Julius Evola. Septentrionis Lux


Prólogo a “Incorrectus, análisis y crítica de la posmodernidad”
agosto 30, 2017, 3:07 pm
Filed under: Ética y valores, Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara, Metapolítica

Hace un tiempo se nos invitó a redactar el prólogo del libro “Incorrectus: análisis y crítica de la posmodernidad” (http://www.aureacatena.cl/libros/incorrectus.html), escrito por Guillermo Sepúlveda Castro y Walter Bilbao Vilches. Así, gustosamente, lo hicimos. Helo aquí:

 Prólogo a “Incorrectus, análisis y crítica de la posmodernidad”

Cuando tantos disconformes con los tiempos que, hasta hace apenas varias décadas, corrían nos hacíamos cruces ante la hegemonía política, social, económica y “cultural” que evidenciaban las diferentes corrientes político-ideológicas de corte y esencia materialista difícilmente nos podríamos haber pensado que la involución hacia formas incluso más deletéreas todavía estaba por dar un salto más que significativo en una suerte de descenso aún más vertiginoso hacia el abismo. Lo cierto, es que la realidad ha superado los peores augurios de ese tugurio que es el mundo moderno. Las grandes doctrinas sapienciales de la Tradición ya habían hablado de un tiempo por venir (kali yuga lo llamaron los textos sagrados del hinduismo, Edad de Hierro lo denominó Hesíodo) en el que se vivirían los mayores desajustes, los más grandes desequilibrios, las disoluciones más absolutas y las degradaciones mayores inimaginables. Habían hablado de un tiempo en el que el demon de la economía llevaría la batuta rectora y en el que el materialismo más burdo se enseñorearía de todos los aspectos de la vida y de la mente de las gentes. De un tiempo en el que la versión más primaria, bestializada, primitiva y animalesca del hombre tomaría cuerpo. Creíamos haber tocado, por aquel entonces, fondo. El predominio total de los dos principales rostros del materialismo socio-político y económico no dejaba lugar a ningún tipo de alternativa real e integral. Aquel status quo suponía el triunfo y el asentamiento de lo que la interpretación Tradicional de la historia del hombre había calificado como el Tercer y el Cuarto Estado, esto es, el de la burguesía y el del proletario, respectivamente. O lo que viene a ser lo mismo, el del liberal capitalismo y el del marxismo. Fuese en el plano político, fuese en el económico o fuese en el cultural uno u otro rostro se habían erigido en los mandamases tiránicos. Aquel Primer Estado que unía a su función dirigente y política su otra función sacra hacía mucho que había dejado de ser el rector de sociedades Tradicionales, por ello periclitadas. El Segundo Estado, que correspondía a la función exclusivamente guerrera, tampoco contaba en nada. El Tercero y el Cuarto anteponían la economía a cualquier criterio (fuese el Trascendente o fuese el propio de los milites) y sus dirigentes y acólitos bregaban por su consumación ideal: pugnaban por la consecución, unos, de una sociedad con abundancia de bienes de consumo (por lo ilimitado de la riqueza material) y luchaban, los otros, por el establecimiento del “paraíso” terrenal de una sociedad (el comunismo en estado puro) en la que el proletariado hubiese acabado con la existencia del resto de clase sociales y en la que ya no existiesen más vestigios de lo que el marxismo denomina superestructuras (Estado, ejército, religión,…) Disolventes ideologías, ambas, pero que todavía contaban con gentes a las que les ilusionaba un futuro en el que sus utopías se hicieran realidad; aun cuando ese futuro no les viera vivos a ellos. Todavía existía un punto de sacrificarse por otros; por aquellos que disfrutarían de esa arcadia de tiempos por venir: fuesen sus hijos, sus nietos o la humanidad en general.

Pues bien, lo que hace varias décadas suponía para nosotros haber tocado fondo resultó ser, con el paso de los años, el penúltimo peldaño de esa escalera involutiva. El mundo moderno todavía podía degradarse más. Y así pasó. De la modernidad se fue entrando en la postmodernidad. Todavía había que esperar la irrupción demoledora de un Quinto Estado con el que los autores Tradicionalistas, excepto uno, no habían contado. Hubo, pues, uno, el italiano Julius Evola, que nos explicó que tras la hegemonía, en momentos diversos, de alguna de las cuatro castas o estamentos del Mundo Tradicional (aristos sacro-dirigentes, guerreros, artesanos-comerciantes o burguesía y mano de obra) les llegaría el turno a los sin casta. Les llegaría el turno a aquellos que tras deshonrar los principios y los valores de su casta habían sido expulsados de ella y se habían convertido en los sin casta, los descastados, los sin ley ni tradición propia. Les llegaría el turno a los parias. Con ello el Quinto Estado y la postmodernidad daría una vuelta más de tuerca a la asfixia insufrible de la humanidad.

Ahora ya no se estaría dispuesto a luchar por los demás, por el futuro, por el porvenir de los congéneres. Bregar por la soñada sociedad de bienes ilimitados de consumo o por la consumación del “paraíso” comunista pasaba a formar parte del baúl de los recuerdos. En vez el mundo postmoderno empezaba a conocer del hombre del “aquí y ahora”. Del individuo que sólo quiere vivir el momento con el objeto de darle inmediata satisfacción. Del que lo que quiere y desea lo quiere y desea ya, al momento. Lo demás y los demás poco, o nada, le importan. Del individuo que si consigue lo que, voluptuosamente, ansía, se cansa enseguida de ello y se agita, acto seguido, por obtener algo diferente o por conseguir más de lo que obtuvo la vez anterior. Del individuo cambiante, fluctuante, efímero. Del homo vulgaris al que Evola definió como el hombre fugaz.

Es de este desnortado mundo postmoderno y de este hombre fugaz de los que a lo largo de las páginas de este libro se ocupan con especial agudeza sus dos autores: Guillermo Sepúlveda Castro y Walter Bilbao Vilches. Los desentrañan con una intuición digna de encomio. Y lo hacen desde el sólido bagaje intelectual que demuestran y desde la atalaya que les da el poseer una bien edificada visión del mundo y de la existencia. Una cosmovisión que se erige alrededor de una concepción Trascendente de la existencia y de unos valores que se mueven el torno al heroísmo, al espíritu de servicio, al sentido del esfuerzo o a la valoración de lo comunitario. De lo cual se deriva un rechazo a cualquier forma de materialismo, de individualismo, de livianidad, de superficialidad, de hedonismo o de explotación del hombre por el hombre. No cabe, pues, para nuestros dos autores, lugar para la demoplutocracia, el marxismo o el anarquismo. No hay sitio, para ellos, en el que tengan cabida el igualitarismo defenestrador de las excelencias de los más aptos y voluntariosos o la infatuación democrática que tiene en él su sustento. Demolen, con brillantez y argumentario irrebatible, estos falsos mitos, las entelequias usurpadoras, el Discurso de Valores Dominante y todos los lugares comunes en los que se asienta el Establishment y en cuyo cáustico magma ha brotado esta anomalía terminal de la postmodernidad.

Tratamos con una obra que combina reflexiones de mucho calado, en las que no trasluce ningún ápice de dilettantismo ni adorno retórico superfluo, con análisis de hechos concretos, de problemáticas candentes, de sucesos y de noticias de actualidad que atraerán tanto al lector reflexivo como a ese otro de talante no dado tanto a la introspección.

Nuestros autores no se limitan a realizar un brillante análisis y una consecuente crítica a las muchas taras de la postmodernidad ni a sus anormalidades estructurales, sino que también proponen, a cada tara y a cada anormalidad, una alternativa sólida. Concebimos la Tradición como la antítesis del mundo moderno y esto es el resultado de la pérdida de aquélla. Tanto las críticas vertidas en esta obra -la radiografía que del mundo moderno se hace- como las alternativas propuestas responden totalmente a nuestra manera de concebir y entender la vida y la existencia; la manera acorde con los parámetros propios al Mundo Tradicional.

Vamos a proceder, a modo más que ilustrativo y significativo, a reproducir algunos de los muchos asertos expuestos en el presente libro y lo vamos a hacer tanto al respecto de críticas vertidas como de alternativas raigales propuestas.

Así, se nos habla de que la postmodernidad reemplaza los verdaderos Derechos Humanos (derecho a la vivienda, a una vida sana y próspera) por caprichos de una burguesía hedonista y egoísta (derecho al matrimonio homosexual; derecho al aborto; derecho a la libertad empresarial, etc.).

O, acerca de la fragilidad en las relaciones de pareja en el seno de la familia, se denuncia la incapacidad de sufrimiento” (de resistencia ante las problemáticas de la vida).

Igualmente se critica que no se han fomentado más que libertades y derechos, una verdadera cultura del “eterno niñito irresponsable“. (1)

Se reflexiona acerca de que el modelo de “persona” postmoderna se rige bajo la mecánica Ley del Mínimo Esfuerzo.

La ausencia de espíritu de sacrificio conlleva a la molicie y a la aparición de un tipo de hombre que responde al modelo del hippie liberal hedonistaasociado a la consigna progresista de la vida es lo que puedes disfrutar y a la postura de ser exigentes con el otro, pero jamás consigo mismo.

Ante lo cual se propone fortalecer el sacrificarse por el otro, con lo cual se hace frente al egoísmo, al hedonismo y a esa “vida muelle” inherentes al hombre contrahecho de estos tiempos terminales.

Del mismo modo se nos presenta un arquetipo opuesto a esta “persona” postmoderna inmadura, y por ende, frágil y con pilares poco sustentables que, como se señala en otro capítulo, debido a su vacuidad interior yace en su personalidad, deseos de ser vistos y vanagloriados; fruto de su superficialidadEse opuesto arquetipo sería el del guerrero, al cual le son innatos valores como el espíritu de entrega y sacrificio; buenos antídotos, éstos, ante tanta indolencia y tan poca actitud para superar contratiempos que la vida depara. Asimismo se nos presenta este arquetipo del “shatriya” (echamos mano del término propio de la tradición hindú) como el que debería bregar por hacer suyo el hombre si es que, en otro orden de cosas, se quiere evitar esta proliferación espectacular de casos de lo que Julius Evola vino a denominar “el tercer sexo”, esto es, de homosexualidad, sea masculina o femenina …y es que los opuestos se atraen y si no existe una polaridad bien definida esta atracción entre sexos opuestos languidece y propicia las derivas hacia la homosexualidad. La dulzura de la fémina se debe complementar con la virilidad representada por la figura del guerrero. Así, se reclama en nuestro libro objeto de este estudio preliminar: Devolvámosle esa admiración a las mujeres por guerreros. 

Es esta ausencia de educación basada en la autosuperación y el espíritu de sacrificio la que se halla en la explicación de cierta evidencia puesta en solfa en esta obra: No es extraño ver tanto homosexual en las juventudes de las derechas o en las marchas de las izquierdas …y es que una formación laxa en la infancia y en la adolescencia, sin ningún esfuerzo viril  puede conllevar a estos resultados.

En estas páginas, en relación directa con el arquetipo del guerrero, también aparece el del Héroe. Si al infante, al púber y al adolescente se le presenta éste como modelo en el que fijarse y espejo en el que reflejarse, y no el afeminado presentador de programas de “entertainment”, sin duda se reducirán sobremanera los casos de aparición del “tercer sexo”. Pero, por desgracia, tal como denuncia uno de nuestros autores, prevalece la denigración a los Héroes Históricos, la cual manifiesta sociológicamente un no querer ser como ellos. (2)

Hemos hablado párrafos arriba de ese “hombre fugaz” característico de la era postmoderna y no son pocos los trazos que en este libro lo describen. Podemos leer que vivimos en una Sociedad construida en base a una cultura del “querer todo lo que quiero”. O también recordar una cita ya señalada con anterioridad: La vida, según la consigna progresista, es lo que “puedes disfrutar”. O esta otra que denuncia  …el disfrute “presentista”, efímero, por sobre la durabilidad, sostenibilidad y permanencia del gusto. Por sobre la pieza musical clásica duradera, el cortometraje, el “clip” de vídeo y la pastilla energizante “de efecto inmediato.”  

El “hombre fugaz”, cambiante, desasosegado en un loco buscar sin rumbo, fruto de su propia agitación, es fruto de los tiempos terminales de esta Civilización del Devenir, del cambio constante, de la inestabilidad. Frente a la cual cabe alzar las Civilizaciones del Ser, las Tradicionales, las de la Estabilidad, las que buscan ser impregnadas por lo Eterno e Inmutable. El “hombre fugaz” vive arrastrado por esa velocidad del Mundo Posmoderno, identificado como Progresista, que es claramente una causa directa a la gran parte de nuestras angustias internas. Angustias internas que en buena parte son el resultado de esa sed, de esa ansia de posesión que aboca, según afirman doctrinas como la budista, al sufrimiento.

 

La postmodernidad viene marcada -en lo socioeconómico, en lo cultural y aun en lo político- por la globalización y el mundialismo. Frente a éstos hay que alzar la bandera de la identidad y, por ello, de la pluma de los autores de esta obra se puede leer que (…) nos referimos aquí a conceptos como la memoria, la herencia cultural, los rasgos identitarios, y tantas otras características que en medio de la Globalización y la Postmodernidad se niegan.  O, se puede igualmente leer, que en su ensayo, “Cómo se ha roto el lazo social”, el pensador francés Alain de Benoist critica el individualismo y defiende las nociones identitarias, según las cuales el individuo es parte de su grupo social, de su clan, de su tribu y es allí donde encuentra su razón de ser. Asimismo leemos que la resistencia orgánica a no querer ser “aculturalizados” y vaciados de toda identidad, se vuelve grito de guerra.

Ante las desvertebraciones sociales (que están llegando ahora a su paroxismo) provocadas, hace un par de siglos, por la irrupción del capitalismo y del liberalismo y ante sus nefastas consecuencias (como la de tratar al hombre -vaciado de identidad, de referentes, de vínculos y de tradición- como si de átomo intercambiable por otro se tratase: génesis del individualismo) nuestros autores oponen una sociedad estructurada, vertebrada y orgánica en la cual toda una serie de vínculos familiares, gremiales, comunales,… deben hacer del hombre una pieza insustituible, única e irrepetible del entramado social. Por ello -repitiendo una cita ya aparecida-  afirman que el individuo es parte de su grupo social, de su clan, de su tribu y es allí donde encuentra su razón de ser. O hablan -también volvemos a reproducir- de la resistencia orgánica a no querer ser “aculturizados”. O señalan que entre más involucrado se encuentre el ciudadano orgánico con su barrio y comuna, su destino será igual al de su comunidad y sus necesidades dejarán de ser “siutiquerías” para ser obra social. Al igual que postulan por la constitución de cuerpos sociales intermedios, donde estén representados todos los oficios (competencias y habilidades).

 

Frente a la infatuación de la democracia y a su basamento en el igualitarismo homogeneizante, que cercena las aptitudes superiores, y frente a su inherente dogmatismo se apela al principio jerárquico y diferenciador: es necesaria una estructura dotada de la debida jerarquía, donde las funciones estén claramente asignadas. Y se denuncia el hecho evidente de que tras toda una defensa de la Democracia, se encuentren más garabatos que argumentos, pues la consagración, a nivel de dogma religioso, de sus “inmortales principios” no representa más que el propósito de otorgarle esencia a lo que no es más que un soufflé; a lo que no es más que algo así como un globo inflado.

…Y es que debe ser rebatido el manido recurrente lugar según el cual los conceptos de “democracia” y “libertad” resultarían ser algo así como sinónimos que se implican el uno al otro, pues, para nosotros la verdadera libertad se halla irreductiblemente enfrentada a la democracia, ya que el concepto democrático de libertad tan solo conoce de las “libertades formales” y éstas no revisten más que un carácter externo y, por tanto, accesorio; libertades que, por otro lado, no se respetan para los que disienten integralmente de los dogmas y de las realidades del Establishment.

La libertad verdadera es la que ha sido culminada por el hombre que se ha deshecho de las cadenas que representa ese magma interior convulso de pasiones, de emociones embriagadoras, de sentimientos exacerbados, de instintos primarios y de bajas pulsiones que lo aturden, obnubilan, alteran, ciegan y lo mantienen en constante estado de agitación. Hablamos de la libertad interior y en los mismos términos lo entienden nuestros dos autores cuando uno de ellos escribe que el hombre es libre “hacia afuera”, predica la consigna post-moderna, pero es esclavo “hacia adentro”. O cuando les leemos el que esta máquina biológica llamada individuo es libre de operar como el esclavo que es internamente, ya que niega el alma. Pero al negarla hace suya su peor esclavitud habida en la Historia humana: la de sí mismo. O cuando, en otro lugar, concluyen que será obligatorio apelar a un cambio dentro de sí mismos. Un ‘hombre nuevo’ se precisa, pues. Un ‘hombre nuevo’ que haga suyos los valores del honor, el pundonor, el heroísmo, la valentía, el tesón, la camaradería, la fidelidad, la lealtad y el espíritu de servicio, entrega y sacrificio. Un ‘hombre nuevo’ no amputado de su componente Trascendente …una componente que debe impregnar la vida del todo social. En esta línea se nos dice que  la  “construcción social de la realidad”, que alguna vez propugnaron P. Berger y Th. Luckmann, debe ser desarrollada en el contexto histórico de una constante superación espiritual y no una perenne lucha de clases” (R. de la Cierva). Y referentes históricos para construirla no faltan pues a diferencia de los colonos ingleses que poblaron Norteamérica, los conquistadores españoles eran fieles defensores de tradiciones religiosas que, en su esencia, se oponían a los modernos principios del liberalismo, que ya se empezaban a manifestar con todo su vigor en los albores de nuestra Independencia.

 

Pensamos, para acabar, que las citas que hemos seleccionado son harto significativas de todo el universo en el que se mueven nuestros dos autores. Es tanta la sintonía, en maneras de concebir la vida y la existencia y de encarar los muchos rotos inherentes a la postmodernidad, en la que se hallan Guillermo Sepúlveda Castro y Walter Bilbao Vilches que, en ocasiones, al presentar algunas citas suyas de esta obra lo hemos hecho en plural y no especificando quién es el concreto autor de cada una de ellas.

 

 

NOTAS:

  1. En relación con esta problemática se puede consultar el capítulo XVIII de nuestro libro “Reflexiones contra la modernidad”, titulado “El infantilismo, denominador común de nuestros tiempos”. También se puede leer en https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/el-infantilismo-denominador-comun-de-nuestros-tiempos/

 

  1. En este orden de ideas estuvimos reflexionado, en su día, en nuestros dos artículos “Virilidad y homosexualidad”:

https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/05/virilidad-y-homosexualidad/
https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/05/virilidad-y-homosexualidad-ii/

 

 

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

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