero el único viable en nuestro tiempo. Tenemos que excluir de los puestos de mando no sólo a los tecnócratas, sino también a los románticos”.

Se excluyen, de la élite, a los románticos, pues el romántico representa un producto del mundo moderno. Representa al que acciona movido por la pasión, por la emoción y por el sentimiento debido a que es esclavo de estos estados perturbadores de la mente. Los torbellinos de su psique alterada se hallan en total contradicción con el estado de autocontrol y autogobierno mentales a los que aspira un Hombre de la Tradición que nunca actuará guiado por las sacudidas de su mente sino por la acción pura y desinteresada …por el “hacer lo que debe hacerse”, tal como reza una máxima de la tradición indoaria, sin hacerlo guiado por los resultados sino porque es lo acorde con el Deber; con aquel Deber que armoniza con el Dharma o Ley -metafísica- del Cosmos. El romántico ve alterada esa ‘pura objetividad’ -de la que hablaba Julius Evola- con la que, por contra, -también citando al maestro italiano- ‘un tipo de hombre diferenciado’ enfoca la realidad con el objeto de mejor entenderla y de poder escudriñar en sus fuentes motoras sutiles para hacerse ontológicamente uno con ella.

Quedan, en “Heliópolis”, excluidos, también, los tecnócratas, pues son los que de acuerdo a la lógica del liberalismo capitalista anteponen, sirviéndose de los aparatos del poder, la economía a la política, sometiendo, de este modo, al Estado (que en todo ordenamiento Tradicional ejerce su total Soberanía) a los dictados de la economía y convirtiéndolo en mero gestor de ésta. Así vemos cómo la que siempre fue la tercera función (la productiva-económica) en las comunidades Tradicionales se erige en el mundo moderno -por efecto de una perniciosa inversión materialista- en la rectora. Cuando, en cambio, el Mundo Tradicional situó como estamento dirigente al sacro-aristocrático, por debajo de éste al guerrero y en tercer lugar al productivo (artesanos, agricultores,…).

Si hablamos de la repulsa jüngeriana hacia los tipos humanos del romántico y del tecnócrata no podemos por menos que recordar que también lo hacía hacia la del burgués, tal como muestra en su obra de 1.932 Der arbeiter (“El trabajador”), donde el arquetipo representado por esta figura representaría la superación de la vida fácil y cómoda a la que aspira el burgués y la destrucción de todos los cinturones de seguridad que éste se coloca para asegurarla al máximo. Este Trabajador se forja, por ejemplo, en situaciones bélicas y revolucionarias y no tiene nada que ver con la figura del ´proletario´ hegemónico del Cuarto Estado (10) -no tiene, por tanto, una connotación clasista- sino con una nueva nobleza heroica. Esta figura del ‘trabajador’ la podríamos equiparar, en muchos sentidos, con la del ´guerrero´ y “así cuando leemos una cita anónima que reza que donde abunda el peligro crece también aquello que salva no podemos por menos que pensar que es exclusivamente el guerrero quien puede arrostrar con el dicho peligro sin venirse abajo por ser presa del pánico. Un ´peligro´ que puede -y debe- entenderse desde diversas lecturas: desde la lectura que hace referencia a las situaciones límite –como, p. ej., las bélicas- que pueden ayudar a transportar al hombre preparado a otros estados de conciencia por encima del ordinario, pasando por la lectura que se inscribe en el peligro existencial que puede destruir a aquel que ha roto los lazos que le ataban a lo condicionado y puede no encontrar otros lazos que lo eleven (o puede hallarlos y seguirá su camino hacia la palingénesis o ´segundo nacimiento´ a la realidad Metafísica) y acabando, incluso, por la lectura que entiende los peligros a la manera que los concibe la doctrina extremo-oriental de ‘cabalgar el tigre’” (11).

No es, ciertamente, en Der Arbeiter donde hay, todavía, que buscar una veta metafísica, pero sí que, entre otros conceptos y posicionamientos vitales, se puede más que vislumbrar esa actitud existencial conocida como ‘cabalgar el tigre’ y que poco a poco pareció hacer suya en su mismo existir el propio Ernst Jünger. (12)

En “Tempestades de acero” (1.920) -sobre sus experiencias personales en la IGM- y en “El Trabajador” el de Heidelberg destaca la irrupción de lo elemental y la consiguiente eliminación de esquemas mentales y convencionalismos burgueses. El “trabajo”, en sentido jüngeriano, abre el camino para la irrupción de lo elemental. En Der Arbeiter nos escribe lo que comprende como “trabajo”: “la velocidad del puño, del pensamiento, del corazón, de la vida de día y noche, la ciencia, el amor, el arte, la fe, el culto, la guerra: trabajo es la vibración del átomo y la fuerza que mueve las estrellas y los sistemas solares”. Evola nos explica  que ‘el Trabajador’ “se trata de demiurgicidad, de una figura caracterizada justamente  por una relación directa, activa, total con las fuerzas de la realidad, con lo elemental en sí y afuera de sí”. (13)

Y si hemos señalado las concomitancias entre ‘el Trabajador´ y ´el guerrero´ y la indisociabilidad de estas figuras con ‘el peligro‘ Evola nos escribe, en el mismo capítulo, que en el nuevo mundo configurado por el triunfo de ‘el Trabajador’ “surge en vez la necesidad de ordenamientos nuevos, de ordenamientos basados no sobre la exclusión del peligro, sino sobre un nuevo connubio de la vida con el peligro”.

Ante situaciones al borde de la muerte o en las que la posibilidad de que ésta irrumpa no es precisamente nimia se produce una relativización total del papel y de la importancia que lo utilitario, lo pragmático, lo material y las menudencias que se presentan en el vivir cotidiano representan para el hombre amoldado a la vida muelle y a las seguridades propias de la mentalidad burguesa. Dicha relativización facilita la irrupción de lo elemental. Para Evola -en el cap. señalado- lo elemental «designa las potencias más profundas de la realidad, que caen afuera de las estructuras intelectualistas y moralistas y que están caracterizadas por una trascendencia sea positiva como negativa, con respecto al individuo: así como cuando se habla de las fuerzas elementales de la naturaleza». Giovanni Monastra nos dice al respecto que “el burgués, encerrado en su ciudadela racionalista, en su vacuo intimismo, pequeña alma dirigida a las cosas pequeñas, a lo útil, a lo seguro, tiene terror por lo elemental y lo mantiene a distancia”.

Pero ante esta irrupción de lo elemental se ha de estar vigilante, pues tras el barrido de las menudencias y las seguridades burguesas puede acaecer algo superior pero también algo inferior tanto por lo que respecta a la naturaleza de los sistemas políticos que pudiesen suceder al Tercer Estado burgués como por lo que incumbe al interior mismo de las personas que se hubiesen desligado, mentalmente, de las ataduras y condicionamientos de la vida cotidiana. Jünger sabía de las diferentes consecuencias que podrían darse. Asimismo Evola nos pone sobre aviso de los peligros telúricos e ínferos que pueden, en tal estado de cosas, acontecer.

Nosotros, en otra ocasión, reseñando la tesis doctoral de nuestro amigo y coforista Gonzalo Rodríguez sobre “La tradición guerrera de la España céltica” comentamos el concepto del autor  sobre el “más allá telúrico” …un “más allá telúrico” que bien podríamos asociar con lo elemental. Pretendiendo, pues, hacer luz sobre este concepto tan caro a la obra de Jünger recordamos lo que en esa ocasión escribíamos:

“Nuestro coforista nos refiere sobre la concepción, en el seno del mundo celta, de dos planos invisibles de la realidad: el ´más allá celestial´ y el ´más allá telúrico´. El primero (Dêva-yana o ´vía de los Dioses´) es asimilable al mundo Superior y es al que se accede una vez el Iniciado ha dominado sus vínculos y pulsiones condicionadores -primarios, psíquicos: sentimentales, emocionales, pasionales,…- y se ha convertido en ´señor de sí mismo´; en el Gran Autarca que apuntaba Julius Evola allá por los años  ´20 de la pasada centuria. Una vez superado lo cual (una vez superada la ´obra al negro´ o nigredo de que nos habla la tradición hermético-alquímica) el Iniciado accede, de forma definitiva, al conocimiento del plano sutil metafísico de la Realidad y es capaz, incluso, de activarlo en su fuero interno (sería el equivalente a la ´obra en blanco´ o albedo). Más aún, tras estos logros, puede aspirar a la Gnosis de lo Inmanifestado que se halla más allá incluso del plano sacro-sutil de la realidad y puede, paralelamente, aspirar a Despertar en su mismo interior ese Principio Supremo y Primero Inmanifestado Eterno e Indefinible que anida en él y aspirar, así, a Espiritualizar e Inmortalizar su alma (´obra al rojo´ o rubedo), que ya fue purificada de escorias psíquicas y condicionadoras tras la superación de la nigredo.

El segundo plano invisible de la realidad, el ´más allá telúrico´, lo asimila Gonzalo al conjunto de fuerzas -utilizando el léxico por él empleado- ´preternaturales´ que no se hallan más allá del ciclo de la generación, que no pueden -por tanto- posibilitar la Liberación metafísica del hombre, sino que integran la realidad del sâmsara, del devenir (opuesto al Ser y a lo Eterno), que se refieren a la ´vía de los antepasados´, o pitra-yâna, que es el destino que, tras la muerte física, le queda al común de los mortales: el de que el ´genio´ que de su clan era portador (que pasa a formar parte de cada ser humano desde el mismo momento de su concepción) se vuelva a integrar en los miembros de su mismo conjunto familiar, clan, gens o sippe, ya nacidos o en el momento de ser concebidos, para seguir dándole la impronta especial común que caracteriza a cada uno de los integrantes de cada clan. No se supera, pues, en esta ´vía de los antepasados´ la rueda del devenir. Las divinidades que al decir de Gonzalo son veneradas por parte de la tercera casta -la productiva- en el mundo celta hispánico son de naturaleza ctonia, telúrica, asociadas a la Tierra, a la vegetación, a los manantiales, a las fuentes y muchas de ellas de carácter femenino. Aunque también señala nuestro autor que ciertos demons y totems son ritualmente activados en las iniciaciones guerreras -segunda casta- a que son sometidos los jóvenes por tal de suscitar y hacer en ellos presente la energía telúrica propia de ciertos animales como el oso (tal como ocurría entre los temibles guerreros berserkers del mundo vikingo) o el lobo con el objetivo de despertar en estos jóvenes guerreros la ferocitas o la furia necesarias para el combate.

No está de más señalar que el Iniciado en la realidad metafísica y Superior -en el ´más allá celestial´- (primera casta) superará el ´más allá telúrico´ (y se descondicionará de él) que se le hubiera podido inocular en esas ceremonias de juventud de iniciación guerrera, pues incluso en el fragor de la batalla no necesitará de esos aportes telúricos para mostrar arrojo y valor, ya que estamos tratando con un ser que ha superado todos sus pavores, traumas y miedos con la culminación de la ya mencionada nigredo u ´obra al negro´.

Sin duda ese ´más allá telúrico´ que nos disecciona brillantemente Gonzalo en su tesis doctoral es un lastre que el mundo celta hispánico en particular, el mundo celta en general y aun todo el mundo indoeuropeo arrastraba en aquella época porque, no lo olvidemos, debemos considerar que, de acuerdo a la ciclología Tradicional, los pueblos de origen boreal transitarían ya -en la época objeto de estudio-, seguramente, por los inicios de la Edad de Hierro o kali-yuga  y aunque los dichos pueblos -la antigua Roma incluida- protagonizaron un ´ciclo heroico´ de intento de vuelta a los parámetros existenciales y de weltanchaaung de la Edad de Oro o Satya-yuga desgraciadamente, con el paso del tiempo, fueron contaminándose con efluvios propios de etapas descendentes y con las influencias de pueblos de esencia definidamente telúrica. No obstante lo cual mantuvieron -y cerniéndonos en específico a los celtas hispánicos objeto de este trabajo- vivos los ejes básicos y los pilares primordiales de la Tradición.” (14)

Pensamos, con esta disgresión, haber asentado el sentido que tiene el concepto de elemental, cuya irrupción Jünger estima indispensable para acabar con los detritus representados por el modo de existir burgués y con las sociedades en las que éste es su depositario. El “trabajo” -en el sentido vasto que para nuestro autor tenía y que ya hemos señalado con anterioridad- sería el vehículo para hacer posible dichos cambios. Así, Evola nos explica que “en el mundo que Jünger denomina del trabajo se realizan nuevas pruebas, nuevas selecciones: pruebas de una extrema, desnuda, casi metálica frialdad, en las cuales la conciencia heroica gobierna el cuerpo como un instrumento imponiéndole una serie de acciones complejas más allá de los límites del instinto de conservación” (15)

El maestro trasalpino añade que “por tal camino Jünger piensa en una nueva aristocracia”. (Recordamos que el de Heidelberg apunta también, en las citas que páginas arriba hemos extractado de su novela “Heliópolis”, semejantes ideas acerca de cómo se originaría la ‘élite’ arquetípica.) Evola continúa señalando que para esta aristocracia descrita por Jünger “el verdadero secreto no se halla en el prometer, sino en el exigir” y que el autor alemán “ha pensado en una élite cual condensación esencial y activa del modo de ser del obrero en los términos de una especie de guardia, de nueva espina dorsal de formaciones guerreras, como una selección que se puede también denominar una Orden”.

 

Si es el enfoque de la Tradición el que estamos utilizando para acometer los rasgos determinantes de la obra de Jünger nos podría parecer que quizás nuestro autor reflejó bien esa etapa de la nigredo hermético-alquímica, a la que hemos hecho alusión párrafos arriba, que busca el descondicionamiento del hombre con respecto a todo aquello que lo amordaza, mediatiza, subyuga, esclaviza, aturde, altera, traumatiza y aminala (y lo busca, en la obra jüngeriana, a través del “trabajo” y/o las situaciones límites de la guerra,… que sacudirían las seguridades existenciales buscadas y adquiridas por la vida burguesa), pero que, en cambio, el de Heidelberg se quedó, nos podría parecer, en el tratamiento de dicha etapa y no concibió las posteriores del albedo y del rubedo alquímicos …etapas que se enmarcan, ahora sí, en planos superiores y sacros de la realidad y que corresponden al dominio de la metafísica. Para un estudio realizado desde los parámetros de la Tradición la obra de Jünger podría -de ser de esa guisa lo ahora expuesto- dejar bastante que desear, pero la realidad, para nuestro grato contemplar, no es así y el alemán lo trasluce en obras posteriores en las que su alcance (tal como plantea el mismo título de este nuestro ensayo) va mucho más allá de lo expuesto hasta este punto. Tal es así en “Sobre los acantilados de mármol”, donde lo elemental (ahora, más bien, asociado a lo pulsional) y lo titánico (la mera fuerza desacralizada) toman un carácter claramente negativo y su afloramiento no resulta deseable pues al descondicionamiento del ser se debería llegar por otros caminos distintos a lo relacinado con ese “más allá telúrico” del que ya hemos hablado: se debería llegar -de acuerdo con la Tradición- a través de la Iniciación, esto es, de un camino de disciplina interna meticulosa, metódica, ardua y constante que conoce de técnicas como las de la meditación o de la visualización mental.

Acerca de la trama de “Sobre los acantilados de mármol” (obra escrita en 1.939) Evola escribe: “Es el contraste entre dos mundos. El uno es el de la Marina y de las pasturas, que se encuentran por debajo de los acantilados de mármol ; es un mundo patriarcal y tradicional, en donde la vida en la naturaleza y el estudio de la naturaleza tiene como contrapartida una superior sabiduría y un símbolo ascético y sacral incorporado eminentemente en la novela por la figura del Padre Lampo. Frente al mundo recogido cerca de los acantilados de mármol se encuentra el de los pantanos y de los bosques, en donde señorea una espantosa, diabólica figura que Jünger denomina el Oberförster (traducido como trotabosques): es éste un mundo elemental , de violencia, de crueldad, de ignonimia, de desprecio por cualquier valor humano”. (16)

El conflicto entre estos dos mundos antagónicos se hace irremisible y el mundo oscuro de los pantanos y de los bosques acaba destruyendo al de la Marina y las pasturas, pues éste, de hecho, ya se hallaba sin pulso vital y sosteniéndose casi por inercia.

Evola sigue narrándonos que “de todo el mundo de la Marina, ya en llamas, tan sólo alguno logra escapar, con un barco, llevando consigo, como una reliquia justamente, la cabeza amputada del príncipe Sanmyra, la cual sólo mucho más tarde, engarzada en la primera piedra, debía servir de fundamento para una nueva Catedral”.

Recuérdese que un parámetro incuestionable de lo que la Tradición entiende como Edad de Oro es el de la unión de las funciones sacra y regio-dirigente en una única institución o persona …la cabeza del príncipe Sanmyra (función regia) y la nueva Catedral (la Espiritualidad reencontrada: función sagrada) se conciben, en este libro de Jünger, de manera indisociable si de lo que se trata es de la restauración de la Tradición Primordial, pues no hay que olvidar, repetimos, que ambos principios, el espiritual y el temporal, se hallaron unidos -en, echando mano del hinduismo, el Satya-yuga o Krta-yuga- bajo los mismos representantes e instituciones, por lo que el conjunto de las actividades humanas en las comunidades Tradicionales se encontraron, por irradiación desde la cúspide de la pirámide social, en todo momento impregnadas por lo Sacro. Hallamos, pues, a la realeza sacra y a la aristocracia sagrada en la dicha cúspide de la pirámide social.

Evola, a propósito de “Sobre los acantilados de mármol” nos continúa diciendo en su citado escrito que “con el advenimiento de las fuerzas elementales-telúricas del Trotabosques en las tierras de la Marina se derrumba un mundo -aunque ya en estado de notable postración- de la cualidad, de la personalidad, de la ascesis, de la tradición mistérica y sagrada, de la cultura en sentido superior.”

El sustancial y cualitativo paso dado por el de Heidelberg desde su “El Trabajador” hasta “Sobre los acantilados de mármol” tiene que ver con el tránsito, citando a Evola, “de una asunción existencial meramente activista-guerrera -titánica- a otra con referencia a valores trascendentes”.

Esta asunción trascendente se vuelve a corroborar en su novela “Heliópolis” (1.949), en la que, en boca de uno de sus personajes,  le podemos leer: “Tú atente al dogma según el cual la materialidad de las imágenes oculta a las miradas el resplandor supraterrenal. (…) Nunca encontrarás en la tierra lo supremo (…). Tú gobiérnate  según la norma de Boecio: una tierra dominada nos da las estrellas. Éste es el único camino recto”. (17)

Percíbase que no se aboga por ninguna especie de evasionismo metafísico con respecto a la vida terrenal y al mundo físico sino que se aboga por bregar en este mundo para hacernos con el Supramundo. Es ésta la esencia de la Tradición: la vida como catapulta hacia la Supravida y, a la vez, el objetivo de sacralizar esta existencia terrenal y no evadirse de ella.

Ciertamente se nos presenta un Jünger que no tan sólo concibe la existencia de la trascendencia sino que además nos da muestras de que lo más importante es arribar a su conocimiento y hacerse uno con ella. Un Jünger desmarcado, pues, de actudes pasivas (meramente fideístas y devocionales) ante el Hecho Trascendente y abocado, en cambio, a su conquista activa. El camino es el de la Iniciación trazada en todo ordenamiento Tradicional. Es el camino -en expresiones tan concurrentes en la obra de Evola- de la ‘luz del norte’ heroica frente al de la ‘luz del sur’ fideísta.

Por ello el alemán nos ofrece herramientas que van encaminadas en tal sentido, como cuando uno de los personajes de Heliópolis (págs. 131 y 132) dice que “Por esta razón, los sabios de todos los países y todos los tiempos están de acuerdo en que la felicidad no puede alcanzarse por la puerta de los deseos ni en la corriente del mundo.

De donde se sigue que quien quiera tener parte en la felicidad debe ante todo cerrar la puerta de los deseos. En este punto concuerdan todos los preceptos, como variantes de un texto revelado -los libros sagrados, los antiguos sabios de Oriente y Occidente, las doctrinas de los estoicos y los budistas, los escritos de los monjes y los místicos.

La experiencia nos enseña, además, que el hombre no sigue estos preceptos. Vive como en los palacios de Las mil y una noches, en los que todas las habitaciones le ofrecen bienestar, salvo una cuya puerta no puede traspasarse y tras la cual se halla la preocupación. ¿A qué se debe que su mala estrella le empuje a abrir precisamente ésta? El enigma consiste en que es la puerta de los deseos.

La caza de la felicidad lleva a las espesuras. Hay que dejar que la felicidad entre por sí misma. No se encuentra a gusto con los impacientes. Es como los preparativos, que son cada vez más bellos. No hay que acelerar el ritmo de la vida, hay que retardarlo, al modo de los ríos que fluyen hacia el mar. A medida que va ganando, con la edad, profundidad y fuerza interior, es capaz de arrastrar consigo oro, navíos y monstruos rientes.

Raras veces nos salen al encuentro hombres felices: no quieren llamar la atención. Pero aún viven entre nosotros, en sus celdas y buhardillas, sumidos en el conocimiento, la contemplación, la adoración -en los desiertos, en las ermitas, bajo el techo del mundo.Tal vez a ellos se deba que nos llegue todavía el calor, la fuerza superior de la vida”.

Jünger sigue, en la misma novela, aportándonos pistas y medios para domeñar nuestro yo inferior, en esa nigredo alquímica de descondicionamiento, a través de una máxima estoica: “renunciar para ganar”. (p. 188)

El de Heidelberg confirma su elección por la ‘vía activa y heroica’ hacia el Hecho Trascendente con sus referencias a la alquimia, pues no olvidemos que la tradición hermético-alquímica envuelve bajo la capa de toda una suerte de rico simbolismo lo que no es ni más ni menos que la vía Iniciática -‘vía del héroe’- transformadora de su interior que está recorriendo el alquimista. En esta línea, en el mismo libro, leemos que “(…) Todo esto también lo expresa la alquimia, es decir, la química auténtica (18) (…) Los grandes símbolos alcanzan a todas las capas: se les ve actuar desde las esferas ocultas hasta las lúcidas, aunque sólo el iniciado comprende las interconexiones.” (pág. 328)

Jünger muestra estar muy versado en temas alquimistas cuando nos hace la siguiente relación (pág. 332): “Algunos de ellos estaban escritos en viejos pergaminos y se agrupaban en torno a los nombres de Alberto Magno, Ramon Llull y Agripa de Nettesheim, cuyo de Vanita scientiarum se conservaba en su doble edición, la de Lyon y la de Colonia. Se hallaba también el gran in folio de Wierus, De praestigiis daemonum, y las compilaciones publicadas en Basilea, hacia el 1.582, por el médico Weckerus”.

De optarse, en vida, por ‘la vía activa´ o via remotionis, de consumarse las etapas que pueden llevar al Iniciado hacia la Gran Liberación o, en cambio, de conformarse con ‘la vía pasiva´ estrictamente devocional depende el recorrido que espere tras la muerte física de la persona. La ‘vía de ultratumba’ es descrita en El libro de los muertos egipcio o en El libro tibetano de los muertos -el llamado Bardo Thödol -. Tampoco Jünger era ajeno a su conocimiento, cuando, a propósito de la ceremonia parsi celebrada tras el fallecimiento de uno de los personajes de “Heliópolis”, el narrador afirma que “él había emprendido ya el gran viaje, había penetrado en el mundo de cristal cuyas aventuras describe el Libro de los muertos” (pág. 378). (19)

Ante la posibilidad del Héroe que se adentra por los terrenos de la interior via transformationis de optar por la llamada ‘vía de la mano derecha’ -la apolínea del Héroe que no necesita de ayudas externas para recorrerla- también se le presenta el hacerlo por la peligrosa ‘vía de la mano izquierda’: la dionisíaca. Ésta sí que utiliza ayudas, o más bien “venenos”, como soporte sea para alterar el estado ordinario de conciencia (utilización de alcohol, drogas, ciertas danzas,…) sea para activar fuerzas sutiles (kundalini) en el interior del Iniciado (utilización del sexo).

Parece ser que Jünger no fue ajeno a esta ‘vía de la mano izquierda’, como se puede colegir cuando le hace decir, en “Heliópolis” (pág. 327), a uno de sus personajes que “el cáñamo saca con sus lazos al espíritu fuera de sí y le hace entrar en los imperios de las imágenes”. O cuando también leemos en la misma novela (pág. 381) que “Las drogas son llaves, aunque no descubren sino lo que se oculta en nuestro interior”, que “Tal vez llevan hasta profundidades que de otra manera estarían siempre bajo cerrojo” o que “Funden la cera de los sellos”.

Al de Heidelberg al tiempo que, durante la IIGM, -tal como se puede consultar en Metapedia- “en los círculos literarios departía amistosamente con Henry de Montherlant o Pierre Drieu la Rochelle”, lo encontramos, no en vano, frecuentando los salones de fumadores de opio. También en este portal de internet leemos que “En 1952, después de su primera experiencia con la LSD, escribe Besuch auf Godenholm (Visita a Godenholm)” y que “Otro libro sobre el tema de las drogas es Annäherungen. Drogen und Rausch (Acercamientos. Drogas y ebriedad ), de 1970. Esta obra, en la que el autor acuñó el término psiconautas (navegantes de la psique), expone las numerosas experiencias de Jünger con varios tipos de sustancias psicoactivas, tanto enteogénicas como estimulantes u opiáceos.” (20)

Desconocemos la naturaleza exacta de las experiencias que gracias al consumo de drogas pudo haber experimentado nuestro alemán autor pero una vez comprobado el profundo valor de lo metafísico en la obra de Jünger podemos pensar que posiblemente el dicho consumo pudo representar para él el poner en práctica la ‘vía de la mano izquierda’: aquella vía que convierte el veneno en remedio pues ayuda, al operante, a soltar el lastre que carga el estado de conciencia ordinario para abrir las puertas de los planos sutiles de la realidad y tras lo cual, si el Héroe es capaz de más,  llegar a Identificarse ontológicamente con el Principio Supremo Inmanifestado y Eterno.

Pensamos que, en efecto, el uso de sustancias estupefacientes tuvo en Jünger un objetivo de realización espiritual y no el de un simple buscar la experimentación de imágenes de la psique, un simple buscar la irrupción del turbulento enjambre del subconsciente del que el hombre vulgar es depositario y no  tampoco tendría en Jünger el fin de dar rienda suelta a ese mundo psíquico atolondrado y atolondrante que el hombre común es incapaz de dominar. Lo pensamos así porque estas peligrosas explosiones del psiquismo parece que no se dieron en el de Heidelberg, ya que su salud mental no se vio turbada y su no adicción a estas sustancias (fruto, en expresión evoliana, de ‘un tipo de hombre descondicionado’ que se ha enseñoreado de su interior gracias a la ´vía del Héroe’) le evitó problemas de salud que de haberse dado sin duda no le hubiesen permitido el llegar a vivir… ¡casi 103 años!

Con la ‘vía de la mano izquierda´ encuentra muchas concomitancias la aplicación de la doctrina extremo-oriental de ‘cabalgar el tigre’. El tigre pueden ser esos “venenos” que pueden llegarse a convertir, para el Héroe, en “remedios” o, por contra, que de ser no “cabalgados” con la prepación Iniciática adecuada pueden desgarrar y devorar al que hubiese, temerariamente, usado de ellos. El tigre, en un orden externo, puede ser el actual estado de cosas (el Establishment hegemónico en diferentes fases de este mundo moderno disolvente) que parece inderrocable y contra el cual es más aconsejable no enfrentarse de cara sino cabalgarlo, para ver si puede llegar a agotarse …cabalgarlo y bregar para que ya que no parece que se le pueda hacer caer al menos que no le haga caer a uno en sus trampas y en sus destrucciones existenciales. Es en este sentido en el que Evola interpreta el fin del mundo de La Marina en la jüngeriana “Sobre los acantilados de mármol” al escribir que “la única esperanza en la tragedia es que justamente la experiencia del fuego destructor sea, para el sujeto, un principio de renacimiento, el umbral para pasar a un mundo incorruptible” (21). Algo que nos recuerda directamente aquel aforismo de Friedrich Nietzsche de que “lo que no nos destruye nos hace más fuertes”.

Ante ese mundo moderno con respecto al cual se antoja casi suicida el enfrentarlo de cara no queda otra opción que el de una actitud distante para con sus instituciones pero no desentendida ante el accionar deletéreo de éstas: Evola la denominó apoliteia y Jünger ‘vía de la salamandra´. Así nos lo expresa Gianfranco de Turris en el ensayo “Evola y Jünger”: “la jüngeriana ‘vía de la salamandra’ tiene muchos contactos con la apolitea evoliana. El fin es el mismo: pasar indemne a través de las combustiones de la Modernidad.” (22)

 

Sin duda, tras todo lo expuesto, Ernst Jünger podemos afirmar que fue ajustando su obra y su vida a parámetros de índole Tradicional. Mismamente la amistad que, durante los años ’50 de la pasada centuria, frecuenta con un Mircea Eliade es harto significativa sobre hacia dónde están, por entonces (y mucho antes), enfocadas sus preferencias vitales.

El referente doctrinal de Evola, como se ha ido comprobando a lo largo del presente ensayo, nos resulta primordial para calibrar el alcance de Jünger. Se da, además, el hecho significativo de que el italiano, tras el fin de la IIGM, incluyó al alemán entre las gentes con las que debía contactar con el objeto, al decir -entre otros- de Gianfranco de Turris de establecer una especie de ´frente espiritual’ en las catacumbas situadas bajo la pesada losa del mundo moderno o de establecer una Orden que vertebrara una posible reacción contra esa deformidad y anomalía representada por la modernidad. Así dice Gianfranco de Turris que “Las relaciones entre Evola y Eliade fueron sobre todo epistolares y seguramente comprendieron muchas más misivas que aquellas de las hoy localizadas: en la inmediata posguerra, Evola buscó retomar los contactos con sus mayores conocimientos culturales, escribiéndoles desde que se encontraba en el hospital, en 1948-1949: a Carl Schmitt, René Guénon, Gottfried Benn, Ernst Jünger y diversas personalidades, entre las cuales se apunta Eliade.” (23)

El reconocimiento del adeudo que a la obra de Jünger Evola le reconoce a parte de su propia producción se lo podemos leer al transalpino en su libro autobibliográfico “El camino del cinabrio”, cuando afirma que “El siguiente libro escrito por mí, Cabalgar el Tigre, en parte retoma, extendiéndola y completándola, la temática de Jünger.”

Retomando el “Evola y Jünger”, Gianfranco de Turris nos sigue explicando que “el 17 de noviembre de 1.953, Evola escribió a Ernst Jünger una carta que hasta ahora ha permanecido inédita. La carta nos la ha transmitido el Archivo del escritor alemán casi un año antes de la muerte de éste. La carta es típica de las motivaciones ideales que impulsaban a Evola a tomar contacto con personalidades consideradas por él como afines: la petición de traducir Der Arbeiter , veinte años después de su publicación, las -citando textualmente a Evola- analogías entre la primera y la segunda postguerra , la problemática estudiada en este libro es de actualidad ; el ensayo pues, podría ejercitar aún un efecto de despertar . En el inicio de su carta, Evola afirma haber recibido la novela Heliópolis dedicada a través de Armin Mohler.

Evola eligió y tradujo para Volpe, en los años sesenta, El muro del tiempo. Fue comentada positivamente, quizás porque tenía puntos de contacto con El Obrero.”

En fin, son variados los autores que han sabido ver las muchas semejanzas que se pueden establecer entre muchos de los conceptos y los valores que, a lo largo de sus respectivas obras, manejaron Jünger y Evola, tal cual sucede, de manera harto recurrente, con -como botón de muestra- Giovanni Monastra en su ensayo “Por una ontología de la técnica. Dominio de la naturaleza y naturaleza del dominio en el pensamiento de Julius Evola” (24).

Incluso podríanse establecer paralelismos entre las diferentes evoluciones de que hicieron manifiesto ambos a lo largo de su periplo vital, pues si Jünger empieza por adherir en Der Arbeiter a la figura del ‘trabajador’ como oposición al burgués y a las “seguridades” que éste se ha construido Evola, igualmente, empieza, desde muy joven, por identificarse con el dadaísmo con el principal objeto de romper convencionalismos burgueses. Si, posteriormente, en “Sobre los acantilados de mármol” o en “Heliópolis” Jünger campa más que considerablemente por el ámbito del Espíritu Evola, tras superar sus etapas dadaísta y filosófica, entra de pleno en la Tradicionalista. Y si Jünger no es ajeno a la ‘vía de la mano izquierda’ también Evola acabará cerrando filas con una doctrina como la de ‘cabalgar el tigre’ tan emparentada con esa ‘ vía de la mano izquierda’.

No pasemos, por lo demás, por alto el hecho significatico de la cercanía y las afinidades que siempre mostró Evola hacia la llamada Revolución Conservadora alemana, hacia la mayoría de los autores que han sido englobados en ella y hacia sus planteamientos políticos y los valores que defendían y no olvidemos, tal como señalamos al principio de este ensayo, el que Jünger es uno de los autores que han sido incluidos dentro de esta corriente de pensamiento.

 

Tras todo lo aquí expuesto… ¡gran alcance es el que, a ese nuestro entender guiado por la traza de la Tradición, tiene la obra -y también la vida; aunque no fuera ésta el objeto central de estudio de nuestro trabajo- de Ernst Jünger!

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

 

 

 NOTAS:

 

  • Ideas, éstas, vertidas en un escrito suyo titulado “La Tradición” y publicado, en 1.925, en la revista Die Standarte (“El Estandarte”), órgano de los excombatientes Stahlhelm (“Cascos de Acero”); la traducción al castellano es obra de Ángel Sobreviela.
  • “José Antonio y Evola”; constituye el capítulo X de nuestra obra “Reflexiones contra la modernidad”, editada por Ediciones Camzo. Se puede, igualmente, acceder al contenido del mismo en https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/27/jose-antonio-y-evola/

*Clan, gens, sippe o zadruga hacen referencia al mismo concepto pero referido, respectivamente, a las tradiciones celta, romana, germánica y eslava.

 

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Conferencia: “Julius Evola y el espíritu heroico”
agosto 17, 2018, 10:10 pm
Filed under: Eduard Alcántara, Espiritualidad, Julius Evola, Metafísica, Tradición

Adjuntamos el enlace a esta conferencia nuestra impartida hace algún tiempo, la cual fue filmada en vistas a unos encuentros celebrados en Guadalajara (Méjico):

https://drive.google.com/file/d/1eXt0LnLeimMPhp5IoWMAjc5qEB6li8I_/view?usp=sharing



audio conferencia. “Güelfos vs gibelinos: buscando las claves de la decadencia”

En el siguiente enlace se podrá descargar sin problemas (no hay que temer el aviso de virus) el audio de nuestra conferencia “Güelfos vs gibelinos: buscando las claves de la decadencia”:

https://drive.google.com/uc?id=1aTNcGOGC17BK50BaASi3tLJy02wcdBhP&export=download

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



LA (NO) ESPIRITUALIDAD EN LA SOCIEDAD ORWELLIANA

El dominio del hombre sobre las especies animales resulta tanto más sencillo cuanta más condición de rebaño sea connatural a una u otra especie. Los individuos que forman parte del rebaño no actúan, nunca, por sí solos …carecen de autonomía. El individuo es parangonable al átomo indistinto que forma la materia. Entre individuos o átomos no cabe la diferencia. Lo disímil puede no moverse en la misma dirección, en cambio en el seno de lo indiferenciado no cabe la autonomía, por lo que su manipulación resulta harto sencilla.

El hegemónico igualitarismo imperante en nuestras actuales sociedades ha sido posible gracias a un proceso de nivelación por lo bajo, ya que la nivelación por lo alto resulta imposible al no poder llegar todos nuestros congéneres a determinadas excelencias; ya sean éstas de carácter anímico-mental (valores, carácter, voluntad e intelecto) o ya sean éstas de una “naturaleza” superior que tiene que ver con ver con el plano del Espíritu y, más concretamente, con determinadas transformaciones interiores que responden, en un primer momento, al desapego de la persona con respecto a aquello que la aliena, aturde, somete, ata y esclaviza (la vida meramente fisiológico-vegetativo-pulsional e instintiva y el psiquismo henchido a la vez que aturdido por todo un torbellino pasional, emocional y sentimental sobredimensionado y, por ello, imposible de controlar y dominar) y, en un consecuente -y, en ocasiones, incluso paralelo- momento, estas transformaciones interiores responden a auténticos cambios ontológicos que ponen en contacto a la persona (y la hacen partícipe) con el plano sutil y metafísico de la realidad y que incluso la pueden hacer participar de lo que se halla en el origen -y más allá- de ese plano sutil de la realidad: el plano de lo Absoluto: el plano de lo totalmente Incondicionado. A este nivel de logros internos la manipulación de la persona resulta imposible, pues nada la puede condicionar al haberse situado -ontológicamente- más allá del plano de la contingencia: del plano de lo que cambia y es caduco. Una comunidad regida por este tipo de Hombres se vería irradiada por la Espiritualidad de esta élite rectora y los intereses de la misma ya no estarían centrados en lo vegetativo y mutable sino en lo Alto y Permanente. El materialismo no tendría cabida. Cada cual superaría las barreras antinaturales del ´igualitarismo de lo bajo´ (impuesto por obra y gracia de los “Inmortales Principios” emanados de la nefasta Revolución Francesa) según sus potencialidades espirituales y según la propia voluntad para ir despertándolas y actualizándolas (para que de potencia pasen a acto). Una comunidad marcada, pues, por las diferencias fruto de los logros internos es una comunidad en la que prima la diversidad, la diferencia y es, en definitiva, una comunidad jerarquizada de acuerdo a la consumación -por parte de cada uno de sus miembros- de los diferentes grados de conquista de esos planos metafísicos de la realidad. Una comunidad, de tal género, caracterizada por el principio de la diversidad -y no de la igualdad bovina- resulta imposible de manipular y adocenar. Por contra, una colectividad homogeneizada y anclada en lo bajo, de encefalograma plano y que responde a un único estímulo (el vegetativo) es fácilmente dirigible. Y lo es por dos motivos: en primer lugar porque al ser indistinto su componente humano sólo se necesita de una única estrategia para controlarla y en segundo lugar porque la existencia vermicular-vegetativa sólo precisa del suministro de dosis de estimulantes fisiológicos, de placebos o de analgésicos mentales para que su  discurrir larvario no sufra alteraciones de relieve.

Por contra, lo plural resulta difícil de manipular, pues requiere de diversas estrategias manipulativas (tantas como diferentes grados de transformación interior cada persona haya logrado en un determinado momento de su existencia). Pero claro, si esas transformaciones internas han sido, ya, dignas de consideración supondrán un cierto descondicionamiento con respecto a aquello que mediatiza al ser humano corriente y, por ello, en este estado de cosas el esclavizarlo -existencialmente- resultará empeño prácticamente vano.

Incluso aquellos congéneres no aptos para recorrer caminos interiores de transustanciación no verán (en el seno de comunidades Tradicionales regidas por una aristocracia sacral -de aristos, los mejores) sus existencias abocadas a un discurrir materialista, pues el prestigio y el aura que desprenderán los que han consumado en sí la Realeza interior (la Espiritual) actuarán como si de una especie de polo magnético se tratase que motivará a los más (los incapaces de recorrer caminos de transformación interior) el mirar siempre hacia lo Alto y el  enfocar la cotidianidad de sus existencias a fines que trasciendan lo contingente y apunten hacia lo Trascendente (aunque no puedan transmutar su “naturaleza” más esencial y actualizar lo sacro en su interior).

 

Allá por los años ´20 de la pasada centuria Julius Evola acuñó el término del ´autarca´ para referirse a aquél que no estaba condicionado por nadie ni por nada, a aquél que no vivía mediatizado por lo exterior a él, a aquél -hay que insistir en ello- que nunca podrá ser domeñado. Hablamos, en definitiva, de ese Hombre de la Tradición que es, por ende, persona y no individuo. Es persona en el seno de una comunidad diversa, orgánica y jerárquica y no es -contrariamente a lo que acontece en una actual sociedad con tantos tintes orwellianos- individuo indistinto a sus congéneres, amputado de su dimensión Superior y Trascendente, abocado a la más burda materialidad, sin más condición que una primaria y animalizada y de cuya suma con sus iguales (individuo más individuo) no se obtiene otro resultado que aquél de la ´masa´.

La masa responde al instinto gregario que no es otro que el del rebaño. Y al rebaño se lo manipula sin esfuerzo y se lo conduce al redil que se desee …el redil en el que se halla cautivo el hombre común de nuestros tiempos (pese a la ilusión, que se le ha inculcado, de creerse “libre”). El redil de ese mundo que en su novela “1.984” nos describe George Orwell. Un redil en el que nadie se plantea las injusticias, las contradicciones, las arbitrariedades, las mentiras del Establisment ni, claro está, la inconveniencia de su existencia y de su hegemonía. Los cantos de sirena del “maravilloso” igualitarismo, con cuya prédica se embauca al hombre vulgar propio de estos tiempos postmodernos, también contribuyen a tenerlo sumiso. Se le intenta contentar y, más aún, narcotizar a base del suministro constante y programador de construcciones abstractas (la “Igualdad” de natura entre los hombres, la “Libertad” -tan sólo formal y que, encima, no se cumple,…) que se han erigido en santo y seña del Sistema y que a lo único que lo conducen es a su más absoluta alienación y a la ignonimia más inimaginable. El hombre moderno del que nos hablan los grandes intérpretes de los textos Tradicionales Sapienciales y Perennes (como un Julius Evola o un René Guénon) no es otro que el que Orwell personifica, en la citada novela, en los ´proles´ y en los miembros ´externos´ del Partido Único (extrapolable a la partitocracia reinante). Más concretaríamos todavía y diríamos que estaríamos hablando, con total certeza, del ´hombre fugaz´ que nos describió Evola como propio del de la hegemonía del Quinto Estado. Ya no se trataría, pues, del propio al del Tercer Estado (el prototipo del burgués que triunfa, definitivamente, con la Revolución francesa) ni del propio al del Cuarto Estado (que viene ligado a la figura del proletario enaltecido por el marxismo) sino de un hombre que ya ha incluso dejado de lado la adhesión a cualquier principio e ideología (aun sido éstos nefastos), ha dejado de lado ninguna pretensión por mejorar o por cambiar la sociedad, ha dejado de lado ningún interés por “avanzar” por el camino del “progreso” en busca de un mundo de bienes de consumo ilimitados y al alcance de todos (pretensión del burgués) o en busca de un mundo libre de superestructuras “explotadoras” (la sociedad comunista ansiada por el marxismo) y en su lugar -este ´hombre fugaz´- sólo  muestra interés por el ´aquí y ahora´: por satisfacer sus necesidades más primarias, instintivas y materiales cuanto antes mejor y en la mayor cantidad posible. Las crisis económicas inherentes al sistema capitalista le provocan desazón al verse privado de lo bienes ansiados por su sed consumista pero el Gran Hermano descrito por Orwell buscará -y encuentra- sucedáneos y triviales y vacuos divertimentos para tapar su desazón …y para aquellos pocos rebeldes e inconformistas que no quieran seguir la llamada a la que acude sumiso el   rebaño el Gran Hermano le deparará control, vigilancia (la tecnología actual la facilita enormemente), prohibiciones y, si se requiere, represión (eso sí, enmascarada con alardes de “libertad de expresión” y de libertades de todo tipo).

Ese Gran Hermano es el que dicta a sus -recordando categorías utilizadas en “1.984”- miembros ´internos´ (los políticos de nuestras partitocracias), serviles y cómplices a la vez, las directrices  que deben poner en práctica para que la masa no rechiste y, en su condición de ´masa´, no reaccione ante estos procesos mundialistas de Globalización que estamos padeciendo y que no tienen otro cometido que el de acabar por homogeneizar, más aún si cabe, nuestro planeta hasta convertirlo en esa Aldea Global que no conozca más de diferencias, de identidades, de arraigo y de tradiciones propias y sea, así, pasto fácil del consumismo más extremo y de la explotación -fácil al rebaño- más descarnada. Ese Gran Hermano que se encarna y tiene sus tentáculos en esos organismos e instituciones mundialistas de la usurocracia por todos conocidos (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Consejo de Relaciones Exteriores, Club Bildeberg, Comisión Trilateral, agencias de rating, grandes corporaciones bancarias, trusts, holdings, grandes multinacionales,…) y que conspira por laminar al género humano con el fin de abocarlo a la condición de autómata y de reducir su existencia a una de carácter bovino.

 

Este es nuestro triste presente, pero ¿qué futuro planea ante nosotros?

No es fácil tarea el dirimirlo, pero si tenemos en mente que este mundo orwelliano, en el que la mayoría de nuestros congéneres se agitan sincopada y convulsamente, sólo está triunfando porque el materialismo se ha impuesto a la Espiritualidad de lo que se trataría, si no nos resignamos a la idea del triunfo total del modelo de “1.984” (que podemos asociar a lo que sobre la etapa más decadente del ya de por sí crepuscular kali-yuga o Edad de Hierro nos dejaron descrito, con mucha antelación, diversos textos y autores Tradicionales), deberíamos plantearnos cuáles podrían ser las herramientas más adecuadas para aspirar a provocar su derrumbe. Así, con Evola estamos de acuerdo en que no se le puede hacer frente descarnadamente porque su poder -político, económico, policial, “cultural”,…- es enorme y antes de que pudiésemos reaccionar ya nos habría aplastado inmisericordemente. La tesis del gran intérprete italiano de la Tradición alrededor de cómo plantearse la brega contra el Sistema (instrumento del mundo moderno) la podemos ver magistralmente descrita en su obra “Cabalgar el tigre” y nos habla de accionar persiguiendo el   conseguir poner de manifiesto y al descubierto las incoherencias,  contradicciones y tremendas injusticias del Establisment para ir, así, desprestigiándolo, poniéndolo en evidencia, desgastándolo y minándolo. Nos habla de actuar en su interior, aprovechándonos de sus instituciones, estructuras y organismos y de los vehículos y mecanismos por él autorizados o consentidos para ir dinamitándolo por dentro, para realizar una labor paciente y continuada de zapa que empiece a hacer temblar sus cimientos (“culturales” y políticos). Nos habla, en definitiva, de ir, de este modo, ´cabalgando el tigre´, y no enfrentándolo -en forma suicida- de cara, hasta que éste se agote y, entonces, podamos darle el tiro de gracia y finiquitarlo definitivamente. Quede, pues, bien diáfana la evidencia de que otra táctica, como la de afrontar al ´tigre´ de frente nos destrozaría, pues no hemos nunca de olvidar y dejar de tener bien presente la enorme y omnipresente fuerza (el poder) que el dicho ´tigre´ atesora en estos momentos.

 

¿Quiénes deberían encabezar esta lid contra el mundo moderno -más bien ya ´postmoderno´ del Quinto -Globalizado, mundialista y orwelliano- Estado?

Pues bien, si de lo que se trata es de reemplazar la tiranía demoplutocrática de la materia por el imperio del Espíritu no puede ser más que a través de una especie de Orden como esta lid metapolítica (y metafísica) puede tener algún viso de triunfar. La idea de Orden, tal como se concibe desde el punto de vista de la Tradición, presupone la conjunción de dos elementos: el de la acción y el de la Espiritualidad. La Orden se halla en la antípoda del partido político. En la Orden el hombre se forja interior y exteriormente. La persona forma parte de la Orden con la principal finalidad de transformarse interiormente -primero descondicionándose con relación a lo que ata hacia lo bajo y primario para después aspirar a elevarse a planos Superiores de la Realidad- e ir a la conquista del Espíritu dominando una materia cuya hegemonía se halla en la base del triunfo de esta deletérea postmodernidad orwelliana. Sólo el hombre de la Orden, que ha hecho del Espíritu su bandera, está en condiciones de representar una alternativa radical (de ´raíz´) a un Sistema cuya razón de ser y cuyo soporte no es más que el de un exacerbado y enfermizo crecimiento de la percepción y vivencia de lo material: el materialismo. El miembro de la Orden hace suya la ´vía de la acción´ …vía imprescindible si es que (además de una lucha interior que pretenda su propia Liberación Espiritual) se pretende afrontar la lucha exterior contra esta enorme anomalía que representa el mundo moderno.

El Hombre de la Orden deberá de erigirse en ese Hombre Superior incorruptible e ´inasequible al desaliento´ que tras cabalgar, incansable y metódicamente, el tigre pueda algún día, viendo extenuado al fiero animal, abatirlo, asestándole el golpe de gracia y abrir, así, paso a una nueva edad -cual si se tratase de un retorno a la Tradición Primordial y perenne-: a la Edad de Oro.

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



TOLKIEN BAJO EL PRISMA DE LA TRADICIÓN*

J.R.R. Tolkien sin duda fue de ese tipo de hombres a los que les hubiera encantado poder vivir en otro tipo de mundo diametralmente diferente del mundo que le tocó vivir. Aunque no abundan mucho uno de vez en cuando se encuentra con personas que se sienten -parafraseando a Julius Evola- como “exiliados en este mundo” pues no comulgan, en absoluto, con ninguno de sus valores o, por mejor decirlo, “antivalores”- hegemónicos y en nada comparten el modo existencial que le es propio al mismo. Sin duda a este tipo de hombres -a los que pertenecía Tolkien- son otros los valores y es otra la cosmovisión con la que se sienten identificados. Abogarían por haber vivido o por vivir en épocas enseñoreadas por el heroísmo, por la valentía, rebosante -como se decía en épocas álgidas de la historia de España- de “hombres esforzados” y disciplinados al servicio de su comunidad, de su regnum o de su imperium, de hombres que enarbolaban la divisa incuestionable de la fidelidad y en cuyo honor no cabía mácula alguna. De hombres de antaño que sabían reconocer la verdadera jerarquía y, así, servían, leal y abnegadamente de por vida, al mando que unía a sus cualidades rectoras su superioridad Espiritual. De hombres desprendidos, sin apegos materiales, de hombres de temple. De hombres con coraje y tenacidad. De hombres sabedores de que el mundo no se reducía a lo que podían captar sus sentidos …sabedores de que el mundo no se restringe a la materia sino que ésta debe subordinarse a lo Superior: a las fuerzas sutiles Suprasensibles que le dan vida y sentido y que, además -¡y no es poco!- se pueden activar y aprehender a través de esa alta magia sin la cual, por otro lado, no se puede llegar a comprender el universo conformado por la pluma de Tolkien …esa alta magia que se debe entender en su acepción genuina como ´ciencia sagrada operativa´. Esa magia que el Mundo de la Tradición sabía que sólo era posible hacer activar a través de la Iniciación o, lo que venía a ser lo mismo, de los Misterios que conoció el antiguo mundo greco-romano. Esa magia que tan solo estaba al alcance de unos pocos elegidos aptos, por sus férrea voluntad y por su potencialidad Espiritual, para transitar por el arduo, perseverante y metódico camino Iniciático. Esa magia que despertada por los héroes de acá -de aquí abajo- compenetraba el mundo terrenal con lo de Allá -con lo de Allí Arriba-. Esa magia, en definitiva, que sacralizaba el plano físico de la existencia y que pretendía no sólo la transformación del hombre en Héroe (la activación de la sacralidad que le es innata) sino también la ordenación y armonización del mundo en el que vivía a la manera -y como reflejo- de la armonía y equilibrio que le es propio al mundo sutil  Superior y Metafísico.

Estos “exiliados en este mundo”, tipo Tolkien, es el Mundo de la Tradición el que sienten como suyo. Es este Mundo Tradicional al que maestros como René Guénon y Julius Evola opusieron como antítesis irreconciliable, sin lugares comunes ni intersección posibles, el ´mundo moderno´ cuya manifestación y desarrollo máximo padecemos en estos nuestros tiempos terminales.

Los héroes del universo creado por Tolkien deben superar lacras propias del mundo moderno como la de la codicia propia y la ajena, dominando la propia en lo que la tradición irania denominó la ´Gran Guerra Santa´ y derrotando a la ajena en lo que calificó como la ´pequeña guerra santa´. El anillo puede conducir a la codicia, a la maldad y a la sed de domino material a aquellos seres innobles y perversos que lo posean pero también puede embrutecer a aquellos otros que sin ser malvados puedan no estar preparados para entrar en contacto con ese objeto mágico, tal cual acontecía en ese Ciclo, de origen céltico-hiperbóreo, del Grial. La sola contemplación del Grial cegaba a aquél que ignoraba todo cuanto estuviese relacionado con el mundo sutil, pues la luz Espiritual causa pavor e inseguridad incontrolable a quien no conoce más que el samsâra, más que el mundo del devenir, más que el mundo sensitivo …a aquél cuyos enormes condicionamientos y ataduras hacia el plano físico-psíquico (que le otorgan la ´seguridad del esclavo´) se ven peligrar ante el brillo incondicionado de los mundos Superiores. Para el no Iniciado en los misterios del macrocosmos no queda otro destino que el de ser fulminado -como si fuese alcanzado por un rayo- al instante de haber osado sentarse en ´el asiento peligroso´ de la mesa redonda de los caballeros del rey Arturo …de esos caballeros en los que vemos reflejados a la Compañía del Anillo tolkiniana.

Pero si, por contra a los efectos deletéreos que puede provocar la posesión del anillo, su portador es merecedor de él los efectos serán benéficos, como acontece en el ciclo griálico para el caballero Parsifal, que habiéndose transformado en su interior (metanoia) está preparado para recibir la luz del Mundo Metafísico, sea ésta la de los planos sutiles del mundo manifestado o incluso, más allá de éstos, la de la pura Iluminación que impregna al Despertado a la Realidad Inmanifestada, Eterna, Incondicionada que se halla en el origen del cosmos. A su vez se debe reseñar que la misma visión del Grial supone en sí una señal o símbolo de que el caballero que la ha experimentado es, ya, a su vez, un Héroe; es, a su vez, alguien que ha conquistado la Inmortalidad mediante la Espiritualización de su alma o, al menos, alguien que se halla en avanzado camino de ello.

Los poderes mágicos que otorga el Grial son parangonables a los que concede el anillo a los hombres nobles, a los ariya (los nacidos dos veces: los nacidos a la Realidad Superior y Sacra) de los que nos hablan los textos sagrados de la tradición indoaria. Gracias al Héroe este mundo físico se ve compenetrado por el mundo mágico (por el mundo nouménico, sutil). El Héroe es aquél que supera su mera condición humana finita y caduca para revestirse y penetrarse de una condición más-que-humana, sobrehumana …ha realizado en sí, pues, una transformación ontológica, incluso cuando los obstáculos para ello podían, a priori, resultar insuperables, tal como podía parecer para esos seres de vida plácida, calma, tranquila, aldeana, timorata, utilitaria y hasta aburguesada como lo son los hobbits de las obras de Tolkien …ese Frodo Bolson que deja su pequeño, seguro y cerrado mundo de La Comarca para ser uno más de entre (inter pares) los de la Compañía del Anillo y convertirse en Héroe. Aquí, pues, el mensaje de Tolkien resulta diáfano: no existen condicionamientos que le puedan resultar fatales al hombre si éste decide recorrer la vía …la via remotionis que libera al hombre de ataduras condicionantes, le pone en conocimiento del mundo sutil, le hace uno con él y con sus potencias e incluso le lleva más allá de éste y le hace uno con el Principio Supremo Incondicionado y Perenne. El hombre es, pues, libre para elegir el camino que lo condene (que condene a su alma) al ciclo de la generación, a la rueda del devenir, o, por contra, es libre para elegir el camino (el Dêva-yana: la ´vía de los dioses´) que lo puede conducir a su Liberación: a la Conquista de la Eternidad.

La certidumbre que arroja la Tradición acerca de la libertad ínsita del hombre no admite determinismos insuperables a la hora de concebir la posibilidad que atesora el ser humano de poder despertar la semilla divina que anida aletargada en su seno, pues ni los devenires históricos, ni los condicionantes sociales, ni una suerte de Destino Fatal, ni ningún tipo de divinidad -como, verbigracia, las de las Religiones del Libro-omnicompresiva y todopoderosa representan una barrera insalvable para poder optar por recorrer la vía de la transustanciación y del renacimiento interiores. Ni tampoco la dinámica de los ciclos cósmicos que desde una lejana Edad de Oro han desembocado al actual estado de postración en el que se arrastra el hombre representa, en estas sus etapas más deletéreas, un escollo infranqueable para no sólo consumar la palingénesis transformadora de la persona sino que tampoco representa un muro infranqueable para la Restauración del Orden Primordial que acaeció en la Edad Áurea. Echando, de entre otros, mano de Hesíodo (de su obra “Los días y los trabajos”) Julius Evola describió perfectamente los llamados Ciclos Heroicos en los que se había podido -y era posible en cualquier época- revertir los procesos de decadencia por los que se estaba atravesando y reconquistar la Tradición Primordial perdida. Es en este contexto y bajo esta idea heroica donde cabe enmarcar las gestas de la Compañía del Anillo que buscan la derrota de un Mal que parecía haberse adueñado irremisiblemente de las riendas del mundo.

La lucha entre el Bien y el Mal (éste simbolizado por los señores oscuros: Morgoth, Sauron) es la lucha metafísica entre las fuerzas anagógicas (que Elevan al hombre hacia lo Alto) y las fuerzas catagógicas (que lo arrastran hacia lo bajo). Es una lid que se inicia, para la Tradición (como reflejan sus textos Sacros y Sapienciales), con el declive de la Edad de Oro o Satya-yuga. Es el combate metafísico entablado entre -echando mano del tantrismo- sattvas (fuerzas sutiles Liberadoras) y tamas (fuerzas de naturaleza ínfera) …combate en el que se ven envueltos los hombres y los seres del universo de Tolkien.

La Tradición concibe la existencia como lucha …lucha interna por derrotar lo primario y turbulento que bestializa y aturde al hombre y lucha externa combatiendo a los esbirros del caos. La figura del guerrero es en la obra de Tolkien y en el saber de los textos sagrados de la Tradición la única que puede Restaurar el Orden Primigenio. Es el guerrero Espiritualizado -es el Héroe, con mayúsculas- el que inaugura un Ciclo Heroico de la mano de los Teseo -rey sacro de Atenas- o de los Ulises -rey sacro de Ítaca- y Restaura la Edad de Oro perdida. Son guerreros los integrantes de la Compañía del Anillo, pues es el guerrero el que conoce de la ´vía de la acción´ y es acción externa -la ´pequeña guerra santa´- pero también ´acción interna´ -la ´Gran Guerra Santa- lo que se necesita para derrotar a las huestes del Mal que amenazan con adueñarse del mundo  y para derrotar también a lo ínfero que nos intenta fijar a un tipo de existencia meramente animal, embrutecida y pulsional.

 

Los basamentos Tradicionales del universo construido por Tolkien son incuestionables. La mitología nórdica es una de sus fuentes de inspiración, pues en Tolkien se pueden rastrear influencias de los Eddas, como lo es en el mismo nombre del mago Gandalf o hasta la misma caracterización física de éste, que nos recuerda una de las encarnaciones de Odín: la de Vegtamr, por su larga barba blanca, su bastón de caminante o su sombrero de ala ancha. La Tierra Media en la que discurren los avatares de la obra de Tolkien está inspirada en el Mitgard -el mundo de los hombres- de la también mitología nórdica. Incluso parece ser que también del Kalevala finlandés (y de un objeto mágico que en éste aparece, el Sampo) toma inspiración nuestro autor a la hora de idear todo el poder y las consecuencias varias que rodean al Anillo Único.

No cabe, pues, ante todo lo enunciado, más que concluir que bajo el prisma de la Tradición el universo elaborado por J.R.R. Tolkien es un universo antagónico a este caótico, gregario, masificado, inorgánico, igualitarizante, anodino, utilitarista, pusilánime, materialista, infausto, ramplón, adocenado, resignado, desangelado, individualista y egoísta mundo moderno por una de cuyas fases más oscuras atravesamos. Es el del autor del Silmarillion, del Hobbit y de El señor de los anillos un mundo de Orden -a imagen del ordo y armonía cósmicas-, de jerarquía, de diferencia, de organicidad, de personalidad, de valentía, de honor, de fidelidad, de lealtad, de autosacrificio, de señores indómitos e inquebrantables y de magia y Espiritualidad …Es, por todo, el universo de Tolkien un universo de genuino corte Tradicional.

 

Eduard Alcántara

*Este trabajo nuestro es uno de los que forman parte del monográfico dedicado a Tolkien que fue  editado por Editorial EAS en la colección “Pensamientos & Perspectivas”: http://editorialeas.com/shop/pensamientos-perspectivas/tolkien-redescubriendo-el-lenguaje-del-mito-y-la-aventura/



PRÓLOGO A “RIVOLTA CONTRO IL MONDO MODERNO”
septiembre 25, 2017, 11:00 am
Filed under: Eduard Alcántara, Tradición

Una de las dos partes en las que se divide esta obra capital del gran intérprete italiano de la Tradición versa sobre el transcurrir de un determinado tipo humano desde los orígenes del actual ciclo humano (o, utilizando terminología cara al hinduismo, Manvantara) hasta nuestros tiempos más recientes. Se trata de una metafísica de los avatares protagonizados o sufridos por dicho tipo humano y no de un recorrido por sus aconteceres al dictado de las pautas formuladas por la llamada ciencia histórica. El fruto de este análisis metahistórico es la constatación de un proceso de caída que iría desde una Edad de plenitud Trascendente hasta otra, la actual, de congoja existencial, disolución total en el plano de lo material y rudo embrutecimiento. El maestro romano nos describe este proceso involutivo con una nitidez sin par …y lo hace a través de las doctrinas de la ‘regresión de las castas’ y de las Cuatro Edades desgranadas en la tradición indoaria y que tiene, especialmente en el caso de la segunda, equivalentes en textos como “Los trabajos y los días” del griego Hesíodo. Remitir a la lectura de “Rebelión contra el mundo moderno” es, sin duda, el mejor modo de apelar a la comprensión del porqué y el cómo de la involución hacia la presente animalización.

Evola nos habla de un tipo humano, al que en ocasiones denomina ‘hijos de los dioses’, que en illo tempore protagonizó una Edad de Oro (Satya-yuga, en términos del hinduismo) en la cual la experiencia del plano Superior de la existencia no representaba una meta a conquistar sino una realidad vivida de manera natural. Nos sitúa esos tiempos en un lugar situado en el septentrión de nuestro planeta, allá donde los diferentes textos sacros -a Oriente y Occidente- hablan de Thule, Hiperbórea, el Aryanem Vaejo, el Monte Mêru o la Isla Blanca. Se trataría de un enclave en el que, a diferencia de la crudeza climática actual, reinaría un clima templado, casi como el de una primavera continua, debido al hecho de estar conformado por unas tierras insulares que al estar rodeadas, como tales, por agua verían atemperadas sus temperaturas. Según clasificación de la ciencia geológica por aquel entonces se viviría en la era del pleistoceno o Edad Glacial. Sin embargo, según señala esa misma rama de la ciencia, en el seno de la Edad Glacial tuvo lugar un período interglacial en el cual las bajísimas temperaturas cedieron a otras más agradables. Incluso hay geólogos que ya hablan de la existencia no de uno sino de varios períodos interglaciales en el seno del pleistoceno. Pues bien, sería en ese interregno (o en uno de esos) –en ese ínterin- cuando debemos situar esa tierra, sede de un áureo existir, descrita por las diferentes tradiciones sapienciales.

La narración que en los primeros capítulos de la Segunda Parte de “Rivolta contro il mondo moderno” (“Rebelión…”, para nuestra edición en castellano) realiza el maestro italiano para situarnos en esa Edad de Oro y en su enclave geográfico se ve reforzada en su verosimilitud por los trabajos de otros autores interesados en esta temática. Así, podríamos destacar de forma especial el libro “El hogar ártico de los Vedas” (1.903) (1), del autor indio Bal Gangadhar Tilak, en el que un estudio pormenorizado de los Vedas indoarios y del Avesta iranio nos aboca a la certeza de que el Satya-yuga no pudo tener lugar en ningún otro lugar más que en las latitudes cercanas al Polo Norte, en esos enclaves que irían desde el Círculo Polar Ártico hasta el dicho Polo Norte; en parajes, pues, circumpolares. Tilak nos muestra los pasajes védicos y del Avesta, descriptivos de las condiciones astronómicas de la Edad Áurea, en los que se hace mención a esos días y esas noches que se prolongan, sin interrupción, por meses; lo cual es exclusivo del área circumpolar. O nos señala aquellos otros cantos védicos y avésticos en los que se describen fenómenos meteorológicos como los de las auroras boreales que sólo pueden ser vistos en aquellas latitudes septentrionales.

Julius Evola nos habla de una primera posible migración protagonizada por esos ‘hijos de los dioses’. Se trataría de una que tomaría la dirección sudeste, atravesando lo que hoy es Europa y adentrándose, con profundidad, en Asia. Después, aconteció una segunda migración, en dirección sur, hacia el norte de otra tierra rodeada de un halo mítico: la Atlántida; sabemos que autores clásicos como Platón o Plotino no dudaron de su existencia. Allá esas gentes hiperbóreas o boreales venidas del norte planetario establecieron una subsede de Thule, una prolongación del hogar áureo. Y desde ella protagonizarían desplazamientos tanto hacia el oeste (tierras americanas) como hacia el este, arribando, en este caso, a la fachada occidental de Europa y siendo, con posterioridad, los autores del megalitismo. El maestro romano concreta en los míticos Tuatha de Dannan -los también denominados ‘helenos del paleolítico’- a algunos de los protagonistas de esta migración; los textos celtas hablan de ellos como de huestes solares: como de seres divinos. Estos pueblos de origen noratlantídeo serían el Cromagnon u Hombre de Aurignac descrito por la ciencia antropológica; ciencia que ignora su origen áureo y pretende situarlo  como el resultado de un fantasioso proceso evolutivo que le haría descender de homínidos con los que, en realidad, ninguna relación de parentesco tiene.

Estos pueblos de procedencia noratlantídea serían también los autores de las pinturas rupestres encontradas en la mencionada fachada atlántica de Europa, en la que primeramente pusieron sus pies: Lascaux y Altamira serían dos ejemplos significativos de ello. A diferencia de lo afirmado por la historiografía oficial no viven en cavernas sino que en ellas se introducen para realizar ritos de carácter Iniciático: ritos de transustanciación interna que transporten al yo hacia el Ser, hacia el Principio Primero inmutable y eterno (2); similar finalidad, p. ej., tendrían los dólmenes.

Y si en su emigración, desde el Norte de la Atlántida, hacia tierras americanas originaron ciclos solares (3) en su camino desde la fachada atlántica de Europa hacia el este los hallamos en el origen de otra civilización de espiritualidad originariamente solar: la egipcia; que, de hecho, es bastante anterior, al igual que sus monumentos más emblemáticos y significativos  -como las mismas pirámides- de lo cifrado por la historia oficial. Un recorrido, éste, que abarcó tanto la ribera sur de Europa como la norte de África y cuya direccionalidad oeste-este queda hasta corroborada científicamente por el análisis realizado con Carbono 14 sobre los conjuntos y restos megalíticos situados en ambas orillas del Mar Meditérraneo, pues cada conjunto situado más al oeste presenta una antigüedad de unos 40 años más que los restos hallados algo más al este de aquél; esto demuestra un movimiento prácticamente cíclico de esos pueblos noratlantídeos en su desplazamiento hacia oriente. Desplazamiento que les hizo adentrarse en tierras asiáticas y que estaría en la base de culturas como la tibetana de los Bon y los Dropa, en la cual, aparte de elementos propios de la preexistente cultura mongoloide también se han rastreado otros consustanciales a un tipo de espiritualidad solar, olímpica y viril como la que tiene su origen en sede ártica. Desplazamiento que más que probablemente debemos ver dejado su sello en China y en textos sapienciales como el I Ching (del que con posterioridad hay que rastrear su impronta en el taoísmo formulado por Lao Tsé en su Tao-tê-king). Y desplazamiento que debe guardar relación directa con la existencia del pueblo ainu en Japón; recordemos que la inmigración mongoloide a tierras niponas aconteció en un período posterior y relativamente reciente: hacia el inicio de la era cristiana -hace, pues, aproximadamente unos 2.000 años.

El mito y las tradiciones y textos sacros nos hablan de un cataclismo, en forma de inhóspita glaciación, que asoló de manera especialmente cruda las latitudes septentrionales de la Tierra. Se trataría del final del benigno -climáticamente hablando- período interglacial propio del geológico pleistoceno. Dichos textos correlacionan -y hacen derivar- esa catástrofe con una caída espiritual de nivel que se habría, pues, reflejado, exteriormente, en la irrupción de esas terribles heladas (4). Como consecuencia de ellas los hombres boreales hubieron de abandonar su hogar circumpolar y desplazarse hacia el sur, estableciéndose en tierras del norte de Europa y, posteriormente (una vez ya finiquitado el pleistoceno y, por tanto, discurriendo el holoceno -la etapa geológica postglacial por la que, a día de hoy, seguimos transitando) descendiendo hacia el centro de la Península Escandinava, dando, entonces, origen al urheimat -o lugar originario- indoeuropeo (5). A partir de este momento ya sí se puede hablar de este tronco antropológico y de su correspondiente lengua (el indoeuropeo originario). Este pueblo se desplaza algo más hacia el sur de la actual Suecia dando forma, ya en el llamado Neolítico, a la cultura de Ertebolle-Ellenberck, que es considerada como la vagina gentum de los pueblos indoeuropeos, esto es, la cultura y el enclave a partir de los cuales estos pueblos se irán diversificando y desplazando hacia destinos geográficos diversos. Así, también hacia el sur de la actual Suecia florecería la ‘cultura de los vasos de embudo’, para posteriormente, continuando con estos flujos de poblaciones indoeuropeas, constituirse -hacia zonas no alejadas del Mar del Norte y, sobre todo, del mar Báltico- la ‘cultura de los vasos globulares’ y, tras ésta, la de la ‘cerámica cordada’; también conocida como la del ‘hacha de doble filo’. Siguiendo, desde su original enclave escandinavo, esa diagonal de la que nos habla Evola llegan a tierras de la actual Ucrania y, aquí, aparece la ‘cultura de los Kurganes’ o de los ‘túmulos’ (por ser en lo alto de éstos donde se depositaban en urnas las cenizas de los fallecidos) (6). Posteriormente arribarán donde hoy en día se halla Irán y se constituirá la cultura irania, de cuya concepción del Hecho Trascendente representa insuperable testimonio su libro sagrado: el Avesta; del cual ya mencionamos su descripción estacional, fenomenológica y/o climática del hogar en el que se vivió la Edad de Oro y que no pudo ser otro que el polar y circumpolar de nuestro planeta …certidumbre que también se corrobora en los Vedas de esa India que igualmente alcanzaron después las gentes indoeuropeas; o, ya allí, indoarias.

El por algunos denominado como ‘el último gibelino’ -Evola- nos sigue explicando que desde aquellas tierras del norte de Europa, desde las que tuvo lugar este movimiento migratorio en diagonal que llega hasta la India, también acaeció, con posterioridad, un segundo flujo en dirección norte-sur encarnado en los aqueos y dorios que encontramos en los orígenes de la civilización griega o en los latinos que fundaron Roma. Asimismo nos habla de que, desde ese emplazamiento del norte europeo, aconteció, bastante después, la tercera y última emigración, también en sentido norte-sur, que sería la de los pueblos germánicos que acabaron, a partir del s. V d. C., invadiendo el Imperio Romano occidental: visigodos, francos, ostrogodos, lombardos, vándalos, suevos,… Nos señala Evola que debido a su lejanía temporal con la Edad de Oro hiperbórea cuando estos últimos pueblos emprenden su recorrido norte-sur lo hacen ya profesando formas religiosas que, aunque son el reflejo de la originaria sabiduría y espiritualidad solar, se hallan prácticamente, en sus ritos, vaciadas de poder operativo transformador y representan sólo un eco lejano de la Edad Primordial. Es por tal motivo por el que el abandono de sus creencias politeístas y su conversión al cristianismo no resultarán especialmente problemáticos.

El gran intérprete italiano de la Tradición también se ocupa de explicarnos los orígenes de otros pueblos y/o razas. Y así sitúa, retrotrayéndonos en el tiempo, en la, aproximadamente, mitad sur de la Atlántida a poblaciones fínico-mongoloides, cuyas emigraciones posteriores se esparcieron por tierras asiáticas, por islas de Oceanía y por todas las latitudes de América; si no, en este último continente, directamente desde la Atlántida sí a través, desde Asia, de un congelado Estrecho de Bering.

Julius Evola igualmente nos narra cómo aquellas gentes noratlantídeas que se habían constituido en subsede de la solar Hiperbórea empiezan también a decaer interiormente y, tras sucesivos procesos involutivos, acaban profesando formas meramente religiosas (y no vías interiores de realización espiritual), sacerdotales, lunares y devocionales. Acaban posicionándose pasivamente ante el Hecho Trascendente y se abocan hacia el matriarcado y la ginecocracia. Se amputa la posibilidad de despertar el Principio Supremo Sacro que anida en el interior del hombre y de hacerse uno con lo Superior y Eterno. Esta caída interna les aboca a mezclarse con las razas fínico-mongoloides sudatlantídeas y a acentuar todavía más su alejamiento de un tipo de Espiritualidad Solar y Olímpica (7). Del resultado de esta hibridación surgen, por un lado, pueblos como los pelásgicos, de cultos telúricos o ‘ctonios’ (siguiendo léxico evoliano), que arribaron a las costas meridionales de Europa y a las septentrionales de África y, surgen, por otro lado, los pueblos semitas. Tal como aconteció con el fin traumático del hogar boreal de la Edad Primordial el maestro romano también percibe el cataclismo que supuso la desaparición de la Atlántida bajo las aguas como la consecuencia externa de esta total debacle interna.

En definitiva, el maestro transalpino, de acuerdo a su vocación shatriya o guerrera, no se conforma con transmitirnos una certera y pormenorizada composición de lugar acerca de lo que se debe entender por Tradición y las formas que, en diferentes épocas y lugares, ésta adquirió. Tampoco se conforma con explicarnos cómo desde unos orígenes sacros los ‘hijos de los dioses’ han sucumbido y se han enfangado en los lodazales del mundo moderno. Sino que hace votos para que tras la lectura de este libro capital los haya quienes se decidan a emprender una “rivolta contro il mondo moderno”. Pretende que los descendientes de aquellos que en la Tierra hiperbórea Primordial vivían la Espiritualidad con absoluta normalidad o eran, tras un primer descenso de nivel, capaces de reavivarla protagonicen, tal como concibió Hesíodo, un Ciclo Heroico y restauren el Orden Tradicional perdido. Pues la semilla de lo Trascendente, Perenne y Sacro sigue anidando, por muy aletargada que se halle, en el interior del hombre de ancestral linaje áureo. Si aquel Hombre Boreal, su descendiente noratlantídeo y los herederos de ambos -tal como del boreal fue el hombre indoeuropeo- tuvieron la certeza de ser ‘hijos de los dioses’ y su luz existencial fue la luz de lo Alto Evola bregó con sus libros y su vida para que los últimos vástagos de aquellos Hombres luminosos de antaño lucharan en pos de su Despertar interior y de la Restauración de la Tradición perdida.

 

 

NOTAS:

(1) La editorial Retorno tuvo a bien publicarlo en castellano hace pocos años, introducido por un prólogo, a cargo de los editores, de un interés excepcional.

(2) En el Medievo, como botón de muestra, podemos encontrar ritos similares cuando los Iniciados templarios se aislaban en la oscuridad de un receptáculo situado bajo el techo de sus monasterios, con el objeto de descondicionarse al amparo de la soledad del pequeño habitáculo (‘bajada a los infiernos’ o proceso de ‘ennegrecimiento’ y ‘putrefacción’ según la tradición hermético-alquímica; el nigredo u ‘obra al negro’). Se trataba de eliminar escorias psíquicas y de domeñar impulsos descontrolados, pasiones desaforadas, sentimientos exacerbados, pulsiones y submundo inconsciente y subconsciente.

(3) Rastreables en el “blanco y solar” Quetzalcoatl y en el linaje, emparentado con él, de los toltecas o tultecas (con el recuerdo de Tula o Thule). Y rastreables, asimismo, en el Viracocha andino o entre los fundadores de los incas y los aztecas (o “aztlantecas”, de Aztlan o ‘Isla Blanca’) de los que se habla en sus mitos.

(4) Tal vez podríamos calibrar la naturaleza de esa caída espiritual en el paso desde una original capacidad para vivir la Trascendencia en el plano ordinario de conciencia hasta la pérdida de ese estado natural de ser uno con lo Alto. Sucediendo, por tal motivo, que tras este descenso el plano Metafísico de la realidad ahora sólo podrá ser apercibido y conquistado a través de la Iniciación y, especialmente, en ‘un tipo de hombre diferenciado’ (utilizando expresión evoliana) que se acabará constituyendo en la primera casta o estamento de un orden que todavía hemos de considerar Tradicional, pues esta primera casta sacro-dirigente impregnará con su Espiritualidad al resto del cuerpo social.

(5) El germano-holandés Herman Wirth, gran estudioso multidisciplinar, descubrió inscripciones rúnicas en latitudes situadas más al norte incluso de la zona central escandinava donde se ubica la zona de gestación del pueblo indoeuropeo, tendiendo, así aún más si cabe, un mayor número de puentes entre la urheimat de este pueblo y el origen circumpolar del que proceden los antepasados del mismo.

(6) La antropóloga lituana Marija Gimbutas estableció, erróneamente, esta ‘cultura de los kurganes’ como la de la patria originaria del mundo indoeuropeo; obviando todo el recorrido anterior protagonizado por estas gentes.

(7) Evola habla incluso de otro enigmático continente, Lemuria, situado hacia latitudes al sur de la Tierra en la que también habitarían razas mongoloides y negroides.

 

Eduard Alcántara



Prólogo a “Incorrectus, análisis y crítica de la posmodernidad”
agosto 30, 2017, 3:07 pm
Filed under: Ética y valores, Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara, Metapolítica

Hace un tiempo se nos invitó a redactar el prólogo del libro “Incorrectus: análisis y crítica de la posmodernidad” (http://www.aureacatena.cl/libros/incorrectus.html), escrito por Guillermo Sepúlveda Castro y Walter Bilbao Vilches. Así, gustosamente, lo hicimos. Helo aquí:

 Prólogo a “Incorrectus, análisis y crítica de la posmodernidad”

Cuando tantos disconformes con los tiempos que, hasta hace apenas varias décadas, corrían nos hacíamos cruces ante la hegemonía política, social, económica y “cultural” que evidenciaban las diferentes corrientes político-ideológicas de corte y esencia materialista difícilmente nos podríamos haber pensado que la involución hacia formas incluso más deletéreas todavía estaba por dar un salto más que significativo en una suerte de descenso aún más vertiginoso hacia el abismo. Lo cierto, es que la realidad ha superado los peores augurios de ese tugurio que es el mundo moderno. Las grandes doctrinas sapienciales de la Tradición ya habían hablado de un tiempo por venir (kali yuga lo llamaron los textos sagrados del hinduismo, Edad de Hierro lo denominó Hesíodo) en el que se vivirían los mayores desajustes, los más grandes desequilibrios, las disoluciones más absolutas y las degradaciones mayores inimaginables. Habían hablado de un tiempo en el que el demon de la economía llevaría la batuta rectora y en el que el materialismo más burdo se enseñorearía de todos los aspectos de la vida y de la mente de las gentes. De un tiempo en el que la versión más primaria, bestializada, primitiva y animalesca del hombre tomaría cuerpo. Creíamos haber tocado, por aquel entonces, fondo. El predominio total de los dos principales rostros del materialismo socio-político y económico no dejaba lugar a ningún tipo de alternativa real e integral. Aquel status quo suponía el triunfo y el asentamiento de lo que la interpretación Tradicional de la historia del hombre había calificado como el Tercer y el Cuarto Estado, esto es, el de la burguesía y el del proletario, respectivamente. O lo que viene a ser lo mismo, el del liberal capitalismo y el del marxismo. Fuese en el plano político, fuese en el económico o fuese en el cultural uno u otro rostro se habían erigido en los mandamases tiránicos. Aquel Primer Estado que unía a su función dirigente y política su otra función sacra hacía mucho que había dejado de ser el rector de sociedades Tradicionales, por ello periclitadas. El Segundo Estado, que correspondía a la función exclusivamente guerrera, tampoco contaba en nada. El Tercero y el Cuarto anteponían la economía a cualquier criterio (fuese el Trascendente o fuese el propio de los milites) y sus dirigentes y acólitos bregaban por su consumación ideal: pugnaban por la consecución, unos, de una sociedad con abundancia de bienes de consumo (por lo ilimitado de la riqueza material) y luchaban, los otros, por el establecimiento del “paraíso” terrenal de una sociedad (el comunismo en estado puro) en la que el proletariado hubiese acabado con la existencia del resto de clase sociales y en la que ya no existiesen más vestigios de lo que el marxismo denomina superestructuras (Estado, ejército, religión,…) Disolventes ideologías, ambas, pero que todavía contaban con gentes a las que les ilusionaba un futuro en el que sus utopías se hicieran realidad; aun cuando ese futuro no les viera vivos a ellos. Todavía existía un punto de sacrificarse por otros; por aquellos que disfrutarían de esa arcadia de tiempos por venir: fuesen sus hijos, sus nietos o la humanidad en general.

Pues bien, lo que hace varias décadas suponía para nosotros haber tocado fondo resultó ser, con el paso de los años, el penúltimo peldaño de esa escalera involutiva. El mundo moderno todavía podía degradarse más. Y así pasó. De la modernidad se fue entrando en la postmodernidad. Todavía había que esperar la irrupción demoledora de un Quinto Estado con el que los autores Tradicionalistas, excepto uno, no habían contado. Hubo, pues, uno, el italiano Julius Evola, que nos explicó que tras la hegemonía, en momentos diversos, de alguna de las cuatro castas o estamentos del Mundo Tradicional (aristos sacro-dirigentes, guerreros, artesanos-comerciantes o burguesía y mano de obra) les llegaría el turno a los sin casta. Les llegaría el turno a aquellos que tras deshonrar los principios y los valores de su casta habían sido expulsados de ella y se habían convertido en los sin casta, los descastados, los sin ley ni tradición propia. Les llegaría el turno a los parias. Con ello el Quinto Estado y la postmodernidad daría una vuelta más de tuerca a la asfixia insufrible de la humanidad.

Ahora ya no se estaría dispuesto a luchar por los demás, por el futuro, por el porvenir de los congéneres. Bregar por la soñada sociedad de bienes ilimitados de consumo o por la consumación del “paraíso” comunista pasaba a formar parte del baúl de los recuerdos. En vez el mundo postmoderno empezaba a conocer del hombre del “aquí y ahora”. Del individuo que sólo quiere vivir el momento con el objeto de darle inmediata satisfacción. Del que lo que quiere y desea lo quiere y desea ya, al momento. Lo demás y los demás poco, o nada, le importan. Del individuo que si consigue lo que, voluptuosamente, ansía, se cansa enseguida de ello y se agita, acto seguido, por obtener algo diferente o por conseguir más de lo que obtuvo la vez anterior. Del individuo cambiante, fluctuante, efímero. Del homo vulgaris al que Evola definió como el hombre fugaz.

Es de este desnortado mundo postmoderno y de este hombre fugaz de los que a lo largo de las páginas de este libro se ocupan con especial agudeza sus dos autores: Guillermo Sepúlveda Castro y Walter Bilbao Vilches. Los desentrañan con una intuición digna de encomio. Y lo hacen desde el sólido bagaje intelectual que demuestran y desde la atalaya que les da el poseer una bien edificada visión del mundo y de la existencia. Una cosmovisión que se erige alrededor de una concepción Trascendente de la existencia y de unos valores que se mueven el torno al heroísmo, al espíritu de servicio, al sentido del esfuerzo o a la valoración de lo comunitario. De lo cual se deriva un rechazo a cualquier forma de materialismo, de individualismo, de livianidad, de superficialidad, de hedonismo o de explotación del hombre por el hombre. No cabe, pues, para nuestros dos autores, lugar para la demoplutocracia, el marxismo o el anarquismo. No hay sitio, para ellos, en el que tengan cabida el igualitarismo defenestrador de las excelencias de los más aptos y voluntariosos o la infatuación democrática que tiene en él su sustento. Demolen, con brillantez y argumentario irrebatible, estos falsos mitos, las entelequias usurpadoras, el Discurso de Valores Dominante y todos los lugares comunes en los que se asienta el Establishment y en cuyo cáustico magma ha brotado esta anomalía terminal de la postmodernidad.

Tratamos con una obra que combina reflexiones de mucho calado, en las que no trasluce ningún ápice de dilettantismo ni adorno retórico superfluo, con análisis de hechos concretos, de problemáticas candentes, de sucesos y de noticias de actualidad que atraerán tanto al lector reflexivo como a ese otro de talante no dado tanto a la introspección.

Nuestros autores no se limitan a realizar un brillante análisis y una consecuente crítica a las muchas taras de la postmodernidad ni a sus anormalidades estructurales, sino que también proponen, a cada tara y a cada anormalidad, una alternativa sólida. Concebimos la Tradición como la antítesis del mundo moderno y esto es el resultado de la pérdida de aquélla. Tanto las críticas vertidas en esta obra -la radiografía que del mundo moderno se hace- como las alternativas propuestas responden totalmente a nuestra manera de concebir y entender la vida y la existencia; la manera acorde con los parámetros propios al Mundo Tradicional.

Vamos a proceder, a modo más que ilustrativo y significativo, a reproducir algunos de los muchos asertos expuestos en el presente libro y lo vamos a hacer tanto al respecto de críticas vertidas como de alternativas raigales propuestas.

Así, se nos habla de que la postmodernidad reemplaza los verdaderos Derechos Humanos (derecho a la vivienda, a una vida sana y próspera) por caprichos de una burguesía hedonista y egoísta (derecho al matrimonio homosexual; derecho al aborto; derecho a la libertad empresarial, etc.).

O, acerca de la fragilidad en las relaciones de pareja en el seno de la familia, se denuncia la incapacidad de sufrimiento” (de resistencia ante las problemáticas de la vida).

Igualmente se critica que no se han fomentado más que libertades y derechos, una verdadera cultura del “eterno niñito irresponsable“. (1)

Se reflexiona acerca de que el modelo de “persona” postmoderna se rige bajo la mecánica Ley del Mínimo Esfuerzo.

La ausencia de espíritu de sacrificio conlleva a la molicie y a la aparición de un tipo de hombre que responde al modelo del hippie liberal hedonistaasociado a la consigna progresista de la vida es lo que puedes disfrutar y a la postura de ser exigentes con el otro, pero jamás consigo mismo.

Ante lo cual se propone fortalecer el sacrificarse por el otro, con lo cual se hace frente al egoísmo, al hedonismo y a esa “vida muelle” inherentes al hombre contrahecho de estos tiempos terminales.

Del mismo modo se nos presenta un arquetipo opuesto a esta “persona” postmoderna inmadura, y por ende, frágil y con pilares poco sustentables que, como se señala en otro capítulo, debido a su vacuidad interior yace en su personalidad, deseos de ser vistos y vanagloriados; fruto de su superficialidadEse opuesto arquetipo sería el del guerrero, al cual le son innatos valores como el espíritu de entrega y sacrificio; buenos antídotos, éstos, ante tanta indolencia y tan poca actitud para superar contratiempos que la vida depara. Asimismo se nos presenta este arquetipo del “shatriya” (echamos mano del término propio de la tradición hindú) como el que debería bregar por hacer suyo el hombre si es que, en otro orden de cosas, se quiere evitar esta proliferación espectacular de casos de lo que Julius Evola vino a denominar “el tercer sexo”, esto es, de homosexualidad, sea masculina o femenina …y es que los opuestos se atraen y si no existe una polaridad bien definida esta atracción entre sexos opuestos languidece y propicia las derivas hacia la homosexualidad. La dulzura de la fémina se debe complementar con la virilidad representada por la figura del guerrero. Así, se reclama en nuestro libro objeto de este estudio preliminar: Devolvámosle esa admiración a las mujeres por guerreros. 

Es esta ausencia de educación basada en la autosuperación y el espíritu de sacrificio la que se halla en la explicación de cierta evidencia puesta en solfa en esta obra: No es extraño ver tanto homosexual en las juventudes de las derechas o en las marchas de las izquierdas …y es que una formación laxa en la infancia y en la adolescencia, sin ningún esfuerzo viril  puede conllevar a estos resultados.

En estas páginas, en relación directa con el arquetipo del guerrero, también aparece el del Héroe. Si al infante, al púber y al adolescente se le presenta éste como modelo en el que fijarse y espejo en el que reflejarse, y no el afeminado presentador de programas de “entertainment”, sin duda se reducirán sobremanera los casos de aparición del “tercer sexo”. Pero, por desgracia, tal como denuncia uno de nuestros autores, prevalece la denigración a los Héroes Históricos, la cual manifiesta sociológicamente un no querer ser como ellos. (2)

Hemos hablado párrafos arriba de ese “hombre fugaz” característico de la era postmoderna y no son pocos los trazos que en este libro lo describen. Podemos leer que vivimos en una Sociedad construida en base a una cultura del “querer todo lo que quiero”. O también recordar una cita ya señalada con anterioridad: La vida, según la consigna progresista, es lo que “puedes disfrutar”. O esta otra que denuncia  …el disfrute “presentista”, efímero, por sobre la durabilidad, sostenibilidad y permanencia del gusto. Por sobre la pieza musical clásica duradera, el cortometraje, el “clip” de vídeo y la pastilla energizante “de efecto inmediato.”  

El “hombre fugaz”, cambiante, desasosegado en un loco buscar sin rumbo, fruto de su propia agitación, es fruto de los tiempos terminales de esta Civilización del Devenir, del cambio constante, de la inestabilidad. Frente a la cual cabe alzar las Civilizaciones del Ser, las Tradicionales, las de la Estabilidad, las que buscan ser impregnadas por lo Eterno e Inmutable. El “hombre fugaz” vive arrastrado por esa velocidad del Mundo Posmoderno, identificado como Progresista, que es claramente una causa directa a la gran parte de nuestras angustias internas. Angustias internas que en buena parte son el resultado de esa sed, de esa ansia de posesión que aboca, según afirman doctrinas como la budista, al sufrimiento.

 

La postmodernidad viene marcada -en lo socioeconómico, en lo cultural y aun en lo político- por la globalización y el mundialismo. Frente a éstos hay que alzar la bandera de la identidad y, por ello, de la pluma de los autores de esta obra se puede leer que (…) nos referimos aquí a conceptos como la memoria, la herencia cultural, los rasgos identitarios, y tantas otras características que en medio de la Globalización y la Postmodernidad se niegan.  O, se puede igualmente leer, que en su ensayo, “Cómo se ha roto el lazo social”, el pensador francés Alain de Benoist critica el individualismo y defiende las nociones identitarias, según las cuales el individuo es parte de su grupo social, de su clan, de su tribu y es allí donde encuentra su razón de ser. Asimismo leemos que la resistencia orgánica a no querer ser “aculturalizados” y vaciados de toda identidad, se vuelve grito de guerra.

Ante las desvertebraciones sociales (que están llegando ahora a su paroxismo) provocadas, hace un par de siglos, por la irrupción del capitalismo y del liberalismo y ante sus nefastas consecuencias (como la de tratar al hombre -vaciado de identidad, de referentes, de vínculos y de tradición- como si de átomo intercambiable por otro se tratase: génesis del individualismo) nuestros autores oponen una sociedad estructurada, vertebrada y orgánica en la cual toda una serie de vínculos familiares, gremiales, comunales,… deben hacer del hombre una pieza insustituible, única e irrepetible del entramado social. Por ello -repitiendo una cita ya aparecida-  afirman que el individuo es parte de su grupo social, de su clan, de su tribu y es allí donde encuentra su razón de ser. O hablan -también volvemos a reproducir- de la resistencia orgánica a no querer ser “aculturizados”. O señalan que entre más involucrado se encuentre el ciudadano orgánico con su barrio y comuna, su destino será igual al de su comunidad y sus necesidades dejarán de ser “siutiquerías” para ser obra social. Al igual que postulan por la constitución de cuerpos sociales intermedios, donde estén representados todos los oficios (competencias y habilidades).

 

Frente a la infatuación de la democracia y a su basamento en el igualitarismo homogeneizante, que cercena las aptitudes superiores, y frente a su inherente dogmatismo se apela al principio jerárquico y diferenciador: es necesaria una estructura dotada de la debida jerarquía, donde las funciones estén claramente asignadas. Y se denuncia el hecho evidente de que tras toda una defensa de la Democracia, se encuentren más garabatos que argumentos, pues la consagración, a nivel de dogma religioso, de sus “inmortales principios” no representa más que el propósito de otorgarle esencia a lo que no es más que un soufflé; a lo que no es más que algo así como un globo inflado.

…Y es que debe ser rebatido el manido recurrente lugar según el cual los conceptos de “democracia” y “libertad” resultarían ser algo así como sinónimos que se implican el uno al otro, pues, para nosotros la verdadera libertad se halla irreductiblemente enfrentada a la democracia, ya que el concepto democrático de libertad tan solo conoce de las “libertades formales” y éstas no revisten más que un carácter externo y, por tanto, accesorio; libertades que, por otro lado, no se respetan para los que disienten integralmente de los dogmas y de las realidades del Establishment.

La libertad verdadera es la que ha sido culminada por el hombre que se ha deshecho de las cadenas que representa ese magma interior convulso de pasiones, de emociones embriagadoras, de sentimientos exacerbados, de instintos primarios y de bajas pulsiones que lo aturden, obnubilan, alteran, ciegan y lo mantienen en constante estado de agitación. Hablamos de la libertad interior y en los mismos términos lo entienden nuestros dos autores cuando uno de ellos escribe que el hombre es libre “hacia afuera”, predica la consigna post-moderna, pero es esclavo “hacia adentro”. O cuando les leemos el que esta máquina biológica llamada individuo es libre de operar como el esclavo que es internamente, ya que niega el alma. Pero al negarla hace suya su peor esclavitud habida en la Historia humana: la de sí mismo. O cuando, en otro lugar, concluyen que será obligatorio apelar a un cambio dentro de sí mismos. Un ‘hombre nuevo’ se precisa, pues. Un ‘hombre nuevo’ que haga suyos los valores del honor, el pundonor, el heroísmo, la valentía, el tesón, la camaradería, la fidelidad, la lealtad y el espíritu de servicio, entrega y sacrificio. Un ‘hombre nuevo’ no amputado de su componente Trascendente …una componente que debe impregnar la vida del todo social. En esta línea se nos dice que  la  “construcción social de la realidad”, que alguna vez propugnaron P. Berger y Th. Luckmann, debe ser desarrollada en el contexto histórico de una constante superación espiritual y no una perenne lucha de clases” (R. de la Cierva). Y referentes históricos para construirla no faltan pues a diferencia de los colonos ingleses que poblaron Norteamérica, los conquistadores españoles eran fieles defensores de tradiciones religiosas que, en su esencia, se oponían a los modernos principios del liberalismo, que ya se empezaban a manifestar con todo su vigor en los albores de nuestra Independencia.

 

Pensamos, para acabar, que las citas que hemos seleccionado son harto significativas de todo el universo en el que se mueven nuestros dos autores. Es tanta la sintonía, en maneras de concebir la vida y la existencia y de encarar los muchos rotos inherentes a la postmodernidad, en la que se hallan Guillermo Sepúlveda Castro y Walter Bilbao Vilches que, en ocasiones, al presentar algunas citas suyas de esta obra lo hemos hecho en plural y no especificando quién es el concreto autor de cada una de ellas.

 

 

NOTAS:

  1. En relación con esta problemática se puede consultar el capítulo XVIII de nuestro libro “Reflexiones contra la modernidad”, titulado “El infantilismo, denominador común de nuestros tiempos”. También se puede leer en https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/el-infantilismo-denominador-comun-de-nuestros-tiempos/

 

  1. En este orden de ideas estuvimos reflexionado, en su día, en nuestros dos artículos “Virilidad y homosexualidad”:

https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/05/virilidad-y-homosexualidad/
https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/05/virilidad-y-homosexualidad-ii/

 

 

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com