Julius Evola. Septentrionis Lux


EL FANATISMO ISLAMISTA, UNA NUEVA VERSIÓN DEL VIEJO PROFETISMO
diciembre 31, 2018, 2:48 pm
Filed under: Espiritualidad, Religiones

EL FANATISMO ISLAMISTA, UNA NUEVA VERSIÓN DEL VIEJO PROFETISMO

Leemos en el Linga Purana:

“Son los más bajos instintos los que estimulan a los hombres del Kali-Yuga. Ellos eligen preferentemente ideas falsas. No dudan en perseguir a los sabios. El deseo les atormenta. La negligencia, la enfermedad, el hambre, el miedo se extienden. Habrá graves sequías. Las diferentes regiones de los países se opondrán unas a las otras. Los libros sagrados ya no se respetarán. Los hombres no tendrán moral, y serán irritables y sectarios. En la edad de Kali se extienden las falsas doctrinas y los escritos engañosos. Las personas tienen miedo ya que descuidan las reglas enseñadas por los sabios y no efectúan ya más los ritos correctamente…”

Evola en su monumental “Revuelta contra el mundo moderno” ya señaló que es indiscutible que, por débiles que fueran, los lazos del hebraísmo primitivo con la Tradición Primordial fueron evidentes, aunque generalmente como “copias” o “asimilaciones” de otras tradiciones sagradas anteriores al mismo : el mito de Melquisedek (El Rey del Mundo, el Preste Juan de la tradición gibelino-imperial del Medievo), el mito del Jardín del Edén o del Paraíso Terrestre (Hiperbórea, sede de la Edad de Oro y de la Tradición Primordial nórdico-polar, “Semen de la Raza Aria” en las tradiciones persa e indo-aria, o la Atlántida después como sub-sede en un Ciclo posterior), el de los Elohim, los hijos de los dioses (los hiperbóreos), el Diluvio Universal, la catástrofe que acabó con la civilización nórdico-polar, el simbolismo de la Torre de Babel (pérdida de la Unidad Primordial), la lucha de Jacob con el ángel (acto de afirmación heroica y de aristocracia espiritual-guerrera), etc. Pero la llegada del Profetismo supuso la ruptura definitiva del hebraísmo con la Tradición Primordial y trajo consigo un tipo de espiritualidad completamente deletérea, enfermiza, fanática y telúrica, con rasgos plebeyizantes y antiaristocráticos. El triunfo del profetismo supuso la sustitución, según Evola, del tipo viril y olímpico del vidente por el de aquél que se convierte en esclavo de una fuerza o poder que no controla y que actúa desde el exterior, en definitiva la contrafigura del verdadero Asceta o Iniciado. El carácter antitradicional de estos personajes queda perfectamente reflejado en el hecho de que sus “profecías” están plagadas de alusiones a lo social o al mundo material y fenoménico (recordemos, ya más cercano a nuestros tiempos, a un “profeta” muy famoso de la modernidad, Nostradamus, curiosamente también de origen judío…). Eran como los chiflados de la sectas varias de hoy y de la inmunda fauna pseudo-espiritual de nuestros días, aunque evidentemente en estos últimos casos estemos hablando ya de una abismal caída de nivel, ya más desastrosa y caótica; al fin y al cabo estamos ya en la fase de disolución y de desintegración que caracterizan el final de la Edad de Hierro o Kali-Yuga, y lo que vemos no son nada más que restos anímicos o residuos larvarios de cuerpos ya muertos y en descomposición. Ni que decir tiene que, al contrario de otras doctrinas tradicionales de origen indo-europeo como, por ejemplo, el hinduismo, el helenismo, la romanidad clásica, el mundo celta o el mundo nórdico-germánico, el hebraísmo no conoció nunca ningún intento de restauración heroica (la Edad de los Héroes en la tradición helénica, y más cercanamente el Ciclo del Grial, del Emperador Dormido, en nuestro Medievo gibelino), considerado el mismo ya de por sí como “satánico” por esta pseudo-tradición demónica y telúrico-ginecocrática, ya que para la misma el hombre es un simple esclavo y servidor de su terrible Dios egocéntrico, caprichoso y sediento de sangre al que siempre hay que alabar y ser sumiso, siempre con actitud de miedo y apocamiento, no cabe en él verdadero impulso a la trascendencia, ninguna posibilidad de superación espiritual y de adquisición de un verdadero Conocimiento autotransformador (la Gran Guerra Santa de la que hablaba el mitraísmo ario y del que el islamismo ha hecho una parodia diabólica y una pálida copia, es decir la lucha contra las tendencias caóticas y oscuras de uno mismo y el perfeccionamiento interior)…

Pues a lo que íbamos, el islamismo, al menos en su versión más rigorista e integrista (wahabismo, salafismo, sunnismo), es MÁS DE LO MISMO solo que a un nivel mucho más degradado que el viejo profetismo judío y, por lo tanto, más temible. El mismo Mahoma presentaba todas las características y el aspecto de un auténtico poseso cabalgado por fuerzas oscuras, un médium poseído por unas fuerzas que era incapaz de controlar, es decir un “obseso de Dios” como denominaban a los antiguos y degradados profetas judíos. Y decimos a un nivel más degradado porque, mientras el profetismo judío es una religión al servicio exclusivo de una raza, mejor dicho, de una anti-raza como es la judía, el profetismo musulmán es una religión de masas e igualitarizante y, además -y esto es lo más peligroso-, con pretensiones globalizantes (nos resistimos a utilizar el término sacro e imperial de UNIVERSALIDAD, opuesto a todo tipo de colectivismo, sea islámico, democrático o de cualquier otro tipo). Si Europa históricamente se ha afirmado luchando contra el Islam, no comprendemos cómo pueden haber personas dentro de “nuestro entorno” (es un decir) que apoyen e incluso comulguen con estos descerebrados y criminales supersticiosos que pretenden comparar el cobarde terrorismo yihadista con los heroicos kamikaze japoneses de la II Gran Guerra, y esto ocurre con cierta frecuencia con determinados personajes “evolianos” de cierta escuela argentina rabiosamente antieuropea, éstos han llegado a calificar a los criminales y terroristas cobardes islamistas como “soldados de la Tradición”, cuando realmente esta gentuza lo que son es la avanzadilla más subversiva y antitradicional del Nuevo Orden Mundial, como dice Dugin las ratas y los gusanos que devoran un cuerpo en plena fase de descomposición, es decir el moderno y plutocrático Occidente liberal y progresista que sería la culminación del “Ocaso de Occidente” anunciado Oswald Spengler ya en los años 20 del pasado Siglo. Está a la vista que el islamismo hoy es el arma que el Nuevo Orden Mundial está utilizando a placer para destruir Europa mediante la inmigración/invasión. Las próximas décadas van a ser la mar de divertidas y apasionantes, la “paz y el amor” de los tarados afeminados y fumetas hippies de los 60 (hoy serían los tontopollas del “refugees welcome”…), serán sustituidos en breve por la barbarie, el salvajismo, el terror y la guerra. Tiempo al tiempo…

 

Joan Montcau

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LITERATURA FANTÁSTICA Y LA RESURRECCIÓN DEL MITO
diciembre 7, 2018, 3:41 pm
Filed under: Ética y valores, Cultura y pensamiento, Espiritualidad

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LITERATURA FANTÁSTICA Y LA RESURRECCIÓN DEL MITO

“Dicen que los seres inmundos de los Viejos Tiempos acechan en los oscuros rincones olvidados de la Tierra, y que aún se abren las Puertas que liberan, ciertas noches, a unas formas prisioneras del Infierno”.

Howard, “La Piedra Negra”.

“Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche.”

 

Edgar Allan Poe

“Después de que la tierra hubo escondido esta generación, Zeus Cronida suscitó otra divina raza de héroes más justos y mejores, que fueron llamados Semidioses o Inmortales en toda la tierra por la generación presente. Pero la guerra lamentable y la refriega terrible los destruyeron a todos, a unos en la tierra Cadmeida, delante de Tebas la de las siete puertas, en tanto combatían por los rebaños de Edipo; y a los otros, cuando en sus naves fueron a Troya, surcando las grandes olas del mar, a causa de Helena la de hermosos cabellos, Ios envolvió allí la sombra de la muerte. Y el Padre Zeus les dio un sustento y una morada desconocidos de los hombres, en las extremidades de la tierra. Y estos héroes habitan apaciblemente las islas de los Bienaventurados, allende el profundo Océano. Y allí, tres veces por año, les da la tierra sus frutos.

¡Oh, si no viviera yo en esta quinta generación de hombres, o más bien, si hubiera muerto antes o nacido después! Porque ahora es la Edad de Hierro. Los hombres no cesarán de estar abrumados de trabajos y de miserias durante el día, ni de ser corrompidos durante la noche, y los Dioses les prodigarán amargas inquietudes”.

Hesíodo, “Los Trabajos y los Días”.

 

Edgar Allan Poe junto con Lovecraft, Howard -el genial creador de “Conan el Bárbaro”- y Tolkien –su extraordinaria trilogía “El Señor de los Anillos”-, sin lugar a dudas, han sido los cuatro literatos fantásticos más grandes que ha habido. Los cuatro coincidieron en su rechazo y desprecio hacia la democracia y la moral burguesa, hacia la repugnante vida odiosamente cuantificada, racionalizada y tecnificada, de la Modernidad en definitiva. Se da el hecho curioso de que en esa nación maldita, caricaturesca, pseudocivilización prototípica de la modernidad mezcla a la vez de infantilismo y senilidad -aunque ella presuma de ser “joven”- que es EEUU (Poe, Howard y Lovecraft eran norteamericanos), pseudocivilización groseramente materialista donde los “buscadores de oro” eran elevados prácticamente a la categoría de héroes nacionales, esta serie de literatos brillantes y solitarios (y también marginados y odiados por la bienpensante mediocridad burguesa), al contrario, eran “BUSCADORES DE TRADICIÓN”. Ellos amaban lo remoto, lo mítico, lo legendario y misterioso, soñadores e idealistas de una Era que fue y ya no es. Eran verdaderos europeos, extranjeros en un mundo y en un país en ruinas (espirituales más que físicas), poetas y trovadores mágicos de un mundo que pugnaba por nacer sobre los escombros de una era ya crepuscular y terminal. Como dato curioso señalar que precisamente es en esa avanzadilla de la subversión mundial y quintaesencia de la modernidad que es Yanquilandia, de donde parten la mayoría de aberraciones pseudo-espirituales y claramente contra-tradicionales: New Age, Veganismo, Contactismo, Rosacrucianismo, Espiritismo, chiflados que ven OVNIS hasta en la sopa, etc, todos ellos en sí son la contrapartida “espiritual” y “religiosa” del actual Nuevo Orden Mundial plutocrático-sionista que aspira a implantar e imponer una “religión única y global” (ya no se esconden en decirlo), triturando a su paso a pueblos, razas, estados, naciones, religiones, tradiciones, culturas… La Modernidad y su cosmovisión telúrico-demoníaca del mundo es antimítica por definición, odia y rechaza el pasado en busca de un futuro siempre incierto, es el fantasma del “progreso indefinido” que sólo conduce a la barbarie primero -lo estamos viendo y presenciando hoy en día- y finalmente al abismo. “El pasado está muerto”, se nos repite hasta la saciedad, cuando, en realidad, todo lo que somos es pasado….
En todo caso, decir que ni la Modernidad es el Mal absoluto, ni las culturas premodernas son el Bien absoluto. La cuestión de todo es que el progreso nos ha arrebatado un mundo que, con todas sus limitaciones, era cien veces preferible a éste con todos sus «avances» tecnológicos y materiales, y que en el fondo no ha hecho nada más que alumbrar a una sociedad de eunucos mentales y espirituales, un mundo de tarados de la peor especie. De hecho, aquel mundo permitía o hacía posible el acceso al sentido, a la plenitud espiritual, a la ascesis guerrera, a la formación integral del hombre en todos los sentidos, y el que ahora vivimos parece empeñado en impedirlo, como decía René Guénon “encerrar al hombre en un caparazón para impedirle así el acceso a lo Alto, a la trascendencia”. Ésa es la gran diferencia. En definitiva, la Modernidad contra el Mito, ya que éste es el único que puede volver a redimensionar y a despertar de nuevo a un hombre hoy adormecido y aletargado.

Decía René Alleau que “el ‘tiempo mítico’ transcurre paralelamente al ‘tiempo histórico’, pero con otro ritmo. Lo que llamamos ‘acontecimientos’ no son quizá más que múltiples advenimientos, internos y oscuros, que se vierten a la luz del día, cristalizados y formando de pronto una masa”. Sólo así se explicaría cómo en pleno siglo XX, en plena fase final o etapa más oscura del Kali-Yuga, la Edad Oscura y Crepuscular, hayan surgido en Occidente (“El Extremo Occidente” en el caso de EEUU como decían René Guénon y Evola) tal cantidad de genialidades en todos los órdenes del Arte -con mayúscula, ya que el otro “arte”, el del Sistema, no es nada más que la emanación de la sub-humanidad y de las Fuerzas del Caos-, ello después de tantos siglos de decadencia generalizada: en la política, en la pintura, la arquitectura, la literatura, etc. Estábamos viviendo en la primera mitad del Siglo XX un verdadero intento de restauración heroica, una nueva Edad de los Héroes, raza esta última Inmortal al decir de Hesíodo, presta en cualquier momento a reaparecer para restablecer el Orden y la Ley perdidos. Cuando la Modernidad creía que lo había matado y expulsado definitivamente de este mundo, ahí lo tenemos otra vez con más fuerza que nunca: LA RESURRECCCIÓN DEL MITO. POE, HOWARD, LOVECRAFT, TOLKIEN, VERDADEROS ARISTÓCRATAS DE LA INTELECTUALIDAD: ¡¡¡PRESENTES!!!

Joan Montcau

 



EL ALCANCE DE ERNST JÜNGER
octubre 28, 2018, 11:46 am
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EL ALCANCE DE ERNST JÜNGER

 

Abogando, como abogamos, por una concepción del mundo y de la existencia centrada en la elevación del hombre más allá de su mero compuesto psico-físico y por la sintonización de este compuesto con la dimensión Trascendente del ser humano no podemos por menos que enfocar este presente ensayo con la luz de que nos provee la Tradición para de este modo, tras desgranar los aspectos principales de la obra del autor germano oriundo de  Heidelberg, analizar si los mismos se pueden catalogar como de Tradicionales en su genuina esencia o, cuanto menos, se hallan próximos a lo que se entiende por Tradición …nos planteamos, por ende, calibrar el alcance que tiene la obra de Jünger: nos planteamos cuál es su concomitancia con los ejes básicos de la Tradición y lo hacemos siempre, de forma preponderante, desde la base insoslayable que de forma tan magistral nos legó el italiano Julius Evola cuando se propuso porfiar por transmitirnos cuáles son los parámetros en los que se basa el Mundo de la Tradición, cuáles sus valores, cuáles sus doctrinas y, en contraste con ello, cuál es el entramado inherente a su alienada y alienante antípoda: el mundo moderno.

Por de pronto hemos de situar a Jünger dentro de esa corriente política y de pensamiento que Armin Mohler sistematizó como la de la Revolución Conservadora alemana (denominación, por otro lado, que ya se había utilizado mucho antes), en la que se incluyen mentes como la de Oswald Spengler, Carl Schmitt, Moeller van der Bruck, Ernst Niekisch, Werner Sombart o Ernst von Solomon. Alain de Benoist nos recuerda en un ensayo titulado “Ernst Jünger y el trabajador” que “Alrededor de Jünger se constituye el llamado ‘grupo de Berlín’, en cuyo seno encontraremos a representantes de las diferentes corrientes de la Revolución Conservadora: Franz Schauwecker y Helmut Franke; el escritor Ernst von Salomon; el nietzcheano-anticristiano Friedrich Hielscher, editor de Das Reich; los neoconservadores August Winnig (al que Jünger conocerá en el otoño de 1.927 por mediación del filósofo Alfred Baeumler) y Albrecht Erich Günther, coeditor —junto a Wilhelm Stapel— del Deutsches Volkstum; los nacional-bolcheviques Ernst Niekisch y Karl O. Paetel y, por supuesto, a su hermano y reconocido teórico Friedrich Georg Jünger.” Esta corriente política y de pensamiento propugna el papel formador y rector del Estado dirigido por una élite, aboga por lo jerárquico, rechaza cualquier forma de igualitarismo, denuncia la decrepitud del parlamentarismo partitocrático o denuncia la demagogia de la apelación a las masas …postulados, todos éstos, propios de una concepción política y de pensamiento  de corte Tradicional.

Para Jünger el ser humano no debe concebirse como un individuo atomizado desgajado de cualquier vínculo orgánico comunitario ni debe ser considerado como igual, en esencia, a sus congéneres, con los cuales formaría parte (gracias a lo que Rousseau definió como el contrato social pactado entre ellos) de una sociedad inarticulada e inorgánica. Al igual que tampoco lo concibe desgajado de sus antepasados y de los que serán sus descendientes, sino, en gran dosis, como fruto del legado de sus ancestros con los cuales se halla, por ello, ligado y lo concibe, asimismo, como hacedor, junto a éstos, de muchas de las esencias que caracterizarán a sus descendientes (1). Por tanto, estos vínculos atacan frontalmente cualquier visión individualizante y atomizante (la propia del individuo-masa de las actuales sociedades gregarias) del ser humano.

En esta línea, en el artículo en el que vierte estos conceptos, Jünger escribe que “también el hombre presente será un hombre pasado, pero (…) sus acciones y gestos no desaparecerán con él, sino que constituirán el terreno sobre el cual los venideros, los herederos, se refugiarán con sus armas y con sus instrumentos”. Por otro lado el encaje que desde el punto de vista de la metafísica Tradicional hay que darle a esta cita lo podemos entender a tenor de unos conceptos que en su día escribimos (2): “(…) la idea que sobre la inmortalidad defiende Evola cuando habla en el capítulo titulado “Las dos vías de la ultratumba” de su obra “Rebelión contra el mundo moderno”, de que tras la muerte física son dos las vías que se le presentan al fallecido: una sería la ´vía de los antepasados´ o pitra-yana y la otra sería la ´vía de los dioses´ o deva-yana (términos de la tradición hindú). La primera de ellas sería el destino de la mayoría de los individuos cuya existencia no pasó nunca de ser la del hombre vulgar, esclavo del devenir y que consistiría en la disolución de las fuerzas y energías sutiles que hicieron posible la vida de dichos individuos (puesto que se hallan en el origen del funcionamiento de su entramado psíquico-físico), la disolución, apuntábamos, en la descendencia de su mismo clan, gens, sippe o zadruga* pasando a formar parte (dichas fuerzas o energías) del genio, manes, tótem, demon o dáimon que confiere la peculiaridad y el impulso particular que caracterizan al mencionado clan. Esta vía, en realidad, no supone la inmortalidad del individuo, pues éste (o, mejor dicho, ´sus´ fuerzas o energías sutiles) vuelve a reintegrarse en la corriente del mundo manifestado, del mundo del devenir y del continuo fluir. La segunda de las vías, la de los dioses, sí que supone la verdadera inmortalidad de la persona que en su existencia terrena supo desligarse de todo aquello que condiciona al individuo y experimentó una auténtica transubstanciación o transfiguración que espiritualizó su alma liberada de ataduras y la logró hacer compartir la Esencia Suprema de aquel Principio Superior, metafísico y suprasensorial que se halla en el origen del Cosmos manifestado. Por lo que, tras el óbito, si no antes, el Yo Superior o el Alma Espiritualizada de la persona habrá conquistado la inmortalidad, la eternidad y habrá escapado de la cadena de transmutaciones y cambios que son propios de la manifestación. Sólo unos pocos, sólo una minoría conquistará el ‘paraíso’; logro, pues, de carácter aristocrático y nada democrático.”

Es, pues, en la ‘vía de los antepasados’ o pitra-yana donde deberíamos encajar la cita que de Jünger hemos reproducido. Sea como fuere podemos entender o bien que el escrito (“La Tradición”) y la revista (“El estandarte”) en los que se halla inserta  no perseguían el estudio de temas estrictamente metafísicos o bien que estamos tratando con un joven Jünger que probablemente se adentrara en ellos en épocas posteriores; posibilidad de la que hablaremos más adelante.

Volviendo a la línea de ese hombre no atomizado, no desgajado de sus ancestros y de sus descendientes nuestro autor alemán sigue diciéndonos en el mismo escrito que “Así también, la sangre de la persona singular está mezclada por millares de corrientes de sangre misteriosa, a pesar de que esa persona singular no es por esto la suma de sus predecesores, no es sólo el portador de su voluntad y de la calidad de aquéllos, sino que, según una neta y bien definida peculiaridad, él es también él mismo.” Percíbase cómo se añade un elemento nuevo a lo expresado hasta ahora. Elemento que no es otro que el de la personalidad: la entidad del ser humano. La entidad que hace posible que pueda llegar a ser soberano, a decidir su destino, a labrarse su camino, a liberarse de todo aquello que ata, condiciona, esclaviza y mediatiza; a liberarse de ello como paso previo -tal como postula la Tradición- para encarar el Conocimiento de los planos Superiores y Metafísicos de la Realidad y para hacerse ontológicamente uno con ellos. Principio de la ‘personalidad’ que riñe con ciertas escuelas metafísicas orientales (como, p. ej., el Vedânta) para las cuales el ser humano como ser singular carece de entidad y de realidad, siendo, por contra, mera ensoñación o ilusión (maya) y parte indiferenciada del Brahman o Principio Universal. En cambio, para la Tradición el microcosmos (el mundo físico, el ser humano,…) es real y de lo que se trata es de sacralizarlo y convertirlo en una especie de reflejo del macrocosmos (del mundo Metafísico). Aquí estriba la diferencia sustancial entre cierta metafísica pura -que acarrea , por cierto, posturas evasionistas (3)- y el Tradicionalismo.

Jünger, en la línea de la Tradición, rechaza el gregarismo promiscuo negador del principio de la ‘ personalidad’; principio sin el cual no puede entenderse el de la libertad del hombre (4): esa libertad en potencia que de ser desarrollada lo convertirá en Héroe, en el Hombre de la Tradición Primordial, en el Liberado o Despertado al que se refiere el budismo.

En sintonía con lo cual volvemos, en boca de uno de sus personajes, a leerle al de Heidelberg en su novela “Heliópolis” (5) que “Queremos la libertad del hombre, de su esencia, de su espíritu y de su propiedad. (…) El Prefecto se ve obligado a nivelar, a atomizar e igualar el potencial humano, en el cual debe prevalecer un orden abstracto. En nuestra opinión, por el contrario, quien ha de dominar es el hombre” (págs. 179 y 180).

Para nuestro autor el hombre igualitario del liberalismo no es más que el fruto de una construcción mental (por ello abstracta) reñida con las leyes de la naturaleza y reñida, añadimos nosotros, con una jerarquía en cuya cúspide deben situarse aquéllos que son capaces de gobernarse a sí mismos. El hombre igualitario atenta contra la diferencia y contra el principio personal, pues el igualitarismo convierte al hombre en átomo indiferenciado de sus congéneres.

Examinando la postura de Jünger al respecto Alain de Benoist escribe en un ensayo titulado “Ernst Jünger y el Trabajador” (6) que “(…) Desde esta perspectiva, lo esencial es la lucha contra el liberalismo. En Arminius y en Der Vormarsch Jünger ataca el orden liberal simbolizado por el Literat, el intelectual humanista partidario de una sociedad ‘anémica‘. En abril de 1.927, en Arminius, Jünger declara no creer en verdad general alguna, en ninguna moral universal, en ninguna noción de ‘hombre’ como ser colectivo poseedor de una conciencia y derechos comunes. Creemos -dirá- en el valor de lo singular (Wir glauben an den Wert des Besonderen).”

El de Heidelberg nos sigue poniendo en guardia frente a las construcciones abstractas que han dado origen al individuo atomizado propio de la ideología liberal y, en este sentido, nos conmina a “desembarazarnos del abrazo del intelecto que piensa según cálculos”.(7)

Ante el individuo anémico paradigmático de las sociedades liberal-burguesas Jünger reivindica la figura del héroe que se forja en la lucha. Un héroe, nos dice, que por desgracia es derrotado en combate ante los embates físicos del aparato edificado por el  mundo moderno y que por esto “conoce su ocaso, pero su ocaso se asemeja a aquel rojo sangre del Sol que promete una mañana más nueva y más bella” (8). Su sacrificio no será en vano pues el mismo ejemplo representado por dicho sacrificio verá sus frutos y la resistencia, aunque en forma -tras la derrota- más velada, encenderá la antorcha de los que en el mañana se alcen contra la deletérea modernidad, tal como el austríaco Hugo von Hofmannsthal nos recordaba en esta sugerente cita: “Los que velan en la noche obscura dan la mano a los que nacen en la nueva alba”.

El héroe que se forja en el combate nos proporciona una pista acerca de cómo nuestro autor concibe en qué debe consistir la verdadera jerarquía. Una jerarquía que podemos más que vislumbrar cuando, en boca de uno de los personajes, en su novela “Heliópolis” (9) leemos: “(…) Está intentando atraerse a las mejores fuerzas. Para elegir, tiene que guiarse por la capacidad de las personas, es decir, tiene que dirigirse a un círculo de hombres que se distinguen bien por sus hechos, bien por sus conocimientos o por su gran capacidad. Es el camino más vulnerable, pero el único viable en nuestro tiempo. Tenemos que excluir de los puestos de mando no sólo a los tecnócratas, sino también a los románticos”.

Se excluyen, de la élite, a los románticos, pues el romántico representa un producto del mundo moderno. Representa al que acciona movido por la pasión, por la emoción y por el sentimiento debido a que es esclavo de estos estados perturbadores de la mente. Los torbellinos de su psique alterada se hallan en total contradicción con el estado de autocontrol y autogobierno mentales a los que aspira un Hombre de la Tradición que nunca actuará guiado por las sacudidas de su mente sino por la acción pura y desinteresada …por el “hacer lo que debe hacerse”, tal como reza una máxima de la tradición indoaria, sin hacerlo guiado por los resultados sino porque es lo acorde con el Deber; con aquel Deber que armoniza con el Dharma o Ley -metafísica- del Cosmos. El romántico ve alterada esa ‘pura objetividad’ -de la que hablaba Julius Evola- con la que, por contra, -también citando al maestro italiano- ‘un tipo de hombre diferenciado’ enfoca la realidad con el objeto de mejor entenderla y de poder escudriñar en sus fuentes motoras sutiles para hacerse ontológicamente uno con ella.

Quedan, en “Heliópolis”, excluidos, también, los tecnócratas, pues son los que de acuerdo a la lógica del liberalismo capitalista anteponen, sirviéndose de los aparatos del poder, la economía a la política, sometiendo, de este modo, al Estado (que en todo ordenamiento Tradicional ejerce su total Soberanía) a los dictados de la economía y convirtiéndolo en mero gestor de ésta. Así vemos cómo la que siempre fue la tercera función (la productiva-económica) en las comunidades Tradicionales se erige en el mundo moderno -por efecto de una perniciosa inversión materialista- en la rectora. Cuando, en cambio, el Mundo Tradicional situó como estamento dirigente al sacro-aristocrático, por debajo de éste al guerrero y en tercer lugar al productivo (artesanos, agricultores,…).

Si hablamos de la repulsa jüngeriana hacia los tipos humanos del romántico y del tecnócrata no podemos por menos que recordar que también lo hacía hacia la del burgués, tal como muestra en su obra de 1.932 Der arbeiter (“El trabajador”), donde el arquetipo representado por esta figura representaría la superación de la vida fácil y cómoda a la que aspira el burgués y la destrucción de todos los cinturones de seguridad que éste se coloca para asegurarla al máximo. Este Trabajador se forja, por ejemplo, en situaciones bélicas y revolucionarias y no tiene nada que ver con la figura del ´proletario´ hegemónico del Cuarto Estado (10) -no tiene, por tanto, una connotación clasista- sino con una nueva nobleza heroica. Esta figura del ‘trabajador’ la podríamos equiparar, en muchos sentidos, con la del ´guerrero´ y “así cuando leemos una cita anónima que reza que donde abunda el peligro crece también aquello que salva no podemos por menos que pensar que es exclusivamente el guerrero quien puede arrostrar con el dicho peligro sin venirse abajo por ser presa del pánico. Un ´peligro´ que puede -y debe- entenderse desde diversas lecturas: desde la lectura que hace referencia a las situaciones límite –como, p. ej., las bélicas- que pueden ayudar a transportar al hombre preparado a otros estados de conciencia por encima del ordinario, pasando por la lectura que se inscribe en el peligro existencial que puede destruir a aquel que ha roto los lazos que le ataban a lo condicionado y puede no encontrar otros lazos que lo eleven (o puede hallarlos y seguirá su camino hacia la palingénesis o ´segundo nacimiento´ a la realidad Metafísica) y acabando, incluso, por la lectura que entiende los peligros a la manera que los concibe la doctrina extremo-oriental de ‘cabalgar el tigre’” (11).

No es, ciertamente, en Der Arbeiter donde hay, todavía, que buscar una veta metafísica, pero sí que, entre otros conceptos y posicionamientos vitales, se puede más que vislumbrar esa actitud existencial conocida como ‘cabalgar el tigre’ y que poco a poco pareció hacer suya en su mismo existir el propio Ernst Jünger. (12)

En “Tempestades de acero” (1.920) -sobre sus experiencias personales en la IGM- y en “El Trabajador” el de Heidelberg destaca la irrupción de lo elemental y la consiguiente eliminación de esquemas mentales y convencionalismos burgueses. El “trabajo”, en sentido jüngeriano, abre el camino para la irrupción de lo elemental. En Der Arbeiter nos escribe lo que comprende como “trabajo”: “la velocidad del puño, del pensamiento, del corazón, de la vida de día y noche, la ciencia, el amor, el arte, la fe, el culto, la guerra: trabajo es la vibración del átomo y la fuerza que mueve las estrellas y los sistemas solares”. Evola nos explica  que ‘el Trabajador’ “se trata de demiurgicidad, de una figura caracterizada justamente  por una relación directa, activa, total con las fuerzas de la realidad, con lo elemental en sí y afuera de sí”. (13)

Y si hemos señalado las concomitancias entre ‘el Trabajador´ y ´el guerrero´ y la indisociabilidad de estas figuras con ‘el peligro‘ Evola nos escribe, en el mismo capítulo, que en el nuevo mundo configurado por el triunfo de ‘el Trabajador’ “surge en vez la necesidad de ordenamientos nuevos, de ordenamientos basados no sobre la exclusión del peligro, sino sobre un nuevo connubio de la vida con el peligro”.

Ante situaciones al borde de la muerte o en las que la posibilidad de que ésta irrumpa no es precisamente nimia se produce una relativización total del papel y de la importancia que lo utilitario, lo pragmático, lo material y las menudencias que se presentan en el vivir cotidiano representan para el hombre amoldado a la vida muelle y a las seguridades propias de la mentalidad burguesa. Dicha relativización facilita la irrupción de lo elemental. Para Evola -en el cap. señalado- lo elemental «designa las potencias más profundas de la realidad, que caen afuera de las estructuras intelectualistas y moralistas y que están caracterizadas por una trascendencia sea positiva como negativa, con respecto al individuo: así como cuando se habla de las fuerzas elementales de la naturaleza». Giovanni Monastra nos dice al respecto que “el burgués, encerrado en su ciudadela racionalista, en su vacuo intimismo, pequeña alma dirigida a las cosas pequeñas, a lo útil, a lo seguro, tiene terror por lo elemental y lo mantiene a distancia”.

Pero ante esta irrupción de lo elemental se ha de estar vigilante, pues tras el barrido de las menudencias y las seguridades burguesas puede acaecer algo superior pero también algo inferior tanto por lo que respecta a la naturaleza de los sistemas políticos que pudiesen suceder al Tercer Estado burgués como por lo que incumbe al interior mismo de las personas que se hubiesen desligado, mentalmente, de las ataduras y condicionamientos de la vida cotidiana. Jünger sabía de las diferentes consecuencias que podrían darse. Asimismo Evola nos pone sobre aviso de los peligros telúricos e ínferos que pueden, en tal estado de cosas, acontecer.

Nosotros, en otra ocasión, reseñando la tesis doctoral de nuestro amigo y coforista Gonzalo Rodríguez sobre “La tradición guerrera de la España céltica” comentamos el concepto del autor  sobre el “más allá telúrico” …un “más allá telúrico” que bien podríamos asociar con lo elemental. Pretendiendo, pues, hacer luz sobre este concepto tan caro a la obra de Jünger recordamos lo que en esa ocasión escribíamos:

“Nuestro coforista nos refiere sobre la concepción, en el seno del mundo celta, de dos planos invisibles de la realidad: el ´más allá celestial´ y el ´más allá telúrico´. El primero (Dêva-yana o ´vía de los Dioses´) es asimilable al mundo Superior y es al que se accede una vez el Iniciado ha dominado sus vínculos y pulsiones condicionadores -primarios, psíquicos: sentimentales, emocionales, pasionales,…- y se ha convertido en ´señor de sí mismo´; en el Gran Autarca que apuntaba Julius Evola allá por los años  ´20 de la pasada centuria. Una vez superado lo cual (una vez superada la ´obra al negro´ o nigredo de que nos habla la tradición hermético-alquímica) el Iniciado accede, de forma definitiva, al conocimiento del plano sutil metafísico de la Realidad y es capaz, incluso, de activarlo en su fuero interno (sería el equivalente a la ´obra en blanco´ o albedo). Más aún, tras estos logros, puede aspirar a la Gnosis de lo Inmanifestado que se halla más allá incluso del plano sacro-sutil de la realidad y puede, paralelamente, aspirar a Despertar en su mismo interior ese Principio Supremo y Primero Inmanifestado Eterno e Indefinible que anida en él y aspirar, así, a Espiritualizar e Inmortalizar su alma (´obra al rojo´ o rubedo), que ya fue purificada de escorias psíquicas y condicionadoras tras la superación de la nigredo.

El segundo plano invisible de la realidad, el ´más allá telúrico´, lo asimila Gonzalo al conjunto de fuerzas -utilizando el léxico por él empleado- ´preternaturales´ que no se hallan más allá del ciclo de la generación, que no pueden -por tanto- posibilitar la Liberación metafísica del hombre, sino que integran la realidad del sâmsara, del devenir (opuesto al Ser y a lo Eterno), que se refieren a la ´vía de los antepasados´, o pitra-yâna, que es el destino que, tras la muerte física, le queda al común de los mortales: el de que el ´genio´ que de su clan era portador (que pasa a formar parte de cada ser humano desde el mismo momento de su concepción) se vuelva a integrar en los miembros de su mismo conjunto familiar, clan, gens o sippe, ya nacidos o en el momento de ser concebidos, para seguir dándole la impronta especial común que caracteriza a cada uno de los integrantes de cada clan. No se supera, pues, en esta ´vía de los antepasados´ la rueda del devenir. Las divinidades que al decir de Gonzalo son veneradas por parte de la tercera casta -la productiva- en el mundo celta hispánico son de naturaleza ctonia, telúrica, asociadas a la Tierra, a la vegetación, a los manantiales, a las fuentes y muchas de ellas de carácter femenino. Aunque también señala nuestro autor que ciertos demons y totems son ritualmente activados en las iniciaciones guerreras -segunda casta- a que son sometidos los jóvenes por tal de suscitar y hacer en ellos presente la energía telúrica propia de ciertos animales como el oso (tal como ocurría entre los temibles guerreros berserkers del mundo vikingo) o el lobo con el objetivo de despertar en estos jóvenes guerreros la ferocitas o la furia necesarias para el combate.

No está de más señalar que el Iniciado en la realidad metafísica y Superior -en el ´más allá celestial´- (primera casta) superará el ´más allá telúrico´ (y se descondicionará de él) que se le hubiera podido inocular en esas ceremonias de juventud de iniciación guerrera, pues incluso en el fragor de la batalla no necesitará de esos aportes telúricos para mostrar arrojo y valor, ya que estamos tratando con un ser que ha superado todos sus pavores, traumas y miedos con la culminación de la ya mencionada nigredo u ´obra al negro´.

Sin duda ese ´más allá telúrico´ que nos disecciona brillantemente Gonzalo en su tesis doctoral es un lastre que el mundo celta hispánico en particular, el mundo celta en general y aun todo el mundo indoeuropeo arrastraba en aquella época porque, no lo olvidemos, debemos considerar que, de acuerdo a la ciclología Tradicional, los pueblos de origen boreal transitarían ya -en la época objeto de estudio-, seguramente, por los inicios de la Edad de Hierro o kali-yuga  y aunque los dichos pueblos -la antigua Roma incluida- protagonizaron un ´ciclo heroico´ de intento de vuelta a los parámetros existenciales y de weltanchaaung de la Edad de Oro o Satya-yuga desgraciadamente, con el paso del tiempo, fueron contaminándose con efluvios propios de etapas descendentes y con las influencias de pueblos de esencia definidamente telúrica. No obstante lo cual mantuvieron -y cerniéndonos en específico a los celtas hispánicos objeto de este trabajo- vivos los ejes básicos y los pilares primordiales de la Tradición.” (14)

Pensamos, con esta disgresión, haber asentado el sentido que tiene el concepto de elemental, cuya irrupción Jünger estima indispensable para acabar con los detritus representados por el modo de existir burgués y con las sociedades en las que éste es su depositario. El “trabajo” -en el sentido vasto que para nuestro autor tenía y que ya hemos señalado con anterioridad- sería el vehículo para hacer posible dichos cambios. Así, Evola nos explica que “en el mundo que Jünger denomina del trabajo se realizan nuevas pruebas, nuevas selecciones: pruebas de una extrema, desnuda, casi metálica frialdad, en las cuales la conciencia heroica gobierna el cuerpo como un instrumento imponiéndole una serie de acciones complejas más allá de los límites del instinto de conservación” (15)

El maestro trasalpino añade que “por tal camino Jünger piensa en una nueva aristocracia”. (Recordamos que el de Heidelberg apunta también, en las citas que páginas arriba hemos extractado de su novela “Heliópolis”, semejantes ideas acerca de cómo se originaría la ‘élite’ arquetípica.) Evola continúa señalando que para esta aristocracia descrita por Jünger “el verdadero secreto no se halla en el prometer, sino en el exigir” y que el autor alemán “ha pensado en una élite cual condensación esencial y activa del modo de ser del obrero en los términos de una especie de guardia, de nueva espina dorsal de formaciones guerreras, como una selección que se puede también denominar una Orden”.

 

Si es el enfoque de la Tradición el que estamos utilizando para acometer los rasgos determinantes de la obra de Jünger nos podría parecer que quizás nuestro autor reflejó bien esa etapa de la nigredo hermético-alquímica, a la que hemos hecho alusión párrafos arriba, que busca el descondicionamiento del hombre con respecto a todo aquello que lo amordaza, mediatiza, subyuga, esclaviza, aturde, altera, traumatiza y aminala (y lo busca, en la obra jüngeriana, a través del “trabajo” y/o las situaciones límites de la guerra,… que sacudirían las seguridades existenciales buscadas y adquiridas por la vida burguesa), pero que, en cambio, el de Heidelberg se quedó, nos podría parecer, en el tratamiento de dicha etapa y no concibió las posteriores del albedo y del rubedo alquímicos …etapas que se enmarcan, ahora sí, en planos superiores y sacros de la realidad y que corresponden al dominio de la metafísica. Para un estudio realizado desde los parámetros de la Tradición la obra de Jünger podría -de ser de esa guisa lo ahora expuesto- dejar bastante que desear, pero la realidad, para nuestro grato contemplar, no es así y el alemán lo trasluce en obras posteriores en las que su alcance (tal como plantea el mismo título de este nuestro ensayo) va mucho más allá de lo expuesto hasta este punto. Tal es así en “Sobre los acantilados de mármol”, donde lo elemental (ahora, más bien, asociado a lo pulsional) y lo titánico (la mera fuerza desacralizada) toman un carácter claramente negativo y su afloramiento no resulta deseable pues al descondicionamiento del ser se debería llegar por otros caminos distintos a lo relacinado con ese “más allá telúrico” del que ya hemos hablado: se debería llegar -de acuerdo con la Tradición- a través de la Iniciación, esto es, de un camino de disciplina interna meticulosa, metódica, ardua y constante que conoce de técnicas como las de la meditación o de la visualización mental.

Acerca de la trama de “Sobre los acantilados de mármol” (obra escrita en 1.939) Evola escribe: “Es el contraste entre dos mundos. El uno es el de la Marina y de las pasturas, que se encuentran por debajo de los acantilados de mármol ; es un mundo patriarcal y tradicional, en donde la vida en la naturaleza y el estudio de la naturaleza tiene como contrapartida una superior sabiduría y un símbolo ascético y sacral incorporado eminentemente en la novela por la figura del Padre Lampo. Frente al mundo recogido cerca de los acantilados de mármol se encuentra el de los pantanos y de los bosques, en donde señorea una espantosa, diabólica figura que Jünger denomina el Oberförster (traducido como trotabosques): es éste un mundo elemental , de violencia, de crueldad, de ignonimia, de desprecio por cualquier valor humano”. (16)

El conflicto entre estos dos mundos antagónicos se hace irremisible y el mundo oscuro de los pantanos y de los bosques acaba destruyendo al de la Marina y las pasturas, pues éste, de hecho, ya se hallaba sin pulso vital y sosteniéndose casi por inercia.

Evola sigue narrándonos que “de todo el mundo de la Marina, ya en llamas, tan sólo alguno logra escapar, con un barco, llevando consigo, como una reliquia justamente, la cabeza amputada del príncipe Sanmyra, la cual sólo mucho más tarde, engarzada en la primera piedra, debía servir de fundamento para una nueva Catedral”.

Recuérdese que un parámetro incuestionable de lo que la Tradición entiende como Edad de Oro es el de la unión de las funciones sacra y regio-dirigente en una única institución o persona …la cabeza del príncipe Sanmyra (función regia) y la nueva Catedral (la Espiritualidad reencontrada: función sagrada) se conciben, en este libro de Jünger, de manera indisociable si de lo que se trata es de la restauración de la Tradición Primordial, pues no hay que olvidar, repetimos, que ambos principios, el espiritual y el temporal, se hallaron unidos -en, echando mano del hinduismo, el Satya-yuga o Krta-yuga- bajo los mismos representantes e instituciones, por lo que el conjunto de las actividades humanas en las comunidades Tradicionales se encontraron, por irradiación desde la cúspide de la pirámide social, en todo momento impregnadas por lo Sacro. Hallamos, pues, a la realeza sacra y a la aristocracia sagrada en la dicha cúspide de la pirámide social.

Evola, a propósito de “Sobre los acantilados de mármol” nos continúa diciendo en su citado escrito que “con el advenimiento de las fuerzas elementales-telúricas del Trotabosques en las tierras de la Marina se derrumba un mundo -aunque ya en estado de notable postración- de la cualidad, de la personalidad, de la ascesis, de la tradición mistérica y sagrada, de la cultura en sentido superior.”

El sustancial y cualitativo paso dado por el de Heidelberg desde su “El Trabajador” hasta “Sobre los acantilados de mármol” tiene que ver con el tránsito, citando a Evola, “de una asunción existencial meramente activista-guerrera -titánica- a otra con referencia a valores trascendentes”.

Esta asunción trascendente se vuelve a corroborar en su novela “Heliópolis” (1.949), en la que, en boca de uno de sus personajes,  le podemos leer: “Tú atente al dogma según el cual la materialidad de las imágenes oculta a las miradas el resplandor supraterrenal. (…) Nunca encontrarás en la tierra lo supremo (…). Tú gobiérnate  según la norma de Boecio: una tierra dominada nos da las estrellas. Éste es el único camino recto”. (17)

Percíbase que no se aboga por ninguna especie de evasionismo metafísico con respecto a la vida terrenal y al mundo físico sino que se aboga por bregar en este mundo para hacernos con el Supramundo. Es ésta la esencia de la Tradición: la vida como catapulta hacia la Supravida y, a la vez, el objetivo de sacralizar esta existencia terrenal y no evadirse de ella.

Ciertamente se nos presenta un Jünger que no tan sólo concibe la existencia de la trascendencia sino que además nos da muestras de que lo más importante es arribar a su conocimiento y hacerse uno con ella. Un Jünger desmarcado, pues, de actudes pasivas (meramente fideístas y devocionales) ante el Hecho Trascendente y abocado, en cambio, a su conquista activa. El camino es el de la Iniciación trazada en todo ordenamiento Tradicional. Es el camino -en expresiones tan concurrentes en la obra de Evola- de la ‘luz del norte’ heroica frente al de la ‘luz del sur’ fideísta.

Por ello el alemán nos ofrece herramientas que van encaminadas en tal sentido, como cuando uno de los personajes de Heliópolis (págs. 131 y 132) dice que “Por esta razón, los sabios de todos los países y todos los tiempos están de acuerdo en que la felicidad no puede alcanzarse por la puerta de los deseos ni en la corriente del mundo.

De donde se sigue que quien quiera tener parte en la felicidad debe ante todo cerrar la puerta de los deseos. En este punto concuerdan todos los preceptos, como variantes de un texto revelado -los libros sagrados, los antiguos sabios de Oriente y Occidente, las doctrinas de los estoicos y los budistas, los escritos de los monjes y los místicos.

La experiencia nos enseña, además, que el hombre no sigue estos preceptos. Vive como en los palacios de Las mil y una noches, en los que todas las habitaciones le ofrecen bienestar, salvo una cuya puerta no puede traspasarse y tras la cual se halla la preocupación. ¿A qué se debe que su mala estrella le empuje a abrir precisamente ésta? El enigma consiste en que es la puerta de los deseos.

La caza de la felicidad lleva a las espesuras. Hay que dejar que la felicidad entre por sí misma. No se encuentra a gusto con los impacientes. Es como los preparativos, que son cada vez más bellos. No hay que acelerar el ritmo de la vida, hay que retardarlo, al modo de los ríos que fluyen hacia el mar. A medida que va ganando, con la edad, profundidad y fuerza interior, es capaz de arrastrar consigo oro, navíos y monstruos rientes.

Raras veces nos salen al encuentro hombres felices: no quieren llamar la atención. Pero aún viven entre nosotros, en sus celdas y buhardillas, sumidos en el conocimiento, la contemplación, la adoración -en los desiertos, en las ermitas, bajo el techo del mundo.Tal vez a ellos se deba que nos llegue todavía el calor, la fuerza superior de la vida”.

Jünger sigue, en la misma novela, aportándonos pistas y medios para domeñar nuestro yo inferior, en esa nigredo alquímica de descondicionamiento, a través de una máxima estoica: “renunciar para ganar”. (p. 188)

El de Heidelberg confirma su elección por la ‘vía activa y heroica’ hacia el Hecho Trascendente con sus referencias a la alquimia, pues no olvidemos que la tradición hermético-alquímica envuelve bajo la capa de toda una suerte de rico simbolismo lo que no es ni más ni menos que la vía Iniciática -‘vía del héroe’- transformadora de su interior que está recorriendo el alquimista. En esta línea, en el mismo libro, leemos que “(…) Todo esto también lo expresa la alquimia, es decir, la química auténtica (18) (…) Los grandes símbolos alcanzan a todas las capas: se les ve actuar desde las esferas ocultas hasta las lúcidas, aunque sólo el iniciado comprende las interconexiones.” (pág. 328)

Jünger muestra estar muy versado en temas alquimistas cuando nos hace la siguiente relación (pág. 332): “Algunos de ellos estaban escritos en viejos pergaminos y se agrupaban en torno a los nombres de Alberto Magno, Ramon Llull y Agripa de Nettesheim, cuyo de Vanita scientiarum se conservaba en su doble edición, la de Lyon y la de Colonia. Se hallaba también el gran in folio de Wierus, De praestigiis daemonum, y las compilaciones publicadas en Basilea, hacia el 1.582, por el médico Weckerus”.

De optarse, en vida, por ‘la vía activa´ o via remotionis, de consumarse las etapas que pueden llevar al Iniciado hacia la Gran Liberación o, en cambio, de conformarse con ‘la vía pasiva´ estrictamente devocional depende el recorrido que espere tras la muerte física de la persona. La ‘vía de ultratumba’ es descrita en El libro de los muertos egipcio o en El libro tibetano de los muertos -el llamado Bardo Thödol -. Tampoco Jünger era ajeno a su conocimiento, cuando, a propósito de la ceremonia parsi celebrada tras el fallecimiento de uno de los personajes de “Heliópolis”, el narrador afirma que “él había emprendido ya el gran viaje, había penetrado en el mundo de cristal cuyas aventuras describe el Libro de los muertos” (pág. 378). (19)

Ante la posibilidad del Héroe que se adentra por los terrenos de la interior via transformationis de optar por la llamada ‘vía de la mano derecha’ -la apolínea del Héroe que no necesita de ayudas externas para recorrerla- también se le presenta el hacerlo por la peligrosa ‘vía de la mano izquierda’: la dionisíaca. Ésta sí que utiliza ayudas, o más bien “venenos”, como soporte sea para alterar el estado ordinario de conciencia (utilización de alcohol, drogas, ciertas danzas,…) sea para activar fuerzas sutiles (kundalini) en el interior del Iniciado (utilización del sexo).

Parece ser que Jünger no fue ajeno a esta ‘vía de la mano izquierda’, como se puede colegir cuando le hace decir, en “Heliópolis” (pág. 327), a uno de sus personajes que “el cáñamo saca con sus lazos al espíritu fuera de sí y le hace entrar en los imperios de las imágenes”. O cuando también leemos en la misma novela (pág. 381) que “Las drogas son llaves, aunque no descubren sino lo que se oculta en nuestro interior”, que “Tal vez llevan hasta profundidades que de otra manera estarían siempre bajo cerrojo” o que “Funden la cera de los sellos”.

Al de Heidelberg al tiempo que, durante la IIGM, -tal como se puede consultar en Metapedia- “en los círculos literarios departía amistosamente con Henry de Montherlant o Pierre Drieu la Rochelle”, lo encontramos, no en vano, frecuentando los salones de fumadores de opio. También en este portal de internet leemos que “En 1952, después de su primera experiencia con la LSD, escribe Besuch auf Godenholm (Visita a Godenholm)” y que “Otro libro sobre el tema de las drogas es Annäherungen. Drogen und Rausch (Acercamientos. Drogas y ebriedad ), de 1970. Esta obra, en la que el autor acuñó el término psiconautas (navegantes de la psique), expone las numerosas experiencias de Jünger con varios tipos de sustancias psicoactivas, tanto enteogénicas como estimulantes u opiáceos.” (20)

Desconocemos la naturaleza exacta de las experiencias que gracias al consumo de drogas pudo haber experimentado nuestro alemán autor pero una vez comprobado el profundo valor de lo metafísico en la obra de Jünger podemos pensar que posiblemente el dicho consumo pudo representar para él el poner en práctica la ‘vía de la mano izquierda’: aquella vía que convierte el veneno en remedio pues ayuda, al operante, a soltar el lastre que carga el estado de conciencia ordinario para abrir las puertas de los planos sutiles de la realidad y tras lo cual, si el Héroe es capaz de más,  llegar a Identificarse ontológicamente con el Principio Supremo Inmanifestado y Eterno.

Pensamos que, en efecto, el uso de sustancias estupefacientes tuvo en Jünger un objetivo de realización espiritual y no el de un simple buscar la experimentación de imágenes de la psique, un simple buscar la irrupción del turbulento enjambre del subconsciente del que el hombre vulgar es depositario y no  tampoco tendría en Jünger el fin de dar rienda suelta a ese mundo psíquico atolondrado y atolondrante que el hombre común es incapaz de dominar. Lo pensamos así porque estas peligrosas explosiones del psiquismo parece que no se dieron en el de Heidelberg, ya que su salud mental no se vio turbada y su no adicción a estas sustancias (fruto, en expresión evoliana, de ‘un tipo de hombre descondicionado’ que se ha enseñoreado de su interior gracias a la ´vía del Héroe’) le evitó problemas de salud que de haberse dado sin duda no le hubiesen permitido el llegar a vivir… ¡casi 103 años!

Con la ‘vía de la mano izquierda´ encuentra muchas concomitancias la aplicación de la doctrina extremo-oriental de ‘cabalgar el tigre’. El tigre pueden ser esos “venenos” que pueden llegarse a convertir, para el Héroe, en “remedios” o, por contra, que de ser no “cabalgados” con la prepación Iniciática adecuada pueden desgarrar y devorar al que hubiese, temerariamente, usado de ellos. El tigre, en un orden externo, puede ser el actual estado de cosas (el Establishment hegemónico en diferentes fases de este mundo moderno disolvente) que parece inderrocable y contra el cual es más aconsejable no enfrentarse de cara sino cabalgarlo, para ver si puede llegar a agotarse …cabalgarlo y bregar para que ya que no parece que se le pueda hacer caer al menos que no le haga caer a uno en sus trampas y en sus destrucciones existenciales. Es en este sentido en el que Evola interpreta el fin del mundo de La Marina en la jüngeriana “Sobre los acantilados de mármol” al escribir que “la única esperanza en la tragedia es que justamente la experiencia del fuego destructor sea, para el sujeto, un principio de renacimiento, el umbral para pasar a un mundo incorruptible” (21). Algo que nos recuerda directamente aquel aforismo de Friedrich Nietzsche de que “lo que no nos destruye nos hace más fuertes”.

Ante ese mundo moderno con respecto al cual se antoja casi suicida el enfrentarlo de cara no queda otra opción que el de una actitud distante para con sus instituciones pero no desentendida ante el accionar deletéreo de éstas: Evola la denominó apoliteia y Jünger ‘vía de la salamandra´. Así nos lo expresa Gianfranco de Turris en el ensayo “Evola y Jünger”: “la jüngeriana ‘vía de la salamandra’ tiene muchos contactos con la apolitea evoliana. El fin es el mismo: pasar indemne a través de las combustiones de la Modernidad.” (22)

 

Sin duda, tras todo lo expuesto, Ernst Jünger podemos afirmar que fue ajustando su obra y su vida a parámetros de índole Tradicional. Mismamente la amistad que, durante los años ’50 de la pasada centuria, frecuenta con un Mircea Eliade es harto significativa sobre hacia dónde están, por entonces (y mucho antes), enfocadas sus preferencias vitales.

El referente doctrinal de Evola, como se ha ido comprobando a lo largo del presente ensayo, nos resulta primordial para calibrar el alcance de Jünger. Se da, además, el hecho significativo de que el italiano, tras el fin de la IIGM, incluyó al alemán entre las gentes con las que debía contactar con el objeto, al decir -entre otros- de Gianfranco de Turris de establecer una especie de ´frente espiritual’ en las catacumbas situadas bajo la pesada losa del mundo moderno o de establecer una Orden que vertebrara una posible reacción contra esa deformidad y anomalía representada por la modernidad. Así dice Gianfranco de Turris que “Las relaciones entre Evola y Eliade fueron sobre todo epistolares y seguramente comprendieron muchas más misivas que aquellas de las hoy localizadas: en la inmediata posguerra, Evola buscó retomar los contactos con sus mayores conocimientos culturales, escribiéndoles desde que se encontraba en el hospital, en 1948-1949: a Carl Schmitt, René Guénon, Gottfried Benn, Ernst Jünger y diversas personalidades, entre las cuales se apunta Eliade.” (23)

El reconocimiento del adeudo que a la obra de Jünger Evola le reconoce a parte de su propia producción se lo podemos leer al transalpino en su libro autobibliográfico “El camino del cinabrio”, cuando afirma que “El siguiente libro escrito por mí, Cabalgar el Tigre, en parte retoma, extendiéndola y completándola, la temática de Jünger.”

Retomando el “Evola y Jünger”, Gianfranco de Turris nos sigue explicando que “el 17 de noviembre de 1.953, Evola escribió a Ernst Jünger una carta que hasta ahora ha permanecido inédita. La carta nos la ha transmitido el Archivo del escritor alemán casi un año antes de la muerte de éste. La carta es típica de las motivaciones ideales que impulsaban a Evola a tomar contacto con personalidades consideradas por él como afines: la petición de traducir Der Arbeiter , veinte años después de su publicación, las -citando textualmente a Evola- analogías entre la primera y la segunda postguerra , la problemática estudiada en este libro es de actualidad ; el ensayo pues, podría ejercitar aún un efecto de despertar . En el inicio de su carta, Evola afirma haber recibido la novela Heliópolis dedicada a través de Armin Mohler.

Evola eligió y tradujo para Volpe, en los años sesenta, El muro del tiempo. Fue comentada positivamente, quizás porque tenía puntos de contacto con El Obrero.”

En fin, son variados los autores que han sabido ver las muchas semejanzas que se pueden establecer entre muchos de los conceptos y los valores que, a lo largo de sus respectivas obras, manejaron Jünger y Evola, tal cual sucede, de manera harto recurrente, con -como botón de muestra- Giovanni Monastra en su ensayo “Por una ontología de la técnica. Dominio de la naturaleza y naturaleza del dominio en el pensamiento de Julius Evola” (24).

Incluso podríanse establecer paralelismos entre las diferentes evoluciones de que hicieron manifiesto ambos a lo largo de su periplo vital, pues si Jünger empieza por adherir en Der Arbeiter a la figura del ‘trabajador’ como oposición al burgués y a las “seguridades” que éste se ha construido Evola, igualmente, empieza, desde muy joven, por identificarse con el dadaísmo con el principal objeto de romper convencionalismos burgueses. Si, posteriormente, en “Sobre los acantilados de mármol” o en “Heliópolis” Jünger campa más que considerablemente por el ámbito del Espíritu Evola, tras superar sus etapas dadaísta y filosófica, entra de pleno en la Tradicionalista. Y si Jünger no es ajeno a la ‘vía de la mano izquierda’ también Evola acabará cerrando filas con una doctrina como la de ‘cabalgar el tigre’ tan emparentada con esa ‘ vía de la mano izquierda’.

No pasemos, por lo demás, por alto el hecho significatico de la cercanía y las afinidades que siempre mostró Evola hacia la llamada Revolución Conservadora alemana, hacia la mayoría de los autores que han sido englobados en ella y hacia sus planteamientos políticos y los valores que defendían y no olvidemos, tal como señalamos al principio de este ensayo, el que Jünger es uno de los autores que han sido incluidos dentro de esta corriente de pensamiento.

 

Tras todo lo aquí expuesto… ¡gran alcance es el que, a ese nuestro entender guiado por la traza de la Tradición, tiene la obra -y también la vida; aunque no fuera ésta el objeto central de estudio de nuestro trabajo- de Ernst Jünger!

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

 

 

 NOTAS:

 

  • Ideas, éstas, vertidas en un escrito suyo titulado “La Tradición” y publicado, en 1.925, en la revista Die Standarte (“El Estandarte”), órgano de los excombatientes Stahlhelm (“Cascos de Acero”); la traducción al castellano es obra de Ángel Sobreviela.
  • “José Antonio y Evola”; constituye el capítulo X de nuestra obra “Reflexiones contra la modernidad”, editada por Ediciones Camzo. Se puede, igualmente, acceder al contenido del mismo en https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/27/jose-antonio-y-evola/

*Clan, gens, sippe o zadruga hacen referencia al mismo concepto pero referido, respectivamente, a las tradiciones celta, romana, germánica y eslava.

 



TEMPLO DEL TIBIDABO, UNA MORADA FILOSOFAL DEL SIGLO XX
septiembre 1, 2018, 10:21 pm
Filed under: Espiritualidad, Janus Montsalvat, Metafísica, Tradición

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Barcelona se extiende en un amplio llano limitado por las desembocaduras de los ríos Besós y Llobregat (Baetulo y Rubricatus para los romanos). La ciudad por el lado opuesto al mar, se encarama en las pequeñas montañas culminadas por la Sierra de Collserola, hoy Parque Natural con más de 8000 hectáreas y que engloba varios municipios. Su punto más alto (518 metros) es ocupado por una pequeña ermita edificada en el año 1886, que aún se conserva al lado de la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús, Templo Expiatorio de España como reza en su frontispicio, concluida en el año 1961 después de pasar por múltiples avatares

  El Tibidabo es un mirador excepcional de la ciudad de Barcelona, es la montaña más alta de la Sierra de Collserola y por tanto de la ciudad, siguiéndole Mont Jovis, Monte de Júpiter, más conocido popularmente como Montjuic (173 metros). Existe una leyenda que da una explicación mitológica al nombre de la ciudad. Según la misma, Hércules se unió a los argonautas tras acabar con su cuarto trabajo para ayudarles a buscar el Vellocino de Oro, pero al pasar cerca de la actual costa catalana una tormenta dispersó las embarcaciones que formaban tal expedición, y al terminar faltaba la novena. Hércules la buscó y finalmente encontró los restos del naufragio de la Barca Nona (la novena embarcación) al lado de la actual Montaña de Montjuic. Hércules y los tripulantes habían encontrado tan acogedor el paraje que, ayudados por Hermes (Dios del comercio y de las Artes) decidieron fundar una ciudad a la que dieron el nombre de BARCANONA, concretamente la leyenda dice que Hércules ascendió hasta su cima y una vez admirado el bello paisaje decidió fundar dicha ciudad. Hay que señalar por otro lado que para los antiguos pueblos layetanos ambas montañas eran también sagradas, -se sabe que hubo asentamientos layetanos en las cimas de ambas montañas donde hoy están precisamente el Templo del que hablamos y el Castillo respectivamente (que vale la pena visitar también), mismamente el Tibidabo, era conocido como el “Cerro del Águila” (Pódium Aquilae)1 antes de la cristianización de su nombre ya tardíamente, sería en el Siglo XIV cuando los monjes jerónimos acabarían denominando a este cerro como Tibidadbo (del latín “te daré”, alusión evangélica a las tentaciones que sufrió Cristo por el demonio precisamente sobre la cima de un monte), nombre con la que se le conoce ya actualmente.
   Llama la atención dicha montaña hoy por el impresionante Templo construido sobre su cima, formidable edificio con aspecto de fortaleza y que parece desde lo lejos un Axis Mundi -Eje del Mundo-, una construcción del Siglo XX imponente y de impresionante belleza. Su autor fue uno de los grandes representantes del modernismo arquitectónico catalán, gran admirador del románico y del gótico, el gran Enrique Sagnier, un gran arquitecto de la época que vivió siempre con extrema austeridad y sencillez, al mismo tiempo que devoto católico.
Orígenes del actual Templo
En una escritura notarial fechada el 30-I-1876 consta que “doce caballeros” (un número repetitivo en todas las tradiciones de carácter solar e iniciático)2 compraron en común e indivisiblemente, dos fincas “en la cúspide del monte Tibidabo”, todos ellos estaban firmemente decididos en preservar dicha cima para el culto cristiano, no a la pura diversión, ni a ninguna secta, como parece que se había intentado, hay que recordar que por esas fechas Cataluña era un hervidero de sectas pseudoespirituales e incluso contrainiciáticas de tipo teosófico o espiritista entre otras. Lo cierto es que el ya el 30-V-1886 se empezó a construir en el punto más alto de la montaña una pequeña ermita que hoy aún se conserva adosada al templo superior. El 3-VII-1886 se bendijo el lugar, quedando por tanto en la cumbre una señal bien clara de cuál iba a ser su destino… El 28-XII-1902 el Cardenal Casañas, obispo de Barcelona, pone la primera piedra del futuro templo iniciándose por tanto la construcción del mismo, cuya cripta se inauguró en el año 1911, pero durante varios años las obras sufrieron un frenazo por diversos motivos, pues la Escolanía no se inauguraría hasta 1927. En julio de 1936 la cripta y la residencia sufrirían por parte de la chusma anarco-comunista (los mismos que hoy en día hablan cínica y satánicamente de “memoria histórica”) una destrucción casi total en su interior, además de los graves daños causados en el mosaico del tímpano, en las cabezas de varias estatuas y de la destrucción total de la gigantesca estatua del Sagrado Corazón, en bronce. La reconstrucción no se iniciaría hasta el año 1939, año en que la barbarie demoníaca fue derrotada tras finalizar la Santa Cruzada de Liberación con la victoria de las fuerzas acaudilladas por Francisco Franco. En el año 1961 se finaliza definitivamente la construcción del Templo y en 1966 Franco lo inaugura oficialmente ofreciendo la custodia. Es denominado oficialmente Templo Expiatorio de España tal como reza en el frontispicio del mismo aún hoy en día.
Características del Templo
   Para un observador atento, el conjunto arquitectónico que se haya en esa mágica cima que preside la ciudad de Barcelona, el exterior de la cripta aparece como una fortaleza y el templo superior a lo lejos da un aspecto a una ciudad fortificada, parece el mágico castillo de las leyendas del Santo Grial, un Camelot del Siglo XX, además el color blanco azulado de la piedra con la que se construyó el templo superior refuerza más esa impresión, sobre todo cuando los rayos del sol se proyectan sobre el mismo. Dicho conjunto arquitectónico está dividido en tres partes 3, la Cripta, de carácter modernista con toques neorrománicos,  el Templo Superior, de estilo neogótico, y finalmente el Cristo triunfante y victorioso que corona la cima del monumento, de bronce y pintado con una pintura especial anticorrosiva de color dorado para que se permitiera su adecuada visibilidad tanto de día como cuando es iluminado por la noche, tenemos pues los tres elementos de la Obra Alquímica, Nigredo (Cripta), Albedo (Basílica o Templo Superior) y Rubedo (Christus Philosophorum que corona la cima del complejo arquitectónico).
   La Cripta tiene aspecto de la entrada en una cueva 4, en una gruta, su piedra basta y amarronada da esa impresión, parece como una apertura en el seno de una montaña. Hay que recordar que la cueva para el hombre primordial no solo fue su primer hogar, sino que también y sobre todo centros de culto y de iniciación, eran “nacidos de la Piedra” puesto que su “segundo nacimiento”, el espiritual, el verdadero al fin y al cabo, se había producido precisamente en el interior de la cueva, simbolizando la victoria de la Luz sobre las Tinieblas, un Segundo Nacimiento en el vientre de la Madre Tierra.
   En este ideal de expiación y de perfección, el valle es símbolo del pecado, frente al monte que se presenta como una aproximación a Dios, al Principio Supremo. Además, algo mejor que la tierra del llano, es la misma piedra, aunque oscura (Nigredo), de la montaña. Sigue en perfección la piedra grisáceo-oscuro de la Cripta, sillares trabajados de un modo basto. Sus arcos romano-bizantinos, sin desbastar, con apariencia tosca, nos hablan mucho más de Tierra y poco de Cielo, el ideal de lucha contra las tendencias oscuras e infernales (Nigredo) está presente en la construcción, el elemento terrestre predomina aún sobre el elemento celeste. Sobre la Cripta o Templo Inferior, se erige el templo gótico o Templo Superior, sus flechas son ágiles y sencillas como ha de ser toda verdadera espiritualidad, su piedra blanca-azulada (haciendo todo ello alusión a la Patria Celeste, la Vía de los Dioses, el Deva-Yana), ordenada, expresa un ideal de purificación, de limpieza interior, de introspección, de “insistir” (vivir hacia dentro de uno mismo, en torno a un Centro metafísico simbolizado por el Corazón, el Sol del cuerpo humano), frente al mero “existir” (vivir desnortado, descentrado sin principios, algo que vemos a diario entre los hombres-masa de la barbarie moderna y contra-espiritual). Finalmente, coronando el gigantesco monumento, tenemos la estatua del Sagrado Corazón de Jesús con los brazos abiertos igual que en la Cruz (símbolo primordial de los 4 elementos), haciendo de puente entre el Cielo y la Tierra (Pontifex Maximus) , entre en mundo del Más Acá y el mundo del Más Allá. La fachada de la Cripta logra a la perfección la transición desde la montaña salvaje hasta el templo de líneas perfectamente geométricas. El conjunto es una fusión entre la Naturaleza -Monte-, el esfuerzo del hombre por su superación y perfeccionamiento -Templo- y el Hombre-Dios -estatua del Sagrado Corazón-, ordenado todo el conjunto arquitectónico en una jerarquización hacia el Principio Supremo, hacia la Divinidad. Toda la Obra refleja la Ascensión y Purificación de lo meramente humano hacia su divinización (espiritualizar la materia, materializar el espíritu). En definitiva, estamos ante un monumento excepcional construido sobre una montaña ya simbólica, vale la pena visitarlo tanto el templo como sus alrededores, y sobre todo no perder detalles en los bellos mosaicos que hay en el interior de la Cripta, curiosos símbolos que a más de uno le llamará la atención…
NOTAS:
  1. En cuanto al simbolismo del águila, bella ave rapaz símbolo de conquista espiritual y del Imperium, ver el siguiente artículo que escribió Julius Evola sobre el simbolismo del águila: https://juliusevola.blogia.com/2006/091106-s-mbolos-y-mitos-de-la-tradici-n-occidental-i-.-el-aguila.php
     2. El número doce es una constante en todos los centros o doctrinas    tradicionales o dependientes de la Tradición Primordial, a este respecto René Guenon escribió:  Esta constitución se encuentra reproducida en lo que se llama el “consejo circular” del Dalai Lama, formado por doce grandes Namshans; y se la encuentra también, además, hasta en algunas tradiciones occidentales, como por ejemplo los doce caballeros de la Tabla Redonda. Añadiremos aún que los doce miembros del círculo interior del Agarta, desde el punto de vista del orden cósmico, no representan simplemente los doce signos del Zodiaco, sino más bien los doce Adityas, que son otras tantas formas del sol, en relación con estos mismos signos zodiacales. Y añade aún una nota sobre los doce Adityas representados por el Sol de doce rayos, mientras que la liturgia católica atribuye a Cristo el título de Sol Justitiae, siendo los doce apóstoles de la tradición cristiana los doce rayos “enviados” (conforme a la etimología de la palabra griega Apóstoles) por el “Sol espiritual” que es Cristo. En conclusión de todo esto, podemos afirmar, no solo que los centros espirituales diversos que corresponden a las diferentes tradiciones son las emanaciones de un centro único y supremo que corresponde a la gran Tradición primordial, sino también que el número de los doce apóstoles es una señal, entre muchas más de la perfecta conformidad del centro espiritual cristiano con el centro espiritual universal”.
 
   Por otro lado señalar que según el Evangelio Cristo eligió a sus doce discípulos sobre la cima de una montaña…
 
3.  En cuanto al simbolismo del número Tres, Julius Evola escribió:  “Por lo que se refiere al simbolismo perenne del número tres, en relación con el dogma católico de la Trinidad, no podemos hacer nada mejor que reproducir el siguiente fragmento de uno de nuestros artículos: “Los rasgos de ésta última son múltiples en el seno de la Iglesia católico romana. No nos corresponde mencionarlos aquí. Citemos solamente, por ejemplo, la Trinidad, vestigio de la cosmogonía homérica -“cualquier cosa se divide en tres”, dijo el famoso poeta griego-, reflejo de la tríada sagrada de los Arios, supervivencia de la doctrina hindú de la trimurti, reminiscendia del “Shamroch” o guirnalda con tres reflejos de los druidas. La concepción del “dios de las tres formas” o de “tres dioses en un solo ser” es igualmente propia de la mitología nórdica (Odín, Ladur y Hoenir) y de la religión egipcia”.
 
4.   La cueva o caverna es un arquetipo universal directamente relacionado con el nuevo nacimiento (o “renacimiento”) del ser humano en esta vida, y por lo tanto es un símbolo iniciático de primer orden. Zeus, Hércules, Orfeo, Cristo, Mitra y tantísimos otros nacieron o fueron iniciados en cavernas por maestros y escuelas que las tienen como lugar de encuentro, enseñanza, meditación y ceremonia. También en Oriente la cueva aparece vinculada al simbolismo de la iniciación a los misterios y al renacimiento en sentido espiritual. Homologada al crisol de los alquimistas, la caverna es el lugar del “nuevo nacimiento” iniciático.

J.M.C.



TRADICIÓN Y MODERNIDAD

Según el simbolismo astrológico, el Sol recibe su Luz de sí mismo, mientras que la Luna, al carecer de Luz propia, la toma del Sol, El principio masculino y viril predomina sobre el principio femenino, telúrico y ginecocrático. La Luna reina por la noche, cuando el Sol se ha puesto. Por lo tanto, la Luna representa o simboliza el eclipse, la noche, la oscuridad. No es de extrañar que todas las grandes civilizaciones de la humanidad hayan tomado como símbolo el Sol. Curiosamente el islamismo, religión fatalista y con pretensiones globalizadoras en esta fase final del Kali-Yuga o Edad de Hierro, tiene por símbolo la Luna…

En esta etapa final del Kali-Yuga, que también podríamos denominar como Edad de la Luna en cuanto al predominio de valores puramente femeninos, matriarcales y telúrico-ginecocráticos (Mater=Materialismo, la religión de la modernidad), reinan por doquier la oscuridad, la locura, la confusión y el eclipse total como valores políticos dominantes. Simbólicamente, el Oeste (Occidente) ocupa el lugar del Este (Oriente); el nadir ocupa el del cénit. Se ha producido una inversión total. Lo que deberia estar en lo alto ha sido relegado abajo (la plebe domina sobre los sabios, guerreros o ascetas); lo que tendría que estar confinado en la oscuridad se halla a plena luz (la maldad y la imbecilidad están mejor vistas por las masas fanatizadas que la bondad o la humildad); lo que había de continuar débil se ha hecho fuerte (ahí está el culto actual a todo tipo de degradación, depravación, desorden o de minusvalía), en tanto lo que era fuerte se ha hecho débil hoy (las castas espirituales y aristocrático-guerreras). Tal es la inversión satánica que se ha producido en nuestros días.

La Historia de la Humanidad es una lucha constante entre dos cosmovisiones: la solar y la lunar. Tradición y Modernidad son dos órdenes de la realidad totalmente irreconcialiables y antagónicos entre sí. Los valores de la Tradición tienen su antítesis en los anti-valores de la Modernidad o subversión anti-tradicional:

MUNDO TRADICIONAL (Valores)

-Estabilidad y Orden.

-Poder de uno sólo (Elitismo, meritocracia, primus inter pares).

-Soledad del poder (jerarquía, organicismo).

-Poder conferido por una consagración (iniciación).

-Poder confirmado por el tiempo (sociedades estamentales. Castas). -Estados ordenados en torno a principios sacros, viriles y metafísicos.

-Armas llevadas por una casta (aristocrático-guerrera)

-La Montaña que emerge de los mares (simbolismo de la Verticalidad sobre el Caos). La forma frente a lo voluble e informe. La Personalidad sobre lo meramente humano (hoy subhumano…)

-Continuación de la Tradición (duración). Cordón Dorado que une con los Ancestros y Antepasados “siempre presentes en nuestro afán”, de ahí la ritualización y sacralización de todos los aspectos de la vida, hasta los más elementales o banales…

-Sacralidad de los Oficios y de las Artes, en el mundo antiguo hasta las herramientas con las que trabajaba un carpintero, un labrador, un herrero, un zapatero, etc, eran consideradas como sagradas, todos los oficios tenían un carácter simbólico, iniciático, sacro y espiritual (hoy destruidos con el maquinismo, la producción en cadena, el consumismo de masas y la odiosa estandarización y uniformización de todo). Trabajar manualmente la materia era una forma de superación y perfeccionamiento, operaciones que se somatizaban al alma del individuo buscando un carácter autotransformador y de cierto decondicionamiento (igualito que los trabajos alienantes de hoy en día…).

-Verdad (“la Verdad os hará libres…”.

MODERNIDAD (Anti-valores)

-Inestabilidad

-Poder de todos (Era de las masas, Quinto Estado. Edad de los parias).

-Poder popular (plebeyismo, masificación).

-Poder conferido por votos (invasión de la sub-humanidad en la esfera de la política).

-Poder destruido por el tiempo (fin de las castas. Igualitarismo. Mestizaje).

-Armas en manos de todos (muy típico de Yanquilandia, pseudo-civilización prototípica de la Modernidad -el “Extremo Occidente”-. Lucha de clases).

-La Montaña hundida en los mares (simbolismo de la descomposición del Orden, de la Involución).

-La revolución permanente (eclipse). El cambio por el cambio. Subhumanos animalizados caminando sin rumbo y sin principios.

-Mentira.

-Democracia, demencia, degeneración, degradación, descomposición, en definitiva disolución…

Existe un lazo sutil entre el Hombre y la Tierra, entre las grandes leyes del cosmos y el Hombre (“como es arriba, es abajo”). Nuestra civilización perversa y suicida, con esa especie de fuga hacia delante que es la superstición del “progreso”, ha roto ese lazo: el “cordón dorado” de la Tradición que nos unía espiritualmente con nuestros antepasados ha sido abolido (individualmente, sólo la Iniciación puede restaurarlo aún en tiempos de caos generalizado). Otra nueva Edad de Oro despuntará, pero sólo después del final -catastrófico, sin duda- de esta Edad de Hierro-, del mismo modo que un hombre no puede renacer a una nueva vida sino después de la muerte.

FUERZA, HONOR Y TRADICIÓN!!!

Joan Montcau



LA VALL DE NÚRIA, UN AXIS MUNDI Y LUGAR DE PODER

   En medio de los altos Pirineos, a casi dos mil metros de altitud, se ubica el Santuario de Núria, rodeado por el Puigmal, el pico del Segre, el Finestrelles, Eina, Noufonts y Noucreus. Tanto administrativa como eclesiásticamente, Núria pertenece a Queralbs.

 

   El primer dato histórico sobre Núria data del 1067, cuando Guillermo R. de Cerdanya concede al monasterio de Ripoll derechos de pastoreo. Hay culto a la Virgen María …al menos desde el año 1162 según consta en una bula papal. En 1271 se tiene noticia de un albergue de peregrinos.

 

   La primera referencia sobre Nuestra Señora de Núria, sin embargo hay que buscarla mucho antes, en los inicios del Siglo VIII. Una piadosa tradición, casi mítica y legendaria, nos narra que San Gil, o Egidio, nacido en Atenas y nombrado Obispo de Nimes, esculpió la imagen de la Virgen cuando hacía vida de ermitaño aquí, entre los años 700 y 703. Haciendo sonar la campana convocaba a los pastores del entorno, los evangelizaba ante la cruz que él mismo había esculpido, y también les entregaba la comida que había cocinado en una olla. Así, CAMPANA, CRUZ y OLLA, junto con la VIRGEN por él esculpida, se convirtieron en los símbolos de Núria. Como consecuencia de la implacable persecución religiosa padecida a manos sarracenas (sarracenos a los que hoy estamos sufriendo de nuevo con la ayuda de los traidores de dentro pero ya en una sociedad totalmente descristianizada y totalmente ayuna de espiritualidad), San Gil se vio obligado a marcharse para siempre. Sin embargo antes de hacerlo, escondió esos cuatro Símbolos Fundamentales de Núria (y también de la Ciencia Sagrada): VIRGEN (símbolo de la Naturaleza pura e inviolada), CRUZ (símbolo de los 4 elementos, pero también de la quintaesencia, el Hombre Primordial), CAMPANA (símbolo de la unión de lo suprasensible y lo sensible, lo celeste con lo terrestre) Y OLLA (recordemos el caldero mágico del dios solar céltico-hiperbóreo Dagda o el vaso sagrado de las leyendas artúricas y del Grial).

 

   En 1072, por inspiración divina, un hombre llamado Amadeo vino desde Dalmacia en busca de unas reliquias de María. Un grupo de pastores que conocía la tradición de San Gil lo ayudó a levantar una modesta capilla que fue luego el origen del Santuario. Ausente ya Amadeo, y gracias a la intervención de un toro fogoso que empezó a golpear una pared de piedra con su pezuña, los pastores con la ayuda de sus herramientas, descubrieron detrás del muro la imagen de la Virgen junto con la Cruz, la Campana y la Olla. Eso ocurrió en el año 1079. Vemos que aparecen otros dos Símbolos Fundamentales de la Tradición Primordial y de la Ciencia Sagrada: el Toro Solar (fogoso) y la Piedra (recordemos que todos los dioses solares son “nacidos de La Piedra”, es decir en el interior de cuevas o grutas, Mitra, Cristo, Orfeo, etc…). Por otro lado el Toro en algunas tradiciones solares era símbolo del Monarcato heroico y aristocrático-viril, los cuernos eran otro símbolo del Eje del Mundo que conecta el mundo celeste con el terrestre, lo invisible con lo visible. Sin duda estamos ante otro extraordinario y enormemente bello Axis Mundi -Eje del Mundo-, otro punto de conexión entre el Cielo y la Tierra. SEMPER FIDELIS!!! FUERZA, HONOR Y TRADICIÓN!!!

 

J.M.C.

 

 



Conferencia: “Julius Evola y el espíritu heroico”
agosto 17, 2018, 10:10 pm
Filed under: Eduard Alcántara, Espiritualidad, Julius Evola, Metafísica, Tradición

Adjuntamos el enlace a esta conferencia nuestra impartida hace algún tiempo, la cual fue filmada en vistas a unos encuentros celebrados en Guadalajara (Méjico):

https://drive.google.com/file/d/1eXt0LnLeimMPhp5IoWMAjc5qEB6li8I_/view?usp=sharing