Julius Evola. Septentrionis Lux


EVOLA Y LA CUESTIÓN RACIAL (IV)
agosto 6, 2013, 8:46 pm
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Las presentes líneas no son más que la continuación de tres escritos que fuimos publicando hace un tiempo y que llevaban el mismo título que éste. El sentido de los mismos fue el de explicar la esencia de la ´doctrina de la raza´ expuesta, en su momento, por Julius Evola para, acto seguido, demostrar con el testimonio del propio Evola (a través de la extracción de un dilatado número de citas suyas) que el aspecto totalitario de la dicha doctrina incluye los tres componentes del ser humano (Espíritu, alma o psique y cuerpo) sin, por tanto, menoscabo o, menos aún, anulación de ninguno de los tres, contrariamente a lo que desde el desconocimiento o la tergiversación intencionada ciertas personas han querido dar a entender cuando, desde diferentes posicionamientos, han querido transmitir la imagen de un Evola que no habría, supuestamente, concedido ningún valor a uno de esos componentes: el cuerpo o raza física. Fue la motivación de darle carpetazo definitivo a este craso desmán la que nos movió a verter una exhaustiva relación de citas contundentes en las que el gran intérprete italiano de la Tradición mostraba la importancia insoslayable y basilar que la raza física tiene en su ´doctrina de la raza´; aun cuando, como consecuencia lógica de una concepción Trascendente de la existencia, la ´raza física´ quede subordinada jerárquicamente a la ´raza del alma´ y ésta lo esté a la ´raza del espiritu´.
Hemos creído, ahora, conveniente añadir un buena cantidad más de citas que van en el mismo sentido y que elevarán a un número incontestable las ya de por sí numerosas aportadas en las tres primeras partes de “Evola y la cuestión racial” y las hemos incluido en esta cuarta parte.
No vamos a volver a explicar la esencia de la dicha doctrina racial evoliana, pues ya lo hicimos en las dos primeras partes (1), así como en nuestro prólogo a “Orientaciones para una educación racial” (también de Evola y cuya edición, por nosotros prorrogada, corresponde a Ediciones Sieghels) (2); prólogo que recoge el fondo y la forma de las explicaciones que vertimos en las dos mencionadas primeras partes. Asimismo creemos que el ciclo explicativo quedó más que cerrado con dos escritos que en los últimos meses han sido publicados en el blog “Julius Evola. Septentrionis Lux” (3). Por ello es que nos vamos a limitar a relacionar las citas anunciadas que el maestro romano nos dejó en obras y artículos variados, no sin antes recordar que Evola fue dando el visto bueno o retocando y/o ampliando sus libros a medida que se iban reeditando en numerosas ediciones hasta, incluso, pocos antes de su defunción, por lo que lo escrito, p. ej., en los años ´30 y ´40 de la pasada centuria pasó por su refrendo durante las décadas de los ´50, los ´60 y los ´70. Dicho esto sin menoscabo de que, a pesar de los vientos contrarios, muchas de las citas (como se puede comprobar consultando las cuatro entregas de esta nuestra serie) fueron redactadas a partir de 1.945…

Así, en un artículo titulado “Nietzsche, el incomprendido” Evola antepone “Al abstractismo mojigato y a los formalismos de una fe antiaria, el ideal suprarreal y solar de la iniciación”. (Artículo publicado en castellano por Ediciones Heracles, en 2.012, en la obra “Más allá de Nietzsche”.)

En su obra magna “Rivolta contro il mondo moderno”, el maestro romano nos dice que “Allí donde se encuentran razas inferiores ligadas al demonismo ctonio y mezcladas con la naturaleza animal han quedado recuerdos de luchas, en forma mitologizadas, en las cuales siempre se subraya el contraste entre un tipo divino luminoso (elemento de derivación boreal) y un tipo oscuro no-divino. Y en la constitución de los organismos tradicionales, de parte de las razas conquistadoras, se determinó entonces una jerarquía que tenía simultáneamente un valor espiritual y étnico. En la India, en el Irán, en Egipto, en el mismo Perú y así sucesivamente, se tienen rastros bastante evidentes de todo esto a través del régimen de castas” (pág. 250 de la edición, de 1.994, realizada por Ediciones Heracles y que lleva por título “Rebelión contra el mundo moderno”).

Asimismo, en la página 265 de la citada obra se puede leer que “En especial en el período de largo invierno glacial, era natural que en las razas del Norte la experiencia del sol, de la luz y del mismo fuego actuase en un sentido de espiritualidad liberadora, y que naturalezas urano-solares, olímpicas o de llama celeste viniesen al primer plano en el simbolismo sacral de estas razas más que de otras. Además la rigidez del clima, la esterilidad del suelo, la necesidad de la caza, en fin, la necesidad de emigrar, de atravesar mares y continentes desconocidos, tuvo naturalmente que plasmar a aquellos que interiormente conservaron esta experiencia espiritual del sol, del ciclo luminoso y del fuego en temples de guerreros, de conquistadores, de navegantes, de modo de propiciar aquella síntesis entre espiritualidad y virilidad, de la cual se conservaron características en las razas indoeuropeas”.

En el mismo libro, en un apartado dedicado a los Estados Unidos, Evola escribe sobre: “…el jazz. En las grandes salas de la ciudades yanquis en donde centenares de parejas se sacuden como fantoches epilépticos y automáticos ante los sincopados negros, es verdaderamente un ´estado de muchedumbres´”. (pág. 432).

En un artículo que lleva por título “El símbolo aristocrático romano y la debacle clásica del Aventino” nos habla en estos términos escuetos y contundentes: “…Jerusalén, foco de la infección semítica” (escrito inserto en el recopilatorio “La Tradición romana”, pág. 78, Ediciones Heracles, 2.006).

En otro escrito titulado “La mística de la raza en Roma antigua” leemos que “El sujeto es parte de un grupo, de una estirpe o gens. Es parte de una unidad orgánica, cuyo vehículo más inmediato es la sangre” (pág. 118 del citado recopilatorio).
Y en el mismo escrito Evola afirma que “El relieve que la antigua humanidad ario-mediterránea diera a la raza como espíritu, además que a la del cuerpo, es un hecho irrefutable”. (pág. 119)

En otro de sus libros, “El mito de la sangre”, el maestro italiano nos recuerda que en la Tradición “Se advertía sin embargo como una cosa bien definida la necesidad de preservar la sangre, de mantener y transmitir en su integridad un patrimonio preciosos e insustituible vinculado a la sangre. Por lo cual, en varios casos, la contaminación de la sangre se le apareció al hombre antiguo y tradicional menos como una culpa de orden social como un verdadero sacrilegio.” (pág. 27 de la edición preparada por Ediciones Heracles, del año 2.006)

En la misma obra nos transmite la idea de que la idea de raza, como ´mito´, “ha pasado a formar parte de movimientos políticos renovadores, en un primer momento del nacionalsocialismo y luego del mismo fascismo”. (pág. 28)

Vamos, ahora, a hacer un recorrido por el libro de Evola “Sintesi di dottrina della raza” echando mano de la traducción al castellano, en 2ª edición, del año 2.005 (“La raza del espíritu”) efectuada por Ediciones Heracles.
Así, en la pág. 25 -en el contexto de las anexiones territoriales que en África había consumado el régimen fascista- escribe que “La conquista del imperio africano ha traído como natural consecuencia un nuevo orden de medidas protectoras y profilácticas, procedentes de análogas exigencias y de la evidente oportunidad de que, en el contacto con pueblos inferiores, el pueblo italiano tuviese el muy neto sentido de las diferencias, de su dignidad y de su fuerza.”

En la 27 nos pone en situación ya que, según él, “Desde una perspectiva histórica, el redespertar del sentimiento de la nación y de la raza es una de las condiciones preliminares imprescindibles para la tares de retomar en un organismo bien articulado todas aquellas fuerzas que, a través de la crisis del mundo moderno, estaban por perderse y por hundirse en el pantano de una indiferenciación mecánico-colectivista e individualista. Y esta tarea es cuestión de vida o muerte para el futuro de toda la civilización europea”.

En la pág. 54 leemos que “un tal estado ´olímpico´ se encuentra en la más estrecha relación con el tipo de la raza hiperbórea, sobre el cual habremos de hablar, y el que puede considerarse como la raíz originaria de las principales estirpes dominadoras arias y nórdico-arias”.

En la 62 nos dice que “en el momento en el cual se iniciaron las emigraciones hiperbóreas prehistóricas, la raza hiperbórea podía entre todas considerarse como aquella raza superior, como la superraza, la raza olímpica que expresaba en su extrema pureza a la misma raza del espíritu. Todas las otras razas humanas existentes sobre la tierra en aquel período, en su conjunto, parece que se presentaron o como ´razas de la naturaleza´, es decir razas animalizadas, o como razas convertidas, por involución de ciclos raciales anteriores, en ´razas de naturaleza´.

En la 71 nos subraya que “el carácter deletéreo de las cruzas no se manifiesta tanto en la determinación de los tipos humanos desnaturalizados o deformados con respecto a su raza originaria del cuerpo, sino sobre todo en la realización de casos en los cuales lo interno y lo externo no se corresponden más, en los cuales la raza del cuerpo puede estar en contraste con la del alma y ésta a su vez puede contradecir a la del espíritu o viceversa, dando pues lugar a seres quebrados, semihistéricos, a seres que, en sí mismos, no se encuentran más, por decirlo así, en su propia casa”.

En la página 87 nos comenta la idea sostenida por Weiniger -y defendida por nuestro autor- “de que las relaciones que se establecen entre un hombre y una mujer verdaderos corresponden analógicamente a las que existen entre la raza aria y la raza semita. Weiniger se ha dedicado a buscar las cualidades femeninas, que aparecen como una precisa correspondencia con las que son típicas del semita y del judío”.

En la p. 109 escribe que “si una civilización de tipo ´clásico´, en un sentido olímpico y viril, y no en la vulgar acepción estetista y formalista, refleja algo de la raza nórdica del espíritu, cada civilización romántica y ´trágica´, en tanto lo opuesto de ésta, erá en vez la segura señal de la prevalencia de influencias que proceden de razas y residuos étnicos de naturaleza no nórdica, pre-aria y anti-aria”.

En la 129 se puede leer que “puede decirse de las civilizaciones ´arianas´ que el elemento semítico, pero luego sobre todo el judaico, representó la antítesis más precisa, por ser tal elemento una especie de condensador de los detritos raciales y espirituales de las diferentes fuerzas que chocaron en el arcaico mundo mediterráneo”.

En la pág. 135 nos recuerda que “dos condiciones definían la cualidad aria: el nacimiento y la iniciación. Arios se nace; tal es la primera condición. La arianidad sobre tal base es una propiedad condicionada por la raza, por la casta y por la herencia, la misma se transmite con la sangre de padre a hijo y no puede ser sustituida por nada, del mismo modo como el privilegio que, hasta ayer, en Occidente tenía la sangre patricia”.

En la 136 escribe que “No cualquiera es apto para recibir legítimamente la iniciación, sino sólo quien ha nacido ario. Si ésta es impartida a otros es delito. Nos hallamos así con una concepción superior y completa de la raza. La misma se distingue de la concepción católica puesto que ignora un sacramento apto para suministrarse a cualquiera, sin condiciones de sangre, raza y casta, de modo tal de conducir a una democracia del espíritu”.

Siguiendo con el recorrido de este libro alcanzamos las páginas 141 y 142 en las que Evola comenta que “(…) Igualmente no originario es el monoteísmo de la religión hebraica, el cual en su crudeza y en la unilateral exasperación de su dualismo debe ser considerado como una especie de desesperado punto de referencia para aquella función de unificar, de alguna manera, a través de la Ley judía, a un conjunto de detritos étnicos en sí mismos tendentes a dispersarse hacia cualquier sector. En cuanto a la presunta ´religión superior´ con que en general se califica a la de Israel, en la misma motivos ya presentes en las civilizaciones del ciclo ario se mezclan con elementos sospechosos que concluyeron yendo al encuentro de los fermentos de descomposición étnica y moral actuantes en el mundo mediterráneo y alterando sensiblemente todo lo que en tal mundo todavía subsistía como un eco o remisión de la antigua tradición nórdico-aria”.

En la página 264 leemos que “El Ario de los orígenes se sintió como de la misma estirpe de los dioses, si no también e incluso, dominador de dioses”.

Más adelante, en la misma página, escribe Evola que “Adán, en el mito semita, es un maldito por haber intentado tomar del árbol para ´hacerse semejante a los dioses´, a los Elohim, el mito ario típico nos representa para tales aventuras trascendentes un resultado victorioso e inmortalizador en la persona de héroes, como por ejemplo Heracles, Jasón, Mithra, Siegurt.”

En la página siguiente -265- escribe que “Este especial carácter sacral de la idea aria del regnum se desarrolla por lo demás en una vocación efectivamente imperial y universal sentida por todas las principales ramas de la supraraza aria”.

Por último, en la 267 de esta “Sintesi di dottrina della raza” concluye que “Frente a los valores de la espiritualidad aria primordial las fuerzas más profundas del hombre occidental -afectado ya por tantas cruzas- serán puestas a prueba; si, casi despertándose de un largo sueño, las mismas serán capaces de responder, serán ellas las que asuman un papel, cuya importancia difícilmente sería exagerada, en el proceso totalizador de la purificación también biológica y psíquica de un determinado grupo étnico, hasta el resurgir y el predominar en el mismo de un hombre nuevo, de un tipo nuevo nórdico-ario”.

Vamos a cambiar de obra para recordar algunos pasajes de otra de nuestro autor: “La doctrina del despertar”, subtitulada en la edición castellana de la editorial Grijalbo -1.995- como “El budismo y su finalidad práctica”, pero cuyo subtítulo original es “Saggio sull´ascesi buddhista”.
Así, en su pág. 23 Evola nos pone en situación al escribir que “Es conveniente, empero, que hoy las mentes más calificada sean llevadas a comprender, una vez más, lo que el ascetismo significa y puede significar en una visión de conjunto, aunque también en una serie de planos jerárquicamente ordenados, con independencia tanto de las actitudes religiosas de tipo cristiano, como de profanaciones modernas, pero con orientación, en cambio, a las tradiciones primordiales y a las más excelsa concepción del mundo y de la vida propios de otras civilizaciones indoeuropeas. Al querer tratar del ascetismo en tal sentido nos hemos preguntado: ¿qué formulación histórica puede ofrecer la base más apta para la exposición de un sistema completo y objetivo de ascesis, en formas tan claras como recias, experimentadas y bien articuladas, conformes al espíritu de un hombre ario, aunque tomando en cuenta las condiciones que imperan en tiempos más recientes?

En la 33 nos comenta que “Resta decir algo sobre la ´arianidad´de la doctrina budista. El que usemos el término ´ario´ en relación con dicha doctrina se justifica directamente de los textos. En el cánon aparece por doquier el término ariya, que quiere decir exactamente ´ario´. El camino del despertar es llamado ´ario´ (ariya magga); arias son las cuatro verdades fundamentales (ariya saccani); ario, el método de conocimiento (ariya-naya) y aria es llamada la enseñanza de primera línea, la que acusa la contingencia del mundo, enseñanza que se dirige desde luego a los arios y se habla de la doctrina como de algo que no al vulgar, sino que sólo a los ariya es accesible e inteligible”.
En la nota 2 a pie de esta misma página nos aclara que “El significado racial de ´ariya´ asoma en algunos términos, por ejemplo cuando se considera arduo de obtener y un privilegio nacer en el país de los arios (Anguttara…, V, 96).”

En la página 34 nos recuerda que “la unidad primordial de sangre y espíritu de las razas blancas que crearon las máximas civilizaciones de Oriente y Occidente, la irania y la hindú, no menos que la helénica, la romana antigua, la germánica es una realidad. El budismo tiene derecho a llamarse ario porque refleja en alto grado el espíritu de los orígenes comunes y porque ha conservado partes notables del legado que, como ya se ha dicho, los occidentales han ido olvidando, ya sea por obra de procesos involutivos endógenos o porque ellos -mucho más que los arios de Oriente- han sido objeto de influencias extrañas en especial en el campo religioso. Como se ha señalado, si se quitan algunos elementos periféricos, la ascética del budismo, en su claridad, en su realismo, en su precisión y en la sólida y bien articulada estructura, sabe a ´clásico´, o sea, refleja el más elevado espíritu del antiguo mundo ario-mediterráneo”.
En la misma página, citando a Dahlke e identificándose con sus palabras, nos comenta que “entre las tradiciones más grandes y antiguas, el budismo es a la que más se le puede llamar de origen ario puro.
Y esto vale también en sentido específico. Si el término ario, generalizando, se puede aplicar al conjunto de las razas indoeuropeas por su origen común (la patria de tales razas, los airyanemvaejo, según el recuerdo que claramente se ha conservado en la antigua tradición irania fue una región hiperbórea o, más genéricamente, nórdico-occidental), pero posteriormente pasó a designar a una casta. Como ariya se designó a una aristocracia, opuesta en espíritu y cuerpo tanto a las razas primitivas, híbridas y ´demónicas´ -v. gr. las poblaciones kosalianas y dravídicas encontradas en los territorios asiáticos conquistados -como al sustrato correspondiente a lo que hoy se llamaría masa proletaria o plebeya, nacida para servir y que en la India, como en el mundo grecorromano, fue excluida de los cultos luminosos que caracterizaban a las castas superiores, patricias, guerreras y sacerdotales”.

En la pág. 38 dice Evola que “Las llamadas religiones de salvación -las Erlösungsreligionen, que se dice en alemán- sólo aparecen, en Oriente y en Occidente, tardíamente, al cejar la tensión espiritual de un principio y darse una ofuscación de la conciencia olímpica y, no en último grado, por influjo de elementos étnicosociales inferiores”.

En la página 108 escribe el maestro trasalpino que “Hay una renuncia de carácter inferior, la que, como se dijo al principio, ocurre en las formas ascéticas que se han desarrollado en Occidente a partir del ocaso del mundo clásico. Esta renuncia significa ´mortificación´, significa desprendimiento doloroso de cosas y placeres que de todos modos se aprecian y desean; es una especie de autosadismo, de gusto por el sufrimiento, no separado de un mal disimulado resentimiento contra todo lo que es salud, fuerza, sabiduría y virilidad. Tal renuncia en realidad ha sido a menudo la virtud, nacida de la necesidad, de los desheredados del mundo, de quienes no están a gusto ni con su ambiente, ni con su cuerpo, ni con su raza y que esperan, con la renuncia, asegurarse un mundo por venir, caracterizado -para usar la expresión nietzscheana- por la inversión de todos los valores.”

Dejando de lado esta obra, sobre el budismo, de Evola podríamos traer a colación un escrito suyo de nombre “Introducción al pitagorismo” y que ha sido incluido en un libro que Ediciones Heracles editó el año 2.012 bajo el título de “Tradiciones varias”, con el subtítulo de “Escritos sobre pitagorismo, mithraísmo y zen”.
En sus págs. 22 y 23 leemos: “Propiamente habría que preguntarse si el pitagorismo se insertó en la herencia de la civilización estrictamente indo-europea o se resintió más bien del espíritu de las civilizaciones mediterráneas-orientales anteriores a la afirmación de la civilización helénica y, en Italia, de la romana. La oposición entre las dos civilizaciones es, tal como es sabido, la que existe entre una orientación de sacralidad guerrera y la de una sabiduría sacerdotal ligada como es su costumbre a cultos femeninos y lunares.
A primera vista, el pitagorismo parecería estar vinculado no sólo a la tradición indo-europea, si no aun a la tradición primordial de tal estirpe, que es la tradición hiperbórea, la cual tuvo entre sus expresiones más puras al símbolo apolíneo”.

“Yoga, inmortalidad y libertad” se trata de un escrito de Evola que fue incluido en el libro “Oriente y Occidente” editado por Ediciones Heracles en 2.008. En él leemos que “podemos notar que el Buddhismo primitivo, era también una reacción en contra del ritualismo y la especulación, pero era de origen puramente ariano, empezando por la persona misma de su fundador” (p. 87).

…Ha hablado Evola y ningún lugar queda para la interpretación a la ligera de sus palabras.

NOTAS:

(1) Estas dos entregas, así como la tercera, se pueden consultar a través de los siguientes enlaces:
https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/04/evola-y-la-cuestion-racial/
https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/04/evola-y-la-cuestion-racial-ii/
https://septentrionis.wordpress.com/2010/07/09/evola-y-la-cuestion-racial-iii/
(2) https://septentrionis.wordpress.com/2013/08/04/prologo-a-orientaciones-para-una-educacion-racial/
http://www.libreria-argentina.com.ar/libros/julius-evola-orientaciones-para-una-educacion-racial.html
(3) Se trata de “La tradición y Evola, sin equívocos” (https://septentrionis.wordpress.com/2013/05/01/la-tradicion-y-evola-sin-equivocos/) y del “Acta de las insalvables” (https://septentrionis.wordpress.com/2013/07/15/acta-de-las-insalvables/ ).

EDUARD ALCÁNTARA
eduard_alcantara@hotmail.com



EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (VII): LA RAZA DEL ALMA
marzo 6, 2013, 9:22 pm
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EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (VII): LA RAZA DEL ALMA

En su obra “Sintesi della dottrina della raza” -1.941- (en castellano “La raza del Espíritu”, Ediciones Heracles) Julius Evola nos configura la caracterización del Hombre de la Tradición. Lo hace en base al establecimiento de tres niveles constitutivos de la persona, que son los que se refieren a la ´raza del cuerpo´, a la ´raza del alma´ y a la ´raza del espíritu´. Los tres niveles deben cumplir con una serie de características y siempre deben obedecer a una jerarquía que tiene en la cúspide a la raza del espíritu. Quien haya consumado los parámetros inherentes a la raza del espíritu hará suyos, de modo natural, una serie de valores que conformarán su raza del alma. Aquél que pugna por dejar la condición de hombre ordinario deberá aplicarse en trabajar en su interior dichos valores para que, vivenciándolos en lo más cotidiano de su discurrir, acaben aflorando en su comportamiento de manera automática.

Mirumoto Jinto en su “Código del Bushido” nos anticipaba que el honor representa uno de esos valores de la raza del alma que tiene que hacer suyo el hombre diferenciado. Así una cita suya nos advertía que “la muerte no es eterna, la deshonra sí”.

El respeto a la legítima autoridad, asociado a la idea de disciplina, también constituirán valores de la raza del alma para este tipo de hombre y tendrán su basamento en la idea de fides (fidelidad). Idea que, en este hombre que pugna -inicialmente- por su descondicionamiento, cogerá fuerza si preexiste en él la virtus; virtus que, a su vez, se reforzará si el valor de la fides se actualiza en su persona.
Para mejor entender esto remitimos a Evola cuando señalaba que “el presupuesto existencial de la fides (en tanto fidelidad: a un compromiso, a un juramento, a un pacto, a la palabra empeñada, a un vínculo libremente aceptado) y aquello de lo cual la misma es su manifestación, es la virtus, no en su acepción moralista o incluso sexual, sino en el de una firmeza interior, de una derechura.”
El mismo Evola nos recuerda en el capítulo III de “Orientamenti” (Orientaciones) que una saga nórdica afirmaba que “la fidelidad es más fuerte que el fuego”.

No todos los que se lo propongan podrán transitar con éxito por los caminos interiores que acercan al Despertar (o que lo hacen realidad). No todos podrán consumar en sí al Hombre de la Tradición pero si no dejan de tenerlo como referente a seguir sin duda se alejarán de la condición de hombres ordinarios. Sólo una minoría es apta para autogobernarse y ser dueña de sí misma y de sus actos. De entre estos pocos aptos menos serán aún los que tengan la suficiente voluntad para emprender este arduo, riguroso y metódico camino interior (https://septentrionis.wordpress.com/2010/04/11/la-iniciacion/). Pero de entre la mayoría no apta para afrontar con éxito estos empeños pero que, a pesar de ello, lucha por no contentarse con ser homo vulgaris debe prevalecer la idea de la inviolabilidad de los, ya aludidos, principios de respeto a la legitima autoridad y de disciplina, siendo consecuentes con aquella máxima del filósofo Friedrich Nietzsche de que “el que no sepa gobernarse a sí mismo, que obedezca”.

El hombre que aspira a serlo de la Tradición es un hombre que se autoexige, que tiene un alto sentido de espíritu de sacrificio, que se autoimpone una disciplina tanto externa en su quehacer cotidiano como interna en su camino descondicionador. Es un hombre abnegado, esforzado, tenaz y voluntarioso. Que gusta de los deberes y de las obligaciones antes que de la exigencia de derechos. No busca prebendas ni ansía ofrendas. Busca la conquista y no la dádiva, pues cree, como el gran poeta Ezra Pound, que “la libertad es un deber, no un derecho”. Y, sobre todo, cree en la libertad que conquista el hombre que ha culminado su descondicionamiento con respeto a todo aquello que condiciona, determina, ata, aliena y esclaviza al hombre con su entorno y con sus más primarios instintos y más bajas pasiones.
No ofrendas, decíamos, sino sacrificios prefiere el hombre diferenciado. Y es que, además, las ofrendas distraen al hombre hacia lo externo y en lo superficial. Le hacen dispersarse y alejarse de cualquier intento de búsqueda del Ser. Acertadamente escribía al respecto el autor de “Le petit prince” -Antoine de Saint Exupéry- que “en esto reside el gran misterio y la gran tragedia del hombre moderno, que pierde lo esencial sin darse cuenta de que lo ha perdido. Porque si quieres que los hombres sean hermanos haz que edifiquen una torre, pero si quieres que se maten arrójales dinero”.

La búsqueda de la Verdad es una de las metas que se impone el hombre que transita por los senderos que llevan al Despertar. El que se pueda transitar por ellos o el que no se tenga la capacitación metafísica para poder hacerlo no será óbice para que la Verdad se erija en portaestandarte y guía; para que lo Superior y Trascendente sea el faro iluminador de la existencia. De la Verdad Absoluta con mayúscula se derivan las verdades con minúsculas; las que afectan a nuestra vida ordinaria. Por ello el hombre diferenciado hará de la sinceridad un valor insobornable e incuestionable y de la mentira un oprobio a eliminar por cuanto su uso le embrutecería como persona y no le diferenciaría en nada del primario hombrecillo moderno. No olvidemos, pues, tanto sea referida a la Verdad en mayúscula o a las verdades en minúsculas esas dos máximas anónimas que rezan que “Veritas victoria vincit” (la Verdad vence a la victoria) y que “vincit omnia veritas” (siempre vence la verdad).

Si hacemos del Hombre de la Tradición nuestro ideal existencial huiremos de cualquier búsqueda de halago, de reconocimiento por parte de nuestros semejantes, de adulación, de aplauso o de homenaje, pues no es engordar el ego lo que el hombre diferenciado persigue sino, al contrario, empequeñecerlo, dominarlo y, a ser posible, eliminarlo. Lo que se haga se hará porque se debe hacer -léase nuestro “El hombre de la Tradición (IV): el deber- y no por querer figurar en ningún sitio ni ante nadie. Bien se haría en ponerse como ejemplo el de esos artistas de otras épocas (como, p. ej., la medieval) que no firmaban nunca sus obras -sacras ellas- (pinturas, esculturas, obras arquitectónicas, composiciones musicales,…) porque para ellos éstas representaban un servicio que le hacían a lo Alto en el sentido de que una mayoría de gente no cualificada espiritualmente pudiese aproximarse a los misterios de lo Sagrado o representaban, sus obras para esos artistas, un sacrificio (=oficio o rito sacro) que les hacía trazar vínculos con lo Superior Trascendente. Así podríamos decir de aquellos artistas que hacían suyo el principio, acuñado por Evola, de la “impersonalidad activa”, según el cual el ego no tiene cabida en las actuaciones del hombre; principio que con claridad tan meridiana reflejaba el lema de los templarios en el sentido de que de sus acciones no buscaban “¡nada para nosotros Señor, nada para nosotros, todo en gloria de Tu Santo Nombre!”

El Hombre de la Tradición configura su raza del alma con otros rasgos y valores que le aflorarán, en primera instancia, como resultado de su metódico esfuerzo descondicionador y, finalmente, como reflejo natural y consecuente de sus logros Espirituales. Hablamos de la impasibilidad ante los juicios y opiniones de los demás. Hablamos de ese permanecer impertérrito ante las sacudidas emocionales. Hablamos de mostrarse ´inasequibles al desaliento´ante todo tipo de reveses. O hablamos del sosiego y la templanza ante el mundo de los sentimientos, ante las dificultades que la vida depara y ante los estímulos que llegan de fuera. De este Hombre Superior (del Iniciado) escribe Evola en “La tradición hermética” (1.931) que “en él ha sobrevenido un estado que destruye categóricamente toda reacción ante los juicios humanos”. Por ello este Hombre destila lo que los antiguos romanos conocían como “gravitas”: ´gravedad´ en la palabra, en el rostro, en el gesto,…

¡Qué irreconciliables resultan estos valores de la raza del alma con los contravalores (o, por mejor decir, antivalores) que defiende el quebrado, turbulento y desorientado mundo moderno!

Eduard Alcántara
eduard_alcantara@hotmail.com



EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (VI): EL SILENCIO
enero 4, 2013, 4:35 pm
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Denominadores comunes del mundo moderno son la superficialidad, el vocerío, la gesticulación, el ruido, el frenesí, la charlatanería vacua, la necesidad imperiosa de hablar (sin saber escuchar) y, en definitiva, la agitación más incontrolada. En oposición a todo ello el hombre que quiera desligarse de las servidumbres a las que le somete la modernidad debería encontrar en el silencio un elemento a no desdeñar y -más aún- del que no prescindir, si es que se ha propuesto el pugnar, verdaderamente, por acercarse a ese ideal que representa el Hombre de la Tradición.
El silencio le resulta angustioso al hombre moderno, pues mientras habla (o vocifera) exterioriza y evita, así, cualquier mirada introspectiva que, sin duda, le haría darse de bruces con su vacío existencial y con su extrema superficialidad. Le sucede tal cual con una soledad que para el hombre diferenciado es casi una exigencia para encontrar el medio propicio que le haga posible el poder encarrilar la meditación y la concentración que se necesitan a la hora de emprender el camino que lo pueda llevar al descondicionamiento y, de culminar con éxito éste, al conocimiento de Realidades de orden Superior; camino que va unido a procesos de transformación ontológica de la persona.
El valor del silencio lo han sabido ver en épocas y en contextos diferentes un amplio espectro de personajes -no todos necesariamente vinculados a una visión Tradicional de la existencia- como ocurre con el rey Salomón quien, tal como aparece en sus ´proverbios´, declara que “el que sabe hablar, aprenda a callar”.
El griego Plutarco -historiador e iniciado en los misterios de Apolo, se convirtió en el mayor de los dos oficiantes de los ritos sacros consagrados a este dios en el Oráculo de Delfos- afirmaba que “de los hombres aprendemos a hablar, a callar sólo lo aprendemos de los dioses”. Mientras que el filósofo francés Louis Lavelle comentaba, la pasada centuria, que “el silencio es un homenaje que la palabra rinde al espíritu”. Idea corroborada por el aviador y escritor francés Antoine de Saint-Exupéry con aquello de que “el espacio del espíritu, allá donde puede abrir sus alas, es el silencio”, así como por el escritor, filósofo e historiador católico francés Jean Guitton que nos hizo ver que “gracias al silencio el hombre se sumerge en sí mismo y descubre la esencia espiritual que lo crea. De esta manera se descubre también en conjunción con el propio silencioso Creador, porque sentir el silencio es ver lo invisible” o como nos reafirmaba el alquimista, escritor y pintor sagrado francés Louis Cattiaux al escribir que “los ignorantes hablan mucho y no observan nada. El sabio calla y lo examina todo para descubrir al Único” y nos confirmaba el político e ideólogo alemán Dietrich Eckhart -maestre de la Sociedad Thule- con la conciencia de que “nadie puede dialogar con Dios si no es a través del silencio”.
Ya el apóstol Santiago, como reza en el capítulo 3 de las “Epístolas”, tenía la certidumbre de que “donde no hay freno en la lengua, no puede haber perfección”. Y no idea diferente nos transmite un adagio hermético al aseverar que “los que hablan no saben y los que saben no hablan” o un apogtema budista al apostillar que “es más importante no decir nada si aquello que se tiene que decir no es más importante que el silencio”.
La banal palabrería transmite ideas y pensamientos también banales propias del hombrecillo mediocre propiciado por un mundo también mediocre. Pero pese a esto el dicho hombrecillo tiene la desfachatez de expandir a los cuatro vientos su mediocridad cual si se tratase de algo profundamente sustancial y de máximo interés. Así de osado se muestra en su ignorancia. Y para más INRI no duda en tratar de imponer esta mediocridad a los que todavía no la han hecho totalmente suya o a los pocos que intentan desmarcarse de ella. El filósofo José Ortega y Gasset denunciaba tales osadías y lo hacía afirmando que “el hecho característico del momento es que el alma vulgar, reconociéndose vulgar, tiene la audacia de afirmar el derecho a la vulgaridad y lo impone por todas partes”; corroborándose, con esta reflexión, el dicho anónimo de que “la ignorancia es atrevida”. Tan atrevida es que el actor, director, guionista y productor de cine estadounidense Orson Welles, de forma ocurrente, constataba el que “muchas personas son lo bastante educadas para no hablar con la boca llena, pero no les preocupa hacerlo con la cabeza vacía”.
En su oposición al sistema democrático el intelectual y escritor José María Pemán -todavía, por aquel entonces, monárquico tradicionalista- no dudaba en afirmar que “la democracia es ruido y la inteligencia no necesita de ruido”; sin duda tenía en mente el casi siempre estéril vociferío propio de los parlamentos partitocráticos. Y es que lo esencial se debe formular con sencillez y con ese estilo lacónico que no entiende de retórica recargada y saturada de sobrante superficialidad. Asimismo el histrionismo es enemigo de la cordura y del entendimiento. El hombre diferenciado debe lidiar contra cualquier exabrupto de su carácter si es que aspira a erigirse en Hombre de la Tradición.
Aquel hombre que acciona en pos de conseguir victorias en su interior contará con su ego como uno de los enemigos a batir y, si su actuar es el correcto, no debe ansiar el que sus logros reciban el aplauso, el reconocimiento, la adulación y la admiración de los demás y no hará pública ostentación de sus avances interiores; los cuales pueden llegar a pasar desapercibidos para sus congéneres poco despiertos. Este viaje interior se ajustará, pues, al dicho del Tao-tê-king de que “el buen caminante no deja huellas” o a lo que dejó escrito cierto historiador romano en el sentido de que “las aguas de los ríos más profundos son las que menos ruido hacen”, ya que las Verdades Metafísicas son de esencia diferente a la realidad sensitiva y, por esto, nuestros sentidos no pueden aprehenderlas.
Alguien, como el alemán Karlfried von Dürckheim, que intentó integrar dentro de sí las enseñanzas del neoplatónico medieval Meister Eckhart y las de Buda, sabiamente nos enseñaba que “allí donde el sonido del silencio se hace sentir existe la meditación más allá del objeto. Sólo el oído liberado de todos los sonidos puede sentir el Sonido más allá de todos los sonidos”. Aparte de la certidumbre de que únicamente traspasando las barreras que encadenan la existencia del hombre a un único plano de la existencia -el material- puede este hombre hacer suyos otros planos de la Realidad -como el sutil o, más aún, el totalmente Incondicionado- von Dürckheim reafirma la imprescindibilidad del silencio con miras a emprender -y a continuar- la difícil travesía que del descondicionamiento puede llevar a la Liberación en el seno de ese propósito de consumar en sí al Hombre de la Tradición que el hombre diferenciado debe tener siempre presente.

Eduard Alcántara
eduard_alcantara@hotmail.com



EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (V): EL GUERRERO
diciembre 5, 2012, 1:18 pm
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EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (V): EL GUERRERO

Representa la figura del guerrero el arquetipo más adecuado para que el hombre con
mentalidad Tradicional se mire en él y emprenda su particular lid en miras a erigirse en el Autarca -del que hablaba Evola en su ´etapa filosófica´- que no depende de nada externo a él (aparte de ni interno a él) porque ha conseguido descondicionarse y no hay circunstancia que lo mediatice ni lo subyugue. Sin duda, desde el punto de vista Tradicional, lo ideal es que el guerrero se acabe convirtiendo en Héroe, esto es, que culmine la metanoia o transformación interna y que conquiste,así, la Eternidad.
Y es que son los valores del guerrero los idóneos para emprender esa ardua, dura y metódica tarea que debe llevar a la transustanciación interior de la persona que conformará lo que entendemos como Hombre de la Tradición u Hombre Absoluto. Hablamos de valores, pues, como los del espíritu de superación y el de sacrificio, la tenacidad, la autodisciplina, la valentía, el laconismo, la austeridad, la fidelidad, la fortaleza de carácter o la constancia. Es ese arquetipo del guerrero el que el emperador romano Juliano (neoplatónico y con gran querencia por el mitraísmo) tiene en mente cuando afirma que “el Mal sólo abruma al débil. El fuerte sabe triunfar”. Asimismo cuando leemos una cita anónima que reza que “donde abunda el peligro crece también aquello que salva” no podemos por menos que pensar que es exclusivamente el guerrero quien puede arrostrar con el dicho peligro sin venirse abajo por ser presa del pánico. Un ´peligro´ que puede -y debe- entenderse desde diversas lecturas: desde la lectura que hace referencia a las situaciones límite –como, p. ej., las bélicas- que pueden ayudar a transportar al hombre preparado a otros estados de conciencia por encima del ordinario, pasando por la lectura que se inscribe en el peligro existencial que puede destruir a aquel que ha roto los lazos que le ataban a lo condicionado y puede no encontrar otros lazos que lo eleven (o puede hallarlos y seguirá su camino hacia la palingénesis o ´segundo nacimiento´ a la realidad Metafísica) y acabando, incluso, por la lectura que entiende los peligros a la manera que los concibe la doctrina extremooriental de ´cabalgar el tigre´ transformando el veneno en remedio, o sea, lo degradante de la fase terminal del mundo moderno en trampolín para romper ataduras con la realidad sensible con vistas a arribar a la Realidad Suprasensible (https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/28/cabalgar-el-tigre/).

Lid en pos de la transformación interior y lid sin cuartel en pos de la Restauración del Orden Tradicional contra las avasalladoras fuerzas de la decrepitud que se han adueñado de las riendas del mundo. Lid que sólo el guerrero puede afrontar sin sucumbir y derrumbarse, pues tal como el obispo de Ginebra, natural de Saboya, Francisco de Sales nos decía -a caballo entre los siglos XVI y XVII- “esta vida es una guerra continua, y no hay quien pueda decir: yo no soy atacado en absoluto… La verdadera paz no consiste en no combatir, sino en vencer: LOS VENCIDOS YA NO COMBATEN”.
De igual modo el también cristiano filósofo francés Emmnauel Mounier nos señalaba, en la pasada centuria, que “hay que cultivar en la paz las virtudes de la guerra… El honor es una armadura indispensable”.
¡O qué decir del dicho de Jesucristo de que “quien no tenga espada, venda su capa y se la compre”…! Sin duda las interpretaciones de dichos como éste se pueden realizar tanto desde planos que afectan al terreno de la mera religiosidad como al de lo esotérico, pues la espada puede servir tanto para destruir formas religiosas desviadas como para acabar con el viejo hombre caduco que se lleva dentro.

Decía el estoico Séneca que “la desgracia no llega al hombre valeroso”. El cobarde, por el contrario, nunca superará su estado ordinario y, más aún casi siempre, vermicular de existencia. Sólo el valiente puede atreverse a adentrarse en el peligroso camino que conduce a la Iluminación y que convierte al guerrero en Héroe y al hombre en Hombre Despertado. Tamaño logro que siempre tuvieron a bien admirar nuestros ancestros cuando el Mundo de la Tradición no había sido todavía sustituido por el mundo moderno. Admiración y reconocimiento que nos recuerda Jullius Evola cuando escribe que “nuestra Tradición ha vitoreado a los héroes, ha celebrado a los dominadores y a los hombres dioses”.
Séneca nos hace llegar la certidumbre de que “no solamente hace la guerra el que se halla en el campo de batalla”, pues la guerra es continua contra lo externo que pretende prolongar la existencia de este agonizante mundo moderno e interna (la ´Gran Guerra Santa´) contra lo que nos pretender relegar a la categoría de autómatas y a la de seres meramente instintivos y embrutecidos.
La diferencia entre la ´pequeña guerra santa´ (la exterior) y la ´Gran Guerra Santa´ (la interior) ya nos la mostraba Lao-Tsé cuando en el capítulo XXXIII (titulado “Discriminación”) del Tao-tê-king enseñaba que “quien vence a los otros es fuerte y quien se vence a sí mismo es poderoso”.
También el numida San Agustín, que –paradójicamente en contraste con el estamento al que pertenecía- no dudaba en colocar al guerrero como el arquetipo a seguir, parece remitir a la misma idea de la ´Gran Guerra Santa´ al escribir: “Combate sin tregua. No temas a ningún enemigo externo; véncete a ti mismo y el mundo será vencido… Hablo con luchadores: los guerreros me entienden; no me entiende el que no guerrea”.

La fe y piedad del sacerdote no le llevarán más allá de la simple devoción hacia la divinidad, en cambio la acción propia del guerrero sí le puede conducir por los vericuetos que lo vayan transformando interiormente y que le pueden llevar al Despertar, convirtiéndole en Héroe. Comentábamos en cierta ocasión que “el Héroe no puede surgir a partir de la casta sacerdotal o brahmana sino de la guerrera o shatriya, pues con la simple fe (actitud pasiva) del sacerdote es imposible operar transmutaciones en el interior del hombre, pero, en cambio, a través de la vía activa consustancial al guerrero sí es más factible pensar en procesos internos (que deben ser activos) de Liberación Espiritual del hombre.” (https://septentrionis.wordpress.com/2010/08/19/evola-frente-al-fatalismo/).
Tampoco la erudición, el raciocinio o la especulación mental pueden facilitar el acceso a planos de la Realidad Metafísicos. Ello lo reflejaba con claridad meridiana aquella cita anónima que dice que “la sangre de los héroes está más cerca de la divinidad que las plumas de los eruditos y las oraciones de los devotos”.
Que es la vía guerrera la que puede llevar a la Eternidad se ve claramente reflejado en el Bhagavad Gîta en pasajes como aquél en el que el dios Krishna le dice al príncipe Arjuna que “muerto tendrás el paraíso, victorioso tendrás la tierra; por lo tanto lánzate dispuesto a la batalla.”

Nadie mejor que el que asume los valores del guerrero puede permanecer vigilante, en vela, en alerta, bien sea para no caer en descuidos o relajamientos del alma que vetarían cualquier posibilidad, en la persona, de búsqueda transustanciadora y de gnosis de lo Superior o bien sea para que no se extinga la llama del Saber Perenne ni aun en los periplos más tenebrosos del kali-yuga. El Dhammapada es uno de los textos de Buda del canon pali y en sus versos se puede leer que “la vigilancia es el sendero que lleva a la inmortalidad,/ los que están distraídos ya están muertos,/ los que están alerta nunca mueren”. Y el poeta, dramaturgo, narrador y ensayista austríaco Hofmansthal escribía que “los que velan en la noche obscura, dan la mano a los que nacen en la nueva alba”.

Interiorizar, pues, estos valores del guerrero es la premisa sine qua non a tener presente para quien se quiera embarcar en el azaroso viaje que culmina en la consecución de ese ideal al que llamamos Hombre de la Tradición.

Eduard Alcántara
eduard_alcantara@hotmail.com