Julius Evola. Septentrionis Lux


Conferencia: “Julius Evola y el espíritu heroico”
agosto 17, 2018, 10:10 pm
Filed under: Eduard Alcántara, Espiritualidad, Julius Evola, Metafísica, Tradición

Adjuntamos el enlace a esta conferencia nuestra impartida hace algún tiempo, la cual fue filmada en vistas a unos encuentros celebrados en Guadalajara (Méjico):

https://drive.google.com/file/d/1eXt0LnLeimMPhp5IoWMAjc5qEB6li8I_/view?usp=sharing

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audio conferencia. “Güelfos vs gibelinos: buscando las claves de la decadencia”

En el siguiente enlace se podrá descargar sin problemas (no hay que temer el aviso de virus) el audio de nuestra conferencia “Güelfos vs gibelinos: buscando las claves de la decadencia”:

https://drive.google.com/uc?id=1aTNcGOGC17BK50BaASi3tLJy02wcdBhP&export=download

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



LA (NO) ESPIRITUALIDAD EN LA SOCIEDAD ORWELLIANA

El dominio del hombre sobre las especies animales resulta tanto más sencillo cuanta más condición de rebaño sea connatural a una u otra especie. Los individuos que forman parte del rebaño no actúan, nunca, por sí solos …carecen de autonomía. El individuo es parangonable al átomo indistinto que forma la materia. Entre individuos o átomos no cabe la diferencia. Lo disímil puede no moverse en la misma dirección, en cambio en el seno de lo indiferenciado no cabe la autonomía, por lo que su manipulación resulta harto sencilla.

El hegemónico igualitarismo imperante en nuestras actuales sociedades ha sido posible gracias a un proceso de nivelación por lo bajo, ya que la nivelación por lo alto resulta imposible al no poder llegar todos nuestros congéneres a determinadas excelencias; ya sean éstas de carácter anímico-mental (valores, carácter, voluntad e intelecto) o ya sean éstas de una “naturaleza” superior que tiene que ver con ver con el plano del Espíritu y, más concretamente, con determinadas transformaciones interiores que responden, en un primer momento, al desapego de la persona con respecto a aquello que la aliena, aturde, somete, ata y esclaviza (la vida meramente fisiológico-vegetativo-pulsional e instintiva y el psiquismo henchido a la vez que aturdido por todo un torbellino pasional, emocional y sentimental sobredimensionado y, por ello, imposible de controlar y dominar) y, en un consecuente -y, en ocasiones, incluso paralelo- momento, estas transformaciones interiores responden a auténticos cambios ontológicos que ponen en contacto a la persona (y la hacen partícipe) con el plano sutil y metafísico de la realidad y que incluso la pueden hacer participar de lo que se halla en el origen -y más allá- de ese plano sutil de la realidad: el plano de lo Absoluto: el plano de lo totalmente Incondicionado. A este nivel de logros internos la manipulación de la persona resulta imposible, pues nada la puede condicionar al haberse situado -ontológicamente- más allá del plano de la contingencia: del plano de lo que cambia y es caduco. Una comunidad regida por este tipo de Hombres se vería irradiada por la Espiritualidad de esta élite rectora y los intereses de la misma ya no estarían centrados en lo vegetativo y mutable sino en lo Alto y Permanente. El materialismo no tendría cabida. Cada cual superaría las barreras antinaturales del ´igualitarismo de lo bajo´ (impuesto por obra y gracia de los “Inmortales Principios” emanados de la nefasta Revolución Francesa) según sus potencialidades espirituales y según la propia voluntad para ir despertándolas y actualizándolas (para que de potencia pasen a acto). Una comunidad marcada, pues, por las diferencias fruto de los logros internos es una comunidad en la que prima la diversidad, la diferencia y es, en definitiva, una comunidad jerarquizada de acuerdo a la consumación -por parte de cada uno de sus miembros- de los diferentes grados de conquista de esos planos metafísicos de la realidad. Una comunidad, de tal género, caracterizada por el principio de la diversidad -y no de la igualdad bovina- resulta imposible de manipular y adocenar. Por contra, una colectividad homogeneizada y anclada en lo bajo, de encefalograma plano y que responde a un único estímulo (el vegetativo) es fácilmente dirigible. Y lo es por dos motivos: en primer lugar porque al ser indistinto su componente humano sólo se necesita de una única estrategia para controlarla y en segundo lugar porque la existencia vermicular-vegetativa sólo precisa del suministro de dosis de estimulantes fisiológicos, de placebos o de analgésicos mentales para que su  discurrir larvario no sufra alteraciones de relieve.

Por contra, lo plural resulta difícil de manipular, pues requiere de diversas estrategias manipulativas (tantas como diferentes grados de transformación interior cada persona haya logrado en un determinado momento de su existencia). Pero claro, si esas transformaciones internas han sido, ya, dignas de consideración supondrán un cierto descondicionamiento con respecto a aquello que mediatiza al ser humano corriente y, por ello, en este estado de cosas el esclavizarlo -existencialmente- resultará empeño prácticamente vano.

Incluso aquellos congéneres no aptos para recorrer caminos interiores de transustanciación no verán (en el seno de comunidades Tradicionales regidas por una aristocracia sacral -de aristos, los mejores) sus existencias abocadas a un discurrir materialista, pues el prestigio y el aura que desprenderán los que han consumado en sí la Realeza interior (la Espiritual) actuarán como si de una especie de polo magnético se tratase que motivará a los más (los incapaces de recorrer caminos de transformación interior) el mirar siempre hacia lo Alto y el  enfocar la cotidianidad de sus existencias a fines que trasciendan lo contingente y apunten hacia lo Trascendente (aunque no puedan transmutar su “naturaleza” más esencial y actualizar lo sacro en su interior).

 

Allá por los años ´20 de la pasada centuria Julius Evola acuñó el término del ´autarca´ para referirse a aquél que no estaba condicionado por nadie ni por nada, a aquél que no vivía mediatizado por lo exterior a él, a aquél -hay que insistir en ello- que nunca podrá ser domeñado. Hablamos, en definitiva, de ese Hombre de la Tradición que es, por ende, persona y no individuo. Es persona en el seno de una comunidad diversa, orgánica y jerárquica y no es -contrariamente a lo que acontece en una actual sociedad con tantos tintes orwellianos- individuo indistinto a sus congéneres, amputado de su dimensión Superior y Trascendente, abocado a la más burda materialidad, sin más condición que una primaria y animalizada y de cuya suma con sus iguales (individuo más individuo) no se obtiene otro resultado que aquél de la ´masa´.

La masa responde al instinto gregario que no es otro que el del rebaño. Y al rebaño se lo manipula sin esfuerzo y se lo conduce al redil que se desee …el redil en el que se halla cautivo el hombre común de nuestros tiempos (pese a la ilusión, que se le ha inculcado, de creerse “libre”). El redil de ese mundo que en su novela “1.984” nos describe George Orwell. Un redil en el que nadie se plantea las injusticias, las contradicciones, las arbitrariedades, las mentiras del Establisment ni, claro está, la inconveniencia de su existencia y de su hegemonía. Los cantos de sirena del “maravilloso” igualitarismo, con cuya prédica se embauca al hombre vulgar propio de estos tiempos postmodernos, también contribuyen a tenerlo sumiso. Se le intenta contentar y, más aún, narcotizar a base del suministro constante y programador de construcciones abstractas (la “Igualdad” de natura entre los hombres, la “Libertad” -tan sólo formal y que, encima, no se cumple,…) que se han erigido en santo y seña del Sistema y que a lo único que lo conducen es a su más absoluta alienación y a la ignonimia más inimaginable. El hombre moderno del que nos hablan los grandes intérpretes de los textos Tradicionales Sapienciales y Perennes (como un Julius Evola o un René Guénon) no es otro que el que Orwell personifica, en la citada novela, en los ´proles´ y en los miembros ´externos´ del Partido Único (extrapolable a la partitocracia reinante). Más concretaríamos todavía y diríamos que estaríamos hablando, con total certeza, del ´hombre fugaz´ que nos describió Evola como propio del de la hegemonía del Quinto Estado. Ya no se trataría, pues, del propio al del Tercer Estado (el prototipo del burgués que triunfa, definitivamente, con la Revolución francesa) ni del propio al del Cuarto Estado (que viene ligado a la figura del proletario enaltecido por el marxismo) sino de un hombre que ya ha incluso dejado de lado la adhesión a cualquier principio e ideología (aun sido éstos nefastos), ha dejado de lado ninguna pretensión por mejorar o por cambiar la sociedad, ha dejado de lado ningún interés por “avanzar” por el camino del “progreso” en busca de un mundo de bienes de consumo ilimitados y al alcance de todos (pretensión del burgués) o en busca de un mundo libre de superestructuras “explotadoras” (la sociedad comunista ansiada por el marxismo) y en su lugar -este ´hombre fugaz´- sólo  muestra interés por el ´aquí y ahora´: por satisfacer sus necesidades más primarias, instintivas y materiales cuanto antes mejor y en la mayor cantidad posible. Las crisis económicas inherentes al sistema capitalista le provocan desazón al verse privado de lo bienes ansiados por su sed consumista pero el Gran Hermano descrito por Orwell buscará -y encuentra- sucedáneos y triviales y vacuos divertimentos para tapar su desazón …y para aquellos pocos rebeldes e inconformistas que no quieran seguir la llamada a la que acude sumiso el   rebaño el Gran Hermano le deparará control, vigilancia (la tecnología actual la facilita enormemente), prohibiciones y, si se requiere, represión (eso sí, enmascarada con alardes de “libertad de expresión” y de libertades de todo tipo).

Ese Gran Hermano es el que dicta a sus -recordando categorías utilizadas en “1.984”- miembros ´internos´ (los políticos de nuestras partitocracias), serviles y cómplices a la vez, las directrices  que deben poner en práctica para que la masa no rechiste y, en su condición de ´masa´, no reaccione ante estos procesos mundialistas de Globalización que estamos padeciendo y que no tienen otro cometido que el de acabar por homogeneizar, más aún si cabe, nuestro planeta hasta convertirlo en esa Aldea Global que no conozca más de diferencias, de identidades, de arraigo y de tradiciones propias y sea, así, pasto fácil del consumismo más extremo y de la explotación -fácil al rebaño- más descarnada. Ese Gran Hermano que se encarna y tiene sus tentáculos en esos organismos e instituciones mundialistas de la usurocracia por todos conocidos (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Consejo de Relaciones Exteriores, Club Bildeberg, Comisión Trilateral, agencias de rating, grandes corporaciones bancarias, trusts, holdings, grandes multinacionales,…) y que conspira por laminar al género humano con el fin de abocarlo a la condición de autómata y de reducir su existencia a una de carácter bovino.

 

Este es nuestro triste presente, pero ¿qué futuro planea ante nosotros?

No es fácil tarea el dirimirlo, pero si tenemos en mente que este mundo orwelliano, en el que la mayoría de nuestros congéneres se agitan sincopada y convulsamente, sólo está triunfando porque el materialismo se ha impuesto a la Espiritualidad de lo que se trataría, si no nos resignamos a la idea del triunfo total del modelo de “1.984” (que podemos asociar a lo que sobre la etapa más decadente del ya de por sí crepuscular kali-yuga o Edad de Hierro nos dejaron descrito, con mucha antelación, diversos textos y autores Tradicionales), deberíamos plantearnos cuáles podrían ser las herramientas más adecuadas para aspirar a provocar su derrumbe. Así, con Evola estamos de acuerdo en que no se le puede hacer frente descarnadamente porque su poder -político, económico, policial, “cultural”,…- es enorme y antes de que pudiésemos reaccionar ya nos habría aplastado inmisericordemente. La tesis del gran intérprete italiano de la Tradición alrededor de cómo plantearse la brega contra el Sistema (instrumento del mundo moderno) la podemos ver magistralmente descrita en su obra “Cabalgar el tigre” y nos habla de accionar persiguiendo el   conseguir poner de manifiesto y al descubierto las incoherencias,  contradicciones y tremendas injusticias del Establisment para ir, así, desprestigiándolo, poniéndolo en evidencia, desgastándolo y minándolo. Nos habla de actuar en su interior, aprovechándonos de sus instituciones, estructuras y organismos y de los vehículos y mecanismos por él autorizados o consentidos para ir dinamitándolo por dentro, para realizar una labor paciente y continuada de zapa que empiece a hacer temblar sus cimientos (“culturales” y políticos). Nos habla, en definitiva, de ir, de este modo, ´cabalgando el tigre´, y no enfrentándolo -en forma suicida- de cara, hasta que éste se agote y, entonces, podamos darle el tiro de gracia y finiquitarlo definitivamente. Quede, pues, bien diáfana la evidencia de que otra táctica, como la de afrontar al ´tigre´ de frente nos destrozaría, pues no hemos nunca de olvidar y dejar de tener bien presente la enorme y omnipresente fuerza (el poder) que el dicho ´tigre´ atesora en estos momentos.

 

¿Quiénes deberían encabezar esta lid contra el mundo moderno -más bien ya ´postmoderno´ del Quinto -Globalizado, mundialista y orwelliano- Estado?

Pues bien, si de lo que se trata es de reemplazar la tiranía demoplutocrática de la materia por el imperio del Espíritu no puede ser más que a través de una especie de Orden como esta lid metapolítica (y metafísica) puede tener algún viso de triunfar. La idea de Orden, tal como se concibe desde el punto de vista de la Tradición, presupone la conjunción de dos elementos: el de la acción y el de la Espiritualidad. La Orden se halla en la antípoda del partido político. En la Orden el hombre se forja interior y exteriormente. La persona forma parte de la Orden con la principal finalidad de transformarse interiormente -primero descondicionándose con relación a lo que ata hacia lo bajo y primario para después aspirar a elevarse a planos Superiores de la Realidad- e ir a la conquista del Espíritu dominando una materia cuya hegemonía se halla en la base del triunfo de esta deletérea postmodernidad orwelliana. Sólo el hombre de la Orden, que ha hecho del Espíritu su bandera, está en condiciones de representar una alternativa radical (de ´raíz´) a un Sistema cuya razón de ser y cuyo soporte no es más que el de un exacerbado y enfermizo crecimiento de la percepción y vivencia de lo material: el materialismo. El miembro de la Orden hace suya la ´vía de la acción´ …vía imprescindible si es que (además de una lucha interior que pretenda su propia Liberación Espiritual) se pretende afrontar la lucha exterior contra esta enorme anomalía que representa el mundo moderno.

El Hombre de la Orden deberá de erigirse en ese Hombre Superior incorruptible e ´inasequible al desaliento´ que tras cabalgar, incansable y metódicamente, el tigre pueda algún día, viendo extenuado al fiero animal, abatirlo, asestándole el golpe de gracia y abrir, así, paso a una nueva edad -cual si se tratase de un retorno a la Tradición Primordial y perenne-: a la Edad de Oro.

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



TOLKIEN BAJO EL PRISMA DE LA TRADICIÓN*

J.R.R. Tolkien sin duda fue de ese tipo de hombres a los que les hubiera encantado poder vivir en otro tipo de mundo diametralmente diferente del mundo que le tocó vivir. Aunque no abundan mucho uno de vez en cuando se encuentra con personas que se sienten -parafraseando a Julius Evola- como “exiliados en este mundo” pues no comulgan, en absoluto, con ninguno de sus valores o, por mejor decirlo, “antivalores”- hegemónicos y en nada comparten el modo existencial que le es propio al mismo. Sin duda a este tipo de hombres -a los que pertenecía Tolkien- son otros los valores y es otra la cosmovisión con la que se sienten identificados. Abogarían por haber vivido o por vivir en épocas enseñoreadas por el heroísmo, por la valentía, rebosante -como se decía en épocas álgidas de la historia de España- de “hombres esforzados” y disciplinados al servicio de su comunidad, de su regnum o de su imperium, de hombres que enarbolaban la divisa incuestionable de la fidelidad y en cuyo honor no cabía mácula alguna. De hombres de antaño que sabían reconocer la verdadera jerarquía y, así, servían, leal y abnegadamente de por vida, al mando que unía a sus cualidades rectoras su superioridad Espiritual. De hombres desprendidos, sin apegos materiales, de hombres de temple. De hombres con coraje y tenacidad. De hombres sabedores de que el mundo no se reducía a lo que podían captar sus sentidos …sabedores de que el mundo no se restringe a la materia sino que ésta debe subordinarse a lo Superior: a las fuerzas sutiles Suprasensibles que le dan vida y sentido y que, además -¡y no es poco!- se pueden activar y aprehender a través de esa alta magia sin la cual, por otro lado, no se puede llegar a comprender el universo conformado por la pluma de Tolkien …esa alta magia que se debe entender en su acepción genuina como ´ciencia sagrada operativa´. Esa magia que el Mundo de la Tradición sabía que sólo era posible hacer activar a través de la Iniciación o, lo que venía a ser lo mismo, de los Misterios que conoció el antiguo mundo greco-romano. Esa magia que tan solo estaba al alcance de unos pocos elegidos aptos, por sus férrea voluntad y por su potencialidad Espiritual, para transitar por el arduo, perseverante y metódico camino Iniciático. Esa magia que despertada por los héroes de acá -de aquí abajo- compenetraba el mundo terrenal con lo de Allá -con lo de Allí Arriba-. Esa magia, en definitiva, que sacralizaba el plano físico de la existencia y que pretendía no sólo la transformación del hombre en Héroe (la activación de la sacralidad que le es innata) sino también la ordenación y armonización del mundo en el que vivía a la manera -y como reflejo- de la armonía y equilibrio que le es propio al mundo sutil  Superior y Metafísico.

Estos “exiliados en este mundo”, tipo Tolkien, es el Mundo de la Tradición el que sienten como suyo. Es este Mundo Tradicional al que maestros como René Guénon y Julius Evola opusieron como antítesis irreconciliable, sin lugares comunes ni intersección posibles, el ´mundo moderno´ cuya manifestación y desarrollo máximo padecemos en estos nuestros tiempos terminales.

Los héroes del universo creado por Tolkien deben superar lacras propias del mundo moderno como la de la codicia propia y la ajena, dominando la propia en lo que la tradición irania denominó la ´Gran Guerra Santa´ y derrotando a la ajena en lo que calificó como la ´pequeña guerra santa´. El anillo puede conducir a la codicia, a la maldad y a la sed de domino material a aquellos seres innobles y perversos que lo posean pero también puede embrutecer a aquellos otros que sin ser malvados puedan no estar preparados para entrar en contacto con ese objeto mágico, tal cual acontecía en ese Ciclo, de origen céltico-hiperbóreo, del Grial. La sola contemplación del Grial cegaba a aquél que ignoraba todo cuanto estuviese relacionado con el mundo sutil, pues la luz Espiritual causa pavor e inseguridad incontrolable a quien no conoce más que el samsâra, más que el mundo del devenir, más que el mundo sensitivo …a aquél cuyos enormes condicionamientos y ataduras hacia el plano físico-psíquico (que le otorgan la ´seguridad del esclavo´) se ven peligrar ante el brillo incondicionado de los mundos Superiores. Para el no Iniciado en los misterios del macrocosmos no queda otro destino que el de ser fulminado -como si fuese alcanzado por un rayo- al instante de haber osado sentarse en ´el asiento peligroso´ de la mesa redonda de los caballeros del rey Arturo …de esos caballeros en los que vemos reflejados a la Compañía del Anillo tolkiniana.

Pero si, por contra a los efectos deletéreos que puede provocar la posesión del anillo, su portador es merecedor de él los efectos serán benéficos, como acontece en el ciclo griálico para el caballero Parsifal, que habiéndose transformado en su interior (metanoia) está preparado para recibir la luz del Mundo Metafísico, sea ésta la de los planos sutiles del mundo manifestado o incluso, más allá de éstos, la de la pura Iluminación que impregna al Despertado a la Realidad Inmanifestada, Eterna, Incondicionada que se halla en el origen del cosmos. A su vez se debe reseñar que la misma visión del Grial supone en sí una señal o símbolo de que el caballero que la ha experimentado es, ya, a su vez, un Héroe; es, a su vez, alguien que ha conquistado la Inmortalidad mediante la Espiritualización de su alma o, al menos, alguien que se halla en avanzado camino de ello.

Los poderes mágicos que otorga el Grial son parangonables a los que concede el anillo a los hombres nobles, a los ariya (los nacidos dos veces: los nacidos a la Realidad Superior y Sacra) de los que nos hablan los textos sagrados de la tradición indoaria. Gracias al Héroe este mundo físico se ve compenetrado por el mundo mágico (por el mundo nouménico, sutil). El Héroe es aquél que supera su mera condición humana finita y caduca para revestirse y penetrarse de una condición más-que-humana, sobrehumana …ha realizado en sí, pues, una transformación ontológica, incluso cuando los obstáculos para ello podían, a priori, resultar insuperables, tal como podía parecer para esos seres de vida plácida, calma, tranquila, aldeana, timorata, utilitaria y hasta aburguesada como lo son los hobbits de las obras de Tolkien …ese Frodo Bolson que deja su pequeño, seguro y cerrado mundo de La Comarca para ser uno más de entre (inter pares) los de la Compañía del Anillo y convertirse en Héroe. Aquí, pues, el mensaje de Tolkien resulta diáfano: no existen condicionamientos que le puedan resultar fatales al hombre si éste decide recorrer la vía …la via remotionis que libera al hombre de ataduras condicionantes, le pone en conocimiento del mundo sutil, le hace uno con él y con sus potencias e incluso le lleva más allá de éste y le hace uno con el Principio Supremo Incondicionado y Perenne. El hombre es, pues, libre para elegir el camino que lo condene (que condene a su alma) al ciclo de la generación, a la rueda del devenir, o, por contra, es libre para elegir el camino (el Dêva-yana: la ´vía de los dioses´) que lo puede conducir a su Liberación: a la Conquista de la Eternidad.

La certidumbre que arroja la Tradición acerca de la libertad ínsita del hombre no admite determinismos insuperables a la hora de concebir la posibilidad que atesora el ser humano de poder despertar la semilla divina que anida aletargada en su seno, pues ni los devenires históricos, ni los condicionantes sociales, ni una suerte de Destino Fatal, ni ningún tipo de divinidad -como, verbigracia, las de las Religiones del Libro-omnicompresiva y todopoderosa representan una barrera insalvable para poder optar por recorrer la vía de la transustanciación y del renacimiento interiores. Ni tampoco la dinámica de los ciclos cósmicos que desde una lejana Edad de Oro han desembocado al actual estado de postración en el que se arrastra el hombre representa, en estas sus etapas más deletéreas, un escollo infranqueable para no sólo consumar la palingénesis transformadora de la persona sino que tampoco representa un muro infranqueable para la Restauración del Orden Primordial que acaeció en la Edad Áurea. Echando, de entre otros, mano de Hesíodo (de su obra “Los días y los trabajos”) Julius Evola describió perfectamente los llamados Ciclos Heroicos en los que se había podido -y era posible en cualquier época- revertir los procesos de decadencia por los que se estaba atravesando y reconquistar la Tradición Primordial perdida. Es en este contexto y bajo esta idea heroica donde cabe enmarcar las gestas de la Compañía del Anillo que buscan la derrota de un Mal que parecía haberse adueñado irremisiblemente de las riendas del mundo.

La lucha entre el Bien y el Mal (éste simbolizado por los señores oscuros: Morgoth, Sauron) es la lucha metafísica entre las fuerzas anagógicas (que Elevan al hombre hacia lo Alto) y las fuerzas catagógicas (que lo arrastran hacia lo bajo). Es una lid que se inicia, para la Tradición (como reflejan sus textos Sacros y Sapienciales), con el declive de la Edad de Oro o Satya-yuga. Es el combate metafísico entablado entre -echando mano del tantrismo- sattvas (fuerzas sutiles Liberadoras) y tamas (fuerzas de naturaleza ínfera) …combate en el que se ven envueltos los hombres y los seres del universo de Tolkien.

La Tradición concibe la existencia como lucha …lucha interna por derrotar lo primario y turbulento que bestializa y aturde al hombre y lucha externa combatiendo a los esbirros del caos. La figura del guerrero es en la obra de Tolkien y en el saber de los textos sagrados de la Tradición la única que puede Restaurar el Orden Primigenio. Es el guerrero Espiritualizado -es el Héroe, con mayúsculas- el que inaugura un Ciclo Heroico de la mano de los Teseo -rey sacro de Atenas- o de los Ulises -rey sacro de Ítaca- y Restaura la Edad de Oro perdida. Son guerreros los integrantes de la Compañía del Anillo, pues es el guerrero el que conoce de la ´vía de la acción´ y es acción externa -la ´pequeña guerra santa´- pero también ´acción interna´ -la ´Gran Guerra Santa- lo que se necesita para derrotar a las huestes del Mal que amenazan con adueñarse del mundo  y para derrotar también a lo ínfero que nos intenta fijar a un tipo de existencia meramente animal, embrutecida y pulsional.

 

Los basamentos Tradicionales del universo construido por Tolkien son incuestionables. La mitología nórdica es una de sus fuentes de inspiración, pues en Tolkien se pueden rastrear influencias de los Eddas, como lo es en el mismo nombre del mago Gandalf o hasta la misma caracterización física de éste, que nos recuerda una de las encarnaciones de Odín: la de Vegtamr, por su larga barba blanca, su bastón de caminante o su sombrero de ala ancha. La Tierra Media en la que discurren los avatares de la obra de Tolkien está inspirada en el Mitgard -el mundo de los hombres- de la también mitología nórdica. Incluso parece ser que también del Kalevala finlandés (y de un objeto mágico que en éste aparece, el Sampo) toma inspiración nuestro autor a la hora de idear todo el poder y las consecuencias varias que rodean al Anillo Único.

No cabe, pues, ante todo lo enunciado, más que concluir que bajo el prisma de la Tradición el universo elaborado por J.R.R. Tolkien es un universo antagónico a este caótico, gregario, masificado, inorgánico, igualitarizante, anodino, utilitarista, pusilánime, materialista, infausto, ramplón, adocenado, resignado, desangelado, individualista y egoísta mundo moderno por una de cuyas fases más oscuras atravesamos. Es el del autor del Silmarillion, del Hobbit y de El señor de los anillos un mundo de Orden -a imagen del ordo y armonía cósmicas-, de jerarquía, de diferencia, de organicidad, de personalidad, de valentía, de honor, de fidelidad, de lealtad, de autosacrificio, de señores indómitos e inquebrantables y de magia y Espiritualidad …Es, por todo, el universo de Tolkien un universo de genuino corte Tradicional.

 

Eduard Alcántara

*Este trabajo nuestro es uno de los que forman parte del monográfico dedicado a Tolkien que fue  editado por Editorial EAS en la colección “Pensamientos & Perspectivas”: http://editorialeas.com/shop/pensamientos-perspectivas/tolkien-redescubriendo-el-lenguaje-del-mito-y-la-aventura/



LA ETAPA TRADICIONALISTA DE EVOLA: INFLUENCIAS

La etapa ya meramente Tradicionalista de Julius Evola, la etapa definitiva tras el paso por las dos anteriores -la vanguardista y la filosófica (1)- que podríamos considerar como preparatorias de ésta, abarca desde el inicio de la década de los años ’30 hasta la defunción de nuestro gran intérprete de la Tradición el 11 de junio de 1.974.

La configuración definitiva de la cosmovisión Tradicional del maestro romano tiene influencias definitivas, de manera especial, en tres autores: René Guénon, J.J. Bachofen y Hermann Wirth.

Del francés Guénon Evola hace suya la caracterización de dos categorías existenciales y vitales a las que en diferentes épocas ha adherido el hombre, cuales son ‘El Mundo de la Tradición’ y ‘el mundo moderno’. La visión que del mundo y de la existencia es propia de cada una de ellas se constituirá en el eje a partir del cual el maestro italiano hará girar los diferentes estudios que realice a lo largo de estas definitivas cuatro décadas y media de su vida. La antítesis representada, por un lado, por un tipo de hombre (El Hombre de la Tradición (1)) que consagra todo su existir y que lo hace en el seno de unas comunidades que hacen lo propio (Mundo Tradicional) y, por otro lado, por otro tipo de hombre (el hombre moderno) y por otro tipo de sociedad cuyos lazos con lo Alto se han roto y cuyos accionares se ven abocados al más rudo materialismo (mundo moderno), le aportarán, dicha antítesis, a Evola las claves definitivas para ajustar el punto de mira de todos sus análisis y estudios.

Del suizo J. J. Bachofen sacará buen rédito de sus trabajos acerca de la morfología de dos tipos de culturas y civilizaciones antagónicas que se habrían ido sucediendo a lo largo de la historia de la humanidad: unas de corte patriarcal, que entiende de lo aristocrático, de lo diferenciado, de la forma, de lo jerárquico y de un tipo de espiritualidad viril, apolínea, solar y olímpica y, otras, en cambio, de tipo matriarcal, que entiende de lo ginecocrático, igualitario, de lo promiscuo e indiferenciado y de los cultos de carácter telúrico, ctonio y lunar. Cabe, en otro orden de cosas, señalar que el autor suizo se hace acreedor de un cierto evolucionismo que Evola no comparte, pues sitúa en los orígenes del discurrir humano por el tiempo a las sociedades de carácter matriarcal que habrían sido, felizmente en determinados períodos, sustituidas -en un sentido evolutivo-por otras de carácter patriarcal, cuando, contrariamente a este planteamiento, el maestro italiano sitúa en los orígenes (y de acuerdo a las diferentes tradiciones y textos sacro-sapienciales) a las comunidades de tipo patriarcal (en la Edad de Oro o Satya-yuga) y, posteriormente a éstas – como resultado de un proceso involutivo, de caída-, a las sociedades de naturaleza matriarcal.

Del holandés Hermann Wirth Evola muestra mucho interés por sus investigaciones arqueológicas, ya que a través de los hallazgos efectuados por el investigador neerlandés (en los que el elemento rúnico no es precisamente baladí) se demuestra que si bien el origen de los pueblos indoeuropeos habríase de ser situado en la escandinava cultura de Ertebolle-Ellenberk, estos pueblos son herederos de otros protoindoeuropeos cuyas huellas se remontan todavía más al norte. Es así que Evola retrotrae su hogar originario a los míticos (2) Thule o Hiperbórea de la tradición grecolatina, al Aryanem Vaejo del Avesta iranio o a ese Monte Meru del que hablan los Vedas …a esa, pues, tierra que habría estado situada en las latitudes más septentrionales del Planeta y en la que habría acontecido la Edad de Oro o Satya-yuga (o Krita-yuga): la Tradición Primordial.

Las aportaciones de estos tres autores le resultan al maestro romano capitales a la hora de su desarrollo de una metafísica de la historia, de una morfología del Mundo de la Tradición y de otra del mundo moderno.

 

NOTAS:

  • Algunos de los principales rasgos definitorios de este tipo de hombre se pueden seguir en nuestro libro “El Hombre de la Tradición” (Editorial EAS).
  • “La etapa filosófica de Evola: influencias”: https://septentrionis.wordpress.com/2017/07/21/la-etapa-filosofica-de-evola-influencias/
  • El carácter mítico de ese hogar originario de la Edad de Oro seguramente reviste un carácter también real, tal, como por ejemplo, pensamos que queda demostrado tras la lectura de la obra del autor indio Bal Gangadhar Tilak “El hogar ártico de los Vedas” (Editorial Retorno).

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



ROSTRO Y MÁSCARA DEL ESPIRITUALISMO CONTEMPORÁNEO
abril 10, 2017, 12:04 am
Filed under: Eduard Alcántara, Espiritualidad, Metafísica, Tradición

Hemos comentado con personas varias y en momentos diferentes ciertos aspectos sobre el fondo de algunos personajes o grupos que el lector no avesado podría creer tratarse de autores o grupos de obediencia Tradicionalista cuando, por el contrario, se trata de pensadores o de grupos marcadamente antitradicionales que a menudo confunden el esoterismo con lo paranormal, con lo mental y lo psíquico si no con el subconsciente. Es por esto que hemos querido titular este recopilatorio con el mismo título de la obra en la que Evola denunció, en 1.932, ciertas corrientes de falsa espiritualidad.

Asimismo vertimos unos comentarios de dos autores que en lugar de hallarse en esta aparente línea pseudoespiritualista pudieron haber mostrado ciertas vetas de bien dirigida Espiritualidad.

 

RUDOLF STEINER

Ante corrientes, como la teosofía de Madame Blavatsky, tan insostenibles desde un punto de vista Tradicional ha habido quienes, desde posiciones que sinceramente pugnan por poner tierra de por medio con el Sistema de Valores Imperante, han querido ver en el antroposofismo de Rudolf Steiner algo bien alejado de tanto aspecto problemático como presenta el teosofismo y algo que, en esta ocasión sí, no sería una espuria corriente más de la falsa “espiritualidad” que irrumpió ya en la segunda mitad del s. XIX y que continuó bien pujante durante las primeras décadas del siglo pasado; algo, en definitiva, distinto. Personalidades reputadas en su oposición al Establishment como Massimo Scaligero fueron alumnos (fue alumno) del antropósofo Giovanni Colonna di Cesarò, uno de los colaboradores del Gruppo di Ur que en las postrimerías de los años ’20 del S. XX se constituyó bajo la batuta de Julius Evola y de Arturo Reghini. Circunstancias como éstas a alguno le han animado a creer que la antroposofía no bebía de las aguas turbias de los subproductos engendrados por la Revolución Francesa, pero la realidad es otra bien diferente tal como nos lo expone el mismo Evola en su obra “Rostro y máscara del espiritualismo contemporáneo” (1.932), pues al margen, nos dice éste, de lo positivo que representa el que Steiner considere la necesidad de una ciencia de lo Suprasensible (1) que no dé cancha, como tal, en este terreno del Conocimiento Sacro, a la imaginación y a las ocurrencias, al margen, señalábamos, de este apunte positivo nos topamos con otros negativos que nos hacen darnos de bruces con los lugares comunes del humanismo antropocentrista y de las ilustradas Declaraciones Universales de los Derechos Humanos.  Así, en esta línea, defiende Steiner que el desarrollo de las energías naturales y sobrenaturales del hombre deben focalizarse en pos del progreso y bienestar de la humanidad y que, ante este fin primordial, aquél que haya llegado a altas cotas de transformación interior debe incluso renunciar al nirvana, al Despertar, a la Gnosis de lo Eterno e Incondicionado y a la Identificación de su ser con el mismo Principio Primero Imperecedero. El fin, pues, de toda auténtica doctrina Sapiencial queda relegado y subordinado a un objetivo meramente inmanentista de corte humanista.

Steiner hace suyo uno de los pilares fundamentales de la modernidad cual es la idea de progreso, tan de la mano éste como va del antitradicional evolucionismo (2). El mismo descendimiento de Cristo, su manifestación en el mundo, formaría parte de un proceso evolutivo que contemplaría -por mor de una ley fatal y predeterminada (3)- no sólo el evolucionismo darwinista sino que incluso concebiría una suerte de evolucionismo de dimensión quasi planetaria que habría tenido como uno de sus principales hitos el dicho descendimiento de Cristo, a partir del cual lo divino pasa a formar parte de lo humano, cosa que no habría acaecido hasta ese momento y que probaría esa evolución de la que el hombre no sería ajeno, pues antes de que ocurriera esa manifestación de Cristo el hombre no habría poseído Espíritu (la dimensión Trascendente) y éste hallaríase situado fuera de él: en los dioses.

 

NOTAS:

(1) Consúltese nuestro “Ciencia sacra y conocimiento” en https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/05/ciencia-sacra-y-conocimiento/

(2) “Contra el darwinismo”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/19/contra-el-darwinismo/

(3) A propósito del fatalismo se puede consultar el capítulo III de nuestra obra “Reflexiones contra la modernidad”, Ediciones Camzo. El mismo también se puede leer en “Evola contra el fatalismo”: https://septentrionis.wordpress.com/2010/08/19/evola-frente-al-fatalismo/

 

SAMAEL AUN WEOR

Suponemos que desmontar el camino “reencarnacionista” (1) de Samael Aun Weor puede llegar a ser traumático para sus seguidores, pero con la lectura del Bardo Thödol (libro tibetano de los muertos) se desmoronaría, como un castillo de naipes, ese fantasioso periplo “reencarnacionista”, del que dice haber sido sujeto Aun Weor, que pasa, entre otras muchas, por figuras como la del militar que luchó al lado del Emperador Alejandro Magno, como la del mismísimo Julio César, como la de Thomas de Kempis o como la del español Marqués Juan Conrado quemado por orden de Tomás De Torquemada.

Por otro lado sus bases doctrinales son del todo antitradicionales: teosofismo, antroposofismo,… No estaría de más que sus fieles leyesen obras como “El Teosofismo. Historia de una Seudoreligión” (Guénon) o “Rostro y máscara de la espiritualidad contemporánea” (Evola).

De infantil, de esa pseudoespiritualidad new age y de secta ufologista tiene el tufillo eso de que Samael Aun Weor es “el nombre del Arcángel, regente del planeta Marte”, que se logró encarnar en un soporte físico llamado  Víctor Manuel Gómez Rodríguez. Y también a new age y a la Blavatsky (inventora de ´razas matrices´) nos huelen sus elucubraciones sobre “la raza coradi que aparecerá tras la desaparición de la raza aria”.

NOTAS:

(1) Remitimos a nuestra “La ilusión reencarnacionista”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/la-ilusion-reencarnacionista/

 

KRISHNAMURTI

Evola reconoce en Krishnamurti expresiones que prometen y que parecen que lo sitúen en la vía adecuada. Pero enseguida nos pone en alerta sobre la ambigüedad de lo que afirma. Ambigüedad que, por ejemplo, se refleja al hablar de la necesidad de liberarse de lo condicionante sin definir cuál es el objetivo final de dicho descondicionamiento.

El maestro italiano también nos avisa de la ruptura de Krishnamurti con la Tradición al no admitir -el indio-  vías prefijadas a seguir en los procesos internos que él propone. Parece que en la mente de Krishnamurti lo espontáneo tendría mucho que decir en dichos procesos liberadores internos; lo cual, entre otras razones, lo sitúa dentro del neomisticismo. Así nos dice Evola que para Krishnamurti:

“Cuando caen por tierra todas las barreras, cuando no hay nada en nosotros que sea determinado por el pasado o por lo ya conocido, nada que tienda hacia algo, en ese momento podría tenerse conocimiento del verdadero sí, la aparición de lo que Krishnamurti alguna vez llama  ´lo desconocido´, como un hecho espontáneo y con carácter de imprevisto, y no como el ´resultado´ de una disciplina, de un método y de una iniciativa del yo.”

Y en el mismo sentido, sobre lo antitradicional y lo espontaneísta de la doctrina del autor indio,  Evola nos escribe que: “en una declaración reciente incluyó al mismo zen (junto con el hinduismo, con el método cristiano y con ´todos los sistemas´) entre las ´patrañas´, diciendo que una mente que se ejercita en base a cualquier sistema o método ´es incapaz de comprender lo que es verdadero´.”

Otra crítica que le realiza tiene que ver con aquello de echarle perlas a los cerdos o con aquello otro de sentarse (quien no ha visto la Luz) en el asiento peligroso; en el que sería inmediatamente fulminado. Concretamente  Evola nos empieza por recordar una enseñanza hinduista que reza así: “Que el sabio no turbe con su sabiduría la mente de los ignorantes”. Para seguidamente ponernos sobre aviso de lo problemático de: “Venir a proponer ideas, que son verdaderas, si acaso, al nivel de un verdadero ´liberado´, a aquellos desorientados que, como los hombres modernos, tienen demasiados incentivos que los lanzan al caos y a la anarquía, no es ciertamente una cosa sabia.(…) Parece que Krishnamurti no se preocupa de esto: incita democráticamente a todos a la gran rebelión y no a aquellos pocos para quienes solamente ella puede ser saludable y verdaderamente liberadora.”

 

GUSTAV MEYRINK-ALEISTER CROWLEY

El caso representado por Gustav Meyrink puede ser parecido al de Aleister Crowley, en el que las apariencias conformadas por las experiencias y por los simbolismos que utilizó le catalogaron, rápidamente, -antes los ojos de la moral pequeño burguesa- como un completo satanista. Sin embargo hay unos leit motiv en sus obras (“el hombre es una estrella…”) que parecen que miran hacia lo Alto. Suponemos que en la obra de Meyrink las turbulencias, situaciones desgarradas y desgarradoras y lugares angustiosos que son descritos no deben ser bien comprendidos por ciertas mentes bienpensantes. En lugar de cortocircuitos al orden moral existente con el objetivo de aspirar a percibir estados de conciencia diferentes a los ordinarios habrá quien no vea más que el actuar de fuerzas deletéreas y disolventes. En mentes cercanas a religiones lunares y de moralidad agobiante típicas de la luz del sur resultarán dífíciles de asimilar y de aceptar esos golpes a la moralidad que tan próximos se hallan a la doctrina de ´cabalgar el tigre´, en la cual todo lo que es disolvente para el común de los mortales puede ser utilizado provechosamente para el que se quiere descondicionar.

 

CARL GUSTAV JUNG

Los hay quienes desde sus inquietudes espirituales se han asido a las tesis de Jung de forma casi entusiasta al considerarle como una de las escasas mentes privilegiadas que, entre tanto intelectual de renombre de talle materialista y/o positivista, entendió, supuestamente, de otro tipo de Realidades de orden Superior. Sin embargo andan bien errados al creer esto, ya que todos aquellos arquetipos irreductibles de los que habla Jung no serían más que productos de lo ínfero y no de lo Superior, pues en el sistema del psicoanalista suizo dichos arquetipos emanan del “insconciente colectivo” (fuente de suministro del inconsciente personal), esto es, de lo ínfero del ser humano (y que éste debería domeñar en el seno de un genuino sentido de la Espiritualidad) y no emanan, como debería ser, de lo que de Superior dicho ser humano tiene.

Para Jung los mismos mitos no reflejarían Realidades Trascendentes y Supraconscientes (además de valores perennes) sino que serían productos emanados a partir de esos arquetipos que, según este autor, anidan en el “inconsciente colectivo” de la humanidad.

Si se habla de “insconsciente colectivo” se debería, desde la óptica de la Tradición, pensar que más que de mero psiquismo (al que sí corresponde el inconsciente personal; aunque no tanto el concebido por Jung, ya que para este autor el inconsciente personal sería, como hemos señalado, emanación del colectivo), si se habla, decíamos, de “inconsciente colectivo, se debería hablar de algo parecido a una especie de totem o demon indiferenciado e indiscriminado (pues es referido a toda la humanidad sin distinción de razas o estirpes) que imprime una determinada impronta colectiva y gregaria fatalmente determinante del actuar del hombre y coartante del principio Tradicional de la libertad humana consistente en buscar o no el camino de la realización interior Liberadora. No se olvide, como dato ilustrativo, que en las vías de ultratumba que concibe la Tradición la integración del alma (psique) del fallecido en el totem o demon común a su estirpe se halla en lo que el hinduismo denominó como pitra-yâna (vía de los antepasados) que espera a los más (los que no han superado los condicionantes propios del sâmsara o mundo del devenir) ante la vía de la Liberación a la que pueden acceder unos pocos seres de cualificación y aptitud superiores, que correspondería al dêva-yâna (o vía de los dioses).

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

 



“El Hombre de la Tradición” (conferencia)
abril 9, 2017, 3:15 pm
Filed under: Eduard Alcántara, Espiritualidad, Metafísica, Tradición

Nuestros amigos de la Legiâo Vertical han considerado el publicarnos la conferencia que hace unos años pronunciamos sobre “El Hombre de la Tradición”:

http://legiaovertical.blogspot.com.es/2017/04/o-homem-da-tradicao-conferencia-de.html