Julius Evola. Septentrionis Lux


“BÁRBAROS” VIKINGOS, “BÁRBAROS” ANCESTROS
mayo 6, 2014, 7:54 am
Filed under: Ética y valores, Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara, Historia

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Nos hallábamos este fin de semana en el Museu Marítim de Barcelona contemplando una exposición sobre el mundo vikingo. Nos resultó ilustrativa, bien documentada, amena y completa en cuanto a restos arqueológicos y recreaciones se trataba. Todo bien hasta que nos topamos con uno de los últimos plafones, en el cual se podía ver la fotografía de una agraciada joven de aspecto tirando a mulato ornada con un supuesto casco vikingo (decimos “supuesto” porque culminaba en los dos cuernos que, paradójicamente -tal como se explicaba en la misma exposición- nunca llevaron los vikingos o gentes nordse -nórdicas). Bajo la dicha foto se podía leer algo así como-citamos de memoria- que los vikingos del presente y/o del futuro son o serán de aspecto similar al de la joven, puesto que -seguía diciendo el texto- afortunadamente gracias a la ideología de género y a la multiculturalidad las cosas han cambiado desde la época en que los vikingos se hicieron notar en la historia… ¡Menudo colofón para una exposición amb cara i ulls! (con ‘cara y ojos’, como se dice en catalán). ¡Qué desentono en el conjunto de la muestra! ¡No venía al caso! A eso se le dice por aquí pixar fora de test! (‘mear fuera de tiesto’). Es tal la obsesión por el Discurso de Valores Dominantes que no se tiene rubor en excretar borrones en un trabajo más que bien presentado. ¡”1.984″, la obra de George Orwell, en estado puro y duro!, pues se trata de lavar el cerebro, controlar las mentes, programar o desprogramar al personal hasta en la sopa. Éstos son los cánones de obligado cumplimiento a los que hay que servir ciegamente …de no hacerse así se cae en el oprobio y, ¡lo que es peor!, en la persecución más despiadada.

En pocas palabras se estaba desprestigiando aquello que se estaba exhibiendo ¡…qué absurdo y contradictorio! Todo el valor, la cultura y la visión de la existencia de aquel mundo vikingo se estaba pisoteando, pues se estaba afirmando, p. ej., que la división de funciones que en él se daba entre hombre y mujer era una abyección típica de épocas felizmente superadas ¡…qué injusticia el que las mujeres no blandieran las espadas ni hicieran uso de las hachas de guerra! ¡Par Dieu, después de tanta brega feminista no se puede dejar de denunciar semejante prohibitiva aberración! ¡Qué es eso de que la mujer fuera la dueña del hogar familiar!; tal como simbolizaba el que ella era la dueña absoluta de las llaves de casa ¿¡La mujer en el hogar y el hombre guerreando!?¡…qué mal ejemplo -ejemplo a ocultar- para nuestro civilizado e igualitario mundo! ¡Condenemos a los vikingos y, de paso, a todos nuestros ancestros! ¡Nuestras raíces deben ser maldecidas, pues están saturadas de opresor patriarcalismo! ¡Qué es eso de intentar ser fieles a las leyes de la naturaleza! ¡…la naturaleza es machista! ¡Condenémosla y civilicémosla! ¡El mundo erróneo de nuestros antepasados debe ser objeto de demoledora crítica! ¡Contemplémoslo desde nuestra superioridad moral y cultural al mismo tiempo que lo condenamos! ¡…bárbaros retrasados!

¡Si es que encima esos bárbaros defendían su estirpe como algo casi sacro! ¡…Panda de racistas! ¡Si es que rendían culto a sus remotos ancestros! ¡…habrase visto qué obsesión por la preservación de sus genes! ¡Pugnaban por la cohesión de su etnia! ¡…a otro Núremberg retroactivo habría que someterlos! ¡Menos mal que en nuestro democrático mundo actual no caben esos postulados nefastos! ¡Menos mal que hemos segado las raíces de las que procedemos y así hemos evitado al demonio del racismo! ¡Menos mal que la globalización nos está fundiendo en una raza universal! ¡Si no fuera por nuestro sacrosanto multiculturalismo florecerían hoy en día gentes que reclamarían su propia identidad y, así, nuestro cosmopolita mundo feliz se iría rápido al carajo! ¡Menos mal que ya no existen pueblos de la calaña de aquellos vikingos! ¡Reivindiquemos la moderna vikinga guerrera mulata y pongamos en la picota a los vikingos históricos!

Al abandonar la dicha exposición entramos en otra en la que se mostraban barcos mercantes y de pasajeros de los dos últimos siglos y, sin venir al caso, como broche a la misma (¡y por si no habíamos tenido suficiente con lo expuesto hasta aquí!) nos golpearon con alguna fotografía y un vídeo lacrimógeno de inmigrantes subsaharianos (entiéndase -¡y se me disculpe por la franqueza!- ”negros’) camino a Europa en pateras… Como se comprenderá ya no nos quedaron alientos para plantarnos a visionar el entero contenido del vídeo ¡…ni ganas! En fin, ¡otro desentono y otra meada fuera de tiesto totalmente carente de relación con lo expuesto en la sala y con ribetes claros de más lavado de cerebro! ¡…más y más “1.984”! ¡Si uno no quería un plato recibió dos! ¡…o más que dos platos dos bofetadas a nuestro juicio; a nuestro entendimiento!

Eduard Alcántara



MIGRACIONES Y CICLOS CÓSMICOS EN EL MUNDO INDOEUROPEO TRADICIONAL (Debates)
abril 18, 2014, 11:02 pm
Filed under: Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara, Historia, Tradición

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En esta ocasión los párrafos extractados, mayoritariamente, del seno de una serie de debates que obedecen a un hilo conductor caracterizado por una visión Superior de la existencia, son párrafos que siguen la siguiente trama argumental:

El origen de las gentes indoeuropeas se reviste de una naturaleza sacra y a partir de este origen –que puede ser localizado geográficamente- van acaeciendo, de manera paralela, dos acontecimientos. Uno es el hecho de que a partir de dicha residencia originaria se embarcarán, aquellas gentes, en un proceso emigratorio que les llevará a asentarse en amplios, y distantes entre sí, territorios. Y el otro acontecimiento consiste en que, al ´dejarse´ atrapar por la corriente del devenir, de manera progresiva van dándole la espalda a sus orígenes Trascendentes y van, por ende, -a medida que se automutilan su dimensión Superior- decayendo.

 

Este proceso de disolución de valores eternos y Suprasensibles es presentado, de forma muy diáfana, por la doctrina Tradicional de ´las cuatro edades´ (1). (Sobre la concepción cíclica de la existencia que siempre tuvo el hombre indoeuropeo Tradicional, se puede consultar nuestro escrito titulado “Cosmovisiones cíclicas y cosmovisiones lineales” (2).)

 

 

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Si la cultura indoeuropea de los Kurganes es secundaria, cronológicamente, con respecto a la que tuvo lugar en el sur de Escandinavia (Ertebolle, Ellerberck) -y que ha de considerarse como el origen o vagina gentum de los indoeuropeos-, también esta última es secundaria con respecto a la originaria que emana de la casi legendaria Hiperbórea, Thule,… (pueblos blanco-boreales). Y no hay que olvidar otra emigración desde esta sede polar y circumpolar hacia la también quasi legendaria Atlántida, desde la cual, posteriormente, se pasaría, por un lado, al continente americano y, por otro, al sur de Europa, al norte de África y, más allá, llegaría incluso a territorios de los actuales Tibet, de la China y del Japón.

 

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Evola habla de las grandes emigraciones que, desde su lugar originario de procedencia situado al norte de Europa llevaron a cabo los pueblos indoeuropeos. Las primeras, cronológicamente hablando, tienen más reciente en su memoria a la Tradición Primordial y fundan Civilizaciones Tradicionales. Se trata, por un lado, de la emigración que, en diagonal, arranca desde el norte europeo y llega, más o menos, a la India, creando, a su paso y en su punto de arribada, la civilización irania y la védica de la que derivará el hinduismo en sus diferentes manifestaciones. Y, por otro lado, de la emigración que, en vertical, parte de dicho septentrión y se dirige hacia el sur, diversificándose en pueblos como los aqueos, los dorios o, entre otros tantos, los romanos. El tercer gran movimiento migratorio se realiza en una época muy posterior a la de los dos anteriores y, en consecuencia, ha olvidado, en gran parte, los rasgos básicos de la espiritualidad propia de la Tradición Primordial. Se concretiza en gran parte de los pueblos que acabaron dándole el golpe de gracia al ya agonizante Imperio Romano y lo acabaron por invadir. El tipo de espiritualidad que profesaban se encontraba, pues, en proceso de clara decadencia y, por ende, cayeron con cierta facilidad en la fe cristiana. Esto les ocurrió a visigodos, francos y demás pueblos, mayoritariamente, germánicos que, por el contrario, al no tener muy lejano en el tiempo su prolongada estancia en las frías, heladas, inhóspitas y duras tierras del norte de Europa, conservaban grandes cualidades en lo que Evola ha denominado como raza del alma (o de la mente): templaza, espíritu de sacrificio, resistencia ante las adversidades,… Cualidades que les invistieron de grandes dotes guerreras que les llevaron a reinar allá donde había imperado Roma.

 

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Pues sí, los imperios romano y español cayeron. No se trató de obras fruto de intentos ´prometeicos´, sino heroicos. Representan intentos de ese hombre de extracción indoeuropea por restaurar el Orden terrenal o microcósmico (a semejanza del Orden macrocósmico) en plena Edad de Hierro: tarea de Héroes. Cayeron estos imperios, pues la edad férrea no perdona (3).

 

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En todas las tradiciones orales y en todos los textos sagrados a los que muchas de ellas dieron origen siempre se tuvo la certidumbre de que el Hombre del origen, receptáculo consciente de la esencia divina, iría progresivamente lapidando su espiritualidad hasta embrutecerse por completo. Simbólicamente, para representar este proceso, se hablaba del paso de una Edad de Oro o Satya-yuga de los orígenes a una Edad de Hierro o Kali-yuga en los momentos de mayor materialización y animalización del ser humano; pasando por unas intermedias Edad de Plata o Trêtâ-yuga y Edad de Bronce o Dwâpara-yuga. (4)

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Si se pregunta ¿en qué época histórica pervive el Mundo Tradicional?, se debe responder que dentro de lo que se conoce como la Historia la Tradición lucha por no ser erradicada, ya que el período de la Historia acontece en la Edad de Hierro, del Lobo o Kali-yuga. Pero a pesar de este inmenso obstáculo resurge, como Ciclos Heroicos, continuamente de sus cenizas hasta, aproximadamente (y, para facilitar explicaciones, nos ceñiremos a Europa), que acaba el Medievo (en algunos lugares éste concluye
antes de las fechas ´oficiales´ del s. XV y en otros como España aún se alargaría durante todo el XVI). Finito el Medioevo (5) pocos vestigios visibles del Mundo Tradicional se pueden otear.

 

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Indagar manifestaciones de la Tradición a lo largo de la Prehistoria resulta mucho más complicado y, queramos o no, casi nos queda sólo fiarnos de lo que nos explican los grandes textos sagrados (apabullantemente coincidentes en multitud de detalles) propios de muchas civilizaciones y/o espiritualidades. La Edad Dorada habría acontecido en Hiperbórea, Thule, el Aryianem Vaejo iranio, la Isla Blanca, la Montaña Blanca, el monte Mêru indoario,…
¿Cuándo aconteció esta Edad de Oro? Pues si atendemos a René Guénon, la Edad de Oro, Satya-Yuga o Krita-Yuga tiene una duración de 25.920 años, la Edad de Plata o Trêtâ-Yuga 19.440, la Edad de Bronce o Dwâpara-Yuga 12.960 y la Edad de Hierro, del Lobo o Kali-Yuga 6.480. Igualmente afirma el autor francés que estamos en una fase avanzada del Kali-Yuga. Si seguimos, pues, al autor francés nos podríamos hacer una idea aproximada sobre cuánto tiempo hace que aconteció la Edad Áurea; por lo menos la última Edad Áurea, ya que se entiende que estas edades se van repitiendo cíclicamente. Nótese que la duración de cada edad sigue una proporción de 4, 3, 2, 1. (6)

La Edad de Oro se correspondería con la Tradición Primordial, pero no olvidemos que tras periclitar ésta han acontecido Ciclos Heroicos que han logrado, durante un tiempo, nadar a contracorriente y detener momentáneamente el proceso involutivo …instaurando, de este modo, el Orden Tradicional perdido.

 

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NOTAS:

(1) Puede consultarse el cap. II de nuestra obra Reflexiones contra la modernidad (Ediciones Camzo)Capítulo que lleva por título Los ciclos heroicosLa doctrina de las 4 edades, de la regresión de las castas y la libertad en Evola y que puede también ser leído en:https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/los-ciclos-heroicos/

(2) Primer capítulo de nuestro citado libro. El cual puede también encontrarse en: https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/27/cosmovisiones-ciclicas-y-cosmovisiones-lineales/

(3) Léase nuestro trabajo “El Imperium a la Luz de la Tradición” (Op. cit., cap. IV). Igualmente puede hallarse en: https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/el-imperium-a-la-luz-de-la-tradicion/

(4) Extraído de nuestro escrito “Contra el darwinismo”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/19/contra-el-darwinismo/

(5) De hecho los últimos siglos de la Edad Media representan una agonía del mejor y más genuino espíritu medieval …agonía que se ve acelerada tras la fecha paradigmática de 1.314, cuando el último Gran Maestre de la Orden del Temple, Jacques de Molay, es quemado en París.

(6) “Contrariamente a Guénon, Evola nunca habló de la duración de cada yuga o edad, porque para el gran intérprete romano (aunque siciliano de nacimiento) de la Tradición ello suponía un cierto tic fatalista de no poca consideración. Datar el año exacto de inicio y fin de una Edad comporta no creer en que el hombre, si se lo propone, puede convertirse en protagonista de su andadura existencial y de la andadura de sus comunidades. Pues el hombre es libre para Despertar al igual que lo es para condenarse. Sin duda la duración de cada yuga que hemos visto, párrafos atrás, en Guénon anda en relación directa con las dinámicas propias de las fuerzas sutiles que forman el entramado del Cosmos y que pueden adoptar un cariz disolvente para el hombre o, por contra, reintegrador de su Unidad perdida. De estas dinámicas nos habla el I Ching o Libro de las Mutaciones y entiende, asimismo, una deriva del mismo cual es el Tao-tê-king de Lao-tsé. Según estas enseñanzas aportadas por ambas fuentes Tradicionales de Ciencia Sagrada llega un momento en el que la expansión de ciertas fuerzas catagógicas o alienantes llega a tal punto que deberá detenerse, para después retroceder y dejar que el espacio que habían ocupado pase a ser enseñoreado por fuerzas de índole anagógica o Elevadora. Se habría, de esta manera, puesto punto y final al kali-yuga para dar paso a otro nuevo ciclo humano o manvântara con el inicio de una nueva Edad de Oro o Satya-yuga (Edad de Sat -Ser, en sánscrito). Sin duda en la mentalidad de Evola datar con exactitud cuándo estos cambios cósmicos acontecen significaba anular el protagonismo y la libertad del hombre a la hora de trazar el cauce de su andadura. Para el maestro italiano se trataba de aprovechar los estertores del predominio de las fuerzas catagógicas para ponerle fin a su hegemonía cuanto antes mejor. Y se trataba, asimismo, de acabar con la pasividad fatalista del hombre moderno con el objeto de que dichos estertores no se alargaran más allá de lo que los textos Tradicionales habían calculado (sin duda, de modo aproximativo). Por otro lado, volvemos a reincidir en el tema clave de este ensayo en el sentido de que incluso en pleno auge hegemónico de fuerzas disolventes el hombre no debe renunciar a la gesta Heroica de Reconstituir en sí mismo la Unidad perdida y de Restaurar el Ordo Tradicional (sea, eso es otro cantar, de manera más o menos duradera).” (extractado del cap. III de nuestro libro Reflexiones contra la modernidad, titulado Evola frente al fatalismo, que puede ser también consultado en: https://septentrionis.wordpress.com/2010/08/19/evola-frente-al-fatalismo/)

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

 



Nuestro foro “Traditio et Revolutio”

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RESEÑA DE “LA TRADICIÓN GUERRERA DE LA HISPANIA CÉLTICA”, DE GONZALO RODRÍGUEZ

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Hemos tenido el privilegio de poder leer la tesis doctoral, aprobada como no podía ser de otra forma, de nuestro coforista Gonzalo Rodríguez, que lleva por título “La tradición guerrera de la España céltica” y que no tenemos por menos que loar. Le agradecemos profundamente a Gonzalo el que haya tenido a bien el ponérnosla a nuestra disposición pues se trata de un excepcional trabajo metódico, completo, riguroso, exhaustivo y embebido de óptica Tradicional.

El autor ha tratado sobre el origen de los distintos pueblos protoceltas y celtas de la Península Ibérica, ha establecido las semejanzas y las diferencias entre ambos grupos de pueblos (lusitano-galaicos y celtíberos), ha diseccionado la estructura socioeconómica del mundo celta hispánico y ha sabido reconocer, como no le habíamos leído a ninguno otro historiador, los principales puntos de referencia de la cosmosivión celta: a saber, el de unas gentes -los celtas- vertebradas en torno a un modo de vida y a un tipo de existencia guerreros (bajo valores como el heroísmo, el honor, el coraje, la fidelidad o la jerarquía) pero cuyo campo de acción no se agota en el ejercicio de las armas sino que se eleva, a través de dicho ejercicio, hacia la conquista de la Eternidad (o, como dice nuestro autor, la Inmortalidad). Hablamos, siguiendo con Gonzalo a Georges Dumézil, de sociedades -como todas las indoeuropeas Tradicionales- tripartitas en las que, obvio resulta señalarlo, también existe un estamento productivo situado en la base de la pirámide social (con especial apego a determinadas divinidades relacionadas con lo ctonio), pero en las que en la cima de la pirámide se eleva la casta dirigente-sacral (cuya cabeza es el príncipe o rey-sacros) compuesta por una aristocracia guerrera investida de la fuerza de lo Alto y que Inicia en Ello a los guerreros que se les han consagrado a través de una devotio (hacia esos jefes) que -para que nos hagamos una idea diáfana de su significación- no entiende de la supervivencia de los devoti si su jefe sacral ha fallecido en combate. Como segundo estamento se hallarían los guerreros sin potencialidad destacada para Iniciarse en los caminos de la transformación ontológica Liberadora.

Gonzalo nos habla de la existencia de ritos de Iniciación que hacían del guerrero devoti un transformado en vida cuyo destino, tras el deceso, era el de la Inmortalidad (si es que ésta, señalamos nosotros, no se había conseguido, en algunos devoti, ya en vida). Una Inmortalidad que para el caído en combate al que, por esto, le había llegado la mors triumphalis no diferiría, al decir de nuestro coforista, del destino deparado a aquellos guerreros, de acuerdo a las certidumbres del norte de Europa, que muertos en combate pasaban al Walhalla para formar parte de las huestes celestiales –einherar– del mismísimo Odín y aguardar a la definitva lucha aún por venir entre las fuerzas de lo Alto y las de lo ínfero.

Los ritos de iniciación guerrera corrían pues muy unidos, en muchos casos, a ritos de Iniciación metafísica en el seno de esas ´sociedades de hombres´, fratrías o mannërbunde tan comunes al mundo indoeuropeo Tradicional. Ritos de Iniciación que podríamos hacer comenzar con ese ver sacrum, o ´primavera sacra´, que aguarda a los jóvenes que debían de convertirse en hombres -a través de toda una serie de pruebas de carácter guerrero- y que debían, también, transmutar su misma condición ontológica. Esas ´sociedades de hombres´ -nos sigue explicando Gonzalo Rodríguez- estaban organizadas en torno a las jefaturas, tan propias -y no sólo- del mundo celta hispánico. Jefaturas cuyos jefes eran receptores de la fides -la devotio hispánica de parte de los miembros de esas fratrías. Devotio que tras la integración de esos pueblos celtas hispanos en el seno del Imperio Romano se fue enfocando, casi de una forma natural, hacia la figura del Emperador, pues éste, al igual que los jefes de las ´sociedades de hombres´ (y, cómo no, de sus príncipes y reyes en el mundo celta) también estaba revestido de un especial prestigio fruto de su función, y hasta de su mismo ser, sacral y de su papel pontificial como nexo de unión entre los hombres y la Trascendencia.

Nuestro coforista nos refiere sobre la concepción, en el seno del mundo celta, de dos planos invisibles de la realidad: el ´más allá celestial´ y el ´más allá telúrico´. El primero es asimilable al mundo Superior y es al que se accede una vez el Iniciado ha dominado sus vínculos y pulsiones condicionadores -primarios, psíquicos: sentimentales, emocionales, pasionales,…- y se ha convertido en ´señor de sí mismo´; en el Gran Autarca que apuntaba Julius Evola allá por los años ´20 de la pasada centuria. Una vez superado lo cual (una vez superada la ´obra al negro´ o nigredo de que nos habla la la tradición hermético-alquímica) el Iniciado accede, de forma definitiva, al conocimiento del plano sutil metafísico de la Realidad y es capaz, incluso, de activarlo en su fuero interno (sería el equivalente a la ´obra en blanco´ o albedo). Más aún, tras estos logros, puede aspirar a la Gnosis de lo Inmanifestado que se halla más allá incluso del plano sacro-sutil de la realidad y puede, paralelamente, aspirar a Despertar en su mismo interior ese Principio Supremo y Primero Inmanifestado Eterno e Indefinible que anida en él y aspirar, así, a Espiritualizar e Inmortalizar su alma (´obra al rojo´ o rubedo), que ya fue purificada de escorias psíquicas y condicionadoras tras la superación de la nigredo.

El segundo plano invisible de la realidad, el ´más allá telúrico´, lo asimila Gonzalo al conjunto de fuerzas -utilizando el léxico por él empleado- ´preternaturales´ que no se hallan más allá del ciclo de la generación, que no pueden -por tanto- posibilitar la Liberación metafísica del hombre, sino que integran la realidad del sâmsara, del devenir (opuesto al Ser y a lo Eterno), que se refieren a la ´vía de los antepasados´, o pitra-yâna, que es el destino que, tras la muerte física, le queda al común de los mortales: el de que el ´genio´ que de su clan era portador (que pasa a formar parte de cada ser humano desde el mismo momento de su concepción) se vuelva a integrar en los miembros de su mismo conjunto familiar, clan, gens o sippe, ya nacidos o en el momento de ser concebidos, para seguir dándole la impronta especial común que caracteriza a cada uno de los integrantes de cada clan. No se supera, pues, en esta ´vía de los antepasados´ la rueda del devenir. Las divinidades que al decir de Gonzalo son veneradas por parte de la tercera casta -la productiva- en el mundo celta hispánico son de naturaleza ctonia, telúrica, asociadas a la Tierra, a la vegetación, a los manantiales, a las fuentes y muchas de ellas de carácter femenino. Aunque también señala nuestro autor que ciertos demons y totems son ritualmente activados en las iniciaciones guerreras -segunda casta- a que son sometidos los jóvenes por tal de suscitar y hacer en ellos presente la energía telúrica propia de ciertos animales como el oso (tal como ocurría entre los temibles guerreros berserkers del mundo vikingo) o el lobo con el objetivo de despertar en estos jóvenes guerreros la ferocitas o la furia necesarias para el combate.

No está de más señalar que el Iniciado en la realidad metafísica y Superior -en el ´más allá celestial´- (primera casta) superará el ´más allá telúrico´ (y se descondicionará de él) que se le hubiera podido inocular en esas ceremonias de juventud de iniciación guerrera, pues incluso en el seno del fragor de la batalla no necesitará de esos aportes telúricos para mostrar arrojo y valor, ya que estamos tratando con un ser que ha superado todos sus pavores, traumas y miedos con la culminación de la ya mencionada nigredo u ´obra al negro´.

Sin duda ese ´más allá telúrico´ que nos disecciona brillantemente Gonzalo en su tesis doctoral es un lastre que el mundo celta hispánico en particular, el mundo celta en general y aun todo el mundo indoeuropeo arrastraba en aquella época porque, no lo olvidemos, debemos considerar que, de acuerdo a la ciclología Tradicional, los pueblos de origen boreal transitarían ya -en la época objeto de estudio-, seguramente, por los inicios de la Edad de Hierro o kali-yuga y aunque los dichos pueblos -la antigua Roma incluida- protagonizaron un ´ciclo heroico´ de intento de vuelta a los parámetros existenciales y de weltanchaaung de la Edad de Oro o Satya-yuga desgraciadamente, con el paso del tiempo, fueron contaminándose con efluvios propios de etapas descendentes y con las influencias de pueblos de esencia definidamente telúrica. No obstante lo cual mantuvieron -y cerniéndonos en específico a los celtas hispánicos objeto de este trabajo- vivos los ejes básicos y los pilares primordiales de la Tradición.

Excelente trabajo el de Gonzalo Rodríguez culminado con una lista del léxico específico empleado a lo largo de la obra y, obviamente, del significado del mismo, culminado, asimismo, con un extenso resumen de los aconteceres políticos-militares en la España celta desde el momento de la irrupción de cartagineses y romanos en la Península Ibérica hasta el fin de las última guerras (las cántabras,…) entre celtas hispanos y Roma y la inclusión de Hispania en el orbe romano y culminado, finalmente, con un aporte sobre el papel de los guerreros celto-hispanos a las legiones romanas, primero como tropas auxiliares y finalmente como integrantes de pleno derecho de las mismas legiones a lo largo y ancho de todo el Imperio romano.

Nuestro brillante coforista ha bebido de una amplísima bibliografía y ha sabido enfocar el conjunto de todos los datos e ideas aportados por tantos autores hacia la presentación de una sociedad, como la celta hispana, penetrada por los fundamentos propios de una sociedad de carácter Tradicional, en una línea totalmente coincidente -´vía heroica de la acción´- con la que nuestro gran intérprete, de referencia para nosotros, de la Tradición, Julius Evola, nos presentó a lo largo de su valiosísima e imprescindible obra.

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

 



“Otra” historia de Cataluña
julio 9, 2009, 8:53 pm
Filed under: Eduard Alcántara, Historia

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La historia de Cataluña viene sufriendo desde hace algo más de un siglo tal manipulación que lo que se nos ha venido contando como tal podría acabar asemejándose más a la historia de Tanzania o de Papúa-Nueva Guinea que a la verdadera historia de esta tierra hispana.

Desde círculos catalanistas y/o independentistas oficiales o no no se ha parado de tergiversar, de falsear, de silenciar, de magnificar y de trocar la realidad de los aconteceres políticos y sociales, y de sus causas, que se han venido sucediendo en Cataluña a partir, sobre todo, de finales del siglo X d. C

La causa principal de este proceso manipulativo es bien diáfana: promover entre los catalanes sentimientos antiespañoles haciéndoles creer que la historia catalana ha sido siempre la de la lucha continua contra la enemiga, opresiva y sanguinaria España por conseguir la soberania y librarse de ese yugo esclavizante y humillador

Nosotros, en el presente artículo, haremos un rápido recorrido milenario por la historia del Principado catalán, deteniéndonos en algunos episodios puntuales, significativos e importantes a la hora de esclarecer hechos. Por la misma naturaleza de un artículo no podremos, ni es nuestra intención, extendernos en realizar profusas relaciones de datos ni de acontecimientos, sino que trazaremos unas cuantas pinceladas que le den claridad a algunas de aquellas realidades que han sido ennegrecidas o ensombrecidas.

Antes de llegar al citado s. X no estaría de menos recordar que en la Antigüedad los pueblos íberos que habitaban el territorio de la actual Cataluña no manifestaban rasgos ni costumbres ni se servían de un habla diferentes con respecto a esos mismos iberos que vivían a lo largo de, esencialmente, toda la franja mediterránea de la Península Ibérica. Ni habría que olvidar que toda esta última constituiría, más tarde, un todo unitario como Provincia del Impero Romano y, posteriormente, como Reino Visigodo.

Este querer común unitarista se vio trágica y bruscamente truncado por un factor externo: la invasión mahometana. Invasión que provocó el que buena parte de los genuinos y legítimos moradores de la Península se refugiara en sus montañas norteñas –Pirineos, Cordillera Cantábrica- esperando el momento de iniciar la reconquista del solar patrio invadido, pero perdiendo el contacto entre ellos e iniciando, en consecuencia, dicha reconquista de manera autónoma bajo el impulso de nuevos y diversos reinos.

Cuando, tras casi ocho siglos de Reconquista, la situación se normalizó y las aguas volvieron a su cauce con la victoria sobre los últimos musulmanes del Reino nazarí de Granada los reinos cristianos hegemónicos existentes en ese momento no dudaron un ápice en que su único destino posible y natural era el de seguir por el camino que ya habían hecho realidad los Reyes Católicos con sus nupcias. Destino que no era otro que el de la unión política entre las coronas de Aragón y de Castilla y unión que también fue impulsada -como parte que era de la Corona de Aragón- por Cataluña.

Durante estos casi ocho siglos de ocupación sarracena las tierras catalanas no fueron ajenas a esta pretensión y a este proceso unificadores. Así desde que el conde catalán Borrell II no renueva –tras el saqueo, el año 985, de la ciudad de Barcelona por parte de las tropas de Almanzor- su juramento de fidelidad con la monarquía franca, serán continuos los testimonios, deseos y hechos unitaristas que tendrán su origen en tierras catalanas, tales como la unión entre los condados catalanes y el Reino de Aragón acontecida el año 1.137 tras la boda entre el conde Ramón Berenguer IV y la princesa aragonesa Petronila. O tales como los reiterados anhelos de unificar la Península manifestados por el rey de la ya corona catalanoaragonesa (Corona de Aragón) Jaime I “El Conquistador”.

Por todo esto resulta cómico que hace algunos años desde el gobierno autónomo catalán y desde todo tipo de instituciones y círculos catalanistas se nos quisiera vender la celebración de los mil años que se cumplían desde que el mencionado conde Borrell II rompió su compromiso de vasallaje con el rey franco como el recuerdo del momento en el que, por fin, tras siglos y siglos de sufrimientos, sojuzgamiento y deseos e intentos frustrados se hacía realidad el gran sueño ancestral deseado por todos los catalanes: el de su independencia (Tampoco hay que olvidar que los condados que dieron definitivamente la espalda al reino franco constituían únicamente territorios situados, aproximadamente, en lo que hoy en día vendría a ser el norte de Cataluña.) 

La España de que hablábamos líneas arriba, ya unificada bajo el reinado de los Reyes Católicos sellará sus páginas más excelsas a lo largo del siglo XVI y los soldados catalanes contribuirán -codo a codo con castellanos, vascos, extremeños,…- a que por toda Europa se canten las gestas de los invencibles Tercios.

Pero ya bien entrado el siglo XVII comienzan a entrar en España desde Francia los primeros tufillos uniformadores y centralistas. De ellos se verá impregnado el valido del rey Felipe IV, el conde-duque de Olivares, quien recomendará textualmente al monarca “reducir estos reinos de que se compone España al estilo y leyes de Castilla”

En Europa, en aquellos años se desarrolla la Guerra de los Treinta Años (1.618-1.648). Las imposiciones que, en soldados y dinero, el conde-duque quiere obligar a cumplir a Cataluña –para luchar contra Francia- chocan con las decisiones tomadas por instituciones forales catalanas como la Diputación del General. El día 7 de junio de l.940, celebración del Corpus Christi, un incidente aislado, en la ciudad de Barcelona, acaba con un segador herido por un funcionario y con la posterior y famosa revuelta de los segadores que se encontraban en la ciudad y que la historiografía catalanista ha querido convertir maliciosamente en una insurrección antiespañola.

El nefasto canónigo Pau Claris –Presidente, por entonces, de la Diputación del General o Generalidad- integra Cataluña en el reino de Francia con la oposición de amplios sectores de la población catalana que a la postre –y a pesar de la mencionada política homogeneizadora y agresiva de Olivares- la harán retornar a sus cauces naturales e históricos, esto es, a su reincorporación política a la Corona española y al común esfuerzo militar para expulsar a las tropas francesas del Principado. Y este desligarse de Francia y reintegrarse en España se hace a pesar del peligro que existía de no lograr expulsarlas de todas las tierras catalanas, tal como sucedió. Así pues, los catalanes prefirieron correr el riesgo de la mutilación de su territorio antes que perder su condición de españoles y como consecuencia del fin de la guerra Francia se quedó, por el Tratado de los Pirineos del año l.659, con las comarcas del Rosellón y el Conflent y con la mitad norte de la Cerdaña. 

Pero si los Habsburgos o Austrias fueron respetuosos con las idiosincracias, con las instituciones, con los usos y, en definitiva, con los fueros de los diferentes reinos que se habían unido para constituir la Corona española e hicieron, por tanto, posible que se hablara, durante sus respectivos reinados, de las Españas, los Borbones no seguirían estos pasos sino justo los contrarios.

Si los Austrias creían que en la pluralidad y diversidad de sus territorios estribaba la riqueza cultural del conjunto de sus reinos, los Borbones opinaban que en el centralismo nivelador y despersonalizador podían hallar la fuerza de sus Estados.

Así pues, si los Habsburgos respetaron, tras el fin de la guerra contra Francia (1.659), la continuidad de las instituciones forales catalanas sin tener en cuenta las graves veleidades y actuaciones francófonas sucedidas bajo la dirección de Pau Claris, los Borbones no hicieron lo mismo al acabar, el año l.714, la Guerra de Sucesión y clausuraron el Parlamento catalán y prohibieron la Generalidad y el uso oficial de la lengua catalana; emprendiendo la abusiva castellanización de Cataluña.

El conflicto generado alrededor de la Guerra de Sucesión ha sido uno de los más vergonzantemente adulterados por el catalanismo militante. Ni el más mínimo atisbo de secesión existió entre ninguno de los protagonistas catalanes durante este conflicto bélico. Se trataba básicamente de la lucha entre dos maneras de concebir la estructuración del Estado español e incluso de dos maneras de percibir la existencia:

La lucha entre el centralismo igualador encarnado por los partidarios de los Borbones y el ordenamiento orgánico-foral personalizado por los Austrias. Y Cataluña optó por el segundo al considerarlo el más provechoso, adecuado y justo para España y así queda patente al rememorar la proclama que hizo el Consejero en Jefe del Ayuntamiento de Barcelona, Rafael de Casanova, para que – en los estertores del conflicto armado- sus habitantes acudieran a defenderla: “¡Por España y por los Austrias!”

Frente a un borbonismo impregnado por los primeros efluvios de la Ilustración racionalista y laicizante que empezaban a recorrer Francia, los catalanes optaron por apoyar al bando de los Habsburgos, santo y seña de lo tradicional y religioso. Así lo corroboraron, como botón de muestra, las imágenes sagradas de vírgenes y santos patrones que cada gremio subió a las murallas barcelonesas en su defensa ante la acometida del ejército borbónico.

Si todavía alguien duda del secular sentimiento español del pueblo catalán no habría más que darle una ojeada a períodos cada vez más cercanos al nuestro, como lo es el siglo XIX, para observar dónde tuvo sus principales feudos aquel movimiento genuinamente español, enraizado en lo más profundo y tradicional de la historia de España, como lo fue el carlismo: en Cataluña, Navarra y Vasconia. En estas tres regiones fue donde más encarnizadamente se luchó contra el liberalismo –apátrida por definición- bajo el lema “Dios, Patria y Rey”.

En este mismo s. XIX se perfilan primero y se definen después algunos de los componentes más característicos del actual folclore catalán. Uno de ellos es el de su música y baile:

Tres eran las danzas musicadas que tenían mayor difusión en el Principado, a saber: las jotas –sobre todo en las comarcas leridanas-, las sardanas y el “espanyolet” (=españolito). A la hora de la elección del que tendría que ser considerado el baile típico y representativo por antonomasia de Cataluña las jotas fueron rechazadas por los primeros representantes de un regionalismo que empieza a aparecer en esa época y que acabará convirtiéndose –con el discurrir del siglo- en catalanismo cada vez más radicalizado Y serán básicamente marginadas por no ser exclusivas del territorio catalán y tener, en consecuencia, lazos evidentes con las bailadas y cantadas en otras muchas regiones de una España con la que, estos “regionalistas” no desean ningún parentesco. E igual suerte corrió el “espanyolet” por razones obvias que tienen que ver con su mismo nombre. Por eliminación los honores de la elección se los acabó llevando la sardana; promocionada, además, por el recopilatorio que de ellas hizo el jienense afincado en Cataluña José Ventura.

El liberalismo que se iba imponiendo en toda Europa va cambiando las mentalidades de sus gentes, sobre todo de la clase burguesa, que es la que lo promueve y más apasionadamente lo profesa, porque aplicado al terreno económico, el capitalismo, le puede suponer, y le supone, pingües beneficios. El liberalismo comporta sustancialmente el triunfo del egoísmo y del individualismo: cada cual tiene libertad de pensar y actuar como le venga en gana aun a costa de contravenir los intereses generales de la comunidad en que se encuentra inmerso. Y, en su versión económica, el capitalismo da, también, patente de corso para poder llevar a cabo cualquier tipo de actividad económica, aunque contravenga el interés general. Este egoísmo al igual que desestabiliza la armonía social, también puede desestabilizar la política y dinamitar unidades territoriales. En este contexto, una parte de la burguesía catalana aprovechó algunos de los agravios históricos centralistas que hemos ido analizando e insatisfecha porque sus intereses económicos particulares no se vieron, en ocasiones, favorecidos, en la medida y manera en que ella hubiese deseado, por algunas decisiones políticas adoptadas por determinados gobiernos españoles -como, por ejemplo, la retirada de leyes proteccionistas de las que se había beneficiado la industria catalana-, aprovechó, decíamos, aquellos agravios históricos para ir generando un cada vez mayor sentimiento catalanista, con ribetes claramente antiespañoles, entre parte de la sociedad catalana.

Con esta dinámica acabó el s. XIX y empezó el XX. …Y se llegó a la Guerra Civil, durante la cual, en el Principado, un mínimo de 20.000 catalanes –según las cifras más bajas que se manejan- fueron asesinados por sus ideas políticas; en la mayoría de los casos por militar o simpatizar con partidos de clara tendencia españolista. Y durante la cual más de 30.000 catalanes –también según los números más reducidos que se barajan- lucharon en las filas del bando Nacional, ya fuera formando parte del ejército regular o encuadrados en las Milicias de la Falange o en los Tercios de Requetés. Cifras a las que no puede ni acercarse a distancia ninguna otra de las regiones que durante la mayor parte de la contienda civil permanecieron en zona Republicana. Y cifras que toman una mayor dimensión si tenemos en cuenta el evidente riesgo de perder la vida que conllevaba el intentar pasarse furtivamente de una zona en conflicto a la otra.

Justo tras la toma de Barcelona por las tropas del General Franco algunos de sus más destacados oficiales empezaron a trazar, con una serie de medidas como la de prohibir la difusión de unos carteles propagandísticos que la Falange había elaborado en catalán, las líneas básicas de la que sería la postura oficial que, a partir de esos instantes, se adoptaría hacia la cultura catalana. Un nuevo episodio del desatino centralista y ultrajante que tan bien han sabido aprovechar los enemigos de la identidad española que, al socaire del liberalismo, hemos visto, líneas arriba, siempre han intentado enrarecer la conciencia y los sentimientos del pueblo catalán.

Y es que si no creemos, por antinaturales, en principios como el que afirma que todos los hombres somos iguales, tampoco creemos que los pueblos deban serlo, porque si defendiéramos lo contrario y anhelásemos la homogeneización cultural dentro de los estados, deberíamos, por lógica consecuencia, ser partidarios del actual proceso de globalización mundial que está conduciendo a la disolución de tradiciones e idiosincracias en el magma abrasador del Pensamiento Único que no entiende de personalidades culturales propias sino única y exclusivamente de producción y consumo y, por ende, de mercado mundial indiferenciado.

Es encomiable la actitud histórica de la mayoría del pueblo catalán de no haber querido renunciar a su condición de españoles –a pesar de los agravios que, en ocasiones, ha sufrido-, pero hay que mantenerse vigilantes –como lo siguen estando muchas de las gentes que pueblan Cataluña- ante la labor continua de zapa contra los cimientos de la españolidad que no cesa por parte del gobierno de la Generalidad, de su aparato educativo tergiversador, de los medios manipuladores de comunicación que controla y de otros sectores , entidades y círculos políticos, sociales y supuestamente culturales no oficiales. Además, esta tarea dinamitera sucede con el consentimiento y la dejadez de unos gobiernos –los españoles- que hace ya muchos años que perdieron toda legitimidad para poder regir los destinos de nuestro país.

Conocemos la tergiversación de acontecimientos y los argumentos de los que arrancó y en los que se asienta el separatismo. Lo condenamos por antinatural, antihistórico, aldeano, romo de miras y egoísta, pero también atacamos sin paliativos el centralismo por antitradicional, antiorgánico e irrespetuoso con el acerbo cultural de los pueblos. Y lo hacemos porque creemos que, tal como afirmó el escritor falangista Ernesto Giménez Caballero, tan perniciosos son “los separatistas como los separadores”; entendiendo a estos últimos como los que con sus actitudes y políticas centralistas y humilladoras provocan la aparición y reacción de los secesionistas.

 Lo dicho: QUE NO NOS FALSEEN LA HISTORIA DE CATALUÑA. Y recordar: ¡NI SEPARATISTAS NI SEPARADORES1



¿Medio moros, medio judíos?
julio 5, 2009, 11:04 am
Filed under: Eduard Alcántara, Historia

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Una de las armas que el Sistema y sus más o menos reconocidos adláteres utilizan con mayor predilección para que España, y por ende sus legítimos pobladores, pasen a formar parte, sumisa y definitivamente, de la Aldea Global amorfa y de encefalograma plano en que intrigan en convertir a nuestro planeta, es la de convencernos de que nuestras venas están regadas, en proporción nada desdeñable, por sangre de pueblos que nada tienen que ver con el indoeuropeo o ario ( o lo que viene a ser lo mismo, blanco no semita ) y con su consiguiente concepción vital, y de que, por tanto, no somos -los españoles- más que un híbrido racial sin personalidad ni acervo propios y originales que valgan la pena defender ni conservar. Un híbrido que , en lógica consecuencia, debería aceptar sin rechistar el mestizaje con todo tipo de razas que, al mezclarse, irían perdiendo, paulatina e inexorablemente sus inherentes, peculiares y diferenciadoras idiosincrasias, potencialidades, costumbres, hábitos y culturas, en beneficio de un nuevo género humano uniforme que, al haber sido desposeido de identidad, será fácilmente programable por los garantes del Sistema de Valores Dominantes y se convertirá en servil esclavo del Pensamiento Único y en autómata que (bajo el tintineo machacante de las soflamas caducas, vacías y demagógicas -de Igualdad, Libertad y Fraternidad- que sin cesar escuchará) bovinamente asumirá los únicos papeles que se le asignarán: el de mero medio de producción y/o el de voraz y frenético consumista, para mayor hinchazón del opresor armatoste capitalista.
Para que aceptemos este papel que se nos tiene asignado, se nos intentará borrar cualquier vestigio de orgullo racial que podamos sentir, pues el desarraigo del hombre con respecto a su familia, a su clan, estirpe, etnia o raza lo hace fácilmente manipulable y lo convierte en potencial instrumento al servicio de cualquier bajo, obscuro e innoble propósito. Se nos dirá aquello tantas veces repetido por “librepensadores” y “progresistas” de que somos “medio moros y medio judíos”, con el objeto de que si cualquiera pudiera experimentar el dicho orgullo de pertenecer a los pueblos blancos que tanta gloria y grandeza han desbordado a lo largo de la historia de la humanidad, empiece a percibir este sentimiento de pertenencia al mundo indoeuropeo o boreal -tal como gustaba definirlo al gran intérprete de la Tradición Primordial, Julius Evola- como un error en que se hallaba sumido; percepción del “error” que le hará renunciar a sus principios y a la visión del mundo que caracterizó el obrar de los pueblos arios y, en lógica consecuencia, le hará arrodillarse dócilmente bajo los pies del gigante mundialista y globalizador.
Y, para eliminar la ponzoña ideológica con la que se nos quiere envenenar, no tenemos nada más sencillo que recurrir a la profilaxis que nos ofrece la historia para comprobar que únicamente son pueblos de origen boreal (nuestras tradiciones y mitos más remotos sitúan los orígenes de los pueblos indoeuropeos en tierras situadas en lo más septentrional de nuestro planeta y conocidas con nombres como el de Thule o Hiperbórea), de origen boreal, decíamos, los que podemos considerar como antepasados nuestros de sangre. Y estos pueblos son, principalmente, íberos, celtas, romanos y visigodos.
Quien se haya sorprendido por la gran similitud existente entre el alfabeto rúnico nórdicogermánico y el íbero, quien sepa que también los íberos practicaban el rito funerario -exclusivo de los pueblos boreales- de la incineración, quien sea consciente de la organización jerárquica de este pueblo y de su concepción guerrera de la vida. Quien todo esto no ignore, no dudará, en modo alguno, de la naturaleza indoaria de los íberos; entre los que con toda probabilidad y dicho sea de paso, se encontraban los vascos o vascones -único pueblo que, al refugio de las montañas, pudo conservar su antigua lengua íbera: el éuscaro o vascuence.
Sobre los celtas, como antepasados nuestros, deberíamos aclarar que la zona que ocupa la Meseta Central de nuestra península, que generalmente se había considerado como habitada en la época prerromana por pueblos resultantes de la fusión física y cultural de íberos y celtas ? los conocidos como celtíberos -, habría estado ocupada en realidad exclusivamente por celtas. La confusión histórica habría tenido lugar por hechos como, por ejemplo, el que los erróneamente considerados como celtíberos utilizaban el alfabeto íbero.
Pero el análisis lingüístico realizado durante los últimos años, en torno a las inscripciones encontradas en restos y yacimientos arqueológicos de la Meseta han demostrado que, aunque el alfabeto era íbero, las estructuras sintácticas son las propias de las lenguas celtas. Por lo cual hemos de deducir que pertenecían a este último pueblo quienes grabaron dichas inscripciones, aunque adoptaran como suyo el alfabeto del vecino pueblo.
Fueron muchos los siglos en que nuestras tierras peninsulares -al principio parcialmente, más adelante por completo- formaron parte del orbe romano. Desde el siglo III a.C., en que las legiones vinieron para combatir a los cartagineses en la Segunda Guerra Púnica, hasta que, a finales del siglo V d.C., se acaba desmoronando el Imperio Romano de Occidente, el aporte racial romano es más que considerable. En un principio fueron, básicamente, legionarios destinados a Hispania que, al licenciarse, recibieron tierras en la Península y se establecieron en ella. Más tarde, artesanos y comerciantes provenientes de la capital del Imperio -y de otros puntos más o menos alejados de ella- fueron también estableciéndose paulatinamente en nuestro territorio.
Nuestra cuarta y última aportación racial la recibimos de los visigodos que, poco a poco, empezaron a unirse sanguíneamente con la población existente antes de su llegada. Una población resultante de la total fusión habida entre íberos, celtas y romanos y conocida históricamente con el nombre de hispanorromana. Lo que empezó ,con el transcurrir de los años, a convertirse en generalizadas uniones matrimoniales entre visigodos e hispanorromanos, hubo, a la postre, de considerarse como acorde con las leyes y así quedó constancia con la promulgación del “Liber visigotium” o Fuero Juzgo.
Sólo cabe calificar de local, reducida, mínima o ridícula e insignificante cualquier otra contribución a la configuración fisica de los españoles, por parte de otras etnias y razas. Nuestro siguiente objetivo consistirá pues, en dejar los puntos sobre las ies de este otro tema.
Y, cronológicamente hablando, corresponde empezar por fenicios y griegos. Semitas los primeros, indoeuropeos los segundos. Ambos llegaron a nuestra península con fines exclusivamente mercantiles y en pequeño número. Únicamente fundaron algunas colonias o factorías en nuestro litoral meridional y de levante, con el objetivo de comerciar con los asentamientos íberos vecinos. Nunca tuvieron en mente propósitos pobladores algunos. Toca dejar claro que los cartagineses -de origen fenicio- sólo estuvieron de paso por nuestras tierras con motivo de la Segunda Guerra Púnica que mantuvieron con los romanos.
Avanzando por el tiempo llegamos a las invasiones germánicas (suevos, alanos, vándalos,…) -más o menos coincidentes cronológicamente con la visigoda- que precipitan el fin del Imperio romano de Occidente y de entre las que destaca la sueva, por su posterior, aunque localizada, fusión con la población que, por esas fechas, habitaba la actual Galicia. Los alanos, que acabaron fundiéndose con las gentes que moraban los territorios de lo que hoy en día es Portugal, no representaron un contingente especialmente numeroso. Y los vándalos fueron expulsados, desde el reino que habían establecido en el sur de España, hacia el norte de África por el empuje de un reino visigodo que, a la postre, quedó desmantelado tras la invasión
musulmana iniciada a principios del siglo VIII.
Musulmanes entre los que se contaba una proporción muy elevada de descendientes de vándalos islamizados y entre los cuales apellidos como el de Tariq (o Taric), uno de los dos principales caudillos de la invasión inicial del año 711, denotan su origen germánico; apellido que, por su coincidente terminación, nos evoca el de reyes visigodos como Alaric (o Alarico) o Roderic (Rodrigo). Musulmanes, asimismo, que trajeron consigo un buen número de esclavos procedentes de otra etnia indoeuropea, como la eslava -de aquí el origen etimológico de la palabra esclavo -. Y musulmanes de entre cuyas élites dirigentes era patente la buena dosis de sangre boreal que corría por sus venas; y para corroborar lo dicho, basta con conocer el fenotipo -rasgos o aspecto físicos- de personajes como el califa Abderramán III: pelirrojo y de ojos verdes. Pero, al margen de que el invasor mahometano poco tenía que ver, físicamente, con el magrebí o moro de hoy en día, el hecho cierto es que la mezcla racial entre la población que sufrió la invasión –cristiana- y la que la protagonizó, fue prácticamente nula. Y lo fue:
– Por el encono con el que se enfrentaron durante los casi ocho siglos que duró nuestra Reconquista.
– Por lo mal vistos que estaban, en ambos bandos, los matrimonios mixtos.
– Porque la población, de un lado u otro, que quedó en zona enemiga vivió en ghettos situados a las afueras de las ciudades; como ocurrió con los mozárabes -población cristiana que quedó en zona musulmana, conservando la religión- y con los mudéjares -población islámica que, tras los primeros éxitos de la Reconquista, permaneció en la nueva zona cristiana, conservando igualmente su fe, y que, a la postre, sería expulsada de la Península, bien como consecuencia del primer decreto de expulsión dictado por los Reyes Católicos en 1.492, o bien bajo los efectos del segundo, de expulsión de los moriscos, promulgado el año 1.609, durante el reinado de Felipe III -. Por otro lado, los únicos que sí se unieron racialmente con los invasores fueron los cristianos que se convirtieron al Islam -los llamados muladíes- y que, como consecuencia de esto, al igual que el resto de sus hermanos de fe -entre los cuales se fueron diluyendo- también hubieron, debido a la derrota militar del Islam en la Península, de instalarse definitivamente en el norte de África.
Y siguiendo esta política de unidad territorial, religiosa y racial iniciada, de manera diáfana y contundente, por los Reyes Católicos y continuada bajo la práctica totalidad del reinado de los Habsburgos o Austrias, la población judía afincada en España no podía correr destino distinto al de la mahometana. Así pues, en 1.492, unos 400.000 que se negaron a abrazar el cristianismo tuvieron que buscar residencia fuera de nuestro territorio. Y los pocos que permanecieron aquí, lo hicieron en barrios separados del resto de la población, a pesar de que públicamente habían renunciado a sus creencias mosaicas para convertirse al cristianismo; aunque, como las pesquisas de la Inquisición fueron demostrando, dichas conversiones fueron, en la mayoría de los casos, sólo aparentes. Es digna de resaltar la marginación a que, tras el decreto de expulsión de 1.492, ha sido sometida esta población hebrea en España, pues, aunque supuestamente se había convertido al cristianismo, se la quiso diferenciar del resto de la población definiendo a sus individuos como “cristianos nuevos” que, por no ser de sangre indoeuropea, no tenían derecho- sobre todo bajo el reinado de los Reyes Católicos y de los Habsburgos – , por ejemplo, a ocupar cargos públicos o a formar parte de las órdenes religiosomilitares; esto, repetimos, por no poder cumplir con el requisito definido en la época con los términos de “pureza de sangre”. Con calificativos como el de “marranos” o “chuetas” han sido conocidos a lo largo de estos siglos. Y todavía llama la atención cómo -botón de muestra- hoy en día, y pese a la avalancha inmigratoria derivada del “boom” turístico en las islas Baleares, sufren marginación los chuetas mallorquines y cómo se rechaza no ya sólo los matrimonios mixtos con alguno de ellos, sino hasta la relación de amistad con
miembros de este colectivo.
Aclarado el tema judío, sólo restaría mencionar la fundación de un buen número de municipios, localizados en tierras jienenses, que promovió, en la segunda mitad del siglo XVIII, Carlos III durante su reinado. Estos pueblos fueron poblados, inicialmente, de manera exclusiva por alemanes.
Con ello creemos haber dejado bien clara cuál es la composición racial de los españoles y , tras esto, señalar cómo los diferentes pueblos boreales que se han ido encontrando, a lo largo de la historia, en nuestro suelo, no han tenido ningún inconveniente en acabar, más tarde o más temprano, fundiéndose. Y como, en cambio, dicho pueblos no han hecho lo mismo con aquellos otros de extracción racial semita que, movidos por unas razones u otras, han ido desembarcando en la Península.
De manera más o menos consciente las diferentes etnias indoarias se han ido identificando entre sí y, bajo el vínculo del remoto origen común, se han ido, con el devenir del tiempo, fusionando. La similitud de costumbres, hábitos, cultura, religión y concepción de la vida han hecho posible dicho proceso unitario.
En términos muy bien definidos y explicados por Julius Evola, una manera de entender la existencia jerarquizada, vertical, uránica, viril, patriarcal, guerrera, olímpica, heroica, solar e iluminada por la Luz del Norte representada por los pueblos indoarios ha rechazado, combatido, marginado y/o expulsado a las gentes que comulgaban con la forma opuesta de ver y vivir la vida: igualitaria, horizontal, telúrica, pelásgica, matriarcal, lunar e inspirada por la Luz del Sur.
Quede, finalmente, claro que no se ha tratado de elaborar un mero artículo con fines y naturaleza básicamente biológicos, sino de dejar patente la adscripción indoeuropea o hiperbórea de los pobladores de toda la Península Ibérica y descartar cualquier duda o tergiversada manipulación sobre mestizaje, pues éste ha sido sinónimo, en cualquier civilización, de decadencia, caos y desaparición y hubiera imposibilitado las grandes gestas y las inigualables páginas de grandeza, gloria y heroísmo que España, en todo el orbe, ha dejado escritas.



Iberos. Principes de Occidente
julio 4, 2009, 4:10 pm
Filed under: Eduard Alcántara, Historia

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Hace un par de años se celebraron en Barcelona, con el reclamo de este mismo título, una exposición y un congreso que pretendían dar a conocer con más profundidad y profusión de datos y muestras la realidad de uno de los pueblos que habitaban, en la Antigüedad, en la Península Ibérica. Nosotros visitamos la exposición y pudimos extraer, entre otras, la siguiente consecuencia:

Que no hace falta que seamos nosotros -los que defendemos concepciones del mundo y de la existencia diametralmente opuestos a las preconizadas por el Establishment que nos ha tocado padecer- los que tengamos que gastar nuestras energías en demostrar realidades tan obvias como la que tiene al pueblo ibero, o íbero, como uno más de entre los que forman parte de la gran familia indoeuropea. No hace falta, no, puesto que pudimos comprobar cómo los datos, restos arqueológicos y comentarios que se exponían en esta exposición y en sus publicaciones-guías venían a corroborar y a reforzar una realidad que para nosotros, y para muchos otros investigadores e historiadores, siempre ha sido incuestionable.  La “Cultura Oficial”, seguramente sin pretenderlo, vino a darnos la razón.

Las características más definitorias de la concepción de la vida, la existencia y la espiritualidad que siempre tuvieron los pueblos blancos no semitas eran, una y otra vez, asignadas a los iberos en los textos editados con motivo de la dicha exposición y en los comentarios vertidos por su comisaria, la Catedrática de Arqueología de la Universidad de Valencia Carmen Aranegui.

Para empezar, la publicación-guía comienza afirmando textualmente que “Los iberos no vinieron de ninguna parte, aunque en otras épocas muchos estudiosos se empeñaron en afirmar que llegaron de Ásia o de África. Eran una gran etnia dividida en pueblos que habitaban la cuenca occidental del Mediterráneo”. Este es el primer golpe dado a los que pretenden encuadrarlos dentro de los pueblos semitas o camitas.

Otro de los rasgos de los pueblos indoeuropeos siempre fue el de su organización social de naturaleza vertical, fuertemente jerarquizada y estructurada en castas o estamentos sociales con unas funciones muy definidas y en cuya pirámide se hallaba la realeza detentadora de las potestades guerrera y espiritual. En el caso del mundo íbero no podía ser de otra manera y así los reyes detentaban el poder político y religioso como miembros que eran de la casta dirigente: la aristocracia o nobleza guerrera e impregnada de un sentido superior de la existencia. Casta que era la única que se dedicaba al ejercicio de las armas. Así, siguiendo la citada publicación, podemos leer que “En Iberia no existía un ejército profesional. Sólo los aristócratas tenían derecho a ser guerreros” o “Sólo los aristócratas tenían derecho a defender su ciudad, por eso están representados siempre –en esculturas e inscripciones- con sus armas”. Asimismo podemos seguir leyendo que “Era una sociedad jerarquizada. Los jefes  representaban a todo el grupo, organizado en familias nucleares”. Familias nucleares que nos recuerdan inmediatamente a otras equivalentes en otros pueblos boreales –o hiperbóreos, utilizando siempre terminología evoliana-  tales como los clanes celtas o las gens romanas.

De lo escrito en este parágrafo se desprende ineludiblemente una concepción guerrera de la vida muy propia también a los pueblos indoeuropeos, que no sólo concebían la guerra en su sentido externo y más obvio sino que incluso le daban una importancia mayor a su vertiente interna: en el fragor de la acción bélica el hombre vence sus debilidades, sus miedos, forja su voluntad, robustece su carácter, elimina las pequeñeces y miserias que nublan su alma y entra, en medio del frenesí del combate, en estados alterados de conciencia que le pueden permitir despertarse a una realidad superior de la vida más allá del mundo sensible.

Y para corroborar el esencial sentido guerrero de la existencia del pueblo íbero seguimos leyendo que “El hombre, sin embargo, es la antítesis de la representación femenina. Sus atavíos más valiosos son las armas y a menudo se le representa desnudo con ellas” o que “Fueron famosos jinetes y participaron en batallas fuera de la propia Península. La máxima prerrogativa para un guerrero ibero era presentarse como jinete. El caballo, atributo guerrero y social, era para ellos un elemento de prestigio del más alto nivel” o también que “ Los animales eran símbolos sagrados, el ciervo se vincula a la divinidad femenina y el caballo –instrumento de guerra- a la masculina” o esta otra que dice que “los exvotos -u ofrendas a la divinidad- de bronce –ofrecidos por nobles- hacen alusión a las armas como signo de prestigio; en ellos los caballos están en muchos casos artísticamente enjaezados, lo que muestra una vez más la importancia de este animal –como la herramienta guerrera que representa- en la cultura ibera”. Como la función guerrera la ejercía el varón eran las tumbas de éste las más llamativas debido a la trascendencia que entre los pueblos íberos se le daba a esta función social y así seguimos con la lectura de la mencionada publicación y leemos que “…hay pocas tumbas ricas de mujeres, suelen ser sencillas y con muy pocas ofrendas”.

En una sociedad guerrera como ésta los valores directamente relacionados con la milicia formaban parte innata de la idiosincracia de sus gentes. Así nos encontramos en la revista-guía con afirmaciones como la que sigue a continuación:

“La “fides” y la “devotio”  eran cualidades que se les reconocían a los iberos. La lealtad y el mantenimiento de la palabra, el compromiso hasta la muerte, les distinguían de otros pueblos”

Y así no nos extrañamos de que se hayan encontrado esculturas como una monumental en la que aparece la figura del héroe idealizado en combate con otros guerreros o con animales fantásticos.

Y dentro de este contexto no podían faltar los ritos iniciáticos mediante los cuales el adolescente dejaba de ser un niño y pasaba a formar parte de lo que en algunas tradiciones se ha conocido como “sociedades de hombres”; esto es, que pasaba a ser un guerrero. Así se han hallado muchas estatuillas en santuarios íberos que representan este tipo de rito iniciático.

Aparte, óbviamente, de la vestimenta y de las armas uno de los signos externos que identificaban al que ya formaba parte de las “sociedades de hombres” aludidas era la barba; tal como se puede comprobar en el anverso de algunas monedas romanas del S. I a. C., como es el caso de unos denarios sertorianos de plata encontrados en Huesca.

Y si hablamos de ritos sagrados no podemos pasar por alto los funerarios, puesto que si siempre existió una costumbre definitoria de la mentalidad de los pueblos hiperbóreos ésta fue la de incinerar los cadáveres y los iberos, como miembros de este gran tronco racial, no fueron

-tal como se indica en la revista- una excepción: “Los cadáveres de los aristócratas íberos ardían en una pira funeraria durante más de un día. Los guerreros se incineraban con sus armas, que eran dobladas y arrojadas al fuego junto con otras pertenencias significativas. Finalizada la cremación, metían los restos en una urna que era enterrada junto al ajuar funerario”. “Al pueblo también se le incineraba. Hay necrópolis con tumbas modestas, con pocas ofrendas y sin monumentos funerarios importantes”.

Pueblos como los semitas, con su concepción pelásgica, matriarcal, telúrica y horizontal de la existencia, optan por el enterramiento de los cadáveres y su devolución a las entrañas de la Madre Tierra . Frente a ellos los pueblos boreales , con su percepción uránico-solar y vertical de la vida, eligieron la cremación del cuerpo para facilitar de esta manera la salida del espíritu o alma (siempre ha habido mucha disparidad a la hora de definir uno y otro ente) y su elevación hasta fundirse con el Sol –astro símbolo de la más alta Esencia divina- o hasta llegar a las otras dimensiones atemporales y  no espaciales –a menudo identificadas con el Cielo, con lo alto- que esperan tras el fin de la vida física.Y continuamos citando textualmente que “Es frecuente que para acompañar el monumento funerario aparezcan alas de pájaro. Eso hace pensar que los iberos situaban el más allá en la esfera de lo celeste”.

Parece ser que en algunos casos, los menos, también se llegó, entre los iberos, a practicar otro rito funerario asociado igualmente a pueblos indoeuropeos como, por ejemplo, los persas, que habían abrazado la religión de Zaratrusta –el mazdeísmo o zoroastrismo-, consistente en conseguir la desaparición del soporte físico de la persona exponiéndolo en lugares elevados

-montículos o atalayas construidas a tal efecto- a la rapiña de los buitres. Rapaces que en su posterior vuelo ascendente se pensaba que portaban el alma del fallecido hacia el Sol. (Todavía en nuestros días los descendientes de los mazdeístas que huyeron a la Índia –los parsis- practican, en este país, dicho ritual funerario.)

Volviendo, con tal de definir posiciones, a los contrastes, hemos de recordar que mientras que para los pueblos semitas el fin de la vida física ha constituido siempre una tragedia, puesto que nunca han tenido muy claro el concepto de alma y hasta su misma existencia y, por tanto, con la muerte se acaba del todo, según ellos, el periplo existencial de la persona, cuyos residuos habrían de esperar –tal y como cree el judaísmo- a la anunciada futura resurrección de la carne para poder volver a existir, para los pueblos boreales, en cambio, la muerte física suponía el paso previo para el inicio de otra existencia más perfecta, o perfecta, e imperecedera, eterna. Por esta razón lo que para etnias semitas constituía tristeza, luto y dolor, para los pueblos indoeuropeos suponía muy a menudo alegría, fiesta, jolgorio y felicidad. Y, de acuerdo con lo expuesto, en la revista leemos que “una de las formas que tenían los íberos de despedir al difunto era con una gran comilona de la que el muerto también participaba simbólicamente”

Esta ausencia de miedo hacia la muerte, junto a las cualidades propias del guerrero –valor, fidelidad, lealtad, honor; así como la superación de la aprensión al sufrimiento físico- explican la cita hecha párrafos más arriba que hacía referencia “al compromiso hasta la muerte” del “milites” íbero.

Tocando de nuevo el tema de la concepción vertical y uránico-solar del existir común a los pueblos boreales, no hemos de dejar de señalar que, entre éstos, el accidente geográfico elevado o la construcción vertical siempre han evocado al “Axis Mundi” o eje simbólico que une Tierra y Cielo, vida sensible o física con vida suprasensible o metafísica. Y, referido a nuestro pueblo objeto del presente estudio, podemos seguir leyendo que “Los monumentos o esculturas que se edifican sobre o junto a la tumba son torres, pilares estela, túmulos escalonados,…”

Al tener la misma extracción racial y, en consecuencia, compartir visiones del mundo el romano invasor de la Península Ibérica no tuvo ningún inconveniente a la hora de mezclarse sanguíneamente con el ibero invadido y de asimilarlo al orbe romano. Los territorios peninsulares fueron incorporados al mundo romano e Hispania se convirtió, en pie de igualdad, en una Provincia más del Imperio romano. Aquí no hubo problemas de asimilación, al contrario de lo que ocurrió con la Palestina judía, que al pertenecer, en buena parte, a un tronco racial diferente y al poseer una cosmovisión diametralmente opuesta a la de la romanidad, nunca se integró en sus estructuras políticas, sociales ni religiosas y recibió, en consecuencia, el status de Protectorado del Imperio.

Para lo reforzar y argumentar lo que se acaba de exponer continuaremos con las referencias a la revista-guia:

“A su llegada a la Península, a finales del siglo III a. C., Roma encontró una cultura fácilmente adaptable al modelo romano”. “El movimiento de tropas romanas, unos 6.000 hombres por legión, que se instalaron en Hispania para conquistarla, dejó tras de sí un montón de hijos que con el tiempo reclamaron sus derechos. Para ellos se fundó la ciudad de Carteya (San Roque, Cádiz), para los hijos de hispanas y soldados romanos. La realidad es que de ese cruce nació Hispania”. “Se llegó a la plena romanización de los pueblos ibéricos”. “Roma no encontró gran oposición en el ámbito de la cultura ibérica, donde se fue introduciendo y adaptando a través de las clases sociales dominantes que pactaron con ella y comenzaron a vivir a la romana sin que se decretasen esos cambios”.

Pero, sin duda, lo que más nos llamó la atención cuando visitamos la exposición en cuestión fue el contemplar la “Estela de Sinarcas”, que data del siglo I a. C. Y que se encontró en este municipio valenciano. En ella se hallan grabados caracteres íberos que si no nos hubiesen sido previamente presentados como tales no hubiéramos dudado un ápice en identificarlos rápidamente con las runas nórdicas. Entre dichos caracteres se encontraban unos no parecidos ni aproximados en su trazado sino idénticos a la runa Odal u Odila, a la del Sol o Sowilo, a la Ingwaz o Inguz de la fertilidad, a la Ehwaz asociada al corcel Sleipnir de Odín, a la Eewaz que recuerda, entre otras cosas, los ciclos de vida y muerte, a la Tyr o Tiwaz, a la Kenaz que significa fuego y representa la Iluminación y, también, la fidelidad, a la Gebo que significa dar, a la Hagalaz que quiere decir granizo y a la Isa cuyo significado etimológico es hielo…

…¿Hay alguien que se siga atreviendo a poner en duda la adscripción indoeuropea de los íberos? Creemos haber dejado del todo desmontada una de las grandes falsedades que han venido postulando algunos  pseudohistoriadores y falsos antropólogos adláteres del Sistema establecido. Ya se dejó bien patente en otro artículo (“¿Mitad moros, mitad judíos?”) que las mayores aportaciones de sangre que hemos recibido los españoles nos vienen esencialmente de íberos, celtas, romanos y visigodos y si nadie ha discutido nunca el origen indoeuropeo de los tres últimos, nadie honesto habrá de discutir jamás la también paternidad hiperbórea de los iberos.

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara @hotmail.com



Judaísmo, Islam y Cristianismo
febrero 8, 2009, 11:46 am
Filed under: Cultura y pensamiento, Historia, Janus Montsalvat

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Vamos a transcribir, a continuación, unos recientes aportes y reflexiones que, a través de diversas misivas, nos ha hecho llegar Janus Montsalvat y que, tras una previa puesta en situación del punto al que ha llegado España en nuestros días, giran en torno al lugar que ocupan, con respecto a los parámetros marcados por la Tradición Primordial, las tres formas de religiosidad que dan título a este escrito. 

 

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Expaña (con x) es, con diferencia, la nación más corrupta y degradada de Europa, con una de las clases políticas más nauseabundas, rastreras y cobardes del continente. Parafraseando a José Antonio cuando se mofaba de las juventudes afeminadas de Acción Católica, podríamos decir en este caso que Expaña es el único país donde lo más inútil y detestable es precisamente su juventud (en estos momentos me viene a la memoria el famoso artículo, totalmente rompedor, de Evola “Contra los jóvenes”). Una juventud completamente descerebrada, imbécil a más no poder y capaz, a lo sumo, de jugarse el pellejo en una discusión de tráfico o de fútbol, pero completamente incapaz de luchar por algo verdaderamente noble y constructivo. Una juventud repugnantemente amanerada y adocenada y cuya única aspiración es triunfar en programillas repulsivos y vomitivos como Operación Triunfo o Gran Hermano. Evidentemente -y por fortuna- hay excepciones. ¿De estas “excepciones”, de una minoría al fin y al cabo, podrá surgir algún día, más o menos lejano, algo verdaderamente nuevo?. Dios dirá. De momento lo que tenemos en ciernes es un Finis-Hispaniae total y absoluto.

Nos reclamamos hijos de la otra España, la España de la Luz del Norte, la España viril, heroica y caballeresca que aún en pleno siglo XX supo resurgir de sus cenizas como el Ave Fénix y aplastar a una de las manifestaciones más subversivas de la modernidad progresista (la II República). La otra España, esta España en manos de los hijos de las tinieblas, en manos de la plebe más vil y abyecta que ha habido en la Historia de la Humanidad, es objeto de mis más contundentes desprecio, repulsa y oposición. Si España, en su etapa ascendente, fue regida por Héroes, ahora, cuando parece que ya ha iniciado la fase de disolución diabólica -después de la putrefacción- está regida por fuerzas de una oscuridad y de una maldad que aterran. Pero, lo malo no es la basura que nos gobierna -que es mucha-, sino la pasividad, el pasotismo y la dejadez cobarde, idiota y entreguista de los gobernados.

 

Como decía Cristo: “El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que nace del Espíritu”. Mientras sigamos fieles a nuestra visión del mundo, ningún demonio del infierno logrará apartarnos de la Verdad y del Camino que nos conduce al Norte simbólico y espiritual. Sigamos, pues, sin desfallecer, y en la medida de lo posible, el famoso precepto benedictino: “Ora et labora”. La Acción y la Ascesis son los dos filos de la espada restauradora del Orden y el Equilibrio cósmicos.

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Tarde o temprano Europa tendrá que poner freno al avance de esa doctrina criminal y enfermiza que es el Islam. Comparemos la belleza y la poesía -“la poesía que promete”, como diría José Antonio- de los dichos de Cristo y de su doctrina viril y aristocrática, con ese mundo horrendo, oscuro, cruel y sin menor atisbo para la libertad humana, un mundo lleno de odios, prohibiciones, castigos y donde ni siquiera se puede contemplar la belleza de una mujer. Ese mundo que nos anuncia Mahoma, personificación de la “poesía que destruye” –citando nuevamente a José Antonio-, ese mundo, repito, que nos quieren imponer un puñado de dementes y enfermos mentales, verdadera carne de psiquiátrico, nos da náuseas y nos repugna en extremo. Ahora bien, lo peor son los cobardes y rastreros vendepatrias traidores que les han abierto las puertas y les han invitado a demoler nuestra Historia  y nuestra Gran Patria Europea conquistada a sangre y fuego por nuestros antepasados. Pero como dijo Cristo: “toda casa levantada contra sí misma, perecerá”… ¿Y qué son el Islam y el pestilente Nuevo Orden Mundial sino casas levantadas contra sí mismas?. Son las dos caras de una misma visión del mundo telúrica, titánica, ginecocrática, anti-viril, anti-espiritual y anti-aristocrática.

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Hace poco leíamos un artículo interesante del autor tradicionalista guenoniano francés, y experto en simbolismo y Masonería, Jean Tourniac. El título del artículo era “La Tradición Primordial” y venía a decir que, espiritualmente hablando, la tradición indo-aria sería la primera gran manifestación de la “Religio perennis” en este Kali-Yuga y, por lo tanto, la más pura. Hasta aquí, estamos completamente de acuerdo con él y no hay nada que objetar; pero en lo que no concordamos con él es en la afirmación que hace de que el islamismo sería la última gran revelación tradicional y, por lo tanto, la que, espiritualmente hablando de nuevo, acabaría cerrando el presente y disolutorio ciclo. La última gran revelación tradicional y, por lo tanto, la que cierra el ciclo, para nuestro entender, es el cristianismo; al menos, el cristianismo en su versión gnóstica y sapiencial. Cristo -y no un “obseso de Dios”, como calificaba de manera despectiva Evola a la corriente judaica del “profetismo”, corriente deletérea en extremo cuyo último representante tranquilamente podría ser el Mahoma de marras-, Cristo, repetimos nuevamente, es el Alfa y el Omega no sólo del Kali-Yuga, sino de todo el Manvantara. Héroe Universal de todos los Ciclos Humanos Cristo recapitula y sintetiza en su persona todos los mitos y símbolos de la Tradición Primordial… de ahí que mientras algunos han encontrado puntos de conexión del criastianismo con la tradición egipcia, otros lo hayan hecho con la greco-romana, otros con la nórdico-germana, otros con la celta, etc. ¿Qué puntos de conexión hay entre el mahometanismo y las religiones de Misterios precristianas como para afirmar, como hace Jean Tourniac, que el Islam es la última gran revelación tradicional del Kali-Yuga y, por lo tanto, de todo el Manvantara…?

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 Evola en su monumental “Revuelta contra el mundo moderno” ya señaló que es indiscutible que, por débiles que fueran, los lazos del hebraísmo con la Tradición Primordial fueron evidentes: el mito de Melquisedek (El Rey del Mundo), el mito del Jardín del Edén (Hiperbórea), el de los Elohim, los hijos de los dioses (los hiperbóreos), el Diluvio Universal, la catástrofe que acabó con la civilización atlante, el simbolismo de la Torre de Babel, la lucha de Jacob con el ángel, etc. Pero la llegada del profetismo supuso la ruptura definitiva del hebraísmo con la Tradición Primordial y trajo consigo un tipo de espiritualidad completamente deletérea, enfermiza, fanática y telúrica, con rasgos plebeyizantes y antiaristocráticos. El triunfo del profetismo supuso la sustitución, según Evola, del tipo viril y olímpico del vidente por el de aquél que se convierte en esclavo de una fuerza o poder que no controla y que actúa desde el exterior. El carácter antitradicional de estos personajes queda perfectamente reflejado en el hecho de que sus “profecías” están plagadas de alusiones a lo social o al mundo material y fenoménico. Ni que decir tiene que, al contrario de otras doctrinas tradicionales como, por ejemplo, el hinduismo o el helenismo, el hebraísmo no conoció nunca ningún intento de restauración heroica…

 Pues -a lo que íbamos- el islamismo, al menos en su versión ortodoxa e integrista, es MÁS DE LO MISMO sólo que a un nivel más degradado y, por lo tanto, más temible. Y decimos a un nivel más degradado porque, mientras el profetismo judío es una religión al servicio exclusivo de una raza, mejor dicho, de una anti-raza como es la judía, el profetismo musulmán es una religión de masas e igualitarizante y, además -y esto es lo más peligroso-, con pretensiones globalizantes (nos resistimos a utilizar el término sacro e imperial de UNIVERSALIDAD, opuesto a todo tipo de colectivismo, sea islámico o de otro tipo). Si Europa históricamente se ha afirmado luchando contra el Islam, no comprendemos cómo puede haber personas dentro de nuestro entorno que apoyen e incluso comulguen con estos descerebrados y criminales supersticiosos.

 

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Según recientes estudios parece que el nacimiento de Cristo en 25 de Diciembre es más probable de lo que se solía pensar. Definitivamente se podrían echar por tierra las teorías de ciertos “neo-paganos” y de otros tantos racionalistas, de que la Iglesia usurpó el “Dies Natalis Sol Invictus” para imponer su credo sobre los anteriores cultos pre-cristianos. Un profesor hebreo de la Universidad de Jerusalén, lo ha establecido con precisión partiendo de los documentos de Qumrán (los famosos manuscritos esenios del Mar Muerto). Si Cristo nació un 25 de Diciembre, su concepción fue 9 meses antes, es decir, en 25 de Marzo, como celebra la Iglesia; sabemos por el Evangelio de San Lucas que Juan el Bautista había sido concebido 6 meses antes, cuya concepción celebran las Iglesias de Oriente en 25 de Septiembre. El profesor Talmon -el anteriormente citado profesor hebreo-, partiendo de los rollos de Qumrán, ha conseguido precisar en qué orden cronológico se sucedieron las 24 clases sacerdotales, a una de las cuales pertenecía Zacarías, el padre de Juan el Bautista. Se trata de la clase Abía, que prestaba servicio litúrgico en el Templo dos veces al año, una de las cuales era en la última semana de Septiembre; así pues es muy verosímil la tradición de los cristianos orientales que fija el anuncio del ángel a Zacarías entre el 23 y 25 de Septiembre. Como sabemos, en la Palestina de la época se celebraba antes la concepción que el mismo nacimiento del ser, al igual que en otras culturas como, por ejemplo, la hindo-aria (¿qué opinaría de esto la actual basura moderna que busca cualquier pretexto para abortar los primeros días, semanas e, incluso, meses del embarazo para intentar justificar tamaño crimen contra natura?).

Y si a lo dicho hasta ahora le añadimos los estudios de algunos autores que identifican la famosa estrella de Belén con la Estrella-guía de Sirio -considerada en el Egipto antiguo como el “Sol Espiritual”-, y que precede en el firmamento a la famosa constelación de Orión, y que, además, apareció al Este del mismo en torno a un 25 de Diciembre de hace aproximadamente dos milenios…? Otro dato interesante es que la estrella de Belén tradicionalmente se ha descrito como una estrella de 5 puntas; pues bien, así es como los egipcios representaban en sus jeroglíficos a la Estrella-guía de Sirio. ¿Casualidades?

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



El Imperium a la luz de la tradición
febrero 8, 2009, 11:37 am
Filed under: Eduard Alcántara, Historia, Metapolítica

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El Mundo Tradicional siempre se caracterizó por tener las miras puestas hacia lo Alto. El hecho Espiritual impregnaba su discurrir (1). En lo Alto oteaba orden: el Orden del Cosmos, los siete Cielos enunciados y descritos por cierta metafísica,… Y si en lo Alto oteaba un orden que se había impuesto a la nada (2) o al caos previos, quiso -dicho Mundo de la Tradición- instaurarlo aquí abajo como si se tratase de un reflejo del imperante allá arriba. Pretendió hacer de la Tierra un espejo de lo que veía en el Cielo, pues siempre concibió que el microcosmos debía de asemejarse al macrocosmos o, lo que es lo mismo, lo de abajo a lo de arriba (3). Y para que ese Orden cósmico imperase en la Tierra debería de existir –aquí abajo- una fuerza centrípeta que evitase la disgregación de los diferentes elementos que debían acabar tomando parte de él –de ese nuevo orden- y que debían acabar haciéndolo realidad. Y esa fuerza centrípeta aglutinadora no podía revestir otra naturaleza que la espiritual.

La Idea (en el sentido Trascendente) sería el eje alrededor del cual giraría todo un entramado armónico. Una Idea que a lo largo de la historia de la humanidad ha ido revistiéndose de diferentes maneras. Una Idea que -rastreando la historia- toma, por ejemplo, cuerpo en lo que simbolizaba la antigua Roma. Y Roma representará a dicha Idea de forma muy fidedigna. La Idea encarnada por Roma aglutinará a su alrededor multitud de pueblos diversos (4) que, conservando sus especificidades, participarán de un proyecto común e irán dando cuerpo a este concepto de orden en el microcosmos representado por la Tierra. Estos pueblos dejarán de remar aisladamente y hacia rumbos opuestos para, por contra, dirigir sus andaduras hacia la misma dirección: la dirección que oteará el engrandecimiento de Roma y, en consecuencia, de la Idea por ella representada. De esta manera Roma se convertirá en una especie de microcosmos sagrado en el que las diferentes fuerzas que lo componen actuarán de manera armoniosa al socaire del prestigio representado por su carácter sacro (por el carácter sacro de Roma). Así, el grito del “Roma Vincis” coreado en las batallas será proferido por los legionarios con el pensamiento puesto en la victoria de las fuerzas de lo Alto; de aquellas fuerzas que han hecho posible que a su alrededor se hayan unido y ordenado todos los pueblos que forman el mundo romano, como atraídos por ellas cual si de un imán se tratase.

Roma aparece, se constituye y se desarrolla en el seno de lo que multitud de textos Tradicionales definieron como Edad de Hierro, Edad del Lobo o Kali-yuga. Edad caracterizada por el mayor grado de caída espiritual posible al que pueda arribar el hombre: por el mayor nivel de oscurecimiento de la Realidad Trascendente. Roma representa un intento heroico y solar por restablecer la Edad Áurea en una época nada propicia para ello. Roma nada contracorriente de los tiempos de dominio de lo bajo que son propios de la Edad de Hierro. Es por ello que, tras el transcurrir de su andadura histórica, cada vez le resultará más difícil que la generalidad de sus ciudadanos sean capaces de percibir su esencia y la razón metafísica de su existencia (las de Roma). Por ello -para facilitar estas percepciones sacras- tendrá que encarnarlas en la figura del Emperador; el carácter sagrado del cual -como sublimación de la naturaleza sacra de Roma- ayudará al hombre romano a no olvidar cuál es la esencia de la romanidad: la del Hecho Trascendente. Una esencia que conlleva a la sacralización -a través de ritos y ceremonias- de cualquier aspecto de la vida cotidiana, de cualquier quehacer y, a nivel estatal, de las instituciones romanas y hasta de todo el ejercicio de su política.

Con la aparición de la figura del Emperador Roma traspasa el umbral que separa su etapa republicana de la imperial. Este cambio fue, como ya se ha señalado, necesario, pero ya antes de dicho cambio (en el período de la República) Roma representaba la idea de Imperium, por cuanto la principal connotación que, desde el punto de vista Tradicional, reviste este término es de carácter Trascendente y la definición que del mismo podría realizarse sería la de una “unidad de gentes alrededor de un ideal sacro”. Por todo lo cual, tanto la República como el Imperio romanos quedan incluidos dentro de la noción que la Tradición le ha dado al vocablo “Imperium“.

Así las cosas la figura del Emperador no podía no estar impregnada de un carácter sagrado que la colocase al nivel de lo divino. Por esto, el César o Emperador estuvo siempre considerado como un dios que, debido a su papel en la cúspide piramidal del Imperio, ejercía la función de ´puente´ o nexo de unión entre los dioses y los hombres. Este papel de ´puente´ entre lo divino y lo humano se hace más nítido si se detiene uno a observar cuál era uno de los atributos o títulos que atesoraba: el de Pontifex; cuya etimología se concreta en ´el hacedor de puentes´. De esta manera el común de los romanos acortaba distancias con un mundo del Espíritu al que ahora veía más cercano en la persona del Emperador y al que, hasta el momento de la irrupción de la misma -de la figura del Emperador-, empezaba a ver cada vez más alejado de sí: empezaba a verlo más difuso debido al proceso de caída al que lo había ido arrastrando el deletéreo kali-yuga por el que transitaba.

Los atributos divinos del Emperador respondían, por otro lado, al logro interno que la persona que encarnaba dicha función había experimentado. Respondían a la realidad de que dicha persona había transmutado su íntima naturaleza gracias a un metódico y arduo trabajo interior que se conoce con el nombre de Iniciación. Este proceso puede llevar (si así lo permiten las actitudes y aptitudes del sujeto que se adentra en su recorrido) desde el camino del desapego o descondicionamiento con respecto a todo aquello que mediatiza y esclaviza al hombre, hasta el Conocimiento de la Realidad que se halla más allá del mundo manifestado (o Cosmos) y la Identificación del Iniciado con dicha Realidad. Son bastantes los casos, que se conocen, de emperadores de la Roma antigua que fueron Iniciados en algunos de los diferentes Misterios que en ella prevalecían: de Eleusis, mitraicos,… Así podríamos citar a un Octavio Augusto, a un Tiberio, a un Marco Aurelio o a un Juliano.

La transustanciación interna que habían experimentado se reflejaba no sólo en las cualidades del alma potenciadas o conseguidas sino también en el mismo aspecto externo: el rostro era fiel expresión de esa templanza, de ese autodominio y de ese equilibrio que habían obtenido y/o desarrollado. Así, el rostro exhumaba gravitas y toda la compostura del emperador desprendía una majestuosidad que lo revestían de un hálito carismático capaz de aglutinar entorno suyo a todo el entramado social que conformaba el orbe romano. Asimismo, el aura espiritual que lo impregnaba hacía posible que el común de los ciudadanos del Imperio se sintiese cerca de lo divino. Esa mayoría de gentes, que no tenía las cualidades innatas necesarias para emprender las vías iniciáticas que podían hacer posible la Visión de lo metafísico, se tenía que conformar con la contemplación de la manifestación de lo Trascendente más próxima y visible que tenían “a su alcance”, que no era otra que aquélla representada por la figura del Emperador. El servicio, la lealtad y la fides de esas gentes hacia el Emperador las acercaba al mundo del Espíritu en un modo que la Tradición ha definido como de ´por participación´.

 

Hecho este recorrido por la antigua Roma -como buen modelo para adentrarse en el conocimiento del significado de la noción de Imperium-, no deberíamos obviar alguna otra de las cristalizaciones que dicha noción ha visto en etapas posteriores a la romana. Y nos referimos, con especial atención, a la que se concretó, en el Medievo, con la formación de un Sacro Imperio Romano Germánico que nació con la vocación de reeditar al fenecido, siglos antes, Imperio Romano y convertirse en su legítimo continuador.

El título de ´Sacro´ ya nos dice mucho acerca de su fundamento principal. También, en la misma línea, es clarificador el hecho de que el emperador se erigiera en cabeza de la Iglesia; unificando además, de esta manera, en su cargo las atribuciones o funciones política y espiritual.

De esta guisa el carisma que le confiere su autoridad espiritual (amén de la política) concita que a su alrededor se vayan uniendo reinos y principados que irán conformando esta idea de un Orden, dentro de la Cristiandad, que será el equivalente del Orden y la armonía que rigen en el mundo celestial y que aquí, en la Tierra, será representado por el Imperium.

La legitimidad que su carácter sagrado le confiere, al Sacro Imperio Romano Germánico, es rápidamente reconocida por órdenes religioso-militares que, como es el caso de la del Temple, son dirigidas por una jerarquía (visible u oculta) que conoce de la Iniciación como camino a seguir para experimentar el ´Segundo Nacimiento´, o palingénesis, que no es otro que el nacimiento al mundo del Espíritu. Jerarquía, por tanto, que tiene la aptitud necesaria para poder reconocer dónde se halla representada la verdadera legitimidad en la esfera espiritual: para reconocer que ella se halla representada en la figura del emperador; esto sin soslayar que la jerarquía templaria defiende la necesidad de la unión del principio espiritual y la vía de la acción –la vía guerrera- (complementariedad connatural a toda orden religioso-militar) y no puede por menos que reconocer esta unión en la figura de un emperador que aúna su función espiritual con la político-militar (5).   

Para comprender aún mejor el sentido Superior o sagrado que revistió el Sacro Imperio Romano Germánico se puede reflexionar acerca de la repercusión que tuvo el ciclo del Santo Grial en los momentos de mayor auge y consolidación de dicho Imperio. Una repercusión que no debe sorprender a nadie si nos atenemos a los importantes trazos iniciáticos que recorren la saga griálica y a cómo se aúnan en ella lo guerrero y lo sacro en las figuras de unos caballeros que consagran sus vidas a la búsqueda de una autorrealización espiritual simbolizada en el afán mantenido por hallar el Grial.

 

Aclarados, hasta aquí, en qué principios y sobre qué base se sustenta la noción Tradicional del Imperium no estaría de más aclarar qué es lo que se hallaría en sus antípodas, como antítesis total del mismo y como exabrupto y excreción antitradicional propios de la etapa más sombría y crepuscular que pueda acontecer en el seno de la Edad de Hierro; etapa por la que estamos, actualmente, transitando y a la que cabe denominar como ´mundo moderno´, en su máxima expresión. Un mundo moderno caracterizado por el impulso hacia lo bajo –hacia lo que degrada al hombre- y por el domino de la materia, en general, y de la economía (como paradigma de la anterior), en particular.

Pues bien, en tal contexto los Estados (6) ya han defenestrado cualquier aspiración a constituir unidades políticas que los sobrepasen y que tengan la mira enfocada en un objetivo Elevado, pues, por contra, ya no aspiran a restaurar el Imperium. Sus finalidades, ahora, no son otras que las que entienden de mercado (de economía).

En este afán concentran sus energías y a través de la fuerza militar o de la colonización financiera (a través de préstamos imposibles de devolver por los intereses abusivos que llevan implícitos) someten (7) a gobiernos y/o países a los dictados que marcan sus intereses económicos; intereses económicos que, por otro lado, son siempre los de una minoría que convierte a los gobiernos de los estados colonizadores en auténticas plutocracias.

Por estas “artes” estos estados ejercen un imperialismo que no es más que la antítesis de lo que siempre representó la idea de Imperium y lo más opuesto a éste que pueda imaginarse.

               ………………………………………………………………………

 

(1)         Un ´discurrir´ que, en el contexto expresado, no hay que confundir con el concepto de ´devenir´, de ´fluir´, de lo ´pasajero´, de lo ´caduco´, de lo ´perecedero´,…

 

(2)         Aquí la expresión ´la nada´ debe ser asimilada a la del ´caos´ previo a la configuración del mundo manifestado (del Cosmos) y no debe de confundirse con el concepto de No-Ser que determinada metafísica -o que un Réné Guénon- refería al Principio Supremo que se halla en el origen y más allá de la manifestación.

 

(3)         Como curiosidad podríamos detenernos en el conocido como “Parque del Laberinto de Horta”, en la ciudad de Barcelona, y observar de qué manera su autor quiso reflejar estas dos ideas de ´caos´ y de ´orden´ cósmicos… Lo hizo construyendo el parque en medio de una zona boscosa que representaría el caos previo en el que, a modo de símil, los árboles crecen de manera silvestre y sin ningún tipo de alineamiento. Por contra, el parque implica poner orden dentro de este desorden: construir a partir de una materia prima caótica y darle forma, medida y proporción. Edificar el Cielo en la Tierra.

 

   (4) Estos pueblos diversos que se agruparán alrededor de la empresa  romana no serán pueblos de culturas, costumbres o   religiosidades antagónicas, ya que, en caso contrario hubiera  sido muy difícil imaginarse la integración de los mismos en la

 Romanidad. Sus usos, costumbres y leyes consuetudinarias en ningún caso chocaron con el Derecho Romano. Sus divinidades fueron, en unos casos, incluidas en el Panteón romano y, en otros, asimiladas a sus equivalentes romanas. Sus ceremonias y ritos sagrados fueron perviviendo en el seno del orbe romano o fueron, también, asimilados a sus semejantes romanos. La extracción, casi exclusivamente, indoeuropea de dichos pueblos explica las semejanzas y concordancias existentes entre los mismos (no debe olvidarse que remontándose a épocas remotas,  que rozan con el mito, todos estos pueblos constituían uno solo; de origen hiperbóreo, según muchas tradiciones  sapienciales).

 

   (5) Hay que tener presente que el mismo vocablo ´emperador´ deriva del latín Imperator, cuya etimología es la de ´jefe del

ejército´.

 

   (6) A caballo entre finales de la Edad Media y principios de la Edad Moderna se van debilitando los ideales Superiores

 supranacionales y van siendo suplantados por otros impregnados por un egoísmo que redundará en favor de la aparición de los Estados nacionales.

Bueno es también recordar que el Emperador Carlos (I de España y V de Alemania) fue, allá por la primera mitad del  siglo XVI, el último que intentó recuperar las esencias y el espíritu, ya mortecinos, del Sacro Imperio Romano Germánico. Al igual que no está de más reconocer en el imperio que España construye -arrancando de fines del siglo XV- a lo largo del s. XVI, el último con pretensiones espirituales (al margen de que, en ocasiones, pudiesen coexistir con otras de carácter económico) de entre los que Occidente ha conocido. Y esto se afirma en base a los principales impulsos que se hallan en la base de su política exterior, como los son, en primer lugar, su empeño en evitar la división de una Cristiandad que se veía seriamente amenazada por el crecimiento del protestantismo o, en segundo lugar, sus esfuerzos por contener los embates del Islam protagonizados por turcos y berberiscos o, en tercer lugar, su decisión de evangelizar a la población nativa de los territorios americanos incorporados a la Corona (aparte de la de otros territorios; como las Filipinas,…). Estos parámetros de la política exterior de España seguirán, claramente, en vigencia también durante el siglo XVII.

 

A medio camino entre el imperio español y otros de corte eminentemente antitradicional (por lo mercantilista de los mismos), como el caso del imperio británico (que alcanzó su máxima expresión en el s. XIX) o del conocido como imperialismo ´yanqui´ (tan vigente en nuestros días), podríamos situar al de la Francia napoleónica. Y no sólo lo situamos a medio camino por una evidente razón cronológica, sino que también lo hacemos porque a pesar de haber perdido cualquier orientación de carácter espiritual (el laicismo consecuente con la Ilustración y la Revolución Francesa fue una de las banderas que enarboló), a pesar de ello, decíamos, más que motivaciones de naturaleza económica (como es el caso de los citados imperialismos británico y estadounidense), fueron metas políticas las que  ejercieron el papel de motor de su impulso conquistador. Metas políticas que no fueron otras que las de exportar, a los países  que fue ocupando, las ideas (eso sí, deletéreas y antitradicionales) triunfantes en la Revolución Francesa.

 

 Percíbanse los métodos agresivos y coercitivos de que se vale el imperialismo antitradicional (como caracterización que es de

 un nacionalismo expansivo) y compárense con la libre decisión (Sacro Imperio Romano Germánico) de participar en el proyecto

común del Imperium que, a menudo, adoptaron reinos y principados. Compárense dichos métodos con la rápida decisión

de integrarse en la Romanidad a la que optaron (tras su  derrota militar) aquellos pueblos que se enfrentaron a las legiones romanas. 

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



Reivindicando a Jaume I, el Conqueridor
febrero 8, 2009, 10:59 am
Filed under: Eduard Alcántara, Historia

En el 8º centenario de su nacimiento (2-II-1.208/2-II-2.008 )

 

El que España pudiera seguir siendo situada en el orbe europeo tuvo su debe en la Reconquista de todos aquellos territorios que, a raíz de la invasión sarracena del año 711, habían caído en manos del Islam. El proceso recuperador de aquello que había sido invadido y usurpado fue lento y se alargó durante centurias. Sabemos que su feliz cierre acaeció oficialmente el 2 de enero de 1.492 con la toma de Granada por los Reyes Católicos.

Este arduo luchar por recuperar lo que legítimamente nunca debió de habérsele arrebatado al Reino Visigodo se erige en una de las piedras angulares de nuestra historia. De haber fracasado se hubiera producido una total suplantación de la esencia, de las raíces, de la identidad, de la cultura y de la idiosincrasia de las gentes de este nuestro país. Pero, afortunadamente, en lugar de fracaso el éxito coronó el titánico y prolongado esfuerzo bélico. El espíritu esforzado, el valor, el coraje, el espíritu de sacrificio, la forja del carácter y otros valores como los de la fidelidad, el honor, el espíritu de sacrificio y el de superación o la voluntad fueron fortaleciéndose en las adversidades y en los campos de batalla que enfrentaron a nuestros reconquistadores contra los adalides de la fe islámica. Y estos valores, junto a una concepción de la vida que iba más allá de la exclusiva creencia en este mundo imperecedero y que sabía también de la existencia de una Realidad Superior, divina y eterna, catapultarían a la conquista de los cinco continentes a los protagonistas o a los descendientes de la gesta reconquistadora.

 Es por ello que es intasable lo mucho que España le debe a aquellos heroicos esforzados que nos hicieron posible seguir formando parte de la gran familia europea. Y es por ello que los que dirigieron los diferentes procesos reconquistadores nunca deben de dejar de ser considerados por nosotros como puntos de referencia, como arquetipos a imitar, como modelos a seguir y como ejemplos a admirar. Nuestros hijos también deben de tener a estos héroes como referencia existencial y, de este modo, vivirán con dignidad de acuerdo a estos elevados valores en ellos personificados y sabrán de dónde vienen, dónde se hallan sus raíces, quiénes son y a qué vasta comunidad pertenecen. Y si así lo hacen no serán jamás almas en pena fácilmente manipulables y convertibles en el individuo-masa gregario que bovina y ovinamente deviene objeto sin rostro del consumismo uniformizador e indiferenciado al que nos está sumiendo este mundo globalizador y alienante.

Quedando, pues, clara la importancia que tiene reivindicar la figura de los diferentes y principales protagonistas de la gesta de la Reconquista debemos encarar una deficiencia que ha mostrado cierta historiografía de corte, diríamos, jacobina, centralista. Y es la que estriba en haber puesto de relieve y ensalzado con toda justicia a determinadas figuras clave en todo este épico proceso, dejando, por el contrario e injustamente, en un segundo plano, o casi en el anonimato, a otras. En esta línea se ha sabido, pues, encumbrar a nuestro Don Pelayo o al irrepetible Ruy Díaz de Vivar –el Cid Campeador– y casi se ha silenciado

 –desde una historiografía que pretendía ensalzar las glorias patrias- a la egregia figura de Jaume I el Conqueridor (Jaime I el Conquistador). Parecíase como si se ningunease la gesta reconquistadora acaecida en la parte oriental de nuestras tierras y protagonizada, básicamente, por catalanes y aragoneses. Parecíase como si la Reconquista hubiera sido, casi exclusivamente, empresa llevada acabo por reinos como el de Asturias, el de León o el de Castilla. Parecíase que a Don Pelayo o al Cid, sólo se le pudieran añadir figuras como las de Alfonso VI (recuperó Toledo) o Fernando III el santo (tomó Córdoba y Sevilla). Cuando  resulta que, sin querernos olvidar del Reino de Navarra cuyo rey Sancho VII el Fuerte tomó parte en la crucial batalla de Las Navas de Tolosa (1.212) contra los almohades, hemos de reivindicar que junto a un Don Pelayo, cuya gesta en Covadonga está impregnada también de la leyenda que envuelve siempre a los héroes pioneros y/o fundadores, podríamos igualmente reivindicar –debido a la fuerte carga simbólica que representan- a un Otger Kathalon (Cataló o Catalón) y a sus nueve barones de la fama a quienes el mito sitúa como iniciadores, desde las montañas y los valles pirenaicos, de la reconquista de lo que con el tiempo serán los primeros condados catalanes.

 Pero si del terreno del presunto mito nos queremos trasladar al de los personajes meramente históricos bueno sería no olvidar al conde Ramón Berenguer III liberando Solsona y Tarragona del dominio musulmán y, en otro orden de cosas, emparentando con el Cid Campeador al casarse con una de las hijas de éste -María- (parentezco que le moverá a ayudar a la por entonces ya viuda del Cid –doña Jimena- a defender la ciudad de Valencia de los ataques de los musulmanes) o no olvidar tampoco a un Ramón Berenguer IV tomando Lleida y Tortosa y completando, así, la Reconquista del territorio catalán que conocemos como el Principado.

Ahora bien, si es de ese tipo de personajes irrepetibles de los que, para bien de nuestro país, queremos hacer bandera nadie de perfil más impactante y carismático como para servir de arquetipo que el ya mencionado Jaume I el conqueridor, pues en él vemos continuar la sangre valerosa de su padre el rey Pere II (Pedro II el católico) de la Corona de Aragón (también participante en la batalla de Las Navas de Tolosa y muerto -debido a su temeridad, valor y osadía en el combate- al año siguiente -1.213- en la de Muret en lucha contra los francos). En Jaume I vemos al huérfano de cuya crianza, educación y formación se encargaron los monjes-guerreros de la Orden del Temple en el castillo de Monzón. En Jaume I el conqueridor, rey de Aragón (del que formaban parte el reino de Aragón y los condados catalanes) vemos al reconquistador de Mallorca y de todo el territorio que acabará constituyéndose en el Reino de Valencia; en la reconquista de la ciudad de Valencia (1.238 ) une su épica con la del Cid Campeador, que ya la había reconquistado en 1.094 (aunque los almorávides volvieron a apoderarse de ella tres años después de la muerte de Rodrigo Díaz de Vivar). En Jaume I el conqueridor vemos a aquél que subordina los intereses de la Corona a la que representa a los intereses generales de una España que todavía no existe como realidad política unitaria pero a la cual aspirarán, a lo largo de toda la Edad Media, los diferentes reinos y territorios que toman parte en esta épica empresa de la Reconquista. Y los subordina, por ejemplo, al entregar al Reino de Castilla el territorio de Murcia que había arrebatado a los sarracenos tras responder a la ayuda que le había solicitado su hija la reina Violante, esposa del rey de Castilla Alfonso X el sabio. Lo entrega cumpliendo el Tratado de Almizra que, años antes, había firmado con el infante Alfonso (el futuro Alfonso X) y en el momento de cuya firma afirmó que era Lo millor per Déu i per  Espanya (“Lo mejor para Dios y para España”). Por el “Llibre dels feits” (“Libro de los hechos”) -escrito en forma autobiográfica y seguramente dictado por él- sabemos que uno de los argumentos que presenta a catalanes y a aragoneses para emprender la campaña militar de Murcia es el de que se debe realizar “para salvar España, porque si el rey moro de Granada –que se hallaba tras la revuelta musulmana de Murcia contra la Castilla de la que era vasalla- puede con el rey de Castilla, la tierra de España de las tierras de Aragón y Cataluña también pueden peligrar”.

En Jaume I el conqueridor vemos a aquella egregia figura movida no por intereses personales, localistas, materiales o terrenales sino por motivaciones idealistas, superiores y Trascendentes y lo vemos así cuando es capaz de organizar un ejército cruzado que parte de Barcelona, con su armada, para Tierra Santa con el objetivo de recuperar los Santos Lugares que estaban en manos del Imperio Turco. Desgraciadamente las tormentas dispersaron sus naves y se tuvo que renunciar a esta empresa que ha pasado a la historia como La Cruzada de los niños por la juventud de muchos de los cruzados que se apuntaron a ella.

Pero en Jaume I también podemos ver al fortalecedor de instituciones como las Cortes o al creador del Consell de Cent (Consejo de Cien) como órgano del gobierno municipal de Barcelona.

O vemos al gran promotor de la influencia de la Corona de Aragón por todo el Mediterráneo; influencia en la que hay que incluir la redacción del primer código de costumbres marítimas: el Llibre del Consolat de Mar (Libro del Consulado de Mar).

El escritor y almogávar Ramón Muntaner escribió en su “Crònica” que en una de las batallas previas a la toma de Valencia una flecha enemiga se clavó en la frente del rey Jaume I, llegándosele a clavar la punta de la misma en el cerebro. De tal violencia fue el impacto que la inflamación provocada alrededor de ambos ojos, y en concreto en los párpados, adquirió (siempre según lo que cuenta el cronista) el tamaño de naranjas y ambos ojos quedaron totalmente cerrados. Al día siguiente, en cuanto el rey pudo entreabrir mínimamente los ojos volvió de nuevo al campo de batalla…

Al margen de más que posibles y justificadas exageraciones panegíricas lo explicado por Ramón Muntaner nos da la talla del arrojo, del coraje y de la entereza de nuestro –por otro lado- alto, fornido y corpulento personaje.

Se trata, pues y sin duda, de una figura a la que como españoles tenemos el profundo e irrenunciable deber de reivindicar. Uno de esos personajes en los que lo heroico formaba parte intrínseca de su ser y del que una visita a sus restos mortales, emplazados en el monasterio cisterciense de Poblet, podría ser uno de los homenajes póstumos que le podríamos rendir.