Julius Evola. Septentrionis Lux


INTRODUCCION AL MISTERIO DEL GRIAL Y A LA QUINTAESENCIA DE EUROPA
noviembre 17, 2013, 6:23 pm
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Resultado de imagen de el misterio del grial y la tradición gibelina del imperio

Hablar del misterio del Grial es hablar del Misterio del Centro y de los Orígenes. Muy sucintamente -por cuestiones de espacio- resumiremos el cuadro situacional tradicional diciendo que una vez concluido el ciclo áureo (lo que implica una pérdida del estado primordial, expresado a su vez exteriormente en una desviación de eje terrestre), razas a su vez primordiales, impulsadas por los cambios que generaron la última glaciación, abandonaron la sede ártica (Airyanem-Vaêjô –“cuna de los arios”-, Cveta-dvipa o “Isla del Esplendor”, Thule, la Tierra de Apolo o Isla del Sol, entre tantas otras denominaciones) para asentarse en las tierras circumpolares cincundantes. En cuanto a la franja de tierras septentrionales euroasiáticas, no podemos dejar de considerar asimismo a la propia Escandinavia, que aun en la Edad Media fue conocida como vagina gentium, precisamente por haber alumbrado multitud de pueblos. Pero el principal asentamiento habría que ubicarlo en una tierra nórdico-atlántica (que muy bien podría relacionarse con la actual Groenlandia, la Grünes-land o “tierra verde” de las tradiciones escandinavo-germánicas, que hasta épocas relativamente recientes parece haber estado libre de los hielos) donde establecieron una segunda Thule, a imagen de la primordial. A partir de este momento, el simbolismo del Norte y del Occidente se fundirán y con-fundirán (Thule-Avalon, Jardín de las Hespérides…) y no sólo por razones geográficas, sino también –y sobre todo- metafísicas (luz que declina para poder resurgir, misterio de la transformación que posibilita recuperar el estado originario).
A lo largo de este segundo ciclo, diferentes oleadas migratorias (todavía durante el Paleolítico Superior) arribaron a ambos lados del Atlántico, resultando incontestable –por lo que a Europa se refiere- que el foco de dispersión tanto de las sorprendentes pinturas rupestres (en consonancia con los demás vestigios artísticos de los denominados “helenos del paleolítico”) como del más alto megalitismo, se sitúa en las costas nórdico occidentales. A su vez, desde la segunda Thule se continuó el avance migratorio hacia el Sur, ocupando un grupo de tierras más atlántico-meridionales (la Atlántida meridional o platónica, entendida como una gran “isla-continente” junto a un grupo de islas más occidentales) que abarcaban aproximadamente una franja comprendida desde las cercanías de la plataforma continental euro-africana hasta las actuales Antillas, donde entraron en contacto y se mezclaron paulatinamente con razas y mentalidades de origen meridional más arcaico.
Grandes convulsiones terminaron sumergiendo la mayoría de estas tierras atlánticas meridionales (la geología ha constatado grandes hundimientos de tierras en vastas áreas del Atlántico, fechándolos en unos 12.000 años), provocando al mismo tiempo un nuevo gran cambio climático planetario que supuso el fin de la glaciación de Würm, con el consiguiente aumento del nivel del mar en todas las costas continentales.
Un “mundo” había terminado, y una nueva corriente migratoria de supervivientes y de pueblos empujados por las nuevas condiciones de vida tiene lugar, esta vez predominantemente en la dirección Este-Oeste (en ambos sentidos, a ambos lados del Atlántico –donde la coincidencia de nombres es notoria: Tula, Tollan, Tlapallan e incluso Aztlan- donde ya debían existir previamente colonias atlantes como irradiaciones del foco -o focos- principal). En lo que a la corriente migratoria hacia el Este se refiere, diremos que se extiende especialmente (aunque no exclusivamente) por ambas vertientes de la cuenca mediterránea penetrando en el Oriente Próximo, dando lugar – dentro de su relativa heterogeneidad- a un tipo general de civilización de marcado carácter telúrico-lunar (la Luz del Sur), en ocasiones con acusados rasgos “titánicos” (como una especie de “herencia” de la involución implicada presumiblemente en las causas internas del cataclismo atlántico).
Sea como fuere, pueblos nórdico atlánticos –cuyas tierras de origen, aunque menos directamente, también se vieron afectadas por los cambios planetarios- llegaron a su vez a las costas nórdico occidentales europeas (como los Thuata de Dannan, tan ligados a la mitología -o más bien meta-historia- del Grial, quienes también tuvieron que enfrentarse a pueblos titánicos procedentes del mar), determinando una nueva corriente migratoria esta vez en sentido noroeste-sudeste, hacia Asia, como testimonia -entre otras cosas- la expansión del megalitismo dolménico, diferente del mediterráneo. Al mismo tiempo -junto con pueblos emanados directamente quizá de la citada civilización megalítica, como los denominados “pueblos del hacha de combate”- sucesivas oleadas de directa procedencia nórdica, los mismos que llegarían a ser conocidos como indo-arios, iranios, aqueos, dóricos, célticos, germánicos y latinos (pertenecientes todos al tronco general indo-europeo, estirpes de conquistadores que establecieron una jerarquía o sistema de castas de un significado a la vez espiritual y étnico) confluirían en el mismo escenario. Escenario donde tomará cuerpo el ciclo del Grial. El mismo que llegará a ser conocido como el mito europeo por excelencia.
En cuanto a este último, que es el tema que nos ocupa, diremos que presentando rasgos especialmente reconocibles asimismo en la tradición ario-irania, es sobre todo al ciclo mitológico irlandés al que nos debemos referir (algunos de cuyos recuerdos son concomitantes a su vez con ciertos episodios de los Eddas). En efecto, las más antiguas tradiciones narran la llegada a Irlanda de los misteriosos Thuata de Dannan (procedentes de Avalon, misterioso centro nórdico-atlántico), donde tuvieron que enfrentarse a pueblos de carácter titánico procedentes de los abismos del mar, como los Fomors y Fir Bolgs. No podemos dejar de reseñar, a todo esto, que la llegada de los Thuatas (la “raza divina”) a tierras europeas es del todo equiparable a la llegada de los Quetzalcoatls, Bochicas o Viracochas (aquellos misteriosos “dioses blancos” civilizadores) a las tierras situadas al otro lado del océano, procedentes todos de un mismo tronco. Una vez alcanzada la victoria, los Thuatas procedieron a establecer su reino supremo en Tara, en la región de Mide –Meadhon o Meath- , término ligado etimológicamente al latino medius (medio), es decir, la “tierra del medio”, análoga al Mitgard de las tradiciones germano-escandinavas. A dicho rey central estaban supeditados sus cuatro representantes, regentes a su vez de los cuatro tierras o reinos circundantes, correspondientes a los puntos cardinales, razón por la que Irlanda, Erin (o “isla verde” nuevamente), llegaría a ser conocida como la Isla de los Cuatro Señores, constituyendo así una imagen de la tierra central o polar de los orígenes, Thule o Avalon, y cuya tradición fue, en cierta medida al menos, heredada y continuada por los gaélicos (celtas irlandeses). Resonancias de todo esto las encontramos, por supuesto, en los “cuatro grandes reyes” de la India y el Tibet y de tantos otros lugares, de lo que nos limitaremos a reseñar un significativo ejemplo histórico: en el antiguo Perú, Cuzco era el centro tanto sagrado como político-social del Imperio, que se dividía en cuatro grandes regiones o provincias, gobernada cada una por un miembro de la familia real, que junto con el Inca regía todo el Tawantinsuyo, vocablo que en quechua significa literalmente la “Tierra de los Cuatro Cuartos”.
Y así como Irlanda fue configurada como una nueva imagen del Centro Supremo o tierra primordial perdida (indestructible sin embargo en su dimensión trascendente de arquetipo atemporal), la idea del rey central responde a la asunción de una función metafísica de carácter eminentemente rector y regulador, tal como aparece recogido en la figuración indo-aria del Chakravartî, el Señor de la Rueda y Rey de Reyes, desde cuya inmovilidad central hace girar la “rueda del mundo”, del Regnum, de la Ley, nos dice Julius Evola.
Nos encontramos así, en efecto, ante la idea, presente en las más diversas tradiciones, de un poderoso “Rey del Mundo”, cuyo reino trasciende todo reino visible. De una misteriosa residencia que reviste, en un sentido superior, un significado polar (el término Târa, en sánscrito, designa especialmente a la estrella polar; presente asimismo en ava-târa, “manifestación del polo”), axial, de centro inmutable representado como una tierra firme en medio de las aguas (imagen a su vez de lo cambiante), como una comarca sagrada e intangible, como una tierra luminosa o Tierra del Sol.
Este es el contexto en que toma plena carta de naturaleza el Rey Arturo (de Arcthos, oso -de donde procede el término ártico- , y vinculado a la constelación circumpolar del mismo nombre) y su simbólico reino, que se confunde con la tierra del Grial: una isla montañosa, una isla de cristal, una isla que gira sobre sí misma, una residencia rodeada por las aguas, un lugar inaccesible, una cumbre montañosa, un castillo solar, un monte salvaje (Montsalvatsche) y un monte de la salvación (Mont-Salvat). Si Inglaterra aparece como una especie de tierra prometida del Grial -continúa diciendo nuestro autor- y como el escenario donde se desarrollan sus principales aventuras, se debe a que la antigua toponimia celto-británica (al igual que sucede con Irlanda en la saga de los Thuatas) transfirió a esa tierra, especialmente a una parte de ella -Glastonbury = Glastig-beri, ciudad de cristal, o más bien Isla de Cristal (Ynis-Gutrin en bretón)- algunos recuerdos y significados referidos esencialmente al centro nórdico primordial.
Y del mismo modo que Merlin (Myrddhin), fiel compañero del Rey Arturo, es menos un personaje diferente del mismo que una representación del aspecto mágico y supramaterial del propio Arturo, la Tabla redonda responde a una imagen que reúne la totalidad del mundo, el terrestre como reflejo del celeste.
En cuanto al propio Grial como recipiente sobrenatural, que en algunos textos aparece como conquistado por Arturo al rey del “otro mundo” y en el que parece sintetizarse la centralidad trascendente del regnum mismo, se corresponde directamente con uno de los cuatro objetos mágico-sagrados traídos por los Thuata de Dannan desde su centro nórdico originario y que les otorgaron la victoria, siendo los otros tres una espada, una piedra y una lanza, estrechamente ligados a la función regia en su dimensión trascendente, y que también hacen acto de presencia en la saga artúrica. Por cierto que la extracción de una espada de la piedra (símbolo de fundamento) como designación sobrenatural del rey elegido, recuerda -por otra parte- un episodio de la saga germano-escandinava: Siegmund, padre de Siegfried (Sigfrido), arranca del “Arbol” una espada clavada que nadie podía arrancar.
Especialmente importante resulta asimismo el símbolo del “asiento peligroso”, reservado al “caballero elegido” o decimotercero, llamado a realizar toda una obra de restauración, emprendiendo la búsqueda de “lo que se ha perdido” (el Grial) a fin de reasumir la función suprema de centro, lo que implica una decadencia previa del reino de Arturo (al igual que en su momento había sucedido con el de los Thuatas). Tenemos así el tema de la Gaste Terre o “tierra devastada” y del “rey herido” o impedido que aguarda al “héroe de las dos espadas”, es decir, aquel que reunifica en sí mismo el poder sobre el mundo visible y el invisible tras vencer un peligro de carácter “titánico” o “luciférico”. El mismo que tras “haberse abierto con las armas” el camino hasta el Grial, es capaz de formular la pregunta decisiva, de poner el dedo en la llaga de la cuestión fundamental que da sentido a toda su gesta (sin la cual su fuerza heroica quedaría maldita) restituyendo a la realeza su poder. En suma, ¿para qué sirve el Grial? Muchas veces, en el momento de formular la pregunta, es decir, de sentir en modo viviente esta problemática, acontece el milagro del despertar, de la curación o de la restauración (todo ello en consonancia con el denominado “misterio de la sangre”).
Tenemos así que en la Edad Media europea afloró una vena de espiritualidad que se remonta precisamente a la tradición primordial en su aspecto regio, tomando forma especialmente a través de la literatura caballeresca por un lado, y de las figuras, mitos y sagas del “ciclo imperial” (Alejandro Magno, el Preste Juan, Ogier de Dinamarca, el “tercer Federico” …) por otro, revelando el conjunto una perfecta coherencia interna una vez reconocidas sus ideas-base, su verdadera naturaleza, carácter y orientación.
No podemos entonces dejar de señalar lo erróneo de la interpretación del misterio del Grial como un misterio cristiano. El cristianismo, en efecto, como punta de lanza de una oleada “asiatizante” ligada, en el mejor de los casos, a la Luz del Sur, reviste en la concepción evoliana el significado de colapso no sólo de la tradición romana, sino de toda la tradición occidental. En efecto, como bien apunta nuestro autor en otro lugar, el mayor milagro del cristianismo consiste en haber logrado afirmarse entre los pueblos europeos, incluso teniendo en cuenta la decadencia en que cayeron numerosas tradiciones de los mismos. Sea como fuere, resulta innegable que, pese a los intentos tardíos de cristianización -nunca consumada por otra parte-, los elementos cristianos que aparecen en la saga no detentan sino un carácter accesorio, secundario y de cobertura. Como acabamos de ver, para captar su auténtico contenido han de ser asumidos como punto más directo de referencia los temas y recuerdos conservados más que nada en la tradición céltico-hiperbórea.
En esencia, el Grial simboliza el principio de una fuerza trascendente inmortalizadora vinculada al estado primordial y que se mantuvo presente durante el período de la “caída”, involución o decadencia. Resulta significativo que en todos los textos los custodios del Grial y del lugar en el que el mismo se manifiesta no sean sacerdotes, sino caballeros, guerreros, y que además aquel lugar sea descrito no como un templo o una iglesia, sino como un palacio real o un castillo.
Llegados a este punto, podemos entender que el reino inaccesible e intangible del Grial representa ante todo un estado, al que se accede mediante un cambio de naturaleza. En este sentido, dicho reino –como Thule, la Isla Blanca o la Tierra del Sol- está siempre presente. De acuerdo a su naturaleza “polar”, el mismo permanece inmóvil. En consecuencia, no es que el mismo esté a veces más cerca y a veces más lejos de la corriente de la Historia, son los hombres y sus reinos los que pueden estar más o menos cerca de él.
Ahora bien, en un cierto período, el medievo gibelino pareció presentar al máximo dicha aproximación y ofrecer, por decirlo así, una materia histórica y espiritual de tal carácter que el reino del Grial habría podido pasar de oculto a manifiesto, y dar lugar a una realidad al mismo tiempo interior y exterior, como en las civilizaciones tradicionales de los orígenes. Sobre esta base se puede sostener que el Grial fue la coronación y el “misterio” del mito imperial, así como la suprema profesión de fe del alto gibelinismo.
En efecto, el Sacro Imperio Romano-Germánico constituyó una restauración y continuación del espíritu de la antigua Roma, cuyo colapso fue al mismo tiempo el del intento de volver a levantar, reorganizar y unificar a Occidente en conformidad con el símbolo imperial (expresión sensible de una centralidad metafísica). Dicha continuación hacia una (nueva) síntesis “solar” ecuménica implicaba, lógicamente, la superación del cristianismo, y por tanto, debía entrar en conflicto con la pretendida hegemonía que alegaba cada vez más la Iglesia de Roma.
El Medievo esperaba una restauración heroica, esperaba al héroe del Grial, al “héroe de las dos espadas” que hiciese posible que el Arbol Seco del Imperio volviese a florecer, que el jefe del Sacro Imperio Romano-Germánico se convirtiese en imagen o manifestación del mismo “Rey del Mundo”, haciendo brotar un ímpetu absoluto que venciese todo antagonismo, toda usurpación, todo desgarro, instaurando verdaderamente un nuevo orden solar.
La civilización ecuménica imperial y feudal del Medievo, más allá de su profesión meramente nominal de fe cristiana, ha de ser valorada sobre todo desde esta perspectiva. Y, como ya hemos dicho, ese despertar de una tradición heroica vinculada a una idea imperial universal debía suscitar fatalmente fuerzas enemigas y conducir finalmente al choque con el catolicismo. De ahí el drama del gibelinismo medieval, de la gran caballería, y en particular de la Orden del Temple.
Esta última, en efecto, prototipo de las órdenes ascético-guerreras que reflejaban el modelo de la caballería del Grial, y uno de cuyos cometidos principales (y velados) consistía en la preparación del advenimiento de un Mesías Imperial, encuentra ecos directos en el ciclo del Grial.
En Wolfram von Eschenbach, los caballeros del Grial son denominados Templeisen (“templarios”), si bien en su relato no figura para nada un templo, sino sólo una corte (ha sido justamente reseñado a este respecto que la descripción que Bernardo de Clairvaux en su Elogio de la nueva milicia templaria hace del Templo, con sus escudos, bridas, sillas de montar y lanzas, recuerda más a la del Valhalla nórdico-germánico que a la del templo veterotestamentario). En algunos textos, los caballeros-monjes de la “isla” misteriosa llevan el signo de los templarios: una cruz roja sobre fondo blanco. En otros, las aventuras del Grial toman una dirección típica de “ocaso de los dioses”: el héroe del Grial cumple, es cierto, con la “venganza” y restaura el reino, pero una voz celeste le anuncia que debe retirarse con el Grial en una tierra insular misteriosa. La nave que viene a buscarlo es la nave de los templarios: ostenta una vela blanca con una cruz roja.
Indudable resulta también, por otra parte, que la Orden detentaba una jerarquía iniciática interna en la que como condición para ser introducido en la misma (tal como se desprende con gran uniformidad no sólo de confesiones arrancadas con tortura, sino también de declaraciones espontáneas) el candidato debía abjurar de la cristolatría “pisoteando el crucifijo”. Esto, lejos de revestir tintes blasfemos, consistía más bien en una especie de prueba: había que demostrar la capacidad de superar una forma exotérica, simplemente religioso-devocional (fideísta) de culto.
Sea como fuere, con el ocaso del Medievo la tradición aflorada en el ciclo de las sagas aquí consideradas se retrajo nuevamente del escenario de la Historia. La misma prosiguió únicamente de modo subterráneo, a través de organizaciones secretas que, como arterias dispersas, pueden en cierta medida considerarse como herederos del Grial. Cabe citar en primer lugar a los “Fieles de Amor”, es decir, aquellos poetas (entre los que se contó Dante) cuyo lenguaje erótico tuvo muchas veces un significado simbólico e iniciático, además de conformar una organización secreta de carácter gibelino decididamente contraria a la Iglesia (quizás no privada de relación con el Temple mismo).
A continuación, el mismo Hermetismo (como “Arte Regia”) tal como se continuó tras la crisis del Medievo, cuya consecución del oro (sinónimo del Sol y el Rey) u “opus magnus” suele muchas veces presentarse bajo la forma de un rey que resucita.
Finalmente, la Orden Rosacruz (que no ha de ser confundida con los movimientos actuales que usurpan dicho nombre), misteriosa fraternidad que asimismo proyectaba una restauración de Europa y la llegada de un Imperator que habría de poner fin a toda usurpación, pero que en la vigilia de aquellos Tratados de Westfalia que dieron el último golpe a la residual autoridad del Sacro Imperio Romano-Germánico, se encerraron nuevamente en el silencio, volvieron a relegarse en la sombra (simbólicamente, los Rosacruces habrían “abandonado” Europa).
El último capítulo del presente libro atiende a una situación de singular importancia histórica, la “inversión de gibelinismo”, tomando en consideración los orígenes y el sentido de la masonería, organización que estuvo dotada de un carácter iniciático en sus inicios pero que, en forma paralela a su politización, ha pasado a obedecer a influencias antitradicionales para actuar finalmente como una de las principales fuerzas secretas de la subversión mundial.
Sea como fuere –y como concluye J. Evola uno de sus pequeños ensayos dedicados a la temática griálica- incluso en la fase más oscura de la Edad Oscura, sigue siendo vigente lo que los ascetas tibetanos dicen respecto de Shamballa, la ciudad sagrada del Norte, hacia donde concluye la “vía del Septentrión” o devayâna: “Ella reside en mi corazón”.

Javier M. Resurrección



EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (XI): LA COAGULACIÓN
septiembre 24, 2013, 10:48 am
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En nuestro anterior “El Hombre de la Tradición (X): el ariya” hemos hablado de esa meta que el Hombre de la Tradición aspira culminar y que no es otra que la de la espiritualización de su alma. Hay quienes piensan que tras dicho logro no queda más que “perderse” sin más en ese plano Superior, Trascendente e Incondicionado de la realidad. Y no, no se de trata de evadirse con respecto al mundo manifestado. No se trata de quedarse en el “solve” (´espiritualización del cuerpo´) del que hablaba la tradición alquímica, sino de dar otro paso y completar el “coagula” (´corporización del Espíritu´) del que también hacía referencia el hermetismo en el conjunto de esa feliz fórmula del “solve et coagula”, que también puede denominarse como la de la ´Trascendencia Inmanente´ que nos tiene que dejar claro el que la Iluminación con respecto a lo Eterno e Incondicionado sucede en este plano material de la realidad: sucede en este mundo, pues la Trascendencia es despertada en el interior del Hombre, ya que se halla, en él, adormecida por culpa de ´avidya´ (la ignorancia), o el olvido que el Principio Supremo padece en su camino descendente que le lleva a su integración en el nuevo ser humano en el mismo momento de su concepción. Y si la Iluminación tiene lugar en este plano material de la realidad debe ella encargarse, acto seguido de haberse conseguido, de impregnar con su Luz a dicho plano de la realidad.

A propósito de ciertas –a nuestro entender- erradas interpretaciones de los textos basilares de la tradición hinduista comentábamos en cierta ocasión que “considerar al mundo manifestado como mera ensoñación puede llevar a posturas evasionistas con respecto a la inmanencia. Puede llevar a refugiarse en la Trascendencia pura y hacer ignorar, por ende, una realidad sensible sobre la que el Hombre Tradicional debe tener muy claro que debe actuar para sacralizarla y convertirla en un reflejo de lo Alto.”
Tras ´espiritualizar la materia´ se trata, pues de ´materializar el Espíritu´, esto es, de impregnar nuestro ´corpus´ y nuestra ´mens´ con ese Espíritu que habíamos Despertado a través de la ´via remotionis´ (´vía de la remoción´) en que consiste la Iniciación. De este modo podemos hablar de ´Tradición´ y no exclusivamente de ´Metafísica´, por cuanto la ´Tradición´ supone y exige la sacralización de la materia: la sacralización del mundo, o -según otra expresión dada- ´la traslación del macrocosmos al microcosmos´ y la aspiración a la consecución del ´Imperium´, aquí abajo, como reflejo del ´Ordo´ que rige allí arriba. (Sobre el concepto Tradicional de ´Imperium´se puede consultar nuestro siguiente enlace: https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/el-imperium-a-la-luz-de-la-tradicion/.)

También reflexiónabamos hace un tiempo, en la misma línea, acerca de que “el Espíritu, una vez pasado de potencia a acto a través de la Iniciación, no debe olvidarse del cuerpo (la materia), evitándose, así, posturas como las de aquellos ayunos extenuantes suicidas o el propio suicidio en sí practicado como medio de “liberar” al Espíritu aprisionado por un cuerpo al que había, pues, que eliminar; posturas ejecutadas, p. ej., por maniqueístas extremos como los cátaros. Nos alejamos, de este modo, de evasionismos con respecto a la posibilidad de actuar en este mundo de aquí abajo.”
El Hombre Tradicional no debe, visto lo cual, renunciar al cuerpo y apartarse de él, sino gobernarlo, dominarlo y dominar la vida. El estoico Séneca comentaba que “el sabio no debe huir de la vida, sino apartarse de ella” y este ´apartarse´ lo debemos entender, desde el punto de vista de la Tradición, como un no dejarse llevar por la inercia que comporta la cotidianeidad de la vida y sus estímulos superficiales. No es huida evasiva de la vida lo que el Hombre de la Tradición ha de asumir tanto a lo largo de su camino transustanciador como una vez culminado éste, sino la sacralización de la misma. El hombre diferenciado que se proponga el aventurarse por el periplo que le pueda llevar a la metanoia o renacer a la realidad Metafísica será de lo caduco, de lo inestable, de lo fluctuante, de lo cambiante y de lo efímero (de lo que muere) de lo que pugnará por liberarse. Pugnará por liberarse de ese bullir psíquico que altera el rector obrar del hombre y pugnará por eternizar (Espiritualizándola) su alma. Así debemos entender un dicho taoísta de: “que el hombre intente liberarse de la muerte, pero no busque liberarse de la vida”.
Si hasta aquí hemos tratado sobre el sentido del ´coagula´ del que nos habla la tradición hermético-alquímica (y que arranca del momento en el que el Hombre se ha hecho uno con el Principio Supremo Imperecedero -Brahman- para abocar, seguidamente, la sacralidad de éste sobre todo el existir del dicho Hombre), también podemos tratar sobre la constatación de que no es en base a la renuncia del cuerpo sino -no sólo a su dominio y control- incluso a su utilización como el hombre diferenciado puede ir culminando con éxito su ´via remotionis´ transformadora.
Hay que plantearse el ejecutar cada acción de nuestra vida de acuerdo al principio de ´hacer lo que debe ser hecho´ (consúltese nuestro “El Hombre de la Tradición (IV): El Deber”) y no permitir que nuestro actuar continúe consistiendo en un simple agitarse convulso al son de estímulos, pasiones y demás turbulencias mentales. Si el hombre diferenciado es capaz de accionar así en la cotidianeidad de su existencia habrá dado el primer gran paso para adiestrar su mente y controlarla para poder, de este modo, emprender los pasos posteriores interiores necesarios que le permitan el acceso a la gnosis de realidades de tipo Suprasensible. La vida resulta, pues, imprescindible para culminar los procesos que dan acceso a la palingénesis o ´segundo nacimiento´, tal como nos señala una sugerente cita extraída del texto del hinduismo que lleva por nombre “Mârcandenya-Purâna” y en el que del diálogo del sabio Mârcandenya con el también sabio Jaimini se puede leer que “la vida como un arco, el alma como una flecha, el Espíritu Absoluto como diana a traspasar. Unirse con ese Espíritu, como una flecha lanzada se clava en su blanco”.
Y es que el hombre diferenciado debe encarar la vida cual si se tratase del atanor o recipiente en el que los alquimistas operaban sus fórmulas para ´transformar el plomo o en oro´; símbolo externo de lo que realmente pretendían: la Búsqueda de lo Eterno partiendo del cuerpo y no renunciando a él. De este modo la vida no será más contemplada como ´un valle de lágrimas´, como un estado del que hay que evadirse porque lleva irremisible y fatalmente a la perdición sino, al contrario, como un banco de pruebas y un campo de batalla que puede conducir al hombre diferenciado a su Liberación, pues “vita est militia super terram” (“la vida es milicia Supraterrenal”); vida que deberá ser sacralizada (el ´coagula´) si nuestro hombre diferenciado consuma dicha Iluminación.
Este no desintegrar la propia individualidad (el yo) sino lidiar por sacralizarla y poder hablar mejor, así, de ´personalidad´ es una postura que en la percepción de Evola resulta incuestionable si es, repetimos, que se quiere hablar de ´Tradición´ y no exclusivamente de ´Metafísica pura´. Se trata, inicialmente, de domeñar al yo y no de que éste campe -con la agitación que caracteriza a un ´yo ordinario´- a sus anchas. No es, pues, cuestión de eliminarlo. El gran intérprete italiano de la Tradición recordaba (en el cap. VI de “Máscara y rostro del espiritualismo contemporáneo”) esta máxima iniciática: “Pregúntate si eres tú quien tiene al yo o si el yo es quien te tiene a ti”. Al igual que nos enseñaba que “no hay duda de que es necesario liberarse de un cierto yo; la via remotionis (el camino de la remoción), la destrucción del ´hombre antiguo´(el cual, desde otro punto de vista, no es más que ´el hombre nuevo´, el más reciente) es una condición que ha sido siempre reconocida para la reintegración espiritual. Pero al mismo tiempo es preciso subrayar una continuidad fundamental y no insistir en rígidas antítesis”; antítesis entre Espíritu, de un lado, y cuerpo y alma (el yo), por otro lado.
Y es también el maestro nacido en Roma el que -en el transcurso de una polémica epistolar mantenido, en temprana época, con René Guénon sobre cierta metafísica hindú centrada en el Vedânta- transcribía esta máxima de los Tantra: “¡Oh, señora del Kula! En Kuladharma (vía tántrica de la potencia) el disfrute deviene realización (yoga) perfecta, el mal se hace bien y el mundo mismo se convierte en el lugar de la liberación”. Y nos la transcribía para que el Hombre de la Tradición que brega por los caminos del Despertar no contemple la vida terrenal como ese ´valle de lágrimas´ al que aludíamos y del que, supuestamente, habría que desgajarse sino como trampolín que facilite su autorrealización y como realidad (la física) a la que hacer reflejo de la Metafísica. De ese “el mal se hace bien” incluso se podría desprender también la posibilidad de que el hombre diferenciado haga suya la doctrina extremooriental de ´cabalgar el tigre´ y sepa transformar los ´venenos´ disolventes que el mundo depara en ´remedios´, gracias a la ayuda que los dichos ´venenos´ pueden suponer -para el hombre descondicionado- en el sentido de medios a utilizar para facilitar la superación de los estados de conciencia ordinarios y posibilitar la entrada en estados de conciencia Superiores (metafísicos o suprasensibles).
De acuerdo con esta doctrina extremooriental no existen cortapisas, dogmas ni morales que puedan resultar un obstáculo para el renacer espiritual de un tipo de ´hombre diferenciado´(consúltese nuestro “El Hombre de la Tradición (VIII): El descondicionamiento”). Además, en otro orden de cosas, el Hombre Despertado ha hecho suya una dimensión Sobrehumana alejada de categorías -como la de la moral- que corresponden al ámbito meramente social, religioso y, en definitiva, humano. Por esto el neoplatónico Plotino (s. III d. C.) aseveraba que “como los dioses hay que ser, no como hombres de bien: no de hallarse exento de pecado, sino de convertirse en dios se trata.” (Un hombre de la Tradición debe entender en este contexto el ´más allá del bien y del mal´, de Nietzsche.)
Y es, finalmente, tras las directrices de la doctrina de ´Cabalgar el tigre´ (que tan reñida se halla de cualquier atisbo o conato de ´fuga de la realidad´ y de rechazo del mundo físico) que Evola sentencia: “Me permito todo aquello a lo que puedo renunciar”; a lo que puedo dominar -los ´venenos´- y no me va, pues, a ´devorar´ cual si del tigre se tratase. (Recuérdese lo expuesto en nuestro “Cabalgar el tigre”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/28/cabalgar-el-tigre/ .)

Eduard Alcántara
eduard_alcantara@hotmail.com



EL EVASIONISMO (debates y reflexiones)
agosto 26, 2013, 10:25 pm
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Hubimos mantenido, hace ya algunos años, en algún foro un buen número de debates de corte eminentemente metafísico. Nos resistimos a concebir un tipo de hombre mutilado y privado de su dimensión Trascendente. No comulgamos con posiciones reduccionistas. Muchos y variados fueron los aspectos, de esta índole, sobre los que hubimos debatido. Y algunos de éstos habían guardado una relación más o menos directa con una serie de cuestiones que andan muy interrelacionadas las unas con las otras, como es el caso del determinismo, del fatalismo, del nihilismo, del evasionismo o de actitudes pasivas y de fuga ante la existencia y ante la realidad circundante.
Al respecto hemos extractado fragmentos de diferentes intervenciones nuestras. Una vez leídos los primeros, se podrá constatar el hecho de que para nosotros es Julius Evola quien mejor ha sabido interpretar la Tradición y los temas que de ella pueden derivar. Y nos referimos, cómo no, a la Tradición tal como siempre la concibieron nuestros ancestros; tal como la vivieron los pueblos indoeuropeos.
Entre los fragmentos que figuran a continuación, aparecen sólo cuatro párrafos que no han sido el fruto de ningún debate, sino que forman parte de un escrito que elaboramos hace ya algún tiempo.

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Parece que existen ´evolianos´ que han adoptado posturas pasivas ante este disoluto mundo moderno, obviando de este modo que uno de los dos parámetros existenciales (ecuaciones personales, afirmó nuestro pensador) que dan forma y contenido a la obra de Evola es el de la opción de la vía ACTIVA, la del guerrero, la del kshatriya como camino a seguir por el hombre Tradicional; su otra ecuación personal latente ya a temprana edad fue su impulso hacia lo Trascendente.

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Acusar al Tradicionalismo de posturas evasionistas, de huir del mundo físico o de negarlo supone incurrir en una supina falta de conocimiento sobre el tema. Evola dejó bien claro que nuestros ancestros comulgaron con un tipo de Espiritualidad Solar antagónica a aquella lunar propia, por ejemplo, de los pueblos de origen semita entre los que apareció el maniqueísmo, el dualismo y que, a lo largo de la historia, produjo excrecencias como la de unos cátaros que despreciaban el cuerpo en particular y el mundo físico en general como creaciones, según ellos, del Mal representado por el ángel rebelde o caído Lucifer.

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Y es que desde el punto de vista de la Tradición, el catarismo representa a una cosmovisión completamente lunar, con todos las consecuencias que conlleva la misma: igualitarismo antijerárquico, pacifismo, pusilanimidad, evasionismo y un
MANIQUEÍSMO galopante para el cual todo lo que tenga que ver con el mundo físico (la Tierra, la naturaleza, el cuerpo,…) no es sino obra de Lucifer (=ente del Mal) y, como creación suya, debe ser denostado y mortificado. Esta “certeza” se traducía, entre los cátaros, en el total descuido hacia su propio cuerpo, en prolongados, intensísimos y autoflagelantes ayunos y, en
fin, en el suicidio como forma de “liberar” al alma prisionera del “nefasto y pecaminoso” cuerpo. Ante semejante cosmovisión, la indoeuropea siempre concibió al cuerpo como el templo del espíritu y al cosmos, a la naturaleza y al mundo físico como manifestación del Principio Supremo.

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En el mundo indoeuropeo siempre se habló en sus textos sagrados de las cuatro consabidas edades: las de oro, plata, cobre y hierro de la tradición grecorromana o las de los cuatro yugas de la indoaria. Cada una de estas etapas suponía una regresión del hombre en cuanto se alejaba paulatinamente de su origen divino para ir, poco a poco, materializando su manera de entender y de vivir la existencia; regresión opuesta a la idea de progreso continuo de que se vanagloria el mundo moderno y que en realidad no se trata más que de un proceso progresivo y acelerado de desespiritualización y de bestialización, esto es, de una fuga del hombre hacia adelante en su enfermiza obsesión de alimentar, alentar y sobresaturar sus apetencias fisiológicas y de dar rienda suelta y desenfrenada a sus apetitos, instintos y pasiones más bajos y animalescos. Estamos, por ende, hablando, por un lado, del Hombre-Dios que, según el pensamiento Tradicional, se va bestializando paulatinamente y, por otro lado, del animal simiesco que, según uno de los subproductos de la modernidad –el evolucionismo-, progresa hasta convertirse en humano; y es que esta idea de ´progreso´ continuo emana de la concepción lineal que de la historia de la humanidad hace gala el mundo moderno.
Dentro de esta concepción marcada por la fuga hacia adelante debemos comprender la pretensión del historicismo, que considera al hombre como sujeto pasivo sin posibilidad de convertirse en creador de su propia historia -la de la humanidad-: sin posibilidad de ´hacer´ la historia. Esta última sería algo así como una entidad con ´vida´ autónoma cuyas nuevas manifestaciones no serían más que la consecuencia de su misma dinámica interna y en las cuales el ser humano no tendría ningún papel activo. La dinámica económica, social, cultural y política de un período histórico dado serían la lógica, e inevitable, consecuencia de la que aconteció en la etapa anterior .
El ´mito del eterno retorno´ o la doctrina Tradicional de las cuatro edades que una vez finiquitadas vuelven a repetirse podrían hacer pensar que el hombre transita por una especie de circunferencia cuyo camino siempre sería, lógicamente, el mismo, sin posibilidad de modificación; si esto aconteciera así nos hallaríamos ante un cierto fatalismo. Por este motivo, hay quien ha utilizado como soporte gráfico para mejor explicar esta manera de concebir la existencia el de la esfera en lugar del de la circunferencia, puesto que en la esfera se pueden trazar infinitud de circunferencias que corresponderían a las múltiples y diferentes concretizaciones espacio-temporales en que estas doctrinas y concepciones Tradicionales verían su plasmación en el terreno de la inmanencia. Así pues cualquier visión fatalista de la realidad queda descartada puesto que el transitar del hombre y de la humanidad no acontecen por un único camino prefijado con anterioridad e imposible de soslayar, sino que es el hombre quien le da forma a las etapas, a las edades, a los ciclos y a los contenidos cósmicos por los que debe atravesar. Y no únicamente por esto es por lo que se demuestra que, según los parámetros de la Tradición, es un ser activo sino que también deja bien patente dicha cualidad cuando desvaloriza el interés por su devenir histórico y convierte en puntal de su existencia su aspiración a desarrollar su Ser, su esencia metafísica, apoyándose, a menudo, en los rituales sacros que anual y cíclicamente se iban repitiendo en fechas determinadas.
Podemos también hacer recordar, como muestra y signo del ´sentir´ antifatalista del Mundo Tradicional, cómo el proceso de caída por el que va atravesando el hombre desde la Edad de Oro o Satya-yuga hasta la de Hierro, del Lobo, Oscura o Kali-yuga puede ser, aunque sea temporalmente, truncado por él, tal como se puede constatar con los llamados Ciclos Heroicos, en los cuales la casta de los guerreros supera su simple condición de poseedora de fuerza física, es decir, su sola condición humana para impregnarse de sacralidad y aspirar a la misma inmortalidad de los dioses y a la restauración del Orden de la Edad Primordial ante las fuerzas amenazantes del caos: así nos lo narran las sagas aqueas con los Hércules, Aquiles, Teseo,…y así nos lo cuentan los ciclos artúricos con el mismo Arturo y con sus Caballeros de la Tabla Redonda. Se trata de un intento contracorriente de restaurar la unidad del Hombre Primordial, del Hombre de los Orígenes cuyo cuerpo y cuya alma formaban un todo armónico con su espíritu; cuya llama divina e inmortal se hallaba todavía lejos de extinguirse. (1)

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Pero dejémonos de  tabúes y no hablemos de humildad, hablemos claramente de humillación. Ese hombre humillado por su creador bíblico no hará más que esperar pasivamente los tiempos por venir de la ´resurrección de la carne´, porque no posee la capacidad heroica de cambiar su incierto destino y de hacerse uno con el Ser (entre otras cosas porque no concibe albergar en su interior la llama de la Trascendencia). Ese hombre humillado será siempre un pesimista que aceptará con bíblica resignación el destino que le ha impuesto su dios y nunca pensará en rebelarse contra sistemas políticos antitradicionales, injustos, alienantes y explotadores.

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Se ha calificado al catolicismo como de cristianismo paganizado. Otros a éste lo denominan cristianismo helénico. En todo caso es este proceso “paganizante” ocurrido cuando el cristianismo conoce de lo jerárquico una vez institucionalizado, como religión, en los últimos siglos de vida del Imperio Romano, o reflejado en los ciclos iniciáticoguerreros artúricos o imperante en el germanizado -por cuanto a valores se refiere- Medievo, es este, decíamos, proceso “paganizante” el que ha hecho posible que el cristianismo, en algunos momentos de su historia, se haya alejado de escorias y lastres humanistas (sentimentaloides, pasionales, masoquistas,…), fatalistas, mesiánicos, evasionistas, igualitaristas y negadores de la posibilidad que tiene el hombre de llegar al Conocimiento y a la Identificación con el Principio Supremo, sin tener que conformarse sumisamente con el simple y pobre creer y sin tener que esperar (en una clara muestra de debilidad) a ayudas, gracias y perdones que vengan desde lo alto, en lugar de buscar -ese hombre- su Liberación interior por sí mismo y de llegar él a lo Alto. Digamos, con Evola, que el aire más Tradicional lo ha tenido el cristianismo cuando menos cristiano ha sido…

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No hay nada más antifatalista que los ciclos heroicos que forman -o formaban- parte consustancial de las cosmovisiones indoeuropeas. En estas sagas heroicas tenemos claros ejemplos de cómo el hombre es capaz de forjar su propio destino y ponerle frenos a la decadencia; o incluso, acelerar y/o provocar la aparición de nuevas eras áureas.

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Tener una concepción espiritual de la existencia no significa ponerse a ´mirarse el ombligo´ como el Buda gordo. Hace varias décadas, los Dioscuros, unos buenos intérpretes de la manera en la que Evola estudió la Tradición, redactaron una serie de escritos en los que, entre otros asuntos, dejaron bien diáfana la idea de que la Restauración de un Orden Tradicional (cuyos referentes siempre habrán de ser Superiores) no era posible con actitudes de tipo evasionista. Vamos, a continuación, a reproducir algunas de las líneas que ellos redactaron:
“…ni se llegue a un compromiso consigo mismos fingiendo encerrarse en una torre de marfil en la cual se espera el último derrumbe, el dicho justo sea en vez ´si cae el mundo un Nuevo Orden ya está listo´”.
“´Existe quien no tiene armas, pero el que las tiene que combata. No hay un Dios que combata por aquellos que no están en armas´. Tal es la invitación a la lucha dirigida por el maestro pagano Plotino”.
“Sólo del hombre y exclusivamente de él dependerán las elecciones futuras”.
“No hay justificación o comprensión, sino inexorable condena hacia aquellos que, teniendo las posibilidades no combaten y que por inercia se dejan abandonar en forma masoquista a un perezoso fatalismo”.
“Preparar silenciosamente las escuadras de los combatientes del espíritu para que, si y cuando los tiempos se tornen favorables, este tipo de civilización pueda ser destruida en sus raíces y ser sustituida con una civilización normal. Recordando siempre al respecto que los tiempos pueden ser convertidos en favorables y que el hombre es el artífice del propio destino”.
“No existe una condición externa en la cual no se pueda sin embargo estar activos por sí y para los otros”.
“Ha habido una indulgencia en femeninas perezas permaneciendo en la espera de lo que debe acontecer, casi como si se tratara de un buen espectáculo televisivo en el cual el espectador no está directamente implicado”.
“La espera pasiva y mesiánica no pertenece al alma occidental”.
“Verdad tradicional que justamente en la edad oscura son preparadas las semillas de las cuales surgirá el Árbol del ciclo áureo futuro, por lo que nunca, ni siquiera en la época férrea, la acción tradicional se perderá”
“El prejuicio materialista remite las causas de los acontecimientos únicamente a fenómenos de carácter natural. A tal obtusa concepción nosotros oponemos resueltamente la enseñanza según la cual cada pensamiento viviente es un mundo en preparación y cada acto real es un pensamiento
manifestado”.
“Nosotros encendemos tal llama, en conformidad con el precepto ariya de que sea hecho lo que debe ser hecho, con espíritu clásico que no se abandona ni a vana esperanza ni a tétrico descorazonamiento.

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(1) Estos cuatro párrafos han sido extraídos de nuestro escrito “Cosmovisiones cíclicas y cosmovisiones lineales” (https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/27/cosmovisiones-ciclicas-y-cosmovisiones-lineales/ )

Eduard Alcántara
eduard_alcantara@hotmail.com



EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (X): EL ARIYA
agosto 16, 2013, 8:45 pm
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Algunos de aquellos hombres diferenciados que se hayan decidido por dar ese paso que les puede llevar por los caminos de la alquimia interior experimentarán, paulatinamente y a base de mucho denuedo, ese paso previo (la ´obra al negro´) de la superación de ataduras mentales -del que tratamos en nuestro “El Hombre de la Tradición (VIII): El descondicionamiento”-, para, a continuación, con la mente calma, ejercitarse, con tesón y constancia, en una serie de técnicas y ejercicios que desde la concentración y la visualización internas le podrán hacer posible la aprehensión de planos de la realidad sutil (la ´obra al blanco´) que, hasta ese momento, le eran totalmente ignotos. Finalmente, si sus aptitudes y su voluntad son las indispensables, el rigor y método iniciáticos le pueden posibilitar el acceso al Conocimiento de lo que se encuentra más allá de cualquier tipo de manifestación (más allá, incluso, que de la de tipo sutil) y le pueden, paralelamente, hacer posible el Despertar de ese Atman (El Espíritu) que aletargado anida en su seno (la ´obra al rojo´).
Aquél que haya consumado la ´obra al blanco´ y accedido, así, al conocimiento de Realidades Metafísicas habrá experimentado en su interior una auténtica transformación ontológica (de su ser) que le convertirá en lo que los textos del budismo original denominaron ´ariya´ (el renacido a lo Suprasensible o ´nacido dos veces´)
De aquél que vaya culminando estas etapas podemos hablar, con todas las de la ley, como de Hombre de la Tradición. Si las culmina todas estaremos ante el Hombre Absoluto u Hombre Integral: el Despertado o Iluminado.

El principal objetivo vital para el hombre diferenciado debe ser el de la búsqueda de lo que de permanente se hospeda, como potencia, en él por tal de actualizarlo. Trabajando lo que se oculta en su interior podrá devastar la piedra bruta y convertir el plomo en oro, pues tal como escribía, allá por el s. XIV, Juan Ruiz (el ´Arcipreste de Hita´) en “El Libro del Buen Amor” “el agua hierve más bajo la tapadera”; por lo que en el ámbito interno es donde se cuecen las Realidades Superiores. También en el capítulo XXXIII del Tao-tê-king (por título: “Discriminación”) Lao-tsé expresaba una idea similar en los versos que rezan así: “Quien conoce a los hombres es hábil./ Quien se conoce a sí mismo es Sabio”.
De la piedra devastada a obtener podemos encontrar un símil en una cita de la tradición hermética que responde a las siglas V.I.T.R.I.O.L y que textualmente dice: “Visita interiora terrae rectificando invenies occultum lapidem” (“Visita el interior de la Tierra -nuestro cuerpo- y rectificando encontrarás la piedra oculta”); una piedra oculta a la que los rosacruces aludían bajo la denominación de ´átomo crístico´.

Al igual que hemos visto en Lao-tsé también Buda hablaba del Sabio en el que el hombre diferenciado debe aspirar a convertirse. Y lo hacía recordando que “el guerrero crea arcos y flechas, el arquitecto construye puentes y edificios, el agricultor ara y siembra la tierra, pero el sabio se construye o modela a sí mismo”.

Quien compite con los demás vive abocado a lo exterior a sí. Vive a la expectativa de un ´tú´ que le anulará cualquier posibilidad de introspección. Vive en un estado de dispersión que le impedirá descubrir lo esencial que alberga en su fuero interno. Vive abocado a la superficialidad. Es en este sentido en el que hemos visto cómo Lao-Tsé contraponía la Sabiduría que representa el ´conocerse a sí mismo´ con la simple habilidad que se desprende del conocer a los hombres. Y es, de la misma manera, en este sentido con el que Yagyu, ´el maestro de la Vía del Sable´, escribía, en el s. XVI, que “yo no sé cómo superar a los otros. Todo lo que sé es cómo superarme a mí mismo” o con el que un antiguo proverbio hindú señala que “no hay nada noble en superar a otro, la verdadera nobleza radica en superarse a sí mismo”; no en vano el término ´nobleza´ era para Gautama Siddartha (´el Buda´) un sinónimo del de ariya.

Es así que en el interior de uno mismo es donde el hombre diferenciado puede hallar la Centralidad: donde el yo puede llegar a ser uno con el Ser, gracias a la Espiritualización del alma. De ahí que en una conocida inscripción presente en el frontispicio del templo de Delfos, consagrado a Apolo, pueda leerse “Nosce te ipso” (“conócete a ti mismo”) y despierta -añadimos nosotros- todas las fuerzas sutiles que te pueden llevar a la activación del Principio Eterno e Incondicionado que se alberga en tu interior.
Y es que el hombre moderno no es más que un ser mutilado de sus dimensiones metafísicas: un ser superficial que sólo conoce de la realidad sensible y sólo se mueve reaccionando a los estímulos llegados a través de sus sentidos, reaccionando sincopadamente a la ebullición de sentimientos, pasiones y emociones que le golpean y reaccionando, convulsamente, a las sacudidas de su mundo subconsciente e inconsciente. Este ser superficial deberá ser superado por el hombre diferenciado que aspire a erigirse en Hombre de la Tradición y que debe pugnar por descubrir sus dimensiones sutil y Eterna y, así, será fiel a la máxima del poeta griego Píndaro que, allá por el s. VI a. C., decía: “Aprende a ser el que realmente eres.”
Sólo si el yo se espiritualiza el hombre convertido, ahora, en ariya logrará la Eternidad, tal como el poeta y sacerdote católico alemán Angelus Silesius (s. XVII) intuía al espetar: “Hombre, hazte esencial, pues cuando todo se acabe el mundo perecerá y la esencia subsistirá”.
Y es que ante la apariencia o ante la simple existencia vermicular propia del homo vulgaris el hombre diferenciado antepondrá la Esencia (el Ser que ha de activar en sí), tal como siempre se pretendió en el Mundo Tradicional, y hará, para sí, buena la máxima anónima de que “no sigo a los antiguos, busco los que ellos buscaron”; dejando, además, claro con dichas palabras, que su Búsqueda no viene motivada por ningún sentimiento impregnado por la nostalgia de épocas mejores ya periclitadas, pues este sentimiento, como cualquier otro, forma parte de la amplia lista de alteraciones que sufre el alma del ´hombre común´ y que deben ser superadas y dominadas por quien bregue por ser ariya.
El ´hombre común´, la condición meramente humana, debe ser dejado atrás como condición que se refiere a un ser cercenado de aquello que tiene de Superior. Se haría bien en hacer propia la máxima de Nietzsche de que “el hombre es algo que debe ser superado”, pero no tan sólo para que quede descondicionado (tal cual entendía el filósofo alemán cuando se refería a su ideal del ´Superhombre´) de todos aquellos lazos que no le permiten superar su status de enano existencial sino también para que, posteriormente a este paso previo, pueda acceder a estados de conciencia que se hallan más allá de los ordinarios y exclusivos del hombre moderno.
La poca entidad ontológica de lo simplemente humano la advertía, hace varias décadas, un enigmático grupo de Tradicionalistas inspirados por la doctrina perenne expuesta por Evola y que firmaban sus escritos como “Los Dióscuros”. Y la advertía formulando que “lo humano propiamente como tal no es nada, es tan sólo una posibilidad entre dos extremos”. Dos extremos que pueden ser caracterizados por la bestia primaria e impulsiva en que el hombre que no sabe gobernarse puede convertirse o, en el otro lado, por el Ser Imperecedero en que puede llegar a coronarse.

El Hombre de la Tradición que ha encendido en sí la llama Eterna, que tal cual larva anidaba en sus adentros, se asemejará a un fuego que calentará e iluminará espiritualmente a aquéllos que con él se topen y que acabará irradiando y extendiendo, de manera progresiva, la Centralidad que representa. Esta realidad nos la transmite Lao-tsé señalándonos que “es necesario primeramente que nosotros mismos nos hayamos conformado al Principio; luego esta conformidad se extenderá espontáneamente desde nosotros a nuestra familia, a nuestro distrito, al principado, al Imperio”.
De este Hombre Absoluto que, como tal, ha consumado en sí el Despertar al Principio Supremo y Primero emanará una aura mayestática que, sin necesidad incluso de que dicho Hombre actúe (el “wu wei” -´actuar sin actuar´- del que nos habla el taoísmo), atraerá hacia él a su entorno familiar, social y/o político, como si de una fuerza anagógica se tratase, y hará enfocar hacia lo Alto la existencia y la actividad de este entorno. De ese aura mayestática deriva el tratamiento de ´Majestad´ que, en el Mundo de la Tradición, se le empezó a otorgar a los monarcas que, como tales, encarnaban en sí no sólo la función política sino también la sacral, como personas que, gracias a la Iniciación, habían Despertado, en su seno, a lo Eterno e Inmanifestado.
Este poder Espiritual casi magnético propio del Hombre Integral que, en el plano Trascendente, ´actúa sin actuar´ desde esa posición de Estabilidad que le ha proporcionado la Centralidad conquistada, Evola nos lo muestra acercándonos un dicho de la antigua tradición extremo-oriental que nos enseña que “aquel que reina a través de la virtud del Cielo se asemeja a la estrella polar: la misma permanece fija en su lugar, pero todas las otras estrellas giran a su alrededor”.

En ariya, esto es en ´noble´ (éste es el genuino aristócrata), debe lidiar (en su interior) por convertirse el hombre diferenciado; así se le podrá considerar, en toda regla, como Hombre de la Tradición. Y es que si ya hicimos mención de ese proverbio hindú que nos señalaba que “…la verdadera nobleza radica en superarse a sí mismo” no deberíamos, tampoco, obviar esa enseñanza anónima de que “el hombre noble es el que se aventura en esta zona que lo hace idéntico a Dios”.

Eduard Alcántara
eduard_alcantara@hotmail.com



EVOLA Y LA CUESTIÓN RACIAL (IV)
agosto 6, 2013, 8:46 pm
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Las presentes líneas no son más que la continuación de tres escritos que fuimos publicando hace un tiempo y que llevaban el mismo título que éste. El sentido de los mismos fue el de explicar la esencia de la ´doctrina de la raza´ expuesta, en su momento, por Julius Evola para, acto seguido, demostrar con el testimonio del propio Evola (a través de la extracción de un dilatado número de citas suyas) que el aspecto totalitario de la dicha doctrina incluye los tres componentes del ser humano (Espíritu, alma o psique y cuerpo) sin, por tanto, menoscabo o, menos aún, anulación de ninguno de los tres, contrariamente a lo que desde el desconocimiento o la tergiversación intencionada ciertas personas han querido dar a entender cuando, desde diferentes posicionamientos, han querido transmitir la imagen de un Evola que no habría, supuestamente, concedido ningún valor a uno de esos componentes: el cuerpo o raza física. Fue la motivación de darle carpetazo definitivo a este craso desmán la que nos movió a verter una exhaustiva relación de citas contundentes en las que el gran intérprete italiano de la Tradición mostraba la importancia insoslayable y basilar que la raza física tiene en su ´doctrina de la raza´; aun cuando, como consecuencia lógica de una concepción Trascendente de la existencia, la ´raza física´ quede subordinada jerárquicamente a la ´raza del alma´ y ésta lo esté a la ´raza del espiritu´.
Hemos creído, ahora, conveniente añadir un buena cantidad más de citas que van en el mismo sentido y que elevarán a un número incontestable las ya de por sí numerosas aportadas en las tres primeras partes de “Evola y la cuestión racial” y las hemos incluido en esta cuarta parte.
No vamos a volver a explicar la esencia de la dicha doctrina racial evoliana, pues ya lo hicimos en las dos primeras partes (1), así como en nuestro prólogo a “Orientaciones para una educación racial” (también de Evola y cuya edición, por nosotros prorrogada, corresponde a Ediciones Sieghels) (2); prólogo que recoge el fondo y la forma de las explicaciones que vertimos en las dos mencionadas primeras partes. Asimismo creemos que el ciclo explicativo quedó más que cerrado con dos escritos que en los últimos meses han sido publicados en el blog “Julius Evola. Septentrionis Lux” (3). Por ello es que nos vamos a limitar a relacionar las citas anunciadas que el maestro romano nos dejó en obras y artículos variados, no sin antes recordar que Evola fue dando el visto bueno o retocando y/o ampliando sus libros a medida que se iban reeditando en numerosas ediciones hasta, incluso, pocos antes de su defunción, por lo que lo escrito, p. ej., en los años ´30 y ´40 de la pasada centuria pasó por su refrendo durante las décadas de los ´50, los ´60 y los ´70. Dicho esto sin menoscabo de que, a pesar de los vientos contrarios, muchas de las citas (como se puede comprobar consultando las cuatro entregas de esta nuestra serie) fueron redactadas a partir de 1.945…

Así, en un artículo titulado “Nietzsche, el incomprendido” Evola antepone “Al abstractismo mojigato y a los formalismos de una fe antiaria, el ideal suprarreal y solar de la iniciación”. (Artículo publicado en castellano por Ediciones Heracles, en 2.012, en la obra “Más allá de Nietzsche”.)

En su obra magna “Rivolta contro il mondo moderno”, el maestro romano nos dice que “Allí donde se encuentran razas inferiores ligadas al demonismo ctonio y mezcladas con la naturaleza animal han quedado recuerdos de luchas, en forma mitologizadas, en las cuales siempre se subraya el contraste entre un tipo divino luminoso (elemento de derivación boreal) y un tipo oscuro no-divino. Y en la constitución de los organismos tradicionales, de parte de las razas conquistadoras, se determinó entonces una jerarquía que tenía simultáneamente un valor espiritual y étnico. En la India, en el Irán, en Egipto, en el mismo Perú y así sucesivamente, se tienen rastros bastante evidentes de todo esto a través del régimen de castas” (pág. 250 de la edición, de 1.994, realizada por Ediciones Heracles y que lleva por título “Rebelión contra el mundo moderno”).

Asimismo, en la página 265 de la citada obra se puede leer que “En especial en el período de largo invierno glacial, era natural que en las razas del Norte la experiencia del sol, de la luz y del mismo fuego actuase en un sentido de espiritualidad liberadora, y que naturalezas urano-solares, olímpicas o de llama celeste viniesen al primer plano en el simbolismo sacral de estas razas más que de otras. Además la rigidez del clima, la esterilidad del suelo, la necesidad de la caza, en fin, la necesidad de emigrar, de atravesar mares y continentes desconocidos, tuvo naturalmente que plasmar a aquellos que interiormente conservaron esta experiencia espiritual del sol, del ciclo luminoso y del fuego en temples de guerreros, de conquistadores, de navegantes, de modo de propiciar aquella síntesis entre espiritualidad y virilidad, de la cual se conservaron características en las razas indoeuropeas”.

En el mismo libro, en un apartado dedicado a los Estados Unidos, Evola escribe sobre: “…el jazz. En las grandes salas de la ciudades yanquis en donde centenares de parejas se sacuden como fantoches epilépticos y automáticos ante los sincopados negros, es verdaderamente un ´estado de muchedumbres´”. (pág. 432).

En un artículo que lleva por título “El símbolo aristocrático romano y la debacle clásica del Aventino” nos habla en estos términos escuetos y contundentes: “…Jerusalén, foco de la infección semítica” (escrito inserto en el recopilatorio “La Tradición romana”, pág. 78, Ediciones Heracles, 2.006).

En otro escrito titulado “La mística de la raza en Roma antigua” leemos que “El sujeto es parte de un grupo, de una estirpe o gens. Es parte de una unidad orgánica, cuyo vehículo más inmediato es la sangre” (pág. 118 del citado recopilatorio).
Y en el mismo escrito Evola afirma que “El relieve que la antigua humanidad ario-mediterránea diera a la raza como espíritu, además que a la del cuerpo, es un hecho irrefutable”. (pág. 119)

En otro de sus libros, “El mito de la sangre”, el maestro italiano nos recuerda que en la Tradición “Se advertía sin embargo como una cosa bien definida la necesidad de preservar la sangre, de mantener y transmitir en su integridad un patrimonio preciosos e insustituible vinculado a la sangre. Por lo cual, en varios casos, la contaminación de la sangre se le apareció al hombre antiguo y tradicional menos como una culpa de orden social como un verdadero sacrilegio.” (pág. 27 de la edición preparada por Ediciones Heracles, del año 2.006)

En la misma obra nos transmite la idea de que la idea de raza, como ´mito´, “ha pasado a formar parte de movimientos políticos renovadores, en un primer momento del nacionalsocialismo y luego del mismo fascismo”. (pág. 28)

Vamos, ahora, a hacer un recorrido por el libro de Evola “Sintesi di dottrina della raza” echando mano de la traducción al castellano, en 2ª edición, del año 2.005 (“La raza del espíritu”) efectuada por Ediciones Heracles.
Así, en la pág. 25 -en el contexto de las anexiones territoriales que en África había consumado el régimen fascista- escribe que “La conquista del imperio africano ha traído como natural consecuencia un nuevo orden de medidas protectoras y profilácticas, procedentes de análogas exigencias y de la evidente oportunidad de que, en el contacto con pueblos inferiores, el pueblo italiano tuviese el muy neto sentido de las diferencias, de su dignidad y de su fuerza.”

En la 27 nos pone en situación ya que, según él, “Desde una perspectiva histórica, el redespertar del sentimiento de la nación y de la raza es una de las condiciones preliminares imprescindibles para la tares de retomar en un organismo bien articulado todas aquellas fuerzas que, a través de la crisis del mundo moderno, estaban por perderse y por hundirse en el pantano de una indiferenciación mecánico-colectivista e individualista. Y esta tarea es cuestión de vida o muerte para el futuro de toda la civilización europea”.

En la pág. 54 leemos que “un tal estado ´olímpico´ se encuentra en la más estrecha relación con el tipo de la raza hiperbórea, sobre el cual habremos de hablar, y el que puede considerarse como la raíz originaria de las principales estirpes dominadoras arias y nórdico-arias”.

En la 62 nos dice que “en el momento en el cual se iniciaron las emigraciones hiperbóreas prehistóricas, la raza hiperbórea podía entre todas considerarse como aquella raza superior, como la superraza, la raza olímpica que expresaba en su extrema pureza a la misma raza del espíritu. Todas las otras razas humanas existentes sobre la tierra en aquel período, en su conjunto, parece que se presentaron o como ´razas de la naturaleza´, es decir razas animalizadas, o como razas convertidas, por involución de ciclos raciales anteriores, en ´razas de naturaleza´.

En la 71 nos subraya que “el carácter deletéreo de las cruzas no se manifiesta tanto en la determinación de los tipos humanos desnaturalizados o deformados con respecto a su raza originaria del cuerpo, sino sobre todo en la realización de casos en los cuales lo interno y lo externo no se corresponden más, en los cuales la raza del cuerpo puede estar en contraste con la del alma y ésta a su vez puede contradecir a la del espíritu o viceversa, dando pues lugar a seres quebrados, semihistéricos, a seres que, en sí mismos, no se encuentran más, por decirlo así, en su propia casa”.

En la página 87 nos comenta la idea sostenida por Weiniger -y defendida por nuestro autor- “de que las relaciones que se establecen entre un hombre y una mujer verdaderos corresponden analógicamente a las que existen entre la raza aria y la raza semita. Weiniger se ha dedicado a buscar las cualidades femeninas, que aparecen como una precisa correspondencia con las que son típicas del semita y del judío”.

En la p. 109 escribe que “si una civilización de tipo ´clásico´, en un sentido olímpico y viril, y no en la vulgar acepción estetista y formalista, refleja algo de la raza nórdica del espíritu, cada civilización romántica y ´trágica´, en tanto lo opuesto de ésta, erá en vez la segura señal de la prevalencia de influencias que proceden de razas y residuos étnicos de naturaleza no nórdica, pre-aria y anti-aria”.

En la 129 se puede leer que “puede decirse de las civilizaciones ´arianas´ que el elemento semítico, pero luego sobre todo el judaico, representó la antítesis más precisa, por ser tal elemento una especie de condensador de los detritos raciales y espirituales de las diferentes fuerzas que chocaron en el arcaico mundo mediterráneo”.

En la pág. 135 nos recuerda que “dos condiciones definían la cualidad aria: el nacimiento y la iniciación. Arios se nace; tal es la primera condición. La arianidad sobre tal base es una propiedad condicionada por la raza, por la casta y por la herencia, la misma se transmite con la sangre de padre a hijo y no puede ser sustituida por nada, del mismo modo como el privilegio que, hasta ayer, en Occidente tenía la sangre patricia”.

En la 136 escribe que “No cualquiera es apto para recibir legítimamente la iniciación, sino sólo quien ha nacido ario. Si ésta es impartida a otros es delito. Nos hallamos así con una concepción superior y completa de la raza. La misma se distingue de la concepción católica puesto que ignora un sacramento apto para suministrarse a cualquiera, sin condiciones de sangre, raza y casta, de modo tal de conducir a una democracia del espíritu”.

Siguiendo con el recorrido de este libro alcanzamos las páginas 141 y 142 en las que Evola comenta que “(…) Igualmente no originario es el monoteísmo de la religión hebraica, el cual en su crudeza y en la unilateral exasperación de su dualismo debe ser considerado como una especie de desesperado punto de referencia para aquella función de unificar, de alguna manera, a través de la Ley judía, a un conjunto de detritos étnicos en sí mismos tendentes a dispersarse hacia cualquier sector. En cuanto a la presunta ´religión superior´ con que en general se califica a la de Israel, en la misma motivos ya presentes en las civilizaciones del ciclo ario se mezclan con elementos sospechosos que concluyeron yendo al encuentro de los fermentos de descomposición étnica y moral actuantes en el mundo mediterráneo y alterando sensiblemente todo lo que en tal mundo todavía subsistía como un eco o remisión de la antigua tradición nórdico-aria”.

En la página 264 leemos que “El Ario de los orígenes se sintió como de la misma estirpe de los dioses, si no también e incluso, dominador de dioses”.

Más adelante, en la misma página, escribe Evola que “Adán, en el mito semita, es un maldito por haber intentado tomar del árbol para ´hacerse semejante a los dioses´, a los Elohim, el mito ario típico nos representa para tales aventuras trascendentes un resultado victorioso e inmortalizador en la persona de héroes, como por ejemplo Heracles, Jasón, Mithra, Siegurt.”

En la página siguiente -265- escribe que “Este especial carácter sacral de la idea aria del regnum se desarrolla por lo demás en una vocación efectivamente imperial y universal sentida por todas las principales ramas de la supraraza aria”.

Por último, en la 267 de esta “Sintesi di dottrina della raza” concluye que “Frente a los valores de la espiritualidad aria primordial las fuerzas más profundas del hombre occidental -afectado ya por tantas cruzas- serán puestas a prueba; si, casi despertándose de un largo sueño, las mismas serán capaces de responder, serán ellas las que asuman un papel, cuya importancia difícilmente sería exagerada, en el proceso totalizador de la purificación también biológica y psíquica de un determinado grupo étnico, hasta el resurgir y el predominar en el mismo de un hombre nuevo, de un tipo nuevo nórdico-ario”.

Vamos a cambiar de obra para recordar algunos pasajes de otra de nuestro autor: “La doctrina del despertar”, subtitulada en la edición castellana de la editorial Grijalbo -1.995- como “El budismo y su finalidad práctica”, pero cuyo subtítulo original es “Saggio sull´ascesi buddhista”.
Así, en su pág. 23 Evola nos pone en situación al escribir que “Es conveniente, empero, que hoy las mentes más calificada sean llevadas a comprender, una vez más, lo que el ascetismo significa y puede significar en una visión de conjunto, aunque también en una serie de planos jerárquicamente ordenados, con independencia tanto de las actitudes religiosas de tipo cristiano, como de profanaciones modernas, pero con orientación, en cambio, a las tradiciones primordiales y a las más excelsa concepción del mundo y de la vida propios de otras civilizaciones indoeuropeas. Al querer tratar del ascetismo en tal sentido nos hemos preguntado: ¿qué formulación histórica puede ofrecer la base más apta para la exposición de un sistema completo y objetivo de ascesis, en formas tan claras como recias, experimentadas y bien articuladas, conformes al espíritu de un hombre ario, aunque tomando en cuenta las condiciones que imperan en tiempos más recientes?

En la 33 nos comenta que “Resta decir algo sobre la ´arianidad´de la doctrina budista. El que usemos el término ´ario´ en relación con dicha doctrina se justifica directamente de los textos. En el cánon aparece por doquier el término ariya, que quiere decir exactamente ´ario´. El camino del despertar es llamado ´ario´ (ariya magga); arias son las cuatro verdades fundamentales (ariya saccani); ario, el método de conocimiento (ariya-naya) y aria es llamada la enseñanza de primera línea, la que acusa la contingencia del mundo, enseñanza que se dirige desde luego a los arios y se habla de la doctrina como de algo que no al vulgar, sino que sólo a los ariya es accesible e inteligible”.
En la nota 2 a pie de esta misma página nos aclara que “El significado racial de ´ariya´ asoma en algunos términos, por ejemplo cuando se considera arduo de obtener y un privilegio nacer en el país de los arios (Anguttara…, V, 96).”

En la página 34 nos recuerda que “la unidad primordial de sangre y espíritu de las razas blancas que crearon las máximas civilizaciones de Oriente y Occidente, la irania y la hindú, no menos que la helénica, la romana antigua, la germánica es una realidad. El budismo tiene derecho a llamarse ario porque refleja en alto grado el espíritu de los orígenes comunes y porque ha conservado partes notables del legado que, como ya se ha dicho, los occidentales han ido olvidando, ya sea por obra de procesos involutivos endógenos o porque ellos -mucho más que los arios de Oriente- han sido objeto de influencias extrañas en especial en el campo religioso. Como se ha señalado, si se quitan algunos elementos periféricos, la ascética del budismo, en su claridad, en su realismo, en su precisión y en la sólida y bien articulada estructura, sabe a ´clásico´, o sea, refleja el más elevado espíritu del antiguo mundo ario-mediterráneo”.
En la misma página, citando a Dahlke e identificándose con sus palabras, nos comenta que “entre las tradiciones más grandes y antiguas, el budismo es a la que más se le puede llamar de origen ario puro.
Y esto vale también en sentido específico. Si el término ario, generalizando, se puede aplicar al conjunto de las razas indoeuropeas por su origen común (la patria de tales razas, los airyanemvaejo, según el recuerdo que claramente se ha conservado en la antigua tradición irania fue una región hiperbórea o, más genéricamente, nórdico-occidental), pero posteriormente pasó a designar a una casta. Como ariya se designó a una aristocracia, opuesta en espíritu y cuerpo tanto a las razas primitivas, híbridas y ´demónicas´ -v. gr. las poblaciones kosalianas y dravídicas encontradas en los territorios asiáticos conquistados -como al sustrato correspondiente a lo que hoy se llamaría masa proletaria o plebeya, nacida para servir y que en la India, como en el mundo grecorromano, fue excluida de los cultos luminosos que caracterizaban a las castas superiores, patricias, guerreras y sacerdotales”.

En la pág. 38 dice Evola que “Las llamadas religiones de salvación -las Erlösungsreligionen, que se dice en alemán- sólo aparecen, en Oriente y en Occidente, tardíamente, al cejar la tensión espiritual de un principio y darse una ofuscación de la conciencia olímpica y, no en último grado, por influjo de elementos étnicosociales inferiores”.

En la página 108 escribe el maestro trasalpino que “Hay una renuncia de carácter inferior, la que, como se dijo al principio, ocurre en las formas ascéticas que se han desarrollado en Occidente a partir del ocaso del mundo clásico. Esta renuncia significa ´mortificación´, significa desprendimiento doloroso de cosas y placeres que de todos modos se aprecian y desean; es una especie de autosadismo, de gusto por el sufrimiento, no separado de un mal disimulado resentimiento contra todo lo que es salud, fuerza, sabiduría y virilidad. Tal renuncia en realidad ha sido a menudo la virtud, nacida de la necesidad, de los desheredados del mundo, de quienes no están a gusto ni con su ambiente, ni con su cuerpo, ni con su raza y que esperan, con la renuncia, asegurarse un mundo por venir, caracterizado -para usar la expresión nietzscheana- por la inversión de todos los valores.”

Dejando de lado esta obra, sobre el budismo, de Evola podríamos traer a colación un escrito suyo de nombre “Introducción al pitagorismo” y que ha sido incluido en un libro que Ediciones Heracles editó el año 2.012 bajo el título de “Tradiciones varias”, con el subtítulo de “Escritos sobre pitagorismo, mithraísmo y zen”.
En sus págs. 22 y 23 leemos: “Propiamente habría que preguntarse si el pitagorismo se insertó en la herencia de la civilización estrictamente indo-europea o se resintió más bien del espíritu de las civilizaciones mediterráneas-orientales anteriores a la afirmación de la civilización helénica y, en Italia, de la romana. La oposición entre las dos civilizaciones es, tal como es sabido, la que existe entre una orientación de sacralidad guerrera y la de una sabiduría sacerdotal ligada como es su costumbre a cultos femeninos y lunares.
A primera vista, el pitagorismo parecería estar vinculado no sólo a la tradición indo-europea, si no aun a la tradición primordial de tal estirpe, que es la tradición hiperbórea, la cual tuvo entre sus expresiones más puras al símbolo apolíneo”.

“Yoga, inmortalidad y libertad” se trata de un escrito de Evola que fue incluido en el libro “Oriente y Occidente” editado por Ediciones Heracles en 2.008. En él leemos que “podemos notar que el Buddhismo primitivo, era también una reacción en contra del ritualismo y la especulación, pero era de origen puramente ariano, empezando por la persona misma de su fundador” (p. 87).

…Ha hablado Evola y ningún lugar queda para la interpretación a la ligera de sus palabras.

NOTAS:

(1) Estas dos entregas, así como la tercera, se pueden consultar a través de los siguientes enlaces:
https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/04/evola-y-la-cuestion-racial/
https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/04/evola-y-la-cuestion-racial-ii/
https://septentrionis.wordpress.com/2010/07/09/evola-y-la-cuestion-racial-iii/
(2) https://septentrionis.wordpress.com/2013/08/04/prologo-a-orientaciones-para-una-educacion-racial/
http://www.libreria-argentina.com.ar/libros/julius-evola-orientaciones-para-una-educacion-racial.html
(3) Se trata de “La tradición y Evola, sin equívocos” (https://septentrionis.wordpress.com/2013/05/01/la-tradicion-y-evola-sin-equivocos/) y del “Acta de las insalvables” (https://septentrionis.wordpress.com/2013/07/15/acta-de-las-insalvables/ ).

EDUARD ALCÁNTARA
eduard_alcantara@hotmail.com



ACTA DE LAS INSALVABLES
julio 15, 2013, 7:33 pm
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-Acerca de las ideas subscritas recientemente por Marcos Ghio a propósito de una “intercambiabilidad” e “indiferenciación” (cuando no franca inversión) de las polaridades Norte-Sur, simplemente denotan que el citado señor definitivamente (y nunca mejor dicho) “ha perdido el Norte”, chocando frontalmente con toda la Tradición Esotérica y situándose peligrosamente -por tanto- en el terreno de la anti-tradición.

-Resulta igualmente falso sostener que la idea de una “raza del espíritu” (a la luz de la obra evoliana, considerada a su vez como el reflejo más pristino a nuestra disposición de la Tradición Primordial o Luz del Norte) sea independiente de un substrato biológico. En efecto, la noción misma de “raza” no es un concepto abstracto que se sostenga “en el aire”, sino que resulta indivorciable de manera insoslayable, y antes que de cualquier otra cosa, de una expresión psico-física. Así como -por otra parte- todo aquello que encuentra cauce de expresión en el seno de la manifestación está signado por cualidades diferenciadoras, cada tipo racial está caracterizado por potencialidades internas definitorias susceptibles de actualizarse a través de las vías y vocaciones espirituales que le son propias.
En este orden de cosas, Julius Evola precisa claramente que si bien hoy día no puede hablarse de “razas puras”, ello no impide que deba ser considerado como un ideal y un objetivo a realizar. Se hace necesario llegar a la fase más oscura de la Edad Oscura para sucumbir a las imperantes fuerzas disolventes y solidarizarse con el impulso de global “uniformidad”, racial incluida (el “caos étnico” siempre ha sido considerado un síntoma de un estado de crisis general, pero nunca en las proporciones actuales), a tenor de -por citar un sólo ejemplo- el siguiente texto del Vishnu Purana, Libro VI, cáp. I :

“Los hombres del Kali Yuga pretenderán ignorar las diferencias de razas y el carácter sagrado del matrimonio (que asegura la continuidad de una raza)… Durante el Kali Yuga hombres de cualquier origen se casarán con mujeres de cualquier raza… Ya no se respetará más el linaje de los antepasados…”

-Julius Evola declara igualmente sin ambigüedades que la “arianidad” (no olvidemos -aunque a algunos no les guste- que el término “ario” detentaba originariamente un significado espiritual, aristocrático y racial) es concomitante en primer lugar con el ideal de una alta pureza biológica y de una nobleza de la raza del cuerpo; en segundo lugar, con la idea de una raza del espíritu de tipo solar, con rasgos sacros y simultáneamente regios y heroicos (tan diferente de las espiritualidad contemplativa y la religiosidad devocional-fideísta, por no hablar de los cultos totémicos y/o animistas, característicos de otros troncos raciales con mayor o menor grado de homogeneidad o de hibridación).

-Concordamos con Evola en que son pueblos de origen boreal (nordpolar y circumpolar) los que han sido los únicos portadores de un tipo de espiritualidad solar y que, a tenor del rastreo migratorio de éstos (sustentado, sin ambages, a través de los textos sapienciales y sacros de diferentes tradiciones, y a través del mito y corroborado, incluso, por ciencias modernas como la arqueología), no son otros -estos pueblos solares- más que los indoeuropeos y sus racialmente antecesores (paleoboreales). Asimismo el barón italiano nos expone que las otras actuales razas tendrían o bien, en unos casos, un origen geográfico distinto (lemúrico, sudatlantídeo) o bien, en otros casos, serían el resultado de la hibridación de los pueblos de origen boreal (como los que habrían constituido esa subsede polar en tierras noratlantídeas) con otros afincados en el sur de la Atlántida (como los fínico-mongoloides) y nos explica, asimismo, que estas otras razas no boreales serían portadoras de otras maneras de encarar los misterios de la vida y de la existencia (entiéndase, repetimos, la religiosidad lunar-devocional, la chamánico-totémica o la animista).

-Declaramos asimismo que el dominio iniciático (esotérico-realizador) y el religioso (exotérico-fideísta) pertenecen a órdenes diferentes, y que en todo caso lo menor debe ser dependiente de lo mayor y no a la inversa. Evola se erige como un claro ejemplo de esto último, pues jamás a lo largo de toda su vida se refugió bajo el palio de absolutamente ninguna forma religiosa. Proscribe por tanto la fórmula de la “necesidad de un exoterismo tradicional”, tanto más cuando afirma que no existen hoy formas positivas (exotéricas) dadas que tengan un sentido y una verdadera legitimidad en la cual nos podamos  apoyar, y que una “sacralización” de la vida exterior y activa puede acontecer sólo sobre la base de una libre y auténtica orientación interior hacia la trascendencia (inmanente), y no ya hacia uno u otro precepto moral o religioso. Y advierte espresamente contra los “conformismos tradicionalistas” que derivan de adherirse a los exoterismos o religiones fideístas (cualesquiera que éstas sean).

-Afirmamos que las formas modernas de fundamentalismo o integrismo religioso suponen, más que nada, formas de reglamentación totalitaria de la vida sólo acordes para un tipo humano esclavo -por lo incapaz de gobernarse a sí mismo- y no vías para algo que se asemeje a la realización espiritual.

Por supuesto que, como ya es habitual, esperamos la reacción furibunda del citado señor contra lo aquí expresado (que consideramos como una especie de “certificado de calidad”), en el convencimiento de que cuanto más furibunda sea la misma tanto más acertadas resultan las presentes declaraciones.

Septentrionis Lux



EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (IX): LA MUERTE
junio 23, 2013, 9:03 am
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Para el hombre moderno la muerte significa el fin. Para él no hay otro estado de existencia más que el de la vida terrena. El materialismo del que está impregnado no le hace concebir más realidades que la meramente física. Pero pese a la brutal materialización padecida en el seno de la modernidad y la postmodernidad todavía hay individuos que se adhieren a un sentir religioso, aunque, como las vías exclusivamente devocionales que siguen no conciben ninguna vía de transustanciación interna (de desapego) del ser humano, el apego a la vida que tienen estos individuos con inquietudes religiosas resulta muy similar al que es propio de sus congéneres ateos o agnósticos. También, pues, para los creyentes resulta harto traumático el enfrentarse a la muerte.
Para aquel que aspire a su transformación en Hombre de la Tradición el tema de la muerte debe tener unas connotaciones bien diferentes, pues si ha conseguido (merced a una disciplina Iniciática) superar en vida estadios autotransformadores sin haber llegado a culminarlos todos puede, tras el momento de la defunción, coronar las últimas etapas que lleven a su Alma ya totalmente Espiritualizada a hacerse una con el Principio Supremo que se halla en el origen, y mas allá, de toda la manifestación. (En su momento ya detallamos en qué consiste esta vía post mortem y lo hicimos en el transcurso de un escrito que llevaba por título “La ilusión reencarnacionista” (https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/la-ilusion-reencarnacionista/), por lo cual no vamos a repetir aquí todo las experiencias con las que se encontrará el alma del finado.)
La muerte puede representar, vistas así las cosas, una oportunidad excelente, para el Hombre de la Tradición, de culminar lo que no pudo ser culminado en vida. Es en este sentido en el que Julius Evola comentaba que “la liberación consiste en realizar un estado de unidad con la suprema realidad metafísica. Aquel que, aun teniendo aspiración a ello, no ha sido capaz de realizarlo en vida de hombre, tiene la posibilidad de arribar a ello en el momento de la muerte, o en los estados que inmediatamente le siguen a la muerte”.
El desprecio a la muerte, el no tenerle miedo, acelerará, además, el proceso descondicionador del hombre diferenciado que se haya aventurado por los caminos que llevan a la metanoia (o segundo nacimiento: a las Realidades Metafísicas), pues la llamada nigredo alquímica supone la superación de pasiones, impulsos, miedos, fobias, odios y sentimientos condicionantes. Así, en una filacteria situada en el frontispicio de la ciudad griega de Esparta se podía leer que “sólo el desprecio a la muerte da la libertad”; libertad con respecto a todo aquello que condiciona, mediatiza y esclaviza al hombre.

Lo que puede representar la muerte (y/o su posterior proceso post mortem: consúltese el Bardo Tödol o “Libro tibetano de los muertos”) para el Iniciado que en vida operó una gran sustanciación interior puede ser la Liberación. De este modo encarará sin miedo la posibilidad de morir y comprenderá estas palabras, presentes en el Bhagavad Gîta, del dios Krishna al príncipe Arjuna: “Muerto tendrás el paraíso, victorioso tendrás la tierra; por lo tanto lánzate dispuesto a la batalla.”

Una buena manera de no temer a la muerte es -contrariamente a borrarla del pensamiento, tal como hace el temeroso hombre moderno- afrontando cada nuevo día de nuestras vidas como si se tratase del último de nuestra existencia terrena, pues de este modo uno se irá familiarizando con ella y sabrá, cuando llegue el momento, afrontarla con naturalidad. En otras épocas en las que el virus del mundo moderno todavía no había hecho aparición se educaba y preparaba a la gente para tener siempre presente la posibilidad de morir y evitar, de este modo, el miedo a toparse con ella. Así, el historiador galo-romano Pompeyo Trogo escribía, en el s. I a. C., acerca de los habitantes de Hispania y en relación a su espíritu guerrero que eran “de cuerpo presto a la fatiga y a la privación y de alma a la muerte”.

La toma de conciencia sobre la transitoriedad de la vida y sobre la nimiedad que ésta representa con respecto a una serie de fuerzas sutiles (numens) y con respecto al Principio Superior y Eterno que se han “acoplado” a ella también debe ayudar a convencer al hombre diferenciado de que no puede sentirse como trágica la extinción de algo tan efímero y caduco. Bien nos explicaba Evola esta realidad diciéndonos que “el estado humano de existencia no es sino una fase de un ritmo que viene desde lo infinito y va hacia lo infinito. La muerte, a tal respecto, no tiene nada de trágico: es un simple cambio de estado, uno de los tantos que, en tal desarrollo, ha padecido un principio esencialmente suprapersonal. “(Véase que el maestro italiano está haciendo referencia a la doctrina de “los estados múltiples del Ser” tan excelentemente expuesta por René Guénon.)
La transitoriedad de la vida es sinónimo de su caducidad y de su subordinada relevancia, por lo cual la existencia terrenal tendrá sentido si se la emplea en desarrollar lo Eterno -el Atman- que el ser humano porta en su interior; si se concibe la vida como una empresa transmutadora en la que embarcarse, tal como se entiende del lema de la medieval Liga Hanseática que reza así: “Navigare necesse est, vivere non necesse” (“navegar es necesario, pero vivir no lo es”).

Hablábamos fragmentos arriba del Bardo Tödol, del que Evola hizo un magistral resumen como epílogo de su obra “Lo yoga della potenza” (“El yoga tántrico”, en su edición castellana). En él se nos describe cómo el alma del fallecido se encontrará, en el post mortem, con diversos planos de la realidad ante los que puede sentir pavor y, por este motivo, no identificarse e integrarse ontológicamente con ninguno de ellos; y puede sentir pavor por no haber emprendido procesos descondicionadores y palingenésicos en vida o por haberlo hecho en forma insuficiente, lo cual impedirá, a su alma, en un principio hacerse una con lo Eterno Inmanifestado y, más adelante, incluso con las fuerzas sutiles que forman el entramado cósmico. (Para mejor entender este miedo que puede experimentar nos volvemos a remitir a nuestro escrito “La ilusión reencarnacionista”.)
El hombre diferenciado que haya decidido recorrer el camino que le puede llevar a erigirse en auténtico Hombre de la Tradición (en Hombre Absoluto) deberá tener presente que son de dos tipos diferentes (en cuanto a su naturaleza) los miedos con los que puede tener que enfrentarse y a los que, en tal caso, tendrá que dominar: los propiamente humanos (psíquicos) del hombre común y los de corte metafísico con los que puede toparse en su recorrido Iniciático o tras la muerte. Miedos diferentes sobre los que nos advierte Evola en este par de aclaradoras citas:
“La destrucción del miedo es un principio de ascesis a seguir no sólo sobre el plano humano sino igualmente sobre el del mundo superior.”
“Sea frente a las fuerzas inferiores o a las fuerzas “divinas”, el hombre ascéticamente integrado e imperturbable es inaccesible a movimientos irracionales del alma: desesperación o terror.”

El sentido que para el hombre que aspire a serlo de la Tradición debe tener la existencia terrena no ha de ser otro que el de planteársela como un banco de pruebas (un campo de batalla) en el que poder Espiritualizar su alma y debe, asimismo, tener la certeza de que si no consuma en vida este objetivo en su totalidad, le quedan las experiencias que le sobrevendrán tras una muerte a la que no temerá en absoluto porque le puede deparar su Liberación Absoluta.

Eduard Alcántara
eduard_alcantara@hotmail.com



LA TRADICIÓN Y EVOLA, SIN EQUÍVOCOS
mayo 1, 2013, 6:25 am
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El término “tradición” tiene muchas variantes en diferentes campos (cultural, costumbrista, de creencias, etc.), pero en el ámbito iniciático la Tradición Esotérica o Metafísica alude a la transmisión o irradiación perenne del soplo del Espíritu (Sophia Perennis) a modo de ideas-fuerza (Ideas Puras) de origen supra-humano capaces de transformar la naturaleza del que conoce, devolviéndole la Memoria (en sentido ontológico) de su Origen más profundo, coincidente con su más alto Destino. Transformación que tiene lugar de modo gradual, partiendo del soporte de un conocimiento comunicable hasta llegar a su misma fuente: un Conocimiento incomunicable, sólo vivenciable directa e interiormente. Acción Pura (que reúne Conocimiento y Acción), conexión con lo Absoluto, verdadero Centro y Eje del Mundo… se convierten en conceptos e imágenes que esclarecen aquello de que se trata.
Por otro lado, a la Tradición le es inherente un orden jerárquico concéntrico y vertical, en el que los niveles iniciáticos se corresponden con grados de conocimiento, y éstos a su vez con estados de Ser.
En esto encontramos una diferencia neta respecto a los diferentes “tradicionalismos”, como también puede decirse que si bien la Tradición es jerárquica, no toda jerarquía es Tradicional; muy bien puede quedar circunscrita a lo meramente religioso, político-militar, organizativo, etc. en sentido más bien convencional (es decir, sin traducir estados de Ser).

Ahora bien, axiomático resulta asimismo que la Tradición en sentido eminente, la Tradición Primordial, es de origen nórdico (hiperbóreo). En este contexto, el Norte detenta un significado no tan sólo geográfico, sino sobre todo -y al mismo tiempo- metafísico (simbolismo del Centro y del Origen). De ahí que las razas portadoras de la Tradición Primordial (Luz del Norte) sean al mismo tiempo de filiación nórdica (Airyanem-Vaêjô o “cuna de los arios”), y que el término sánscrito âriya sea concomitante con la noción de excelencia (areté). En su más alta acepción, dicho término comprende en primer lugar el ideal de una alta pureza biológica y una nobleza de la raza del cuerpo; en segundo lugar, la idea de una raza del espíritu de tipo solar, con rasgos simultáneamente regios y sacros.
En efecto, el símbolo ario es solar, en el sentido de una pureza que es fuerza y de una fuerza que es pureza, de una naturaleza radiante que tiene la luz en sí misma. Fue propio de los âriya una actitud afirmativa y heroica frente a lo divino. Tras sus símbolos mitológicos, recabados del cielo resplandeciente, se escondía el sentido de la “virilidad incorpórea de la luz” y de la “gloria solar”, es decir, de una virilidad espiritual victoriosa. En relación a ello, los arios tuvieron como ideal característico más el regio que el sacerdotal, más el guerrero de la afirmación transfigurante que el del devoto abandono, más el del ethos que el del pathos. Sobre esta base, la idea del regnum tenía un carácter sacro, así como también universal (Imperium, reflejo histórico del centro metafísico concebido como el dominio del “rey de reyes”).
En su conjunto, se trata de un clasicismo del dominio y de la acción, de un amor por la claridad, por la diferencia y por la personalidad, de un ideal olímpico de la divinidad y de la supra-humanidad heroica, junto a un ethos de la fidelidad y del honor, lo que caracteriza al espíritu ario.

Por otro lado, resulta evidente que no todas las razas son de origen hiperbóreo, y que no todas las tradiciones revisten el carácter de primordialidad. En efecto, frente a un origen nórdico encontramos otra “polaridad” austral, generadora a su vez de otro tipo de estirpes y pueblos, de otro tipo humano (los “hijos de la tierra” en sentido estricto); una de las ramas de las primeras migraciones árticas –tras la pérdida de la sede polar- entró en confluencia con este segundo tipo humano en tierras atlánticas hoy desaparecidas, dando lugar –entre otras- a una nueva gran corriente (la Luz del Sur) que se difundió preponderantemente por la cuenca mediterránea y norte de Africa para penetrar en Asia, desgajándose en varias tradiciones secundarias, híbridas o derivadas (básicamente de tipo “lunar”, o devocional-contemplativo).
Más tarde en la Historia tuvo lugar la irrupción de las sucesivas migraciones “indoeuropeas” de directa derivación ártica, y por tanto de filiación igualmente directa con la Tradición Primordial; estirpes de conquistadores que, en la constitución de sus organismos tradicionales, instauraron jerarquías de carácter simultáneamente espiritual y étnico, alumbrando las más altas civilizaciones de Oriente y Occidente.
Indiscutiblemente (y sus escritos así lo demuestran) Julius Evola es un autor “de raza”, un indoeuropeo por nacimiento y por naturaleza cuya obra siempre tuvo en sus miras el renacimiento del espíritu indoeuropeo, que por muy decaído que hoy día pueda exteriormente parecer, encierra en la “memoria de su sangre” potencialidades internas definitorias susceptibles de despertar y actualizarse a través de las vías y vocaciones espirituales que le son propias (siendo precisamente éste uno de los rasgos definitorios característicos de la concepción evoliana frente a otros “tradicionalismos”). No en vano, en su operatividad, Julius Evola utiliza siempre tradiciones indoeuropeas o arias: Doctrina del Despertar (o “doctrina de los âriya”), Tradición Hermética (o “Tradición Occidental”), Yoga Tántrico, Misterio del Grial (el “mito europeo” por excelencia), etc.
Si en su obra hace a veces referencia a otras tradiciones, como el sufismo islámico (al que reconoce –al igual que otros especialistas en la materia, como Henry Corbin- un origen ario-iranio), o dedica algunas de sus obras menores a sistemas como el Taoísmo (al que asimismo declara acusar una influencia aria uralo-altaica), en nada varía la cuestión.
Por último, decir que Julius Evola trabajó activamente en el seno de la Italia fascista (además de mantener muy cordiales relaciones con la Guardia de Hierro y ocuparse en sus escritos de temas como el falangismo) y del III Reich –especialmente, en cuanto a éste último, en estrecho contacto con sus cuerpos de élite, como la Schutz Staffeln- a causa del hecho de haber vislumbrado en su seno potencialidades Tradicionales (especialmente claras en la mencionada Schutz Staffeln), posibilidades de ser efectivizadas y posibilidades de desechar los influjos de la modernidad que en dichos regímenes y movimientos pudiera haber. Amén de considerarlos un bastión frente al influjo deletéreo del “internacionalismo”, característico de esta fase final de la Edad Oscura en que nos encontramos.
Javier Martín



DE ESCLAVOS A AMOS
abril 27, 2013, 9:23 am
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En ocasiones, sin pretenderlo, la vorágine del discurrir cotidiano nos arrastra y nos convierte en peleles agitados por el estrés que nos provoca todo lo que tenemos por delante que hacer. Nos vamos, progresivamente, enervando y alterando. Casi sin darnos cuenta nos topamos con las pulsaciones en aumento. Para nada controlamos la situación. Todo en las antípodas del ´señor de sí mismo´ del que habla el taoísmo. Nada que ver con aquél que se autogobierna. De la aspiración del autodominio se encuentra uno, en cambio,  totalmente dominado por la ansiedad que nos provoca el anhelar acabar todas las faenas pendientes. Del autocontrol que deberíamos tener se ve uno inmerso en un completo descontrol de la situación.
Deberíamos poner coto a estos lugares comunes. Deberíamos no actuar (o más bien ´ser actuados´) tal cual lo hace el común de nuestros congéneres, pues nosotros sabemos de lo nimio que el discurrir cotidiano representa frente a lo Superior. Debemos, pues, minimizar la importancia de todo aquello que no sea el buscar la elevación interior. Por ello cada vez que empecemos a notar que la situación nos domina y que altera lo que debería ser calma mental, deberíamos hacer un inciso en medio del tumulto y preguntarnos quién se está alterando …si es nuestro auténtica (y, por desgracia, adormecida) Esencia, si es lo que deberíamos ser o, por contra, es un yo condicionado, que se ha ido formando a lo largo de nuestra terrenal existencia, el que se está alterando. Ese yo debería ser ajeno a nosotros, pues representa lo alterable y condicionable por las vorágines que acontecen en el samsara; en el devenir. Nosotros debemos aspirar a subyugar a ese yo condicionado, pues en él pululan esas cargas emocionales que se exasperan y se inflan ante lo frenético de ciertas situaciones cotidianas. Esas cargas emocionales que nos provocan irritación ante contrariedades que aparecen en nuestro afanar diario o frente a individuos obtusos que en él se nos cruzan y entorpecen u obstaculizan la realización de nuestros quehaceres. Nos deberíamos siempre formular la preguntas: “¿quién se está irritando en este momento?” o “¿quién se está alterando ahora?”. ¿Es lo más genuino, perenne e inalterable de nosotros lo que se está viendo sacudido por esas ciertas contrariedades y problemas con que nos solemos topar en el día a día o, por el contrario, es lo más superficial y desechable de nosotros lo que se está alterando? Con la formulación de estas preguntas seguramente relativizaremos de inmediato la presunta importancia de la situación que nos aturde y consigamos, con ellas, rápidamente, recobrar cierto sosiego. Es más que recomendable aquello de ´contar hasta diez´, para poner freno en medio del torbellino que nos arrastra en un momento dado, mientras nos formulamos dichas preguntas y encarrilamos nosotros la situación y la reconducimos. Es así cómo nos convertiremos en dominadores de ella y dejaremos de ser sus esclavos. De buen seguro nos empezarán a bajar las pulsaciones cuando tomemos conciencia sobre quién realmente se altera por la angustia que provoca el querer acabar una tarea o unas tareas o por el enfado que provoca una determinada situación o una/s determinada/s persona/s. El sofoco debe ir disminuyendo a la par que debe ir aumentando una sensación de control de la situación y de calma dominadora. No es más que ese yo aturdido, atolondrado y, en definitiva, condicionado que hemos ido segregando a lo largo de nuestra vida el que se exaspera sin sentido y a ese yo caduco hay que contemplarlo como a algo ajeno a nosotros: algo ajeno a nuestra más entrañable y profunda esencia; esencia que, por contra, es inmutable a la vez que inalterable.
En medio de estos momentos de perturbación podemos hacer una pausa e imaginarnos que nuestro Ser se convierte en un espectador que está viendo una película en la cual el yo condicionado (el actor) que, a lo largo de nuestra vida, hemos creado se agita y se agobia. Contemplaremos la película con distancia y serenidad si conseguimos concienciarnos de que el dicho actor (yo condicionado) es ajeno al espectador  (a nosotros: a nuestro Ser). Debería, incluso, llegar el momento en el que hasta nos pudiéramos reír al contemplar la agitación que turba a nuestro yo inferior (el condicionado), pues hasta tal punto habría llegado nuestro nivel de distanciamiento con respecto a él que sus “peripecias” obnubiladas en nada nos afectarían. Sin duda entonces podríamos hablar de que estamos recorriendo camino en el proceso descondicionador, que de continuarse -metódica y constantemente- por medio de éstas u otras técnicas y ejercicios podría, quién sabe, si completarse del todo hasta hacer efectiva aquella etapa que la tradición hemético-alquímica conoció como la de la nigredo o la de la limpia de escorias que habían abotargado nuestra psique en la forma de pasiones, sentimientos descontrolados, pulsiones de todo tipo y fuerte emocionalidad.
Como son muchos los condicionamientos que deberían ser superados y que se nos han ido incrustando, de forma progresiva, a lo largo de nuestra existencia terrena son muchos los yo inferiores que envuelven y ocultan a nuestro Ser. Se trata, pues, de ir, paulatinamente, despojándose de cáscaras (yo condicionados) hasta llegar al total descondicionamiento. Para ello también resulta adecuado, tras formularse la pregunta mentada sobre quién se está, realmente, alterando en una situación y en un momento dados, formularse -tras responder a aquélla- otra pregunta: “¿quién se ha formulado aquella primera pregunta…?” Y es que hay que tomar conciencia de si bien el formulador de ella empieza a descondicionarse y a alejarse de un primer yo inferior continúa, no obstante, siendo alguien condicionado al que hay que despojarle de otra cáscara (de otro yo inferior); y después de otro y tras de éste de otro más,…. Hay que ser conscientes de que quien formuló la primera pregunta no fue nuestro Ser sino otro yo condicionado. Tras responder a la segunda pregunta deberíamos meditar sobre los condicionamientos que aún atenazan a quien la formuló y, tras esto, formularnos una tercera: “¿quién se ha formulado la pregunta al respecto de quién se formuló la primera pregunta?”. La serie de preguntas debería seguir y no acabar hasta que no hayamos desenmascarado a todos los yo condicionados e inferiores y hasta, por supuesto, que, desde la distancia que nos dé el contemplarlos como ajenos a nosotros (a nuestra esencia), no nos hayamos desasido (y deshecho) -dominándolos- de ellos: no nos hayamos, de hecho, descondicionado del todo …no nos hayamos librado de esas cadenas que nos mediatizan, aturden y esclavizan (a la vez que, en la forma de esos ´yo´, tapan y ocultan nuestra Esencia Imperecedera) y no nos hayamos convertido en amos de nosotros mismos.

En otro orden de cosas, y como efecto colateral, en nuestras faenas cotidianas conseguiremos ser más eficaces y eficientes (al realizarlas sin estar alterados y/u ofuscados; o estándolo en menor medida). Nuestra mente calma estará en mejor disposición de encontrar las mejores soluciones a los problemas y obstáculos que puedan aparecer.
Inmersos en nuestro mundano trabajo y en nuestro cotidiano discurrir debe prevalecernos la máxima de ´la faena bien hecha´, pues la búsqueda de la perfección circunda el camino de la belleza y ésta es como un reflejo de la armonía del Todo. A través de la búsqueda de la perfección uno abre puertas que puede recorrer (a través de la vía interior) para aspirar a Identificarse ontológicamente con el plano sutil y Suprasensible del cosmos (la albedo hermético-alquímica). Y a través, entre otros medios, de la búsqueda de esa perfección en nuestro desenvolvernos cotidiano uno -tras la consumación de la albedo- puede incluso aspirar a ser uno con la Perfección Suprema (rubedo): a ser uno con el Principio Primero Incondicionado, Imperecedero, Indefinible e Inmutable -Braman- que se halla en el origen del mundo manifestado y que además, ¡y no lo olvidemos!, aletargado y tapado por múltiples capas de yo condicionados, también anida en el interior de cada uno de nosotros (Atman). Despertarlo y consumar la rubedo es la meta suprema del Hombre de la Tradición.

Más que en la meta fijada de acabar la faena que, en nuestra vida cotidiana, estemos llevando a cabo, nos debemos concentrar en (de acuerdo a una máxima del hermetismo)´hacer lo que debe hacerse´, en cada momento y en cada instante, porque nuestras pequeñas acciones (de acuerdo a ´la faena bien hecha´) nos tienden puentes hacia el mundo Metafísico y secundan la Ley Suprema (Dharma) por la que se rigen las dinámicas de las fuerzas sutiles (numens) que componen el entramado del cosmos …de este modo nos pueden facilitar -esas acciones cotidianas- la búsqueda de ese plano sutil y Superior de la realidad.
Si nos concentramos en ´la faena bien hecha´ y, en cada momento y en cada instante, en ´hacer lo que debe hacerse´  no nos dejaremos arrastrar por la obsesión que causa el no pensar más que en acabar nuestras tareas cotidianas. No seremos presas de esa ansiedad que turba al yo condicionado. Así, los acontecimientos no nos arrastrarán, porque nosotros fijaremos el tiempo y eternizaremos (sacralizaremos) el instante al buscar la perfección en cada una de nuestras acciones. Nosotros mandaremos. Nosotros dominaremos. Nosotros nos erigiremos en ´señores de sí mismo´ (de nosotros mismos). Dejaremos de dejar de ser esclavos del tiempo, de las circunstancias y de los yo inferiores para convertirnos en amos de nosotros mismos.

Eduard Alcántara
eduard_alcantara@hotmail.com



EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (VIII): EL DESCONDICIONAMIENTO
abril 20, 2013, 2:58 pm
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EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (VIII): EL DESCONDICIONAMIENTO

Existe un proceso de condicionamiento que podríamos calificar como de natural y que no es otro que aquél que acontece en el ser humano, antes de su nacimiento, cuando aún se halla en período de gestación. La doctrina budista de los nidana nos lo explica con suma claridad y detalle (https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/consideraciones-metafisicas-sobre-el-aborto-la-doctrina-de-los-nidana/) y nos expone cómo a partir del séptimo nidana (o estado o elemento condicionados) -de un total de doce- el ser humano se va, paulatinamente, condicionando y acoplando en sí emociones, sentimientos, impresiones, anhelos y apegos aun antes del momento del parto.
El ser ya nacido irá, a lo largo de su vida, engordando todas estas cargas mentales -en mayor o menor medida, dependiendo de sus circunstancias y de su particular forma de ser- en lo que constituiría otro proceso de condicionamiento al que ya no podríamos definir como de natural sino de saturador y hasta perturbador; además de alienante.
La primera tarea interna -Iniciática- que aquel hombre diferenciado que se haya propuesto ser también Hombre Tradicional debe emprender es la de que (que de igual modo que se ha ido condicionando) se vaya descondicionando mediante ascesis -esto es, trabajo interno, metódico y riguroso- que consiga romper vínculos y ataduras turbadoras que enturbian la mente y no le permiten a ésta experimentar la calma y el sosiego necesarios e imprescindibles para que este hombre diferenciado pueda, después, adentrarse en otros procesos transfiguradores que le permitan la percepción de Realidades de tipo sutil y Suprasensible; percepción que ocurriría -empleando una imagen clarificadora- tal como si se reflejaran en un limpio espejo que no sería otra cosa que la mente descondicionada de todo aquello que la obnubila y la ciega.
Todo este proceso (la obra al negro o ´nigredo´ alquímico-hermética) correrá un camino inverso al del condicionamiento que ya desde ese momento prematuro del séptimo nidana se había iniciado.

En ocasiones la tradición hermética ha asociado al elemento agua con el caudal de emociones, sentimientos y pasiones que no dejan al hombre obrar con templanza y buen criterio. Por ello un adagio hermético decía: “Convertirás en piedra el agua de los torrentes” (“Aqua torremtum convertes in petram”), pues de lo que se trata es de fijar (´convertir en piedra´) todo lo que fluye en nuestra psique; se trata de dominarlo tras su previa minimización.

No se siente apego si, previamente, no se desea algo y no se desea algo si dominamos el sentido que tras entrar en contacto con ese algo ha querido repetir -ha anhelado- la experiencia. Se trata, pues, en primera instancia de dominar los sentidos y no ser esclavo, por tanto, del mundo sensual y/o sensitivo para poder, después, experimentar el desapego que nos ayudará a empezar a ser verdaderamente libres con respecto a cualquier tipo de dependencia. Y se trata, asimismo, de superar el apego hacia aquello que se posee siendo fiel al espíritu de aquella enseñanza del estoicismo que propugna el saber distanciarse de los bienes materiales que uno tiene en propiedad o, lo que vendría a responder a la misma idea, ´poseer sin ser poseído´.

El hombre descondicionado no necesita de nada, pues experimenta la superación del deseo y experimenta el desapego. Al no necesitar de nada se convierte en -según la expresión taoísta- ´señor de sí mismo´. Es capaz de autogobernarse. Tiene dominio de sí mismo, pues se ha erigido en el ´autarca´ que no depende del otro -no depende del tú: de lo externo a él- (figura ésta del ´autarca´ a la que nos remitía Evola en su temprana ´etapa filosófica´). Y como este Hombre no necesita de nada hace honor a los versos de Lao-tsé cuando en el capítulo XXXIII (por nombre “Discriminación”) del Tao-tê-king dice que “quien se conforma con lo que tiene es rico.” Y es que la sed de posesión de lo fútil, banal y superfluo aboca al hombre a la sobredimensión de su componente físico de manera inversamente proporcional a lo que sucederá con su dimensión Trascendente. No en vano así nos lo recuerda aquella contundente sentencia de que “cuanto más tenemos menos somos”.

A los ojos nítidos y clarividentes de la Tradición resulta evidente que quien es esclavo de necesidades sensitivas se pierde en el mundo superficial de los sentidos y se incapacita de cara a la introspección necesaria para la búsqueda del Ser. Y es que un anónimo reza que “por ganar la tierra se ha perdido el Cielo”.
No bajar la guardia, mantener la tensión interior, no relajarse, no caer en la vida muelle, no bajar en ningún momento los brazos, no cejar en el porfío por disminuir nuestras necesidades, no crearse uno -pues- nuevas dependencias ni acrecentar las que ya se tienen, alejarse de aquello a lo que aboca el samsara -el devenir, lo caduco- son presupuestos que se deben tener, permanentemente, presentes para no perder la posibilidad de acercarse a lo Sagrado y permanente. Hágase caso del viejo pensamiento que afirma que “el trabajo que aumenta las necesidades es vano. El que las disminuye es sagrado. El mundo practica el primero. Los Sabios ayudan al segundo”.
De no bajar la guardia hemos hablado pues en caso contrario fácilmente nos envolverá la ensoñación del mundo sensitivo que nos impedirá cualquier posibilidad de despertar a las Realidades Suprasensibles. De no bajar la guardia, pues tal como advierte el credo samurai “no tengo enemigos, del descuido hago mi enemigo”, ya que “no es blando el camino del Cielo” (recordaba Lucio Anneo Séneca) y ya que ninguna conquista Superior nos vendrá dada, pues es el hombre el que debe conquistar con porfío la Inmortalidad (o, si se prefiere, la Eternidad) sin esperar ´gracias divinas´ en las que sólo creen las religiones fideístas y meramente devocionales y en las que no creía el neoplatónico Plotino cuando aseveraba que “no existe un dios que combata en lugar de nosotros”. (Para mejor asentar lo expuesto en estas últimas líneas no estaría de más la lectura de nuestro “El Hombre de la Tradición (V): el guerrero”.)

Muchos textos esotéricos han presentado la figura del ´niño´ como imagen en la que poder mirarse si se tiene intención de transitar por los arduos derroteros que deberían llevar al hombre diferenciado hacia su descondicionamiento, pues el niño todavía no ha sufrido, por una cuestión de tiempo, el abotargante proceso condicionador del que sí se han imbuido la práctica totalidad de nuestros semejantes adultos; proceso condicionador que deriva tanto del anormal crecimiento del mundo incontrolado y caótico del subconsciente y del inconsciente como de la acumulación mental de esquemas racionalistas y especulativos que impiden la elevación del hombre hacia el conocimiento de la realidad Metafísica y hacia el identificarse ontológicamente con ella. Y proceso condicionador, asimismo, que deriva de la inoculación en el cerebro de la perniciosa idea de que la única vía de conocimiento posible es la propia de un ´método empírico´ que, en realidad, sólo puede llegar a conocer del mundo fenomenológico y nunca del plano de la realidad -sutil- que se halla más allá del mismo y que se constituye en su motor. Y es en orden a lo expuesto en este párrafo por lo que Lao-Tsé aconsejaba “renunciar a toda ciencia y estaréis libre de todas las preocupaciones” (´ciencia´ profana, se entiende, y ´preocupaciones´ meramente fenomenológicas, así como mundanas y dispersadoras).
Es, pues, que al niño todavía no le subyugan tantos vínculos atadores como sí, por contra, acontece con el adulto. Y de eso se trata en el proceso de descondicionamiento al que aspira aquél que quiere erigirse en Hombre de la Tradición: de eliminar y destruir vínculos, ataduras y condicionantes que barrenan la consecución de la auténtica Libertad.

Este Hombre de la Tradición no padece necesidades, no anhela nada. Su búsqueda transfiguradora la realiza sin experimentar el deseo de consumarla. La realiza con templanza de ánimo. Con total dominio de su mundo psíquico. Su mente no funciona a antojo, sin criterio y alocadamente sino bajo su total control. Por no anhelar no anhela ni la felicidad, pues ésta sólo se experimenta cuando no se la desea, ya que el desearla crea desasosiego y éste está reñido con aquélla. La felicidad, con minúscula, viene -según el saber Tradicional- asociada a la calma y al autocontrol mental. La Felicidad, con mayúscula, equivaldría al Despertar, por parte del Hombre Absoluto, al Principio Superior Incondicionado. De la que escribimos con minúscula nos enseñaba sabiamente Séneca que “felicidad es no necesitar de ella”,.

Eduard Alcántara
eduard_alcantara@hotmail.com