Julius Evola. Septentrionis Lux


EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (XI): LA COAGULACIÓN
septiembre 24, 2013, 10:48 am
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En nuestro anterior “El Hombre de la Tradición (X): el ariya” hemos hablado de esa meta que el Hombre de la Tradición aspira culminar y que no es otra que la de la espiritualización de su alma. Hay quienes piensan que tras dicho logro no queda más que “perderse” sin más en ese plano Superior, Trascendente e Incondicionado de la realidad. Y no, no se de trata de evadirse con respecto al mundo manifestado. No se trata de quedarse en el “solve” (´espiritualización del cuerpo´) del que hablaba la tradición alquímica, sino de dar otro paso y completar el “coagula” (´corporización del Espíritu´) del que también hacía referencia el hermetismo en el conjunto de esa feliz fórmula del “solve et coagula”, que también puede denominarse como la de la ´Trascendencia Inmanente´ que nos tiene que dejar claro el que la Iluminación con respecto a lo Eterno e Incondicionado sucede en este plano material de la realidad: sucede en este mundo, pues la Trascendencia es despertada en el interior del Hombre, ya que se halla, en él, adormecida por culpa de ´avidya´ (la ignorancia), o el olvido que el Principio Supremo padece en su camino descendente que le lleva a su integración en el nuevo ser humano en el mismo momento de su concepción. Y si la Iluminación tiene lugar en este plano material de la realidad debe ella encargarse, acto seguido de haberse conseguido, de impregnar con su Luz a dicho plano de la realidad.

A propósito de ciertas –a nuestro entender- erradas interpretaciones de los textos basilares de la tradición hinduista comentábamos en cierta ocasión que “considerar al mundo manifestado como mera ensoñación puede llevar a posturas evasionistas con respecto a la inmanencia. Puede llevar a refugiarse en la Trascendencia pura y hacer ignorar, por ende, una realidad sensible sobre la que el Hombre Tradicional debe tener muy claro que debe actuar para sacralizarla y convertirla en un reflejo de lo Alto.”
Tras ´espiritualizar la materia´ se trata, pues de ´materializar el Espíritu´, esto es, de impregnar nuestro ´corpus´ y nuestra ´mens´ con ese Espíritu que habíamos Despertado a través de la ´via remotionis´ (´vía de la remoción´) en que consiste la Iniciación. De este modo podemos hablar de ´Tradición´ y no exclusivamente de ´Metafísica´, por cuanto la ´Tradición´ supone y exige la sacralización de la materia: la sacralización del mundo, o -según otra expresión dada- ´la traslación del macrocosmos al microcosmos´ y la aspiración a la consecución del ´Imperium´, aquí abajo, como reflejo del ´Ordo´ que rige allí arriba. (Sobre el concepto Tradicional de ´Imperium´se puede consultar nuestro siguiente enlace: https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/el-imperium-a-la-luz-de-la-tradicion/.)

También reflexiónabamos hace un tiempo, en la misma línea, acerca de que “el Espíritu, una vez pasado de potencia a acto a través de la Iniciación, no debe olvidarse del cuerpo (la materia), evitándose, así, posturas como las de aquellos ayunos extenuantes suicidas o el propio suicidio en sí practicado como medio de “liberar” al Espíritu aprisionado por un cuerpo al que había, pues, que eliminar; posturas ejecutadas, p. ej., por maniqueístas extremos como los cátaros. Nos alejamos, de este modo, de evasionismos con respecto a la posibilidad de actuar en este mundo de aquí abajo.”
El Hombre Tradicional no debe, visto lo cual, renunciar al cuerpo y apartarse de él, sino gobernarlo, dominarlo y dominar la vida. El estoico Séneca comentaba que “el sabio no debe huir de la vida, sino apartarse de ella” y este ´apartarse´ lo debemos entender, desde el punto de vista de la Tradición, como un no dejarse llevar por la inercia que comporta la cotidianeidad de la vida y sus estímulos superficiales. No es huida evasiva de la vida lo que el Hombre de la Tradición ha de asumir tanto a lo largo de su camino transustanciador como una vez culminado éste, sino la sacralización de la misma. El hombre diferenciado que se proponga el aventurarse por el periplo que le pueda llevar a la metanoia o renacer a la realidad Metafísica será de lo caduco, de lo inestable, de lo fluctuante, de lo cambiante y de lo efímero (de lo que muere) de lo que pugnará por liberarse. Pugnará por liberarse de ese bullir psíquico que altera el rector obrar del hombre y pugnará por eternizar (Espiritualizándola) su alma. Así debemos entender un dicho taoísta de: “que el hombre intente liberarse de la muerte, pero no busque liberarse de la vida”.
Si hasta aquí hemos tratado sobre el sentido del ´coagula´ del que nos habla la tradición hermético-alquímica (y que arranca del momento en el que el Hombre se ha hecho uno con el Principio Supremo Imperecedero -Brahman- para abocar, seguidamente, la sacralidad de éste sobre todo el existir del dicho Hombre), también podemos tratar sobre la constatación de que no es en base a la renuncia del cuerpo sino -no sólo a su dominio y control- incluso a su utilización como el hombre diferenciado puede ir culminando con éxito su ´via remotionis´ transformadora.
Hay que plantearse el ejecutar cada acción de nuestra vida de acuerdo al principio de ´hacer lo que debe ser hecho´ (consúltese nuestro “El Hombre de la Tradición (IV): El Deber”) y no permitir que nuestro actuar continúe consistiendo en un simple agitarse convulso al son de estímulos, pasiones y demás turbulencias mentales. Si el hombre diferenciado es capaz de accionar así en la cotidianeidad de su existencia habrá dado el primer gran paso para adiestrar su mente y controlarla para poder, de este modo, emprender los pasos posteriores interiores necesarios que le permitan el acceso a la gnosis de realidades de tipo Suprasensible. La vida resulta, pues, imprescindible para culminar los procesos que dan acceso a la palingénesis o ´segundo nacimiento´, tal como nos señala una sugerente cita extraída del texto del hinduismo que lleva por nombre “Mârcandenya-Purâna” y en el que del diálogo del sabio Mârcandenya con el también sabio Jaimini se puede leer que “la vida como un arco, el alma como una flecha, el Espíritu Absoluto como diana a traspasar. Unirse con ese Espíritu, como una flecha lanzada se clava en su blanco”.
Y es que el hombre diferenciado debe encarar la vida cual si se tratase del atanor o recipiente en el que los alquimistas operaban sus fórmulas para ´transformar el plomo o en oro´; símbolo externo de lo que realmente pretendían: la Búsqueda de lo Eterno partiendo del cuerpo y no renunciando a él. De este modo la vida no será más contemplada como ´un valle de lágrimas´, como un estado del que hay que evadirse porque lleva irremisible y fatalmente a la perdición sino, al contrario, como un banco de pruebas y un campo de batalla que puede conducir al hombre diferenciado a su Liberación, pues “vita est militia super terram” (“la vida es milicia Supraterrenal”); vida que deberá ser sacralizada (el ´coagula´) si nuestro hombre diferenciado consuma dicha Iluminación.
Este no desintegrar la propia individualidad (el yo) sino lidiar por sacralizarla y poder hablar mejor, así, de ´personalidad´ es una postura que en la percepción de Evola resulta incuestionable si es, repetimos, que se quiere hablar de ´Tradición´ y no exclusivamente de ´Metafísica pura´. Se trata, inicialmente, de domeñar al yo y no de que éste campe -con la agitación que caracteriza a un ´yo ordinario´- a sus anchas. No es, pues, cuestión de eliminarlo. El gran intérprete italiano de la Tradición recordaba (en el cap. VI de “Máscara y rostro del espiritualismo contemporáneo”) esta máxima iniciática: “Pregúntate si eres tú quien tiene al yo o si el yo es quien te tiene a ti”. Al igual que nos enseñaba que “no hay duda de que es necesario liberarse de un cierto yo; la via remotionis (el camino de la remoción), la destrucción del ´hombre antiguo´(el cual, desde otro punto de vista, no es más que ´el hombre nuevo´, el más reciente) es una condición que ha sido siempre reconocida para la reintegración espiritual. Pero al mismo tiempo es preciso subrayar una continuidad fundamental y no insistir en rígidas antítesis”; antítesis entre Espíritu, de un lado, y cuerpo y alma (el yo), por otro lado.
Y es también el maestro nacido en Roma el que -en el transcurso de una polémica epistolar mantenido, en temprana época, con René Guénon sobre cierta metafísica hindú centrada en el Vedânta- transcribía esta máxima de los Tantra: “¡Oh, señora del Kula! En Kuladharma (vía tántrica de la potencia) el disfrute deviene realización (yoga) perfecta, el mal se hace bien y el mundo mismo se convierte en el lugar de la liberación”. Y nos la transcribía para que el Hombre de la Tradición que brega por los caminos del Despertar no contemple la vida terrenal como ese ´valle de lágrimas´ al que aludíamos y del que, supuestamente, habría que desgajarse sino como trampolín que facilite su autorrealización y como realidad (la física) a la que hacer reflejo de la Metafísica. De ese “el mal se hace bien” incluso se podría desprender también la posibilidad de que el hombre diferenciado haga suya la doctrina extremooriental de ´cabalgar el tigre´ y sepa transformar los ´venenos´ disolventes que el mundo depara en ´remedios´, gracias a la ayuda que los dichos ´venenos´ pueden suponer -para el hombre descondicionado- en el sentido de medios a utilizar para facilitar la superación de los estados de conciencia ordinarios y posibilitar la entrada en estados de conciencia Superiores (metafísicos o suprasensibles).
De acuerdo con esta doctrina extremooriental no existen cortapisas, dogmas ni morales que puedan resultar un obstáculo para el renacer espiritual de un tipo de ´hombre diferenciado´(consúltese nuestro “El Hombre de la Tradición (VIII): El descondicionamiento”). Además, en otro orden de cosas, el Hombre Despertado ha hecho suya una dimensión Sobrehumana alejada de categorías -como la de la moral- que corresponden al ámbito meramente social, religioso y, en definitiva, humano. Por esto el neoplatónico Plotino (s. III d. C.) aseveraba que “como los dioses hay que ser, no como hombres de bien: no de hallarse exento de pecado, sino de convertirse en dios se trata.” (Un hombre de la Tradición debe entender en este contexto el ´más allá del bien y del mal´, de Nietzsche.)
Y es, finalmente, tras las directrices de la doctrina de ´Cabalgar el tigre´ (que tan reñida se halla de cualquier atisbo o conato de ´fuga de la realidad´ y de rechazo del mundo físico) que Evola sentencia: “Me permito todo aquello a lo que puedo renunciar”; a lo que puedo dominar -los ´venenos´- y no me va, pues, a ´devorar´ cual si del tigre se tratase. (Recuérdese lo expuesto en nuestro “Cabalgar el tigre”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/28/cabalgar-el-tigre/ .)

Eduard Alcántara
eduard_alcantara@hotmail.com



EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (X): EL ARIYA
agosto 16, 2013, 8:45 pm
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Algunos de aquellos hombres diferenciados que se hayan decidido por dar ese paso que les puede llevar por los caminos de la alquimia interior experimentarán, paulatinamente y a base de mucho denuedo, ese paso previo (la ´obra al negro´) de la superación de ataduras mentales -del que tratamos en nuestro “El Hombre de la Tradición (VIII): El descondicionamiento”-, para, a continuación, con la mente calma, ejercitarse, con tesón y constancia, en una serie de técnicas y ejercicios que desde la concentración y la visualización internas le podrán hacer posible la aprehensión de planos de la realidad sutil (la ´obra al blanco´) que, hasta ese momento, le eran totalmente ignotos. Finalmente, si sus aptitudes y su voluntad son las indispensables, el rigor y método iniciáticos le pueden posibilitar el acceso al Conocimiento de lo que se encuentra más allá de cualquier tipo de manifestación (más allá, incluso, que de la de tipo sutil) y le pueden, paralelamente, hacer posible el Despertar de ese Atman (El Espíritu) que aletargado anida en su seno (la ´obra al rojo´).
Aquél que haya consumado la ´obra al blanco´ y accedido, así, al conocimiento de Realidades Metafísicas habrá experimentado en su interior una auténtica transformación ontológica (de su ser) que le convertirá en lo que los textos del budismo original denominaron ´ariya´ (el renacido a lo Suprasensible o ´nacido dos veces´)
De aquél que vaya culminando estas etapas podemos hablar, con todas las de la ley, como de Hombre de la Tradición. Si las culmina todas estaremos ante el Hombre Absoluto u Hombre Integral: el Despertado o Iluminado.

El principal objetivo vital para el hombre diferenciado debe ser el de la búsqueda de lo que de permanente se hospeda, como potencia, en él por tal de actualizarlo. Trabajando lo que se oculta en su interior podrá devastar la piedra bruta y convertir el plomo en oro, pues tal como escribía, allá por el s. XIV, Juan Ruiz (el ´Arcipreste de Hita´) en “El Libro del Buen Amor” “el agua hierve más bajo la tapadera”; por lo que en el ámbito interno es donde se cuecen las Realidades Superiores. También en el capítulo XXXIII del Tao-tê-king (por título: “Discriminación”) Lao-tsé expresaba una idea similar en los versos que rezan así: “Quien conoce a los hombres es hábil./ Quien se conoce a sí mismo es Sabio”.
De la piedra devastada a obtener podemos encontrar un símil en una cita de la tradición hermética que responde a las siglas V.I.T.R.I.O.L y que textualmente dice: “Visita interiora terrae rectificando invenies occultum lapidem” (“Visita el interior de la Tierra -nuestro cuerpo- y rectificando encontrarás la piedra oculta”); una piedra oculta a la que los rosacruces aludían bajo la denominación de ´átomo crístico´.

Al igual que hemos visto en Lao-tsé también Buda hablaba del Sabio en el que el hombre diferenciado debe aspirar a convertirse. Y lo hacía recordando que “el guerrero crea arcos y flechas, el arquitecto construye puentes y edificios, el agricultor ara y siembra la tierra, pero el sabio se construye o modela a sí mismo”.

Quien compite con los demás vive abocado a lo exterior a sí. Vive a la expectativa de un ´tú´ que le anulará cualquier posibilidad de introspección. Vive en un estado de dispersión que le impedirá descubrir lo esencial que alberga en su fuero interno. Vive abocado a la superficialidad. Es en este sentido en el que hemos visto cómo Lao-Tsé contraponía la Sabiduría que representa el ´conocerse a sí mismo´ con la simple habilidad que se desprende del conocer a los hombres. Y es, de la misma manera, en este sentido con el que Yagyu, ´el maestro de la Vía del Sable´, escribía, en el s. XVI, que “yo no sé cómo superar a los otros. Todo lo que sé es cómo superarme a mí mismo” o con el que un antiguo proverbio hindú señala que “no hay nada noble en superar a otro, la verdadera nobleza radica en superarse a sí mismo”; no en vano el término ´nobleza´ era para Gautama Siddartha (´el Buda´) un sinónimo del de ariya.

Es así que en el interior de uno mismo es donde el hombre diferenciado puede hallar la Centralidad: donde el yo puede llegar a ser uno con el Ser, gracias a la Espiritualización del alma. De ahí que en una conocida inscripción presente en el frontispicio del templo de Delfos, consagrado a Apolo, pueda leerse “Nosce te ipso” (“conócete a ti mismo”) y despierta -añadimos nosotros- todas las fuerzas sutiles que te pueden llevar a la activación del Principio Eterno e Incondicionado que se alberga en tu interior.
Y es que el hombre moderno no es más que un ser mutilado de sus dimensiones metafísicas: un ser superficial que sólo conoce de la realidad sensible y sólo se mueve reaccionando a los estímulos llegados a través de sus sentidos, reaccionando sincopadamente a la ebullición de sentimientos, pasiones y emociones que le golpean y reaccionando, convulsamente, a las sacudidas de su mundo subconsciente e inconsciente. Este ser superficial deberá ser superado por el hombre diferenciado que aspire a erigirse en Hombre de la Tradición y que debe pugnar por descubrir sus dimensiones sutil y Eterna y, así, será fiel a la máxima del poeta griego Píndaro que, allá por el s. VI a. C., decía: “Aprende a ser el que realmente eres.”
Sólo si el yo se espiritualiza el hombre convertido, ahora, en ariya logrará la Eternidad, tal como el poeta y sacerdote católico alemán Angelus Silesius (s. XVII) intuía al espetar: “Hombre, hazte esencial, pues cuando todo se acabe el mundo perecerá y la esencia subsistirá”.
Y es que ante la apariencia o ante la simple existencia vermicular propia del homo vulgaris el hombre diferenciado antepondrá la Esencia (el Ser que ha de activar en sí), tal como siempre se pretendió en el Mundo Tradicional, y hará, para sí, buena la máxima anónima de que “no sigo a los antiguos, busco los que ellos buscaron”; dejando, además, claro con dichas palabras, que su Búsqueda no viene motivada por ningún sentimiento impregnado por la nostalgia de épocas mejores ya periclitadas, pues este sentimiento, como cualquier otro, forma parte de la amplia lista de alteraciones que sufre el alma del ´hombre común´ y que deben ser superadas y dominadas por quien bregue por ser ariya.
El ´hombre común´, la condición meramente humana, debe ser dejado atrás como condición que se refiere a un ser cercenado de aquello que tiene de Superior. Se haría bien en hacer propia la máxima de Nietzsche de que “el hombre es algo que debe ser superado”, pero no tan sólo para que quede descondicionado (tal cual entendía el filósofo alemán cuando se refería a su ideal del ´Superhombre´) de todos aquellos lazos que no le permiten superar su status de enano existencial sino también para que, posteriormente a este paso previo, pueda acceder a estados de conciencia que se hallan más allá de los ordinarios y exclusivos del hombre moderno.
La poca entidad ontológica de lo simplemente humano la advertía, hace varias décadas, un enigmático grupo de Tradicionalistas inspirados por la doctrina perenne expuesta por Evola y que firmaban sus escritos como “Los Dióscuros”. Y la advertía formulando que “lo humano propiamente como tal no es nada, es tan sólo una posibilidad entre dos extremos”. Dos extremos que pueden ser caracterizados por la bestia primaria e impulsiva en que el hombre que no sabe gobernarse puede convertirse o, en el otro lado, por el Ser Imperecedero en que puede llegar a coronarse.

El Hombre de la Tradición que ha encendido en sí la llama Eterna, que tal cual larva anidaba en sus adentros, se asemejará a un fuego que calentará e iluminará espiritualmente a aquéllos que con él se topen y que acabará irradiando y extendiendo, de manera progresiva, la Centralidad que representa. Esta realidad nos la transmite Lao-tsé señalándonos que “es necesario primeramente que nosotros mismos nos hayamos conformado al Principio; luego esta conformidad se extenderá espontáneamente desde nosotros a nuestra familia, a nuestro distrito, al principado, al Imperio”.
De este Hombre Absoluto que, como tal, ha consumado en sí el Despertar al Principio Supremo y Primero emanará una aura mayestática que, sin necesidad incluso de que dicho Hombre actúe (el “wu wei” -´actuar sin actuar´- del que nos habla el taoísmo), atraerá hacia él a su entorno familiar, social y/o político, como si de una fuerza anagógica se tratase, y hará enfocar hacia lo Alto la existencia y la actividad de este entorno. De ese aura mayestática deriva el tratamiento de ´Majestad´ que, en el Mundo de la Tradición, se le empezó a otorgar a los monarcas que, como tales, encarnaban en sí no sólo la función política sino también la sacral, como personas que, gracias a la Iniciación, habían Despertado, en su seno, a lo Eterno e Inmanifestado.
Este poder Espiritual casi magnético propio del Hombre Integral que, en el plano Trascendente, ´actúa sin actuar´ desde esa posición de Estabilidad que le ha proporcionado la Centralidad conquistada, Evola nos lo muestra acercándonos un dicho de la antigua tradición extremo-oriental que nos enseña que “aquel que reina a través de la virtud del Cielo se asemeja a la estrella polar: la misma permanece fija en su lugar, pero todas las otras estrellas giran a su alrededor”.

En ariya, esto es en ´noble´ (éste es el genuino aristócrata), debe lidiar (en su interior) por convertirse el hombre diferenciado; así se le podrá considerar, en toda regla, como Hombre de la Tradición. Y es que si ya hicimos mención de ese proverbio hindú que nos señalaba que “…la verdadera nobleza radica en superarse a sí mismo” no deberíamos, tampoco, obviar esa enseñanza anónima de que “el hombre noble es el que se aventura en esta zona que lo hace idéntico a Dios”.

Eduard Alcántara
eduard_alcantara@hotmail.com