Julius Evola. Septentrionis Lux


LA TRADICIÓN Y EVOLA, SIN EQUÍVOCOS
mayo 1, 2013, 6:25 am
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El término “tradición” tiene muchas variantes en diferentes campos (cultural, costumbrista, de creencias, etc.), pero en el ámbito iniciático la Tradición Esotérica o Metafísica alude a la transmisión o irradiación perenne del soplo del Espíritu (Sophia Perennis) a modo de ideas-fuerza (Ideas Puras) de origen supra-humano capaces de transformar la naturaleza del que conoce, devolviéndole la Memoria (en sentido ontológico) de su Origen más profundo, coincidente con su más alto Destino. Transformación que tiene lugar de modo gradual, partiendo del soporte de un conocimiento comunicable hasta llegar a su misma fuente: un Conocimiento incomunicable, sólo vivenciable directa e interiormente. Acción Pura (que reúne Conocimiento y Acción), conexión con lo Absoluto, verdadero Centro y Eje del Mundo… se convierten en conceptos e imágenes que esclarecen aquello de que se trata.
Por otro lado, a la Tradición le es inherente un orden jerárquico concéntrico y vertical, en el que los niveles iniciáticos se corresponden con grados de conocimiento, y éstos a su vez con estados de Ser.
En esto encontramos una diferencia neta respecto a los diferentes “tradicionalismos”, como también puede decirse que si bien la Tradición es jerárquica, no toda jerarquía es Tradicional; muy bien puede quedar circunscrita a lo meramente religioso, político-militar, organizativo, etc. en sentido más bien convencional (es decir, sin traducir estados de Ser).

Ahora bien, axiomático resulta asimismo que la Tradición en sentido eminente, la Tradición Primordial, es de origen nórdico (hiperbóreo). En este contexto, el Norte detenta un significado no tan sólo geográfico, sino sobre todo -y al mismo tiempo- metafísico (simbolismo del Centro y del Origen). De ahí que las razas portadoras de la Tradición Primordial (Luz del Norte) sean al mismo tiempo de filiación nórdica (Airyanem-Vaêjô o “cuna de los arios”), y que el término sánscrito âriya sea concomitante con la noción de excelencia (areté). En su más alta acepción, dicho término comprende en primer lugar el ideal de una alta pureza biológica y una nobleza de la raza del cuerpo; en segundo lugar, la idea de una raza del espíritu de tipo solar, con rasgos simultáneamente regios y sacros.
En efecto, el símbolo ario es solar, en el sentido de una pureza que es fuerza y de una fuerza que es pureza, de una naturaleza radiante que tiene la luz en sí misma. Fue propio de los âriya una actitud afirmativa y heroica frente a lo divino. Tras sus símbolos mitológicos, recabados del cielo resplandeciente, se escondía el sentido de la “virilidad incorpórea de la luz” y de la “gloria solar”, es decir, de una virilidad espiritual victoriosa. En relación a ello, los arios tuvieron como ideal característico más el regio que el sacerdotal, más el guerrero de la afirmación transfigurante que el del devoto abandono, más el del ethos que el del pathos. Sobre esta base, la idea del regnum tenía un carácter sacro, así como también universal (Imperium, reflejo histórico del centro metafísico concebido como el dominio del “rey de reyes”).
En su conjunto, se trata de un clasicismo del dominio y de la acción, de un amor por la claridad, por la diferencia y por la personalidad, de un ideal olímpico de la divinidad y de la supra-humanidad heroica, junto a un ethos de la fidelidad y del honor, lo que caracteriza al espíritu ario.

Por otro lado, resulta evidente que no todas las razas son de origen hiperbóreo, y que no todas las tradiciones revisten el carácter de primordialidad. En efecto, frente a un origen nórdico encontramos otra “polaridad” austral, generadora a su vez de otro tipo de estirpes y pueblos, de otro tipo humano (los “hijos de la tierra” en sentido estricto); una de las ramas de las primeras migraciones árticas –tras la pérdida de la sede polar- entró en confluencia con este segundo tipo humano en tierras atlánticas hoy desaparecidas, dando lugar –entre otras- a una nueva gran corriente (la Luz del Sur) que se difundió preponderantemente por la cuenca mediterránea y norte de Africa para penetrar en Asia, desgajándose en varias tradiciones secundarias, híbridas o derivadas (básicamente de tipo “lunar”, o devocional-contemplativo).
Más tarde en la Historia tuvo lugar la irrupción de las sucesivas migraciones “indoeuropeas” de directa derivación ártica, y por tanto de filiación igualmente directa con la Tradición Primordial; estirpes de conquistadores que, en la constitución de sus organismos tradicionales, instauraron jerarquías de carácter simultáneamente espiritual y étnico, alumbrando las más altas civilizaciones de Oriente y Occidente.
Indiscutiblemente (y sus escritos así lo demuestran) Julius Evola es un autor “de raza”, un indoeuropeo por nacimiento y por naturaleza cuya obra siempre tuvo en sus miras el renacimiento del espíritu indoeuropeo, que por muy decaído que hoy día pueda exteriormente parecer, encierra en la “memoria de su sangre” potencialidades internas definitorias susceptibles de despertar y actualizarse a través de las vías y vocaciones espirituales que le son propias (siendo precisamente éste uno de los rasgos definitorios característicos de la concepción evoliana frente a otros “tradicionalismos”). No en vano, en su operatividad, Julius Evola utiliza siempre tradiciones indoeuropeas o arias: Doctrina del Despertar (o “doctrina de los âriya”), Tradición Hermética (o “Tradición Occidental”), Yoga Tántrico, Misterio del Grial (el “mito europeo” por excelencia), etc.
Si en su obra hace a veces referencia a otras tradiciones, como el sufismo islámico (al que reconoce –al igual que otros especialistas en la materia, como Henry Corbin- un origen ario-iranio), o dedica algunas de sus obras menores a sistemas como el Taoísmo (al que asimismo declara acusar una influencia aria uralo-altaica), en nada varía la cuestión.
Por último, decir que Julius Evola trabajó activamente en el seno de la Italia fascista (además de mantener muy cordiales relaciones con la Guardia de Hierro y ocuparse en sus escritos de temas como el falangismo) y del III Reich –especialmente, en cuanto a éste último, en estrecho contacto con sus cuerpos de élite, como la Schutz Staffeln- a causa del hecho de haber vislumbrado en su seno potencialidades Tradicionales (especialmente claras en la mencionada Schutz Staffeln), posibilidades de ser efectivizadas y posibilidades de desechar los influjos de la modernidad que en dichos regímenes y movimientos pudiera haber. Amén de considerarlos un bastión frente al influjo deletéreo del “internacionalismo”, característico de esta fase final de la Edad Oscura en que nos encontramos.
Javier Martín

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