Julius Evola. Septentrionis Lux


ENTREVISTA A EDUARD ALCÁNTARA, EN TLV1, SOBRE JULIUS EVOLA Y EL TRADICIONALISMO
Esperemos que resulte de interés esta entrevista que se nos hizo desde el canal de televisión argentino TLV1; a la cual se puede acceder a través del presente enlace.
Sólo una pequeña aclaración: el prólogo a nuestros libros no corrió a cargo de nuestro apreciado Pedro Varela sino de Enric Ravello y Santiago de Andrés.
También puntualizar que nuestra relación con la Historia es sólo como mero aficionado a ella.
En cierto momento de la entrevista nos queríamos referir a la relación de Julius Evola con el príncipe Karl Anton von Rohan.
También señalar que el paganismo acabó, en las postrimerías del Imperio Romano, en mero panteísmo.
Saludos



Conferencia: “Julius Evola a través de su obra”

conferencia imagen 9 abril 2016 Evola a través de su obra

Conferencia: “Julius Evola a través de su obra”



COMPILACIONES Y MAQUETACIONES DE INTERÉS

Daniel, nuestro coforista de “Traditio et Revolutio”, ha llevado a cabo un magnífico trabajo consistente en:

1.Compilar y maquetar el material de la Biblioteca Evoliana: http://juliusevola.blogia.com/.

1.1. Aquí se puede consultar una versión interactiva de la Biblioteca Evoliana para leer en PC, que se visualiza a doble página y con enlaces:
https://www.mediafire.com/?itu436jjp3ms32t

http://www.mediafire.com/view/itu436jjp3ms32t/Compilacion+Biblioteca+Evoliana+para+leer+en+PC.pdf

1.2. En estos otros enlaces aparece una versión para imprimir de la Biblioteca Evoliana, a una página y sin enlaces:
https://www.mediafire.com/?q8b7sumxblwsqs1

http://www.mediafire.com/view/q8b7sumxblwsqs1/Compilacion+Biblioteca+Evoliana+para+imprimir.pdf

Contienen:
– Los artículos de Evola.
– Los artículos sobre Evola.
– Citas de Evola.
– Entrevistas a Evola.
2.Compilar y maquetar el material de Eduard Alcántara. Todos sus escritos, a día de hoy, del blog “Julius Evola. Septentrionis Lux” en este PDF:
https://www.mediafire.com/?ag8tk22gq3y8731

http://www.mediafire.com/view/ag8tk22gq3y8731/Recopilacion+articulos+Eduard+Alcantara+04-09-2014.pdf

NOTA ACLARATORIA: Dos de los escritos que figuran en esta última compilación se deben asignar, tal como aparece a pie de artículo en el blog, no a una persona en concreto sino a Septentrionis Lux. Se trata de “Acta de las insalvables” y “Respuesta a una insistencia sobre lo absurdo”.
3.Maquetar “Rebelión contra el mundialismo moderno”, de Carlos Terracciano:
https://www.mediafire.com/?rdijdp8znfza8a8

http://www.mediafire.com/view/rdijdp8znfza8a8/REBELION+CONTRA+EL+MUNDIALISMO+MODERNO+Carlo+Terracciano.pdf

OBSERVACIONES FINALES:

-Ambos autores y vínculos han sido reseñados en el PDF de la Biblioteca Evoliana.
-Aparecen vínculos a otras secciones de la Biblioteca y vínculos al material de otros autores.
-Así como reseñas de los ensayos y las bibliografías.



EL BUDDHISMO ARIO Y LA TEORIA DEL ÂTMÂ-BRAHMAN EN J. EVOLA
mayo 12, 2014, 9:03 pm
Filed under: Buddhismo, Espiritualidad, Julius Evola, Metafísica, Tradición

 

 

 

A tenor del debate que acaba de tener lugar en el foro Julius Evola.Septentrionis Lux, consideramos que pueden ser de interés las siguientes apreciaciones (a fin de poder contar con los suficientes elementos de juicio), entresacadas sobre todo a la luz de La Doctrina del Despertar (especialmente cáp. III y V de la Primera Parte) de Julius Evola (que versa -como sabemos- sobre el Buddhismo ario originario), obra que puede considerarse sin lugar a dudas como la más operativa (junto con Cabalgar el tigre) de nuestro autor.

Indicaremos, antes que nada, que las adhesiones a tal o cual enfoque tradicionalista quizá no respondan tanto a una “ecuación personal” cuanto a la “naturaleza” misma del sujeto.

Sobre la cuestión del âtmâ-brahman, decir que la tradición (acaparada finalmente por el brahmanismo) a ellos ligada es menos monolítica de lo que ciertos tradicionalismos lunar-contemplativos contemporáneos pretenden hacernos creer.

En efecto, a medida que el Kali-Yuga se iba haciendo más manifiesto, la Tradición Védica fue continuada por movimientos de carácter cada vez más “ESPECULATIVO“. Por un lado, los textos brâhmana, por otro, los Upanishad. Aunque unos y otros se remiten a la Tradición de los Vedas, se advierte ya un notable desplazamiento de las perspectivas. Nos encaminamos poco a poco a lo que será la “filosofía” y la “teología”.

 

La especulación de los textos brâhmana se apoyó mayormente en aquella parte de los Vedas que se refieren al rito (vivido como un acto de potencia capaz tanto de reavivar los contactos con el mundo trascendente como de imponerse a las fuerzas suprasensibles, merced a la posesión de una fuerza no-humana) y a la acción sacrificial. El término Brahman (en neutro, que no debe ser confundido con Brahma en masculino, que designará a la divinidad concebida teísticamente) en su origen designaba precisamente a esa fuerza mágica -en sentido superlativo- y viva sobre la que se apoya el rito y que éste activa.

En los textos brâhmana, este aspecto ritual de la Tradición Védica se hipertrofia y formaliza en un “ritualismo” minucioso, exento de cualquier contenido vivo. En tiempos del Buddha, bien puede hablarse de un casta de theologi philosophantes (“teólogos filosofantes”)cuyo prestigio no siempre se correspondía con su cualificación humana ni su raza (si no la física, que el sistema de castas tutelaba bien, al menos la espiritual) y en cuyos ambientes el concepto del brahman dejó de significar aquella fuerza misteriosa y viva que sólo cobraba sentido en términos de experiencia mágica y ritual para generalizarse y substancializarse, pasando a designar algo así como el substrato supremo, en sí mismo indeterminado, de todo ser y todo fenómeno. Se convirtió, pues, en un concepto prácticamente teológico.

 

En lo que concierne a las Upanishad, en ellas cobra fuerza sobre todo la doctrina del âtmâ, la cual todavía refleja en gran medida el prístino sentimiento cósmico y solar de la primera conciencia aria, en cuanto que pone de relieve la realidad del Sí mismo como principio supraindividual, inmutable e inmortal de la “personalidad” frente a la múltiple variedad de los fenómenos y de las fuerzas de la naturaleza.

El âtmâ se define con el neti neti (”no es esto”, “no es esto”), es decir con la idea de que el mismo no es nada de lo que pertenece a la naturaleza y, en general, al mundo condicionado.

Pero poco a poco tenía que producirse en la India una convergencia entre la corriente especulativa de los brâhmana y la de las Upanishad, convergencia que concluyó en la identificación del brahman con el âtmâ: el Sí mismo en su aspecto supraindividual y la fuerza-substancia del cosmos se convierten en una sola y misma cosa.

Tenemos aquí un punto de partida de gran importancia para la historia espiritual de la civilización indo-aria. La doctrina de la identidad del âtmâ con el brahman constituye en efecto un ápice metafísico, pero simultáneamente un punto que ofrecía ya la posibilidad de un proceso de decadencia y de descentramiento espiritual. Es precisamente lo que debía suceder a medida que se iba ensombreciendo la luminosidad de la originaria experiencia heroica y cósmica del hombre védico y fueron ganando terreno las influencias exógenas (pre-arias).

En su origen, la doctrina de las Upanishad tuvo el valor de “doctrina secreta”, pero en realidad, el momento filosófico especulativo había de prevalecer, y de ahí las continuas oscilaciones ya en las más antiguas Upanishad con respecto al plano de conciencia que debía servir como punto de referencia (ese âtma inmutable y eterno ¿soy yo o no soy yo?) para la doctrina.

En efecto, ¿el âtmâ es objeto de experiencia inmediata o no lo es? Es una y otra cosa a la vez. Su identidad substancial con el Yo del sujeto es afirmada, pero al mismo tiempo muchas veces vemos que la unidad del sujeto con el âtmâ-brahman es remitida al post-mortem. Y no sólo eso, sino que se ponen condiciones para que ello en verdad sobrevenga, y se contempla el caso en el que el “yo” o, mejor dicho, los elementos de la persona, no salgan del ciclo de las existencias finitas y mortales.

En las antiguas Upanishad, en el fondo, no se llega nunca a una solución precisa del problema de las relaciones efectivas existentes entre el “yo” del que cada uno puede hablar positivamente y el âtmâ-brahman. Lo cual no es una casualidad, es una circunstancia debida a un estado ya incierto de conciencia, al hecho de que, mientras que para los adeptos a la “doctrina secreta” el yo podía ser efectivamente âtmâ, para la conciencia general el âtmâ se estaba convirtiendo en un simple concepto especulativo, un supuesto prácticamente teológico, puesto que el nivel espiritual originario estaba ya a punto de perderse.

 

Además se vino a anunciar, en la práctica, el peligro de confusiones panteístas. Este peligro no existía en la teoría, puesto que en las Upanishad, siguiendo la concepción védica, el principio supremo era ciertamente concebido como la substancia del mundo y de todos los seres, pero también como aquello que “en sus tres cuartas partes” los trasciende, subsistiendo como “lo inmortal en el Cielo”.

No obstante, en las propias Upanishad se pone también de relieve la identidad del âtmâ-brahman con todo tipo de elementos del mundo natural, de manera que, en la práctica, la posibilidad de una desviación panteísta propiciada por la asimilación del âtmâ con el brahman fue real.

Así pues, si en relación con el proceso general de involución gradual del hombre a través de los yugas, en el período de las mencionadas especulaciones la prístina conciencia cósmica y uránica de los orígenes védicos había ya sufrido un cierto oscurecimiento, formular la teoría de la identidad del âtmâ con el brahman iba a significar para muchos un peligroso incentivo para la evasión, una confusa IDENTIFICACION del YO con la espiritualidad del TODO, cuando lo que habría sido necesario, por el contrario, hubiera sido una reacción particularmente enérgica en el sentido de una con-centración, un desapego (DES-IDENTIFICACION), un despertar.

 

En su conjunto, los gérmenes de una decadencia que se hizo manifiesta en el período post-védico y se acentuó en la época del Buddha (siglo VI a.C.) son los siguientes:

Antes que nada, un ritualismo estereotipado.

Seguidamente, el demon de la especulación; el mismo que hizo que lo que tenía que ser “doctrina secreta”, upanishad, rahasya, se filosofara en parte, hasta el punto de que se llegó a una tumultuosa multiplicidad de teorías divergentes, de escuelas y sectas, de lo que los textos buddhistas proporcionan muchas veces un cuadro sugerente.

En tercer lugar, la transformación “religiosa” de muchas divinidades que en el período védico correspondían a estadios de una conciencia cósmicamente transfigurada, mientras que ahora se convierten en objeto de cultos populares (por supuesto que es a estos dioses a los que hay que referirse –dicho sea de paso- cuando los vemos asumir, en los textos buddhistas, posturas totalmente modestas y subordinadas, hasta el punto de casi transformarse a veces en discípulos que reciben la revelación de la doctrina por parte del Buddha. Es decir, nos encontramos ante la degradación de los antiguos dioses).

El peligro panteísta ya lo hemos mencionado.

 

Consideremos ahora lo que se refiere al efecto de las influencias exógenas, no arias, a las que consideramos pueden atribuírseles una parte no indiferente en la formación y difusión de la teoría de la “reencarnación” (incluso entendida ésta como una trans-migración del “carácter” del individuo a través de una sucesión indefinida de existencias condicionadas, en las que el sujeto no es idéntico, pero tampoco diferente).

Como es sabido, de esta teoría no se encuentran rastros en el primer período védico, puesto que la misma es efectivamente incompatible con la visión olímpica y heroica del mundo, y porque es la “verdad” propia de un tipo diferente de civilización, orientada de modo telúrico y matriarcal.

La “reencarnación”, en efecto, sólo es concebible para aquel que se siente “hijo de la tierra” y no conoce una realidad que trasciende el orden natural, ligado a aquellas divinidades femenino-maternas que, al igual que en el mundo paleo-mediterráneo, volvemos a encontrar también en los vestigios de la civilización hindú pre-aria, dravídica y kosoliana.

El sujeto, al morir, se volverá a disolver en el tronco a partir del cual surgió como entidad efímera, para reaparecer en nuevos nacimientos terrenales en una epopeya fatal e indeterminada.

Este es el sentido último de la teoría de la reencarnación, que comienza ya a infiltrarse en el período de la especulación upanishádica, dando lugar en un primer momento a formas mixtas que nos han de servir como barómetros de la mencionada mutación de la conciencia aria originaria.

Mientras que en los Vedas se concibe para la ultratumba una sola solución -afín, como ya hemos dicho, a la de la más antigua Hélade- en los textos brâhmana se menciona ya la teoría de la doble vía, que encuentra eco y continuación directa en los Upanishad, en los que en la misma medida en que es oscilante la relación entre el yo “real” (efectivo) y el âtmâ, también lo es la doctrina de la ultratumba.

Se habla así de la “vía de los dioses” –deva-yâna– por la que, al proceder a lo largo de ella tras la muerte, se alcanza lo incondicionado y “no se vuelve más”. Pero al mismo tiempo se considera otra vía, el pitr-yâna, a la largo de la cual “se vuelve”, siendo el ser individual paulatinamente “sacrificado” a varias divinidades, de las que se convierte en “alimento”, para finalmente reaparecer sobre la tierra.

En los textos más antiguos no se concibe una posibilidad de liberación para quien atraviesa esta segunda vía; en su lugar se habla ya de la “ley causal”, del Karma, que determinará la siguiente existencia en base a lo que se haya hecho en la precedente.

Se anuncia así lo que denominaremos la CONCIENCIA SAMSARICA, la cual constituirá la clave de bóveda de la concepción buddhista de la vida: el saber secreto, confiado aparte por el sabio Yâjñavalkya al rey Arthavâ es que, al morir, los elementos del hombre se disuelven en los correspondientes elementos cósmicos, comprendido el âtmâ, que vuelve a entrar en el “éter”, y lo que permanece es únicamente el Karma, es decir, la fuerza ya vinculada a la vida de un determinado ser y que llegará a determinar un nuevo ser.

 

En todo ello debe verse, pues, mucho más que el discurso respecto de una nueva y arbitraria especulación metafísica; es más bien el signo de una conciencia, la cual se ha ido ya acostumbrando a considerarse terrestre y, en última instancia, cósmica de manera panteísta. Y que discurre al nivel de aquella parte del ser humano que no podía sino plantearse en verdad la cuestión de un morir y un renacer y de un indefinido vagar a través de varias formas de existencia condicionada; decimos “varias” porque poco a poco los horizontes se fueron ampliando, y también fue concedido el resurgir en éste o aquel mundo de dioses de acuerdo a las acciones.

Sea como fuere, en la época en que aparece el buddhismo, la teoría de la “reencarnación”-transmigración eran ya parte integrante de las ideas adquiridas por la mentalidad predominante.

A veces, ya en las Upanishad, concepciones diferentes se unieron en forma promiscua, concibiéndose por un lado un âtmâ que, aunque no fuera un dato inmediato de la conciencia, es considerado como siempre presente en cada uno de manera intangible y, por el otro, un indeterminado vagar del hombre en varias vidas.

 

Este fue el camino por el que, en contra de las corrientes especulativas, se fueron afirmando gradualmente corrientes prácticas y realistas. A ellas se puede vincular el Sâmkya que, ante el peligro panteísta, opuso un rígido dualismo en el que la realidad del Yo o âtmâ -aquí denominado purusha– como principio sobrenatural, intangible e inafectado, se contrapone a todas las formas, fuerzas y fenómenos de orden natural, psíquico y material.

Pero más importantes son, a este respecto, las corrientes del Yoga, las cuales, remitiéndose ya sea al propio Sâmkya o a tendencias ascéticas ya perfiladas en contra del brahmanismo ritualista y especulativo, reconocieron en forma más o menos explícita el nuevo ESTADO DE HECHO, esto es: que hablando del “Yo” no se podía ya entender concretamente el âtmâ, el principio incondicionado; que éste no se presentaba más como una experiencia directa, por lo que especulaciones aparte, el mismo sólo podía tener valor como meta, como límite de un proceso de reintegración basado en la acción.

Lo que es advertido como dato inmediato, en cambio, es la conciencia y la experiencia “samsârica”, la conciencia ligada a la “CORRIENTE” -el término samsâra (que sólo aparece en una época relativamente tardía) quiere decir precisamente “corriente”-, la corriente del DEVENIR.

 

No está de más hacer, finalmente, otra consideración. Habitualmente, en Occidente la casta brahmánica es entendida como casta “sacerdotal”. Esto es exacto sólo hasta cierto punto. En los orígenes védicos, el tipo del brahmán o del “sacrificador” difería del de sacerdote en el sentido ordinario: en tanto que figura simultáneamente viril y sacra, en él, como se ha dicho, se vio una especie de encarnación del mundo supra-humano en el humano, un bhû-deva.

Además, en los orígenes la distinción entre el brahmán (la casta “sacerdotal”) y el Kshatram o râjam (la casta guerrera o regia) era inexistente, en correspondencia con lo que está atestiguado en el estadio más antiguo de casi todas las civilizaciones tradicionales. Los dos tipos no se han diferenciado sino en un período posterior, lo que constituyó otro aspecto del ya mencionado proceso involutivo.

Muchos, por otra parte, sostienen que en la India la doctrina del âtmâ en su origen fue propia sobre todo de la casta guerrera, mientras que la doctrina del brahman convertido en fuerza cósmica indiferenciada habría sido formulada sobre todo por la casta sacerdotal. Consideramos que esta concepción es verdadera.

En todo caso, es un hecho que en numerosos textos vemos precisamente al rey o a Kshatriyas competir en sabiduría y a veces incluso instruir a los miembros dela casta brahmana y que, según la tradición, la sabiduría primordial se habría transmitido, a partir de Ikshvaku (“hijo” de Manu) precisamente por vía regia (Bhagavad-gîtâ IV, 1-2), figurando también aquí aquella “dinastía solar” –Sûrya-vamsa– a la que se hace alusión a propósito de la descendencia del Buddha.

La situación fue ésta: en el mundo post-védico, mientras que la casta guerrera se mantuvo dentro de una perspectiva más realista y viril y dio relieve a la doctrina del âtmâ considerado como el principio inafectado e inmortal del ser humano, la casta brahmana poco a poco se fue haciendo “sacerdotal” (en el sentido peyorativo del término) y terminó desarrollando su actividad preponderantemente sobre el plano delos ritualismos, de las exégesis estereotipadas y de las ESPECULACIONES.

Simultáneamente, por otro camino, el estilo del primer período védico fue sofocado por una proliferación tropical y caótica de mitos, de imágenes religiosas populares, de formas semidevocionales preocupadas por la consecución de éste o aquel “renacimiento” divino sobre la base de aquellas concepciones de la “reencarnación” y de la transmigración que, tal como se ha señalado, se habían infiltrado ya en la mentalidad hindú menos iluminada.

No carece de interés señalar que -aparte del Yoga– el sistema Sâmkya, del que ya hemos dicho representó una indudable reacción realista en contra del “idealismo” especulativo, y más aún la denominada “doctrina de los vencedores”, el Jainismo (de jina, vencedor), el cual, aunque no sin desviaciones extremistas, puso enérgicamente de manifiesto la necesidad de la acción ascética, fueron apoyados mayormente por elementos de la nobleza guerrera, el Kshatram.

Es necesario tener presente todo esto para poder comprender el lugar histórico del Buddhismo y la razón de ser de sus concepciones más características.

 

 

Para comprender adecuadamente la enseñanza buddhista es necesario partir de la idea de que la misma tiene a la vista la condición de un hombre para el que hablar del âtmâ-brahman, de un Yo inmortal e inmutable en él, idéntico a la suprema esencia del universo, no sería hablar “CONFORME A LA REALIDAD”yathâ-bhûtam – (es decir, algo basado en un dato efectivo de la experiencia) sino una simple especulación, un hacer filosofía o teología.

La doctrina del despertar quiere ser absolutamente REALISTA. Y desde el punto de vista realista, es ciencia samsârica (conocimiento del samsâra). El buddhismo procede entones a un análisis de la conciencia samsârica y a determinar la “verdad” que le corresponde, quedando compendiada en la teoría (visión) de la universal impermanencia (anicca) y falta de entidad (anattâ).

Mientras que en la precedente especulación (brahmano-upanishádica), en lo tocante al binomio âtmâ-samsâra (es decir, Yo sobrenatural inmutable y corriente del devenir) se ponía en primer plano el primer término (el sentido del âtmâ), la enseñanza que sirve de punto de partida para la ascesis buddhista pone en cambio de relieve casi exclusivamente el otro término, el samsâra y la conciencia ligada al mismo.

Sin embargo, este segundo término es considerado en todos aquellos caracteres de contingencia, de relatividad y de irracionalidad que sólo le pueden venir de la confrontación con la realidad metafísica (extra-samsârica) ya directamente intuida, realidad que, por ello mismo, permanece tácitamente presupuesta, aun si sobre ella, por razones prácticas (anti-especulativas), se abstiene de hablar.

Arranquémonos cuanto antes la “flecha envenenada”, después ya tendremos ocasión de ver directamente lo que hay y no hay.

“¿Y por qué no he hablado de ello? Porque no es liberador, no es verdaderamente ascético, no conduce a la des-identificación, al desapego, al aquietamiento, al despertar (por eso no he hablado de ello)” (Digha-niK. IX,29,30)

 

 

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Acerca del demon de la opinión y la ESPECULACION: “es una maraña, un erial, una parodia, una desviación, un vínculo, y va acompañado de angustia, deterioro, desesperación y sufrimiento, y no conduce al desapego , a la ausencia de pasión, al cese, a la serenidad, a la penetración profunda, al conocimiento perfecto, a la realización, al nirvana”.

 

 

De Rebelión contra el Mundo Moderno, obra fundamental evoliana, reeditada en varias ocasiones en vida de nuestro autor y permanentemente revisada y puesta a punto por el mismo, entresacamos los siguientes y reveladores párrafos (Cáp. VIII de la Segunda Parte):

“Por otra parte, el derrumbe de la visión aria del mundo en la India toma inicio donde la identidad entre el ÂTMÂ y el BRAHMAN fue interpretada en un sentido panteísta que remite a la LUZ DEL SUR. El brahman entonces no es ya, como en el primer período atharvavédico, y todavía en el de los brâhmana, el espíritu, la fuerza mágica informe, con cualidad casi de “mana”, que el ario domina y dirige con su rito: es en cambio el Uno-Todo, del que procede toda vida y en el que se vuelve a disolver. Interpretada en este sentido panteísta, la doctrina de la identidad del âtmâ con el brahman lleva a la negación de la personalidad espiritual y se transforma en un fermento de DEGENERACION y de promiscuidad; uno de sus corolarios será la identidad de todas las criaturas. La doctrina de la “reencarnación (transmigración)”, entendida en el sentido de la primacía del destino de una recurrente y siempre vana reaparición en el mundo condicionado o samsâra -doctrina inexistente en el primer período védico- viene al primer plano. Y la ascesis que así puede orientarse hacia la liberación tiene más el significado de una evasión que de un cumplimiento verdaderamente trascendente”.

Y un poco más adelante, hablando del VEDANTA de Shankara (cuya etimología responde, al menos en una de sus acepciones, a “concha”, con clara denotación referente a las aguas y la luna): “ …puede decirse que en Shankara aparece la más alta de las posibilidades de una civilización de la EDAD DE PLATA”.

 

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Sobre la manida cuestión de “ORIENTE” Y “OCCIDENTE”, harto sabido es ya que ambos términos son meras expresiones geográficas y que lo decisivo es la cualidad de la sangre (origen septentrional o meridional) que corre de Este a Oeste o en sentido contrario, por lo bien pudiéramos hablar de iranios e indo-arios (entre otros, y de las civilizaciones que levantaron) como de los “occidentales de Oriente”.

En cuanto a la ilusoriedad alimentada en ciertos ambientes sobre las posibilidades ofrecidas por los “residuos tradicionales” presentes en latitudes asiáticas o no europeas (a no ser que consideremos que el Kali-yuga afecta más a unas latitudes que a otras, lo que resulta insostenible, con el agravante de que en “oriente” ha penetrado de forma más repentina y desestabilizadora, como “un elefante en una cacharrería”), no hay más que remitirse al último capítulo de El Camino el Cinabrio (pág. 216, 217), por demás elocuente.

Por otra parte, si ya en Los límites de la regularidad iniciática queda claro que ésta es innecesaria, con mayor razón lo son los “maestros” (relación de dependencia, aunque por supuesto siempre habrá quienes por “naturaleza” los necesiten). Ni para recorrer la Vía del Despertar ni para “cabalgar el Tigre” (ni en la vía heroica en general) se necesitan maestros exteriores.

 

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Como punto final de esta apretada síntesis, recordemos que Julius Evola (La Doctrina del Despertar, cáp. I de la Primera Parte) declara lo siguiente: “Al querer tratar sobre la ascesis (entendida método para actualizar una fuerza interior extra-samsârica , y tomando como referencia las tradiciones más originarias) nos hemos preguntado: ¿Cuál es la formulación histórica que puede ofrecer la base más apta para la exposición de un sistema objetivo y completo de ascesis, en formas tanto claras como inatenuadas, experimentadas y bien articuladas, conformes al espíritu de un hombre ario, y que al mismo tiempo tengan como referencia las condiciones establecidas en los tiempos que nos ha tocado vivir?

La respuesta que finalmente hemos tenido que dar a tal pregunta es la siguiente: más que cualquier otra es la DOCTRINA DEL DESPERTAR la que, en sus formas originales, satisface todas estas condiciones. “Doctrina del Despertar” es el sentido efectivo de lo que comúnmente se denomina “buddhismo”.

Es pues el buddhismo en sus formas originarias –el denominado buddhismo pâli– el que presenta para nosotros, como muy pocas otras doctrinas, las características requeridas, es decir:

1)      Comprende un sistema completo de ascesis

2)      Objetivo y realista

3)      De puro espíritu ario

4)      Que tiene como referencia las condiciones generales de un particular ciclo histórico, al que pertenece la humanidad actual

 

Y más adelante, en el mismo capítulo: “En forma muy justa ha sido afirmado que en ella (la Doctrina del Despertar) los problemas de las ascesis “han sido formulados y resueltos tan claramente, casi diríase tan lógicamente, que las otras místicas aparecen como incompletas, fragmentarias y sin conclusiones reales; que en ella, en contra de cualquier intromisión del elemento emotivo y sentimental, predomina un estilo de CLARIDAD INTELECTUAL de RIGOR y de OBJETIVIDAD que hace casi pensar en la mentalidad científica moderna” (B. Jansink, Die Mystik des Buddhismus, Bocca, Turin, 1925).

“Un símil drástico de este estilo de conciencia lo encontramos en el del agua clara y transparente, a través de la cual pueden verse todas las cosas que se encuentran en el fondo, símbolo de un ánimo que ha eliminado toda inquietud y confusión. Y veremos reafirmarse este estilo por todas partes, sobre todo plano de la disciplina buddhista. Por lo que con razón se ha podido afirmar que aquí “LA VIA HACIA EL CONOCIMIENTO ESTA TAN CLARAMENTE DESCRITA COMO SI SOBRE ESTA EXACTA CARTA TOPOGRAFICA ESTUVIESE DIBUJADO ALREDEDOR DE LAS CALLES CADA ARBOL, CADA PUENTE Y CADA CASA (E. Reinhold, en la introducción a las obras de K. Neumann, Laterza, 1925).

Ciertamente no entendemos cómo puede considerarse al Buddhismo (ario originario, por supuesto) como una doctrina “ambigua y contradictoria”, refiriéndose -por ejemplo, y como hemos señalado más arriba- la doctrina del anattâ (en sánscrito anatma) simplemente a que el “ser samsârico” (o “yo” experimentable) psico-físico no es sino agregación (Khanda) y corriente (santâna), y dicha im-permanencia (anicca) denota directamente su “falta de entidad” (anattâ).

 

*****

 

 

                       “CONSIDERA LA PLENITUD DE LOS ARAHATS. NO EXPERIMENTAN NINGUN DESEO, HAN LOGRADO EXTIRPAR LA NOCION DEL “YO”, SON INMUTABLES, SIN TACHA. HOMBRES VERDADEROS, LLENOS DE DIGNIDAD, GRANDES HEROES, HIJOS DIRECTOS DEL DESPERTAR, IMPERTURBABLES EN TODA SITUACION, LIBERADOS DE TODO DEVENIR, SE LEVANTAN SOBRE SU INDIVIDUALIDAD DOMADA, HAN GANADO SU BATALLA EN EL MUNDO; RUGEN CON EL RUGIDO DEL LEON, INCOMPARABLES SON LOS DESPIERTOS”

                                                                                                              (El Buddha Gautama Sakyamuni)

 

 

 

Javier Martín

 

 

 



EL TRADICIONALISMO Y JULIUS EVOLA
febrero 23, 2011, 1:40 pm
Filed under: Eduard Alcántara, Julius Evola, Metafísica

Esta recopilación de reflexiones vertidas por nosotros en diferentes medios y situaciones la iniciaremos con un párrafo en el que, en su día, pretendimos dejar claro que al adentramos en el tema del Tradicionalismo lo último que nos mueve, y nos debe mover, es entretenernos con peripecias, malabarismos y disquisiciones mentales.

Seguidamente hemos insertado un fragmento en el que definimos lo que entendemos por Tradicionalismo.
A continuación, aparecen reflexiones sobre aspiraciones que enarbola esta corriente vital y de pensamiento de cara a la reconstrucción interior del hombre de nuestro actual mundo moderno.
Pasamos, más adelante, a la reproducción de fragmentos en los que presentamos a Evola como quien mejor ha definido –especialmente para el hombre indoeuropeo- la esencia de la Tradición, como referente y eje existencial que debiera ser para quien pretendiera situarse enfrente del presente mundo moderno disolvente y alienante; pero sin salirse ni evadirse del mismo; siempre sin ánimo de restarle importancia –aunque el maestro italiano es, en nuestra opinión, quien más diáfanamente nos puede mostrar el camino de la Tradición-, siempre, decíamos, sin olvidarnos de la imprescindible aportación de un autor del calado y del rigor de René Guénon o de otros autores –por citar tan sólo a los más renombrados y significativos; y que hasta podríamos definir ya como ´clásicos´- tales como Titus Burckhardt, Frithjof Schuon o Mircea Eliade.
Hemos añadido un breve homenaje que le quisimos rendir a Evola con motivo de cumplirse, el 11 de junio de 2.004, el 30 aniversario de su deceso.
A la hora de realizar este nuestro recopilatorio nos ha movido la idea de transmitir el porqué de nuestra elección vital a favor del Tradicionalismo y a favor de quien, para nuestro parecer, nos los ha expuesto de manera más idónea con respecto a nuestras particulares maneras de percibir la existencia. Y ese quien nos es otro que Evola.
Hemos publicado comentarios que incompatibilizan hasta la médula a la Tradición y a Evola con respecto a todas aquellas segregaciones políticas y económicas (como el capitalismo) propias del mundo moderno y lo hemos hecho porque hay quienes, desde la ignorancia acerca de cuáles son los parámetros inherentes a la Tradición, se adentran, temerosamente, en el fango de la confusión más absoluta.
Alguna anotación hemos hecho acerca de la clarividencia mostrada por Evola (hegemonía de un Quinto Estado que él en vida no contempló) sobre el rumbo que tomaría el mundo moderno en los estertores crepusculares por los que está transitando.
También hemos extractado un par de citas de Evola, definitoria una del concepto de Tradición y de resalte, la otra cita, de la antinomia existente entre el Mundo Tradicional y el moderno.
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Pugnamos por estar en las antípodas de cualquier tipo de snobismo, de dilettantismo y de cualquier pretensión de recreacionismo intelectualista, pues estos defectos se hallan en la esfera de la mente y hay que depurarla, ordenarla y disciplinarla para enfocar las miras del hombre por encima de ella: hacia el plano de lo Absoluto. Pues es lo Absoluto lo que ha sido, en primera instancia, ninguneado y, seguidamente, silenciado y ocultado en los sistemas político-culturales a los que hemos de oponernos.
Debemos pretender el caminar por el difícil sendero de la depuración de los defectos del alma y debemos pretender, por tanto, el alejarnos, cada vez más, de vanidades y engreimientos.
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No pretendemos, en absoluto, hablar de ´tradicionalismo’, así, en minúscula; o sea, de una corriente que, por ejemplo, en España como doctrina política, social y económica va, desde hace cerca de dos centurias, indisociablemente ligada al carlismo.  De lo que queremos tratar es de una forma de entender y de vivir el mundo y la existencia que ha empujado al hombre, en determinados momentos de su historia, a encauzar todo su quehacer cotidiano hacia fines Elevados, Suprasensibles, Metafísicos,… y le ha llevado, en consecuencia, a configurar unos tejidos sociales, culturales, económicos y políticos guiados e impregnados hasta la médula por dichos valores Superiores y dirigidos a la aspiración de la consecución de un Fin Supremo, Trascendente. A esto denominamos Tradicionalismo, con mayúscula, a esta tendencia que tiene como modelo el de la Tradición Primordial que conformó la vida del Hombre de los orígenes; esto es, la vida del Hombre de la Edad de Oro descrita por Hesíodo o del Satya-yuga definido por la tradición indoaria.
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Nuestra principal, y modesta pretensión, al hablar sobre Tradicionalismo o cuestiones de él derivadas, no es otra que la de intentar que aquéllos que no contemplen al ser humano en su plenitud, empiecen a otear que éste no es un mero compuesto de cuerpo y mente, sino que también goza de un componente Trascendente que, aunque aletargado hoy en día, siempre fue el faro que guio el discurrir de nuestros antepasados antes de que éstos empezaran a ser arrastrados por el marasmo homocéntrico que tomó fuerza, sobre todo, a inicios de la Edad Moderna y que, con el transcurso de los siglos, les anegó en el más tosco materialismo.
Nuestra principal, y modesta intención, es la de que empecemos a despojarnos todos de esta visión mutilada del hombre; mutilada de aquello que le hace ser más que hombre y que le eleva por encima de la condición de mero animal: mutilada de su dimensión Espiritual.
Nuestra principal y modesta intención al hablar sobre el cuerpo doctrinal que Evola nos presentó es la de intentar que aquellos que pretenden encarnar íntegras alternativas al Sistema que nos aliena, se sacudan las escorias ideológicas que puedan no hacerles ser valedores de una cosmovisión radicalmente opuesta a la de este deletéreo mundo moderno, pues, a nuestro modesto entender, nuestro autor italiano es quien de una manera más integral ha presentado la visión del mundo y de la existencia más contrapuesta a aquélla otra a la que todos nosotros pretendemos combatir y la visión del mundo y de la existencia más acorde con la que siempre fue propia de la mayoría de nuestros ancestros.
Nuestra principal y modesta pretensión no es, pues, ensalzar y endiosar a alguien como Evola que siempre abominó de personalismos, que siempre predicó el principio Tradicional de la ´impersonalidad activa´ y que siempre rechazó, en su propia persona, la idea de que él estuviera creando una doctrina propia; pues siempre prefirió considerarse como un simple intérprete de la Tradición.
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Se cumplen 30 años del fallecimiento de Julius Evola y vamos a ´aprovecharnos´ de ello para recordar que pocos como él se han desmarcado -al menos en las últimas centurias-  más integralmente de los contravalores que rigen nuestro mundo actual. Nadie como él nos ha recordado en qué valores debemos de basar una auténtica oposición a este mundo. Nadie como él ha sabido interpretar con más precisión y rigor cuáles fueron los parámetros comunes por los que se han regido las distintas comunidades Tradicionales que han jalonado el devenir de la humanidad. Pocos como él nos han hecho ver con más claridad el que estos parámetros no tienen porqué haber caducado definitivamente, sino que deberían de ser enarbolados por cualquiera que quiera presentar la alternativa radical al entorno que nos aliena. Pocos como él nos han transmitido el hecho fehaciente de que si en el mundo que nos embrutece prima y dirige antijerárquicamente la Materia por encima de cualquier otra realidad, en el mundo que debería suplantar a éste disolvente el Espíritu tendría que ocupar la más alta jerarquía. Nadie como él nos ha ´descubierto´ cuál es el camino más apropiado hacia lo Trascendente a seguir por el hombre indoeuropeo -si es que este hombre pretende liberarse del yugo mutilador al que le somete el mundo moderno- y tal camino no es otro que el de la vía de la acción; ya sea interna, buscando nuestro desapego y transformación interiores, y ya sea, también, externa, luchando por intentar demoler el deletéreo edificio en ruinas en el que ´vivimos´ con el objetivo de construir, en su lugar, un Orden cimentado en valores imperecederos y en principios inmutables. Pocos como él no tan sólo lucharon por todos estos valores y principios, sino que, además, los hicieron suyos y, por tanto, vivieron en coherencia con ellos.
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A nosotros siempre nos ha movido una doble vocación innata -o quasi innata; para no entrar en el entramado de los determinismos-: la de un impulso hacia el hecho Trascendente y la de otro hacia la vía de la acción -tanto externa como interna-. Leímos y conocimos, con más o menos profundidad, la obra, el pensamiento y el ideario de cierto número de  pensadores, ideólogos, filósofos y políticos hasta que nos topamos con la obra de Evola, quien resultó que en ella reflejaba también su doble ´ecuación personal´ hacia lo Trascendente y hacia la vía de la acción. Similar, pues, a la nuestra. Por tanto lo que, de manera más o menos inconsciente, siempre anduvimos buscando, y que anidaba en nuestro interior de forma todavía algo larvaria, pudo empezar a tomar forma y a ser comprensible para nosotros gracias al corpus doctrinal expuesto por Evola. Encontrando a Evola nos pudimos encontrar a nosotros mismos. En otros autores hallamos ciertas reflexiones, ideas y posturas que encajaban en algunos vértices de  nuestra doble vocación innata, pero en Evola no fueron fragmentos aprovechables lo que encontramos, sino que lo que encontramos fue un todo coherente con ello.
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Evola no reputaba su obra como fruto de sus elucubraciones personales, sino como una interpretación de la Tradición bajo el prisma de su doble ecuación personal y como el resultado de haber querido mostrárnosla, de manera metódica, para que pudiéramos tener acceso a los parámetros que la definen y vertebran.
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Sobre la hegemonía del Quinto Estado tuvo Evola el acierto de prever que tras el acceso al poder del Tercer Estado (la burguesía, el individualismo, el capitalismo industrial,…) y el subsiguiente ascenso al poder del Cuarto Estado (proletariado, marxismo, capitalismo de Estado,…) vendría una etapa -la actual- que supondría eltriunfo total del individuo-masa, del átomo-masa más despersonalizado, si cabe, que en las dos fases anteriores. Es el triunfo del capitalismo internacional financiero y de la globalización (5º Estado).
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El porqué se ha llegado a determinadas situaciones se puede responder coligiendo de que éstas no representan más que consecuencias de la desaparición del Mundo de la Tradición o de los restos que de él quedaban y se puede, asimismo, deducir que se tratan de situaciones a las que ha llevado la lógica de las rupturas acaecidas en el seno de este desangelado y disolvente mundo moderno. Todas estas situaciones, además, las podemos valorar utilizando los valores y parámetros que fueron propios de las sociedades pretéritas en las que nuestros ancestros vivían de acuerdo a una serie de principios que tenían como principal objetivo el de liberarlos de las cadenas que los ataban -o pretendían atar- a lo más ínfero que anida en el subconsciente del ser humano y a pasiones, impulsos y pulsiones incontrolables.
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Sobre el accionar conjunto en lo inmanente y en lo Trascendente, no podía uno por menos que estar continuamente pensando en que ése fue uno de los principales “leit motiv” de la obra de Evola: su afiliación por la idea de “Imperium”, sus trabajos sobre la Roma antigua como configuración de lo Alto aquí abajo, su interpretación del hermetismo alquimista como lucha por el “solve et coagula” (sobre no quedarse en la ´espiritualización del cuerpo´ sino seguir hasta la ´corporización del espíritu´), su intervención en el terreno político -siempre desde la perspectiva, claro está, metapolítica-, su preocupación por suministrar coordenadas organizativas e institucionales en este ámbito político, su denuedo porque lo Trascendente también se refleje en lo inmanente y, más aún, que se conquiste -lo Trascendente- desde este plano de la manifestación (desde el interior del ser humano) y, incluso si así es necesario, utilizando los medios propios de este mundo sensitivo (algunos de ellos destructores -como nos señala en “Cabalgar el tigre”- para el común de los mortales),…
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La coherencia del corpus doctrinal expuesto por Evola tanto en lo divino como en lo humano, en lo físico como en lo metafísico o en lo político como en lo espiritual es tal que los planteamientos medulares que defendía en los años ´30, los siguió defendiendo en los ´40, en los ´50, en los ´60 y en lo que vivió de los ´70. Evola fue un Tradicionalista integral y la “ideología política occidental moderna” se halla en las antípodas de la cosmovisión y de los valores y principios que definen al Mundo Tradicional y que tan acertadamente nos hizo conocer Julius Evola a lo largo de la mayor parte de su vida; un Evola incompatible con ningún tipo de componendas con la modernidad, por mucho que éstas puedan revestir un carácter táctico más o menos razonable.
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La Tradición no admite nada que se pueda asemejar al capitalismo en lo económico y a lo burgués en lo ético. La Tradición reputa como deletéreo todo lo que es producto -más o menos directo- de la Revolución Francesa y que, por tanto, entra dentro de los parámetros del alienante y corrosivo mundo moderno. El liberalismo político es hijo directo de la Rev. Francesa (incluso, antes, de la Rev. Americana -la de la Independencia) y el liberalismo económico (prefiguración clara del capitalismo; si dicha prefiguración no se la sitúa aun antes, en la época del mercantilismo) también tiene su afiliación en la Revolución que se inicia en 1.789 en Francia.  Ningún Sistema que anteponga como rector y prioritario a lo económico (tal como sucede con el capitalismo) entrará en los cánones de lo Tradicional, pues la Tradición antepone, jerárquicamente, lo que eleva al hombre (lo Trascendente) a cualquier otro nivel de la realidad (a lo social, a lo económico,…).
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En efecto, Evola no podía pasar por alto la evidencia de que, generalmente, la antesala del comunismo es el liberal-democratismo, pero como Tradicionalista integral que era también tenía claro que ambas ideologías representaban sendas excrecencias de este mundo moderno deletéreo por el que transitamos. Ambas se hallan, casi por igual, infectadas hasta el tuétano de los mismos agentes alienantes que conducen al hombre a la más absoluta degradación. Ambas defienden una concepción materialista de la existencia. Ambas rompen por igual los vínculos del ser humano con lo Alto. Ambas no conocen de otra realidad que la material; de aquélla que únicamente puede ser captada por los sentidos. Ambas han desacralizado por igual la existencia. Ambas han amputado, en semejante medida, la dimensión Trascendente del hombre y han convertido a éste en un ente mutilado. Ambas han reducido casi por igual al hombre a la categoría de esclavo de pulsiones incontroladas y de instintos primarios bestializantes. Ambas han cortado el cordón dorado que unía al ser humano con la Realidad Suprasensible de la que, en sus orígenes, emana y a la que (antes de su entrada en el seno de esta nefasta modernidad) siempre aspiró a Conocer y con la que siempre quiso reintegrarse ontológicamente; consiguiéndolo en mayor o menor grado dependiendo de sus potencialidades metafísicas innatas y del tesón empeñado en ello. Ambas han enterrado los valores del alma que fueron propios del Hombre de la Tradición: “gravitas”, “solemnitas”, templanza, autodominio, honor, valor, “fides”,… Ambas, en mayor o menor grado, no han dejado concebir otras opciones vitales diferentes al utilitarismo, a la rentabilidad o a la productividad. Ambas, ambas, ambas…: El demoliberalismo al igual que el marxismo. Evola siempre lo tuvo clarísimo y así nos lo transmitió siempre de manera diáfana, sin ambigüedades y en forma incontestable.
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El valor de Evola viene dado, principalmente, por el saber perenne que él supo de manera tan magistral legarnos. Convertirse en un icono para alguien era lo último que a él le hubiera gustado, más aún si tenemos en cuenta aquel principio Tradicional de la impersonalidad activa, por el cual lo que importa es el accionar en pos de un ideal elevado y no figurar personalmente gracias a dicho accionar.
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Ciertamente Evola ha sabido como nadie transmitirnos las verdades imperecederas que hoy prácticamente han sido dejadas de lado por este decadente mundo moderno, pero que deberían  ser siempre el eje vertebrador de cualquier agrupación humana normal y deberían de ser el faro a seguir para cualquier intento de Restauración de un Orden constructivo y equilibrado. El hombre de la Tradición sacralizaba y ritualizaba toda su existencia pues la entendía como parte de un todo que incluía, también, lo Alto.
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Las esencias del Mundo Tradicional emanan de de lo Alto; de lo que eleva al Hombre y lo transforma realmente por dentro, liberándolo de las ataduras y condicionamientos que más lo esclavizan: pasiones, egos engordados, impulsos incontrolados, pulsiones incontrolables, sentimentalismos turbadores del ánimo, bajos instintos,… Una alternativa auténtica al materialismo (verdadero meollo del Sistema) no puede pensarse si no es en base a una cosmovisión de corte metafísico; esto es, Tradicional.
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“Más allá del pluralismo de civilizaciones debe reconocerse -sobre todo si nos limitamos a tiempos hasta los cuales la mirada puede distinguir con cierta seguridad las estructuras esenciales- un dualismo de civilizaciones. Se trata de la civilización moderna de un lado y, de otro, del conjunto de todas las civilizaciones que la han precedido (para Occidente, hasta finales de la Edad Media). Aquí la fractura es completa. Más allá de la variedad múltiple en su forma, la civilización premoderna o, como puede llamarse, Tradicional, represente algo efectivamente diverso. Se trata de dos mundos, de los cuales uno se ha diferenciado hasta no tener ya casi ningún punto espiritual de contacto con el precedente. Con lo que, también las vías para una efectiva comprensión de este último está vedado para la gran mayoría de los modernos”. (Evola)
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“En su significado verdadero y vivo, Tradición no es un supino conformismo a todo lo que ha sido, o una inerte persistencia del pasado en el presente. La Tradición es, en su esencia, algo metahistórico y, al mismo tiempo, dinámico: es una fuerza general ordenadora en función de principios poseedores del carisma de una legitimidad superior -si se quiere, puede decirse también: de principios de lo alto- fuerza que actúa a lo largo de generaciones, en continuidad de espíritu y de inspiración, a través de instituciones, leyes, ordenamientos que pueden también presentar una notable variedad y diversidad”. (“Los hombres y las ruinas”, Evola)
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El Tradicionalismo es ideal para comprender porqué sucede lo que sucede aquí abajo (con las causas últimas que podemos hacer remontar a illo tempore…) y para ofrecer una cosmovisión integral que es la que más en las antípodas está de este mundo moderno culmen de todas las crisis y quiebras que acaecen hoy en día. El materialismo es el océano en el que navegan todas estas disoluciones y todos estos desgarros y la alternativa a él debe pasar por la concepción del mundo y de la existencia espiritual que siempre fue propia de la Tradición.
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Si no tenemos una cosmovisión (por encima de una ideología) que nos afirme en unos valores y unas verdades inmutables no vamos a ser más que veletas que cambiarán su rumbo al dictado del viento histórico que sople en cada momento. Igualitos, seremos, que el resto de nuestros ovinos conciudadanos.
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Si hablamos de Tradición lo hacemos de valores y principios imperecederos, no del cúmulo de costumbres (esto sólo serían tradiciones particulares que no tienen nada que ver con el Tradicionalismo tal como nos lo expusieron los Evola, Guénon, Burckhardt, Schuon y compañía). Las costumbres que nos lega el pasado, más o menos remoto, igual son detestables o, cuando menos, están vacías de sus contenidos originarios.
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Si no tenemos claro que no hay alternativa real al Sistema que no pase por el abandono de su fondo materialista y el encuadramiento en posiciones que siempre tengan un punto de referencia Superior (que vengan de lo Alto) no habremos entendido qué es una auténtica alternativa. No habremos ido nunca a escudriñar cuáles son las causas primeras de los procesos decadentes por los que ha pasado nuestro mundo y que le han llevado a su actual postración y enajenación. Nos quedaremos, en caso de no hacer este escudriñamiento, sólo analizando cuestiones relacionadas con lo económico, lo social y lo político. Presentaremos alternativas sólo en estos ámbitos y de poder llegar (en un caso hipotético) a ponerlas en práctica darían frutos, en dichos campos, a corto plazo (quizás también a medio) pero a largo plazo todo volvería a entrar en barrena debido a que no nos habríamos encargado nunca de transformar al hombre en su esencia y en su interior (facilitándole estos referentes Superiores) y éste volvería, con el tiempo, a caer en individualismos, en egoísmos, en insolidaridades y seguramente en la adopción, de nuevo, del sistema económico más acorde con el individualismo: el capitalismo.
La única manera, pues, de asentar alternativas duraderas en lo socioeconómico y en lo político es transformando no solo a la sociedad sino también al hombre que las debe implantar y sustentar y esto, ha quedado claro, pasa por defender una cosmovisión que mire a lo Trascendente (léase una cosmovisión Tradicional).



Evola frente al fatalismo
agosto 19, 2010, 6:40 am
Filed under: Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara, Julius Evola

INTRODUCCIÓN

Una rígida interpretación de la Doctrina de las 4 Edades podría comportar predeterminismo atentatorio contra el principio Tradicional de la Libertad inalienable del Hombre Reintegrado a su esencia metafísica. Julius Evola mostró esa especial y añadida dosis de ´sensibilidad´ y de poder de interpretación que le posibilitaron el no estancarse en una visión rígida de los diferentes textos Sapienciales y Sagrados del mundo de la Tradición cuando éstos nos hablan de la doctrina de Las Cuatro Edades, pues el proceso de decadencia que ésta nos expone no es irreversible ni está impregnado de un fatalismo contra el que nada pueda oponer el Hombre. El maestro italiano le dio una especial relevancia a la idea de que la involución podía ser frenada e incluso eliminada antes de que aconteciera el final de un ciclo cósmico; esto es, antes del ocaso del kali-yuga. Y sostuvo firme y ocurrentemente esta idea porque creía en la libertad absoluta del Hombre. Porque creía que el Hombre -así en mayúscula-, aparte de tener la clara potestad necesaria para conseguir su total Despertar interior, también tenía en sus manos la posibilidad de devolver a sus escindidas y desacralizadas comunidades los atributos y la esencia que siempre fueron propios del Mundo Tradicional. Porque Evola creía, en definitiva, en el Hombre Superior o Absoluto, Señor de sí mismo. Igualmente creía que la pasividad fatalista del hombre podría prolongar el fin de una etapa. Para los tiempos crepusculares Evola barajaba la posibilidad de acelerar el fin del kali-yuga cabalgando el tigre: acelerando los procesos disolventes que se dan en estos tiempos deletéreos.

DESARROLLO

A la pregunta de ¿qué tipo de hombre es el que puede aspirar a su Reintegración interior y a encauzar a su comunidad por el camino de la Tradición?, se debe responder que no es otro que aquél que es capaz de dominarse a sí mismo, de autogobernarse y (echando mano del taoísmo) de ´ser señor de sí mismo´. Sólo el autarca, del que nos había hablado Evola durante los años ´20 del pasado siglo -durante la que ha sido definida como su etapa filosófica (que ya apuntaba claramente hacia su definitiva etapa Tradicionalista)-, sólo, decíamos, el autarca que no depende del otro, de lo otro, del exterior ni del tú porque no hay circunstancia, ni condicionamiento externo a él, que lo pueda mediatizar y hacer dependiente, sólo él puede, tras haber conseguido gobernarse a sí mismo, ser apto para gobernar a su comunidad. Hablamos, en definitiva, del Iniciado: de aquél que se empezó sometiendo a rigurosos, metódicos y arduos ejercicios/prácticas de autocontrol y descondicionamiento frente a lo exterior (acabamos de hacer alusión a ello) e interno (con respecto a emociones, sentimientos exacerbados, pulsiones e instintos primarios) y que, tras lo cual, ha preparado su alma/mente, en primera instancia, para que sea apta para captar otras realidades (sutiles) que se hallan más allá de las que pueden aprehender los sentidos y para que, más tarde (y tras este último y difícil logro) pueda, asimismo, llegar al Conocimiento de Aquello que se halla más allá, incluso, del mundo sutil y, en definitiva, de cualquier modo de manifestación y que se encuentra, además, en el origen del cosmos. Hablamos, pues, del Conocimiento del Principio Primero o Supremo Eterno, Incondicionado e Indefinible y, hablamos, por otro lado, de la Identificación ontológica del Iniciado con dicho Principio.

El iniciado o (echando mano del léxico budista) Despertado plasmará en sí la Imperturbabilidad del Principio Primero que ha desarrollado en su interior y dicha Imperturbabilidad e Identificación con lo Permanente y Eterno le hará inmune a cualquier tentación hacia lo caduco y superfluo y le hará, por ende, idóneo para dirigir a su comunidad hacia las metas que enfocan hacia lo Alto, Sacro, Estable y Permanente y le alejarán de cualquier veleidad que tienda hacia lo bajo, lo materialista, lo transitorio, lo inestable y lo perecedero.

¿Es posible que se afirme este tipo de Hombre Superior en medio del marasmo vermicular y disoluto por el que discurre el hombre del mundo moderno? ¿Es posible esto en el cenagal de la etapa crepuscular de la Edad oscura –Kali-yuga o Edad de Hierro- por la que atravesamos? El Tradicionalismo, especialmente en boca de Julius Evola, nos responde afirmativamente, aun consciente de lo enormemente complicado que puede resultar. Pero complicado no equivale a imposible. No existe nada imposible para el hombre que se lo proponga. El hombre que opta transitar por las vías de la Tradición no encuentra fatalismos: no encuentra determinismos que no pueda superar.

Para la Tradición el Hombre Absoluto e Integrado no es una quimera, sino, al contrario, una posibilidad que alberga el hombre y que ha pasado de potencia a acto. Si es posible Despertar la semilla de la Eternidad que anida en nuestro fuero es porque la Tradición concibe que somos portadores de ella. Si es posible Espiritualizar nuestra alma, psyché o mens es porque el Espíritu, atman o nous (eso sí, en forma aletargada) también se halla en nosotros gracias a que procedemos, por emanación, del Principio Primero cuya manifestación dio lugar a la formación del cosmos. Somos, pues, portadores de dicho Principio Superior e Imperecedero del que emanamos y tenemos la posibilidad de emprender la tarea heroica de Despertarlo en nuestro interior.

Si el emanacionismo o emanatismo como certidumbre defendida por la Tradición abre las puertas a la consecución del Hombre Reintegrado no ocurre lo mismo con las creencias propias de religiosidades que han de ser enmarcadas en la cuesta abajo propia del mundo moderno. Religiosidades de corte lunar que no conciben el que el hombre comparta esencia ( ni aunque sea en estado quasi larvario que deba ser activada) con el Principio Supremo sino que, por el contrario, afirman que el hombre fue creado (creacionismo) ex nihilo (de la nada) por Dios y que, al no emanar de Él, no comparte nada de Su divinidad. No admiten, por tanto, la Iniciación y la consecuente posibilidad del hombre de transmutarse interiormente (metanoia) y aspirar a Ser Más que hombre: a ser Hombre Trascendente.

Las religiosidades de tipo lunar están por el creacionismo, pues de la misma manera que la luna carece de luz propia y la luminosidad que de ella nos llega no es más que un reflejo de la solar, de la misma manera, decíamos, en este tipo de religiosidad no nos arriba de lo Alto más que un reflejo o aproximación mental que no es otro que el aportado por la única herramienta de encaro del hecho Trascendente que la religiosidad lunar pone al alcance del hombre: la simple fe, la creencia y la devoción. Por lo cual niega la posibilidad de la Gnosis de lo Absoluto y la posibilidad del hombre de llegar a Ser uno con la dicha Trascendencia. Y la niega, repetimos, aduciendo que el hombre no comparte esencia con lo Trascendente y no puede, pues, actualizarlo en sí; aduciéndolo, recuérdese, por sostener que no emana de Él y que en la naturaleza de dicho hombre no se esconde el Espíritu en potencia.

La convicción Tradicional del hombre como portador de Atman o Espíritu hace concebir la esperanza de su Despertar y del heroico cometido de aspirar a culminar la Restauración del Orden Tradicional mediante lo que, etimológicamente, comporta la auténtica Revolución, en el sentido de Re-volvere; esto es, de volver a recuperar la cosmovisión, los principios y los valores que siempre han caracterizado al Mundo Tradicional y que se hallan en las antípodas de la desacralización, del materialismo, del positivismo, del hedonismo, del consumismo y del gregarismo despersonalizado propios de este mundo moderno.

Por el contrario, el hombre concebido por las religiones lunares-creacionistas (aparte de no ser apto para emprender intentos de Restauración de la Tradición) será la antesala de posteriores procesos de decadencia aun mayores, pues al habérsele amputado su dimensión sacro-espiritual se le ha rebajado de nivel ontológico. Ya no podrá entender más sobre lo Trascendente, tal como en la Tradición sí le era posible gracias a lo que él poseía de más que humano; de Sobrehumano, diríamos. Sin Espíritu únicamente le queda el alma, la psyqué o mens para vivir “en orden” con su/s dios/es. Es decir, que ya sólo cuenta con medios meramente humanos para mirar a lo divino y que no son otros que aquéllos que su mente pone a su disposición, a través de la fe y la creencia. Por esto habrá de contentarse con no ser más que un fiel devoto de su/s divinidad/es. E irremediablemente cuando el hombre ha sido obligado a descender a este plano –sin más- humano, cuando la mente ocupa la cúpula en su jerarquía constitutiva, nadie podrá extrañarse que la facultad racional que en ella (en la mente) se halla inmersa se atrofie y pueda dudar de la existencia de cualquier realidad no sensible; como lo es una Realidad Trascendente (más que humana) que no podrá aprehender con sus tan solo humanas herramientas (el método discursivo, el especulativo,…). Nos hallaremos, pues, en los albores del racionalismo, del posterior relativismo para el que no existen Verdades Absolutas y todo plano de la realidad (aun el Superior) puede ser cuestionado y nos hallaremos asimismo, como consecución lógica posterior, en la antesala del agnosticismo y del materialismo.

Las religiosidades de carácter lunar, propias del mundo moderno, fueron segregando un tipo de hombre inclinado, irremisiblemente, a posturas evasionistas con respecto a la posibilidad de búsqueda del Espíritu y con respecto a la posibilidad de actuar sobre el medio circundante con la intención de modificarlo y, más aun, rectificarlo. Frente a ellas se alza un tipo de Espiritualidad Solar y activa (la Tradicional) para la que el fatalismo no existe y para la que el hombre debe trazar su camino (recordando una adecuada imagen aportada por el mismo Evola) tal cual el río circula por el cauce que él mismo ha socavado.

Si el creacionismo excreta un hiato ontológico insalvable entre Creador y criaturas no debe extrañar que de religiones que a esta convicción se adhieren (como las conocidas como religiones del Libro) surgiera un maniqueísmo que dejó, de manera extrema, sin solución de continuidad a Dios y al hombre y que estimó como creaciones del Mal todo el contenido de la manifestación cósmica. Tal aconteció con excrecencias como el catarismo que despreciaban al cuerpo en particular y al mundo físico en general por considerarlos obras del ángel rebelde y caído (Lucifer) y no, como sí consideró siempre la Tradición, como emanaciones del Principio Primero Inmanifestado. El Mundo Tradicional observó y trató siempre al cuerpo humano como el templo del Espíritu, mientras que, p. ej., el judeocristianismo lo contempló como la mazmorra que impedía la liberación del alma (entiéndase, del Espíritu); asimismo la vida terrenal en la que este encarcelamiento tenía lugar la definió como un valle de lágrimas.

Las también conocidas como Religiones del Desierto no conciben la posibilidad del Retorno de la Tradición gracias al accionar del Hombre, pues para ellas el hombre no atesora semilla divina que poder despertar y poderle, así, hacerle apto para revertir los procesos disolventes por los que pueda atravesar el mundo que le circunda, sino que estas Religiones del Desierto provocan una espera pasiva ante el fin de los tiempos, ante la venida de un Salvador o Mesías o ante la Parusía (la vuelta de Cristo) para que la humanidad pueda ser salvada, suba a los cielos, reciba el premio del Paraíso Terrenal (la Tierra Prometida) o para que acontezca la resurrección de la carne.

En la misma línea –y como fiel reflejo de estas Religiones del Libro- el protestantismo representa una vuelta de tuerca más y un intento de corrección de un catolicismo que había adoptado muchas improntas y posturas de espiritualidades precristianas que se situaban muy en la órbita de la Tradición. El protestantismo afirma que es la fe y no las obras las que permiten la Salvación. De este modo cierra las puertas a cualquier aspiración a la Transustanciación de la persona mediante la acción interior (Iniciación), pues accionar no es más que obrar.

El catolicismo o helenocristianismo (opuesto al judeocristianismo) se hallaría en una situación de superioridad frente a otra de las Religiones del Libro como lo es el islamismo, ya que el concepto trinitario defendido por el primero reconoce la posibilidad de divinización del hombre (su palingénesis o segundo nacimiento: a la Realidad del Espíritu) al considerar a la divinidad también en su expresión humana de Hijo. Nada de esto ocurre con (en palabras de Marcos Ghio) el árido monoteísmo semita postulado por un Islam en el que la diferencia de esencia entre Dios (Allah) y el hombre es abisal e insalvable y en la que, por este motivo, a éste se le cierran las puertas de su entronización Espiritual y, en consecuencia, de la posibilidad de ser señor de sí mismo y de trazar su destino y el de sus comunidades.

Quizás, también, no estaría de más realizar algún distingo entre los libros vestotestamentarios y los del Nuevo Testamento, pues hay quien afirma que evangelios como el de San Juan contienen vetas de esoterismo; y no hay que olvidar que este último se afana en la búsqueda y Conocimiento de la Verdad (de la Realidad Suprasensible) y en la consecución de un tipo de Hombre Descondicionado y Diferenciado apto, entre otras cosas, para no dejarse arrastrar por las corrientes disolutorias dominantes en el mundo moderno.

En la misma línea acorde con la Tradición se hallarían todas aquellas manifestaciones que en el entorno de la Cristiandad se reflejaron ya en la Saga Artúrica alrededor de un Ciclo del Grial que se prolongó en el Medievo asociado a órdenes ascético-militares como la de unos templarios que practicaban la Iniciación y cuya veta esotérica también fue consustancial a organizaciones como la de los Fieles de Amor (a la que, p. ej., perteneció un Dante) o la de los Rosacruces. Y en la misma línea Tradicional, dentro también del contexto del mundo cristiano, se hallaría el Sacro Imperio Romano Germánico, cuya cúspide jerárquica, en la figura del Emperador, aunaba las funciones sacra y temporal (política) como es propio de cualquier ordenamiento Tradicional en el que, por este motivo, el gobernante también ejerce de Pontifex o ´hacedor de puentes´ entre lo terrestre y lo celestial; entre sus súbditos y la Trascendencia.

Pero no en esta línea Tradicional se hallaría el misticismo cristiano, pues si la Iniciación prepara al adepto para descondicionarlo mediante prácticas y ejercicios metódicos y convertirlo en Hombre Diferenciado que pueda acceder al Conocimiento de lo Absoluto el misticismo, por contra, no lo prepara para ello sino que se detiene en el cumplimiento de la fe, la devoción y la piedad, siendo por ello que con estos medios mentales (y por ello humanos) no podrá acceder nunca a la Gnosis de lo Superior, sino que, a mucho estirar, se tendrá que conformar con recibir de lo Alto (como si se tratase de una especie de dádiva en agradecimiento por la devoción mostrada) una especie de fogonazo cegador que tan sólo le dará una idea poco aproximativa y muy difusa de lo que se halla más allá de la realidad sensitiva. Esto acontecerá en el mejor de los casos, ya que en muchos de ellos dicho fogonazo no será, en realidad, más que una especie de alucinación provocada en el místico por sus ayunos extremos enajenantes, por la repetición hasta la saciedad -extenuante- de letanías y/o por su actitud mental obsesiva hacia lo divino.

El árido monoteísmo semita al que citábamos más arriba encuentra también fiel reflejo en el judaísmo. Ya hemos hecho alusión párrafos atrás, al mito inmovilizante y fatalista de la resurrección de la carne y del Paraíso Terrenal que sólo acontecerá con la venida del Mesías, pero podríamos reforzar esta ausencia de posibilidad de transustanciación del hombre y de posibilidad de hacer frente a los procesos deletéreos con los que se encuentra, recordando cómo hay muchos judíos ultraortodoxos (como los de la organización Naturei Karta) que consideran al Estado de Israel actual como una impostura que atenta contra sus convicciones religiosas, por cuanto ellos creen que la Tierra Prometida que -más que aproximadamente desde el punto de vista geográfico- se halla en el territorio de dicho Estado sólo les pertenecerá legítimamente tras la venida del Mesías libertador; la cual, obviamente, todavía está por acontecer. No cabe aquí, pues, lucha que llevar a cabo sino la espera pasiva y resignada más absoluta que pueda caber.

Este pasivo dejarse llevar por un movimiento de inercia hacia adelante, esta ausencia de posibilidad de modificar este rumbo no supone más que una especie de caída libre en el vacío que no puede ser cortocircuitada por la acción del hombre y que responde a una cosmovisión de naturaleza lineal, ante la cual se levanta una totalmente disímil que es la propia de la Tradición y que es de orden circular o, como en ocasiones se la ha preferido denominar, de orden esférico.

En su momento hablamos con profundidad de estos dos tipos contrapuestos de manera de concebir la vida y la existencia: la lineal propia del mundo moderno y la circular propia del Tradicional (1). No vamos, pues, a extendernos en este capítulo ya por nosotros trabajado. Tan sólo vamos a apuntar que la cosmovisión lineal no sólo atañe al hecho religioso (de carácter lunar y pasivo) sino también a las excrecencias que ha originado su secularización. Así pues el liberalismo apunta a un camino marcado por una suerte de fatalismo, irremisible como tal y “superior” a las potencialidades del hombre, que está marcado por el progreso continuo (progresismo) y conducirá a una suerte de paraíso terreno atestado de bienes de consumo inacabables, de abundancia ilimitada y, por tanto, de total “felicidad” (vacuna, añadimos nosotros). Y en la misma línea el marxismo trazó otra línea inalterable que conduciría al ideal del comunismo y de su sociedad sin clases sociales y sin superestructuras de ningún tipo: ni Estados, ni ejércitos,…

Ya en su momento hemos apuntado el porqué en lugar de hablarse de cosmovisión cíclica, como propia de la Tradición, en ocasiones se ha preferido hablar de cosmovisión esférica, ya que en una esfera se pueden trazar infinidad de circunferencias que corresponderían a las diversas concretizaciones que el hombre (haciendo uso de su libertad y poder de trazar su destino) puede hacer de las cuatro edades de las que, según diferentes textos Sapienciales Tradicionales, consta un ciclo cósmico humano.

Igualmente en otras ocasiones (2) hemos señalado la posibilidad que tiene el hombre de provocar una especie de cortocircuito en la dinámica propia de la sucesión de las cuatro edades (de Oro, de Plata, de Bronce y de Hierro), poniendo freno al proceso involutivo en lo que la Tradición ha denominado como Ciclos Heroicos, que suponen la Restauración de la Tradición Primordial (Edad de Oro perdida).

De hecho el hombre, haciendo buen uso de la libertad que posee en el sentido de poder marcar su propio camino superando determinismos y condicionantes que pueden parecer fatalmente insalvables, el hombre, decíamos, tiene en sus manos el que el final de la etapa crepuscular del Kali-yuga o Edad de Hierro, porque atraviesa, acontezca antes y, dé, en consecuencia, paso, a una nueva Edad de Oro o Satya-yuga dentro de un nuevo ciclo humano o manvântara o, por el contrario, el que (como consecuencia de posturas pasivas, conformistas, alienadas o marcadas por determinismos varios) dicho final pueda prolongarse más allá de lo que las dinámicas cósmicas podrían hacer indicar.

Pocos como Evola nos han hecho con más nitidez ver cuál es el camino más apropiado para que el hombre sea capaz de llegar a su Integralidad y emprender, después, la tarea de Reconstrucción Tradicional de su derrumbadas sociedades. Este camino, nos dice el maestro italiano, no es otro que el de la vía de la acción, ya sea ésta interna, buscando el desapego y transformación interiores, o ya sea externa, luchando por intentar demoler el deletéreo edificio en ruinas en el que vivimos, con el objetivo de construir, en su lugar, un Orden cimentado en valores imperecederos y en principios inmutables.

Es acción interior lo que se precisa a lo largo de todos estos procesos conocidos con el nombre de Iniciación. El ascesis no es otra cosa que ejercicio interno. La necesaria e imprescindible práctica interior es, en definitiva, acción. Y es por todo esto por lo que la vía más apropiada para completar el arduo y metódico proceso iniciático es, repetimos, aquella conocida como ´vía de la acción´ o ´vía del guerrero´ o shatriya.

Las sociedades Tradicionales estaban constituidas, en su organización jerarquizada, por una élite sacro-guerrero-dirigente, bajo la cual se hallaba la casta guerrera y por debajo de la cual se situaban los estamentos cuya actividad vocacional tenía su eje en las actividades económico-productivas (comerciantes y maestros de talleres, por un lado, y mano de obra por el otro). Con la degradación sufrida en los estertores del Mundo Tradicional las funciones regia o dirigente y sacra se escinden y ya no estarán representadas por aquella élite; dándose paso, por ello, ya en el seno del mundo moderno, a sociedades divididas en las siguientes castas –no representativas del Mundo Tradicional-: brahmanes o sacerdotes, shatriyas o guerreros, viashias o mercaderes y sudras o mano de obra.

En tal estado de cosas la casta a la cual le resulta consustancial la vía de la acción es la más capacitada para emprender la gesta heroica de Restauración de la Tradición. Y así ocurrió a lo largo de las edades que sucedieron al Mundo de la Tradición Primordial o Edad de oro (Satya o Krita-yuga): así ocurrió, pues, en diferentes períodos -Ciclos Heroicos- de la Edad de Plata o Treta-yuga, de la Edad de Bronce o Dvâpara-yuga y de la Edad de Hierro o kali-yuga. Ciclos Heroicos como los protagonizados por héroes como aquéllos que nos refiere la mitología griega al hablarnos de unos Heracles, Aquiles, Ulises o Perseo que se elevan desde su condición de guerreros a la de la Inmortalidad (o, para hablar con más propiedad, Eternidad) a la que les ha llevado, sin duda, un proceso de transustanciación interior. Las polis en que ellos reinen recibirán la impronta sagrada de estos reyes sacros y volverán -aunque sea por un tiempo- a la Edad de Oro perdida: así en la Ítaca de Ulises o en la Atenas de Perseo.

Igual Ciclo Heroico ocurre en buena parte del discurrir de la Antigua Roma, muestra de lo cual es la unión en una misma persona de aquellas dos funciones o atributos que en el Mundo de la Tradición siempre había estado aunados, no sólo en una única persona sino también en la aristocracia a la que aquélla pertenecía; así, la función sagrada (Pontifex) y la función dirigente (como Imperator o jefe de los ejércitos y como Princeps o principal rector político) se unifican en la figura de los emperadores romanos. Su carácter sacro se hace patente por la condición de Iniciados en diferentes ritos -como los de Eleusis o de Mitra- que tuvieron muchos de los emperadores de la Antigua Roma, tales como Octavio Augusto, Tiberio, Marco Aurelio o Juliano.

También, con anterioridad a estos párrafos, hemos mencionado otros Ciclos Heroicos que igualmente se suceden en los momentos menos propicios (Edad de Hierro o, acorde con la ciclología mítica nórdica, Edad del Lobo) para enfrentar una tarea de Revolución (recuérdese: de re-volvere) Tradicional. Ciclos Heroicos como los que rodean la Saga Artúrica y el misterio del Grial o como el que representa el Sacro Imperio Romano Germánico en buena parte de la Edad Media. En este último caso el Emperador es un Ser Iniciado y así lo explicarían, entre otras evidencias, los poderes taumatúrgicos que poseía y que representarían una consecuencia sutil de su condición Sobrenatural. Además se trata de una figura que aúna el poder sacro y el temporal como sucedía en la Edad de Oro. El poder religioso del Papado, en esta etapa, se halla por debajo del sacro ostentado por el Emperador y así quedaba reflejado en la ceremonia de coronación de los Emperadores oficiada por los Papas y que sellaba el reconocimiento, por parte de éstos, de la superior competencia Espiritual del Emperador. En ocasiones algunos emperadores retrasaron en años dicha ceremonia o murieron sin que ella se hubiera realizado y esto aconteció como síntoma de que el Emperador no necesitaba de la acción papal para que su legitimidad fuera reconocida.

Cuando el Papado se negó a reconocer la superioridad Espiritual del Emperador se iniciaron, a raíz de las Querellas de las Investiduras, las guerras entre gibelinos y güelfos. Los primeros reconocían dicha Superior legitimidad del Emperador y los segundos eran partidarios de desposeer al Emperador de su competencia sacra y otorgársela en exclusiva al Papa. El que en una época poco propicia (avanzando el Kali-yuga) estas querellas se fueran decantando del lado güelfo-papal no resulta extraño. La consecuencia de ello es doble: por un lado se desacraliza paulatinamente el poder temporal (representado por el Emperador) y, por ende, poco a poco se desacraliza la misma sociedad y por otro lado se empieza a atomizar Europa en repúblicas (como las italianas) y en reinos que irán dando al traste con cualquier tipo de aspiración unitaria Transnacional (el Imperium) basada en principios Superiores y que tiene la función de representar en la Tierra (el microcosmos) el Ordo reinante en el macrocosmos. (3)

Los Ciclos Heroicos relacionados son un ejemplo más que representativo de la posibilidad real que el hombre posee de trazar su rumbo al margen de las adversidades que pueda encontrar en su periplo vital, destruyéndose, así, cualquier visión del mundo y de la existencia marcada por el fatalismo.

El Héroe, pues, no puede surgir -contrariamente a la opinión de algunos autores tradicionalistas- a partir de la casta sacerdotal o brahmana sino de la guerrera o shatriya, pues con la simple fe (actitud pasiva) del sacerdote es imposible operar transmutaciones en el interior del hombre, pero, en cambio, a través de la vía activa consustancial al guerrero sí es más factible pensar en procesos internos (que deben ser activos) de Liberación Espiritual del hombre.

La primera tarea (la interior) que debe, pues, emprender el hombre es la que puede llevarle a Ser Hombre Diferenciado y Absoluto gracias al Despertar, en su fuero interno, de esa Trascendencia pura e Imperecedera de la que la esencia humana no es ajena. Y para ese fin hay que empezar por derrotar a aquellas fuerzas (tamas, echando mano del tantrismo) que, desplegadas en el mundo manifestado, arrastran hacia lo bajo, hacia lo primario, lo pulsional y lo pasional.

Recalquemos que el Héroe es un Iniciado y que, por tanto, si en el terreno del hecho Trascendente se destierra la Iniciación sólo queda la perspectiva religiosa. Sólo quedan, pues, la fe y las creencias en que todos los píos, creyentes, devotos y cumplidores de una serie de dogmas y preceptos religioso-morales (establecidos pensando en las posibilidades de cumplimiento de la mayoría de los mortales) alcanzarán la salvación, en una suerte de democratismo espiritual marcado por la accesibilidad de la masa a la vida celestial, cuando, por el contrario, el Despertar al que va asociada la Iniciación es un logro que sólo una minoría apta y voluntariosa puede alcanzar. Según la perspectiva religiosa no cabe acción transfiguradora interior y la consecuencia de esto es la promoción de un evasionismo en el plano de lo interno que, por lógica consecuencia, acabará afectando al plano externo del individuo conduciéndole a la inacción exterior y a su pasividad ante la posibilidad de cambiar los signos deletéreos de los tiempos.

Hemos ya indicado el porqué, con Evola, sostenemos que debe ser a través del guerrero -y de su arquetipo- mediante quien se pueden operar los actos heroicos Reintegradores. Y lo hemos sostenido negándole esta posibilidad a la figura sacerdotal. Un signo más de esta no aptitud del brahmana para la transustanciación interna vendría dado por un dato básico que ilegitimiza su misma existencia social y que, sencillamente, es el de que esta casta no existía en el Mundo Tradicional sino que su aparición viene directamente ligada con los procesos involutivos que desembocaron en el mundo moderno, al separarse las funciones espiritual y temporal que antes estaban encarnadas por la aristocracia sacro-guerrera-dirigente. Podemos comprobar cómo en civilizaciones como la de la China o el Japón Tradicionales no existía casta sacerdotal o cómo en la antigua Roma tampoco. En ésta los ritos sacros eran oficiados por la élite de un patriciado cuya función dirigente y guerrera también le eran propias; así lo vemos, p. ej., en un Julio César como flamen dialis u oficiante de los ritos sacros consagrados al dios Júpiter. También “en la antigua India aparecen, como proceso involutivo, los brahmanes (a partir de los purohitas, que eran sacerdotes que dependían del rey sacro y cuyo origen hay que buscarlo en cultos dravídicos anteriores a las invasiones de pueblos indoeuropeos) y se convierten en casta dominante. Casta, por tanto, inexistente en el mundo Tradicional, en cuya pirámide social encontramos en primer lugar, en su cúspide, la casta regioguerrera y aristocrática de atributos sagrados, en segundo lugar, por debajo de ella, la guerrera propiamente dicha y en tercer puesto, en su base, la de todos aquellos que se dedican a actividades de tipo económico: comerciantes, artesanos, agricultores, campesinos,…” (4)

En la misma línea señalábamos en su día que “…Sin duda las formas espirituales precristianas –el mal llamado paganismo- habían entrado, desde hacía ya tiempo, en un proceso de decadencia que, por ejemplo, en buena parte del mundo celta había dado pie a la aparición y hegemonía de la casta sacerdotal de los druidas. La irrupción de esta casta coincide con una cierta deriva matriarcal en el seno de muchos pueblos celtas. Antes de darse este declive, el patriarcado del mundo celta corría paralelo al hecho de que los ritos sagrados eran ejercidos por la aristocracia dirigente.” (5)

Por estas razones si nos colocásemos en la problemática que se vivió en el Medievo y que llevó a los enfrentamientos entre gibelinos y güelfos o a la eliminación de la Orden del Temple (que se selló, definitivamente, con la quema en la hoguera de su último Gran Maestre Jacques de Molay, en 1.314, en la îlle des juifs del río Sena, en París) por decisión de unas jerarquías eclesiásticas (personificadas en la figura de Clemente V) que abominaban de todo lo que fuera esoterismo e Iniciación y por decisión, asimismo, de un Estado francés (en la figura de Felipe el hermoso) que quería asentar su poder en forma omnímoda y opuesta a cualquier ideal Imperial como el del Sacro Imperio Romano Germánico al cual los templarios siempre habían apoyado, si nos colocásemos, decíamos, en tal problemática y la enfocáramos desde el punto de vista Tradicional, aplicado a la estructuración social que debe tener cualquier sociedad Tradicional que se precie de ser tal, deberíamos situar en la legítima cúspide de la pirámide social al Emperador y a la élite sacroguerrera que representarían órdenes ascético-militares como la de los templarios. Bajo este primer estamento se hallaría el meramente guerrero y por último el económico-productivo. Siendo de esta manera no cabe, pues, el Papado en un ordenamiento Tradicional ni caben los eclesiásticos (cardenales, arzobispos, obispos, monjes, sacerdotes,…) por representar, todos ellos, un tipo de religiosidad lunar y pasiva.

La adecuada interpretación de la Tradición es la que debería llevar a las certidumbres que estamos sosteniendo. Y las sostenemos por haber visto en Evola el más adecuado intérprete de los parámetros esenciales en que sustenta el Mundo Tradición. Así, p. ej., lo supo también ver un encriptado grupo de personas que allá por los años ´70 de la pasada centuria redactaron una serie de interesantes escritos que bebían del legado Tradicional transmitido por Julius Evola. Se dieron a conocer como los dioscuros (así eran conocidos los hermanos Cástor y Pólux de los que nos habla la mitología griega) y nos dejaron sentencias y reflexiones muy ilustrativas al respecto de las ideas que pretendemos transmitir con el presente trabajo. Algunas de estas sentencias y reflexiones las relacionamos a continuación:

“…ni se llegue a un compromiso consigo mismos fingiendo encerrarse en una torre de marfil en la cual se espera el último derrumbe, el dicho justo sea en vez ´si cae el mundo un Nuevo Orden ya está listo´”.

“´Existe quien no tiene armas, pero el que las tiene que combata. No hay un Dios que combata por aquellos que no están en armas´. Tal es la invitación a la lucha dirigida por el maestro pagano Plotino”.

“Sólo del hombre y exclusivamente de él dependerán las elecciones futuras”.

“No hay justificación o comprensión, sino inexorable condena hacia aquellos que, teniendo las posibilidades no combaten y que por inercia se dejan abandonar en forma masoquista a un perezoso fatalismo”.

“Preparar silenciosamente las escuadras de los combatientes del espíritu para que, si y cuando los tiempos se tornen favorables, este tipo de civilización pueda ser destruida en sus raíces y ser sustituida con una civilización normal. Recordando siempre al respecto que los tiempos pueden ser convertidos en favorables y que el hombre es el artífice del propio destino”.

“No existe una condición externa en la cual no se pueda sin embargo estar activos por sí y para los otros”.

“Ha habido una indulgencia en femeninas perezas permaneciendo en la espera de lo que debe acontecer, casi como si se tratara de un buen espectáculo televisivo en el cual el espectador no está directamente implicado”.

“La espera pasiva y mesiánica no pertenece al alma occidental”.

“Verdad tradicional que justamente en la edad oscura son preparadas las semillas de las cuales surgirá el Árbol del ciclo áureo futuro, por lo que nunca, ni siquiera en la época férrea, la acción tradicional se perderá”

“El prejuicio materialista remite las causas de los acontecimientos únicamente a fenómenos de carácter natural. A tal obtusa concepción nosotros oponemos resueltamente la enseñanza según la cual cada pensamiento viviente es un mundo en preparación y cada acto real es un pensamiento manifestado”.

“Nosotros encendemos tal llama, en conformidad con el precepto ariya de que sea hecho lo que debe ser hecho, con espíritu clásico que no se abandona ni a vana esperanza ni a tétrico descorazonamiento.” (6)

El hombre de alma pasiva y mesiánica (del que hablaban los dioscuros) aceptará con bíblica resignación el destino que le ha impuesto su dios y, a diferencia del Héroe Solar, nunca pensará en rebelarse contra sistemas políticos antitradicionales, injustos, alienantes y explotadores.

El Hombre de la Tradición, por contra, más que amilanarse por la tremenda dificultad de encontrar el Norte que supone el vivir en la etapa crepuscular de la Edad Sombría o Kali-yuga, más que amilanarse verá en ello una oportunidad de arribar más Alto que, tal vez, donde hubiera podido llegar en otras edades no tan abisales del discurrir del hombre por la existencia terrena, pues al encontrarse en las ciénagas más espesas necesita de un mayor impulso para salir de ellas y este mayor impulso le puede catapultar mucho más Arriba: a la actualización del Principio Eterno que aletarga en su fuero interno.

La Tradición concibe que el Hombre Diferenciado puede entrar en las moradas celestiales dando una patada en las puertas del Cielo, sin complejos de inferioridad, mirando cara a cara a la divinidad, de tú a tú. Y, más aun, puede aspirar a superar la esencia de los mismos dioses o numens (como parte de la manifestación que éstos son) para pasar a Ser uno con el Principio Primero que se halla por encima y más allá del mundo manifestado.

En contraste con el Héroe Olímpico que nunca supo ni sabe de complejos de inferioridad ni de ineptitudes cuando miraba y mira a la Trascendencia encontramos al hombrecillo producto del mundo moderno alicorto e incapaz de arribar al Despertar a la Realidad Metafísica. Hombrecillo al que, p. ej., ya vemos cómo en la antigua Roma los Libros Sibilinos (7) obligan a practicar la genuflexión dentro del contexto representado por el alejamiento del mundo romano con respecto al Ciclo Heroico que le fue propio.

Hemos tratado en otro lugar de la Doctrina de las Cuatro Edades (8) y de la posibilidad heroica de ponerle freno a la espiral desintegradora e involutiva que ella nos explica. Autores como René Guénon nos han hablado (9), a partir del estudio de los textos Sapienciales del hinduismo, de la duración de cada una de las cuatro edades de que consta un Manvântara o ´ciclo de humanidad´, diciéndonos que la Edad de Oro, Satya-yuga o Krita-yuga tiene una duración de 25.920 años, la Edad de Plata o Trêta-yuga 19.920, la Edad de Bronce o Dvâpara-yuga 12.960 y la Edad de Hierro, del Lobo o kali-yuga 6.480. Igualmente afirma el Tradicionalista francés que nos hallamos en una fase avanzada del kali-yuga. Nótese que la duración de cada edad sigue una proporción de 4, 3, 2, 1, lo cual nos hace comprender que cada edad dura menos que la anterior en cuanto comporta un mayor nivel de decadencia, tal cual acontece con la bola de nieve que a medida que va bajando por la pendiente de la montaña se va haciendo mayor al igual que la velocidad que va tomando: su aceleración acaba resultando ciertamente vertiginosa. Si la Edad de Oro equivale al Mundo de la Tradición Primordial y puede ser calificada como la Edad del Ser y de la Estabilidad (de ahí su mayor duración) las restantes edades comportan la irrupción de un mundo moderno que puede, a su vez, ser denominado como mundo del devenir y del cambio (de ahí la cada vez menor duración de sus sucesivas edades). En verdad, no en balde, se puede constatar que en los últimos 50 años la vida y las costumbres han cambiado mucho más de lo que habían cambiado en los 500 años anteriores. Los traumáticos conflictos generacionales que se sufren, hoy en día, entre padres e hijos no se habían dado nunca en épocas anteriores (al menos con esta intensidad) debido a que los cambios en gustos, aficiones, hábitos y costumbres se sucedían con más lentitud. Los cambios bruscos, frenéticos y continuos propios de nuestros tiempos han dado lugar a lo que Evola definió como el hombre fugaz. Hombre fugaz que es el propio de la fase crepuscular por la que atraviesa la presente Edad de Hierro, caracterizada (esta fase) no ya por la hegemonía del Tercer ni del Cuarto Estado o casta (léase burguesía y proletariado) sino por la del que, con sagacidad premonitaria, Evola había previsto, pese a no haber vivido, como preponderancia del Quinto Estado o del financiero o especulador propio del presente mundo globalizado, gregario y sin referentes de ningún tipo. Este sujeto hegemónico en el Quinto Estado equivaldría al paria de las sociedades hindúes que no es más que aquél que ha sido infiel, innoble y disgresor para con su casta y ha sido expulsado del Sistema de Castas para convertirse en alguien descastado y sin tradición ni referentes. El hombre fugaz no se siente jamás satisfecho, vive en continua inquietud y convulsión. Su vacío existencial es inmenso y nada le llena. Intenta distraer dicho vacío con superficialidades, por ello su principal objetivo es poseer, tener y consumir compulsivamente. Cuando consigue poseer algo enseguida se siente insatisfecho porque ansía poseer otra cosa diferente, de más valor económico o de mayor apariencia para así poder impresionar a los demás. Y es que el mundo moderno es el mundo del tener y aparentar, en oposición del Mundo Tradicional que lo es del Ser. Este hombre fugaz se mueve por el aquí y ahora, pues lo que desea lo desea inmediatamente, no puede esperar. Su agitación no le permite pensar en el mañana.

El politólogo Samuel Huntington habló del fin de las ideologías (la llamada postmodernidad), bien que pensando que con el fin del comunismo en el poder, escenificado con la Caída del Muro de Berlín, se rendía el orbe a las excelencias del capitalismo liberal. Aunque más bien el mundo caía en manos de los caprichos del capitalismo financiero, alma de la globalización. Las ideologías que surgieron como consecuencia de los efectos nefastos que acarreó la Revolución Francesa habían quedado relegadas a un muy segundo lugar. Un cierto altruismo que aún conservaban los adalides del liberalismo y del marxismo cuando más que pensar en sus satisfacciones personales pensaban en un futuro (al que más que probablemente ellos no llegarían a conocer) de paraíso liberal (con provisión ilimitada de bienes de consumo) o comunista (con el triunfo definitivo del proletariado y la desaparición de cualquier superestructura), ese cierto altruismo, decíamos, quedaba defenestrado con el fin de las ideologías y el advenimiento del Quinto Estado con la hegemonía del hombre fugaz egoísta e individualista por antonomasia. (10)

Ante este desolador panorama actual sin duda resulta más difícil derrotar a los fantasmas del fatalismo e insuflar la convicción de que se puede voltear semejante emponzoñado estado de cosas.

Un cierto determinismo expele el posicionamiento de quienes interpretando los datos aportados por Guénon se han aventurado a datar los inicios y finales de cada una de las Cuatro Edades de que consta un manvântara. Así tenemos que se ha escrito que la Edad de Oro habría empezado el año 62.800 a. C. para acabar el 36.880 a. C. La Edad de Plata habría, lógicamente, comenzado con el fin de la anterior y se habría alargado hasta el año 17.440 a. C. Tras acabar ésta se habría dado paso a una Edad de Bronce que habría concluido en el 4.480 a C. Finalmente este último año sería cuando se habría iniciado la actual Edad de Hierro; la cual concluiría el año 2.000 d. C…

En otros sitios se puede observar cierta variación en cuanto a la datación de las Cuatro Edades, situando el comienzo del Kali-yuga el año 3.012 a. C., su mitad el año 582 a. C., el inicio de su crepúsculo el año 1.939 d. C. y en el 2.442 d. C. el final de la Edad de kali (esa especie de demonio de piel oscura de la que nos habla el Bhagavad Purana) o de la que ya los textos Sacros de la Tradición hinduista denominaron era de la riña y de la hipocresía.

Contrariamente a Guénon, Evola nunca habló de la duración de cada yuga o edad, porque para el gran intérprete romano (aunque siciliano de nacimiento) de la Tradición ello suponía un cierto tic fatalista de no poca consideración. Datar el año exacto de inicio y fin de una Edad comporta no creer en que el hombre, si se lo propone, puede convertirse en protagonista de su andadura existencial y de la andadura de sus comunidades. Pues el hombre es libre para Despertar al igual que lo es para condenarse. Sin duda la duración de cada yuga que hemos visto, párrafos atrás, en Guénon anda en relación directa con las dinámicas propias de las fuerzas sutiles que forman el entramado del Cosmos y que pueden adoptar un cariz disolvente para el hombre o, por contra, reintegrador de su Unidad perdida. De estas dinámicas nos habla el I Ching o Libro de las Mutaciones y entiende, asimismo, una deriva del mismo cual es el Tao-tê-king de Lao-tsé. Según estas enseñanzas aportadas por ambas fuentes Tradicionales de Ciencia Sagrada llega un momento en el que la expansión de ciertas fuerzas catagógicas o alienantes llega a tal punto que deberá detenerse, para después retroceder y dejar que el espacio que habían ocupado pase a ser enseñoreado por fuerzas de índole anagógica o Elevadora. Se habría, de esta manera, puesto punto y final al kali-yuga para dar paso a otro nuevo ciclo humano o manvântara con el inicio de una nueva Edad de Oro o Satya-yuga (Edad de Sat -Ser, en sánscrito). Sin duda en la mentalidad de Evola datar con exactitud cuándo estos cambios cósmicos acontecen significaba anular el protagonismo y la libertad del hombre a la hora de trazar el cauce de su andadura. Para el maestro italiano se trataba de aprovechar los estertores del predominio de las fuerzas catagógicas para ponerle fin a su hegemonía cuanto antes mejor. Y se trataba, asimismo, de acabar con la pasividad fatalista del hombre moderno con el objeto de que dichos estertores no se alargaran más allá de lo que los textos Tradicionales habían calculado (sin duda, de modo aproximativo). Por otro lado, volvemos a reincidir en el tema clave de este ensayo en el sentido de que incluso en pleno auge hegemónico de fuerzas disolventes el hombre no debe renunciar a la gesta Heroica de Reconstituir en sí mismo la Unidad perdida y de Restaurar el Ordo Tradicional (sea, eso es otro cantar, de manera más o menos duradera).

En una de las dataciones que hemos aportado hemos indicado que la mitad de la Edad de Hierro tendría lugar el año 582 a. C. Vamos a aprovechar esta fecha por tratarse de un s. VI a. C. sobre el que Guénon vertió una serie de reflexiones dignas de comentar. Para éste, no obstante, la mitad del kali-yuga había acaecido antes. Se queja el Tradicionalista francés (12) de las conclusiones vertidas por la historiografía al uso por haber catalogado como de oscurantista todo lo acontecido antes de ese siglo y porque dicha historiografía oficial hace comenzar en el transcurso de dicha centuria la etapa de “civilización” del mundo clásico cuando, en cambio, según su parecer (el de Guénon) existe una continuidad con los siglos anteriores y más concretamente con las vetas de Tradición que aún existían. Así pues, para él la aparición del pitagorismo en aquel siglo, en Grecia, no supone ningún punto de inflexión en ningún sentido sino que representa una readaptación del orfismo. La irrupción del segundo Zaratrusta (este nombre equivaldría más a una función que a una persona) en Persia también supondría una adecuación del mazdeísmo. La elaboración del Confucionismo (siempre durante el mismo siglo) en China sería el aporte ideal de códigos sociales y éticos destinados a una mayoría no apta para aprehender las Verdades Metafísicas que ofrecía el taoísmo para una minoría metafísicamente apta. Sí, como primera excepción a lo dicho, contempla Guénon un punto de inflexión en la aparición de la filosofía en Grecia, pues a su loable motivo de aparición (inscrito etimológicamente en el mismo vocablo filosofía: amor a la sabiduría) le sucede la problemática de la adopción de herramientas humanas (los métodos especulativo y discursivo) para intentar comprender Realidades Suprahumanas como lo son las Realidades Metafísicas (11); sin obviar la deriva posterior que, en cuanto a los fines de sus elucubraciones, protagonizaron muchos filósofos y muchas escuelas filosóficas (cada vez en mayor número a medida que discurría el tiempo). Y como segunda excepción considera Guénon que la aparición del budismo en el s. VI a. C. supone una caída con respecto al hinduismo imperante en la India, pues opina que el budismo estaría atentando contra la jerarquía consustancial a cualquier sociedad Tradicional al abrírsele la posibilidad de acceso a la Realidad Absoluta a cualquier hombre, independientemente de la casta a la que pertenezca, que tenga la aptitud y la voluntad para intentarlo; además de sopesar como de antitradicional el que quien sigue la vía del budismo abandona su pertenencia social a la casta en la que nació. Para Guénon, con toda seguridad, sólo el brahman o sacerdote podría aspirar al acceso al Plano de la Trascendencia. Para Guénon, tengámoslo en cuenta, sólo el brahman puede Restaurar la Tradición perdida.

Contrariamente a lo expuesto por Guénon, Evola no considera la aparición del budismo como un punto de involución con respecto al hinduismo sino como un punto de superación con respecto a un hinduismo que había caído en un ritualismo vacío y le había dado la espalda al esoterismo. El budismo, además, es fundado por Gautama Siddharta: un shatriya miembro de uno de los linajes guerreros más tradicionalmente valerosos de la India (Shankya). Para Evola, la formulación del budismo constituye, pues, un acto Heroico protagonizado por alguien perteneciente a la única casta capaz de emprender gestas de Reconstitución de la Tradición. Para Evola el budismo no atenta contra la jerarquización social Tradicional y no lo hace por dos motivos: uno, porque la estratificación social de la India de entonces no se puede definir como de Tradicional, ya que las funciones sacra y guerrero-dirigente se hallan divididas entre brahmanes (que profesan, además, un tipo de religiosidad lunar) y shatriyas y no se encuentran, como correspondería a un Ordenamiento Tradicional, encarnadas en una misma élite. Y el otro motivo por el que el budismo, en opinión de Evola, no atenta contra la jerarquización social del Mundo Tradicional es que para el Hombre Superior -y tan solo para este tipo de Hombre- no deben existir normas, morales ni reglamentos (entre ellos los que exige cumplir una casta para con sus miembros) que puedan ejercer el papel de cortapisas y obstáculos para aquél que pretende elevarse más allá de su condición humana con el fin de acceder a una de tipo Suprahumano. Sí, en cambio -como no podía ser de otro modo- en el parecer de Evola el resto de personas (que no tienen la capacidad y/o la voluntad de encarar la praxis de las Realidades Suprasensibles) debe someterse al sistema Tradicional estamental que ayudará a gobernar sus vidas, ya que estas personas no son capaces de llegar a autogobernarse; a ser señores de sí mismos.

Si el Hombre de la Tradición es un Hombre que no conoce de fatalismos paralizantes huelga comentar que tampoco concibe de la existencia de determinismos inmovilizantes con respecto a la aspiración de emprender cualquier empresa Superior:

-Ni determinismos de casta, por más que los miembros de unas (guerreros) sean más propicios para emprender actos Heroicos que los de las restantes o resulten más aptos para llegar a estados de conciencia más sutiles de la Realidad Suprasensible; o para llegar, incluso, más allá de cualquier Realidad sutil.

-Ni determinismos históricos (el determinismo histórico que, de acuerdo a los postulados del materialismo dialéctico, postula que la historia se hace a sí misma: tesis más antítesis= nueva tesis; o igual a cambios y nueva etapa histórica). El historicismo considera al hombre como sujeto pasivo, sin posibilidad de escribir la historia por sí mismo; sin posibilidad de hacer historia. Ésta última sería algo así como una entidad con vida autónoma cuyas nuevas manifestaciones no serían más que la consecuencia de su misma dinámica interna y en las cuales el ser humano no tendría ningún papel activo. La dinámica económica, social, cultural y política de un período dado serían la lógica, fatal, e inevitable, consecuencia de la que aconteció en la etapa anterior.

-Ni determinismos religiosos concretados en un dios omnipotente que hace y deshace a su antojo y sin que, fatalmente, el hombre-criaturilla pueda hacer nada para marcar su propio rumbo.

-Ni determinismos ambiental-educativos que condicionen totalmente el camino a elegir y a seguir por el hombre.

-Ni determinismos cósmicos en la forma de un Destino que todo lo tiene irremisiblemente programado de antemano.

Y que para el Hombre Verdadero no existen determinismos cósmicos se cerciora si se tiene presente el que todas las doctrinas Sapienciales nos hablan de fuerzas (o numens) que interactúan armónicamente en el Cosmos. La dinámica de estas fuerzas cósmicas influye en la existencia de los hombres y en el devenir de los acontecimientos, pero no de manera fatalista e insoslayable. El Mundo Tradicional ofició, siempre, ritos sagrados que hacían posible el conocimiento de cuáles eran las dinámicas que, en un momento determinado, seguían o seguirían dichas fuerzas cósmicas, pero también ofició sacrificios (oficios o ritos sacros) que tenían como objetivo el poder influir –a favor propio- sobre estos numens para hacerlos propicios en momentos en que podían no serlos para los intereses personales o de la comunidad. Es por lo cual que con estos sacrificios el hombre podía labrarse su propio destino operando sobre determinadas dinámicas cósmicas que, en ciertos momentos, no les eran favorables.

Evola sabía que dichas dinámicas influían en el hombre (que comparte fuerzas sutiles con el Cosmos), pero también era consciente de que influir no significa fijar ni significa determinar irremisiblemente. Además, hay siempre que tener presente que el que ha elegido con éxito la vía de la transustanciación interior vence todas estas influencias porque se encuentra por encima de cualquier numen o fuerza cósmica: se halla por encima de cualquier atisbo (por muy sutil que éste sea) del mundo manifestado porque ha realizado en sí la Gran Liberación y el total descondicionamiento.

El Héroe se niega a ser arrastrado por la corriente porque está convencido de que nada puede a su voluntad y de que, por tanto, puede sobreponerse al accionar de las leyes cósmicas. Está convencido de que la libertad que ha conseguido en su interior (su descondicionamiento con respecto a cualquier atadura y determinismo) le ha hecho invulnerable a estas leyes cósmicas, a estos numens; en definitiva, al Destino.

El mundo nouménico constituido por todo un entramado de fuerzas sutiles explica la armonía y el dinamismo del cosmos. Y en consonancia y en armonía con ese mundo nouménico es como deben estar dinamizadas las fuerzas sutiles del ser humano, ya que si éstas no están armonizadas con sus análogas del resto del cosmos discurrirán a tal fuerte contracorriente que acabarán por desarmonizarse también entre ellas mismas (en nuestro interior). De aquí, pues, la importancia que en el Mundo de la Tradición se le dio siempre a la realización y correcta ejecución de los ritos sagrados. Ritos que tenían o bien la finalidad de hacer conocer a sus oficiantes cuál era la concreta dinámica cósmica de un momento dado, bien con tal de no actuar aquí abajo contrariamente a dicha dinámica (en batallas, empresas arriesgadas, en la elección del momento de la concepción de la propia descendencia o del momento más idóneo para contraer matrimonio o para coronar a un rey,…) o bien con tal de poder adoptar las medidas apropiadas para actuar a sabiendas de que se hará a contracorriente de ese mundo Superior. O bien estos ritos se efectuaban con la intención de que fuesen operativos, esto es, de que tuviesen el poder de actuar sobre ese mundo Superior para (en la medida en que fuera posible) modificar su dinámica y hacerla favorable –o menos antagónica- a las actuaciones que se quisieran llevar a cabo aquí abajo.

Hay quien se pregunta por las razones por las cuales hombres como el de origen indoeuropeo, que tan adecuadamente conoció de este tipo de ritos operativos y los ejecutó y que protagonizó siempre tantos Ciclos Heroicos, ha podido hundirse en simas tan profundas como en las que se halla a día de hoy. Seguramente ha sido el que más aceleración le ha impreso a su caída; cierto es que en el actual estado de globalización, por el que atraviesa todo el planeta, prácticamente todos los pueblos del orbe se han igualado en niveles de sometimiento a los dictados de la materia y de lo infrahumano.

Seguramente para encarar la respuesta a esa pregunta habría que empezar resaltando la evidencia de que el hombre indoeuropeo (antes de la postración en la que caído) siempre fue muy dado a la libertad, tanto en lo social, como en lo político y en lo Espiritual. Por ello siempre conformó sociedades de tipo comunal y orgánico unidas a entes políticos superiores (el Regnum y, mejor aun, el Imperium) por el mero principio de la Fides y no por la fuerza ejercida desde las altas jerarquías. Por ello, también, aspiró siempre a la suprema libertad: la libertad interior que se obtiene tras un duro, riguroso y metódico ascesis que no es otra cosa que la Iniciación y en cuyos estadios iniciales pugna por el descondicionamiento del Iniciado con respecto de todo aquello que lo mediatiza y esclaviza.

Siempre, repetimos, fueron muy propias del mundo indoeuropeo el tipo de sociedades orgánicas (como corresponde a cualquier sociedad que se precie de Tradicional) que no basan, por tanto, su cohesión a través de la fuerza material ejercida por los que detentan el poder sino que basan su unidad en la libre elección hecha (a través de la fides juramentada al Regnum o al Imperium) por los entes sociales o políticos que armónica y orgánicamente las componen.

Este hombre mostró muy a menudo su capacidad de ser señor de sí mismo (de autogobernarse y autodominar su mundo psíquico), sin que, por tanto, necesitase que le reglamentaran todos los aspectos de su vida cotidiana hasta el más ínfimo detalle; como, por el contrario, aconteció siempre –y acontece- con otros pueblos –pelásgicos, semitas,…- cuyas religiones ordenaron –y/u ordenan- hasta el extremo, mediante normas y dogmas, toda la existencia de sus miembros. Para la élite Espiritual de ese hombre indoeuropeo cualquier ligadura social y moral hubiera representado un obstáculo en medio de la vía de descondicionamiento que estaba recorriendo.

Pero, cuando dicho hombre se aleja de la Tradición y rompe, por tanto, con lo Alto no halla en su caída ni férreas morales ni dogmas ni reglamentaciones omnipresentes que atenúen dicha caída; morales y dogmas que, al modo de ataduras, si bien le hubieran impedido Ascender también le hubieran evitado el estrellarse, de forma tan estrepitosa y categórica, contra los abismos.

Aquí podemos encontrar las razones de esa caída libre que este hombre viene protagonizando. Caída libre no fatal ya que, no lo olvidemos, siempre puede ser frenada en acto heroico que, de realizarse, le puede volver a catapultar desde lo más bajo hacia lo más Elevado.

Hemos señalado, a lo largo de este escrito, ciertas discrepancias de enfoque habidas entre Julius Evola y René Guénon. Se trata de unas discrepancias que no afectan a las coincidencias básicas que ambos Tradicionalistas mostraron en sus disecciones del Mundo Tradicional y sus denuncias del mundo moderno, pero no está carente de relevancia el que sigamos mostrando alguna otra divergencia, por cuanto está íntimamente relacionado con el tema del presente trabajo. Se trata de una divergencia que ambos autores estuvieron, a finales de los años ´20 del s. XX, dirimiendo en forma epistolar y que ha sido agrupada bajo la cabecera de “Polémica sobre la metafísica hindú”. Evola denuncia algunos ciertos contenidos del libro de Guénon “El hombre y su devenir según el Vedânta” en el sentido de los peligros evasionistas a los que puede conducir el vedântismo (sobre todo el vedântismo advâita) que tuvo a bien exponer Guénon en dicha obra (13). Es así como Evola lo percibe cuando opina sobre esta interpretación de los Vedas que es el Vedânta. En tal línea el maestro italiano afirma que “el punto de vista del Vedânta es que el mundo, procedente de estados no manifestados, vuelve a sumergirse en ellos al final de cierto período, y ello recurrentemente. Al final de tal período, todos los seres, bon gré mal gré, serán por tanto liberados, ´restituidos´.” Evola nos advierte del fatalismo que envuelve a estas creencias y nos advierte de que si el hombre, junto a toda la manifestación, volverá a Reintegrarse en el Principio Supremo del que procede y será, así, restituido a lo Eterno e Inmutable no se hace necesaria ninguna acción: ni interna tendente a la Liberación ni externa que apunte a la Restauración del Orden Tradicional, ya que, tarde o temprano, toda la humanidad (así como todo el mundo manifestado) acabará Liberada cuando haya sido reabsorbida por el Principio Primero. Ni que decir tiene la pasividad a la que dichas creencias pueden llevar.

Igualmente nos advertía Evola de que considerar, tal como hace el Vedânta, al mundo manifestado como mera ensoñación (Mâya) puede abocar a posturas evasionistas con respecto al plano de la inmanencia. Puede llevar al refugio en el Mundo de la Trascendencia y a dar la espalda a una realidad sensible sobre la que el Hombre Tradicional debe tener muy claro que debe actuar para sacralizarla y convertirla en un reflejo de lo Alto (recuérdese el Imperium, en el microcosmos, como reflejo del Ordo macrocósmico). De no actuar en este sentido nos olvidaríamos -empleando terminología del hermetismo alquímico- del coagula que debe seguir al solve en todo proceso de metanoia o transformación interna; nos olvidaríamos, pues, de la materialización del Espíritu que debe seguir a la fase de Espiritualización de la materia propia de los procesos Iniciáticos.

No es nuestra intención la de resaltar desavenencias doctrinales entre Evola y Guénon sino la de hacerlo sólo si tienen una incidencia directa en el tema que estamos trabajando en este escrito. Pocos años después de haberse producido esta discrepancia epistolar, el mismo Evola reconocía, en un artículo intitulado “René Guénon, un maestro de los tiempos nuestros”, la alta competencia Tradicionalista de Guénon y lo imprescindible de su obra; opinión que no podemos por menos que compartir.

Pensamos que a lo largo de todas estas líneas ha quedado bien aclarada la postura existencial que defiende Evola como aquélla que debe adoptar cualquier persona que vea en la Tradición Perenne el faro y la luz que debe guiar su existencia. Esta postura ha quedado claro que es la de la vía de la acción (que puede convertirse en heroica) y la del rechazo a concepciones deterministas, fatalistas, evasionistas, pasivas e inmovilizantes. La lucha (interna y externa) debe ser el arma utilizada por el hombre que aspire a Restaurar lo Permanente y Estable frente a lo caduco y corrosivo del mundo moderno. La lucha externa le hará siempre concebir, a Evola, la esperanza de acabar con las manifestaciones políticas, económicas, sociales y culturales combatiéndolas en lid directa con el fin de abatirlas y hacer triunfar un nuevo Ciclo Heroico en plena Edad del Lobo. Esta esperanza y este objetivo son los que transmiten libros suyos que no son precisamente de los primeros que escribió en su definitiva etapa Tradicionalista: obras tales como “Orientaciones” (1.950) y “Los hombres y las ruinas” (1.953). Más adelante se apercibió de que pese a la inconsistencia interna de que hacía gala la modernidad los aparatos políticos que le eran propios a ésta se habían dotado de una fuerza represiva tan fuerte que resultaba casi ilusorio el aspirar a acabar con ella, por lo cual Evola creyó que antes que enfrentarse directamente con el Sistema que abanderaba los antivalores propios del mundo moderno se hacía más conveniente emplear otra táctica también extraída de las enseñanzas del Mundo Tradicional; concretamente de las enseñanzas extremoorientales. Y esta táctica no era otra que la de “Cabalgar el tigre” (14) y que nos transmitió en una obra homónima escrita por él el año 1.961. Para Evola ´cabalgar el tigre´ es adoptar tácticas como la de fomentar las contradicciones de nuestro degradante mundo moderno y del Establishment que lo sustenta y que a la vez es su consecuencia. Se trata de fomentar sus contradicciones y ponerlas de manifiesto y en evidencia. El desarrollo de sus contradicciones debe provocar tales tensiones, fricciones, desajustes y desequilibrios que acabe en el estallido de todo el entramado plutocrático materialista de este orbe globalizado (que Evola definió como el de la hegemonía del Quinto Estado) y que dé, en consecuencia, paso a una nueva Edad Áurea. Sin la acción heroica del hombre el final de esta etapa terminal de la Edad de Hierro podría prolongarse más de lo que las dinámicas cósmicas podrían indicar. ´Cabalgar el tigre´ que representa el mundo moderno hasta que éste se agote y llegue a su fin, en lugar de enfrentarlo directamente, pues, de este modo, el tigre nos destrozaría.

Evola contempla los procesos disolventes por los que se atraviesa y piensa que el principio de ´Cabalgar el tigre´ se puede, también, aplicar en el plano interno en el sentido de utilizar los venenos (como el sexo, el alcohol, las drogas, ciertos bailes/ritmos frenéticos,…) -que, por su naturaleza o por su omnipresencia, embriagan a la modernidad crepuscular- como medio de alterar el estado de conciencia ordinario y hacer más accesible el paso a otros estados de conciencia superiores. Sobra señalar lo peligroso de esta vía de la mano izquierda (como la definió el tantrismo), vía húmeda (en términos hermético-alquímicos) o vía dionisíaca por cuanto aquél que se aventura por el camino de la Iniciación y elija el tránsito por esta vía sin la preparación ardua de descondicionamiento previo seguramente se verá desgarrado y devorado por el tigre de estos venenos y convertido en adicto y en esclavo de ellos. Es por ello que sólo unos pocos hombres cualificados son aptos para aventurarse por semejante peligrosa vía de acceso a planos Superiores de la realidad.

Por otro lado se precisa no dejar de señalar que los tipos de más alta prestación Espiritual no necesitan de ayudas externas, en la forma de estos venenos, para que su conciencia pueda penetrar en la esencia de otro tipo de planos suprasensibles de la realidad, sino que será por su propia preparación metódica encarada al dominio y eliminación de su submundo emocional, pulsional e instintivo como habrá dado los primeros pasos para -tras aplicar otro tipo de rigurosas técnicas y de estrictos ejercicios de concentración, visualización,…- iniciar el acceso al conocimiento de otras realidades de orden metafísico y para hacer efectiva su progresiva transformación interior (la del Iniciado). Estaríamos hablando, ahora, de la vía de la mano derecha, vía seca o apolínea.

De aquel Hombre que es capaz de ´convertir el veneno en remedio´ también se pueden aplicar expresiones como aquélla que afirma que ´la espada que le puede matar, también le puede salvar´ o la que asevera que ´el suelo que le puede hacer caer, también le puede servir para apoyarse y levantarse´. Sin duda se trata de otra vía heroica adoptada por un Hombre para el que no existen situaciones -por muy irreversibles y fatales que puedan parecer- ante las que no se pueda actuar, ya sea luchando de frente o, como en este caso acabamos de explicar, cabalgando el tigre.

Ha quedado claro a lo largo de todo este escrito el que para el Hombre de la Tradición no existe fatalismo ninguno que le relegue a un vegetar pasivo y ovino a la espera de cambios predeterminados que le vendrán de fuera y cuyo cumplimiento le será totalmente ajeno a su voluntad. Ha quedado diáfana la idea de que las potencialidades Espirituales que anidan aletargadas en su seno interno pueden actualizarse y Liberarlo. Y no querríamos concluir este trabajo sin recurrir a una imagen sugerente que nos llega del hinduismo y que nos presenta a la diosa Shakti (símbolo de la fuerza sutil que se conoce con el mismo nombre: shakti) bailando alrededor del dios Siva (o Shiva: representación del Principio Supremo y Primero) y habiendo finalmente logrado, con su danza erótica, que el miembro viril de él se vigorice. Vigorización que no representa otra cosa que la de actualización del Espíritu dormido que, en potencia, albergamos en nuestro interior. No otra, sino ésta, es el gran reto heroico que debe acometer el hombre que aspire a convertirse en Hombre Diferenciado, para el que las adversidades son retos y no obstáculos impregnados de un fatalismo insalvable.

NOTAS:

(1) Consúltese nuestro escrito “Cosmovisiones cíclicas y cosmovisiones lineales”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/27/cosmovisiones-ciclicas-y-cosmovisiones-lineales/

(2) “Los ciclos heroicos. Las doctrinas de las cuatro edades y de la regresión de las castas y la libertad en Evola”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/los-ciclos-heroicos/

(3) Esta idea del Imperium fue desarrollada en nuestro ensayo “El Imperium a la luz de la Tradición”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/el-imperium-a-la-luz-de-la-tradicion/

(4) Aparecido en nuestro “Jerarquía y trifuncionalidad”: https://septentrionis.wordpress.com/2010/02/14/jerarquia-y-trifuncionalidad/

(5) Ídem.

(6) Pueden leerse estas reflexiones y sentencias, y otras más, en los volúmenes 1, 2 y 3 de “La magia como ciencia del Espíritu”, editados por Ediciones Heracles en 1.996.

(7) Para una profundización mayor en la problemática que la aparición de los Libros Sibilinos supuso en la antigua Roma se puede consultar el capítulo titulado “Los Libros Sibilinos” que forma parte de nuestro escrito “Evola y el judaísmo (Segunda parte)”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/28/evola-y-el-judaismo-2%c2%aa-parte/

(8) “Los ciclos heroicos. Las doctrinas de las cuatro edades y de la regresión de las castas y la libertad en Evola”. Op. cit.

(9) “Algunas observaciones sobre la doctrina de los ciclos cósmicos”, artículo de René Guénon editado por Ediciones Obelisco en 1.984, junto a otros textos, dentro del volumen “Formas tradicionales y ciclos cósmicos”.

(10) Para un mejor entendimiento de la Doctrina de la Regresión de las Castas volvemos a remitirnos a nuestro artículo “Los ciclos heroicos. Las doctrinas de las cuatro edades y de la regresión de las castas y la libertad en Evola”.

(11) Este tema fue estudiado en nuestro redactado “Ciencia sacra y conocimiento”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/05/ciencia-sacra-y-conocimiento/

(12) “La crisis del mundo moderno”. Capítulo I: “La Edad de sombra”. Editorial Obelisco. 1ª edición de 1.982 y 2ª edición de 1.988.

(13) Problemática tratada en nuestro “Críticas de Evola al Vedânta”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/09/criticas-de-evola-al-vedanta/

(14) Se puede consultar nuestro escrito “Cabalgar el tigre”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/28/cabalgar-el-tigre/



Evola y el judaismo (2ª parte)
julio 28, 2009, 9:19 pm
Filed under: Eduard Alcántara, Julius Evola

No hace mucho publicamos bajo este mismo título un texto en el que se trazaban las coordenadas que al decir de Julius Evola definían la esencia del pueblo judío, sus grandes (y/o a menudo diversificados) rasgos actitudinales, las causas profundas de su/s manera/s de actuar y el papel que el judaísmo podía haber ejercido en los procesos de decadencia por los que se ha visto arrastrado -especialmente- el llamado Occidente en los períodos que la historiografía oficial conoce como la edad moderna y la contemporánea.
     Quedó bien clara entonces la profundidad de los análisis realizados por nuestro egregio autor, que le alejaba drásticamente de cualquier intención y proceder panfletarios y demagógicos. En esta línea nos fue dado afirmar que:
     “Julius Evola, impregnado de ese sentido Superior y Metafísico de la existencia inherente a la Tradición, abordó desde sus más genuinas raíces todo tipo de cuestión doctrinal y de asunto político, social o cultural. Y para la cosmovisión Tradicional estas genuinas raíces se sitúan en un plano Suprasensible y tienen, por tanto, mucho que ver con el hecho espiritual. Es así que el mismo tema de la cuestión judía fue analizado por Evola abordando en primer lugar y como causa primera, y más importante, de toda su problemática los avatares religiosos por los que ha ido pasando el judaísmo a lo largo de su devenir. Evola, pues, nos ofrece un enfoque del tema judío mucho más completo e integral que la mayoría de las interpretaciones al uso. Y es que puede ser que se haya tenido acceso a detallados y acertados estudios sobre el psiquismo y la caracterología de los judíos pero difícilmente estos estudios abordan las causas con las se pueden explicar las peculiaridades de la psique de la generalidad de los judíos; y si se han embarcado en la tarea de discernirlas no han mostrado competencia para adentrarse en el ámbito de lo espiritual, que es el que nos da las claves originales del accionar del judío. Sobre esta indispensable base Evola, con su singular agudeza, desgrana los principales episodios y las más influyentes corrientes “culturales”, de pensamiento, políticas y científicas que han ejercido un papel de acelerador de los procesos de decadencia y de disolución por los que transita, de manera vertiginosa, “nuestro” deletéreo mundo moderno. Y en este desgrane el gran intérprete italiano de la Tradición nos muestra el contundente protagonismo que ha tenido el elemento judío en la obra de demolición de los vestigios que del recto Mundo de la Tradición pudiesen subsistir; protagonismo que representa un hecho fehaciente independientemente de que los primeros procesos disolventes por los que empezó a discurrir el llamado Occidente haya que buscarlos en parámetros, e incluso personajes, ajenos al judaísmo.”
 
     No vamos, obviamente, a volver a incidir en lo que ya explicamos en el anterior artículo dedicado a este tema, sino que con esta segunda parte pretendemos darle al asunto de estudio una
vuelta de tuerca más para poder, así, ofrecer el análisis y el examen que Evola efectuó sobre cuestiones concretas en las que el judaísmo ejerció (o ejerce) un papel determinante. Pasemos, pues, a tratar de ellas:


 
Conexiones entre la masonería y el judaísmo (*)
 
     Como aperitivo de las posibles interrelaciones que hayan podido (y/o puedan tener) la masonería y el judaísmo nos recuerda Evola que el personaje al que se le atribuye un papel fundamental en el ordenamiento interno de la masonería no es otro que el judío Elías Ashmole (1.617-1.692). Personaje que vive en un s. XVII en el que la masonería va configurándose en la forma que resultará tan perniciosa para la salvaguarda de los resquicios que del Orden Tradicional pudieran pervivir en los siglos venideros. Va, por aquel entonces, dejando de ser la
masonería operativa que podemos hacer remontar a los ´Colegios romanos de Artífices´ (arquitectos) y que en el Medievo conservó su carácter iniciático en el seno de los gremios relacionados, sobre todo, con las construcciones de catedrales (arquitectos, canteros, picapedreros,…) para ir transformándose en su imagen contrapuesta: la de la ´masonería especulativa´ que tan papel decisivo ejerció, con su defensa del libre examen y del relativismo más destructivo, en el triunfo de las revoluciones liberales que encumbraron a los mercaderes (la burguesía) al poder político. Una masonería especulativa que se considera formalmente constituida con la fundación de La Gran Logia de Inglaterra en 1.717.
 
     Existe, nos escribe Evola, una sospechosa y especial inclinación expresada por muchos masones de que la masonería se erija en garante, de manera especial, de los
derechos del pueblo judío. Buen ejemplo de lo cual sería el del masón Otto Hieber (primera mitad del s. XX). Y en este abanderamiento de la lucha por los derechos humanos -tan central en la religión del cosmopolitismo- muchos personajes judíos adoptan un papel predominante. Éste sería el caso de un Elie Eberlin, que aboga porque Israel asuma el papel de “Mesías colectivo” en pos de los derechos del hombre y en favor del “régimen igualitario y nivelador de las repúblicas”. Para Eberlin se han de suprimir “patrias, cortes, ejércitos y aristocracias hereditarias” (no es espacio éste para comentar el estado de decrepitud en el que muchas monarquías y la nobleza se hallaban ya por aquel entonces y no vamos a ser nosotros quienes neguemos esta evidencia; otro asunto bien diferente es el de la intencionalidad de Eberlin…). Nos sigue escribiendo Evola que el también judío Ludwig clamaba por el aniquilamiento de las formas imperiales y monárquicas. Y, en total coincidencia, por la “destrucción de las formas imperiales y monárquicas”, además de por la constitución de la Sociedad de Naciones (precursora de la universalista O.N.U.), se declaró el congreso internacional masónico celebrado en París en 1.917 (durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial). Una Sociedad de las Naciones (establecida en Ginebra) que, al decir del hebreo Fritsch, “no es tanto una creación del presidente de los EE.UU. Wilson sino una obra magnífica del judaísmo”. En total concordancia con la filosofía humanitarista y pacifista de que hacía gala la institución ginebrina (eso sí, no tan pacifista contra los Estados en los que sobrevivían, según sus criterios, sistemas políticos no “democráticos”) interpretaba el ya citado Fritsch las palabras del profeta Isaías cuando profetizaba que “las espadas deberán ceder el lugar a las carretas”.
 
       Por lo expuesto hasta ahora se van haciendo patentes las concomitancias entre los objetivos de la masonería y los de un buen número de miembros del pueblo hebreo.
 
     A estas alturas se tercia una pregunta de calado: ¿Esta ideología de los
derechos humanos por la que abogan muchos personajes del pueblo judío es anhelada para todos los pueblos del mundo sin excepción o es querida para todos menos para el suyo? La legitimidad de esta pregunta viene dada porque otros judíos (al igual que lo que ya dijimos del mencionado Elie Eberlin) también defendían la idea del pueblo judío como “Mesías colectivo”, pero con intenciones esclarecedoras y nada “beneficiosas” para el resto de la humanidad, pues, así, el rabino y masón Baruch Levi aspiraba a que “el pueblo judío, en tanto que colectividad, fuera su propio Mesías” y que por medio de la unión de las otras razas (no la suya…) -buen precursor, Baruch Levi, de la promoción del mestizaje actual-, la eliminación de las fronteras, de las monarquías, de cualquier otro elemento o cualquier otra institución garante de las diferencias, de la supresión de la propiedad privada y del acaparamiento en manos judías de los bienes del mundo acabara –el pueblo hebreo- dominando el mundo y realizando, de este modo, las promesas del Talmud. Baruch Levi escribe todos estos propósitos en carta que dirige a Karl Marx; del cual era confesor… ¿Podemos creer en la honradez ideológica y de intenciones de Marx cuando éste aboga por el ateísmo y anatemiza a la religión como “el opio del pueblo” si, por otro lado, tenía un confesor espiritual…? ¿o se trata tan solo de tretas de cierto judaísmo para hacerse con el control político y económico mundial?
 
      Este presumible doble rostro de cierto judaísmo empuja a Evola a preguntarse si tras este presunto judaísmo laico desgajado de su tradición religiosa y que converge con la masonería no existe, oculto, en realidad un judaísmo fiel a su tradición y, por tanto, a la ley mosaica. En esta línea nos recuerda nuestro romano autor que un historiador de la masonería como lo fue Schwarz-Bostunitsch (de la minoría alemana de Ucrania durante aquella época de los años ´30 y ´40 del pasado siglo) afirmó que “el secreto de la masonería es el judío”; en definitiva, quien mueve los hilos de aquélla. Al igual que nos recuerda que un especialista en sociedades secretas como lo fue Leon de Poncins (1) escribió en su libro “La Vérité Israélite” que “el espíritu de la masonería, es el espíritu del judaísmo”.
 
     En la misma línea de todo lo anterior se enmarcan las palabras del también (como Baruch Levi) rabino M.J. Merrit cuando afirmó, en el transcurso de una reunión o tenida masónica, que no había mejor lugar para realizarla que ése en el que se estaba llevando a cabo, que no era otro que una sinagoga, pues sostenía, textualmente, la convicción de que “la masonería había nacido en Israel”.
 
     A pesar de todo lo dicho hasta ahora y de todo lo, por pura lógica, deducible Evola no cierra las puertas a la posibilidad de que la similitud de objetivos perseguidos por la masonería especulativa y por cierto judaísmo no se deba tan solo a una acción planeada por un judaísmo que, en realidad, seguiría fiel a su tradición religiosa (como aquél que hemos visto que echaba mano del profeta Isaías), sino que también podría deberse a que si la masonería promueve el internacionalismo homogeneizador es normal que muchos judíos laicos se sientan identificados con este ideal que no entiende de patrias, de razas, de identidades o de pertenencias, pues al judío que se ha alejado de la ley mosaica no le queda ningún símbolo de identidad con el que se sienta atraído e identificaddo: pues su origen racial es variadísimo y desconocido para muchos judíos, sus referencias originales geográficas también y sus costumbres lo son otro tanto. Por esto, en un mundo sin referentes ni peculiaridades él se siente más a gusto.
 
     Las concomitancias entre masonería y judaísmo afloran igualmente en su común anticatolicismo, que en el judaísmo religioso encuentra su explicación en esa visión hereje que del cristianismo tiene desde el mismo momento de su aparición, mientras que en el judaísmo laico se basa en esa especie de sentimiento de venganza
quasi atávico que contra las Iglesia Católica conserva debido a las persecuciones que por mor de ésta, y a manos de la misma, padeció el pueblo judío en diferentes épocas y lugares y, finalmente, en la masonería encuentra su razón de ser en el obstáculo que le supuso secularmente la Iglesia Católica de cara al proyecto y al anhelo masónicos de implantación de sus postulados librepensadores y relativistas. 
 
     Nuestro gran intérprete italiano de la Tradición concluye planteando la disyuntiva de que o bien luchando contra la masonería se lucha “simplemente” contra una organización que pugna por el triunfo del igualitarismo nivelador o, en cambio, lo que se puede conseguir si se sale victorioso en esta lid es eliminar uno de los resortes que utiliza el judaísmo para llevar a buen puerto sus deseos de hegemonía mundial.


El judío y los movimientos políticos, culturales y científicos de los siglos XIX y XX (**)
 
     Evola nos ofrece una extensa relación de destacados personajes de extracción judía cuyo papel acelerador de los procesos de disolución acaecidos en Occidente, a lo largo de las dos últimas centurias, ha resultado decisivo.
 
     Es así cómo nos recuerda que el mismo fundador del marxismo -Karl Marx- no era otro, en realidad, que el hebreo Mardochai. Nos dice, igualmente, que todos los cabecillas del bolchevismo que triunfó en la Revolución de Octubre de 1.717 en Rusia eran también, a excepción de Lenin, judíos; León Trotsky sería también un claro ejemplo de ello.
     En Alemania el mismo fundador del Partido Socialdemócrata fue el judío Lasalle (quien ya en su momento había trabajado, políticamente, con los redactores de “El Manifiesto Comunista” (1.848): Marx y Engels). La misma extracción compartía la líder del Partido Comunista Alemán: Rosa Luxemburg; máxima responsable de las revoluciones espartaquistas que sacudieron duramente la Alemania inmediatamente posterior al final de la Primera Guerra Mundial. Y lo mismo sucedía con todos los principales dirigentes de este partido: Liebneckt, Kautzky o Haase.
 
     En el campo de la filosofía no nos hemos de olvidar del
francés Henry Bergson. Filósofo que en su justa crítica al racionalismo y al intelectualismo no adopta la postura restauradora de superarlos por lo Alto sino que se aleja de ellos bajando un peldaño más de la escalera involutiva y clamando, así, por la religión de la vida y de lo irracional: la religión de los instintos más primarios y la del turbulento e incontrolado mundo del subconsciente.
 
     Haciendo malabares de un sincretismo contranatura, artificioso y de intencionalidad diáfanamente niveladora, igualitarizante y cosmopolita el judío Samenhof (o Zamenhof), nacido en territorio del Imperio Ruso (hoy perteneciente a Polonia), elabora, en el siglo XIX, un nuevo idioma (apelotonando elementos lingüísticos de lenguas diferentes) que pretende convertir en idioma universal: el esperanto.
 
     La música no se ve exenta de influencias deletéreas provenientes de compositores de origen hebreo, tal como sucede con lo que Evola define como
ironismo operístico (humorístico e irreverente) del decimonónico alemán Offenbach; que en sus obras intenta ridiculizar cuanto pudiera subsistir, en su época, de lo que, en su día, pudo considerarse acorde con la Tradición. O tal como ocurre con el alemán Schonberg y su música dodecafónica atonal que rompe con la escala musical tradicional de ocho notas (o, como se la suele denominar, de una octava). Escala de ocho notas utilizada durante siglos por todos los compositores, en Occidente, porque es el fruto de reconocer que la distancia y diferencia de sonido que, de este modo, existe entre una nota y otra es la que de manera más natural puede percibir el oído humano. Distancias de sonido que son conocidas como tonos; o como semitonos (entre la nota mi y la fa y entre la nota si y la do) en los casos de notas cuya diferencia de altura (más o menos agudas o graves) es menor que la habitual existente entre la mayoría de notas que se sitúan en la escala musical de manera correlativa. Pues bien, en esta línea, tan común entre muchos autores judíos, consistente en romper referencias y en desangelar cualquier atisbo de vida, de institución o de actividad ordenada Schonberg crea el dodecafonismo e introduce otro elemento de caos más en el seno de la cultura Occidental de su época. Elemento de caos, al decir de Evola, acorde con la misma naturaleza caótica del judío que le vendría dada por la amalgama racial tan dispar de la que procede (2). Schonberg verá cómo su dodecafonismo será abrazado por, entre otros, el también judío -en este caso ruso- Strawinsky, cuya música será definida por Evola como rítmico-orgiástica.
 
    A nuestro gran intérprete italiano de la Tradición no se le pasa por alto la enorme influencia (casi podríamos mejor afirmar: el tremendo monopolio) que los judíos ejercían ya en su época en el mundo del cine. Concretamente nos recuerda que es en manos de hebreos en quienes estaban compañías cinematográficas como la Paramount, la Metro Goldwin Mayer, la United Artists, la Universal Pictures o la Fox Film. De todos es sabido que dicha influencia ha ido in crescendo arroyadoramente hasta la situación en que se encuentra en la actualidad (especialmente en Hollywood) y por esta razón se haría interminable la lista no sólo de compañías sino también de productoras, de artistas,…
 
 
La teoría de la relatividad
 
     Antes de pasar a comentar las críticas que Evola realiza a esta teoría, nuestro autor nos recuerda las fuentes de las que bebe el judío Albert Einstein para formularla y el eco que ellas tuvieron inmediatamente en el mundo de la física moderna. Es así que Einstein se basa, para su elaboración, en la teoría del espacio creada por el judío Minkowsky
 y en reformas del cálculo infinitesimal como las llevada a cabo por el igualmente judío italiano Levi-Civita. El principal desarrollo que ha tenido esta teoría de la relatividad, con posterioridad a ser formulada por Einstein, ha venido de la mano del hebreo Weyll y entre los principales seguidores de la misma nos encontramos al judío italiano Enriques o al también judío (en este caso alemán) Born.
    
     La
teoría de la relatividad elaborada por Einstein supone, tal como nos expone Evola, un salto enorme en el abismo al que nos conducía la física moderna desde hacía ya unos cuantos siglos. La ruptura es total con respecto a la esencia de las ciencias sagradas Tradicionales. Unas ciencias sagradas que concebían los fenómenos naturales como la exteriorización del accionar de las fuerzas sutiles que componen el entramado suprafísico del cosmos y que explican la armonía consustancial de éste. Bajo este prisma las Ciencias Tradicionales entendían que lo que acontecía en el microcosmos era un reflejo de lo que sucedía a nivel macrocósmico. La modernidad, por el contrario, rompe sus vínculos con lo Alto y, por esto, las ciencias modernas se centran en los estudios, análisis, experimentación y formulación -exclusivamente- de lo fenoménico o superficial. Y siguiendo esta línea descendente la teoría de la relatividad se desvincula incluso de lo natural y de lo fenoménico y los sustituye por fórmulas matemáticas o los somete a ellas. Fórmulas matemáticas que son el producto de elucubraciones mentales que rozan el pensamiento abstracto más extremo y se alejan de cualquier tipo de realidad; inclusive de la material.
 
     Para la física elaborada por Einstein, de este modo, el ente tiempo y el del espacio son superados y no tienen validez como tales. El físico judío “crea” una nueva realidad (paradójicamente irreal): la de la noción espacio-temporal; una especie de todo continuo que no tiene otro sustento que el de las disquisiciones mentales de su autor. Si la física profana había reducido cualquier idea de realidad a la meramente material, la física de Einstein no tiene otro soporte que el mental: el de sus elucubraciones mentales.
     
     ¿Nos debe extrañar esta reducción de la física a fórmulas matemáticas de lo más abstracto? ¿Nos debe, en definitiva, sorprender esta matematización de la física? Pues la respuesta que nos da Evola es que no, pues nos recuerda que no sólo el judío sino que en general el alma semita (3) ha demostrado siempre tener una inclinación especial hacia el número y la matemática. El álgebra nos vino introducida a través de los árabes. La numerología actual tiene esta procedencia y por ello también las cuatro operaciones básicas; por contra, por ejemplo, en la Antigua Roma se empleaban otros sistemas diferentes para calcular. 
 
     La inclinación del judío, en particular, hacia la matemática y el número puede hallar su explicación en su percepción cuantitativa, igualitarista y masificadora de la realidad y de la existencia. Esta vocación hacia el número se encuentra en la base de su querencia hacia la cábala; que, por otro lado, nos dice Evola que es de lo mejor que ha cultivado el judaísmo. Una cábala desarrollada especialmente por unos judíos sefardíes (como sería el caso de un Maimónides) que al decir de Houston Stewart Chamberlain ha representado siempre lo mejor y más granado del pueblo hebreo (4).


 
La psicología criminalística judía
 
     En el Mundo de la Tradición la noción de orden que se tenía carecía de puntos en común con la idea de orden burgués tan en uso desde hace varias centurias. No se limitaba, pues, a aspectos sociales sin nexos con lo Superior, sino que, al contrario, hacía referencia al anhelo de reflejar aquí
abajo -en la forma del Regnum o, mejor, del Imperium– el ordo que regía, equilibrada y armónicamente, arriba.
     El Orden a establecer y por el que se luchaba debía sustentarse sobre una serie de pilares, uno de los cuales era el de la Justicia. El maestro romano nos señala cómo en esa línea de actuar y pensar tan cáustica y propia de cierto judaísmo la misma institución y el mismísimo concepto de la Justicia reciben fuertes impactos en su línea de flotación.
 
     Es por esto por lo que algunos literatos judíos llegan a hacer aseveraciones del tipo de que “todo el mundo es culpable excepto el criminal” (Aschaffenburg) o de que “el culpable no es el asesino sino el asesinado” (Werfel). En la misma línea el escritor judío
checo Franz Kafka nos relata en su obra “El Proceso” el cómo un acusado de un delito, que no es consciente de haber cometido, se enfrenta a un juicio en el que una Justicia deshumanizada, que no conoce ni de eximentes ni de atenuantes, le dicta sentencia condenatoria. El protagonista no es consciente de cuál será su destino dictado por esta sentencia hasta justo antes del momento en que ésta sea ejecutada (5).
 
     Los más destacados psicoanalistas y/o psicocriminalistas judíos reman en la misma dirección de debilitar los fundamentos y la institución de la Justicia. De este modo los adscritos al marxismo (de fines del s. XIX y principios del XX) siempre han defendido la idea de que el criminal no es más que una víctima del sistema opresivo capitalista y que, por ende, no merecería punición alguna.
     El judío
italiano César Lombroso (cuyas peregrinas ideas asociaban y relacionaban, intrínsecamente, genio, criminalidad y epilepsia…) se posicionaba en su certidumbre de que los impulsos criminales tenían un origen genético y que, por esta razón, el criminal no podía nada contra ellos, pues constituían una especie de fuerza superior a él. Por lo cual Lombroso, también, pensaba que el criminal no merecía recibir ningún castigo.
     Evola nos sigue recordando que en la misma línea de debilitar la potestad de la Justicia nos topamos con el judío
austríaco (de Viena) Alfred Adler (discípulo de Freud) que postulaba el que en el seno de la sociedad, por mera lógica estadística, existe un porcentaje de personas con tendencias criminales y que, por este motivo, al individuo que tenga la desdicha de formar parte de este desgraciado porcentaje no hay que condenarlo sino que hay que ponerlo en manos de un psicoanalista, ya que aquél no ha pedido formar parte de este desdichado segmento de la población…
     También nos hace saber Evola que Adler afirmaba que el criminal es un individuo que padece de complejo de inferioridad y que si se le castiga por sus actos delictivos se sentirá, a causa de sus complejos, humillado y su reacción será la de vengarse de dicha “humillación” volviendo a delinquir. Por lo tanto Adler aboga por que no se le castigue para evitar, así, su reincidencia delictiva.
     Igualmente nos hace saber el gran maestro italiano de la Tradición que Sigmund Freud defendía la idea de que el potencial delincuente es un ser que padece de un sentimiento de culpabilidad a causa de un complejo de Edipo no superado y que para intentar atenuar la culpa que siente buscará que se le castigue. ¿De qué manera?: delinquiendo. La “brillante” solución que aporta Freud es la de suprimir el castigo porque de esta manera el potencial delincuente no delinquirá al saber que si sí lo hiciera no le correspondería el ser castigado por la Justicia (que es lo que perseguía); una Justicia, por otro lado, que pierde, así, todo poder, toda respetabilidad y toda razón de ser.


 
Los libros sibilinos
 
     Hemos querido, de la mano de Evola, dejar al descubierto el papel deletéreo que cierto judaísmo ha protagonizado en el
seno de las sociedades del llamado Occidente a lo largo, especialmente, de las dos últimas centurias, pero igualmente de la mano del maestro italiano echaremos la vista mucho más atrás para comprobar cómo dicha acción disolvente no es ajena a épocas bastante lejanas en el tiempo. Es así, que ya en la antigua Roma se puede vislumbrar. Un buen ejemplo de ello sería el de los
Libros Sibilinos que, según cuenta la tradición, le fueron dados por una vieja señora al último rey etrusco que reinó en Roma (en su primera etapa histórica: la de la monarquía): a Tarquino el soberbio. Se trata de unos libros en los que, a través de la sibila, supuestamente el dios Apolo comunicaba las profecías que daban respuesta a una serie de cuestiones que, normalmente, las gentes le habían formulado a la divinidad. Sin duda, atendiendo al contenido de las “profecías” emitidas, no podía tratarse del Apolo Solar e hiperbóreo que tan fidedignamente encarnaba los principios inmutables de la Tradición. Se puede deducir que el nombre de Apolo fue utilizado para introducir en Roma toda una serie de cultos exóticos, orientales, antirromanos, antisolares y antiolímpicos e introducir, además, todo tipo de divinidades de carácter telúrico y directamente emparentadas, por tanto, con la percepción sensual y emotiva de la vida y con cosmovisiones de tipo matriarcal y lunar. Las profecías transmitidas por las sibilas exigían al pueblo fidelidad a este tipo de cultos -extraños a las más genuinas esencias de Roma- si se quería evitar el padecimiento de calamidades.
     Historiadores como Tito Livio ya advertían en su época de que muchas mujeres romanas hacían abandono de los tradicionales ritos romanos (oficiados por el
pater de familia) para acudir, en cambio, a escuchar a la sibila en plan meramente devocional y gregario.
     En el s. I d. C., por culpa de un incendio en el Capitolio, se quemaron y su posterior “reconstrucción” rezuma, como muy bien nos hace ver Evola, el sello del judaísmo, pues estos Libros Sibilinos “reconstruidos” destilan un odio hacia Roma cargado con ese cariz apocalíptico tan consustancial a la religiosidad hebrea. Visión apocalíptica que advierte de terribles calamidades para los opresores, en general, del pueblo judío (así, a las claras; sin disimulos) y, en particular, para contra Roma.
     Por estas y otras razones muchos son los que han venido a llamar a estos Libros Sibilinos “reconstruidos” como los
Libros Sibilinos Hebraicos. No es para menos, pues son continuas las referencias que en ellos se hacen al dios único (a buen entendedor léase Yahvé) como el que será venerado exclusivamente. Las evidencias de estos mensajes intentan, en ocasiones, ser disimuladas con referencias a un supuesto Apolo que en realidad tiene mucho de dionisíaco y antiviril y nada de apolíneo, mayestático y sereno. Sólo estas referencias a un supuesto Apolo podían evitar cualquier lógica reacción en contra de estos Libros por parte del segmento más genuino, sano, viril y uránico de la sociedad romana. 
     La mano del judaísmo se pone también al descubierto cuando los Libros hablan del pueblo que, según las profecías, orará en el templo (huelga decir que se trata del templo de Salomón y del pueblo judío) y que dominará al mundo con sus espadas. También cuando uno de los oráculos, en boca de la sibila, exigió la genuflexión de los que a su escucha habían acudido. Genuflexión inconcebible en los ritos Tradicionales romanos enraizados en un tipo de Espiritualidad Solar. Así escribíamos en cierta ocasión que “la c
onciencia que se tenía, en el Mundo de la Tradición, de la potencialidad divina existente en el interior del hombre hacía que éste orara y se dirigiera a sus divinidades casi de tú a tú, en pie, con dignidad y no, como se hacía y se hace en el marco de las religiones que surgieron en el seno del mundo semita, arrodillándose, humillado y con el pesado sentimiento de culpa que, por ejemplo y significativamente, desprende la idea del pecado original.”
      Fue enorme la influencia que los Libros Sibilinos Hebraicos ejerció, en Roma, entre los siglos I y III d. C. Como colofón a esta evidencia diremos que ellos fueron introduciendo en la cosmovisión de amplios sectores de la población romana una concepción lineal de la existencia (a través de la idea de un Apocalipsis que acababa con el Juicio Final) contrapuesta a la cosmovisión cíclica del tiempo propia de la Tradición (6).


    
Conclusión
 
     Tal como ya señalamos en el artículo que se ha de considerar como la primera parte de éste que estamos a punto de concluir es bien evidente que un buen número de judíos llevan protagonizando, en los últimos siglos, un papel de catalizador de los procesos destructivos a los que se ve abocado, principalmente, “nuestro” mundo occidental, pero también debe quedar claro que nadie obliga a nadie a transitar por estos nefastos derroteros. Ni al llamado Occidente, en general, ni a nadie en particular se le ha obligado a ello. No vamos a repetir las tesis de Evola al respecto pues, en caso de hacerlo, se trataría de reiterar algo que ya explicamos en la mencionada primera parte de este tema. Pero, en relación al principio de la libertad profunda del hombre para elegir entre el camino de la alienación total o el del autodominio interno, recordemos lo que en alguna ocasión habíamos escrito (7):
     “Nadie como el gran Tradicionalista romano defendió el principio de la Libertad del Hombre. El Hombre Reintegrado no es esclavo ante nada. No es esclavo de sí mismo: no es un títere manejado a antojo por sus pasiones, pulsiones, bajos instintos o por sus sentimientos engordados. No está sujeto irremediablemente a sus circunstancias. No se halla determinado ni por presuntas dinámicas históricas (el determinismo característico del historicismo, basado en el materialismo dialéctico, que postula que la historia se hace a sí misma: tesis+antítesis=tesis; o, lo que es lo mismo, igual a cambios históricos irremediables)
ni se encuentra mediatizado por condicionantes sociales ni por ningún tipo de dios omnipotente que haga y deshaga a antojo sin la posibilidad de que uno pueda trazar su propio rumbo y sin que el ser humano pueda llegar a ser tratado como algo más que una simple criaturilla que no pueda albergar en su seno la semilla de la eternidad sino que tenga que resignarse bovinamente a postrarse devocionalmente antes su “creador”. El Hombre Superior no se encuentra tampoco cercenado en sus potencialidades por ninguna especie de determinismo ambiental-educativo. Ni tampoco por otros de orden cósmico en la forma de un “Destino” cuya fatalidad lo tenga irremisiblemente programado de antemano.”
     En el mismo sentido también afirmábamos que:
     “Evola le dio una especial relevancia a la idea de que la involución –con respecto a lo espiritual e imperecedero- podía ser frenada e incluso eliminada antes del final de un ciclo cósmico, humanidad o
manvantara; esto es, antes del ocaso del kali-yuga. Y sostuvo firme y ocurrentemente esta idea porque creía en la libertad absoluta del Hombre. Porque creía que el Hombre, así en mayúscula, aparte de tener la clara potestad necesaria para conseguir su total transustanciación o metanoia también tenía en sus manos la posibilidad de devolver a sus escindidas y desacralizadas comunidades los atributos y la esencia que siempre fueron propios del Mundo Tradicional. Porque Evola creía, en definitiva, en el Hombre Superior o Absoluto, Señor de sí mismo.” (8)
     No hay, pues, que buscar chivos expiatorios a los que responsabilizar de estos procesos de caída, porque aunque hayan existido personajes nefastos pertenecientes a un determinado pueblo –el judío- también ha demostrado ser igual de nefasto aquél que se ha dejado “conducir” por los derroteros enajenantes que han trazado los primeros. Y esto lo comentamos sin olvidarnos del hecho incontestable de que fuera del ámbito del pueblo aludido podemos encontrar, desde mucho tiempo atrás, numerosos y significativos ejemplos de personajes que también han trazado senderos de aquéllos que acaban precipitando al abismo más degradante a quienes cometen la irresponsabilidad de recorrerlos.
 
                              ………………………………………………………………………..
 

NOTAS:

(*) Las tesis de Evola sobre este asunto se pueden leer en su artículo “Acerca de las relaciones entre el judaísmo y la masonería”, que ha sido traducido al castellano, por un lado, por Ernesto Milà y, por otro, por Marcos Ghio; el cual, junto a otros artículos de nuestro autor por él mismo traducidos, ha sido publicado por Ediciones Heracles en un libro que lleva por título “Escritos sobre masonería” y que fue publicado en el año 2.001.
 
(**) Tanto el presente capítulo como todos los siguientes de este escrito y las reflexiones que nosotros hemos creído conveniente verter se basan en lo expuesto por Julius Evola en una serie de artículos que Marcos Ghio tradujo y publicó, en 2.002, bajo el sello de Ediciones Heracles -junto a otros escritos de nuestro autor- en un libro intitulado “Escritos sobre judaísmo”.
 
(1) Leon de Poncins redactó junto a Emmanuel Malinsky otra imprescindible obra titulada “La guerra oculta”, que pone al descubierto lo que se esconde tras las bambalinas de los escenarios mundiales. Obra que fue traducida al italiano por Evola y que también tiene edición en castellano traducida por Marcos Ghio y editada por Ediciones Heracles.
 
(2) Esta tesis planteada por Evola ya fue explicada en la que se puede considerar como la primera parte que precede al presente artículo y que ya hemos comentado, en las primeras líneas, que llevaba por título el mismo que el de nuestro actual escrito.
 
(3) Evola, hablando de pueblos semitas, nos hace una pequeña acotación para comentarnos cómo ciencias Tradicionales como la astrología en civilizaciones como la asiria, la babilonia o la caldea (de extracción semita) se basaban en la observación de la luna y de los planetas -tal como corresponde a un tipo de “espiritualidad” lunar- y no en el estudio del Sol y las estrellas como, en cambio, sucedía en otras civilizaciones caracterizadas por una espiritualidad de índole solar.
     Tengamos presente que la “espiritualidad” lunar no concibe la posibilidad del Despertar a la Realidad Suprasensible ni al Principio Supremo que se halla en el origen del Cosmos. No admite, pues, la posibilidad de que determinados Hombres puedan llegar a Ver la Luz (a la Gnosis de lo Absoluto; además de a la Identificación Ontológica del Hombre con Ello); una luz propia de la que carecen la luna y los planetas y que sí poseen el Sol y las estrellas objeto de la observación y del estudio de la Espiritualidad de tipo Solar. La de naturaleza lunar se ha, pues, de contentar con la mera fe y devoción hacia lo Alto.
 
(4) Seguramente la mayoría de judíos sefarditas son de origen hispanorromano. Se trataría de hispanorromanos que en los primeros siglos del cristianismo se convirtieron al judaísmo, bien abandonando sus debilitadas creencias politeístas o bien renunciando a un cristianismo recién abrazado. No ha de extrañar este segundo caso debido a las semejanzas existentes entre el judaísmo y un cristianismo de los orígenes de corte humanitarista, igualitarista y muy dado a la pusilanimidad.

     Es lógico pensar que estas conversiones al judaísmo existieron y no, precisamente, en pequeña escala puesto que sabemos que el número de personas de religión judía existente en la España de los Reyes Católicos (concretamente a fines del s. XV) era elevado, pues con motivo del Decreto de Expulsión de 1.492 tuvieron que abandonar el Reino un mínimo de 200.000 personas (algunas cifras barajadas llegan incluso hasta hablar de 400.000) a las que hay que añadir un nada desdeñable número correspondiente a los supuestamente conversos al cristianismo que pudieron continuar viviendo en España.

     Esta elevada población no podía ser, de ninguna manera, el resultante de la Diáspora que se originó en Palestina, a partir del año 70 d. C., tras las destrucciones del templo y de la ciudad de Jerusalén por orden del general romano Tito, ya que la población total existente por aquel entonces en la semidesértica Palestina era poco numerosa y, además, por lógica de distancia, no sería a la provincia más alejada del Imperio Romano, en relación a Palestina, a la que llegaría, precisamente, el mayor contingente de exiliados. A estos razonamientos hay que añadir el hecho de que no todos los judíos tuvieron que abandonar Palestina tras el citado año 70 d. C., como lo demuestra el hecho de que en el s. II d. C. se tienen noticias fehacientes de revueltas judías contra el poder y la autoridad de Roma, como es el caso de la encabezada por Bar Kohba y cuyo episodio final tuvo lugar en la fortaleza de Massada o Masadá.

 

(5) Resulta contrastante esta defensa de los atenuantes y eximentes por parte de ciertos personajes judíos si echamos la vista atrás y recordamos el tipo de justicia que regía en el seno del judaísmo fiel a la ley de Moisés: la Ley del Talión; el ojo por ojo y diente por diente
 
(6) Para un mejor desarrollo de estas cosmovisiones del tiempo tan dispares remitimos al lector a nuestro escrito “Cosmovisiones cíclicas y cosmovisiones lineales”:
http://www.geocities.com/Athens/Troy/1856/Cosmovisiones.htm
 
(7) Extractado de nuestro documento titulado “Los ciclos heroicos” y subtitulado “La Doctrina de las Cuatro Edades y de la Regresión de las Castas y la concepción de la Libertad en Evola”. Se puede leer en su totalidad en
https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/los-ciclos-heroicos/ o bien en http://juliusevola.blogia.com/2009/020605-los-ciclos-heroicos-las-doctrinas-de-las-4-edades-y-de-la-regresion-de-las-casta.php o en http://www.geocities.com/Athens/Troy/1856/Ciclosheroicos.htm
 
(8) Ibíd.