Julius Evola. Septentrionis Lux


“EL QUIJOTE” Y CERVANTES

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EL QUIJOTE” Y CERVANTES

 

Yerra quien sostenga que es ridiculizar el idealismo de los caballeros andantes lo que D. Miguel de Cervantes pretende al escribir “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”. Sencillamente quiso transmitirnos que ese arquetipo y los valores que lo definían parecían haber entrado en desuso (para la forma de entender la vida del autor de El Quijote habían entrado en desuso por desgracia).

“El Quijote” es una crítica de en lo que se estaba convirtiendo, poco a poco, la sociedad de entonces: en una sociedad sanchopancista (según la óptica de Cervantes: utilitarista, sin idealismos, pragmática) en la que no cabían unos ideales caballerescos de otro tiempo; que, por otra parte, no podían haber sido nunca denostados por un D. Miguel (amante de la milicia) que en su vida demostró ser una especie de Quijote.


     El Quijote se había vuelto loco leyendo libros de caballería porque asimiló unos ideales y un modo de vida que chocaban (sobre todo el modo de vida) dramática y traumáticamente con la época en la que le había tocado vivir. El protagonista murió cuerdo cuando volvió a la conciencia de la irreversibilidad de la pragmática época en la que le había tocado vivir y, por unos instantes, se sustrajo al mundo ideal que había hecho suyo y se conformó, por lo irremediable, con la cruda realidad.  

 

     Hay, un poco en la misma línea, quien sostiene que nuestro autor había adherido al humanismo de Erasmo de Rotterdam. El “eramismo” de Cervantes sólo lo puede concebir una mentalidad embebida por el burguesismo propio del mundo moderno. Cervantes era todo lo contrario: seguramente, incluso, un Iniciado en el Conocimiento de Realidades Superiores. Era lo contrario a un humanista: en lugar de colocar lo humano en el centro de la vida el Iniciado (como Hombre de la Tradición que es) sitúa lo que es más que humano (lo Sobrenatural) como centro del existir; sobre la metafísica encerrada en El Quijote es aconsejable leer toda la simbología que encierran sus capítulos. A tal respecto es de gran interés la lectura del nº de la edición de “La Puerta” (Ediciones Obelisco), de 1.990, dedicado a la España del Siglo de Oro, cuyos tres primeros capítulos están consagrados a esta obra magna de Cervantes: “Morir loco y vivir cuerdo” (E. H.), “Dulcinea del Toboso” (C. del Tilo) y “La grande aventura de la cueva de Montesinos” (Juli Peradejordi).

    

     Eduard Alcántara

eduard_alcantara @hotmail.com



LA TRAGEDIA DE NIETZSCHE
septiembre 10, 2019, 5:39 pm
Filed under: Ética y valores, Cultura y pensamiento, Espiritualidad, Metafísica

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LA TRAGEDIA DE NIETZSCHE

 

La tragedia de Nietzsche estriba en haber ignorado el hecho Trascendente. Su Superhombre es aquel ser humano que se ha conseguido desprender de todo tipo de limitaciones, ataduras, ligazones, morales, miedos, fobias y filias, sentimientos, pasiones,… En este momento, una vez limpia y vacía el alma de apegos y condicionamientos, podría aspirar a ir ´copándola´ de Ser para experimentar una auténtica Transubstanciación interna, para Renacer -Palingénesis- a otra naturaleza verdaderamente Superior, pero como Nietzsche no concibe lo Metafísico su Superhombre se encuentra -tras haber ´vaciado´ su alma- sin puntos de referencia, sin soportes. No tiene puntos de referencia Superiores ni tiene los puntos de referencia inferiores de los que se ha conseguido desapegar y sin los cuales se ha quedado como sin suelo bajo los pies. Se encuentra, pues, en tal situación, ante la nada, ante un vacío que le empuja a una situación dramática.

Nietzsche no concibió el hecho Trascendente …esa dimensión metafísica y Superior que anida, aletargada (y a la espera de ser despertada por un tipo de hombre diferenciado que se niegue a ser arrastrado por la inercia existencial del mundo moderno) en el interior del ser humano: el Espíritu. El hombre indoeuropeo y su predecesor arcaico-boreal tienen un origen sacro y el darle la espalda a esto es propio de la modernidad (en sus sucesivas fases: incluyendo la fideísta en la cual sólo se mira a lo Alto cual pasivo creyente pero no cual Héroe capaz de conquistar la Inmortalidad a través del Despertar de lo eterno –Atman– que anida en él). Al judeocristianismo Nietzsche acertadamente lo atacó como semilla del nihilismo que ya en su época se vivía pero no lo hizo para rescatar las esencias divinas del hombre indoeuropeo sino (y tampoco es asunto baladí) para ayudarle a sacudirse miedos, complejos, sentimientos de culpa y el estigma del pecado que había convertido al homo europaeus en un ser mediatizado, empequeñecido y acomplejado. El siguiente paso que debería de haberse planteado el gran filósofo alemán debería de haber sido este: una vez descondicionados –ataraxia o apatheia– de ataduras mentales y existenciales se debería bregar en pos de la transustanciación interior –metanoia– y del conocimiento de los planos suprasensibles y sutiles de la realidad e incluso, después, aspirar a la gnosis del Principio Supremo Inmanifestado e Indefinible (el ´motor inmóvil´ aristotélico) que se halla en el origen del mundo manifestado (del cosmos); gnosis que sólo será posible si se ha conseguido actualizar -Despertar- ese Principio Primero –Brahman– en uno mismo: así se habrá llegado no sólo al status ontológico de los dioses sino a ser más que un dios (pues las divinidades no son más que esas fuerzas –numens– que forman parte del entramando sutil del cosmos). La culminación de este proceso -la Gran Liberación- representaría el retorno del hombre a su origen sacro perdido con el fin de la Edad de Oro que nos narró un Hesíodo y con la irrupción del mundo moderno (cuya etapa más oscura es el presente kali-yuga; y más aún la fase crepuscular de ésta, por las que estamos transitando).

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara @hotmail.com

 

 

 



EL ANONIMATO
agosto 28, 2019, 3:12 pm
Filed under: Ética y valores, Espiritualidad, Metafísica, Tradición

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EL ANONIMATO

 

“Permanecer solo deliberadamente, en una sociedad e la que cada día más, la conveniencia evidente sería hacerse gregario, es la forma de heroísmo que aquí os invito a abrazar.

 

HENRY DE MONTHERLANT, 1960

 

Si en una cosa se distinguen las modernas y subversivas sociedades democráticas de masas, de otras civilizaciones que las precedieron de carácter estas autoritario, totalista, orgánico y jerárquico, precisamente es en la disolución y aniquilamiento del principio de la personalidad. El hombre moderno, desprincipiado, sin valores ni referentes elevados, se ha convertido en un mero esclavo de las tendencias e impulsos animalescos y demoníacos que anidan en él y a los que hay que vencer para que se afirme una verdadera personalidad, ello después de arduos procesos de conquista y de transformación interior. Ante el mero Yo Egótico que en todos anida, debe prevalecer el Sí Interor, la Raza del Espíritu. A ese combate entre ambos principios que en todos reside, el Yo Egótico y el Sí Interior, en tradiciones como la Mitraica y la Zoroástrica (ambas de origen ario-persa) se le denominó Gran Guerra Santa, lucha y combate espiritual dentro de uno mismo. Ni que decir tiene que la concepción sarracena de la misma constituye una grotesca y diabólica parodia… El Hombre de la Tradición INSISTE (vivir hacia dentro, en torno a un centro y orden metafísicos, en torno al Principio Supremo); el moderno subhumano o “hombre-masa” de las podridas democracias mundialistas o sin mundializar, que lo mismo da, EXISTE, es decir vive hacia afuera, descentrado, desprincipiado, sin orden ni concierto, su vida es un completo caos que se refleja en cualquier acto de su miserable vida. Estamos hablando de dos tipos humanos radicalmente opuestos entre sí, completamente antitéticos. Por otro lado la diferencia fundamental que hay entre Persona e Individuo, ya que mientras la primera pertenecería a la parte espiritual, orgánica y jerarquizada del hombre, el segundo haría alusión a lo abstracto e informe, a lo puramente numérico, a aquello que carece de cualidades propias, el principio de la DIFERENCIA desaparece en él. Por ello para este criminal y repugnante Sistema todos somos meros “seres humanos”, desaparece el viril y aristocrático principio de la Diferenciación y en cambio aparece el subversivo y decadente principio de la “Igualdad”. Normal que una civilización así sea ante y sobre todo Materialista, término que procede de Mater (Madre), ya que para ella todos sus hijos son iguales, sin diferenciación e independientemente de los sexos, las cualidades o defectos de cada uno (democracia), mientras la civilización de Pater (Padre) encarnaba los principios de la Diferenciación, la Casta, la Raza, el Orden, la Aristocracia. Telurismo ginecocrático antítesis y negación de la Aristocracia y de la espiritualidad olímpica y solar.

 

 

Por otro lado existe también un doble aspecto del anonimato o de “impersonalidad” según el tipo humano y de civilización que encarnen uno u otro respectivamente. Por un lado el anonimato “por lo bajo”, de carácter catagógico, que es el del hombre-masa, multitudes de “hombres solos” que pululan atomizados por las grandes urbes a modo de gigantescas termiteras, sin rumbo ni concierto, despersonalizados y esclavizados, casi como zombis o muertos vivientes; por otro lado el anonimato “por lo alto”, de carácter anagógico, el del hombre de la Tradición y también el del hombre diferenciado del resto, que vive en la modernidad pero existencial y espiritualmente está  o se siente alejado de ella, que busca el decondicionamiento. El primer tipo de impersonalidad conduce al individualismo y a la masa anónima y sin alma, el segundo conduce al ser soberano, a la persona absoluta; para esto último Julius Evola reivindicaba el principio de la IMPERSONALIDAD ACTIVA: hacer lo que se tiene o lo que se debe de hacer, ser y vivir en torno a la IDEA, nuestra verdadera Patria, no buscar reconocimientos ni recompensas ni el aplauso. La “obra bien hecha” como decían las antiguas hermandades artesanales, o como rezaba la consigna templaria por excelencia, verdadero reflejo de la Impersonalidad Activa en el Medievo: NADA PARA MÍ SEÑOR, NADA PARA MÍ, SINO PARA MAYOR GLORIA DE TU NOMBRE…

 

FUERZA HONOR Y TRADICIÓN!!!

 

Joan Montcau

 



LAS RUINAS DEL PASADO
julio 31, 2019, 9:51 pm
Filed under: Ética y valores, Espiritualidad, Tradición

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LAS RUINAS DEL PASADO

“Las huellas que subsisten -tan sólo en piedra la mayoría de los casos- de algunas grandes civilizaciones de los orígenes ocultan a menudo un sentido raramente comprendido. Ante lo que queda del mundo grecorromano más arcaico, y aún más allá, de Egipto, de Persia o de China, hasta los misteriosos y mudos monumentos megalíticos esparcidos por los desiertos, los montes y los bosques, como últimos vestigios visibles e inmóviles de mundos sepultados y desapa…recidos -y, como límite, en la dirección opuesta de la historia, hasta ciertas formas de la Edad Media europea-, ante todo ello, uno llega a preguntarse si la milagrosa resistencia al tiempo de estos testimonios, dejando de lado la favorable ayuda de circunstancias externas, no contiene además un significado simbólico”.

JULIUS EVOLA. “CIVILIZACIONES DEL TIEMPO Y CIVILIZACIONES DEL ESPACIO”.

La estética de las ruinas, el vestigio del pasado se convierte en el símbolo de la transitoriedad, de la permanencia, del ocaso. Aquello que fue y ya no es, de su antiguo esplendor sólo ruinas quedan, de ahí a veces su inquietante belleza y poder casi atávico de seducción y de atracción, ellas nos dicen mucho más que las palabras vacías, insustanciales y sin alma de los modernos y viles bocazas de la democracia y su charlatanería fácil sólo apta para esclavos. En un mundo donde el Espíritu ha desaparecido o se ha retirado, o mejor dicho escondido, sólo los “buscadores de Tradición” nos deleitamos ante las mismas. Como decía el Maestro romano: “La oposición entre las civilizaciones modernas y las civilizaciones tradicionales puede expresarse del siguiente modo: las civilizaciones modernas son devoradoras del espacio, mientras que las civilizaciones tradicionales fueron devoradoras del tiempo”. La democracia, el mundialismo, el multiculturalismo y demás escorias modernas, buscan realmente la ruptura del hombre no sólo con el entorno, con las Leyes del Cosmos y de la Naturaleza, sino sobre todo con el Pasado, cuando real y fundamentalmente eso es lo que somos, PASADO…

No seguimos a los antiguos, buscamos lo que ellos buscaron. Amamos el misterio, lo recóndito, lo inaccesible, lo intemporal, la identidad, lo intangible, lo inmutable, lo remoto… El hombre sin Pasado?????, el moderno subhumano masificado sin Tradición, sin valores y sin referentes elevados es en definitiva el mismo,

Joan Montcau



EL ESPÍRITU DE LA MONTAÑA

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EL ESPÍRITU DE LA MONTAÑA

“La soledad es una fuerza que te aniquila si no estás preparado para superarla, pero que te lleva más allá de tus posibilidades si sabes aprovecharla para tu propio beneficio”.

Reinhold Messner

“Un extraño encanto se desprende de la montaña que, al atardecer, tiene la belleza del otoño”.

Gaston Rébuffat

“La ciudad es un corral de hombres”.

Wenceslao Fernández Flórez

Frente a la suciedad, el ruido y la barbarie de las modernas megalópolis, junglas de cristal, asfalto y de máquinas cada vez más inhumanas; frente a la atomización de inmensas masas de subhumanos y de seres anónimos y vacíos que deambulan como muertos vivientes por las gigantescas termiteras en que se han convertido las actuales ciudades sin alma del globalismo plutocrático, mundialista y multikultureta, nosotros reivindicamos como nuestro verdadero hábitat natural y existencial la Montaña, Ella es nuestro Templo y nuestro AXIS MUNDI (Eje o Centro del Mundo), punto de unión entre lo Celeste y lo Terrestre, entre lo Invisible y lo Visible, símbolo personificado de la Verticalidad, la Totalidad, de lo Absoluto. Ella personifica la Ética y el Estilo de nuestra GOTTELWELTANSCHAUUNG (visión divina del mundo), la unión de la Acción y de la Contemplación (que como decía José Antonio la una sin la otra es pura barbarie). Para nosotros la Montaña es Mito, Rito y Símbolo, también alegría, voluntad, espíritu de sacrificio y de superación, el furor de vivir frente al odioso y despreciable seguidismo burgués del hombre-masa de la ciudad moderna (aunque también del hombre rural con mentalidad urbanícola). La ciudad, hoy convertida en un auténtico Infierno, para nosotros no es sólo un espacio profano y profanado, desacralizado y demoníaco donde el Espíritu se ha alejado, la “Tierra Oscura y Baldía” de las leyendas del Santo Grial, sino también un lugar espiritual y metafísicamente lejano donde los hombres diferenciados, aquellos que aún nos consideramos Hijos de la Tradición, buscamos “cabalgar el tigre”, mantenernos en pie y avanzar sobre las ruinas de un mundo crepuscular. Las dos Vias de Realización del Hombre: LA VÍA DE LA MANO DERECHA Y LA VÍA DE LA MANO IZQUIERDA. La Montaña y la Ciudad, dos formas de buscar el perfeccionamiento interior y la Iniciación en un tiempo histórico y cíclico terminal y apocalíptico donde los verdaderos Maestros espirituales y las verdaderas organizaciones iniciáticas y tradicionales se han retirado o simplemente desaparecido, donde las religiones se han convertido en simples mascaradas cuando no en burdas patrañas y parodias grotescas de lo sagrado. Como decía Cristo :”Y desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo conquistan por la fuerza (Mateo 11, 12)”. Conquistar el Reino del Espíritu por asalto… LA MONTAÑA NOS UNE!!! ✋⚡🔥🗻

Joan Montcau

 



PRÓLOGO a “LA CABALLERÍA ESPIRITUAL. Un ensayo de psicología profunda”.
julio 12, 2019, 1:46 pm
Filed under: Ética y valores, Eduard Alcántara, Espiritualidad, Metafísica

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PRÓLOGO a “LA CABALLERÍA ESPIRITUAL. Un ensayo de psicología profunda”.

 

Al prologar la presente obra nuestra intención no va a ser la de repetir lugares comunes con lo expresado por el autor. Las jugosas reflexiones, los muy necesarios consejos que ofrece para subsistir y existir dignamente y en armonía con uno mismo y la visión del hombre y del mundo que refleja en estas páginas tampoco tenemos necesidad de reiterarlos en este nuestro prólogo. Y no lo vamos a hacer por tres razones:

Una, porque no pretendemos desvelar, con antelación a su lectura, los contenidos del trabajo de Carlos X. Blanco.

Dos, porque no necesariamente tenemos que identificarnos al 100% con los postulados basilares del pensamiento de nuestro autor, aunque sí recomendemos encarecidamente la lectura de su libro por comulgar con casi todo lo que en él se nos transmite.

Tres, porque lo sustancioso de esta obra nos da pie a extraerle muchas citas de enjundia para reflexionar sobre ellas y para cotejarlas con el prisma de nuestra personal cosmovisión.

 

Basamos nuestra manera de concebir el mundo y la existencia en la Tradición. Por ello adherimos al Tradicionalismo, así con mayúsculas. Adherimos, pues, a una forma de entender y de vivir el mundo y la existencia que ha empujado al hombre, en determinados momentos de su historia, a encauzar todo su quehacer cotidiano hacia fines Elevados, Suprasensibles, Metafísicos,… y le ha llevado, en consecuencia, a configurar unos tejidos sociales, culturales, económicos y políticos guiados e impregnados hasta la médula por dichos valores Superiores y dirigidos a la aspiración de la consecución de un Fin Supremo, Trascendente.

Adherir al Tradicionalismo presupone aspirar a conformar un Hombre de la Tradición. No creemos que los consejos expuestos por el sr. Blanco, a lo largo del libro que tenemos la honra de prologar, tengan el de configurar un tipo de hombre disímil al Hombre Tradicional, pues bregar (tal como pretende, encomiablemente, nuestro autor) por evitar que el hombre sucumba a las disoluciones inherentes a nuestro disolvente y alienante mundo moderno es, a la postre, no otra cosa que pugnar por convertirlo en un Hombre de la Tradición. Y para que éste no acabe siendo algo así como un concepto etéreo y quimérico sino un ser con entidad la persona que aspire a construirlo en sí debe ser fiel a las que, en tiempos no disolutos, fueron sus más genuinas raíces y su más sacro origen, pues de faltar éstos su asunción se tornará irremisiblemente irrealizable. En este sentido Carlos X. Blanco no en vano nos señala, en su obra, que “en los mitos de pueblos más diversos se expresa esta necesidad de volver hacia atrás” y que “el hombre es un animal desarraigado, y por ese mismo motivo trascendental, necesita tener raíz”. Asimismo nos dice que “crear también consiste en seguir fielmente un Arquetipo que el tiempo, el olvido, la futilidad del día a día ha podido dejar enterrado.” El no romper con las raíces es una necesidad ineludible que nos es introducida por el autor con lo que él denomina como “la estrategia de pulgarcito” …ilustrativa imagen para que entre nuestros orígenes más genuinos y remotos y nosotros vayamos siempre dejando un camino de piedrecitas que se constituya en nuestro particular cordón dorado.

 

Las raíces que deberá hacer crecer el hombre que se niegue a ser vapuleado por la barbarie de la modernidad estarán impregnadas por el halo de lo sagrado, que siempre fue consustancial al Mundo de la Tradición. Pero lo sacro no debe ser percibido como algo extrínseco a uno sino intrínseco a nuestro propio ser. El problema estriba en que aunque forma parte de nosotros (es el Atman, de la tradición hinduista: “el Santo Grial habita dentro de sus corazones y en las profundas simas del alma”, nos enseña Carlos X. Blanco), aunque, decíamos, lo sacro forma parte del alma lo está en forma aletargada y no en acto, contrariamente a lo que acontecía en la Tradición Primordial (en la Edad de Oro, de la que nos hablaba el griego Hesíodo). Despertarlo es el resultado del tránsito por un arduo, metódico y concienzudo camino que en ciertas tradiciones se conoció con el nombre de Iniciación. Despertar el Espíritu que atesoramos es sacarlo de ese estado de ignorancia (o avidja, en término propio al hinduismo) en que él mismo se halla con respecto a su misma esencia. Despertarlo nos llevará no sólo a Conocer a ese Principio Supremo que se halla en el origen del Cosmos sino también a hacernos uno con Él. En tal sentido nos resultan sumamente interesantes asertos de nuestro autor como aquél que dice que “conocer, como ya advirtiera el gran Platón, es ante todo rescatar”; rescatar a atman del olvido y la autoignorancia.

Emprender la vía Iniciática es el único camino que puede llevar al hombre a Conocer. Conociéndose a uno mismo conocerá todos los arcanos del mundo manifestado, porque en nosotros también se hallan todas esas fuerzas sutiles que “estructuran” y armonizan el cosmos. Así, el sr. Blanco escribe que “La vieja sabiduría ya lo decía: en nosotros llevamos un mundo infinito. Somos un microcosmos”. En nuestro interior cohabitan  todos los enigmas del mundo. En este sentido rescatamos pensamientos de nuestro autor como aquél de que “en mí está Todo” o aquél otro de que “todo habita en nosotros”. En la misma línea nos recuerda aquella sentencia del poeta griego Píndaro: “Aprende a ser el que eres”. Y nos señala que “toda transformación verdadera no supone más que un auto-conocimiento. El oráculo de Apolo en Delphos decía: Conócete a ti mismo”. Despertar lo sagrado que hay en nosotros dará sus frutos y, así, ese “seréis como dioses”, que dice el Sr. Blanco, tendrá pleno sentido.

Esa vía de remoción interna que supone la Iniciación huirá del ruido dispersor y buscará el silencio. No sentirá grima ante la soledad, pues ésta le ayudará en su camino de perfección. Nos impele a ello el autor de esta obra con ese “no huyas del silencio”. De la soledad, por el contrario, huye nuestro desnortado hombre moderno (al cual el Sr. Blanco se ha propuesto tender puentes liberadores), pues aquélla le hace toparse con su vacío existencial: “La soledad –dice- resulta insoportable”.

 

Lo primero por lo que bregará la via remotionis será por descondicionar al hombre con respecto a todo aquello que lo obnubila, lo aliena, lo atormenta, lo esclaviza, lo altera, lo ciega y lo encadena, pues sólo con la mente calma podrá aventurarse en la gnosis de los planos metafísicos de la Realidad y en la identificación ontológica de la persona con ellos.

A este proceso de descondicionamiento lo denominó ‘obra al negro’ o nigredo la tradición hermético-alquímica. También habló de él como de ennegrecimiento o putrefacción, pues de lo que se trata es de pudrir (de eliminar) o, al menos, de dominar todo aquello que aturde a la psique. Carlos X. Blanco parece invitar a transitar por la vía iniciática cuando refiriéndose a su ocurrente Maestro Viajero dice que “cuando partió para dejarnos, todos sus discípulos hemos asumido nuestro traje de peregrinos, y adoptamos como verdadera Casa el camino”. Nuestro autor, igualmente, nos pone en bandeja muchas reflexiones que encajan como anillo al dedo en el meollo del nigredo, pues le podemos leer que “los demonios comenzaron a hacerse más visibles, nítidos. Las neurosis, los complejos, las preocupaciones, todo aquello que tenga que ver con la inseguridad. El Viaje es destructivo en gran medida. Consiste en acabar con todo ese género de basura”. En igual sentido nos comenta que “allá abajo también se agitan monstruos desconocidos, seres adormecidos que pueden un día despertarse y llevarnos con ellos hacia lo más profundo”. También nos escribe que “las zancadillas nos las ponen esos demonios ocultos que trasguean con nuestra existencia” y que “el héroe de verdad es aquel que va a lo más profundo de la Oscuridad. Y después, vuelve” …pues ese bajar a “lo más profundo de la oscuridad” recuerda a la imagen de ‘bajar a los infiernos’, para confrontar en ellos a ese submundo irracional y subconsciente al que se debe domeñar para no sucumbir a su vorágine.

Pero no se trata “tan solo”, por un lado, de pavores, de demonios, de traumas y de miedos o de, por otro lado, pulsiones, pasiones desaforadas, sentimientos exacerbados, emociones cegadoras e instintos subyugantes de lo que el alma/mente ha de liberarse sino que también debe hacerlo con respecto a los paradigmas conceptuales, a los prejuicios incapacitantes, a los falsos mitos, al racionalismo, a los subproductos pseudointelectuales y pseudocientíficos o al método analítico-fenomenológico-dispersador (y no al sintético-unitario-holístico) que la modernidad le ha insuflado. El Sr. Blanco nos brinda pensamientos que a nosotros nos parecen brillantes a la hora de denunciar estas bloqueadoras inoculaciones que la mente sufre sin cesar. Cuanto mayor se hace uno mayor es, también, la dosis de inoculación recibida. Por ello nuestro autor nos dice: “¡Fíjate en los niños, esos seres que también pueden observar durante horas las más insignificantes criaturas del jardín, o las más diminutas estrellas del firmamento! Ellos todavía no han aprendido conceptos para matar su atención y curiosidad”. Y en la misma línea escribe que “la piedra que apartamos en el camino con la punta de nuestra bota, contiene mayor complejidad, infinitamente mayor “densidad” para nuestro entendimiento que todos los armazones conceptuales que el hombre de ciencia construya para entenderla y explicarla”. También le leemos que “los más antiguos pensadores supieron poseer algo más que una mente analítica y calculadora” o que “la verdadera Ciencia, me dijo el Maestro Viajero, no es patrimonio del racionalista estrecho actual que se empeña por hacer encajar los fenómenos en sus esquemas pre-establecidos, en sus niveles de análisis. La verdadera Ciencia, como ya afirmó Aristóteles, no otra cosa es salvo Admiración y búsqueda de lo Universal”.

 

Superar la nigredo, descondicionarse de las ataduras que se le van tejiendo a la mente, convierten al Iniciado en El Gran Autarca del que, allá por los años ’20 de la anterior centuria, nos habló el italiano Julius Evola. Ese hombre al que el sr. Blanco pugna por ayudar ya habría salido, a estas alturas del camino andado, del lodazal al que el mundo moderno sumerge al común de los mortales. “Construir un ser pleno es hacerse autárquico”, nos dice el autor de este libro. Y es que hacerse autárquico supone no depender de ninguna atadura interior alienante y/o incapacitante ni tampoco de circunstancias exteriores (estrechos convencionalismos sociales, morales coercitivas,…). Hacerse autárquico equivale a asemejarse al ‘señor de sí mismo’ del que hablaba el taoísmo; justo la figura opuesta al esclavo producto de nuestro mundo moderno. Ahonda, nuestro autor, en la misma idea cuando nos señala que “la garantía de toda supervivencia, no requerir de nadie y no crearse necesidades superfluas. Estas pulsiones, evidentemente, si son superfluas no son necesidades”.

 

Muchos son los Tradicionalistas que opinan que este camino de realización interior necesita, sí o sí, de la guía de un maestro espiritual. Así, p. ej., lo postulaba el francés René Guénon. Por el contrario, el ya citado Julius Evola sostenía la convicción de que, aunque en la mayoría de los casos se precisaba de ese maestro, en otros casos excepcionales existían  personas que (por sus especiales potencialidad espiritual y voluntad) no precisaban de él y podían apostar por una ‘vía autónoma de realización espiritual’. Nos parece que difícilmente se puede ilustrar mejor esta última convicción que cuando el sr. Blanco escribe que “este autodescubrimiento de la Verdad es como el caminar. Puedes tomar un bastón. Incluso a algunos les resultará imprescindible. Pero no es estrictamente necesario si cuentas con dos buenas piernas”. O cuando aduce que “los Caminos y los Felices Encuentros deben ser buscados por uno mismo”.

 

No es éste lugar donde seguir desarrollando el meollo de las fases que suceden al nigredo de la tradición hermético-alquímico. Sólo delinearemos, a grandes trazos, que tras aquélla sobrevendría la albedo u ‘obra al blanco’, en la que el hombre descondicionado en la etapa anterior y con la mente/alma ya calma podrá acceder al Conocimiento, y actualización en sí, de la fuerzas sutiles (metafísicas) que no sólo forman parte de la totalidad del cosmos sino también de uno mismo. Tras la albedo vendría la rubedo u obra al rojo, en la que la meta a alcanzar sería la de Despertar ese atman o Principio Eterno que atesora en su fuero interno.

 

La búsqueda de lo Eterno, de lo Imperecedero, es la búsqueda del Ser. Las culturas y/o civilizaciones Tradicionales eran las Civilizaciones del Ser. Su desaparición lo fue a costa de esta anomalía que es el mundo moderno y sus civilizaciones del devenir, en las que el factor tiempo y su vorágine lo enloquece todo e impide vivir la eternidad y recrear y vivificar mitos formadores que aluden a illo tempore. La materia ha suplantado al Espíritu y el ‘demon de la economía’, con su engranaje envolvente de producción-consumo, anega toda la existencia humana. De forma brillante el sr. Blanco nos dice al respecto que “La civilización devino en barbarie en cuanto se inventó el reloj.

El mundo de hoy, basado en el Mercado y en el culto a la Técnica, es un mundo que ha enloquecido.

Abundan los que se toman sus horas de placer y ocio como una mera prolongación de su horario de oficina. Se habla de rentabilizar su tiempo y de aprovecharlo. La Edad Media contaba con una más exacta comprensión del tiempo. El tiempo del campesino y del monje se subordinaba a la negación misma del tiempo, esto es, la Eternidad”. También denuncia que “Han montado un mundo de prisas y relojes con el único fin de destruirnos”.

Estas civilizaciones del devenir, para las que la primacía se la lleva el factor tiempo, cae, por pura lógica, en el historicismo (la historia de la humanidad como mera sucesión, a lo largo del vector tiempo, de hechos acaecidos sin ningún tipo de referencia mítica formadora). La concepción lineal de la historia lleva aparejada la idea de progreso continuo. El hombre moderno piensa que una suerte de fatalidad, ante la que ha perdido la libertad, conduce a la humanidad a cada vez mayores cotas de progreso (siempre entendidas, por él, en un sentido material: de acumulación de riquezas). A nuestro entender el hombre sufre una regresión desde unos orígenes sacros a esta postración actual que padece y que lo ha dejado inmerso en el más burdo materialismo. Carlos X. Blanco nos confirma que “culturas dignas, modos de vida nobles, sanos y hermosos, han sucumbido en el altar del Progreso” y que “El Progreso es el enemigo irreconciliable de la Dignidad y de la Espiritualidad”.

 

Son muchas otras las problemáticas y los temas tratados por el autor de esta obra. El lector es el que tiene que ir sumergiéndose en ellos a través de su lectura. No es tarea nuestra el repasarlos todos en estas líneas; no es el cometido de un prólogo y no hay espacio en él para ello. Encontrará, el dicho lector, mucha luz para el buen alumbrar de su camino existencial. Se trata de no verse abocado a un simple vegetar, a un latir anodino o a un convulsionarse o agitarse sin rumbo y con desazón; Carlos X. Blanco ayudará mucho, con el contenido de sus páginas, para evitarlo.

 

De entre tantas tan sustanciosas citas como hay en este libro queremos concluir este prólogo con un par más de ellas, por cuanto

señalan al binomio Espíritu/Tradición como las claves de bóveda que, como puntos de referencia insoslayables, deben erigirse en los puntales que rescaten a nuestro actual desasosegado hombre moderno. A saber:

 

“(…) tales estrechuras de una psicología estímulo-respuesta quedan relegadas a su condición de juguetes. Juguetes conceptuales y experimentales de unos sabios que han perdido (…) todo sentido espiritual de aquel ser que verdaderamente deberían estudiar: el ser espiritual.”

 

“(…) ciencia no es Conocimiento. Cualquiera puede saber de esos obreros de laboratorio, vestidos con bata blanca: especialistas en naderías, ignoran de forma feroz la Historia, desprecian la Tradición. (…) hay también en la Tradición el hermoso legado del saber de nuestros predecesores, la bella lección de humildad que nos reporta saber que otros meditaron verdades eternas con mucho mayor tino y mucha mayor hondura de lo que podamos hacer nosotros”.

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

 



LAS DOS ETAPAS O FASES DE UN MISMO PROCESO DE DESTRUCCIÓN
diciembre 30, 2018, 1:31 am
Filed under: Ética y valores, Cultura y pensamiento

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LAS DOS ETAPAS O FASES DE UN MISMO PROCESO DE DESTRUCCIÓN

 

El proceso de subversión mundial tiene dos fases claramente diferenciadas, la fase que podríamos llamar LUCIFERINA, etapa de rebelión a todo tipo de autoridad y jerarquía, etapa de plebeyización y masificación (hoy a la orden del día), es también etapa de brutal materialización (léase materialismo puro y duro), de “solidificación”; esta etapa históricamente correspondería al surgimiento de movimientos claramente antitradicionales y disolutorios desde el punto de vista espiritual como fueron el humanismo, el protestantismo, el denominado “Siglo de las Luces”, el despotismo ilustrado, el liberalismo burgués, la revolución industrial con la consiguiente destrucción del mundo gremial y artesanal, el capitalismo, el marxismo, anarquismo, evolucionismo, fases todas ellas de un mismo proceso de decadencia y de descomposición; a partir del Siglo XX, sobre todo tras la derrota de Europa de 1945 que supuso el triunfo absoluto de la aberración modernista y antitradicional, se inauguraría la segunda etapa o fase en la que ya estamos, la etapa ya claramente DEMONÍACA, estamos ya en el mundo de la Gran Parodia, de lo caricaturesco, de la inversión de valores y referentes (satanismo), de la ruptura total con lo Sagrado y del Cordón Dorado que nos unía al mundo de lo Alto, a nuestros Antepasados y Ancestros y que nos trae todo esto el alumbramiento de una auténtica subhumanidad, es la era de la Mentira en todos los niveles, de la falsificación en toda regla, del surgimiento de movimientos pseudo-espirituales e incluso contra-tradicionales (New Age, Contactismo, Veganismo, “ecologismos” y “animalismos” de baja estofa, Espiritismo en sus distintas modalidades a cual más vomitiva y repugnante, sionismo, Concilio Vaticano II con el alumbramiento de un pseudo-catolicismo mundialista y multikultureta con auténticos Papanatas agilipollados al frente, la locura yihadista islámica que podríamos considerar como una de las últimas aberraciones más extremas y enloquecidas de la anormalidad modernista…), todo esto nos conduce a un sólo y único camino con vistas a una humanidad de esclavos y de muertos en vida (la Era del Paria, el Quinto Estado, una subhumanidad igualada por lo bajo, por lo muy bajo, totalmente desprincipiada y desnortada, sin casta, sin raza, sin alma): EL NUEVO ORDEN MUNDIAL, la contrafigura paródica, grotesca e infernal del IMPERIO SAGRADO de la Tradición. Es final del Kali-Yuga según la tradición indo-aria, de la Edad de Hierro según la greco-romana, de la Edad del Lobo en la nórdico-germánica, la Edad Más Oscura, y en cuya fase más terminal estamos entrando ya, las próximas décadas van a ser la mar de inquietantes (e interesantes), veremos lo divertido que va a ser para todos estos imbéciles que siguen creyendo en las hasta la saciedad repetidas monsergas de “democracia”, “libertad”, “tolerancia”, “progreso”, “igualdad”, “fraternidad”, bla, bla, bla…

 

Joan Montcau



DOMINIQUE VENNER, EL ESTOICO
diciembre 27, 2018, 11:43 pm
Filed under: Ética y valores, Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara, Metapolítica

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DOMINIQUE VENNER, EL ESTOICO

 

No va a ser éste lugar dedicado a trazos biográficos ni a reflexiones políticas sobre la figura de Venner. Otros ya han escrutado esos caminos con buenas dotes de síntesis y con brillantez y acierto analíticos. Nuestro cometido va a ser el de sopesar el accionar, los gestos y los escritos del político y pensador francés con el enfoque propio de los valores y cosmovisión de la Tradición, pues para nosotros el valor de Dominique Venner (D.V.) responde a que encarna un tipo de hombre y expresa unas ideas que se hallan en consonancia con un modo de existir y concebir el mundo que fue el propio del Hombre que protagonizó las Civilizaciones del Ser. Hablamos de ese Hombre Vertical que tenía como faro de su discurrir el faro de lo Trascendente e Inmutable. Hablamos de un Hombre opuesto a ese otro ‘hombre horizontal’ paridor de nuestro mutilado y desnortado mundo moderno y, a su vez, parido por éste …Un Hombre opuesto al ‘homo vulgar’ de las actuales ‘civilizaciones del devenir’ …Opuesto a este -parafraseando a Julius Evola- ‘hombre fugaz’ que arrastra su existencia por las miasmas del hedonismo, del materialismo, de la superficialidad, del fáustico devenir, de la inconsistencia, de la inconstancia y de la banalidad. Todo cuanto veamos en D.V. como cercano, acorde o evocador de ese Hombre Tradicional merecerá nuestra atención, pues nos ayudará a conformar un arquetipo que si es tomado como punto de referencia y punto de llegada (meta a alcanzar) por alguno de nuestros lectores sin duda servirá para que éstos tengan más asideros a los que agarrarse con firmeza para no dejarse arrastrar por las disoluciones alienantes del mundo moderno.

En la línea trazada, no nos interesará hablar de los pensamientos y posiciones doctrinales que podamos percibir como contaminados por los efluvios de la modernidad. No nos interesará detenernos donde veamos subproductos emanados de las corrientes filosóficas, de pensamiento o políticas que han acelerado la descomposición del Mundo de la Tradición o de lo que pudiera quedar -a menudo como reflejo sin alma- de él. No nos interesará, verbigracia, ese rechazo que desde la revista Europe-Action, que D.V. dirigió a principios de los años ’60, se hace de un autor como Joseph de Maistre porque se realiza desde la confusión provocada por el hecho de ser contra-revolucionario …pero contrarevolucionario con respecto a las ideas, a la legislación y a las instituciones propias de la Revolución Francesa o emanadas de ésta y no -tal como se mal interpreta desde dicha revista- con respecto al capitalismo y a las injusticias sociales que éste comporta. No nos interesará el posicionamiento antimonárquico -sin distinción ni matización algunas- de dicha publicación porque la monarquía en sí es rechazable en su forma liberal-parlamentaria pero no cuando se reviste -tal como sucedió en otra épocas- de la sacralidad que el mismo monarca ha actualizado en su interior a través de un duro y riguroso ascesis; sacralidad con la que impregnará su Regnum (si pugnamos por sustituir este deletéreo lodazal materialista no puede ser más que por su opuesta Civilización: la iluminada por lo Alto). No nos interesará la reivindicación de figuras como -durante la Revolución francesa- la del jacobino Louis-Antoine de Saint-Just ni, con posterioridad, la de los dirigentes de la Comuna de París de 1.871, pues si no se sabe ver en la Revolución iniciada, en Francia, en 1.789 el gran aldabonazo al triunfo definitivo del mundo moderno no se sabrán detectar los orígenes, las causas y los hitos más significativos que explican los males, las injusticias, las disoluciones y las fracturas de nuestro mundo. No nos interesará la defensa del laicismo hecha desde las páginas de Europe-Action, pues la oposición a un cristianismo que cada vez se asemejaba más (se rondaba el Concilio Vaticano II) al igualitarista, antijerárquico, salvífico y cosmopolitista de los orígenes no debe hacernos descender aún más peldaños en dirección al laicismo desacralizador sino que nos debe empujar a alejarnos de él (de ese cristianismo) superándolo -ascendiendo en peldaños- hacia formas y vías de genuina Espiritualidad que admitan posibilidades de realización interior para un tipo de ‘hombre diferenciado’ (Evola dixit) y que, fuera de universalismos que no conocen de las diferencias, se adecúen a la idiosincracia, al palpitar y a la manera de entender y de vivir el Hecho Trascendente propios de cada pueblo.

Aunque no haya necesariamente que asignar a D.V., sino a la generalidad de la revista Europe-Action, estos posicionamientos ideológicos lastrados por excrecencias del mundo moderno lo cierto es que él fue director de la misma y no le podemos hacer escurrir el bulto con respecto a su responsabilidad a la hora de asumirlos. Pero de todos modos, repetimos, lo que nos interesa reivindicar en torno a la figura de nuestro personaje se halla en otras coordenadas bien alejadas de las expuestas en el párrafo anterior.

A nosotros nos interesa reivindicar a ese D.V. que no sin profundas motivaciones elige la catedral de Nôtre Dame como el escenario de su inmolación, pues lo hace al rastrear en ella un enclave de culto casi inmemorial que la liga con un pasado en el que los ancestros concebían la existencia como si de un continuo ritual sacro se tratase …ritual gracias al cual quedaba sacralizado todo el accionar humano. No en vano la catedral parisina se alza en el mismo enclave en el que los romanos levantaron el templo de Júpiter y, antes, los galos honraban al dios Lug (1) …Y es que hablar de nuestros ancestros, reivindicar nuestra identidad a través del rescate de nuestro orígenes y hacerlo, al mismo tiempo, mutilando al hombre de la dimensión Trascendente, que fue su eje vertebrador, significarían un total y absurdo contrasentido.

Es en esta línea en la que Fernando José Vaquero Oroquieta nos trae a colación un editorial escrito por D.V., titulado “La memoria de un impulso heroico”, en el que nos dice Vaquero Oroquieta que partiendo del hecho incuestionable de la decadencia de la civilización europea, Dominique Venner se plantea la eterna cuestión de, en estas precisas circunstancias, “¿qué hacer?”. D.V. toma partido en la alternativa que presentan, a su juicio, las dos posibles respuestas: que denomina, respectivamente, «la solución sistémica» y la solución espiritual. Correspondería a la primera “imaginar otro sistema político y social a través de una revolución. La segunda es una transformación de los hombres por la propagación de otra visión de la vida, otra filosofía espiritual. Es lo que hizo el estoicismo en la Roma imperial.

D.V se sumaría, pues, a esa línea postulada ya antes por otros, como la del caso del rumano Corneliu Zelea Codreanu cuando manifestaba su convicción de que sin la prioridad por la que bregar, que no es otra que la de forjar un ‘hombre nuevo’, cualquier cambio sistémico, que llevara a la abolición de la liberal-plutocracia y a la implantación de un orden tradicional vertebrado, resultaría efímero, pues el tipo de hombre surgido como consecuencia de tantos años de fomento del individualismo, del egoísmo, del consumismo y del materialismo en breve tiempo intentaría subvertir los cambios politicos logrados y maquinaría en pos de la restauración del status capitalista; en el que sus impulsos compulsivos hacia el consumo y su egoísmo incompatible con un ordenamiento social orgánico volverían a tomar carta de libertad y desarrollo ilimitado.

 

Como se ha señalado nuestro autor se refería en “La memoria de un impulso heroico” al “estoicismo en la Roma Imperial”. Venner se sentía muy identificado, existencialmente, con esta corriente filosófica para la cual la templanza, el autocontrol, el dominio de sí mismo y la indiferencia ante todo aquello que no es sustancial en la vida son logros del alma –mente- que la mantienen alejada de los disturbios y turbulencias que acontecen a nuestro alrededor y que pueden distorsionar la psique del común de los mortales. Se trata de lograr permanecer impasible ante lo accesorio y ante lo que turba y perturba al hombre común. Los Séneca o los Marco Aurelio pueden ser un perfecto modelo existencial a seguir. De hecho estos logros descondicionadores de la mente constituyen la médula del nigredo (u ‘obra al negro’) de la tradición hermético-alquímica …y es que sólo a partir de la putrefacción y de la limpieza de escorias psíquicas –del subconsciente y lo irracional- puede aspirarse a la calma psíquica frente a los vaivenes y desequilibrios que acosan al ser humano en el seno de este enloquecido y desnortado mundo del devenir.

 

Georges Feltin-Tracol nos recuerda en un texto titulado  Dominique Venner o la fundación del porvenir” que En su texto del 23 de abril de 2013 ”¡Salud, Caballero rebelde!”, interrogándose ante el soberbio grabado de Albrecht Dürer “El Caballero, la Muerte y el Diablo”, Dominique Venner concluía que “la imagen del estoico caballero me ha acompañado a menudo en mis rebeliones. Es cierto que soy un corazón rebelde y que nunca he dejado de rebelarme contra la fealdad invasora, contra la bajeza promovida como una virtud y contra las mentiras elevadas al rango de verdades. Nunca he dejado de sublevarme contra todos aquellos que han querido la muerte de Europa, de nuestra civilización milenaria, sin la cual yo no sería nada.

De lo que se trata, pues, no es de mantener pasividad ante lo que acaece y, sobremanera, ante lo que corroe y aliena sino de ‘golpear sin odio’, esto es, actuar sin alterarse interiormente. Nada más alejado de posturas pasivas y de apoliticismo (2), pues en Venner vemos igualmente un identificarse con la figura del guerrero, del caballero andante, del samurái, del shatriya de la sociedad de castas indoaria, con la ‘vía de la acción’. Y es tal así que el mismo Georges Feltin-Tracol nos sigue diciendo que D. V. en “El corazón rebelde” insistía en la figura del samurái y su última metamorfosis histórica, el kamikaze, el combatiente de asalto que, en nombre de sus principios, se sobrepasa una vez más. “Morir como un soldado, con la ley de su parte, exige menos imaginación y audacia moral que morir como un rebelde solitario, en una operación suicida, sin más justificación íntima que la orgullosa certeza de ser el único en poder cumplir lo que debe ser llevado a cabo.

Siento que tengo el deber de actuar mientras tenga todavía fuerza para ello.” 

El altruismo heroico, combatiente y radical, defendido por Dominique Venner, se concreta en un acto decisivo que trasciende todo una obra de escritura y de reflexiones para alcanzar los antiguos preceptos de los romanos, en particular los del estoico Séneca para quien “bien morir es escapar al peligro de mal vivir. ”

Este convencimiento de cumplir lo que debe ser llevado a cabo y del deber de actuar se hallan en consonancia con aquella máxima indoaria de hacer lo que debe ser hecho y de la que nosotros en cierta ocasión señalábamos que El hombre diferenciado debe hacer lo que debe ser hecho, independientemente de cuáles puedan ser los resultados obtenidos; independientemente de si llega a conseguir unos fines concretos o no. Independientemente de si arriba a ciertas metas o no las alcanza.

Es en esta línea en la que en nuestro ensayo “Evola frente al fatalismo reproducíamos una cita autoría de un encriptado grupo de personas que allá por los años ´70 de la pasada centuria redactaron una serie de interesantes escritos que bebían del legado Tradicional transmitido por Julius Evola y que firmaban sus escritos como “Los dioscuros“. Cita en la que decían que “nosotros encendemos tal llama, en conformidad con el precepto ariya de que sea hecho lo que debe ser hecho, con espíritu clásico que no se abandona ni a vana esperanza ni a tétrico descorazonamiento”.

Los textos sapienciales del hinduismo señalan que tal manera de actuar haciendo lo que en cada momento debe ser hecho -sin hacerlo buscando algo a cambio- adecuan al hombre con el “dharma”, esto es, con la ley cósmica-natural que se altera cada vez que alguien no obra como debe obrar (3).

 

En la nota en la que anunciaba su decisión sacrificial D.V. declaraba que cuando tantos hombres se hacen esclavos de su vida, mi gesto encarna una ética de la voluntad. (…) Me sublevo contra la fatalidad. Con esta afirmación nuestro autor da un gran salto hacia atrás en el tiempo para enlazar directamente con el Hombre de la Tradición, para el cual no existían condicionantes ni determinismos de signo fatalista que coartaran su libertad. El hombre era dueño de su destino. Él con su proceder lo determinaba. Saltaba, pues, Venner, por encima de la noche oscura del mundo moderno y de sus medios de esclavizar la voluntad del hombre. El Hombre de la Tradición es un Hombre Liberado interiormente y no determinado fatalmente ni por -a diferencia de lo que sucede a día de hoy- un determinado Sistema de Enseñanza ni por -siguiendo a Hegel- una especie de Razón Universal ni por un Hado o Destino que todo lo tendría irremisiblemente prefijado ni por el dios todopoderoso, omniscente y omnipresente de las Religiones del Libro (4).

Posturas que Guillaume Faye corrobora como propias de D.V. cuando en una entrevista sobre nuestro protagonista (5) afirma que éste defendía la idea de que los dioses no deciden, porque el pagano (6) es un hombre libre. El opuesto absoluto del pagano es el seguidor del Islam, es decir, de la sumisión. Y señala, en el mismo sentido, de que no hay que dejar la muerte en las manos del destino, sino de la elección.

     Y en la misma línea se expresa Adriano Erriguel cuando escribe, en un artículo que lleva por nombre “El sol blanco de Dominique Venner”, que el suicidio de Venner debe explicarse como la decisión de ser dueño del propio destino. O José Javier Esparza cuando, en el escrito “Dominique Venner y el destino de Europa”, dice que cualquier movimiento de conciencia puede transformar la sociedad materialista que hoy conocemos, pues -añadimos nosotros- no se trata tan solo -¡que ya es mucho!- de no ser coartados por ningún condicionamiento que impida recorrer ese camino de transformación interior propio del Iniciado de las grandes Tradiciones sino que, asimismo, se trata, de no concebir como fatal ningún status quo como el que política, social, económica y “culturalmente” impera a día de hoy, sino que, al contrario, se conciba la posibilidad de derrocarlo y sustituirlo por otro que permita la realización -espiritual, social, política, laboral,…- de cada miembro de la sociedad al máximo de lo que sus aptitudes le permitan. Por lo cual no únicamente debe ser rechazado el fatalismo en el plano personal e interior sino también en el social y exterior.

Mi gesto encarna una ética de la voluntad –anunció D.V. para explicar su autosacrificio. Es la voluntad que se impone ante cualquier obstáculo, contratiempo y condicionante que resultaría insalvable para el homo vulgaris débil, sin pulso y vencido que ha excretado la modernidad.

En similar orden de cosas D.V. nos transmite en su escrito “El sentido de la muerte y de la vida” que la muerte voluntaria proclama la soberanía que uno ejerce sobre sí mismo.

   

      Julius Evola tipificó con gran nitidez dos formas diferentes y contrapuestas de vivir y concebir la existencia y el mundo manifestado. Las presentó, de forma gráfica, como las guiadas la una por ‘la luz del norte’ y la otra por ‘la luz del sur’. La primera representa la propia del Mundo de la Tradición y entiende de lo diferenciado, lo jerárquico, del honor, el valor, la fides,… La segunda, por contra, corresponde a un tipo humano, que ya inoculado por el virus del mundo moderno, adhiere al igualitarismo, al gregarismo, a la promiscuidad, al tejemaneje, al espíritu mercantil,… Venner en su obra “El blanco sol de los vencidos” sitúa frente a frente a estos dos tipos humanos yuxtapuestos y lo hace en el contexto de ese Norte y ese Sur que acabaron enfrentándose en la Guerra de Secesión de los Estados Unidos (1.861-64). Nos cita al por entonces Gobernador de Carolina del Sur James H. Hammond cuando afirmó que No han existido sobre la tierra dos naciones, que estuvieran separadas de forma distinta y hostil como nosotros. Ni Cartago y Roma, ni Francia e Inglaterra, en ningún momento. También a Mary Chesnut, esposa de un senador de Carolina del Sur quien anotó en su diario que nos hemos separado por incompatibilidad de caracteres. D. V. habla de dos mundos ajenos el uno al otro. Se trata lo que determinadas corrientes geopolíticas han denominado como la alteridad existente, a lo largo de la historia, entre ‘potencias continentales’ y ‘talasocracias mercantiles’. Las primeras apostarían por el afán civilizador y las segundas por el meramente monetario; entre las primeras, verbigracia, la Antigua Roma y entre las segundas Cartago (de fenicia afiliación). Venner nos explica, en este libro, cómo el Norte encuentra como justificación a su sed de acaparar riquezas la argumentación calvinista que responde al silogismo de que el Señor bendice la riqueza. Nos recuerda que se forja en el Sur una tradición aristocrática y agraria, en oposición a la tradición burguesa y mercantil del Norte y que estas diferencias se acentuaron a mediados del siglo XVII, con la llegada (al Sur) de nuevos emigrantes de noble cuna, los “Cavaliers”. Estos barones huían de Inglaterra tras la ejecución de Carlos I Estuardo. Mientras que el Norte se enriqueció en el curso del decenio siguiente con los “Cabezas Redondas”, los “niveladores”, antiguos partidarios de Cromwell y adversarios de los “Cavaliers” que la restauración de los Estuardo sobre el trono de Inglaterra expulsó a su vez. Basta reemplazar a los “Cavaliers” por los carlistas y los Cabezas Redondas por los isabelinos para imaginar los sentimientos que los colonos del Sur podían alimentar respecto a los del Norte y recíprocamente.

Al plantador del Sur (…) se opone el puritano de Nueva Inglaterra. Este hombre de Dios ha firmado un contrato con el Cielo para triunfar sobre la tierra. A cambio del rigorismo de su existencia, espera de Jehová que favorezca sus negocios.

     Nos cita, asimismo, a Michel Chevalier, quien en sus “Lettres sur l’Amerique du Nord(publicadas en 1.836), asevera que el yankee y el virginiano son dos seres muy dispares.    

    Del mismo D.V. escribe Javier Ruiz Portella, en el artículo “El aristócrata y el hombre de las pantuflas”, como de ese hombre con alma de aristócrata que pertenecía a la alta “aristocracia secreta”, como él la llamaba.

     En “El blanco sol de los vencidos”, D. V. habla de los grandes propietarios del Sur cual si de señores feudales se tratase; siempre guiados por esos principios propios al hombre de ‘la luz del norte’. Nos dice de ellos que los plantadores son puntillosos en su honor, dispuestos a pedir reparación por las armas.(…) Velan también sobre los granjeros y los “pequeños blancos” de su condado, administran justicia y socorren a los indigentes. Más aun que el “squire” inglés, entre sus granjeros, el plantador es el señor de su tierra. Un señor feudal sin soberano. (7)

El ya citado Javier Ruiz Portella escribe sobre los pareceres que D. V. tenía acerca de las dos maneras de concebir cuál es el motor del mundo, ya sea si se trata del parecer de los hijos de ‘la luz del norte’ o si se trata de los de ‘la luz del sur’: Venner, apoyándose en Max Weber, piensa que no son los intereses económicos los que determinan las ideologías, sino al revés, que son las ideologías, las religiones, los principios, los que determinan las formas económicas.

Es, pues, ese ‘demon de la economía’, al que denunciaba Evola, el que guía el pensamiento y el accionar del ‘hombre común’ de la modernidad. Ante el ‘homo oeconomicus‘ se alza, para Venner, el caballero y su ética del honor; se alzan el guerrero y el Héroe -que no sólo transita el mundo exterior sino también su vida interior con el objeto de realizarse espiritualmente.

Si seguimos caracterizando al hijo de ‘la luz del norte’ qué mejor que seguir echando mano el autor francés cuando en su artículo “El individualismo: origen último de la corrupción” plantea que si el interés personal es el único fundamento del pacto social, no se ve que es lo que podría prohibir que cada cual se aproveche de ello lo mejor que pueda, según sus intereses y sus apetencias, llenándose el bolsillo si su cargo le ofrece tal oportunidad.

Individualismo en hipertrofía mayúscula que contrasta con el sentido comunitario que caracterizó siempre, por contra, al ‘hijo de la luz del norte’, que era activo partícipe de los ‘cuerpos intermedios’ (hermandades, gremios, cofradías, órdenes,…) a los que pertenecía y los cuales vertebraban y estructuraban las sociedades Tradicionales orgánicas. Y en semejante orden de ideas nuestro autor nos hace ver, en este último escrito, que en Europa, desde la más remota Antigüedad, siempre había dominado la idea de que cada individuo era inseparable de su comunidad, clan, tribu, pueblo, polis, imperio, al que se encontraba unido por un vínculo más sagrado que la propia vida.

Y nos advierte de que estas agrupaciones orgánicas -que fueron las inherentes a la Tradición- han degenerado, en el mundo moderno, en conglomerados inorgánicos y desestructurados y en una suma de individuos reunidos para pasarlo bien o satisfacer lo que por su interés entienden.

 

Dominique Venner no es ajeno al plano Trascendente de la realidad. Desde el punto de referencia del llamado pensamiento Tradicional revisten especial interés sus apreciaciones al respecto. Nuestro autor no concibe un tipo de religión quasi abstracta (que no exhibe puntos de conexión con lo concreto, con la realidad antropológica de cada cultura), de corte cosmopolita, que pueda ser profesada aquí, allá y acullá, sin ninguna relación con el palpitar particular de cada pueblo. Pues, por contra, él defiende la convicción de que cada grupo humano tiene una manera diferente de percibir la existencia y el Hecho Trascendente. Y, a nuestro entender, se carga de razón al defender esta posición, pues, existen grupos humanos a los que su idiosincracia particular les hace identificarse con prácticas de corte animista, así como otros lo hacen con otras totémicas, otros con la mera creencia en lo Alto y, en cambio, otros son -o, al menos, fueron- capaces de emprender -sobre todo en sus miembros más dados a ello, por capacitación espiritual y por voluntad- capaces de emprender, decíamos, la vía interior que lleva al Conocimiento del plano Suprasensible de la Realidad e incluso a Identificarse ontológicamente con dicho plano. Este último grupo humano siempre concibió el cosmos como un todo armónico en el que fluyen fuerzas sutiles-metafísicas con las que se puede -y debe- interactuar. Otros grupos humanos, en cambio, conciben un vacío metafísico entre el Creador y las “criaturas”, por lo que creen imposible acceder a la Gnosis del dicho Creador por no existir los “peldaños metafísicos” intermedios –numina– que harían posible el acceso del hombre al mentado Creador. D. V. piensa, en este sentido, que Europa no podrá reencontrarse a sí misma, a sus raíces, a su esencia y a su Tradición a través de una religión, ya bimilenaria, que no encaja con el palpitar Espiritual del homo europaeus y que es extrapolable a cualquier latitud y rincón del planeta. Postula, Venner, por contra, que la esencia metafísica el europeo la debe indagar en otras fuentes. Y es por esto por lo que en “Las razones de una muerte voluntaria” afirma que no poseyendo una religión identitaria a la cual amarrarnos, compartimos desde Homero una memoria propia, depósito de todos los valores en los cuales podremos volver a fundar nuestro futuro renacimiento.

    Así se ha recogido en un artículo titulado “La muerte de Dominique Venner no es un fin sino un comienzo” (8). En él su autor detecta una ‘religión identitaria’ en otros pueblos, mientras en cambio, los europeos tienen una religión universal y afirma, por esto, que el cristianismo tiene una vocación universal.

Si para los pueblos indoeuropeos Tradicionales el hombre podía transmutarse interiormente a través de la Iniciación era porque concebían que como emanación que era -el hombre- del Principio Supremo y Eterno (y no creación ex nihilo de éste) compartía con el mismo su esencia imperecedera; la cual se trataba de activar. Y es que  en todas las culturas Tradicionales el hombre siempre se creyó descendiente de los dioses. Los clanes, las tribus, las “genes” creían tener en alguna divinidad a su antepasado más remoto. Los Iniciados, al ir más allá de la forma concreta y antropomórfica que se le otorgaba a la divinidad, concebían al hombre como emanación de un Principio Supremo y, en consecuencia, lo hacían partícipe y portador de la Esencia Inmutable y Sacra de dicho Principio.(9)

D.V. , en un escrito suyo ya reseñado con anterioridad (10), escribe que (…) esta indiscutida conciencia, de la que la Iliada nos ofrece la más antigua y poética expresión, tomaba formas diversas. Basta pensar en el culto a los ancestros a quienes la “polis” debía su existencia …Ancestros que solían ser identificados con dioses o con héroes divinizados.

 

La actitud del estoico ante la vida, con el que -ya lo hemos señalado- se identificaba el autor francés, es la de cierto distanciamiento interior, pues el estoico ha logrado una buena dosis de desapego con respecto a la vida; desapego fruto de un trabajo interno que el Mundo de la Tradición llamó Iniciación o al que, concretamente, el orbe clásico se refirió cuando hablaba de la consecución y gnosis de los ‘Pequeños Misterios’ y de los ‘Grandes Misterios’.  Desapego con respecto a los bienes materiales, a las ambiciones humanas, a las pulsiones más primarias, a los sentimientos desaforados o a las pasiones y emociones embriagadoras y cegadoras. Como a uno de los arquetipos de este tipo de hombre descondicionado nos presenta Venner al samurái, al cual nos recuerda que el “Hagakuré” -libro escrito por Yamamoto Tsunetomo– impelía a prepararse para la muerte mañana y noche y día tras día, como técnica de superación de un apego a la vida que conlleva a ese miedo a perderla que debe ser ajeno al samurái.

El estoico, para nuestro autor, responde a un comportamiento y una edificación interna que se hallan en las antípodas de aquellos que, como el hombrecillo moderno, deambulan en unas vidas que no son nada y que no tienen otro objetivo que vivir por vivir, cualquiera que sea su vacuidad. (11)

Este ‘hombre moderno’ atribulado y que se agita con convulsión es el fruto de una modernidad ante la cual un tipo de ‘hombre diferenciado’ se siente como un ‘exiliado en este mundo’ …se siente, tal como nos recuerda Venner, como se sentía Antoine de Saint-Exupéry cuando en su “Carta al general X, escrita en 1943, ya declaraba su aversión por el mundo que ante él se alzaba: «Odio mi época con todas mis fuerzas […]. El hombre está castrado, cortado de sus resonancias originales» (12); unas ‘resonancias originales’ que no pueden ser otras que las que vibran al son de la Trascendencia …y una dimensión Trascendente de la cual el hombre moderno ha sido amputado.

Ante el apego a la vida que desapega de lo que es ‘más-que-vida’ (el plano del Espíritu) y que, por otro lado, impide cualquier trazo de comportamiento heroico, Javier Ruiz Portella en su homenaje a la memoria de D.V. nos dice que basta que alguien sea capaz de jugarse la vida en un acto heroico para que ello choque profundamente a la chusma amorfa que nos rodea (esa chusma que nada tiene que ver, recordaba antes, con el pueblo que, cuando aún existía, se inclinaba ante los héroes). Pero hoy no. Hoy lo que más detesta el hombre-masa (el de arriba, el de abajo y el de en medio) es todo lo que pueda oler, así sea de lejos, a grandeza y heroicidad. (13)

Dominique Venner, en ese jugarse la vida, al poner fin a sus horas terrenales, lo hace con esa mentalidad inseparable del estoicismo, pues nos recuerda que cuando Catón de Útica, Séneca, Petronio y tantos más ponen voluntariamente fin a sus días, son fieles a la filosofía estoica que enseña a morirun estoicismo para el cual los motivos del autosacrificio no pueden separarse del concepto del honor, tal como comprobamos cuando afirma que La muerte voluntaria, atributo del Japón de los samuráis, puede traducirse en alta aspiración al honor y a la dignidad. O cuando añade que es imposible no sentir estima por el almirante von Friedeburg, último comandante en jefe de la Kriegsmarine, que se dio muerte después de haber sido obligado a firmar la capitulación de 1945. (14)

 

¡Que no nos abandone no sólo el legado escrito de Venner sino, más aún, el ejemplo de su sacrificio por un elevado ideal …el único por el que merece que consumamos nuestra vida!

 

 

NOTAS:

 

(1)En su nota de despedida, la misma mañana de su autosacrificio, nuestro autor francés señalaba que escojo un lugar altamente simbólico, la catedral de  Notre-Dame de París que respeto y admiro, esa catedral edificada por el genio de mis antepasados en sitios de culto más antiguos que recuerdan nuestros orígenes inmemoriales.

(2)   Merece ser destacada la diferencia existente el apoliticismo nihilista e irresponsable inherente a la postmodernidad como forma de despreocupación ante los fenómenos del mundo de la política que nos intentan determinar (¡y de qué deletérea manera!) y el concepto de “apoliteia” que defiende Julius Evola en su obra “Cabalgar el tigre”, como aquella actitud que persigue un cierto distanciamiento ante los accionares disolventes del entramado político del mundo moderno. Un distanciamiento (tanto exterior como interior; guiado, éste último, por una especie de actitud estoica) que pretende el que no nos veamos influenciados por sus cáusticas influencias pero que, al mismo tiempo, no nos prive de la posibilidad de actuar, en un momento dado, desde dentro del mismo Sistema siguiendo la estrategia de intentar minarlo en sus fundamentos y de poner al descubierto sus contradicciones.

(3) “El deber”, capítulo IV de nuestra obra “El Hombre de la Tradición”. Ediciones Camzo.  También puede leerse en    https://septentrionis.wordpress.com/2012/10/04/el-hombre-de-la-tradicion-iv-el-deber/

(4) Ideas que hemos desarrollado ampliamente en “Evola frente al fatalismo”, capítulo III de nuestro libro “Reflexiones contra la modernidad”. Ediciones Camzo. También se puede acceder a su contenido en https://septentrionis.wordpress.com/2010/08/19/evola-frente-al-fatalismo/.

(5) Traducida al castellano por Francisco Albanese.

(6) Sería conveniente descartar el término ‘pagano’ y sustituirlo por el de ‘precristiano’ o (fuera del área de expansión del cristianismo) el de ‘politeísta’ o, sencillamente, por el de ‘Hombre de la Tradición’, ya que el vocablo ‘pagano’ reviste connotaciones despectivas asignadas por el primigenio cristianismo y que tendrían que ver con lo rústico y primario; amén del hecho de que el “paganismo” de los últimos siglos del Imperio Romano Occidental involucionó en algo así como una especie de panteísmo

(7) Nosotros ya en su día intentamos mostrar los parabienes que, desde el punto de vista Tradicional, fueron propios de la Edad Media (en especial la Alta Edad Media) y los hicimos en un escrito que llevaba por título “Lanzas a favor del Medievo” (https://septentrionis.wordpress.com/2014/11/04/lanzas-a-favor-del-medievo/)

(8) Puede leerse en su totalidad en http://www.alertadigital.com/2013/06/04/la-muerte-de-dominique-venner-no-es-un-fin-sino-un-comienzo/

(9) Párrafo recogido en ciertas reflexiones nuestras que se pueden consultar en https://septentrionis.wordpress.com/2010/05/25/el-emanatismo/

(10) “El individualismo, origen último de la corrupción”

(11) Del escrito “El sentido de la muerte y de la vida”, Dominique Venner.

(12) Íbidem.

(13) “El sacrificio heroico y el sentir mayoritario”, Javier Ruiz Portella.

(14) “El sentido de la vida y de la muerte”, Dominique Venner.

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

 

 



LITERATURA FANTÁSTICA Y LA RESURRECCIÓN DEL MITO
diciembre 7, 2018, 3:41 pm
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LITERATURA FANTÁSTICA Y LA RESURRECCIÓN DEL MITO

“Dicen que los seres inmundos de los Viejos Tiempos acechan en los oscuros rincones olvidados de la Tierra, y que aún se abren las Puertas que liberan, ciertas noches, a unas formas prisioneras del Infierno”.

Howard, “La Piedra Negra”.

“Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche.”

 

Edgar Allan Poe

“Después de que la tierra hubo escondido esta generación, Zeus Cronida suscitó otra divina raza de héroes más justos y mejores, que fueron llamados Semidioses o Inmortales en toda la tierra por la generación presente. Pero la guerra lamentable y la refriega terrible los destruyeron a todos, a unos en la tierra Cadmeida, delante de Tebas la de las siete puertas, en tanto combatían por los rebaños de Edipo; y a los otros, cuando en sus naves fueron a Troya, surcando las grandes olas del mar, a causa de Helena la de hermosos cabellos, Ios envolvió allí la sombra de la muerte. Y el Padre Zeus les dio un sustento y una morada desconocidos de los hombres, en las extremidades de la tierra. Y estos héroes habitan apaciblemente las islas de los Bienaventurados, allende el profundo Océano. Y allí, tres veces por año, les da la tierra sus frutos.

¡Oh, si no viviera yo en esta quinta generación de hombres, o más bien, si hubiera muerto antes o nacido después! Porque ahora es la Edad de Hierro. Los hombres no cesarán de estar abrumados de trabajos y de miserias durante el día, ni de ser corrompidos durante la noche, y los Dioses les prodigarán amargas inquietudes”.

Hesíodo, “Los Trabajos y los Días”.

 

Edgar Allan Poe junto con Lovecraft, Howard -el genial creador de “Conan el Bárbaro”- y Tolkien –su extraordinaria trilogía “El Señor de los Anillos”-, sin lugar a dudas, han sido los cuatro literatos fantásticos más grandes que ha habido. Los cuatro coincidieron en su rechazo y desprecio hacia la democracia y la moral burguesa, hacia la repugnante vida odiosamente cuantificada, racionalizada y tecnificada, de la Modernidad en definitiva. Se da el hecho curioso de que en esa nación maldita, caricaturesca, pseudocivilización prototípica de la modernidad mezcla a la vez de infantilismo y senilidad -aunque ella presuma de ser “joven”- que es EEUU (Poe, Howard y Lovecraft eran norteamericanos), pseudocivilización groseramente materialista donde los “buscadores de oro” eran elevados prácticamente a la categoría de héroes nacionales, esta serie de literatos brillantes y solitarios (y también marginados y odiados por la bienpensante mediocridad burguesa), al contrario, eran “BUSCADORES DE TRADICIÓN”. Ellos amaban lo remoto, lo mítico, lo legendario y misterioso, soñadores e idealistas de una Era que fue y ya no es. Eran verdaderos europeos, extranjeros en un mundo y en un país en ruinas (espirituales más que físicas), poetas y trovadores mágicos de un mundo que pugnaba por nacer sobre los escombros de una era ya crepuscular y terminal. Como dato curioso señalar que precisamente es en esa avanzadilla de la subversión mundial y quintaesencia de la modernidad que es Yanquilandia, de donde parten la mayoría de aberraciones pseudo-espirituales y claramente contra-tradicionales: New Age, Veganismo, Contactismo, Rosacrucianismo, Espiritismo, chiflados que ven OVNIS hasta en la sopa, etc, todos ellos en sí son la contrapartida “espiritual” y “religiosa” del actual Nuevo Orden Mundial plutocrático-sionista que aspira a implantar e imponer una “religión única y global” (ya no se esconden en decirlo), triturando a su paso a pueblos, razas, estados, naciones, religiones, tradiciones, culturas… La Modernidad y su cosmovisión telúrico-demoníaca del mundo es antimítica por definición, odia y rechaza el pasado en busca de un futuro siempre incierto, es el fantasma del “progreso indefinido” que sólo conduce a la barbarie primero -lo estamos viendo y presenciando hoy en día- y finalmente al abismo. “El pasado está muerto”, se nos repite hasta la saciedad, cuando, en realidad, todo lo que somos es pasado….
En todo caso, decir que ni la Modernidad es el Mal absoluto, ni las culturas premodernas son el Bien absoluto. La cuestión de todo es que el progreso nos ha arrebatado un mundo que, con todas sus limitaciones, era cien veces preferible a éste con todos sus «avances» tecnológicos y materiales, y que en el fondo no ha hecho nada más que alumbrar a una sociedad de eunucos mentales y espirituales, un mundo de tarados de la peor especie. De hecho, aquel mundo permitía o hacía posible el acceso al sentido, a la plenitud espiritual, a la ascesis guerrera, a la formación integral del hombre en todos los sentidos, y el que ahora vivimos parece empeñado en impedirlo, como decía René Guénon “encerrar al hombre en un caparazón para impedirle así el acceso a lo Alto, a la trascendencia”. Ésa es la gran diferencia. En definitiva, la Modernidad contra el Mito, ya que éste es el único que puede volver a redimensionar y a despertar de nuevo a un hombre hoy adormecido y aletargado.

Decía René Alleau que “el ‘tiempo mítico’ transcurre paralelamente al ‘tiempo histórico’, pero con otro ritmo. Lo que llamamos ‘acontecimientos’ no son quizá más que múltiples advenimientos, internos y oscuros, que se vierten a la luz del día, cristalizados y formando de pronto una masa”. Sólo así se explicaría cómo en pleno siglo XX, en plena fase final o etapa más oscura del Kali-Yuga, la Edad Oscura y Crepuscular, hayan surgido en Occidente (“El Extremo Occidente” en el caso de EEUU como decían René Guénon y Evola) tal cantidad de genialidades en todos los órdenes del Arte -con mayúscula, ya que el otro “arte”, el del Sistema, no es nada más que la emanación de la sub-humanidad y de las Fuerzas del Caos-, ello después de tantos siglos de decadencia generalizada: en la política, en la pintura, la arquitectura, la literatura, etc. Estábamos viviendo en la primera mitad del Siglo XX un verdadero intento de restauración heroica, una nueva Edad de los Héroes, raza esta última Inmortal al decir de Hesíodo, presta en cualquier momento a reaparecer para restablecer el Orden y la Ley perdidos. Cuando la Modernidad creía que lo había matado y expulsado definitivamente de este mundo, ahí lo tenemos otra vez con más fuerza que nunca: LA RESURRECCCIÓN DEL MITO. POE, HOWARD, LOVECRAFT, TOLKIEN, VERDADEROS ARISTÓCRATAS DE LA INTELECTUALIDAD: ¡¡¡PRESENTES!!!

Joan Montcau

 



EL ALCANCE DE ERNST JÜNGER
octubre 28, 2018, 11:46 am
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EL ALCANCE DE ERNST JÜNGER

 

Abogando, como abogamos, por una concepción del mundo y de la existencia centrada en la elevación del hombre más allá de su mero compuesto psico-físico y por la sintonización de este compuesto con la dimensión Trascendente del ser humano no podemos por menos que enfocar este presente ensayo con la luz de que nos provee la Tradición para de este modo, tras desgranar los aspectos principales de la obra del autor germano oriundo de  Heidelberg, analizar si los mismos se pueden catalogar como de Tradicionales en su genuina esencia o, cuanto menos, se hallan próximos a lo que se entiende por Tradición …nos planteamos, por ende, calibrar el alcance que tiene la obra de Jünger: nos planteamos cuál es su concomitancia con los ejes básicos de la Tradición y lo hacemos siempre, de forma preponderante, desde la base insoslayable que de forma tan magistral nos legó el italiano Julius Evola cuando se propuso porfiar por transmitirnos cuáles son los parámetros en los que se basa el Mundo de la Tradición, cuáles sus valores, cuáles sus doctrinas y, en contraste con ello, cuál es el entramado inherente a su alienada y alienante antípoda: el mundo moderno.

Por de pronto hemos de situar a Jünger dentro de esa corriente política y de pensamiento que Armin Mohler sistematizó como la de la Revolución Conservadora alemana (denominación, por otro lado, que ya se había utilizado mucho antes), en la que se incluyen mentes como la de Oswald Spengler, Carl Schmitt, Moeller van der Bruck, Ernst Niekisch, Werner Sombart o Ernst von Solomon. Alain de Benoist nos recuerda en un ensayo titulado “Ernst Jünger y el trabajador” que “Alrededor de Jünger se constituye el llamado ‘grupo de Berlín’, en cuyo seno encontraremos a representantes de las diferentes corrientes de la Revolución Conservadora: Franz Schauwecker y Helmut Franke; el escritor Ernst von Salomon; el nietzcheano-anticristiano Friedrich Hielscher, editor de Das Reich; los neoconservadores August Winnig (al que Jünger conocerá en el otoño de 1.927 por mediación del filósofo Alfred Baeumler) y Albrecht Erich Günther, coeditor —junto a Wilhelm Stapel— del Deutsches Volkstum; los nacional-bolcheviques Ernst Niekisch y Karl O. Paetel y, por supuesto, a su hermano y reconocido teórico Friedrich Georg Jünger.” Esta corriente política y de pensamiento propugna el papel formador y rector del Estado dirigido por una élite, aboga por lo jerárquico, rechaza cualquier forma de igualitarismo, denuncia la decrepitud del parlamentarismo partitocrático o denuncia la demagogia de la apelación a las masas …postulados, todos éstos, propios de una concepción política y de pensamiento  de corte Tradicional.

Para Jünger el ser humano no debe concebirse como un individuo atomizado desgajado de cualquier vínculo orgánico comunitario ni debe ser considerado como igual, en esencia, a sus congéneres, con los cuales formaría parte (gracias a lo que Rousseau definió como el contrato social pactado entre ellos) de una sociedad inarticulada e inorgánica. Al igual que tampoco lo concibe desgajado de sus antepasados y de los que serán sus descendientes, sino, en gran dosis, como fruto del legado de sus ancestros con los cuales se halla, por ello, ligado y lo concibe, asimismo, como hacedor, junto a éstos, de muchas de las esencias que caracterizarán a sus descendientes (1). Por tanto, estos vínculos atacan frontalmente cualquier visión individualizante y atomizante (la propia del individuo-masa de las actuales sociedades gregarias) del ser humano.

En esta línea, en el artículo en el que vierte estos conceptos, Jünger escribe que “también el hombre presente será un hombre pasado, pero (…) sus acciones y gestos no desaparecerán con él, sino que constituirán el terreno sobre el cual los venideros, los herederos, se refugiarán con sus armas y con sus instrumentos”. Por otro lado el encaje que desde el punto de vista de la metafísica Tradicional hay que darle a esta cita lo podemos entender a tenor de unos conceptos que en su día escribimos (2): “(…) la idea que sobre la inmortalidad defiende Evola cuando habla en el capítulo titulado “Las dos vías de la ultratumba” de su obra “Rebelión contra el mundo moderno”, de que tras la muerte física son dos las vías que se le presentan al fallecido: una sería la ´vía de los antepasados´ o pitra-yana y la otra sería la ´vía de los dioses´ o deva-yana (términos de la tradición hindú). La primera de ellas sería el destino de la mayoría de los individuos cuya existencia no pasó nunca de ser la del hombre vulgar, esclavo del devenir y que consistiría en la disolución de las fuerzas y energías sutiles que hicieron posible la vida de dichos individuos (puesto que se hallan en el origen del funcionamiento de su entramado psíquico-físico), la disolución, apuntábamos, en la descendencia de su mismo clan, gens, sippe o zadruga* pasando a formar parte (dichas fuerzas o energías) del genio, manes, tótem, demon o dáimon que confiere la peculiaridad y el impulso particular que caracterizan al mencionado clan. Esta vía, en realidad, no supone la inmortalidad del individuo, pues éste (o, mejor dicho, ´sus´ fuerzas o energías sutiles) vuelve a reintegrarse en la corriente del mundo manifestado, del mundo del devenir y del continuo fluir. La segunda de las vías, la de los dioses, sí que supone la verdadera inmortalidad de la persona que en su existencia terrena supo desligarse de todo aquello que condiciona al individuo y experimentó una auténtica transubstanciación o transfiguración que espiritualizó su alma liberada de ataduras y la logró hacer compartir la Esencia Suprema de aquel Principio Superior, metafísico y suprasensorial que se halla en el origen del Cosmos manifestado. Por lo que, tras el óbito, si no antes, el Yo Superior o el Alma Espiritualizada de la persona habrá conquistado la inmortalidad, la eternidad y habrá escapado de la cadena de transmutaciones y cambios que son propios de la manifestación. Sólo unos pocos, sólo una minoría conquistará el ‘paraíso’; logro, pues, de carácter aristocrático y nada democrático.”

Es, pues, en la ‘vía de los antepasados’ o pitra-yana donde deberíamos encajar la cita que de Jünger hemos reproducido. Sea como fuere podemos entender o bien que el escrito (“La Tradición”) y la revista (“El estandarte”) en los que se halla inserta  no perseguían el estudio de temas estrictamente metafísicos o bien que estamos tratando con un joven Jünger que probablemente se adentrara en ellos en épocas posteriores; posibilidad de la que hablaremos más adelante.

Volviendo a la línea de ese hombre no atomizado, no desgajado de sus ancestros y de sus descendientes nuestro autor alemán sigue diciéndonos en el mismo escrito que “Así también, la sangre de la persona singular está mezclada por millares de corrientes de sangre misteriosa, a pesar de que esa persona singular no es por esto la suma de sus predecesores, no es sólo el portador de su voluntad y de la calidad de aquéllos, sino que, según una neta y bien definida peculiaridad, él es también él mismo.” Percíbase cómo se añade un elemento nuevo a lo expresado hasta ahora. Elemento que no es otro que el de la personalidad: la entidad del ser humano. La entidad que hace posible que pueda llegar a ser soberano, a decidir su destino, a labrarse su camino, a liberarse de todo aquello que ata, condiciona, esclaviza y mediatiza; a liberarse de ello como paso previo -tal como postula la Tradición- para encarar el Conocimiento de los planos Superiores y Metafísicos de la Realidad y para hacerse ontológicamente uno con ellos. Principio de la ‘personalidad’ que riñe con ciertas escuelas metafísicas orientales (como, p. ej., el Vedânta) para las cuales el ser humano como ser singular carece de entidad y de realidad, siendo, por contra, mera ensoñación o ilusión (maya) y parte indiferenciada del Brahman o Principio Universal. En cambio, para la Tradición el microcosmos (el mundo físico, el ser humano,…) es real y de lo que se trata es de sacralizarlo y convertirlo en una especie de reflejo del macrocosmos (del mundo Metafísico). Aquí estriba la diferencia sustancial entre cierta metafísica pura -que acarrea , por cierto, posturas evasionistas (3)- y el Tradicionalismo.

Jünger, en la línea de la Tradición, rechaza el gregarismo promiscuo negador del principio de la ‘ personalidad’; principio sin el cual no puede entenderse el de la libertad del hombre (4): esa libertad en potencia que de ser desarrollada lo convertirá en Héroe, en el Hombre de la Tradición Primordial, en el Liberado o Despertado al que se refiere el budismo.

En sintonía con lo cual volvemos, en boca de uno de sus personajes, a leerle al de Heidelberg en su novela “Heliópolis” (5) que “Queremos la libertad del hombre, de su esencia, de su espíritu y de su propiedad. (…) El Prefecto se ve obligado a nivelar, a atomizar e igualar el potencial humano, en el cual debe prevalecer un orden abstracto. En nuestra opinión, por el contrario, quien ha de dominar es el hombre” (págs. 179 y 180).

Para nuestro autor el hombre igualitario del liberalismo no es más que el fruto de una construcción mental (por ello abstracta) reñida con las leyes de la naturaleza y reñida, añadimos nosotros, con una jerarquía en cuya cúspide deben situarse aquéllos que son capaces de gobernarse a sí mismos. El hombre igualitario atenta contra la diferencia y contra el principio personal, pues el igualitarismo convierte al hombre en átomo indiferenciado de sus congéneres.

Examinando la postura de Jünger al respecto Alain de Benoist escribe en un ensayo titulado “Ernst Jünger y el Trabajador” (6) que “(…) Desde esta perspectiva, lo esencial es la lucha contra el liberalismo. En Arminius y en Der Vormarsch Jünger ataca el orden liberal simbolizado por el Literat, el intelectual humanista partidario de una sociedad ‘anémica‘. En abril de 1.927, en Arminius, Jünger declara no creer en verdad general alguna, en ninguna moral universal, en ninguna noción de ‘hombre’ como ser colectivo poseedor de una conciencia y derechos comunes. Creemos -dirá- en el valor de lo singular (Wir glauben an den Wert des Besonderen).”

El de Heidelberg nos sigue poniendo en guardia frente a las construcciones abstractas que han dado origen al individuo atomizado propio de la ideología liberal y, en este sentido, nos conmina a “desembarazarnos del abrazo del intelecto que piensa según cálculos”.(7)

Ante el individuo anémico paradigmático de las sociedades liberal-burguesas Jünger reivindica la figura del héroe que se forja en la lucha. Un héroe, nos dice, que por desgracia es derrotado en combate ante los embates físicos del aparato edificado por el  mundo moderno y que por esto “conoce su ocaso, pero su ocaso se asemeja a aquel rojo sangre del Sol que promete una mañana más nueva y más bella” (8). Su sacrificio no será en vano pues el mismo ejemplo representado por dicho sacrificio verá sus frutos y la resistencia, aunque en forma -tras la derrota- más velada, encenderá la antorcha de los que en el mañana se alcen contra la deletérea modernidad, tal como el austríaco Hugo von Hofmannsthal nos recordaba en esta sugerente cita: “Los que velan en la noche obscura dan la mano a los que nacen en la nueva alba”.

El héroe que se forja en el combate nos proporciona una pista acerca de cómo nuestro autor concibe en qué debe consistir la verdadera jerarquía. Una jerarquía que podemos más que vislumbrar cuando, en boca de uno de los personajes, en su novela “Heliópolis” (9) leemos: “(…) Está intentando atraerse a las mejores fuerzas. Para elegir, tiene que guiarse por la capacidad de las personas, es decir, tiene que dirigirse a un círculo de hombres que se distinguen bien por sus hechos, bien por sus conocimientos o por su gran capacidad. Es el camino más vulnerable, pero el único viable en nuestro tiempo. Tenemos que excluir de los puestos de mando no sólo a los tecnócratas, sino también a los románticos”.

Se excluyen, de la élite, a los románticos, pues el romántico representa un producto del mundo moderno. Representa al que acciona movido por la pasión, por la emoción y por el sentimiento debido a que es esclavo de estos estados perturbadores de la mente. Los torbellinos de su psique alterada se hallan en total contradicción con el estado de autocontrol y autogobierno mentales a los que aspira un Hombre de la Tradición que nunca actuará guiado por las sacudidas de su mente sino por la acción pura y desinteresada …por el “hacer lo que debe hacerse”, tal como reza una máxima de la tradición indoaria, sin hacerlo guiado por los resultados sino porque es lo acorde con el Deber; con aquel Deber que armoniza con el Dharma o Ley -metafísica- del Cosmos. El romántico ve alterada esa ‘pura objetividad’ -de la que hablaba Julius Evola- con la que, por contra, -también citando al maestro italiano- ‘un tipo de hombre diferenciado’ enfoca la realidad con el objeto de mejor entenderla y de poder escudriñar en sus fuentes motoras sutiles para hacerse ontológicamente uno con ella.

Quedan, en “Heliópolis”, excluidos, también, los tecnócratas, pues son los que de acuerdo a la lógica del liberalismo capitalista anteponen, sirviéndose de los aparatos del poder, la economía a la política, sometiendo, de este modo, al Estado (que en todo ordenamiento Tradicional ejerce su total Soberanía) a los dictados de la economía y convirtiéndolo en mero gestor de ésta. Así vemos cómo la que siempre fue la tercera función (la productiva-económica) en las comunidades Tradicionales se erige en el mundo moderno -por efecto de una perniciosa inversión materialista- en la rectora. Cuando, en cambio, el Mundo Tradicional situó como estamento dirigente al sacro-aristocrático, por debajo de éste al guerrero y en tercer lugar al productivo (artesanos, agricultores,…).

Si hablamos de la repulsa jüngeriana hacia los tipos humanos del romántico y del tecnócrata no podemos por menos que recordar que también lo hacía hacia la del burgués, tal como muestra en su obra de 1.932 Der arbeiter (“El trabajador”), donde el arquetipo representado por esta figura representaría la superación de la vida fácil y cómoda a la que aspira el burgués y la destrucción de todos los cinturones de seguridad que éste se coloca para asegurarla al máximo. Este Trabajador se forja, por ejemplo, en situaciones bélicas y revolucionarias y no tiene nada que ver con la figura del ´proletario´ hegemónico del Cuarto Estado (10) -no tiene, por tanto, una connotación clasista- sino con una nueva nobleza heroica. Esta figura del ‘trabajador’ la podríamos equiparar, en muchos sentidos, con la del ´guerrero´ y “así cuando leemos una cita anónima que reza que donde abunda el peligro crece también aquello que salva no podemos por menos que pensar que es exclusivamente el guerrero quien puede arrostrar con el dicho peligro sin venirse abajo por ser presa del pánico. Un ´peligro´ que puede -y debe- entenderse desde diversas lecturas: desde la lectura que hace referencia a las situaciones límite –como, p. ej., las bélicas- que pueden ayudar a transportar al hombre preparado a otros estados de conciencia por encima del ordinario, pasando por la lectura que se inscribe en el peligro existencial que puede destruir a aquel que ha roto los lazos que le ataban a lo condicionado y puede no encontrar otros lazos que lo eleven (o puede hallarlos y seguirá su camino hacia la palingénesis o ´segundo nacimiento´ a la realidad Metafísica) y acabando, incluso, por la lectura que entiende los peligros a la manera que los concibe la doctrina extremo-oriental de ‘cabalgar el tigre’” (11).

No es, ciertamente, en Der Arbeiter donde hay, todavía, que buscar una veta metafísica, pero sí que, entre otros conceptos y posicionamientos vitales, se puede más que vislumbrar esa actitud existencial conocida como ‘cabalgar el tigre’ y que poco a poco pareció hacer suya en su mismo existir el propio Ernst Jünger. (12)

En “Tempestades de acero” (1.920) -sobre sus experiencias personales en la IGM- y en “El Trabajador” el de Heidelberg destaca la irrupción de lo elemental y la consiguiente eliminación de esquemas mentales y convencionalismos burgueses. El “trabajo”, en sentido jüngeriano, abre el camino para la irrupción de lo elemental. En Der Arbeiter nos escribe lo que comprende como “trabajo”: “la velocidad del puño, del pensamiento, del corazón, de la vida de día y noche, la ciencia, el amor, el arte, la fe, el culto, la guerra: trabajo es la vibración del átomo y la fuerza que mueve las estrellas y los sistemas solares”. Evola nos explica  que ‘el Trabajador’ “se trata de demiurgicidad, de una figura caracterizada justamente  por una relación directa, activa, total con las fuerzas de la realidad, con lo elemental en sí y afuera de sí”. (13)

Y si hemos señalado las concomitancias entre ‘el Trabajador´ y ´el guerrero´ y la indisociabilidad de estas figuras con ‘el peligro‘ Evola nos escribe, en el mismo capítulo, que en el nuevo mundo configurado por el triunfo de ‘el Trabajador’ “surge en vez la necesidad de ordenamientos nuevos, de ordenamientos basados no sobre la exclusión del peligro, sino sobre un nuevo connubio de la vida con el peligro”.

Ante situaciones al borde de la muerte o en las que la posibilidad de que ésta irrumpa no es precisamente nimia se produce una relativización total del papel y de la importancia que lo utilitario, lo pragmático, lo material y las menudencias que se presentan en el vivir cotidiano representan para el hombre amoldado a la vida muelle y a las seguridades propias de la mentalidad burguesa. Dicha relativización facilita la irrupción de lo elemental. Para Evola -en el cap. señalado- lo elemental «designa las potencias más profundas de la realidad, que caen afuera de las estructuras intelectualistas y moralistas y que están caracterizadas por una trascendencia sea positiva como negativa, con respecto al individuo: así como cuando se habla de las fuerzas elementales de la naturaleza». Giovanni Monastra nos dice al respecto que “el burgués, encerrado en su ciudadela racionalista, en su vacuo intimismo, pequeña alma dirigida a las cosas pequeñas, a lo útil, a lo seguro, tiene terror por lo elemental y lo mantiene a distancia”.

Pero ante esta irrupción de lo elemental se ha de estar vigilante, pues tras el barrido de las menudencias y las seguridades burguesas puede acaecer algo superior pero también algo inferior tanto por lo que respecta a la naturaleza de los sistemas políticos que pudiesen suceder al Tercer Estado burgués como por lo que incumbe al interior mismo de las personas que se hubiesen desligado, mentalmente, de las ataduras y condicionamientos de la vida cotidiana. Jünger sabía de las diferentes consecuencias que podrían darse. Asimismo Evola nos pone sobre aviso de los peligros telúricos e ínferos que pueden, en tal estado de cosas, acontecer.

Nosotros, en otra ocasión, reseñando la tesis doctoral de nuestro amigo y coforista Gonzalo Rodríguez sobre “La tradición guerrera de la España céltica” comentamos el concepto del autor  sobre el “más allá telúrico” …un “más allá telúrico” que bien podríamos asociar con lo elemental. Pretendiendo, pues, hacer luz sobre este concepto tan caro a la obra de Jünger recordamos lo que en esa ocasión escribíamos:

“Nuestro coforista nos refiere sobre la concepción, en el seno del mundo celta, de dos planos invisibles de la realidad: el ´más allá celestial´ y el ´más allá telúrico´. El primero (Dêva-yana o ´vía de los Dioses´) es asimilable al mundo Superior y es al que se accede una vez el Iniciado ha dominado sus vínculos y pulsiones condicionadores -primarios, psíquicos: sentimentales, emocionales, pasionales,…- y se ha convertido en ´señor de sí mismo´; en el Gran Autarca que apuntaba Julius Evola allá por los años  ´20 de la pasada centuria. Una vez superado lo cual (una vez superada la ´obra al negro´ o nigredo de que nos habla la tradición hermético-alquímica) el Iniciado accede, de forma definitiva, al conocimiento del plano sutil metafísico de la Realidad y es capaz, incluso, de activarlo en su fuero interno (sería el equivalente a la ´obra en blanco´ o albedo). Más aún, tras estos logros, puede aspirar a la Gnosis de lo Inmanifestado que se halla más allá incluso del plano sacro-sutil de la realidad y puede, paralelamente, aspirar a Despertar en su mismo interior ese Principio Supremo y Primero Inmanifestado Eterno e Indefinible que anida en él y aspirar, así, a Espiritualizar e Inmortalizar su alma (´obra al rojo´ o rubedo), que ya fue purificada de escorias psíquicas y condicionadoras tras la superación de la nigredo.

El segundo plano invisible de la realidad, el ´más allá telúrico´, lo asimila Gonzalo al conjunto de fuerzas -utilizando el léxico por él empleado- ´preternaturales´ que no se hallan más allá del ciclo de la generación, que no pueden -por tanto- posibilitar la Liberación metafísica del hombre, sino que integran la realidad del sâmsara, del devenir (opuesto al Ser y a lo Eterno), que se refieren a la ´vía de los antepasados´, o pitra-yâna, que es el destino que, tras la muerte física, le queda al común de los mortales: el de que el ´genio´ que de su clan era portador (que pasa a formar parte de cada ser humano desde el mismo momento de su concepción) se vuelva a integrar en los miembros de su mismo conjunto familiar, clan, gens o sippe, ya nacidos o en el momento de ser concebidos, para seguir dándole la impronta especial común que caracteriza a cada uno de los integrantes de cada clan. No se supera, pues, en esta ´vía de los antepasados´ la rueda del devenir. Las divinidades que al decir de Gonzalo son veneradas por parte de la tercera casta -la productiva- en el mundo celta hispánico son de naturaleza ctonia, telúrica, asociadas a la Tierra, a la vegetación, a los manantiales, a las fuentes y muchas de ellas de carácter femenino. Aunque también señala nuestro autor que ciertos demons y totems son ritualmente activados en las iniciaciones guerreras -segunda casta- a que son sometidos los jóvenes por tal de suscitar y hacer en ellos presente la energía telúrica propia de ciertos animales como el oso (tal como ocurría entre los temibles guerreros berserkers del mundo vikingo) o el lobo con el objetivo de despertar en estos jóvenes guerreros la ferocitas o la furia necesarias para el combate.

No está de más señalar que el Iniciado en la realidad metafísica y Superior -en el ´más allá celestial´- (primera casta) superará el ´más allá telúrico´ (y se descondicionará de él) que se le hubiera podido inocular en esas ceremonias de juventud de iniciación guerrera, pues incluso en el fragor de la batalla no necesitará de esos aportes telúricos para mostrar arrojo y valor, ya que estamos tratando con un ser que ha superado todos sus pavores, traumas y miedos con la culminación de la ya mencionada nigredo u ´obra al negro´.

Sin duda ese ´más allá telúrico´ que nos disecciona brillantemente Gonzalo en su tesis doctoral es un lastre que el mundo celta hispánico en particular, el mundo celta en general y aun todo el mundo indoeuropeo arrastraba en aquella época porque, no lo olvidemos, debemos considerar que, de acuerdo a la ciclología Tradicional, los pueblos de origen boreal transitarían ya -en la época objeto de estudio-, seguramente, por los inicios de la Edad de Hierro o kali-yuga  y aunque los dichos pueblos -la antigua Roma incluida- protagonizaron un ´ciclo heroico´ de intento de vuelta a los parámetros existenciales y de weltanchaaung de la Edad de Oro o Satya-yuga desgraciadamente, con el paso del tiempo, fueron contaminándose con efluvios propios de etapas descendentes y con las influencias de pueblos de esencia definidamente telúrica. No obstante lo cual mantuvieron -y cerniéndonos en específico a los celtas hispánicos objeto de este trabajo- vivos los ejes básicos y los pilares primordiales de la Tradición.” (14)

Pensamos, con esta disgresión, haber asentado el sentido que tiene el concepto de elemental, cuya irrupción Jünger estima indispensable para acabar con los detritus representados por el modo de existir burgués y con las sociedades en las que éste es su depositario. El “trabajo” -en el sentido vasto que para nuestro autor tenía y que ya hemos señalado con anterioridad- sería el vehículo para hacer posible dichos cambios. Así, Evola nos explica que “en el mundo que Jünger denomina del trabajo se realizan nuevas pruebas, nuevas selecciones: pruebas de una extrema, desnuda, casi metálica frialdad, en las cuales la conciencia heroica gobierna el cuerpo como un instrumento imponiéndole una serie de acciones complejas más allá de los límites del instinto de conservación” (15)

El maestro trasalpino añade que “por tal camino Jünger piensa en una nueva aristocracia”. (Recordamos que el de Heidelberg apunta también, en las citas que páginas arriba hemos extractado de su novela “Heliópolis”, semejantes ideas acerca de cómo se originaría la ‘élite’ arquetípica.) Evola continúa señalando que para esta aristocracia descrita por Jünger “el verdadero secreto no se halla en el prometer, sino en el exigir” y que el autor alemán “ha pensado en una élite cual condensación esencial y activa del modo de ser del obrero en los términos de una especie de guardia, de nueva espina dorsal de formaciones guerreras, como una selección que se puede también denominar una Orden”.

 

Si es el enfoque de la Tradición el que estamos utilizando para acometer los rasgos determinantes de la obra de Jünger nos podría parecer que quizás nuestro autor reflejó bien esa etapa de la nigredo hermético-alquímica, a la que hemos hecho alusión párrafos arriba, que busca el descondicionamiento del hombre con respecto a todo aquello que lo amordaza, mediatiza, subyuga, esclaviza, aturde, altera, traumatiza y aminala (y lo busca, en la obra jüngeriana, a través del “trabajo” y/o las situaciones límites de la guerra,… que sacudirían las seguridades existenciales buscadas y adquiridas por la vida burguesa), pero que, en cambio, el de Heidelberg se quedó, nos podría parecer, en el tratamiento de dicha etapa y no concibió las posteriores del albedo y del rubedo alquímicos …etapas que se enmarcan, ahora sí, en planos superiores y sacros de la realidad y que corresponden al dominio de la metafísica. Para un estudio realizado desde los parámetros de la Tradición la obra de Jünger podría -de ser de esa guisa lo ahora expuesto- dejar bastante que desear, pero la realidad, para nuestro grato contemplar, no es así y el alemán lo trasluce en obras posteriores en las que su alcance (tal como plantea el mismo título de este nuestro ensayo) va mucho más allá de lo expuesto hasta este punto. Tal es así en “Sobre los acantilados de mármol”, donde lo elemental (ahora, más bien, asociado a lo pulsional) y lo titánico (la mera fuerza desacralizada) toman un carácter claramente negativo y su afloramiento no resulta deseable pues al descondicionamiento del ser se debería llegar por otros caminos distintos a lo relacinado con ese “más allá telúrico” del que ya hemos hablado: se debería llegar -de acuerdo con la Tradición- a través de la Iniciación, esto es, de un camino de disciplina interna meticulosa, metódica, ardua y constante que conoce de técnicas como las de la meditación o de la visualización mental.

Acerca de la trama de “Sobre los acantilados de mármol” (obra escrita en 1.939) Evola escribe: “Es el contraste entre dos mundos. El uno es el de la Marina y de las pasturas, que se encuentran por debajo de los acantilados de mármol ; es un mundo patriarcal y tradicional, en donde la vida en la naturaleza y el estudio de la naturaleza tiene como contrapartida una superior sabiduría y un símbolo ascético y sacral incorporado eminentemente en la novela por la figura del Padre Lampo. Frente al mundo recogido cerca de los acantilados de mármol se encuentra el de los pantanos y de los bosques, en donde señorea una espantosa, diabólica figura que Jünger denomina el Oberförster (traducido como trotabosques): es éste un mundo elemental , de violencia, de crueldad, de ignonimia, de desprecio por cualquier valor humano”. (16)

El conflicto entre estos dos mundos antagónicos se hace irremisible y el mundo oscuro de los pantanos y de los bosques acaba destruyendo al de la Marina y las pasturas, pues éste, de hecho, ya se hallaba sin pulso vital y sosteniéndose casi por inercia.

Evola sigue narrándonos que “de todo el mundo de la Marina, ya en llamas, tan sólo alguno logra escapar, con un barco, llevando consigo, como una reliquia justamente, la cabeza amputada del príncipe Sanmyra, la cual sólo mucho más tarde, engarzada en la primera piedra, debía servir de fundamento para una nueva Catedral”.

Recuérdese que un parámetro incuestionable de lo que la Tradición entiende como Edad de Oro es el de la unión de las funciones sacra y regio-dirigente en una única institución o persona …la cabeza del príncipe Sanmyra (función regia) y la nueva Catedral (la Espiritualidad reencontrada: función sagrada) se conciben, en este libro de Jünger, de manera indisociable si de lo que se trata es de la restauración de la Tradición Primordial, pues no hay que olvidar, repetimos, que ambos principios, el espiritual y el temporal, se hallaron unidos -en, echando mano del hinduismo, el Satya-yuga o Krta-yuga- bajo los mismos representantes e instituciones, por lo que el conjunto de las actividades humanas en las comunidades Tradicionales se encontraron, por irradiación desde la cúspide de la pirámide social, en todo momento impregnadas por lo Sacro. Hallamos, pues, a la realeza sacra y a la aristocracia sagrada en la dicha cúspide de la pirámide social.

Evola, a propósito de “Sobre los acantilados de mármol” nos continúa diciendo en su citado escrito que “con el advenimiento de las fuerzas elementales-telúricas del Trotabosques en las tierras de la Marina se derrumba un mundo -aunque ya en estado de notable postración- de la cualidad, de la personalidad, de la ascesis, de la tradición mistérica y sagrada, de la cultura en sentido superior.”

El sustancial y cualitativo paso dado por el de Heidelberg desde su “El Trabajador” hasta “Sobre los acantilados de mármol” tiene que ver con el tránsito, citando a Evola, “de una asunción existencial meramente activista-guerrera -titánica- a otra con referencia a valores trascendentes”.

Esta asunción trascendente se vuelve a corroborar en su novela “Heliópolis” (1.949), en la que, en boca de uno de sus personajes,  le podemos leer: “Tú atente al dogma según el cual la materialidad de las imágenes oculta a las miradas el resplandor supraterrenal. (…) Nunca encontrarás en la tierra lo supremo (…). Tú gobiérnate  según la norma de Boecio: una tierra dominada nos da las estrellas. Éste es el único camino recto”. (17)

Percíbase que no se aboga por ninguna especie de evasionismo metafísico con respecto a la vida terrenal y al mundo físico sino que se aboga por bregar en este mundo para hacernos con el Supramundo. Es ésta la esencia de la Tradición: la vida como catapulta hacia la Supravida y, a la vez, el objetivo de sacralizar esta existencia terrenal y no evadirse de ella.

Ciertamente se nos presenta un Jünger que no tan sólo concibe la existencia de la trascendencia sino que además nos da muestras de que lo más importante es arribar a su conocimiento y hacerse uno con ella. Un Jünger desmarcado, pues, de actudes pasivas (meramente fideístas y devocionales) ante el Hecho Trascendente y abocado, en cambio, a su conquista activa. El camino es el de la Iniciación trazada en todo ordenamiento Tradicional. Es el camino -en expresiones tan concurrentes en la obra de Evola- de la ‘luz del norte’ heroica frente al de la ‘luz del sur’ fideísta.

Por ello el alemán nos ofrece herramientas que van encaminadas en tal sentido, como cuando uno de los personajes de Heliópolis (págs. 131 y 132) dice que “Por esta razón, los sabios de todos los países y todos los tiempos están de acuerdo en que la felicidad no puede alcanzarse por la puerta de los deseos ni en la corriente del mundo.

De donde se sigue que quien quiera tener parte en la felicidad debe ante todo cerrar la puerta de los deseos. En este punto concuerdan todos los preceptos, como variantes de un texto revelado -los libros sagrados, los antiguos sabios de Oriente y Occidente, las doctrinas de los estoicos y los budistas, los escritos de los monjes y los místicos.

La experiencia nos enseña, además, que el hombre no sigue estos preceptos. Vive como en los palacios de Las mil y una noches, en los que todas las habitaciones le ofrecen bienestar, salvo una cuya puerta no puede traspasarse y tras la cual se halla la preocupación. ¿A qué se debe que su mala estrella le empuje a abrir precisamente ésta? El enigma consiste en que es la puerta de los deseos.

La caza de la felicidad lleva a las espesuras. Hay que dejar que la felicidad entre por sí misma. No se encuentra a gusto con los impacientes. Es como los preparativos, que son cada vez más bellos. No hay que acelerar el ritmo de la vida, hay que retardarlo, al modo de los ríos que fluyen hacia el mar. A medida que va ganando, con la edad, profundidad y fuerza interior, es capaz de arrastrar consigo oro, navíos y monstruos rientes.

Raras veces nos salen al encuentro hombres felices: no quieren llamar la atención. Pero aún viven entre nosotros, en sus celdas y buhardillas, sumidos en el conocimiento, la contemplación, la adoración -en los desiertos, en las ermitas, bajo el techo del mundo.Tal vez a ellos se deba que nos llegue todavía el calor, la fuerza superior de la vida”.

Jünger sigue, en la misma novela, aportándonos pistas y medios para domeñar nuestro yo inferior, en esa nigredo alquímica de descondicionamiento, a través de una máxima estoica: “renunciar para ganar”. (p. 188)

El de Heidelberg confirma su elección por la ‘vía activa y heroica’ hacia el Hecho Trascendente con sus referencias a la alquimia, pues no olvidemos que la tradición hermético-alquímica envuelve bajo la capa de toda una suerte de rico simbolismo lo que no es ni más ni menos que la vía Iniciática -‘vía del héroe’- transformadora de su interior que está recorriendo el alquimista. En esta línea, en el mismo libro, leemos que “(…) Todo esto también lo expresa la alquimia, es decir, la química auténtica (18) (…) Los grandes símbolos alcanzan a todas las capas: se les ve actuar desde las esferas ocultas hasta las lúcidas, aunque sólo el iniciado comprende las interconexiones.” (pág. 328)

Jünger muestra estar muy versado en temas alquimistas cuando nos hace la siguiente relación (pág. 332): “Algunos de ellos estaban escritos en viejos pergaminos y se agrupaban en torno a los nombres de Alberto Magno, Ramon Llull y Agripa de Nettesheim, cuyo de Vanita scientiarum se conservaba en su doble edición, la de Lyon y la de Colonia. Se hallaba también el gran in folio de Wierus, De praestigiis daemonum, y las compilaciones publicadas en Basilea, hacia el 1.582, por el médico Weckerus”.

De optarse, en vida, por ‘la vía activa´ o via remotionis, de consumarse las etapas que pueden llevar al Iniciado hacia la Gran Liberación o, en cambio, de conformarse con ‘la vía pasiva´ estrictamente devocional depende el recorrido que espere tras la muerte física de la persona. La ‘vía de ultratumba’ es descrita en El libro de los muertos egipcio o en El libro tibetano de los muertos -el llamado Bardo Thödol -. Tampoco Jünger era ajeno a su conocimiento, cuando, a propósito de la ceremonia parsi celebrada tras el fallecimiento de uno de los personajes de “Heliópolis”, el narrador afirma que “él había emprendido ya el gran viaje, había penetrado en el mundo de cristal cuyas aventuras describe el Libro de los muertos” (pág. 378). (19)

Ante la posibilidad del Héroe que se adentra por los terrenos de la interior via transformationis de optar por la llamada ‘vía de la mano derecha’ -la apolínea del Héroe que no necesita de ayudas externas para recorrerla- también se le presenta el hacerlo por la peligrosa ‘vía de la mano izquierda’: la dionisíaca. Ésta sí que utiliza ayudas, o más bien “venenos”, como soporte sea para alterar el estado ordinario de conciencia (utilización de alcohol, drogas, ciertas danzas,…) sea para activar fuerzas sutiles (kundalini) en el interior del Iniciado (utilización del sexo).

Parece ser que Jünger no fue ajeno a esta ‘vía de la mano izquierda’, como se puede colegir cuando le hace decir, en “Heliópolis” (pág. 327), a uno de sus personajes que “el cáñamo saca con sus lazos al espíritu fuera de sí y le hace entrar en los imperios de las imágenes”. O cuando también leemos en la misma novela (pág. 381) que “Las drogas son llaves, aunque no descubren sino lo que se oculta en nuestro interior”, que “Tal vez llevan hasta profundidades que de otra manera estarían siempre bajo cerrojo” o que “Funden la cera de los sellos”.

Al de Heidelberg al tiempo que, durante la IIGM, -tal como se puede consultar en Metapedia- “en los círculos literarios departía amistosamente con Henry de Montherlant o Pierre Drieu la Rochelle”, lo encontramos, no en vano, frecuentando los salones de fumadores de opio. También en este portal de internet leemos que “En 1952, después de su primera experiencia con la LSD, escribe Besuch auf Godenholm (Visita a Godenholm)” y que “Otro libro sobre el tema de las drogas es Annäherungen. Drogen und Rausch (Acercamientos. Drogas y ebriedad ), de 1970. Esta obra, en la que el autor acuñó el término psiconautas (navegantes de la psique), expone las numerosas experiencias de Jünger con varios tipos de sustancias psicoactivas, tanto enteogénicas como estimulantes u opiáceos.” (20)

Desconocemos la naturaleza exacta de las experiencias que gracias al consumo de drogas pudo haber experimentado nuestro alemán autor pero una vez comprobado el profundo valor de lo metafísico en la obra de Jünger podemos pensar que posiblemente el dicho consumo pudo representar para él el poner en práctica la ‘vía de la mano izquierda’: aquella vía que convierte el veneno en remedio pues ayuda, al operante, a soltar el lastre que carga el estado de conciencia ordinario para abrir las puertas de los planos sutiles de la realidad y tras lo cual, si el Héroe es capaz de más,  llegar a Identificarse ontológicamente con el Principio Supremo Inmanifestado y Eterno.

Pensamos que, en efecto, el uso de sustancias estupefacientes tuvo en Jünger un objetivo de realización espiritual y no el de un simple buscar la experimentación de imágenes de la psique, un simple buscar la irrupción del turbulento enjambre del subconsciente del que el hombre vulgar es depositario y no  tampoco tendría en Jünger el fin de dar rienda suelta a ese mundo psíquico atolondrado y atolondrante que el hombre común es incapaz de dominar. Lo pensamos así porque estas peligrosas explosiones del psiquismo parece que no se dieron en el de Heidelberg, ya que su salud mental no se vio turbada y su no adicción a estas sustancias (fruto, en expresión evoliana, de ‘un tipo de hombre descondicionado’ que se ha enseñoreado de su interior gracias a la ´vía del Héroe’) le evitó problemas de salud que de haberse dado sin duda no le hubiesen permitido el llegar a vivir… ¡casi 103 años!

Con la ‘vía de la mano izquierda´ encuentra muchas concomitancias la aplicación de la doctrina extremo-oriental de ‘cabalgar el tigre’. El tigre pueden ser esos “venenos” que pueden llegarse a convertir, para el Héroe, en “remedios” o, por contra, que de ser no “cabalgados” con la prepación Iniciática adecuada pueden desgarrar y devorar al que hubiese, temerariamente, usado de ellos. El tigre, en un orden externo, puede ser el actual estado de cosas (el Establishment hegemónico en diferentes fases de este mundo moderno disolvente) que parece inderrocable y contra el cual es más aconsejable no enfrentarse de cara sino cabalgarlo, para ver si puede llegar a agotarse …cabalgarlo y bregar para que ya que no parece que se le pueda hacer caer al menos que no le haga caer a uno en sus trampas y en sus destrucciones existenciales. Es en este sentido en el que Evola interpreta el fin del mundo de La Marina en la jüngeriana “Sobre los acantilados de mármol” al escribir que “la única esperanza en la tragedia es que justamente la experiencia del fuego destructor sea, para el sujeto, un principio de renacimiento, el umbral para pasar a un mundo incorruptible” (21). Algo que nos recuerda directamente aquel aforismo de Friedrich Nietzsche de que “lo que no nos destruye nos hace más fuertes”.

Ante ese mundo moderno con respecto al cual se antoja casi suicida el enfrentarlo de cara no queda otra opción que el de una actitud distante para con sus instituciones pero no desentendida ante el accionar deletéreo de éstas: Evola la denominó apoliteia y Jünger ‘vía de la salamandra´. Así nos lo expresa Gianfranco de Turris en el ensayo “Evola y Jünger”: “la jüngeriana ‘vía de la salamandra’ tiene muchos contactos con la apolitea evoliana. El fin es el mismo: pasar indemne a través de las combustiones de la Modernidad.” (22)

 

Sin duda, tras todo lo expuesto, Ernst Jünger podemos afirmar que fue ajustando su obra y su vida a parámetros de índole Tradicional. Mismamente la amistad que, durante los años ’50 de la pasada centuria, frecuenta con un Mircea Eliade es harto significativa sobre hacia dónde están, por entonces (y mucho antes), enfocadas sus preferencias vitales.

El referente doctrinal de Evola, como se ha ido comprobando a lo largo del presente ensayo, nos resulta primordial para calibrar el alcance de Jünger. Se da, además, el hecho significativo de que el italiano, tras el fin de la IIGM, incluyó al alemán entre las gentes con las que debía contactar con el objeto, al decir -entre otros- de Gianfranco de Turris de establecer una especie de ´frente espiritual’ en las catacumbas situadas bajo la pesada losa del mundo moderno o de establecer una Orden que vertebrara una posible reacción contra esa deformidad y anomalía representada por la modernidad. Así dice Gianfranco de Turris que “Las relaciones entre Evola y Eliade fueron sobre todo epistolares y seguramente comprendieron muchas más misivas que aquellas de las hoy localizadas: en la inmediata posguerra, Evola buscó retomar los contactos con sus mayores conocimientos culturales, escribiéndoles desde que se encontraba en el hospital, en 1948-1949: a Carl Schmitt, René Guénon, Gottfried Benn, Ernst Jünger y diversas personalidades, entre las cuales se apunta Eliade.” (23)

El reconocimiento del adeudo que a la obra de Jünger Evola le reconoce a parte de su propia producción se lo podemos leer al transalpino en su libro autobibliográfico “El camino del cinabrio”, cuando afirma que “El siguiente libro escrito por mí, Cabalgar el Tigre, en parte retoma, extendiéndola y completándola, la temática de Jünger.”

Retomando el “Evola y Jünger”, Gianfranco de Turris nos sigue explicando que “el 17 de noviembre de 1.953, Evola escribió a Ernst Jünger una carta que hasta ahora ha permanecido inédita. La carta nos la ha transmitido el Archivo del escritor alemán casi un año antes de la muerte de éste. La carta es típica de las motivaciones ideales que impulsaban a Evola a tomar contacto con personalidades consideradas por él como afines: la petición de traducir Der Arbeiter , veinte años después de su publicación, las -citando textualmente a Evola- analogías entre la primera y la segunda postguerra , la problemática estudiada en este libro es de actualidad ; el ensayo pues, podría ejercitar aún un efecto de despertar . En el inicio de su carta, Evola afirma haber recibido la novela Heliópolis dedicada a través de Armin Mohler.

Evola eligió y tradujo para Volpe, en los años sesenta, El muro del tiempo. Fue comentada positivamente, quizás porque tenía puntos de contacto con El Obrero.”

En fin, son variados los autores que han sabido ver las muchas semejanzas que se pueden establecer entre muchos de los conceptos y los valores que, a lo largo de sus respectivas obras, manejaron Jünger y Evola, tal cual sucede, de manera harto recurrente, con -como botón de muestra- Giovanni Monastra en su ensayo “Por una ontología de la técnica. Dominio de la naturaleza y naturaleza del dominio en el pensamiento de Julius Evola” (24).

Incluso podríanse establecer paralelismos entre las diferentes evoluciones de que hicieron manifiesto ambos a lo largo de su periplo vital, pues si Jünger empieza por adherir en Der Arbeiter a la figura del ‘trabajador’ como oposición al burgués y a las “seguridades” que éste se ha construido Evola, igualmente, empieza, desde muy joven, por identificarse con el dadaísmo con el principal objeto de romper convencionalismos burgueses. Si, posteriormente, en “Sobre los acantilados de mármol” o en “Heliópolis” Jünger campa más que considerablemente por el ámbito del Espíritu Evola, tras superar sus etapas dadaísta y filosófica, entra de pleno en la Tradicionalista. Y si Jünger no es ajeno a la ‘vía de la mano izquierda’ también Evola acabará cerrando filas con una doctrina como la de ‘cabalgar el tigre’ tan emparentada con esa ‘ vía de la mano izquierda’.

No pasemos, por lo demás, por alto el hecho significatico de la cercanía y las afinidades que siempre mostró Evola hacia la llamada Revolución Conservadora alemana, hacia la mayoría de los autores que han sido englobados en ella y hacia sus planteamientos políticos y los valores que defendían y no olvidemos, tal como señalamos al principio de este ensayo, el que Jünger es uno de los autores que han sido incluidos dentro de esta corriente de pensamiento.

 

Tras todo lo aquí expuesto… ¡gran alcance es el que, a ese nuestro entender guiado por la traza de la Tradición, tiene la obra -y también la vida; aunque no fuera ésta el objeto central de estudio de nuestro trabajo- de Ernst Jünger!

 

 NOTAS:

 

(1) Ideas, éstas, vertidas en un escrito suyo titulado “La Tradición” y publicado, en 1.925, en la revista Die Standarte (“El Estandarte”), órgano de los excombatientes Stahlhelm (“Cascos de Acero”); la traducción al castellano es obra de Ángel Sobreviela.

(2) “José Antonio y Evola”; constituye el capítulo X de nuestra obra “Reflexiones contra la modernidad”, editada por Ediciones Camzo. Se puede, igualmente, acceder al contenido del mismo en https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/27/jose-antonio-y-evola/

*Clan, gens, sippe o zadruga hacen referencia al mismo concepto pero referido, respectivamente, a las tradiciones celta, romana, germánica y eslava.

(3) Se pueden, al respecto de esta problemática evasionista, consultar nuestras reflexiones en: https://septentrionis.wordpress.com/2013/08/26/el-nihilismo-debates-y-reflexiones/

(4) Esta doctrina Tradicional de la ‘libertad del hombre´ la desarrollamos extensamente en el capítulo II (“Los ciclos heroicos. La doctrina de las 4 edades, de la regresión de las castas y de la concepción de la libertad en Evola”) de nuestro ya mentado libro “Reflexiones contra la modernidad”. Capítulo cuyo contenido también puede ser leído en: https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/los-ciclos-heroicos/

(5) Editada en 1.948 y de la cual existe edición en castellano a cargo de Seix Barral.

(6) http://www.centrostudilaruna.it/ernst-junger-y-el-html

(7) “La Tradición”.

(8) Ibídem.

(9) Páginas 180 y 181.

(10) Para un buen entendimiento de las funciones de la Cuarta Casta y de su ascenso político (dentro del sentido de la Tradicional ‘Doctrina de la regresión de las castas’) con el advenimiento del Cuarto Estado puede consultarse la obra fundamental de Julius Evola “Rivolta contro il mondo moderno”, de la que existe traducción al castellano (Ediciones Heracles) como “Rebelión contra el mundo moderno”; concretamente el cap. XIV de la Segunda Parte. Asimismo se puede echar mano del ya referido cap. II de nuestro libro “Reflexiones contra la modernidad”.

(11) Fragmento extraído del cap. V de nuestra obra “El Hombre de la Tradición”, editada por Ediciones Camzo. Igualmente se puede acceder al contenido de dicho capítulo en https://septentrionis.wordpress.com/2012/12/05/el-hombre-de-la-tradicion-v-el-guerrero/

(12) De hecho le podemos leer a Ernesto Milà, en su escrito “De las Ruinas al Cabalgar” que “el libro de Evola Cabalgar el tigre es hijo de dos influencias: la de Ernst Jünger, de sus Tempestades de acero y de su El Trabajador, y de la experiencia acumulada por Evola a lo largo de su extenso periplo por las doctrinas tradicionales y especialmente por la llamada ‘Vía de la Mano Izquierda’”: http://infokrisis.blogia.com/2012/093001-de-las-ruinas-al-cabalgar-….php

(13) Extraído del libro de Evola “La superación del romanticismo” (Ediciones Heracles), en su cap. VII (pág. 131) titulado “Ernst Jünger: El Obrero y Los acantilados de mármol ”.

(14) La totalidad de la reseña a la citada tesis doctoral se puede leer en https://septentrionis.wordpress.com/2014/02/22/resena-de-la-tradicion-guerrera-de-la-hispania-celtica-de-gonzalo-rodriguez/

(15) Del ya citado libro de Evola “La superación del romanticismo” (p. 134).

(16) Íbidem (pág. 138).

(17) cit., pág. 114.

(18) Es de destacar cómo nuestro autor señala cuál es la “química auténtica”: es la alquimia frente a la química moderna. Son los alquimistas frente a los “sopladores de carbón” a los que referían los hermético-alquímicos cuando se referían a los que experimentaban con metales y sustancias químicas sin haber entendido el trasfondo metafísico que le daba sentido a la alquimia. Es la contraposición, en definitiva, entre ‘ciencia tradicional’ y ‘ciencia moderna´ o entre ‘ciencia sagrada’ y ‘ciencia profana’. Nosotros tratamos en su día sobre este asunto y recopilamos nuestros comentarios en “Ciencia sacra y conocimiento”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/05/ciencia-sacra-y-conocimiento/

(19) Para una aproximación a las ‘vías de ultratumba’ descritas en el Bardo Thödol se puede consultar el cap. VIII (“La ilusión reencarnacionista”) de nuestra ya referida obra “Reflexiones contra la modernidad”. Asimismo se puede encontrar su contenido en https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/la-ilusion-reencarnacionista/

(20) http://es.metapedia.org/wiki/Ernst_J%C3%BCnger

(21) Extraído del referido libro de Evola “La superación del romanticismo” (pág. 140).

(22) http://juliusevola.blogia.com/2006/092401-evola-y-junger.-gianfranco-de-turris.php

(23) “Cuando Evola y Eliade quisieron hacer frente espiritual”: http://www.centrostudilaruna.it/cuando-evola-y-eliade-quisieron-hacer-frente-espiritual.html

(24) http://www.estovest.net/ecosofia/evolatecnica-es.html

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com