Julius Evola. Septentrionis Lux


recordatorio: FORO TRADITIO ET REVOLUTIO
junio 29, 2013, 10:49 pm
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EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (IX): LA MUERTE
junio 23, 2013, 9:03 am
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Para el hombre moderno la muerte significa el fin. Para él no hay otro estado de existencia más que el de la vida terrena. El materialismo del que está impregnado no le hace concebir más realidades que la meramente física. Pero pese a la brutal materialización padecida en el seno de la modernidad y la postmodernidad todavía hay individuos que se adhieren a un sentir religioso, aunque, como las vías exclusivamente devocionales que siguen no conciben ninguna vía de transustanciación interna (de desapego) del ser humano, el apego a la vida que tienen estos individuos con inquietudes religiosas resulta muy similar al que es propio de sus congéneres ateos o agnósticos. También, pues, para los creyentes resulta harto traumático el enfrentarse a la muerte.
Para aquel que aspire a su transformación en Hombre de la Tradición el tema de la muerte debe tener unas connotaciones bien diferentes, pues si ha conseguido (merced a una disciplina Iniciática) superar en vida estadios autotransformadores sin haber llegado a culminarlos todos puede, tras el momento de la defunción, coronar las últimas etapas que lleven a su Alma ya totalmente Espiritualizada a hacerse una con el Principio Supremo que se halla en el origen, y mas allá, de toda la manifestación. (En su momento ya detallamos en qué consiste esta vía post mortem y lo hicimos en el transcurso de un escrito que llevaba por título “La ilusión reencarnacionista” (https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/la-ilusion-reencarnacionista/), por lo cual no vamos a repetir aquí todo las experiencias con las que se encontrará el alma del finado.)
La muerte puede representar, vistas así las cosas, una oportunidad excelente, para el Hombre de la Tradición, de culminar lo que no pudo ser culminado en vida. Es en este sentido en el que Julius Evola comentaba que “la liberación consiste en realizar un estado de unidad con la suprema realidad metafísica. Aquel que, aun teniendo aspiración a ello, no ha sido capaz de realizarlo en vida de hombre, tiene la posibilidad de arribar a ello en el momento de la muerte, o en los estados que inmediatamente le siguen a la muerte”.
El desprecio a la muerte, el no tenerle miedo, acelerará, además, el proceso descondicionador del hombre diferenciado que se haya aventurado por los caminos que llevan a la metanoia (o segundo nacimiento: a las Realidades Metafísicas), pues la llamada nigredo alquímica supone la superación de pasiones, impulsos, miedos, fobias, odios y sentimientos condicionantes. Así, en una filacteria situada en el frontispicio de la ciudad griega de Esparta se podía leer que “sólo el desprecio a la muerte da la libertad”; libertad con respecto a todo aquello que condiciona, mediatiza y esclaviza al hombre.

Lo que puede representar la muerte (y/o su posterior proceso post mortem: consúltese el Bardo Tödol o “Libro tibetano de los muertos”) para el Iniciado que en vida operó una gran sustanciación interior puede ser la Liberación. De este modo encarará sin miedo la posibilidad de morir y comprenderá estas palabras, presentes en el Bhagavad Gîta, del dios Krishna al príncipe Arjuna: “Muerto tendrás el paraíso, victorioso tendrás la tierra; por lo tanto lánzate dispuesto a la batalla.”

Una buena manera de no temer a la muerte es -contrariamente a borrarla del pensamiento, tal como hace el temeroso hombre moderno- afrontando cada nuevo día de nuestras vidas como si se tratase del último de nuestra existencia terrena, pues de este modo uno se irá familiarizando con ella y sabrá, cuando llegue el momento, afrontarla con naturalidad. En otras épocas en las que el virus del mundo moderno todavía no había hecho aparición se educaba y preparaba a la gente para tener siempre presente la posibilidad de morir y evitar, de este modo, el miedo a toparse con ella. Así, el historiador galo-romano Pompeyo Trogo escribía, en el s. I a. C., acerca de los habitantes de Hispania y en relación a su espíritu guerrero que eran “de cuerpo presto a la fatiga y a la privación y de alma a la muerte”.

La toma de conciencia sobre la transitoriedad de la vida y sobre la nimiedad que ésta representa con respecto a una serie de fuerzas sutiles (numens) y con respecto al Principio Superior y Eterno que se han “acoplado” a ella también debe ayudar a convencer al hombre diferenciado de que no puede sentirse como trágica la extinción de algo tan efímero y caduco. Bien nos explicaba Evola esta realidad diciéndonos que “el estado humano de existencia no es sino una fase de un ritmo que viene desde lo infinito y va hacia lo infinito. La muerte, a tal respecto, no tiene nada de trágico: es un simple cambio de estado, uno de los tantos que, en tal desarrollo, ha padecido un principio esencialmente suprapersonal. “(Véase que el maestro italiano está haciendo referencia a la doctrina de “los estados múltiples del Ser” tan excelentemente expuesta por René Guénon.)
La transitoriedad de la vida es sinónimo de su caducidad y de su subordinada relevancia, por lo cual la existencia terrenal tendrá sentido si se la emplea en desarrollar lo Eterno -el Atman- que el ser humano porta en su interior; si se concibe la vida como una empresa transmutadora en la que embarcarse, tal como se entiende del lema de la medieval Liga Hanseática que reza así: “Navigare necesse est, vivere non necesse” (“navegar es necesario, pero vivir no lo es”).

Hablábamos fragmentos arriba del Bardo Tödol, del que Evola hizo un magistral resumen como epílogo de su obra “Lo yoga della potenza” (“El yoga tántrico”, en su edición castellana). En él se nos describe cómo el alma del fallecido se encontrará, en el post mortem, con diversos planos de la realidad ante los que puede sentir pavor y, por este motivo, no identificarse e integrarse ontológicamente con ninguno de ellos; y puede sentir pavor por no haber emprendido procesos descondicionadores y palingenésicos en vida o por haberlo hecho en forma insuficiente, lo cual impedirá, a su alma, en un principio hacerse una con lo Eterno Inmanifestado y, más adelante, incluso con las fuerzas sutiles que forman el entramado cósmico. (Para mejor entender este miedo que puede experimentar nos volvemos a remitir a nuestro escrito “La ilusión reencarnacionista”.)
El hombre diferenciado que haya decidido recorrer el camino que le puede llevar a erigirse en auténtico Hombre de la Tradición (en Hombre Absoluto) deberá tener presente que son de dos tipos diferentes (en cuanto a su naturaleza) los miedos con los que puede tener que enfrentarse y a los que, en tal caso, tendrá que dominar: los propiamente humanos (psíquicos) del hombre común y los de corte metafísico con los que puede toparse en su recorrido Iniciático o tras la muerte. Miedos diferentes sobre los que nos advierte Evola en este par de aclaradoras citas:
“La destrucción del miedo es un principio de ascesis a seguir no sólo sobre el plano humano sino igualmente sobre el del mundo superior.”
“Sea frente a las fuerzas inferiores o a las fuerzas “divinas”, el hombre ascéticamente integrado e imperturbable es inaccesible a movimientos irracionales del alma: desesperación o terror.”

El sentido que para el hombre que aspire a serlo de la Tradición debe tener la existencia terrena no ha de ser otro que el de planteársela como un banco de pruebas (un campo de batalla) en el que poder Espiritualizar su alma y debe, asimismo, tener la certeza de que si no consuma en vida este objetivo en su totalidad, le quedan las experiencias que le sobrevendrán tras una muerte a la que no temerá en absoluto porque le puede deparar su Liberación Absoluta.

Eduard Alcántara
eduard_alcantara@hotmail.com